posted by Unknown on El P. Pío sigue cumpliendo su “misión grandísima”:
Al
Padre Pío de Pietrelcina acudían hombres y mujeres de los cinco continentes, a
implorar gracias, con frecuencia por largo tiempo deseadas, e incluso milagros.
Sin duda iban atraídos por su santidad, por los estigmas en sus manos pies y costado
que lo asemejaban a Cristo, por las muchísimas voces que, desde su experiencia
personal, pregonaban la fuerza intercesora ante el Señor del Fraile capuchino... Muchos lo hacían personalmente, viajando hasta San Giovanni Rotondo; otros, por
intermediarios o por carta.
En
relación a las cartas que llegaban al Padre Pío pidiéndole oraciones o
agradeciendo el fruto de las mismas, este
dato es muy iluminador. En junio de 1921 -recalco el año, porque el Padre Pío
murió en septiembre de 1968, 47 años más tarde, y el padre Agustín, en su “Diario”,
no deja de repetir que el número de cartas que llegaban de todo el mundo iba en
aumento- el Visitador apostólico Rafael Carlos Rossi, en el interrogatorio al
padre Ignacio de Jelsi, le preguntó: «si
las cartas se conservan», y la respuesta del padre Ignacio fue ésta: «Desde que estoy yo, sí, por mandado del
Provincial. Antes, cuando llegaban hasta 600-700 al día, se quemaban».
Entre estas cartas, tres muy especiales son las de
Carlos Wojtyla, más tarde Juan Pablo II, en los años 1962 y 1963. En 1962, el
17 de noviembre, desde Roma, donde participaba en el Concilio Vaticano II,
escribió al Padre Pío pidiéndole oraciones por una señora polaca, enferma de
cáncer… El día 28 del mismo mes, le escribió de nuevo para comunicarle que la
señora polaca, el día 21, sin ser intervenida quirúrgicamente como estaba
previsto, se encontró inesperadamente curada, y para darle las gracias en
nombre de la enferma curada (Wanda Poltawska) y de la familia de ésta. Y en
1963, el 14 de diciembre le escribió lo que sigue: «… Quisiera, por lo mismo, agradecerle calurosamente también en nombre de
los interesados, por sus oraciones a favor de una señora, médico católica,
enferma de cáncer, y del hijo de un
abogado de Cracovia, gravemente enfermo desde su nacimiento. Las dos personas están, gracias a Dios, bien.
Permítame, además, Padre Muy
Reverendo, encomendar a sus oraciones una señora paralítica, de esta
Archidiócesis. Al mismo tiempo me permito encomendarle las ingentes
dificultades personales que mi pobre obra encuentra en la situación presente».
--- - ---
El Padre Pío, a casi medio siglo de su muerte, sigue
atrayendo a muchos a suplicar su intercesión ante el Señor, muchos más que
durante su vida terrena. Hay lugares más frecuentados que éste, pero en éste -no
lo excluyo en los demás- se percibe una sencillez, una autenticidad, una
ternura…, que encantan.
La iglesia atendida por los Capuchinos de San
Sebastián (España) está sita en la calle Oquendo, lugar céntrico de la ciudad. En
el interior del templo, a la entrada, a la izquierda, desde el 21 de junio del
2009, fecha en que el Papa Benedicto XVI peregrinó a San Giovanni Rotondo, hay una
copia de la estatua de San Pío de Pietrelcina del escultor italiano Arrighini.
Es de bronce, de 1,80 m. de altura, colocada a unos 40 centímetros del suelo. El
Santo está con las manos abiertas, en actitud de acogida.
Y son muchas las personas que, tanto al entrar en la
iglesia como al salir de ella, se detienen a orar ante el Santo. Y otras, cada
vez más, que, al pasar por delante de la iglesia, entran a saludar al Santo,
tocan sus manos con las manos, o las besan, o le colocan rosarios, o se llevan
los que otros han dejado en ellas, o le acarician el rostro… Lo que acontece
entre esas personas y el Santo lo saben sólo
ellos… y, sin duda, también en el cielo.
Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on El P. Pío místico y apóstol
En los
escritos anteriores de esta “etiqueta” de la web, he presentado los “caminos misteriosos” por los que Dios
quiso asociar a la pasión de Cristo
al Padre Pío de Pietrelcina: las cinco
llagas del Crucificado en su cuerpo, la
transverberación, flagelación y
coronación de espinas, la llaga del
hombro o “sexta llaga”, los
sufrimientos físicos, los
sufrimientos morales, los
sufrimientos causados por sus hermanos en religión y la “noche oscura.
¿Cuál
fue la respuesta del Capuchino italiano? ¿Se contentó -ya sería mucho- con
aceptar y sufrir pacientemente lo que le fue enviando el Señor a lo largo de su
vida? No; fue más lejos y se ofreció al Señor, y repetidas veces, como víctima.
· El Padre Pío, a la luz de las palabras de San
Pablo: «Completo en mi carne lo que falta
a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24), deseó, y fue para él motivo
de alegría, sufrir con Cristo en favor de la Iglesia y de los hombres. Lo manifiesta
con claridad en la carta que escribió el
20 de septiembre de 1912 al padre Agustín: «No
deseo de ningún modo que se me aligere la cruz, porque sufrir con Jesús me es
grato… Él se elige almas y, entre éstas, contra todo merecimiento de mi parte,
ha elegido también la mía, para ser ayudado en la gran empresa de salvar a los
hombres. Y cuanto más sufren estas almas, sin consuelo alguno, tanto más se
alivian los dolores del buen Jesús. Éste es el motivo por el que deseo sufrir
cada vez más y sufrir sin consuelo, y aquí radica toda mi alegría» (Ep I, 303s). Como consecuencia, sufrir
con Cristo lo presentaba a sus hijos espirituales como un honor y una gracia. A
Rafaelina Cerase, por ejemplo, le escribió: «Las tribulaciones, las cruces han sido siempre la herencia y la porción
de las almas elegidas» (Ep II,
128); y a Assunta di Tomaso: «Considérate
afortunadísima por haber sido hecha digna de participar en los dolores del
Hombre-Dios» (Ep III, 441).
· Pero ser víctima es algo más; y ofrecerse
como víctima implica mucho más que aceptar pacientemente y sufrir, incluso con
alegría, lo que el Señor nos manda.
El
padre Melchor de Pobladura, en su obra “En
la escuela espiritual del Padre Pío de Pietrelcina” presenta así la realidad
de víctima: «Ser víctima, en el lenguaje
tradicional ascético, quiere significar donación total para ser habitualmente
inmolados por amor al Señor. No se trata por tanto de una simple aceptación más
o menos voluntaria de sacrificios o de sufrimientos etc. sino de la decisión
consciente de dejar vía libre a la acción purificadora y santificadora de Dios…
Esta totalidad de la ofrenda victimal, que debe distinguirse del denominado
voto “de lo más perfecto”, se expresa adecuadamente con el vocablo holocausto.
De hecho se trata del sacrificio radical del ser y del obrar, de lo que se es y
de lo que se tiene, del presente y del futuro, de la vida y de la muerte; de
una entrega, o mejor todavía, de una consagración amorosa sin límites ni
condicionamientos: de un sacrificio integral, completo y perfecto, ofrecido en
alabanza y gloria de Dios».
El
Padre Pío podría confirmar todo lo que afirma el padre Melchor de Pobladura,
apoyándose en su experiencia personal.
· Es muy probable que su ofrenda de víctima el
Padre Pío la hubiera realizado años antes; pero la primera alusión a la misma
la tenemos en el recordatorio de su Primera Misa, que la celebró en Pietrelcina
el 14 de agosto de 1910: «Jesús / suspiro
mío y vida mía. / Hoy que lleno de emoción Te / elevo / En un misterio de amor
/ Contigo sea yo para el mundo / Camino Verdad Vida. / Y para ti Sacerdote
Santo / Víctima Perfecta». (Ep I,
196, nota).
· En esta su ofrenda de víctima el Padre Pío
descubrió un proyecto y un regalo de Jesús. Lo manifiesta al padre Agustín en
carta del 5 de noviembre de 1912: «¿No le
dije que Jesús quiere que yo sufra sin consuelo alguno? ¿Acaso no ha sido él el
que me lo ha pedido y me ha elegido por una de sus víctimas?» (Ep I, 311). Un proyecto que Jesús se lo recodaba
de cuando en cuando al Padre Pío: «Hijo mío
-añadió Jesús- necesito víctimas para calmar la ira justa y divina de mi Padre;
renuévame el sacrificio de todo tú mismo y hazlo sin reservarte nada» (Ep I, 343).
· Esta ofrenda de víctima, a juzgar por lo que
escribió al padre Agustín el 26 de agosto de 1912, el Padre Pío la vivió
gozosamente. Antes de escribir: «¡Oh qué
hermoso el llegar a ser víctima de amor!», le había dicho: «Mire lo que me sucedió el viernes pasado.
Me encontraba en la iglesia en la acción
de gracias por la misa, cuando, de golpe, sentí herido el corazón por un dardo
de fuego tan vivo y ardiente que creí morir. Me faltan palabras adecuadas para
hacer comprender la intensidad de esta llama… El alma, víctima de esta
consolación, queda muda. Me parecía que una fuerza invisible me sumergía entero
en fuego. Dios mío, ¡qué fuego! ¡Qué dulzura!... De estos transportes de amor he sentido muchos… Pero esta vez, un
instante, un segundo más, y mi alma se habría separado del cuerpo, se habría
ido con Jesús» (Ep I, 300).
· Pero el gozo de ser víctima de ningún modo privó
al Padre Pío de indecibles sufrimientos. En la citada carta del 5 de noviembre
escribe: «Y es el dulcísimo Jesús el que
me ha hecho comprender todo el significado de víctima. Es necesario, querido
padre, llegar hasta el “consummatum est” (todo se ha cumplido) y el “in manus tuas” (en tus manos
encomiendo mi espíritu)» (Ep I, 311). Y días más tarde, en carta
del 18 de noviembre, le escribió: «Jesús,
su querida Madre y el Angelito con los otros me van animando, sin dejar de repetirme
que la víctima, para decirse tal, es necesario que pierda toda su sangre» (Ep I, 314s).
· De estos sufrimientos del Padre Pío víctima
tenemos que decir: que eran sufrimientos en el espíritu y en el cuerpo: «Jesús me ha concedido escuchar con claridad
su voz en mi corazón: “Hijo mío, el amor se conoce en el dolor. Lo sufrirás
agudo en el espíritu y más agudo en el cuerpo”» (Ep I, 328); que eran respuesta inmediata del Señor a la ofrenda del
Capuchino. Esto escribió al padre Benedicto el 27 de julio de 1918: «Mientras sucedía esto, tuve tiempo para
ofrecerme todo entero al Señor por aquella finalidad por la que el Santo Padre
había pedido a la Iglesia universal que ofreciera oraciones y sacrificios. Y
apenas había terminado de hacerlo, me sentí arrojar a ésta tan dura prisión y
sentí todo el estruendo de la puerta de esta prisión que se me cerraba detrás.
Me sentí aprisionado por durísimos cepos y sentí enseguida que se me iba la
vida. Desde aquel momento me siento en el infierno, sin ninguna pausa, ni
siquiera por un instante» (Ep I,
1053s); y que, en algunas fechas, eran más terribles. Lo manifestó al padre
Agustín el 1 de febrero de 1913: «Y en
algunos días especiales, en los que Jesús sufrió más intensamente en esta
tierra, me hace sentir el sufrimiento con mucha más vehemencia» (Ep I, 336).
· Ante lo que le repiten los que él ha enumerado
en el texto que he citado más arriba, el Padre Pío no se echó atrás. Persuadido
de la eficacia santificadora y apostólica de esta ofrenda victimal, la fue haciendo,
y reiterándola a lo largo de los años, por objetivos concretos: las intenciones
del Papa (Ep I, 1053), los pecadores (Ep I, 206, 210, 304, 678), las
necesidades espirituales de la Provincia religiosa a la que pertenecía (Ep I, 532, 542), sus Directores
espirituales (Ep I, 808, 825…), los
aspirantes capuchinos (Ep I, 874),
las almas que el Señor le había confiado (Ep
I, 1189)… Y la hizo con la generosidad heroica que manifiesta en esta carta
de 29 de noviembre de 1910, dirigida al padre Benedicto: «Desde hace un tiempo siento en mí la necesidad de ofrecerme al Señor
víctima por los pobres pecadores y por las almas del purgatorio. Este deseo ha
ido creciendo cada vez más en mi corazón hasta convertirse, me atrevo a decir,
en una fuerte pasión. Varias veces hice esta ofrenda al Señor, conjurándole a
que haga recaer sobre mí los castigos que están preparados para los pobres
pecadores y los de las almas del purgatorio, incluso centuplicándolos sobre mí,
con tal que convierta y salve a los pecadores y admita pronto en el paraíso las
almas del purgatorio; pero ahora quisiera hacer al Señor este ofrecimiento con
su permiso. A mí me parece que Jesús lo quiere» (Ep I, 206).
· Y el Padre Pío, al menos desde junio de 1913,
tuvo la certeza absoluta de que las consecuencias de su ofrenda victimal
durarían, como así fue, toda su vida. En esa fecha escribió al padre Benedicto:
«Otras veces, sin ni siquiera pensarlo,
se me enciende en el alma un vivísimo deseo de poseer totalmente a Jesús, y
entonces con una claridad tal, que el Señor comunica a mi alma, y que yo no sé
expresarla por escrito, me hace ver, como en un espejo, que toda mi vida futura
no será otra cosa que un martirio» (Ep
I, 367s). Con más sencillez se lo manifestó a Erminia Gargani el 28 de junio de
1918: «Del altar de los holocaustos, en
el que yo me encuentro, ya no se descenderá nunca, es inútil pensarlo. Se haga
la divina voluntad» (Ep III,
744).
Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on Día a día con el P. Pío
26. ¿Has visto algún campo de trigo en plena madurez? Podrás observar
que algunas espigas son altas y vigorosas; otras, en cambio, están dobladas
hacia el suelo. Prueba a coger las altas, las más vanidosas, y verás que están
vacías; si, por el contrario, coges las que están más bajas, las más humildes,
verás que están cargadas de granos. De esto podrás concluir que la vanidad es
algo vacío.
27. Nos conviene esforzarnos mucho para llegar a ser santos y para
servir intensamente a Dios y al prójimo.
28. Hagámonos santos; de este modo, después de haber vivido juntos en
la tierra, estaremos juntos para siempre en el cielo.
29. ¡Oh Dios!, hazte sentir cada vez más en mi pobre corazón y realiza
en mí la obra que has comenzado. Siento en lo íntimo una voz que me dice
insistentemente: santifícate y santifica. Pues bien, queridísima mía, es esto
lo que yo quiero, pero no sé por dónde comenzar. Ayúdame, pues; sé que Jesús te
quiere muchísimo y lo mereces. Háblale, pues, de mí que me conceda la gracia de
ser un hijo menos indigno de san Francisco, que pueda servir de ejemplo a mis
hermanos de modo que el fervor continúe siempre y crezca siempre más en mí de
forma que haga de mí un perfecto capuchino.
30. Sé, pues, siempre fiel a Dios en el cumplimiento de las promesas
que le has hecho y no te preocupes de las burlas de los ignorantes. Debes saber
que los santos son siempre vituperados por el mundo y por los mundanos y han
puesto bajos sus pies al mundo con sus máximas.
