Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Marzo: días 17 al 23.


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17. No temas las adversidades, porque colocan al alma a los pies de la cruz y la cruz la coloca a las puertas del cielo, donde encontrará al que es el triunfador de la muerte, que la introducirá en los gozos eternos. 

18. Si sufres aceptando con resignación su voluntad, tú no le ofendes sino que le amas. Y tu corazón quedará muy confortado si piensas que en la hora del dolor Jesús mismo sufre en ti y por ti. El no te abandonó cuando huiste de él; ¿por qué te va a abandonar ahora que, en el martirio que sufre tu alma, le das pruebas de amor?.

19. Subamos con generosidad al Calvario por amor de aquél que se inmoló por nuestro amor; y seamos pacientes, convencidos de que ya hemos emprendido el vuelo hacia el Tabor.

20. Mantente unida a Dios con fuerza y con constancia, consagrándole todos tus afectos, todos tus trabajos y a ti misma toda entera, esperando con paciencia el regreso del hermoso sol, cuando el Esposo quiera visitarte con la prueba de las arideces, de las desolaciones y de la noche del espíritu.

21. Sí, yo amo la cruz, la cruz sola; la amo porque la veo siempre en las espaldas de Jesús.

22. Los verdaderos siervos de Dios siempre han estimado que la adversidad es más conforme al camino que recorrió nuestro Señor, que llevó a cabo la obra de nuestra salvación por la cruz y los desprecios.

23. El destino de las almas elegidas es el sufrir. El sufrimiento soportado cristianamente es la condición que Dios, autor de todas las gracias y de todos los dones que conducen a la salvación, ha establecido para concedernos la gloria.
(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Asociado a la pasión de Cristo por los sufrimientos morales (1)


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En la pasión de Cristo fueron sufrimientos muy dolorosos para él: la flagelación, la coronación de espinas, la herida en el hombro a causa del peso de la cruz, las caídas en el camino al Calvario, los clavos que atravesaron sus pies y sus manos, la sed… Sin duda, lo fueron mucho más: las bofetadas, los salivazos, los insultos, el manto color púrpura sobre sus hombros y el «¡Salve, rey de los judíos!» de los soldados de Pilatos, el «¡Quita de en medio a ése! Suéltanos a Barrabás» y el «¡Crucifícalo, crucifícalo!» de los sumos sacerdotes, los magistrados y el pueblo… Y más todavía: el beso traidor de Judas, las negaciones de Pedro, el abandono de los suyos…

El Señor, al asociar al Padre Pío a la pasión de Cristo, quiso para el Fraile capuchino, como ya he expuesto en los escritos anteriores de esta etiqueta de la página web, las llagas del Crucificado en manos, pies y costado, la transverberación, la flagelación y la coronación de espinas, la llaga del hombro o “sexta llaga” y otros sufrimientos corporales que difícilmente tienen sólo una explicación médica: la tos, un estómago que apenas acepta alimentos, los termómetros que llegan a marcar más de 48 grados de fiebre, los demonios que le golpean con bastones y cadenas de hierro... Y le regaló también, y con gran generosidad, esos sufrimientos, mucho más dolorosos que los físicos, que son los sufrimientos morales.

Dejando para otro escrito los sufrimientos morales que le vinieron al Padre Pío de la orden religiosa a la que perteneció y, aún a sabiendas de que no puedo referirme a todos, me fijo en los que le vinieron del Señor por otros caminos.

Antes de enumerarlos, quiero señalar que el Padre Pío es, si no el primero, sí un importante “responsable” de esos sufrimientos morales. Intento explicarme:

·  Uno de los recuerdos que más agradecen muchos devotos del Padre Pío es una pequeña “estampa” plastificada, que tiene, por un lado, la fotografía de la mano derecha del Padre Pío y, por el otro, una pequeña reliquia y el escrito «sufro y quisiera sufrir más», una frase tomada de la carta que el Capuchino escribió al padre Benedicto el 6 de mayo de 1913.

·   Pero, para el año 1913, el Padre Pío había ido mucho más lejos en su deseo de sufrir. En su carta al padre Benedicto de 29 de noviembre de 1910, después de decirle que sufre mucho, pero que también goza mucho, porque su director espiritual -el destinatario de la carta-, le ha asegurado que esto no es abandono por parte de Dios sino prueba delicada de finísimo amor, le pide una autorización cuando menos sorprendente: «Desde hace algún tiempo siento la necesidad de ofrecerme al Señor como víctima por los pobres pecadores y por las almas del purgatorio. Este deseo ha ido creciendo más y más en mi corazón y ahora se ha convertido, por decirlo así, en una pasión muy fuerte. Es cierto que esta ofrenda ya la he hecho al Señor varias veces, pidiéndole que quiera derramar sobre mí, incluso centuplicados, todos los castigos preparados para los pecadores y para las almas del purgatorio, con tal de que convierta y salve a los pecadores y admita pronto en el paraíso a las almas del purgatorio; pero ahora querría hacer esta ofrenda al Señor con su obediencia. Me parece que lo quiere el Señor».

·  La consecuencia de lo dicho hasta aquí parece lógica: el Padre Pío, que sufre mucho, quiere sufrir más, y pide al Señor la gracia de sufrir, de sufrir nada más y nada menos que todos los sufrimientos merecidos por los pecadores y por los que se purifican en el más allá antes de llegar a su destino eterno, unos sufrimientos incluso cien veces más dolorosos…; y Dios Padre, que ha asociado al Padre Pío a la pasión de su Hijo como colaborador en la salvación de los hombres, se los regala a manos llenas.

·   Quien piense que el Padre Pío es un masoquista que ama el sufrimiento por el sufrimiento, está muy equivocado. Pocos objetivos tan bellos para un enamorado de Cristo como los que expresan las palabras que he citado: «con tal de que convierta y salve a los pecadores y admita pronto en el paraíso a las almas del purgatorio». Pero, para el Padre Pío, hay otro objetivo más deseable: realizar lo que Jesús quiere y, además, mitigar con sus sufrimientos los de Jesús. Lo dice en dos cartas a sus directores espirituales. En la del 29 de julio de 1910, escribe al padre Benedicto: «Sufro, es cierto; pero no me lamento porque esto lo quiere Jesús». Y dos años más tarde, el 20 de septiembre de 1912, dice al padre Agustín: «Él (Jesús) se elige almas y entre éstas, contra todo merecimiento de mi parte, ha elegido también la mía, para ser ayudado en la gran empresa de salvar a los hombres. Y cuanto más sufren estas almas, sin consuelo alguno, tanto más disminuyen los dolores del buen Jesús. Éste es el motivo de querer sufrir cada vez más y sin consuelo alguno; y en esto radica toda mi alegría».

·          Dos indicaciones más, que, aunque necesitarían una explicación más amplia, la omito por razones de brevedad.
-      La primera la he sugerido ya al escribir: «Dios Padre se los regala (los sufrimientos) a manos llenas». El Padre Pío, en una carta al padre Evangelista de San Marco in Lamis, de 28 de junio de 1915, después de recordar que la Providencia divina suele ofrecer a los hombres, mezcladas, las alegrías y las lágrimas, escribe: «Tras la mano del hombre que se manifiesta veamos la mano de Dios que se oculta». El Padre Pío supo ver siempre tras las actuaciones de los hombres la actuación de Dios, incluso cuando descubrió en esas actuaciones malicia, al menos objetiva, como en el caso del padre Gemelli. Consta que, al menos en tres ocasiones, al ser preguntado por la veracidad de lo que afirmó este religioso franciscano en la Relación que envió a la Congregación del Santo Oficio, hoy de la Doctrina de la Fe, el 6 de abril de 1926, el Padre Pío respondió: «Él no me ha visitado y ni siquiera ha visto los estigmas. Afirmar lo contrario es falso y deshonestidad científica».
-      La segunda casi da miedo anotarla: Dios, para regalarle los sufrimientos que el Padre Pío le pedía, quiso servirse, al igual que en la pasión y muerte de su Hijo Jesucristo, de la “mano del hombre”. Y eligió, al menos en algunos casos, la mano que resultaba más dolorosa al Fraile capuchino: la de altas jerarquías de la Iglesia, que actuaron, si no con malicia subjetiva, sí equivocadamente: el Arzobispo de Manfredonia, diócesis en la que residía entonces el Padre Pío, la Congregación vaticana del Santo Oficio, el Visitador apostólico Mons. Maccari, algunos sacerdotes de las parroquias de San Giovanni Rotondo, el franciscano padre Agostino Gemelli...

En los sufrimientos morales, a diferencia de los físicos cuando éstos los hemos padecido, nos es muy difícil, por no decir imposible, valorar su intensidad en otra persona, aunque sea grande nuestra sintonía con ella. Me quedaré en la enumeración de algunos de los que el Señor regaló al Padre Pío, dejando al lector que intente captar su repercusión en el Fraile capuchino, aunque no dejaré de ofrecerle alguna ayuda.

·          Como consecuencia de las «bajas insinuaciones y de las oscuras calumnias y difamaciones propaladas por todas partes», también en el Vaticano, por Mons. Pasquale Galliardi, Arzobispo de Manfredonia, con la aportación generosa de alguno de los párrocos de San Giovanni Rotondo, al Padre Pío se le tuvo por un impostor, que se autolesionaba para tener las llagas del Crucificado, que se perfumaba para que los devotos hablaran de un perfume sobrenatural indescriptible que emanaba de su cuerpo…

·          Las afirmaciones del padre Agostino Gemelli, algunas contrarias a la verdad y otras carentes de todo fundamento, ya en la primera de las tres Relaciones que envió a la Congregación del Santo Oficio, dieron pie para que se tuviera al Padre Pío por un enfermo mental, obsesionado, bajo el influjo de su director espiritual, el padre Benedicto de San Marco in Lamis, por identificarse con Cristo crucificado, también en su cuerpo. Y, como consecuencia de las mismas, para que el Santo Oficio, en junio de 1922, mandara al padre Benedicto dejar la dirección espiritual del Padre Pío y propusiera el traslado de éste a un convento del norte de Italia.

·          Y fruto de las actuaciones de Mons. Gallardi y del padre Gemelli fueron las nuevas intervenciones de la Congregación del Santo Oficio: en junio de 1923, para mandar que el Padre Pío celebrara la misa en la capilla interna del convento sin presencia de extraños, y que no se respondiera a las cartas que le llegaban; en julio de ese mismo año 1923, para manifestar que no constaba «la sobrenaturalidad de los hechos atribuidos al Padre Pío» y que los fieles actuaran en consecuencia; y, la más grave, en junio de 1931, para prohibir al Padre Pío el ejercicio del ministerio sacerdotal, a excepción de la misa, que debía celebrarla en la capilla interior del convento con sola la presencia del ayudante. Privación del ejercicio del ministerio sacerdotal que se prolongó hasta el 16 de julio de 1933 para la celebración de la misa en público, hasta el 25 de marzo de 1934 para las confesiones de los hombres y hasta el 12 de mayo de ese mismo año para las confesiones de las mujeres.

·          Es fácil imaginar lo que sucedía en el interior, en el espíritu del Padre Pío, que:
- Enriquecido con dones singulares del Señor, que él nunca buscó, veía que éstos no eran reconocidos por la Iglesia.
- Aun prefiriendo «mil veces la muerte antes que ofender al buen Jesús con la más leve falta voluntaria», se sabía tenido por un impostor.
- Debiendo cumplir una “misión grandísima”, confiada directamente por el Señor, experimentaba que era la Jerarquía de la Iglesia la que le prohibía los medios adecuados para realizarla: la celebración de la misa en público, el ministerio del confesonario, la orientación espiritual de palabra o por carta, el trato con los fieles…
Elías Cabodevilla Garde

Marzo: días 10 al 16.


