Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

El hijo pródigo , Homilía del Padre Gustavo Seivane


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Qué serenante puede llegar a ser el saber que alguien me recibe aunque no lo merezca, aunque sea pecador… Un refugio puede ser, entonces, el corazón del amigo. Un descanso. Pero si el que me recibe es Dios, la amistad que ofrece y me espera es también fuente de perdón. Encuentro liberador. Una apertura de horizontes. Vida nueva.

El perdón descansa y sana. Bendice pasos. Da aurora. Como si nos besara la luz.
De la soberbia al hambre, y de la humildad a la fiesta… Caminos que solemos transitar los pecadores… El Señor es bueno. Es médico.
El Evangelio dice que “todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo”. ¿Qué les daba su Voz? ¿Qué les hacía su doctrina? ¿Veían crecer algo en ellos al escucharlo? ¿Recibían paz?

“Jesucristo es nuestra paz”, dice San Pablo. El muro del odio y de la división cae por la Gracia del Señor Jesús. Un muro que al caer favorece los espacios. Hace la unión. No mezcla. Distingue en relación. Trae la amistad. Engendra alianza.
¿A quién puede fastidiarle que Jesús coma con los pecadores?¿ O que este mundo devastado por la violencia sienta la percusión de las palabras de Cristo: “El que venga a mí yo no lo rechazaré”. O estas otras: “Destruyan este Templo, y yo lo levantaré en tres días”? ¿A quién le escandaliza el amor? A los fariseos y a los escribas. Es decir, a todos los que se sienten justos. A nosotros, alguna vez. O toda vez que no miramos con los ojos puros, cuando la mirada ve cómo Dios hace salir el sol sobre justos e injustos.

Si Jesucristo recibe a los pecadores, no es para felicitarlos por sus pecados, sino para corregirlos. Sanarlos. Para que se conviertan. Para que cambien. Para hacernos bienaventurados. Para animarnos. Para darnos a gustar el abrazo de su amistad. Para que hagamos amigos en si Nombre.
El Evangelio dice que los Fariseos y escribas murmuraban diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores, y come con ellos”. Jesús, a ellos, y a nosotros nos alecciona con una parábola. La parábola hace resplandecer el Amor. Es la parábola del Padre misericordioso. O llamada tradicionalmente del Hijo pródigo. Aquí, se encuentran “la Misericordia y la miseria”, como diría San Agustín. Dios abraza… Si hay alianza es porque hay un arrepentido. Un converso. Un punto nuevo de partida. La fiesta de la paz.

En el padre de la parábola encontramos figurado a Dios… Dios no nos obliga a amarlo, ni siquiera a hacer el bien. Favorece todo lo bueno. Ofrece su Gracia. Nos instruye. Nos previene. Nos alienta en el camino santo. Nos invita. El Apocalipsis dice. “Estoy a la puerta como el que llama, si me abres entraré y cenaremos juntos”.

Dios ama a sus criaturas. Dios es Amor. Él no retiene ni coacciona a sus hijos… La libertad es el más precioso don. Es la llave. Si abrimos lo bueno, la belleza estará con nosotros. Fascinante y tremendo es el misterio de la vida y la libertad. La libertad lleva en sí, por eso, un riesgo. Lleva la fuerza del sí y del no. Y eso nos da dignidad. Somos creaturas excelsas en nuestra hechura. Creados a imagen y semejanza de Dios. Libres.

Si puedo amar, entonces, puedo odiar. Si puedo aceptar, puedo rechazar. Si puedo salvarme, puedo condenarme. Si puedo permanecer en Dios, puedo, también, alejarme.
El hijo menor de la parábola, se fue. Alejó sus pasos. Se sintió fuerte, aunque desconocía su debilidad. Presumió. Se creyó capaz de hazañas. Ignoró que su ilusión lo dejaría perdido en “una soledad poblada de aullidos”, como dice el salmista.

Lejos, a la vera de un chiquero, conoció su límite, y su error. Midió su pecado.
Había pedido su parte. Una parte que había sido el esfuerzo de otros. ¿Será que la arrogancia siempre calcula mal?  Su sueño de gloria había resultado una construcción sobre arena… El hambre lo despertó. Lo devolvió al camino. Un camino de restauración. Sensatamente reflexionó.
El Evangelio afirma que recapacitó diciendo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!” Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: “Padre pequé contra el cielo y contra ti, ya no merezco ser llamado hijo tuyo”.

Había recogido sus cosas, y se había marchado a un país lejano, donde todo lo había malgastado en una vida licenciosa. Aquellas licencias que libremente se había dado a sí mismo fructificaron en indignidad. En frío y desamor… Lo magnífico fue que reflexionó. Pues un riesgo mayor pudo haberse consumado: ¡La obstinación! Como cuando el espanto de una mala vida, de un desatino, de un desvío dramático, se lo justifica. Cuando el orgullo llama riqueza a la pobreza, saciedad al hambre, o agua pura al fango y el estercolero.

El hijo menor no se mintió a sí mismo…. Llamó a las cosas por su nombre. Se dijo “yo estoy mal”. “Me equivoqué”. “Yo estaba bien con mi padre”. Era bueno el orden. Su cercanía. El calor del hogar. El trabajo y la mesa. La comunión y el respeto. La estabilidad y la riqueza de ser humilde.
De la reflexión pasó a la acción. Lo excelente está en que no dilató el retorno. No dio lugar a enredos, confusiones, justificaciones, y nuevos y abismales desvíos. “Ahora mismo iré a la casa de mi padre”. “Ahora mismo”. Ya. Un movimiento que es como avanzar resignificando todo lo bueno que había perdido. Recuperar. Ver todo lo de siempre, pero transfigurado.

¿Cómo lo esperó el padre? ¿Con cuáles ansias? ¿Acaso Dios no nos espera en el Corazón de Cristo?
El padre de la parábola hubo de permanecer asomado al camino. Como si desde el momento de la partida de su hijo hubiese puesto toda su atención en aquel regreso. El Evangelio dice que “cuando todavía estaba lejos lo vio, y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó”.
Nada permanece oculto para Dios. Todo lo penetra. Desde lejos lo vio regresar… La compasión de Cristo revela las entrañas de misericordia de Dios. “El que me ve a mí ve al Padre”, le había dicho a Felipe. “Vengan a mí, todos los afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”, insiste el Señor.
Profundidad del amor de Dios, que todo lo disculpa… Hay encuentros que desatan abrazos, y traen músicas, y lanzan a vuelo las campanas, y sana heridas, y bendicen, como un amanecer, como una resurrección. “Porque este hijo mío estaba muerto, y ha vuelto a la vida”… Había vuelto. Ahora, quedaba lejos el país lejano, el chiquero, y el habitante oscuro de aquel lugar que lo tenía sometido en la indignidad.

Luz de Luz es Dios. Y siempre dador de Vida… La mejor ropa para este arrepentido. Revístanlo de Cristo. Un anillo para este rescatado: reciba la alianza que lo une a la Iglesia de Dios como redimido. Lleve las sandalias nuevas para recorrer caminos, y para anunciar la Buena Noticia, y testimoniar la fe. Se una al Cordero en el banquete eucarístico. Es la fiesta del perdón. Es la Gloria de Dios celebrada. Es la hora de la paz. “Porque mi hijo estaba perdido, y lo he encontrado”.

La fiesta no dejó de ser fiesta porque el hijo mayor no participara. ´Puede que no todos celebren el amor de Dios. Los celos son un infierno… El Evangelio dice que el mayor “se enojó, y no quiso entrar”… Al respecto sólo digamos: “Señor, líbranos de los celos, de la amargura que propicia la envidia, de las falaces insidias del enemigo, y de los propósitos de engaño”. Y, a su vez, te damos gracias. Te doy gracias, Señor, porque estando perdido me abrazaste. Estando desnudo me vestiste como a un príncipe de Cristo. Y porque estando sin vida me diste Vida nueva. “Me sacaste del abismo profundo”. Me diste casa y luz. Y la paz de la fiesta... Te doy gracias por tu perdón. Por tu gran misericordia.

La torre de Babel indicaba la desunión de los hombres por el pecado. La Iglesia señala la unión de los hombres por el perdón de Cristo.
Muchos vuelvan a la casa del Padre, a la Iglesia, y al banquete de la Unidad: la Eucaristía. Y , todos, revestidos de Cristo por la fe lo celebren.
¿Quién habiendo llegado a Cristo no siente el deseo de ver a Dios, para saciarse con la contemplación de su infinita hermosura? Esa bienaventuranza última y perfecta esperamos. Y la reconciliación con Dios, la unión con Cristo, la alienta y la anticipa. “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo”, dice el apóstol Juan. Y en su carta 1° agrega: “Ahora, somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que llegaremos a ser. Sabemos que cuando aparezca seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cuál es”.

Por eso, la fiesta. Por eso, la gloria de la fe. El  banquete de la reconciliación. El beso de la paz.


Padre Gustavo Seivane
Asistente espiritual de los Grupos de Oración del Padre Pio
Argentina

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