Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Mostrando entradas con la etiqueta Aprendemos del P. Pío. Mostrar todas las entradas

De la mundanidad...


posted by Grupos Oficiales de Padre Pio Hispanoamérica on

No comments

 


SEMBLANZA DEL PADRE PÍO DE PIETRELCINA por Melchor de Pobladura


posted by Grupos Oficiales de Padre Pio Hispanoamérica on

No comments

Se han redactado estas notas preliminares para satisfacer la curiosidad de quienes deseen familiarizarse, de alguna manera, con la personalidad del célebre Padre Pío de Pietrelcina e informarse previamente del contenido y finalidad de este libro.

Ambiente familiar.- El Padre Pío, en el siglo, Francisco Forgione, nació el 25 de mayo de 1887. Oculto y casi desconocido, pasó la infancia y adolescencia en el ambiente familiar de unos pobres campesinos. Con sus coetáneos, sin ser insociable y huraño, era más bien reservado y amante de la soledad. Precozmente prevenido por la gracia, ya a los cinco años soñaba ilusionado con la idea de consagrarse de por vida al servicio divino. Muy pronto se manifestaron algunos dones carismáticos y Satanás se hizo presente con violentos e insistentes ataques. La gente del pueblo comentaba en sus corrillos la ejemplar conducta del muchacho, sus solitarios paseos por la campiña y las frecuentes y devotas visitas, mañana y tarde, a la parroquia.

Como uno cualquiera de sus condiscípulos.- A los quince años cumplidos, el joven Forgione, superadas serias dificultades afectivas y formidables luchas satánicas -preludio éstas de toda una vida de sufrimientos y combates-, el 22 de enero de 1903 tomó el hábito capuchino. Cursó seguidamente los estudios humanísticos, filosóficos y teológicos. Su endeble y enfermiza salud le obligó a suspenderlos antes de alcanzar la meta del sacerdocio. Durante aquellos años de estudio, el joven capuchino, externamente, era como cualquiera de sus condiscípulos. Su progresivo desarrollo de la intimidad con Dios no tenía testigos, si bien, como se sabrá más tarde, era favorecido con visiones, locuciones internas y otras gracias extraordinarias.

Siete años de vida oculta.- Esperando que el aire nativo fortaleciera las débiles fuerzas físicas de Fray Pío para continuar la carrera eclesiástica, los superiores lo enviaron a Pietrelcina en mayo de 1909. El tiempo, que se preveía y deseaba pasajero, se prolongó por siete años consecutivos. Recibió la ordenación sacerdotal el 10 de agosto de 1910.
Y sigue un período de soledad, de reflexión, de intensa vida interior y de limitado apostolado ministerial.
Impulsado por la obediencia, el Padre Pío intentó varias veces incorporarse a la vida conventual. Así lo querían los superiores y así lo deseaba él. Todo inútil. Cada vez que pretendía realizar el proyecto, sus males físicos empeoraban peligrosamente. La vida del joven capuchino es un «misterio» para los especialistas. La diagnosis y la prognosis quedaban al margen de los coeficien¬tes sobrenaturales, que jugaban en este caso un papel importante y decisivo.
Bajo la experta guía de sus directores, que mantenían con él frecuente correspondencia epistolar, el Padre Pío, siempre achacoso y enfermizo, subió rápidamente uno tras otro los peldaños de la escala mística: purgación activa y pasiva, goces inefables y sufrimientos insoportables, fenómenos místicos, pasajera aparición de las llagas, luchas titánicas con el diablo, etc.

Su Calvario y su Tabor.- Así transcurrieron siete años de estancia en su patria. Por fin, en febrero de 1916, con el pretexto de asistir en Foggia a un alma privilegiada (que realmente lo necesitaba), los superiores lo destinaron al convento de aquella ciudad. Y aquí comienza una nueva etapa de su itinerario espiritual y de su misión sacerdotal, caracterizada por la dirección de las almas, de palabra y por escrito. Después de trece años de vida «escondida con Cristo en Dios», se presenta en público, aunque no por iniciativa propia, y se dedica al apostolado activo. Tenía veintinueve años de edad.
Después de unos meses dedicados intensamente a la dirección de las almas en Foggia, los superiores, en busca de una mejoría para su siempre enfermiza y achacosa salud, lo trasladaron a San Giovanni Rotondo, a unos 40 kilómetros de la capital Foggia. Y San Giovanni Rotondo -hoy conocido en todos los confines de la tierra- fue desde entonces su Calvario y su Tabor.
En su nueva residencia le confieren la dirección espiritual del colegio de los aspirantes a la Orden y se dedica además a la formación de un grupo de almas selectas, a través de las cuales irradia su apostolado y su espiritualidad. Los vaivenes de la primera guerra mundial lo arrancaron tres veces de la paz conventual y lo obligaron a prestar servicios auxiliares en cuarteles y hospitales por espacio de un total de ciento ochenta y dos días. Y lo hizo «con fidelidad y honor», como se lee en su hoja de servicios.

Sobre el candelero.- A partir de los primeros meses de 1918, su itinerario místico se dilata y enriquece: luchas y victorias, consolaciones y desolaciones, toques sustanciales, heridas del corazón, transverberación, fusión de corazones. El maravilloso fenómeno de las llagas impresas el 20 de septiembre de 1918, que sellará su cuerpo y ensangrentará su camino hasta la muerte, produjo un impacto clamoroso. A pesar de la grande reserva de los interesados, Padre Pío, directores y superiores, el hecho no pudo ocultarse dentro de los muros conventuales. La gente comenzó a subir la colina despoblada del convento, aisladamente o en pequeños grupos, hasta que el excepcional acontecimiento ocupó las primeras páginas de los periódicos y se hizo «noticia». Esto sucedía en la primavera de 1919. Desde entonces, San Giovanni Rotondo se convirtió en centro de peregrinaciones y el Padre Pío en el apóstol del confesionario y en el consejero a quien acudían gentes de toda clase, de día y de noche.
La ciencia y la autoridad tomaron cartas en el asunto directamente a causa del prodigio de las llagas e indirectamente para limitar o suprimir aquel flujo de gentes siempre creciente y no siempre ordenado.
En el crisol.- La ciencia, sin embargo, no acertaba con una solución satisfactoria en lo tocante a las llagas.
Es notorio el impacto que fenómenos tan sorprendentes, como el de las llagas, producen en la devoción popular, y también la posibilidad de torcidas interpretaciones y lamentables abusos. Para encauzar, si no contener, aquella avalancha de gente que se precipitaba desde todos los puntos cardinales al remoto convento capuchino, la Santa Sede se vio obligada a intervenir. Como primera medida disciplinar dispuso que el Padre Pío interrumpiera la dirección espiritual con el más autorizado de sus directores, el Padre Benito de San Marco in Lamis (mayo 1922); luego declaró que no constaba de la sobrenaturalidad de las llagas (31 mayo 1923); después limitó el apostolado del Padre Pío, y, por último, le prohibió celebrar la misa en público.
Esta situación, sumamente penosa para todos, duró diez años (1923-1933). Desapareció el clamoroso rumor en torno al convento, aunque, más de una vez, hubo de intervenir la fuerza pública para aplacar las iras del pueblo alborotado. Para el Padre Pío fueron años de creciente transformación interior: silencio, oración, estudio, sufrimiento, entera conformidad con la voluntad de Dios y de los superiores. Compás de espera en el apostolado exterior. Ninguna mengua en la vida interior.

Más amplios horizontes.- En el año 1933, el Padre Pío reanuda poco a poco sus tareas apostólicas. Comienza también a aparecer de nuevo el concurso de gentes, y fue siempre en aumento. Al terminar la segunda guerra mundial, la visita a San Giovanni Rotondo de personas de todas clases (gente humilde; luminares de la ciencia, de: la política y del arte; representantes de la jerarquía eclesiástica) había adquirido proporciones impresionantes. El Padre Pío no podía atenderlos a todos, quienes por lo menos deseaban asistir a la misa celebrada como sólo sabía hacerlo. Necesitaba más espacio vital, puesto que aumentar el tiempo no dependía de él. Para aumentarle la posibilidad de hacerse todo a todos, en 1959 se inauguró la nueva y espaciosa iglesia levantada con las generosas ofertas de sus innumerables admiradores. San Giovanni Rotondo se había convertido en un centro de atracción e irradiación universalmente conocido.