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10. El Señor a veces te hace sentir el peso de la cruz. Este peso te parece insoportable, y sin embargo tú lo llevas porque el Señor, en su amor y en su misericordia, te tiende la mano y te da la fuerza que necesitas. 

11. Ciertas dulzuras interiores son cosas de niños. No son señal de perfección. No dulzuras sino sufrimiento es lo que se precisa. Las arideces, la desgana, la impotencia, éstos son los signos de un amor verdadero. El dolor es agradable. El destierro es bello porque se sufre y así podemos ofrecer algo a Dios. La ofrenda de nuestro dolor, de nuestros sufrimientos, es una gran cosa que no podemos hacer en el cielo. 

12. Preferiría mil cruces e incluso me sería dulce y ligera toda cruz, si no tuviese esta prueba de sentirme siempre en la duda de si agrado o no al Señor en mis obras. Es doloroso vivir así... Me resigno, ¡pero la resignación, mi "fiat", me parece tan frío, tan vacío...! ¡Qué misterio! Sólo Jesús se preocupa de nosotros.

13. Ama a Jesús; ámalo mucho; pero precisamente por esto, ama cada vez más el sacrificio.

14. El corazón bueno es siempre fuerte; sufre pero oculta sus lágrimas, y se consuela sacrificándose por el prójimo y por Dios.

15. Quien comienza a amar debe estar dispuesto a sufrir.

16. El dolor ha sido amado con deleite por las almas grandes. Es el remedio de la creación después de la desgracia de la caída; es la palanca más potente para levantarla; es el segundo brazo del amor infinito para nuestra regeneración.
(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Maestro y modelo para mejor seguir a Cristo.


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Al Padre Pío de Pietrelcina se le buscaba en vida por muchos motivos, aunque hubiera que recorrer cientos de kilómetros e incluso viajar de un continente a otro. Muchos lo hacían para confesarse con él, otros para participar en la misa que, en frase de Pablo VI, la “celebraba humildemente”, algunos para implorar su intercesión ante el cielo, los más para ver de cerca a quien consideraban un hombre de Dios, marcado en su cuerpo con las cinco llagas del Crucificado, y no faltaban quienes lo hacían por mera curiosidad.
Sobre todo desde el año 1947, cuando, secundando la petición del Papa Pío XII a promover la oración, dio nuevo impulso a sus Grupos de Oración, eran muchos los que, individualmente o con el Grupo, llegaban a San Giovanni Rotondo para encontrarse con el Padre Pío, escuchar las consignas de su maestro y sentirse estimulados por quien quiso ser, y fue, “un pobre fraile que ora”.
De hecho, el II Congreso Internacional de los Grupos de Oración del Padre Pío tuvo lugar en San Giovanni Rotondo, en septiembre de 1968, con motivo de los 50 años de los Estigmas del Fraile capuchino.

*** * ***

El pasado fin de semana, desde las 10 de la mañana del sábado, día 2 de marzo, hasta media tarde del domingo, día 3, en la Casa de Espiritualidad de las Hermanas Teresianas de Jesús-Tortosa (Tarragona – España), unos 40 devotos del Padre Pío, casi todos ellos de los Grupos de Oración del Padre Pío de las provincias españolas de Castellón y Tarragona, buscaron lo mismo que otros buscaban años atrás en San Giovanni Rotondo: a la luz de la espiritualidad del Padre Pío, profundizar en los contenidos de la fe cristiana y vivir con nuevo entusiasmo y renovada coherencia el “Creo en Dios Padre, Creador todopoderoso”, y el “Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor”, e “intensificar el testimonio de la caridad”. Los tres temas que he indicado, que son los que resalta la Carta Apostólica “Porta Fidei”, con la que el Papa Benedicto XVI convocó el Año de la Fe, centraron la reflexión, las celebraciones, la oración personal y el compromiso de los asistentes al Retiro.

Es el séptimo retiro espiritual, uno por año, que organizan estos devotos del Padre Pío. He tenido la suerte de estar presente en todos ellos. Y, también este año, ante el ambiente de alegre cordialidad, de trato espontáneo y sincero y de búsqueda ilusionada de ser en medio  del mundo, como pide el Padre Pío, “levadura de Evangelio” y “faros de amor”, no cabe sino dar gracias a Dios y pedir al Padre Pío que siga siendo maestro y modelo para todos, incluso para los pequeños que nos acompañaron en la eucaristía del domingo, y que, por medio de la Virgen María, nos siga llevando a Jesucristo.
 Elías Cabodevilla Garde

Marzo: días 3 al 9.


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3. En esta tierra cada uno tiene su cruz, pero debemos actuar de modo que no seamos el mal ladrón sino el buen ladrón.

4. El Señor no puede darme un cireneo. Debo hacer sólo la voluntad de Dios; y si le agrado, lo demás no cuenta.

5. En la vida Jesús no te pide que lleves con él su pesada cruz, pero sí un pequeño trozo de su cruz, trozo que se compendia en los dolores de los hombres.

6. En primer lugar tengo que decirte que Jesús tiene necesidad de quien llore con él por la iniquidad de los hombres, y por este motivo me lleva por los caminos del sufrimiento, como me lo señalas en tu carta. Pero sea siempre bendito su amor, que sabe mezclar lo dulce con lo amargo y convertir en premio eterno las penas pasajeras de la vida.

7. No temas por nada. Al contrario, considérate muy afortunada por haber sido hecha digna y partícipe de los dolores del Hombre-Dios. No es abandono, por tanto, todo esto, sino amor y amor muy especial que Dios te va demostrando. No es castigo sino amor y amor delicadísimo. Bendice por todo esto al Señor y acepta beber el cáliz de Getsemaní.

8. Comprendo bien, hija mía, que tu Calvario te resulte cada día más doloroso. Pero piensa que Jesús ha llevado a cabo la obra de nuestra redención en el Calvario y que en el Calvario debe completarse la salvación de las almas redimidas.

9. Sé que sufres y que sufres mucho, pero ¿no son acaso éstas las alhajas del Esposo.

(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Asociado a la pasión de Cristo por los sufrimientos físicos.


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En los sufrimientos con los que el Señor asoció al Padre Pío de Pietrelcina a la pasión de Cristo, que he presentando hasta ahora en esta carpeta de la página web: las llagas del Crucificado en manos, pies y costado, la transverberación, la flagelación y la coronación de espinas, la llaga del hombro o “sexta llaga”, el dolor físico alcanzó, sin duda, sus cotas más altas.

Pero éstos no fueron los únicos sufrimientos físicos con los que el Padre Pío fue completando, como el apóstol San Pablo, «lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia».

Si recorremos el Epistolario del Padre Pío, sobre todo el tomo I, que recoge su correspondencia epistolar con sus Directores espirituales, los padres Benedicto y Agustín de San Marco in Lamis, encontramos datos suficientes para conocer esos otros sufrimientos y también para valorar de algún modo su intensidad. Es cierto que el Epistolario se mueve en un arco breve de tiempo, desde 1910 hasta 1922. 
Interior de la granja de los Forgione en Piana Romana de Pietrelcina
La primera fecha, como ya es sabido por muchos, señala el año en que, a causa de la enfermedad que sufría, los médicos aconsejan al Padre Pío vida al aire libre, a poder ser en su pueblo natal; y, al no tener cerca a sus Directores espirituales, la carta es el medio para comunicarse con ellos. Y la segunda señala el año en que el Santo Oficio, sin valorar, al menos con acierto, las informaciones que le iban llegando en relación al Capuchino de Pietrelcina, manda que el Padre Pío prescinda de la dirección espiritual del padre Benedicto y que en adelante no se comunique con él. El Padre Pío vivió hasta el 23 de septiembre de 1968, pero es lógico pensar que las enfermedades que sufrió en sus primeros 35 años de vida le acompañaron hasta su muerte. Tenemos, además, la información que nos deja el padre Agustín en su ”Diario”.

·  La falta de salud y los sufrimientos que de ella se derivan son un tema recurrente en las cartas del Padre Pío, tanto en las que escribe al padre Benedicto, que, además de Director espiritual, es su Superior provincial, como en las que dirige al padre Agustín. Y se comprende, porque en Pietrelcina, donde no hay todavía convento de Capuchinos, está viviendo una situación anómala para un religioso, y el padre Agustín y, sobre todo, el Superior provincial quieren que termine cuanto antes.
Junto a descripciones genéricas, como éstas:
- «Varios días los he pasado peor que de costumbre en la salud».
- «En este período he estado muy mal de salud».
- «Escribo sólo unas pocas líneas a causa de la recaída en la salud»,
encontramos otras mucho más concretas:
- «He estado muy mal en estos días y, en el momento presente, sólo Dios sabe cómo me siento abatido; también el mal tiempo parece que se alía buscando mi ruina».
- «Marché a Morcone, como era el querer del padre provincial y de la muy reverenda definición, pero cinco días después me vi obligado, lleno de confusión, a regresar a aquí (Pietrelcina)».
- «He estado malísimo, mucho más de lo que puede imaginar. Creía que era la última prueba que debía soportar en esta vida, que estaba para terminar. Pero una vez más me he visto defraudado y… ¡hágase! Comienzo a sentirme un poco mejor y son ya varios los días en los que he dejado la cama y he subido al altar, pero me siento todavía muy mal».

·  Entre las enfermedades que le aquejan y le producen especiales dolores y molestias, el Padre Pío señala repetidas veces la del pecho y, como consecuencia, la tos.
- «Además la tos y los dolores del tórax y de la espalda son los que más me hacen sufrir y continuamente».
- «En los cinco días que he estado en Morcone he quedado reducido a un estado lamentable. Esta recaída, mi querido padre, me ha descompuesto por completo y lo más afectado es el pecho. Me provoca espasmos continuos; me tiene en una agonía permanente. En algunos momentos es tal el sufrimiento que me parece que se me escapa la vida».
Los médicos de Nápoles ya confirmaron esta enfermedad en el pecho, cuando el Padre Pío tuvo que someterse a revisión médica al ser llamado a filas, en la Primera Guerra Mundial. Así se lo comunicó al padre Agustín, en carta de 17 de diciembre de 1915: «Gracias a Dios. Acabo de pasar la visita colegiada de los médicos y me han concedido un año de licencia, porque han reconocido la enfermedad de “infiltración a los pulmones”».

·  Otra enfermedad a la que el Padre Pío alude con frecuencia es la de la vista. Lo hace por primera vez en carta al padre Agustín de 16 de diciembre de 1911 y, después, con relativa frecuencia:
- «En la salud voy mejorando, pero la vista no me acompaña».
- «Quisiera decirle muchas cosas, pero la vista no me lo permite».
- «Termino, mi buen padre, porque las fuerzas me fallan y la vista se me ha obnubilado completamente».
Precisamente, a causa de esta enfermedad, el 21 de marzo de 1912 la Santa Sede concedió al Padre Pío la facultad de poder celebrar diariamente la Misa votiva de la Virgen o la de Difuntos, y también la de conmutar el rezo del Oficio Divino por el rezo diario de los quince misterios del Rosario de la Virgen María.

·  En las cartas del Padre Pío no faltan las referencias a la fiebre. A la primera alusión a ella, en carta al padre Benedicto de 14 de marzo de 1910, siguen otras muchas:
- «Pero la que no quiere dejarme es la fiebre, que casi todos los días, por la tarde, me visita, provocando un sudor abundante».
- «Desde hace ya tres días tengo fiebre continua que no quiere bajar. ¡Se cumpla siempre la voluntad de Dios!».
Sabemos que el Padre Pío rompía los termómetros normales cuando querían tomarle la fiebre. Y que los termómetros especiales que usaban con él llegaron a marcar hasta 48 grados. Más aún, cuando, en junio de 1921, el Visitador apostólico Rafael Carlos Rossi le preguntó, entre otras muchas cosas: - «Este subir la temperatura a los 48º ¿cuándo comenzó?»; y luego: «¿Qué dijeron los médicos? ¿Qué dijeron sobre esto cuando estuvo de soldado?», ésta fue su respuesta: «Extrañeza, nada más. Estando de soldado tuve temperaturas también más altas, pero siempre intenté ocultarlo; una vez, por suerte, el enfermero lo atribuyó a un defecto del termómetro».

·  Escribir sobre el funcionamiento del estómago del Padre Pío y de la escasa alimentación que tomaba el Fraile capuchino, porque su estómago no la admitía, es entrar en lo sorprendente. El Padre Pío ya se refiere a este tema en la primera carta que escribió al padre Benedicto, la del 22 de enero de 1910, y con una buena noticia: «El estado de mi salud, gracias al cielo, va bien; sobre todo el estómago». No son, en cambio, buenas noticias las que encontramos en cartas posteriores:
- «Sólo Dios sabe lo que estoy sufriendo; no sé si sobreviviré a esta durísima prueba; no me tengo en pie; el estómago, como de costumbre, es cada vez más obstinado en no retener alimento alguno».
- «¿Qué debo decirle de mi estado físico? La fiebre no me deja todavía y el estómago se obstina cada vez más en no querer retener alimento alguno».
- «¿Qué me sucederá? El único alimento que retiene el estómago son las sagradas especies. ¡Dios sea bendito!».
El Padre Pío normalmente hacía una sola comida al día y ésta sumamente parca. El padre Agustín lo repite muchas veces en su “Diario”. Y tenemos el testimonio del doctor Romanelli, el primer médico que examinó las “llagas” del Fraile capuchino en diversos días de mayo y de julio de 1919. No se explicaba «cómo podía ser posible que un hombre tan decaído de fuerzas, con una alimentación insuficiente e inadecuada, en cuanto a calidad sobre todo, pueda soportar un trabajo tan continuo; muchos días confiesa desde el alba hasta muy adelantada la tarde, sin dar muestras de cansancio».

·  No faltan en la vida del Padre Pío las vejaciones diabólicas. Dejamos, y no porque fueran menos dolorosas para él, las vejaciones diabólicas que buscaban su caída en el pecado, sea de desconfianza en Dios, sea de rebeldía contra la voluntad divina, sea de impureza…, y las que pretendían impedir su camino hacia la santidad, como cuando le llegaban en blanco las cartas de orientación espiritual que le escribía el padre Agustín; y nos fijarnos en las que le causaban terribles dolores físicos. Son frecuentes en las cartas del Padre Pío las referencias al demonio, tanto en singular, llamándolo “barbablú”, “cosaccio”…, como en plural, llamándolos “cosacci”, “ceffoni”…, en ocasiones en que atacaba o atacaban físicamente al Fraile capuchino. Transcribo tres:
- «Hace tiempo que deseaba escribirle, pero “barbablú” me lo ha impedido. Digo me lo ha impedido porque, cada vez que me he decidido a escribirle, he ahí que me asalta un fortísimo dolor de cabeza, que me parece que de un momento a otro va a explotar, acompañado de un agudísimo dolor en el brazo derecho que me imposibilita tener la pluma en la mano».
- «Son ya veintidós días continuos en los que Jesús permite a estos “ceffoni” desfogar su ira sobre mí. Mi cuerpo, padre mío, está totalmente magullado por los golpes que ha recibido hasta el presente de nuestros enemigos».
- «La otra noche la pasé muy mal. Aquel “cosaccio” desde cerca de las diez, hora en que me acosté, hasta las cinco de la mañana no ha hecho otra cosa que golpearme continuamente».

·  Señalar todas las fuentes de sufrimiento físico del Padre Pío ocuparía muchas páginas más, pues habría que hablar de la gripe española, de asma, de artritis, de artrosis, de hernia inguinal… Para no hacerlo, termino copiando dos textos del “Diario” del padre Agustín, que se refieren al Padre Pío: el primero de 27 de enero de 1937 y el segundo de 31 de diciembre de 1945. Indican con claridad que las enfermedades que el Padre Pío sufrió antes del año 1923 las tuvo en los años sucesivos y que se le fueron sumando otras nuevas; y ponen de relieve -algo inexplicable también para los médicos- la facilidad con la que pasaba de situaciones de extremo sufrimiento, que le obligaban a guardar cama, al trabajo ministerial ordinario:
- «He estado en S. Giovanni Rotondo y he podido hablar casi dos horas con el Padre Pío. Físicamente sufría más que de costumbre. Tenía un resfriado y una tos que no le dejaban descansar durante la noche. De por sí su cuerpo está siempre enfermo: come poquísimo, duerme poquísimo».
- «El Padre ha estado en cama con fiebre alta, ataque de cólico renal y dolores artríticos desde las Vísperas de Navidad hasta todo el día 27. Dos días no ha podido ni siquiera celebrar. Está en cama y no ha comido nada. El médico le ha puesto inyecciones para calmarle los dolores. Después se ha levantado de la cama, reanudando sin más el trabajo ordinario».

Elías Cabodevilla Garde

Febrero: día 24 a marzo: día 2.


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24. El que no medita puede hacer como el que no se mira nunca al espejo, que no se preocupa de salir arreglado. Puede estar sucio sin saberlo.
El que medita y piensa en Dios, que es el espejo de su alma, busca conocer sus defectos, intenta corregirlos, se reprime en sus impulsos y pone su conciencia a punto.

25. No sé ni compadecerte ni perdonarte el que con tanta facilidad dejes la comunión y también la santa meditación. Recuerda, hija mía, que no se llega a la salvación si no es por medio de la oración; y que no se vence en la batalla si no es por la oración. A ti te corresponde, pues, la elección.

26. En cuanto a lo que me dices que sientes cuando haces la meditación, has de saber que es un engaño del diablo. Estate, pues, atenta y vigilante. No dejes jamás la meditación por este motivo; de otro modo, convéncete de que muy pronto serás vencida por completo.

27. Tú, mientras tanto, no te aflijas hasta el extremo de perder la paz interior. Ora con perseverancia, con confianza y con la mente tranquila y serena.

28. Rogad por los malos, rogad por los fervorosos, rogad por el Sumo Pontífice y por todas las necesidades espirituales y temporales de la santa Iglesia, nuestra tiernísima madre; y elevad una súplica especial por todos los que trabajan por la salvación de las almas y por la gloria del Padre celestial.
 
1. Padre, tú amas aquello que yo temo. - Respuesta: Yo no amo el sufrimiento por el sufrimiento; lo pido a Dios, lo deseo por los frutos que me aporta: da gloria a Dios, me alcanza la salvación de mis hermanos en este destierro, libra a las almas del fuego del purgatorio, ¿y qué más quiero yo?
- Padre, ¿qué es el sufrimiento? - Respuesta: Expiación.
- Y para usted, ¿qué es? - Respuesta: Mi alimento diario, mi ¡delicia!

2. No queremos persuadirnos de que nuestra alma necesita el sufrimiento; de que la cruz debe ser nuestro pan de cada día.
Igual que el cuerpo necesita alimentarse, así el alma necesita día tras día de la cruz, para purificarse y separarse de las criaturas.
No queremos comprender que Dios no quiere, no puede salvarnos ni santificarnos sin la cruz, y que cuanto más atrae a un alma hacia sí, más la purifica por medio de la cruz.
 
(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde