Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Junio: días 2 al 8.


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2. Con conmovido reconocimiento contemplemos aquel sublime misterio que atrae fuertemente al Corazón de Jesús hacia su criatura; meditemos la gran condescendencia con la que asume nuestra misma carne para vivir en medio de nosotros la mísera vida de la tierra; reunamos todas las posibilidades de la inteligencia para considerar de forma digna el tenaz fervor y los rigores de su apostolado, para recordar los horrores de su pasión y de su martirio, para adorar su sangre... ofrecida de forma regia hasta la última gota por la redención del género humano; y después, con humilde fe, con el mismo ardiente amor con que él envuelve y persigue nuestras almas, inclinemos nuestra frente manchada ante sus pies.

3. Jesús, tú vienes siempre a mí. ¿Con qué te debo alimentar?... ¡Con el amor! Pero mi amor es engañoso. Jesús, te quiero muchísimo. Suple mi falta de amor.

4. No ceso de implorar a Jesús sus bendiciones para vosotras y de pedir al Señor que os transforme enteramente en él. ¡Hijas mías!, ¡qué bello es su rostro, qué dulces sus ojos, y qué bueno es estar junto a él en el monte de su gloria! Allí debemos poner todos nuestros deseos y nuestros afectos. Nosotros somos, en contra de todo merecimiento,  sus peldaños del Tabor, si tenemos la firme resolución de servir bien y de amar  su divina bondad.

5. Recordemos que el Corazón de Jesús nos ha llamado no sólo para nuestra santificación, sino también para la santificación de otras almas. El quiere ser ayudado en la salvación de las almas.

6. ¿Qué más te puedo decir? La gracia y la paz del Espíritu Santo estén siempre en tu corazón. Pon este corazón en el costado abierto del Salvador y únelo a este rey de nuestros corazones. El está en ellos como en su trono real para recibir el homenaje y la obediencia de todos los demás corazones, con la puerta siempre abierta para que todos puedan acercarse y tener audiencia siempre y en cualquier momento; y cuando tu corazón le hable, no te olvides, mi queridísima hija, de hablarle también a favor del mío, para que su divina y cordial majestad lo vuelva bueno, obediente, fiel y menos mezquino de lo que es.
 
7. No te extrañes en modo alguno de tus debilidades. Al contrario, reconociéndote por lo que eres, avergüénzate de tu infidelidad para con Dios y pon en él tu confianza, abandonándote con paz en los brazos del Padre del cielo como un niño en los brazos de su madre.
 
8. En las tentaciones lucha con valentía junto con las almas fuertes y combate junto al jefe supremo; en las caídas no permanezcas postrada ni en el espíritu ni en el cuerpo; humíllate mucho pero sin perder el ánimo; abájate pero sin degradarte; lava tus imperfecciones y tus caídas con lágrimas sinceras de arrepentimiento, sin que falte la confianza en su divina bondad que será siempre mucho mayor que tu ingratitud; propón tu enmienda, sin presumir de ti misma, ya que tu fortaleza la debes tener en solo Dios; confiesa, por fin, con toda sinceridad, que, si Dios no fuese tu coraza y tu escudo, habrías sido incautamente herida por toda clase de pecados. 
(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue atrayendo a suplicar su intercesión.


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Al Padre Pío de Pietrelcina acudían hombres y mujeres de los cinco continentes, a implorar gracias, con frecuencia por largo tiempo deseadas, e incluso milagros. Sin duda iban atraídos por su santidad, por los estigmas en sus manos pies y costado que lo asemejaban a Cristo, por las muchísimas voces que, desde su experiencia personal, pregonaban la fuerza intercesora ante el Señor del Fraile capuchino... Muchos lo hacían personalmente, viajando hasta San Giovanni Rotondo; otros, por intermediarios o por carta.
En relación a las cartas que llegaban al Padre Pío pidiéndole oraciones o agradeciendo el fruto de las mismas, este dato es muy iluminador. En junio de 1921 -recalco el año, porque el Padre Pío murió en septiembre de 1968, 47 años más tarde, y el padre Agustín, en su “Diario”, no deja de repetir que el número de cartas que llegaban de todo el mundo iba en aumento- el Visitador apostólico Rafael Carlos Rossi, en el interrogatorio al padre Ignacio de Jelsi, le preguntó: «si las cartas se conservan», y la respuesta del padre Ignacio fue ésta: «Desde que estoy yo, sí, por mandado del Provincial. Antes, cuando llegaban hasta 600-700 al día, se quemaban».
    Entre estas cartas, tres muy especiales son las de Carlos Wojtyla, más tarde Juan Pablo II, en los años 1962 y 1963. En 1962, el 17 de noviembre, desde Roma, donde participaba en el Concilio Vaticano II, escribió al Padre Pío pidiéndole oraciones por una señora polaca, enferma de cáncer… El día 28 del mismo mes, le escribió de nuevo para comunicarle que la señora polaca, el día 21, sin ser intervenida quirúrgicamente como estaba previsto, se encontró inesperadamente curada, y para darle las gracias en nombre de la enferma curada (Wanda Poltawska) y de la familia de ésta. Y en 1963, el 14 de diciembre le escribió lo que sigue: «… Quisiera, por lo mismo, agradecerle calurosamente también en nombre de los interesados, por sus oraciones a favor de una señora, médico católica, enferma de cáncer,  y del hijo de un abogado de Cracovia, gravemente enfermo desde su nacimiento. Las dos personas están, gracias a Dios, bien.
Permítame, además, Padre Muy Reverendo, encomendar a sus oraciones una señora paralítica, de esta Archidiócesis. Al mismo tiempo me permito encomendarle las ingentes dificultades personales que mi pobre obra encuentra en la situación presente».
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El Padre Pío, a casi medio siglo de su muerte, sigue atrayendo a muchos a suplicar su intercesión ante el Señor, muchos más que durante su vida terrena. Hay lugares más frecuentados que éste, pero en éste -no lo excluyo en los demás- se percibe una sencillez, una autenticidad, una ternura…, que encantan.
La iglesia atendida por los Capuchinos de San Sebastián (España) está sita en la calle Oquendo, lugar céntrico de la ciudad. En el interior del templo, a la entrada, a la izquierda, desde el 21 de junio del 2009, fecha en que el Papa Benedicto XVI peregrinó a San Giovanni Rotondo, hay una copia de la estatua de San Pío de Pietrelcina del escultor italiano Arrighini. Es de bronce, de 1,80 m. de altura, colocada a unos 40 centímetros del suelo. El Santo está con las manos abiertas, en actitud de acogida.
Y son muchas las personas que, tanto al entrar en la iglesia como al salir de ella, se detienen a orar ante el Santo. Y otras, cada vez más, que, al pasar por delante de la iglesia, entran a saludar al Santo, tocan sus manos con las manos, o las besan, o le colocan rosarios, o se llevan los que otros han dejado en ellas, o le acarician el rostro… Lo que acontece entre esas personas y el Santo lo saben sólo ellos… y, sin duda, también en el cielo.
Elías Cabodevilla Garde

Asociado a la pasión de Cristo por su ofrenda de víctima.


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En los escritos anteriores de esta “etiqueta” de  la web, he presentado los “caminos misteriosos” por los que Dios quiso asociar a la pasión de Cristo al Padre Pío de Pietrelcina: las cinco llagas del Crucificado en su cuerpo, la transverberación, flagelación y coronación de espinas, la llaga del hombro o “sexta llaga”, los sufrimientos físicos, los sufrimientos morales, los sufrimientos causados por sus hermanos en religión y la “noche oscura.

¿Cuál fue la respuesta del Capuchino italiano? ¿Se contentó -ya sería mucho- con aceptar y sufrir pacientemente lo que le fue enviando el Señor a lo largo de su vida? No; fue más lejos y se ofreció al Señor, y repetidas veces, como víctima.

·  El Padre Pío, a la luz de las palabras de San Pablo: «Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24), deseó, y fue para él motivo de alegría, sufrir con Cristo en favor de la Iglesia y de los hombres. Lo manifiesta con  claridad en la carta que escribió el 20 de septiembre de 1912 al padre Agustín: «No deseo de ningún modo que se me aligere la cruz, porque sufrir con Jesús me es grato… Él se elige almas y, entre éstas, contra todo merecimiento de mi parte, ha elegido también la mía, para ser ayudado en la gran empresa de salvar a los hombres. Y cuanto más sufren estas almas, sin consuelo alguno, tanto más se alivian los dolores del buen Jesús. Éste es el motivo por el que deseo sufrir cada vez más y sufrir sin consuelo, y aquí radica toda mi alegría» (Ep I, 303s). Como consecuencia, sufrir con Cristo lo presentaba a sus hijos espirituales como un honor y una gracia. A Rafaelina Cerase, por ejemplo, le escribió: «Las tribulaciones, las cruces han sido siempre la herencia y la porción de las almas elegidas» (Ep II, 128); y a Assunta di Tomaso: «Considérate afortunadísima por haber sido hecha digna de participar en los dolores del Hombre-Dios» (Ep III, 441).

