Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

El Padre Pío sigue enseñando a orar.


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El Padre Pío de Pietrelcina dijo que quería «ser solamente un pobre fraile que ora». Y de tal forma hizo realidad este deseo que Pablo VI pudo llamarle «hombre de oración». Fueron muchas las horas que dedicó a la oración; y su oración fue, sin duda, lo que expresó en estas palabras: «el desahogo de nuestro corazón en el de Dios».

Sabemos que el ser humano lo que vive con autenticidad y pasión lo transmite a otros. Y el Padre Pío, no sólo invitó a la oración insistente y fundó los Grupos de Oración que llevan su nombre, presentes hoy en todo el mundo, sino que, además, enseñó a orar, al igual que Jesús lo enseñó a sus discípulos (Lc 11, 1ss).

El librito “Buenos días (Un pensamiento para cada día del año)”, en el mes de febrero, recoge y propone algunas de las enseñanzas del Padre Pío sobre la oración. Cito aquí algunas: «Cuando nos ponemos a orar a Dios, busquemos desahogar todo nuestro espíritu. Nuestras súplicas le cautivan de tal modo que no puede menos de venir en nuestra ayuda»; «Ora y espera; no te inquietes. La inquietud no conduce a nada. Dios es misericordioso y escuchará tu oración»; «Si puedes hablar al Señor en la oración, háblale, ofrécele tu alabanza; si no puedes hablar por ser inculta, no te disgustes en los caminos del Señor; detente en la habitación como los servidores en la corte, y hazle reverencia. El te verá, le gustará tu presencia, favorecerá tu silencio y en otro momento encontrarás consuelo cuando él te tome de la mano»; «Todas las oraciones son buenas, siempre que vayan acompañadas por la recta intención y la buena voluntad»… 
*** * ***

La editorial LIBROSLIBRES acaba de publicar el libro “PADRE PÍO – ORAR”, fruto de un trabajo muy laborioso y muy bien hecho de José María Zavala. La Editorial ya nos había ofrecido, en octubre del 2010, el valioso libro de José María Zavala “Padre Pío. Los milagros desconocidos del santo de los estigmas”, que, en poco más de dos años, ha alcanzado la octava edición y ha sido traducido al italiano y al portugués.

En “PADRE PÍO – ORAR” es el mismo Padre Pío quien, a lo largo de 181 páginas, nos sigue enseñando a orar. Pues el trabajo de José María Zavala ha consistido, en un primer memento, en la selección de textos en los que el Padre Pío habla de la oración y ofrece óptimos alimentos para esa forma de orar que llamamos meditación. Además, nos ofrece esos textos agrupados en torno a los elementos más importantes de la vida cristiana. En el Índice del libro éstos son los títulos: PERLAS PARA EL ALMA. CONFIANZA EN DIOS. ORACIÓN. AMOR A DIOS. ESPÍRITU SANTO. TENTACIONES. CONFESIÓN. HUMILDAD. EUCARISTÍA. SUFRIMIENTO. CARIDAD. APOSTOLADO. MARÍA. ÁNGEL CUSTODIO. ALEGRÍA. DIRECCIÓN ESPIRITUAL. OTRAS PERLAS.

La conocida frase del Padre Pío: «Con el estudio de los libros se busca a Dios, con la meditación se le encuentra», permite establecer una complementariedad muy rica entre los dos libros de José María Zavala. El primero, al recoger las obras que el Señor realizó y sigue realizando por medio del Padre Pío, ha ayudado y está ayudando a muchos a buscar a Dios. Al segundo, que ofrece, con palabras textuales del Padre Pío, óptimos alimentos para la meditación, le deseo que ayude a muchos a encontrar a Dios.

Elías Cabodevilla Garde

Asociado a la pasión de Cristo por los sufrimientos causados por sus hermanos en religión (1).


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Al inicio del escrito anterior de esta etiqueta de la página web, después de afirmar que para Cristo fueron muy dolorosos los azotes, la coronación de espinas, el peso de la cruz, los clavos…, y que lo fueron muchos más los insultos, las bofetadas, los salivazos…, escribí: «Y más todavía: el beso traidor de Judas, las negaciones de Pedro, el abandono de los suyos…».
Cierto que, para el Padre Pío de Pietrelcina, las cinco llagas de Cristo crucificado en su cuerpo no fueron un “artículo de lujo”, como él lo recalcó en cierta ocasión, sino, al igual que los otros sufrimientos físicos, fuente de dolores agudísimos y constantes. Sin duda, le resultaron mucho más dolorosos los sufrimientos morales. A estos y a aquellos me he referido en los escritos anteriores. Y no cabe duda de que los que hirieron más profundamente su espíritu fueron los causados por sus hermanos en religión. Lo dejó muy claro cuando, ante las palabras de monseñor Mario Schierano, juez del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica: «Padre, he visto en los periódicos que se han atrevido a poner micrófonos en su confesonario», afirmó: «¡Sí, sí! A tanto han llegado, Monseñor».
Con profundo dolor, porque querría que nunca hubiese sucedido, y sabiendo que piso un terreno muy delicado, entre otros motivos porque algunos de los hechos a los que me tengo que referir se realizaron con engaño y bajo capa de virtud cuando los fines que se buscaban eran inconfesables, intentaré quedarme en lo que, después de detenido estudio de las muchas informaciones, no sólo diversas entre sí, sino con frecuencia contradictorias, juzgo verdadero.
Los primeros sufrimientos causados por sus hermanos en religión, con los que el Señor asoció al Padre Pío a la pasión de Cristo, tuvieron lugar en los años en los que Fraile capuchino, sin duda por un designio misterioso del Señor, tuvo que vivir en su pueblo natal de Pietrelcina, fuera del convento y alejado de la vida de comunidad. En esta etapa, no se puede poner malicia o falta de reflexión y de discernimiento en el que los motivó: el padre Benedicto en San Marco in Lamis, Superior provincial de los capuchinos y uno de los dos Directores espirituales del Padre Pío. Un libro, muy bien documentado, del escritor italiano Donato Calabrese lleva por título: “Padre Pío –Siete años de misterio en Pietrelcina – 1909-1916”. Y es en ese clima de “misterio” en el que hay que colocar las actuaciones del padre Benedicto. Me voy a referir a tres.
 1ª. El Padre Pío, a quien los médicos habían presagiado una muerte prematura, deseaba celebrar al menos una vez la santa misa. Las normas de la Iglesia exigían la edad de 24 años para acceder al sacerdocio. Pero el Padre Pío sabía bien que la Iglesia podía y solía dispensar de este impedimento si se daba justa causa para ello. Y no dejó de implicar al que podía solicitar esa dispensa. Al fin, el 6 de julio de 1910 le llegó del padre Benedicto la comunicación de que se había obtenido la dispensa y de que la ordenación sacerdotal podría tener lugar hacia el 10 ó 12 de agosto. Pero el sufrimiento del Padre Pío a causa de la actitud pasiva o de la lentitud al actuar del Padre Benedicto lo podemos deducir de estos escritos:
- En la primera carta del Padre Pío al padre Benedicto que recoge el “Epistolario”, de 22 de enero de 1910, leemos: «Muchas personas… me han asegurado que si usted pide la dispensa para mi ordenación, exponiendo el estado de mi salud, todo se conseguiría».
- Es fácil pensar que, en el lamento del Padre Pío en su carta siguiente, del 14 de marzo, hay un velado reproche a la actitud pasiva del padre Benedicto en algo que tanto interesaba a su Dirigido espiritual: «No puedo ocultarle… mi desánimo al ver que han quedado en el vacío algunas de mis esperanzas que, de cara al futuro, me garantizaban un alivio. Casi me arrepiento de haberlas esperado inútilmente. Pero ¡que se cumpla la voluntad del Señor!».
- La información que el Padre Pío ofrece el padre Benedicto en la carta siguiente, de 26 de mayo, ¿no querrá ser un recordatorio de lo que busca con tanta ilusión? Le escribe: «En los días en los que he estado un poco mejor de salud, también para distraerme un poco, he recibido alguna lección de moral del sacerdote que es mi confesor. ¿Lo aprueba usted?».
- Y en la carta siguiente, del 1 de junio, insiste de nuevo: «Además estoy bastante desanimado por no haber recibido, no sólo lo que por caridad le pedía en mi última, sino ni siquiera una breve respuesta».
  . El Padre Pío, sacerdote desde el día 10 de agosto de 1910, deseaba vivamente ejercer el ministerio del confesonario para administrar a los fieles el perdón de los pecados y la gracia renovadora que Dios da en el sacramento de la confesión y para cumplir, también de este modo, la “misión grandísima” que el Señor le había confiado. Para hacerlo necesitaba la licencia o del Obispo o de su Superior provincial. El Padre Pío usó todos los medios a su alcance para conseguirla. Pero el padre Benedicto, seguro que sin pretenderlo, fue de nuevo el causante de un doloroso sufrimiento para su Dirigido espiritual, sufrimiento que terminó en fecha que desconocemos, pero posterior al 9 de abril de 1913 y probablemente anterior al 12 de mayo de 1914. Y esto porque, en la de 9 de abril, el padre Agustín le escribe al Padre Pío: «En cuanto a la autorización para confesar parece que él (padre Benedicto) estaría dispuesto, pero querría una prueba de tus conocimientos de teología moral». Y es probable que haya que incluir al Padre Pío en el grupo de confesores, cuando, en la carta del 12 de mayo, refiriéndose a la visita del Arzobispo Bonazzi para administrar la confirmación a unos cuatrocientas cincuenta personas, grandes y pequeños, escribe al padre Agustín: «Imaginará cómo hemos estado todos muy ocupados en las confesiones y en la instrucción a los mayores para prepararlos bien a recibir el sacramento de la confirmación».
-  El Padre Pío, primero en fecha que desconocemos y, después, antes del jueves santo de 1911, el 2 de mayo de 1912, el 13 de febrero y el 15 de marzo de 1913, siempre desde Pietrelcina, se dirigió por escrito al padre Benedicto para suplicarle las licencias para confesar. Ante las negativas que iba recibiendo, el Padre Pío fue suavizando su petición y pidiendo licencias parciales: para confesar el jueves santo porque se lo había indicado el párroco, para confesar a solo hombres, para confesar a enfermos...; incluso acudió a los buenos servicios de su segundo Director espiritual, el padre Agustín, para que mediara ante el padre Benedicto. Es fácil descubrir el largo y doloroso calvario del Padre Pío, a causa de no poder confesar, en la frase que escribió al padre Agustín, el 18 de mayo de 1913, a los dos días de recibir la del padre Benedicto que luego se cita: «Por el tema de la confesión no se preocupe ya más; deje de sufrir por mi causa en este asunto».
- Al padre Benedicto, en estos años Superior provincial y Director espiritual del Padre Pío, le resultaba, al parecer, difícil manifestar toda la verdad a su súbdito y Dirigido espiritual. En carta del 12 de abril de 1911, como motivo para la respuesta negativa, le adujo que el confesonario le sería nocivo para la salud y quizás también para la paz de su alma. El 4 de marzo de 1912 se atrevió a añadir a la motivación ya citada de la salud la de no haber estudiado regularmente, con la ayuda del profesor, la teología moral. Y, por fin, el 16 de marzo de 1913 le indicó claramente que no le constaba su capacitación científica en teología moral y le invitó a someterse a un examen de idoneidad, asegurándole que, si lo superaba, le daría la licencia, al menos para confesar a enfermos.
  3ª. Un sencillo cambio en el título del libro antes citado nos permitiría escribir una gran verdad: Padre Pío – Siete años de sufrimiento en Pietrelcina – 1909-1916”. Y sufrimiento por un motivo distinto a los ya indicados.
- Para los Capuchinos de la Provincia del Padre Pío, y también para los Superiores provincial y general de la Orden, era muy lógico este modo de pensar: Si Dios quiere al Padre Pío en la Orden capuchina, lo querrá viviendo en el convento; si no lo quiere en el convento, es porque no lo quiere capuchino. Pero era el Señor el que quería al capuchino Padre Pío durante casi siete años fuera del convento. Y, como consecuencia, aquí tenemos otro motivo de dolorosísimo sufrimiento para el Fraile de Pietrelcina. Y, de nuevo, el principal causante es el padre Benedicto, y, en este caso, por querer cumplir con fidelidad una de sus obligaciones de Superior provincial.
- El largo espacio de tiempo de casi siete años permite muchas reflexiones, consultas y actuaciones, y los detalles de las mismas ocuparían demasiado espacio en este escrito. Señalaré lo más importante:
- 1º. En relación al Padre Pío:
ü  El futuro Padre Pío, en la búsqueda de su vocación, había descubierto, ya de niño, lo que manifestaría más tarde, en noviembre de 1922, a Nina Campanile: «¿Dónde, Señor, podré servirte mejor que en la vida religiosa y bajo la bandera del Pobrecillo de Asís?». Pero, en mayo de 1909, a los pocos años de abrazar la vida capuchina, aconsejado por los médicos, tiene que abandonar el convento y marchar a su pueblo natal, Pietrelcina, con la esperanza de que los aires de su tierra natal pudieran curar o, al menos, aliviar su enfermedad. Una enfermedad que hacía que el estómago del joven religioso no lograra retener ni siquiera el agua, que las toses y los dolores de tórax y de espalda fueran continuos, que la fiebre subiera tanto que rompía los termómetros al intentar medírsela… Una enfermedad que, a juicio del doctor Francisco Nardacchione, era una «Bronquitis alveolar del vértice pulmonar izquierdo»; en el dictamen del doctor Ernesto Bruschino resultaba una «Infiltración específica de ambos vértices pulmonares» o, con otras palabras, tuberculosis; en la revisión militar, cuando el Padre Pío fue llamado a filas, se consideró: «Infiltración en los dos vértices pulmonares»; y a juicio del doctor Andrés Cardone, harto de darle remedios y medicinas: «¡No te entiendo! ¡No sé qué hacer contigo!».
ü  El Padre Pío deseaba vivamente la vida conventual, como le correspondía por su vocación de religioso. Ignoraba, al menos el 26 de mayo de 1910, qué es lo que Dios quería de él en esa situación, pues afirmó: «Ignoro la causa de todo esto. Y en silencio adoro y beso la mano de aquel que me hiere». Más aún, cuando, más adelante, supo la razón por la que el Señor le quería fuera del convento, no podía descubrirla ni siquiera a su Superior provincial y Director espiritual. Así se lo dijo al padre Agustín, que le había suplicado que manifestara al padre Benedicto el secreto de su enfermedad: «Padre, ¡no puedo decirle la razón por la que el Señor me ha querido en Pietrelcina; faltaría a la caridad!».
ü  ¿Atrevimiento inusitado el del padre Agustín? Aun conociendo la prohibición tajante que pesaba sobre el Padre Pío, en carta de 7 de mayo de 1913, escribió a su Dirigido espiritual: «Creo que debes pedir insistentemente aquella gracia que nosotros sabemos, aunque la Madrecita parece contraria a ello». Aunque no son cosas muy distintas, no se puede precisar si la gracia que el Padre Pío debía pedir era la de poder regresar al convento o la de poder manifestar al padre Benedicto por qué y para qué lo quería el Señor fuera del mismo. Lo acaecido al Capuchino lo podemos calificar de catastrófico. Lo cuenta así, el 18 de mayo, al padre Agustín: «Al recibir la última carta, quise presentar a la Madrecita la gracia que repetidas veces me has mandado que le pidiera, esperando conseguirla en esta ocasión al hacerlo por un camino distinto: el de la obediencia. Por desgracia, debo confesar para confusión mía que el fruto deseado no se ha conseguido, porque esta Madre santa montó en cólera ante mi atrevimiento de pedirle de nuevo la dicha gracia, que severamente ya me había prohibido. Esta mi involuntaria desobediencia la he tenido que pagar a muy caro precio. Desde aquel día se alejó de mí al igual que los otros personajes celestes».
ü  A la cruz de tener que vivir fuera del claustro, muy dolorosa para el Padre Pío, se fueron añadiendo otras muchas:
§  Fueron constantes las llamadas del padre Benedicto y del padre Agustín a regresar a la vida conventual y repetidos los mandatos del padre Benedicto a marchar a uno de los conventos de la Provincia: Morcone, Venafro, San Marco la Catola…; y esto a pesar de que el Señor daba señales claras de que su plan era otro: en cuanto el Padre Pío pisaba un convento, la enfermedad se agravaba de tal forma que, para evitar el desenlace final, el Superior de la comunidad se tenía que apresurar a llevarlo a Pietrelcina.
§  Se le echó en cara su incapacidad para conocer los planes de Dios, como en esta carta del padre Benedicto de 14 de julio de 1910: «El padre Agustín es el encargado de llevarte a Morcone… Repito que la verdad la digo yo, que hablo con toda mi autoridad, y no tu pensamiento que, ofuscado como está por las tinieblas del enemigo, es incapaz de conocer las cosas como están en realidad delante de Dios».
§  A pesar de viajar al convento que le señalaba el Superior provincial en cuanto recibía el mandato de hacerlo, se le acusó de desobediencia, como queda claro en esta carta del padre Benedicto del 4 de octubre de 1921: «Cuando se os escribe como superior y director espiritual, debe oír con reverencia e interior sumisión lo que se le dice y no razonar por cuenta propia… Pero usted no quiere someterse a este parecer mío y hace mal. Espero, por lo demás, que sea la última vez que no se somete a mis indicaciones».
§  Supo que el Superior provincial planeaba iniciar los trámites para que dejara la Orden capuchina y se incorporara como sacerdote a la diócesis de Benevento. ¿Cómo reaccionó el Padre Pío? En los días que, por mandato del padre Benedicto, pasó en el convento de Venafro, desde finales de octubre al 7 de diciembre de 1911, casi todos postrado en cama y 21 de ellos sin probar alimento, fuera de la comunión, en uno de sus muchos éxtasis, el padre Agustín pudo escucharle las palabras que dirigía a san Francisco y a Jesús: «¡Padre mío! ¿Me vas a despachar de la Orden? ¡Por caridad, hazme antes morir! ¡Oh seráfico padre mío! ¿Pero me vas a despachar tú de tu Orden? ¿No voy yo a ser más tu hijo? La primera vez que te me apareciste, padre san Francisco, me dijiste que debía ir a aquella tierra de destierro. ¡Ah, padre mío! ¿Es voluntad de Dios? ¡Pues hágase! ¡Fiat! Pero, ¡Jesús mío, ayúdame! ¿Y cuál va a ser la señal de que tú me quieres allá? ¡Diré la misa! Pues entonces, Jesús mío, recibe mi acción de gracias». Y esa prueba la tuvo. El día 7 de diciembre, ante su enfermedad agravada, dejó Venafro y, acompañado por el padre Agustín, viajó a Pietrelcina. Al día siguiente, fiesta de la Inmaculada, celebró la misa solemne parroquial «como si nada hubiera sufrido» los días anteriores.
§  Durante más de cuatro años pesó sobre el Padre Pío la amenaza de tener que dejar la Orden capuchina y pasar al clero diocesano. El asunto fue a Roma, al Superior general de la Orden capuchina. Aunque no se conserva el escrito del padre Benedicto a su Dirigido espiritual, en él se le informaba del parecer del mencionado Superior general. La consecuencia la tenemos en la carta del Padre Pío a su Director spiritual, de 20 de diciembre de 1913. En ella le dice: «Usted que me conoce a fondo… puede imaginar con qué gozo volvería al convento, pero, como mi enfermedad se va agravando cada día, sería un peso y un estorbo para la comunidad». Y después añade: «Por eso, teniendo presente la suya de 28 de mayo, en la que me decía que “el padre General ya desde el año pasado ve mal una permanencia tan larga en el mundo y que, aunque todo lo que yo le dije fue para defenderte, no se convence y responde: Es mejor entonces que se haga sacerdote secular pidiendo el breve. Por otra parte, porque tan larga duración excede mi competencia y es necesario regularizarla”, me he decidido a pedir el breve, reconociendo en la voz del superior la voz de Dios. Usted puede comprender con qué desgarro de mi alma me veo obligado a dar este paso; pero la necesidad me obliga y lo haga también por su tranquilidad y la mía».   
§  ¿Por qué no se tramitó ante la Santa Sede la petición del Padre Pío? Lo cierto es que, en mayo de 1914, la Orden capuchina celebró su capítulo general, que eligió para Superior general al padre Venancio de Lisle-en-Rigault. A la información que, sin duda, le ofreció el padre Benedicto en esa ocasión se unió la que habría recogido durante la visita que realizó a la Provincia capuchina de Foggia. Su parecer fue el que el padre Agustín, informado por el padre Benedicto, se apresuró a comunicar al Padre Pío en carta del 6 de diciembre de 1914: «El padre General le ha dado la siguiente respuesta: “Ya que es la voluntad de Dios, pues que así sea. Le obtendremos el Breve ad tempus, habitu retento y que el buen padre siga rogando por la Orden, a la que pude seguir perteneciendo”». El 25 de febrero de 1915 la Santa Sede concedía al Padre Pío «la solicitada facultad de permanecer fuera del claustro, mientras lo exija la necesidad, pudiendo vestir el hábito regular». Y días después, el 7 de marzo, el padre Benedicto la comunicaba a su Dirigido espiritual.
§  El 17 de febrero de 1916, cuando la enfermedad se lo permitió -tendremos que decir: cuando estaba en el proyecto del Señor-, el Padre Pío viajó a Foggia con la idea de visitar a Rafaelina Cerase, a la que había orientado espiritualmente durante dos años por carta. A Rafaelina el cáncer la había colocado ya a las puertas de la muerte y el Padre Pío deseaba responder a las repetidas peticiones de quien deseaba, además de conocer personalmente a su Director espiritual, confesarse al menos una vez con él. Pero fue un viaje sin retorno. Al encontrarse con el padre Benedicto, que hacía la visita canónica al convento de Foggia, éste le mandó que, «vivo o muerto», se quedara en el convento de esa ciudad. Días después, el 25 de marzo, falleció Rafaelina, cuando contaba 48 años de edad.
- 2º. En esta larga historia, los sufrimientos no fueron sólo para el Padre Pío. Los padecieron también, entre otros, el padre Benedicto y el padre Agustín.
ü  Puede ser suficiente la lectura de lo escrito por el padre Agustín al Padre Pío el 13 de mayo de 1914: «Nosotros, pobres superiores, no sabemos cómo proceder en tu caso. Yo adoro los proyectos de Dios. Pero ¿por qué, hijo mío, han de estar lo superiores sumidos en la oscuridad en lo que se refiere a tu destino? ¿No nos será lícito saber algo? El provincial me ha dicho que, al regreso de Roma, desea visitarte. Por caridad, dile a Jesús que te conceda informar de todo al superior».
ü  Posiblemente porque el plazo de tiempo que había previsto se iba prolongando, al padre Benedicto le asaltaban unas dudas, que quedan bien reflejadas en las cartas que escribió al Padre Pío. En la primera que recoge el “Epistolario”, de 2 de enero de 1910, le dice: «Si experimenta una notable mejoría en su salud, al respirar los aires de su tierra, ¡siga ahí!». Pero meses más tarde, el 27 de julio, le escribe: «Y ahora ¿cómo está? Me disgusta, pero adoro los altos planes de Dios que, ciertamente por inefable piedad, no le permite vivir en el convento, a donde él mismo, con tanta dignación, le llamaba». Y un año más tarde, en la de 5 de septiembre de 1911: «¿Cuándo volveré a verte en el convento? Si la estancia en tu casa no te cura, te llamaré a la sombra de san Francisco. Aun en el caso de que el Señor te quiera llamar a la gloria, es mejor que mueras en el convento a donde él te llamó».
ü  Las del padre Benedicto, compartidas también por el padre Agustín, son dudas muy lógicas, que explican su modo de actuar con su Dirigido espiritual y que, aun siendo ellos los instrumentos de los que el Señor se sirvió para asociar al Padre Pío a la pasión de Cristo, quedan libres de toda responsabilidad. Es fácil pensar que se preguntaron: ¿Puede querer el Señor que sus proyectos en el Padre Pío queden ocultos a su Superior provincial y a sus Directores espirituales, como les manifestaba su Dirigido? ¿No habrá una causa psicológica en el hecho de que, nada más pisar un convento, se agrave la enfermedad del Padre Pío y que, como sucedió en diciembre de 1911, al día siguiente de abandonar el de Venafro, donde la enfermedad le había retenido en cama unos 40 días, 21 de ellos sin tomar alimento, celebre la misa solemne de la Inmaculada en la parroquia de Pietrelcina «como si nada hubiera sufrido» los días anteriores? Si el Padre Pío, en sus cartas, les hablaba con tanta frecuencia de los asaltos, incluso físicos, de los demonios y les decía que el demonio le impedía manifestar sus cosas al confesor y hacía que cartas del Director espiritual le llegaran en blanco o emborronadas de tinta y…, ¿su permanencia fuera del convento no sería cosa del maligno y no de Dios?
Elías Cabodevilla Garde

Abril: días 7 al 13.


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7. Pon fin a estas aprensiones sin sentido. Recuerda que la culpa no está en el sentimiento sino en el consentir a tales sentimientos. Sólo la voluntad que actúa libremente es capaz del bien y del mal. Pero cuando la voluntad gime bajo la prueba del tentador y no quiere aquello que se le presenta, allí no sólo no hay culpa sino que hay virtud.

8. Que no te asusten las tentaciones; son la prueba a la que Dios somete al alma cuando la ve con las fuerzas necesarias para mantener el combate y para ir tejiendo con sus propias manos la corona de la gloria.
Hasta ahora tu virtud ha sido de niña; ahora el Señor quiere tratarte como a adulta. Y porque las pruebas de la vida adulta son muy superiores a las de quien todavía es un niño, por eso al comienzo te encuentras desorganizada; pero la vida del alma adquirirá la calma y tú recobrarás la quietud. Ten paciencia por un poco más de tiempo; todo será para tu bien.

9. Las tentaciones contra la fe y la pureza son mercancía que ofrece el enemigo; pero no hay que tenerle miedo sino despreciarlo. Mientras siga alborotando, es señal de que todavía no se ha apoderado de la voluntad.
Tú no te desasosiegues por lo que estás experimentando de parte de este ángel rebelde; que tu voluntad se mantenga siempre contraria a estas instigaciones, y vive tranquila que ahí no hay culpa sino complacencia de Dios y ganancia para tu alma.
 
10. A él debes recurrir en los asaltos del enemigo, en él debes poner tu esperanza, y de él debes esperar todo bien. No te detengas voluntariamente en aquello que el enemigo te presenta. Recuerda que vence el que huye; y tú, ante los primeros movimientos de aversión hacia aquellas personas, debes apartar el pensamiento y recurrir a Dios. Dobla tu rodilla ante él y con grandísima humildad repite esta breve súplica: “Ten misericordia de mí, que soy una pobre enferma”. Después levántate y con santa indiferencia continúa en tus asuntos.

11. Ten por cierto que cuanto más crecen los asaltos del enemigo tanto más cerca del alma está Dios. Piensa y compenétrate bien de esta verdad cierta y reconfortante.

12. Anímate y no temas las obscuras iras de Lucifer. Métete esto en la cabeza para siempre: es una buena señal que el enemigo alborote y ruja en torno a tu voluntad, porque esto demuestra que él no está dentro.
¡Ánimo!, mi queridísima hija. Pronuncio esta palabra con gran sentimiento y, en Jesús, te repito: ¡ánimo!; no hay que temer mientras podamos decir con decisión, aunque sea sin sentirlo: ¡Viva Jesús!

13. Ten por seguro que cuanto más grata es un alma a Dios más tiene que ser probada. Por eso, ¡valor! y ¡siempre adelante!
(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Profesoras de religión, que cumplen hoy un encargo del Padre Pío.


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El Padre Pío de Pietrelcina, convencido -lo solía repetir- de que «el Corazón de Jesús nos ha llamado no sólo para nuestra santificación, sino también para la santificación de otras almas», y de que esa santificación depende en gran medida de la formación religiosa que se les ofrece, no perdía ocasión de ofrecer los mensajes del Evangelio y de encargar a otros que lo hicieran.
-  Lo encargó en primer lugar a las Congregaciones religiosas a las que fue llamando a San Giovanni Rotondo para que abrieran y atendieran escuelas y centros de enseñanza: las Hermanas Franciscanas de Ozzano, las Terciarias Capuchinas del Sagrado Corazón, las Hermanas de la Inmaculada de Pietradefussi y los Terciarios Capuchinos.
-  Lo encargó a los médicos en relación a los enfermos: «Tenéis la misión de curar al enfermo; pero si no lleváis amor al lecho del enfermo, no creo que las medicinas sirvan de mucho... El amor no os puede hacer prescindir de la palabra. ¿Cómo podríais manifestarlo si no es con palabras que consuelen espiritualmente al enfermo?».
-  Lo encargó a los periodistas: «¡Estate atento, periodista! Reflexiona sobre lo que escribes, porque el Señor te pedirá cuentas de ello».
-  Lo encargó con insistencia especial a los padres: «El Señor os dé hijos y después la gracia de orientarlos por el camino del cielo». «Ponga en solo Dios todas sus preocupaciones, pues él tiene cuidado especialísimo de usted y de esos tres angelitos de hijos con que la ha querido adornar... Preocúpese siempre de su educación, no tanto científica cuanto moral. Téngalos en su corazón y quiéralos más que a las niñas de sus ojos. A la educación de la mente, mediante buenos estudios, procure unir siempre la educación del corazón y de nuestra santa religión; aquélla sin ésta, mi buena señora, causa una herida mortal al corazón humano».
-  Lo encargó a las personas que consideraba preparadas para impartir catequesis y formación religiosa: «Sí, bendigo de corazón la obra de dar catequesis a los niños, que son las florecillas predilectas de Jesús. Bendigo también el celo por las obras misioneras». «Apruebo que te dediques a ganar almas para Jesús, enseñándoles el modo de agradarle».
*** ****
El Padre Pío ¿sigue confiando hoy el encargo de anunciar el Evangelio? Veamos esta historia.
Era el mes de octubre del año 2005. A Amparo García Galindo, de Segovia (España), en un momento difícil a nivel personal, le había impactado mucho la película “Padre Pío”, que Telecinco había emitido en Semana Santa. A partir de ese momento se dedicó con avidez a buscar información sobre este Fraile totalmente desconocido para ella. Su hermana María lo recuerda así: «Yo observaba que lo único que le interesaba, la entretenía y la calmaba un poco era leer y hablarme del Padre Pío. Así que yo, desesperada por no saber ya de qué manera ayudarla, se me ocurrió darle la sorpresa de regalarle un viaje a Italia para que fuéramos a ver a ese tal Padre Pío». Y, en el viaje, hubo cosas no fáciles de explicar si el Padre Pío o su ángel custodio no andaban de por medio. Ellas, Amparo y María, lo recuerdan y nos lo cuentan así:
«Era la primera vez que salíamos de España. No sabíamos italiano. Cuando bajamos del avión que nos llevó de Madrid a Bari, ya había oscurecido. Nos dieron el coche que habíamos alquilado desde España y, como guiadas por el mejor GPS, en pocas horas estábamos en el hotel de San Giovanni Rotondo, después de recorrer unos 150 kilómetros. Una indisposición de María, que le exigió guardar cama, nos obligó a renunciar al recorrido turístico que habíamos programado para después de visitar los lugares del Santo capuchino y de rezar ante su tumba. Creemos que fue un “capricho” del Padre Pío, que quiso hacer “su obra” en nosotras, porque nos lo manifestó con bastante claridad. Yo, Amparo, además de cuidar de María, pude visitar, y repetidas veces, los lugares donde él vivió y ejerció el ministerio sacerdotal. Recé con calma ante su tumba. Me encontré con la señorita encargada de los peregrinos de lengua española, que me atendió y orientó divinamente. Y, de no haber sido por la indisposición de María, no habríamos conocido al capuchino español que desde entonces es nuestro director espiritual. Colaboraba durante todo el año, excepto en los meses de invierno, en los que, por razón del clima, desciende considerablemente el número de los que llegan a San Giovanni Rotondo, en la atención pastoral de los peregrinos de lengua española. Precisamente en el día que íbamos a pasar en San Giovanni Rotondo les habían organizado, a él y a los otros Capuchinos extranjeros que realizaban la misma labor, la visita a los conventos donde había vivido el Padre Pío. Los días siguientes nos dedicó todo su tiempo libre, nos fue presentando la vida y la espiritualidad del Padre Pío y nos sacó hermosas fotografías que guardamos como inolvidable recuerdo. ¿De nuevo el Padre Pío? A María, que no pudo tomar ningún alimento en los tres días que estuvimos en San Giovanni Rotondo, nada más subir al avión que nos traía de Bari a Madrid, se le abrió el apetito y se comió la cena de las dos, que sirvieron durante el vuelo».
Amparo regresó a Segovia decidida a estudiar teología para, al menos como primer paso, dedicarse a impartir clases de religión. María tomó esa misma decisión algo más tarde; y logró compaginar el trabajo y los estudios, porque en éstos contó con la valiosa colaboración de su hermana.
Para Amparo éste es el cuarto curso como profesora de religión. Las clases las imparte en el Instituto de Estudios Secundarios (I.E.S.) “Peñalara” de La Granja de San Ildelfonso, y en los Centros de Estudios  Secundarios (C.E.S.)… “La Sierra” de Pardena y “El Mirador de la Sierra” de Villacastín, todos en la provincia de Segovia, con un total de 180 alumnos. Para éstos es casi lo mismo decir Amparo que decir Padre Pío. Tanto que los nuevos alumnos, si ella no se adelanta a decirlo, le preguntan cuándo las clases van a girar en torno al Padre Pío y para cuándo el regalo de los rosarios del Padre Pío, bendecidos por su director espiritual.
Para María éste es el tercer curso. Enseña en el Instituto de Enseñanza Secundaria  (I.E.S.) “Vega del Pirón” de Carbonero (Segovia). Tiene unos 200 alumnos, que van, al igual que los de Amparo, desde el primer curso de la ESO hasta el primer curso de Bachillerato. Con menos atrevimiento que su hermana Amparo, pero, tal como van las cosas, muy pronto para sus alumnos va a ser casi lo mismo decir María que decir Padre Pío.
Elías Cabodevilla Garde

Marzo: día 31 a abril: día 6.


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31. Acepta todo dolor e incomprensión que vienen de lo Alto. Así te perfeccionarás y te santificarás.

1. ¿No nos dice el Espíritu Santo que, en la medida que el alma se acerca a Dios, debe prepararse para la prueba? ¡Animo, pues! ¡Valor!, hija mía. Lucha con fortaleza y tendrás el premio reservado a las almas fuertes.

2. Hay que ser fuertes para llegar a ser grandes: éste es nuestro deber. La vida es una lucha de la que no podemos retirarnos; todo lo contrario, es necesario triunfar.

3. ¡Ay de los que no son honrados! No sólo pierden todo respeto humano sino que, además, no pueden ocupar ningún cargo civil... Por eso, seamos siempre honestos, desechando de nuestra mente todo mal pensamiento; y vivamos con el corazón orientado siempre hacia Dios, que nos ha creado y nos ha puesto en este mundo para conocerle, amarle y servirle en esta vida y después gozar de él eternamente en la otra.

4. Sé que el Señor permite al demonio estos asaltos para que su misericordia os haga más agradables a sus ojos, y quiere que también os asemejéis a él en las angustias del desierto, del huerto y de la cruz; pero os tenéis que defender alejándoos y despreciando en el nombre de Dios y de la santa obediencia sus malignas insinuaciones.

5. Fíjate bien: siempre que la tentación te desagrade, no tienes por qué temer, pues, ¿por qué te desagrada si no porque no quisiste sentirla?
Estas tentaciones tan inoportunas nos vienen de la malicia del demonio, pero el desagrado y el sufrimiento que sentimos por ellas vienen de la misericordia de Dios, que, contra la voluntad de nuestro enemigo, aparta de su malicia la santa tribulación, y por medio de ella purifica el oro que quiere incorporar a sus tesoros.
Digo más: tus tentaciones son del demonio y del infierno, pero tus penas y sufrimientos son de Dios y del paraíso; las madres son de Babilonia, pero las hijas son de Jerusalén. Desprecia las tentaciones y abraza las tribulaciones.
No, no, hija mía, deja que sople el viento y no pienses que el sonido de las hojas sea el rumor de las armas.

6. No os esforcéis por vencer vuestras tentaciones porque este esfuerzo las fortalecería; despreciadlas y no os entretengáis en ellas. Imaginaos a Jesucristo crucificado entre vuestros brazos y sobre vuestro pecho y repetid muchas veces besando su costado: ¡Esta es mi esperanza, ésta es la fuente viva de mi felicidad! ¡Yo os agarraré estrechamente y no os dejaré hasta que me coloquéis en un lugar seguro!

(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

También hoy el fruto de la oración con el Padre Pío es la caridad.


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El 16 de junio del 2002, en la homilía de la ceremonia de la canonización del Padre Pío, Juan Pablo II no dejó de recalcar la íntima relación que se dio en el Santo capuchino entre oración y eficacia apostólica, entre oración y actividad caritativa. Éstas fueron sus palabras:
 - «La razón última de la eficacia apostólica del padre Pío, la raíz profunda de tan gran fecundidad espiritual se encuentra en la íntima y constante unión con Dios, de la que eran elocuentes testimonios las largas horas pasadas en oración y en el confesonario».
-  «Además de la oración, el padre Pío realizaba una intensa actividad caritativa, de la que es extraordinaria expresión la "Casa de alivio del sufrimiento"».
La consecuencia que sacó el Papa es muy clara:
-  «Oración y caridad: he aquí una síntesis muy concreta  de la enseñanza del padre Pío, que hoy se vuelve a proponer a todos».
Si esta propuesta del Padre Pío es, como indica Juan Pablo II, para todos, lo es de modo muy especial para los Grupos de Oración que fundó el Santo de Pietrelcina y que, sin duda, sigue protegiendo desde el cielo.
Y no hay que olvidar que el Padre Pío orientó de modo muy especial la actividad caritativa de sus Grupos de Oración hacia los enfermos; y, en el momento que comenzó a realizar su gran proyecto en favor de los enfermos, hacia el hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”.
*** * ***
En la ciudad de Ponce (Puerto Rico) funciona desde hace años un Grupo de Oración del Padre Pío, que ha aprendido bien esa hermosa lección que brota de la vida y de la enseñanzas del Santo. Han orientado la caridad, fruto de la oración, hacia los afectados por una enfermedad que lleva a los que la padecen a una situación de gran desvalimiento: los enfermos de SIDA.
En el “Hospital Episcopal San Lucas” de Ponce, propiedad de la Iglesia Episcopaliana, el Grupo de Oración tiene cedida una parte del edificio, en la que funciona el “Albergue de enfermos terminales de SIDA”. Bajo la responsabilidad del capuchino fray Francisco García, la actividad caritativa de los componentes del Grupo de Oración es intensa y constante. La capilla del “Albergue” es el lugar de sus encuentros de oración. Se hacen presentes en las celebraciones religiosas para los enfermos, al menos en las más importantes. Y, al acompañamiento y cuidado de los enfermos, unen otras actividades orientadas a recaudar fondos para conseguir alimentos y medicinas para los enfermos y lo necesario para que el “Albergue” pueda seguir ofreciendo una ayuda, inalcanzable de otro modo para los que allí son atendidos.
El Padre Pío, hoy como durante su vida terrena, sigue promoviendo la actividad caritativa como fruto de la oración.
Elías Cabodevilla Garde

Asociado a la pasión de Cristo por los sufrimientos morales (2)


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Los sufrimientos morales del Padre Pío fueron de nuevo muy intensos en los últimos años de su vida. En este caso, en la «mano del hombre», de la que se sirvió el Señor para asociarlo a la pasión de Cristo, tuvieron responsabilidad muy especial algunos miembros de la Orden capuchina a la que pertenecía el Padre Pío. Con profundo dolor, porque nunca se tendrían que haber dado esos hechos, intentaré exponerlos en el próximo escrito. Y la tuvieron también tanto Mons. Carlo Maccari, enviado por el Vaticano para realizar una visita apostólica al convento de capuchinos y al hospital “Casa Alivio del Sufrimiento” de San Giovanni Rotondo, como los que, por medios absolutamente reprobables, intentaron desprestigiar al Fraile capuchino ante sus hermanos de fraternidad y ante otros sacerdotes que lo apreciaban por su vida santa y por la acción apostólica que desarrollaba.

Mons. Carlo Maccari, convenientemente adoctrinado por quienes consiguieron que fuera él, “persona muy manejable”, el elegido, llegó a San Giovanni Rotondo el 30 de julio de 1960 y permaneció allí hasta mediados de septiembre, no sin haberse ausentado premeditadamente, para unos pocos días, pocas fechas antes del 10 de agosto, con el fin de no estar presente en la celebración de las bodas de oro de sacerdocio del Padre Pío. Además, se atrevió a dejar una serie de disposiciones en relación a la fiesta, como la prohibición al arzobispo de Manfredonia, Mons. Andrea Cesarano, de participar en la celebración y al padre Agustín, ya octogenario, de pronunciar el discurso que, con gran ilusión, había preparado para la misma. Y no es descabellado atribuirle alguna responsabilidad en estos dos hechos: que el Vaticano bloqueara los telegramas y cartas dirigidos en esos días a San Giovanni Rotondo “vía Vaticano”, y que llegaran el saludo y la bendición del Papa a dos capuchinos de la provincia religiosa del Padre Pío, que celebraban el mismo acontecimiento que su cohermano, pero no a éste, a pesar de que el superior provincial los había solicitado para los tres.

Omitiendo datos que ocuparían muchas páginas llenas de podredumbre moral, baste decir que, en uno de los volúmenes que recogen el Proceso de Beatificación y Canonización del Padre Pío, se lee como resumen de lo que manifestaron sobre la visita apostólica de Carlo Maccari los testigos llamados a declarar: «Con alguna excepción, las opiniones de los testigos sobre la persona y más aún sobre la actuación de Mons. Maccari son negativas. Se critica su carácter, el método de actuación, la frivolidad al acoger acusaciones gravísimas contra el Siervo de Dios, y de modo especial las conclusiones erróneas a las que llega y las deplorables consecuencias de su visita, llevada a cabo con la rúbrica de ligereza, parcialidad y prevención».

Entre las «acusaciones gravísimas», que acepta el Visitador y que transmite en su Relación al Santo Oficio, está la de Elvira Serritelli, que Mons. Maccari la escribe de este modo: «En pocas palabras, según Elvira, desde el año 1922 hasta casi el 1930 el Padre Pío habría tenido relaciones íntimas, completas y prolongadas con ella, incluso varias veces a la semana; pero todo habría tenido lugar sin “malicia alguna” ni de una parte ni de la otra». Y va más lejos al escribir: «Por lo manifestado por Elvira, las “relacionas íntimas” del Padre Pío habrían continuado después del año 1930 con Cleonice Morcaldi». Estas calumnias, aceptadas y trasmitidas a la Santa Sede por un Visitador apostólico nombrado por el Papa, fueron la causa de que el Santo Oficio negara una y otra vez la autorización para abrir el Proceso de Beatificación y Canonización del Padre Pío. Sólo en octubre de 1982, tras conocer la índole psicológica y moral de la Serritelli, el Santo Oficio concedió la mencionada autorización y el Proceso pudo abrirse en el santuario de Nuestra Señora de las Gracias de San Giovanni Rotondo el 20 de marzo de 1983.

La bien documentada biografía “PADRE PIO da Pietrelcina” de Luigi Peroni informa de un hecho que, sin duda, merece el calificativo de repugnante y diabólico, que tuvo lugar en torno al año 1960. Se trata de un grupo de mujeres que, guiadas y pagadas por terceras personas, debían llevar a cabo, no en grupo sino cada una por su cuenta, un plan realmente siniestro: confesarse por algún tiempo con los sacerdotes capuchinos de San Giovanni Rotondo, hacerse pasar por persona piadosa y devota para que su posterior declaración fuera creíble al confesor, para terminar manifestándole que el Padre Pío se había comportado moralmente mal con ella, y de este modo desprestigiarlo ante sus propios hermanos de fraternidad y crearle nuevos enemigos. Una de estas repugnantes calumniadoras se acercó en diversas ocasiones al confesonario de un famoso profesor de derecho canónico de Roma, repitiéndole la falsa acusación y consiguiendo que cambiara radicalmente de opinión en relación al Padre Pío, que hasta entonces era de veneración y estima.

Para terminar, una breve referencia a un punto de una declaración jurada de María Grazia Massa, de San Giovanni Rotondo, hija espiritual del Padre Pío desde los primeros años de la llegada de éste a aquella población. La emitió el 23 de agosto de 1977 y fue enviada a la Congregación de los Santos el 3 de marzo de 1980. María Gracia sabía lo que Elvira Serritelli había manifestado a Mons. Maccari en relación al Padre Pío, porque se lo había contado al detalle Marietta Serritelli, hermana de Elvira. Además, al ser llamada a declarar por el Visitador, esté le había preguntado de forma brusca: «¿Usted cree que Elvira y Ángela Serritelli son capaces de calumniar?». En su declaración escribe: «Cuando en confesión le dije (al Padre Pío) todo lo que sabía de la negra calumnia, él me respondió: “Lo sé, lo sé, hija mía. Sé todo. Pero ¿qué me importa si han arrojado fango sobre mi pobre persona durante mi vida y, como consecuencia, después de mi muerte? A mí me basta con salvar almas y ciertas almas”. Entonces comprendí que el venerado Padre, como otro Cristo, era correspondido con amarga ingratitud y con negras calumnias y que él lo aceptaba todo por la salvación de las almas. Me alejé del confesonario más serena y más convencida de la santidad del Padre».

Ante las palabras del Padre Pío: «Lo sé, lo sé, hija mía. Sé todo», una pregunta: ¿Concedió el Señor al Padre Pío conocer con detalle, por medios no humanos, lo que sucedía a su alrededor, aumentando así sus sufrimientos y su asociación a la pasión de Cristo?

Elías Cabodevilla Garde