Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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Padre Pio y las almas del Purgatorio


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Fraternidad


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Pensamiento de Padre Pio


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Pensamiento de San Pio


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Pensamiento de San Pio


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Llama a Jesús...


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Durante el día, cuando no puedes  hacer otra cosa, llama a Jesús aún en medio de todas tus ocupaciones. Vuela con el espíritu ante el tabernáculo cuando no puedas ir con el cuerpo, y allí desahógate de tus  ardientes codicias, habla y ora y abraza al Amado de las almas, mejor que si te fuese dado recibirlo sacramentalmente.

                                                                                                            Epístolario III, pag. 448



"LOS PERFUMES DEL PADRE PIO" por Francesco Napolitano*


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En la vida de San José de Copertino, hijo del pobre Mendigo de Asís, encontramos muchas semejanzas con nuestro Padre Pío de Pietrelcina, como, por ejemplo, su gran amor hacia Dios y hacia las almas, el apostolado del confesonario, los éxtasis, la introspección de las con¬ciencias, la bilocación, la incomprensión y las persecucio¬nes de sus Superiores mayores, y también aquel fenómeno místico por el que su cuerpo, sus ropas, los objetos que él usaba, su celda..., todo emanaba un perfume tan suave y fragante que no se lo supo comparar con ningún otro, tanto natural como artificial.
Y es precisamente de este perfume de los santos, que emanaba también del Padre Pío, del que queremos hablar en este capítulo.
Entre las fuentes más auténticas y más seguras, citaremos primero las del Dr. Jorge Festa y el Dr. Luis Romanelli, que fueron las personas de confianza y los encargados por las autoridades eclesiásticas de examinar las llagas en la persona del Padre Pío.
El Dr. Festa, en su libro "Misterios de ciencia y luces de fe", declara: “La sangre, que mana a gotas de las heridas que el Padre Pío presenta en su persona, tiene un perfume fino y delicado, que muchos de los que se acercan a él han podido sentir.
... El Padre Pío no usa ni ha usado nunca ninguna clase de perfume; sin embargo, muchos de entre aquellos que se le acercan aseguran que emana de su persona un perfume agradable, como mezcla de violetas y rosas.
¿ Cuál es la fuente de tal fenómeno?
Por lo que me concierne, puedo asegurar que, en la primera visita que le hice, le saqué del costado un trapito empapado de sangre, que me lo llevé para hacer un estudio microscópico. Yo personalmente, por la razón anteriormente dicha (el Dr. Festa había perdido completamente el olfato) no he sentido el olor de ninguna emanación especial. Pero un distinguido oficial y otras personas que, al regreso, venían conmigo en el auto desde S. Giovanni Rotondo, y aún sin saber que yo llevaba conmigo en un estuche cerrado aquel trapito y no obstante la intensa ventilación provocada por la velocidad del auto, sintieron muy bien la fragancia y me aseguraron que correspondía exactamente al perfume que emana de la persona del Padre Pío.
Llegado a Roma, en los días sucesivos y por mucho tiempo, el mismo trapito, conservado en un mueble de mi consultorio, perfumó tanto el ambiente que muchas de las personas que venían a consultarme preguntaban a qué se debía.
El colega Dr. Romanelli, que me acompañó en la segunda visita que hice al Padre Pío y que posee un olfato en condiciones normales, y muchas otras personas que también han estado en S. Giovanni Rotondo, aun en ocasiones recientes, me han repetido las mismas impresiones...”.
Y transcribo el juicio expresado por el Dr. Luis Romanelli, Médico Jefe en el Hospital Civil de Barletta, al Padre Provincial de aquel entonces, Padre Pedro de Ischitella: “...He leído la relación escrita del Dr. Festa, en la que éste se manifiesta como un escrupuloso observador, un científico profundo y un buen crítico.
 ... Todas las veces que siento hablar del perfume, recuerdo muy bien que yo también he notado aquel perfume y, si me permite, casi diría que lo he gustado. En junio de 1919, cuando por primera vez fui a S. Giovanni Rotondo, apenas me presentaron al Padre Pío, noté que de su cuerpo provenía un cierto perfume, tanto que le dije al M. R. P. E. E. de Valenzano, que estaba conmigo, que no me parecía bien que un fraile, más aún tenido en aquel concepto, usase perfume.
En los otros dos días que permanecí en S. Giovanni Rotondo ya no noté ningún perfume, aun estando en la celda y en compañía del Padre Pío. Pero, antes de partir, y justo en las horas de la tarde, subiendo las escaleras, sentí de golpe el mismo olor del primer día, pero por un momento y nada más.
Y observé, muy reverendo Padre, que la mía no era sugestión: primero, porque nadie me había dicho nada de tal fenómeno y, después, porque, si hubiese sido sugestión, debía haber sentido aquel olor siempre y no a intervalos de mucho tiempo.
Y he querido hacer esta declaración porque es muy común la costumbre de atribuir a sugestión aquellos fenómenos que no se explican o que no se sabe explicar”.
El fenómeno del perfume ha hecho sonreír a muchos incrédulos y, al mismo tiempo, ha dado lugar a numerosas discusiones, como el de las llagas; pero también aquí la ciencia ha tenido que retirarse vencida. En tantos años los testimonios y los beneficiados de estos efluvios se han multiplicado tanto que ya no hay modo de poner en duda este extraño fenómeno, aunque sí se discute el significado.
Este fenómeno del perfume se manifestaba a veces, y se manifiesta aún hoy, después de la muerte del Padre, a oleadas, siendo claramente percibido por todos los que se encuentran en el mismo local y desapareciendo al poco tiempo; otras veces persiste y se conserva. Muchas veces unos lo perciben y otros no, aun estando todos en el mismo lugar.
De las experiencias recogidas, se puede decir que este perfume es una prueba de la presencia espiritual del Padre Pío en aquellos a los que quiere beneficiar, guiar, sostener, aconsejar o amonestar; y se da de modo especial en las curaciones, en las conversiones y en los momentos de tomar decisiones importantes; y, no pocas veces, ha tenido un poder decisivo en la vida de determinadas personas. Otras veces ha sido un simple aviso, como le sucedió a una pobre mujer de S. Giovanni Rotondo, que, mientras recogía castañas en un monte, caminaba hacia atrás y, al sentir de golpe el fuerte olor de violetas, se dio vuelta y vio junto a sí el precipicio.
No era raro que el fenómeno se manifestase entre grupos de amigos o hijos espirituales del Padre cuando hablaban de él, casi como si Jesús hubiese querido cumplir de este modo la promesa de estar presente cuando por lo menos tres devotos se hubieran reunido en oración.
Con más frecuencia aún, el perfume del Padre Pío ha sido la respuesta afirmativa a una gracia pedida, como, por ejemplo, en el caso del contador Laderchi, de Cosenza.
Estaba agonizando en el hospital, adonde lo habían llevado gravemente herido en la cabeza, por haberse caído de un camión. Su mujer y los familiares rezaban en la capilla del hospital, suplicando febrilmente al Padre Pío, cuando una oleada de intenso perfume “co¬mo de seto vivo florecido” invadió la capilla. ¡Helo aquí!, ¡el Padre Pío que nos trae la salvación! Rena¬cieron de golpe las esperanzas casi muertas y se alegraron los corazones, llenos de gratitud.
Y además, ¿cómo puede ser una ilusión si el perfume se siente aun a gran distancia e inesperadamente? Porque lo que más asombra es justamente eso: que se percibe en una ciudad lejana de S. Giovanni Rotondo como es Génova, o Milán, o Venecia, y hasta en el extranjero, cuando menos se lo espera y sin causa alguna que lo produzca.
Que perfume la ropa del Padre o los ornamentos sagrados es, en fin, más comprensible; pero que el perfume lo sienta, por ejemplo, un hombre que viaja, o que lo sienta una persona desconocida, o un incrédulo, como a veces sucede, esto es lo maravilloso que nos deja perple¬jos. ¿Por qué asombrarnos entonces si Dios se sirve de un simple mortal, particularmente querido, para dar con¬tinuas manifestaciones de sí?
A este propósito transcribimos un episodio cuyo valor probatorio, dice María Winowska, surge de la declaración de testigos que en verdad no sabían nada de los “eflu¬vios” del Padre Pío.