31. El campo de batalla entre Dios y Satanás es el alma humana. En
ella se desarrolla en todos los momentos de la vida. Es necesario que el alma
deje acceso libre al Señor y que sea fortalecida por él en todas partes con
toda clase de armas; que su luz la ilumine allí donde combaten las tinieblas
del error; que sea revestida por Jesucristo de su verdad y justicia, del escudo
de la fe, de la palabra de Dios, para vencer a enemigos tan poderosos. Para ser
revestidos de Jesucristo es necesario morir a sí mismos.
1.
El Corazón de Jesús sea el
centro de todas tus inspiraciones.
(Tomado de BUONA
GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del
italiano: Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on El P. Pío sigue cumpliendo su “misión grandísima”:
El
Padre Pío de Pietrelcina, al menos en los primeros años de su sacerdocio, unió,
al acompañamiento espiritual personal, el apostolado en grupo, para, de este
modo, promover la formación religiosa e impulsar a la vida cristiana, a la
santidad, al apostolado… Lo hizo en los años que, por un designio misterioso
del Señor, tuvo que pasar en Pietrelcina, fuera de un convento capuchino (1909 -
1916), aunque las posibilidades no fueron muchas. También en los pocos meses
que residió en el convento capuchino de Santa Ana de Foggia (17 de febrero - 4
de septiembre de 1916), con las limitaciones de una salud endeble y de un calor
sofocante en los meses del verano. Y principalmente en San Giovanni Rotondo, a
donde llegó al abandonar Foggia, al menos hasta que, divulgada la noticia de
los estigmas del Crucificado en su cuerpo, aumentó el número de
los que acudían a él para participar en su Misa, pedir su consejo y sus oraciones
y celebrar con él el sacramento de la confesión.
*** * ***
El
Padre Pío sigue hoy promoviendo la formación religiosa e impulsando a la
santidad, al apostolado... Lo hizo, por ejemplo, el pasado sábado, día 18 de mayo,
en Madrid.
Promovido
por los jóvenes que participan y se responsabilizan del Grupo de Oración del Padre Pío que se
reúne, dos veces al mes, en la parroquia de Nuestra Señora de Caná de Pozuelo
de Alarcón (Madrid), se celebró un día de retiro espiritual en el convento de
Capuchinos de Jesús de Medinaceli, que, además de la hermosa estatua en bronce
de San Pío del escultor italiano Arrighini, tiene, en un relicario sencillo
pero muy digno, un jersey usado por el Santo de Pietrelcina, con el
correspondiente documento de autenticidad.
Un
grupo de 20 devotos del Padre Pío, desde las 10:30 de la mañana hasta las 6:30
de la tarde, en un clima fraterno de oración y de estudio, reflexionaron, en
dos momentos del retiro, en los objetivos que propuso el papa Benedicto XVI
para el Año de la Fe y en la acción iluminadora y santificadora del Espíritu Santo,
pues era la víspera de Pentecostés. Siempre, a la luz de los ejemplos y de las enseñanzas del Santo capuchino.
Como
el objetivo principal del día era avanzar en el conocimiento de la
espiritualidad del Padre Pío, para vivirla y promoverla, el Grupo dedicó la
mayor parte del día a este objetivo y se sirvió para ello de los DVD: “El Padre Pío un hombres que ora” y “Benedicto XVI peregrino”. El primero
presenta con acierto la vida, el apostolado y los rasgos más llamativos de la
espiritualidad del Santo capuchino. Y el segundo recoge el viaje pastoral que
Benedicto XVI realizó a San Giovanni Rotondo el 21de junio del 2009, y ofrece
lo más importante de los mensajes que fue dejando en sus cuatro intervenciones
habladas: la homilía de la Eucaristía, las palabras antes del rezo del Ángelus,
el discurso ante el hospital “Casa Alivio
del Sufrimiento” para el personal sanitario que lo atiende y para los
enfermos, y el discurso en la monumental iglesia de San Pío para los sacerdotes
y religiosos y para los jóvenes.
El
retiro terminó con la celebración de la Eucaristía, en la capilla, recogida y
silenciosa, en la que los religiosos capuchinos de Jesús de Medinaceli tienen
sus encuentros diarios de oración, que, como se ve en la fotografía, está
presidida por un hermoso cuadro de la Inmaculada.
Al
final del día, el deseo de todos los participantes era claro: que este retiro
espiritual sea el primero de otros, en los que el Padre Pío siga impulsando a
muchos a la santidad, al apostolado…
Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on Aprendemos del P. Pío
«Celebraba la Misa humildemente»
(Pablo VI)
Para
Jesús, la institución de la Eucaristía fue la prueba de que, para cumplir la
voluntad de Dios Padre, «habiendo amado a
los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). La Eucaristía fue y es un pan
que, transformado por las palabras de Jesús, repetidas después por los sacerdotes,
fue y es «mi cuerpo que se entrega por
vosotros» (Lc 22, 19). Fue y es
un cáliz, lleno de un vino que, consagrado por Jesús, y a lo largo de los siglos por los sacerdotes, fue y es «la nueva alianza en
mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22, 20). Por lo mismo, anticipo y renovación del sacrificio de
Cristo en la cruz.
Quien pueda cumplir y cumpla el mandato de Jesús:
«haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19), se verá llamado a ser cuerpo
entregado y sangre derramada por la salvación de sus hermanos.
---
- ---
El
Padre Pío deseó ardientemente ser sacerdote, sobre todo para renovar, en la santa
Misa, el sacrificio de Cristo en la cruz. Recibió la ordenación sacerdotal el
10 de agosto de 1910 y murió el 23 de septiembre de 1968. Pudo, pues, celebrar
la santa Misa durante algo más de 58 años.
La
Misa del Padre Pío, desde las primeras que celebró en su pueblo natal, Pietrelcina,
era muy larga. Su amigo y paisano, también sacerdote, don Orlando, escribe en
su Diario: «Su Misa era tan larga que las gentes la evitaban; estando
pendientes como estaban de los trabajos del campo, no podían permanecer durante
tantas horas en la iglesia, en oración, como él». Don Alejandro Lingua, que
asistió, un día cualquiera, en San Giovanni Rotondo, a la Misa del Padre Pío,
escribe así: «Da principio la santa Misa que dura exactamente una hora y
tres cuartos... ». En los años en que tuvo que celebrar en privado, pocas
veces duraba menos de tres horas. Sólo cuando los superiores le sugirieron una
celebración más breve, si los éxtasis u otros arrobamientos místicos no se lo
impedían, el Padre Pío lograba terminarla en treinta o treinta y cinco minutos.
¿Por
qué una Misa tan larga?; ¿acaso por exhibicionismo? Escuchemos a los mismos
testigos de antes. Don Orlando escribe: «Su misa era un misterio
incomprensible». Y don Alejandro Lingua: «¡Nunca he visto a un
sacerdote celebrar con tanta devoción la santa Misa! Desde el primer momento en
que hace la señal de la cruz, y en toda la celebración, se ve que está
participando plenamente, con toda la emoción vital posible, en el misterio de
la Pasión de Cristo».
Que
la Misa del Padre Pío tenía un "algo especial", lo hace patente el
hecho de que tantas personas, de todo el mundo, se agolparan cada día ante la
iglesia de San Giovanni Rotondo y esperaran durante horas para participar, a
las cinco de la mañana, en la Misa de este sacerdote capuchino. Y lo confirman
estas palabras del Arzobispo de Milán, cardenal Montini, más tarde Pablo VI: «Si
no encontráis lugar adecuado donde colocar al Padre Pío, traédmelo a Milán;
estoy seguro de que su misa traería a mi diócesis más fruto que toda una gran
misión».
Ese “algo especial” era, sí, consecuencia de los
dones recibidos del Señor: las llagas del Crucificado en sus manos, pies y
costado; padecer, al menos una vez por semana, la flagelación y la coronación
de espinas de Jesús; sufrir, durante la Misa, en cuanto es posible a la
criatura humana, todo lo que sufrió el Señor en su pasión y muerte;
experimentar que, en ese tiempo de la celebración, ya no eran dos corazones, el
de Jesús y el suyo, que latían al unísono, sino un solo corazón porque Jesús
fusionaba con el suyo el del Padre Pío y el del Padre Pío se diluía en el de
Jesús como una gota de agua en el mar; constatar el gran amor con el que la
Virgen María le acompañaba al altar, como si no tuviera otra cosa en la que
pensar sino en llenarle el corazón de santos afectos… Y era consecuencia
también de las horas de oración con las que el Padre Pío se preparaba para la
celebración de la Misa; de la invocación filial a la Inmaculada, ante su cuadro
junto a la entrada a la sacristía, cuando bajaba a la iglesia para la celebración
eucarística; de su silencio y recogimiento en la sacristía mientras se vestía
los ornamentos sagrados; de sus convencimientos, que impulsaban todo lo
anterior, de que «Todo lo que aconteció en el Calvario acontece en el altar»,
y que, «Cuando se celebra la Misa, todo el cielo dirige su mirada al altar»,
y que «El mundo podría existir sin el sol pero no sin la Misa»…
El
Padre Pío, al celebrar la Misa, unía sus sufrimientos a los del Salvador y
recogía los frutos de la redención para repartirlos luego a los hombres, sobre
todo en el sacramento de la confesión. En otras palabras, vivía intensamente lo
que escribió en el recordatorio de su primera Misa: «Jesús, mi anhelo y mi vida, hoy que, embargado por la emoción, te elevo
en un misterio de amor, contigo yo sea para el mundo Camino, Verdad y Vida, y
para ti sacerdote santo, víctima perfecta».
Además,
el Padre Pío, que invitaba a los fieles a participar asiduamente en la santa
Misa, enseñó con claridad el modo de hacerlo: «Como la oyeron en el Calvario
la Santísima Virgen y las piadosas mujeres; del mismo modo, a ser posible, que
el apóstol san Juan».
---
- ---
Al
Padre Pío, porque, al celebrar la Misa humildemente, se identificaba con Cristo
en el Calvario y buscaba transformarse, a ejemplo de Jesús, en cuerpo entregado
y en sangre derramada por la salvación de sus hermanos, le podemos llamar, como
lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on Día a día con el P. Pío
19. Después de la ascensión de Jesucristo al cielo, María ardía
continuamente en el más vivo deseo de reunirse con él. En ausencia de su divino
Hijo, le parecía encontrarse en el más duro destierro.
Aquellos años en los que tuvo que estar separada de él, fueron para
ella el más lento y doloroso martirio, martirio de amor que la consumía
lentamente.
20. Jesús, que reinaba en el cielo con la humanidad santísima que
había tomado en las entrañas de la Virgen, quiso que también su Madre, no sólo
con el alma sino también con el cuerpo, se reuniera con él y compartiera
plenamente su gloria.
Y esto era totalmente justo y merecido. Aquel cuerpo, que no fue ni
por un sólo instante esclavo del demonio y del pecado, no debía serlo tampoco
de la corrupción.
21. Procura conformarte siempre y en todo a la voluntad de Dios en
todos los acontecimientos, y no tengas miedo. Esta conformidad es el camino
seguro para llegar al cielo.
22. Yo deseo, y no lo ignoráis, morir o amar a Dios, es decir, la muerte
o el amor, ya que la vida sin este amor es peor que la muerte. ¡Hijas mías,
ayudadme! Yo muero y agonizo en cada momento. Todo me parece un sueño y no sé
dónde me muevo. ¡Dios mío!, ¿cuándo llegará la hora en que también yo pueda
cantar: éste es mi descanso, oh Dios,
para siempre?
23. Practica la penitencia de pensar con dolor en las ofensas hechas a
Dios; la penitencia de ser constante en el bien, la penitencia de luchar contra
tus defectos.
24. Confieso ante todo la gran desgracia que supone para mí el no
saber expresar y sacar fuera este gran volcán siempre encendido que me abrasa y
que Jesús ha metido dentro de este corazón tan pequeño. Todo se resume en esto:
vivo devorado por el amor de Dios y por el amor del prójimo.
25. La ciencia, hijo mío, por muy grande que sea, es siempre algo muy
pobre; y es menos que nada en comparación con el formidable misterio de la
divinidad. Debes encontrar otros caminos. ¡Limpia tu corazón de toda pasión
terrena, humíllate en el polvo y ora! De ese modo encontrarás con certeza a
Dios, que te dará la serenidad y la paz en esta vida y la beatitud eterna en la
otra.
(Tomado de BUONA
GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del
italiano: Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on El P. Pío sigue cumpliendo su “misión grandísima”:
Juan Pablo II, en la homilía de la canonización del Padre
Pío, dirigió al nuevo Santo, junto a otras cinco, esta petición: «Transmítenos tu tierna devoción a la Virgen
María, Madre de Jesús y Madre nuestra». Así, tierna, filial, generosa… fue
la devoción mariana del Santo de Pietrelcina. La manifestaba, sobre todo, en la
imitación de las virtudes y también en las súplicas que le dirigía. La más
repetida, la del Rosario. Es sabido que el Padre Pío llevaba siempre el rosario
consigo; que llamaba al rosario el “arma” contra su enemigo, el demonio; que rezaba
muchos rosarios al día; que el rosario era el regalo que con más frecuencia
ofrecía a los que se acercaban a él; que invitaba insistentemente a ofrecer
esta oración a la Virgen María, tanto que, como testamento espiritual, nos
dejó: «Amad a la Virgen María; haced que
la amen, rezad siempre el rosario»
---
- ---
El Padre Pío
hoy, al seguir cumpliendo su “misión grandísima”, ¿sigue promoviendo el rezo
del rosario a la Virgen María? No hace muchas semanas, subí a esta etiqueta de
la página web el testimonio de las hermanas Amparo y María García Galindo, que,
a raíz de una visita a los lugares del Padre Pío en San Giovanni Rotondo, habían
decidido dejar sus puestos de trabajo, estudiar teología para ser, al menos en
un primer momento, profesoras de religión. Una de ellas, Amparo, a petición
mía, porque soy quien le consigue los rosarios del Padre Pío en San Giovanni Rotondo,
nos ofrece este testimonio:
«Como Profesora de Religión y Moral Católica
de Secundaria incluyo como tema imprescindible dentro de mi Programación
Didáctica la enseñanza a mis alumnos del rezo del Santo Rosario y siempre me
preguntan para cuando voy a dar las clases sobre Padre Pío y para cuando el
regalo de los rosarios del Padre Pío, bendecidos por mi Director Espiritual
Padre Elías Cabodevilla Garde.
Mi experiencia es que a mis alumnos les
encanta esta clase práctica y diferente, en la cual, por primera vez, muchos de
ellos tienen un rosario en sus manos y muchos de ellos se lo ponen al cuello
llevándolo a diario al Instituto. Otros me enseñan alguno que se han comprado
si salen a algún viaje con sus padres y otros me muestran los de sus abuelos o padres.
Pero a todos les atrae esta cadena divina, les gusta mucho tenerla en sus manos
y yo me siento feliz y satisfecha cuando veo la sonrisa y sorpresa en sus
caras.
Finalmente pienso: en contra de lo que
actualmente se pudiera pensar sobre nuestros jóvenes…cuando les regalo y les
enseño a rezar el Santo Rosario les ¡gusta y mucho!».
Elías Cabodevilla Garde






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