Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Asociado a la pasión de Cristo ¿también como víctima perenne?


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El Padre Pío, a quien el Señor asoció a la pasión de Cristo como víctima, deseó y buscó que otros, elegidos como él por el Señor para colaborar de este modo en la salvación de los hombres, respondieran con generosidad a esta misión.
·  En el último escrito de esta etiqueta de la web cité las palabras que el Padre Pío escribió al padre Agustín el 20 de septiembre de 1912: Él (Jesús) se elige almas… para ser ayudado en la gran empresa de salvar a los hombres. Y cuanto más sufren estas almas, sin consuelo alguno, tanto más se alivian los dolores del buen Jesús» (Ep I, 303s). Se lo había manifestado Jesús, al decirle: «Hijo mío, necesito víctimas para calmar la ira justa y divina de mi Padre» (Ep I 343).
· El Padre Pío buscó personalmente esas almas elegidas por el Señor, y les ayudó a descubrir las consecuencias dolorosas que implica la ofrenda de víctima. Las animaba a realizar esa ofrenda cuando las veía preparadas para ello, como en el caso de Jerónima Longo, a la que, después de escribirle: «Puedes estar segura de que el Señor quiere poseer totalmente tu corazón y que lo desea herido de amor y de dolor como el suyo», le dice: «Me parece muy bien que pidas al Señor que te haga partícipe de sus dolores» (Ep III, 1022s). Pero era muy prudente a la hora de concederles su autorización, como en el caso de María Gargani: «Sobre el permiso que me has pedido para ofrecerte como víctima por tus hermanos, de momento no puedo concedértelo. Recuerdámelo más adelante y entonces se verá qué se debe hacer en el Señor» (Ep III, 247).
·  Y el Fraile capuchino hizo algo más para encontrar esas almas. Se lo pidió al menos a uno de sus dos Directores espirituales, el padre Agustín. «Si os parece bien, buscad almas que se ofrezcan al Señor en calidad de víctimas por los pecadores. Jesús os ayudará», le escribió el 12 de marzo de 1913 (Ep I, 343).
El Padre Pío, convencido de que la “misión grandísima” que le había confiado el Señor le exigía hacer «más ruido después de muerto que en vida», quiso ser, no solo víctima perfecta, sino también víctima perenne hasta el final de los tiempos de este mundo.
·  Ésta es la sorprendente manifestación de un hijo espiritual del Padre Pío, don Pierino Galeone, en su libro “Padre Pio mio Padre”, reiterando lo que había manifestado en el “Proceso de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Pío de Pietrelcina”: «El Padre Pío me reveló además que había pedido a Jesús y que lo había obtenido, no sólo ser víctima perfecta, sino también víctima perenne, es decir, continuar siendo víctima en sus hijos, con el fin de prolongar su misión de corredentor con Cristo hasta el fin del mundo. Él me dijo y me confirmó que había recibido del Señor la misión de ser víctima y Padre de víctimas hasta el último día».
·  Desear ser víctima perfecta es algo lógico para quien ha hecho esta ofrenda al Señor. El Padre Pío, no sólo lo intentó con toda generosidad, sino que pidió esa gracia al Señor. La pidió ciertamente el día de su Primera Misa, como consta en el recordatorio de la misma: «Jesús… Contigo sea yo para el mundo / Camino Verdad Vida. / Y para ti Sacerdote Santo / Víctima Perfecta». (Ver Ep I, 196, nota). Pero es fácil pensar que lo hizo en otras muchas ocasiones. Pero desear y pedir ser víctima perenne, hasta el fin del mundo, supera todo lo imaginable.
·  El periodista italiano Antonio Socci, en su libro “Il segreto di Padre Pio”, afirma con razón que lo manifestado por don Pierino Galeone «deja sin palabras», porque es mucho más que lo que el Padre Pío había prometido a Giuseppina Morgera: «No temáis que, cuando llegue mi partida de este mundo, os pueda faltar algo: os prometo ante el cielo y la tierra que continuaré cuidando de vosotros desde el cielo. Las visitas que os haga serán más frecuentes, Pero ¿qué digo? Estaré siempre a vuestro lado: me preocuparé siempre de vuestra santificación. Y cuando el Señor quiera llamaros, yo mismo os presentaré al divino Esposo». Y añade Socci: «Es mucho más que una presencia visible: es el Padre Pío que continúa su misión por medio de sus hijos espirituales».
·  Aunque es entrar en el misterio, y de alguna manera juzgarlo, Antonio Socci presenta el caso de una joven, a la que da el nombre ficticio de Laura, en la que, a su juicio y a juicio del sacerdote que la acompaña espiritualmente, el Padre Pío está siendo hoy víctima en esa víctima. Yo creo tener la suerte de conocer al menos otros dos casos. 
Elías Cabodevilla Garde

Junio: días 9 al 15.


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9. Amemos a Jesús por su grandeza divina, por su poder en el cielo y en la tierra, y por sus méritos infinitos, pero, también y sobre todo, por motivos de gratitud. Si hubiera sido con nosotros menos bueno, más severo, ¡seguro que habríamos pecado menos!... Pero el pecado, cuando le sucede el dolor profundo de haberlo cometido, el propósito leal de no volverlo a cometer, el sentimiento vivo del gran mal que con él hemos causado a la misericordia de Dios; cuando, heridas las fibras más duras del corazón, se consigue que de ellas broten lágrimas ardientes de arrepentimiento y de amor, el mismo pecado, hijo mío, llega a convertirse en peldaño que nos acerca, que nos eleva, que de forma segura nos conduce a él.

10. Oh, si tuviese un número infinito de corazones, todos los corazones del cielo y de la tierra, el de tu Madre... todos, todos, oh Jesús, te los ofrecería a ti.

11. Jesús mío, mi dulzura, mi amor, amor que me sostiene.

12. Jesús, te quiero muchísimo; es inútil que te lo repita, te quiero mucho, Amor, Amor. ¡Tú solo!... a ti solo las alabanzas.

13. Jesús sea para ti, siempre y en todo, escolta, apoyo y vida!

14. Doy mi aprobación a que te ocupes en ganar almas para Jesús, enseñándoles el modo de agradarle. Haz también la santísima comunión por el Santo Padre.
 
15. Aún admitiendo que hubieras cometido todos los pecados de este mundo, Jesús te repite: te son perdonados (tus) muchos pecados porque has amado mucho.

(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue promoviendo la fraternidad como fruto de la oración.


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Las invitaciones del Padre Pío a cultivar la oración -invitaciones con su ejemplo y con su palabra- dieron, desde el inicio, el fruto inherente a la oración bien hecha: la fraternidad.
Los que respondían a estas invitaciones del Santo comenzaron pronto a reunirse para orar juntos; así surgieron, casi espontáneamente, los Grupos de Oración del Padre Pío.
Cuando, en lugares cercanos, funcionaban dos o más Grupos de Oración del Padre Pío, no faltaban, con alguna periodicidad, los encuentros de todos ellos para conocerse, intercambiar experiencias, animarse mutuamente, orar juntos…; en definitiva, avivar lazos de fraternidad.
Más tarde, sobre todo desde el año 1947, cuando el Padre Pío, como respuesta a la petición del Papa Pío XII de promover la oración para remediar los males causados por la Segunda Guerra Mundial, dio nuevo impulso y nueva organización a sus Grupos de Oración, vinieron, junto a otros encuentros, los Congresos diocesanos, regionales, nacionales e internacionales de los mismos. El segundo de estos últimos tuvo lugar en San Giovanni Rotondo en la tercera semana de septiembre de 1968, coincidiendo con la celebración de los 50 años de los estigmas visibles del Padre Pío. Para los participantes en este II Congreso Internacional celebró el Santo su última misa, a las cinco de la mañana del 22 de septiembre, domingo, y a ellos dio su bendición al atardecer de ese día, pocas horas antes de morir a las 2,30 del día 23, lunes.
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El Padre Pío sigue promoviendo los encuentros de sus Grupos de Oración con la finalidad antes indicada: conocerse, intercambiar experiencias, animarse, orar juntos…
En la fotografía, los miembros de dos Grupos de Oración del Padre Pío, además de reciente fundación, en su reunión del pasado domingo, día 2 de junio. Los dos son del Estado norteamericano de Texas. Uno, promovido y atendido por el Hno. Pablo Jaramillo, capuchino, en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe de Fort Worth; el otro, promovido por Roxana Polanco y atendido por el Padre Jesús, sacerdote diocesano, en la parroquia de San Juan Diego de Dallas.
El Grupo de Fort Worth se desplazó hasta Dallas para, entre otras cosas importantes, fomentar la fraternidad. No hace falta ofrecer más datos sobre el encuentro que celebraron. Basta fijarse en las caras de satisfacción de los fotografiados para imaginarlo.
Elías Cabodevilla Garde


El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (2)


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«Confesaba de la mañana a la noche» (Pablo VI)

Jesucristo, enviado por Dios al mundo «no para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 17), «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo» (Hech 10, 38).
El primer elemento de esa curación fue la liberación del pecado. Al paralítico que, en Cafarnaúm, llevado entre cuatro en una camilla, colocaron ante Jesús, éste le dijo en primer lugar: «Hijo, tus pecados te son perdonados»; después le dirá también: «levántate, coge tu camilla y vete a tu casa» (Mc 2, 3-11). A la mujer sorprendida en adulterio, que los escribas y fariseos le llevaron para preguntarle si debían apedrearla, como mandaba la ley de Moisés, Jesús le dirá: «Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más» (Jn 8, 3-11).
Y para que esta liberación del pecado se ofrezca a los hombres de todos los tiempos, Cristo, ya resucitado, dirá a sus discípulos: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 29, 22-23).
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El Padre Pío de Pietrelcina, desde su llegada a San Giovanni Rotondo en 1916, dedicó la mayor parte de su tiempo y sus mejores energías al ministerio de la confesión. Se le ha llamado con toda razón "El Padre que confiesa", "Mártir de la confesión"... ¿Le resultaba apetecible este ministerio? Esto es lo que dijo a un sacerdote: «Si supiese usted qué terrible es sentarse en el tribunal de la penitencia… Somos administradores de la sangre de Cristo. Estemos atentos a no derramarla con facilidad y ligereza».
El Padre Pío llegó a estar hasta quince y más horas diarias en el confesonario, algo inexplicable en un hombre afectado por diversas enfermedades, aunque éstas fueran misteriosas; consumido por continuos achaques; que de continuo perdía sangre por las heridas de sus llagas; que se alimentaba, cuando lo hacía, con un poco de menestra al mediodía y un poco de sopa, a veces,  a la noche…
Desde el principio, y más desde que las llagas se hicieron visibles en su cuerpo el 20 de septiembre de 1918, hombres y mujeres llegaban de todas partes para confesarse con él. En el convento de Capuchinos había otros sacerdotes, pero al que buscaban los peregrinos era al Padre Pío; y, con tal de confesarse con él, esperaban contentos hasta 15 y más días en San Giovanni Rotondo.
Si el trabajo era abrumador: «Son ya diez y nueve horas las que llevo sujeto al trabajo. Un esfuerzo superior a mis fuerzas, al que estoy haciendo frente como puedo, sin un momento siquiera de descanso», fueron mucho más dolorosos los dos años, de junio de 1931 a julio de 1933, en los que, como consecuencia de gravísimas calumnias contra él, quedó recluido entre las cuatro paredes del convento. Se sentía «devorado por el amor a Dios y el amor al prójimo, que le impulsaban a «liberar a mis hermanos de los lazos de Satanás», a «dar la vida por los pecadores y hacerles participar después de la vida del Resucitado» y a poner fin así a la «ingratitud de los hombres para con Dios, nuestro Sumo Bienhechor», pero la Jerarquía de la Iglesia le prohibía administrar el sacramento que mejor alcanza estos objetivos.
Al administrar el sacramento de la confesión, el Padre Pío usaba todos los medios a su alcance para arrancar a sus penitentes del pecado y conducirlos a Dios; también los dones especiales de profecía y de penetración de las conciencias, que le permitían ‑y lo hacía a veces‑ adelantarse a enumerar los pecados que debía confesar el penitente; sin excluir, cuando era necesario, la corrección severa e, incluso, negar la absolución. Pero, luego, debía comprar esas almas y conseguir que todas volvieran arrepentidas en busca del perdón. Escuchemos estas palabras dichas a un sacerdote inglés: «¡Si supieras cuánto cuesta un alma! ¡Las almas se compran y a muy caro precio!». Y a su Director espiritual escribió: «Cuántas veces, por no decir siempre, me toca decirle a Dios juez, junto con Moisés: “Perdona a este pueblo o bórrame del libro de la vida"».

Entre otros, estos tres convencimientos orientaban al Padre Pío en su ministerio de confesor:
-      1º. Cuando Dios perdona en el sacramento de la confesión ¡perdona!; más aún: ¡destruye el pecado! Como consecuencia: «No se debe volver ni con el pensamiento ni en la confesión a los pecados ya acusados en confesiones anteriores. Por nuestra contrición Jesús los ha perdonado en el tribunal de la penitencia… Con un gesto de infinita generosidad ha rasgado, ha destruido, las letras de cambio firmadas por nosotros al pecar, y que no habríamos podido pagar sin la ayuda de su clemencia divina».
-      2º. Porque en la confesión Dios ofrece, no sólo el perdón, sino también la paz, es decir: su gracia renovadora, hay que celebrarla con frecuencia. «Yo no me puedo resignar a tener a las almas más de ocho días alejadas de la confesión».
-      3º. Porque el confesor ofrece los dones de la misericordia divina, tiene que actuar siempre con misericordia y amor. Hermoso el testimonio que nos ha dejado el papa Juan Pablo II en un breve escrito del 5 de abril del 2002. En abril de 1948, al año siguiente de su ordenación sacerdotal, cuando estudiaba en Roma, Carlos Wojtyla se desplazó a San Giovanni Rotondo y se confesó con el Padre Pío: «Durante la confesión resultó que el padre Pío ofrecía un discernimiento claro y sencillo, dirigiéndose al penitente con gran amor».
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Al Padre Pío, también porque liberó a los oprimidos por el diablo y les ofreció, como Jesús y en su nombre, el perdón de los pecados y la vida nueva de la gracia, podemos llamarle, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia del Cristo”.

Elías Cabodevilla Garde

Junio: días 2 al 8.


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2. Con conmovido reconocimiento contemplemos aquel sublime misterio que atrae fuertemente al Corazón de Jesús hacia su criatura; meditemos la gran condescendencia con la que asume nuestra misma carne para vivir en medio de nosotros la mísera vida de la tierra; reunamos todas las posibilidades de la inteligencia para considerar de forma digna el tenaz fervor y los rigores de su apostolado, para recordar los horrores de su pasión y de su martirio, para adorar su sangre... ofrecida de forma regia hasta la última gota por la redención del género humano; y después, con humilde fe, con el mismo ardiente amor con que él envuelve y persigue nuestras almas, inclinemos nuestra frente manchada ante sus pies.

3. Jesús, tú vienes siempre a mí. ¿Con qué te debo alimentar?... ¡Con el amor! Pero mi amor es engañoso. Jesús, te quiero muchísimo. Suple mi falta de amor.

4. No ceso de implorar a Jesús sus bendiciones para vosotras y de pedir al Señor que os transforme enteramente en él. ¡Hijas mías!, ¡qué bello es su rostro, qué dulces sus ojos, y qué bueno es estar junto a él en el monte de su gloria! Allí debemos poner todos nuestros deseos y nuestros afectos. Nosotros somos, en contra de todo merecimiento,  sus peldaños del Tabor, si tenemos la firme resolución de servir bien y de amar  su divina bondad.

5. Recordemos que el Corazón de Jesús nos ha llamado no sólo para nuestra santificación, sino también para la santificación de otras almas. El quiere ser ayudado en la salvación de las almas.

6. ¿Qué más te puedo decir? La gracia y la paz del Espíritu Santo estén siempre en tu corazón. Pon este corazón en el costado abierto del Salvador y únelo a este rey de nuestros corazones. El está en ellos como en su trono real para recibir el homenaje y la obediencia de todos los demás corazones, con la puerta siempre abierta para que todos puedan acercarse y tener audiencia siempre y en cualquier momento; y cuando tu corazón le hable, no te olvides, mi queridísima hija, de hablarle también a favor del mío, para que su divina y cordial majestad lo vuelva bueno, obediente, fiel y menos mezquino de lo que es.
 
7. No te extrañes en modo alguno de tus debilidades. Al contrario, reconociéndote por lo que eres, avergüénzate de tu infidelidad para con Dios y pon en él tu confianza, abandonándote con paz en los brazos del Padre del cielo como un niño en los brazos de su madre.
 
8. En las tentaciones lucha con valentía junto con las almas fuertes y combate junto al jefe supremo; en las caídas no permanezcas postrada ni en el espíritu ni en el cuerpo; humíllate mucho pero sin perder el ánimo; abájate pero sin degradarte; lava tus imperfecciones y tus caídas con lágrimas sinceras de arrepentimiento, sin que falte la confianza en su divina bondad que será siempre mucho mayor que tu ingratitud; propón tu enmienda, sin presumir de ti misma, ya que tu fortaleza la debes tener en solo Dios; confiesa, por fin, con toda sinceridad, que, si Dios no fuese tu coraza y tu escudo, habrías sido incautamente herida por toda clase de pecados. 
(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue atrayendo a suplicar su intercesión.


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Al Padre Pío de Pietrelcina acudían hombres y mujeres de los cinco continentes, a implorar gracias, con frecuencia por largo tiempo deseadas, e incluso milagros. Sin duda iban atraídos por su santidad, por los estigmas en sus manos pies y costado que lo asemejaban a Cristo, por las muchísimas voces que, desde su experiencia personal, pregonaban la fuerza intercesora ante el Señor del Fraile capuchino... Muchos lo hacían personalmente, viajando hasta San Giovanni Rotondo; otros, por intermediarios o por carta.
En relación a las cartas que llegaban al Padre Pío pidiéndole oraciones o agradeciendo el fruto de las mismas, este dato es muy iluminador. En junio de 1921 -recalco el año, porque el Padre Pío murió en septiembre de 1968, 47 años más tarde, y el padre Agustín, en su “Diario”, no deja de repetir que el número de cartas que llegaban de todo el mundo iba en aumento- el Visitador apostólico Rafael Carlos Rossi, en el interrogatorio al padre Ignacio de Jelsi, le preguntó: «si las cartas se conservan», y la respuesta del padre Ignacio fue ésta: «Desde que estoy yo, sí, por mandado del Provincial. Antes, cuando llegaban hasta 600-700 al día, se quemaban».
    Entre estas cartas, tres muy especiales son las de Carlos Wojtyla, más tarde Juan Pablo II, en los años 1962 y 1963. En 1962, el 17 de noviembre, desde Roma, donde participaba en el Concilio Vaticano II, escribió al Padre Pío pidiéndole oraciones por una señora polaca, enferma de cáncer… El día 28 del mismo mes, le escribió de nuevo para comunicarle que la señora polaca, el día 21, sin ser intervenida quirúrgicamente como estaba previsto, se encontró inesperadamente curada, y para darle las gracias en nombre de la enferma curada (Wanda Poltawska) y de la familia de ésta. Y en 1963, el 14 de diciembre le escribió lo que sigue: «… Quisiera, por lo mismo, agradecerle calurosamente también en nombre de los interesados, por sus oraciones a favor de una señora, médico católica, enferma de cáncer,  y del hijo de un abogado de Cracovia, gravemente enfermo desde su nacimiento. Las dos personas están, gracias a Dios, bien.
Permítame, además, Padre Muy Reverendo, encomendar a sus oraciones una señora paralítica, de esta Archidiócesis. Al mismo tiempo me permito encomendarle las ingentes dificultades personales que mi pobre obra encuentra en la situación presente».
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El Padre Pío, a casi medio siglo de su muerte, sigue atrayendo a muchos a suplicar su intercesión ante el Señor, muchos más que durante su vida terrena. Hay lugares más frecuentados que éste, pero en éste -no lo excluyo en los demás- se percibe una sencillez, una autenticidad, una ternura…, que encantan.
La iglesia atendida por los Capuchinos de San Sebastián (España) está sita en la calle Oquendo, lugar céntrico de la ciudad. En el interior del templo, a la entrada, a la izquierda, desde el 21 de junio del 2009, fecha en que el Papa Benedicto XVI peregrinó a San Giovanni Rotondo, hay una copia de la estatua de San Pío de Pietrelcina del escultor italiano Arrighini. Es de bronce, de 1,80 m. de altura, colocada a unos 40 centímetros del suelo. El Santo está con las manos abiertas, en actitud de acogida.
Y son muchas las personas que, tanto al entrar en la iglesia como al salir de ella, se detienen a orar ante el Santo. Y otras, cada vez más, que, al pasar por delante de la iglesia, entran a saludar al Santo, tocan sus manos con las manos, o las besan, o le colocan rosarios, o se llevan los que otros han dejado en ellas, o le acarician el rostro… Lo que acontece entre esas personas y el Santo lo saben sólo ellos… y, sin duda, también en el cielo.
Elías Cabodevilla Garde

Asociado a la pasión de Cristo por su ofrenda de víctima.


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En los escritos anteriores de esta “etiqueta” de  la web, he presentado los “caminos misteriosos” por los que Dios quiso asociar a la pasión de Cristo al Padre Pío de Pietrelcina: las cinco llagas del Crucificado en su cuerpo, la transverberación, flagelación y coronación de espinas, la llaga del hombro o “sexta llaga”, los sufrimientos físicos, los sufrimientos morales, los sufrimientos causados por sus hermanos en religión y la “noche oscura.

¿Cuál fue la respuesta del Capuchino italiano? ¿Se contentó -ya sería mucho- con aceptar y sufrir pacientemente lo que le fue enviando el Señor a lo largo de su vida? No; fue más lejos y se ofreció al Señor, y repetidas veces, como víctima.

·  El Padre Pío, a la luz de las palabras de San Pablo: «Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24), deseó, y fue para él motivo de alegría, sufrir con Cristo en favor de la Iglesia y de los hombres. Lo manifiesta con  claridad en la carta que escribió el 20 de septiembre de 1912 al padre Agustín: «No deseo de ningún modo que se me aligere la cruz, porque sufrir con Jesús me es grato… Él se elige almas y, entre éstas, contra todo merecimiento de mi parte, ha elegido también la mía, para ser ayudado en la gran empresa de salvar a los hombres. Y cuanto más sufren estas almas, sin consuelo alguno, tanto más se alivian los dolores del buen Jesús. Éste es el motivo por el que deseo sufrir cada vez más y sufrir sin consuelo, y aquí radica toda mi alegría» (Ep I, 303s). Como consecuencia, sufrir con Cristo lo presentaba a sus hijos espirituales como un honor y una gracia. A Rafaelina Cerase, por ejemplo, le escribió: «Las tribulaciones, las cruces han sido siempre la herencia y la porción de las almas elegidas» (Ep II, 128); y a Assunta di Tomaso: «Considérate afortunadísima por haber sido hecha digna de participar en los dolores del Hombre-Dios» (Ep III, 441).

·  Pero ser víctima es algo más; y ofrecerse como víctima implica mucho más que aceptar pacientemente y sufrir, incluso con alegría, lo que el Señor nos manda.

El padre Melchor de Pobladura, en su obra “En la escuela espiritual del Padre Pío de Pietrelcina” presenta así la realidad de víctima: «Ser víctima, en el lenguaje tradicional ascético, quiere significar donación total para ser habitualmente inmolados por amor al Señor. No se trata por tanto de una simple aceptación más o menos voluntaria de sacrificios o de sufrimientos etc. sino de la decisión consciente de dejar vía libre a la acción purificadora y santificadora de Dios… Esta totalidad de la ofrenda victimal, que debe distinguirse del denominado voto “de lo más perfecto”, se expresa adecuadamente con el vocablo holocausto. De hecho se trata del sacrificio radical del ser y del obrar, de lo que se es y de lo que se tiene, del presente y del futuro, de la vida y de la muerte; de una entrega, o mejor todavía, de una consagración amorosa sin límites ni condicionamientos: de un sacrificio integral, completo y perfecto, ofrecido en alabanza y gloria de Dios».

El Padre Pío podría confirmar todo lo que afirma el padre Melchor de Pobladura, apoyándose en su experiencia personal.

·  Es muy probable que su ofrenda de víctima el Padre Pío la hubiera realizado años antes; pero la primera alusión a la misma la tenemos en el recordatorio de su Primera Misa, que la celebró en Pietrelcina el 14 de agosto de 1910: «Jesús / suspiro mío y vida mía. / Hoy que lleno de emoción Te / elevo / En un misterio de amor / Contigo sea yo para el mundo / Camino Verdad Vida. / Y para ti Sacerdote Santo / Víctima Perfecta». (Ep I, 196, nota).

·  En esta su ofrenda de víctima el Padre Pío descubrió un proyecto y un regalo de Jesús. Lo manifiesta al padre Agustín en carta del 5 de noviembre de 1912: «¿No le dije que Jesús quiere que yo sufra sin consuelo alguno? ¿Acaso no ha sido él el que me lo ha pedido y me ha elegido por una de sus víctimas?» (Ep I, 311). Un proyecto que Jesús se lo recodaba de cuando en cuando al Padre Pío: «Hijo mío -añadió Jesús- necesito víctimas para calmar la ira justa y divina de mi Padre; renuévame el sacrificio de todo tú mismo y hazlo sin reservarte nada» (Ep I, 343).

·  Esta ofrenda de víctima, a juzgar por lo que escribió al padre Agustín el 26 de agosto de 1912, el Padre Pío la vivió gozosamente. Antes de escribir: «¡Oh qué hermoso el llegar a ser víctima de amor!», le había dicho: «Mire lo que me sucedió el viernes pasado. Me encontraba en la iglesia en la acción de gracias por la misa, cuando, de golpe, sentí herido el corazón por un dardo de fuego tan vivo y ardiente que creí morir. Me faltan palabras adecuadas para hacer comprender la intensidad de esta llama… El alma, víctima de esta consolación, queda muda. Me parecía que una fuerza invisible me sumergía entero en fuego. Dios mío, ¡qué fuego! ¡Qué dulzura!... De estos transportes de amor he sentido muchos… Pero esta vez, un instante, un segundo más, y mi alma se habría separado del cuerpo, se habría ido con Jesús» (Ep I, 300).

·  Pero el gozo de ser víctima de ningún modo privó al Padre Pío de indecibles sufrimientos. En la citada carta del 5 de noviembre escribe: «Y es el dulcísimo Jesús el que me ha hecho comprender todo el significado de víctima. Es necesario, querido padre, llegar hasta el “consummatum est” (todo se ha cumplido) y el “in manus tuas” (en tus manos encomiendo mi espíritu)» (Ep I, 311). Y días más tarde, en carta del 18 de noviembre, le escribió: «Jesús, su querida Madre y el Angelito con los otros me van animando, sin dejar de repetirme que la víctima, para decirse tal, es necesario que pierda toda su sangre» (Ep I, 314s).

·  De estos sufrimientos del Padre Pío víctima tenemos que decir: que eran sufrimientos en el espíritu y en el cuerpo: «Jesús me ha concedido escuchar con claridad su voz en mi corazón: “Hijo mío, el amor se conoce en el dolor. Lo sufrirás agudo en el espíritu y más agudo en el cuerpo”» (Ep I, 328); que eran respuesta inmediata del Señor a la ofrenda del Capuchino. Esto escribió al padre Benedicto el 27 de julio de 1918: «Mientras sucedía esto, tuve tiempo para ofrecerme todo entero al Señor por aquella finalidad por la que el Santo Padre había pedido a la Iglesia universal que ofreciera oraciones y sacrificios. Y apenas había terminado de hacerlo, me sentí arrojar a ésta tan dura prisión y sentí todo el estruendo de la puerta de esta prisión que se me cerraba detrás. Me sentí aprisionado por durísimos cepos y sentí enseguida que se me iba la vida. Desde aquel momento me siento en el infierno, sin ninguna pausa, ni siquiera por un instante» (Ep I, 1053s); y que, en algunas fechas, eran más terribles. Lo manifestó al padre Agustín el 1 de febrero de 1913: «Y en algunos días especiales, en los que Jesús sufrió más intensamente en esta tierra, me hace sentir el sufrimiento con mucha más vehemencia» (Ep I, 336).

·  Ante lo que le repiten los que él ha enumerado en el texto que he citado más arriba, el Padre Pío no se echó atrás. Persuadido de la eficacia santificadora y apostólica de esta ofrenda victimal, la fue haciendo, y reiterándola a lo largo de los años, por objetivos concretos: las intenciones del Papa (Ep I, 1053), los pecadores (Ep I, 206, 210, 304, 678), las necesidades espirituales de la Provincia religiosa a la que pertenecía (Ep I, 532, 542), sus Directores espirituales (Ep I, 808, 825…), los aspirantes capuchinos (Ep I, 874), las almas que el Señor le había confiado (Ep I, 1189)… Y la hizo con la generosidad heroica que manifiesta en esta carta de 29 de noviembre de 1910, dirigida al padre Benedicto: «Desde hace un tiempo siento en mí la necesidad de ofrecerme al Señor víctima por los pobres pecadores y por las almas del purgatorio. Este deseo ha ido creciendo cada vez más en mi corazón hasta convertirse, me atrevo a decir, en una fuerte pasión. Varias veces hice esta ofrenda al Señor, conjurándole a que haga recaer sobre mí los castigos que están preparados para los pobres pecadores y los de las almas del purgatorio, incluso centuplicándolos sobre mí, con tal que convierta y salve a los pecadores y admita pronto en el paraíso las almas del purgatorio; pero ahora quisiera hacer al Señor este ofrecimiento con su permiso. A mí me parece que Jesús lo quiere» (Ep I, 206).

·  Y el Padre Pío, al menos desde junio de 1913, tuvo la certeza absoluta de que las consecuencias de su ofrenda victimal durarían, como así fue, toda su vida. En esa fecha escribió al padre Benedicto: «Otras veces, sin ni siquiera pensarlo, se me enciende en el alma un vivísimo deseo de poseer totalmente a Jesús, y entonces con una claridad tal, que el Señor comunica a mi alma, y que yo no sé expresarla por escrito, me hace ver, como en un espejo, que toda mi vida futura no será otra cosa que un martirio» (Ep I, 367s). Con más sencillez se lo manifestó a Erminia Gargani el 28 de junio de 1918: «Del altar de los holocaustos, en el que yo me encuentro, ya no se descenderá nunca, es inútil pensarlo. Se haga la divina voluntad» (Ep III, 744).

Elías Cabodevilla Garde