posted by Unknown on Día a día con el P. Pío
21. El demonio es como un perro rabioso atado a la cadena; no puede
herir a nadie más allá de lo que le permite la cadena. Mantente, pues, lejos.
Si te acercas demasiado, te atrapará.
22. No abandonéis vuestra alma a la tentación, dice el Espíritu Santo,
pues la alegría del corazón es la vida del alma y un tesoro inagotable de
santidad; mientras que la tristeza es la muerte lenta del alma y no es útil
para nada.
23. Nuestro enemigo, provocador de nuestros males, se hace fuerte con
los débiles; pero con aquél que le hace frente con valentía resulta un cobarde.
24. Si conseguimos vencer la tentación, ésta produce el efecto que la
lejía en la ropa sucia.
25. Sufriría mil veces la muerte antes que ofender al Señor
deliberadamente.
26. No se debe volver ni con el pensamiento ni en la confesión a los
pecados ya acusados en confesiones anteriores. Por nuestra contrición Jesús los
ha perdonado en el tribunal de la penitencia. Allí él se ha encontrado ante
nosotros como un acreedor de frente a un deudor insolvente. Con un gesto de
infinita generosidad ha rasgado, ha destruido, las letras de cambio firmadas
por nosotros al pecar, y que no habríamos podido pagar sin la ayuda de su
clemencia divina. Volver sobre aquellas culpas, querer exhumarlas de nuevo con
el solo fin de obtener una vez más el perdón, sólo por la duda de que no hayan
sido verdaderamente y generosamente perdonadas, ¿no habría que considerarlo
como un acto de desconfianza hacia la bondad de la que había dado prueba al destruir
él mismo todo título de la deuda que contrajimos al pecar? Vuelve, si esto
puede ser motivo de consuelo para nuestras almas, vuelve tu pensamiento a las
ofensas infligidas a la justicia, a la sabiduría, a la infinita misericordia de
Dios, pero sólo para derramar sobre ellas las lágrimas redentoras del
arrepentimiento y del amor.
27. En el alboroto de las pasiones y de las situaciones difíciles nos
sostenga en pie la grata esperanza de su inagotable misericordia. Corramos
confiadamente al tribunal de la penitencia donde él con anhelo de padre nos
espera en todo momento; y aún sabiendo que somos insolventes, no dudemos del
perdón que se pronuncia solemnemente sobre nuestros errores. ¡Pongamos sobre
ellos, como la ha puesto el Señor, una piedra sepulcral!...
(Tomado de BUONA
GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del
italiano: Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on El P. Pío sigue cumpliendo su “misión grandísima”:
El
Padre Pío llegó, para un breve tiempo, al convento de capuchinos de San
Giovanni Rotondo el 4 de septiembre de 1916. Días antes, a partir del 27 de
julio, había pasado una semana en aquel convento perdido en las estribaciones
del monte Gargano, a una altura de 600 metros sobre el nivel del mar, para
probar si el clima de montaña le era beneficioso para su salud.
De
entrada, el superior encomendó al Padre Pío la atención espiritual de los “fratrini”, unos 30 muchachos de 12 a 16
años, a los que se educaba con la esperanza de que un día, si confirmaban que esa
era su vocación, ingresaran en la Orden capuchina. A la atención personal a
cada uno, sobre todo como confesor, el Padre Pío unía las conferencias de
formación religiosa dos veces por semana. El interés con el que se dedicó a
esta labor lo podemos deducir de estas frases que escribió a su director
espiritual el 6 de marzo de 1917: «Abrigo
en mi interior un vivo deseo de ofrecerme víctima al Señor por el
perfeccionamiento de este colegio al que amo tan tiernamente y por el cual no
escatimo sacrificios personales... Es verdad que tengo grandes motivos para dar
gracias al Padre Celestial por el cambio a mejor ocurrido en la mayor parte de
estos colegiales, pero todavía no estoy plenamente satisfecho. Jesús me dará
fuerzas para soportar este nuevo sacrificio».
El
Padre Pío muy pronto comenzó a actuar como director espiritual de los terciarios
franciscanos. Su dedicación a ellos, para ofrecerles una formación adecuada y
acompañarles a vivir, en el mundo, la espiritualidad franciscana, tiene, entre
otras muchas, esta sencilla manifestación: las invitaciones que hacía en sus
cartas de dirección espiritual a promover la que hoy llamamos Orden Franciscana
Seglar.
Pero
el celo del Padre Pío por la salvación y santificación de los hombres iba mucho
más lejos, y buscó compaginar las responsabilidades que he citado con un
intenso apostolado hacia afuera. Pronto surgió a su alrededor un grupo de almas
fervorosas, casi todas de San Giovanni Rotondo, a las que atendía personalmente,
mediante la dirección espiritual, y a las que formaba en grupo, por medio de
conferencias espirituales, dadas los jueves y los domingos, días en que los “fratrini” le dejaban más libre.
En
estas tres actividades apostólicas, si para los destinatarios de las mismas
eran importantes las enseñanzas que impartía el Padre Pío, no lo era menos el
ejemplo de coherencia entre lo que decía y lo que vivía que percibían en él. El
padre Manuel de San Marco la Cátola, uno de los “fratrini” que atendió el Padre Pío en San Giovanni Rotondo en estos
años, nos ha dejado este testimonio: «Su
forma de hablar en las conferencias era tan expresiva, tan conmovedora, que
superaba los límites de todo léxico, porque todo cuanto decía le salía de su
misma vida, de su propio corazón. ¡Cómo sabía penetrar en nuestros corazones
cuando nos decía con inefable dulzura que Jesús “era el Camino, la Luz, la
Verdad y la Vida!” ¡Con qué ternura se expresaba cuando llegaba a citar
textualmente las palabras del Señor!».
En
otras palabras, los “fratrini”, los
terciarios franciscanos y las personas de San Giovanni Rotondo que se acercaban
al Padre Pío, encontraban en él un maestro y un testigo de la vida
cristiana.
*** * ***
También
hoy el Padre Pío es buscado como maestro y como testigo de la vida
cristiana. O, quizás mejor, el Padre Pío, cumpliendo la “misión grandísima” que le confió el Señor, sigue convocando a
hombres y mujeres para ofrecerles sus enseñanzas sobre la vida cristiana y para
animarles a la misma con el ejemplo de su vida.
Un
hecho más ha tenido lugar el sábado pasado, día 13 de abril, en Barakaldo (Vizcaya
– España), en los locales de la parroquia Santa Teresa, generosamente cedidos
por don Ernesto, el párroco de la misma.
El
retiro espiritual fue promovido y organizado por los Grupos de Oración del
Padre Pío que se reúnen en Barakaldo, Bermeo y Bilbao, y estuvo abierto a todos
los que quisieron responder a una invitación, hecha con carteles en las
iglesias de estas localidades y también en los medios de comunicación.
Desde
las 10:30 hasta las 19:00, con una interrupción para la comida, en la que
compartimos lo que cada uno había llevado para la misma, un grupo de 30/35
personas -no todos pudieron venir por la mañana y no todos pudieron quedarse
por la tarde- celebramos un encuentro que discurrió en un ambiente muy grato de
oración, de reflexión, de intercambio fraterno, de celebración…
El cartel anunciador del retiro decía: «Padre
Pío hombre de fe»; y nos centramos en algunos de los objetivos que
Benedicto XVI señaló para el Año de la Fe, vistos a la luz de las enseñanzas del
Padre Pío y del modo en que las hizo realidad en su vida.
Es fácil pensar que todos terminamos el
encuentro con el compromiso de seguir pidiendo al Señor el don de la fe: «Señor, auméntanos la fe» (Lc 17,5), y de seguir dando a ese don divino
una respuesta
generosa, que nos acerque más y más -es lo que el Padre Pío pedía al Señor- «a aquella
fe viva que me haga crecer y actuar por solo tu amor».
Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on Día a día con el P. Pío
14. Comprendo que las tentaciones más que purificar el espíritu parece
que lo manchan; pero escuchemos cuál es el lenguaje de los santos; y a este
propósito, os baste saber lo que, entre otros, dice San Francisco de Sales: que
las tentaciones son como el jabón, que, extendido sobre la tela, parece que la
ensucia cuando en realidad la limpia.
15. Vuelvo a inculcaros una vez más la confianza; nada puede temer el
alma que confía en su Señor y que pone en él su esperanza. Aunque el enemigo de
nuestra salvación esté siempre rondándonos para arrancarnos de nuestro corazón
el ancla que debe conducirnos a la salvación, quiero afirmar la confianza en
Dios nuestro Padre: agarremos con fuerza esta ancla y no permitamos nunca que
nos abandone ni un solo instante; de otro modo todo estaría perdido.
16. Oh, ¡qué felicidad en las luchas del espíritu! Basta querer saber
combatir siempre, para salir vencedor con toda seguridad.
17. Estate atenta para no desanimarte nunca al verte rodeada de debilidades
espirituales.
Si Dios te deja caer en alguna debilidad, no es para abandonarte, sino
sólo para afianzarte en la humildad y hacerte más atenta en el futuro.
18. Marchad con sencillez por el camino del Señor y no atormentéis
vuestro espíritu.
Tenéis que odiar vuestros defectos, pero con un odio tranquilo y no
con el que inquieta y quita la paz.
19. La confesión, que es la purificación del alma, hay que hacerla a
más tardar cada ocho días; yo no me puedo resignar a tener a las almas más de
ocho días alejadas de la confesión.
20. El demonio tiene una única puerta para entrar en nuestro espíritu:
la voluntad; no existen puertas secretas.
Nada es pecado si no ha sido cometido por la voluntad. Cuando no entra
en juego la voluntad, no se da el pecado, sino la debilidad humana.
(Tomado de BUONA
GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del
italiano: Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on El P. Pío sigue cumpliendo su “misión grandísima”:
El
Padre Pío de Pietrelcina dijo que quería «ser
solamente un pobre fraile que ora». Y de tal forma hizo realidad este deseo
que Pablo VI pudo llamarle «hombre de
oración». Fueron muchas las horas que dedicó a la oración; y su oración fue,
sin duda, lo que expresó en estas palabras: «el desahogo de nuestro corazón en el de Dios».
Sabemos
que el ser humano lo que vive con autenticidad y pasión lo transmite a otros. Y
el Padre Pío, no sólo invitó a la oración insistente y fundó los Grupos de
Oración que llevan su nombre, presentes hoy en todo el mundo, sino que, además,
enseñó a orar, al igual que Jesús lo enseñó a sus discípulos (Lc 11, 1ss).
El
librito “Buenos días (Un pensamiento para cada día del año)”, en el mes
de febrero, recoge y propone algunas de las enseñanzas del Padre Pío sobre la
oración. Cito aquí algunas: «Cuando nos
ponemos a orar a Dios, busquemos desahogar todo nuestro espíritu. Nuestras
súplicas le cautivan de tal modo que no puede menos de venir en nuestra ayuda»;
«Ora y espera; no te inquietes. La
inquietud no conduce a nada. Dios es misericordioso y escuchará tu oración»;
«Si puedes hablar al Señor en la oración,
háblale, ofrécele tu alabanza; si no puedes hablar por ser inculta, no te
disgustes en los caminos del Señor; detente en la habitación como los
servidores en la corte, y hazle reverencia. El te verá, le gustará tu
presencia, favorecerá tu silencio y en otro momento encontrarás consuelo cuando
él te tome de la mano»; «Todas las
oraciones son buenas, siempre que vayan acompañadas por la recta intención y la
buena voluntad»…
*** * ***
La
editorial LIBROSLIBRES acaba de publicar el libro “PADRE PÍO – ORAR”, fruto de
un trabajo muy laborioso y muy bien hecho de José María Zavala. La Editorial ya
nos había ofrecido, en octubre del 2010, el valioso libro de José María Zavala
“Padre Pío. Los milagros desconocidos del
santo de los estigmas”, que, en poco más de dos años, ha alcanzado la octava
edición y ha sido traducido al italiano y al portugués.
En
“PADRE PÍO – ORAR” es el mismo Padre Pío quien, a lo largo de 181 páginas, nos sigue
enseñando a orar. Pues el trabajo de José María Zavala ha consistido, en un
primer memento, en la selección de textos en los que el Padre Pío habla de la
oración y ofrece óptimos alimentos para esa forma de orar que llamamos
meditación. Además, nos ofrece esos textos agrupados en torno a los elementos
más importantes de la vida cristiana. En el Índice del libro éstos son los
títulos: PERLAS PARA EL ALMA. CONFIANZA EN DIOS. ORACIÓN. AMOR A DIOS. ESPÍRITU
SANTO. TENTACIONES. CONFESIÓN. HUMILDAD. EUCARISTÍA. SUFRIMIENTO. CARIDAD.
APOSTOLADO. MARÍA. ÁNGEL CUSTODIO. ALEGRÍA. DIRECCIÓN ESPIRITUAL. OTRAS PERLAS.
La
conocida frase del Padre Pío: «Con el
estudio de los libros se busca a Dios, con la meditación se le encuentra»,
permite establecer una complementariedad muy rica entre los dos libros de José
María Zavala. El primero, al recoger las obras que el Señor realizó y sigue
realizando por medio del Padre Pío, ha ayudado y está ayudando a muchos a buscar
a Dios. Al segundo, que ofrece, con palabras textuales del Padre Pío, óptimos
alimentos para la meditación, le deseo que ayude a muchos a encontrar
a Dios.
Elías
Cabodevilla Garde
posted by Unknown on El P. Pío místico y apóstol
Al
inicio del escrito anterior de esta etiqueta de la página web, después de
afirmar que para Cristo fueron muy dolorosos los azotes, la coronación de
espinas, el peso de la cruz, los clavos…, y que lo fueron muchos más los insultos,
las bofetadas, los salivazos…, escribí: «Y
más todavía: el beso traidor de Judas, las negaciones de Pedro, el abandono de
los suyos…».
Cierto que, para el Padre Pío de Pietrelcina, las cinco llagas de Cristo
crucificado en su cuerpo no fueron un “artículo de lujo”, como él lo recalcó en
cierta ocasión, sino, al igual que los otros sufrimientos físicos, fuente de dolores
agudísimos y constantes. Sin duda, le resultaron mucho más dolorosos los
sufrimientos morales. A estos y a aquellos me he referido en los escritos
anteriores. Y no cabe duda de que los que hirieron más profundamente su
espíritu fueron los causados por sus hermanos en religión. Lo dejó muy claro
cuando, ante las palabras de monseñor Mario Schierano, juez del Tribunal
Supremo de la Signatura Apostólica: «Padre,
he visto en los periódicos que se han atrevido a poner micrófonos en su
confesonario», afirmó: «¡Sí, sí! A
tanto han llegado, Monseñor».
Con profundo dolor, porque querría que nunca hubiese sucedido, y sabiendo
que piso un terreno muy delicado, entre otros motivos porque algunos de los
hechos a los que me tengo que referir se realizaron con engaño y bajo capa de
virtud cuando los fines que se buscaban eran inconfesables, intentaré quedarme
en lo que, después de detenido estudio de las muchas informaciones, no sólo
diversas entre sí, sino con frecuencia contradictorias, juzgo verdadero.
Los primeros sufrimientos causados por sus hermanos en religión, con los
que el Señor asoció al Padre Pío a la pasión de Cristo, tuvieron lugar en los
años en los que Fraile capuchino, sin duda por un designio misterioso del
Señor, tuvo que vivir en su pueblo natal de Pietrelcina, fuera del convento y
alejado de la vida de comunidad. En esta etapa, no se puede poner malicia o
falta de reflexión y de discernimiento en el que los motivó: el padre Benedicto
en San Marco in Lamis, Superior provincial de los capuchinos y uno de los dos Directores
espirituales del Padre Pío. Un libro, muy bien documentado, del escritor
italiano Donato Calabrese lleva por título: “Padre Pío –Siete años de misterio en Pietrelcina – 1909-1916”. Y es
en ese clima de “misterio” en el que hay que colocar las actuaciones del padre
Benedicto. Me voy a referir a tres.
1ª. El
Padre Pío, a quien los médicos habían presagiado una muerte prematura, deseaba celebrar
al menos una vez la santa misa. Las normas de la Iglesia exigían la
edad de 24 años para acceder al sacerdocio. Pero el Padre Pío sabía bien que la
Iglesia podía y solía dispensar de este impedimento si se daba justa causa para
ello. Y no dejó de implicar al que podía solicitar esa dispensa. Al fin, el 6
de julio de 1910 le llegó del padre Benedicto la comunicación de que se había
obtenido la dispensa y de que la ordenación sacerdotal podría tener lugar hacia
el 10 ó 12 de agosto. Pero el sufrimiento del Padre Pío a causa de la actitud
pasiva o de la lentitud al actuar del Padre Benedicto lo podemos deducir de
estos escritos:
- En la primera carta del Padre Pío al padre Benedicto
que recoge el “Epistolario”, de 22 de
enero de 1910, leemos: «Muchas personas…
me han asegurado que si usted pide la dispensa para mi ordenación, exponiendo
el estado de mi salud, todo se conseguiría».
- Es fácil pensar que, en el
lamento del Padre Pío en su carta siguiente, del 14 de marzo, hay un velado
reproche a la actitud pasiva del padre Benedicto en algo que tanto interesaba a
su Dirigido espiritual: «No puedo
ocultarle… mi desánimo al ver que han quedado en el vacío algunas de mis esperanzas
que, de cara al futuro, me garantizaban un alivio. Casi me arrepiento de
haberlas esperado inútilmente. Pero ¡que se cumpla la voluntad del Señor!».
- La información que el Padre
Pío ofrece el padre Benedicto en la carta siguiente, de 26 de mayo, ¿no querrá
ser un recordatorio de lo que busca con tanta ilusión? Le escribe: «En los días en los que he estado un poco
mejor de salud, también para distraerme un poco, he recibido alguna lección de
moral del sacerdote que es mi confesor. ¿Lo aprueba usted?».
- Y en la carta siguiente, del
1 de junio, insiste de nuevo: «Además
estoy bastante desanimado por no haber recibido, no sólo lo que por caridad le
pedía en mi última, sino ni siquiera una breve respuesta».
2ª. El Padre Pío, sacerdote desde el día
10 de agosto de 1910, deseaba vivamente ejercer el ministerio del
confesonario para
administrar a los fieles el perdón de los pecados y la gracia renovadora que
Dios da en el sacramento de la confesión y para cumplir, también de este modo,
la “misión grandísima” que el Señor
le había confiado. Para hacerlo necesitaba la licencia o del Obispo o de su Superior
provincial. El Padre Pío usó todos los medios a su alcance para conseguirla. Pero
el padre Benedicto, seguro que sin pretenderlo, fue de nuevo el causante de un
doloroso sufrimiento para su Dirigido espiritual, sufrimiento que terminó en
fecha que desconocemos, pero posterior al 9 de abril de 1913 y probablemente
anterior al 12 de mayo de 1914. Y esto porque, en la de 9 de abril, el padre
Agustín le escribe al Padre Pío: «En
cuanto a la autorización para confesar parece que él (padre Benedicto) estaría dispuesto, pero querría una prueba
de tus conocimientos de teología moral». Y es probable que haya que incluir al Padre Pío en el grupo de
confesores, cuando, en la carta del 12 de mayo, refiriéndose a la visita del Arzobispo
Bonazzi para administrar la confirmación a unos cuatrocientas cincuenta
personas, grandes y pequeños, escribe al padre Agustín: «Imaginará cómo hemos estado todos muy
ocupados en las confesiones y en la instrucción a los mayores para prepararlos
bien a recibir el sacramento de la confirmación».
- El Padre Pío, primero en fecha que
desconocemos y, después, antes del jueves santo de 1911, el 2 de mayo de 1912,
el 13 de febrero y el 15 de marzo de 1913, siempre desde Pietrelcina, se
dirigió por escrito al padre Benedicto para suplicarle las licencias para
confesar. Ante las negativas que iba recibiendo, el Padre Pío fue suavizando su
petición y pidiendo licencias parciales: para confesar el jueves santo porque
se lo había indicado el párroco, para confesar a solo hombres, para confesar a
enfermos...; incluso acudió a los buenos servicios de su segundo Director
espiritual, el padre Agustín, para que mediara ante el padre Benedicto. Es
fácil descubrir el largo y doloroso calvario del Padre Pío, a causa de no poder
confesar, en la frase que escribió al padre Agustín, el 18 de mayo de 1913, a
los dos días de recibir la del padre Benedicto que luego se cita: «Por el
tema de la confesión no se preocupe ya más; deje de sufrir por mi causa en este
asunto».
- Al padre Benedicto, en estos años Superior provincial y Director
espiritual del Padre Pío, le resultaba, al parecer, difícil manifestar toda la
verdad a su súbdito y Dirigido espiritual. En carta del 12 de abril de 1911,
como motivo para la respuesta negativa, le adujo que el confesonario le sería
nocivo para la salud y quizás también para la paz de su alma. El 4 de marzo de
1912 se atrevió a añadir a la motivación ya citada de la salud la de no haber
estudiado regularmente, con la ayuda del profesor, la teología moral. Y, por
fin, el 16 de marzo de 1913 le indicó claramente que no le constaba su
capacitación científica en teología moral y le invitó a someterse a un examen
de idoneidad, asegurándole que, si lo superaba, le daría la licencia, al menos
para confesar a enfermos.
3ª.
Un sencillo cambio en el título del libro antes citado nos permitiría escribir
una gran verdad: “Padre Pío – Siete años de sufrimiento en
Pietrelcina – 1909-1916”. Y sufrimiento por un motivo distinto a los ya
indicados.
- Para los Capuchinos de la Provincia
del Padre Pío, y también para los Superiores provincial y general de la Orden, era
muy lógico este modo de pensar: Si Dios quiere al Padre Pío en la Orden
capuchina, lo querrá viviendo en el convento; si no lo quiere en el convento,
es porque no lo quiere capuchino. Pero era el Señor el que quería al capuchino
Padre Pío durante casi siete años fuera del convento. Y, como consecuencia, aquí
tenemos otro motivo de dolorosísimo sufrimiento para el Fraile de Pietrelcina. Y,
de nuevo, el principal causante es el padre Benedicto, y, en este caso, por querer
cumplir con fidelidad una de sus obligaciones de Superior provincial.
- El largo espacio de tiempo de casi siete años
permite muchas reflexiones, consultas y actuaciones, y los detalles de las
mismas ocuparían demasiado espacio en este escrito. Señalaré lo más importante:
- 1º. En relación al Padre Pío:
ü
El
futuro Padre Pío, en la búsqueda de su vocación, había descubierto, ya de niño,
lo que manifestaría más tarde, en noviembre de 1922, a Nina Campanile: «¿Dónde, Señor, podré servirte mejor que en la vida religiosa y bajo la
bandera del Pobrecillo de Asís?». Pero, en
mayo de 1909, a los pocos años de abrazar la vida capuchina, aconsejado
por los médicos, tiene que abandonar el convento y marchar a su pueblo natal,
Pietrelcina, con la esperanza de que los aires de su tierra natal pudieran
curar o, al menos, aliviar su
enfermedad. Una enfermedad que hacía que el estómago del joven religioso no
lograra retener ni siquiera el agua, que las toses y los dolores de
tórax y de espalda fueran continuos, que la fiebre subiera tanto que rompía los
termómetros al intentar medírsela… Una enfermedad que, a juicio del doctor
Francisco Nardacchione, era una «Bronquitis
alveolar del vértice pulmonar izquierdo»; en el dictamen del doctor Ernesto
Bruschino resultaba una «Infiltración
específica de ambos vértices pulmonares» o, con otras palabras,
tuberculosis; en la revisión militar, cuando el Padre Pío fue llamado a filas,
se consideró: «Infiltración en los dos
vértices pulmonares»; y a juicio del doctor Andrés Cardone, harto de darle
remedios y medicinas: «¡No te entiendo!
¡No sé qué hacer contigo!».
ü
El Padre Pío deseaba vivamente la vida conventual,
como le correspondía por su vocación de religioso. Ignoraba, al menos el 26 de
mayo de 1910, qué es lo que Dios quería de él en esa situación, pues afirmó: «Ignoro la causa de todo esto. Y en silencio
adoro y beso la mano de aquel que me hiere». Más aún, cuando, más adelante,
supo la razón por la que el Señor le quería fuera del convento, no podía
descubrirla ni siquiera a su Superior
provincial y Director espiritual. Así se lo dijo al padre Agustín, que le había
suplicado que manifestara al padre Benedicto el secreto de su enfermedad: «Padre, ¡no puedo decirle la razón por la que
el Señor me ha querido en Pietrelcina; faltaría a la caridad!».
ü
¿Atrevimiento inusitado el del padre Agustín?
Aun conociendo la prohibición tajante que pesaba sobre el Padre Pío, en carta
de 7 de mayo de 1913, escribió a su Dirigido espiritual: «Creo que debes pedir insistentemente aquella gracia que nosotros
sabemos, aunque la Madrecita parece contraria a ello». Aunque no son cosas
muy distintas, no se puede precisar si la gracia que el Padre Pío debía pedir
era la de poder regresar al convento o la de poder manifestar al padre
Benedicto por qué y para qué lo quería el Señor fuera del mismo. Lo acaecido al
Capuchino lo podemos calificar de catastrófico. Lo cuenta así, el 18 de mayo,
al padre Agustín: «Al
recibir la última carta, quise presentar a la Madrecita la gracia que repetidas
veces me has mandado que le pidiera, esperando conseguirla en esta ocasión al
hacerlo por un camino distinto: el de la obediencia. Por desgracia, debo
confesar para confusión mía que el fruto deseado no se ha conseguido, porque
esta Madre santa montó en cólera ante mi atrevimiento de pedirle de nuevo la
dicha gracia, que severamente ya me había prohibido. Esta mi involuntaria
desobediencia la he tenido que pagar a muy caro precio. Desde aquel día se
alejó de mí al igual que los otros personajes celestes».
ü
A la cruz de tener que vivir fuera del claustro,
muy dolorosa para el Padre Pío, se fueron añadiendo otras muchas:
§
Fueron constantes las llamadas del padre
Benedicto y del padre Agustín a regresar a la vida conventual y repetidos los
mandatos del padre Benedicto a marchar a uno de los conventos de la Provincia:
Morcone, Venafro, San Marco la Catola…; y esto a pesar de que el Señor daba
señales claras de que su plan era otro: en cuanto el Padre Pío pisaba un
convento, la enfermedad se agravaba de tal forma que, para evitar el desenlace
final, el Superior de la comunidad se tenía que apresurar a llevarlo a
Pietrelcina.
§
Se le echó en cara su incapacidad para conocer
los planes de Dios, como en esta carta del padre Benedicto de 14 de julio de
1910: «El padre Agustín es el encargado
de llevarte a Morcone… Repito que la verdad la digo yo, que hablo con toda mi
autoridad, y no tu pensamiento que, ofuscado como está por las tinieblas del
enemigo, es incapaz de conocer las cosas como están en realidad delante de Dios».
§
A pesar de viajar al convento que le señalaba el
Superior provincial en cuanto recibía el mandato de hacerlo, se le acusó de
desobediencia, como queda claro en esta carta del padre Benedicto del 4 de
octubre de 1921: «Cuando se os escribe
como superior y director espiritual, debe oír con reverencia e interior
sumisión lo que se le dice y no razonar por cuenta propia… Pero usted no quiere
someterse a este parecer mío y hace mal. Espero, por lo demás, que sea la
última vez que no se somete a mis indicaciones».
§
Supo que el Superior provincial planeaba iniciar
los trámites para que dejara la Orden capuchina y se incorporara como sacerdote
a la diócesis de Benevento. ¿Cómo reaccionó el Padre Pío? En los días que, por
mandato del padre Benedicto, pasó en el convento de Venafro, desde finales de
octubre al 7 de diciembre de 1911, casi todos postrado en cama y 21 de ellos
sin probar alimento, fuera de la comunión, en uno de sus muchos éxtasis, el
padre Agustín pudo escucharle las palabras que dirigía a san Francisco y a
Jesús: «¡Padre mío! ¿Me vas a despachar
de la Orden? ¡Por caridad, hazme antes morir! ¡Oh seráfico padre mío! ¿Pero me
vas a despachar tú de tu Orden? ¿No voy yo a ser más tu hijo? La primera vez
que te me apareciste, padre san Francisco, me dijiste que debía ir a aquella
tierra de destierro. ¡Ah, padre mío! ¿Es voluntad de Dios? ¡Pues hágase! ¡Fiat!
Pero, ¡Jesús mío, ayúdame! ¿Y cuál va a ser la señal de que tú me quieres allá?
¡Diré la misa! Pues entonces, Jesús mío, recibe mi acción de gracias». Y
esa prueba la tuvo. El día 7 de diciembre, ante su enfermedad agravada, dejó
Venafro y, acompañado por el padre Agustín, viajó a Pietrelcina. Al día siguiente,
fiesta de la Inmaculada, celebró la misa solemne parroquial «como si nada hubiera sufrido» los días
anteriores.
§
Durante más de cuatro años pesó sobre el Padre
Pío la amenaza de tener que dejar la Orden capuchina y pasar al clero diocesano.
El asunto fue a Roma, al Superior general de la Orden capuchina. Aunque no se
conserva el escrito del padre Benedicto a su Dirigido espiritual, en él se le
informaba del parecer del mencionado Superior general. La consecuencia la
tenemos en la carta del Padre Pío a su Director spiritual, de 20 de diciembre
de 1913. En ella le dice: «Usted que me
conoce a fondo… puede imaginar con qué gozo volvería al convento, pero, como mi
enfermedad se va agravando cada día, sería un peso y un estorbo para la
comunidad». Y después añade: «Por
eso, teniendo presente la suya de 28 de mayo, en la que me decía que “el padre
General ya desde el año pasado ve mal una permanencia tan larga en el mundo y
que, aunque todo lo que yo le dije fue para defenderte, no se convence y
responde: Es mejor entonces que se haga sacerdote secular pidiendo el breve.
Por otra parte, porque tan larga duración excede mi competencia y es necesario
regularizarla”, me he decidido a pedir el breve, reconociendo en la voz del
superior la voz de Dios. Usted puede comprender con qué desgarro de mi alma me
veo obligado a dar este paso; pero la necesidad me obliga y lo haga también por
su tranquilidad y la mía».
§
¿Por qué no se tramitó ante la Santa Sede la
petición del Padre Pío? Lo cierto es que, en mayo de 1914, la Orden capuchina
celebró su capítulo general, que eligió para Superior general al padre Venancio
de Lisle-en-Rigault. A la información que, sin duda, le ofreció el padre
Benedicto en esa ocasión se unió la que habría recogido durante la visita que
realizó a la Provincia capuchina de Foggia. Su parecer fue el que el padre
Agustín, informado por el padre Benedicto, se apresuró a comunicar al Padre Pío
en carta del 6 de diciembre de 1914: «El
padre General le ha dado la siguiente respuesta: “Ya que es la voluntad de
Dios, pues que así sea. Le obtendremos el Breve ad tempus, habitu retento y que
el buen padre siga rogando por la Orden, a la que pude seguir perteneciendo”».
El 25 de febrero de 1915 la Santa Sede concedía al Padre Pío «la solicitada facultad de permanecer fuera
del claustro, mientras lo exija la necesidad, pudiendo vestir el hábito regular».
Y días después, el 7 de marzo, el padre Benedicto la comunicaba a su Dirigido
espiritual.
§
El 17 de febrero de 1916, cuando la enfermedad
se lo permitió -tendremos que decir: cuando estaba en el proyecto del Señor-,
el Padre Pío viajó a Foggia con la idea de visitar a Rafaelina Cerase, a la que
había orientado espiritualmente durante dos años por carta. A Rafaelina el
cáncer la había colocado ya a las puertas de la muerte y el Padre Pío deseaba
responder a las repetidas peticiones de quien deseaba, además de conocer
personalmente a su Director espiritual, confesarse al menos una vez con él. Pero
fue un viaje sin retorno. Al encontrarse con el padre Benedicto, que hacía la
visita canónica al convento de Foggia, éste le mandó que, «vivo o muerto», se quedara en el convento de esa ciudad. Días
después, el 25 de marzo, falleció Rafaelina, cuando contaba 48 años de edad.
- 2º. En esta larga historia, los sufrimientos no fueron sólo
para el Padre Pío. Los padecieron también, entre otros, el padre Benedicto y el
padre Agustín.
ü
Puede ser suficiente la lectura de lo escrito
por el padre Agustín al Padre Pío el 13 de mayo de 1914: «Nosotros, pobres superiores, no sabemos cómo proceder en tu caso. Yo
adoro los proyectos de Dios. Pero ¿por qué, hijo mío, han de estar lo
superiores sumidos en la oscuridad en lo que se refiere a tu destino? ¿No nos
será lícito saber algo? El provincial me ha dicho que, al regreso de Roma, desea
visitarte. Por caridad, dile a Jesús que te conceda informar de todo al
superior».
ü
Posiblemente porque el plazo de tiempo que había
previsto se iba prolongando, al padre Benedicto le asaltaban unas dudas, que
quedan bien reflejadas en las cartas que escribió al Padre Pío. En la primera
que recoge el “Epistolario”, de 2 de
enero de 1910, le dice: «Si experimenta
una notable mejoría en su salud, al respirar los aires de su tierra, ¡siga ahí!».
Pero meses más tarde, el 27 de julio, le escribe: «Y ahora ¿cómo está? Me disgusta, pero adoro los altos planes de Dios
que, ciertamente por inefable piedad, no le permite vivir en el convento, a
donde él mismo, con tanta dignación, le llamaba». Y un año más tarde, en la
de 5 de septiembre de 1911: «¿Cuándo
volveré a verte en el convento? Si la estancia en tu casa no te cura, te
llamaré a la sombra de san Francisco. Aun en el caso de que el Señor te quiera
llamar a la gloria, es mejor que mueras en el convento a donde él te llamó».
ü
Las del padre Benedicto, compartidas también por
el padre Agustín, son dudas muy lógicas, que explican su modo de actuar con su Dirigido
espiritual y que, aun siendo ellos los instrumentos de los que el Señor se sirvió
para asociar al Padre Pío a la pasión de Cristo, quedan libres de toda responsabilidad.
Es fácil pensar que se preguntaron: ¿Puede querer el Señor que sus proyectos en
el Padre Pío queden ocultos a su Superior provincial y a sus Directores
espirituales, como les manifestaba su Dirigido? ¿No habrá una causa psicológica
en el hecho de que, nada más pisar un convento, se agrave la enfermedad del
Padre Pío y que, como sucedió en diciembre de 1911, al día siguiente de
abandonar el de Venafro, donde la enfermedad le había retenido en cama unos 40
días, 21 de ellos sin tomar alimento, celebre la misa solemne de la Inmaculada
en la parroquia de Pietrelcina «como si
nada hubiera sufrido» los días anteriores? Si el Padre Pío, en sus cartas,
les hablaba con tanta frecuencia de los asaltos, incluso físicos, de los
demonios y les decía que el demonio le impedía manifestar sus cosas al confesor
y hacía que cartas del Director espiritual le llegaran en blanco o emborronadas
de tinta y…, ¿su permanencia fuera del convento no sería cosa del maligno y no
de Dios?
Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on Día a día con el P. Pío
7. Pon fin a estas aprensiones sin sentido. Recuerda que la culpa no
está en el sentimiento sino en el consentir a tales sentimientos. Sólo la
voluntad que actúa libremente es capaz del bien y del mal. Pero cuando la
voluntad gime bajo la prueba del tentador y no quiere aquello que se le
presenta, allí no sólo no hay culpa sino que hay virtud.
8. Que no te asusten las tentaciones; son la prueba a la que Dios
somete al alma cuando la ve con las fuerzas necesarias para mantener el combate
y para ir tejiendo con sus propias manos la corona de la gloria.
Hasta ahora tu virtud ha sido de niña; ahora el Señor quiere tratarte
como a adulta. Y porque las pruebas de la vida adulta son muy superiores a las
de quien todavía es un niño, por eso al comienzo te encuentras desorganizada;
pero la vida del alma adquirirá la calma y tú recobrarás la quietud. Ten
paciencia por un poco más de tiempo; todo será para tu bien.
9. Las tentaciones contra la fe y la pureza son mercancía que ofrece
el enemigo; pero no hay que tenerle miedo sino despreciarlo. Mientras siga
alborotando, es señal de que todavía no se ha apoderado de la voluntad.
Tú no te desasosiegues por lo que estás experimentando de parte de
este ángel rebelde; que tu voluntad se mantenga siempre contraria a estas
instigaciones, y vive tranquila que ahí no hay culpa sino complacencia de Dios
y ganancia para tu alma.
10. A él debes recurrir en los asaltos del enemigo, en él debes poner
tu esperanza, y de él debes esperar todo bien. No te detengas voluntariamente
en aquello que el enemigo te presenta. Recuerda que vence el que huye; y tú,
ante los primeros movimientos de aversión hacia aquellas personas, debes
apartar el pensamiento y recurrir a Dios. Dobla tu rodilla ante él y con
grandísima humildad repite esta breve súplica: “Ten misericordia de mí, que soy
una pobre enferma”. Después levántate y con santa indiferencia continúa en tus
asuntos.
11. Ten por cierto que cuanto más crecen los asaltos del enemigo tanto
más cerca del alma está Dios. Piensa y compenétrate bien de esta verdad cierta
y reconfortante.
12. Anímate y no temas las obscuras iras de Lucifer. Métete esto en la
cabeza para siempre: es una buena señal que el enemigo alborote y ruja en torno
a tu voluntad, porque esto demuestra que él no está dentro.
¡Ánimo!, mi queridísima hija. Pronuncio esta palabra con gran
sentimiento y, en Jesús, te repito: ¡ánimo!; no hay que temer mientras podamos
decir con decisión, aunque sea sin sentirlo: ¡Viva Jesús!
13. Ten por seguro que cuanto más grata es un alma a Dios más tiene
que ser probada. Por eso, ¡valor! y ¡siempre adelante!
(Tomado de BUONA
GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del
italiano: Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on El P. Pío sigue cumpliendo su “misión grandísima”:
El
Padre Pío de Pietrelcina, convencido -lo solía repetir- de que «el Corazón de Jesús nos ha llamado no sólo
para nuestra santificación, sino también para la santificación de otras almas»,
y de que esa santificación depende en gran medida de la formación religiosa que
se les ofrece, no perdía ocasión de ofrecer los mensajes del Evangelio y de encargar
a otros que lo hicieran.
- Lo encargó en primer lugar a las
Congregaciones religiosas a las que fue llamando a San Giovanni Rotondo para
que abrieran y atendieran escuelas y centros de enseñanza: las Hermanas
Franciscanas de Ozzano, las Terciarias Capuchinas del Sagrado Corazón, las
Hermanas de la Inmaculada de Pietradefussi y los Terciarios Capuchinos.
- Lo encargó a los médicos en relación a los
enfermos: «Tenéis la misión de curar al enfermo; pero si
no lleváis amor al lecho del enfermo, no creo que las medicinas sirvan de
mucho... El amor no os puede hacer prescindir de la palabra. ¿Cómo podríais
manifestarlo si no es con palabras que consuelen espiritualmente al enfermo?».
- Lo encargó a los periodistas: «¡Estate atento, periodista! Reflexiona
sobre lo que escribes, porque el Señor te pedirá cuentas de ello».
- Lo encargó con insistencia especial a los padres:
«El Señor os dé hijos y después la gracia
de orientarlos por el camino del cielo». «Ponga en solo Dios todas sus preocupaciones, pues él tiene cuidado
especialísimo de usted y de esos tres angelitos de hijos con que la ha querido
adornar... Preocúpese siempre de su educación, no tanto científica cuanto
moral. Téngalos en su corazón y quiéralos más que a las niñas de sus ojos. A la
educación de la mente, mediante buenos estudios, procure unir siempre la
educación del corazón y de nuestra santa religión; aquélla sin ésta, mi buena
señora, causa una herida mortal al corazón humano».
- Lo encargó a las personas que
consideraba preparadas para impartir catequesis y formación religiosa: «Sí, bendigo de corazón la obra de dar
catequesis a los niños, que son las florecillas predilectas de Jesús. Bendigo
también el celo por las obras misioneras». «Apruebo que te dediques a ganar almas para Jesús, enseñándoles el modo
de agradarle».
*** ****
El Padre Pío ¿sigue confiando hoy el encargo de anunciar el Evangelio?
Veamos esta historia.
Era el mes de octubre del año 2005. A Amparo García Galindo, de
Segovia (España), en un momento difícil a nivel personal, le había impactado
mucho la película “Padre Pío”, que
Telecinco había emitido en Semana Santa. A partir de ese momento se dedicó con
avidez a buscar información sobre este Fraile totalmente desconocido para ella.
Su hermana María lo recuerda así: «Yo
observaba que lo único que le interesaba, la entretenía y la calmaba un poco
era leer y hablarme del Padre Pío. Así que yo, desesperada por no saber ya de
qué manera ayudarla, se me ocurrió darle la sorpresa de regalarle un viaje a
Italia para que fuéramos a ver a ese tal Padre Pío». Y, en el viaje, hubo
cosas no fáciles de explicar si el Padre Pío o su ángel custodio no andaban de
por medio. Ellas, Amparo y María, lo recuerdan y nos lo cuentan así:
«Era la primera vez que salíamos
de España. No sabíamos italiano. Cuando bajamos del avión que nos llevó de
Madrid a Bari, ya había oscurecido. Nos dieron el coche que habíamos alquilado
desde España y, como guiadas por el mejor GPS, en pocas horas estábamos en el
hotel de San Giovanni Rotondo, después de recorrer unos 150 kilómetros. Una
indisposición de María, que le exigió guardar cama, nos obligó a renunciar al
recorrido turístico que habíamos programado para después de visitar los lugares
del Santo capuchino y de rezar ante su tumba. Creemos que fue un “capricho” del
Padre Pío, que quiso hacer “su obra” en nosotras, porque nos lo manifestó con
bastante claridad. Yo, Amparo, además de cuidar de María, pude visitar, y
repetidas veces, los lugares donde él vivió y ejerció el ministerio sacerdotal.
Recé con calma ante su tumba. Me encontré con la señorita encargada de los
peregrinos de lengua española, que me atendió y orientó divinamente. Y, de no
haber sido por la indisposición de María, no habríamos conocido al capuchino
español que desde entonces es nuestro director espiritual. Colaboraba durante
todo el año, excepto en los meses de invierno, en los que, por razón del clima,
desciende considerablemente el número de los que llegan a San Giovanni Rotondo,
en la atención pastoral de los peregrinos de lengua española. Precisamente en
el día que íbamos a pasar en San Giovanni Rotondo les habían organizado, a él y
a los otros Capuchinos extranjeros que realizaban la misma labor, la visita a
los conventos donde había vivido el Padre Pío. Los días siguientes nos dedicó
todo su tiempo libre, nos fue presentando la vida y la espiritualidad del Padre
Pío y nos sacó hermosas fotografías que guardamos como inolvidable recuerdo.
¿De nuevo el Padre Pío? A María, que no pudo tomar ningún alimento en los tres
días que estuvimos en San Giovanni Rotondo, nada más subir al avión que nos
traía de Bari a Madrid, se le abrió el apetito y se comió la cena de las dos,
que sirvieron durante el vuelo».
Para Amparo éste es el cuarto curso como profesora de religión. Las
clases las imparte en el Instituto de Estudios Secundarios (I.E.S.) “Peñalara” de La Granja de San
Ildelfonso, y en los Centros de Estudios Secundarios (C.E.S.)… “La Sierra” de Pardena y
“El Mirador de la Sierra” de Villacastín, todos en la provincia de Segovia, con
un total de 180 alumnos. Para éstos es casi lo mismo decir Amparo que decir Padre
Pío. Tanto que los nuevos alumnos, si ella no se adelanta a decirlo, le preguntan
cuándo las clases van a girar en torno al Padre Pío y para cuándo el regalo de
los rosarios del Padre Pío, bendecidos por su director espiritual.
Para María éste es el tercer curso. Enseña en el Instituto de
Enseñanza Secundaria (I.E.S.) “Vega del Pirón” de Carbonero (Segovia). Tiene unos 200 alumnos, que
van, al igual que los de Amparo, desde el primer curso de la ESO hasta el
primer curso de Bachillerato. Con menos atrevimiento que su hermana Amparo,
pero, tal como van las cosas, muy pronto para sus alumnos va a ser casi lo
mismo decir María que decir Padre Pío.
Elías Cabodevilla Garde


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