Dos jóvenes esposos polacos, residentes en Inglaterra, tenían que tomar una grave decisión. Habiendo reflexio¬nado mucho tiempo sobre los “pro” y los “contra”, se encontraban al final ante un dilema serio y estaban muy abatidos.
Humanamente hablando, su situación parecía desesperada. ¿Qué hacer? Alguien les habló del Padre Pío. Le escribieron. No recibieron contestación. Entonces se decidieron a ir a S. Giovanni Rotondo, para pedirle personalmente ayuda y consejo.
Desde Inglaterra a S. Giovanni Rotondo el viaje es largo. Y nuestros viajeros se detuvieron en Berna (Suiza) y se preguntaban con angustia si valía la pena seguir o no. ¿Y si el Padre ni siquiera los recibiera...? Alguien les había dicho, cuando emprendían el viaje, que lo habían “secuestrado”. Todo aquel viaje y todos los gastos ¿no serían inútiles?
Era tarde. Ellos conversaban familiarmente en la habitación del hotel, que era de ínfima categoría, ya que por economía habían tomado una posada.
Era invierno y nevaba. Muertos de frío, descorazonados, estaban a punto de decidirse a volver, cuando de golpe se sintieron envueltos por un perfume exquisito y fuerte, tan agradable que se sintieron “reconfortados del todo”.
La joven señora se puso a inspeccionar la cómoda, el armario, en fin, todo con tal de encontrar la botella de perfume que algún viajero distraído habría olvidado allí. ¡Búsqueda inútil! Poco después el perfume se había desvanecido y la habitación volvió a exhalar un olor a lugar cerrado, fétido como de cloaca y moho.
Curiosos y llenos de dudas, nuestros viajeros preguntaron al dueño de la posada, que parecía caer de las nubes. Era la primera vez que los clientes de su hotel, que no estaba precisamente perfumado al agua de rosas, creían sentir olor de perfumes. No obstante y a pesar de todo, esta aventura los reanimó y los confirmó en el propósito de continuar el viaje costara lo que costase.
Llegados a S. Giovanni Rotondo, fueron enseguida a ver al Padre Pío, quien los recibió con los brazos abiertos.
El joven, que sabía italiano, balbuceó algo.
“Le hemos escrito, Padre, ¿por qué no nos ha contestado?”.
“¿Cómo que no os he contestado? ¿Y aquella tarde, en el hotel suizo, no sintieron nada?”.
En pocas palabras, les resolvió la dificultad que tenían y los despidió.
Embelesados, rebosando alegría y reconocimiento, se dieron cuenta de “este modo de responder” del Padre Pío con aquellos que lo llaman pidiendo socorro.
Y el Padre Rosario de Aliminusa, en su manuscrito “Informaciones”, declara: “Yo lo he sentido todos los días, continuamente, por tres meses seguidos en los primeros tiempos de mi llegada a S. Giovanni Rotondo, a la hora de vísperas. Saliendo de mi celda, contigua a la del Padre Pío, sentía que venía desde ésta un olor agradable y fuerte, del cual no sabría precisar las características. Una vez, la primera vez, después de haber sentido en la sacristía vieja un fortísimo y delicado perfume, que emanaba de la silla usada por el Padre para la confesión de los hombres, pasando por delante de la celda del Padre Pío, sentí un fuerte olor de ácido fénico. Otras veces, el perfume ligero y delicado, emanaba de sus manos”.
El Padre Rosario de Aliminusa fue Superior del convento de S. Giovanni Rotondo desde el 18 de septiembre de 1960 hasta el 23 de enero de 1964.
Son innumerables las personas que han sentido el perfume del Padre Pío durante su vida y aun después de su muerte. Podríamos continuar con las deposiciones de los testigos y las declaraciones de las personas beneficiadas por tantísimos otros hechos, pero preferimos callar para no ser prolijos y cansar al lector, y concluir diciendo que el perfume del Padre Pío fue y es hasta ahora un fenómeno misterioso, que puede parecer extraño e inexplicable para quien no tiene aquella fe que todo lo relaciona con el Supremo Dador de toda maravilla; pero si el creyente sabe que los dones de Dios superan toda imaginación y se renuevan siempre bajo formas diversas, sabe también que debe admirarlos sin discutirlos, con humildad y veneración.
“Y en fin - continúa Winowska - no hay duda de que estos efluvios tienen un significado bien determinado y se agregan al arsenal apostólico del Padre Pío, a los dones sobrenaturales que Dios le concede para ayudar, atraer y consolar, o para poner en guardia a las almas que le han sido confiadas”.

* de Padre Pio , el Estigmatizado, Cap. 13

Comunión espiritual profunda de dos Santos: Padre Pio y Juan Pablo II


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Un día 1 de mayo del 2011, el Papa Juan Pablo II es declarado Beato. En el mismo lugar: la Plaza de San Pedro de Roma; en el mismo mes: mayo, aunque un día antes; ante una multitud muy semejante en número y en lugares de procedencia…, en los que él, 12 años antes - el 2 de mayo de 1999 – es beatificado el capuchino italiano Padre Pío de Pietrelcina.
Hablar sólo de amistad entre Juan Pablo II y el Padre Pío de Pietrelcina es muy poco; hay que añadir palabras que expresen una relación personal mucha más rica; hay que hablar de comunión espiritual profunda de dos Santos.
Juan Pablo II nació el 18 de mayo de 1920 y el Padre Pío de Pietrelcina murió el 23 de septiembre de 1968. Vivieron, pues, al mismo tiempo 48 años de existencia terrena. En esos años hubo expresiones muy bellas de esa comunión espiritual profunda; expresiones que continuaron por parte de Juan Pablo II hasta su muerte, el 2 de abril del 2005, y que, sin duda, fueron  correspondidas por el Padre Pío desde la otra vida; y, en esa fecha del 2005, esa comunión espiritual habría adquirido las características, desconocidas para los humanos, que se dan en el cielo entre los bienaventurados.
El primer encuentro del joven sacerdote polaco Karol Wojtyla con el Padre Pío de Pietrelcina tuvo lugar “al atardecer de un día de abril” del año 1948 y al día siguiente. Estudiante en Roma, buscando el doctorado en teología, el futuro Juan Pablo II se desplazó a San Giovanni Rotondo con un seminarista polaco que también estudiaba en la capital italiana. Fue probablemente en la semana de Pascua.
El 5 de abril del 2002, a la distancia de 54 años, Juan Pablo II tuvo la amabilidad de responder afirmativamente a la petición que le cursaron desde San Giovanni Rotondo de dejar un testimonio escrito de su encuentro con el Capuchino de Pietrelcina; testimonio al que, caso de darse, garantizaban el más absoluto secreto hasta la muerte del Pontífice. En ese testimonio, además de indicar las tres cosas que deseaba en esa visita, el Papa señala lo que recibió del Fraile estigmatizado en dos de los objetivos que buscaba: “participar en su misa y… confesarme con él”.
Éste es el testimonio de Juan Pablo II, dictado por él al que lo escribió en lengua polaca, que el Papa firmó y al que puso fecha de su puño y letra:
“Reverendo Padre Guardián:
El Padre Pío se me grabó profundamente en mi memoria. Recuerdo aquel día del año 1948 cuando, al atardecer de un día de abril, como alumno del Angelicum, fui a San Giovanni Rotondo para ver al Padre Pío y participar en su Misa y, si resultaba posible, confesarme con él. Y justo entonces tuve la suerte de ver en persona al hombre cuya fama de santidad se extendió por todo el mundo. Y en aquel momento pude intercambiar unas palabras con él.
Al día siguiente pude participar en la Misa, que duró bastante tiempo, y durante la cual se veía en su rostro que sufría mucho. Veía que en sus manos - que celebraron la Eucaristía - los lugares de sus estigmas estaban tapados con una costra negra; con todo, esto se me grabó como algo inolvidable.
Daba la impresión de que en el altar de San Giovanni Rotondo se cumplía el sacrificio del mismo Cristo, el sacrificio sin sangre, pero al mismo tiempo aquellas heridas en las manos hacían pensar en el sacrificio, en el Crucificado.
Esto es lo que recuerdo hasta el día de hoy; lo tengo delante de mis ojos.
Durante la confesión resultó que el Padre Pío ofrecía un discernimiento claro y sencillo, dirigiéndose al penitente con gran amor.
Este primer encuentro con él, vivo y ya estigmatizado en San Giovanni Rotondo, lo considero el más importante; y de modo particular doy gracias por él a la Providencia.
Juan Pablo II
5. IV. 2002”

Pero ¿de qué hablaron el Capuchino italiano y el Sacerdote polaco cuando éste pudo “intercambiar unas palabras” con aquel? Durante muchos años se ha creído que, en ese momento – otros afirmaban que fue durante la confesión – el Fraile capuchino habría pedido al Sacerdote polaco que se preparara para ser Papa. En una de las tres ocasiones en que Juan Pablo II ha negado haber escuchado ese mensaje de labios del Padre Pío, ofreció una información sorprendente. Esa información nos la facilitó el 30 de enero del 2004, en una entrevista para “Tele Radio Padre Pío” de los Capuchinos de San Giovanni Rotondo, el Arzobispo polaco Mons. Andrés María Deskur, amigo de Karol Wojtyla desde la infancia y más tarde colaborador muy directo de Juan Pablo II:
“En mi presencia, al obispo polaco que le preguntó: “Padre Santo, se dice que el Padre Pío le había anunciado su martirio y su pontificado; ¿es verdad?”, el Papa respondió: «No. Es absolutamente falso». Y siguió diciendo: «Con el Padre Pío hablamos únicamente de las llagas. La única pregunta que le hice fue: qué llaga le producía más dolor. Yo estaba convencido de que era la del corazón. El Padre Pío me sorprendió mucho al decirme: No, más dolor me produce la de la espalda, de la cual nadie sabe nada y que ni siquiera es curada. Es ésta la que le producía más dolor»”.
Es lógico preguntarse: ¿Por qué el Padre Pío descubre a Karol Wojtyla, un desconocido, lo que ningún otro sabía, ni siquiera sus directores espirituales, los padres Benedicto y Agustín de San Marco in Lamis?
Y que Wojtyla no hubiera escuchado de labios del Padre Pío el anuncio del Pontificado no excluye que el Capuchino se lo hubiera comunicado de otro modo y en otro momento, por ejemplo por un intermediario, como lo hizo con el Cardenal Montini, luego Pablo VI. Hay bastantes datos que lo confirman.

Vayamos a 14 años más adelante. El convencimiento de Karol Wojtyla, ahora ya Obispo de Ombi y Vicario Capitular de Cracovia, de que la oración del Padre Pío tiene un poder muy especial ante el Señor lo confirman tres cartas escritas en los años 1962 y 1963. Las dos primeras las envía desde Roma, donde participa en el Concilio Vaticano II, por medio de Ángel Battista, empleado de la Secretaría de Estado del Vaticano, que cada fin de semana se desplazaba a San Giovanni Rotondo para ayudar al Padre Pío en la Administración del hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”. Importante y significativo este dato: Al terminar de leerle al Padre Pío la primera carta, Ángel Battista le escuchó decir: “A esto no se puede decir que no”. La tercera carta presupone otras cartas de petición de oraciones, que no se conservan o, al menos, que no se han encontrado.

Carta de 17 de noviembre de 1962, pidiendo oraciones por la salud de Wanda Poltawska:
“Venerable Padre:
Te ruego que eleves una oración por una madre de cuatro hijas, de cuarenta años, de Cracovia, en Polonia (durante la última guerra en un campo de concentración, en Alemania) que se encuentra en gravísimo peligro en la salud y en peligro de muerte a causa de un cáncer, para que Dios, por intercesión de la Beatísima Virgen, muestre su misericordia a ella y a su familia.
Muy agradecido en Cristo,
Carlos Wojtyla - Obispo Titular de Ombi, Vicario Capitular de Cracovia”.

Carta de 28 de noviembre de 1962, comunicando la recuperación instantánea de Wanda Poltawska:
“Venerable Padre:
La mujer de Cracovia, en Polonia, madre de cuatro hijas, el día 21. XI, antes de la operación quirúrgica, ha recuperado instantáneamente la salud. Sean dadas gracias a Dios, y a Ti, Venerable Padre, te doy las más sinceras gracias en nombre de ella y del marido y de toda la familia.
En Cristo,
Karol Wojtyla, Vicario Capitular de Cracovia”.

Carta de 14 de diciembre de 1963, informándole de los frutos de las oraciones que le ha pedido anteriormente en casos particularmente dramáticos (la médico católica, enferma de cáncer, es Wanda Poltawska) y pidiéndole nuevas oraciones:
“Muy Reverendo Padre,
Su Paternidad se acordará seguramente de que ya algunas veces en el pasado me he permitido encomendar a Sus oraciones casos particularmente dramáticos y dignos de atención.
Quisiera, por lo mismo, agradecerLe calurosamente también en nombre de los interesados, por sus oraciones a favor de una señora, médico católica, enferma de cáncer, y del hijo de un abogado de Cracovia, gravemente enfermo desde su nacimiento. Las dos personas  están, gracias a Dios, bien.
Permítame, además, Padre Muy Reverendo, encomendar a Sus oraciones una señora paralítica, de esta Archidiócesis.
Al mismo tiempo me permito encomendarLe las ingentes dificultades personales que mi pobre obra encuentra en la situación presente.
Aprovecho la ocasión para renovarLe los sentimientos de mi religioso obsequio, con el cual quiero reafirmarme,
 de Vuestra Paternidad devotísimo en Cristo Jesús
 + Karol WOJTYLA, Obispo Tit. de Ombi - Vicario Capitular de Cracovia”.

Sigamos adelantando el calendario. En las visitas a San Giovanni Rotondo del Cardenal Wojtyla, de los días 1 al 3 de noviembre de 1974, para conmemorar allí los 28 años de su ordenación sacerdotal, y del Papa Juan Pablo II, de los días 23 y 24 de mayo de 1987, centenario del nacimiento del Padre Pío, es fácil descubrir tres motivaciones:
1ª. Orar ante los restos mortales de un hombre, el Padre Pío, que, aunque su Proceso de Beatificación y Canonización, en el año 1974, todavía no se había introducido y, en el año l987, no había pasado de la fase diocesana, millones de fieles de todo el mundo tenían ya por Santo. De hecho, fueron más de 15 minutos los que el Cardenal permaneció arrodillado, en oración, ante la tumba del Capuchino, después de haber celebrado la Eucaristía, junto al Arzobispo Deskur y otros ochos sacerdotes polacos, en el altar que en aquel tiempo había ante la misma. Y fueron 10 minutos los que el Papa dedicó a implorar la intercesión del Siervo de Dios, mientras apoyaba su mano derecha en el pesado bloque de mármol que, colocado encima, protegía el sepulcro del Fraile italiano.
2ª. Proclamar, sin palabras, su convencimiento personal de la heroica santidad del primer Sacerdote estigmatizado, que pudo manifestar a su Director espiritual, como alabanza al Señor, que vivía “devorado por el amor a Dios y el amor al prójimo”.
3ª. Llamar, de forma silenciosa pero muy clara, a poner fin a los muchos obstáculos con los que hombres de Iglesia seguían paralizando la marcha hacia adelante del Proceso de Beatificación y de Canonización del Padre Pío. De hecho, al Alcalde San Giovanni Rotondo que, en el aeropuerto militar de Améndola, acompañó al Papa hasta la escalerilla del avión y que le preguntó: “Santidad, cuando va a hacer Santo al Padre Pío”, le respondió: “E che sono venuto a fare?”: “¿Y qué he venido a hacer?”.

Pasando a los últimos acontecimientos, fue muy fácil percibir, en las palabras de las homilías y sobre todo en su rostro, la profunda satisfacción de Juan Pablo II al beatificar al Padre Pío el día 2 de mayo de 1999 y al canonizarlo el día 16 de junio del 2002. Las seis peticiones que, en la homilía de la Canonización, dirigió al “Humilde y amado Padre Pío”, en las que además sintetizó lo más llamativo de la santidad del Fraile capuchino, expresan muy bien la comunión espiritual profunda de Juan Pablo II con el Santo de Pietrelcina. Peticiones que hoy, después de haber sido declarado Beato, podemos dirigir con toda razón a Juan Pablo II, porque su contenido también él lo ha vivido de forma heroica y constante. ¿Sería aventurado decir que nunca le ha faltado al Sacerdote, al Obispo, al Cardenal, al Papa polaco la ayuda paternal del Padre Pío, primero como oración suplicante por él hasta el 23 de septiembre de 1968, y desde esa fecha como protección poderosa desde el cielo? Seguro que no, pues la comunión espiritual profunda que comenzó entre Karol Wojtyla y el Padre Pío de Pietrelcina en “el atardecer de un día de abril” del  año 1948 no puede romperse jamás.

Éstas son las peticiones que Juan Pablo II dirigió al Padre Pío y que desde hoy podríamos elevar al nuevo Beato:
“«Humilde y amado Padre Pío (Juan Pablo II):
Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre prometió revelar los misterios de su Reino.
Ayúdanos a orar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.
Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús.
Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.
Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra.
Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

por FRAY ELIAS CABODEVILLA GARDE

YO, TESTIGO DEL PADRE PÍO, de Fr. Modestino


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MI PRIMER ENCUENTRO CON EL PADRE