·  Pero ser víctima es algo más; y ofrecerse como víctima implica mucho más que aceptar pacientemente y sufrir, incluso con alegría, lo que el Señor nos manda.

El padre Melchor de Pobladura, en su obra “En la escuela espiritual del Padre Pío de Pietrelcina” presenta así la realidad de víctima: «Ser víctima, en el lenguaje tradicional ascético, quiere significar donación total para ser habitualmente inmolados por amor al Señor. No se trata por tanto de una simple aceptación más o menos voluntaria de sacrificios o de sufrimientos etc. sino de la decisión consciente de dejar vía libre a la acción purificadora y santificadora de Dios… Esta totalidad de la ofrenda victimal, que debe distinguirse del denominado voto “de lo más perfecto”, se expresa adecuadamente con el vocablo holocausto. De hecho se trata del sacrificio radical del ser y del obrar, de lo que se es y de lo que se tiene, del presente y del futuro, de la vida y de la muerte; de una entrega, o mejor todavía, de una consagración amorosa sin límites ni condicionamientos: de un sacrificio integral, completo y perfecto, ofrecido en alabanza y gloria de Dios».

El Padre Pío podría confirmar todo lo que afirma el padre Melchor de Pobladura, apoyándose en su experiencia personal.

·  Es muy probable que su ofrenda de víctima el Padre Pío la hubiera realizado años antes; pero la primera alusión a la misma la tenemos en el recordatorio de su Primera Misa, que la celebró en Pietrelcina el 14 de agosto de 1910: «Jesús / suspiro mío y vida mía. / Hoy que lleno de emoción Te / elevo / En un misterio de amor / Contigo sea yo para el mundo / Camino Verdad Vida. / Y para ti Sacerdote Santo / Víctima Perfecta». (Ep I, 196, nota).

·  En esta su ofrenda de víctima el Padre Pío descubrió un proyecto y un regalo de Jesús. Lo manifiesta al padre Agustín en carta del 5 de noviembre de 1912: «¿No le dije que Jesús quiere que yo sufra sin consuelo alguno? ¿Acaso no ha sido él el que me lo ha pedido y me ha elegido por una de sus víctimas?» (Ep I, 311). Un proyecto que Jesús se lo recodaba de cuando en cuando al Padre Pío: «Hijo mío -añadió Jesús- necesito víctimas para calmar la ira justa y divina de mi Padre; renuévame el sacrificio de todo tú mismo y hazlo sin reservarte nada» (Ep I, 343).

·  Esta ofrenda de víctima, a juzgar por lo que escribió al padre Agustín el 26 de agosto de 1912, el Padre Pío la vivió gozosamente. Antes de escribir: «¡Oh qué hermoso el llegar a ser víctima de amor!», le había dicho: «Mire lo que me sucedió el viernes pasado. Me encontraba en la iglesia en la acción de gracias por la misa, cuando, de golpe, sentí herido el corazón por un dardo de fuego tan vivo y ardiente que creí morir. Me faltan palabras adecuadas para hacer comprender la intensidad de esta llama… El alma, víctima de esta consolación, queda muda. Me parecía que una fuerza invisible me sumergía entero en fuego. Dios mío, ¡qué fuego! ¡Qué dulzura!... De estos transportes de amor he sentido muchos… Pero esta vez, un instante, un segundo más, y mi alma se habría separado del cuerpo, se habría ido con Jesús» (Ep I, 300).

·  Pero el gozo de ser víctima de ningún modo privó al Padre Pío de indecibles sufrimientos. En la citada carta del 5 de noviembre escribe: «Y es el dulcísimo Jesús el que me ha hecho comprender todo el significado de víctima. Es necesario, querido padre, llegar hasta el “consummatum est” (todo se ha cumplido) y el “in manus tuas” (en tus manos encomiendo mi espíritu)» (Ep I, 311). Y días más tarde, en carta del 18 de noviembre, le escribió: «Jesús, su querida Madre y el Angelito con los otros me van animando, sin dejar de repetirme que la víctima, para decirse tal, es necesario que pierda toda su sangre» (Ep I, 314s).

·  De estos sufrimientos del Padre Pío víctima tenemos que decir: que eran sufrimientos en el espíritu y en el cuerpo: «Jesús me ha concedido escuchar con claridad su voz en mi corazón: “Hijo mío, el amor se conoce en el dolor. Lo sufrirás agudo en el espíritu y más agudo en el cuerpo”» (Ep I, 328); que eran respuesta inmediata del Señor a la ofrenda del Capuchino. Esto escribió al padre Benedicto el 27 de julio de 1918: «Mientras sucedía esto, tuve tiempo para ofrecerme todo entero al Señor por aquella finalidad por la que el Santo Padre había pedido a la Iglesia universal que ofreciera oraciones y sacrificios. Y apenas había terminado de hacerlo, me sentí arrojar a ésta tan dura prisión y sentí todo el estruendo de la puerta de esta prisión que se me cerraba detrás. Me sentí aprisionado por durísimos cepos y sentí enseguida que se me iba la vida. Desde aquel momento me siento en el infierno, sin ninguna pausa, ni siquiera por un instante» (Ep I, 1053s); y que, en algunas fechas, eran más terribles. Lo manifestó al padre Agustín el 1 de febrero de 1913: «Y en algunos días especiales, en los que Jesús sufrió más intensamente en esta tierra, me hace sentir el sufrimiento con mucha más vehemencia» (Ep I, 336).

·  Ante lo que le repiten los que él ha enumerado en el texto que he citado más arriba, el Padre Pío no se echó atrás. Persuadido de la eficacia santificadora y apostólica de esta ofrenda victimal, la fue haciendo, y reiterándola a lo largo de los años, por objetivos concretos: las intenciones del Papa (Ep I, 1053), los pecadores (Ep I, 206, 210, 304, 678), las necesidades espirituales de la Provincia religiosa a la que pertenecía (Ep I, 532, 542), sus Directores espirituales (Ep I, 808, 825…), los aspirantes capuchinos (Ep I, 874), las almas que el Señor le había confiado (Ep I, 1189)… Y la hizo con la generosidad heroica que manifiesta en esta carta de 29 de noviembre de 1910, dirigida al padre Benedicto: «Desde hace un tiempo siento en mí la necesidad de ofrecerme al Señor víctima por los pobres pecadores y por las almas del purgatorio. Este deseo ha ido creciendo cada vez más en mi corazón hasta convertirse, me atrevo a decir, en una fuerte pasión. Varias veces hice esta ofrenda al Señor, conjurándole a que haga recaer sobre mí los castigos que están preparados para los pobres pecadores y los de las almas del purgatorio, incluso centuplicándolos sobre mí, con tal que convierta y salve a los pecadores y admita pronto en el paraíso las almas del purgatorio; pero ahora quisiera hacer al Señor este ofrecimiento con su permiso. A mí me parece que Jesús lo quiere» (Ep I, 206).

·  Y el Padre Pío, al menos desde junio de 1913, tuvo la certeza absoluta de que las consecuencias de su ofrenda victimal durarían, como así fue, toda su vida. En esa fecha escribió al padre Benedicto: «Otras veces, sin ni siquiera pensarlo, se me enciende en el alma un vivísimo deseo de poseer totalmente a Jesús, y entonces con una claridad tal, que el Señor comunica a mi alma, y que yo no sé expresarla por escrito, me hace ver, como en un espejo, que toda mi vida futura no será otra cosa que un martirio» (Ep I, 367s). Con más sencillez se lo manifestó a Erminia Gargani el 28 de junio de 1918: «Del altar de los holocaustos, en el que yo me encuentro, ya no se descenderá nunca, es inútil pensarlo. Se haga la divina voluntad» (Ep III, 744).

Elías Cabodevilla Garde

Mayo: día 26 a junio: día 1.


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26. ¿Has visto algún campo de trigo en plena madurez? Podrás observar que algunas espigas son altas y vigorosas; otras, en cambio, están dobladas hacia el suelo. Prueba a coger las altas, las más vanidosas, y verás que están vacías; si, por el contrario, coges las que están más bajas, las más humildes, verás que están cargadas de granos. De esto podrás concluir que la vanidad es algo vacío. 

27. Nos conviene esforzarnos mucho para llegar a ser santos y para servir intensamente a Dios y al prójimo.

28. Hagámonos santos; de este modo, después de haber vivido juntos en la tierra, estaremos juntos para siempre en el cielo.

29. ¡Oh Dios!, hazte sentir cada vez más en mi pobre corazón y realiza en mí la obra que has comenzado. Siento en lo íntimo una voz que me dice insistentemente: santifícate y santifica. Pues bien, queridísima mía, es esto lo que yo quiero, pero no sé por dónde comenzar. Ayúdame, pues; sé que Jesús te quiere muchísimo y lo mereces. Háblale, pues, de mí que me conceda la gracia de ser un hijo menos indigno de san Francisco, que pueda servir de ejemplo a mis hermanos de modo que el fervor continúe siempre y crezca siempre más en mí de forma que haga de mí un perfecto capuchino.

30. Sé, pues, siempre fiel a Dios en el cumplimiento de las promesas que le has hecho y no te preocupes de las burlas de los ignorantes. Debes saber que los santos son siempre vituperados por el mundo y por los mundanos y han puesto bajos sus pies al mundo con sus máximas. 

31. El campo de batalla entre Dios y Satanás es el alma humana. En ella se desarrolla en todos los momentos de la vida. Es necesario que el alma deje acceso libre al Señor y que sea fortalecida por él en todas partes con toda clase de armas; que su luz la ilumine allí donde combaten las tinieblas del error; que sea revestida por Jesucristo de su verdad y justicia, del escudo de la fe, de la palabra de Dios, para vencer a enemigos tan poderosos. Para ser revestidos de Jesucristo es necesario morir a sí mismos.

1.      El Corazón de Jesús sea el centro de todas tus inspiraciones.

(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue impulsando a la santidad, al apostolado...


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El Padre Pío de Pietrelcina, al menos en los primeros años de su sacerdocio, unió, al acompañamiento espiritual personal, el apostolado en grupo, para, de este modo, promover la formación religiosa e impulsar a la vida cristiana, a la santidad, al apostolado… Lo hizo en los años que, por un designio misterioso del Señor, tuvo que pasar en Pietrelcina, fuera de un convento capuchino (1909 - 1916), aunque las posibilidades no fueron muchas. También en los pocos meses que residió en el convento capuchino de Santa Ana de Foggia (17 de febrero - 4 de septiembre de 1916), con las limitaciones de una salud endeble y de un calor sofocante en los meses del verano. Y principalmente en San Giovanni Rotondo, a donde llegó al abandonar Foggia, al menos hasta que, divulgada la noticia de los estigmas del Crucificado en su cuerpo, aumentó el número de los que acudían a él para participar en su Misa, pedir su consejo y sus oraciones y celebrar con él el sacramento de la confesión.
*** * ***
El Padre Pío sigue hoy promoviendo la formación religiosa e impulsando a la santidad, al apostolado... Lo hizo, por ejemplo, el pasado sábado, día 18 de mayo, en Madrid.
Promovido por los jóvenes que participan y se responsabilizan  del Grupo de Oración del Padre Pío que se reúne, dos veces al mes, en la parroquia de Nuestra Señora de Caná de Pozuelo de Alarcón (Madrid), se celebró un día de retiro espiritual en el convento de Capuchinos de Jesús de Medinaceli, que, además de la hermosa estatua en bronce de San Pío del escultor italiano Arrighini, tiene, en un relicario sencillo pero muy digno, un jersey usado por el Santo de Pietrelcina, con el correspondiente documento de autenticidad.
Un grupo de 20 devotos del Padre Pío, desde las 10:30 de la mañana hasta las 6:30 de la tarde, en un clima fraterno de oración y de estudio, reflexionaron, en dos momentos del retiro, en los objetivos que propuso el papa Benedicto XVI para el Año de la Fe y en la acción iluminadora y santificadora del Espíritu Santo, pues era la víspera de Pentecostés. Siempre, a la luz de los ejemplos y de las enseñanzas del Santo capuchino.
Como el objetivo principal del día era avanzar en el conocimiento de la espiritualidad del Padre Pío, para vivirla y promoverla, el Grupo dedicó la mayor parte del día a este objetivo y se sirvió para ello de los DVD: “El Padre Pío un hombres que ora” y “Benedicto XVI peregrino”. El primero presenta con acierto la vida, el apostolado y los rasgos más llamativos de la espiritualidad del Santo capuchino. Y el segundo recoge el viaje pastoral que Benedicto XVI realizó a San Giovanni Rotondo el 21de junio del 2009, y ofrece lo más importante de los mensajes que fue dejando en sus cuatro intervenciones habladas: la homilía de la Eucaristía, las palabras antes del rezo del Ángelus, el discurso ante el hospital “Casa Alivio del Sufrimiento” para el personal sanitario que lo atiende y para los enfermos, y el discurso en la monumental iglesia de San Pío para los sacerdotes y religiosos y para los jóvenes.
El retiro terminó con la celebración de la Eucaristía, en la capilla, recogida y silenciosa, en la que los religiosos capuchinos de Jesús de Medinaceli tienen sus encuentros diarios de oración, que, como se ve en la fotografía, está presidida por un hermoso cuadro de la Inmaculada.
Al final del día, el deseo de todos los participantes era claro: que este retiro espiritual sea el primero de otros, en los que el Padre Pío siga impulsando a muchos a la santidad, al apostolado…
Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (1)


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«Celebraba la Misa humildemente» (Pablo VI)

Para Jesús, la institución de la Eucaristía fue la prueba de que, para cumplir la voluntad de Dios Padre, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). La Eucaristía fue y es un pan que, transformado por las palabras de Jesús, repetidas después por los sacerdotes, fue y es «mi cuerpo que se entrega por vosotros» (Lc 22, 19). Fue y es un cáliz, lleno de un vino que, consagrado por Jesús, y a lo largo de los siglos por los sacerdotes, fue y es «la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22, 20). Por lo mismo, anticipo y renovación del sacrificio de Cristo en la cruz.

Quien pueda cumplir y cumpla el mandato de Jesús: «haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19), se verá llamado a ser cuerpo entregado y sangre derramada por la salvación de sus hermanos.
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El Padre Pío deseó ardientemente ser sacerdote, sobre todo para renovar, en la santa Misa, el sacrificio de Cristo en la cruz. Recibió la ordenación sacerdotal el 10 de agosto de 1910 y murió el 23 de septiembre de 1968. Pudo, pues, celebrar la santa Misa durante algo más de 58 años.

La Misa del Padre Pío, desde las primeras que celebró en su pueblo natal, Pietrelcina, era muy larga. Su amigo y paisano, también sacerdote, don Orlando, escribe en su Diario: «Su Misa era tan larga que las gentes la evitaban; estando pendientes como estaban de los trabajos del campo, no podían permanecer durante tantas horas en la iglesia, en oración, como él». Don Alejandro Lingua, que asistió, un día cualquiera, en San Giovanni Rotondo, a la Misa del Padre Pío, escribe así: «Da principio la santa Misa que dura exactamente una hora y tres cuartos... ». En los años en que tuvo que celebrar en privado, pocas veces duraba menos de tres horas. Sólo cuando los superiores le sugirieron una celebración más breve, si los éxtasis u otros arrobamientos místicos no se lo impedían, el Padre Pío lograba terminarla en treinta o treinta y cinco minutos.
¿Por qué una Misa tan larga?; ¿acaso por exhibicionismo? Escuchemos a los mismos testigos de antes. Don Orlando escribe: «Su misa era un misterio incomprensible». Y don Alejandro Lingua: «¡Nunca he visto a un sacerdote celebrar con tanta devoción la santa Misa! Desde el primer momento en que hace la señal de la cruz, y en toda la celebración, se ve que está participando plenamente, con toda la emoción vital posible, en el misterio de la Pasión de Cristo».

Que la Misa del Padre Pío tenía un "algo especial", lo hace patente el hecho de que tantas personas, de todo el mundo, se agolparan cada día ante la iglesia de San Giovanni Rotondo y esperaran durante horas para participar, a las cinco de la mañana, en la Misa de este sacerdote capuchino. Y lo confirman estas palabras del Arzobispo de Milán, cardenal Montini, más tarde Pablo VI: «Si no encontráis lugar adecuado donde colocar al Padre Pío, traédmelo a Milán; estoy seguro de que su misa traería a mi diócesis más fruto que toda una gran misión».

Ese “algo especial” era, sí, consecuencia de los dones recibidos del Señor: las llagas del Crucificado en sus manos, pies y costado; padecer, al menos una vez por semana, la flagelación y la coronación de espinas de Jesús; sufrir, durante la Misa, en cuanto es posible a la criatura humana, todo lo que sufrió el Señor en su pasión y muerte; experimentar que, en ese tiempo de la celebración, ya no eran dos corazones, el de Jesús y el suyo, que latían al unísono, sino un solo corazón porque Jesús fusionaba con el suyo el del Padre Pío y el del Padre Pío se diluía en el de Jesús como una gota de agua en el mar; constatar el gran amor con el que la Virgen María le acompañaba al altar, como si no tuviera otra cosa en la que pensar sino en llenarle el corazón de santos afectos… Y era consecuencia también de las horas de oración con las que el Padre Pío se preparaba para la celebración de la Misa; de la invocación filial a la Inmaculada, ante su cuadro junto a la entrada a la sacristía, cuando bajaba a la iglesia para la celebración eucarística; de su silencio y recogimiento en la sacristía mientras se vestía los ornamentos sagrados; de sus convencimientos, que impulsaban todo lo anterior, de que «Todo lo que aconteció en el Calvario acontece en el altar», y que, «Cuando se celebra la Misa, todo el cielo dirige su mirada al altar», y que «El mundo podría existir sin el sol pero no sin la Misa»…

El Padre Pío, al celebrar la Misa, unía sus sufrimientos a los del Salvador y recogía los frutos de la redención para repartirlos luego a los hombres, sobre todo en el sacramento de la confesión. En otras palabras, vivía intensamente lo que escribió en el recordatorio de su primera Misa: «Jesús, mi anhelo y mi vida, hoy que, embargado por la emoción, te elevo en un misterio de amor, contigo yo sea para el mundo Camino, Verdad y Vida, y para ti sacerdote santo, víctima perfecta».

Además, el Padre Pío, que invitaba a los fieles a participar asiduamente en la santa Misa, enseñó con claridad el modo de hacerlo: «Como la oyeron en el Calvario la Santísima Virgen y las piadosas mujeres; del mismo modo, a ser posible, que el apóstol san Juan».
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Al Padre Pío, porque, al celebrar la Misa humildemente, se identificaba con Cristo en el Calvario y buscaba transformarse, a ejemplo de Jesús, en cuerpo entregado y en sangre derramada por la salvación de sus hermanos, le podemos llamar, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.

Elías Cabodevilla Garde

Mayo: días 19 al 25.


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19. Después de la ascensión de Jesucristo al cielo, María ardía continuamente en el más vivo deseo de reunirse con él. En ausencia de su divino Hijo, le parecía encontrarse en el más duro destierro.
Aquellos años en los que tuvo que estar separada de él, fueron para ella el más lento y doloroso martirio, martirio de amor que la consumía lentamente.

20. Jesús, que reinaba en el cielo con la humanidad santísima que había tomado en las entrañas de la Virgen, quiso que también su Madre, no sólo con el alma sino también con el cuerpo, se reuniera con él y compartiera plenamente su gloria.
Y esto era totalmente justo y merecido. Aquel cuerpo, que no fue ni por un sólo instante esclavo del demonio y del pecado, no debía serlo tampoco de la corrupción. 

21. Procura conformarte siempre y en todo a la voluntad de Dios en todos los acontecimientos, y no tengas miedo. Esta conformidad es el camino seguro para llegar al cielo.

22. Yo deseo, y no lo ignoráis, morir o amar a Dios, es decir, la muerte o el amor, ya que la vida sin este amor es peor que la muerte. ¡Hijas mías, ayudadme! Yo muero y agonizo en cada momento. Todo me parece un sueño y no sé dónde me muevo. ¡Dios mío!, ¿cuándo llegará la hora en que también yo pueda cantar: éste es mi descanso, oh Dios, para siempre?

23. Practica la penitencia de pensar con dolor en las ofensas hechas a Dios; la penitencia de ser constante en el bien, la penitencia de luchar contra tus defectos. 

24. Confieso ante todo la gran desgracia que supone para mí el no saber expresar y sacar fuera este gran volcán siempre encendido que me abrasa y que Jesús ha metido dentro de este corazón tan pequeño. Todo se resume en esto: vivo devorado por el amor de Dios y por el amor del prójimo.

25. La ciencia, hijo mío, por muy grande que sea, es siempre algo muy pobre; y es menos que nada en comparación con el formidable misterio de la divinidad. Debes encontrar otros caminos. ¡Limpia tu corazón de toda pasión terrena, humíllate en el polvo y ora! De ese modo encontrarás con certeza a Dios, que te dará la serenidad y la paz en esta vida y la beatitud eterna en la otra.

(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde