Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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Homilía del Padre Seivane


posted by Grupos Oficiales de Padre Pio Hispanoamérica on

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El Evangelio despierta. Abre luminosamente la conciencia. La ajusta. La rectifica. La eleva. Ofrece el amor. Y en la divina persona de Cristo concentra la fuerza modificadora. Recibido con fe, transfigura la mente. Nos pone en relación con el que vive, y “estuvo muerto, y ahora, tiene las llaves de la muerte y del abismo”.

El mundo huye del Evangelio porque escucha a Satán. Y los creyentes somos exigidos, mientras se opera la maravilla al creer. A veces, Dios nos pide la fe de Abraham…

Al leer las páginas del Evangelio, el Espíritu Santo que se nos ha dado, nos hace encontrar con Cristo vivo. Creemos en la Santa Iglesia Católica, que en sus testigos  y escribas nos presenta el Evangelio como Palabra del Señor.

Y, así, dice San Lucas: “Muchos han tratado de relatar, ordenadamente, los acontecimientos transmitidos por aquellos, que han sido desde el comienzo, testigos oculares y servidores de la Palabra. Después de informarme cuidadosamente de todo, desde los orígenes, yo también he decidido escribir…”.

Esta Sagrada Escritura, Palabra inspirada, viva y eficaz, “no engaña al que no se engaña al leerla”, enseña San Agustín. Y es la Roca del creyente. Sobre ella nos asentamos, y construimos nuestras vidas, en medio de las tormentas y peligros tempestuosos de la existencia temporal. Creemos en Jesucristo, porque la Iglesia nos lo presenta, y el Espíritu Santo asiente con nosotros a la Verdad. Y creemos en la Iglesia Católica, porque Jesucristo sopla el Espíritu Santo desde el Padre, y nos mueve a amarla asintiendo a sus sublimes enseñanzas. San Buenaventura enseña: “ El origen de la Sagrada Escritura, no es por humana investigación, sino por revelación divina, que fluye del Padre de las Luces, del que toda paternidad toma el nombre en los cielos y en la tierra; de quien, mediante su Hijo Jesucristo, dimana a nosotros el Espíritu Santo, y por medio de él (que reparte y distribuye los dones a cada uno como quiere), da la fe, y por la fe mora Cristo en nuestros corazones”.

El Evangelio, hoy, nos habla de un regreso… Cuando la distancia es tiempo, y se dan pasos hacia lo muy conocido, la llegada es reencuentro. Una localización de lo amado. Un revivir lo atesorado, un recibir la inevitable cascada de los afectos, con brillo de la memoria y puentes de la historia común.

El Hijo de Dios regresa a su patria chica. Su tierra de crianza… Pero vuelve con novedades. Ya ha sido confirmado públicamente como Mesías: la teofanía en el río Jordán, el reconocimiento del Bautista, la apertura de caminos con sus discípulos como Rabí, y los signos y prodigios que acrecientan su fama en medio de su pueblo, “las ovejas perdidas de Israel”. Es el paso de la compasión. El Rostro misericordioso de Dios alumbrando.

El Evangelio dice que “Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu, y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan”.

¿Con cuáles discípulos habrá llegado a Nazaret? Algunos eran parientes. Otros los había convocado a orillas del mar, otros estarían por ser incorporados a la incipiente comunidad apostólica. Y en todo ello la gratuidad. Él elige a los que quiere.

Desde lejos habrá divisado su casa. Y habrá vuelto a contemplar la campiña nazarena, el paisaje conocido, las suaves colinas, los senderos de olivares y almendros… Y, seguramente, Jesús habrá querido presentar su madre a aquellos hombres, hombres sencillos que habían iniciado la magna aventura de seguir a Cristo.

¿Con qué pudor se habrán presentado ante la Virgen? ¿Y cómo sacarle los ojos de encima una vez en el lugar? Invitados a la que fuera la casa del Rabí, habrán compartido el pan, y la larga y amable conversación que tiene a Dios como centro.  Encuentro. Saludos. Abrazos. Comienzos. Y Nazaret testigo. Tal vez, María, como en Caná, hubo de decirles a los primeros apóstoles: “Hagan todo lo que él le diga”.

“Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga, y se levantó para hacer la lectura”, dice el Evangelio.

Ahora, la sinagoga lo recibe ungido. Y los rollos se le ofrecen como a Maestro. Y todos observan con mezcla de sentimientos. Ternura, admiración, reverencia, incredulidad…

“Le presentaron el libro del profeta Isaías, y abriéndolo, encontró el pasaje que dice: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos, y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos, y proclamar un año de gracia del Señor”.

¡Glorioso y compasivo Jesús! ¡Santo de Dios! ¡Emmanuel! Como el árbol de la Vida nueva está entre nosotros ofreciendo los frutos del Reino que no tendrá fin. ¡Luz inmensa, divina luz, cayado deslumbrante, oh!, Jesús!

Pero si la sal pierde su sabor con qué se la volverá a salar… Porque sorprende cómo en presencia de Cristo crecen los desiertos. Y el amor del Señor resbala en un Occidente que lo adoró. Y la fe se empequeñece.

El fervor que Cristo trae enciende fuegos sagrados… Su Buena Noticia levanta. La eternidad que ofrece y siembra, transfigura, convierte en libre al que se hace como niño.

Cautivos: ¡búsquenlo! Pobres: ¡llámenlo! Ciegos: ¡clamen su luz! Oprimidos: griten su Nombre. Y todos, recibamos su gran Misericordia, como lo esperamos de él.

Cuando cerró el libro. El silencio fue como un vientre para anidar el esplendor de la Verdad. Porque todos tenían los ojos fijos en él. Miradas concentradas. Pensamientos que sólo Dios conoció.
Su espléndida Voz acalló el silencio. Resonó la solemne afirmación. La sentencia que a todo cristiano conmueve. La feliz proclamación que divide aguas: “Hoy, se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acaban de oír”… Siglos de espera. Años luz de una creación creada para Él. Preparación Divina. Pedagogía santa. Innumerables acontecimientos, pequeños y grandes, de un pueblo: el ángel frenando la mano de Abraham, el cruce del mar Rojo, la zarza ardiente, las tablas de la Ley, el gobierno de los Jueces, el trono de David, los profetas y el exilio, el templo de Jerusalén… Y en esa pequeña sinagoga estremecida, la sonora Verdad: El Ungido está. El Reino de Dios llegó. Jesús es el Mesías. Y la Iglesia lo proclamará al mundo hasta que Cristo regrese.

“Vengan a mí, todos los afligidos y agobiados, y, Yo los aliviaré…”, dice el Señor del tiempo y la eternidad.

Toda la compasión de Cristo, ahora, se derrama desde la Eucaristía. Pan vivo bajado del Cielo. Pan que nos comunica el Espíritu de la Verdad. Pan que mueve a compartir la fe. Pan que descansa al humilde. Pan que desata penas. Pan que alumbra noches del alma. Pan que abre esperanzas.
Es Cristo el que trae consuelos al que cree, en un mundo cultivador de crueldades.

“Dios no hizo la muerte, pero los impíos la llaman con sus obras y palabras”, dice el libro de la Sabiduría. Y San Agustín afirma en la Ciudad de Dios: “Los buenos impulsos y los afectos proviene del amor y de la santa caridad”.

Comulgando con amor, nos afirmemos en la fe que salva. La fe en Jesucristo, nuestra única esperanza. Amén.


                                                  Padre Gustavo Seivane