Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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A pedido del Santo Padre


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A pedido del Santo Padre rezamos a la Santísima Virgen por la Santa Iglesia de Cristo:


"Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; 
no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, 
antes bien, líbranos de todo peligro, ¡ oh, siempre Virgen, gloriosa y bendita!


ELEVAMOS LA ORACION A SAN MIGUEL ARCÀNGEL poniendo bajo su especial protección a la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, al Sumo Pontífice, a los Grupos de oración de Padre Pio,y a los sacerdotes asistentes espirituales parroquiales.

"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.
Amén." 

En el nombre del Padre, y del hijo , y del Espíritu Santo, Amén

San Pio de Pietrelcina, 
Ruega por nosotros

del Epistolario II : La Dirección espiritual...


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... volvemos a proponer aquí en síntesis la cuidada investigación hecha por el padre Gerardo Di Flumeri limitada a la correspondencia del Padre Pío con doña Raffaelina.
Es la conferencia leída por el autor en el primer congreso de estudio sobre la espiritualidad del Padre Pío (San Giovanni Rotondo: 1-6 de mayo de 1972) . En lugar de publicarla íntegramente pensamos que sea suficiente retomar los títulos con los textos más significativos.

1. Necesidad
En primer lugar debemos decir que el Padre Pío tiene en gran estima la dirección espiritual. Ve la necesidad desde un doble punto de vista: a) desde el punto de vista del alma dirigida, está convencido de que cuanto más ella avanza por el camino de la perfección, tanto más necesita de la ayuda del director; b) desde el punto de vista del director, y aquí la doctrina del Padre Pío es más rica y original. Siente la dirección espiritual como una exigencia de ese espíritu apostólico que debe animar a todo sacerdote; es más, hace entender claramente que para él la dirección espiritual era un fruto de su caridad sobrenatural.

2. Elementos
Analizando las 56 cartas escritas por el Padre Pío a doña Raffaelina, sin la pretensión de ser exhaustivos, podemos reducir los elementos constitutivos de su dirección a los siguientes.

a. Relación de afecto sobrenatural. Se ha dicho que un alma difícilmente se abre completamente con su director, si este no se ha ganado su estima, su confianza, su afecto. Y bien, el Padre Pío tiene el don de saberse ganar la estima y la confianza total del alma que dirige. Nótese, sin embargo, que esta relación no tiene nada de natural, sino que tiene un carácter eminente y exclusivamente sobrenatural. El Padre Pío lo hace notar repetidamente a su discípula.

b. Participación en las vicisitudes de su discípula. Esta relación sobrenatural no priva a la dirección del Padre Pío de ese afecto de cordialidad que, en un plano humano, confiere mayor credibilidad a la dirección misma. Es más el Padre Pío participa viva y cordialmente de todas las vicisitudes espirituales y temporales, alegres y tristes de doña Raffaelina. Al respecto existen páginas bellísimas que muestran claramente el rostro humano, el corazón paterno y la caridad afectiva del director.

c. La acción del Espíritu Santo. Poner en evidencia la acción del Espíritu Santo, que permanece siempre como el único verdadero maestro y el único verdadero director de las almas; hacer ver el camino de la gracia que trabaja dulce y silenciosamente en el corazón de los fieles, es obra que requiere intuición, discernimiento y santidad. Y el Padre Pío no ha mínimamente descuidado este elemento importante en el progreso del alma hacia la perfección.

En ese particular período de la purificación de los sentidos, en que el alma dirigida se ve perdida como en una noche profunda y en la oscuridad más espesa, el director le hace comprender cuál era la acción del Espíritu Santo, cuál es el trabajo secreto de la gracia, y le indica la meta última de ese modo de actuar del Esposo divino.

d. Desenmascarar las insidias de Satanás. Satanás no permanece sin actuar; con la astucia que le es habitual busca toda ocasión para volver ineficaz la acción de la gracia, para arrojar el alma al descarrío, para confundir las ideas.
Doña Raffaelina, desanimada por las inevitables dificultades que aparecen en el camino de la perfección, sentía compasión de ella misma, no viendo otra cosa que soberbia y caídas; pero, por otra parte, inundada por grandes gracias divinas, tenía siempre temor de no corresponderle adecuadamente. El Padre Pío intervenía siempre intempestivamente y ponía las cosas en su lugar, de modo que el alma continuase su itinerario espiritual.

e. Carácter franco y sincero. Recordamos solamente un episodio, entre los muchos que se podría citar y que se verán en la correspondencia aquí publicada. Obligada a dejarle a su hermano la casa paterna, que no obstante le había tocado en herencia, doña Raffaelina desde hacía siete años vivía en una casa alquilada; buscaba, sin embargo, una casa conveniente, en la que vivir mejor junto con la hermana Giovina.

Presentó este proyecto a su director, rogándole que suplique a Jesús, para que manifestara su voluntad. El Padre Pío, intentando todo el supremo bien espiritual de su discípula, expuso con claridad, sinceridad y franqueza su punto de vista, pero la discípula no logró en esa circunstancia mantenerse calma y se lamentó del mal cariz que tomaba el asunto.

La respuesta del director fue inmediata:
No puedo pues esta vez ahorrarte un dulce y fraterno reproche […].
Dios te perdone; esta vez has metido mucho la pata. Cuídate de ahora en más de no recaer en semejantes extravagancias (21.6.1914).

3. Método pedagógico
También en este tema nos limitamos a indicar algunas líneas esenciales que ponen de relieve la pedagogía espiritual desarrollada por el Padre Pío en las cartas presentadas por nosotros en este volumen.

a. Intuición psicológica. El Padre Pío sabe adaptarse a las condiciones personales del alma dirigida, presenta la perfección cristiana más desde un punto de vista positivo que negativo y estimula el amor propio del alma que dirige, de manera tal que la empuja a comprometerse totalmente en el camino de la perfección.

b. Estructura teológica. Subrayamos dos aspectos particulares al respecto. El primero se refiere al desarrollo de las virtudes teologales; y ello no tanto porque el Padre Pío enuncie principios, de los cuales resulta que Dios es el centro de su dirección espiritual, sino porque pone todo esfuerzo en desarrollar, en el alma que dirige, la gracia y las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, orientándola siempre hacia estas fuerzas sobrenaturales.
El segundo aspecto al que se aludía es que el desarrollo de las virtudes teologales, por deseo del Padre Pío, sucede en una atmósfera de espiritualidad franciscana, que se concretiza en algunas virtudes morales, típicas de todo seguidor del Pobrecillo de Asís, cuyo ejercicio se recomienda fervientemente.

c. Lo concreto. La dirección espiritual, bien estructurada desde el punto de vista teológico y sostenida por una providencial intuición psicológica, no se mueve con un programa abstracto y sobre principios solamente, sino sobre un plano concreto y aplicaciones prácticas de los mismos principios.
Este sentido de lo concreto impulsa al Padre Pío, en primer lugar, a proyectar al alma la gradualidad del camino en la vía de la perfección, haciéndole comprender que recorrerá este camino de a poco, progresiva y fatigosamente según los designios de Dios. En segundo lugar luego, precisamente para asegurar ese itinerario, el Padre Pío fomenta en su discípula una intensa vida espiritual, proponiendo y aconsejando los medios ascéticos tradicionales, si se quiere, pero que bajo su pluma y de sus labios adquieren un sabor del todo particular.

d. Hacia la meta. Podemos decir que el Padre Pío presenta en sus cartas la perfección cristiana como la conquista más noble que se pueda desear y efectuar, y en consecuencia dirige al alma, pidiéndole el heroísmo. Convencido que su discípula estaba llamada al último grado de perfección, no solamente se lo dice con claridad, sino que se propone prepararla, acompañándola siempre, para alcanzar la altísima meta de la unión amorosa con Dios, sabiendo bien que ha recibido de Dios mismo el encargo de presentarla al Esposo divino, como virgen casta de mente y cuerpo.

e. El estilo. Reflexionando sobre las enseñanzas de la correspondencia, nos parece poder afirmar que el Padre Pío se haya servido en su método pedagógico de la dirección de un estilo mayormente noble, delicado y señoril, tanto cuando aconseja como cuando ordena, tanto cuando reprende como cuando anima, tanto cuando se lamenta como cuando exulta. Esta nobleza lo impulsa a respetar la libertad de los otros, incluso cuando manifiesta el propio parecer, divergente y contrario; y además influye sobre el mismo estilo literario, también digno y delicado en las expresiones.

4. Eficacia
Llegados a este punto, debemos examinar en concreto los resultados prácticos de esa dirección y las motivaciones de la innegable eficacia de la misma.
a. Dos puntos de referencia. Ciertamente la eficacia de la dirección del Padre Pío se la puede ver sea desde el punto de vista inmediato, como era el de consolar el alma y llevarle paz y tranquilidad; sea desde el punto del efecto último, como es el de alcanzar la meta de la propia vocación a la santidad.
Por lo que se refiere a la paz y la tranquilidad del alma, es necesario recordar que doña Raffaelina atravesaba un período agudo de crisis espiritual, lleno de incertidumbres, de dudas y de angustias; que se hizo más intrincado por un complejo de circunstancias (enfermedad de la hermana Giovina, discordias con su hermano, suicidio del marido de la sobrina, etc.) que cortaba el aliento, quitaba la paz del alma, agravaba la situación día a día. Y bien, el Padre Pío fue el más grande artífice de la tranquilidad del alma amargada y probada; casi todas sus cartas contiene repetidas invitaciones al consuelo, a la calma, a la paz, invitaciones y exhortaciones que obtenían su efecto, como con corazón agradecido reconocía doña Raffaelina, jamás defraudada en sus esperas.
No menos eficaz fue la dirección, si se considera el efecto último de la acción directiva, es decir la de alcanzar la meta de la perfección cristiana. Si bien no se está en grado de establecer cuál haya sido el grado alcanzado en la escala mística de aquella alma privilegiada, es cierto que, gracias a la iluminada dirección del Padre Pío, superó la prueba de la purificación sensible y atravesó el período aún más doloroso de la purificación espiritual.