He nacido en Pietrelcina el 17 de abril de 1917 y, por ello, puedo definirme con orgullo, pero también con grande responsabilidad, paisano del Padre Pío.
Durante mis primeros veinte años de vida no he tenido nunca la oportunidad y el correspondiente gozo de conocer personalmente al Padre Pío, de quien había oído hablar siempre como de «nuestro santito».
Desde la infancia, yo había escuchado con particular atención la narración de hechos prodigiosos atribuidos al «fraile santo», contados de viva voz por mi madre quien además de coetánea del Padre, había sido vecina de la familia Forgione. Las respectivas casas estaban separadas por un pequeño callejón, de modo que ella había podido observar 1a reserva excepcional y el espíritu de oración de Francisco (nombre de bautismo del Padre Pío). Le había visto «siempre con el rosario en la mano».
También en el campo, las respectivas propiedades de las familias Fucci y Forgione confinaban la una con la otra. Mi madre contaba con frecuencia cómo de pequeño, el Padre Pío, en el pueblo, rehusaba tomar parte en los juegos de los demás muchachos y, en el campo, evitaba apacentar las ovejas junto a ella, que inocentemente ofrecía y pedía un poco de compañía.
Recordaba también cómo, joven sacerdote, se detenía a la puerta de nuestra casa donde de buena gana pasaba un rato to¬mando en brazos a mi hermano Antonio, recién nacido.
A las narraciones de mi madre se añadían las de mi padre, que hablaba de las virtudes y de los dones del Padre Pío cuan¬do, al caer la tarde y terminado el trabajo en el campo, se dedicaba conmigo al cuidado de nuestro pequeño rebaño.
En la escuela nocturna donde yo estudiaba, tuve la fortuna de tener el mismo maestro del Padre Pío, Angelo Cáccavo, quien con frecuencia atraía nuestra atención con referencias a hechos que se referían a la figura de su extraordinario alumno de otros tiempos.
En el pueblo todos hablaban del Padre Pío con una admiración tal, que inevitablemente nacía en mí el deseo ardiente de encontrar por fin al «fraile santo».
Tuve esta gracia en el año 1940, con ocasión de mi llamada al servicio militar. Era el 20 de noviembre y, antes de alistarme, junto con mi madre decidimos ir a San Giovanni Rotondo para pedir su bendición y encomendarnos a sus oraciones.
En Benevento tomamos el tren que nos llevó a Foggia. Al atardecer conseguimos encontrar puesto en un viejo autobús y llegamos a San Giovanni Rotondo cuando el Padre Pío había terminado ya la función vespertina.
Pasamos la noche en una pensión contigua al convento y, al día siguiente, ansiosos de oír «su» misa, fuimos los primeros en llegar a la iglesia.
Ocupé un buen puesto cerca del altar y, apenas vi al Padre, tuve la impresión de que delante de mí pasaba otro Cristo cargado con la cruz, camino del Calvario.
Lo que produjo en mi ánimo una profunda turbación y una conmoción indescriptible fue ver al Padre Pío llorar y sollozar de modo convulso. Había yo oído muchas misas, pero nunca me había sucedido ver llorar a un sacerdote mientras celebraba.
Después de la misa, la confesión. Mi madre, acercándose al confesionario, dijo con desenvoltura: «¡Padre mío, qué lejos te han mandado! Para venir a encontrarte hace falta mucho tiempo». Y el Padre Pío, son¬riendo, respondió: "¡Eh, que tampoco es que tengas que atravesar el mar!».
Animado por aquel intercambio de expresiones confidenciales, esperé mi turno y me arrodillé delante de él para confesarme.
Después de confesar mis pecados, el Padre me fulminó con una mirada que no olvidaré jamás y con un: «¡Eh, muchacho, vete por el camino recto!». Después me dio la absolución.
En aquellas palabras, más que una amonestación, había todo un programa de vida que, desde aquel día, he conseguido comprender cada vez más claramente.
El Padre me había conquistado, pero, sobre todo, había conquistado mi corazón.

Acerca de la Santidad


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"Santidad quiere decir ser superiores a nosotros mismos, quiere decir victoria perfecta sobre todas nuestras pasiones, quiere decir despreciarnos verdadera y constantemente a nosotros mismos y a las cosas del mundo, hasta preferir la pobreza a la riqueza, la humillación a la gloria, el dolor al placer. La santidad es amar al prójimo como a nosotros mismos y por amor a Dios. La santidad, en este punto, es amar también a quien nos maldice, nos odia, nos persigue, incluso hasta hacerle el bien. La santidad es vivir humildes, desinteresados, prudentes, justos, pacientes, caritativos, castos, mansos, trabajadores, observantes de los propios deberes, no por otra finalidad que la de agradar a Dios, y para recibir sólo de él la merecida recompensa.
En síntesis, según el lenguaje de los libros sagrados, la santidad, oh Raffaelina, posee en sí la virtud de transformar al hombre en Dios.

(Xarta del 30 de diciembre de 1915, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 541)