Flores y espinas.- Indudablemente, la aureola popular y universal que rodeaba al Padre Pío tenía sus raíces más profundas en la santidad que todos admiraban y aplaudían. Y sus manifestaciones eran múltiples: la celebración de la misa, con visible participación activa al misterio de la cruz; el perfume misterioso, que muchos percibían aun desde muy lejos; bilocación asegurada por muchas personas; las sorprendentes y adivinadas intuiciones respecto a sus penitentes dentro y fuera del confesionario; gracias temporales, favores espirituales, etc.
Pero justo es reconocer que al lado de este fundamento real e innegable de la atractiva persona del Padre Pío, adquirieron una importancia relevante y lo hicieron más popular y más amado algunas iniciativas suyas -expresiones elocuentes de su amor a Dios y al prójimo-, que se han desarrollado como árbol frondoso y fructífero. Nos referimos a la Casa Sollievo della Sofferenza, cuya primera piedra se puso el 19 de mayo de 1947 y fue solemnemente inaugurada el 5 de mayo de 1956; obra de su entrañable amor a los que sufren y realizada con la ayuda generosa y desinteresada de sus devotos y admiradores. Y también a los llamados Grupos de oración, cuya fisonomía espiritual delineó él mismo en 1966; hoy están extendidos en muchas naciones y cuentan con más de 70.000 miembros inscritos.
Todos conocen al Padre Pío como el Estigmatizado del Gárgano. Y lo fue en reali¬dad, no sólo por las cinco llagas que llevó impresas y sangrantes durante cincuenta años en su cuerpo endeble y enfermiza, sino también por la cruz dolorosa que lo torturaba interiormente, como prueba mística, y por las incomprensiones y tribulaciones causadas por las criaturas. Aunque obedientísimo siempre y en todo a-los superiores eclesiásticos y religiosos, no pudo por menos de sufrir y mucho -aunque sin lamentarse nunca- ante ciertas y repetidas decisiones que le afectaban a él y a su obra. Y también le causaron mucho dolor moral los contrastes de opiniones que respecto a su persona se debatían en la prensa y por otros medios con imprudencia y obstinación por algunos que se proclamaban sus devotos y admiradores.

El ocaso.- Los últimos diez años de vida del Padre Pío se caracterizan por un nivel altísimo de actividad y de popularidad y también por un progresivo y alarmante desgaste de sus fuerzas físicas, a causa de sus atroces sufrimientos físicos y morales. La rápida y habitual asistencia de médicos y especialistas de nombradía internacional no logró detener el declive de aquella preciosa vida. A principios de 1968 la situación se hizo alarmante. Tienen que llevarlo en un cochecito al lugar de su ministerio y a la iglesia conventual.
El 20 de septiembre, cincuentenario de la impresión de las llagas, una muchedumbre inmensa se da cita en San Giovanni Rotondo. El día 21 no celebra. Lo hace el día 22, como de costumbre, pero, bien a pesar suyo, no puede sentarse en el confesionario. A las seis de la tarde se presenta en público y bendice a la muchedumbre que lo aclama. Fue su última bendición. A las dos y media de la mañana del día siguiente entregaba plácidamente su alma al Señor.

Hacia los altares.- El mismo día 23 todos los medios de información -agencias, prensa, radio, televisión- anunciaron su muerte y le dedicaron «servicios» especiales. Y el acontecimiento adquirió el rango de «noticia» internacional.
Al conmemorarse el primer aniversario de la piadosa muerte del Padre Pío, en noviembre de 1969, se dieron los primeros pasos en orden a una posible y deseable beatificación y canonización. Los preparativos continuaron con ritmo acelerado y con éxitos muy positivos y esperanzas muy lisonjeras.

Fuente: Padre Pío de Pietrelcina : PENSAMIENTOS - EXPERIENCIAS - SUGERENCIAS

Padre Pio y el Arcàngel san Miguel


posted by Grupos Oficiales de Padre Pio Hispanoamérica on

3 comments





Se trabó una batalla en el cielo:
Miguel y sus ángeles declararon guerra al dragón (Ap 12,7)

El 3 de julio de 1917, el Padre Pío peregrinó a la Gruta del Gárgano para venerar a san Miguel, de quien era devotísimo.
Con anterioridad a esta fecha había experimentado repetidas veces la protección del Arcángel en sus luchas contra Satanás, en Pietrelcina o en el convento de Santa Ana, en Foggia.
Muchas veces había deseado hacer la misma peregrinación que había llevado a cabo, siglos antes, su seráfico Padre san Francisco.

Manifestó este deseo a su superior, el padre Paulino de Casacalenda, y éste, apenas los seminaristas terminaron los exámenes, organizó el viaje al Monte Sant’Angelo en honor del Patrono de la provincia religiosa capuchina de Foggia, tanto para premiar a los colegiales como para complacer al Padre Pío.
La comitiva, formada por el venerado Padre, por Nicolás Perrotti, Vicente Gisolfi, Rachelina Russo y los 14 seminaristas, se dirigió desde San Giovanni Rotondo hacia el Monte Sant’Angelo, a las 3 de la mañana del día señalado.

El Padre Pío hizo a pie un buen trecho del recorrido, pero después, a causa de la enfermedad que padecía, fue obligado a subirse a una carreta.
Cuando despuntaba el sol, caminó algunos pasos a pie para desentumecer las piernas y entonó el santo Rosario, intercalando devotos cantos en honor de la Virgen y de san Miguel.
Al entrar en el santuario, se emocionó profundamente. De repente, al recordar lo que le había sucedido en aquel lugar al Poverello de Asís, que, juzgándose indigno de entrar en la Gruta, se detuvo a la puerta y pasó allí la noche entera ensimismado en oración, se arrodilló y, envuelto en lágrimas, besó con respeto y gran humildad el umbral de la Gruta. Después, y una vez escuchada la explicación del canónigo sacristán, que le mostró la TAU grabada por san Francisco, entró y se postró de rodillas a los pies del altar de san Miguel, en devota y profunda meditación.

Rezó por él, por la provincia religiosa capuchina, por la Iglesia, por la paz en el mundo, por todos sus hermanos de religión y por los soldados expuestos al peligro de la guerra. Todo y a todos encomendó a san Miguel.

De la roca de arriba caían de continuo, fruto de la gran humedad, gruesas gotas de agua. Con gran sorpresa de los seminaristas, que enseguida testimoniaron el singular suceso, el Padre Pío permaneció sin mojarse.
Uno de los colegiales, queriendo hacer una prueba, se colocó junto al venerado Padre, pero muy pronto quedó bañado por el agua.

El Padre Pío permaneció largo rato concentrado en la oración y totalmente ajeno a la realidad.
Desde aquel día su devoción al Príncipe de los ejércitos celestiales experimentó un sensible y fuerte impulso. Cada año hacía una cuaresma de preparación para la fiesta del Arcángel. A las almas que se acercaban a él, el Padre Pío les hablaba siempre del poder de san Miguel. Eran continuas sus invitaciones a dirigirse con confianza a este glorioso Arcángel, sobre todo en las tentaciones.

A los fieles que se acercaban a San Giovanni Rotondo el venerado Padre les animaba a continuar la peregrinación hasta el Monte Sant’Angelo, para venerar a san Miguel en su santuario. Con frecuencia esta invitación era la «penitencia sacramental» que imponía al final de la confesión. Además, si sabía de alguien que iba a marchar al Monte Sant’Angelo, le pedía para sí una oración a san Miguel.

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri

Oraciones de Padre Pio


posted by Grupos Oficiales de Padre Pio Hispanoamérica on

No comments



Coronita al Sagrado Corazón de Jesús.
 Recitada diariamente por el Padre Pío, por todos aquellos que se encomendaban a sus oraciones.

  1)    ¡OH Jesús mío! que dijiste. “ En verdad os digo, pedid y recibiréis, buscad y encontrareis, llamad y se os abrirá”, he aquí que yo llamo, yo busco, yo pido la gracia...
Padre nuestro, Ave Maria, Gloria.
Sagrado Corazón de Jesús, confío y espero en vos.

 2) ¡OH Jesús mío!, que dijiste “en verdad os digo cualquier cosa que pidieres a mi Padre en mi nombre, el os la concederá” he aquí que a Vuestro Padre y en Vuestro nombre, yo pido la gracia...
Padre nuestro, Ave María, Gloria .
Sagrado Corazón.......

3) OH Jesús mío ! que dijiste. “En verdad os digo, el cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán jamás” he aquí que apoyado en la infalibilidad de vuestras santas palabras yo pido la gracia...
Padre nuestro, Ave María, Gloria.
Sagrado Corazón........

¡OH Sagrado corazón de Jesús! a quien es imposible no tener compasión de los infelices, tened piedad de mi, mísero pecador, y concédeme la gracia que te pido, por medio del Inmaculado Corazón de Maria, vuestra y nuestra tierna Madre.

 San José padre adoptivo del Sagrado Corazón de Jesús ruega por nosotros.

 Dios te salve Reina y Madre........
Amen.

Nace el Salvador...


posted by Grupos Oficiales de Padre Pio Hispanoamérica on

No comments





"Vive alegre y animoso, porque el ángel, que preconiza el nacimiento de nuestro pequeño Salvador y Señor, anuncia cantando y canta anunciando que él promulga alegría, paz y felicidad, a los hombres de buena voluntad, para que no haya nadie que ignore que, para recibir a este Niño, basta ser de buena voluntad."

Santo Padre Pio de Pietrelcina

Padre Pio y el àngel de la guarda


posted by Grupos Oficiales de Padre Pio Hispanoamérica on

No comments






Un ángel como compañero.

El mundo que rodeaba a Padre Pío no estaba hecho solo de cosas visibles.
Solo quien ha estado a su lado de una manera bastan¬te íntima o en las horas de silencio o en los momentos de intimidad personal se ha dado cuenta de que alrededor de él circundaban personajes que no era posible ver pero que se percibían, que no se sentían, pero de los cuales se intuía su presencia.

Cuando hablamos de ángeles, y particularmente de ángeles de la guarda, nos refugiamos en la fe. Creemos en su existencia y en sus intervenciones en la vida de los hombres porque así está escrito en la doctrina teológica y en las Sagradas Escrituras. Creemos y ya está. Y en este caso creer no nos supone ningún esfuerzo.

Sin embargo, percibir su presencia de manera indirecta, sin implicarse, de uno modo totalmente ajeno y sólo porque se haya tenido la fortuna de estar junto a alguien que tenía una cierta relación de familiaridad con estos seres inmateriales, puede atemorizar un poco, ahora que lo pienso. De todas maneras, en este caso no era así porque resulta que la persona que gozaba de este trato íntimo con los ángeles era maravillosa, paternal, maternal, fraternal transmitía a los demás una serenidad y seguridad familiar.

Él era un guarda atento de sus secretos y del mundo que existía en su interior, cuando se revelaba alguna cos extraordinaria, él, con su sonrisa y su ingenio, con la simplicidad de su comportamiento y con ese hacer sencillo que le caracterizaba, la reconducía y la decantaba a la dimensiones de la cotidianidad.

Tenía la capacidad de eliminar las distancias, de establecer un contacto humano que invitaba a la confianza de convertir el ambiente arcano en un hogar para aquellos que lo circundaban. Con él, el cielo estaba al alcance de la mano. Conseguía hacer sentir a gusto a aquellos que; lo asistían y estaban a su lado para ayudarlo en aquella zona imprecisa entre cielo y tierra, donde se cruzaban y se encontraban el mundo material y el espiritual.

Decir que Padre Pío tenía a un ángel como compañero es cierto, pero sería demasiado limitativo para él, ya que podría dar a entender que, a pesar de que convivir con otros hermanos, hijos espirituales, amigos y devotos, estaba talmente aislado sobre la tierra que no tenía un solo amigo.

La figura del ángel como compañero debe ser entendida como una presencia que está permanentemente a su lado, con discreción, invisible guarda de sus pasos y de sus pensamientos en todos los momentos del día, alguien a quien podía acudir con confianza ante cualquier eventualidad. Las otras personas, los hermanos, los amigos, los hijos espirituales se alternaban en torno a él iban y venían, iban y venían. El ángel, en cambio, siempre estaba allí. Utilizar el atributo «compañero» para hacer referencia al ángel de la guarda es cosa del propio Padre Pío, que lo dice todo al llamar a su ángel de la guarda «compañero de mi infancia»
.
De hecho, después de una noche que, a causa de una «broma» de mal gusto del maligno, transcurrió sumida en un tormento indescriptible que solo consiguió superar gracias a las certidumbres de su ángel, escribe una carta a su confesor el P. Agustino de S. Marco en Lamis en la que le revela su angustiado estado de ánimo y la ayuda que recibe:

«El compañero de mi infancia intenta atenuar los do¬lores que me infligen aquellos apóstatas impuros acunándome en un sueño de esperanza».

Era el mes de diciembre de 1912. Padre Pío estaba en Pietrelcina. Tenía 25 años.
Los demonios lo atormentaban física y moralmente, debilitándolo y provocándole depresiones espirituales. Aquel día debía estar realmente triste y preocupado por su futuro debido a la persistencia de aquellos seres malignos en causarle mal e insinuarle pensamientos de des¬esperanza y a su malicia, pues recurrían a todo tipo de métodos, argucias y trucos para engañarlo y disuadirlo del camino de la perfección.

El pasaje previamente citado nos ayuda a comprender esta relación: se trata de una amistad que ya viene de tiempo atrás, un sentimiento nostálgico, la imagen de una cuna, la necesidad de huir de la realidad presente, la proyección del futuro. Resumiendo en pocas palabras: la realidad se une con la poesía. Al llamar a su ángel «compañero de mi infancia», Padre Pío nos hace entender que aquella amistad se remontaba a la época de su vida en familia, antes todavía de que entrase en la Orden de los capuchinos, es decir, a la época de las fábulas para las cuales nadie en su familia tenía tiempo, y además ninguno tenía, cultura ni capacidad para contarlas. Y por eso, como en: una fábula, tenía a un ángel como compañero y, al mismo tiempo, un ángel tenía a un muchacho como amigo.

Quizás por esta razón Padre Pío todavía se ve a sí mismo como un muchacho acunado por el ángel, sin negar su estado actual de joven desconsolado, necesitado de esperanzas.
Me he detenido un poco en exceso en este episodio de la vida de Padre Pío porque es importante para lograr comprender todo lo que ha ocurrido entre él, su ángel y aquellos que estaban a su lado.
Padre Eusebio, que asistió a Padre Pío desde 1961 a 1965, escribió sobre los ángeles de la guarda y sobre Padre Pío: «El ángel comenzó temprano su obra, cuando Padre Pío todavía era un muchacho».
«Más adelante», dice el P. Eusebio, «avanzado en edad y santidad, Padre Pío llamará acertadamente a su ángel de la guarda "compañero de mi infancia". Tal definición revela la estrecha relación entre el pequeño Francesco (futuro Padre Pío) y su angelito. Un compañero no es una persona que uno se encuentra de vez en cuando o en ra¬ras ocasiones, sino alguien a quien se ve a menudo y con quien se mantiene una relación de amistad. Se le quiere y se es su compañero de juegos. Padre Pío, ya desde niño tenía un compañero celeste que animó su infancia y que le sirvió de conforto y ayuda en los momentos difíciles y a la hora le solucionaba los problemas de comunicación con sus hijos espirituales».

Al enunciar todo aquello a lo que ha hecho referencia Padre Eusebio se descubre una realidad insólita para nosotros pero normal para Padre Pío, una realidad impresionante si se piensa en que el santo hermano era muy cercano a nosotros gracias a su gran humanidad, un hombre que vivió y actuó como cualquier otro ser humano, pero que también tocó las más altas esferas de la dimensión espiritual y sobrenatural, un mundo del que su espíritu se nutrió abundantemente.

Y será justamente este «compañero de infancia» quien lo acompañará durante toda su existencia. Padre Eusebio continúa: «Este ángel estará junto a él cuando abandone a su familia y las prospectivas terrenales para dedicarse a Dios; lo ayudará durante el año del noviciado, en sus estudios para convertirse en sacerdote y se preocupará de que Padre Pío llegue a ser un digno ministro de Cristo. Lo guiará por el sendero de su excelentísima santidad y estará a su lado cuando tenga que soportar los asaltos del maligno, que parece abandonar el infierno y olvidarse del resto del mundo para centrarse únicamente en combatir contra el joven fraile». El ángel no lo abandonará jamás en esta pugna, que en ciertos momentos se volverá atroz y que durará toda la vida.

«He aquí la razón por la cual Padre Pío tenía por su ángel de la guarda una profunda, tierna y confidente devoción que rompía toda barrera y reducía cualquier diferencia entre ellos, haciendo de Padre Pío un ángel y de su ángel una criatura humana. Esta realidad irá creciendo constantemente con el paso de los años y con el acerca¬miento de Padre Pío a aquella Santidad a la que Dios le había llamado».

El compañero de su infancia también ha sido su amigo durante la juventud, su confidente durante la madurez y su apoyo en la vejez. Y, además, era quien le servía de ayuda en su «caminar» lejos del convento, a lo largo del mundo, para socorrer a las personas que lo necesitaban, que pedían su intervención.

(Fragmento extraìdo de "Envìame a tu àngel de la guarda" del  P. Alessio Parente)

El Padre Pío, "fotocopia de Cristo" (20).


posted by sinnombre on

No comments



Como Jesús, «que pasó haciendo el bien» 
(Hech 10, 38).

De labios del apóstol Pedro habían salido ya alabanzas muy bellas sobre Jesús: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16); «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68-69) La que recoge el Libro de los Hechos de los Apóstoles no lo es menos y podemos ver en ella un acertado resumen de la vida de Cristo. La pronuncia Pedro en un momento especialmente delicado de su actividad apostólica: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hech 10, 38). 

Jesús «pasó haciendo el bien»; no sólo hablando del bien y proponiéndolo a los demás. Sin descuidar otras expresiones del bien, se centró en la más importante: curar «a los oprimidos por el diablo». Para hacer el bien y promoverlo, tuvo que desenmascarar formas de pensar y de actuar que la sociedad religiosa de su tiempo tenía por buenas y que no lo eran: «Maestro, la ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?» (Jn 8, 5); e introducir otras que se consideraban contrarias a la voluntad divina pero que le eran muy queridas a Dios: «El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado (Mc 2, 27). Y haciendo el bien manifestaba con claridad que «Dios estaba con él».

Para hacer el bien, si no necesario, es muy importante hacer bien lo que a uno le corresponde hacer. Y de Jesús dice el Evangelio de San Marcos: «Y en el colmo del asombro decían: Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos» (Mc 7, 37).

--- - ---

Del Padre Pío de Pietrelcina, quien no cierre los ojos a la realidad, o falsifique la verdad, tendrá que decir, como el apóstol Pedro de Jesús, que: «pasó haciendo el bien». Y muy probablemente tendrá que afirmar también los otros datos que he señalado en relación a Jesús.

- El reconocimiento oficial de la santidad del Padre Pío por parte de la Iglesia, al beatificarlo el 2 de mayo de 1999 y canonizarlo el 16 de junio del 2002, es prueba clara de que el Santo capuchino pasó su vida haciendo el bien. ¿Todo el bien que le fue posible? Esto sólo lo sabe Dios; pero, por las informaciones que tenemos, podemos afirmar que el bien que hizo fue muy grande, que de ese bien se beneficiaron muchísimas personas de los cinco continentes y que lo realizó a lo largo de su larga vida de 81 años.

- El Padre Pío, al igual que Jesús, hizo el bien de muchos modos, pero de forma muy especial «curando a los oprimidos por el diablo». Al indicar la “misión grandísima” que el Señor le había confiado, él ponía en primer lugar: «Liberar a mis hermanos de los lazos de Satanás». Veamos. El Sacramento instituido por el Señor para liberar de los lazos de Satanás, es decir, del pecado, es el de la confesión. Y el Padre Pío, como dijo de él el Papa Pablo VI: «Confesaba de la mañana a la noche». A los que creen que, cuando se habla de las horas que el Padre Pío pasaba en el confesonario, el número se indica a “lo que sale”, puede servirles este dato: El Visitador apostólico enviado por el Vaticano, Rafael Carlos Rossi, en junio de 1921, interrogaba al padre Lorenzo de San Marco in Lamis, Superior del convento de Capuchinos de San Giovanni Rotondo, después de haberle hecho jurar ante los Evangelios que diría la verdad. Le pregunta sobre el Padre Pío: «¿Es verdad que está hasta 16 horas en el confesonario?». Le responde: «Hasta ahora, sí; de tal forma que celebra incluso a las 12:30 y a las 13». Pero hay otros medios para liberar a los hombres de sus pecados; y ¡con qué intensidad los usaba el Santo capuchino! Solía repetir: «Salvar almas orando siempre»; y esto es lo que escribió al padre Benedicto el 20 de noviembre de 1921: «Cuántas veces, por no decir siempre, me toca decir a Dios juez, como Moisés: “O perdonas a este pueblo o bórrame del libro de la vida”». Escribió al padre Agustín el 20 de septiembre de 1912: «Él (el Señor) se elige algunas almas, y entre ellas, aunque soy totalmente indigno, ha elegido la mía, para ser ayudado en la gran empresa de salvar a los hombres. Y cuanto más sufren estas almas sin consuelo alguno, más se aligeran los sufrimientos del buen Jesús»; y continuó escribiendo: «He aquí el motivo por el que deseo sufrir cada día más y sin consuelo alguno»…

- El Padre Pío, como Jesús, hizo el bien a los que sufrían en el cuerpo, sobre todo a los enfermos. Dejando de lado las muchas curaciones sorprendentes, milagrosas, obradas por el Señor ante los ruegos del Santo, el hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”, promovido por él en San Giovanni Rotondo, indica bien a las claras lo que resaltó Juan Pablo II en la ceremonia de Canonización del Capuchino de Pietrelcina: «Además de la oración, el Padre Pío realizaba una intensa actividad caritativa, de la que es extraordinaria expresión la “Casa Alivio del Sufrimiento”».

- También al Padre Pío, como a Jesús, le correspondió discernir, y hacer que lo descubrieran sus Directores espirituales, cuál era el bien que debía ofrecer a los demás y, como consecuencia, dejar al Señor que le preparara y prepararse él mismo para llevarlo a cabo. Dios quiso al Padre Pío, ya religioso capuchino, lejos de la vida de comunidad y del convento, durante siete años, en Pietrelcina. Situación del todo anómala, que llevó al padre Benedicto, Director espiritual y Superior provincial del Padre Pío, a pensar, y actuar en consecuencia, de este modo «Si Dios te quiere capuchino, te querrá en el convento; si no te quiere en el convento es que no te quiere capuchino»; y al Padre Pío, convencido de que esa situación la quería el Señor, a ayudar a los padres Benedicto y Agustín a que la descubrieran así y respetaran el proyecto de Dios. 
- Al Padre Pío, como a Jesús, no le resultó difícil descubrir que «Dios estaba con él» y manifestar que todo el bien que pasaba por su persona hacia los demás, venía del Señor. «¿Qué es lo que puedo hacer yo? Todo viene de Dios. Yo sólo soy rico en una cosa, en una infinita indigencia».

- Y el Padre Pío, como Jesús, hizo bien aquello que debía hacer. Sería fácil encontrar miles de testimonios que repitieran en relación al Padre Pío lo que otros, en el colmo del asombro, dijeron de Jesús: «Todo lo ha hecho bien». Nos sea suficiente el de su Director espiritual, el padre Benedicto, que, en febrero de 1918, le escribió: «Ésta es la verdad y, si hablara de otro modo, no sería sincero. Ningún pecado grave o venial encuentro en tu alma que pueda legitimar tus temores».

Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío, "fotocopia de Cristo" (19).


posted by sinnombre on

1 comment

Como Jesús, que acogió y bendijo a los niños (cfr. Mt 19, 14-15).

Entre los preferidos de Jesús tenemos que poner a los niños. Preferidos, ¿sólo por tratarse de seres pequeños, débiles, que no poseen nada…, o también porque, con frecuencia, eran marginados en la sociedad en que le tocó vivir?
Jesús, en su predicación, se refiere de muchos modos a los niños, y los Evangelios recogen con detalle sus enseñanzas:
- Acoger a un niño en nombre de Jesús es acoger al mismo Cristo y, por tanto, al Padre del cielo: «El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado» (Lc 9, 46-50). 
- Hacerse como niños es condición para entrar en el reino de los cielos y para ser el más grande en él: «En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos» (Mt 18, 3-4).
- Escandalizar a un niño es tan grave que «Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar» (Mt 18, 6).
Si son muy aleccionadoras estas enseñanzas de Jesús, no lo es menos su modo de actuar con los niños. San Marcos nos lo presenta así: «Acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis… Y tomándolos en brazos los bendecía» (Mc 10, 13-16).

--- - ---

El Padre Pío de Pietrelcina, sin decirlo con palabras, actuaba en relación a los niños de forma muy parecida a la de Jesús. Lo que no aportan suficientemente las biografías del Santo lo podemos descubrir, si sabemos “leer”, sobre todo en su rostro, en las muchas fotografías que nos muestran al Padre Pío o rodeado de niños, o dándoles la primera comunión, o visitándolos y repartiéndoles caramelos, o… 
Pueden sernos suficientes estas tres informaciones:
- Donato Calabrese, en su libro “Padre Pío – Siete años de misterio en Pietrelcina”, escribe: «No puede confesar porque no ha recibido la autorización del superior provincial, el padre Benedicto de San Marco in Lamis. Esta privación le hará sufrir mucho de ahora en adelante. Mientras tanto, bautiza, enseña el catecismo, tanto en el pueblo como en Piana Romana, prepara a los muchachos para las funciones parroquiales, como el rezo del rosario y la bendición eucarística vespertina. Esparce la semilla de la buena palabra y del testimonio de ser sacerdote de Cristo». Y seguro que, en esa buena palabra, no faltaría la llamada especial a los niños al rezo del rosario ante el cuadro de la Virgen de la “puerta Madonnella”, al que invitaba a los vecinos de Pietrelcina los sábados del año y durante el mes de mayo. 
- El Padre Pío, en sus visitas a los enfermos del hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”, se detenía todo el tiempo que le era posible en la sección reservada a los niños, a los que acariciaba y bendecía, a los que animaba a empeñarse por superar la enfermedad, a los que pedía confiar en Jesús y encomendarse a la Virgen María…
- Y el Padre Pío, con todo lo anterior, sin olvidar los otros beneficios que su modo de actuar aportaba a los niños, buscaba sobre todo que crecieran en la fe y progresaran en el amor a Jesús y a los demás. Más aún, no dejaba de estimular a los padres en su misión de educar a los hijos, y respondía afirmativamente a los que le preguntaban si le parecía bien que se dedicaran a dar la catequesis a los niños y jóvenes. 
A una madre de familia le escribió: «Ponga en solo Dios todas sus preocupaciones, pues él tiene cuidado especialísimo de usted y de esos tres angelitos de hijos con que la ha querido adornar… Preocúpese siempre de su educación, no tanto científica cuanto moral. Téngalos en su corazón y quiéralos más que a las niñas de sus ojos. A la educación de la mente, mediante buenos estudios, procure unir siempre la educación del corazón y de nuestra santa religión; aquélla sin ésta, mi buena señora, causa una herida mortal al corazón humano».
- Y ésta fue su respuesta a quien le preguntaba si debía colaborar en la catequesis a los niños: «Sí, bendigo de corazón la obra de dar catequesis a los niños, que son las florecillas predilectas de Jesús».

Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (18)


posted by Unknown on

No comments


Como Jesús, que perdonó y oró por los que le “crucificaron” (cfr. Lc 23, 33).
 Jesús, que nos pidió perdonar «hasta setenta veces siete» (Mt 18, 22), supo, no sólo perdonar, sino también excusar a los que le crucificaron. Sirvan de ejemplo estos dos momentos.
- San Lucas, tras el relato de las tres negaciones del apóstol Pedro, escribe en su Evangelio: «El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro». Mirada de perdón, de olvido, de acogida…, pues «Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho… Y, saliendo afuera, lloró amargamente» (Lc 22, 61-62).
- El mismo evangelista, después de escribir: «Y cuando llegaron al lugar llamado “la Calavera”, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda», añade: «Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 33-34).
--- - ---
El Padre Pío, que pasó la mayor parte de su vida ofreciendo el perdón de Dios en el sacramento de la confesión, supo, no sólo perdonar, sino también ayudar y orar por los que le “crucificaron”. Sirvan de ejemplo estos tres hechos:
- Monseñor Pascual Gagliardi y don José Prencipe. El padre Agustín de San Marco in Lamis escribe en su “Diario”: «Cuando por los años 1918-1919 se propagó en la prensa diaria la fama del padre Pío, dio principio al mismo tiempo una guerra sorda, suscitada por ciertos elementos del clero local, sostenidos por Monseñor Gagliardi, mediante el cual llegaron a Roma numerosísimas cartas repletas de acusaciones, exageraciones, calumnias..., una verdadera guerra satánica».
+ Monseñor Gagliardi era el Arzobispo de Manfredonia, Diócesis en la que estaba enclavado San Giovanni Rotondo. Años más tarde, en octubre de 1929, fue depuesto del cargo de Arzobispo por su vida inmoral y escandalosa y se retiró a Tricarico, donde murió en 1941.
El Padre Pío, al recibir la noticia de la muerte de Gagliardi, dada por el Superior del convento, el padre Rafael de Sant’Elia a Pianisi, dijo: «Mañana celebraré la Misa en sufragio por su alma». Y el padre Rafael nos ofrece un dato más: «Pascual Gagliardi con frecuencia escribía al convento de los Capuchinos de San Giovanni Rotondo pidiendo intenciones de santas Misas con el correspondiente estipendio. Se le envió siempre. Pero hay que recalcar que el más favorable a esta obra de caridad, era precisamente él, el Padre Pío».
+ Don José Prencipe, Arcipreste de San Giovanni Rotondo, estaba entre los «elementos del clero local» a los que se refiere el padre Agustín, y como elemento muy activo en la «guerra satánica» contra el Padre Pío.
En junio de 1933, el nuevo Arzobispo de Manfredonia, monseñor Andrés Cesarano, al visitar al Padre Pío, se hizo acompañar de don José Prencipe. Hacía más de 10 años que éste no se había dejado ver en el convento de Capuchinos. El Padre Pío lo recibió con un abrazo muy cordial, como para indicarle que lo pasado estaba ya perdonado y olvidado.
- Don Juan Miscio. Era Canónigo de San Giovanni Rotondo. Buscaba dinero de la forma que fuese. Y en 1925… Hizo creer a María Pompilio, devota del Padre Pío, que había escrito un libro, que había entregado ya al editor de Milán, en el que el Padre Pío aparecía de la forma más denigrante y lamentable que se podía imaginar. Estaría dispuesto a suspender su publicación para evitar el descrédito del Padre Pío, pero, para anular el contrato con el editor, tendría que abonar cinco mil liras, que no tenía. María Pompilio creyó el embuste y corrió a informar al hermano del Capuchino de Pietrelcina, Miguel Forgione. La noticia, además de causar el lógico terrible sufrimiento al Padre Pío, llegó también a conocimiento de Manuel Brunatto, que sospechó que se trataba de una mentira de mala ley. Desenmascarado el embuste por los “carabinieri”, el asunto pasó a los tribunales de justicia y el Canónigo fue detenido en noviembre de ese año 1925. A lo largo de siete años, don Juan Miscio fue condenado a tres meses de cárcel y mil liras de multa; recurrió la sentencia; el Tribunal de Apelación aumentó la pena a veintiséis meses de prisión; la Corte de Casación confirmó el juicio del Tribunal de Apelación; y el Ministro de Justicia rechazó la petición de gracia.
El Padre Pío, que lloró al conocer la condena a prisión del que había sido uno de sus acusadores, escribió directamente al Ministro de Justicia pidiendo gracia para Miscio, y también al Rey Víctor Manuel III para que el agraciado por el Ministro de Justicia pudiera encontrar un trabajo de maestro.
- Padre Justino de Lecce. Es el capuchino que, en 1960, en el tiempo en que cumplía el encargo de “ángel custodio” del ya anciano Padre Pío, por propia iniciativa o, más bien, siguiendo órdenes recibidas de sus Superiores, decidió instalar micrófonos en diversos lugares del convento de San Giovanni Rotondo para espiar al Padre Pío grabando sus conversaciones e incluso las confesiones que escuchaba, y las grabó al menos durante tres meses.
+ El padre Justino, en el “Proceso de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Pío de Pietrelcina”, declaró: «El Padre Pío supo el hecho de las grabaciones; no creo que hubiera conocido el contenido de la grabación principal. Ciertamente supo que había sido yo, pero nunca me dijo nada».
+ Y el padre Eusebio Notte, en el mismo Proceso, manifestó: «Una noche estaba a solas con el Padre Pío en su celda n. 1. Y noté que el Siervo de Dios oraba con particular recogimiento. Confidencialmente le pregunté: “¿Tiene alguna preocupación esta noche?”. El Padre Pío enseguida y sin inmutarse: “Estoy orando por el padre Justino”. A lo que yo, casi enojado: “¡Ah!, Padre, ¡eso no!; ¡es demasiado!”. Y el Padre Pío: “Hijo mío, también él es un alma a la que salvar”».
--- - ---
Porque, a ejemplo de Cristo, supo perdonar, ayudar y orar por los que le “crucificaron”, con fray Modestino de Pietrelcina, podemos llamar al Padre Pío: “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (17)


posted by Unknown on

No comments


Como Jesús, a quien «le trajeron todos los que se sentían mal..., y él los curó”» (Mt 4, 24).
La salvación que Jesús ofreció durante su vida terrena a los hombres era para el hombre, formado de alma y cuerpo. Lo manifestó con claridad al decir al paralítico que colocaron ante él en una camilla: «Hijo, tus pecados te son perdonados» y, a continuación: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (Mc 2, 5-11).
En relación al cuerpo, sometido con frecuencia a la enfermedad, Jesús acogió con amor a los enfermos y curó a muchos de ellos, como dice el evangelista San Mateo en el texto arriba citado. Y, al proponernos «El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16, 24), en esa cruz que es necesario cargar para seguirle, incluía, sin duda, la enfermedad.
Además, Jesús nos señaló, como condición para entrar en el reino de los cielos, la de visitar y cuidar a los enfermos: «Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque… estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25, 34-36).
--- - ---
Al Padre Pío de Pietrelcina las enfermedades le acompañaron durante toda su vida; y, aunque tenían mucho de misterioso, no fueron para él menos dolorosas de lo que lo son para los demás mortales. En esas enfermedades es fácil descubrir también una gracia especial de Dios, porque con ellas quiso prepararlo y ayudarle en la misión que debía cumplir de cara a los enfermos.
- Que el Padre Pío supo cargar con la cruz de la enfermedad para ir en pos de Jesús, lo vemos en la carta que, el 14 de marzo de 1910, dirigió a su Director espiritual, el padre Benedicto: «Usted quiere conocer el estado de mi salud; aquí tiene mi información. El estómago, gracias al cielo, casi desde Navidad no rechaza ya nada, mientras que antes apenas retenía únicamente el agua. Siento que he recuperado un poco las fuerzas, de forma que puedo caminar algo, con  menos incomodidad que antes. Pero lo que no quiere dejarme es la fiebre, que casi todos los días, por la tarde, viene a visitarme, haciéndome sudar mucho. Además, la tos y los dolores del tórax y de la columna son los que más me martirizan y de continuo. Mucho tendría que agradecer al Señor por la fuerza que me da para soportar con resignación y paciencia todos estos sufrimientos».
- En la “misión grandísima” que el Señor confió al Padre Pío estaban, al igual que en la de Jesús, los hombres con alma y cuerpo. Si es cierto que el Santo de Pietrelcina se dedicó de lleno, sobre todo como confesor, a «liberar a mis hermanos de los lazos de Satanás» y a «dar la vida por los pecadores y hacerles participar de la vida del Resucitado», también lo es que no dejó de implicarse activamente en superar las causas de los sufrimientos de los hombres. Y, como a nadie, fuera de Dios, le es dado evitar del todo esas causas, supo poner el bálsamo del consuelo y de la esperanza donde encontró sufrimientos.
- El Fraile capuchino descubrió en el enfermo, además de su dignidad de personas, un hermano necesitado al que socorrer y una presencia especial de Cristo: «En cada enfermo está Jesús que sufre, en cada pobre está Jesús que languidece, en cada enfermo pobre está dos veces Jesús». Éstas son las motivaciones que le impulsaron a lo largo de su vida en su doble misión de cara a los enfermos: atenderlos caritativamente y promover estructuras sanitarias que les ofrezcan los remedios adecuados.
-  El Padre Pío fue sumamente caritativo y fraterno con los enfermos a los que tuvo acceso. Ante todo, con sus hermanos de fraternidad cuando caían enfermos. También con sus padres, Grazio y Maria Giuseppa, que fallecieron en San Giovanni Rotondo, en casa de María Pyle, el 7 de octubre de 1946 y el 2 de enero de 1929 respectivamente, tiernamente atendidos por su hijo capuchino. No lo fue menos con su primera hija espiritual, Rafaelina Cerase, a la que, ya enferma de cáncer, orientó por carta, durante dos años, desde Pietrelcina, y acompañó con frecuentes visitas desde el 17 de febrero de 1916, fecha en que, abandonando su pueblo natal, se instaló en el convento capuchino de Foggia, hasta el 25 de marzo, día en que falleció la enferma. Y no es posible olvidar sus visitas, cuando le era posible, a los enfermos del hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”, en las que se detenía de modo especial con los niños.
-  El pequeño “Hospital San Francisco”, promovido por él en el monasterio que las Clarisas de San Giovanni Rotondo habían abandonado por su estado ruinoso, fue la primera aportación del Padre Pío a la adecuada atención sanitaria de los enfermos. Un centro de salud que, aun funcionando en condiciones precarias, prestó buen servicio desde el año 1925 hasta que, en 1938, un terremoto lo destruyó por completo. La segunda aportación fue el gran hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”, fruto del tesón, de la constancia y también de las oraciones del Fraile capuchino, inaugurado y bendecido por él el 5 de mayo de 1956, con 300 camas.
- Las orientaciones que el Padre Pío daba al personal sanitario del hospital sobre el modo de tratar a los enfermos, y a éstos sobre cómo vivir la enfermedad mientras buscaban su curación o si no llegaban a alcanzarla, encierran enseñanzas importantes y muy útiles. A los primeros, porque deben atender a personas en situación de especial necesidad y, en ellas, al mismo Cristo, les pedía ser los mejores profesionales de la medicina y, como consecuencia, la formación permanente; dar los remedios médicos con amor; y no privar a los enfermos de la medicina más apta para suscitar alivio y consuelo: la buena noticia del Evangelio. Y a los enfermos les invitaba a unir sus sufrimientos a los de Cristo, actualizados, como sacrificio agradable a Dios Padre, en la Eucaristía; y a vivir la enfermedad con sentido cristiano, con las ayudas espirituales que les ofrecían los capellanes, motivo por el que quiso que el hospital se construyera junto al convento de Capuchinos, para que fueran éstos los que atendieran espiritualmente a los enfermos.
- Debo decir también que de las manos del Padre Pío, como de las de Jesús, brotaron muchas curaciones milagrosas para los enfermos; con esta gran diferencia: de las manos de Jesús, como fruto de su poder divino; de las manos del Padre Pío, como instrumento por el que actuaba el Señor.
--- - ---
También por su actuación con los enfermos, muy semejante a la que Jesús llevó a cabo veinte siglos antes, al Padre Pío podemos y queremos llamar, con fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.

Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (16)


posted by Unknown on

1 comment


 Como Jesús, que fue buscado por todo el mundo (cfr. Mc 1, 17).
«Todo el mundo te busca», dijeron Simón y sus compañeros a Jesús, cuando lo encontraron en un lugar solitario en oración (Mc 1, 37).
En un recorrido rápido por el Evangelio de Marcos encontraríamos que a Jesús lo buscaron: el leproso que se le acercó «suplicándole de rodillas: “Si quieres puedes limpiarme”» (1, 40); el paralítico «llevado entre cuatro», al que Jesús le dijo: «Hijo, tus pecados quedan perdonados… levántate, coge tu camilla y vete a tu casa» (2, 3-11); toda la gente que «acudía a él y les enseñaba» (2, 13); publicanos y pecadores que «se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían» (2, 15); unos que «le preguntaron a Jesús: “Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?”» (2, 18); «mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón» (3, 8)…
--- - ---
El Padre Pío también fue buscado por hombres y mujeres de todas las clases sociales: jóvenes y mayores, intelectuales y gente sencilla, santos y pecadores, artistas y políticos, ateos y ministros de la Iglesia… Y, además, de los cinco continentes, aunque para ello tuvieran que desplazarse miles de kilómetros y encontrar, en la etapa final del viaje, al menos hasta bien entrado el siglo XX, unos accesos al convento de Capuchinos de San Giovanni Rotondo poco transitables y una estructura hotelera muy deficiente.
- El Padre Pío podía sospechar esto desde muy joven, pues, en una carta de noviembre de 1922, comunicaba a su hija espiritual Nina Campanile que, en el año de noviciado para capuchino -lo inició a la temprana edad de 15 años- el Señor le había manifestado que le confiaba una “misión grandísima”. Y es fácil que en el superlativo «grandísima» el Padre Pío hubiera incluido también el número de destinatarios de esa misión.
- Muchos buscaron al Padre Pío por curiosidad; algunos, a la caza de pruebas que les permitieran seguir defendiendo su tesis de que era un iluminado y un impostor; y la inmensa mayoría, para encontrarse con un hombre de Dios que llevaba en su cuerpo las llagas del Crucificado, pedir su consejo, confesarse con él, participar en una Misa que casi todos la calificaban de “distinta”, suplicar una gracia e incluso un milagro…
- Estos dos datos, entre otros muchos que llenan las biografías del Santo, confirman lo que estoy exponiendo. En el año 1950 -el Padre Pío murió en 1968- se comenzó a asignar día y hora a los que deseaban confesarse con él, como única garantía de que pudieran realizar su deseo, aunque tuvieran que esperar 15, 20 y más días. Y en 1956, después de recurrir en los años anteriores a todos los medios imaginables para acoger a los miles de peregrinos que querían participar en la Misa del Fraile de los estigmas, los Capuchinos se expusieron a construir el gran santuario de Nuestra Señora de las Gracias, que fue inaugurado el 1 de julio de 1959. Se expusieron porque ¿continuaría el aflujo de peregrinos a la muerte del Padre Pío?
- Lo que tuvo lugar hasta la muerte del Padre Pío se ha ido repitiendo, y cada vez en mayor número, desde el 23 de septiembre de 1968. Cada día son más los que buscan al Padre Pío. Ciertamente en San Giovanni Rotondo, a donde llegan cada año varios millones de hombres y mujeres de todas las clases sociales y de los cinco continentes. Lo hacen para orar ante la tumba del Santo, para admirar la pobreza de la celda que lo vio morir, para contemplar el crucifijo ante el que recibió las “llagas”, para celebrar el sacramento de la Reconciliación en los mismos lugares en los que él lo administró durante 50 años, para participar en la Misa en los mismos templos en los que él la celebró con devoción extraordinaria, para pedir gracias y agradecer las ya recibidas… Y también en tantos otros lugares, donde una reliquia, una estatua, una capilla o un santuario nacional dedicado al Padre Pío… invitan al encuentro con él.
- Y hay un dato más que asemeja al Padre Pío a Jesús. Jesús, que vino a salvar a todos, se dedicó de modo especial a los apóstoles: «Venid vosotros solos a un lugar solitario para descansar un poco; porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiempo para comer» (Mc 6, 31), al pueblo de Israel: «Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel» (Mt 15, 24), a sus preferidos: los niños: «Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis» (Lc 18, 16), los pecadores: «No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores a que se conviertan» (Lc 5, 32)... El Padre Pío, que no excluía a nadie, se sabía con una responsabilidad especial hacia los habitantes de San Giovanni Rotondo. La cumplía también de este modo muy sencillo: en el confesonario de la iglesia, en el que confesaba a las mujeres, una de las dos ventanillas estaba reservada para las mujeres del pueblo y de la zona, con el fin de poder atenderlas con más frecuencia; la otra, para las que venían de otros lugares. Y el Padre Pío también tuvo sus preferidos, sin duda los pecadores, los enfermos, los necesitados…
--- - ---
También porque, como a Jesús, lo buscaron y lo buscan de y en «todo el mundo», podemos llamar al Padre Pío, con fray Modestino: “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (15)


