Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (4).


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Como indiqué en el último escrito de esta etiqueta de la página web, fueron muchos los medios que usó el Padre Pío para llevar a cabo la “misión grandísima” que le había confiado el Señor. El que presenté en aquel escrito: la oración, lo tuvo siempre a su alcance. No así el que ahora voy a reseñar: la correspondencia epistolar.
El Epistolario del Padre Pío de Pietrelcina está publicado en cuatro tomos.
- El tomo I, de 1387 páginas, recoge la correspondencia epistolar entre el Padre Pío y sus Directores espirituales, los padres Benedicto y Agustín, ambos de San Marco in Lamis. Son 633 cartas: 334 del Padre Pío, 197 del padre Agustín y 102 del padre Benedicto. La primera carta es del padre Benedicto y lleva fecha de 2 de enero de 1910, y la última del Padre Pío al padre Agustín y está fechada el 11 de mayo de 1922.
- El tomo II, de 584 páginas, ofrece los 98 escritos que se intercambiaron el Padre Pío y Raffaelina Cerase, desde el 24 de marzo de 1914 hasta 30 de diciembre de 1915. De la pluma del Padre Pío salieron 56 y 41 de la de Raffaelina Cerase.
- En el tomo III, de 1176 páginas, tenemos las cartas del Fraile capuchino a las hijas espirituales en los años 1915 a 1923. En total: 384 cartas.
- Y en el tomo IV, de 1174 páginas, encontramos las que el Padre Pío dirigió a destinatarios muy diversos, entre los que encontramos al Papa Pablo VI, al Cardenal Augusto Silj, a Obispos, a Superiores generales o provinciales de la Orden capuchina, al Alcalde de San Giovanni Rotondo, a sacerdotes y religiosos, a seglares…, a su sobrina Pía Forgione. La primera carta lleva fecha de 5 de octubre de 1901 y el futuro Padre Pío la dirige a su padre, que había emigrado a América; y la última, de 12 de septiembre de 1968, tiene como destinatario al Papa Pablo VI. En total: 466 cartas.
Al Padre Pío, como consecuencia de las informaciones falsas y calumniosas que fueron llegando al Vaticano, el Santo Oficio, hoy Doctrina de la Fe, le mandó, en junio de 1922, interrumpir toda comunicación con el padre Benedicto, su primer Director espiritual, lo que supuso también el fin de la correspondencia con su otro Director espiritual, el padre Agustín. Y, en junio del año siguiente el mandato fue más absoluto: «No responder en adelante, ni por sí mismo ni por otros, a aquellos que se dirigieran a él en busca de consejos, de gracias o por otros motivos». Terminó así la sabia orientación espiritual que el Santo de Pietrelcina ofrecía por este medio de la correspondencia epistolar a tantas personas.
Dos preguntas frecuentes en los que desean beneficiarse hoy de las enseñanzas del Padre Pío son éstas: - Los que no sabemos la lengua italiana, ¿tenemos acceso al Epistolario del Padre Pío? - Si las páginas del Epistolario del Padre Pío son unas 4.000, ¿a dónde acudir en primer lugar?
- Sé que los tres primeros tomos del Epistolario están traducidos al inglés. Al español sólo está traducido el tomo II. Se pueden adquirir en San Giovanni Rotondo, en las oficinas de lengua inglesa y de lengua española de Voce di Padre Pio. Para las personas de lengua española puede ser una buena ayuda el libro “365 días con el Padre Pío”, editado en España por “San Pablo” y en México por “Pío Pioducciones, S.A. de C.V.”, pues todos los mensajes que ofrece están tomados del Epistolario.
- Como respuesta a la segunda pregunta puedo ofrecer estos datos:
* En el tomo I del Epistolario hay un hecho llamativo: el Padre Pío, sin dejar de ser el Dirigido espiritual de los padres Benedicto y Agustín, se convierte pronto en Director espiritual de sus Directores espirituales. En la Introducción del Epistolario, los Editores del mismo, los padres Melchor de Pobladura y Alesandro de Ripabottoni, escriben esto: «Es innegable que ellos, ya desde los primeros años, en sus dificultades espirituales recurrían al discípulo en busca de orientación y seguían sus propuestas, porque sabían muy bien que no eran sólo fruto de la ciencia o experiencia humana sino también de una luz superior». Y, en relación al Padre Pío, después de recalcar que asumía el papel de Maestro y de Director de sus Maestros y Directores, no por propia iniciativa, sino ante la petición expresa y repetida de éstos, afirman: «Él desaparece detrás de la autoridad de Dios; es consciente de que transmite un mensaje que no es suyo sino de Jesús y, en consecuencia, cumple su misión no sin cierta audacia y con un lenguaje claro y concreto; exige que ese mensaje sea aceptado sin discusión y puesto en práctica con prontitud y fidelidad, aunque sabe endulzarlo sabiamente con amables excusas». La consecuencia es clara: al menos los sacerdotes y los religiosos podemos encontrar sabias orientaciones en nuestro camino hacia la santidad en las que el Padre Pío ofreció a los padres Benedicto y Agustín.
* En la Presentación de la edición española del tomo II del Epistolario, que me correspondió preparar, se lee lo siguiente: «El EPISTOLARIO del Padre Pío es, sin duda, un hermoso regalo del Señor a su Iglesia. Lo fue para las almas que tuvieron la suerte de tener al Santo de Pietrelcina por padre espiritual a través de sus cartas, lo sigue siendo para los que se acercan a estos escritos de dirección espiritual en busca de luz y de estímulo en su peregrinar hacia su destino eterno, y no se equivocará quien afirme que lo va a ser hasta los últimos momentos de los últimos seguidores de Cristo en esta tierra».
* Si del Epistolario en su totalidad se puede afirmar que es «un hermoso regalo de Dios a la Iglesia», cabe decirlo con más razón del tomo II, que, como se ha dicho antes, recoge los escritos que se intercambiaron el Padre Pío y Raffaelina Cerase. Raffaelina fue la primera hija espiritual del Padre Pío, a la que orientó por carta, desde Pietrelcina, durante dos años, hasta pocas semanas antes de la muerte, y personalmente desde el día 17 de febrero de 1916 hasta el 25 de marzo, desde el convento de Santa Ana de Foggia. Si a los datos que se han reseñado, añadimos que Raffaelina buscó apasionadamente la santidad y que, para conseguirla, profesó en la Orden Franciscana Seglar y tuvo como Director espiritual al padre Agustín de San Marco in Lamis y después, por recomendación de éste, al Padre Pío; que intuyó la misión grandísima que el Señor encomendaba a su Director espiritual y que ofreció su vida por él al Señor para que, libre de sus enfermedades misteriosas o con ellas, regresara a la vida conventual y se dedicara de lleno al ministerio del confesonario…, es fácil deducir «que tenemos entre manos un valioso y completo manual de vida cristiana, y no precisamente para los que inician este camino en el seguimiento de Cristo, sino para los que, como el Padre Pío y Raffaelina Cerase, buscan las altas metas de la santidad».
Elías Cabodevilla Garde

Agosto: días 4 al 10.


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4.  Hay algunas diferencias entre la virtud de la humildad y la del desprecio de uno mismo, porque la humildad es el reconocimiento de la propia bajeza; ahora bien, el grado más alto de la humildad consiste, no sólo en reconocer la propia bajeza, sino en amarla; a esto, pues, os exhorto yo (Epist.III, p.566).

5.  No os acostéis jamás sin haber examinado antes vuestra conciencia sobre cómo habéis pasado el día, y sin haber dirigido todos vuestros pensamientos a Dios, para hacerle la ofrenda y la consagración de vuestra persona y la de todos los cristianos. Ofreced además para gloria de su divina majestad el descanso que vais a tomar y no os olvidéis nunca del ángel custodio, que está siempre con vosotros (Epist.II, p.277).

6.  Debes insistir principalmente en lo que es la base de la justicia cristiana y el fundamento de la bondad, es decir, en la virtud de la que Jesús, de forma explícita, se presenta como modelo; me refiero a la humildad. Humildad interior y exterior, y más interior que exterior, más vivida que manifestada, más profunda que visible. Considérate, mi queridísima hija, lo que eres en realidad: nada, miseria, debilidad, fuente sin límites y sin atenuantes de maldad, capaz de convertir el bien en mal, de abandonar el bien por el mal, de atribuirte el bien o justificarte en el mal, y, por amor al mismo mal, de despreciar al sumo Bien (Epist.III, p.713).

7.  Estoy seguro de que deseáis saber cuáles son las mejores humillaciones. Yo os digo que son las que nosotros no hemos elegido, o también las que nos son menos gratas, o mejor dicho, aquéllas a las que no sentimos gran inclinación; o, para hablar claro, las de nuestra vocación y profesión. ¿Quién me concederá la gracia, mis querídimas hijas, de que lleguemos a amar nuestra propia bajeza? Nadie lo puede hacer sino aquél que amó tanto la suya que para mantenerla  quiso morir. Y esto basta (Epist.III, p.568).

8.   Yo no soy como me ha hecho el Señor, pues siento que me tendría que costar más esfuerzo un acto de soberbia que un acto de humildad. Porque la humildad es la verdad, y la verdad es que yo no soy nada, que todo lo que de bueno hay en mí es de Dios. Y con frecuencia echamos a perder incluso aquello que de bueno ha puesto Dios en nosotros. Cuando veo que la gente me pide alguna cosa, no pienso en lo que puedo dar sino en lo que no sé dar; y por lo que tantas almas quedan sedientas por no haber sabido yo darles el don de Dios.
El pensamiento de que cada mañana Jesús se injerta a sí mismo en nosotros, que nos invade por completo, que nos da todo, tendría que suscitar en nosotros la rama o la flor de la humildad. Por el contrario, he ahí cómo el diablo, que no puede injertarse en nosotros tan profundamente como Jesús, hace germinar con rapidez los tallos de la soberbia. Esto no es ningún honor para nosotros. Por eso tenemos que luchar denodadamente para elevarnos. Es verdad: no llegaremos nunca a la cumbre sin un encuentro con Dios. Para encontrarnos, nosotros tenemos que subir y él tiene que bajar. Pero, cuando nosotros ya no podamos más, al detenernos, humillémonos, y en este acto de humildad nos encontraremos con Dios, que desciende al corazón humilde (GB, 61).

9.  La verdadera humildad del corazón es aquélla que, más que mostrarla, se siente y se vive. Ante Dios hay que humillarse siempre, pero no con aquella humildad falsa que lleva al abatimiento, y que produce desánimo y desesperación.
Hemos de tener un bajo concepto de nosotros mismos. Creernos inferiores a todos. No anteponer nuestro propio interés al de los demás (AP).

10.  En este mundo ninguno de nosotros merece nada; es el Señor quien es benévolo con nosotros, y es su infinita bondad la que nos concede todo, porque todo lo perdona (CE, 47).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue cumpliendo su “misión grandísima” con los “Acólitos del Padre Pío”


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Al Padre Pío de Pietrelcina eran muchos, sobre todo, como era normal entonces, niños, los que deseaban ayudarle la Misa como monaguillos o acólitos. También lo deseaban, y con frecuencia lo conseguían, obispos, sacerdotes…; al menos cuando quedaban en el olvido las órdenes de algunos de los Visitadores Apostólicos enviados por el Vaticano a San Giovanni Rotondo prohibiendo tajantemente que lo hicieran los que acabo de indicar. ¿Dónde estaba el desorden litúrgico?
Todavía recuerdo el gozo y la cara de satisfacción con que me compartía el hecho. Todavía niño, había tenido la suerte, al igual que su hermano gemelo, de actuar de acólito en la última Misa del Padre Pío, el 22 de septiembre de 1968.
Es fácil imaginarlo. Al llegar a San Giovanni Rotondo en septiembre de 1916, al Padre Pío se le confió la formación espiritual de los muchachos que, en el seminario menor que allí tenían los Capuchinos, se preparaban para unirse un día a ellos, si descubrían que ésa era su vocación. En esa formación impartida por el joven sacerdote seguro que no faltaba el modo adecuado de actuar como monaguillos o acólitos en las celebraciones litúrgicas y el espíritu con el que actuar en ellas. Y lo que no faltaba nunca era un modo de celebrar la Misa que, sin palabras, enseñaba a los muchachos que algo muy grande tenía lugar en el altar, tan grande que - son palabras del Santo - «Todo lo que aconteció en el Calvario acontece en el altar» y «Cuando se celebra la santa Misa todo el cielo dirige su mirada al altar».
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También hoy el Padre Pío tiene niños y niñas acólitos, con los que sigue cumpliendo su “misión grandísima”. Los he encontrado en muchos sitios y hace unos pocos días, el 13 de julio, en Túquerres, un pueblo de la Provincia de Nariño (Colombia), en la montaña, a unos 3.100 metros sobre el nivel del mar. En la iglesia atendida por los Capuchinos se cultiva con mucho interés la devoción al Padre Pío. Una devoción que la alimentan de modo especial el día 23 de cada mes, recuerdo de la fecha en que murió el Fraile capuchino en septiembre de 1968, en una Eucaristía especial, que convoca a tantos fieles que el amplio templo con dificultad logra acogerlos. Una devoción que se cultiva también en el encuentro semanal de oración del Grupo de Oración del Padre Pío. Una devoción que, por lo que pude presenciar, en la iglesia se manifiesta en una comunidad eclesial muy unida, en la adoración al Santísimo Sacramento a lo largo de todo el día, en el rezo diario del Rosario con creatividad…, y, por las informaciones que recibí, en unas Eucaristías muy participadas y en unos compromisos caritativos y sociales muy variados y exigentes.

Y, en esta realidad, encontré a la “Asociación de Acólitos del Padre Pío de Túquerres”, que muestra la fotografía. Pero tengo que indicar que faltan en ella casi una tercera parte de los que la integran, porque, en la fecha en que tuve la suerte de presentar allí, durante casi cuatro horas, la vida y la espiritualidad del Padre Pío, muchos estaban fuera de sus casas aprovechando las vacaciones escolares. Y que la fotografía no recoge ni la cara de satisfacción de los niños por llevar el "logo" de la Asociación de Acólitos del Padre Pío ni su devoción al entrar en procesión en el templo, acompañando la reliquia del Padre Pío ni su entusiasmo al entonar los cantos.
Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (6)


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Como Jesús, enviado al mundo por el amor de Dios.

Jesús, el Hijo unigénito de Dios, vino al mundo, enviado por el amor de Dios, para que el mundo se salve por él: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,16).
Esta buena noticia del Evangelio de San Juan la encontramos repetida en la Primera Carta de las que atribuimos al apóstol. «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él… nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4, 9-10).
Fueron muchos los que descubrieron en Jesús el gran regalo del amor de Dios; no todos. Ante un mismo hecho obrado por Jesús: la curación de un endemoniado ciego y mudo, los más miopes fueron los fariseos: «Los fariseos dijeron: “Este expulsa los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios”» (Mt 12, 24); los más avispados, la gente sencilla: «Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros” y “Dios ha visitado a su pueblo”» (Mt 12, 23).
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Del Padre Pío de Pietrelcina dijo el Papa Benedicto XV: «El Padre Pío es uno de esos hombres extraordinarios que el Señor envía de vez en cuando a la tierra para convertir a los hombres». Palabras, sin duda, proféticas, pues Benedicto XV murió en enero de 1921, cuando la acción salvadora de Dios por medio del Padre Pío estaba todavía en los inicios.
A su Hijo Unigénito Dios lo envió al mundo «cuando llegó la plenitud del tiempo» (Gál 4, 4). Al Padre Pío, nacido el 25 de mayo de 1887, lo envió en un siglo, el siglo XX, sacudido por profundos cambios ideológicos, sociales y religiosos, y convulsionado por la tragedia fratricida de dos guerras mundiales. Como consecuencia, un mundo muy necesitado de hombres de Dios, de intercesores ante el Señor, de víctimas por los pecados de los hombres, de ministros del perdón divino, de promotores de paz y de reconciliación, de sembradores de esperanza y de consuelo, de personas-brújula que señalen destinos dignos del hombre, de modelos de conducta…
También al Padre Pío, como a Jesús veinte siglos antes, muchos lo vieron como un hermoso regalo del amor de Dios a los hombres. Pienso que el primero en verse así fue el Padre Pío. Ante todo, porque era consciente de que el Señor le había confiado una “misión grandísima” en favor de los hombres, como manifiesta en una carta de noviembre de 1922. También, porque, como indica en ese mismo escrito, escuchaba «en su interior una voz que repetidamente me dice: santifícate y santifica». Y, sobre todo, porque éste es un contenido elemental de nuestra fe. ¿Qué creyente, mínimamente formado, ignora los dones que el Señor ofrece a los hombres por medio de los sacerdotes, sobre todo en los sacramentos, por ejemplo en la confesión? Y la realidad que vivía el Padre Pío era la que comunicó al padre Agustín el 29 de julio de 1918: «Me falta tiempo material. Las horas de la mañana las paso casi todas escuchando confesiones»; y, un año más tarde, el 14 de junio de 1919: «Vienen incontables personas de toda clase, de ambos sexos, con el solo objetivo de confesarse… Se dan espléndidas conversiones». Una realidad en continuo aumento hasta el día mismo de la muerte del Fraile capuchino. ¿Cómo no iba a ver ahí el Padre Pío el amor de Dios, que se derramaba con generosidad a través de su ministerio de confesor; él que escribió a Annita Rodote el 29 de enero de 1915: «Soy un instrumento en las divinas manos, que sólo consigue hacer algo útil si es manejado por el artífice divino. Dejado a mí mismo, no sé hacer otra cosa que pecados… y más pecados»?
Casi todos los llamados a testimoniar en el “Proceso de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Pío de Pietrelcina” vieron al Padre Pío como un hombre de Dios al servicio de los hombres; por lo mismo, regalo al mundo del amor misericordioso de Dios. Por ejemplo, don Pierino Galeone que, al relatar su primer encuentro con el Padre Pío en el año 1947, cuando era joven seminarista, afirmó: «Apenas me encontré con el Padre, tuve la inmediata impresión de haber encontrado a Jesús vivo en un hombre, más que un santo». O fray Modestino Fucci, que lo describió como «Un hombre pobre pero rico de la gracia de Dios, despojado de todo, incluso de sí mismo, para enriquecer a los demás». El padre Agustín, director espiritual y confesor del Padre Pío durante muchos años, escribió en su “Diario”  el 22 de octubre de 1959: «Parece, mejor se puede afirmar, que el Padre Pío es un permanente milagro de la divina Providencia».
Y, como en el caso de Jesús, la preeminencia la tenemos que dar a las multitudes que, a diario, mucho más desde que se propagó la noticia de los estigmas del Crucificado en su cuerpo, acudían a San Giovanni Rotondo para ver al Padre Pío, para rezar con él, para escuchar sus mensajes, para participar en la misa celebrada por él, para confesarse con él, si resultaba posible, para… Ellos, hombres y mujeres, de todas las clases sociales y de los cinco continentes, con sencillez, sin palabras, proclaman, como los del Evangelio que he citado: «Dios ha visitado a su pueblo».
Y también aquí, como en el caso de Jesús, los miopes para descubrir en el Padre Pío un regalo del amor de Dios fueron “hombres de Iglesia”: cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos... Llegaron a decir que era un impostor que se autolesionaba para presentarse con las estigmas del Crucificado, que usaba perfumes y que hacía creer a la gente que eran “sobrenaturales”…
Lo triste es que todavía hoy, aunque sean casos aislados, hay obispos, sacerdotes y religiosos que se niegan a autorizar, allí donde les corresponde, todo lo que haga referencia al Padre Pío: una estatua del Santo, un Grupo de Oración del Padre Pío, un conferencia sobre su espiritualidad… Y lo hermoso es que aumenta en todo el mundo la devoción al que Juan Pablo II llamó “humilde y amado Pío”; devoción que no se orienta, como piensan algunos, a “la caza de milagros”, sino que impulsa a la renovación personal en el seguimiento de Cristo y a ser, en medio del mundo, como pedía el Santo, «levadura de Evangelio y faros de amor».
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Porque el Padre Pío, como Jesús, fue enviado al mundo por el amor de Dios; porque, como Jesús, fue y sigue siendo un hermoso regalo del amor divino a los hombres, puede ser llamado, con y como fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.

Elías Cabodevilla Garde

Julio: día 28 a agosto: día 3.


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28.  La vanagloria es un enemigo que acecha sobre todo a las almas que se han consagrado al Señor y que se han entregado a la vida espiritual; y, por eso, puede ser llamada con toda razón la tiña del alma que tiende a la perfección. Ha sido llamada con acierto por los santos carcoma de la santidad (Epist.I, p.396).

29.  Haz que no perturbe a tu alma el triste espectáculo de la injusticia humana; también ésta, en la economía de las cosas, tiene su valor (MC, 13).

30.  El Señor, para halagarnos, nos regala muchas gracias, y nosotros creemos tocar el cielo con la mano. Por el contrario, ignoramos que para crecer tenemos necesidad de pan duro; es decir, necesitamos cruces, pruebas, contradicciones (FSP, 86).

31.  Los corazones fuertes y generosos no se afligen más que por graves motivos, e incluso estos motivos no logran penetrar en lo íntimo de su ser (MC, 57).

1. El Señor nos descubre que a veces somos poca cosa. En verdad, me resulta inconcebible que uno que tenga inteligencia y conciencia, pueda enorgullecerse (GB, 57).

2.  Os digo, además, que améis vuestra bajeza; y amar la propia bajeza, hijas mías, consiste en esto: si sois humildes, pacíficas, dulces, y mantenéis la confianza en los momentos de obscuridad y de impotencia, si no os inquietáis, no os angustiáis, no perdéis la paz por nada, sino que abrazáis estas cruces cordialmente –no digo precisamente con alegría sino con decisión y constancia- y permanecéis firmes en estas tinieblas..., actuando así, amaréis vuestra bajeza, porque ¿qué es ser objeto de bajeza sino estar en la obscuridad y en la impotencia? (Epist.III, p.566).

3.  Pidamos también nosotros a nuestro querido Jesús la humildad, la confianza y la fe de nuestra querida santa Clara; como ella, oremos fervorosamente a Jesús, entregándonos a él y alejándonos de los artilugios engañosos del mundo en el que todo es locura y vanidad. Todo pasa, sólo Dios permanece para el alma, si ésta ha sabido amarle de verdad (Epist.III, p.1092).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde


Sigue dándose a conocer… para atraer a más personas a Cristo.


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El Padre Pío de Pietrelcina, que se sabía con una “misión grandísima” que cumplir en esta tierra, confiada por el Señor, quería, para llevarla a cabo, ser un padre para todos: «Soy todo de todos y de cada uno. Cada uno puede decir: "El Padre Pío es mío"».
Más aún, como no podía llegar a todos con su palabra, acudía a modos de hacerlo que nos dejan boquiabiertos; por ejemplo, pedir ayuda al Ángel Custodio. Esto es lo que escribió a su director espiritual, el padre Agustín de San Marco in Lamis, el día 1 de mayo de 1912: «Quisiera tener una voz muy fuerte para invitar a todos los pecadores del mundo a amar a la Virgen María. Pero, porque esto no lo tengo a mi alcance, he pedido, y seguiré pidiendo, a mi Angelito custodio que lo haga él de mi parte».
Fueron muchos los instrumentos de los que se sirvió el Señor para dar a conocer al mundo al que, en frase del Papa Benedicto XV, fue, -y es en la actualidad- «uno de esos hombres extraordinarios que el Señor envía de vez en cuando a la Tierra para convertir a los hombres».
Instrumentos eficaces fueron los Capuchinos, que, salvo raras y dolorosas excepciones, supieron descubrir y apreciar la vida santa y entregada al bien de los hermanos de su cohermano de Pietrelcina. Muchos de ellos, para satisfacer su legítimo deseo de encontrarse con el “crucificado del Gárgano”, acudían a métodos sencillos, como organizar grupos que peregrinaban a San Giovanni Rotondo, a los que lógicamente  tenían que acompañar. Tuvieron un papel especial los Obispos capuchinos que, aprovechaban, bien la “visita ad limina”, que cada cinco años hacen los Obispos al Papa, bien su estancia en Roma durante el Concilio Vaticano II, para visitar al Fraile de Pietrelcina y que luego compartían con los fieles de sus Diócesis lo que habían encontrado en él. 
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También hoy el Padre Pío se da a conocer en el mundo por medio de los Capuchinos. Siempre con el mismo objetivo: «Hacer más ruido después de muerto que en vida». Es decir: atraer a más personas hacia Cristo después de su muerte que lo que consiguió en vida.
Los Capuchinos de Colombia han dedicado parte de este mes de julio, que ya termina, a conocer con más detalle la vida y las obras del Padre Pío y a profundizar en su rica espiritualidad, a la que ya se habían acercado de muchos modos. Muchos de ellos también visitando los “Lugares del Padre Pío”, y algunos incluso colaborando uno o más años en la atención espiritual de los peregrinos que a diario llegan a San Giovanni Rotondo. Primero, en los días l al 5, organizando los Retiros Espirituales anuales “a la luz de la espiritualidad del Padre Pío”. Después, ofreciendo esa espiritualidad del Padre Pío a los jóvenes que se preparan para formar parte de la Orden capuchina: en el Postulantado de Pasto y en el Noviciado de Tabio.
Pero los Capuchinos de Colombia no se han olvidado de las personas con las que comparten su mismo espiritualidad, como la “Orden Franciscana Seglar”, ni de las que atienden en las parroquias, en los grupos de formación y de apostolado, en sus centros de formación…, ni de aquellas a las que es posible llegar por los medios de comunicación social.
"Acólitos del Padre Pío" en la parroquia atendida por los Capuchinos en Túquerres
Si han sido para mí muy gratos -y espiritualmente muy estimulantes- los encuentros “píos” que he tenido con los Capuchinos de Colombia y con los que se preparan para serlo, también recuerdo con agrado, y con gratitud al Señor, las oportunidades que me han ofrecido para presentar la vida y la espiritualidad del Padre Pío en las parroquias e iglesias de culto que ellos atienden en Barranquilla, en Pasto, en Túquerres, en Tabio, en Bogotá; en la Institución Universitaria Cesmac; a la “Orden Franciscana Seglar” de Pasto, de Tabio y de Bogotá; a las Comunidades de “Servidores del Servidor” de Barranquilla y de Bogotá; en la cadena de televisión “Global TV” y en la emisora de radio “Ecos de Pasto” de Pasto…
Elías Cabodevilla Garde

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (3).


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El Padre Pío, urgido por el amor a Dios y por el amor al prójimo, como señalé en el escrito anterior de esta etiqueta de la página web, se entregó de lleno a cumplir la “misión grandísima” que el Señor le había confiado. Lo hizo de muchos modos. Uno de ellos fue la oración. Tanto que Juan Pablo II, en la homilía de la canonización del Santo, el 16 de junio del 2002, pudo decir: «La razón última de la eficacia apostólica del Padre Pío, la raíz profunda de tan gran fecundidad espiritual, se encuentra en la íntima y constante unión con Dios, de la que eran elocuentes testimonios las largas horas pasadas en oración».
- El valor de la oración en favor de los demás el Padre Pío lo aprendió en el Evangelio. Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, nos lo enseña con sus palabras y con su ejemplo. En el Padrenuestro, nos invita a pedir a Dios Padre para todos: que nos enriquezca con los bienes de su Reino, que hagamos su voluntad en la tierra como se hace en el cielo, que perdone nuestras ofensas, que no nos deje caer en la tentación, que nos libre del mal... Jesús nos pide además que roguemos al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies, para que siembren en todas partes la buena semilla de la Palabra y la cuiden para que dé el fruto del ciento por uno. Y su oración al Padre desde lo alto de la cruz nos queda como ejemplo permanente de lo que hemos de suplicar a Dios para los que le ofenden con el pecado: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».
- El librito “Buenos días… (Un pensamiento para cada día del año)”, nos ofrece, para el día 12 de febrero, este mensaje del Padre Pío: «Salvar las almas orando siempre». Es esto lo que hacía el Capuchino de Pietrelcina: «Las oraciones que tú me pides, no te faltan nunca, porque no puedo olvidarme de ti que me cuestas tantos sacrificios. Te he dado a luz a la vida de Dios con el dolor más intenso del corazón». Y es lo que aconsejaba y pedía a los demás: «Rogad por los malos, rogad por los fervorosos, rogad por el Sumo Pontífice y por todas las necesidades espirituales y materiales de la santa Iglesia, nuestra tiernísima madre, y elevad una súplica especial por todos los que trabajan por la salvación de las almas y por la gloria del Padre celestial».
- Al parecer, el Señor quiso dar un poder de impetración muy especial  a la oración del Padre Pío en favor de los demás, pues esto es lo que el Fraile capuchino escribió a su director espiritual, el padre Benedicto de San Marco in Lamis, el 26 de marzo de 1914: «En cuanto me pongo a orar, inmediatamente siento mi corazón como invadido por una llama de un vivo amor... Es una llama delicada y muy dulce, que consume y no causa ninguna pena»; y unos meses antes, el 1 de noviembre de 1913: «Lo que sí sé decir de esta oración es que me parece que el alma se pierde totalmente en Dios... Otras muchas veces me siento impelido por un ímpetu muy vehemente; siento que Dios me aprieta, me parece que voy a morir. Todo esto nace... de una llama interior y de un amor excesivo que, si Dios no acudiese en mi ayuda en seguida, me consumiría».
- Más sorprendente si cabe, incluso para el mismo Padre Pío, es lo que escribió al padre Benedicto el 20 de diciembre de 1913: «Mire qué fenómeno tan curioso se va dando en mí desde hace algún tiempo, aunque no me preocupa mucho. En la oración me sucede que me olvido de orar por aquellos que me habían pedido oraciones e incluso de aquellos por los que tenía intención de orar… Y a veces, estando en oración, me siento impulsado a orar por los que no había pensado orar y, lo que es más maravilloso, a favor de aquellos que nunca he conocido, ni oído, ni visto, ni me lo han pedido ni siquiera por medio de otros. Y el Señor, antes o después, atiende siempre estas súplicas».
- El Padre Pío, también para responder a estos dones misteriosos del Señor, no cesaba de pedir y suplicar por los demás, aunque esto le supusiera olvidarse de sí mismo. Lo escribe a su segundo director espiritual, el padre Agustín de San Marco in Lamis, el 16 de febrero de 1915: «Si el orar por los demás no incluyese también el pedir por uno mismo, la más olvidada sería mi alma; y esto, no porque no se reconozca necesitada de los divinos auxilios, sino porque le faltaría tiempo material para presentar al Señor sus necesidades. Parece imposible; y sin embargo esto es lo que me sucede de ordinario».
- Y las súplicas más vehementes del Fraile capuchino al Señor las elevaba con insistencia, en largas horas de oración por la noche, cuando había negado la absolución a alguno de los penitentes que, sin las disposiciones adecuadas, se había acercado a él para celebrar la confesión. Lo escribe al padre Benedicto el 20 de noviembre de 1921: «¿Y por los hermanos? ¡Ay de mí! Cuántas veces, por no decir siempre, me toca decir a Dios juez, con Moisés: O perdonas a este pueblo o bórrame del libro de la vida».
Elías Cabodevilla Garde