Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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Padre Pío y el Concilio Vaticano II


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Padre Pío y el Concilio Vaticano II
por Giovanni Chifari*
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Introducción
"Santifícate y santifica".

He aquí todo lo que el Señor le ha pedido al Padre Pío. Una percepción íntima y profunda, mística y espiritual, que poco a poco se abrió camino en el corazón del Padre Pío, mostrándole la voluntad de Dios en uno de los siglos más dañados de la historia. Mirar al humilde religioso capuchino, buscar reconstruir algunos eventos de su biografía, en conexión con todo lo que deriva del Concilio Vaticano II, será una operación útil para verificar la contribución del Fraile al Concilio. Pero, en el horizonte en el cual es decisivo comprender este cuadro, es en el de la santidad. Una realidad que la Iglesia, en las asambleas conciliares, proclamó como potencial y universalmente perteneciente a cada uno de los bautizados. De hecho, se habla del llamado universal a la santidad. Es decir, una santidad que no estaba destinada como algo inalcanzable o imposible, como una meta solo para pocos, tal vez para los sacerdotes o religiosos, sino un camino que es para todos. Este renovado entendimiento pareció crujir con todo lo que respecta al Padre Pío. Colmado de dones excepcionales, él parecería pertenecer a esa fila de santos inalcanzables. Pero en realidad, no es así. Para entender al Padre Pío, para discernir cómo Dios ha obrado en él, debemos poder observarlo en su humanidad. En su cotidiano y fatigoso sí al Señor, en la diaconía de un martirio que no era cruento, pero ciertamente no estaba privado de la efusión de la sangre. Y la historia que se desarrolla paralelamente entre el Padre Pío y el Concilio, es una trama hecha de pruebas, de sufrimientos, de ataques. En una perspectiva de santificación, observamos que Dios obra a través de múltiples humillaciones, con el fin de vaciar la propia elección de sí mismo, para llenarlo de su gracia. Dios se crea su espacio y se hace presente en el fondo del alma, en lo íntimo de cada uno, porque sólo en el Silencio es posible encontrarlo. Así, mientras el Concilio se mueve para renovar la Iglesia y hacerla dócil a la acción santificante del Espíritu, para que ella que es santa pero sin embargo, necesitada de conversión, pueda santificar; también el Padre Pío vive como discípulo buscando ser grato a Dios, es decir, santificarse, para después santificar.
El duro terreno de la historia
En 1870 con la toma de Roma, se interrumpió imprevistamente el CVI, sin que pudiese llevarse a término una reflexión más pertinente sobre la identidad y la misión de la Iglesia, sobre todo en lo que respecta al diálogo con el mundo contemporáneo. Es notable que sea Pío XII quien tomara en consideración la hipótesis de retomar el Concilio, pero, luego de diversos motivos, también de naturaleza teológica, decidieron aplazarlo. En cambio, Juan XXIII, a solo tres meses de su elección al trono de Pedro, el 25 de enero de 1959, anunció la convocatoria a un Concilio Universal para la Iglesia  ecuménica que sucesivamente con la redacción de un motu propriu, decidió abrir oficialmente el 11 de octubre de 1962, en una fecha que recordaba el gran Concilio de Éfeso. Con tres años de preparación, la máquina del Concilio estaba lista para realizar sus primeros pasos.
En tanto,  el Padre Pío, en el pequeño convento perdido en el Gargano, estaba atravesando un tiempo nada fácil, una nueva estación en la cual la onda persecutoria se  hizo sentir con toda su furia destructiva. Se puede hablar de una segunda persecución, después vinieron los diez años de tormenta (1923-1933), especialmente el bienio del 1931 al 1933 durante el cual le fue prohibido también celebrar Misa con la gente. Y ahora la segunda persecución pasa a través de traiciones, ataques de todo tipo, aislamiento, humillaciones que se agregaron a los constantes problemas de salud. En 1959 la imprevista curación al pasar la estatuilla de Nuestra Señora de Fátima por San Giovanni Rotondo; en 1960 los preparativos para el quincuagésimo año de su ordenación sacerdotal, turbado por la visita apostólica de Monseñor Maccari, signo de renovada incomprensión entre la Iglesia y el Padre Pío, en principio, porque mostraba dificultad para acoger claramente cuánto Dios estaba obrando en el humilde Fraile estigmatizado, y luego, en 1962, los primeros destellos de un cierto alivio con algunas concesiones hechas al Padre Pío, quien podía volver a celebrar la Eucaristía con la gente, al menos en la semana santa.

Apertura del Concilio, empatía del Padre Pío

Cuando se abrió el Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962, y cuando el Papa Juan XXIII pronunció aquel discurso "a la luna", con la invitación de llevar la caricia a cada niño, se testimonió que el Padre Pío lloró conmovido. Sucesivamente, no faltaron nuevas restricciones, como la prohibición de los festejos por el onomástico el 5 de mayo de 1963. También una seria y rigurosa investigación histórica nos ha mostrado que el Papa Juan XXIII no tenía hostilidad hacia el Padre Pío, es más, lo estimaba, fue solo prudente para no hacer un desbalance de algún juicio positivo o negativo. La oposición al humilde Fraile era más un fenómeno que reflejaba el disgusto de un cierto modelo de Iglesia expresado por hombres que tenían quizás, una visión demasiado reducida, como así también excesivamente legalista de la doctrina. Cosas de este tipo experimentó Jesús, con la creciente hostilidad de los jefes y garantes de la religiosidad hebraica. Ellos dispersaban el corazón de la Ley y provocaban recorridos radicados en el mal, privados de discernimiento. Similarmente se podría decir que es un cierto tipo de pertenencia eclesial, donde el servicio es con frecuencia aplicado más como la adhesión a una idea o a un valor que como la plena experiencia del amor misericordioso de Dios. Fue en este clima oculto que aquellas insanas mediaciones favorecieron las persecuciones al Padre Pío.
Por lo tanto, parecía evidente la necesidad de invertir la ruta, de buscar un modelo de Iglesia que valorizase su pertenencia a Cristo y que al mismo tiempo estuviese en condiciones de hablarle al hombre de su tiempo.
De parte suya, el Padre Pío vivía en su diaconía cotidiana el propio ministerio sacerdotal y religioso. Con mucha simplicidad pero también con una profundidad totalmente nueva. Una dimensión profética vivida en el silencio de un pequeño convento en una zona marginal de la Italia meridional. Es la lógica de Dios, elegir a los pequeños, según la Palabra evangélica, para confundir a los fuertes.