posted by Unknown on

No comments


Como Jesús, que no vino «a llamar a justos sino a pecadores» (Mt 9, 13).
Jesús, a quien los hombres de su generación llamaron, de forma despectiva, «amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19), vino al mundo no «a llamar a los justos sino a los pecadores a la conversión» (Lc 5, 32).
Invitó y ayudó a abandonar los caminos de pecado: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (Jn 7, 11) y a seguir los del Evangelio: «Zaqueo, de pie, dijo al Señor: “Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituiré cuatro veces más”. Jesús le dijo: “Hoy ha sido la salvación de esta casa”» (Lc 19, 8-9).
Más aún: derramó su sangre en la cruz para la remisión de nuestros pecados, y confirió a los apóstoles el poder de perdonarlos.
--- - ---
Al Padre Pío bien se le puede llamar, como a Jesús, «amigo de pecadores». Amigo de pecadores, que consagró su vida a escucharlos, a absolverlos de sus pecados y a estimularlos a la conversión. O, como él decía, a «liberarlos de los lazos de Satanás», «hacerles participar después de la vida del Resucitado» y «poner fin así a la ingratitud de los hombres para con Dios, nuestro Sumo Bienhechor».
- Santificar a los hermanos y, como primer paso, liberarlos del pecado, era la misión que el Señor iba confiando cada día al Padre Pío. Él mismo lo dijo a Nina Campanile en una carta de noviembre de 1922: «Oigo internamente una voz que repetidamente me dice: santifícate y santifica».
- El Padre Pío comprendió muy bien este mensaje del segundo Libro de los Macabeos: «Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por el pueblo» (2Mac 15, 14), pues repetía con frecuencia: «Salvar las almas orando siempre»; y a su primera hija espiritual, Raffaelina Cerase, al proponerle las intenciones por las que debía orar, la primera que le señala es ésta: «Rogad por los malos». Y su oración al Señor la dirigía de tal modo en favor de los demás, que pudo escribir a su segundo Director espiritual, el padre Agustín: «Oh, si el orar por los demás no incluyese también orar por uno mismo, ciertamente mi alma sería la más perjudicada, y no porque no se reconozca necesitada de los auxilios divinos, sino porque le faltaría tiempo material para presentar al Señor sus necesidades».
- Sin duda, la aportación más valiosa del Padre Pío en favor de los pecadores fue su ofrenda al Señor como víctima por ellos. El 29 de noviembre de 1910, aún joven de 23 años y sacerdote desde hacía unos pocos meses, escribió esto a su Director espiritual, el padre Benedicto: «Y ahora, padre mío, voy a pedirle un permiso. Desde hace tiempo siento en mí una necesidad, la de ofrecerme al Señor víctima por los pobres pecadores y por las almas del purgatorio. Este deseo ha ido creciendo de tal modo en mi corazón que se ha convertido en una, por así decirlo, fuerte pasión. Es cierto que esta ofrenda la he hecho repetidas veces al Señor, urgiéndole a que quiera derramar sobre mí los castigos preparados para los pecadores y para las almas del purgatorio, incluso centuplicándolos sobre mí, con tal que convierta y salve a los pecadores y admita pronto en el cielo a las almas del purgatorio; pero ahora quisiera hacer esta ofrenda al Señor por obediencia a usted. Me parece que lo quiere Jesús».
- Esto es lo que el padre Agustín pudo escuchar al Padre Pío, un año más tarde, en noviembre de 1911, en Venafro, durante un éxtasis, cuando se encontraba enfermo en cama: «¡Cuántas profanaciones en tu santuario! ¡Oh Jesús mío! ¡Perdona! ¡Baja la espada! ¡Y si debe caer, que caiga sobre mi cabeza! ¡Sí! ¡Yo quiero ser víctima! ¡Castígame por tanto a mí y no a los demás! ¡Mándame si quieres hasta al mismo infierno, con tal de que te ame y de que se salven todos! ¡Sí! ¡Todos! ¡Jesús mío! ¡Yo me ofrezco víctima por todos!».
- El Padre Pío no quiso, no pudo, despreocuparse de los pecadores cuando dejaban esta tierra. Los seguía hasta que, purificados del todo, llegaban a su destino eterno en el cielo. Ya me he referido a su ofrenda de víctima por las almas del purgatorio. A ella unía sus buenas obras, sus sufrimientos, consecuencia de la ofrenda como víctima… y sus oraciones. Y, en este punto, quiero reseñar un detalle sencillo pero muy significativo. En la Plegaria eucarística que se usaba entonces en la Misa - hoy permanece junto a otras -, se invitaba al sacerdote al silencio y a la oración personal en dos momentos: el de orar por los vivos y el de orar por los difuntos. En los dos, y más en el segundo, el Padre Pío, excepto cuando desde el Vaticano le mandaron que sus Misas no duraran más tiempo del que emplean otros sacerdotes, se detenía durante muchos minutos.
- La intensidad con la que el Padre Pío buscaba la conversión de los pecadores y su posterior santificación, la podemos deducir también de sus invitaciones a colaborar con Cristo en la salvación de los hombres, sea por los sufrimientos aceptados con este fin cuando nos llegan, sea por otros sufrimientos deseados y buscados con esta finalidad. Sirva de ejemplo este mensaje que escribió a Assunta di Tomaso el 2 de marzo de 1917: «Jesús tiene necesidad de quien llore con él por la iniquidad de los hombres, y por este motivo te lleva por los caminos del sufrimiento, como me lo señalas en tu carta».
--- - ---
Al padre Pío, «amigo de pecadores» como Jesús, que los buscó y acogió para que, como hijos pródigos arrepentidos, volvieran a la casa del Padre y experimentaran su abrazo de acogida y de gozo, podemos llamarle con razón, como fray Modestino: fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (14)


posted by Unknown on

1 comment


Como Jesús, que fue enviado a evangelizar a los pobres
(cfr. Lc 4, 18).
Los detalles que señala San Lucas: sábado, la sinagoga, Jesús ofreciéndose a hacer la lectura, entrega del rollo del profeta Isaías, búsqueda de un texto concreto, proclamación solemne del texto bíblico, devolución del rollo al ayudante, sentarse, todos los ojos clavados en él…, indican un acontecimiento importante. Y, por fin, las palabras de Jesús: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Y lo que habían oído era: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres…» (Lc 4, 16,21).
Porque todos los humanos somos pobres, Jesús intentó evangelizar al mayor número de personas. A los habitantes de Cafarnaúm, que querían retenerlo, les dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado» (Lc 4, 43). Su gran anhelo lo expresó en estas palabras: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor» (Jn 10, 16). Y para que este deseo se convirtiera en realidad, encomendó esa misión evangelizadora a la Iglesia, al decir a los Once: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16, 15).
Pero unas personas son más pobres que otras; y, entre otras pobrezas, la más grave es la de no tener a Dios, como consecuencia del pecado. Y Jesús, en su acción evangelizadora, sin olvidar a los otros pobres: los leprosos, los enfermos, los niños, las mujeres…, se centró, ante todo, en los pecadores: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mt 9,13).
--- - ---
Del Padre Pío dijo el Papa Benedicto XV, sin duda proféticamente: «Es uno de esos hombres extraordinarios que el Señor envía de vez en cuando a la Tierra para convertir a las almas». Y, en la “misión grandísima” que el Señor confió al Padre Pío, entraba también, como en la de Jesús, la de «evangelizar a los pobres».
Alguien dirá: «Pero, ¡si el Padre Pío no predicó nunca o casi nunca!». Es cierto que no se dedicó a la predicación. «Predicar no he predicado nunca», fue la respuesta que dio al Visitador apostólico Rafael Carlos Rossi, cuando éste, en junio de 1921, le preguntó: «Cuándo fue autorizado para el ministerio de las confesiones y de la predicación»; y podría haberla repetido días antes de su muerte. Pero, cambiando un poco las palabras que escribió a Raffaelina Cerase el 11 de abril de 1914: «No todos estamos llamados por Dios a salvar almas y a propagar su gloria mediante el alto apostolado de la predicación; y sabe que éste no es el único y solo medio para lograr estos grandes ideales», podemos decir que la predicación no es el único y solo medio para evangelizar. Hay otros medios y los usó resueltamente el Fraile capuchino.
- En los Evangelios se constata pronto que no son tanto las muchas palabras las que evangelizan y atraen hacia Jesús cuanto la persona que las dice y el modo como las dice. Sirvan de ejemplo las dichas por Jesús a los dos discípulos de Juan Bautista, que le preguntan: «Rabí, ¿dónde vives?»: «Venid y veréis» (Jn 1,38-39), o a Zaqueo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa» (Lc 19, 5), o al recaudador de impuestos Mateo: «Sígueme» (Mt 9, 9)… En el Padre Pío fueron cientos de miles los mensajes que salieron de sus labios al administrar el sacramento de la confesión; mensajes breves porque el Capuchino no era un confesor precipitado, pero no mal perdía el tiempo; mensajes cuya fuerza evangelizadora debía ser muy especial a juzgar por las conversiones a las que impulsaban y por el recuerdo que dejaban en los penitentes. No son pocos los que me han referido, después de muchos años de haberlas escuchado, las palabras que les había dicho el Padre Pío cuando se confesaron con él. Y tenemos al Papa Juan Pablo II, que, siendo joven sacerdote, se confesó con el Santo de Pietrelcina en abril de 1948, y que, a la distancia de 54 años, el 5 de abril del 2002, lo recordaba y lo dejó por escrito: «Durante la confesión resultó que el padre Pío ofrecía un discernimiento claro y sencillo, dirigiéndose al penitente con gran amor».
- Sin duda tenían la misma fuerza evangelizadora los breves mensajes del Padre Pío antes del rezo diario del Ángelus a mediodía y a media tarde, con mucha frecuencia relacionados con la devoción a la Virgen María. El padre Alberto D’Apolito escribe: «El Padre Pío, enamorado de la Virgen Santísima, no cesaba de recomendar a todos los fieles el amor y la devoción a nuestra Señora, con el convencimiento de que la Virgen ha sido llamada a desempeñar en la obra de la redención un papel de representación de toda la Iglesia. Exhortaba continuamente a sus hijos a confiar en la Señora y a abrirle su corazón en la seguridad de ser escuchados. Sabía bien que la Santísima Virgen es la dispensadora de las gracias y que tiene en sus manos las llaves del Corazón de Dios». Y otro religioso, que también vivió muchos años con el Santo, refiriéndose a estos mensajes, afirma: «¡Qué cálida era su voz!
- El Padre Pío, a quien, como consecuencia de las informaciones falsas y de las calumnias que fueron llegando al Vaticano, el Santo Oficio se lo prohibió en mayo de 1923, no pudo seguir evangelizando por correspondencia epistolar. Lo había hecho de forma muy valiosa desde 1910. Pero esas cartas, publicadas en cuatro gruesos volúmenes, siguen evangelizando a las muchas personas, cada vez más, que buscan en ellas orientación espiritual para su vida.
- En la misma línea evangelizadora habrá que colocar los breves mensajes que escribía en estampas y en trocitos de papel y que entregaba a conocidos y a desconocidos; las orientaciones que daba al personal sanitario del hospital “Casa Alivio de sufrimiento” y sus invitaciones a confiar en el Señor a los enfermos allí atendidos, cuando los visitaba; los consejos, como quien no dice nada, cuando se acercaban a él, individualmente o en grupo, obispos, sacerdotes, políticos, militares, artistas, maestros…; y no tendrían finalidad diversa las visitas en bilocación que el Señor le concedió realizar.
- Y para llegar, como Jesús, al mayor número de personas -su anhelo era llegar a todos: «Quisiera volar para invitar a todos los seres a amar a Jesús, a amar a María»-, aconsejaba y pedía esa acción evangelizadora a sus hijos espirituales, a los Grupos de Oración que llevan su nombre…, incluso a su Ángel Custodio.
--- - ---
Porque, como Jesús, se supo enviado a «evangelizar a los pobres» y lo cumplió con generosidad, usando todos los medios a su alcance, podemos llamar al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (13)


posted by Unknown on

No comments


Como Jesús, que «no vino a ser servido sino a servir» (Mt 20, 28).
En un recorrido, incluso rápido, por los Evangelios es fácil encontrar una lista amplia de objetivos que motivaron la venida del Hijo de Dios a este mundo: «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 17); «Yo para esto he nacido y para esto he venido: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37); «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos» (Jn 9, 39); «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10, 10)…
Todos esos objetivos quedarían muy bien recogidos en estas palabras de Jesús: «Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). El Hijo de Dios, pues, ha venido al mundo para servirnos a los hombres salvación, verdad, luz…, vida y vida abundante. Y como servir no es cosa fácil para el que se tiene por superior o vive como tal, el Hijo de Dios se hizo «Hijo del hombre», «probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (Heb 4, 15). Y nos sirvió esos dones dando su vida. Y lo hizo por todos, sin excepción, porque, en el conjunto del NT, el «por muchos» hay que entenderlo «por todos».
--- - ---
El Padre Pío quiso ser el primero entre los seguidores de Jesús; en otras palabras, el primero al responder a su amor. Y se comprende que quien era consciente, como lo era él y así lo manifestó en una carta de noviembre de 1922, de que Jesús, el Amante divino, «desde el nacimiento me ha dado pruebas de una predilección especialísima», quiera amar a Jesús de este modo: «Siento muy vivo el deseo... de que todos los instantes de la vida transcurran en el amor al Señor... Querría que mi mente no pensase más que en Jesús y que el corazón no palpitase más que por él solo y siempre».
Para el Padre Pío la consecuencia de querer ser el primero entre los seguidores de Jesús era muy clara: «Quien quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre…» (Jn 20, 26-28). Y la vivió con generosidad.
- El Padre Pío, al igual que Jesús, buscó, antes que nada, servir al Señor; y de la forma que expresó en estas palabras: «Busquemos servir al Señor con todo el corazón y con toda la voluntad».
- También para el Padre Pío, como para Jesús, servir al Señor implicaba, de modo muy especial, servir al prójimo. Así se lo manifestó al padre Agustín el 6 de julio de 1917: «El cuidado de estos muchachos y socorrer y consolar a las almas, de palabra o por escrito, me ocupan todo el tiempo. No puedo negarme a nadie. ¿Y cómo podría hacerlo si lo quiere el Señor?». Y pruebas de que lo quería el Señor las tenía en las que indicó en la citada carta de noviembre de 1922: la “misión grandísima” que el Señor le había confiado y que le suponía, como manifestó a su hija espiritual Cleonice Morcaldi: «Ganar todo y a todos con el amor para llevarlos a Dios», y la «voz interior que continuamente le repetía: “Santifícate y santifica”».
- Si su deseo de ayudar, de servir, a los hermanos lo sentía «agigantarse grandemente en lo más íntimo del espíritu», lo atribuía a una gracia especial del Señor: «Me parece que en el hondón de mi alma Dios ha derramado muchas gracias respecto a la compasión de las miserias ajenas, sobre todo por lo que se refiere a los necesitados. La grandísima compasión que mi alma experimenta a la vista de un pobre le produce, en el mismo centro, un vehementísimo deseo de socorrerlo y, si mirase sólo a mi voluntad, me movería incluso a despojarme del hábito para vestirlo».
- El Padre Pío, para servir a los hombres a ejemplo de Jesús, tenía que hacerse y ser «esclavo», pequeño, uno más… Los testimonios de los que vivieron con él son unánimes al presentar al Padre Pío como un hombre, como un religioso, como un sacerdote, humilde, sencillo, que evitaba sobresalir, que nunca pretendía decir la última palabra… Pero es llamativo que lo haya pintado así también Rafael Carlos Rossi, el carmelita que, por encargo del Vaticano, realizó una Visita Apostólica a San Giovanni Rotondo en junio de 1921. En el “Voto”, en el informe, que entregó en la Congregación del Santo Oficio, hoy de la Doctrina de la Fe, escribió esto: «El Padre Pío me causó una impresión bastante favorable; y eso que yo había ido más bien prevenido en su contra... Religioso serio, distinguido, digno y, a la vez, franco, espontáneo en el convento…; he podido descubrir en él una humildad sincera y profunda, por la que - esto se afirma de forma unánime - vive en la mayor simplicidad e indiferencia, como si jamás hubiera ocurrido nada en torno a su persona y él no fuera todavía objeto de tantas atenciones y de una estima que, de parte de muchos, es absoluta veneración».
- El Padre Pío, como Jesús, además de servir con misericordia y dedicación a todos los que se acercaron a él: primero, durante siete años, en Pietrelcina; después, durante siete meses, en Foggia, y, por fin, desde 1916 hasta 1968, por cientos y miles al día, en San Giovanni Rotondo, deseó, lo pidió al Señor y lo intentó por los medios a su alcance, servir a todos sin excepción. Su deseo lo manifestó al padre Agustín, uno de sus dos Directores espirituales, con frases como éstas: «Quisiera tener una voz muy fuerte para invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a la Virgen»; «Quisiera volar para invitar a todos los seres a amar a Jesús, a amar a María». Lo pidió al Señor, suplicándole que le concediera todos los sufrimientos merecidos por los pecadores, incluso centuplicados, con tal de que convirtiera a todos. Y a los medios que todos tenemos para servir y buscar el bien de los que están lejos: mensajes y consejos enviados por carta, por teléfono…, plegarias al Señor por ellos, sufrimientos aceptados o buscados voluntariamente, uniéndolos a los de Cristo…, él pudo añadir, por concesión especial del Señor, el de la bilocación, el del envío de su Ángel Custodio a destinatarios de los cinco continentes…
- A los que se acercaron a él en los lugares antes indicados, el Padre Pío les sirvió de muchos modos: acogiéndoles con amor, regalándoles el ejemplo de una vida santa y de una Misa celebrada humildemente y de una oración continua y de una devoción tierna y filial a María…, atendiéndoles durante muchas horas al día en el confesonario, con los breves mensajes de vida cristiana que les ofrecía antes del rezo diario del Ángelus, con los centros de enseñanza que promovió y con el hospital “Casa Alivio del Sufrimiento” que fundó en San Giovanni Rotondo…
--- - ---
Porque, como Jesús, se dedicó no a ser servido sino a servir y a dar su vida por el bien de muchos, de cerca y de lejos, podemos llamar al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde