Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

La Santísima Trinidad,, por el Padre Gustavo Seivane*


posted by Grupos Oficiales de Padre Pio Hispanoamérica

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Hay progresos intrascendentes. Naturales. Pueden acarrear algún beneficio, o comportarse de modo ambiguo, pero no hacen a la Salvación. No comunican ni acrecientan la Vida divina, son fugaces… Y hay progresos santos. Son los que saltan hasta la vida eterna.

La abundancia de la Vida de Dios se nos va dando, diciendo, actualizando, en el curso del tiempo. Se entreteje historia.  Historia de cada alma. Historia de los hombres.

Cada hijo de Dios es conformado como una tierra receptora de semillas divinas. Y es a lo largo del tiempo que puede progresar una santa germinación. El humus de nuestra colaboración favorece el crecimiento: “Dios da su Gracia a los humildes”, enseña la Sagrada Escritura. Así, la mano del Padre celestial dispensa sin pausa, por medio de su Hijo, el soplo viviente, el Espíritu Santo en las almas. Siembra. Unge los acontecimientos humanos. Los conduce hacia la Gloria, hacia lo imperecedero. Sólo nuestras resistencias desordenan la belleza de su santo obrar, y aún así, Dios insiste en restaurarnos.

Dios es Amor… La mano del Padre, la semilla del Hijo, el viento del Espíritu… La manifestación de Dios, “ad extra”, como saliendo de Sí mismo. Como revelándose. Como mostrando quién es: Amor Creador, Amor Redentor, Amor santificador. Un solo Dios Amor, en Tres divinas personas. Dios Uno y Trino. Señor que quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al conocimiento de la Verdad.
Todo tu ser pende de Dios Uno y Trino. Y toda la realidad subsiste en él. Todo lo creado. Lo visible y lo invisible... Por Creador y Trascendente. ¿Quién como Dios?

Progresar en el conocimiento de la Verdad, y en el amor de la Santísima Trinidad, en la unión con Cristo (el enviado y predilecto del Padre, concebido por obra del Espíritu Santo, en el seno de la Virgen María), es verdadero progreso. Es el verdadero sentido de toda existencia. Es el encaminarse a la Gloria que Dios quiere participar a su criatura. Es andar en luz y en bienaventuranza.
Por la fe conocemos. Por el amor nos adentramos en ese conocimiento que funda nuestra esperanza, y que nos hace libres, y santos entre los santos de Dios.

¿Cuán grande habrá sido la perplejidad de los Apóstoles en la Última Cena? Pues, Cristo les hablaba despidiéndose, y, anunciándoles, a su vez, que volvería. Y les señalaba, que en el conocimiento de la Verdad y la profusión de lo Santo, todo está por aumentar, crecer, ampliarse, extenderse, prosperar.
Otro Abogado, el Paráclito, les sería dado… Y, así, dice: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no pueden comprenderlas ahora”.  ¿Por qué? Porque deben ser capacitados para ello. Y esa capacidad sólo pueden recibirla de la Alto. Y esa donación, efusión, que capacita y es el Espíritu de la Verdad, no pueden recibirla si Cristo no sube al Padre, si el Hijo de Dios, el Nazareno, no realiza su Pascua, si no es promovido al seno de la Santísima Trinidad. Y su Pascua incluye necesariamente, para esa glorificación, y posterior envío del Espíritu, su sacrificio, su entrega hasta la muerte de Cruz, según los designios del Padre que lo envió, y a quien Cristo, amándolo, le entregó su espíritu en cumplimiento de su Voluntad.

El Espíritu nos capacita. “Se une a nuestro espíritu”, enseña San Pablo. Nos constituye hijos del Padre Celestial, hermanos del divino Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, y templos suyos. He ahí la Trinidad manifiesta. El único Dios verdadero obrando también nuestra glorificación. “Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la Verdad”, dice Jesús.

Jesús se dirige al Padre con familiaridad. Lo llama Abba. Es su Dios, porque el Padre que posee la divinidad sin recibirla de ningún otro, la da entera a su Hijo, al que engendra desde toda la eternidad, y con el Hijo la da al Espíritu Santo, en el que los dos se unen. Es Jesús, por eso, el que nos revela la identidad del Padre y de Dios, del misterio divino y trinitario.

En tanto hombre, el Dios de Jesucristo, es para él el Santo, el único bueno, el único Señor, al lado del cuál nada cuenta, a quien conoce, porque procede de él. Y para mostrar lo que vale “a fin del que sepa el mundo que él ama a su Padre”, sacrifica todos los esplendores del mundo, y afronta el poder de Satanás, el horror de la cruz. ¿Quién como Dios? Dios vivo, atento a sus criaturas, apasionado por todos sus hijos. Cuyo ardor consume a  Jesús hasta que no entregue el Reino a su Padre, y que abre en su Hijo la puerta de la Vida divina a los creyentes.

Dice San Hilario de Poitiers: “El Padre es aquel del que tiene el ser todo lo que existe. El es en Cristo el origen de todo. Además, tiene en sí mismo su ser, no recibe lo que es de ninguna otra parte, sino que lo que es lo obtiene de sí mismo y en sí mismo. Es infinito, porque no está contenido en cosa alguna, sino que todo está en él. Siempre está fuera del espacio, porque por nada puede ser contenido. Es siempre anterior al tiempo, porque el tiempo procede de él”… Y es el Padre el que ha enviado a su Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo, para que en él  tengas Vida, y, junto con el Hijo glorificado, nos envía el Espíritu Santo, para andar en la Verdad como hijos suyos, y siendo santificados alcancemos eterna felicidad.

¡Alégrate hermano! Eres una criatura amada por Dios. Y la creación es la obra común de la Santísima Trinidad… Sólo existe un Dios. “Ha hecho todas las cosas por Sí mismo, es decir, por el Hijo y el Espíritu, que son como sus manos”, enseña San Ireneo.

Hay progresos intrascendentes, y hay bienes fugaces… Que no consuman tu atención. San Juan Crisóstomo predicaba: “¿Qué bienes son éstos, que no son seguros, que son breves y de barro, que antes de aparecer desaparecen, y que se ganan a costa de tantas fatigas? ¿Y qué bienes hay semejantes a aquellos que no se cambian, que no envejecen, que no nos producen fatiga alguna, y que en el momento mismo de los combates nos traen la corona?”.

Los bienes eternos… El conocimiento de Cristo, el amor a la Santísima Trinidad, el culto al único Dios verdadero, la renuncia a los ídolos, la esperanza en la participación de la Infinita bondad. La paz.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo iniciamos este camino. Y en Jesucristo se nos ha revelado. Amén.
                                                                                       
Padre Gustavo Seivane
* Asesor espiritual nacional de los
Grupos de oración de Padre Pio -
Argentina

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