Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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EL ENAMORADO DE CRISTO, por Gennaro Preziuso


posted by Marcela T. Gonzalez Grupos on

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El biógrafo seguirá en otra parte y mejor al Padre Pío en las diferentes etapas de su vida. Lo importante aquí es cómo en el silencio, en el recogimiento, en la oración, en la meditación y en la penitencia, el Padre Pío se convierte en el enamorado de Cristo.
«Siento vivísimo el deseo (...) de transcurrir todos los instantes de mi vida en amar al Señor... Quiero que mi mente no piense más que en Jesús, que el corazón no palpite sino por él solo y siempre» (Epist. I,872s). «Mi alma está herida de amor por Jesús, estoy enfermo de amor; pruebo continuamente la amarga pena del ardor que quema y no consume..., mi alma naufraga en el océano sin playa del amor de Jesús...» (Epist. I,297).
De estas expresiones se comprende cómo el corazón de Fray Pío de Pietrelcina arde únicamente en el divino fuego.
Pero el amor se conoce en el dolor. La prueba segura la ofrece en su sufrimiento.
El Padre no sufre todavía suficiente y teme no amar suficiente. Por lo tanto solicita nuevas penas para obtener nuevos amores.
Un día dice a uno de sus hijos espirituales: «¡Para amar verdaderamente a Jesús es necesario ser otro Jesús!». El deseo de sufrir para purificarse da paso al deseo de sufrir por amor. Mira la cruz sobre las espaldas de su Amado y así comprende su inmenso valor. Ahora sabe que la cruz es garantía, es alimento de amor. Jesús le habla de sus dolores y con voz «a la vez de ruego y de mando» lo invita a prestar su cuerpo para mitigarle los sufrimientos.
De aquí en adelante Jesús vive en él, y él vive  de Jesús.
Quiere encarnar la vida de Cristo, agonizar y ser crucificado con Cristo, ¡crucificado por el amor!
El fuego devorador parece quererle separar el alma del cuerpo. Amor y dolor, dolor y amor. Es el dulce sufrimiento místico que el Señor le hace gustar para prepararlo al sufrimiento físico que, de otro modo, habría  sido insoportable.
A éstos se unen también las torturas diabólicas. Satanás bien sabe cual será la misión del Padre, y no se rinde;  al contrario, hace más intensa la lucha, centuplicando las tentaciones y sus apariciones infernales. El Padre Pío sufre, gime, ama.
Recorre presuroso y con fe el camino de la cruz y, como el apóstol Pablo (1Cor 2,2), no quiere saber nada que no sea Cristo, y Cristo crucificado, para poderse gloriar únicamente de la cruz del Señor Jesús (Gal 6,14).
Escribe al Padre Benedetto: «Siento las ansias amorosas más íntimas y vivas, y me ocasionan en lo profundo del espíritu un no sé qué de ardor. Y ya que este ardor a veces crece enormemente en el alma, siento tan grandes las ansias de ésta hacia Dios, que llega a parecerme como si se me secaran los huesos por esta sed. De aquí siento qué gran alteración sucede en el cuerpo» (Epist. I,882).
Seguramente estos «ardores» son una de las causas de las excepcionales hipertermias, de la fiebre que hace añicos los termómetros superando los 52º.
El cuerpo, en realidad, participa de todo cuanto el alma registra.
En sus apuntes sobre Ascética y Mística, tratando el tema de la Noche Oscura, escribe: «(...) Siempre que experimentamos una fuerte emoción, sea de alegría o de tristeza, sea también por causa accidental, dada la íntima unión que existe entre el alma y el cuerpo, comprobamos una cierta redundancia y transmutación también en el cuerpo. ¿Somos asaltados por una fuerte aflicción? Pues bien, el cuerpo, quiera o no, viene a resentirlo, según la intensidad más o menos grave de la aflicción. Al contrario ¿somos presa de una gran alegría? De igual modo el cuerpo pasa a tomar parte. ¿Cómo sucede todo esto? No se encuentra intelecto sano que no esté de acuerdo. Así pues, sucede por el compuesto que forman el alma y el cuerpo en una única esencia; y por esta única esencia (las fuerzas superiores e inferiores) el alma y el cuerpo recíprocamente influyen la una sobre el otro, y aquél sobre ésta y así, recíprocamente, viceversa, todo aquello que en cada una de tales partes sobreabunda. Igualmente sucede en el caso presente: el amor, el deleite, la alegría que uno prueba en los ejercicios de piedad, a causa de esta recíproca comunicación, causan en el cuerpo un cierto calor...» (Epist. IV, apéndice XI,940).
La fiebre de amor lo quema sin consumirlo. Su alma magnífica siente el toque sustancial y se abre a la luz de la recóndita contemplación de los misterios y de los atributos de Jesús, quien, por atracción lo amarra a Sí, produciéndole «indigestiones de consuelos» y de sufrimientos purificantes que preceden a la transformación.
El amor inunda sus capacidades. Vienen después los abrazos, se redoblan las ansias. El místico de Pietrelcina sólo tiene hambre y sed de corresponder al amor de Dios.
Nadie mejor que él mismo puede describir lo que experimenta: «Esta noche la he pasado toda entera con Jesús en su Pasión... Me sentía cada vez más atraído hacia Jesús; sin ningún fuego cercano, me sentía arder entero; sin ataduras me sentía estrechado y ligado a Jesús; me sentía arder en mil llamas, que me vivificaban y me mataban» (Epist. I,293).
Y en otra parte expresa:
«Cada cierto tiempo, Jesús no deja de mitigar mi sufrimiento de distinto modo, esto es, hablándome al corazón.
¡Oh, sí! ¡Qué bueno es Jesús conmigo! Oh, qué preciosos momentos son éstos; es una felicidad que no sé a qué compararla; es una felicidad que casi en nada más que en las aflicciones el Señor me la da a gustar. En esos momentos, como en ningún otro, cuando en el mundo todo me fastidia y me pesa, nada deseo, excepto amar y sufrir. También, en medio de tantos sufrimientos, soy feliz porque me parece sentir mi corazón palpitar con el de Jesús» (Epist. I,l97).
Mientras contemplamos al Padre inmerso en este océano de amor, es necesaria,  sin embargo, una aclaración:
Lo que liga a Pío de Pietrelcina con Jesucristo no es sentimentalismo que provoca emociones, aunque sean muy violentas.
Creo que se puede identificar, sobre la base de este vínculo amoroso, el sentimiento que los psicólogos llaman «empatía», es decir, la conciencia, el perfecto conocimiento de los pensamientos y de los sentimientos de Jesús, además de la capacidad para entrar en esos mismos sentimientos, de penetrarlos en toda su profundidad.
El Padre Pío se adentra en el sentimiento de Cristo y en su misma manera de pensar y, procediendo en el marco de una sensibilidad centrada en el otro, asume todos los aspectos cognitivos y emotivos de Jesús.
Ama lo que Jesús ama, desea todo lo que Jesús desea, se comporta como Jesús se comportó o podría comportarse, aún considerando los límites de su humanidad.
El Padre vive el proceso de fusión que desembocará, un poco después, en el proceso de conformación a través del cual, aunque permaneciendo en la esfera del propio «ego», se adaptará inconscientemente a Cristo y, acogiéndolo dentro de sí, se comportará de manera afín, repitiéndolo bajo determinados aspectos.
Ama, por consiguiente, al Padre Celestial y, sin perder jamás la presencia en el alma, pasa las horas del día y de la noche en un íntimo e ininterrumpido coloquio orante, en una contemplación incesante. Le parece que el tiempo huye rápidamente y lamenta no tener nunca el suficiente para rezar.
Ama a la Virgen Santísima con una devoción totalmente particular, con un amor tiernísimo que se reconoce en la imitación de las virtudes y se manifiesta en el rezo continuo del Santo Rosario.
Ama a la Iglesia y a su Cabeza visible, con un amor comprobado de silenciosa obediencia, de excepcional docilidad y de total disponibilidad.
Ama al prójimo y el amor a sus hermanos de exilio terrenal lo devora. Quiere ganarlos a todos para Dios. Como Moisés, ruega al Señor que los perdone o lo borre a él del Libro de la Vida. Quiere gritarle a todos que amen a Dios, que es quien merece todo nuestro amor. Su alma, inflamada de divina caridad, tiende al encuentro de la miseria de los necesitados.
No sabe negarse a nadie.
A los gozos espirituales le siguen las desolaciones del alma porque ve cómo la humanidad, a la que tanto ama, corresponde mal al amor de Dios. Debe hacer algo por sus hermanos, para hacerlos queridos al corazón de Dios.
Comprende ahora el verdadero significado de ser la víctima y el gran alcance del sentido salvífico del sufrimiento.
Ruega, pues, y obtiene el permiso de ofrecerse por los pobres pecadores, y pide que los castigos para ellos preparados recaigan, centuplicados, sobre su persona.
Sabe bien que la víctima, para serlo, debe perder toda su sangre, debe llegar al «consumatum est»  y al «in manus tuas» (Epist. I,311).
El día de su ordenación sacerdotal traza su programa de vida, y escribe sobre la estampita de recuerdo:
Jesús
mi aliento y mi vida
hoy que tembloroso
Te elevo
en un misterio de amor
Contigo sea yo para el mundo
Camino, Verdad y Vida
y para Ti sacerdote santo
víctima perfecta.

Está listo para ser pisoteado por los pecados y a causa de los pecados del mundo. Su director espiritual lo alienta escribiéndole: «Extiende pues los brazos sobre tu cruz y, ofreciendo al Padre el sacrificio de ti mismo en unión con el tiernísimo Salvador, padece, gime y reza por los malvados de la tierra y los miserables de la otra vida que son dignos de nuestra compasión en sus pacientes e indecibles angustias» (Epist. I,24,207).

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