Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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Los sagrados estigmas y el tránsito de Padre Pio


posted by Marcela T. Gonzalez Grupos on

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Reflexión en el centenario de los estigmas y el quincuagésimo aniversario de la muerte del Padre Pio 

En un pasaje decisivo del Evangelio de Juan, donde se cierra el Evangelio de signos y se abre el de Gloria, para entrenar discípulos a un camino que sería aún más intenso, el evangelista inserta estas palabras de Jesús: "El que quiera servirme que me siga"(Jn 12,26).

No es suficiente servir al Señor, es necesario seguirlo. Y esto significa entrar gradualmente en una relación profunda con él, mantenerse con él, aprendiendo a reconocer su presencia divina en la Palabra, en la Eucaristía y en los hermanos. Un camino para todo bautizado, nacido de nuevo del agua y el Espíritu, crucificado y resucitado con Cristo, es decir, marcado con las heridas del Señor, pero al mismo tiempo, ya resucitado junto a Él.

 En las palabras del teólogo jesuita Padre Marco Iván Rupnik , todos los bautizados reciben los estigmas como dote, y a menudo se "abren". Solo que en la mayoría de los fieles este proceso ocurre de forma invisible. Los estigmas "se abren", pero siempre de una manera invisible cuando se ama, es decir, cuando se introduce por concesión divina, en el amor que ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rm 5,5), y que brilla, pero no a los ojos del mundo, cuando compartimos la kénosis de Cristo, su abajamiento, su vaciamiento.

Sólo en unos pocos testigos escogidos, auténticos discípulos de Cristo, los estigmas se abren  y se muestran de forma visible, para que esto sea en sí mismo una ofrenda de perdón y de gracia para favorecer el retorno a Dios, la conversión y la redención de muchos.

El próximo aniversario de los estigmas del Padre Pío (1918-2018) y el quincuagésimo de su dies natalis (1968) pueden ser leídos desde la perspectiva de la relación del hombre y del discípulo con su Señor. Todo es por lo tanto gracia, todo es un regalo.

Es necesario pedir la gracia de comprender y contemplar los estigmas visibles del padre Pío, así como los ha mirado Dios por medio de su Hijo, con sus ojos y no con los ojos del mundo, y del mismo modo para comprender este signo  como una participación de Dios en el sufrimiento del hombre y una invitación a la conversión.
 La forma en que se imprimieron los sagrados estigmas, primero en San Francisco y luego en San Pío, concuerda con el estilo propio de Dios y sus obras.
Se observa en ambos después del 14 de septiembre, fiesta de la Santa Cruz, y en ambos en la dulzura y la mansedumbre, en aquella quietud del Espíritu, la cual dispone a la oración, y en aquella vida hecha oración, como fue su existencia a Cristo.

Detengámonos un poco en los estigmas del Padre Pío
20 de septiembre de 1918, coro de la iglesia "Santa Maria delle Grazie" de San Giovanni Rotondo, Padre Pío, después de la Misa está en oración y su oración, como le sucedió a menudo, entra en silencio, en paz. Es un éxtasis, un espacio interior espiritual e intelectual, pero no irreal, que marca el paso de Dios. Esto sucede de una manera dulce, íntima y delicada. De hecho, el Padre Pío se encuentra llagado y estigmatizado. Lo que estaba sucediendo en las profundidades de su alma abunda en su cuerpo, se convierte en un signo y "lugar" de la presencia de Dios, para sellar su discipulado y ofrecer un testimonio de misericordia y salvación para los hombres de su tiempo y también para cada uno de nosotros.

El "dulce sueño"
El Padre Pío, en la carta enviada al Padre Benedetto el 22 de octubre de 1918, describe la oración que acompaña al éxtasis como un " dulce sueño " (Epístola I, 1094). Una expresión que recuerda lo que le sucedió a Adán y luego a Abraham. En ambos Dios derrama un dulce sueño, un letargo (tardemah), en el primero para formar a la mujer, en el segundo como preludio del inminente pacto (Gn 15,12). Pero mientras que el sueño de Adán, antes del pecado, implica una laceración que es la figura de Cristo crucificado, a Abraham, presa de terror y una gran oscuridad (Gen 15:12), anticipa la agonía de Jesús. Cuando el alma está "envuelta en la misteriosa oscuridad de la prueba" (Epístola I, 1092), como el Padre Pío recuerda al Padre Benedetto, debemos confiar en Jesús, "el sol de la justicia". Los estigmas del Padre Pío son una ofrenda de misericordia, son la huella del paso de Dios, tanto que el Padre Pío llama a su estigmatización "mi crucifixión" (Epístola I, 1094).

El paso de Dios
Tranquilidad, silencio y gran paz. En este "clima" interior y exterior en el que se ve envuelto el Padre Pío, se produce el paso de Dios, similar por delicadeza, al experimentado por el profeta Elías, como el "susurro de una ligera brisa" (1 Reyes 19,12). Una acción que en el humilde Fraile procura lo que él mismo describe como "abandono a la completa privación del todo" (Epístola I, 1094).
Por otra parte, según el  Evangelio, quien  quiera perder la vida la salvará (véase Lc 9:24). En este humus espiritual Jesús se le aparece, personaje misterioso, con sus manos, pies y costado que goteaba sangre. Vista que provoca miedo en el Padre Pio. Desaparece el personaje y se encuentra llagado.
La cruz de Cristo se convierte para el Padre Pío, como para el Apóstol Pablo, en sabiduría de Dios, la posibilidad de ser insertado en el Hijo y así, a través del Espíritu, conocer al Padre. Atravesar cada  prueba y tribulación  siguiendo y sirviendo al Señor, para encontrarse  en Él y en Su amor.
Del mismo modo, el bendito tránsito del Padre Pío, tras 50 años, no puede dejar de recordarnos el profundo amor que Dios tiene por todos sus servidores, y por todos los hombres, junto con la función de mediación que El asigna a cada uno. El Padre Pio fue acompañado en su paso por una multitud de fieles, por su gente en grupos de oración, que estaban en San Giovanni Rotondo para el Congreso nacional, y por los muchos fieles de la diócesis.

Un signo de unión y comunión, de toda una Iglesia reunida en oración, de un pueblo que alaba a Dios por haberlo visitado y colmado de bienes. Realidades de las cuales también hoy  recogemos los frutos. El Evangelio nos ofrece un criterio que nunca se equivoca: un árbol se reconoce  por los frutos, porque un árbol bueno produce buenos frutos (cf. Lc 6,44).
A la luz de esta afirmación pensamos en el crecimiento en cantidad y calidad de los grupos de oración de la Argentina.

Padre Pio interceda por ustedes,  y los apoye. Y el Señor les de su paz.

Giovanni Chifari, teólogo bíblico.

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