b. Explicación de la eficacia. Queriéndonos detener brevemente en los elementos constitutivos de la eficacia de la dirección, así como nos parece poder recogerla de la correspondencia epistolar, indicaremos sólo tres.

1. Sólida preparación doctrinal. Se trata antes que nada de una preparación teológica bien enraizada en la doctrina tradicional; de un conocimiento bíblico poco común, sustentadas por las enseñanzas «de su tan querido apóstol Pablo»; y de una segura ciencia y experiencia ascético-mística.

2. Sobrenatural aliento de santidad. Esto emana de todas las cartas, y el alma dirigida se sentía llevada hacia el mismo ideal. No podemos en estas notas introductorias siquiera citar algunas de las páginas más bellas emanadas del mundo sobrenatural y sus exigencias, tanto por parte del director como por parte de la dirigida. Enumeramos apenas algunos de los temas más sugestivos: deseo de morir, deseo de paz, amor-dolor, la eucaristía, la Virgen, el ángel custodio, el misterio de la cruz. En este punto entra la consideración de la experiencia mística del director, que no escapaba al alma dirigida y que encontraba siempre nuevos estímulos y nuevas confirmaciones.

3. Iluminación particular. El Padre Pío tiene la conciencia de transmitir exhortaciones, consejos, normas, doctrinas tomadas la más de las veces no de la industria humana sino de las mociones divinas, de iluminación suprema, de revelaciones del Señor. Es uno de los rasgos más característicos de su dirección y quizás fue este el factor que más que todos confirió eficacia a su acción. Conocimiento que le da autoridad y lo hace hablar de manera segura, cierta y a veces casi catedrática.

Cleonice Morcaldi: "Mis recuerdos del Padre Pio"


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8. Humildad, paciencia, ternuras de madre...

Con la palabra y con el ejemplo nos enseñaba a referir todo a Dios. Yo le decía que le quería mucho, porque veía en él a Jesús. Y él: - "También esto está bien; pero mira: lo que tú me das yo lo ofrezco inmediatamente al Amo. Por eso trata de dárselo directamente. Jesús estaría más contento y tú tendrías mas mérito".

Le dije un día: - "¿Qué es la humildad?”. Me respondió: - “La humildad es la verdad. ¿Quiénes somos nosotros y quién es Dios? El seráfico Padre pasaba noches enteras meditando esta frase. ¡¿Quién eres tú, Dios mío, y quién soy yo?!”.

La palabra "soberbia" le hacía temblar. Un día estaba en la sacristía con algunas personas. Un señor dijo: - "Y qué le vamos a hacer, Padre, somos semilla de soberbia". Inmediatamente el Padre respondió: - "Si no soy humilde, soberbio no quiero serlo”.

Durante la guerra, un capitán americano venía de Foggia para asistir a la Misa del Padre. Se ponía de rodillas junto al altar. Antes de partir quiso hablar con el Padre. Entre otras cosas le preguntó qué pensaba del don de las llagas. El Padre, bajando la cabeza, respondió: - "Que soy un pobre humillado”. Este episodio me fue referido por un sacerdote que hizo de intérprete. La respuesta gustó mucho al capitán. Éste con frecuencia traía sus soldados, que asistían a la Misa de rodillas. Después seguían al Padre a la sacristía.

Los fieles le regalaban con frecuencia pañuelitos de lino blanco, pero no los usó nunca. Prefería pañuelos de tela y de colores, como los que usaban nuestros campesinos.
Cuando llegaba el Superior General de la Orden, salía a su encuentro con los demás frailes, pero se escondía de modo que nadie lograba verlo.

Un día, en confesión le dije: - “Usted, Padre, es tan bueno, hágame...”. No me dejó concluir la frase e inmediatamente dijo: - "¿Yo bueno? ¡Si tú supieras lo que soy yo, escaparías de aquí horrorizada!... ¡El peor de los delincuentes, comparado conmigo, es un hombre honra-do!". Y lo dijo con tal convicción, que no supe qué decir.

Su espíritu de pobreza me pareció un tanto exagerado. Un día, en el coro, lo vimos subirse a una silla para apagar las pocas luces de una lámpara que los frailes habían dejado encendidas.

Quería que también nosotras observáramos, de algún modo, la regla franciscana. Cuando le dije que yo había tirado un pedazo de pan duro, me respondió: - "¿Por qué no has hecho sopas?”. Me había comprado un vestido nuevo. Cuando me lo vio, dijo: - "Podías haber remendado el que tenías". Tenía razón. En aquella ocasión fui un poco vanidosa.

Durante largos años fue humilde sacristán. Dispuesto siempre a servir a todos, en todo. En las cartas se firmaba siempre así: "Vuestro humilde servidor...".

Un sacerdote me preguntó si el Padre ejercitaba siempre la virtud de la paciencia. Le respondí: - "¿Le parece poco el soportar el fatigoso trabajo de cada día, sin un solo día de descanso?, ¿sufrir con tanto amor la pasión del Señor y la dirección de tantas almas?”. Él mismo dijo un día: - “Esto es lo que me resulta difícil: estudiar el carácter de cada uno y adaptarme a él”. Jamás he visto un sacerdote con tantos dolores y con tanto paciencia. El sacerdote me respondió: “Tiene razón. El Padre Pío es un modelo en todo. Es santo, pero santo hay que hacerse”.

Pedí al Padre el remedio para mis tantas imperfecciones. Me dijo: - “Tiempo y paciencia. Paciencia con lo que Dios nos manda; paciencia con nosotros mismos, paciencia con el prójimo. Paciencia y padecer. El sufrimiento no es un castigo, sino un signo del amor de Dios para hacernos semejantes a su divino Hijo. Humíllate amorosamente ante Dios y ante los hombres, porque Dios habla a quien tiene las orejas bajas. Ama el silencio, porque el mucho hablar no está libre de culpa Recuerda que todo se vuelve en bien para los que aman sinceramente a Dios. Si David no hubiera pecado, no habría adquirido una humildad tan profunda, ni la Magdalena habría amado tan ardientemente a Jesús”.

Transcribo algunas frases de sus cartas: - "Usted llora con razón por haber perdido la mamá, pero ¡ánimo!, hija mía. Yo soy perfectamente consciente de la misión que me ha confiado la Providencia. ¡Si hasta ahora he hecho las veces del padre, difunto, desde este momento siento que se me conmueven las entrañas al asumir también el deber de madre! Y la madre de usted sonreirá desde el cielo. Quiero verla consolada y dulcemente resignada. ¡Usted sabe y puede imaginar lo que yo siento en este corazón por su alma. ¡Dios mío, qué hacer para verla aliviarla!... ¡Pero a mí no me ha sido concedido esto! ¡Hay demasiada indignidad de mi parte para merecer del Señor el don de confortar a quien es parte de mí alma! ¡Ánimo, hija mía, rece usted a este buenísimo Padre, récele para que le consuele!

Un día, conmovida, le dije: - “Padre, ¿cuánto amor está encerrado en el corazón de Jesús?”. Y él: - "¡Hija mía, no existen términos para expresar la ternura de nuestro Dios!”.
Una mañana, después de la Misa, el Padre dijo esta frase: - “¡La vida sin el amor de Dios es peor que la muerte!”. Le dije: - “Padre, para tener más amor yo quisiera, por una vez, soñar a Jesús, conocer su rostro". - “Mírame", respondió. Yo quedé maravillada y sorprendida. El Padre continuó: - “Tú mereces el reproche de Jesús a Felipe en la última cena”.

El 22 de enero de 1953 se cumplía el 50 aniversario de su toma de hábito. Los frailes prepararon dedicatorias bellísimas. Fue invitado el Padre a escribir la suya; rechazó la invitación, pero después aceptó. Y éstas son sus palabras:

"Cincuenta años de vida religiosa,
cincuenta años clavado en la cruz,
cincuenta años de fuego devorador
por Ti, Señor, por tus redimidos.
¿Qué otra cosa desea mi ánimo
sino conducir a todos a Ti, ¡oh Señor!,
y esperar pacientemente que queme
todas mis entrañas en el “cupio dissolvi"
para estar completamente en Ti?"

Así pues, Jesús crucificó a su siervo a la edad de 16 años, precisamente en el día de su toma de hábito. Sin duda fue la Virgen quien indujo al Padre a superar su habitual reserva, porque lo reclamaba la gloria de Dios.
Un sacerdote exclamó: - “¡EI Padre Pío es el Job de nuestro siglo, paciente en soportar durante medio siglo la pasión de Jesús, paciente en su fatigoso trabajo de tantos años, sin un solo día de descanso!..”. Lo dijo al leer la dedicatoria que el Padre había escrito y que fue impresa en millares de estampas.
¡Pero quién sabe cuántos otros misterios quedaron encerrados en aquel corazón!
- “Muchos misterios de mi corazón serán descubiertos sólo allá arriba", dijo un día.