posted by Unknown on El P. Pío sigue cumpliendo su “misión grandísima”:
El
Padre Pío de Pietrelcina, al menos en los primeros años de su sacerdocio, unió,
al acompañamiento espiritual personal, el apostolado en grupo, para, de este
modo, promover la formación religiosa e impulsar a la vida cristiana, a la
santidad, al apostolado… Lo hizo en los años que, por un designio misterioso
del Señor, tuvo que pasar en Pietrelcina, fuera de un convento capuchino (1909 -
1916), aunque las posibilidades no fueron muchas. También en los pocos meses
que residió en el convento capuchino de Santa Ana de Foggia (17 de febrero - 4
de septiembre de 1916), con las limitaciones de una salud endeble y de un calor
sofocante en los meses del verano. Y principalmente en San Giovanni Rotondo, a
donde llegó al abandonar Foggia, al menos hasta que, divulgada la noticia de
los estigmas del Crucificado en su cuerpo, aumentó el número de
los que acudían a él para participar en su Misa, pedir su consejo y sus oraciones
y celebrar con él el sacramento de la confesión.
*** * ***
El
Padre Pío sigue hoy promoviendo la formación religiosa e impulsando a la
santidad, al apostolado... Lo hizo, por ejemplo, el pasado sábado, día 18 de mayo,
en Madrid.
Promovido
por los jóvenes que participan y se responsabilizan del Grupo de Oración del Padre Pío que se
reúne, dos veces al mes, en la parroquia de Nuestra Señora de Caná de Pozuelo
de Alarcón (Madrid), se celebró un día de retiro espiritual en el convento de
Capuchinos de Jesús de Medinaceli, que, además de la hermosa estatua en bronce
de San Pío del escultor italiano Arrighini, tiene, en un relicario sencillo
pero muy digno, un jersey usado por el Santo de Pietrelcina, con el
correspondiente documento de autenticidad.
Un
grupo de 20 devotos del Padre Pío, desde las 10:30 de la mañana hasta las 6:30
de la tarde, en un clima fraterno de oración y de estudio, reflexionaron, en
dos momentos del retiro, en los objetivos que propuso el papa Benedicto XVI
para el Año de la Fe y en la acción iluminadora y santificadora del Espíritu Santo,
pues era la víspera de Pentecostés. Siempre, a la luz de los ejemplos y de las enseñanzas del Santo capuchino.
Como
el objetivo principal del día era avanzar en el conocimiento de la
espiritualidad del Padre Pío, para vivirla y promoverla, el Grupo dedicó la
mayor parte del día a este objetivo y se sirvió para ello de los DVD: “El Padre Pío un hombres que ora” y “Benedicto XVI peregrino”. El primero
presenta con acierto la vida, el apostolado y los rasgos más llamativos de la
espiritualidad del Santo capuchino. Y el segundo recoge el viaje pastoral que
Benedicto XVI realizó a San Giovanni Rotondo el 21de junio del 2009, y ofrece
lo más importante de los mensajes que fue dejando en sus cuatro intervenciones
habladas: la homilía de la Eucaristía, las palabras antes del rezo del Ángelus,
el discurso ante el hospital “Casa Alivio
del Sufrimiento” para el personal sanitario que lo atiende y para los
enfermos, y el discurso en la monumental iglesia de San Pío para los sacerdotes
y religiosos y para los jóvenes.
El
retiro terminó con la celebración de la Eucaristía, en la capilla, recogida y
silenciosa, en la que los religiosos capuchinos de Jesús de Medinaceli tienen
sus encuentros diarios de oración, que, como se ve en la fotografía, está
presidida por un hermoso cuadro de la Inmaculada.
Al
final del día, el deseo de todos los participantes era claro: que este retiro
espiritual sea el primero de otros, en los que el Padre Pío siga impulsando a
muchos a la santidad, al apostolado…
Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on Aprendemos del P. Pío
«Celebraba la Misa humildemente»
(Pablo VI)
Para
Jesús, la institución de la Eucaristía fue la prueba de que, para cumplir la
voluntad de Dios Padre, «habiendo amado a
los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). La Eucaristía fue y es un pan
que, transformado por las palabras de Jesús, repetidas después por los sacerdotes,
fue y es «mi cuerpo que se entrega por
vosotros» (Lc 22, 19). Fue y es
un cáliz, lleno de un vino que, consagrado por Jesús, y a lo largo de los siglos por los sacerdotes, fue y es «la nueva alianza en
mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22, 20). Por lo mismo, anticipo y renovación del sacrificio de
Cristo en la cruz.
Quien pueda cumplir y cumpla el mandato de Jesús:
«haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19), se verá llamado a ser cuerpo
entregado y sangre derramada por la salvación de sus hermanos.
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- ---
El
Padre Pío deseó ardientemente ser sacerdote, sobre todo para renovar, en la santa
Misa, el sacrificio de Cristo en la cruz. Recibió la ordenación sacerdotal el
10 de agosto de 1910 y murió el 23 de septiembre de 1968. Pudo, pues, celebrar
la santa Misa durante algo más de 58 años.
La
Misa del Padre Pío, desde las primeras que celebró en su pueblo natal, Pietrelcina,
era muy larga. Su amigo y paisano, también sacerdote, don Orlando, escribe en
su Diario: «Su Misa era tan larga que las gentes la evitaban; estando
pendientes como estaban de los trabajos del campo, no podían permanecer durante
tantas horas en la iglesia, en oración, como él». Don Alejandro Lingua, que
asistió, un día cualquiera, en San Giovanni Rotondo, a la Misa del Padre Pío,
escribe así: «Da principio la santa Misa que dura exactamente una hora y
tres cuartos... ». En los años en que tuvo que celebrar en privado, pocas
veces duraba menos de tres horas. Sólo cuando los superiores le sugirieron una
celebración más breve, si los éxtasis u otros arrobamientos místicos no se lo
impedían, el Padre Pío lograba terminarla en treinta o treinta y cinco minutos.
¿Por
qué una Misa tan larga?; ¿acaso por exhibicionismo? Escuchemos a los mismos
testigos de antes. Don Orlando escribe: «Su misa era un misterio
incomprensible». Y don Alejandro Lingua: «¡Nunca he visto a un
sacerdote celebrar con tanta devoción la santa Misa! Desde el primer momento en
que hace la señal de la cruz, y en toda la celebración, se ve que está
participando plenamente, con toda la emoción vital posible, en el misterio de
la Pasión de Cristo».
Que
la Misa del Padre Pío tenía un "algo especial", lo hace patente el
hecho de que tantas personas, de todo el mundo, se agolparan cada día ante la
iglesia de San Giovanni Rotondo y esperaran durante horas para participar, a
las cinco de la mañana, en la Misa de este sacerdote capuchino. Y lo confirman
estas palabras del Arzobispo de Milán, cardenal Montini, más tarde Pablo VI: «Si
no encontráis lugar adecuado donde colocar al Padre Pío, traédmelo a Milán;
estoy seguro de que su misa traería a mi diócesis más fruto que toda una gran
misión».
Ese “algo especial” era, sí, consecuencia de los
dones recibidos del Señor: las llagas del Crucificado en sus manos, pies y
costado; padecer, al menos una vez por semana, la flagelación y la coronación
de espinas de Jesús; sufrir, durante la Misa, en cuanto es posible a la
criatura humana, todo lo que sufrió el Señor en su pasión y muerte;
experimentar que, en ese tiempo de la celebración, ya no eran dos corazones, el
de Jesús y el suyo, que latían al unísono, sino un solo corazón porque Jesús
fusionaba con el suyo el del Padre Pío y el del Padre Pío se diluía en el de
Jesús como una gota de agua en el mar; constatar el gran amor con el que la
Virgen María le acompañaba al altar, como si no tuviera otra cosa en la que
pensar sino en llenarle el corazón de santos afectos… Y era consecuencia
también de las horas de oración con las que el Padre Pío se preparaba para la
celebración de la Misa; de la invocación filial a la Inmaculada, ante su cuadro
junto a la entrada a la sacristía, cuando bajaba a la iglesia para la celebración
eucarística; de su silencio y recogimiento en la sacristía mientras se vestía
los ornamentos sagrados; de sus convencimientos, que impulsaban todo lo
anterior, de que «Todo lo que aconteció en el Calvario acontece en el altar»,
y que, «Cuando se celebra la Misa, todo el cielo dirige su mirada al altar»,
y que «El mundo podría existir sin el sol pero no sin la Misa»…
El
Padre Pío, al celebrar la Misa, unía sus sufrimientos a los del Salvador y
recogía los frutos de la redención para repartirlos luego a los hombres, sobre
todo en el sacramento de la confesión. En otras palabras, vivía intensamente lo
que escribió en el recordatorio de su primera Misa: «Jesús, mi anhelo y mi vida, hoy que, embargado por la emoción, te elevo
en un misterio de amor, contigo yo sea para el mundo Camino, Verdad y Vida, y
para ti sacerdote santo, víctima perfecta».
Además,
el Padre Pío, que invitaba a los fieles a participar asiduamente en la santa
Misa, enseñó con claridad el modo de hacerlo: «Como la oyeron en el Calvario
la Santísima Virgen y las piadosas mujeres; del mismo modo, a ser posible, que
el apóstol san Juan».
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Al
Padre Pío, porque, al celebrar la Misa humildemente, se identificaba con Cristo
en el Calvario y buscaba transformarse, a ejemplo de Jesús, en cuerpo entregado
y en sangre derramada por la salvación de sus hermanos, le podemos llamar, como
lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on Día a día con el P. Pío
19. Después de la ascensión de Jesucristo al cielo, María ardía
continuamente en el más vivo deseo de reunirse con él. En ausencia de su divino
Hijo, le parecía encontrarse en el más duro destierro.
Aquellos años en los que tuvo que estar separada de él, fueron para
ella el más lento y doloroso martirio, martirio de amor que la consumía
lentamente.
20. Jesús, que reinaba en el cielo con la humanidad santísima que
había tomado en las entrañas de la Virgen, quiso que también su Madre, no sólo
con el alma sino también con el cuerpo, se reuniera con él y compartiera
plenamente su gloria.
Y esto era totalmente justo y merecido. Aquel cuerpo, que no fue ni
por un sólo instante esclavo del demonio y del pecado, no debía serlo tampoco
de la corrupción.
21. Procura conformarte siempre y en todo a la voluntad de Dios en
todos los acontecimientos, y no tengas miedo. Esta conformidad es el camino
seguro para llegar al cielo.
22. Yo deseo, y no lo ignoráis, morir o amar a Dios, es decir, la muerte
o el amor, ya que la vida sin este amor es peor que la muerte. ¡Hijas mías,
ayudadme! Yo muero y agonizo en cada momento. Todo me parece un sueño y no sé
dónde me muevo. ¡Dios mío!, ¿cuándo llegará la hora en que también yo pueda
cantar: éste es mi descanso, oh Dios,
para siempre?
23. Practica la penitencia de pensar con dolor en las ofensas hechas a
Dios; la penitencia de ser constante en el bien, la penitencia de luchar contra
tus defectos.
24. Confieso ante todo la gran desgracia que supone para mí el no
saber expresar y sacar fuera este gran volcán siempre encendido que me abrasa y
que Jesús ha metido dentro de este corazón tan pequeño. Todo se resume en esto:
vivo devorado por el amor de Dios y por el amor del prójimo.
25. La ciencia, hijo mío, por muy grande que sea, es siempre algo muy
pobre; y es menos que nada en comparación con el formidable misterio de la
divinidad. Debes encontrar otros caminos. ¡Limpia tu corazón de toda pasión
terrena, humíllate en el polvo y ora! De ese modo encontrarás con certeza a
Dios, que te dará la serenidad y la paz en esta vida y la beatitud eterna en la
otra.
(Tomado de BUONA
GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del
italiano: Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on El P. Pío sigue cumpliendo su “misión grandísima”:
Juan Pablo II, en la homilía de la canonización del Padre
Pío, dirigió al nuevo Santo, junto a otras cinco, esta petición: «Transmítenos tu tierna devoción a la Virgen
María, Madre de Jesús y Madre nuestra». Así, tierna, filial, generosa… fue
la devoción mariana del Santo de Pietrelcina. La manifestaba, sobre todo, en la
imitación de las virtudes y también en las súplicas que le dirigía. La más
repetida, la del Rosario. Es sabido que el Padre Pío llevaba siempre el rosario
consigo; que llamaba al rosario el “arma” contra su enemigo, el demonio; que rezaba
muchos rosarios al día; que el rosario era el regalo que con más frecuencia
ofrecía a los que se acercaban a él; que invitaba insistentemente a ofrecer
esta oración a la Virgen María, tanto que, como testamento espiritual, nos
dejó: «Amad a la Virgen María; haced que
la amen, rezad siempre el rosario»
---
- ---
El Padre Pío
hoy, al seguir cumpliendo su “misión grandísima”, ¿sigue promoviendo el rezo
del rosario a la Virgen María? No hace muchas semanas, subí a esta etiqueta de
la página web el testimonio de las hermanas Amparo y María García Galindo, que,
a raíz de una visita a los lugares del Padre Pío en San Giovanni Rotondo, habían
decidido dejar sus puestos de trabajo, estudiar teología para ser, al menos en
un primer momento, profesoras de religión. Una de ellas, Amparo, a petición
mía, porque soy quien le consigue los rosarios del Padre Pío en San Giovanni Rotondo,
nos ofrece este testimonio:
«Como Profesora de Religión y Moral Católica
de Secundaria incluyo como tema imprescindible dentro de mi Programación
Didáctica la enseñanza a mis alumnos del rezo del Santo Rosario y siempre me
preguntan para cuando voy a dar las clases sobre Padre Pío y para cuando el
regalo de los rosarios del Padre Pío, bendecidos por mi Director Espiritual
Padre Elías Cabodevilla Garde.
Mi experiencia es que a mis alumnos les
encanta esta clase práctica y diferente, en la cual, por primera vez, muchos de
ellos tienen un rosario en sus manos y muchos de ellos se lo ponen al cuello
llevándolo a diario al Instituto. Otros me enseñan alguno que se han comprado
si salen a algún viaje con sus padres y otros me muestran los de sus abuelos o padres.
Pero a todos les atrae esta cadena divina, les gusta mucho tenerla en sus manos
y yo me siento feliz y satisfecha cuando veo la sonrisa y sorpresa en sus
caras.
Finalmente pienso: en contra de lo que
actualmente se pudiera pensar sobre nuestros jóvenes…cuando les regalo y les
enseño a rezar el Santo Rosario les ¡gusta y mucho!».
Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on El P. Pío místico y apóstol
En esta etiqueta de la página web, he presentado algunos de los medios con
los que el Señor asoció al Padre Pío a la pasión de Cristo. No quiero olvidar
el que afectó más íntima y profundamente al “crucificado del Gárgano”, le proporcionó los mayores sufrimientos
y, como consecuencia, lo asoció de modo muy singular a la pasión de Cristo: la “noche oscura”.
Como he ido señalando, algunos de los sufrimientos
físicos del Padre Pío: los estigmas, la llaga del hombro o “sexta llaga”,
la flagelación, la coronación de espinas... le vinieron directamente del Señor;
y los otros tuvieron su origen en la constitución física del Fraile capuchino:
el estómago que no recibía alimentos, la fiebre tan alta que rompía los termómetros,
la pulmonía…, y en el estilo de vida que eligió: trabajo agotador, noches en
vela… En los sufrimientos morales del
Padre Pío fueron responsables importantes, aunque no los únicos, algunos de sus
hermanos de religión. Y los tormentos, indecibles, que vivió el Padre Pío en la
“noche oscura”, a los que me voy a
referir en este escrito, los tenemos que atribuir exclusivamente al Señor.
Para introducirme en este tema, difícil de comprender y de presentar, copio
el testimonio del padre Eusebio Notte, que fue durante cuatro años, de 1961 a
1965, el “ángel custodio” del Padre
Pío, ya anciano; es decir, el religioso encargado de acompañarlo a lo largo del
día y de atenderle también de noche, si era llamado mediante el timbre que
“unía” las celdas de ambos. Un testimonio que, por haberlo ofrecido en el “Proceso de Beatificación y Canonización del
Siervo de Dios Pío de Pietrelcina”, cuenta con la garantía añadida del
juramento de decir la verdad. Esto es lo que manifestó: «La fe del Padre Pío fue una fe “atormentada”. Él, que a los demás daba
tanta luz y tanta seguridad, personalmente vivía casi permanentemente en la
duda. En una ocasión me confió: “Para mí y para mis cosas no entiendo
absolutamente nada; vivo continuamente en la oscuridad”. Pero, no obstante este
martirio interior, él estaba en continuo coloquio con el Señor». Y, para
desarrollar el tema, voy a acudir con frecuencia a la tesis doctoral del capuchino
Luigi Lavecchia: “L’itinerario di fede di
Padre Pio da Pietrelcina nell’Epistolario”.
El Padre Pío en su Epistolario, sobre todo en las cartas a sus Directores
espirituales, se revela como buen conocedor de la teología mística. Además, nos
dejó unos “Apuntes de Ascética y Mística”,
que están publicados en el Epistolario IV, págs. 1057-1080. Veinte de esas
páginas las dedica a la “noche oscura”.
En ellas, al igual que en sus cartas, se puede escuchar el eco de la doctrina
de los grandes doctores místicos, sobre todo de Santa Teresa de Jesús y de San Juan
de la cruz. Podemos decir, pues, que el Padre Pío conocía bien la teología
mística y que la enseñó con acierto a sus dirigidos espirituales. Y, en
relación a él, hay que añadir que se le concedió vivirla y vivirla muy
profundamente. Le podemos aplicar con razón las últimas palabras de su escrito
sobre la “noche oscura”: «De todo lo tratado hasta aquí, si no se hace
una experiencia práctica, es casi imposible que se pueda tener un conocimiento
acertado» (Ep IV, 1080).
El Señor, al introducir al Fraile de Pietrelcina en la “noche oscura”, siguió un itinerario,
cuyas etapas aparecen con claridad en las comunicaciones del Padre Pío a sus
Directores espirituales, los padres Benedicto y Agustín de San Marco in Lamis.
Las presento con brevedad.
· Un elemento previo a la “noche oscura” y, por tanto, menos doloroso, es el no saber si se
está agradando o no al Señor. El Padre Pío lo vivió, al menos en largas etapas
de su vida. Lo sabemos por el padre Agustín, que, en su “Diario”, se refiere repetidamente al mismo. Y en este “Diario” tenemos
informaciones sobre el Santo desde que tenía 5 años, en 1892, hasta el año
1960. Cito un texto. El padre Agustín, el 20 de junio de 1933, escribe: «Viajé a San Giovanni Rotondo y pude hablar
con el Padre Pío más de una hora. Físicamente lo encontré bastante bien.
Moralmente, resignado, pero siempre con la prueba que, como una espina, lleva
clavada en el alma. Me dijo: “Preferiría
mil cruces e incluso me sería dulce y ligera toda cruz, si no tuviese esta
prueba de sentirme siempre en la duda de si agrado o no al Señor en mis obras.
Es doloroso vivir así... Me resigno, ¡pero la resignación, mi "fiat",
me parece tan frío, tan vacío...!”». Una prueba, la del
Padre Pío, que se concretaba en dudas sobre si había rechazado o no a tiempo y
con firmeza las tentaciones: «Tras las
innumerables tentaciones… una duda que me trastorna la mente me queda: si de
verdad las he rechazado» (Ep I,
187); si había hecho bien o no las confesiones: «Pero lo que de forma especial me martiriza el corazón y me aflige
sobremanera es el pensamiento de no estar seguro de haber confesado todos los
pecados de mi vida pasada y de si los he confesado bien» (Ep I, 185)…
· Otro elemento previo, pero que lo aproxima a la
“noche oscura” y, por tanto, más
doloroso que el anterior, es el presentimiento del Padre Pío de que el Señor se
escondía a su alma. Lo manifiesta en el año 1910, un mes antes de su ordenación
sacerdotal. En su carta del 6 de julio escribe al padre Benedicto: «…pero también me parece con frecuencia que
Jesús se esconde a mí alma» (Ep I,
187). Presentimiento que pronto dejó paso a la certeza de que ese hecho ya se estaba
dando: «Es también verdad que Jesús
muchas muchas veces se esconde; pero ¡qué importa!, yo con su ayuda intentaré
estarle siempre cerca» (Ep I,
198).
· Una nueva etapa del itinerario al que hago
referencia, que coloca al Padre Pío a las puertas mismas de la “noche oscura”, la podemos descubrir en la
carta al padre Agustín de 24 de octubre de 1913: «Pero, ¡qué quiere, padre mío!; las agonías del espíritu no me dejan.
Siento que van creciendo cada vez más en el centro de mi alma, y me siento
morir continuamente. Padre mío, ¡en qué estrechez pone Dios a un alma, que le
ama ardientemente sin cansarse nunca!» (Ep
I, 418). Pero la carta que escribió una semana más tarde, el 1 de noviembre, al
padre Benedicto, indica que esas «agonías
del espíritu» las alivia el Señor con momentos de dulzura y de gracias
sobrenaturales: «Este estado de cosas va
intensificándose cada vez más, de forma que si no muero es un milagro del
Señor. Pero, cuando al Esposo celeste de las almas le place poner fin a este
martirio, me manda, de repente, tal devoción de espíritu que es imposible
resistir. En un instante, me encuentro totalmente cambiado, enriquecido con
gracias sobrenaturales y fuerte para desafiar al reino entero de Satanás. Lo
que sé decir de esta oración es que me parece que el alma se pierde totalmente
en Dios y que en esos momentos saca mucho más provecho que todo lo que podría
alcanzar en muchos años de esfuerzos animosos» (Ep I, 421).
· En los datos
que el Padre Pío aporta al padre Benedicto en la carta del 13 de noviembre de
1913 es fácil descubrir que el Señor lo va introduciendo en la “noche oscura”, para hacerle vivir una
experiencia muy dolorosa, pero altamente purificadora. «Mi alma se halla muy desolada… Una dolorosa turbación, de incontables
temores, de infinitas imaginaciones, unidos a la certeza de mis miserias, que
me oprimen del todo, me llevan a llorar amargamente y a exclamar: ¿estoy
perdido para siempre?... Padre mío, ¡ayúdeme!, porque el dolor, todo
espiritual, que siento es demasiado íntimo, demasiado sutil, es capaz de
consumirme; no puedo alejar de mi cabeza la sospecha que me atormenta de que
todo es engaño. Es insoportable por la intensidad y por la duración, que no
cesa de desmoronar a mi pobre alma… Me veo rodeado de intensas tinieblas. Mi
espíritu experimenta con fuerza lo que dice David, que “todo a su alrededor es
oscuridad y tinieblas”…. No puedo mantenerme más, no puedo sostenerme por más
tiempo, la tempestad está a punto de derrumbarme y arrojarme en el fango; el
infierno, ¡ah!, me parece que está abierto ante mis pies, aunque mi alma busca
siempre a Dios» (Ep I, 427-428). Tenemos,
pues, junto a la desolación, a los temores, a la conciencia de sus miserias…,
las preguntas, terriblemente hirientes, que se hace el Padre Pío: ¿estoy
perdido para siempre?, ¿es engaño creer que mi permanencia en Pietrelcina,
fuera del convento, es proyecto de Dios?, ¿mi destino es el infierno, abierto
ante mis pies?... En verdad, ¡”noche
oscura”!
· A partir de la que escribe el 4 de mayo de
1914 al padre Benedicto, en las cartas del Padre Pío a sus Directores
espirituales tenemos, y cada vez con más claridad, todos los elementos que los
especialistas en el tema ponen en la “noche
oscura”. En las frases que entresaco de esas cartas tenemos una lista
amplia de esos elementos: «Es la
oscurísima noche para el alma. El alma ha sido colocada en sufrimientos
extremos y en penas interiores de muerte… Puesta en esta situación no puede
menos de exclamar: “¡Para mí todo está perdido!”. El desgarro que experimenta
la pobrecita es tal que yo no sabría diferenciarlo de los sufrimientos
atrocísimos que sufren los condenados» (Ep
I, 366); «Mi alma ha sido puesta por el
Señor en situación de pudrirse en el dolor. Mi estado es amargo, es terrible, es
extremadamente espantoso. Todo es oscuridad en torno a mí y dentro de mí… Todo
es tristeza en mí y no hay parte alguna que no esté en profunda aflicción: la
parte sensitiva está en una amarga y terrible aridez; todas las potencias del
alma, en un vacío tal de todas sus tareas, que me tiene completamente asustado» (Ep I, 612-617); «Vivo en una perpetua noche y esta noche no da signos de retirar sus
densas tinieblas para dejar paso a la bella aurora. A Dios lo siento en el centro
del alma, pero no sabría decir cómo lo siento. Su presencia, lejos de
consolarme, aumenta hasta el infinito mi martirio» (Ep I, 818)…
Es el momento de presentar en síntesis lo que el Señor regaló al Padre
Pío y lo que éste vivió en la “noche
oscura”. Pero puedo ahorrarme este trabajo, porque lo encuentro, y muy bien
hecho, en el tomo I del “Epistolario”
del Padre Pío de Pietrelcina. En él los capuchinos Melchor de Pobladura y
Alejandro de Ripabottoni describen el período de siete años (1909-1916) que el
joven religioso capuchino pasó en su pueblo natal de Pietrelcina en pocas
líneas, pero consiguen hacerlo con claridad y con gran riqueza de matices. Y,
como indican, lo que aconteció en estos años se puede aplicar a toda la existencia
del Padre Pío.
El texto que transcribo se encuentra en las páginas 171-172:
«... Más que en estas formas visibles de actividad sacerdotal, el celo
por las almas lo actuaba sobre todo en su estado de víctima, vivido
intensamente como irradiación del poder salvífico de Jesús y del sufrimiento
del cuerpo y del alma, suplicado y aceptado como participación personal y
generosa en el rescate de la humanidad redimida y pecadora.
El alma sube sin descanso los peldaños de la escala espiritual. El amor y
el dolor, invisibles, son el binario que debe recorrer hasta alcanzar la suspirada
meta de la unión con Dios y las alas que lo impulsan cada vez más a nuevas
conquistas. Uno y otro son parte integrante de los designios divinos, todavía
no plenamente manifestados ni conocidos. Consuelos y alegrías espirituales, “imposibles
de explicar”, se alternan con tribulaciones lacerantes y atroces, comparables
solamente a los tormentos del infierno.
La vida espiritual se desarrolla armónicamente entre la generosidad divina
y la fidelidad humana. En el recorrido aparecen nuevos favores y nuevas
gracias. El alma se acerca cada vez más a la unión transformante. El amor y el
dolor caminan al mismo ritmo, con el doble objetivo de unirse cada vez más
íntimamente a Dios y de beneficiar cada vez más eficazmente al prójimo. Ahora
el alma se mueve en la órbita de la vida mística. Las penetrantes actuaciones
de la gracia inciden directamente en el alma, pero se manifiestan también en el
cuerpo y en los sentidos. La oración se va convirtiendo en más pasiva; el conocimiento
de la grandeza divina y de la miseria humana adquiere nuevos logros. Ímpetus
amorosos, toques substanciales, heridas de amor, delirios, raptos del espíritu,
lágrimas, locuciones, pasajeras apariciones de las llagas, participación en la
pasión del Señor, visiones: éstos son algunos de los fenómenos místicos que
afloran con mayor o menor frecuencia e intensidad, y que se multiplicarán en los
períodos sucesivos.
Superadas las purificaciones de la noche del sentido, el alma se adentra
en la misteriosa noche oscura del espíritu. La purificación de las potencias se
hace cada vez más dolorosa y el alma se encuentra como perdida en un
inexplicable laberinto e inmersa en un estado de total desolación y de doloroso
abandono.
Las páginas más bellas y de mayor sufrimiento son las que describen el
desarrollo de esta extrema prueba del espíritu. Revelan una experiencia
superlativamente dolorosa y vivida de manera dramática, que se prolongará en
los restantes años de su vida. Los consuelos más suaves se entrelazan con las
más lacerantes penas aflictivas. El ser humano se debate en un mar de
angustias. Es claro que la gracia no destruye la naturaleza y ésta reclama sus
derechos, aunque vividos siempre en perfecta armonía con la voluntad divina y
en completa sumisión a los designios misteriosos de la providencia».
Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on Día a día con el P. Pío
12. Trae a tu memoria lo que sucedía en el corazón de nuestra Madre
del cielo al pie de la cruz. Es tan intenso su dolor que permanece impertérrita
ante su Hijo crucificado, pero no puedes decir que haya sido abandonada. Al
contrario, ¿cuándo la amó más y mejor que cuando sufría y ni siquiera le era
posible llorar?
13. No te alejes del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor
por Jesús, crucificado por tu eterna salvación. La Virgen Dolorosa te
acompañará y te servirá de dulce inspiración.
14. Hijo, tú no sabes qué produce la obediencia. Mira: por un sí, por
un solo sí, fiat secundum verbum tuum,
por hacer la voluntad de Dios, María llega a ser Madre del Altísimo,
confesándose su esclava, pero conservando la virginidad que tan grata era a
Dios y a ella.
Por aquel sí pronunciado por María Santísima, el mundo obtuvo la
salvación, la humanidad fue redimida. Hagamos también nosotros siempre la
voluntad de Dios y digamos también siempre sí al Señor.
15. Correspondamos también nosotros, que hemos sido regenerados en el
santo bautismo, a la gracia de nuestra vocación a imitación de la Inmaculada,
Madre nuestra. Apliquémonos incesantemente al estudio de Dios para conocerlo,
servirlo y amarlo cada vez mejor.
16. Madre mía, infunde en mí aquel amor que ardía en tu corazón por
él; en mí, que, cubierto de miserias, admiro en ti el misterio de tu inmaculada
concepción y que ardientemente deseo que, por ese misterio, purifiques mi
corazón para amar a mi Dios y a tu Dios, mi mente para elevarme hasta él y contemplarlo, adorarlo y servirlo en
espíritu y verdad, el cuerpo para que sea su tabernáculo menos indigno de
poseerlo cuando se digne venir a mí en la santa comunión.
17. Padre, hoy es la Dolorosa. Dígame una palabra. Respuesta: La Virgen Dolorosa nos quiere
bien, nos ha dado a luz en el dolor y en el amor. No se aparte jamás de tu
mente la Dolorosa y sus dolores queden grabados en tu corazón; y lo encienda de
amor a ella y a su Hijo.
18. El alma bienaventurada de María, como paloma a la que se libera de
los lazos, se separó de su santo cuerpo y voló al seno de su Amado.
(Tomado de BUONA
GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del
italiano: Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on El P. Pío sigue cumpliendo su “misión grandísima”:
«Hermanas, ¡el cristal está entero!», fue
el grito de Giuseppe Grifa que, poco antes, había roto con sus propias manos
los cristales de la ventana.
El
hecho prodigioso tuvo lugar el 3 de enero de 1993. El relato del mismo lo
firman las seis religiosas de la comunidad de las Hermanas de la Inmaculada de
Santa Clara de San Giovanni Rotondo, y también Giuseppe Grifa.
«Salimos de casa, a las 8:45, para ir a Misa
al santuario de Nuestra Señora de las Gracias y regresamos hacia las 10:15.
Pero no pudimos entrar porque sor María Concepta había olvidado las llaves en
la cerradura del portón, que se cerró con las llaves en el interior. El aire
era frío aquella mañana y permanecer por mucho tiempo al descampado era
peligroso para la salud.
Llamado el señor
Grifa, chófer de nuestra “Escuela Materna San Giuseppe”, llegó rápido, y pronto
se dio cuenta de que, para entrar en la casa, no había otra solución que o tirar
el portón de entrada o romper los cristales de alguna ventana. La superiora,
sor Gaetanina, autorizó romper los cristales de la ventana del cuarto de baño,
que queda al norte-oeste, en la parte de atrás de la casa.
Con recelo, pero
también con decisión, el señor Grifa rompió los tres cristales de la ventana,
mientras las hermanas presentes le animaban: “¡Fuerte, Giuseppe! Hace frío,
pero verás cómo el Padre Pío te echa una mano, porque le estamos rezando”.
Después de haber roto los cristales, el señor Grifa entró en casa por la
ventana y abrió el portón de entrada. Tiritando de frío, las hermanas corrimos
adentro, mientras la superiora exclamaba: “Demos gracias al Padre Pío”.
Marchamos al refectorio a tomar algo caliente.
Por la ventana
rota entraba un frío helador. Para arreglarla y poner remedio al frío, el señor
Grifa volvió al cuarto de baño. Un resplandor lo atrajo hacia la ventana. Con
miedo y frotándose los ojos, se acercó a la ventana. ¡Quedó estupefacto! ¡El
primer cristal interno estaba totalmente entero! Sin creérselo, lo tocó con la
mano izquierda. No era una ilusión, no; era realidad. El cristal estaba
absolutamente entero, ¡sin rasguño alguno!
Asustado, corrió
hacia las hermanas y nos gritó: “Hermanas, ¡el cristal está entero!”. Es
inútil decir que corrimos al local y
verificamos la verdad de aquel gozoso anuncio. La comprobación puso fin a
nuestra inicial incredulidad y desconfianza. Dimos gracias al Señor que, por la
intercesión del venerado Padre Pío, ha querido visitar nuestra casa de un modo
tan tangible y prodigioso».
Al
parecer, las hermanas no quisieron poner en el relato el detalle que Giuseppe
Grifa manifestó después al Vicepostulador de la Causa del Padre Pío, padre
Gerardo Di Flumeri: Al escuchar a las religiosas, que le gritaban: «El Padre Pío te echará una mano, porque le
estamos rezando», él, con voz alterada, exclamó: «El Padre Pío, a esta hora, no hace milagros, si yo no rompo los
cristales».
En
el cristal, roto por los golpes de Giuseppe Grifa y entero sin intervención
alguna de personas de esta tierra, el Padre Pío dejó una prueba clara: a las
hermanas de que podían confiar en él, y a Giuseppe Grifa de que puede hacer
milagros también en una fría mañana del mes de enero.
*** * ***
Este
testimonio nos llega de Méjico, firmado también por seis hermanas, aunque no
religiosas, las hermanas Collado Mocelo. Los dos hechos que recoge el relato,
en verdad sorprendentes, tuvieron lugar: el primero en la basílica de San Pedro
de Roma el día 3 de Junio del 2007, y el segundo en fechas posteriores en
México.
«Somos seis hermanas, Julia, María del
Carmen, María Isabel, Lucia, Luisa y Claudia Collado Mocelo. Nosotras somos muy
devotas de San Pío de Pietrelcina. Nuestra visita a Roma fue debido a la canonización
de la hoy Santa María Eugenia de Jesús, fundadora de la Congregación de las
Religiosas de la Asunción. Como nosotras somos ex alumnas de dicho colegio en
México, fuimos a participar en tan gran evento.
Pero teníamos
una doble intención: la primera la indicada anteriormente; y la segunda visitar
San Giovanni Rotondo para encomendarnos a San Pío y darle gracias por todas sus
intercesiones.
El itinerario
del viaje nos impidió la visita a San Giovanni Rotondo, a pesar de la gran
ilusión que teníamos por estar allí. Así pues, el día en que estuvimos en el
Vaticano, María del Carmen tomó una foto a la tumba de San Pedro,
entre muchas otras. Regresamos a México y, a los pocos días, nos enteramos
de que a nuestro padre (que fue el que nos invitó a dicho
viaje), le descubrieron un tumor de cáncer en el pulmón. Dos días antes de
la operación, por coincidencia, María Isabel estaba viendo de nuevo las fotos
del viaje a Roma; y, cuando vio la foto de la tumba de San Pedro, claramente se
percató que ahí se encontraba la imagen de San Pío. Para toda la
familia esto fue algo insólito, maravilloso, pues ya habíamos visto las
fotos y no nos habíamos dado cuenta del acontecimiento; y, sobre todo, justo antes
de la operación pasó esto. Nosotras encomendamos con mucho fervor a San
Pío la salud de nuestro padre, el cual, gracias a Dios y a la intercesión del
Santo, salió bien de operación tan delicada. Sin embargo, unos meses después
volvió a aparecer otro tumor y éste lo trataron con quimioterapia. Afortunadamente
el cáncer se ha erradicado por completo y ahora él goza de buena salud.
Para nosotras
esto es un doble milagro de San Pío; uno la aparición de su imagen y otro la
curación de nuestro padre. Y pensamos que, a través de su imagen, él realmente
quiso decirnos que está con nosotros y podemos confiar siempre en él».
Estamos,
sin duda, aunque en la distancia de años y de lugares, ante otra prueba clara
de la presencia protectora del Padre Pío; o, si se prefiere, de que el Padre
Pío sigue cumpliendo su “misión
grandísima”.
Elías Cabodevilla Garde


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