Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

"Ascensión del Señor" por el Padre Gustavo Seivane


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Si eres de Cristo, si vives como elegido, tu vida es intensa. El fuego te alimenta. El ardor de amor. La maravilla de la fe.

Si eres de Cristo te inclinas a su divina Palabra. Comes la substancia de la Revelación. A brevas en el texto sagrado.

Todo elegido anda en asombro. Bulla de luz bajo las alas del Altísimo. Abre los oídos de su corazón cada día. Se dispone a contemplar el Misterio de Jesús. El Misterio de su Vida, Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión a los Cielos.

Es la belleza la que aborda al católico fervoroso. La Gloria de Dios. La majestad de su Presencia, de su Voz, de sus enseñanzas.

“A sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo”, dice el Evangelio. Ya no en parábolas, sino en directa profusión de conocimiento subido, de alta contemplación, “para que mi gozo sea el de ustedes”, nos dirá el Salvador.
Así, por la fe, el elegido gusta las delicias del Reino, y se ve asistido por la sabiduría santa. Entra en Dios como un niño maravillado, y no le es extraño el designio del Todopoderoso: “El Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día”, dice el Señor. Y el elegido asiente.
Si la sabiduría de Cristo te embarga, si te colma su amor, si te nutre su Evangelio, entonces sos movido en la fe. Tu corazón asciende. Revela luz. Dice lo santo. Toca la creación alabando. Sirve al prójimo como a la imagen de Dios que es.

En el Nombre de Jesús se levantan los cortinados. Lo oculto sale a la luz. Huyen los malos espíritus, y crece la salvación.

La intensidad de la contemplación de los Misterios de Cristo nos dan éxtasis. Salida. Promueven encuentros. Y, así, dice el Evangelio que “comenzando por Jerusalén, en su Nombre, debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados”.

El sabio en Cristo ejercita y predica la conversión. El intenso en Cristo es amigo de perdonar. La Gloria de Cristo en sus elegidos es adorar a Cristo, fuente del perdón.

¿Acaso Cristo no te habló al corazón? ¿No te perdonó? ¿No te alimentó? ¿No te constituyó en esperanza? Él te hizo testigo. Su testigo. Testigo de la fe.

En él hemos ascendido hacia un abismal Amor. En él estamos ocultos en Dios aguardando su plena manifestación. Por él bebemos el agua viva, el Espíritu de la Verdad. Él nos envía el Ruah, que nos sostiene en la senda bendita que no defrauda. Ese camino de las campanadas buenas. Camino de cara a la eternidad, en espera de la herencia. “Ustedes son testigos de todo esto. Y Yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido”, dice Jesús.

No corras de un lado a otro con tu vida espiritual. Espera las señales. Escucha a Dios. Vislumbra. No sigas modas. Discierne. Aprende a aquietarte. Espera la lumbre suave. No pruebes muchos sabores. Encuentra tu comida. No te agites en el camino de la fe. Tus pasos sean guiados.

Los apóstoles obedecieron a Cristo. También, así se asciende. “Permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”, dice el Evangelio. Porque si te reviste Dios andarás en el camino correcto. Y tendrás a su tiempo alimento y luz, misión y descanso, cruz y Gloria. El Espíritu Santo viene a revestirnos con carismas, frutos y dones. Mientras no nos agitamos yendo de aquí para allá nos alcanza el otro Abogado. Permanecer es el arte de la escucha, y de la recepción. Es el hábito del oído atento del discípulo. Es la sabiduría del que aprendió a silenciarse, orar, y no cultivar la curiosidad.

Puede que, así, Jesús te lleve a cumbres del espíritu. A cimas de contemplación y amor. Puede que te alcance esa unción que busca a los humildes. El Evangelio dice que “Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania, y elevando sus manos los bendijo”. Habían escuchado las enseñanzas sobre los misterios del Reino. Había permanecido con Cristo. Ahora, eran bendecidos para aguardar el don de lo alto, la efusión del Paráclito, esto es: el entrañarse de la Vida de Dios en ellos, y en la comunidad.

En aquella cima Jesús se desprendió de la vista de los apóstoles. Se elevó. Ascendió. Alcanzó la derecha del Padre. Se vio promovido por encima de los ángeles, y constituido Señor de todas las cosas, de lo visible e invisible. Abandonó, necesariamente, una forma de presencia en este mundo, y nos regaló otra, más excelsa, que descubre la fe, en un fascinante juego de luces y sombras, revelaciones y ocultaciones, que apreciamos por el don del Espíritu.

“Mientras los bendecía se separó de ellos, y fue llevado al Cielo”… Altura. Gloria. Esplendor Santo. Ahora, esperanza para nosotros. La esperanza de llegar a donde él llegó. En su Nombre, se trata de andar amando en la fe. Haciéndolo presente con las obras que lo imitan, con los sacramentos, con la predicación del Evangelio. Y no dejar de mirar en el corazón, cómo arde su Presencia, o cómo llama su esconderse… Columna de fuego interior, o sed de su Voz de Pastor. Camino del espíritu. Fe asistida por el enviado desde el Padre. El Paráclito, Espíritu de la Verdad.

No te postres sino ante Jesucristo, como hicieron los Apóstoles. Y, luego, muévete hacia lo Santo con sencillez. Hacia tu Corazón donde inhabita el Santísimo. Hacia el hermano, pero con tesoros
espirituales. Hacia el templo como quien necesita alabar y dar gracias. El Señor te asiste en todas tus luchas. Las incertidumbres que golpeen, los miedos que amenacen, las desconfianzas que den sus oráculos, pero tú no te muevas del Corazón de Cristo. Él es el Glorificado. Y Todo lo domina. Di con el salmista: “Tú eres Señor mi refugio… caerán mil a tu izquierda, y diez mil a tu derecha, tú no será alcanzado”.

El que Ascendió está tan cerca, y es tan íntimo, que resulta más íntimo y cercano que tú mismo.  Suyo es el Poder y la Gloria. Conduce… “Los discípulos que se habían postrado delante de él volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios”… La alabanza trepe el corazón. Y la acción de gracias. Eso es la Eucaristía: El Ascendido  a los Cielos entre nosotros, y dándonos su Espíritu. ¡Maranatha! Subamos con él al comulgar.                                             
                                                                                               

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