Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Julio: días 7 al 13.


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7.  El enemigo es demasiado fuerte; y, hechos todos los cálculos, parecería que la victoria tendría que sonreír al enemigo. ¡Ay de mí!, ¿quién me librará de las manos de este enemigo tan fuerte y tan poderoso, que no me deja libre un sólo instante, ni de día ni de noche? ¿Es posible que el Señor permita alguna vez mi caída? Desgraciadamente lo merecería; pero ¿será verdad que la bondad del Padre del cielo sea vencida por mi maldad? Esto jamás, jamás, Padre mío (Epist.I, p.552).

8.  Preferiría ser traspasado por una fría hoja de cuchillo antes que desagradar a alguien (T, 45).

9.  Buscar sí la soledad, pero sin faltar a la caridad con el prójimo (CE, 19).

10.  Es necesario siempre, también al reprender, saber condimentar la corrección con modos corteses y dulces (GB, 34).

11.  Faltar a la caridad es como herir a Dios en la pupila de sus ojos. ¿Hay algo más delicado que la pupila del ojo?
Faltar a la caridad es como pecar contra la naturaleza (AdFP, 555).

12.  La beneficencia, venga de donde viniere, es siempre hija de la misma madre: la providencia (AdFP, 554).

13.  Acuérdate de Jesús, manso y humilde de corazón. El “si os dejáis llevar de la ira que no sea hasta el punto de pecar”, es propio de los santos. Yo jamás me he arrepentido de actuar con dulzura; pero sí he sentido remordimiento de conciencia y me he tenido que confesar cuando he sido un poco duro. Pero, cuando hablo de suavidad, no me refiero a la que deja pasar todo. ¡Esa no! Me refiero a aquélla que, sin ser nunca descuidada, transforma la disciplina en algo dulce (GB, 34).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue atrayendo a su espiritualidad.


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El Padre Pío de Pietrelcina, con el encanto de su espiritualidad cien por cien evangélica, con el atractivo de sus consejos llenos de sabiduría divina y transmitidos con amor de padre, con la fuerza de su mirada luminosa, reflejo de la bondad de Dios, con el “milagro” de los estigmas del Crucificado en manos, pies y costado, con la autenticidad de un ministerio sacerdotal, que «celebraba la misa humildemente», que «confesaba de la mañana a la noche», que invitaba a la oración y al amor fraterno, sobre todo a enfermos y necesitados, y que transmitía e impulsaba una «tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra»…, atraía a San Giovanni Rotondo, la pequeña ciudad del centro-sur de Italia, donde vivió desde septiembre de 1916 hasta su muerte, el 23 de septiembre de 1968, a personas de los cinco continentes y de todas las clases sociales. 
Hombres y mujeres que llegaban individualmente y en grupos. Grupos de seglares, grupos de religiosos, grupos de religiosas, grupos de sacerdotes y también, sobre todo durante los años del Concilio Vaticano II, pequeños grupos de obispos, como el que recoge la fotografía. Y si  todos llegaban a San Giovanni Rotondo con el deseo de conocer al Fraile capuchino o de verlo de nuevo, muchos buscaban también conocer los rasgos de su espiritualidad para imitarlos.
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¿Qué hace el Padre Pío hoy, a la distancia de casi 45 años de su muerte? En San Giovanni Rotondo, la realidad sigue siendo la que he indicado, sólo que en números mucho más elevados.
Pero, para conocer y aprender la espiritualidad del Padre Pío, no hace falta viajar a Italia. ¿Una prueba? Los Capuchinos de Colombia han querido organizar este año los Retiros espirituales anuales “a la luz de la espiritualidad del Padre Pío”. Desde el pasado domingo por la noche, hasta hoy, viernes, a mediodía, 38 religiosos, retirados en su casa de encuentros espirituales “Tranquilandia”, han centrado sus reflexiones, su oración personal y comunitaria y sus celebraciones litúrgicas en la espiritualidad del Padre Pío.
 A las aportaciones que he podido ofrecerles en dos meditaciones y una plática informativa diarias, se han unido las de los documentales “El Padre Pío un hombre que ora” y “Benedicto Peregrino” y la de la película “Padre Pío”, preparada en el año 2000 por Mediaset para la cadena de televisión italiana “Telecinco”.
No dudo de que el Santo de Pietrelcina, que fue, en frase del Papa Pablo VI, “hombre de oración”, habrá dado su aprobación plena a las celebraciones litúrgicas diarias: Laudes, Vísperas y Eucaristía, muy bien preparadas por la Comisión de Espiritualidad y Vida Fraterna, y participadas con verdadero espíritu por todos los hermanos. Éstos han querido beneficiarse también de la celebración comunitaria de la Reconciliación, ya que el Padre Pío dedicó tantas horas diarias a administrar el Sacramento de la confesión. Y han querido terminar los días de los Retiros espirituales rezando comunitariamente el Rosario, secundando así el testamento espiritual del Fraile capuchino: «Amad a la Virgen; haced que se ame a la Virgen; rezad siempre el Rosario».
Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (4)


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«Hombre de sufrimiento» (Pablo VI)

San Mateo escribe en el capítulo dieciséis de su Evangelio: «Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado» (Mt 16, 21). Y si fueron muy dolorosos para Jesús los padecimientos físicos: los azotes, la corona de espinas, el peso de la cruz, los clavos que atravesaron sus pies y sus manos…, lo fueron mucho más los sufrimientos morales: el beso traidor de Judas, las negaciones de Pedro, el abandono de los apóstoles, el «crucifícale, crucifícale» de los judíos, el «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», gritado a su Padre desde lo alto de la cruz (Mc 15, 34).
Jesús, además, enseñó que, para ser discípulo suyo, es necesario cargar con la cruz: «Entonces dijo a los discípulos: “El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y mi siga”» (Mt 16, 24).
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La vida del Padre Pío estuvo marcada por el sufrimiento: sufrimientos físicos, muy dolorosos; y sufrimientos morales, que le hirieron en lo más profundo de su espíritu. No sólo eso; el Padre Pío amó el sufrimiento, pidió a Dios la gracia de sufrir, y el sufrimiento fue para él «Mi alimento diario, mi ¡delicia!».
Difícil ofrecer la lista completa de los sufrimientos físicos del Padre Pío. Habría que enumerar sus múltiples y misteriosas enfermedades: «No te entiendo, no sé qué hacer contigo», le dijo el médico cuando el joven capuchino no había cumplido todavía los 25 años; sus continuos ayunos, también porque el estómago no le aceptaba la comida; su trabajo extenuante de quince y más horas diarias en el confesonario; sus largas vigilias de oración por la noche; las llagas del Crucificado en sus manos, pies y costado: «¿Crees que Jesús me las ha dado como simple condecoración?»; la “sexta llaga” o llaga en el hombro derecho, que, por manifestación, en el año 1948, al entonces joven sacerdote Carlos Wojtyla, después Papa con el nombre de Juan Pablo II, era la que más dolor le producía, la que nadie conocía y la que nunca había sido curada; la flagelación y coronación de espinas, experimentadas por él al menos una vez por semana, que le herían en el centro de su alma pero no por eso dejaban de producir sufrimientos en el cuerpo…
Pero más dolorosos que los físicos fueron sus sufrimientos morales. Ante todo, las llagas, que le causaban, como confesó a su Director espiritual, además de los sufrimientos físicos antes mencionados, «una confusión y una humillación indescriptible e insostenible»; las visitas médicas para examinar sus llagas, impuestas tanto por las Autoridades de la Iglesia como por las de la Orden; su aislamiento de los fieles y la prohibición, durante más de dos años, de todo ministerio sacerdotal, a excepción de la Misa, que debía celebrar en la capilla interna del convento; las calumnias gravísimas contra su persona y su ministerio; las «violentas y asiduas» tentaciones contra la fe, la esperanza y la pureza; y, sobre todo, el fenómeno místico de la «noche oscura», que le acompañó durante casi toda su vida y le llevó a escribir: «Preferiría llevar mil cruces y hasta me sería dulce y llevadera toda cruz, si no tuviese esta prueba de sentirme siempre en la duda de si agrado o no al Señor en mis obras».
A la persona que le comentó: «Padre, usted ama lo que yo temo», respondió el Padre Pío: «Yo no amo el sufrimiento por el sufrimiento; lo pido a Dios, lo suplico, por los frutos que me aporta: da gloria a Dios, me alcanza la salvación de mis hermanos en este destierro, libra a las almas del fuego del purgatorio, y ¿qué otra cosa puedo desear?».
Y el Padre Pío deseó el sufrimiento y pidió la gracia de sufrir, sobre todo, para responder al proyecto de Cristo que le asoció a su pasión. Cuando, en junio de 1921, el Visitador enviado por el Vaticano, monseñor Rafael Carlos Rossi, le pidió: «Que cuente detalladamente lo relacionado con los llamados “estigmas”», el Padre Pío respondió así: «El 20 de Septiembre de 1918, después de la celebración de la Misa, cuando me encontraba en el Coro en la debida acción de gracias, de forma repentina, fui presa de un fuerte temblor; después me invadió la calma y vi a Nuestro Señor en la actitud de quien está en la cruz, pero no se me quedó grabado si tenía la cruz, lamentándose de la mala correspondencia de los hombres, sobre todo de los consagrados a él y más favorecidos por él. De aquí se deducía que él sufría y que deseaba asociar almas a su Pasión. Me invitaba a compenetrarme con sus dolores y a meditarlos; al mismo tiempo, a ocuparme de la salvación de los hermanos. Enseguida, me sentí lleno de compasión por los dolores del Señor y le preguntaba qué podía hacer. Oí esta voz: “Te asocio a mi pasión”. Y enseguida, desaparecida la visión, volví en mí, recobré el sentido y vi estas señales de las cuales goteaba sangre».
¿Cuándo el Padre Pío, a la pregunta de Cleonice Morcaldi «Qué es el sufrimiento para usted», respondió, como he indicado antes: «Mi alimento diario. Mi ¡delicia!», estaba indicando que el Señor le concedía vivir al mismo tiempo las dos realidades: el dolor y la alegría, el sufrimiento y el gozo? Me aventuro a decir que sí.
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En los escritos anteriores, he llamado al Padre Pío, a San Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” porque, identificado con los ideales de quien vino al mundo para glorificar al Padre y salvar a los hombres, «Celebraba la Misa humildemente», «Confesaba de la mañana a la noche» y «Era hombre de oración». Hoy, con fray Modestino, le repito este título, porque, como Jesús, fue «hombre de sufrimiento».

Elías Cabodevilla Garde

Junio: día 30 a julio: día 6.


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30.  Jesús mío, salva a todos, yo me ofrezco como víctima por todos; dame fuerzas, toma este corazón, llénalo de tu amor y después mándame lo que quieras (AD, 53).

1.  Dios no quiere que experimentes de forma sensible el sentimiento de la fe, esperanza y caridad, ni que lo disfrutes si no en la medida que se necesita en cada ocasión. ¡Ay de mí!, ¡qué felices somos al estar tan íntimamente atados por nuestro celeste tutor! No debemos hacer otra cosa que lo que hacemos, es decir, amar a la divina providencia y abandonarnos en sus brazos y en su seno.
No, Dios mío, yo no deseo gozo mayor de mi fe, de mi esperanza y de mi caridad, que el poder decir sinceramente, aunque sea sin gusto y sin sentirlo, que preferiría morir antes que abandonar estas virtudes (Epist.III, p.421s.).

2.  Dame y consérvame aquella fe viva que me haga crecer y actuar por solo tu amor. Y éste es el primer don que te ofrezco; y unido a los santos magos, postrado a tus pies, te confieso sin ningún respeto humano, delante del mundo entero, por nuestro verdadero y único Dios (Epist.IV, p.884).

3.  Bendigo de corazón a Dios que me ha dado a conocer personas verdaderamente buenas, y porque también a ellas he anunciado que sus almas son la viña de Dios; la cisterna es la fe; la torre es la esperanza; el lagar es la santa caridad; la valla es la ley de Dios que las separa de los hijos del mundo (Epist.III, p.586).

4.  La fe viva, la creencia ciega y la plena adhesión a los que Dios ha dado autoridad sobre ti..., ésta es la luz que iluminó los pasos del pueblo de Dios en el desierto. Esta es la luz que brilla siempre en lo más alto de todos los espíritus gratos al Padre. Esta es la luz que condujo a los magos a adorar al mesías recién nacido. Esta es la estrella profetizada por Balaam. Esta es la antorcha que guía los pasos de estos espíritus desolados.
Y esta luz y esta estrella y esta antorcha son también las que iluminan tu alma, dirigen tus pasos  para que no vaciles, fortifican tu espíritu en el afecto a Dios y (hacen que), sin que el alma las conozca, se avance siempre hacia el destino eterno.
Tú ni lo ves ni lo entiendes, pero tampoco es necesario. Tú no verás más que tinieblas, pero no son las tinieblas que envuelven a los hijos de la perdición, sino las que rodean al Sol eterno. Ten por cierto y cree que este Sol resplandece en tu alma; y que este Sol es exactamente aquél del que cantó el vidente de Dios: Y en tu luz veré la luz (Epist.III, p.400s.).

5.  La profesión de fe más bella es la que sale de tus labios en la obscuridad, en el sacrificio, en el dolor, en el esfuerzo supremo por buscar decididamente el bien; es la que, como un rayo, disipa las tinieblas de tu alma; es la que, en el relampaguear de la tormenta, te levanta y te conduce a Dios (CE, 57).

6.  Ejercítate con particular esmero, hija mía queridísima, en la dulzura y en la sumisión a la voluntad de Dios, no sólo en las cosas extraordinarias sino también en aquéllas pequeñas que nos suceden cada día. Hazlo no sólo por la mañana sino también durante el día y por la tarde, con un espíritu tranquilo y alegre; y, si te sucediese que caes, humíllate, propóntelo de nuevo,  y después levántate y sigue (Epist.III, p.704).
 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue atrayendo a sus hijos para lanzarlos hacia Cristo.


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El Padre Pío de Pietrelcina, consciente de la “misión grandísima” que le confió el Señor, sabe que tiene que ser -¿para todos?- lo que los devotos le pedimos al llamarle, no San Pío, sino Padre Pío. Además, ya lo anunció él: «Soy todo de todos y de cada uno. Cada uno puede decir: "El Padre Pío es mío"».
A sus palabras: «Haré más ruido después de muerto que en vida» es fácil darles el sentido que quiso atribuirles él: «Atraeré a muchos más hacia Cristo después de muerto que en vida».
Hasta el día de su muerte, el 23 de septiembre de 1968, atrajo a San Giovanni Rotondo (Foggia – Italia), donde vivió y ejerció el ministerio desde el 4 de septiembre de 1916, a miles de hombres y mujeres de los cinco continentes, de todas las edades y de todas las condiciones sociales. A su funeral, en la tarde del día 26, cuatro días después de su muerte, asistieron unas cien mil personas.
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¿Qué hace el Padre Pío hoy, a la distancia de casi 45 años de su muerte? No quiero referirme a San Giovanni Rotondo, pues es lógico, aunque bastante inexplicable, que sean varios millones las personas que cada año se acercan a visitar los “lugares del Padre Pío” y a orar ante sus restos mortales, de nuevo visibles desde el pasado día 1 de junio, como lo estuvieron, después de su reconocimiento canónico, desde el 24 de abril del 2008 hasta el 24 de septiembre del 2009.
Son muchos los lugares del mundo que, desde hace años, organizan celebraciones periódicas en torno a la figura del Padre Pío: el día 23 de cada mes, el cuarto martes o el cuarto jueves de mes… Y con frecuencia las iglesias en las que tienen lugar esos actos litúrgicos se ven abarrotadas de devotos del Padre Pío. ¿Explicación? El Padre Pío que sigue cumpliendo su “misión grandísima” y que sigue atrayendo hacia sí a más y más personas para, por medio de la Virgen María, lanzarlas de nuevo hacia Cristo.
Baste este ejemplo. La parroquia “San Isidro Labrador” de Vásquez de Coronado, de la archidiócesis de San José, de Costa Rica, celebra todos los meses del año, el día 23 de cada mes, una Eucaristía, especialmente solemne, y muy bien preparada por el Párroco, el sacerdote diocesano Padre Gabriel Corrales, y por el Equipo de Liturgia, en memoria de San Pío de Pietrelcina. Todo ayuda a conocer mejor la espiritualidad del Padre Pío para, imitándola, caminar con más entusiasmo en el seguimiento de Cristo y entregarse con más decisión a instaurar el Reino de Dios entre los hombres: la celebración en su conjunto, la homilía, la veneración de las reliquias del Santo capuchino, los testimonios de los que han sido beneficiados por el Señor a través del Padre Pío…
En la celebración del pasado día 23, hace algo menos de una semana, el amplio templo, único de arquitectura gótica en Costa Rica, estaba, como se ve en la fotografía, lleno de devotos del Padre Pío: unas mil personas de todas las edades: niños,  jóvenes, adultos, ancianos y personas en sillas de ruedas.
Elías Cabodevilla Garde

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (1)


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La biografía de San Pío de Pietrelcina del capuchino español Leandro Sáez de Ocáriz lleva por título: “Pío de Pietrelcina místico y apóstol”. Si al Padre Pío le tenemos que colocar entre los grandes místicos de todos los tiempos, le podemos dar el calificativo de apóstol con no menos razón que a San Pablo, a San Francisco Javier…
El Padre Pío tenía que responder, no ya a la misión apostólica que implica el bautismo, sino a un encargo personal del Señor, recibido en el año del noviciado para capuchino, a la temprana edad de 15-16 años. Lo manifiesta él mismo en una carta de noviembre de 1922 a su hija espiritual Nina Campanile: «Pero tú, (Señor), que me escondiste a los ojos de todos, ya desde entonces habías confiado a tu hijo una misión grandísima, misión que sólo tú y yo conocemos».
En los escritos que iré colgando en esta etiqueta de la página web intentaré presentar las motivaciones que urgían al Capuchino de Pietrelcina a la intensísima labor apostólica que realizó a lo largo de su larga vida de 81 años, los medios que usó en su actividad apostólica, el talante humano y espiritual con el que actuaba en su apostolado…
Como sencilla aproximación al tema, quiero referirme, ya en este momento, aunque sea brevemente, al contenido de las dos palabras que usa el Fraile capuchino: misión grandísima.
- Pienso que a la palabra “misión” no hay que atribuir un sentido diverso del que le damos al hablar de la misión de la Iglesia. Esta misión implica, en pocas palabras: anunciar a los hombres, por los medios adecuados, la buena noticia del Evangelio; ofrecerles, sobre todo por los sacramentos, la salvación que brota de la muerte y resurrección de Cristo; y promover, sobre todo en los bautizados, la caridad hacia Dios y hacia los hermanos. El Padre Pío, al referirse a esta “misión”, usaba, entre otras, estas expresiones: «liberar a mis hermanos de los lazos de Satanás»; «hacerles participar de la vida del Resucitado»; «poner fin a la ingratitud de los hombres para con Dios, nuestro Sumo Bienhechor»…
- Al adjetivo, en superlativo, “grandísima” sí hay que atribuirle contenidos muy especiales. Aún sabiendo que me muevo en el “misterio”, me atrevo a otorgarle estos tres.
* Misión grandísima por los frutos que produjo, y produce, en las personas en las que Dios actuó, y actúa hoy, por medio del Padre Pío. En las biografías del Padre Pío abundan las conversiones al estilo de la de San Pablo, muy llamativas por la profundidad en el cambio de vida. Son obra del Señor, como recalcaba el Fraile capuchino; pero a través de este instrumento que el Papa Benedicto XV llamó proféticamente: «Uno de esos hombres extraordinarios que Dios envía de vez en cuando al mundo para salvar a los hombres». Podía ser o una palabra de corrección fraterna, o la confesión con él, o la asistencia a su Misa, o la breve orientación espiritual que daba antes del rezo del Ángelus, o una curación milagrosa, o la llegada de un hijo largamente esperado…El libro de José María Zavala “Los milagros desconocidos del Santo de los estigmas” recoge muchas actuaciones del Señor por medio del Padre Pío, después de la muerte de éste. En ninguna de ellas, la persona beneficiada queda como antes: o abandona decididamente los caminos del pecado o de la tibieza, si iba por ellos; o abraza compromisos mucho más exigentes en su vida de piedad y en su entrega al bien de los demás, si ya vivía las exigencias de la vida cristiana.
* Misión grandísima por el número de personas a las que alcanzó y alcanza su actividad apostólica y, además, de los cinco continentes. Al Padre Pío le podemos llamar el “gran misionero”, no porque saliera del reducido entorno de San Giovanni Rotondo, sino porque venían a él, en mayor número conforme se iban divulgando los dones que le regalaba el Señor, hombres y mujeres de todo el mundo y de todas las edades y clases sociales.
* Misión grandísima, finalmente, porque ésta, al parecer, no sólo no terminó con su muerte, sino que, a partir del 23 de septiembre de 1968, adquirió nuevas dimensiones. A las palabras del Padre Pío: «Haré más ruido después de muerto que en vida», respuesta a las del religioso de su fraternidad capuchina que le decía: «¡Cuánto ruido hace usted, Padre Pío!», tenemos que darles este sentido: «Atraeré hacia el Señor a muchos más después de muerto que los que he atraído en vida». Lo que acontece en San Giovanni Rotondo desde el día mismo de la muerte del Padre Pío -se dice que es el segundo lugar católico más visitado del mundo-, la devoción al Fraile capuchino en todo el mundo, el florecimiento constante de nuevos Grupos de Oración del Padre Pío, las obras sociales que surgen por todas partes como respuesta a gracias especiales del Señor por medio del Santo de Pietrelcina…, lo están acreditando. Y, aunque esto es entrar más y más en el “misterio”, personas que tienen la suerte de acompañar espiritualmente a estas “víctimas” dejan escapar informaciones que confirman que es verdad lo manifestado por Don Pierino Galeone en el “Proceso de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Pío de Pietrelcina”: «El Padre Pío me reveló además que había pedido a Jesús y que lo había obtenido, no sólo ser víctima perfecta, sino también víctima perenne, es decir, continuar siendo víctima en sus hijos, con el fin de prolongar su misión de corredentor con Cristo hasta el fin del mundo. Él me dijo y me confirmó que había recibido del Señor la misión de ser víctima y Padre de víctimas hasta el último día».

Elías Cabodevilla Garde

Junio: días 23 al 29.


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23. Si no se te concede el poder detenerte por mucho tiempo en oración, en lecturas, etc., no debes desanimarte por eso. Mientras tengas a Jesús sacramentado cada mañana, debes considerarte afortunadísima. Durante el día, cuando no se te conceda hacer otra cosa, llama a Jesús, incluso en medio de todas tus ocupaciones, con gemidos resignados del alma; y él vendrá y permanecerá siempre unido a tu alma por la gracia y por su santo amor. Vuela en espíritu al sagrario, cuando no puedas ir en persona; y allí expresa tus ardientes deseos y habla y pide y abraza al Amado de las almas, mejor que si se te concediese recibirlo sacramentalmente.

24. Sólo Jesús puede comprender cuánta es mi pena cuando se despliega ante mí la escena dolorosa del Calvario. Es igualmente incomprensible el alivio que se da a Jesús, no sólo al compartir sus dolores, sino cuando encuentra un alma que, por su amor, le pide no consuelos sino más bien tomar parte en sus mismos sufrimientos.

 25. Al asistir a la santa misa renueva tu fe y medita cuál es la víctima que se inmola por ti a la divina justicia, para aplacarla y volverla propicia.
Cuando estás bien, oyes la misa. Cuando estás mal y no puedes asistir a ella, entonces la dices.

26. Cada santa misa escuchada con atención y devoción produce en nuestra alma efectos maravillosos, abundantes gracias espirituales y materiales, que ni nosotros mismos conocemos. Para conseguir esto, no gastes inútilmente tu dinero, sacrifícalo y sube hasta aquí para escuchar la santa misa.
El mundo podría  subsistir incluso sin el sol, pero no podría existir sin la santa misa.

27. En estos tiempos tan tristes de fe muerta, en los que triunfa la impiedad, el medio más seguro para mantenerse libres del terrible mal que nos rodea, es el de fortalecerse con este alimento eucarístico. Algo que no lo podrá conseguir aquél que vive meses y meses sin saciarse de la carne inmaculada del Cordero divino.

28. Termino porque la campana me llama y me invita; y yo me voy al lagar de la iglesia, al santo altar donde continuamente destila el vino sagrado de la sangre de aquella uva deliciosa y singular, de la que a sólo unos pocos afortunados les está permitido embriagarse. Allí -como bien sabéis, no puedo actuar de otro modo- os presentaré al Padre celestial, en unión de su Hijo, en quien, por quien y por medio de quien yo soy todo vuestro en el Señor.

29. ¿Veis cuántos desprecios y cuántos sacrilegios se cometen por los hijos de los hombres contra la humanidad sacrosanta de su Hijo en el sacramento del Amor? A nosotros nos corresponde, ya que hemos sido elegidos por la bondad del Señor en su Iglesia, según las palabras de San Pedro, para un sacerdocio real (1P 2,9), a nosotros nos corresponde, digo, defender el honor de este mansísimo Cordero, siempre solícito cuando se trata de defender la causa de las almas, siempre mudo cuando se trata de su propia causa.

(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde