Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

"Ramos" Homilìa del Padre Gustavo Seivane *


posted by Marcela T. Gonzalez Grupos on

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Abrimos el Domingo de las palmas… La Iglesia inicia la Semana Mayor. Canta y medita. Levanta Ramos y pena. Aclama a su Rey y Señor, y cuenta sus huesos, sus espinas, sus lágrimas.

Así, reunimos en nuestra liturgia la algarabía por su reyecía santa, y la conmoción por su Pasión y muerte en Cruz.

Los ramos que extendimos hacia lo alto señalando al Cristo que nos fue dado para ser libres  (y para nacer, entonces, a la Vida de Dios), luego los replegamos. Los bajamos. Los guardamos para escuchar con atención el Evangelio, y entrar así en esa Vía dolorosa, en la que gota a gota el amor de Cristo, pide un lugar en el corazón de los hombres.

Jesús entra desarmado en la ciudad santa. Manso. Con niños como escoltas. Es el Cordero. El Maestro del sermón del Monte. El Señor que lava los pies a los discípulos. El rechazado por el sanedrín judío, y menospreciado por el poder de turno.

Estamos en una Jerusalén inquieta y vigilada. Atroz en sus violentos zelotes. Cercada por la soldadesca romana, controlada, agazapada ante los movimientos de las multitudes. Una Jerusalén donde los hombres del templo, el Consejo judío, observa con atención y perfidia, todo lo que dice o hace el Nazareno, el ahora vitoreado, Hijo de David, el que había resucitado a Lázaro antes de subir para la Pascua.

Más de 400 años de memoria... El pueblo judío atesoraba el valor de los reyes dávidas, los descendientes del tronco de Jesé. Pero las autoridades de aquel momento, los dominadores religiosos de Jerusalén, no eran sino “guías ciegos”. La envidia los había corrompido hasta los tuétanos.

Oh!, Señor, varón de dolores, que montado sobre un asno alegras a Sión, y bebes la hiel y el vinagre, ten piedad de nosotros, que te reconocemos el más bello de los hombres, Admirable consejero, Dios fuerte, Dios Santo y Juez, que vendrás el último día a dar a cada uno según sus obras.

Porque nuestra alma, sin tu divina gracia, puede convertirse en aquella ciudad que pasó del reconocimiento de tu reyecía, a la traición y el abandono. Y ya no sólo mi alma, sino la de una familia, una comunidad, una nación, una patria.

La ciudad santa quedó entonces ocupada por una “raza de víboras”, por los comerciantes del templo, por los aristócratas parientes de Caifás, y por los predicadores sin amor, a quienes Jesucristo pintó con una tremenda imagen: “sepulcros blanqueados”.

Son los funcionarios enemigos de la verdad. Los que escandalizándose de Jesús, y llamándose a sí mismos “hijos de Abraham” buscan, sin embargo, matarlo. Y Jesús lo sabe… El es el último vástago de la estirpe de David, y mansamente, como Rey, entra en la ciudad aclamado por la gente sencilla, los capaces de esperanza, los afligidos, y los niños.

Mientras avanza el asno y Jesús sonríe bajo el sol de la Jerusalén bendita, ya están las maderas en algún taller de la torre Antonia (palacio de Pilato). Yacen ignotas. Duermen los leños que harán de lecho, de áspero asiento para el Cordero. También, en algún saco fariseo descansan apiladas las monedas de la traición. Y reposan, hasta su turno, las correas con puntas de piedra y plomo para la flagelación.

Llega la Hora: “Para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad. Todo aquel que es de la Verdad escucha mi voz”. Llega la Hora:“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Llega la Hora: “Tengo sed”. Llega la hora… El Amor será elevado en alto. El Amor extenderá los brazos abarcando a los hombres, redimiendo todos los tiempos. El Santo se hundirá en la muerte. Y Dios vencerá.

Cristo, el que se abrió paso entre las aclamaciones, los Hosannas, los cantos de los niños hebreos, las palmas y los ramajes de olivo. Cristo, el del admirable discurso en la sinagoga de Cafarnaúm, el que curó a los ciegos y levantó a los lisiados, el que limpió a los leprosos y abrazó a los niños; Cristo, el que multiplicó los panes y los peces, el que expulsó a los demonios, y nos enseñó que Dios es Padre; Cristo, el que resucitó a Lázaro, se transfiguró en el Tabor, y caminó sobre las aguas. Él, Cristo, el felizmente proclamado: ¡Rey!, será entregado en manos de los pecadores.

El amor transformante operará su maravilla… Un intercambio. Él tomará mi pecado, mi indigencia, y mi fe. Y yo recibiré su misericordia, los tesoros de su gracia, su justificación. La Pascua de Jesús nos ofrecerá entrar vivamente en Dios por medio de Jesús, que es el Camino, la Puerta, el Kyrios; y que ha sido exaltado a lo más alto de los cielos. Sentado a la derecha del Padre. Y para esto “era necesario que el Mesías sufriera”. Sufrimiento redentor. Amor salvador. Regeneración. Recapitulación en él de todas las cosas. “Cuando sea elevado en alto, atraeré a todos hacia mi”.

Cristo, que vivió de amor y murió amando, te abre la Vida de Dios para que ya no mueras. Su Pascua inaugura tu glorificación futura.

Llevemos a nuestras casas, la feliz proclamación de que Cristo es nuestro Rey y Señor. Y hagamos de estos días, días santos. No perdamos la gracia que se nos ofrece. Amén.

* Asistente eclesiàstico de los Grupos de oraciòn del Padre Pio, Argentina

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