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A la Virgen de Fátima


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Plegaria o fórmula popular de consagración a la Virgen de Fátima

Mi vida y todo mi ser, 

Virgen Santa del Rosario, 

Tuyos serán desde ahora: 

Recíbeme por tu esclavo 


Mis potencias y sentidos. 

Mis penas y mis trabajos

Mis goces, mis alegrías.

Mis luchas, mis entusiasmos, 

Con una total entrega

Para siempre te consagro.

No hay flores en mi jardín, 

Lleno de espinas y cardos

Ni hay dulces frutos maduros;

Tan sólo agraces amargos. 

Pasiones nunca domadas

¡Le hicieron tantos estragos!... 

Transeúntes y enemigos

Mil veces le destrozaron.

Vuelvo a Tí, Señora mía,

Mí Madre, mí único amparo:

Yo sé, que al hijo, que vuelve, 

Tú le abres siempre los brazos. 

¿Quién te invocó, que no hallara

Salud, consuelo y regalo? 

¿Quién en sus luchas el triunfo

No recibió de tus manos?... 

Tú a las orillas del Ebro 

Diste valor a Santiago: 

Primer cimiento de España 

Fué tu Pilar sacrosanto.

Por Tí triunfó en Covadonga 

De la morisma Pelayo:

La España de tus amores 

Allí nació en tu regazo.

Tú por los mares ignotos

A Colón fuiste guiando:

Por Dios y Santa María

Un mundo nuevo fué hallado.

Tú a las armas españolas

Les diste el triunfo en Lepanto,

Mientras el Papa S. Pío 

Rezaba en el Vaticano. 

Tú salvaste a Portugal,

¡A Portugal, nuestro hermano! 

¡Gloriosa Virgen de Fátima!

i Santa Virgen del Rosario!

Tú por caminos de gloria Fuiste conduciendo soldados, 

Con gestas incomparables

La Patria recuperando.

Que si es la historia de España 

Más que una historia un milagro,

Tan sólo por Tí, María,

Se pudo subir tan alto. 

Contigo España progresa;

Sin tí se hundió tanto, tanto.

Que sin un milagro tuyo 

Nadie pudiera salvamos. 

Perdona nuestros desvíos. 

Perdona nuestros pecados; 

Sálvanos Reina de España,

Tuyos somos. Madre, sálvanos.

Mi vida y todo mi ser 

Para siempre te consagro, 

A Tí y a tu divinal 

Corazón Inmaculado.

Quiero ser devoto tuyo, 

Quiero ser tu fiel vasallo. 

Quiero honrarte diariamente 

Tus misterios reparando.

Y si al rezarte advirtiere 

Haber caído en pecado,

Ayúdame, Madre mía. 

Quiero al punto confesarlo. 

Quiero consolar tus penas. 

Reparar tantos agravios, 

Como te hacen cada día

Millones de hijos ingratos. 

Recíbeme, oh gran Señora, 

Recíbeme en tu regazo. 

Indigno para hijo tuyo... 

Permíteme ser tu esclavo!

De “El mensaje de Fátima”

Autor: Fr. Albino Menendez Reigada - Obispo de Tenerife (1881-1958)

Pag 91 

Padre Pio y su devoción a la Virgen


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Extraído de “El Padre Pio y su devoción a la Virgen María” por Fray Elías Cabodevilla Garde, sacerdote capuchino

Publicado en la Revista MIRIAM - LXIII - nº 373 - Mayo-Agosto 2011 - Págs. 102-115.

·         El Padre Pizzatelli, en su libro: “Padre Pío, Maestro di devozione mariana”, escribe: «No basta afirmar que la devoción a la Virgen María del “Serafín del Gárgano” es tiernísima, vivísima, ferventísima… Su amor a María no es sólo un elemento de su espiritualidad…; es el alma, la esencia de su espiritualidad y santidad».

·         Y Benedicto XVI, en su visita a San Giovanni Rotondo del 21 de junio del 2009, antes del rezo del “Ángelus”, dijo del Padre Pío: «Siempre experimentó por la Virgen un amor muy tierno… Toda su vida y su ministerio se desarrollaron bajo la mirada maternal de la santísima Virgen y con la potencia de su intercesión».

 1.         El Padre Pío, al escribir sobre sí mismo a sus Directores espirituales, usa muchas veces la palabra «misterio». Por ejemplo, en su carta de 17 de octubre de 1917: «¡Qué grande es mi desventura! ¿Quién podría comprenderla? Sé muy bien que soy un misterio para mí mismo; no logro comprenderme». Si el Padre Pío era un misterio para sí mismo, necesariamente será un misterio para nosotros. Y lo es también en el tema que estamos abordando: la relación del Santo de Pietrelcina con la Virgen María, y, quizás más, la relación de la Virgen María con el Padre Pío. Cito sólo tres ejemplos.

2.        El primero nos lleva a preguntarnos qué implica que la Virgen María se enojara seriamente porque el Padre Pío le ha pedido una gracia, cuando no debía hacerlo, por obedecer a su Director espiritual. Lo cuenta el Padre Pío al Padre Agustín, en carta de 18 de mayo de 1913.

Hay que decir que no sabemos de cuál de estas dos gracias se trata: si la de poder regresar al convento abandonando Pietrelcina o la de poder comunicar a su Superior provincial y Director espiritual el motivo por el que el Señor lo quiere en su pueblo natal, fuera del claustro, ya que el Padre Benedicto, por los títulos indicados, se creía con derecho a saberlo. Lo cierto es que el Padre Agustín, sin duda por indicación del Padre Benedicto, había escrito esto al Padre Pío: «Yo creo que debes pedirle mucho esta gracia que nosotros sabemos, aunque la Madrecita sea contraria a ello».

El escrito del Padre Pío dice así: «Al recibir la última carta, quise presentar a la Madrecita la gracia que repetidas veces me has mandado que le pidiera, esperando conseguirla en esta ocasión al hacerlo por un camino distinto: el de la obediencia. Por desgracia, debo confesar para confusión mía que el fruto deseado no se ha conseguido, porque esta Madre santa montó en cólera ante mi atrevimiento de pedirle de nuevo la dicha gracia, que severamente ya me había prohibido. Esta mi involuntaria desobediencia la he tenido que pagar a muy caro precio. Desde aquel día se alejó de mí al igual que los otros personajes celestes».

·         El segundo ejemplo nos coloca ante una encomienda muy especial, por el contenido y sobre todo por el modo de hacerla, que la Virgen María confió a Fray Pío cuando éste tenía sólo 17 años de edad y, por tanto, estaba lejos de la Ordenación sacerdotal.

El escrito que la recoge, de febrero de 1905, dice así: «Hace unos días me ha sucedido algo insólito mientras me encontraba en el coro con fray Anastasio; serían entonces sobre las 23 horas del día 18 del mes pasado; me encontré lejos, en una casa señorial, en la que, mientras moría el padre, venía al mundo una niña. Se me apareció entonces María santísima que me dijo: “Te confío esta criatura. Es una piedra preciosa sin labrar: trabájala, brúñela, vuélvela lo más reluciente posible, porque quiero un día adornarme con ella. No dudes. Será ella la que vendrá a ti, pero antes la encontrarás en San Pedro”. Después de todo esto, me he encontrado de nuevo en el coro».

En febrero de 1905 Fray Pío estudiaba filosofía en Sant’Elia a Pianisi. El escrito es del Padre Pío, que él mismo entregó al Padre Agustín de San Marco in Lamis. Éste lo conservó durante años, hasta que lo entregó a Juana Rizzani, la niña que nació en Udine el 18 de enero de ese año 1905, hija de los marqueses Juan Bautista Rizzani y Leonilde Serrao. La Rizzani habló más tarde con el Padre Pío, que le garantizó la autenticidad del escrito. Después de la muerte del Capuchino, la Rizzani entregó el autógrafo al Superior del convento de Capuchinos de San Giovanni Rotondo.

E el largo testimonio de Juana Rizzani para el Proceso de beatificación y canonización del Padre Pío tenemos la información detallada de cómo fue su nacimiento, escuchada de boca de su madre; de cómo, en el verano del año 1922, consultó ciertas dudas en un confesonario de la basílica de San Pedro de Roma a un Fraile capuchino, a quien nadie conocía ni había visto en el templo, y a quien ella ni vio salir del confesonario ni lo encontró en él a pesar de haberlo buscado, pues, nada más terminar la consulta, quiso preguntarle dónde podría encontrarlo en el caso de que quisiera consultarle otros temas o confesarse con él; de cómo, en el año 1923, atraída por las noticias sobre un Fraile que tenía las “llagas” del Señor en su cuerpo, viajó a San Giovanni Rotondo y, al confesarse con el Padre Pío, éste le descubrió la encomienda que, en relación a ella, había recibido de María santísima; de cómo fue la dirección espiritual que le fue ofreciendo el Capuchino… Por este testimonio sabemos  también que el Padre Pío, al escuchar el encargo que le hacía la Virgen María, puso esta objeción, que explica las últimas líneas del escrito: «Pero ¿cómo va a ser posible, si todavía soy un pobre clérigo y no sé si un día tendré la fortuna y la alegría de llegar a ser sacerdote? Y aún en el caso de que llegara a serlo, ¿cómo podría yo ocuparme de esta niña estando tan lejos de aquí?».      

·         3º. El tercer ejemplo se refiere al rezo del Rosario por parte del Padre Pío y motiva esta pregunta: Si es cierto que rezaba al día tantos Rosarios como se afirma, ¿cómo lograba hacerlo si se preparaba para la Misa con al menos tres horas de oración, si la celebración de ésta duraba con frecuencia hasta dos y más horas, si pasaba diez, doce y más horas diarias en el confesonario…?  

En el “Diario” que el Padre Pío comenzó a escribir en julio de 1929, a petición del Padre Agustín, su Confesor en este tiempo, en el apartado «Devociones particulares diarias», anota lo siguiente: «No menos de cinco rosarios completos».

El Padre Carmelo de Sessano, Superior del convento de Capuchinos de San Giovanni Rotondo desde 1953 a 1959, nos ha dejado el testimonio de lo que le sucedió el día 6 de febrero de 1954. Como hacía a diario, después de la cena fue a desear las “Buenas noches” al Padre Pío, esta vez acompañado de dos religiosos. Lo encontraron casi preparado para acostarse, con una cofia en la cabeza… Y así transcribe el diálogo habido entre ellos: «Con la puerta aún semiabierta, el Padre ha dicho: “Debo decir otros dos rosarios, dos y medio,  y me acuesto”. Y yo: “Padre, por favor, ¿cuántos rosarios ha dicho hoy?”. Y él: “¡Beh!; a mi superior tengo que decirle la verdad: he dicho treinta y cuatro”. Y nosotros: “¿Cómo hace para rezar tantos?”. Y él: “... pero esto no es para ustedes”. 34 + 2 = 36 rosarios ¡en un día! “Sí, 36, recalca uno de los religiosos: yo ya lo sabía. ¡Me lo había dicho él!».

Cleonice Morcaldi, hija espiritual del Padre Pío, en su obra “Recuerdos del Padre Pío”, escribe esto: «Le pregunté una vez cuántos rosarios completos rezaba entre el día y la noche. Me respondió: - "Unas veces 40, otras veces 50". - "¿Cómo hace para rezar tantos?". - "¿Y cómo haces tú para no rezarlos?”».

El hecho de que el Padre Pío rezara tantos Rosarios parece suficientemente acreditado. El cómo lograba rezarlos nos quedará seguramente en el misterio. A no ser que lo que sigue sea una explicación suficiente. Dicen que, a la pregunta jocosa de un religioso: «Padre Pío, dicen que Napoleón era capaz de hacer hasta seis cosas a la vez; usted ¿cuántas?», respondió él con ingenuidad: «Yo seis a la vez no, pero tres sí. Puedo al mismo tiempo confesar, rezar el Rosario y pasearme por el mundo».

 3.         En la relación materno-filial de la Virgen María y el Padre Pío encontramos, entre otros, éste dato muy llamativo: El Santo percibía con claridad la actuación de la Virgen María en él y en el ministerio que realizaba. ¿Se trataba sólo de dotes especiales para percibir lo que la Virgen María realiza en todos y en cada uno de sus hijos? Sin duda, ¡hay algo más! Me atrevería a decir que el Padre Pío podría aplicar a la Virgen María lo que escribió de Jesús: «Desde el nacimiento me ha dado pruebas de una predilección especialísima». Me voy a referir, con un solo dato en cada caso, a la actuación de la Virgen María en los tres núcleos o aspectos de los que he dicho antes que son importantes en el Padre Pío y que, en torno a ellos, se podría presentar con acierto su vida, su ministerio y su santidad.

En relación al primero, he dicho que el Padre Pío, como respuesta a las «pruebas de predilección especialísima» que desde el nacimiento fue recibiendo de Jesús, intentaba –son sus palabras- que «todos los instantes de la vida transcurran en el amor al Señor».

En este intento de amar así a Jesús, ¿recibió alguna ayuda especial de la Virgen María? Esto es lo que el Padre Pío escribió el 6 de mayo de 1913 al Padre Agustín: «¿Qué he hecho yo para merecer tanta generosidad?¿Mi conducta no ha sido acaso una negación continua, no digo de su Hijo, sino del mismo nombre de cristiano? Y, sin  embargo, esta tiernísima Madre, en su inmensa misericordia, sabiduría y bondad, ha querido castigarme de una forma tan excelsa como la de derramar tantas y tan grandes gracias en mi corazón que, cuando me hallo en su presencia y en la de Jesús... me siento abrasándome del todo sin fuego; me siento abrazado y unido al Hijo por medio de esta Madre, sin ni siquiera ver las cadenas que tan estrechamente me atan; mil llamas me consumen… Las cadenas, que mis ojos no ven, las siento que me tienen atado y muy atado a Jesús y a su querida Madre; y es en esos instantes cuando, las más de las veces, me pueden los arrebatos; siento que la sangre me afluye al corazón y de éste a la cabeza, y estoy tentado de gritarles a la cara y llamar cruel al Hijo, tirana a la Madre».

En relación al segundo, he afirmado que el Padre Pío, como medio importante de realizar la «misión grandísima» que el Señor le había confiado, dedicó muchas horas al día a la atención del confesonario, para llevar a cabo lo que indicó en estas palabras: «liberar a mis hermanos de los lazos de Satanás» y «hacerles participar de la vida del Resucitado».

En su ministerio de Confesor, ¿tuvo el Padre Pío alguna ayuda especial de la Virgen María? Si faltara el último elemento de este relato, quizás no me atrevería a contarlo. Es el capuchino Tarsicio de Cervinara, Exorcista de la Diócesis en aquel tiempo, el que lo firma. Dice así: «Durante los exorcismos, entre las muchas cosas que pregunté al demonio, quise saber por qué el Padre trataba con severidad a tantas almas en el confesonario. Oigo que me dice: “El Padre Pío trata a cada alma como Dios quiere. A los lados del confesonario están siempre para asistirlo la Virgen y San Francisco, y el Padre Pío hace y dice sólo lo que éstos le sugieren”. El asunto me impresionó. Quise hablarlo con el interesado: “Padre, se lo pido en nombre de Dios y la respuesta debe dármela para mi tranquilidad. ¿Es verdad que en el confesonario está asistido por la Virgen y por San Francisco, y que en relación a las almas hace y dice todo y sólo lo que le viene sugerido por la Virgen Santísima y por el Seráfico Padre?”. “Hijo mío, si no estuvieran estos dos conmigo, ¿qué conseguiría hacer yo?”, oigo que me responde el Padre, con la cabeza inclinada y después de unos instantes de vacilación».


En relación al tercero, he indicado que el Padre Pío, porque escuchó a Jesús que le decía: «Te asocio a mi pasión», quiso «sufrir cada día más y sufrir sin consuelo alguno». Y esto por los dos motivos que le indicó el Crucificado al concederle el don de las “llagas” y que el Santo expresó muy bien en estas frases: «Yo amo la cruz, la cruz sola; la amo porque la veo siempre en los hombros de Jesús» y «Yo no amo el sufrimiento por el sufrimiento; lo pido a Dios, lo deseo por los frutos que me aporta: da gloria a Dios, me alcanza la salvación de mis hermanos en este destierro, libra a las almas del fuego del purgatorio, ¿y qué más quiero yo?».

En el Padre Pío, la asociación a la pasión de Cristo se realizaba de modo muy especial en la celebración de la Misa. Cleonice Morcaldi, en su libro “Testimonianze”, nos transmite la respuesta del Padre Pío a esta pregunta que ella le formuló: - «Padre, ¿qué sufrimientos del Señor experimentas durante la Misa?». - «En cuanto la criatura humana es capaz, todo lo que sufrió el Señor en su pasión».

¿Disfrutó el Padre Pío de alguna asistencia especial de la Virgen María al celebrar la Misa? Escuchemos esto, escrito por el Padre Pío al Padre Agustín el 1 de mayo de 1912: «Sí, Padre, este mes ¡qué bien habla de las dulzuras y de la belleza de María!... El mes de mayo es para mí el mes de las gracias. Lo he constatado una vez más al comienzo de este hermoso mes. Con cuánto mimo ella me ha acompañado al altar esta mañana. Me parecía que no tuviera ninguna otra cosa en qué pensar sino sólo en llenarme del todo el corazón de santos afectos».

 4.         No quiero que, de lo expuesto hasta aquí, se saque la conclusión de que la devoción del Padre Pío a la Virgen era complicada, exclusiva para él y sin enseñanzas prácticas para nosotros. ¡Nada más lejos de la verdad!

La devoción del Padre Pío a María fue «tierna», como la calificó Juan Pablo II, al pedirle al Santo: «Transmítenos tu tierna devoción a María». Tierna porque fue sencilla, filial, o, como recalcan algunos, infantil, si a esta palabra le quitamos el tinte negativo que puede tener. Infantil en el sentido más exacto del término: lo que un niño pequeño vive en relación a su madre es lo que el Padre vivió en relación a la Virgen María.

La causa de esta ternura habría que ponerla en este dato que señala el Padre Pizzatelli: «El Padre Pío aprendió a conocer y a amar a la Virgen, no tanto en los libros de teología, cuanto en la oración humilde, afectuosa y constante. Fue en la oración donde el Santo de Pietrelcina buscó y alcanzó esa sabiduría íntima del corazón que le llevó a llamar a María: “Madre bendita”, “Madrecita”, “Madre tiernísima”, “Madre queridísima”, “bellísima Madrecita del cielo”, “Abogada”, “Auxiliadora”, “Socorro”, “Mediadora”…». Y no hay duda de que también fueron fruto de la oración estas dos súplicas, llenas de ternura, que el Padre Pío, en los días que permaneció en cama en el convento de Venafro, en noviembre-diciembre de 1911, en momentos de éxtasis, dirigió a la Virgen María, y que el Padre Agustín, que se las escuchó, nos ha transmitido en su “Diario”: «Escucha, Madrecita: yo te quiero mucho más que todas las criaturas de la tierra y del cielo..., después de Jesús, naturalmente...; pero te quiero mucho» y «Madrecita hermosa, Madrecita querida, eres bella. Si no existiera la fe, los hombres te llamarían diosa. Tus ojos son más resplandecientes que el sol, eres bella, Madrecita; yo me glorío de ello, te amo, ¡ah!, ayúdame».

 5.         Tampoco quiero que, al escuchar esto, alguien piense que el Padre Pío vivió esa devoción mariana que rechaza el Concilio Vaticano II cuando dice, en “Lumen Gentium”: «La verdadera devoción mariana no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad». ¡Nada de esto en el Santo de Pietrelcina! Las tres cualidades que señala el Concilio para la verdadera devoción mariana las vivió con profundidad el Padre Pío, y mucho antes de que lo dijeran los Padres Conciliares. Nos fijamos brevemente en ellas.

Dice el Concilio que la verdadera devoción mariana «nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios».

En las cartas de dirección espiritual el Padre Pío recalca con claridad la unión íntima e indisoluble entre María, Madre del Hijo de Dios, colaboradora en la obra de la redención, dispensadora de todas las gracias…, y su hijo Jesús, el único Salvador y el único Mediador entre Dios y los hombres. Además, en los títulos que va dando a María en esas cartas, tenemos un rico tratado de teología mariana y una hermosa letanía que expresa esa excelencia de la Virgen sobre todas las demás criaturas. La va llamando: «Virgen clemente y piadosa», «Nuestra bella Madrecita Inmaculada», «Madre de Jesús y Madre nuestra», «Virgen bendita», «Mediadora de todas las gracias»...

Dice el Concilio que la verdadera devoción mariana «nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre».

Para el Santo de Pietrelcina María es, ante todo, la Madre. Una Madre que, como lo atestigua el Padre Agustín en su “Diario”, visita con frecuencia al Padre Pío, al menos desde que éste tiene cinco años. Una Madre siempre cercana, como lo afirma en una carta de 1 de mayo de 1912: «En los momentos de mayor sufrimiento, me parece no tener madre en la tierra, pero sí tener una, y muy piadosa, en el cielo». Una Madre, como he recordado antes, que lo «castiga» colmándolo de dones. Una Madre -lo he dicho también- que lo conduce a su hijo Jesús y lo vincula a él con lazos estrechísimos de amor. Una Madre a la que el Padre Pío ama «mucho más que todas las criaturas de la tierra y del cielo... después de Jesús naturalmente», y a la que quiere que todos amen, como lo manifiestan estas palabras: «Quisiera tener una voz tan fuerte como para invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a la Virgen María».

Dice el Concilio que la verdadera devoción mariana «nos impulsa a la imitación de sus virtudes».

El Padre Pío vio siempre en la Virgen María a la discípula más perfecta de Jesús y, como consecuencia, intentó imitar sus virtudes. Más aún, la imitación fue para él la prueba de la auténtica devoción mariana y la finalidad última de sus oraciones y de sus prácticas piadosas. Y lo que vivía él lo proponía a los demás, incluso a sus Directores espirituales. Esto es lo que escribió el 1 de julio de 1915 al Padre Agustín: «Esforcémonos, pues, como tantas otras almas elegidas, por tener siempre delante a esta bendita Madre, por caminar siempre junto a ella, ya que no hay otro camino que conduzca a la vida sino el que nuestra Madre ha seguido. Nosotros que queremos llegar a la meta, no rehusemos seguir este camino». Una imitación que la iba concretando en cada una de las virtudes que la Iglesia admira en la Virgen María. Sirva de ejemplo esta invitación a Raffaelina Cerase, el 13 de mayo de 1915: «Reflexiona y ten siempre ante los ojos de la mente la gran humildad de la Madre de Dios y nuestra, la cual, a medida que crecían en ella los dones celestiales, siempre más se desfondaba en humildad, tanto como para poder cantar en el mismo momento en que fue cubierta con la sombra del Espíritu Santo, que la convirtió en Madre del Hijo de Dios: “He aquí la esclava del Señor”».

6.         En el Padre Pío, junto al hijo que ama tiernamente a su Madre del cielo, tenemos que admirar al promotor incansable de la devoción mariana.

Son muy significativas estas palabras del Papa Juan Pablo II en la beatificación del Padre Pío: «... el nuevo beato no se cansaba de inculcar en los fieles una devoción a la Virgen María tierna, profunda y enraizada en la genuina tradición de la Iglesia. Tanto en el secreto del confesonario como en la predicación volvía siempre a exhortar: ¡Amad a la Virgen María!». Y también las del padre Alberto D’Apolito, que vivió muy cerca del Fraile de Pietrelcina y escribió esto: «El Padre Pío, enamorado de la Virgen Santísima, no cesaba de recomendar a todos los fieles el amor y la devoción a nuestra Señora… Exhortaba continuamente a sus hijos a confiar en la Señora y a abrirle su corazón en la seguridad de ser escuchados. Sabía bien que la Santísima Virgen es la dispensadora de las gracias y que tiene en sus manos las llaves del Corazón de Dios». Y es especialmente significativo el testamento espiritual que nos dejó el Santo en vísperas de su muerte: «Amad a la Virgen y haced que la amen. Rezad siempre el Rosario».

·         Benedicto XVI, en su peregrinación a San Giovanni Rotondo de junio del 2009, afirmó esto: “El Padre Pío nos enseña a amar y venerar a la Virgen María con su enseñanza y con su ejemplo”.

          Las enseñanzas del Padre Pío eran sencillas y profundas a la vez, y las podemos encontrar en sus cartas de dirección espiritual; en las palabras que dirigía a los fieles antes del rezo del “Angelus” a mediodía y al atardecer, pues muchas de ellas fueron transcritas a papel; en las muchas estampas y “papelitos” que entregaba a sus devotos con un breve mensaje escrito por él, casi siempre relacionado con la Virgen María… Sirva este mensaje como ejemplo de enseñanza sencilla y profunda: «Cuando se pasa delante de la imagen de la Virgen, hay que detenerse y decirle: “Te saludo, María; saluda de mi parte a Jesús”».

          El ejemplo se podía percibir en todas sus actuaciones del Capuchino. Lo señaló Juan Pablo II el día de  la beatificación del Padre Pío, antes de rezar el “Regina Coeli”, en la Plaza de San Juan de Letrán de Roma, en estas palabras: «Su devoción a la Virgen María se transparenta en todas las manifestaciones de su vida». La lista de estas manifestaciones sería interminable. Me limito a citar algunas: para su oración personal, buscaba siempre los lugares donde tuviera, también delante de sus ojos, el cuadro de la Virgen María y el Sagrario, porque a la Virgen la veía como camino hacia Jesús y como dispensadora de las gracias de su Hijo; el obsequio más frecuente a los que se acercaban a él era el Rosario, unido a la invitación a rezarlo; en las innumerables estampas que, como he dicho antes, fue repartiendo a lo largo de su vida, los mensajes más reptidos, escritos por él, eran los relacionados con la Virgen: «La Virgen Dolorosa te tenga siempre grabada en su corazón materno», «La Virgen Madre tenga siempre su mirada en ti y te conceda experimentar todas sus dulzuras maternas», «María sea la estrella que ilumine tus pasos a través del desierto de la vida y te conduzca sana y salva al puerto de la salvación eterna», «María te mire siempre con ternura materna, alivie el peso de este destierro y un día te muestre a Jesús en la plenitud de su gloria, librándote para siempre del miedo a perderlo», «María esté siempre esculpida en tu mente y grabada en tu corazón»…; y, sobre todo, que se le sorprendiera siempre rezando el Rosario.

 7.         Como conclusión y resumen de lo dicho, cabe afirmar que la devoción mariana del Padre Pío tenía tres manifestaciones fundamentales:

·         1ª. Un amor tierno y filial a María, que lo expresaba sobre todo en la imitación de sus virtudes.

·         2ª. Una confianza ilimitada para pedir a María toda clase de gracias, especialmente para los demás.

·         3ª. Un empeño constante por promover la auténtica devoción a María.

 Sirva de confirmación lo acaecido en el año 1959. En ese año, la imagen de la Virgen de Fátima fue llevada a Italia; y, como era costumbre en estos casos, fue recorriendo las ciudades más importantes y, en ellas, las iglesias con mayor capacidad, comenzando por la iglesia catedral. El día en que la imagen llegó a Italia, el 25 de abril, el Padre Pío cayó enfermo. ¿Motivo? Se había ofrecido como víctima a la Virgen María para que esa peregrinación de su imagen por Italia produjera abundantes frutos espirituales. Y así, enfermo, casi siempre en cama, y en ocasiones ingresado en el hospital “Casa Alivio del Sufrimiento” fundado por él, permaneció hasta el día 7 de agosto. ¿Qué sucedió a lo largo de estos tres meses?

·         El Padre Pío siguió ofreciendo el acostumbrado pensamiento de orientación espiritual antes del rezo del “Ángelus” a mediodía; pensamiento que, más que en otras fechas, giraba en torno a la Virgen María: como invitación a prepararse para la visita de la Virgen; como reclamo a la imitación de sus virtudes; como llamada al rezo del Rosario…

·         Aunque San Giovanni Rotondo no era ciudad importante, figuraba entre los lugares en los que debía detenerse la mencionada imagen, sin duda en atención al Padre Pío. Llegó el día 6 de agosto y fue recibida con gozo en el santuario de Nuestra Señora de la Gracias del convento de Capuchinos. Lo que sucedió allí nos lo cuenta un testigo ocular, el Padre Rafael de Sant’Elia a Pianisi: «La iglesia permanece abierta día y noche y está siempre abarrotada de fieles que rezan. El Padre Pío está en cama y reza. Al día siguiente, 7 de agosto, lo bajan a la iglesia, sentado en una silla, y cada tanto se detienen para no cansarlo. Cuando está a los pies de la Virgen, conmovido y con lágrimas en los ojos, la besa con afecto y coloca en sus manos un Rosario bendecido por él; después se le sube porque está cansado y por miedo a un colapso... más de tres meses de enfermedad, de ayuno y de cama... Por la tarde, la Virgen es llevada a la Casa Alivio del Sufrimiento, donde recorre todas las secciones, y, por fin, es subida a la terraza, donde el helicóptero está preparado para partir».

·         ¿Qué hizo el Padre Pío en ese momento? Sigue diciendo el escrito del Padre Rafael: «El Padre Pío manifiesta su deseo de querer saludarla de nuevo antes de que se marche, y, de nuevo sentado en una silla, es llevado al coro de la nueva iglesia y se asoma a la última ventana de la derecha de quien mira desde la plaza. Entre los “vivas” de una gran multitud de fieles, el helicóptero emprende el vuelo, pero, antes de enfilar la ruta prefijada, da tres vueltas sobre el convento y la iglesia para saludar al Padre Pío. Éste, al ver el helicóptero que se mueve con su Virgen, conmovido, con fe y lágrimas en sus ojos, dice: “Señora, Madre mía, llegaste a Italia y yo quedé enfermo; ahora te vas y ¡me dejas enfermo!”. Dicho esto, baja la cabeza, mientras un escalofrío lo sacude y recorre todo su cuerpo. El Padre Pío ha recibido la gracia y se siente bien. Al día siguiente, aunque casi todos se lo desaconsejan, puede celebrar en la iglesia. Por la tarde, llega de forma providencial el doctor Gasbarrini, que lo examina minuciosamente, lo encuentra clínicamente curado y dice a los frailes presentes, entre los que me encontraba yo: “El Padre Pío está bien y mañana puede sin reparo alguno celebrar en la iglesia”».

·         Tenemos, pues, los tres elementos que he señalado:

   El amor tierno y filial a María, manifestado en las lágrimas, en el beso a la imagen de la Virgen, en el Rosario que coloca en el brazo de la imagen… y en lo que María pudo “leer” en el corazón del Capuchino.

      La confianza ilimitada para pedir toda clase de gracias; en este caso la curación de su enfermedad, sin duda para seguir entregado a su «misión grandísima» en favor de sus hermanos.

     La dedicación entusiasta a promover la devoción a María, en los mensajes que dirigía cada día a los fieles y, sobre todo, en su ofrenda como víctima por la intención que antes he señalado.

 Publicado en la Revista MIRIAM - LXIII - nº 373 - Mayo-Agosto 2011 - Págs. 102-115.

13 de Mayo


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Grupos de Oración y devotos de San Pio de Pietrelcina
Hispanoamérica


REZAMOS EN HONOR DEL INMACULADO CORAZÒN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DE FATIMA 

Rezamos este Santo Rosario respondiendo al pedido del Papa Francisco por  el fin de la pandemia que aqueja al mundo.

Por la señal de la Santa cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén

Padre Pio y la Santísima Virgen

Corrìa el año 1959.  La imagen de la Virgen de Fátima fue llevada a Italia; y, como era costumbre en estos casos, fue recorriendo las ciudades más importantes y, en ellas, las iglesias con mayor capacidad, comenzando por la iglesia catedral. El día en que la imagen llegó a Italia, el 25 de abril, el Padre Pío cayó enfermo de pleuresía. ¿Motivo? Se había ofrecido como víctima a la Virgen María para que esa peregrinación de su imagen por Italia produjera abundantes frutos espirituales. Y así, enfermo, casi siempre en cama, y en ocasiones ingresado en el hospital “Casa Alivio del Sufrimiento” fundado por él, permaneció hasta el día 7 de agosto.

PRIMER MISTERIO. La resurrección de Jesús

Indica el Padre Pio “María sea la estrella que os ilumine la senda, os muestre el camino seguro para llegar al Padre del cielo; sea como el ancla a la que os debéis sujetar cada vez más estrechamente en el tiempo de la prueba” (Epist.II, p.373).

Pausa

Maria, auxilio y protectora nuestra, haznos partícipes de la necesidad de amar a tu HIJO, Nuestro Señor Jesucristo, de comprender sus enseñanzas y poder trasmitirlas a los que la ignoran, para poder compartir con ellos la felicidad de vivir la verdad del evangelio, te pedimos que irradies tu luz de esperanzadora hacia todos los corazones sobre todo de aquellos que están sin hogar donde vivir, o sin empleo para sostenerse por aquellos que están enfermos tanto del alma como en el espíritu. Virgencita, guárdanos en tu corazón inmaculado


Padre Nuestro, 10 Avemarías y Gloria

                                                             
SEGUNDO MISTERIO La ascensión de Jesús al cielo

Nos dice Padre Pio: “María hermosee y perfume continuamente tu alma con nuevas virtudes y te proteja con su amor maternal. Manténte cada vez más unida a la Madre del cielo, porque ella es el mar a través del cual se alcanzan las playas de los esplendores eternos en el reino de la aurora” (FM, 167,165).
Pausa

Inmaculada Virgen y Madre mía: a Vos que sos la Madre de mi Salvador, la Reina del mundo, la abogada, esperanza y refugio de los pecadores, recurrimos a vos,  nosotros en este día  Te veneramos, Soberana Reina. Y humildemente te agradecemos todas las gracias que hasta ahora nos  has otorgado.

Padre Nuestro, 10 Avemarías y Gloria


TERCER MISTERIO. La venida del Espíritu Santo al Cenáculo


Nos augura Padre Pio: “María convierta en gozo todos los dolores de tu vida” (GC, 24).

Pausa

Alentados por tus palabras: “SI quieres alguna gracia recurre siempre a Mi, porque yo soy tu Madre” venimos entonces llenos de esperanza ante el trono de tus misericordias, que para remediar nuestros males, a tus pies han recobrado la Salud tantos enfermos, tantos afligidos consuelo, tantos otros, oprimidos por los trabajos de esta vida han conseguido por tu mediación verse libres, dígnate Madre querida dirigir hacia nosotros tus tiernos y piadosos ojos


Padre Nuestro, 10 Avemarías y Gloria



CUARTO MISTERIO. La asunción de María Virgen al cielo

Enseña Padre Pio: “María sea la razón única de tu esperanza y te guíe al puerto seguro de la salvación eterna. Sea para ti dulce modelo e inspiradora en la virtud de la santa humildad” (ASN, 44).
Pausa

Maria Santísima, cuyo cuerpo Virginal no estuvo sujeto a las leyes de la corrupción pero que ha subido al cielo por voluntad de DIOS, nos ha precedido en el misterio de la inmortalidad del cuerpo.

Padre Nuestro, 10 Avemarías y Gloria


QUINTO MISTERIO:. La coronación de María reina del cielo y de la tierra


Señala Padre Pio:

“ Hijo, tú no sabes qué produce la obediencia. Mira: por un sí, por un solo sí, fiat, por hacer la voluntad de Dios, María llega a ser Madre del Altísimo, confesándose su esclava, pero conservando la virginidad que tan grata era a Dios y a ella.
Por aquel sí pronunciado por María Santísima, el mundo obtuvo la salvación, la humanidad fue redimida.
Hagamos también nosotros siempre la voluntad de Dios y digamos también siempre sí al Señor” (FSI, 32).

Pausa

¡Oh Maria! Virgen potente, Tu, grande y preclara defensa de la Iglesia, Tu, terrible como ejercito ordenado para la batallas; Tu, que sola has destruido toda la herejía en el mundo entero…. En nuestras angustias, en nuestras luchas y en nuestros aprietos defiéndenos del enemigo, y en la hora de la muerte recibe nuestra alma en el Paraíso. Amen.

Padre Nuestro, 10 Avemarías y Gloria


ORAMOS POR LA INTENCIÓN  DEL PAPA FRANCISCO 

Padre nuestro 3 Ave María y Gloria



ORACION A SAN MIGUEL ARCÀNGEL

"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.
Amén."

Letanìas al Inmaculado Corazòn de María
Señor, ten piedad...
Cristo, ten piedad...
Señor, ten piedad...
Cristo, oyenos.
Cristo, escúchanos
Dios Padre celestial,
                  Ten piedad de nosotros.
Dios Hijo Redentor del mundo,
                  Ten piedad de nosotros.
Dios Espíritu Santo,
                  Ten piedad de nosotros.
Santa Trinidad, un solo Dios,
                  Ten piedad de nosotros.

Santa María ruega por nosotros
Corazón Inmaculado de María,
Corazón Inmaculado de María, lleno de gracia
Corazón Inmaculado de María, vaso del amor más puro
Corazón Inmaculado de María, consagrado íntegro a Dios
Corazón Inmaculado de María, preservado de todo pecado
Corazón Inmaculado de María, morada de la Santísima Trinidad
Corazón Inmaculado de María, delicia del Padre en la Creación
Corazón Inmaculado de María, instrumento del Hijo en la Redención
Corazón Inmaculado de María, la esposa del Espíritu Santo
Corazón Inmaculado de María, abismo y prodigio de humildad
Corazón Inmaculado de María, medianero de todas las gracias
Corazón Inmaculado de María, latiendo al unísono con el Corazón de Jesús
Corazón Inmaculado de María, gozando siempre de la visión beatífica
Corazón Inmaculado de María, holocausto del amor divino
Corazón Inmaculado de María, abogado ante la justicia divina
Corazón Inmaculado de María, traspasado de una espada
Corazón Inmaculado de María, coronado de espinas por nuestros pecados
Corazón Inmaculado de María, agonizando en la Pasión de tu Hijo
Corazón Inmaculado de María, exultando en la resurrección de tu Hijo
Corazón Inmaculado de María, triunfando eternamente con Jesús
Corazón Inmaculado de María, fortaleza de los cristianos
Corazón Inmaculado de María, refugio de los perseguidos
Corazón Inmaculado de María, esperanza de los pecadores
Corazón Inmaculado de María, consuelo de los moribundos
Corazón Inmaculado de María, alivio de los que sufren
Corazón Inmaculado de María, lazo de unión con Cristo
Corazón Inmaculado de María, camino seguro al Cielo
Corazón Inmaculado de María, prenda de paz y santidad
Corazón Inmaculado de María, vencedora de las herejías
Corazón Inmaculado de María, de la Reina de Cielos y Tierra
Corazón Inmaculado de María, de la Madre de Dios y de la Iglesia
Corazón Inmaculado de María, que por fin triunfarás

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,
  Perdónanos Señor
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,
  Escúchanos Señor
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,
  Ten piedad de nosotros.

V. Ruega por nosotros Santa Madre de Dios
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo

Oremos

Tú, que nos has preparado en el Corazón Inmaculado de María, una digna morada de tu Hijo Jesucristo, concédenos la gracia de vivir siempre conformes a sus enseñanzas y de cumplir sus deseos.
Por Cristo tu Hijo, Nuestro Señor. Amen
Palabras del Padre Gustavo Seivane
Tu amor incondicionado me pasma… Y, a veces, tu nombre, oh! María, viene a perfumar mis horas como un bálsamo, como un ramo de jacintos, como una feliz unción fragante y santa.
¡Bendita tú eres entre todas las mujeres!
Oh!, Madre, se me resbalan los suspiros entre tus manos tibias.
Tu blanquísimo manto quiero que me cubra, que me guarde como un odre sereno, como un cielo de topacios, como una columna de incienso.
Al contemplarte, Madre de Dios, se colman de juventud las potencias de mi alma.
Te nombro y se abre la esperanza. Te invoco, oh!, bienaventurada, y percibo el río del amor que no defrauda, la heredad de tus hijos, el jardín secreto donde encontrarte como la abundancia, la sede de la Sabiduría, el lienzo hermoso de la humildad que Dios nos señala.
Oh!, Madre, en tu regazo secamos lágrimas, y nos admiramos por la epifanía de ese latir sacrificado y bueno. Y por tu sonrisa que borra los miedos. Y por la íntima Cena compartida con Cristo.
Te nombro, oh! María, y se sueltan amarras, y el pecho se vuelve de azúcar hasta la próxima batalla. ..
Rezamos SALVE  

La invocación final...


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La mamá acompaña al hijo desde el nacimiento hasta la muerte. También María, la Mamá del cielo, después de haber seguido al hijo Padre Pío durante toda la vida, no dejó de asistirlo en el momento de la muerte.
«Quizás el Padre Pío murió viendo a la Virgen María. Sentado en el sillón de la celda, vivía los últimos instantes. En la pared, que tenía delante, colgaba un retrato de su madre, zi’ Pepa. El Padre Pío preguntó a fr. Pellegrino quién era la de aquella fotografía. Cuando el religioso le indicó que aquella era su madre, el Padre Pío le dijo. “Yo veo dos Mamás”. Acercándose al cuadro, y señalándoselo, fr. Pellegrino le repitió que aquella era la fotografía de mamá Pepa. Y el Padre Pío: “No te preocupes; que yo veo muy bien. Y veo ahí dos Mamás”».

Sobre la muerte del Padre Pío tenemos dos relatos, los dos de testigos oculares: el de fr. Pellegrino Funicelli, que asistía al venerado Padre, y el de fr. Carmelo de San Giovanni in Galdo, superior del convento. Fr. Pellegrino cuenta: «El doctor puso la inyección al Padre y después nos ayudó a acomodarlo en el sillón, mientras el Padre repetía con voz cada vez más débil y con el movimiento de los labios cada vez más imperceptible: “Jesús, María”.
Y así, con el rosario en la mano, repitiendo la jaculatoria “Jesús, María”, el Padre expiró dulcemente».

Fr. Carmelo escribe: «Rezamos las oraciones de la recomendación del alma, el Padrenuestro, el Avemaría, la invocación a san José, patrono de los moribundos, y las jaculatorias: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía. Jesús, José y María, descanse con vosotros en paz el alma mía”. El Padre Pío, sereno, tranquilo, ya no respiraba más: había inclinado plácidamente la cabeza sobre el pecho. Eran las 2,30 horas».
De este modo San Pío de Pietrelcina, el enamorado de María, murió con todos sus sentidos dirigidos hacia la Mamá del cielo.
Con las manos apretó el santo rosario.
Con la mirada se detuvo en la imagen de la Madonna della Libera, patrona de su pueblo natal y Mamá de su vida.
Con los labios pronunció la última palabra de invocación a la Mamá del cielo: “¡Jesús, María!”.
Con el oído escuchó por última vez el nombre de la Mamá: “Jesús, José y María”.
El enamorado de María no podía concluir de otro modo el curso de su existencia terrena.
 
de    "  LA PRESENCIA MATERNA DE MARÍA EN LA VIDA DEL PADRE PÍO ", 
 Fr. GERARDO DI FLUMERI                                                                                                     

El testamento espiritual


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La señorita Cleonice Morcaldi cuenta:

«El 2 de septiembre de 1968, pregunté al Padre cómo tendría que agradecer al Señor el haber dado a la Iglesia, al mundo, el primer sacerdote estigmatizado. No respondió. Dije entonces: “Padre, he pensado en rezar 58 Gloria Patri o 58 Magnificat ante Jesús Sacramentado. Entonces me respondió: “Reza el Magnificat”».

Algunos días antes de su bienaventurada muerte, invitado a decir una palabra final, exhortó así: «Amad a la Virgen María y haced que la amen. Rezad cada día el santo rosario».

He aquí el testamento espiritual de San Pío de Pietrelcina: el Magnificat y el santo rosario.

de "LA PRESENCIA MATERNA DE MARÍA EN LA VIDA DEL PADRE PÍO " -   Fr. GERARDO DI FLUMERI

El rezo del Santo Rosario


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A San Pío de Pietrelcina se le ha llamado «un rezador de rosarios en jornada completa».
Él ha rezado incontables rosarios en honor a María. ¿Cuántos exactamente? Es difícil dar una respuesta exacta. Tenemos, sin embargo, algunos testimonios que pueden darnos una idea más o menos aproximada del número de rosarios que rezaba al día el Serafín del Gárgano.
Al comienzo del Diario que el Padre Pío escribió en los meses de julio-agosto de 1929, hay una breve indicación sobre sus devociones particulares diarias. La indicación se cierra con este compromiso: «Diariamente no menos de cinco rosarios completos» (Epist. IV,1022). Pero muy pronto esta cifra se vio ampliamente superada.
Fr. Carmelo de Sessano, que fue superior del convento de Capuchinos de San Giovanni Rotondo desde 1953 a 1959, nos ha dejado este testimonio: «6 febrero 1954. Hace unos pocos minutos (apenas habían pasado las 21 horas) he marchado con otros dos religiosos a dar las “Buenas noches” al Padre. Lo hemos encontrado casi preparado para acostarse, con una cofia en la cabeza, que terminaba en dos largos cordones, atados con un nudo al cuello, en las manos dos medios guantes blancos, un cinturón sobre el hábito. Con la puerta aún semiabierta, el Padre ha dicho: “Debo decir otros dos rosarios, dos y medio,  y me acuesto”. Y yo: “Padre, por favor, ¿cuántos rosarios ha dicho hoy?”. Y él: “¡Beh!; a mi superior tengo que decirle la verdad: he dicho treinta y cuatro”. Y nosotros: “¿Cómo hace para rezar tantos?” Y él: “... pero esto no es para ustedes”. 34 + 2 = 36 rosarios ¡¡¡en un día!!! “Sí, 36, recalca uno de los religiosos: yo ya lo sabía. ¡¡¡Me lo había dicho él!!! - Dios mío, ¡delante de ti uno que ora sin cesar a tu Madre!».
Cleonice Morcaldi, en su Diario, habla incluso de 60 rosarios completos al día. Escribe la señorita, amada hija espiritual del venerado Padre:
«Una vez, en el confesonario, le pregunté cuántos rosarios rezaba al día. Me respondió: “Cuando he terminado mis 180 rosarios (es decir, sesenta rosarios completos), entonces descanso”. “¿Y cómo haces para rezar tantos?”. “¡Y cómo haces tú para no rezarlos!”. “¿También durante la noche los reza?”. “¡Claro que también!”, me respondió».
Con el rosario siempre en sus manos, cada día, de 11 a 12, en oración, en el matroneo de la nueva iglesia, delante del espléndido mosaico de Nuestra Señora de las Gracias, el Padre Pío era una ininterrumpida catequesis viviente de piedad mariana.
Pero, ¿por qué rezaba el Padre Pío tantos Rosarios y en qué pensaba mientras el rezo del mismo?
El Padre Pío rezaba tantos Rosarios porque era la encarnación del mensaje de Fátima; y, en Fátima, la Virgen María había pedido el rezo diario del Rosario.
«Pero el verdadero motivo por el que el Padre Pío ha amado tanto el Rosario es porque la Virgen María en persona se lo había puesto en las manos. La Virgen ha querido que el hijo del Seráfico Padre llegase, a través de ella, a Jesús: El Padre Pío, en efecto, siempre llegó a Jesús por María. La senda, pues, que el místico de San Giovanni Rotondo siguió para alcanzar al Señor fue siempre la del Rosario.
La Madre de Jesús, al poner en las manos del Padre Pío el rosario, buscó además otra cosa: Le puso en las manos «el arma» para que lograra salir vencedor en todos los combates a los que, a partir de ese momento, le lanzaría, en un campo de batalla sin fronteras, contra el más terrible de los enemigos.
El Padre Pío no ha sido sólo un amante del Rosario; ha sido también el apóstol de la oración que tanto agrada a María.
La oración que el Padre Pío más promovió en su ministerio sacerdotal fue el Rosario a la Virgen María. No sabría decir cuántos miles de rosarios ha puesto en manos de sus hijos».
¿En qué pensaba el Padre Pío durante el rezo del Rosario? En una ocasión, un alma buena preguntó al querido Padre si, en el rezo del Rosario, era necesario estar atento al Ave o al misterio. Él respondió: «La atención debe estar centrada en el Ave María, es decir en el saludo que se dirige a la Virgen, pero “en” el misterio que se contempla. En todos los misterios Ella está presente, en todos participó con amor y con dolor».
«El Rosario es, pues, la cristología vivida por la Virgen María. El piadoso Capuchino se alimentó a lo largo de toda su vida de esta cristología mariana. En María, el Serafín de Pietrelcina ha encontrado el universo apropiado en el que poder contemplar a Cristo que nace, es ofrecido en el templo, discute con los doctores, agoniza en el huerto, es crucificado, muere en la cruz, resucita, asciende al cielo, envía al Espíritu».

 Fuente: " La presencia materna de Marìa Santìsima en la vida de Padre Pio" de Fr. GERARDO DI FLUMERI

Las expresiones de amor del Padre Pío a la Virgen María (3)


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Hasta ahora nos hemos fijado en el papel materno de María en relación al Padre Pío. Ahora debemos detenernos en las expresiones de amor y de devoción de San Pío de Pietrelcina a la Madre de Jesús y Madre espiritual nuestra. Estas manifestaciones se pueden resumir en las siguientes: las enseñanzas que el Padre Pío impartía a sus hijos espirituales; el rezo del santo Rosario; algunas devociones particulares; su dichosa muerte. Consideramos detenidamente cada uno de estos puntos.
Las enseñanzas a sus hijos espirituales.
Son muchas las enseñanzas que el Padre Pío impartió a sus hijos e hijas espirituales, tanto de palabra como con el ejemplo.
El 25 de mayo de 1915 escribía a Raffaelina Cerase: «María sea la estrella que le ilumine la senda; le muestre el camino seguro para llegar al Padre del cielo; sea como el ancla a la que se debe sujetar cada vez más estrechamente en el tiempo de la prueba» (Epist. II,373).
Por tanto, confianza en María, medio seguro de salvación.
Y a la misma hija espiritual, el 20 de abril de 1915: «La Virgen María sea ella misma la que le alcance fuerza y valor para combatir el buen combate» (Epist. II,403). El mismo augurio a las hermanas Ventrella (Epist. III,551).
El 13 de mayo de 1915 proponía a María como modelo de humildad: «Reflexione y tenga siempre ante los ojos de la mente la gran humildad de la Madre de Dios y nuestra, la cual, a medida que aumentaban en ella los dones del cielo, más profundizaba en la humildad, de forma que en el momento mismo en que fue cubierta por la sombra del Espíritu Santo, que la convirtió en Madre del Hijo de Dios, pudo cantar: “He aquí la esclava del Señor”. Lo mismo cantó esta querida Madre en casa de santa Isabel, incluso llevando en sus entrañas al Hijo de Dios hecho hombre» (Epist. II,419).
Ante los ojos de Margarita Tresca (Epist. III,189) y de Asunta Di Tomaso (Epist. III,423) trazaba el cuadro de la Virgen Dolorosa, que, «petrificada ante el Hijo crucificado... no podía ni siquiera llorar».
A lo largo de su vida sacerdotal, el Padre Pío dejó innumerables estampas con un pensamiento autógrafo escrito al dorso que se refiere a  la Virgen.
He aquí algunas de las breves frases:
«La Virgen Dolorosa te tenga siempre grabada  en su corazón materno».
«La Virgen Madre tenga siempre su mirada en ti y te conceda experimentar todas sus dulzuras maternas».
«María sea la estrella que ilumine tus pasos a través del desierto de la vida y te conduzca sana y salva al puerto de la salvación eterna».
«María te mire siempre con ternura materna, alivie el peso de este destierro y un día te muestre a Jesús en la plenitud de su gloria, librándote para siempre del miedo a perderlo».
«María esté siempre esculpida en tu mente y grabada en tu corazón».
Todos sabemos que en el dintel de la celda n. 5 del Padre Pío estaba escrito y está todavía este pensamiento de san Bernardo: «María es la razón total de mi esperanza».
El Padre Pío no dejaba pasar ocasión sin inculcar la confianza y la devoción hacia la Virgen bendita.
Una vez el obispo de Foggia, monseñor Paolo Carta, le presentó un amigo, funcionario en Cagliari, y le manifestó que el tal quería asegurarse una entrada en el paraíso. El enamorado de la Madre del cielo, le respondió: «¡Eh! Aquí se necesita a la Virgen María, se necesita a la Virgen María». Y contó el episodio, ciertamente inventado, que recalca el amor de la Virgen a los pecadores. «Un día nuestro Señor, dando un paseo por el cielo, vio ciertas caras extrañas y pidió explicaciones a san Pedro. - “¿Cómo han conseguido entrar aquí? Me parece que tú no vigilas bien las puerta”. Pedro, muy disgustado, respondió: - “Señor, yo no puedo hacer nada”. – “¿Cómo?, ¿que no puedes hacer nada? ¡La llave la tienes tú! Cumple tu deber. ¡Estate más atento!”.
Algunos días después, el Señor dio otra vuelta y vio otros inquilinos de aspecto poco recomendable. – “Pedro, ¡he visto algunas caras...! Se ve que no vigilas bien la entrada”. Y Pedro: - “Señor, ¡yo no puedo hacer nada! Y ni siquiera puedes hacerlo tú”. Y el Señor: - “¿Tampoco yo? ¡Esto ya es demasiado!”. Y Pedro: - “Sí, ¡tampoco tú! Tu Madre tiene otra llave. Es tu Madre la que los deja entrar”».
Para poner fin a este apartado sobre las enseñanzas que el Padre Pío impartía a sus hijos e hijas espirituales, tenemos que referirnos a otros elementos de su piedad mariana. Comenzamos por las catequesis que ofreció desde su celda durante la enfermedad que lo tuvo alejado de los fieles desde finales de abril hasta el mes de agosto de 1959.
«En estos breves pensamientos encontramos pequeñas perlas de luz y de amor a la Madre del cielo: “Estemos seguros – dice el Padre – que si somos constantes y perseveramos, esta Madre no permanecerá sorda a nuestros gemidos. ¡Es Madre!” (7 julio). Y de nuevo: “¿Quién puede darnos la paz? El Autor de la paz es sólo Dios y el canal para ofrecer esa paz es la Madre del cielo” (9 julio). Abrasémonos cada día más en el amor a esta Madre y estemos seguros de que nada nos será negado, porque nada le falta a Ella, que tiene un corazón de Madre y de Reina” (12 julio). “Sabemos que esta Madre del cielo nos ama mucho más de lo que nosotros deseamos, porque muchas veces nosotros - por desgracia - deseamos junto al bien también el mal. Esta Madrecita nuestra nos ofrece el bien y al mismo tiempo nos lo conserva si nosotros, con su ayuda, queremos imitarla” (16 julio). “No olvidemos nunca el cielo, al que tenemos que aspirar con todas nuestras fuerzas. Por desgracia el camino está lleno de dificultades. Pero apoyémonos en quien puede ayudarnos y quiere ayudarnos; el camino se nos convertirá en fácil porque tendremos quien nos protege, nos asiste y nos tenderá la mano, y ésta es nuestra Madre del cielo” (12 agosto).
Como se ve con claridad, se trata de un breve resumen de matices sobre el tema de la maternidad espiritual de María, que es amor y quiere darnos amor, enriquecernos de amor, provocar amor en el corazón de cada uno de sus hijos, hasta aquel que será el reino del amor en los cielos eternos, donde nos encontraremos para siempre con la que es nuestra única Madre eterna».
Sabemos que esta catequesis mariana culminó en un milagro: la curación del catequista, del venerado Padre Pío.
El 6 de agosto de 1959, la imagen de la Virgen de Fátima, peregrina en Italia por las capitales de provincia, haciendo una excepción, fue llevada a San Giovanni Rotondo, en consideración al Padre Pío. La imagen fue acompañada solemnemente a la iglesia del convento. ¿Qué es lo que sucedió? Dejamos la palabra a un testigo ocular, el padre Raffaele da Sant’Elia a Pianisi: «La iglesia permanece abierta día y noche y está siempre abarrotada de fieles que rezan. El Padre Pío está en cama y reza. Al día siguiente, 7 de agosto, lo bajan a la iglesia, sentado en una silla, y cada tanto se detienen para no cansarlo. Cuando está a los pies de la Virgen, conmovido y con lágrimas en los ojos, la besa con afecto y coloca en sus manos un Rosario bendecido por él; después se le sube porque está cansado y por miedo a un colapso... más de tres meses de enfermedad, de ayuno y de cama... Por la tarde, la Virgen es llevada a la Casa Alivio del Sufrimiento, donde recorre todas las secciones, y, por fin, es subida a la terraza, donde el helicóptero está preparado para partir. El Padre Pío manifiesta su deseo de querer saludarla de nuevo antes de que se marche, y, de nuevo sentado en una silla, es llevado al coro de la nueva iglesia y se asoma a la última ventana de la derecha de quien mira desde la plaza. Entre los “vivas” de una gran multitud de fieles, el helicóptero emprende el vuelo, pero, antes de enfilar la ruta prefijada, da tres vueltas sobre el convento y la iglesia para saludar al Padre Pío. Éste, al ver el helicóptero que se mueve con su Virgen, conmovido, con fe y lágrimas en sus ojos, dice: “Señora, Madre mía, llegaste a Italia y yo quedé enfermo; ahora te vas y ¡me dejas enfermo!”. Dicho esto, baja la cabeza, mientras un escalofrío lo sacude y recorre todo su cuerpo. El Padre Pío ha recibido la gracia y se siente bien. Al día siguiente, aunque casi todos se lo desaconsejan, puede celebrar en la iglesia. Por la tarde, llega de forma providencial el doctor Gasbarrini, que lo examina minuciosamente, lo encuentra clínicamente curado y dice a los frailes presentes, entre los que me encontraba yo: “El Padre Pío está bien y mañana puede sin reparo alguno celebrar en la iglesia”.
¡Cuál no fue el júbilo para nosotros y para todo el pueblo! Con rapidez se divulgó la noticia de que la Virgen de Fátima había devuelto la vida al Padre Pío, y desde aquel día él reemprendió todas sus actividades apostólicas: misa y confesiones, como anteriormente. Hubo alguna voz disonante que quería negar el milagro, pero él decía: “Lo sé yo si estoy o no estoy curado y si ha sido un milagro de la Virgen; soy yo el que debo juzgarlo”. Cuando más adelante contaba este milagro, no podía nunca llegar al final porque comenzaba a llorar».
El Padre Agostino da San Marco in Lamis afirma, en su Diario, que el Padre Pío, encontrándose en su celda con un hermano en religión, «en su simplicidad infantil exclamó: “La Virgen ha venido aquí porque quería curar al Padre Pío”».
San Pío de Pietrelcina enseñaba la piedad mariana a sus hijos espirituales, no sólo de palabra, sino sobre todo con su conducta. De su modo de comportarse nos quedan dos ejemplos admirables.
El primero es el tiempo, desde las 11 a las 12, que pasaba cada día en oración en el matroneo de la iglesia. Con el Rosario en la mano, sentado y con los brazos apoyados en el respaldo del reclinatorio, dirigía miradas llenas de amor a Jesús Sacramentado y a Nuestra Señora de las Gracias, representada en el espléndido mosaico. Los fieles, que abarrotaban el templo, seguían cada movimiento del Padre Pío y quedaban impactados por su fervor y su piedad. A las 12 en punto rezaba el “Ángelus Domini” con los fieles, impartía la bendición y bajaba al refectorio para encontrarse con los otros religiosos. Todos los que lo habían acompañado en el rezo, abandonaban el templo como enjambres de abejas, felices y contentos por haber rezado con un “santo” y haber recibido su bendición. Se sentían más ligeros y se daban prisa para otra cita del día, a fin de estar de nuevo con el “santo”  y orar con él.
Esta segunda cita era la función vespertina, oficiada casi siempre por el Padre Pío. Arrodillado en las gradas del altar, delante de Jesús Sacramentado y a los pies de la imagen de Nuestra Señora de las Gracias, recitaba en primer lugar la “Visita a Jesús Sacramentado” y después la “Visita a María Santísima”. ¿Quién no recuerda la conmoción de su voz? ¿Cómo olvidar el “pathos” espiritual y místico que llegaba a crearse en todos los que seguían cada una de sus palabras? El punto culminante de la conmoción, en él y en los fieles, tenía lugar cuando el Padre, con un sollozo en la garganta, suplicaba: «Te venero, oh gran Reina, y te doy las gracias por todos los favores que me has concedido hasta el presente, especialmente por haberme liberado del infierno, tantas veces merecido por mí». 

Fuente: " La presencia materna de Marìa Santìsima en la vida de Padre Pio" de Fr. GERARDO DI FLUMERI

El papel materno de María en la misión sacerdotal del Padre Pío (2)


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El papel materno de María en la misión sacerdotal del Padre Pío puede recogerse en estos títulos: vínculo de unión con el Hijo Jesús; asistencia durante la celebración de la santa Misa; ayuda y apoyo en su ministerio en favor de los hermanos. Nos fijamos brevemente en cada uno de estos puntos.
Vínculo de unión con el Hijo Jesús.
El primer oficio materno de María en relación al Padre Pío ha sido el de unirlo al Hijo Jesús. El Padre Pío realizó de forma perfecta el dicho de los teólogos: «A Jesús por María» o bien «Por María a Jesús». Así expresa el Santo de Pietrelcina esta maravillosa realidad espiritual.
Pietrelcina, 6 mayo 1913: «Esta querida Madrecita continúa ofreciéndome con sumo empeño sus cuidados maternos, de modo especial en este mes. Sus atenciones para conmigo rayan lo inimaginable... ¿Qué he hecho yo para merecer tanta generosidad?¿Mi conducta no ha sido acaso una negación continua, no digo de su Hijo, sino del mismo nombre de cristiano? Y sin  embargo, esta tiernísima Madre, en su inmensa misericordia, sabiduría y bondad, ha querido castigarme de una forma tan excelsa como la de derramar tantas y tan grandes gracias en mi corazón. Por tanta ternura mi corazón se siente «quemarse sin fuego»: «Cuando me hallo en su presencia y en la de Jesús... me siento abrasándome del todo sin fuego; me siento abrazado y unido a su Hijo por medio de esta Madre, sin ver siquiera las cadenas que tan estrechamente me atan; mil llamas me consumen; me siento en una muerte continua aun permaneciendo vivo».
Y continúa: «En ciertos momentos es tal el fuego que me devora aquí dentro que busco con todas mis fuerzas alejarme de ellos, para ir en busca de agua fría en la que arrojarme; pero... me doy cuenta en seguida de lo infeliz que soy porque, entonces más que en otras ocasiones, siento que no soy libre; las cadenas, que mis ojos no ven, siento que me tienen atado y muy atado a Jesús y a su querida Madre; y es en esos momentos cuando, las más de las veces, me pueden los arrebatos...; estoy tentado de gritarles a la cara y llamarlos cruel al Hijo y tirana a la Madre... He aquí descrito débilmente lo que me sucede cuando estoy con Jesús y con María» (Epist. I,356-357).

Asistencia durante la santa Misa
Desde el 10 de agosto de 1910, el joven sacerdote capuchino fue acompañado al altar por María para la celebración de la santa Misa. El 1 de mayo de 1912 ya le confiaba esto al Padre Agustín: «Pobre Madrecita, ¡cuánto me quiere! Lo he constatado una vez más al comienzo de este hermoso mes. Con cuánto mimo me ha acompañado al altar esta mañana. Me parecía que no tuviera ninguna otra cosa en qué pensar sino sólo en llenarme del todo el corazón de santos afectos» (Epist. I,276).
Pero este hecho no fue un acto aislado, que ocurrió únicamente el 1 de mayo de 1912; se repitió en todas las santas Misas celebradas por el primer sacerdote estigmatizado.
Tenemos el testimonio de Cleonice Morcaldi de que el venerado Padre, en cierta ocasión, le hizo esta confidencia: En el altar, junto a él, mientras celebraba la santa Misa, estaba permanentemente la Virgen Dolorosa. Ésta es la razón por la que un día, a la misma Cleonice Morcaldi, que le preguntaba cómo tenía que asistir a su Misa, el Padre le respondió: «Como asistieron la Virgen Dolorosa y las piadosas mujeres».
Asistencia durante el ministerio de las confesiones
Pero la Virgen no estaba presente sólo en la celebración de la santa Misa del primer sacerdote estigmatizado, sino también cuando ejercía el ministerio de las confesiones.
Fr. Tarsicio de Cervinara nos ha dejado este testimonio: «Durante los exorcismos, entre las muchas cosas que pregunté al demonio, quise saber por qué el Padre trataba con severidad a tantas almas en el confesonario. Oigo que me dice: “El Padre Pío trata a cada alma como Dios quiere. A los lados del confesonario están siempre para asistirlo la Virgen y San Francisco, y el Padre Pío hace y dice sólo lo que éstos le sugieren”. El asunto me impresionó. Quise hablarlo con el interesado: “Padre, se lo pido en nombre de Dios y la respuesta debe dármela para mi tranquilidad: ¿Es verdad que en el confesonario está asistido por la Virgen y por san Francisco, y que en relación a las almas hace y dice todo y sólo lo que le viene sugerido por la Virgen Santísima y por el Seráfico Padre?”. “Hijo mío, si no estuvieran estos dos conmigo, ¿qué conseguiría hacer yo?”, oigo que me responde el Padre, con la cabeza inclinada y después de unos instantes de vacilación».
Las obras sociales
El Padre Pío también confío a la Virgen sus obras sociales: los Grupos de oración y la Casa Alivio del Sufrimiento. El 10 de agosto de 1960, con ocasión del 50º aniversario de su sacerdocio, escribió en la estampa recordatorio: «Oh María, salud de los enfermos, ayuda, protege y haz florecer mi pobre Obra, que es tuya, la Casa Alivio del Sufrimiento, para gloria de Dios y bien espiritual y material de los que sufren en el alma y en el cuerpo».
Después del paréntesis de Venafro (año 1911), que estuvo iluminado por la sonrisa de María, la Madre celeste continuó impetrando gracias y más gracias para el humilde Hermano de Pietrelcina. Escuchamos una vez más el testimonio del querido Padre. Pietrelcina, 2 junio 1912: «Nuestro común enemigo continúa haciéndome la guerra y hasta el momento no ha dado prueba alguna de querer retirarse o de darse por vencido. Me quiere perder a toda costa... Pero estoy muy agradecido a nuestra común madre María al rechazar estas asechanzas del enemigo. Dé gracias también usted a esta buena Madre por todas estas gracias especialísimas, que en todo momento va impetrando para mí» (Epist. I,224).
La Virgen en verdad se le mostraba Madre. El Padre escribe desde Pietrelcina el 1 de mayo de 1912: «¡Cuántas veces he confiado a esta Madre las dolorosas inquietudes de mi corazón turbado y cuántas veces me ha consolado!... En los momentos de mayor sufrimiento, me parece no tener madre en la tierra, pero sí tener una, y muy piadosa, en el cielo» (Epist. I,276).
Para corresponder a tanta generosidad maternal, el Padre Pío escribe con decisión: «Quisiera tener una voz tan fuerte que fuera capaz de invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a la Virgen». «Quisiera volar para invitar a todos los seres a amar a Jesús, a amar a María»  (Epist. I,277,357).
Convencido de esta poderosa protección materna, el Padre Pío espera con confianza la victoria: «El enemigo... es poderosísimo. La fuerza de Satanás, que me combate, es terrible, pero viva Dios que ha puesto mi salud y el éxito de mi victoria final en las manos de nuestra Madre celeste. Protegido y guiado por Madre tan tierna, permaneceré en la lucha hasta que Dios lo quiera, convencido y lleno de confianza en esta Madre de no sucumbir jamás» (Epist. I,576).
A pesar de todo lo dicho, se dio un rechazo por parte de la Virgen: negó al Padre Pío una gracia (quizás la de poder regresar definitivamente al convento) que éste se la pidió para obedecer al padre Agustín. En una carta del 1 de mayo de 1912, el Padre Pío había expuesto las dos gracias que esperaba conseguir en el mes de mayo: la primera, la de morir u obtener que «todos los consuelos de la tierra» le fuesen cambiados en «amarguras» a cambio de no volver a ver nunca más «aquellos rostros siniestros» de los demonios; la segunda (no la manifiesta pero da a entender que es conocida por el Padre Agustín), la de regresar definitivamente al convento. Esta segunda gracia no fue concedida. Peor aún, la Virgen tomó una actitud que hizo sufrir al pobre hijo no escuchado. No lo creeríamos si no fuese el mismo Padre Pío el que nos lo dice. El 18 de mayo de 1913, desde Pietrelcina, informaba al padre Agustín: «Al recibir su última carta quise poner ante la Virgen la gracia que usted repetidas veces me ha mandado que le pida... El efecto esperado no se ha conseguido, porque esta Madre santa montó en cólera por el atrevimiento que tuve de pedirle de nuevo la citada gracia, que ya me había prohibido severamente que se la pidiera. Esta involuntaria desobediencia me la ha hecho pagar a muy caro precio. Desde aquel día se alejó de mí llevándose consigo a todos los otros personajes celestes... Desde aquel día, se entabló una guerra durísima con estos feroces cosacos. Intentaban hacerme creer que al fin había sido rechazado por Dios. ¡Y quién no lo hubiese creído si se tiene en cuenta el modo demasiado descomedido con que fui alejado de Jesús y de María!».
A pesar de todo esto - y aquí aparecen la confianza y el atrevimiento filial del Padre Pío en relación a la Virgen -  en esta «inmensa angustia» y después de haber llorado por mucho tiempo, el Padre Pío confiesa: «Apenas tuve el atrevimiento de elevar a la Consoladora de los afligidos esta súplica: “Madre de misericordia, ¡ten piedad de mí! Tendrías que comprender, Madre mía querida, que, si lo hice, fue únicamente para obedecer”. Apenas había terminado de elevar al cielo esta breve súplica, que me había nacido del fondo del corazón, mi corazón ya saltaba de gozo... El hielo se había roto; la Consoladora de los afligidos estaba allí junto al Hijo; pero ¡qué terror provocaban sus severos rostros! Me hicieron un buen lavado de cerebro y me reiteraron su prohibición. “No te preocupes por las muchas extravagancias que los demás piensen de ti; nosotros nos hemos hecho cargo de defenderte”» (Epist. I,360-362).
«Estas pinceladas autobiográficas, tomadas del epistolario a sus directores espirituales, encuadran y explican una rica devoción mariana, que se puede resumir así: ternuras por ternuras».
Estas ternuras continuaron en el siguiente mes de julio de 1913, cuando el alma del Padre Pío experimentó el gozo de una visión maravillosa. Él mismo la describe así: «El domingo por la mañana, después de la celebración de la santa Misa, esto es lo que me aconteció: De repente mi espíritu se sintió trasportado por una fuerza superior a una estancia amplísima, iluminada por una luz vivísima. En un trono alto, tachonado de piedras preciosas, vi sentada una mujer de rara belleza; era la Virgen santísima; guardaba en su regazo al Niño, que tenía un porte majestuoso, un rostro espléndido y más luminoso que el sol. A su alrededor había una gran multitud de ángeles de formas muy resplandecientes» (Epist. I,388).
Fue para agradecer a la Virgen esta maravillosa visión que el Padre Pío, ese mismo día, pidiera y obtuviera permiso para abstenerse de comer fruta los miércoles, en honor de la Virgen. Después de esta visión, en el primer volumen del epistolario del Padre Pío, sólo encontramos otra referencia a la Virgen. La que se refiere a la Virgen Dolorosa, en una carta al padre Agustín del 1 de julio de 1915: «La Virgen Dolorosa nos alcance de su santísimo Hijo la gracia de comprender cada vez más el misterio de la cruz y de embriagarnos con ella en los padecimientos de Jesús. La mayor prueba de amor es sufrir por el amado; y, después que el Hijo de Dios padeció tantos sufrimientos por puro amor, no queda duda alguna de que la cruz, llevada por amor a él, se ha convertido en amable como el amor.
La santísima Virgen nos obtenga el amor a la cruz, a los sufrimientos, a los dolores, y ella, que fue la primera en practicar el Evangelio en toda su perfección, en todas sus exigencias, incluso antes de que fuera escrito, nos obtenga también a nosotros, y ella misma nos lo dé, el empuje de acercarnos a ella sin titubeos.
Esforcémonos también nosotros, como tantas almas elegidas, por seguir a esta bendita Madre, por caminar siempre a su lado, ya que no existe otro camino que nos conduzca a la vida fuera del que siguió nuestra Madre: no abandonemos este camino nosotros que queremos llegar a la meta.
Unámonos día a día a tan querida Madre, salgamos con ella al encuentro de Jesús fuera de Jerusalén, símbolo y figura de la obstinación de los judíos, del mundo que rechaza y reniega de Jesucristo; mundo del que Jesucristo declaró que se había separado pues dijo: “Yo no soy del mundo”, y que excluyó de su oración al Padre: “No pido por el mundo”» (Epist. I,602).
Después de este texto, no tenemos otras referencias a la Virgen en el primer volumen del epistolario del Padre Pío. Para encontrar un nuevo texto, tenemos que tomar en las manos el breve Diario escrito por el Padre Pío en los meses de julio-agosto de1929.
En estos meses, el Padre Pío estaba particularmente angustiado por las dificultades que el Vicario de Cristo encontraba al gobernar la Iglesia. La mañana del 15 de agosto de aquel año, fiesta de la Asunción de María santísima al cielo, estaba terriblemente probado en el cuerpo y en el espíritu. En aquellas condiciones fue a celebrar la Misa. Pero dejémosle la palabra: «Esta mañana he subido al altar, aunque no sé cómo. Dolores físicos y penas interiores luchaban a porfía a ver quién lograba martirizar más todo mi pobre ser... A medida que me iba acercando al momento de consumir las Sacratísimas Especies, este lastimoso estado se intensificaba más y más. Me sentía morir. Una tristeza mortal me invadía completamente, y ya creía que todo había terminado para mí: la vida de este tierra y la vida eterna... En el momento de consumir la Sagrada Especie de la Hostia Santa, una inesperada luz invadió totalmente mi interior y vi claramente a la Madre del cielo con el Hijo Niño en los brazos, que me decían al unísono: “¡Tranquilízate! Estamos contigo, tú nos perteneces y nosotros somos tuyos”. Dicho esto, ya no vi nada más... Durante todo el día me he sentido sumergido en un océano de dulzura y de amor indescriptible» (Epist. IV,1024).
Una vez más María se mostraba madre y mediadora de todas las gracias. El hecho de que, después de la referencia a la Virgen Dolorosa, no haya otras referencias a la Virgen María en el primer volumen del Epistolario del Padre Pío, me lleva a formular esta observación:
Al presentar la figura de María, el venerado Padre sigue la línea trazada en los Evangelios. Éstos siguen esta trayectoria: la Madre, en los relatos de la infancia; la Mediadora de todas las gracias, en las bodas de Caná; la Dolorosa, en el Calvario, a los pies de la cruz. Y es la línea que siguió San Pío de Pietrelcina en el primer volumen de su Epistolario.

Fuente: La presencia de Marìa Santìsima en la vida de Padre Pio de Fr. Gerardo di Flumeri

LA PRESENCIA MATERNA DE MARÍA EN LA VIDA DEL PADRE PÍO (1)


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El Padre Pío estaba plenamente convencido de que la Virgen María es ante todo la Madre: Madre de Jesús y Madre espiritual nuestra.
El  de julio de 1916 escribía a Josefina Morgera:
«Acuérdese de que en el cielo tiene no sólo un Padre sino también una Madre. Sí, mi querida hija, acordémonos del don que estos nuestros progenitores celestiales nos han hecho y que con tan precioso don nos han unido y, en cierto sentido, han puesto a nuestra disposición las riquezas de su amor y de su bondad, en el orden de la gracia.
Los encontramos siempre dispuestos a escucharnos, siempre atentos para defendernos, siempre cercanos para acogernos, siempre benévolos para ayudarnos. Encomendemos, pues, a su ternura nuestras almas, nuestras angustias y nuestro destino. Abandonémonos con total confianza en su amor; a los disgustos que quizás les hagamos dado no añadamos también este otro, el más doloroso para su corazón, de desconfiar de su misericordia y de su protección.
Y si nuestra miseria nos atemoriza, si nuestra ingratitud para con Dios nos asusta, si el recuerdo de nuestras culpas nos aleja de presentarnos ante Dios nuestro Padre, recurramos entonces a nuestra madre María. Ella es para nosotros todo dulzura, todo misericordia, todo bondad, todo ternura, porque es nuestra Madre. Subamos, subamos con ella hasta el trono de Dios y hagamos valer ante Él la maternidad de María. Insistamos en los momentos más difíciles de la lucha para que salve al hijo ingrato de su esclava, de Aquella que, en el momento solemne de convertirse en la Madre de Dios hecho hombre, se llamó a sí misma la esclava del Señor: «Ecce ancilla Domini». Esta Madre amantísima sabrá también apoyar nuestras súplicas, hacer convincentes nuestros argumentos, transformar en gratos nuestros ruegos y hacernos experimentar que nuestra Madre no es menos tierna ni menos generosa en el cielo de lo que, bien a su costa, fue en el Calvario en el momento, el más solemne para Ella, en el que nos engendró a todos con su amor»

Fr. Gerardo di Flumeri