Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Sigue regalando a manos llenas los dones del Señor.


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 La generosidad al regalar los dones del Señor era nota característica del Padre Pío de Pietrelcina. Lo podrían asegurar muchos; por ejemplo, Francisco Ricciardi.
Los amigos de Ricciardi buscaron en el Padre Pío que le ayudara a prepararse para bien morir. La generosidad del Padre Pío le alcanzó algo más del Señor. En la biografía “Pío de Pietrelcina místico y apóstol”, este caso se cuenta así:
«Francisco Ricciardi era un médico de San Giovanni Rotondo…; se había hecho célebre entre los sangiovanneses por sus propagandas ateas y por haber levantado contra el padre Pío toda clase de infamias… Cayó gravemente enfermo: ¡Cáncer al estómago!, diagnosticaron unánimemente sus colegas Morcaldi, Merla, Giuva… Intentó acercarse al enfermo el Arcipreste don José Prencipe, pero, nada más verlo, lo despachó el doctor violentamente, arrojando contra él la zapatilla que tenía al alcance de su mano… Pero, poco a poco, ante la insistencia de sus familiares y amigos, entre los que se hallaba el doctor Merla, antes ateo y ahora convertido por el padre Pío en fervoroso cristiano, accedió el ilustre enfermo a que viniera “el fraile estigmatizado”; lo decía con retintín el doctor Ricciardi. Pero añadía: “¡Lo he ofendido tanto! Además tiene prohibido salir del convento para toda clase de visitas!”… Una vez que llegó el padre Pío a la habitación del enfermo, extendió sus brazos como familiarmente solía hacer; se sonrió ampliamente con aquella sonrisa suya característica, abierta, casi infantil. El viejo descreído quedó estupefacto, como fuera de sí. No sabía qué decir. Al fin exclamó: “¡Perdóneme, padre Pío! ¡Perdóneme...!”. El pobre doctor hizo medio inconsciente la señal de la cruz, habló luego con el padre Pío, se confesó, recibió el sacramento de los enfermos, la Sagrada Comunión y, en medio de una serena paz, tal como nunca la había sentido, se preparó a bien morir. Pero, a los tres días, sin saber cómo ni por qué, el médico Ricciardi se sintió totalmente curado. El terrible cáncer, clarísimo para todos sus colegas y para el mismo Ricciardi, había desaparecido».
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Tampoco en esto, en la generosidad, ha cambiado el Padre Pío en el cielo o, en la puerta del cielo, si el Señor le ha concedido quedarse ahí hasta ver entrar al último de sus hijos. Este escrito me lo envía, desde Argentina, la entusiasta promotora de los Grupos de Oración del Padre Pío, Marcela T. González, tal como lo recibió, por correo electrónico, de una devota del Santo, que prefiere permanecer en el anonimato.
«Querida Marcela: Quiero contarte algo extraordinario del Padre Pío: El 23 de junio, yo estaba atendiendo a los peregrinos que iban a rezar ante la imagen del Padre Pío y me comentan que un señor, en el libro de gracias, había puesto un texto muy duro porque, según él, el Padre Pio no le había concedido nada. Yo me quedé pensando, y de golpe le dije al Padre Pio: Nunca me hiciste una gracia, pero ahora te lo pido. Y le pedí que una persona que se había instalado en mi casa y que yo no lograba que se fuera, se fuera; y que pudiera vender mi departamento y mudarme bien. Un poco más tarde le agregué el caso de una amiga que se había quedado sin trabajo. Al día siguiente, me entregaban la señal de compra de mi departamento; a los cinco días, se fue la intrusa de mi casa; y, desde el 23 de agosto, mi amiga está trabajando. Yo vendí mi casa, cancelé una hipoteca, y el 29 de julio ya estaba viviendo en mi nuevo departamento. Tres cosas casi imposibles. Te lo cuento para aumentar la fama del Padre Pío, al que le estoy muy agradecida».
 Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (7)


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Como Jesús, que era llevado por el Espíritu Santo (cfr Mt 4, 1).

Jesús de Nazaret es el fruto del Espíritu Santo en el seno virginal de María (cfr Lc 1,35). Además, al ser bautizado, «y mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma», mientras una voz del cielo lo proclamaba «mi Hijo, el amado» (Lc 3, 21-22).
La vida de Jesús estuvo impulsada siempre por el Espíritu, que «lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo» (Lc 4, 1-2); que, después de ungirlo, lo envió «a evangelizar a los pobres; a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4, 18-19); que lo llenó de alegría para que bendijera a Dios diciendo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a los pequeños» (Lc 10, 21)…
Jesús nos habló del Espíritu Santo, presentándolo como «el Paráclito» (Jn 15, 26), «el Espíritu de la verdad, que nos guiará hasta la verdad plena» (Jn 16, 13), el que dará testimonio de Jesús (cfr Jn 15, 27), aquel por cuyo poder los discípulos perdonarán los pecados a los hombres (cfr. Jn 20, 22-23)…
Y Jesús, ya resucitado, dio el Espíritu Santo a sus discípulos: «Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20, 22); y lo sigue dando a lo largo de los siglos, sobre todo por el sacramento de la Confirmación.
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Del Padre Pío de Pietrelcina dice el padre Gerardo Di Flumeri, en su opúsculo “LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO”, que «siendo todavía niño, tuvo una experiencia extraordinaria de la tercera Persona de la santísima Trinidad, “el dulce huésped de las almas”, el Espíritu Santo. El día de la confirmación, el Espíritu Santo le concedió experimentar tan “dulces mociones” que, a la distancia de los años, ante el recuerdo de las mismas, se sentía “quemar entero por una llama vivísima, que quema, derrite y no causa sufrimiento”».
¿También para el Padre Pío el Espíritu Santo fue “el gran desconocido”? Que lo era para la Iglesia, al menos hasta bien entrado el siglo XX, lo puede acreditar este dato. La correspondencia epistolar entre el Padre Pío y sus dos Directores espirituales, los padres Benedicto y Agustín de San Marco in Lamis, que recoge el tomo I del Epistolario del Padre Pío, se prolongó desde el 22 de enero de 1910 hasta el 11 de mayo de 1922; y las cartas que se intercambiaron son 633. En las escritas por los Directores espirituales, sólo en dos, una del padre Benedicto y otra del padre Agustín, hay una referencia expresa al Espíritu Santo. En las del Padre Pío encontramos siete, seis de ellas como breve saludo, en el que desea uno o varios de los dones que otorga el Espíritu Santo a los fieles. Me referiré a estos dones, al tratar de las cartas de orientación espiritual del Capuchino de Pietrelcina.
Un dato muy llamativo es que la referencia al Espíritu Santo que el padre Benedicto le ofreció en carta de setiembre de 1910, el Fraile capuchino la transmitió, casi al pie de la letra, a Jerónima Longo, en carta de 15 de abril de 1918. ¿Leía el Padre Pío con frecuencia las cartas de sus Directores espirituales y esto le permitía comunicar a otros lo que le habían escrito a él, incluso muchos años antes?  Pienso más bien que el Santo de Pietrelcina puso en práctica con tanta fidelidad lo que le propuso el padre Benedicto que pudo recordarlo con precisión ocho años más tarde. Esto es lo que le escribió el padre Benedicto: «El único consejo que puedo darte es que no realices nada que no sea lo que el Espíritu Santo quiere hacer en ti. Abandónate a sus impulsos y no temas; él es tan sabio, suave y discreto que no causa más que el bien, sobre todo cuando los gozos interiores van acompañados de un dulce y profundo sentimiento de humildad. [Estos impulsos] no deben suscitar sospecha alguna y es necesario ensanchar el corazón para recibirlos».
 Llama también la atención que lo que no encontramos en la correspondencia epistolar entre el Padre Pío y sus Directores espirituales lo tenemos en las cartas que el Fraile capuchino escribió a las personas a las que orientaba espiritualmente por este medio. Cartas que, como se sabe, están publicadas en los tomos II, III y IV del Epistolario. Para no alargarme más de lo que permite este escrito, indico lo que sigue:
- En las cartas del Padre Pío no tenemos, es cierto, un tratado bien elaborado sobre el Espíritu Santo; pero encontramos todos los aspectos de su acción santificadora en las almas. Además, con esta gran ventaja: que el Padre Pío, al presentar a sus hijos espirituales la acción santificadora del Espíritu Santo, se apoya en gran medida en su experiencia personal.
- El Padre Pío se refería con mucha frecuencia al misterio de la inhabitación de la Trinidad en el alma en gracia, buscando que sus hijos espirituales tomaran conciencia clara de ser templos vivos del Espíritu Santo. Y, como consecuencia, les pedía:
§  Gran respeto al «dulce huésped del alma», para pasar del respeto a la intimidad con él.
§  Atención constante al Espíritu santificador, para acoger sus dones de luz, amor, fuerza, paz, gozo, paciencia, delicadeza, bondad, cortesía, mansedumbre, fidelidad…
§  Colaboración diligente en todo lo que el Espíritu quiera realizar en nuestras almas y, por medio de nosotros, en beneficio de los demás.
- En el breve saludo con que el Padre Pío iniciaba casi todas sus cartas, son frecuentes las referencias al Espíritu Santo, y en ellas encontramos, como deseo a los destinatarios de las mismas, todos los dones que otorga el Espíritu Santo; entre otros, los que acabo de enumerar.
- Otorgar el Espíritu Santo es prerrogativa de Dios, y en esto el Padre Pío no puede ser llamado “fotocopia de Cristo”. Pero sí nos ha dejado, a ejemplo de Jesús, enseñanzas muy claras sobre cómo ser dóciles al Espíritu y cómo colaborar con él. Cito sólo tres: «Abrid vuestro corazón a los carismas del Espíritu Santo, que espera cualquier gesto de vuestra parte para enriqueceros»; «Dé libertad plena a la libre actuación del Espíritu Santo, esforzándose por reproducir en su vida las virtudes cristianas y, con preferencia sobre todas las demás, la santa humildad y la caridad cristiana»; «¿Queremos vivir espiritualmente, esto es, movidos y guiados por el Espíritu del Señor? Seamos avispados en mortificar el espíritu propio, que se engríe y nos hace vehementes; esforcémonos en suma por reprimir la vanagloria, la iracundia, la envidia: tres espíritus malignos que esclavizan a la mayor parte de los hombres y se oponen tremendamente al Espíritu del Señor».
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Porque al recibir el sacramento de la confirmación tuvo una experiencia extraordinaria del Espíritu Santo, como Jesús al ser bautizado en el Jordán;  porque, como Jesús, actuó a impulsos del Espíritu; porque, como Jesús, nos ha enseñado todos los aspectos de la acción santificadora del Espíritu Santo en las almas, llamamos al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.

Elías Cabodevilla Garde

Agosto: días 11 al 17.


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11.  Si hemos de tener paciencia para soportar las miserias de los demás, mucho más debemos soportarnos a nosotros mismos.
En tus infidelidades diarias, humíllate, humíllate, humíllate siempre. Cuando Jesús te vea humillado hasta el suelo, te alargará la mano y se preocupará él mismo de atraerte hacia sí (AP).

12.  Tú has construido mal. Destruye y vuelve a construir bien (AdFP, 553).

13.  ¿Qué otra cosa es la felicidad sino la posesión de toda clase de bienes que hace al hombre plenamente feliz? Pero ¿es posible encontrar en este mundo alguien que sea plenamente feliz? Seguro que no. El hombre habría sido él mismo si se hubiese mantenido fiel a su Dios. Pero como el hombre está lleno de delitos, es decir, lleno de pecados, no puede nunca ser plenamente feliz. Por tanto, la felicidad sólo se encuentra en el cielo. Allí no hay peligro de perder a Dios, ni hay sufrimientos, ni muerte, sino la vida sempiterna con Jesucristo (CS, n.67, p.172).

14.  Padre, ¡qué bueno es usted!
- Yo no soy bueno, sólo Jesús es bueno. ¡No sé cómo este hábito de San Francisco que visto, no huye de mí! El mayor delincuente de la tierra es oro comparado conmigo (T, 118).

15.  La humildad y la caridad caminan siempre juntas. La primera glorifica y la otra santifica.
La humildad y la pureza de costumbres son alas que elevan hasta Dios y casi nos divinizan (T, 54).

16.  Humíllate siempre y amorosamente ante Dios y ante los hombres, porque Dios habla al que tiene un corazón sinceramente humilde ante él. Dios lo enriquece con sus dones (T, 54).

17.  Miremos primero hacia arriba y después mirémonos a nosotros mismos. La distancia sin límites entre el azul del cielo y el abismo produce humildad (T, 54).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue haciéndose presente… por otra forma de “bilocación”.


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Entre los muchos dones extraordinarios que el Padre Pío recibió del Señor tenemos que poner el de la “bilocación”. El término “bilocación” quiere decir estar en dos lugares al mismo tiempo. ¿Sólo en dos lugares? Sería más difícil constatarlo, pero ¿por qué no en tres, en cuatro, en más lugares a la vez, si así lo deseara el Señor?
El Padre Pío fue consciente de sus bilocaciones. La que tuvo lugar en enero de 1905 la manifestó por escrito al padre Agustín de San Marco in Lamis de este modo: «Hace unos días me sucedió algo insólito mientras me encontraba en el coro con fray Anastasio; serían entonces sobre las 23 horas del día 18 del mes pasado; me encontré lejos, en una casa señorial, en la que, mientras moría el padre, venía al mundo una niña. Se me apareció entonces María santísima que me dijo: “Te confío esta criatura. Es una piedra preciosa sin labrar: trabájala, brúñela, vuélvela lo más reluciente posible, porque quiero un día adornarme con ella. No dudes. Será ella la que vendrá a ti, pero antes la encontrarás en San Pedro”. Después de todo esto, me he encontrado de nuevo en el coro». En sus cartas de orientación espiritual el Padre Pío señala al menos tres ocasiones en las que el Señor le concedió hacerse presente en otros lugares, siempre para llevar consuelo y esperanza en situaciones especialmente difíciles para las personas a las que visitaba de este modo. En junio de 1921, a monseñor Rafael Carlos Rossi, un Visitador Apostólico enviado por el Vaticano, que le interrogó sobre este tema y le pidió «que exponga casos concretos», el Padre Pío, después de referirse a dos, añadió: «Creo que han sucedido otros casos; pero éstos son los que recuerdo».
A juzgar por los muchísimos testimonios que encontramos en las biografías del Padre Pío, tenemos que hacer nuestras esas palabras del Fraile capuchino a Monseñor Rossi: «Creo que han sucedido otros casos». Y, al parecer, esos casos tienen lugar también hoy, en la etapa posterior a la muerte del Santo de Pietrelcina; al menos en el sentido de que se sigue haciendo presente -¿sin abandonar el cielo, o la puerta del cielo si es que el Señor le concedió lo que deseaba el Capuchino: «Cuando me llame el Señor, le diré: Señor, yo no entro en el cielo, me quedo en la puerta hasta ver entrar al último de mis hijos»?-, y con el mismo objetivo con que se “bilocaba” en vida: llevar consuelo y esperanza.
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Como título de este escrito he puesto «Sigue haciéndose presente…por otra forma de “bilocación”». Espero, y deseo, que llamar “bilocación” a esa otra forma de hacerse presente no implique para nadie una profanación ni del vocablo ni de ese don extraordinario que el Señor concede a algunos y concedió al Padre Pío.
La información la he pedido a la ciudad de Santa Fe (Argentina), a Claudia Sutter, devota del Padre Pío y promotora de la devoción al Santo capuchino por muchos medios; también, desde el año 2003, por el de las “imágenes itinerantes”, como respuesta al «Padre Pío de quien tuve una manifestación fortísima un año antes».
El proyecto lo comenzó Claudia con un retrato del Padre Pío, que le llegó desde San Giovanni Rotondo, al que unió «un cuaderno de apuntes con la idea de que quienes lo recibieran pudieran plasmar por escrito peticiones, agradecimientos o gracias concedidas»; otro, con oraciones; y un tercero, «con una reseña biográfica del Santo para quienes aún no le conocían o quisieran conocerlo con más profundidad». El objetivo fundamental del proyecto: «Que se conociera su espiritualidad, por entonces poco conocida en la Provincia de Santa Fe, y también para que muchas almas llegaran a Dios motivadas por el ejemplo y la intercesión del Santo capuchino italiano».
El desarrollo del proyecto y la realidad actual del mismo Claudia Sutter los describe así: «Lo que comenzó como una tímida iniciativa personal -entre familiares y amigos- fue muy pronto una gran demanda. Yo, motivada y entusiasmada por los resultados, que estimularon a muchas almas, en su gran mayoría alejadas de la Iglesia y de la fe, a orar, preferentemente el Rosario, y a acercarse a DIOS a través de los sacramentos, vi que tenía que aumentar el número de imágenes. Hoy son nueve, peregrinando simultáneamente por diversos puntos de la ciudad, con personas que colaboran en la tarea de llevarlas de un hogar a otro, convirtiéndose así en misioneros del Padre Pío.
Las imágenes permanecen 9 días en cada hogar, para que la familia pueda hacer la novena al Santo. Hay familias que piden tenerla otros nueve días para otra novena de acción de gracias por favores recibidos. Estos favores son con frecuencia también de orden material: curación de enfermedades, problemas económicos que se solucionan, relaciones familiares que se restablecen…Son muchos más los de orden espiritual: conversiones extraordinarias de las que soy testigo privilegiada. No faltan quienes, incluso en la primera visita de “la imagen itinerante”, quedan conquistados por el Padre Pío y motivados a una vida cristiana ejemplar».
Sé que el proyecto que lleva a cabo Claudia Sutter en Argentina, dado a conocer en el libro de José María Zavala, “Los milagros desconocidos del Santo de los estigmas”, está siendo imitado en otros lugares del mundo. En resumen: El Padre Pío que «Sigue haciéndose presente… por otra forma de “bilocación”».
Elías Cabodevilla Garde

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (4).


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Como indiqué en el último escrito de esta etiqueta de la página web, fueron muchos los medios que usó el Padre Pío para llevar a cabo la “misión grandísima” que le había confiado el Señor. El que presenté en aquel escrito: la oración, lo tuvo siempre a su alcance. No así el que ahora voy a reseñar: la correspondencia epistolar.
El Epistolario del Padre Pío de Pietrelcina está publicado en cuatro tomos.
- El tomo I, de 1387 páginas, recoge la correspondencia epistolar entre el Padre Pío y sus Directores espirituales, los padres Benedicto y Agustín, ambos de San Marco in Lamis. Son 633 cartas: 334 del Padre Pío, 197 del padre Agustín y 102 del padre Benedicto. La primera carta es del padre Benedicto y lleva fecha de 2 de enero de 1910, y la última del Padre Pío al padre Agustín y está fechada el 11 de mayo de 1922.
- El tomo II, de 584 páginas, ofrece los 98 escritos que se intercambiaron el Padre Pío y Raffaelina Cerase, desde el 24 de marzo de 1914 hasta 30 de diciembre de 1915. De la pluma del Padre Pío salieron 56 y 41 de la de Raffaelina Cerase.
- En el tomo III, de 1176 páginas, tenemos las cartas del Fraile capuchino a las hijas espirituales en los años 1915 a 1923. En total: 384 cartas.
- Y en el tomo IV, de 1174 páginas, encontramos las que el Padre Pío dirigió a destinatarios muy diversos, entre los que encontramos al Papa Pablo VI, al Cardenal Augusto Silj, a Obispos, a Superiores generales o provinciales de la Orden capuchina, al Alcalde de San Giovanni Rotondo, a sacerdotes y religiosos, a seglares…, a su sobrina Pía Forgione. La primera carta lleva fecha de 5 de octubre de 1901 y el futuro Padre Pío la dirige a su padre, que había emigrado a América; y la última, de 12 de septiembre de 1968, tiene como destinatario al Papa Pablo VI. En total: 466 cartas.
Al Padre Pío, como consecuencia de las informaciones falsas y calumniosas que fueron llegando al Vaticano, el Santo Oficio, hoy Doctrina de la Fe, le mandó, en junio de 1922, interrumpir toda comunicación con el padre Benedicto, su primer Director espiritual, lo que supuso también el fin de la correspondencia con su otro Director espiritual, el padre Agustín. Y, en junio del año siguiente el mandato fue más absoluto: «No responder en adelante, ni por sí mismo ni por otros, a aquellos que se dirigieran a él en busca de consejos, de gracias o por otros motivos». Terminó así la sabia orientación espiritual que el Santo de Pietrelcina ofrecía por este medio de la correspondencia epistolar a tantas personas.
Dos preguntas frecuentes en los que desean beneficiarse hoy de las enseñanzas del Padre Pío son éstas: - Los que no sabemos la lengua italiana, ¿tenemos acceso al Epistolario del Padre Pío? - Si las páginas del Epistolario del Padre Pío son unas 4.000, ¿a dónde acudir en primer lugar?
- Sé que los tres primeros tomos del Epistolario están traducidos al inglés. Al español sólo está traducido el tomo II. Se pueden adquirir en San Giovanni Rotondo, en las oficinas de lengua inglesa y de lengua española de Voce di Padre Pio. Para las personas de lengua española puede ser una buena ayuda el libro “365 días con el Padre Pío”, editado en España por “San Pablo” y en México por “Pío Pioducciones, S.A. de C.V.”, pues todos los mensajes que ofrece están tomados del Epistolario.
- Como respuesta a la segunda pregunta puedo ofrecer estos datos:
* En el tomo I del Epistolario hay un hecho llamativo: el Padre Pío, sin dejar de ser el Dirigido espiritual de los padres Benedicto y Agustín, se convierte pronto en Director espiritual de sus Directores espirituales. En la Introducción del Epistolario, los Editores del mismo, los padres Melchor de Pobladura y Alesandro de Ripabottoni, escriben esto: «Es innegable que ellos, ya desde los primeros años, en sus dificultades espirituales recurrían al discípulo en busca de orientación y seguían sus propuestas, porque sabían muy bien que no eran sólo fruto de la ciencia o experiencia humana sino también de una luz superior». Y, en relación al Padre Pío, después de recalcar que asumía el papel de Maestro y de Director de sus Maestros y Directores, no por propia iniciativa, sino ante la petición expresa y repetida de éstos, afirman: «Él desaparece detrás de la autoridad de Dios; es consciente de que transmite un mensaje que no es suyo sino de Jesús y, en consecuencia, cumple su misión no sin cierta audacia y con un lenguaje claro y concreto; exige que ese mensaje sea aceptado sin discusión y puesto en práctica con prontitud y fidelidad, aunque sabe endulzarlo sabiamente con amables excusas». La consecuencia es clara: al menos los sacerdotes y los religiosos podemos encontrar sabias orientaciones en nuestro camino hacia la santidad en las que el Padre Pío ofreció a los padres Benedicto y Agustín.
* En la Presentación de la edición española del tomo II del Epistolario, que me correspondió preparar, se lee lo siguiente: «El EPISTOLARIO del Padre Pío es, sin duda, un hermoso regalo del Señor a su Iglesia. Lo fue para las almas que tuvieron la suerte de tener al Santo de Pietrelcina por padre espiritual a través de sus cartas, lo sigue siendo para los que se acercan a estos escritos de dirección espiritual en busca de luz y de estímulo en su peregrinar hacia su destino eterno, y no se equivocará quien afirme que lo va a ser hasta los últimos momentos de los últimos seguidores de Cristo en esta tierra».
* Si del Epistolario en su totalidad se puede afirmar que es «un hermoso regalo de Dios a la Iglesia», cabe decirlo con más razón del tomo II, que, como se ha dicho antes, recoge los escritos que se intercambiaron el Padre Pío y Raffaelina Cerase. Raffaelina fue la primera hija espiritual del Padre Pío, a la que orientó por carta, desde Pietrelcina, durante dos años, hasta pocas semanas antes de la muerte, y personalmente desde el día 17 de febrero de 1916 hasta el 25 de marzo, desde el convento de Santa Ana de Foggia. Si a los datos que se han reseñado, añadimos que Raffaelina buscó apasionadamente la santidad y que, para conseguirla, profesó en la Orden Franciscana Seglar y tuvo como Director espiritual al padre Agustín de San Marco in Lamis y después, por recomendación de éste, al Padre Pío; que intuyó la misión grandísima que el Señor encomendaba a su Director espiritual y que ofreció su vida por él al Señor para que, libre de sus enfermedades misteriosas o con ellas, regresara a la vida conventual y se dedicara de lleno al ministerio del confesonario…, es fácil deducir «que tenemos entre manos un valioso y completo manual de vida cristiana, y no precisamente para los que inician este camino en el seguimiento de Cristo, sino para los que, como el Padre Pío y Raffaelina Cerase, buscan las altas metas de la santidad».
Elías Cabodevilla Garde

Agosto: días 4 al 10.


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4.  Hay algunas diferencias entre la virtud de la humildad y la del desprecio de uno mismo, porque la humildad es el reconocimiento de la propia bajeza; ahora bien, el grado más alto de la humildad consiste, no sólo en reconocer la propia bajeza, sino en amarla; a esto, pues, os exhorto yo (Epist.III, p.566).

5.  No os acostéis jamás sin haber examinado antes vuestra conciencia sobre cómo habéis pasado el día, y sin haber dirigido todos vuestros pensamientos a Dios, para hacerle la ofrenda y la consagración de vuestra persona y la de todos los cristianos. Ofreced además para gloria de su divina majestad el descanso que vais a tomar y no os olvidéis nunca del ángel custodio, que está siempre con vosotros (Epist.II, p.277).

6.  Debes insistir principalmente en lo que es la base de la justicia cristiana y el fundamento de la bondad, es decir, en la virtud de la que Jesús, de forma explícita, se presenta como modelo; me refiero a la humildad. Humildad interior y exterior, y más interior que exterior, más vivida que manifestada, más profunda que visible. Considérate, mi queridísima hija, lo que eres en realidad: nada, miseria, debilidad, fuente sin límites y sin atenuantes de maldad, capaz de convertir el bien en mal, de abandonar el bien por el mal, de atribuirte el bien o justificarte en el mal, y, por amor al mismo mal, de despreciar al sumo Bien (Epist.III, p.713).

7.  Estoy seguro de que deseáis saber cuáles son las mejores humillaciones. Yo os digo que son las que nosotros no hemos elegido, o también las que nos son menos gratas, o mejor dicho, aquéllas a las que no sentimos gran inclinación; o, para hablar claro, las de nuestra vocación y profesión. ¿Quién me concederá la gracia, mis querídimas hijas, de que lleguemos a amar nuestra propia bajeza? Nadie lo puede hacer sino aquél que amó tanto la suya que para mantenerla  quiso morir. Y esto basta (Epist.III, p.568).

8.   Yo no soy como me ha hecho el Señor, pues siento que me tendría que costar más esfuerzo un acto de soberbia que un acto de humildad. Porque la humildad es la verdad, y la verdad es que yo no soy nada, que todo lo que de bueno hay en mí es de Dios. Y con frecuencia echamos a perder incluso aquello que de bueno ha puesto Dios en nosotros. Cuando veo que la gente me pide alguna cosa, no pienso en lo que puedo dar sino en lo que no sé dar; y por lo que tantas almas quedan sedientas por no haber sabido yo darles el don de Dios.
El pensamiento de que cada mañana Jesús se injerta a sí mismo en nosotros, que nos invade por completo, que nos da todo, tendría que suscitar en nosotros la rama o la flor de la humildad. Por el contrario, he ahí cómo el diablo, que no puede injertarse en nosotros tan profundamente como Jesús, hace germinar con rapidez los tallos de la soberbia. Esto no es ningún honor para nosotros. Por eso tenemos que luchar denodadamente para elevarnos. Es verdad: no llegaremos nunca a la cumbre sin un encuentro con Dios. Para encontrarnos, nosotros tenemos que subir y él tiene que bajar. Pero, cuando nosotros ya no podamos más, al detenernos, humillémonos, y en este acto de humildad nos encontraremos con Dios, que desciende al corazón humilde (GB, 61).

9.  La verdadera humildad del corazón es aquélla que, más que mostrarla, se siente y se vive. Ante Dios hay que humillarse siempre, pero no con aquella humildad falsa que lleva al abatimiento, y que produce desánimo y desesperación.
Hemos de tener un bajo concepto de nosotros mismos. Creernos inferiores a todos. No anteponer nuestro propio interés al de los demás (AP).

10.  En este mundo ninguno de nosotros merece nada; es el Señor quien es benévolo con nosotros, y es su infinita bondad la que nos concede todo, porque todo lo perdona (CE, 47).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue cumpliendo su “misión grandísima” con los “Acólitos del Padre Pío”


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Al Padre Pío de Pietrelcina eran muchos, sobre todo, como era normal entonces, niños, los que deseaban ayudarle la Misa como monaguillos o acólitos. También lo deseaban, y con frecuencia lo conseguían, obispos, sacerdotes…; al menos cuando quedaban en el olvido las órdenes de algunos de los Visitadores Apostólicos enviados por el Vaticano a San Giovanni Rotondo prohibiendo tajantemente que lo hicieran los que acabo de indicar. ¿Dónde estaba el desorden litúrgico?
Todavía recuerdo el gozo y la cara de satisfacción con que me compartía el hecho. Todavía niño, había tenido la suerte, al igual que su hermano gemelo, de actuar de acólito en la última Misa del Padre Pío, el 22 de septiembre de 1968.
Es fácil imaginarlo. Al llegar a San Giovanni Rotondo en septiembre de 1916, al Padre Pío se le confió la formación espiritual de los muchachos que, en el seminario menor que allí tenían los Capuchinos, se preparaban para unirse un día a ellos, si descubrían que ésa era su vocación. En esa formación impartida por el joven sacerdote seguro que no faltaba el modo adecuado de actuar como monaguillos o acólitos en las celebraciones litúrgicas y el espíritu con el que actuar en ellas. Y lo que no faltaba nunca era un modo de celebrar la Misa que, sin palabras, enseñaba a los muchachos que algo muy grande tenía lugar en el altar, tan grande que - son palabras del Santo - «Todo lo que aconteció en el Calvario acontece en el altar» y «Cuando se celebra la santa Misa todo el cielo dirige su mirada al altar».
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También hoy el Padre Pío tiene niños y niñas acólitos, con los que sigue cumpliendo su “misión grandísima”. Los he encontrado en muchos sitios y hace unos pocos días, el 13 de julio, en Túquerres, un pueblo de la Provincia de Nariño (Colombia), en la montaña, a unos 3.100 metros sobre el nivel del mar. En la iglesia atendida por los Capuchinos se cultiva con mucho interés la devoción al Padre Pío. Una devoción que la alimentan de modo especial el día 23 de cada mes, recuerdo de la fecha en que murió el Fraile capuchino en septiembre de 1968, en una Eucaristía especial, que convoca a tantos fieles que el amplio templo con dificultad logra acogerlos. Una devoción que se cultiva también en el encuentro semanal de oración del Grupo de Oración del Padre Pío. Una devoción que, por lo que pude presenciar, en la iglesia se manifiesta en una comunidad eclesial muy unida, en la adoración al Santísimo Sacramento a lo largo de todo el día, en el rezo diario del Rosario con creatividad…, y, por las informaciones que recibí, en unas Eucaristías muy participadas y en unos compromisos caritativos y sociales muy variados y exigentes.

Y, en esta realidad, encontré a la “Asociación de Acólitos del Padre Pío de Túquerres”, que muestra la fotografía. Pero tengo que indicar que faltan en ella casi una tercera parte de los que la integran, porque, en la fecha en que tuve la suerte de presentar allí, durante casi cuatro horas, la vida y la espiritualidad del Padre Pío, muchos estaban fuera de sus casas aprovechando las vacaciones escolares. Y que la fotografía no recoge ni la cara de satisfacción de los niños por llevar el "logo" de la Asociación de Acólitos del Padre Pío ni su devoción al entrar en procesión en el templo, acompañando la reliquia del Padre Pío ni su entusiasmo al entonar los cantos.
Elías Cabodevilla Garde