Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Noviembre: días 17 al 23.


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17.  Nada más repelente en una mujer, sobre todo si es esposa, que ser ligera, frívola y altanera. La esposa cristiana debe ser mujer de sólida piedad para con Dios, ángel de paz en la familia, y digna y agradable con el prójimo (AP).

18.  Dios me ha dado mi pobre hermana y Dios me la ha quitado. Sea bendito su santo nombre. En estas exclamaciones y en esta resignación encuentro fuerza suficiente para no sucumbir bajo el peso del dolor. A esta aceptación de la voluntad divina os exhorto también a vosotros y encontraréis, igual que yo, el alivio en el dolor (Epist.IV, p.802).

19.  ¡La bendición de Dios os sirva de ayuda, apoyo y guía! Formad una familia cristiana, si queréis un poco de tranquilidad en esta vida. El Señor os dé hijos y después la gracia de orientarlos por el camino del cielo (AP).

       20.  ¡Animo, ánimo! Los hijos no son clavos (AP).

21.  Anímese, pues, valerosa señora. Anímese, porque la mano del Señor, al sostenerla, no se ha quedado corta. ¡Oh!, sí, él es el Padre para todos; pero lo es, de modo especialísimo, para los desgraciados; y de modo todavía mucho más singular lo es para usted, que es viuda y viuda madre (AdFP, 466).

22.  Ponga en solo Dios todas sus preocupaciones, pues él tiene cuidado especialísimo de usted y de esos tres angelitos de hijos con que la ha querido adornar. Esos hijos, por su conducta, serán su apoyo y consuelo a lo largo de su vida. Preocúpese siempre de su educación, no tanto científica cuanto moral. Téngalos en su corazón y quiéralos más que a las niñas de sus ojos. A la educación de la mente, mediante buenos estudios, procure unir siempre la educación del corazón y de nuestra santa religión; aquélla sin ésta, mi buena señora, causa una herida mortal al corazón humano (AdFP, 467).

23. ¿Por qué el mal en el mundo?
Escucha con atención... Es una mamá que está bordando. Su hijo, sentado en un pequeño taburete, contempla su trabajo pero al revés. Ve los nudos del bordado, los hilos revueltos... Y dice: Mamá, ¿se puede saber lo que haces? ¡Se ve poco claro tu trabajo!
Entonces la mamá baja el bastidor y enseña la parte buena del trabajo. Cada color está en su sitio y la variedad de los hilos se ajusta a la armonía del dibujo.
¡Eso! Nosotros vemos el revés del bordado. Estamos sentados en un pequeño taburete (GG, 106).
 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (13)


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Como Jesús, que «no vino a ser servido sino a servir» (Mt 20, 28).
En un recorrido, incluso rápido, por los Evangelios es fácil encontrar una lista amplia de objetivos que motivaron la venida del Hijo de Dios a este mundo: «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 17); «Yo para esto he nacido y para esto he venido: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37); «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos» (Jn 9, 39); «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10, 10)…
Todos esos objetivos quedarían muy bien recogidos en estas palabras de Jesús: «Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). El Hijo de Dios, pues, ha venido al mundo para servirnos a los hombres salvación, verdad, luz…, vida y vida abundante. Y como servir no es cosa fácil para el que se tiene por superior o vive como tal, el Hijo de Dios se hizo «Hijo del hombre», «probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (Heb 4, 15). Y nos sirvió esos dones dando su vida. Y lo hizo por todos, sin excepción, porque, en el conjunto del NT, el «por muchos» hay que entenderlo «por todos».
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El Padre Pío quiso ser el primero entre los seguidores de Jesús; en otras palabras, el primero al responder a su amor. Y se comprende que quien era consciente, como lo era él y así lo manifestó en una carta de noviembre de 1922, de que Jesús, el Amante divino, «desde el nacimiento me ha dado pruebas de una predilección especialísima», quiera amar a Jesús de este modo: «Siento muy vivo el deseo... de que todos los instantes de la vida transcurran en el amor al Señor... Querría que mi mente no pensase más que en Jesús y que el corazón no palpitase más que por él solo y siempre».
Para el Padre Pío la consecuencia de querer ser el primero entre los seguidores de Jesús era muy clara: «Quien quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre…» (Jn 20, 26-28). Y la vivió con generosidad.
- El Padre Pío, al igual que Jesús, buscó, antes que nada, servir al Señor; y de la forma que expresó en estas palabras: «Busquemos servir al Señor con todo el corazón y con toda la voluntad».
- También para el Padre Pío, como para Jesús, servir al Señor implicaba, de modo muy especial, servir al prójimo. Así se lo manifestó al padre Agustín el 6 de julio de 1917: «El cuidado de estos muchachos y socorrer y consolar a las almas, de palabra o por escrito, me ocupan todo el tiempo. No puedo negarme a nadie. ¿Y cómo podría hacerlo si lo quiere el Señor?». Y pruebas de que lo quería el Señor las tenía en las que indicó en la citada carta de noviembre de 1922: la “misión grandísima” que el Señor le había confiado y que le suponía, como manifestó a su hija espiritual Cleonice Morcaldi: «Ganar todo y a todos con el amor para llevarlos a Dios», y la «voz interior que continuamente le repetía: “Santifícate y santifica”».
- Si su deseo de ayudar, de servir, a los hermanos lo sentía «agigantarse grandemente en lo más íntimo del espíritu», lo atribuía a una gracia especial del Señor: «Me parece que en el hondón de mi alma Dios ha derramado muchas gracias respecto a la compasión de las miserias ajenas, sobre todo por lo que se refiere a los necesitados. La grandísima compasión que mi alma experimenta a la vista de un pobre le produce, en el mismo centro, un vehementísimo deseo de socorrerlo y, si mirase sólo a mi voluntad, me movería incluso a despojarme del hábito para vestirlo».
- El Padre Pío, para servir a los hombres a ejemplo de Jesús, tenía que hacerse y ser «esclavo», pequeño, uno más… Los testimonios de los que vivieron con él son unánimes al presentar al Padre Pío como un hombre, como un religioso, como un sacerdote, humilde, sencillo, que evitaba sobresalir, que nunca pretendía decir la última palabra… Pero es llamativo que lo haya pintado así también Rafael Carlos Rossi, el carmelita que, por encargo del Vaticano, realizó una Visita Apostólica a San Giovanni Rotondo en junio de 1921. En el “Voto”, en el informe, que entregó en la Congregación del Santo Oficio, hoy de la Doctrina de la Fe, escribió esto: «El Padre Pío me causó una impresión bastante favorable; y eso que yo había ido más bien prevenido en su contra... Religioso serio, distinguido, digno y, a la vez, franco, espontáneo en el convento…; he podido descubrir en él una humildad sincera y profunda, por la que - esto se afirma de forma unánime - vive en la mayor simplicidad e indiferencia, como si jamás hubiera ocurrido nada en torno a su persona y él no fuera todavía objeto de tantas atenciones y de una estima que, de parte de muchos, es absoluta veneración».
- El Padre Pío, como Jesús, además de servir con misericordia y dedicación a todos los que se acercaron a él: primero, durante siete años, en Pietrelcina; después, durante siete meses, en Foggia, y, por fin, desde 1916 hasta 1968, por cientos y miles al día, en San Giovanni Rotondo, deseó, lo pidió al Señor y lo intentó por los medios a su alcance, servir a todos sin excepción. Su deseo lo manifestó al padre Agustín, uno de sus dos Directores espirituales, con frases como éstas: «Quisiera tener una voz muy fuerte para invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a la Virgen»; «Quisiera volar para invitar a todos los seres a amar a Jesús, a amar a María». Lo pidió al Señor, suplicándole que le concediera todos los sufrimientos merecidos por los pecadores, incluso centuplicados, con tal de que convirtiera a todos. Y a los medios que todos tenemos para servir y buscar el bien de los que están lejos: mensajes y consejos enviados por carta, por teléfono…, plegarias al Señor por ellos, sufrimientos aceptados o buscados voluntariamente, uniéndolos a los de Cristo…, él pudo añadir, por concesión especial del Señor, el de la bilocación, el del envío de su Ángel Custodio a destinatarios de los cinco continentes…
- A los que se acercaron a él en los lugares antes indicados, el Padre Pío les sirvió de muchos modos: acogiéndoles con amor, regalándoles el ejemplo de una vida santa y de una Misa celebrada humildemente y de una oración continua y de una devoción tierna y filial a María…, atendiéndoles durante muchas horas al día en el confesonario, con los breves mensajes de vida cristiana que les ofrecía antes del rezo diario del Ángelus, con los centros de enseñanza que promovió y con el hospital “Casa Alivio del Sufrimiento” que fundó en San Giovanni Rotondo…
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Porque, como Jesús, se dedicó no a ser servido sino a servir y a dar su vida por el bien de muchos, de cerca y de lejos, podemos llamar al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde

Noviembre: días 10 al 16.


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10.  No sólo no tengo que repetirte que, al marcharte de Casacalenda, devuelvas la visita a tus conocidas, sino que lo considero una gravísima obligación. La piedad es útil para todo y se adapta a todo según las circunstancias, menos a lo que sea pecado. Devuelve las visitas y tendrás también el premio de la obediencia y la bendición del Señor (Epist.III, p.427).

11.  Yo deseo que todas las estaciones del año se encuentren en vuestras almas; que a veces experimentéis el invierno de muchas esterilidades, distracciones, desganas y aburrimientos; otras, los rocíos del mes de mayo con el perfume de las santas florecillas; entre los calores, el deseo de agradar a nuestro divino Esposo. No queda, pues, más que el otoño, en el que no veis grandes frutos; pero sucede con mucha frecuencia que, a la hora de trillar los cereales y de pisar las uvas, uno se encuentra con cosechas mucho mayores que las que prometían las siegas y las vendimias. Vosotros querrías que todo sucediese en primavera y en verano; pero no, mis queridísimas hijas, es necesario que existan también estas vicisitudes tanto en el interior como en el exterior. En el cielo todo será primavera en cuanto a la belleza, todo será otoño en el gozo, todo será verano en el amor. No habrá ningún invierno; pero aquí el invierno es necesario para ejercitarse en la abnegación y en las mil virtudes, pequeñas pero bellas, que se practican en tiempos de esterilidad (Epist.III, p.587s.).

12.  Os lo suplico, mis queridas hijas, por el amor de Dios: no tengáis miedo a Dios porque él no quiere haceros mal alguno; amadlo mucho porque os quiere hacer un gran bien. Caminad sencillamente con la seguridad de que acertáis en vuestras decisiones, y rechazad como crueles tentaciones esas reflexiones espirituales que hacéis de vuestros males (Epist.III, p.569).

13.  Entregaos totalmente, mis amadísimas hijas, en las manos de nuestro Señor, ofreciéndole los años que os restan de vida y rogadle siempre que los emplee y se sirva de ellos en aquella forma de vida que más le agrade. No inquietéis vuestro corazón con vanas promesas de sosiego, de agrado y de méritos, sino presentad a vuestro divino Esposo vuestros corazones totalmente vacíos de todo otro afecto que no sea su casto amor, y pedidle que lo llene, limpia y sencillamente, de los impulsos, deseos y voluntad que sean de su agrado, para que vuestro corazón, como una madreperla, no conciba más que con el rocío del cielo y no con el agua del mundo; y veréis que Dios os ayudará y que haréis mucho, tanto al elegir como al actuar (Epist.III, p.569).

14.  El Señor os bendiga y os haga menos pesado el yugo de la familia. Sed siempre buenos. Recordad que el matrimonio comporta obligaciones difíciles que sólo la gracia de Dios pude hacerlas fáciles. Mereced siempre esta gracia y que el Señor os conserve hasta la tercera y cuarta generación (AD, 169).

15.  En la familia sé alma de convicciones profundas, y sonríe en la abnegación y en la inmolación constante de toda tu persona (ASN, 43).

16.  La abnegación más importante es la que se practica en el hogar doméstico (FM, 167).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue dándose a conocer para que conozcan y amen más a Jesús y a María.


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Eran cientos, miles, las personas que cada día llegaban a San Giovanni Rotondo; en mayor número conforme se extendía por el mundo la fama de santidad del Padre Pío. Y ese número aumentaba de forma llamativa en fechas que recordaban momentos especiales de la vida del Santo: fiesta onomástica (5 de mayo), aniversario de su ordenación sacerdotal (10 de agosto), día en que recibió en sus manos, pies y costado las llagas de Cristo crucificado (20 de septiembre)…
Cabe pensar que, en estas fechas, los Capuchinos de San Giovanni Rotondo preparaban con especial interés las diversas celebraciones, buscando el mayor fruto espiritual de los fieles que participaban en ellas y, por lo mismo, un amor más sincero y generoso al Señor y a la Virgen María. Sin duda, esta preocupación estaba muy dentro del corazón y de la actuación del Padre Pío.
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Esta crónica me llega de México y me la envía el Hno. Pablo Jaramillo, sacerdote capuchino, entusiasta promotor de la espiritualidad y de las obras del Padre Pío. En este caso, el Hno. Pablo lo hace en su pueblo natal: Sauceda de la Borda, y en una fecha muy especial para el Padre Pío y para la Iglesia: el 23 de septiembre, día de la muerte del Santo y de la celebración de su Memoria litúrgica. Fácilmente se puede escribir: «El Padre Pío sigue dándose a conocer para que conozcan y amen más a Jesús y a María».

«Todo empezó el 14 de septiembre, con el primer día del rezo de la novena. Primero en casa de mis papás, los señores Gregorio Jaramillo y María Guadalupe Escobar. Se reunieron poco más de veinte personas para el rezo del santo Rosario y el rezo de la novena, que incluía también la del Sagrado Corazón que el Padre Pío rezaba todos los días. Después del rezo del Rosario, con cantos intercalados entre misterio y misterio, y de la novena, partíamos hacia la iglesia a celebrar la Eucaristía. Allí participaban unas 100 ó 150 personas todos los días.
La Misa la celebrábamos con calma para profundizar en el misterio de la Pasión y del Amor de Dios, que se renueva en ella. Cada día expuse un tema de la vida y de la espiritualidad del Padre Pío para que la gente lo conociera todavía más. En la Misa los coros de la comunidad, que son dos, se alternaban para cantar uno cada día.
Fue una novena con muchos frutos espirituales porque se confesó mucha gente. Hubo días en que estuve hasta 2 horas confesando y, con frecuencia, la gente venía a buscarme a casa para que les escuchara, les atendiera o les confesara. El día de la fiesta estaba la iglesia a tope de gente.
Además del aspecto religioso espiritual, sin lugar a dudas el más importante, hace ya dos años que mis hermanos se propusieron hacer una danza, interpretada por dos de mis hermanos y dos de mis hermanas. Después se añadieron unos 18 ó 20 niños, de los cuales al menos 16 son sobrinos míos. Ellos se encargan de bailar la víspera de la fiesta y el día 23 por la tarde, después de hacer la comida para darla a la gente.
La víspera también estuvo uno de los coros cantando hasta la media noche, como dando serenata al Padre Pío, hasta que le cantaron las tradicionales “mañanitas”. Fue una vigilia muy hermosa, porque el coro está integrado en su mayoría por niños y adolescentes, y daba mucha ternura ver con qué alegría y entusiasmo cantaban al Padre Pío.
La comida es otro de los aspectos de la fiesta. Mi familia: mis dos hermanos, mis cinco hermanas y mis papás ahorran durante todo el año cierta cantidad de dinero semanalmente para poder llevar a cabo la fiesta, que en mi pueblo la denominan “Reliquia”. Es decir toda la comida que se hace se le da a la gente para que la lleven a sus casas y la consuman con su familia. Es claro que no pueden hacer para todo el pueblo, pero se trata de cocinar lo más posible. Son, pues, días de mucho trabajo.
Todo se hace en casa de mis papás. Creo que es una hermosa manera de transmitir a las nuevas generaciones el amor de Dios: el que Él nos da y el que le podemos dar. En el trasfondo de todo esto está el agradecimiento a Dios por todo lo que nos ha concedido durante todo el año y el ser cada vez más conscientes de que, poco a poco, hemos de ir creciendo como familia cristiana, en conversión constante. Esto, poco a poco, se va viendo en mi familia, en la forma de enfrentar los problemas, conflictos, enfermedades…, siendo conscientes de que no siempre se pueden pedir milagros y de que es necesario trabajar, y trabajar duro, cada día en la construcción del Reino, algo que sólo es posible desde el encuentro constante y profundo con Dios.
La devoción al Padre Pío se está extendiendo a muchas personas de la comunidad y ya hay quienes rezan su propia novena en casa, con su familia. Existen testimonios muy hermosos de gente que ha cambiado su vida gracias al conocimiento del Padre Pío».
Elías Cabodevilla Garde

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (10).


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El Padre Pío de Pietrelcina recibió del Señor dos de las vocaciones posibles en la Iglesia: la vocación religiosa, como franciscano capuchino, y la vocación sacerdotal.
Consiguió ser «un perfecto capuchino»; y, como expuse en el último escrito de esta etiqueta de la página web, realizó, también de este modo, la “misión grandísima” que le había confiado el Señor.
¿Realizó también esta “misión grandísima” como sacerdote? ¡Sin duda! Y, de modo muy especial -uso palabras del papa Pablo VI- en al altar, donde «celebraba la Misa humildemente», y en el confesonario, donde «confesaba de la mañana a la noche».

Antes de detenerme a presentar al Padre Pío en el altar, quiero dejar constancia de que fue un «sacerdote santo». Serlo fue su gran ideal y también un deseo ardiente del Señor.
- Si el Fraile de Pietrelcina quiso ser «un perfecto capuchino», como manifestó a Nina Campanile en carta de noviembre de 1922, a la que, además, le pidió la ayuda de sus oraciones para conseguirlo, deseó, con no menos interés, ser un «sacerdote santo», y así lo dejó escrito en el recordatorio de su primera Misa, celebrada en Pietrelcina el 14 de agosto de 1910: «Jesús, mi anhelo y mi vida, hoy que, embargado por la emoción, te elevo en un misterio de amor, contigo yo sea para el mundo Camino, Verdad y Vida, y para ti sacerdote santo, víctima perfecta».
- El deseo ardiente del Señor el Padre Pío lo fue descubriendo sin dificultad en un hecho, sin duda sorprendente, que manifestó en la mencionada carta de noviembre de 1922: «Oigo en mi interior una voz que insistentemente me dice: santifícate y santifica».
- Pienso que, al menos el noventa y nueve por ciento de las personas que conocieron al Padre Pío, lo presentarían sin titubear como un «sacerdote santo». Nos es suficiente en este momento el testimonio del Papa Benedicto XVI en su peregrinación a San Giovanni Rotondo, el 21 de junio del 2008: «Aquí, en San Giovanni Rotondo, todo habla de la santidad de un fraile humilde y fervoroso sacerdote».

Los sacerdotes, al celebrar la Misa, prolongan, o pueden prolongar, la misión salvadora de Cristo en favor de los hombres de muchos modos. Y de todos esos modos se sirvió el Padre Pío para cumplir la “misión grandísima” que el Señor le había confiado. Intentaré presentarlos con brevedad, aún sabiendo que algunos de ellos, y, por tanto, su eficacia para lo que el Padre Pío consideraba su “misión”: «liberar a mis hermanos del pecado», «hacerles participar de la vida del Resucitado», «poner fin a la ingratitud de los hombres hacia su gran Benefactor»…, nos quedarán en el misterio.

- Dar culto a Dios y ofrecer la salvación de Dios a los hombres fue la misión primordial del Hijo de Dios en este mundo. Misión que cumplió de modo perfecto y total al entregarse a la muerte, y muerte de cruz, para cumplir la voluntad de Dios Padre, y al resucitar, al tercer día, de entre los muertos. Más aún, Cristo instituyó la Eucaristía para renovar este misterio salvador, el Misterio pascual de su muerte y resurrección; y mandó a los apóstoles y a sus sucesores: «Haced esto en memoria mía» (1Cor 11, 24). Celebrar la Eucaristía es el modo más eficaz que tiene la Iglesia para prolongar la misión salvadora de Cristo.
El Padre Pío celebró la Misa diariamente a lo largo de 58 años, desde el 10 de agosto de 1910 hasta el 22 de septiembre de 1968. Y lo hizo con el convencimiento de que «todo lo que aconteció en el Calvario acontece en el altar».

- Es muy conocida la frase en la que se resumió una de las enseñanzas más bellas de la Encíclica “Mediator Dei” de Pío XII sobre uno de los momentos cumbre de la misa, el que tiene lugar después de la consagración del pan y del vino: «Ofrecer y ofrecerse». Es decir: ofrecer a Cristo a Dios Padre y ofrecerse juntamente; y no sólo por medio del celebrante sino también de modo personal. En otras palabras: colocarse en espíritu sobre el altar como víctima, juntamente con la Víctima inmaculada y santa, que es Cristo.
El Padre Pío, en el recordatorio de su primera Misa, unió estas dos realidades: «… y para ti sacerdote santo, víctima perfecta». Por sus cartas a los Directores espirituales sabemos que el Padre Pío se ofreció como víctima a Dios Padre por motivos muy diversos: la santidad de la Iglesia, la conversión de los pecadores, las almas del purgatorio, la Provincia capuchina a la que pertenecía, sus Directores espirituales, el final de la guerra… Y era en la celebración de la Misa cuando renovaba, desde su interior más profundo, esta ofrenda de víctima. Lo recordó con sencillez y claridad el Papa Juan Pablo II, el día 3 de mayo de 1999, en el discurso a los que nos quedamos en Roma para la Eucaristía de acción de gracias por la beatificación del Fraile de Pietrelcina: «La santa Misa era el corazón de toda su jornada, la preocupación más ansiosa de todas las horas, el momento de mayor comunión con Jesús, Sacerdote y Víctima. Se sentía llamado a participar en la agonía de Cristo, agonía que continúa hasta el fin del mundo». Y también Benedicto XVI, en San Giovanni Rotondo, el 21 de junio del 2008: «Y todo tenía su culmen en la celebración de la santa Misa: en ella, él se unía plenamente al Señor muerto y resucitado».

- El influjo en los fieles del modo de celebrar la Misa por el sacerdote es evidente. Perciben sin dificultad si lo realiza con fe y fervor o por obligación y con rutina.
El modo de celebrar la Misa del Padre Pío, pues celebraba la misma que los demás sacerdotes, atraía a hombres y mujeres de los cinco continentes, a pesar de que, con frecuencia, duraba dos y más horas. Y los frutos espirituales en los que participaban en esas Misas quedan acreditados por cientos y miles de testimonios. Y esos frutos son los que debía buscar el “estigmatizado del Gárgano” si quería cumplir la “misión grandísima” que se le había confiado. Juan Pablo II, el 17 de junio del 2002, al día siguiente de la canonización del Padre Pío, nos dijo a los que habíamos participado en la Eucaristía de acción de gracias: «¡La Misa del Padre Pío!... Los fieles, que se congregaban en torno a su altar, quedaban profundamente impresionados por la intensidad de su “inmersión” en el Misterio y percibían que “el padre” participaba personalmente en los sufrimientos del Redentor».

- Catequizar a los fieles sobre el valor e importancia de la Eucaristía, y sobre las exigencias de participar en ella, ayuda y mucho a que se abran a la salvación que brota del Misterio pascual, renovado en el altar, y la hagan fructificar.
El Padre Pío fue ofreciendo esta catequesis de dos modos. Con su ejemplo, al celebrarla. Lo señaló Juan Pablo II en la ocasión que acabo de citar: «¡La Misa del Padre Pío! Era para los sacerdotes una elocuente llamada a la belleza de la vocación presbiteral; para los religiosos y laicos, que acudían a San Giovanni Rotondo incluso en horas muy tempranas, era una extraordinaria catequesis sobre el valor y la importancia del sacrificio eucarístico». Con sus enseñanzas, tan ricas de contenido como éstas: «Todo lo que aconteció en el Calvario acontece en el altar», «Cuando se celebra la Misa, todo el cielo dirige su mirada al altar», «El mundo podría existir sin el sol pero no sin la Misa»…
Elías Cabodevilla Garde

Noviembre: días 3 al 9.


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3.  Un día uno de sus hijos espirituales le preguntó: Padre, ¿cómo puedo crecer en el amor?
Respuesta: cumpliendo con exactitud y con recta intención las propias obligaciones, guardando la ley del Señor. Si haces esto con constancia y perseverancia, crecerás en el amor (LdP, 91).

4.  Hija mía, para tender a la perfección es necesario poner el máximo interés en actuar en todo para agradar a Dios y en buscar evitar hasta los más pequeños defectos; cumplir los deberes propios y hacer todo lo demás con más generosidad (FSP, 79).

5.  En todas las cosas y siempre, más rectitud de intención, más exactitud, más puntualidad, más generosidad en el servicio del Señor, y entonces serás como el Señor quiere que seas (GB, 48).

6.  Reflexiona sobre lo que escribes, porque el Señor te pedirá cuentas de ello. ¡Estáte atento, periodista! El Señor te conceda las satisfacciones que deseas por tu profesión (CT, 177).

7.  También vosotros, los médicos, habéis venido al mundo, al igual que yo, con una misión que cumplir. Escuchad con atención: Yo os hablo de obligaciones en un momento en que todos hablan de derechos. Tenéis la misión de curar al enfermo; pero si no lleváis amor al lecho del enfermo, no creo que las medicinas sirvan de mucho... El amor no os puede hacer prescindir de la palabra. ¿Cómo podríais manifestarlo si no es con palabras que consuelen espiritualmente al enfermo? Ser portadores de Dios para los enfermos; eso será más útil que cualquier otro cuidado (LCS,5-V-58, p.28).

8.  Sed como pequeñas abejas espirituales, que no tienen en sus colmenas más que miel y cera. Que vuestra casa, gracias a vuestra conversación, esté llena de dulzura, de paz, de concordia, de humildad y de piedad (Epist.III, p.563).

9.  Emplead cristianamente vuestro dinero y vuestros ahorros, y desaparecerá tanta miseria; y tantos cuerpos que sufren y tantos seres afligidos encontrarán consuelo y alivio (CE, 61).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (12)


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Como Jesús, que se presentó como «el camino» que lleva al Padre (cfr. Jn 14, 6).

Éste fue el diálogo entre el apóstol Tomás y Jesús: - «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». - «Yo soy el camino… Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 5-6).
El Libro del Génesis, tras el relato del pecado de Adán y de Eva, y refiriéndose al hombre, afirma: «El Señor Dios lo expulsó del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Echó al hombre, y a oriente del jardín de Edén colocó a los querubines y una espada llameante que brillaba, para cerrar el camino del árbol de la vida» (Gn 3, 23-24).
Sólo Dios, el que cerró el camino del árbol de la vida al hombre pecador, podía abrirlo de nuevo a los hombres. Y, «rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó» (Ef  2, 4), nos envió a su Hijo unigénito para que fuera el camino que nos lleve hasta él. Un camino tan abierto y tan orientado hacia el árbol de la vida, hacia Dios, que la Carta a los Efesios sigue diciendo: «Nos ha hecho revivir con Cristo, nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él» (Ef  2, 5-6).
De este camino nos dijo Cristo que es «angosto» pero que «lleva a la vida» (Mt 7, 14). Un camino que él, el Hijo de Dios hecho hombre, no sólo lo recorrió a lo largo de su vida, sino que también nos lo dejó marcado con detalle en sus enseñanzas.
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El Padre Pío de Pietrelcina, en el recordatorio de su Primera Misa, celebrada en su pueblo natal el 14 de agosto de 1910, escribió estas palabras: «Jesús, mi ideal y mi vida: hoy que, temblando de emoción, te elevo en un misterio de amor, que yo sea contigo para el mundo Camino Verdad Vida, y para ti sacerdote santo y víctima perfecta». No es poco lo que desea y lo que pide: ser para el mundo lo que fue y es Jesús: «Camino» hacia Dios Padre. Y serlo -de otro modo sería una utopía- «contigo», con Jesús.
· El Padre Pío había comprendido muy bien que el único «camino» que nos conduce al Padre es Jesús. Y no sólo lo recorrió con valentía, sino que se identificó de tal modo con él que pudo escribir a su Director espiritual, el 18 de abril de 1912: «El corazón de Jesús y el mío, permítame la expresión, se fusionaron. Ya no eran dos corazones que latían, sino uno solo. Mi corazón había desaparecido como una gota que se pierde en el mar».
- Entre los muchos mensajitos que el Padre escribió en estampas y en trozos de papel, encontramos éste: «El guía seguro para todos es sólo Jesús, que ha dicho: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”».
- Para el Padre Pío la criatura que más fielmente recorrió este «camino» hacia el Padre fue la Virgen María. Podía, por tanto, verla como modelo para sí y proponerla como tal a los demás. El 1 de julio de 1915 escribió a su Director espiritual, el padre Agustín: «Esforcémonos, pues, como tantas otras almas elegidas, por tener siempre delante a esta bendita Madre, por caminar siempre junto a ella, ya que no hay otro camino que conduzca a la vida sino el que nuestra Madre ha seguido. Nosotros que queremos llegar a la meta, no rehusemos seguir este camino».
- El Padre Pío sabía muy bien que ese «camino» pasa por el Calvario, aunque termina en el Tabor. Y se animaba, y animaba a los demás, a recorrerlo con generosidad y constancia: «Subamos con generosidad al Calvario por amor de aquél que se inmoló por nuestro amor; y seamos pacientes, convencidos de que ya hemos emprendido el vuelo hacia el Tabor».
- En ese «camino», angosto, que hay que recorrerlo, como Jesús, con la cruz al hombro, el Padre Pío descubría a Cristo actuando de cirineo y a Dios ofreciéndonos su gracia reanimadora: «No digas que te encuentras sola subiendo al Calvario y que te encuentras sola luchando y llorando, porque contigo está Jesús, que no te abandona jamás». «Pensar en la gracia de Dios que te sostiene y en el premio que Jesús te tiene reservado, te servirá de dulce estímulo».
- Y, porque también para él, era un «camino» difícil de recorrer, el Padre Pío, con admirable humildad, pedía ayuda a sus hijos espirituales. El 25 de mayo de 1918 escribió a Marta Campanile: «Solo te ruego que me ayudes con tu oración frecuente al Señor para que me conceda caminar siempre rectamente delante de él».

· Y el Padre Pío, al igual que Jesús, además de recorrer él el «camino» que lleva al Padre, lo señaló con detalle en sus enseñanzas.
- En la Presentación de le edición española del Epistolario II del Padre Pío se dice: «Tenemos entre manos un valioso y completo manual de vida cristiana, y no precisamente para los que inician este camino en el seguimiento de Cristo sino para los que, como el Padre Pío y Raffaelina Cerase, buscan las altas metas de la santidad». Lo que se dice aquí del volumen II lo podemos afirmar, no con menos razón, de los otros tres volúmenes del Epistolario.
- Quien quiera ahorrarse el trabajo de buscar esas enseñanzas del Padre Pío en los diversos medios en que nos han llegado: el Epistolario, los breves mensajes escritos por él en estampas y en trocitos de papel, las orientaciones que impartía antes del rezo diario del Ángelus, los consejos que daba a sus hijos espirituales, cuando éstos han tenido a bien divulgarlos…, puede acudir a la carta 33 del Epistolario II, de 16 de noviembre de 1914. En ella el Padre Pío presenta con detalle a Raffaelina Cerase lo que implica recorrer ese «camino» hacia el Padre, que es, como se ha repetido, el mismo Hijo de Dios: vicios a los que hay que renunciar, virtudes que hay que adquirir, medios que es necesario emplear, espíritu con el que hay que caminar…
- No quiero olvidar un dato importante. Las enseñanzas del Padre Pío no tienen la frialdad de las de algunos profesores. Llevan el calor de un padre que acompaña, que anima, que ofrece motivaciones… Por ejemplo ésta: «No te fijes mucho en el camino que recorres; clava siempre tu mirada en aquel que te guía y en la patria celeste a la que te conduce. ¿Te tendría que importar que tu camino sea por el desierto o por los campos, sabiendo que Dios está siempre contigo y que alcanzas la gozosa eternidad?».
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Porque, como Jesús y con él, quiso ser camino hacia Dios Padre para los hombres, y mostró ese camino al recorrerlo y con sus enseñanzas, podemos llamar al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde