Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (10).


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El Padre Pío de Pietrelcina recibió del Señor dos de las vocaciones posibles en la Iglesia: la vocación religiosa, como franciscano capuchino, y la vocación sacerdotal.
Consiguió ser «un perfecto capuchino»; y, como expuse en el último escrito de esta etiqueta de la página web, realizó, también de este modo, la “misión grandísima” que le había confiado el Señor.
¿Realizó también esta “misión grandísima” como sacerdote? ¡Sin duda! Y, de modo muy especial -uso palabras del papa Pablo VI- en al altar, donde «celebraba la Misa humildemente», y en el confesonario, donde «confesaba de la mañana a la noche».

Antes de detenerme a presentar al Padre Pío en el altar, quiero dejar constancia de que fue un «sacerdote santo». Serlo fue su gran ideal y también un deseo ardiente del Señor.
- Si el Fraile de Pietrelcina quiso ser «un perfecto capuchino», como manifestó a Nina Campanile en carta de noviembre de 1922, a la que, además, le pidió la ayuda de sus oraciones para conseguirlo, deseó, con no menos interés, ser un «sacerdote santo», y así lo dejó escrito en el recordatorio de su primera Misa, celebrada en Pietrelcina el 14 de agosto de 1910: «Jesús, mi anhelo y mi vida, hoy que, embargado por la emoción, te elevo en un misterio de amor, contigo yo sea para el mundo Camino, Verdad y Vida, y para ti sacerdote santo, víctima perfecta».
- El deseo ardiente del Señor el Padre Pío lo fue descubriendo sin dificultad en un hecho, sin duda sorprendente, que manifestó en la mencionada carta de noviembre de 1922: «Oigo en mi interior una voz que insistentemente me dice: santifícate y santifica».
- Pienso que, al menos el noventa y nueve por ciento de las personas que conocieron al Padre Pío, lo presentarían sin titubear como un «sacerdote santo». Nos es suficiente en este momento el testimonio del Papa Benedicto XVI en su peregrinación a San Giovanni Rotondo, el 21 de junio del 2008: «Aquí, en San Giovanni Rotondo, todo habla de la santidad de un fraile humilde y fervoroso sacerdote».

Los sacerdotes, al celebrar la Misa, prolongan, o pueden prolongar, la misión salvadora de Cristo en favor de los hombres de muchos modos. Y de todos esos modos se sirvió el Padre Pío para cumplir la “misión grandísima” que el Señor le había confiado. Intentaré presentarlos con brevedad, aún sabiendo que algunos de ellos, y, por tanto, su eficacia para lo que el Padre Pío consideraba su “misión”: «liberar a mis hermanos del pecado», «hacerles participar de la vida del Resucitado», «poner fin a la ingratitud de los hombres hacia su gran Benefactor»…, nos quedarán en el misterio.

- Dar culto a Dios y ofrecer la salvación de Dios a los hombres fue la misión primordial del Hijo de Dios en este mundo. Misión que cumplió de modo perfecto y total al entregarse a la muerte, y muerte de cruz, para cumplir la voluntad de Dios Padre, y al resucitar, al tercer día, de entre los muertos. Más aún, Cristo instituyó la Eucaristía para renovar este misterio salvador, el Misterio pascual de su muerte y resurrección; y mandó a los apóstoles y a sus sucesores: «Haced esto en memoria mía» (1Cor 11, 24). Celebrar la Eucaristía es el modo más eficaz que tiene la Iglesia para prolongar la misión salvadora de Cristo.
El Padre Pío celebró la Misa diariamente a lo largo de 58 años, desde el 10 de agosto de 1910 hasta el 22 de septiembre de 1968. Y lo hizo con el convencimiento de que «todo lo que aconteció en el Calvario acontece en el altar».

- Es muy conocida la frase en la que se resumió una de las enseñanzas más bellas de la Encíclica “Mediator Dei” de Pío XII sobre uno de los momentos cumbre de la misa, el que tiene lugar después de la consagración del pan y del vino: «Ofrecer y ofrecerse». Es decir: ofrecer a Cristo a Dios Padre y ofrecerse juntamente; y no sólo por medio del celebrante sino también de modo personal. En otras palabras: colocarse en espíritu sobre el altar como víctima, juntamente con la Víctima inmaculada y santa, que es Cristo.
El Padre Pío, en el recordatorio de su primera Misa, unió estas dos realidades: «… y para ti sacerdote santo, víctima perfecta». Por sus cartas a los Directores espirituales sabemos que el Padre Pío se ofreció como víctima a Dios Padre por motivos muy diversos: la santidad de la Iglesia, la conversión de los pecadores, las almas del purgatorio, la Provincia capuchina a la que pertenecía, sus Directores espirituales, el final de la guerra… Y era en la celebración de la Misa cuando renovaba, desde su interior más profundo, esta ofrenda de víctima. Lo recordó con sencillez y claridad el Papa Juan Pablo II, el día 3 de mayo de 1999, en el discurso a los que nos quedamos en Roma para la Eucaristía de acción de gracias por la beatificación del Fraile de Pietrelcina: «La santa Misa era el corazón de toda su jornada, la preocupación más ansiosa de todas las horas, el momento de mayor comunión con Jesús, Sacerdote y Víctima. Se sentía llamado a participar en la agonía de Cristo, agonía que continúa hasta el fin del mundo». Y también Benedicto XVI, en San Giovanni Rotondo, el 21 de junio del 2008: «Y todo tenía su culmen en la celebración de la santa Misa: en ella, él se unía plenamente al Señor muerto y resucitado».

- El influjo en los fieles del modo de celebrar la Misa por el sacerdote es evidente. Perciben sin dificultad si lo realiza con fe y fervor o por obligación y con rutina.
El modo de celebrar la Misa del Padre Pío, pues celebraba la misma que los demás sacerdotes, atraía a hombres y mujeres de los cinco continentes, a pesar de que, con frecuencia, duraba dos y más horas. Y los frutos espirituales en los que participaban en esas Misas quedan acreditados por cientos y miles de testimonios. Y esos frutos son los que debía buscar el “estigmatizado del Gárgano” si quería cumplir la “misión grandísima” que se le había confiado. Juan Pablo II, el 17 de junio del 2002, al día siguiente de la canonización del Padre Pío, nos dijo a los que habíamos participado en la Eucaristía de acción de gracias: «¡La Misa del Padre Pío!... Los fieles, que se congregaban en torno a su altar, quedaban profundamente impresionados por la intensidad de su “inmersión” en el Misterio y percibían que “el padre” participaba personalmente en los sufrimientos del Redentor».

- Catequizar a los fieles sobre el valor e importancia de la Eucaristía, y sobre las exigencias de participar en ella, ayuda y mucho a que se abran a la salvación que brota del Misterio pascual, renovado en el altar, y la hagan fructificar.
El Padre Pío fue ofreciendo esta catequesis de dos modos. Con su ejemplo, al celebrarla. Lo señaló Juan Pablo II en la ocasión que acabo de citar: «¡La Misa del Padre Pío! Era para los sacerdotes una elocuente llamada a la belleza de la vocación presbiteral; para los religiosos y laicos, que acudían a San Giovanni Rotondo incluso en horas muy tempranas, era una extraordinaria catequesis sobre el valor y la importancia del sacrificio eucarístico». Con sus enseñanzas, tan ricas de contenido como éstas: «Todo lo que aconteció en el Calvario acontece en el altar», «Cuando se celebra la Misa, todo el cielo dirige su mirada al altar», «El mundo podría existir sin el sol pero no sin la Misa»…
Elías Cabodevilla Garde

Noviembre: días 3 al 9.


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3.  Un día uno de sus hijos espirituales le preguntó: Padre, ¿cómo puedo crecer en el amor?
Respuesta: cumpliendo con exactitud y con recta intención las propias obligaciones, guardando la ley del Señor. Si haces esto con constancia y perseverancia, crecerás en el amor (LdP, 91).

4.  Hija mía, para tender a la perfección es necesario poner el máximo interés en actuar en todo para agradar a Dios y en buscar evitar hasta los más pequeños defectos; cumplir los deberes propios y hacer todo lo demás con más generosidad (FSP, 79).

5.  En todas las cosas y siempre, más rectitud de intención, más exactitud, más puntualidad, más generosidad en el servicio del Señor, y entonces serás como el Señor quiere que seas (GB, 48).

6.  Reflexiona sobre lo que escribes, porque el Señor te pedirá cuentas de ello. ¡Estáte atento, periodista! El Señor te conceda las satisfacciones que deseas por tu profesión (CT, 177).

7.  También vosotros, los médicos, habéis venido al mundo, al igual que yo, con una misión que cumplir. Escuchad con atención: Yo os hablo de obligaciones en un momento en que todos hablan de derechos. Tenéis la misión de curar al enfermo; pero si no lleváis amor al lecho del enfermo, no creo que las medicinas sirvan de mucho... El amor no os puede hacer prescindir de la palabra. ¿Cómo podríais manifestarlo si no es con palabras que consuelen espiritualmente al enfermo? Ser portadores de Dios para los enfermos; eso será más útil que cualquier otro cuidado (LCS,5-V-58, p.28).

8.  Sed como pequeñas abejas espirituales, que no tienen en sus colmenas más que miel y cera. Que vuestra casa, gracias a vuestra conversación, esté llena de dulzura, de paz, de concordia, de humildad y de piedad (Epist.III, p.563).

9.  Emplead cristianamente vuestro dinero y vuestros ahorros, y desaparecerá tanta miseria; y tantos cuerpos que sufren y tantos seres afligidos encontrarán consuelo y alivio (CE, 61).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (12)


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Como Jesús, que se presentó como «el camino» que lleva al Padre (cfr. Jn 14, 6).

Éste fue el diálogo entre el apóstol Tomás y Jesús: - «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». - «Yo soy el camino… Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 5-6).
El Libro del Génesis, tras el relato del pecado de Adán y de Eva, y refiriéndose al hombre, afirma: «El Señor Dios lo expulsó del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Echó al hombre, y a oriente del jardín de Edén colocó a los querubines y una espada llameante que brillaba, para cerrar el camino del árbol de la vida» (Gn 3, 23-24).
Sólo Dios, el que cerró el camino del árbol de la vida al hombre pecador, podía abrirlo de nuevo a los hombres. Y, «rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó» (Ef  2, 4), nos envió a su Hijo unigénito para que fuera el camino que nos lleve hasta él. Un camino tan abierto y tan orientado hacia el árbol de la vida, hacia Dios, que la Carta a los Efesios sigue diciendo: «Nos ha hecho revivir con Cristo, nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él» (Ef  2, 5-6).
De este camino nos dijo Cristo que es «angosto» pero que «lleva a la vida» (Mt 7, 14). Un camino que él, el Hijo de Dios hecho hombre, no sólo lo recorrió a lo largo de su vida, sino que también nos lo dejó marcado con detalle en sus enseñanzas.
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El Padre Pío de Pietrelcina, en el recordatorio de su Primera Misa, celebrada en su pueblo natal el 14 de agosto de 1910, escribió estas palabras: «Jesús, mi ideal y mi vida: hoy que, temblando de emoción, te elevo en un misterio de amor, que yo sea contigo para el mundo Camino Verdad Vida, y para ti sacerdote santo y víctima perfecta». No es poco lo que desea y lo que pide: ser para el mundo lo que fue y es Jesús: «Camino» hacia Dios Padre. Y serlo -de otro modo sería una utopía- «contigo», con Jesús.
· El Padre Pío había comprendido muy bien que el único «camino» que nos conduce al Padre es Jesús. Y no sólo lo recorrió con valentía, sino que se identificó de tal modo con él que pudo escribir a su Director espiritual, el 18 de abril de 1912: «El corazón de Jesús y el mío, permítame la expresión, se fusionaron. Ya no eran dos corazones que latían, sino uno solo. Mi corazón había desaparecido como una gota que se pierde en el mar».
- Entre los muchos mensajitos que el Padre escribió en estampas y en trozos de papel, encontramos éste: «El guía seguro para todos es sólo Jesús, que ha dicho: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”».
- Para el Padre Pío la criatura que más fielmente recorrió este «camino» hacia el Padre fue la Virgen María. Podía, por tanto, verla como modelo para sí y proponerla como tal a los demás. El 1 de julio de 1915 escribió a su Director espiritual, el padre Agustín: «Esforcémonos, pues, como tantas otras almas elegidas, por tener siempre delante a esta bendita Madre, por caminar siempre junto a ella, ya que no hay otro camino que conduzca a la vida sino el que nuestra Madre ha seguido. Nosotros que queremos llegar a la meta, no rehusemos seguir este camino».
- El Padre Pío sabía muy bien que ese «camino» pasa por el Calvario, aunque termina en el Tabor. Y se animaba, y animaba a los demás, a recorrerlo con generosidad y constancia: «Subamos con generosidad al Calvario por amor de aquél que se inmoló por nuestro amor; y seamos pacientes, convencidos de que ya hemos emprendido el vuelo hacia el Tabor».
- En ese «camino», angosto, que hay que recorrerlo, como Jesús, con la cruz al hombro, el Padre Pío descubría a Cristo actuando de cirineo y a Dios ofreciéndonos su gracia reanimadora: «No digas que te encuentras sola subiendo al Calvario y que te encuentras sola luchando y llorando, porque contigo está Jesús, que no te abandona jamás». «Pensar en la gracia de Dios que te sostiene y en el premio que Jesús te tiene reservado, te servirá de dulce estímulo».
- Y, porque también para él, era un «camino» difícil de recorrer, el Padre Pío, con admirable humildad, pedía ayuda a sus hijos espirituales. El 25 de mayo de 1918 escribió a Marta Campanile: «Solo te ruego que me ayudes con tu oración frecuente al Señor para que me conceda caminar siempre rectamente delante de él».

· Y el Padre Pío, al igual que Jesús, además de recorrer él el «camino» que lleva al Padre, lo señaló con detalle en sus enseñanzas.
- En la Presentación de le edición española del Epistolario II del Padre Pío se dice: «Tenemos entre manos un valioso y completo manual de vida cristiana, y no precisamente para los que inician este camino en el seguimiento de Cristo sino para los que, como el Padre Pío y Raffaelina Cerase, buscan las altas metas de la santidad». Lo que se dice aquí del volumen II lo podemos afirmar, no con menos razón, de los otros tres volúmenes del Epistolario.
- Quien quiera ahorrarse el trabajo de buscar esas enseñanzas del Padre Pío en los diversos medios en que nos han llegado: el Epistolario, los breves mensajes escritos por él en estampas y en trocitos de papel, las orientaciones que impartía antes del rezo diario del Ángelus, los consejos que daba a sus hijos espirituales, cuando éstos han tenido a bien divulgarlos…, puede acudir a la carta 33 del Epistolario II, de 16 de noviembre de 1914. En ella el Padre Pío presenta con detalle a Raffaelina Cerase lo que implica recorrer ese «camino» hacia el Padre, que es, como se ha repetido, el mismo Hijo de Dios: vicios a los que hay que renunciar, virtudes que hay que adquirir, medios que es necesario emplear, espíritu con el que hay que caminar…
- No quiero olvidar un dato importante. Las enseñanzas del Padre Pío no tienen la frialdad de las de algunos profesores. Llevan el calor de un padre que acompaña, que anima, que ofrece motivaciones… Por ejemplo ésta: «No te fijes mucho en el camino que recorres; clava siempre tu mirada en aquel que te guía y en la patria celeste a la que te conduce. ¿Te tendría que importar que tu camino sea por el desierto o por los campos, sabiendo que Dios está siempre contigo y que alcanzas la gozosa eternidad?».
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Porque, como Jesús y con él, quiso ser camino hacia Dios Padre para los hombres, y mostró ese camino al recorrerlo y con sus enseñanzas, podemos llamar al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde

Octubre: día 27 a noviembre: día 2.


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27.  El espíritu de Dios es espíritu de paz, y hasta en las faltas más graves nos concede experimentar un arrepentimiento tranquilo, humilde, confiado, que depende precisamente de su misericordia.
El espíritu del maligno, en cambio, excita, exaspera y nos hace experimentar, en el arrepentimiento mismo, una especie de ira contra nosotros mismos, siendo así que el primer acto de caridad debemos dirigirlo a nosotros mismos.
Por tanto, si te turban algunos pensamientos, piensa que esta turbación no viene nunca de Dios, sino del diablo. Dios te regala la serenidad porque es espíritu de paz (AdFP, 549).

28.  Si somos apacibles y pacientes, nos encontraremos no sólo a nosotros mismos sino también nuestra alma y con ella a Dios (AdFP, 549).

29.  La lucha que se lleva a cabo antes de la obra buena que se pretende realizar, es como la antífona que precede al salmo solemne que se va a cantar (FM, 166).

30.  El impulso para alcanzar la paz eterna es bueno y santo, pero es necesario moderarlo con la completa resignación al querer divino. Es mejor cumplir la voluntad de Dios en la tierra que gozar en el paraíso. "Sufrir y no morir" era el lema de Santa Teresa. Es dulce el purgatorio cuando se sufre por amor de Dios (Epist.III, p.549).

31.  La paciencia es tanto más perfecta cuanto menos se mezcla con inquietudes y desasosiegos. Si el buen Dios quiere prolongar el tiempo de la prueba, no os lamentéis ni indaguéis el porqué. Tened siempre presente que los hijos de Israel tuvieron que caminar  durante cuarenta años por el desierto antes de poner su pie en la tierra prometida (Epist.III, p.537).

1.  El deber es antes que cualquier otra cosa, aunque sea santa (CE, 60).

2.  Hijos míos, estar así, sin poder cumplir mi propio deber, es inútil; es mejor que me muera (T, 96).
 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue invitando y ayudando a amar a la Virgen María.


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Las invitaciones del Padre Pío a amar a la Virgen María eran algo constante, tanto en sus mensajes escritos como en los trasmitidos de viva voz. Y esas invitaciones las repetía, no por costumbre o rutina, sino con la fuerza y el entusiasmo de un enamorado, que amaba a María y quería que todos la amaran. «Quisiera tener una voz tan fuerte como para invitar a todos los pecadores del mundo a amar a María».
Quien quiera confirmar lo que he dicho, puede acudir, en relación a los mensajes escritos, a las páginas de los cuatro tomos en que están publicadas las cartas de orientación espiritual del Padre Pío; y también, aunque esto no le será tan fácil, a los cientos y miles de estampas y de papelitos, con breves mensajes escritos por el Santo, que se conservan en San Giovanni Rotondo, porque muchos de los destinatarios de esos breves escritos, aún sabiendo que renunciaban a algo muy valioso, los han ido entregando a los Capuchinos, pensando quizás en una posible publicación, que beneficiaría a miles o a millones de devotos del Fraile de Pietrelcina. Y los mensajes hablados los pueden encontrar de muchos modos: en escritos de los que los oyeron, en grabaciones sonoras, en soportes audiovisuales…
Y esas invitaciones del Padre Pío casi siempre incluían motivos que impulsaban a amar a María. Sirvan estos dos ejemplos: «María sea la razón única de tu existencia y te guíe al puerto seguro de la salvación eterna. Sea para ti dulce modelo e inspiradora en la virtud de la santa humildad». «La Virgen Dolorosa nos quiere bien, nos ha dado a luz en el dolor y en el amor. No se aparte jamás de tu mente la Dolorosa y sus dolores queden grabados en tu corazón; y lo enciendan de amor a ella y a su Hijo».
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Hoy me ha llegado el “Calendario 2014 de la Obra de San Pío de Pietrelcina”, que prepara cada año “La Casa Alivio del Sufrimiento”. Como tema general del calendario: “El Padre Pio y la Madre del cielo”.
En cada una de las hojas del calendario encontramos, junto a los días del mes y las fiestas que se conmemoran en ellos, fotografías de las Advocaciones marianas más queridas por el Fraile capuchino, y una frase del Padre Pío relacionada con la Virgen María.
Inmediatamente he pensado: El Padre Pío sigue cumpliendo hoy su “misión grandísima”; y, como lo hacía en vida, sigue invitando a amar a la Virgen María y ofreciendo mensajes que ayudan a vivir y a intensificar ese amor. Trascribo estos dos: «La Madre de Jesús y nuestra te sonría siempre, obteniéndote de su santísimo Hijo los carismas celestes». «Madre mía…purísima, inmaculada…ten piedad de mí; una mirada materna tuya me estimule, me purifique, me eleve hasta Dios».

Elías Cabodevilla Garde

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (9).


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El ejemplo de una vida santa fue, como expuse en el último escrito de esta etiqueta de la página web, uno de los medios con los que el Padre Pío cumplió la “misión grandísima” que el Señor le había confiado.  Una vida santa en las dos vocaciones a las que fue llamado por Dios: religioso capuchino y sacerdote. Me fijo ahora en la primera; y, con las palabras con que él expresó lo que quería ser, llamaré al Padre Pío, no «un hijo menos indigno de san Francisco», sino: «un perfecto capuchino».
A Francisco Forgione no le fue fácil ingresar en los Capuchinos. Las dificultades le vinieron, primero de su tío Pellegrino, que, en aquellos años, hacía las veces de padre en ausencia del padre, en América en busca de unos recursos que le permitieran sacar adelante a la familia. A juicio de "zi Pellegrino", la vida de los Capuchinos era demasiado austera y proponía a su sobrino ingresar o en los Benedictinos del santuario mariano de Montevergine, o en los Redentoristas de San Angel de Cupolo, o en los Franciscanos de Benevento. Le llegaron después del Superior provincial de los Capuchinos de Foggia, que, a la petición del muchacho por medio del Arcipreste de Pietrelcina, Don Salvador Panullo, respondió que: «habría que esperar unos meses porque en el noviciado capuchino de Morcone no quedaba ningún puesto libre». Y fueron muy especiales las motivadas por la lucha interior que tuvo que mantener, a pesar de estar muy convencido de lo que manifestará veinte años más tarde, en una carta de noviembre de 1922: «¡Dónde podré servir mejor al Señor que en el claustro y bajo el estandarte del Pobrecillo de Asís!». Esta lucha interior la expone así en el escrito citado: «¡Sentía  la voz del deber de obedecerte a ti, Dios bueno y verdadero! Pero mis enemigos y los tuyos me tiranizaban; me desconyuntaban los huesos; me escarnecían; me contorsionaban las vísceras», para terminar escribiendo: «El solo recuerdo de aquella lucha interior que se daba en mí hace que ahora se me hiele la sangre en las venas, aunque han trascurrido ya o están para transcurrir veinte años».
Francisco Forgione marchó al convento de Capuchinos de Morcone el 6 de enero de 1903, a la edad 15 años. Poco después, el día 22, inició el año de noviciado, cambiando, como era costumbre en los Capuchinos, su nombre de bautismo por el de Pío y tomando, en lugar del apellido, el nombre de su pueblo natal, Pietrelcina. Terminado este tiempo de preparación para la vida capuchina, Fray Pío de Pietrelcina se comprometió en ella, con la profesión religiosa temporal, el día 22 de enero de 1904, y con la profesión para siempre el 27 de enero de 1907.
En la ya mencionada carta de noviembre de 1922, el Padre Pío pide a la destinataria de la misma, Nina Campanile: «Ayúdame tú también; sé que Jesús te quiere mucho y lo mereces. Háblale de mí, que me conceda la gracia de ser un hijo menos indigno de san Francisco, que pueda servir de ejemplo a mis hermanos, de modo que el fervor continúe siempre y crezca cada vez más en mí hasta hacer de mí un perfecto capuchino».
Mirando al Padre Pío como religioso capuchino, ¿cómo habría que calificarlo usando las expresiones que él emplea en la carta citada? ¿Cómo «un hijo menos indigno de san Francisco»? ¿Como «un perfecto capuchino»?
Como ayudas para el que quiera aventurarse a dar la respuesta, antes de transcribir unas líneas que yo escribí hace unos años, cito algunos de los juicios que, en momentos especialmente solemnes, han expresado los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Juan Pablo II beatificó al Padre Pío el 2 de mayo de 1999 y lo declaró Santo el 16 de junio del 2002. En ambas ocasiones se refirió al Padre Pío como religioso capuchino; y, en la primera, en tres momentos: en la homilía de la Misa, en la Plaza de San Pedro; minutos después, antes del “Regina Coeli”, en la Plaza de San Juan de Letrán; y el día 3, en el Discurso a los que nos habíamos quedado para la Eucaristía de acción de gracias. Éstas fueron sus palabras:
- «¿Qué otra cosa ha sido la vida de este humilde hijo de san Francisco, sino un constante ejercicio de fe».
- «El nuevo beato, auténtico hijo de san Francisco de Asís, de quien aprendió a dirigirse a María con espléndidas expresiones de alabanza y amor, no se cansaba de inculcar en los fieles una devoción tierna y profunda a la Virgen, enraizada en la tradición auténtica de la Iglesia. Tanto en el secreto del confesonario como en la predicación, exhortaba siempre: ¡amad a la Virgen!».
- «Francisco era su nombre de bautismo y fue desde el ingreso en el convento un digno seguidor del seráfico Padre en la pobreza, castidad y obediencia. Practicó en todo su rigor la regla capuchina, abrazando con generosidad la vida de penitencia. No se complació en el dolor, pero lo eligió como camino de expiación y de purificación. Como el Poverello de Asís, apostó por la conformidad con Cristo, deseando sólo “amar y sufrir” para ayudar al Señor en la fatigosa y exigente obra de la salvación».
Y el 17 de junio del 2002, al día siguiente de haberlo declarado Santo, dijo en el Discurso tras la Eucaristía de acción de gracias: «El Padre Pío es un auténtico modelo de espiritualidad y de humanidad, dos características peculiares de la tradición franciscana y capuchina».
Benedicto XVI peregrinó a San Giovanni Rotondo el día 21 de junio del 2008. En dos de sus cuatro intervenciones habladas se refirió expresamente al Padre Pío como religioso capuchino; y afirmó:
- «Auténtico seguidor de san Francisco de Asís, hizo propia, como el Pobrecillo, la experiencia del apóstol Pablo, tal y como la describe en sus Cartas: "Con Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí"».
- «Aquí, en San Giovanni Rotondo, todo habla de la santidad de un fraile humilde… que esta tarde nos invita también a nosotros a abrir el corazón a la misericordia de Dios; nos exhorta a ser santos, es decir, amigos sinceros y verdaderos de Jesús».

Y esto es lo que escribí en el año 1999, en una breve biografía que se distribuyó en las iglesia de los Capuchinos de España con motivo de la Beatificación del Padre Pío:
- «El Padre Pío es el seguidor humilde, obediente, caritativo y alegre de Francisco y de Clara de Asís…; es el enamorado de Cristo; es el devoto de la Virgen que lleva siempre en sus manos o enrollado en el brazo el rosario y lo recita muchas veces al día; es el hermano que vive para sus hermanos y que tiene sus preferidos en los pobres, los enfermos y los alejados de Dios por el pecado; es el creyente que busca en todo la gloria de Dios y la salvación de las almas...».
Elías Cabodevilla Garde

Octubre: días 20 al 26.


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20. No hay que desanimarse; porque, si existe en el alma el esfuerzo continuo por mejorar, al fin el Señor la premia, haciéndola florecer de golpe en todas las virtudes, como en un jardín florecido (VVN, 49).

21.  Procura no inquietar tu alma ante el triste espectáculo de la injusticia humana, que tiene también un valor en la economía de las cosas. Sobre esta injusticia verás un día el triunfo definitivo de la justicia de Dios (GF, 175).

22.  El Sabio alaba a la mujer fuerte: “Sus dedos, dice, sostienen el huso” (Prov 31,19).
Con gusto os diré algunas cosas sobre estas palabras. Vuestra rueca es el cúmulo de vuestros deseos. Por eso, hilad todos los días un poco, tirad hilo a hilo de vuestros proyectos hasta su ejecución, y sin duda alguna los veréis cumplidos. Pero estad atentos para no apresuraros, porque enredaríais el hilo con nudos y embrollaríais vuestro huso.
Por tanto, caminad siempre; y aunque vayáis avanzando lentamente, haréis un gran viaje (Epist.III, p.564).

23.  La ansiedad es una de las mayores trampas que la virtud auténtica y la devoción vigorosa pueden encontrar; aparenta enfervorizarse en el bien obrar, pero no lo hace sino para enfriarse, y no nos hace correr para que tropecemos, es para que tropecemos, y por eso hay que estar alerta en todo momento, y de modo particular en la oración; y para conseguirlo mejor, será bueno acordarse de que las gracias y los gustos de la oración no son aguas de esta tierra sino del cielo; y que, por eso, todos nuestros esfuerzos no bastan para conseguirlos, y que, si es necesario prepararse con suma diligencia, ha de ser siempre con humildad y sosiego: hay que tener el corazón orientado hacia el cielo y esperar de allí el rocío celestial (AP).

24.  ¿Por qué os tiene que preocupar el que Jesús os quiera llevar a la patria celestial por los desiertos o por los campos, si por los primeros y por los segundos se llega del mismo modo a la eterna bienaventuranza? Alejad de vosotros toda preocupación orgullosa que brota de las pruebas con las que el buen Dios quiere visitaros; y si esto no es posible, apartad el pensamiento y vivid resignados en todo al divino querer (AdFP, 561).

25.  Tengamos bien esculpido en nuestra mente lo que dice el divino Maestro: en nuestra paciencia poseeremos nuestra alma (AdFP, 560).

26.  No pierdas el ánimo si te toca trabajar mucho y recoger poco... Si pensases cuánto le cuesta a Jesús una sola alma, no te lamentarías por ello (AP).
  (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde