Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (12).


posted by Unknown on

No comments


 En la Exhortación apostólica "El culto mariano", el Papa Pablo VI afirma: «La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo y amaestrada por una experiencia secular, reconoce que también la piedad a la Santísima Virgen, de modo subordinado a la piedad hacia el Salvador y en conexión con ella, tiene una gran eficacia pastoral y constituye una fuerza renovadora de la vida cristiana». Mucho antes de que Pablo VI lo dijera el 2 de febrero de 1974, el Padre Pío de Pietrelcina ya había experimentado esta «gran eficacia pastoral» y esta «fuerza renovadora de la vida cristiana» de la devoción a la Virgen María. Y la promovía incansablemente en los fieles para cumplir, también de este modo, la "misión grandísima" que el Señor le había confiado.
Esta «fuerza renovadora» de la devoción mariana el Padre Pío la experimentó, ante todo, en su propia vida; y en relación a los dos destinatarios hacia los que orientó su existencia en este mundo: Dios y el prójimo. Al leer las palabras que escribió el 20 de noviembre de 1921 a su Director espiritual, el padre Benedicto de San Marco in Lamis: «Todo se resume en esto: estoy devorado por el amor de Dios y el amor del prójimo», es fácil poner como causa importante de esta hermosa realidad la «tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra» que, en palabras de Juan Pablo II en la ceremonia de la Canonización del Fraile capuchino, el Santo de Pietrelcina cultivó con empeño y, como consecuencia, puede transmitirnos a sus devotos.
Al recordar la devoción mariana del Padre Pío, cabría prescindir de testimonios tan cualificados como el de Juan Pablo II, que el día de la Beatificación del Padre Pío, en la Plaza de San Juan de Letrán de Roma, antes del rezo del "Regina Coeli", afirmó: «Su devoción a la Virgen María se transparenta en todas las manifestaciones de su vida»; o el de Benedicto XVI, en su peregrinación a San Giovanni Rotondo del 21 de junio del 2008: «Siempre experimentó por la Virgen un amor muy tierno»; o el del capuchino Ángel Pizzatelli, en su libro "Padre Pio, Maestro di devozione mariana": «No basta afirmar que la devoción a la Virgen María del "Serafín del Gárgano" es tiernísima, vivísima, ferventísima... Su amor a María no es sólo un elemento de su espiritualidad...; es el alma, la esencia de su espiritualidad y santidad»..., ya que tenemos el del mismísimo Padre Pío, tan atrevido que, en su amor a María, se coloca en segundo lugar, inmediatamente después de Jesús, diciéndoselo a la Virgen durante un éxtasis, en el convento capuchino de Venafro, en noviembre de 1911: «Escucha, Madrecita: yo te quiero mucho más que todas las criaturas de la tierra y del cielo..., después de Jesús, naturalmente...; pero te quiero mucho».
¿Qué fuerza renovadora tuvo esta devoción mariana en la relación del Fraile capuchino con el Señor? Sin duda, la mejor respuesta a esta pregunta la tenemos en la carta que el Padre Pío escribió a su segundo Director espiritual, el padre Agustín de San Marco in Lamis, el 6 de mayo de 1913: «¿Qué he hecho yo para merecer tanta generosidad?¿Mi conducta no ha sido acaso una negación continua, no digo de su Hijo, sino del mismo nombre de cristiano? Y, sin  embargo, esta tiernísima Madre, en su inmensa misericordia, sabiduría y bondad, ha querido castigarme de una forma tan excelsa como la de derramar tantas y tan grandes gracias en mi corazón que, cuando me hallo en su presencia y en la de Jesús... me siento abrasándome del todo sin fuego; me siento abrazado y unido al Hijo por medio de esta Madre, sin ni siquiera ver las cadenas que tan estrechamente me atan; mil llamas me consumen… Las cadenas, que mis ojos no ven, las siento que me tienen atado y muy atado a Jesús y a su querida Madre; y es en esos instantes cuando, las más de las veces, me pueden los arrebatos; siento que la sangre me afluye al corazón y de éste a la cabeza, y estoy tentado de gritarles a la cara y llamar cruel al Hijo, tirana a la Madre».
Y para entrever el influjo de esta devoción mariana en la dedicación del Padre Pío a su prójimo, puede servirnos este dato. El ministerio sacerdotal al que el Capuchino de Pietrelcina dedicó más horas fue el de confesor. Y en relación a las muchas horas diarias que el Padre Pío pasó en el confesonario, «liberando a mis hermanos de los lazos del pecado», tenemos este testimonio del padre Tarsicio de Cervignara, capuchino de la misma Provincia religiosa del Padre Pío y, en aquella época, Exorcista de la Diócesis de Foggia: «Durante los exorcismos, entre las muchas cosas que pregunté al demonio, quise saber por qué el Padre trataba con severidad a tantas almas en el confesonario. Oigo que me dice: “El Padre Pío trata a cada alma como Dios quiere. A los lados del confesonario están siempre para asistirlo la Virgen y San Francisco, y el Padre Pío hace y dice sólo lo que éstos le sugieren”. El asunto me impresionó. Quise hablarlo con el interesado: “Padre, se lo pido en nombre de Dios y la respuesta debe dármela para mi tranquilidad. ¿Es verdad que en el confesonario está asistido por la Virgen y por San Francisco, y que en relación a las almas hace y dice todo y sólo lo que le viene sugerido por la Virgen Santísima y por el Seráfico Padre?”. “Hijo mío, si no estuvieran estos dos conmigo, ¿qué conseguiría hacer yo?”, oigo que me responde el Padre, con la cabeza inclinada y después de unos instantes de vacilación».
El Padre Pío, convencido, también por propia experiencia, de la «gran eficacia pastoral» de la devoción a María, la promovió incansablemente. No dejaron de recalcar este hecho ni Juan Pablo II, en la Beatificación del Capuchino: «... el nuevo beato no se cansaba de inculcar en los fieles una devoción a la Virgen María tierna, profunda y enraizada en la genuina tradición de la Iglesia. Tanto en el secreto del confesonario como en la predicación volvía siempre a exhortar: ¡Amad a la Virgen María!», ni Benedicto XVI, en San Giovanni Rotondo: «Aquí, en el santuario de san Pío de Pietrelcina, nos parece escuchar su misma voz, que nos exhorta a dirigirnos con corazón de hijos a la Virgen Santa: "Amad a la Virgen y haced que la amen"... Pero más que las palabras valía el testimonio ejemplar de su profunda devoción a la Madre celestial».
Para promover esta devoción tierna y filial a María, el Padre Pío usó todos los medios a su alcance: las cartas de orientación espiritual, los breves escritos en estampas y papelitos, sus mensajes antes del rezo diario del Ángelus a mediodía y a media tarde, las exhortaciones en el confesonario, los muchos rosarios que repartía, a la vez que invitaba a rezarlo con frecuencia... Y, al parecer, el Señor le concedió servirse de otros medios no ordinarios. En una carta del 1 de mayo de 1912, escribió al padre Agustín: «Quisiera tener una voz tan fuerte como para invitar a todos los pecadores del mundo a amar a la Virgen María. Pero, como esto no está a mi alcance, he rogado y seguiré rogando a mi Angelito de la Guarda que lo haga él por mí».
Y para seguir promoviendo esta «fuerza renovadora de la vida cristiana» a lo largo de los siglos, al final de su vida el Padre Pío nos dejó este testamento espiritual: «Amad a la Virgen María, haced que la amen, rezad siempre el Rosario».

 Elías Cabodevilla Garde

Diciembre: días 1 al 7.


posted by Unknown on

No comments


1.  No te importe perder, hijo mío, deja que publiquen lo que quieran. Temo el juicio de Dios y no el de los hombres. Que lo único que nos asuste sea el pecado, porque ofende a Dios y nos deshonra (AP).

2.  La bondad divina no sólo no rechaza a las almas arrepentidas, sino que va también en busca de las contumaces (CE, 11).

3.  Cuando os veáis despreciados, haced como el martín pescador que construye su nido en los mástiles de las naves; es decir, levantaos de la tierra, elevaos con el pensamiento y con el corazón hacia Dios, que es el único que os puede consolar y daros fuerza para sobrellevar santamente la prueba (VVN, 48).

4.  Tu reino no está lejos y tú haces participar de tu triunfo en la tierra para después hacer partícipes de tu reino en el cielo. Haz que, al no poder dar cabida a la comunicación de tu amor, prediquemos con el ejemplo y con las obras tu divina realeza. Toma posesión de nuestros corazones en el tiempo para poseerlos en la eternidad. Que nunca nos retiremos de debajo de tu cetro, y ni la vida ni la muerte consigan separarnos de ti. Que nuestra vida sea una vida bebida a grandes sorbos de amor en ti para expandirla sobre la humanidad y que nos haga morir en cada momento para vivir sólo de ti y derramarte en nuestros corazones (Epist.IV, p.888).

5.  Hagamos el bien mientras disponemos del tiempo, y daremos gloria a nuestro Padre del cielo, nos santificaremos a nosotros mismos, y daremos buen ejemplo a los demás (Epist.III, p.397).

6.  Cuando no consigas avanzar a grandes pasos por el camino que conduce a Dios, conténtate con dar pequeños pasos y espera pacientemente a tener piernas para correr, o mejor alas para volar. Confórmate, hija mía, con ser por el momento una pequeña abeja en la colmena, que muy pronto llegará a ser una gran abeja capaz de fabricar la miel (Epist.III, p.432).

7.  Humillaos amorosamente delante de Dios y de los hombres porque Dios habla a quien tiene las orejas abiertas hacia el suelo. Ama el silencio, porque en el mucho hablar hay siempre algo de culpa. Manténte en el retiro cuanto te sea posible, porque en el retiro el Señor habla al alma libremente y el alma está en mejor situación para escuchar su voz. Reduce tus visitas y sopórtalas cristianamente cuando te las hagan a ti (Epist.III, p.432).
  (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde


El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (14)


posted by Unknown on

1 comment


Como Jesús, que fue enviado a evangelizar a los pobres
(cfr. Lc 4, 18).
Los detalles que señala San Lucas: sábado, la sinagoga, Jesús ofreciéndose a hacer la lectura, entrega del rollo del profeta Isaías, búsqueda de un texto concreto, proclamación solemne del texto bíblico, devolución del rollo al ayudante, sentarse, todos los ojos clavados en él…, indican un acontecimiento importante. Y, por fin, las palabras de Jesús: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Y lo que habían oído era: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres…» (Lc 4, 16,21).
Porque todos los humanos somos pobres, Jesús intentó evangelizar al mayor número de personas. A los habitantes de Cafarnaúm, que querían retenerlo, les dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado» (Lc 4, 43). Su gran anhelo lo expresó en estas palabras: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor» (Jn 10, 16). Y para que este deseo se convirtiera en realidad, encomendó esa misión evangelizadora a la Iglesia, al decir a los Once: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16, 15).
Pero unas personas son más pobres que otras; y, entre otras pobrezas, la más grave es la de no tener a Dios, como consecuencia del pecado. Y Jesús, en su acción evangelizadora, sin olvidar a los otros pobres: los leprosos, los enfermos, los niños, las mujeres…, se centró, ante todo, en los pecadores: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mt 9,13).
--- - ---
Del Padre Pío dijo el Papa Benedicto XV, sin duda proféticamente: «Es uno de esos hombres extraordinarios que el Señor envía de vez en cuando a la Tierra para convertir a las almas». Y, en la “misión grandísima” que el Señor confió al Padre Pío, entraba también, como en la de Jesús, la de «evangelizar a los pobres».
Alguien dirá: «Pero, ¡si el Padre Pío no predicó nunca o casi nunca!». Es cierto que no se dedicó a la predicación. «Predicar no he predicado nunca», fue la respuesta que dio al Visitador apostólico Rafael Carlos Rossi, cuando éste, en junio de 1921, le preguntó: «Cuándo fue autorizado para el ministerio de las confesiones y de la predicación»; y podría haberla repetido días antes de su muerte. Pero, cambiando un poco las palabras que escribió a Raffaelina Cerase el 11 de abril de 1914: «No todos estamos llamados por Dios a salvar almas y a propagar su gloria mediante el alto apostolado de la predicación; y sabe que éste no es el único y solo medio para lograr estos grandes ideales», podemos decir que la predicación no es el único y solo medio para evangelizar. Hay otros medios y los usó resueltamente el Fraile capuchino.
- En los Evangelios se constata pronto que no son tanto las muchas palabras las que evangelizan y atraen hacia Jesús cuanto la persona que las dice y el modo como las dice. Sirvan de ejemplo las dichas por Jesús a los dos discípulos de Juan Bautista, que le preguntan: «Rabí, ¿dónde vives?»: «Venid y veréis» (Jn 1,38-39), o a Zaqueo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa» (Lc 19, 5), o al recaudador de impuestos Mateo: «Sígueme» (Mt 9, 9)… En el Padre Pío fueron cientos de miles los mensajes que salieron de sus labios al administrar el sacramento de la confesión; mensajes breves porque el Capuchino no era un confesor precipitado, pero no mal perdía el tiempo; mensajes cuya fuerza evangelizadora debía ser muy especial a juzgar por las conversiones a las que impulsaban y por el recuerdo que dejaban en los penitentes. No son pocos los que me han referido, después de muchos años de haberlas escuchado, las palabras que les había dicho el Padre Pío cuando se confesaron con él. Y tenemos al Papa Juan Pablo II, que, siendo joven sacerdote, se confesó con el Santo de Pietrelcina en abril de 1948, y que, a la distancia de 54 años, el 5 de abril del 2002, lo recordaba y lo dejó por escrito: «Durante la confesión resultó que el padre Pío ofrecía un discernimiento claro y sencillo, dirigiéndose al penitente con gran amor».
- Sin duda tenían la misma fuerza evangelizadora los breves mensajes del Padre Pío antes del rezo diario del Ángelus a mediodía y a media tarde, con mucha frecuencia relacionados con la devoción a la Virgen María. El padre Alberto D’Apolito escribe: «El Padre Pío, enamorado de la Virgen Santísima, no cesaba de recomendar a todos los fieles el amor y la devoción a nuestra Señora, con el convencimiento de que la Virgen ha sido llamada a desempeñar en la obra de la redención un papel de representación de toda la Iglesia. Exhortaba continuamente a sus hijos a confiar en la Señora y a abrirle su corazón en la seguridad de ser escuchados. Sabía bien que la Santísima Virgen es la dispensadora de las gracias y que tiene en sus manos las llaves del Corazón de Dios». Y otro religioso, que también vivió muchos años con el Santo, refiriéndose a estos mensajes, afirma: «¡Qué cálida era su voz!
- El Padre Pío, a quien, como consecuencia de las informaciones falsas y de las calumnias que fueron llegando al Vaticano, el Santo Oficio se lo prohibió en mayo de 1923, no pudo seguir evangelizando por correspondencia epistolar. Lo había hecho de forma muy valiosa desde 1910. Pero esas cartas, publicadas en cuatro gruesos volúmenes, siguen evangelizando a las muchas personas, cada vez más, que buscan en ellas orientación espiritual para su vida.
- En la misma línea evangelizadora habrá que colocar los breves mensajes que escribía en estampas y en trocitos de papel y que entregaba a conocidos y a desconocidos; las orientaciones que daba al personal sanitario del hospital “Casa Alivio de sufrimiento” y sus invitaciones a confiar en el Señor a los enfermos allí atendidos, cuando los visitaba; los consejos, como quien no dice nada, cuando se acercaban a él, individualmente o en grupo, obispos, sacerdotes, políticos, militares, artistas, maestros…; y no tendrían finalidad diversa las visitas en bilocación que el Señor le concedió realizar.
- Y para llegar, como Jesús, al mayor número de personas -su anhelo era llegar a todos: «Quisiera volar para invitar a todos los seres a amar a Jesús, a amar a María»-, aconsejaba y pedía esa acción evangelizadora a sus hijos espirituales, a los Grupos de Oración que llevan su nombre…, incluso a su Ángel Custodio.
--- - ---
Porque, como Jesús, se supo enviado a «evangelizar a los pobres» y lo cumplió con generosidad, usando todos los medios a su alcance, podemos llamar al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde

Noviembre: días 24 al 30.


posted by Unknown on

No comments


24.  ¡Yo odio el pecado! Dichosa nuestra patria si, como madre del derecho, quisiera perfeccionar sus leyes en este sentido, y sus costumbres a la luz de la honradez y de los principios cristianos (GdT, 143).

25.  El Señor hace ver y llama, pero no queremos ni ver ni responder porque son los propios intereses los que nos agradan. Sucede también en ocasiones que, al haber oído esa voz tantas veces, ya no se le presta atención; pero el Señor ilumina y llama. Son los hombres quienes se colocan en una actitud que los incapacita para oír (AP).

26.  Hay gozos tan sublimes y dolores tan profundos, que es imposible expresarlos con palabras. El silencio es el último recurso del alma, tanto cuando la felicidad es indecible como cuando los apuros son extremos (ASN, 43).

27.  Conviene familiarizarse con los sufrimientos que el Señor tenga a bien enviarnos. Jesús, que no puede soportar por mucho tiempo el teneros en aflicción, vendrá a animaros y a confortaros, infundiendo nuevos ánimos en vuestro espíritu (AdFP, 561).

28.  Todas las concepciones humanas, vengan de donde vengan, tienen su lado bueno y su lado malo. Hay que saber asimilar y tomar todo lo bueno y ofrecerlo a Dios, y eliminar todo lo malo (AdFP, 552).

29.  ¡Ah!, mi valiente hija, que es una gracia fuera de serie el comenzar a servir a este buen Dios, cuando la flor de la edad nos hace más susceptibles a toda clase de impresiones. ¡Oh!, qué don tan grato cuando se ofrecen al mismo tiempo las flores y los primeros frutos del árbol. ¿Y qué es lo que podrá apartarte de la ofrenda total de ti misma al buen Dios al haberte decidido de una vez para siempre a dar un puntapié al mundo, al demonio y a la carne, lo que con tanta decisión hicieron por nosotros nuestros padrinos en el bautismo? ¿O quizás el Señor no se merece de ti este sacrificio?  (Epist.III, p.418).

30.  Recordad que Dios está en nosotros cuando estamos en gracia; y está, por así decirlo, fuera de nosotros cuando estamos en pecado; pero su ángel no nos abandona nunca... El es nuestro amigo más sincero y fiel, cuando no tenemos la desgracia de entristecerlo con nuestra mala conducta (GdT, 205).
 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (11).


posted by Unknown on

No comments


Al Padre Pío de Pietrelcina, al menos desde que recibió en su cuerpo las "llagas" de Cristo crucificado el 20 de septiembre de 1918, los fieles lo encontraban o en el altar, celebrando la Misa, o en el confesonario, administrando el Sacramento de la Reconciliación. Y, en un intento de desvelar el interior de este santo sacerdote, se ha escrito: «Al celebrar la Misa, el Padre Pío unía sus sufrimientos a los del Salvador y recogía los frutos de la Redención para repartirlos luego a los hombres en sus consejos, en sus exhortaciones y, sobre todo, en el Sacramento de la Reconciliación».
La consecuencia de esas dos afirmaciones anteriores es muy clara: Si el Padre Pío cumplió la "misión grandísima" que le había confiado el Señor, y de modo muy eficaz, en el altar, como expuse en el último escrito de esta página web, no la cumplió con menos eficacia cuando «confesaba de la mañana a la noche».
Las palabras del Papa Pablo VI que acabo de citar: «confesaba de la mañana a la noche», no son una frase retórica. El Padre Pío con frecuencia pasaba en el confesonario hasta 15 y más horas diarias. Tenemos los testimonios de los doctores Romanelli, Festa y Bignami, que, en los años 1919 y 1920, examinaron las "llagas" del Padre Pío por encargo de los Superiores de la Orden capuchina y del Vaticano. Sorprendidos de que el Fraile capuchino, con una alimentación tan exigua como la que tomaba, pudiera trabajar tantas horas, señalaron un hecho, que uno de ellos lo escribió con estas palabras: «Había días en los que llegaba a estar confesando quince, dieciséis y hasta diecinueve horas». Lo acredita también el "Voto" o informe que entregó al Santo Oficio el carmelita Rafael Carlos Rossi, que, en junio de 1921, realizó la Visita Apostólica a San Giovanni Rotondo que le había encomendado el Vaticano. En su interrogatorio al padre Lorenzo de San Marco in Lamis, Superior de los Capuchinos de San Giovanni Rotondo, le preguntó en relación al Padre Pío: «¿Es verdad que está hasta 16 horas en el confesonario?». Y el padre Lorenzo: «Hasta ahora, sí; de tal forma que celebra incluso a las 12:30 y a las 13». Tenga en cuenta el lector que estos testimonios son de los años 1920 y 1921, que el Padre Pío murió en el año 1968 y que la afluencia de fieles a San Giovanni Rotondo, entre otros motivos, para confesarse con el que ha sido llamado «Mártir del confesonario», era cada día más numerosa.
Al cumplir su "misión grandísima" como confesor, por el Padre Pío pasaban a los penitentes abundantísimas gracias del cielo. Lo podrían acreditar los cientos y miles que se arrodillaron ante su confesonario. Tenemos además el testimonio del Fraile capuchino. En carta de 3 de junio de 1919 comunicaba al padre Benedicto, uno de sus dos Directores espirituales: «No dispongo ni de un minuto libre; todo el tiempo lo dedico a liberar a los hermanos de las garras de Satanás. ¡Bendito sea Dios! Vienen aquí innumerables almas de toda clase social, de ambos sexos, con el único objeto de confesarse. Se dan espléndidas conversiones».
Y aparece también aquí, como en otras muchas situaciones, la profunda humildad del Fraile capuchino. Convencido, sin duda, de que la fuente única de todas esas gracias del cielo es el Sacramento, de que él nada especial ponía de su parte y de que lo que el Señor realizaba por su mediación lo hace por medio de todos los confesores, diez días más tarde de la carta anterior escribió al padre Agustín, su otro Director espiritual: «Ruegue al padre Provincial que envíe muchos trabajadores a la viña del Señor, porque es una auténtica crueldad y tiranía despedir a cientos, e incluso a miles, de almas al día, que vienen de países lejanos con el único fin de lavarse de sus pecados, sin haberlo podido conseguir por falta de sacerdotes confesores». Pero la realidad era que, si bien en el convento de San Giovanni Rotondo había otros sacerdotes, al que buscaban los peregrinos para confesarse era al Padre Pío, y, con tal de conseguirlo, esperaban contentos doce, quince, veinte... días, aunque tuvieran que pasar la noche en descampado o, en los meses de verano, dejar para más adelante la recolección de las cosechas.
Al Padre Pío confesor Dios le regaló, sí, muchos dones, incluso extraordinarios, que le capacitaron para realizar con acierto este ministerio; pero le exigió grandes sufrimientos para colaborar con Cristo en lo que el Capuchino de Pietrelcina, en la carta antes citada del 3 de junio de 1919, llama «la mayor obra de caridad: arrancar a Satanás las almas apresadas por él y ganarlas para Cristo», o, en otras palabras, para realizar, por este medio, su "misión grandísima".
A los dones extraordinarios de profecía y de penetración de las conciencias, que le permitían -y lo hacía con frecuencia- adelantarse a enumerar los pecados que debía manifestar el penitente, expulsar del confesonario a los que se acercaban con otros fines, como intentar ver las "llagas" de sus manos, sentir "el perfume del Padre Pío"..., negar la absolución porque no descubría en el penitente los requisitos de arrepentimiento y de propósito de la enmienda necesarios para recibirla..., tenemos que añadir los de una paciencia y un aguante casi ilimitados y el de una generosidad tal que no son posibles en el ser humano sin una gracia especial del Señor. Al escribir a su Director espiritual: «Todo se resume en esto: estoy devorado por el amor de Dios y el amor del prójimo», el Padre Pío descubría, sin duda, en ello un gran regalo de «nuestro sumo Bienhechor», Dios.
Para el Padre Pío colocarse en el confesonario era un tormento. Así lo manifestó a un sacerdote: «¡Si te dieras cuenta de lo tremendo que es sentarse al tribunal de la confesión! Somos nosotros, los confesores, nada menos que administradores de la Sangre de Cristo. Y ¡qué cuidadosos y atentos debemos estar para no maltratarla!». Pero, como se ha dicho ya, él aceptó gustoso este tormento y se dedicó durante toda su larga vida sacerdotal, y por muchas horas al día, a este ministerio.
A otro sacerdote, éste inglés, el Padre Pío le regaló esta confidencia: «Las almas no me vienen de regalo, ni mucho menos. Si supieras cuánto cuesta un alma. Las almas se compran a muy alto precio. No ignoras lo que costaron a Cristo. Pues ahora es preciso que nosotros las paguemos con la misma moneda». Y el Padre Pío ofreció al Señor esa moneda. El 29 de noviembre de 1910, después de manifestarle al padre Benedicto la necesidad que experimentaba, desde hacía algún tiempo, de ofrecerse víctima al Señor por los pecadores y por las almas del purgatorio, y antes de pedirle autorización para hacerlo, le escribió: «Es cierto que ya he realizado varias veces esta ofrenda al Señor, suplicándole que quiera derramar sobre mí los castigos que están preparados para los pecadores y para las almas que purgan, incluso centuplicándolos, con tal que convierta y salve a los pecadores y admita pronto en el paraíso a las almas del purgatorio».
Dejando sin señalar otros sufrimientos, uno especialmente doloroso para el Padre Pío confesor era negar la absolución al penitente que no juzgaba preparado para recibirla. Y el Padre Pío aceptó también este sufrimiento y se lo ofreció al Señor, aunque las consecuencias de hacerlo fueran muy exigentes para él. La menos importante eran las críticas que le llegaban por este modo de proceder. Las que le afectabas más de lleno eran, sin duda, la situación del que había decidido permanecer en el pecado y su angustia personal hasta que lo veía regresar arrepentido al confesonario. Y no podía olvidar las muchas horas que tendría que dedicar a la oración hasta conseguir de Dios que ese penitente volviera en busca de la absolución. A su Director espiritual lo manifestó así: «Cuántas veces, por no decir siempre, me toca decirle a Dios juez, como Moisés: "perdona a este pueblo o bórrame del libro de la vida"».
Elías Cabodevilla Garde

Noviembre: días 17 al 23.


posted by Unknown on

No comments


17.  Nada más repelente en una mujer, sobre todo si es esposa, que ser ligera, frívola y altanera. La esposa cristiana debe ser mujer de sólida piedad para con Dios, ángel de paz en la familia, y digna y agradable con el prójimo (AP).

18.  Dios me ha dado mi pobre hermana y Dios me la ha quitado. Sea bendito su santo nombre. En estas exclamaciones y en esta resignación encuentro fuerza suficiente para no sucumbir bajo el peso del dolor. A esta aceptación de la voluntad divina os exhorto también a vosotros y encontraréis, igual que yo, el alivio en el dolor (Epist.IV, p.802).

19.  ¡La bendición de Dios os sirva de ayuda, apoyo y guía! Formad una familia cristiana, si queréis un poco de tranquilidad en esta vida. El Señor os dé hijos y después la gracia de orientarlos por el camino del cielo (AP).

       20.  ¡Animo, ánimo! Los hijos no son clavos (AP).

21.  Anímese, pues, valerosa señora. Anímese, porque la mano del Señor, al sostenerla, no se ha quedado corta. ¡Oh!, sí, él es el Padre para todos; pero lo es, de modo especialísimo, para los desgraciados; y de modo todavía mucho más singular lo es para usted, que es viuda y viuda madre (AdFP, 466).

22.  Ponga en solo Dios todas sus preocupaciones, pues él tiene cuidado especialísimo de usted y de esos tres angelitos de hijos con que la ha querido adornar. Esos hijos, por su conducta, serán su apoyo y consuelo a lo largo de su vida. Preocúpese siempre de su educación, no tanto científica cuanto moral. Téngalos en su corazón y quiéralos más que a las niñas de sus ojos. A la educación de la mente, mediante buenos estudios, procure unir siempre la educación del corazón y de nuestra santa religión; aquélla sin ésta, mi buena señora, causa una herida mortal al corazón humano (AdFP, 467).

23. ¿Por qué el mal en el mundo?
Escucha con atención... Es una mamá que está bordando. Su hijo, sentado en un pequeño taburete, contempla su trabajo pero al revés. Ve los nudos del bordado, los hilos revueltos... Y dice: Mamá, ¿se puede saber lo que haces? ¡Se ve poco claro tu trabajo!
Entonces la mamá baja el bastidor y enseña la parte buena del trabajo. Cada color está en su sitio y la variedad de los hilos se ajusta a la armonía del dibujo.
¡Eso! Nosotros vemos el revés del bordado. Estamos sentados en un pequeño taburete (GG, 106).
 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (13)


posted by Unknown on

No comments


Como Jesús, que «no vino a ser servido sino a servir» (Mt 20, 28).
En un recorrido, incluso rápido, por los Evangelios es fácil encontrar una lista amplia de objetivos que motivaron la venida del Hijo de Dios a este mundo: «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 17); «Yo para esto he nacido y para esto he venido: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37); «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos» (Jn 9, 39); «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10, 10)…
Todos esos objetivos quedarían muy bien recogidos en estas palabras de Jesús: «Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28). El Hijo de Dios, pues, ha venido al mundo para servirnos a los hombres salvación, verdad, luz…, vida y vida abundante. Y como servir no es cosa fácil para el que se tiene por superior o vive como tal, el Hijo de Dios se hizo «Hijo del hombre», «probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (Heb 4, 15). Y nos sirvió esos dones dando su vida. Y lo hizo por todos, sin excepción, porque, en el conjunto del NT, el «por muchos» hay que entenderlo «por todos».
--- - ---
El Padre Pío quiso ser el primero entre los seguidores de Jesús; en otras palabras, el primero al responder a su amor. Y se comprende que quien era consciente, como lo era él y así lo manifestó en una carta de noviembre de 1922, de que Jesús, el Amante divino, «desde el nacimiento me ha dado pruebas de una predilección especialísima», quiera amar a Jesús de este modo: «Siento muy vivo el deseo... de que todos los instantes de la vida transcurran en el amor al Señor... Querría que mi mente no pensase más que en Jesús y que el corazón no palpitase más que por él solo y siempre».
Para el Padre Pío la consecuencia de querer ser el primero entre los seguidores de Jesús era muy clara: «Quien quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre…» (Jn 20, 26-28). Y la vivió con generosidad.
- El Padre Pío, al igual que Jesús, buscó, antes que nada, servir al Señor; y de la forma que expresó en estas palabras: «Busquemos servir al Señor con todo el corazón y con toda la voluntad».
- También para el Padre Pío, como para Jesús, servir al Señor implicaba, de modo muy especial, servir al prójimo. Así se lo manifestó al padre Agustín el 6 de julio de 1917: «El cuidado de estos muchachos y socorrer y consolar a las almas, de palabra o por escrito, me ocupan todo el tiempo. No puedo negarme a nadie. ¿Y cómo podría hacerlo si lo quiere el Señor?». Y pruebas de que lo quería el Señor las tenía en las que indicó en la citada carta de noviembre de 1922: la “misión grandísima” que el Señor le había confiado y que le suponía, como manifestó a su hija espiritual Cleonice Morcaldi: «Ganar todo y a todos con el amor para llevarlos a Dios», y la «voz interior que continuamente le repetía: “Santifícate y santifica”».
- Si su deseo de ayudar, de servir, a los hermanos lo sentía «agigantarse grandemente en lo más íntimo del espíritu», lo atribuía a una gracia especial del Señor: «Me parece que en el hondón de mi alma Dios ha derramado muchas gracias respecto a la compasión de las miserias ajenas, sobre todo por lo que se refiere a los necesitados. La grandísima compasión que mi alma experimenta a la vista de un pobre le produce, en el mismo centro, un vehementísimo deseo de socorrerlo y, si mirase sólo a mi voluntad, me movería incluso a despojarme del hábito para vestirlo».
- El Padre Pío, para servir a los hombres a ejemplo de Jesús, tenía que hacerse y ser «esclavo», pequeño, uno más… Los testimonios de los que vivieron con él son unánimes al presentar al Padre Pío como un hombre, como un religioso, como un sacerdote, humilde, sencillo, que evitaba sobresalir, que nunca pretendía decir la última palabra… Pero es llamativo que lo haya pintado así también Rafael Carlos Rossi, el carmelita que, por encargo del Vaticano, realizó una Visita Apostólica a San Giovanni Rotondo en junio de 1921. En el “Voto”, en el informe, que entregó en la Congregación del Santo Oficio, hoy de la Doctrina de la Fe, escribió esto: «El Padre Pío me causó una impresión bastante favorable; y eso que yo había ido más bien prevenido en su contra... Religioso serio, distinguido, digno y, a la vez, franco, espontáneo en el convento…; he podido descubrir en él una humildad sincera y profunda, por la que - esto se afirma de forma unánime - vive en la mayor simplicidad e indiferencia, como si jamás hubiera ocurrido nada en torno a su persona y él no fuera todavía objeto de tantas atenciones y de una estima que, de parte de muchos, es absoluta veneración».
- El Padre Pío, como Jesús, además de servir con misericordia y dedicación a todos los que se acercaron a él: primero, durante siete años, en Pietrelcina; después, durante siete meses, en Foggia, y, por fin, desde 1916 hasta 1968, por cientos y miles al día, en San Giovanni Rotondo, deseó, lo pidió al Señor y lo intentó por los medios a su alcance, servir a todos sin excepción. Su deseo lo manifestó al padre Agustín, uno de sus dos Directores espirituales, con frases como éstas: «Quisiera tener una voz muy fuerte para invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a la Virgen»; «Quisiera volar para invitar a todos los seres a amar a Jesús, a amar a María». Lo pidió al Señor, suplicándole que le concediera todos los sufrimientos merecidos por los pecadores, incluso centuplicados, con tal de que convirtiera a todos. Y a los medios que todos tenemos para servir y buscar el bien de los que están lejos: mensajes y consejos enviados por carta, por teléfono…, plegarias al Señor por ellos, sufrimientos aceptados o buscados voluntariamente, uniéndolos a los de Cristo…, él pudo añadir, por concesión especial del Señor, el de la bilocación, el del envío de su Ángel Custodio a destinatarios de los cinco continentes…
- A los que se acercaron a él en los lugares antes indicados, el Padre Pío les sirvió de muchos modos: acogiéndoles con amor, regalándoles el ejemplo de una vida santa y de una Misa celebrada humildemente y de una oración continua y de una devoción tierna y filial a María…, atendiéndoles durante muchas horas al día en el confesonario, con los breves mensajes de vida cristiana que les ofrecía antes del rezo diario del Ángelus, con los centros de enseñanza que promovió y con el hospital “Casa Alivio del Sufrimiento” que fundó en San Giovanni Rotondo…
--- - ---
Porque, como Jesús, se dedicó no a ser servido sino a servir y a dar su vida por el bien de muchos, de cerca y de lejos, podemos llamar al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde