Lejos. Muy al norte. Más allá de la Galilea Jesús anda entre ajenos, los no judíos, los
parientes de los fenicios, los que nada saben de la fe de
Israel.
Jesús anda. Camina y bendice. También recoge sorpresas, como
la fe de una extranjera.
La fe de una madre. La fe conmovedora de la mujer cananea.
El grito de la mujer es grito de súplica. Viento de
confianza. Ella resume en el título
“Hijo de David” la esperanza mesiánica de sus vecinos. Los
que hablaban del Mesías
que iba a venir. Los hijos de Israel que según los
Evangelios no supieron recibirlo:
“Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”, dice el
Apóstol Juan.
Esta admirable mujer no mide respetos humanos. Su dolor la
impulsa. Su pesar y su fe.
Su corazón y sus labios traen la apuesta, ya que, junto a la
angustia por su hija, late
también la esperanza en Jesús.
Esa esperanza la mueve. Le regala la insistencia. La vuelve
expresiva. Hace gritos en
su boca.
La escena es dramática. Cargada de intensidad. Roja.
Se trata de un enclave decisivo en el que no faltará la
tensión, la tirantez, agudizada
por la inicial respuesta de Cristo, distante o como
indiferente. Algo que ella parece no
sentir, o en todo caso no turbarle. No la disuade de su
súplica.
Los apóstoles se quejan. Y ella persiste.
Su fe se muestra firme. Quiere alcanzar la compasión de
Jesús, y, es como una flecha
irreversible su pedido.
He pensado que ella sale al encuentro de Dios sin saberlo.
Seguramente hubo de
recoger testimonios sobre Jesús que la movieron a ganar esa
parada a los gritos. Fue
de oídas hacia el que puede.
Y será por esta mujer que la misión de Cristo se verá
ampliada. Ya no sólo las ovejas
perdidas de Israel, sino esa extensión compasiva y salvífica
para los paganos, los no
judíos, los extranjeros, nosotros. Nosotros, los hijos
espirituales de San Pablo…
No sería Jezabel, ni Helena de Troya, ni Esther, sino la
cananea la que nos encajaría a
todos en la compasión infinita de Cristo.
Tampoco los fenicios, los cananeos del Norte, formarían
parte del cortejo que vendría a
insultar a Jesús en la cruz. Seguramente, luego le llegaría
a la cananea la noticia
estremecedora de que el Hombre que sanó a su hija
liberándola de un demonio, había
resucitado de entre los muertos.
“Señor, tú me sondeas y me conoces… me rodeas por detrás y
por delante/ y tienes
puesta tu mano sobre mí”, dice el salmista. Es decir, el Amor
contiene al creyente, y lo
hace testigo en el mundo. Lámpara.
Eso recibimos cuando la intensa súplica nos domina. Cuando
oramos ungidos Porque la intensa súplica de la mujer parece empujar hacia
adelante.
Ella va encontrando el futuro para su hija. La unción de
Dios.
Algo potencial puede llegar a ser acto, y, para ello, Jesús
es nuestra esperanza.
La cananea no llega al Señor por los profetas, nada sabe de
las fatigas de Moisés que
acabarían en el valle de Moab, ni de los sueños de José, ni
del pozo de Jacob; ni de los
decretos, prescripciones, leyes e interpretaciones que
desvelaran a los fariseos.
Ella cree en Jesús. Y como aquella otra feliz mujer, la de
las hemorragias, quiere
tocarlo. Sabe que si lo toca será tocada su hija. Y sabe que
a Jesús se llega por la fe.
La boca de Jesús lo ha repetido para nuestro gozo y
perplejidad: “¡Tu fe te ha salvado!
Entiendo que Jesús, permitió acaso con esa dilatación que
los apóstoles (y en ellos todo
Israel) tomaran lección de lo que puede la fe en él. O, cómo
es necesario insistir hasta el
grito. El grito del orante que revela la confianza. Grito
que niega la blasfemia. Grito que
siempre nos asemejara a Cristo en la Cruz.
“Señor escucha mi oración y llegue a ti mi clamor; no me
ocultes tu Rostro en el
momento del peligro; inclina tu oído hacia mí, respóndeme
pronto, cuando te invoco”,
reza el salmista.
¿Habrá la cananea llevado sus pasos a mayor conversión? El
salmista canta así: “Señor,
tú eres mi Dios, yo te busco ardientemente; mi alma tiene
sed de ti, por ti suspira mi
carne, como tierra sedienta, reseca y sin agua”.
El paso de Jesús por aquella tierra sembró el Reino. Y hubo
de latir fuerte el Corazón
de Cristo con aquella entrega de fe.
“Respóndeme cuando te invoco, Dios, defensor mío, tú, que en
la angustia me diste un
desahogo: ten piedad de mí, y escucha mi oración”, insiste
el salmista.
La hija de la cananea quedó liberada. Cristo sigue liberando
hoy. Él aumente nuestra fe.
Por su misericordia se inflame suavemente de amor nuestro
corazón en esta eucaristía.
Padre Gustavo Seivane
Grupos de oración de Padre Pio
Argentina