Padre Pío en Cristo y en la Iglesia: en diálogo con la Lumen Gentium

¿Qué visión cristológica y eclesial se transparentaba desde el servicio del humilde Fraile? ¿Qué aspectos hemos reencontrado desarrollados en el Concilio Vaticano II? La Palabra de Dios, ¿era el centro en la vida del Padre Pío? ¿Y qué decir de la liturgia o del diálogo con el mundo de su propio tiempo? Interrogantes que pretenden remitir a los textos de las cuatro constituciones dogmáticas producidas por el Concilio. Es decir que, en el Padre Pío encontramos diversos aspectos que luego serían debatidos y profundizados en el Concilio Vaticano II.
Paulo VI, llamado al trono pontificio para suceder al Papa promotor del Concilio, se hizo cargo de llevar adelante una Asamblea de difícil gestión. El dio un método a los trabajos, sintetizó y simplificó algunos pasajes y focalizó la atención sobre las cuatro constituciones dogmáticas que volvían a proponer temas cruciales para la vida de la Iglesia. Esquemas y textos que tuvieron una larga y compleja historia, encontrando un ferviente debate entre los padres conciliares. Mientras tanto, un humilde Fraile, colmado de innumerables dones y carismas divinos, vivía en la propia carne y en el propio corazón el misterio del sufrimiento de la cruz. Y con su silencioso testimonio, con su cotidiano martirio espiritual, anunciaba un modelo de sacerdocio y un perfil de Iglesia que buscaba la constante tensión hacia la unión con Dios.
La vivaz vida mística del humilde Fraile, en la cual el sentido de todo lo que él lograba percibir era superior al lenguaje pero que estaba llamado a expresarlo, dejaba entrever en todo su esplendor la Iglesia como  "cuerpo místico" de nuestro Señor Jesucristo. Pero es en un pasaje muy elocuente de la LG que encontramos lo que "per sé" Padre Pío había ya vivido y señalado a la Iglesia y a los hombres de su tiempo:
"Como Cristo ha cumplido la redención a través de la pobreza y de las persecuciones, también así la Iglesia está llamada a tomar el mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación "(LG, 8).
Estas palabras delinean un perfil de Iglesia que sabe del deber de seguir a Cristo en el camino de la pobreza y de las persecuciones. Aspectos que el Padre Pío vivió en modo total. Hijo de San Francisco, y utilizando la sana raíz franciscana, el Padre Pío hizo de la pobreza su hábito interior y su indefectible testimonio también en la vida de todos los días. El Padre Pío vivió pobre y se ocupó de los pobres y de los últimos. Su obra del corazón, Casa del Alivio al Sufrimiento, nos muestra un fúlgido ejemplo de todo esto.
Pero el modelo de configuración a Cristo que los padres conciliares individualizaron para la Iglesia en el documento de la LG, pasa también a través de las persecuciones. Desde hacía al menos cuarenta años, el Padre Pío era objeto de las mismas, también por mano de la propia Iglesia. Si es verdad que pobreza y persecución son rasgos del camino trazado por Jesús, y que solo recorriendo por entero este itinerario se pueden comunicar a los hombres los frutos de la salvación, en este singular testimonio,  el Padre Pío vivía ya desde hacía muchos años lo que le es pedido a la Iglesia. El humilde testimonio del Santo Fraile, muestra que sin una constante conversión no puede haber una conformación y configuración en Cristo.
Los Padres conciliares en aquel mismo punto 8 de la LG, insisten sobre la "pobreza de Cristo", individualizando "humildad y abnegación" como características fundamentales de un estilo que no busca la gloria terrena sino solo la secuela de Cristo, servirlo siguiéndolo: "Quien quiera servir, que me siga" (Jn 12, 26). El Concilio, por lo tanto, especifica que una Iglesia unida a su Cristo y Señor está llamada a recalcar, a su modo, su misma praxis misionaria, vale decir, enseñanza de la buena nueva y cuidado, "buscar y salvar lo que estaba perdido". Para realizar esto, continua la LG, la Iglesia "circunda de afectuoso cuidado a todos los afligidos por la humana debilidad, es más, reconoce en los pobres y en los sufrientes la imagen de su fundador, pobre y sufriente, se hace premurosa para aliviar la indigencia y en ellos busca servir al Cristo".
Palabras que parecen describir exactamente lo que hacía el Padre Pío: el cuidado de todos aquellos que estaban afligidos por la humana debilidad, y el incansable ministerio de la confesión, luego "aliviar la indigencia" de los pobres y de los sufrientes, es decir, la intuición profética que el Padre Pío, veinte años antes, había pensado para su "Casa del Alivio al Sufrimiento". La Iglesia del Concilio comprendió que era esta la vía de la conformación a Cristo. Una Iglesia que "desde la virtud del Señor resucitado se extrae la fuerza para vencer con paciencia y amor las aflicciones y las dificultades, que le llegan ya sea desde adentro como desde afuera, y para develarle al mundo, con fidelidad, aunque no perfectamente, el misterio de él, hasta que al final de los tiempos ello será manifestado en la plenitud de la luz" (LG, 8).

TEXTO INTEGRAL DEL PASAJE DE LA LG 8 (traducido del italiano)

Jesucristo "que era de condición divina... se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo" (Fil 2, 6-7) y para nosotros "era rico y se hizo pobre" (2 Cor 8,9): así también la Iglesia si bien para cumplir su misión necesite de medios humanos, no está constituida para buscar la gloria terrena, sino más bien para difundir, también con su ejemplo, la humildad y la abnegación. Como Cristo, de hecho, ha sido enviado por el Padre "a anunciar la buena nueva a los pobres, a curar a los que tienen el corazón contrito" (Lc 4, 18), "a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10), así también la iglesia circunda de afectuoso cuidado a todos los que están afligidos por la debilidad humana, es más, reconoce en los pobres y en los sufrientes la imagen de su fundador, pobre y sufriente, se hace premurosa para aliviar la indigencia y en ellos buscar servir al Cristo. Pero mientras Cristo, "santo, inocente, inmaculado" (Heb 7, 26), no conoció el pecado (cfr. 2 Cor 5, 21) y vino solo con el objetivo de redimir los pecados del pueblo (cfr. He 2, 17), la Iglesia, que incluye en su seno a pecadores y por lo tanto es santa y al mismo tiempo necesitada de purificación, avanza continuamente por el camino de la penitencia y la renovación. La Iglesia "prosigue su peregrinaje entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios" [14], anunciando la pasión y la muerte del Señor hasta que él vuelva (cfr 1 Cor 11, 26). Desde la virtud del Señor resucitado se extrae la fuerza para vencer con paciencia y amor las aflicciones y las dificultades, que vienen desde dentro y desde afuera, y para develarle al mundo, con fidelidad, aunque no con perfección, el misterio de él, hasta que al fin de los tiempos ello será manifestado en la plenitud de la luz.

El Padre Pío representa a los hombres del siglo XX, el Cristo pobre y cargando la cruz. Antes de remitirnos a la lectura del fragmento de la LG, señalábamos al hecho del Padre Pío, que la imagen de Iglesia que el Padre Pío tal vez percibió con más fuerza, fue la del cuerpo místico de Cristo, en la cual, según la lectura apreciada del Apóstol Pablo, cada miembro vive, sirve y sufre en unión a Cristo. En esta luz, profundizada también por el Concilio, podemos releer como el Padre Pío participaba en un modo del todo singular a la pasión de Cristo. El Apóstol afirma en Col 1, 24: "Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo". En realidad nunca faltan los sufrimientos de Cristo, es necesario sólo que dejemos que Él sufra en nosotros. Así lo ha hecho el Padre Pío, que se ha dejado habitar por Cristo y por su Espíritu hasta experimentar, místicamente, la fusión de los corazones y antes en la carne el sello de los estigmas. Ellos están presentes invisiblemente en cada cristiano con el bautismo, como ha subrayado el sacerdote jesuita, teólogo y artista Rupnik, se abren cuando se ama, siempre en modo invisible a todos, pero visiblemente en un testigo elegido como el Padre Pío.

Eucaristía y Liturgia

En esta perspectiva encuentra luz también la centralidad de la Eucaristía, realmente "fons et culmen", de la vida sacerdotal del Padre Pío. Desde siempre el Padre Pío vivió esto, como expresión de su ser en Cristo. (cf SC n. 47; padre Marciano, 349). La Eucaristía, como cifra de su conversión en víctima y de darse por entero a los hermanos, es en Padre Pío lugar de un diálogo de amor. Lo comprendemos desde el momento que aparece en él, el don místico de la fusión de los corazones (Ep. I, 273; SC 47-48). La centralidad de la Eucaristía, como será afirmada en el Concilio, es también la de la Misa el centro de la vida de la Iglesia. Recordemos la notable afirmación del Padre Pío: "El mundo podría estar un día sin el sol pero ni un día sin la Misa".
El todo, sea a nivel eclesial, o a nivel cristológico, remite a la centralidad del Señor Jesús, crucificado y resucitado, que el Padre Pío experimentaba cada día. El teólogo francés Jean Guitton, quien fue entre los primeros laicos invitados a participar del Concilio en aquellos años, quiso conocer al Padre Pío y quedó profundamente conmocionado por la celebración de su Misa. Como él, probablemente diversos padres conciliares en esos mismos años quedaron conmocionados por todo lo que vivía el Padre Pío.

Padre Pío y la Palabra de Dios

Con la Dei Verbum, el Concilio aclara puntos decisivos de la Revelación divina, de su relación con la Tradición y de la Escritura como alma de la teología y de la vida de la Iglesia. En otros términos, como ha recordado el Papa emérito Benedicto XVI en el discurso con los párrocos de Roma, el 13 de febrero de 2013, "la Escritura es la Palabra de Dios y la Iglesia está bajo la Escritura, obedece la Palabra de Dios y no está por encima de la Escritura. Y sin embargo, la Escritura es Escritura sólo porque está viva la Iglesia, su sujeto vivo; sin el sujeto vivo de la Iglesia, la Escritura es solo un libro y abre". La Iglesia nos entrega la Escritura, y también la propia inteligencia de la Escritura, lo que es considerado una inspiración. El canon, de hecho, es un acto de la Iglesia. Sin embargo para comprender a pleno la misma Palabra es necesario no separarse de la misma Tradición en la cual ella está madurada. Los Santos, auténticos mediadores de Cristo, han vivido este íntimo legado y se han hecho contemporáneos de la Palabra. También Padre Pío ha vivido e interpretado la Palabra de Dios en el interior de su pertenencia viva en el camino de la Iglesia. Sabemos que el Padre Pío fue un director espiritual y con frecuencia ordenaba la escucha asidua de la Palabra de Dios. El mismo lo hacía. En la Palabra, el Padre Pío encontró fuerza y consuelo para vivir la propia unión con Cristo. Los primeros grupos de oración nacieron en la escucha de la Palabra. Cuando el Padre Pío recibía los pequeños grupos de personas, le gustaba formarlos mediante la Palabra. Las catequesis bíblicas tomaban en consideración las palabras de los salmos y algunos pasajes muy densos de las cartas de san Pablo. El Padre Pío buscaba en la Escritura tranquilidad y consuelo puesto que sabía que en ella podía realizar la experiencia de Dios y de su amor. Por esto, también durante la liturgia de la Palabra, entrar en diálogo con el hombre, saber que nosotros podemos responder a su Palabra salvífica.  Recorriendo el Epistolario del padre Pío, podemos observar que él cita muy frecuentemente la Sagrada Escritura, en modo particular los textos proféticos y sapienciales y también los Evangelios, los salmos y las cartas paulinas. En la Escritura encontraba también una hermenéutica de todo lo que veía en sí mismo. No es casualidad que aplique en sí, el notable fragmento del Apóstol a los Gálatas: " No soy más yo que vivo, es Cristo quien vive en mi" (Gal 2, 20). El uso que el hacía de la Escritura está perfectamente en línea con todo lo que madurará en el Concilio Vaticano II. El vive, en sí mismo, como misterio, el legado que la Dei Verbum anunciará, entre Escritura y Tradición viva de la Iglesia. En la dirección espiritual y en la formación de los primeros grupos de oración, se remitía muy frecuentemente al recurso de la Escritura, reconociendo que la Palabra de Dios era la base de la misma oración.

La centralidad del servicio y de las misiones de los laicos

Observando las intuiciones proféticas del Padre Pío, encontramos otro aspecto relevante: la centralidad en el rol de los laicos en la vida de la Iglesia. Dos de los ejemplos más evidentes son: los grupos de oración y los primeros colaboradores de la Obra de la Casa Alivio del Sufrimiento. Los grupos de oración, como está visto, nacieron como grupos constituidos por laicos, bautizados y creyentes en Cristo, pero fueron también laicos los que aportaron para la construcción de la Casa del Alivio al Sufrimiento. El Padre Pío quiso darles confianza a sus más estrechos colaboradores.
San Juan Pablo II, cuando visitó San Giovanni Rotondo el 23 de mayo de 1987 dio una lectura de algunos tramos del sacerdocio del Padre Pío a la luz del decreto conciliar Presbyterorum Ordinis. Por el Santo Pontífice ve en ello resumido y revalidado "los valores esenciales y perennes del sacerdocio, que en el Padre Pío se realizaron en modo excelente". El Padre Pío, por lo tanto, expresó los valores esenciales y perennes del sacerdocio, porque aprovechaba la comunión con Cristo. Valores que - agrega el Pontífice - no son olvidados: "Sería un grave error si, por una mala orientación al empuje de una renovación, el sacerdote olvidase los valores fundamentales, y no se puede apelar al Concilio para motivar un olvido similar" (JnPII).
El Padre Pío, sacerdote, pone al centro de la Iglesia y de la humanidad de su tiempo, la perenne actualidad del sacrificio de Cristo. Y lo hace haciéndose él mismo víctima por los propios hermanos. Una llamada que el pudo discernir en la constante, asidua y abundante referencia a la Palabra de Dios y que luego veía realizada en la Eucaristía. El Cristo encontrado en la Palabra venía a él reconocido en la Eucaristía  luego en el servicio de los hermanos.
San Juan Pablo II, comentando la Misa de Padre Pío hace referencia a esto:
" Esta oferta debe alcanzar su máxima expresión en la celebración del sacrificio eucarístico.¿ Y quién no recuerda el fervor con el cual el Padre Pío revivía en la Misa la Pasión de Cristo? De aquí, la estima que él tenía por la Misa - por él llamada "misterio tremendo" - como momento decisivo de la salvación y de la santificación del hombre mediante la participación al sufrimiento mismo del Crucificado. "Está en la Misa - decía - todo el Calvario". La Misa fue para él la "fuente y la culminación", el perno y el centro de toda su vida y de toda su obra".
Pero hay puntos ulteriores de contacto entre el Padre Pío y el Concilio. Es siempre San Juan Pablo II que nos ayuda a encontrarlos:
 "El humilde religioso acoge con docilidad la efusión del "espíritu de gracia y de consejo", del cual habla el mismo Concilio, lo que el espíritu debe consentir al pastor de almas de "ayudar a gobernar el pueblo con corazón puro" (cf. Presbyterorum Ordinis, 7). El se empeñó en particular - según otra enseñanza conciliar (cf Presbyterorum Ordinis, 9) - en la dirección espiritual, prodigándose en la ayuda de las almas a descubrir y valorizar los dones y los carismas, que Dios concede cómo y cuando quiere en su misteriosa liberalidad.

Conclusión

En Padre Pío , por lo tanto, estuvo presente la mirada del Pastor junto a una paternidad que hacía actual y operante la misericordia de Dios. (San G. R. 23 sept. 1987). Su santificación pasó ciertamente de la constante y progresiva unión con Dios, al permanecer firme en su amor, pero también del ejercicio de un ministerio volcado al servicio del hombre sufriente, en el cuerpo y en el espíritu.
Además, el modelo de Iglesia vivido por el Padre Pío, su relación con la Palabra de Dios y con la liturgia, el diálogo incesante donde los interrogantes profundos de sus contemporáneos, el desatar a tantos que estaban atrapados por los lazos de satanás, son todos factores que alimentan su camino de santidad.
El Padre Pío y la Iglesia resultan, por lo tanto, en aquel arco de la historia compartida durante el tiempo del Concilio, como aliados, en el itinerario de la santidad. Es más, el hecho que Padre Pío recibió durísimos ataques en el tiempo en el cual en la Iglesia estaba por germinar su camino conciliar, tal vez tenga un significado. Los sufrimientos vividos en modo sacerdotal por el Padre Pío, tal vez se agudizaron en la perspectiva de un místico completando en su carne lo que faltaba a la pasión de Cristo. El Padre Pío sufre y luego el 11 de octubre de 1962 se abre el Concilio. Tres años después se cierra, pero el Padre Pío no deja de sufrir, y no lo hará, a su modo también el Pontífice Paulo VI, al quien, el humilde religioso capuchino envió una carta justo unos días antes de morir.


*Teólogo bíbllico, colaborador de los grupos de oración de Padre Pio - Argentina

"Padre Pio y el don de lenguas" por Donato Calabrese


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Uno de los carismas que se le reconocen al padre Pío en este largo período que pasa en Pietrelcina, es, sin duda, el don de  lenguas; es decir, cierto conocimiento del francés y, al parecer también, del griego. De hecho, en las comunicaciones epistolares entre él y el padre Agustín, se usa con frecuencia la lengua francesa. El padre Pío, no hay duda de ello, se muestra bastante parco en el uso de este idioma; al contrario del padre Lector, que, en repetidas ocasiones, escribe cartas enteras en francés, como si fuera sabedor de la capacidad de su discípulo para entenderlas o de que hay algún otro que le traduce lo que él le expresa en esa lengua que, en el pasado, le ha sido siempre bastante difícil. Con todo, el padre Pío participa con gusto en estas contiendas lingüísticas, utilizando en sus cartas frases escritas en perfecto francés, que manifiestan, también en él, un correcto dominio de este idioma.
Además de los estigmas, de los que está informado el arcipreste de Pietrelcina, Don Salvador Pannullo, y que dejarán de ser visibles después de haberlos recibido en Piana Romana, los otros dones del Espíritu no aparecen visiblemente a los ojos de la gente del lugar. Se trata de carismas y fenómenos que tienen lugar en lo profundo del alma y que transforman y moldean interiormente al sacerdote capuchino. Este es el motivo por el que, para hacer creíble y claro lo que está sucediendo en Pietrelcina, es también necesaria la manifestación de los otros carismas, menos ocultos, más tangibles y claros, que el mismo Dios concede al joven religioso; son  garantía de la autenticidad de los fenómenos místicos, y de modo particular de aquellos que de forma invisible, pero muy eficazmente, edifican lentamente, con «golpes de benéfico cincel», el hombre nuevo, el santo, la imagen más fiel de Jesús Crucificado.
Sólo su queridísimo padre Lector, el padre Agustín de San Marco in Lamis , y el director espiritual, el padre Benedicto, tienen el privilegio de conocer algo, aunque de lejos, de los carismas extraordinarios de su hermano y discípulo.
El padre Agustín, que conoce bien el francés, no deja de maravillarse ante algunas expresiones en perfecto francés del fraile de los estigmas. Y, aún sabiendo de qué es capaz su amado cohermano, le pregunta quién le ha enseñado el francés, porque antes no le gustaba y ahora le agrada.
El padre Pío responde a este pregunta con una evasiva, acudiendo a una cita bíblica tomada del profeta Jeremías: «A, a, a... Nescio loqui» . (Yo no sé hablar. Pero el Señor me ha dicho: vete y anuncia ). Una respuesta claramente bíblica que deja al padre Agustín aún más confuso, pero que precede al descubrimiento de un misterioso intérprete de su correspondencia epistolar. Será el mismo padre Pío el que le diga que el ángel de la guarda le hace de maestro y le explica las lenguas que no conoce. 
Antes de desvelarle la solución del enigma, comienza la carta al padre Agustín precisamente con una frase en francés. Y ensalza en esa lengua el mes de mayo, apenas comenzado, y a la Virgen María, a quien de modo particular está dedicado:
«Padre queridísimo, oh!, Le joli mois que le mois de mai! C’est le plus beau de l’année. (¡Oh! ¡qué bello mes el mes de mayo! Es el más bello del año). Sí, padre mío, este mes ¡qué bien habla de las dulzuras y de la belleza de María! Mi mente, al pensar en los innumerables beneficios que me ha hecho esta querida Mamita, me avergüenzo de mí mismo, porque nunca hasta ahora he mirado con suficiente amor su corazón y su mano, que con tanta bondad me los concedía; y lo que más pena me causa es que he correspondido con muchos y continuos disgustos a los afectuosos cuidados de esta nuestra Madre.
¡Cuántas veces he confiado a esta Madre los dolorosos anhelos de mi corazón turbado! ¡Y cuántas veces me ha consolado! Pero, ¿cuál fue mi agradecimiento? En los momentos de mayor aflicción, me parece no haber tenido ya madre en la tierra, pero sí de haberla tenido, y muy piadosa, en el cielo» .

Es una de las páginas más bellas del epistolario mariano del padre Pío. Pero, para comprender todavía mejor su afecto a la Madre de Dios y la singular predilección de María por el fraile de Pietrelcina, es necesario seguir leyendo esta magnífica carta, que chorrea amor filial a la Virgen María:
«Pobre Mamita, ¡cuánto me quiere! Lo he constatado una vez más al comienzo de este hermoso mes. ¡Con cuánto mimo ella me ha acompañado al altar esta mañana! Me parecía que no tuviera ninguna otra cosa en qué pensar sino sólo en llenarme del todo el corazón de santos afectos.
Sentía un fuego misterioso que venía de la parte del corazón , que no he logrado comprender. Sentía necesidad de aplicarme hielo para apagar ese fuego que me está consumiendo.
Quisiera tener una voz tan fuerte que fuera capaz de invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a la Virgen. Pero, porque esto no está a mi alcance, he pedido y pediré a mi angelito que cumpla por mí esta misión» .

En el Epistolario del padre Pío está ocultamente presente el estilo inconfundible de la acción maternal y santificadora de María Santísima: «... La artista que ha sacado de su seno la imagen de su Hijo Jesús, hecha realidad en esta criatura humana» .
Como se puede comprobar, la mayor parte de las cartas que el padre Pío escribe en este período están dirigidas al padre Agustín, a quien pudo abrazar de nuevo en Venafro, viviendo junto a él los días que pasó en este convento del Molise y fortaleciendo así los lazos de sincera y profunda amistad con él. Esto explica que, después de los días que pasó en Venafro, el padre Agustín asuma, en relación al padre Pío, un papel más importante, paterno y comprensivo que el padre Benedicto, hombre enérgico, que le causó tantos sufrimientos al tener que cumplir el doble papel de Ministro provincial de la Orden y de director espiritual del fraile de Pietrelcina .
El padre Pío, a pesar de esta relación no fácil, nunca olvida a su primer director, pidiéndole directamente todo lo que necesita en su camino de superación, como el folleto titulado Cartas y éxtasis de la sierva de Dios Gema Galgani y el escrito La Hora santa, ambos de la mística de Lucca. En estos escritos se inspira el padre Pío, no sólo para sus cartas, sino también para conocer una experiencia espiritual muy similar a la suya. En efecto, algunas de las expresiones de sus cartas están tomadas de trozos de Santa Gema Galgani y adaptadas, con pocos cambios personales .
No debe causar extrañeza el hecho de que el padre Pío tome material no suyo para escribir sus cartas. En este período, en el que su vida tiene muchas semejanzas con la de Gema Galgani, él necesita «hacer propia una experiencia humana y espiritual más avanzada que la suya, identificarse con ella y hacerla parte suya» .
Si en varios aspectos la vida de Gema Galgani se asemeja a la del padre Pío, y es tomada por éste como modelo, el joven religioso madurará, con el paso de los años, una espiritualidad propia, de estilo netamente franciscano, pero inspirada también en el espíritu carmelitano.
A estos aspectos es necesario añadir otros profundamente personales y cultivados desde la infancia, como el sentimiento de fondo de toda su vida religiosa, que se caracteriza por la opción de víctima por los pecadores.

de "Siete años de misterio en Pietrelcina"

"Señor, dame buen humor" de Padre Pio Cireneo de todos, A de Ripabottoni,


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Los cristianos son los “hijos de la alegría”; Dios “puso el regocijo en nuestro corazón” (Sal. 4,8); la Iglesia, para la criatura regenerada por el bautismo, en una magnífica plegaria al Dueño de la vida y de la alegría, pide: “¡Que ella te sirva alegre en tu Iglesia!”; Jesús en la última Cena ruega al Padre que nos dé, no sólo la alegría, sino “la plenitud de la alegría” (Jn. 15, 11); San Pablo grita a todos: “Alégrense en el Señor siempre; les repito, alégrense” (Fil. 4,4); San Agustín incita: “Canta y camina; canta con la voz, canta con el corazón, canta con las costumbres”, y si el recuerdo de ti te entristece, el pensar en Él te ilumine de alegría.

     La alegría es “el gigantesco secreto del cristiano” (Chesterton); a cada cristiano Dios le da el poder de hacer de manera que quienquiera que lo vea –es un pensamiento de Claudel- sienta deseos de cantar, como si le indicaran en voz baja el tono… No obstante, el bosque de sauces llorones es denso; es más fácil ver un ángel que descubrir entre los cristianos una cara alegre. La “buena noticia”, dada y propagada por Jesús, no parece causar mayor alegría; muchos son los rostros tensos y las arrugas precoces. “¿Dónde carambas escondéis vuestra alegría? –pregunta Bernanos-. Al veros vivir como vivís,  es increíble que a vos y sólo a vos se haya prometido la alegría del Señor”.

     ¿Quién sabrá nunca a cuántos cristianos Dios recriminará su tristeza? Entretanto, no deberían estar tristes mas que de una sola tristeza: la de no ser santos.
     Tal deformación ha infectado también a ciertos hagiógrafos que a veces nos afligen con biografías de santos taciturnos, enfadados, mientras que al contrario ellos recuerdan que Dios “nos ha creado en el amor para que vivamos en la alegría” y están contentos siempre y de todo, porque nuestra alegría es Alguien y no algo; son felices además de ser…santos, “no porque su santidad –observa Merton- los vuelva admirables ante los demás, sino porque el don de la santidad hace que ellos puedan admirar a los demás. El don les confiere una visión que puede encontrar el bien en los delincuentes más terribles”.

     Un aspecto particular de la alegría es el buen humor. ¿Acaso tiene lugar no sólo en la vida de un cristiano sino hasta en la de un santo? Como adecuada introducción, que anticipa la respuesta afirmativa, transcribimos directamente la oración que un santo elevaba al cielo para obtener el don del buen humor: “Señor, dame una buena digestión y también algo que digerir. Dame la salud del cuerpo con el buen humor necesario para mantenerla. Dame, Señor, un alma santa que haga tesoro de aquello que es bueno y puro, a fin de que no se asuste a la vista del pecado sino que encuentre, en su presencia, la manera para poner las cosas de nuevo en su lugar. Dame un alma que no conozca el tedio, el rezongo, los suspiros y los lamentos, y no permitas que me aflija excesivamente por esa cosa tan entrometida que se llama ‘ego’. Señor, dame el sentido del ridículo. Concédeme la gracia de entender una broma, para que conozca, en la vida, un poco de alegría y pueda compartirla también con los demás. Amén” (Tomás Moro). 

     Intentar una definición del “humorismo” (en el sentido del “humor” inglés) es muy difícil, y más aún –está escrito- es en vano el esfuerzo por restringir esta palabra en los límites de una definición. Más allá de la  risa, más multiforme y menos circunscrito que eso; variable según las costumbres, las mentalidades y las culturas de una época; expresado en maneras, formas y circunstancias infinitamente diversas una de otra, el humorismo manifiesta siempre una disposición eminentemente personal del espíritu humano, y por consiguiente podemos decir que esto es “capacidad de evidenciar y representar lo ridículo de las cosas, en cuanto no implique una posición hostil o puramente divertida, sino la intervención de una inteligencia perspicaz y pensativa y a menudo indulgente simpatía humana” (Devoto G. –Oli G. C.).

     Esto y más entendemos, al referirnos al humorismo y buen humor del Padre Pío: el regocijo, la alegría, la jocundidad, la ocurrencia juguetona y aguda, placentera, alusiva y punzante, pero no hasta el punto de convertirse en ironía.

     El padre es un dador risueño, sirve a Dios y lo sirve con alegría, con risa inocente y sana que le viene del corazón puro, posee aquella alegría “sagrada” que tiene en Dios su punto de referencia.
     Resulta admirable su desenvoltura, con la que generalmente llevó el peso de su ascesis inimitable y de sus cruces, las que Dios y los hombres cargaban sobre sus espaldas; y uno de los aspectos “proverbiales eran sus ‘salidas’ divertidas, las ocurrencias del espíritu, los chistes, brotados en pleno discurso, ora para aclarar de golpe cualquier impresión que pudiese haber dado de victimismo, ora para aligerar el efecto cortante de indirectas, que usualmente eran leccioncitas muy certeras” (Mondrone D., art. cit., p. 147).

     “Formidable” conversador, “vivaz” y “brillante” –lo juzga otro hombre de letras –que posee y usa todas las argucias psicológicas para encadenar a su auditorio; en el diálogo directo difícilmente se le pone en dificultades, incluso si se trata de comprometerlo con problemas científicos, ajenos a su experiencia. “En un brete es capaz de recurrir a una ‘salida’ de indudable efecto demagógico para resultar victorioso. Si esto no bastase, desconcierta al interlocutor adversario con salidas aparentemente bizarras y frases irónicas que impiden alcanzar conclusiones. Luego recurre también a la mímica (…). Posee indiscutibles dotes de actor que  un oyente inteligente y desencantado no puede dejar de apreciar. Pero por encima de todo está su gran carga de humorismo que a nadie se le escapa” (8).
(8) Cf. BEDESCHI L. Il suo umorismo, en Cinquant’anni di sacerdocio (10 agosto 1910- 10 agosto 1960), editado por la Casa Sollievo de la Sofferenza, Foggia 1960, p. 90.

     Si durante las conversaciones con los amigos –que el Padre Pío se permite luego de las fatigas del confesionario- la presencia de alguna persona desconocida enfría el recreo, él mismo considera recomponer la atmósfera de abierta cordialidad y la serenidad, la reposada “diversión” continúa con los nervios distendidos, y en descanso y gozo del alma.

     Se “divertía” y divertía, en el sentido preciso etimológico de la palabra, desviando la tensión del ánimo y del cuerpo de las actividades habituales, para disfrutar una pausa de calma y de reposo en las breves alegrías intercaladas en el ministerio; se “relajaba” (“relaxare”: aflojar, que se refiere a distención), participando siempre y con gusto en los recreos de la comunidad religiosa, sin olvidar que la amable y fraterna conversación es también caridad y la caridad “es siempre preciosa”.
     De su inagotable repertorio sacaba las historias “más inconcebibles y originales”, relatando con “memorable desenvoltura”, como para dar envidia al más brillante narrador. Conocía y sabía usar la agradable virtud de la “eutrapelia”: ni tanto ni tan poco, chispeante y cortés, comprometido hombre de Dios, que transfigura alma y cuerpo en  paz y  alegría.
     Incluso escogiendo la flor y nata, falta lo mejor: su voz viva.

     Cuando era estudiante, con una toalla y un cráneo puso en aterradora fuga a un compañero suyo, reduciéndolo al estertor por el miedo. Llamado a las armas, también él tuvo sus aventuras militares. En una mañanita de lluvia “le tocó ir no sé a donde. Nuestro soldado se armó valerosamente de un paraguas y marchó, bien arreglado, hacia la Plaza Plebiscito. ‘¡Hey, soldado!’. Pero el soldado seguía de frente como si no hubiese escuchado. ‘¡Eh! ¡Recórcholis, os hablo a vos, soldado!’. Era un coronel quien precisamente se impacientaba. Consideré conveniente regresar. ‘¿Qué novedad es ésta?’, gritó el coronel bajo el agua que lo ensopaba. ‘¡Un soldado con paraguas! ¿Está loco?’. Me convenía hacerme el tonto –recuerda en este punto el Padre Pío con una sonrisa astuta- y le ofrecí mi paraguas: ‘Si el señor coronel se quiere arreglar, lo acompaño…’. El coronel entendió que tenía que vérselas con un recluta aturdido y con un gesto de desprecio me volvió la espalda y me dejó ahí con mi paraguas en la mano”.

     Un recluta simplón es psicológicamente preparado para una inminente visita del Rey. El sargento sabía que, generalmente, los coloquios entre el Rey y los reclutas no se salían del siguiente formulario: 1. pregunta: “¿Cuántos años tiene?”, respuesta: “Veintidós”; 2. pregunta: “¿Cuántos años de servicio tiene?”, respuesta: “Dos”; 3. pregunta: “¿A quién sirve con mayor gusto, al Rey o a la Patria?”, respuesta: “Uno y otro”. Y sobre esta pauta el sargento instruye pacientemente al soldado raso, que luego de muchos esfuerzos, aprende la lección.

     Finalmente llega el Rey. Pasa revista al regimiento y pregunta, como estaba previsto. Las preguntas son las mismas, pero se invierte el orden: Y entonces: 1. pregunta: “¿Cuántos años de servicio tiene?”, respuesta: “Veintidós”; 2. pregunta: “¿Cuántos años tiene?”, respuesta: “Dos”. El sargento suda frío y el Rey, impacientado, exclama: “¡O tú eres tonto o lo soy yo!”. El soldado que sabe la lección de memoria responde con la réplica del punto 3: “Uno y otro, majestad”.   
   
     El tipo de chiste preferido por el Padre Pío es aquel por categoría; con frecuencia une los acostumbrados abogados a los médicos, bromeando sobre su mala fama, cordialmente anteponiendo: “Es para reírnos”. Un día, pues, un Papa es llamado a resolver un delicado problema de “precedencias” en las procesiones. Los abogados quieren estar delante de los médicos, y los médicos delante de los abogados.

     El Pontífice salomónicamente arregla los procedimientos para los séquitos de los implicados. Y sentencia: “Praecedant carnifices, sequantur latrones: adelante los médicos y detrás los abogados…”.
     Un día el Padre Pío, rodeado de un grupito, distingue a dos médicos que se acercan y él, rápido, pregunta: “¿Sabéis como está un enfermo entre dos médicos? ¡Como un ratón entre dos gatos!...”.
     Y por picar a los “togados”: “¿Sabéis por qué San Ivone es el único abogado que ha entrado en el Paraíso? Ahora os explico” y comienza con vivacidad y riqueza de pormenores.
     Para contar el cuentito del borracho, se levanta de la poltrona de mimbre y remeda al personaje: “¿Por qué, oh, Señor –decía el borracho que había visto sobre el muro caminar un ciempiés- a este animalito le diste cien patas, y a mí que no logro mantener el equilibrio sólo dos?”.

     Usualmente no cuenta sólo por contar, sino que utiliza el tiempo de recreo, sirviéndose de bromas con tema didáctico y moral, que se insertan en la conversación como respuesta a éste o aquél interlocutor. Para inducir, por ejemplo, a uno de éstos a dejar S. Giovanni Rotondo y regresar a su ciudad natal para reemprender el trabajo habitual, narra cómo Cristo junto con los apóstoles había arrendado un campo de trigo para la siega. “La tarde del primer día no habían cortado ni un solo manojo porque Jesús en vez de poner a trabajar a los Apóstoles los había entretenido dialogando. Reprendido por el dueño del campo, Jesús hizo un gesto y la extensión de trigo se convirtió en un campo de gavillas apiladas. Al día siguiente, San Pedro quiso imitar al Maestro. Arrendado otro campo, en vez de poner a trabajar a los otros Apóstoles se puso a conversar con ellos bajo los árboles, pero en la tarde ante la furia del dueño inútilmente repite el gesto de Jesús. El milagro no se cumplió. San Pedro es considerado bribón por el dueño e ingenuo por Jesús”  (Bedeschi L., art. cit., p. 90).

     Se muestra dispuesto a bromear también sobre su propia fe, señal inequívoca –ésta- de quien cree seriamente.
     Un día el Señor se paseó por el Paraíso y vio muchos malencarados que para nada debían estar presentes en el lugar lleno de todas las delicias y vacío de todo mal, y el portero del cielo se las vio difícil, hasta que no averiguó que no era falta de vigilancia, sino abundancia de misericordia de la Virgen y de San José.

     Moraleja: en primer lugar Dios, centro de nuestra adoración; y luego invocar a los santos, eficaces intercesores celestiales, recurriendo a ellos como a buenos amigos.
     Luego de los ámbitos del Cielo, los de la tierra se aceptan y se tratan con modos cordialmente decisos y expeditos.

     Campanini y Macario, los dos notables actores cómicos, llegaron a S. Giovanni Rotondo para visitar el santuario de la Virgen de las Gracias y para rendir homenaje al Padre Pío. Apenas los encuentra por los corredores, el Padre Pío exclama: “¡Mira que caras!...”. El señor que los acompaña y los presenta a él, dice: “Padre, los actores decidieron dejar de trabajar con las piernas y comenzar a trabajar con la cabeza”. Y el Padre Pío: “Hagan lo que quieran, lo importante es que sean juiciosos”. Y despidiéndose, con tono risueño añade: “Seguid siendo irreverentes; nunca habéis andado con tantas formalidades. Cambiad rápido o de otro modo os corro”.

     A quien se dice o se cree “jovenzuelo” le da una demostración práctica de cómo el verdadero jovenzuelo es él, desafiándolo a seguirle el paso incluso en  subida. Regresaba de la sacristía luego de las confesiones de los hombres, por el lado del claustro y, volviéndose hacia el joven padre sacristán, que lo acompañaba: “¡Estos jóvenes –dice- no sirven para nada! Mira cómo se sube”. Y así diciendo subió los escalones de dos en dos, sin que el padre sacristán pudiera seguirle el paso. Llegado  al  primer  rellano  vio  a unas personas y –con mucha sencillez- exclamó, poniéndose la mano sobre la boca: “¡Virgen santa!...”.

     La explosión de alegría, así manifiesta, nos trae a la mente lo que Chesterton dice de San Francisco de Asís: “El sentido del humor es la sal de cada travesura”.

     El Padre Pío no estaba precisamente necesitado de dirigir al Señor la plegaria de Santa Teresa, que temía más a una religiosa descontenta que a una banda de demonios: “Líbrame, oh Señor, de las devociones tontas y de los santos de cara rancia”.

     El Padre Pío sabía que el “dador alegre” no sólo agrada a Dios sino también a los hombres; que no es de buen cristiano hacerle la vida al prójimo más gravosa de cuanto lo sea ya, agobiándolo con nuestro humor negro; por consiguiente, lleno el corazón de la alegría que Dios ama –“la alegría, cuando es fruto de la serenidad y del gozo, tiene su casa en el corazón del cristiano, y su espejo en su rostro” (Don Giuseppe De Luca)- se muestra abierto, amable y contento con todos aquellos que encuentra sobre su ruta para sostenerlos y ayudarlos continuamente con su presencia. Y también en esto el Padre Pío está en perfecta armonía con el espíritu de su seráfico padre Francisco de Asís.
     Así su humorismo se vuelve también apostolado y no queda sólo en simple distracción y reposo: su alma santa no se asusta ante el pecado, sino que encuentra el camino “para poner de nuevo las cosas en su lugar”.

     En sus manos el buen humor, la salida divertida, la humorada, no es sólo distracción y arma espiritual, sino también defensa contra los curiosos e inoportunos: “Entre una sonrisa y un chiste os esconde su secreto, de manera que muchos viven junto a él sin intuir nada, y algunos sin entender ni siquiera su bondad y el heroísmo de su virtud. Dice las cosas más graves con una simpleza llena de naturalidad, que os hace aceptar lo sobrenatural sin que os deis cuenta. Él está entre dos vidas, sonriendo al dialogar con los seres de dos mundos”.

     Sólo rarísimas veces responde a preguntas precisas: “Padre ¿qué os aplicáis en las manos, que están tan perfumadas?” “Pues nada, hijito…”. “Padre ¿vuestras heridas os causan mucho malestar?” “¿Y qué crees, que el Señor me las dio de broma?”. “Padre, hace ya un tiempo que no huelo vuestro perfume…” “Estás aquí conmigo y no te es necesario”.

     Usualmente, habilísimo, utiliza otra manera para esconder los dones de los que Dios lo ha colmado. A quien le dice lleno de admiración. “¿Por qué yo no amo a Jesús como tú?”, él responde. “¿Y por qué yo no lo amo como tú?”.

     Al pasar del confesionario de las mujeres al altar, y viendo precipitarse sobre él a los devotos, coge como espada liberadora el cíngulo y con voz imperiosa, bajo la forma de sugestiva cordialidad: “¡Achis! Hoy aquí hay revolución –dice-, oh, hay un campo de minas”; con los pecadores que no entienden o que excusan su estado diciéndose, no obstante sus sarros, básicamente buenos, usa los modales “ásperos y fieros”; “Sí, eres bueno, bueno como el puchero”; a un místico un poco trastornado que estaba seguro de tener los estigmas, le dice: “Esperemos que no, de otro modo habrían comenzado tus calamidades”, y al célebre abogado Cassinelli que lo envestía con su vehemencia oratoria, lo interrumpe bruscamente: “¡Oye! –le dice- eres muy complicado para mi carácter, hijito…”. “¿Este gran viaje para verme?” dice, maravillado, al importante periodista Orio Vergano, que quería entrevistarlo para el “Correo de la Tarde”. “¿No tenéis en casa un libro de oraciones? Os pudisteis ahorrar el viaje. Dios os bendiga. Un Ave María vale más que un viaje, hijo mío”.

     Durante la visita del ex presidente de la República, Antonio Segni (22 nov. 1959) el ilustre huésped presentaba a su comitiva, comenzando por el honorable Russo. En la sala eran muchos, pero silencio y veneración circundaban al Padre Pío, que sale de su recogimiento con una de las suyas: “Excelencia ¿por qué me trajo un solo ‘ruso’? ¡Tráigame muchos!”.

     Con una carcajada general se rompe el gran silencio, parecía un encuentro de viejos y festivos amigos, el tiempo de la entrevista pasó velozmente y el Padre Pío regresó al silencio conventual luego de haber extendido a su alrededor una cortina de niebla para defenderse de honores y alabanzas que se le tributaban sinceramente.

     He aquí cómo relata un milagro sucedido casi de broma, marcado por la frase dialectal “te’ros’ch’: toma, roe”. Un día durante un recreo ameno y gracioso, a quemarropa le preguntaron: “Padre espiritual, ¿habéis hecho algún milagro?”. Agarrado así desprevenido, con una sonrisa respondió: “Sí, una vez, y casi de broma”.ma a quien yo iba a visitar con cierta regularidad. La pobrecita, por gratitud, cada vez que yo me despedía, me rogaba que la próxima vez le llevara algo de comer que hubiera estado sobre mi mesa. Un día, luego de haber comido, mientras ordenaba los cubiertos en el cajón, noté en el fondo de éste un ‘propato’ (biscocho durísimo) que debía estar ahí desde hacía mucho.

     Me lo metí en el bolsillo y fui a visitar a la enferma. Al entrar en la casa, antes que ella respondiese a mi saludo, dije casi con bromista ironía: ‘Te’ ros’ch’’, dándole el biscocho. ¿Lo creeréis? Cuando regresé a verla en la siguiente ocasión, la encontré esperándome de pie y me agradecía, porque había sanado luego de comerse el ‘propato’. Y me dejó con palmo de narices”.

     Leal, abierto, cordial, con sus salidas chispeantes a menudo daba la vuelta a situaciones  embarazosas en su ocurrente lenguaje vernáculo, que le fluía de los labios incluso en momentos solemnes y que no paraba ni siquiera ante… ¡la muerte!
     Su piedad se funde con un corazón ligero y contento: donde hay mucha fe –está escrito- habrá también muchísima risa (“es siempre primavera en el corazón que ama Dios”, dice el cura de Ars –y hablaba por experiencia personal). Risa condimentada con aquella “sal de la vida” que se llama humorismo: “Padre espiritual, ¿por qué ayer en la tarde durante la prédica sobre la muerte, dada por el padre ejercitador, usted reía?”.
“¿Y qué iba a hacer? No me pude contener: ¡ciertos predicadores te hacen reír incluso ante la muerte! …”.
     Durante un temporal un hermano que está con el Padre Pío en el corredor del convento de S. Giovanni Rotondo, asustado por los relámpagos, que son frecuentes por la presencia de la cabina eléctrica situada en una habitación, dice: “Padre espiritual, por lo menos alejémonos de la cabina. Ayer por un rayo se murieron diez personas”. Y él, rápido: “Nosotros no corremos este peligro: sólo somos dos”. 

      La santa doctora de la Iglesia, Teresa de Ávila,  dirigía la siguiente observación al fraile Juan de la Miseria, que le había pintado un retrato: “Dios te perdone, hermano Juan, porque me hiciste fea y legañosa”.

     No sabemos si el Padre Pío deba lamentarse también de algún hermano Juan de la Miseria (señalaba, en cambio, que lo vendían muy…barato, cuando oyó a un chiquitillo sobre el atrio que voceaba: “El Padre Pío por dos centavos…” ofreciendo la foto a los peregrinos), pero es cierto que él no es ni feo ni legañoso y tampoco trompudo: es “muy bello” (al mensaje arrebatado de una mujer: “¡Padre feo y malo!”, el Padre Pío le contesta: “¡Malo, sí! ¡Pero feo, no, porque Dios me hizo bello!”), sus grandes ojos están “llenos de luz”; según la sugerencia de su Fundador deja al demonio la tristeza y al bufón le dice que siga haciendo el bufón; y sobre semejante línea de conducta recibe la aprobación de un filósofo santo: “Etiam  officium histrionum, quod ordinatur ad officium hominibus exhibendum, no est secundum se illicitum” (Incluso el papel de comediante, cuando se trata de ejercerlo ante los demás, no es en sí mismo ilícito) obtiene  la sonrisa de la Virgen y un aplauso del Niño Jesús: “Carlo Campanini va con el Padre Pío: ‘Padre, ¿cómo puedo preciarme de ser de vuestra familia espiritual, si cada tarde debo empastarme la cara y siempre hacer el bufón  en el escenario?’

El Padre Pío sonríe: ‘Hijo, en este mundo cada quien hace el bufón en el lugar que Dios le asignó’. Basta anteponer a Dios y cada cosa regresa a su lugar (…). Hubo un saltimbanqui que se hizo monje y puesto que era de veras ignorante no lograba aprender los cantos y las oraciones de los hermanos. Entonces, cuando la iglesia estaba desierta, el fraile saltimbanqui se exhibía ante la estatua de Nuestra Señora, demostrando sus únicas habilidades: saltos, cabriolas, volteretas. Fue grande el escándalo en el convento cuando se supo el episodio. Y una bella mañana el padre guardián se escondió detrás de una columna para sorprender al hermano saltimbanqui. ¡Cuál no sería la sorpresa del padre guardián cuando vio a la Virgen santa sonreír desde su estatua y al Niño Jesús agitar las manitas complacido por las proezas del maromero en hábito gris! Ahí lo tienes: el fraile más ignorante de la comunidad ofrecía a la Reina del cielo la flor de sus cualidades: y ella aceptaba con alegría. Porque aquel fraile había escogido bien su lugar. Nos atreveremos a decir con el Padre Pío: ‘hacía bien el ‘bufón’ en el puesto que Dios le había asignado’. ¡Oh, aquella maravillosa ‘bufonería’ de Francisco de Asís y de San Juan Bosco! Señor, dadnos un poco;  sólo un poco. ¡Tenemos mucha necesidad de ello para ayudar al Padre Pío a terminar su grandiosa obra!” (9).

(9) GIGLIOZZI   G., Ognuno al suo posto, en La Casa Sollievo Della Sofferenza 8 (1-31 julio 1957) 1.-Sobre la alegría cristiana, cf., la exhortación apostólica de su santidad Paulo VI del 9 de mayo de 1975.

     ¿Quién piensa, entonces, que las Florecillas de San Francisco sean una extravagante rareza? Se repiten, se renuevan en multiformes gradaciones e intensidad, según las exigencias de los tiempos.