Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (5)


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«Verdadero representante de los estigmas de nuestro Señor» (Pablo VI).

«Con sus heridas fuisteis curados» (1Pe 2, 24), dice el apóstol Pedro, en relación a Cristo. En esas heridas hemos de ver, ante todo, las de la crucifixión en las manos -o en las muñecas- y en los pies de Jesús: «Los soldados, cuando crucificaron a Jesús…» (Jn 19, 23), y la causada por la lanza del soldado: «Al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado» (Jn 19, 33-34). Son las heridas que el apóstol Tomás exigió ver y tocar para poder creer: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto en la mano en su costado, no lo creo» (Jn 20, 25). Son las que Jesús puso ante Tomás para que pudiera llegar a creer: «Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente”» (Jn 20, 27).
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El padre Gerardo Di Flumeri, en el folleto “HOMENAJE A PADRE PIO”, divide la estigmatización del sacerdote capuchino en dos períodos: uno de preparación, que duró desde septiembre de 1910 a septiembre de 1918, en el que los estigmas eran "invisibles" aunque no por eso menos dolorosos; y el segundo, desde el 20 de septiembre de 1918 al 23 de septiembre de 1968, en el que las llagas aparecían visibles, vivas y sangrantes, en sus manos, pies y costado.
A lo largo de esos 50 años, fueron muchos los médicos que, por encargo de los Superiores de la Orden capuchina o de las Autoridades de la Iglesia, examinaron detenidamente las llagas del Padre Pío. Todos certificaron el hecho de unas llagas que, en las manos y en los pies, tenían forma redonda, de unos 2 centímetros de diámetro, y en el costado, forma de cruz, cuya extremidad más larga iba desde la costilla 5ª a la 9ª y la transversal era la mitad en dimensión.
Los doctores más sensatos, como Romanelli y Festa, tuvieron que reconocer que, con sus conocimientos de la medicina, no veían posible una explicación científica convincente para estas llagas.
Los que, como Bignami, defendían que eran fruto de autolesiones o de estados psicológicos enfermizos, nos hicieron a muchos un gran favor. Por ejemplo, al padre Paulino de Casacalenda, que escribe: «En lo que a mi persona se refiere, estoy sumamente agradecido al doctor Bignami porque, sin sus exigencias, no hubiera podido yo ver nunca, tan a mi gusto, las llagas del Padre Pío». El doctor mandó que tres religiosos curaran y vendaran las llagas durante ocho días, sellándolas ante testigos seglares para evitar toda manipulación, y aseguraba que «habrían de desaparecer en quince días». A los encargados de hacerlo, entre ellos el padre Paulino, obligó el Superior provincial a cumplir estas normas en virtud del voto de obediencia y a manifestar el resultado bajo juramento de decir toda la verdad. En su escrito certificaron: «El estado de las llagas, durante los ocho días, ha permanecido idéntico, excepto el último día en el que tomaron color rojo vivo... todas las llagas han manado sangre; el último día más abundante».
Cuando, en junio de 1921, el Visitador enviado por el Vaticano, monseñor Rafael Carlos Rossi, le preguntó: «Qué efectos le producen estos “estigmas”», el Padre Pío respondió: «Dolor, siempre, de modo especial en algunos días, cuando sangran. El dolor es más o menos agudo: en algunos días no puedo resistirlo». Y, al dolor físico se unía otro más doloroso, como confesó a su Director espiritual, el padre Benedicto de San Marco in Lamis: «una confusión y una humillación indescriptible e insostenible». Tanto que, cuando el mencionado Rafael Carlos Rossi, después de haberle preguntado qué era para él el juramento y haberle pedido que respondiera «bajo la santidad de un especial juramento, estando de rodillas y con las manos sobre el Santo Evangelio», le preguntó: «¿Vuestra Paternidad jura sobre el Santo Evangelio no haber procurado, alimentado, cultivado, aumentado, conservado, directa o indirectamente, las señales que lleva en las manos, en los pies y en el pecho?», ésta fue la respuesta del Padre Pío: «Lo juro, por caridad, por caridad. Más bien si el Señor me librase de ellas, ¡cómo le estaría agradecido!».
La respuesta del Padre Pío a esta pregunta que le formuló el citado Visitador apostólico: «¿Vuestra Paternidad sabría explicarme cómo es que hay diferencia entre los signos que hay en sus manos y los de los pies, ya que éstos parecen cicatrizados?», pone fin a un interrogante que se hacían algunos:  «¿Cómo es posible que no coincidan una con otra la descripción de los estigmas del Padre Pío que hacen cada uno de los médicos que los examinaron?». El Capuchino respondió así a monseñor Rossi: «No se mantienen siempre del mismo modo; unas veces son más llamativos y otras lo son menos, sucede que a veces parece que van a desaparecer, pero no desaparecen, y después se renuevan, se reponen. Y esto me sucede con todos los estigmas, sin excluir el del pecho».
La medicina y la psicología no encontraron explicación científica a unas llagas que, durante cincuenta años, estuvieron en las manos, en los pies y en pecho del Padre Pío, sin cerrarse, sin infectarse y manando sangre fresca. Y tampoco supieron darla cuando, con la muerte del Santo, desaparecieron de su cuerpo sin dejar cicatriz alguna. Si las llagas del “crucificado del Gárgano” fueron para los médicos que las examinaron, como ya he indicado antes, un misterio inexplicable científicamente, para algunos periodistas fueron motivo para las hipótesis más absurdas y para muchos, mero objeto de curiosidad. En cambio millones de hombres y de mujeres de los cinco continentes descubrieron en ellas un signo de que el Padre Pío era un hombre de Dios e instrumento elegido por él para ofrecer la salvación a los hermanos.
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También, y de modo muy especial, porque tuvo las llagas del Crucificado en manos, pies y costado, podemos llamar al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde

Julio: días 14 al 20.


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14.  Donde no hay obediencia no hay virtud. Donde no hay virtud no hay bien, no hay amor; y donde no hay amor no está Dios; y sin Dios no se va al paraíso.
Todo esto forma como una escalera; y si falta uno de los peldaños, se viene abajo (AP).

15.  Os conjuro por la mansedumbre de Cristo y por las entrañas misericordiosas del Padre celestial a no perder nunca el entusiasmo en el camino del bien. Corred siempre y no os detengáis nunca, convencidos de que, en este camino, detenerse equivale a volver hacia atrás (Epist.II, p.259).

16.  ¡Me disgusta tanto ver sufrir! No tendría dificultad en atravesarme con un puñal el corazón si de este modo librara a alguien de un disgusto. Sí, esto me resultaría más fácil (T, 121).

17.  Me he disgustado muchísimo al enterarme de que has estado enferma; pero me he alegrado también muchísimo al saber que te vas recuperando, y mucho más, al ver que, con ocasión de tu enfermedad, han reflorecido en vosotras la piedad auténtica y la caridad cristiana (Epist.III, p.1081).

18.  Yo no puedo soportar ni la crítica ni el hablar mal de los hermanos. Es verdad que, a veces, me divierto en zaherirles, pero la murmuración me produce náuseas. Teniendo tantos defectos que criticar en nosotros, ¿para qué perdernos en contra de los hermanos? Y en nosotros, al faltar a la caridad, se corta la raíz del árbol de la vida, con peligro de que se seque (GB, 62).

19.  La caridad es la reina de las virtudes. Del mismo modo que las perlas se mantienen unidas por el hilo, así las virtudes por la caridad. Y así como las perlas se caen si se rompe el hilo, de igual modo, si decrece la caridad, las virtudes desaparecen (CE, 11).

20.  La caridad es la medida con la que el Señor nos juzgará a todos (AdFP, 560).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue impulsando a la vocación franciscano-capuchina.


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El Padre Pío de Pietrelcina, al ser destinado a la fraternidad capuchina de San Giovanni Rotondo (Foggia – Italia) en septiembre de 1916, recibió el encargo de Director espiritual del Seminario que los Capuchinos tenían en aquella población del centro-sur de Italia. Se le confiaba la atención espiritual de unos 30 muchachos, de 12 a 16 años, que eran educados con la esperanza de que, si confirmaban que ésa era su vocación, abrazarían, tras el año del noviciado, la vida religiosa capuchina. Esta encomienda de Director espiritual suponía la formación religiosa de los “fratini”, sobre todo por medio de conferencias sobre los elementos de la vida cristiana, y la atención personal de cada uno de ellos, especialmente en el Sacramento de la confesión.
Cuando este Seminario se trasladó a otro lugar, los jóvenes que se dirigían al convento de Morcone para frecuentar allí el año del noviciado casi siempre pasaban antes por San Giovanni Rotondo para conocer al Padre Pío y recibir sus consejos, su palabra de ánimo y su bendición. Hoy muchos de los religiosos de la Provincia capuchina de Foggia llevan con orgullo, en su tarjeta de visita, la fotografía que, en esa ocasión de visitar al Fraile de los estigmas, se sacaron con el Padre Pío.
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¿Qué hace hoy el Padre Pío? La Provincia capuchina de Colombia tiene el Postulantado en la ciudad de Pasto. Es la etapa inicial de la formación para capuchino; a la que sigue el Noviciado, que está ubicado en la pequeña población de Tabio, en la Provincia de Bogotá. De los siete muchachos del Postulantado, algunos han llegado a los Capuchinos, no porque los conocieran, sino porque conocían la vida y la santidad del Padre Pío, se veían atraídos por él y querían vivir su vida cristiana en la misma Orden religiosa en la que la vivió el Capuchino de Pietrelcina.
No sólo eso. En el Postulantado de Pasto, el Padre Pío está muy presente, como modelo y como maestro en el seguimiento de Cristo, sobre todo en las enseñanzas que imparten los formadores. Al parecer, el Padre Pío ha querido animarles a seguir el camino iniciado, sobre todo con el ejemplo de su fidelidad plena a la vocación franciscano-capuchina. En esta semana que termina mañana los 7 jóvenes han dedicado tres días a profundizar en esa espiritualidad del Fraile capuchino. Y sé que, si el Padre Pío pedía oraciones para lograr ser «un hijo menos indigno de San Francisco de Asís y servir de modelo a sus hermanos», ellos han pedido al Padre Pío su intercesión poderosa ante el Señor para alcanzar esas mismas metas. En la fotografía los siete muchachos del Postulantado de Capuchinos de Pasto con sus formadores, los hermanos Miguel Ángel Hernández y Carlos Iván Berrio. En la fotografía está también el que esto escribe, que ha tenido la suerte y la gracia de poder ofrecerles, aunque pobremente, lo vivido por el Padre Pío hasta hace ahora 45 años, pues murió el 23 de septiembre de 1968.
Elías Cabodevilla Garde

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (2).


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El Padre Pío, para cumplir la “misión grandísima” que le confió el Señor, se sirvió de muchos y muy variados medios. Pero, como indiqué en mi escrito anterior de esta etiqueta de la página web, es útil conocer «las motivaciones que urgían al Capuchino de Pietrelcina a la intensísima labor apostólica que realizó a lo largo de su larga vida de 81 años».
Las motivaciones del Padre Pío las podemos resumir en dos, y las tenemos en las palabras que escribió a su Director espiritual, el padre Benedicto de San Marco in Lamis, el 20 de noviembre de 1921: «Todo se resume en esto: Estoy devorado por el amor a Dios y el amor a los hermanos».
1ª. «Devorado por el amor a Dios». ¿Qué exigía esto al Padre Pío?
- La enseñanza de Jesús es muy clara: Amamos a Dios cuando aceptamos con amor su voluntad y la hacemos realidad en nuestra vida diaria. El Padre Pío, no sólo aprendió muy bien esta enseñanza de Jesús y la practicó con admirable generosidad, sino que la repetía a los fieles con insistencia. Un ejemplo: Al que le preguntó qué tenía que hacer para ser mejor cristiano -en otras palabras: para amar más a Dios-, le respondió: «Cumple mejor la voluntad de Dios; cúmplela con más amor; cúmplela con una intención más recta».
- El Padre Pío era muy consciente de que la voluntad de Dios para él, al igual que para los demás cristianos, porque brota del bautismo, era la que él proponía con frecuencia con estas palabras: «Recordemos que el Corazón de Jesús nos ha llamado, no sólo para nuestra santificación, sino también para la santificación de otras almas. El quiere ser ayudado en la salvación de las almas».
- Pero el Señor había manifestado su voluntad al Padre Pío de un modo más directo y personal. En una carta de noviembre de 1922, dirigida a su hija espiritual Nina Campanile, el Fraile capuchino le dice: «Oigo en mi interior una voz que me pide insistentemente: “santifícate y santifica”». Si de la santidad personal, a la que le llamaba el “santifícate”, siempre fluye el bien para los demás, el “santifica” le pedía dedicarse en cuerpo y alma a los demás, para ofrecerles el Reino de Dios, con todos los dones que encierra.
- Esa voluntad de Dios, que quería al Padre Pío al servicio de los hombres, ya se le había manifestado cuando, a la edad de 15-16 años, se preparaba como novicio para profesar en la Orden capuchina. Lo dice en la carta que acabo de citar: «Pero tú (Señor) que me escondiste a los ojos de todos, ya desde entonces habías confiado a tu hijo una misión grandísima, misión que sólo y tú yo conocemos». Misión que, como todas las confiadas por el Señor, tiene como objetivo el bien de los hombres.
- Si, para todo el que quiere amar a Dios, el cumplimiento de la voluntad divina es condición indispensable, ¿cómo no lo iba a ser para quien puede afirmar que está «devorado por el amor a Dios»?
2ª.  «Devorado por el amor al prójimo». ¿A qué impulsó esto al Fraile capuchino?
- También aquí la enseñanza de Jesús es muy clara. En la historia del hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto, el que amó de verdad al medio muerto no fueron ni el sacerdote ni el levita, que, al verlo, dieron un rodeo y pasaron de largo, sino el samaritano que, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura lo llevó a la posada y lo cuidó; y, sacando dos denarios, se los dio al posadero, encargándole que lo cuidara hasta su regreso, prometiéndole pagarle lo que gastara de más.
- El Padre Pío descubrió sin dificultad que el samaritano de esta historia es, ante todo, el que la contó: Jesús, el Hijo de Dios e Hijo de la Virgen María. Buen samaritano para todos, porque, como escribió el apóstol San Pedro de Jesús: «Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo».
- Si el que amó a los hombres hasta el extremo, Jesús, lo manifestó anunciándoles el Evangelio, curando a los enfermos, consolando a los tristes, acogiendo a los niños, llamando a la conversión a los pecadores y ofreciéndoles el perdón de sus pecados…, entregando su vida para que todos tengamos vida y vida abundante, el Padre Pío, «devorado por el amor al prójimo», no podía actuar de otro modo. Lo manifestó con claridad, como aparecerá en los escritos siguientes de esta etiqueta de la página web.
Elías Cabodevilla Garde

Julio: días 7 al 13.


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7.  El enemigo es demasiado fuerte; y, hechos todos los cálculos, parecería que la victoria tendría que sonreír al enemigo. ¡Ay de mí!, ¿quién me librará de las manos de este enemigo tan fuerte y tan poderoso, que no me deja libre un sólo instante, ni de día ni de noche? ¿Es posible que el Señor permita alguna vez mi caída? Desgraciadamente lo merecería; pero ¿será verdad que la bondad del Padre del cielo sea vencida por mi maldad? Esto jamás, jamás, Padre mío (Epist.I, p.552).

8.  Preferiría ser traspasado por una fría hoja de cuchillo antes que desagradar a alguien (T, 45).

9.  Buscar sí la soledad, pero sin faltar a la caridad con el prójimo (CE, 19).

10.  Es necesario siempre, también al reprender, saber condimentar la corrección con modos corteses y dulces (GB, 34).

11.  Faltar a la caridad es como herir a Dios en la pupila de sus ojos. ¿Hay algo más delicado que la pupila del ojo?
Faltar a la caridad es como pecar contra la naturaleza (AdFP, 555).

12.  La beneficencia, venga de donde viniere, es siempre hija de la misma madre: la providencia (AdFP, 554).

13.  Acuérdate de Jesús, manso y humilde de corazón. El “si os dejáis llevar de la ira que no sea hasta el punto de pecar”, es propio de los santos. Yo jamás me he arrepentido de actuar con dulzura; pero sí he sentido remordimiento de conciencia y me he tenido que confesar cuando he sido un poco duro. Pero, cuando hablo de suavidad, no me refiero a la que deja pasar todo. ¡Esa no! Me refiero a aquélla que, sin ser nunca descuidada, transforma la disciplina en algo dulce (GB, 34).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue atrayendo a su espiritualidad.


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El Padre Pío de Pietrelcina, con el encanto de su espiritualidad cien por cien evangélica, con el atractivo de sus consejos llenos de sabiduría divina y transmitidos con amor de padre, con la fuerza de su mirada luminosa, reflejo de la bondad de Dios, con el “milagro” de los estigmas del Crucificado en manos, pies y costado, con la autenticidad de un ministerio sacerdotal, que «celebraba la misa humildemente», que «confesaba de la mañana a la noche», que invitaba a la oración y al amor fraterno, sobre todo a enfermos y necesitados, y que transmitía e impulsaba una «tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra»…, atraía a San Giovanni Rotondo, la pequeña ciudad del centro-sur de Italia, donde vivió desde septiembre de 1916 hasta su muerte, el 23 de septiembre de 1968, a personas de los cinco continentes y de todas las clases sociales. 
Hombres y mujeres que llegaban individualmente y en grupos. Grupos de seglares, grupos de religiosos, grupos de religiosas, grupos de sacerdotes y también, sobre todo durante los años del Concilio Vaticano II, pequeños grupos de obispos, como el que recoge la fotografía. Y si  todos llegaban a San Giovanni Rotondo con el deseo de conocer al Fraile capuchino o de verlo de nuevo, muchos buscaban también conocer los rasgos de su espiritualidad para imitarlos.
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¿Qué hace el Padre Pío hoy, a la distancia de casi 45 años de su muerte? En San Giovanni Rotondo, la realidad sigue siendo la que he indicado, sólo que en números mucho más elevados.
Pero, para conocer y aprender la espiritualidad del Padre Pío, no hace falta viajar a Italia. ¿Una prueba? Los Capuchinos de Colombia han querido organizar este año los Retiros espirituales anuales “a la luz de la espiritualidad del Padre Pío”. Desde el pasado domingo por la noche, hasta hoy, viernes, a mediodía, 38 religiosos, retirados en su casa de encuentros espirituales “Tranquilandia”, han centrado sus reflexiones, su oración personal y comunitaria y sus celebraciones litúrgicas en la espiritualidad del Padre Pío.
 A las aportaciones que he podido ofrecerles en dos meditaciones y una plática informativa diarias, se han unido las de los documentales “El Padre Pío un hombre que ora” y “Benedicto Peregrino” y la de la película “Padre Pío”, preparada en el año 2000 por Mediaset para la cadena de televisión italiana “Telecinco”.
No dudo de que el Santo de Pietrelcina, que fue, en frase del Papa Pablo VI, “hombre de oración”, habrá dado su aprobación plena a las celebraciones litúrgicas diarias: Laudes, Vísperas y Eucaristía, muy bien preparadas por la Comisión de Espiritualidad y Vida Fraterna, y participadas con verdadero espíritu por todos los hermanos. Éstos han querido beneficiarse también de la celebración comunitaria de la Reconciliación, ya que el Padre Pío dedicó tantas horas diarias a administrar el Sacramento de la confesión. Y han querido terminar los días de los Retiros espirituales rezando comunitariamente el Rosario, secundando así el testamento espiritual del Fraile capuchino: «Amad a la Virgen; haced que se ame a la Virgen; rezad siempre el Rosario».
Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (4)


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«Hombre de sufrimiento» (Pablo VI)

San Mateo escribe en el capítulo dieciséis de su Evangelio: «Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado» (Mt 16, 21). Y si fueron muy dolorosos para Jesús los padecimientos físicos: los azotes, la corona de espinas, el peso de la cruz, los clavos que atravesaron sus pies y sus manos…, lo fueron mucho más los sufrimientos morales: el beso traidor de Judas, las negaciones de Pedro, el abandono de los apóstoles, el «crucifícale, crucifícale» de los judíos, el «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», gritado a su Padre desde lo alto de la cruz (Mc 15, 34).
Jesús, además, enseñó que, para ser discípulo suyo, es necesario cargar con la cruz: «Entonces dijo a los discípulos: “El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y mi siga”» (Mt 16, 24).
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La vida del Padre Pío estuvo marcada por el sufrimiento: sufrimientos físicos, muy dolorosos; y sufrimientos morales, que le hirieron en lo más profundo de su espíritu. No sólo eso; el Padre Pío amó el sufrimiento, pidió a Dios la gracia de sufrir, y el sufrimiento fue para él «Mi alimento diario, mi ¡delicia!».
Difícil ofrecer la lista completa de los sufrimientos físicos del Padre Pío. Habría que enumerar sus múltiples y misteriosas enfermedades: «No te entiendo, no sé qué hacer contigo», le dijo el médico cuando el joven capuchino no había cumplido todavía los 25 años; sus continuos ayunos, también porque el estómago no le aceptaba la comida; su trabajo extenuante de quince y más horas diarias en el confesonario; sus largas vigilias de oración por la noche; las llagas del Crucificado en sus manos, pies y costado: «¿Crees que Jesús me las ha dado como simple condecoración?»; la “sexta llaga” o llaga en el hombro derecho, que, por manifestación, en el año 1948, al entonces joven sacerdote Carlos Wojtyla, después Papa con el nombre de Juan Pablo II, era la que más dolor le producía, la que nadie conocía y la que nunca había sido curada; la flagelación y coronación de espinas, experimentadas por él al menos una vez por semana, que le herían en el centro de su alma pero no por eso dejaban de producir sufrimientos en el cuerpo…
Pero más dolorosos que los físicos fueron sus sufrimientos morales. Ante todo, las llagas, que le causaban, como confesó a su Director espiritual, además de los sufrimientos físicos antes mencionados, «una confusión y una humillación indescriptible e insostenible»; las visitas médicas para examinar sus llagas, impuestas tanto por las Autoridades de la Iglesia como por las de la Orden; su aislamiento de los fieles y la prohibición, durante más de dos años, de todo ministerio sacerdotal, a excepción de la Misa, que debía celebrar en la capilla interna del convento; las calumnias gravísimas contra su persona y su ministerio; las «violentas y asiduas» tentaciones contra la fe, la esperanza y la pureza; y, sobre todo, el fenómeno místico de la «noche oscura», que le acompañó durante casi toda su vida y le llevó a escribir: «Preferiría llevar mil cruces y hasta me sería dulce y llevadera toda cruz, si no tuviese esta prueba de sentirme siempre en la duda de si agrado o no al Señor en mis obras».
A la persona que le comentó: «Padre, usted ama lo que yo temo», respondió el Padre Pío: «Yo no amo el sufrimiento por el sufrimiento; lo pido a Dios, lo suplico, por los frutos que me aporta: da gloria a Dios, me alcanza la salvación de mis hermanos en este destierro, libra a las almas del fuego del purgatorio, y ¿qué otra cosa puedo desear?».
Y el Padre Pío deseó el sufrimiento y pidió la gracia de sufrir, sobre todo, para responder al proyecto de Cristo que le asoció a su pasión. Cuando, en junio de 1921, el Visitador enviado por el Vaticano, monseñor Rafael Carlos Rossi, le pidió: «Que cuente detalladamente lo relacionado con los llamados “estigmas”», el Padre Pío respondió así: «El 20 de Septiembre de 1918, después de la celebración de la Misa, cuando me encontraba en el Coro en la debida acción de gracias, de forma repentina, fui presa de un fuerte temblor; después me invadió la calma y vi a Nuestro Señor en la actitud de quien está en la cruz, pero no se me quedó grabado si tenía la cruz, lamentándose de la mala correspondencia de los hombres, sobre todo de los consagrados a él y más favorecidos por él. De aquí se deducía que él sufría y que deseaba asociar almas a su Pasión. Me invitaba a compenetrarme con sus dolores y a meditarlos; al mismo tiempo, a ocuparme de la salvación de los hermanos. Enseguida, me sentí lleno de compasión por los dolores del Señor y le preguntaba qué podía hacer. Oí esta voz: “Te asocio a mi pasión”. Y enseguida, desaparecida la visión, volví en mí, recobré el sentido y vi estas señales de las cuales goteaba sangre».
¿Cuándo el Padre Pío, a la pregunta de Cleonice Morcaldi «Qué es el sufrimiento para usted», respondió, como he indicado antes: «Mi alimento diario. Mi ¡delicia!», estaba indicando que el Señor le concedía vivir al mismo tiempo las dos realidades: el dolor y la alegría, el sufrimiento y el gozo? Me aventuro a decir que sí.
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En los escritos anteriores, he llamado al Padre Pío, a San Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” porque, identificado con los ideales de quien vino al mundo para glorificar al Padre y salvar a los hombres, «Celebraba la Misa humildemente», «Confesaba de la mañana a la noche» y «Era hombre de oración». Hoy, con fray Modestino, le repito este título, porque, como Jesús, fue «hombre de sufrimiento».

Elías Cabodevilla Garde