Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Diciembre: días 15 al 21.


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15.  Tener miedo de perderte entre los brazos de la divina bondad es algo más extraño que el temor del niño estrechado entre los brazos de su madre (Epist.III, p.638).

16.  ¡Animo!, mi querida hija; tienes que cultivar atentamente ese corazón bien formado y no ahorrar nada que le pueda ser útil para su felicidad. Y si es cierto que esto puede y debe hacerse en toda estación, es decir, en toda edad. La edad que tú tienes es la más apropiada (Epist.III, p.418).

17.  En sus lecturas, hay poco que admirar y casi nada que edifique. Os es necesario del todo que, a esas lecturas, añada la de los libros santos (= Sagrada Escritura), tan recomendada por todos los santos padres. Y yo, a quien me apremia tanto su perfección, no puedo eximirle de estas lecturas espirituales. Conviene (si quiere obtener de tales lecturas tan inesperado fruto) que deponga sus prejuicios sobre el estilo y la forma con que se presentan estos libros. Esfuércese por cumplir esto y encomiéndelo al Señor. En todo esto se oculta un grave engaño y yo no se lo puedo ocultar (Epist.II, p.141s.).

18.  Todas las fiestas de la Iglesia son bellas... La Pascua, sí, es la glorificación..., pero la Navidad tiene una ternura, una dulzura infantil, que me conquista por entero el corazón (GdR, 75).

19. Tus ternuras conquistan mi corazón y quedo aprisionado por tu amor, Niño celestial. Deja que al contacto con tu fuego, mi alma se derrita por amor, y que tu fuego me consuma, me abrase, me convierta en cenizas aquí a tus pies y permanezca derretido por amor y glorifique tu bondad y tu caridad (Epist.IV, p.871s.).

20. Pobreza, humildad, bajeza, desprecio, rodean al Verbo hecho carne; pero nosotros, en la obscuridad en la que está envuelto este Verbo hecho carne, comprendemos una cosa, oímos una voz, entrevemos una sublime verdad. Todo esto lo has hecho por amor, y no nos invitas más que al amor, no nos hablas más que de amor, no nos das más que pruebas de amor (Epist.IV, p.866s.).

21. Madre mía María, condúceme contigo a la gruta de Belén y concédeme abismarme en la contemplación de lo que, por ser tan grande y sublime, es para desentrañarlo en el silencio de esta grande y bella noche (Epist.IV, p.868).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (15)


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Como Jesús, que no vino «a llamar a justos sino a pecadores» (Mt 9, 13).
Jesús, a quien los hombres de su generación llamaron, de forma despectiva, «amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,19), vino al mundo no «a llamar a los justos sino a los pecadores a la conversión» (Lc 5, 32).
Invitó y ayudó a abandonar los caminos de pecado: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (Jn 7, 11) y a seguir los del Evangelio: «Zaqueo, de pie, dijo al Señor: “Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituiré cuatro veces más”. Jesús le dijo: “Hoy ha sido la salvación de esta casa”» (Lc 19, 8-9).
Más aún: derramó su sangre en la cruz para la remisión de nuestros pecados, y confirió a los apóstoles el poder de perdonarlos.
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Al Padre Pío bien se le puede llamar, como a Jesús, «amigo de pecadores». Amigo de pecadores, que consagró su vida a escucharlos, a absolverlos de sus pecados y a estimularlos a la conversión. O, como él decía, a «liberarlos de los lazos de Satanás», «hacerles participar después de la vida del Resucitado» y «poner fin así a la ingratitud de los hombres para con Dios, nuestro Sumo Bienhechor».
- Santificar a los hermanos y, como primer paso, liberarlos del pecado, era la misión que el Señor iba confiando cada día al Padre Pío. Él mismo lo dijo a Nina Campanile en una carta de noviembre de 1922: «Oigo internamente una voz que repetidamente me dice: santifícate y santifica».
- El Padre Pío comprendió muy bien este mensaje del segundo Libro de los Macabeos: «Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por el pueblo» (2Mac 15, 14), pues repetía con frecuencia: «Salvar las almas orando siempre»; y a su primera hija espiritual, Raffaelina Cerase, al proponerle las intenciones por las que debía orar, la primera que le señala es ésta: «Rogad por los malos». Y su oración al Señor la dirigía de tal modo en favor de los demás, que pudo escribir a su segundo Director espiritual, el padre Agustín: «Oh, si el orar por los demás no incluyese también orar por uno mismo, ciertamente mi alma sería la más perjudicada, y no porque no se reconozca necesitada de los auxilios divinos, sino porque le faltaría tiempo material para presentar al Señor sus necesidades».
- Sin duda, la aportación más valiosa del Padre Pío en favor de los pecadores fue su ofrenda al Señor como víctima por ellos. El 29 de noviembre de 1910, aún joven de 23 años y sacerdote desde hacía unos pocos meses, escribió esto a su Director espiritual, el padre Benedicto: «Y ahora, padre mío, voy a pedirle un permiso. Desde hace tiempo siento en mí una necesidad, la de ofrecerme al Señor víctima por los pobres pecadores y por las almas del purgatorio. Este deseo ha ido creciendo de tal modo en mi corazón que se ha convertido en una, por así decirlo, fuerte pasión. Es cierto que esta ofrenda la he hecho repetidas veces al Señor, urgiéndole a que quiera derramar sobre mí los castigos preparados para los pecadores y para las almas del purgatorio, incluso centuplicándolos sobre mí, con tal que convierta y salve a los pecadores y admita pronto en el cielo a las almas del purgatorio; pero ahora quisiera hacer esta ofrenda al Señor por obediencia a usted. Me parece que lo quiere Jesús».
- Esto es lo que el padre Agustín pudo escuchar al Padre Pío, un año más tarde, en noviembre de 1911, en Venafro, durante un éxtasis, cuando se encontraba enfermo en cama: «¡Cuántas profanaciones en tu santuario! ¡Oh Jesús mío! ¡Perdona! ¡Baja la espada! ¡Y si debe caer, que caiga sobre mi cabeza! ¡Sí! ¡Yo quiero ser víctima! ¡Castígame por tanto a mí y no a los demás! ¡Mándame si quieres hasta al mismo infierno, con tal de que te ame y de que se salven todos! ¡Sí! ¡Todos! ¡Jesús mío! ¡Yo me ofrezco víctima por todos!».
- El Padre Pío no quiso, no pudo, despreocuparse de los pecadores cuando dejaban esta tierra. Los seguía hasta que, purificados del todo, llegaban a su destino eterno en el cielo. Ya me he referido a su ofrenda de víctima por las almas del purgatorio. A ella unía sus buenas obras, sus sufrimientos, consecuencia de la ofrenda como víctima… y sus oraciones. Y, en este punto, quiero reseñar un detalle sencillo pero muy significativo. En la Plegaria eucarística que se usaba entonces en la Misa - hoy permanece junto a otras -, se invitaba al sacerdote al silencio y a la oración personal en dos momentos: el de orar por los vivos y el de orar por los difuntos. En los dos, y más en el segundo, el Padre Pío, excepto cuando desde el Vaticano le mandaron que sus Misas no duraran más tiempo del que emplean otros sacerdotes, se detenía durante muchos minutos.
- La intensidad con la que el Padre Pío buscaba la conversión de los pecadores y su posterior santificación, la podemos deducir también de sus invitaciones a colaborar con Cristo en la salvación de los hombres, sea por los sufrimientos aceptados con este fin cuando nos llegan, sea por otros sufrimientos deseados y buscados con esta finalidad. Sirva de ejemplo este mensaje que escribió a Assunta di Tomaso el 2 de marzo de 1917: «Jesús tiene necesidad de quien llore con él por la iniquidad de los hombres, y por este motivo te lleva por los caminos del sufrimiento, como me lo señalas en tu carta».
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Al padre Pío, «amigo de pecadores» como Jesús, que los buscó y acogió para que, como hijos pródigos arrepentidos, volvieran a la casa del Padre y experimentaran su abrazo de acogida y de gozo, podemos llamarle con razón, como fray Modestino: fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde

Diciembre: días 8 al 14.


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8.  A Dios se le sirve únicamente cuando se le sirve como él quiere (CE, 19).

9.  En resumen, no filosoféis sobre vuestros defectos y tampoco repliquéis; continuad vuestro camino sin rodeos. No. Dios no puede abandonaros cuando vosotros, por no perderlo, permanecéis firmes en vuestras decisiones. Que el mundo se destruya, que todo esté en tinieblas, en humo, en confusión..., pero Dios está con nosotros. ¿De qué, pues, vamos a tener miedo? Si Dios habita en las tinieblas y sobre el monte Sinaí, entre relámpagos y truenos, ¿no debemos estar contentos sabiendo que estamos cerca de él? (Epist.III, p.580).

10.  Agradece y besa dulcemente la mano de Dios que te pega; es siempre la mano de un padre que te pega porque te quiere bien (CE, 25).

       11.  El miedo cerval es un mal peor que el mismo mal (CE, 33).

12.  El dudar es el mayor insulto a la divinidad (CE, 35).

13.  Por medio de las pruebas Dios une a sí a las almas que ama (ASN, 44).

14.  Quien se apega a la tierra queda apegado a ella. Es mejor despegarse poco a poco que hacerlo de golpe. Pensemos siempre en el cielo (CE, 64).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (12).


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 En la Exhortación apostólica "El culto mariano", el Papa Pablo VI afirma: «La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo y amaestrada por una experiencia secular, reconoce que también la piedad a la Santísima Virgen, de modo subordinado a la piedad hacia el Salvador y en conexión con ella, tiene una gran eficacia pastoral y constituye una fuerza renovadora de la vida cristiana». Mucho antes de que Pablo VI lo dijera el 2 de febrero de 1974, el Padre Pío de Pietrelcina ya había experimentado esta «gran eficacia pastoral» y esta «fuerza renovadora de la vida cristiana» de la devoción a la Virgen María. Y la promovía incansablemente en los fieles para cumplir, también de este modo, la "misión grandísima" que el Señor le había confiado.
Esta «fuerza renovadora» de la devoción mariana el Padre Pío la experimentó, ante todo, en su propia vida; y en relación a los dos destinatarios hacia los que orientó su existencia en este mundo: Dios y el prójimo. Al leer las palabras que escribió el 20 de noviembre de 1921 a su Director espiritual, el padre Benedicto de San Marco in Lamis: «Todo se resume en esto: estoy devorado por el amor de Dios y el amor del prójimo», es fácil poner como causa importante de esta hermosa realidad la «tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra» que, en palabras de Juan Pablo II en la ceremonia de la Canonización del Fraile capuchino, el Santo de Pietrelcina cultivó con empeño y, como consecuencia, puede transmitirnos a sus devotos.
Al recordar la devoción mariana del Padre Pío, cabría prescindir de testimonios tan cualificados como el de Juan Pablo II, que el día de la Beatificación del Padre Pío, en la Plaza de San Juan de Letrán de Roma, antes del rezo del "Regina Coeli", afirmó: «Su devoción a la Virgen María se transparenta en todas las manifestaciones de su vida»; o el de Benedicto XVI, en su peregrinación a San Giovanni Rotondo del 21 de junio del 2008: «Siempre experimentó por la Virgen un amor muy tierno»; o el del capuchino Ángel Pizzatelli, en su libro "Padre Pio, Maestro di devozione mariana": «No basta afirmar que la devoción a la Virgen María del "Serafín del Gárgano" es tiernísima, vivísima, ferventísima... Su amor a María no es sólo un elemento de su espiritualidad...; es el alma, la esencia de su espiritualidad y santidad»..., ya que tenemos el del mismísimo Padre Pío, tan atrevido que, en su amor a María, se coloca en segundo lugar, inmediatamente después de Jesús, diciéndoselo a la Virgen durante un éxtasis, en el convento capuchino de Venafro, en noviembre de 1911: «Escucha, Madrecita: yo te quiero mucho más que todas las criaturas de la tierra y del cielo..., después de Jesús, naturalmente...; pero te quiero mucho».
¿Qué fuerza renovadora tuvo esta devoción mariana en la relación del Fraile capuchino con el Señor? Sin duda, la mejor respuesta a esta pregunta la tenemos en la carta que el Padre Pío escribió a su segundo Director espiritual, el padre Agustín de San Marco in Lamis, el 6 de mayo de 1913: «¿Qué he hecho yo para merecer tanta generosidad?¿Mi conducta no ha sido acaso una negación continua, no digo de su Hijo, sino del mismo nombre de cristiano? Y, sin  embargo, esta tiernísima Madre, en su inmensa misericordia, sabiduría y bondad, ha querido castigarme de una forma tan excelsa como la de derramar tantas y tan grandes gracias en mi corazón que, cuando me hallo en su presencia y en la de Jesús... me siento abrasándome del todo sin fuego; me siento abrazado y unido al Hijo por medio de esta Madre, sin ni siquiera ver las cadenas que tan estrechamente me atan; mil llamas me consumen… Las cadenas, que mis ojos no ven, las siento que me tienen atado y muy atado a Jesús y a su querida Madre; y es en esos instantes cuando, las más de las veces, me pueden los arrebatos; siento que la sangre me afluye al corazón y de éste a la cabeza, y estoy tentado de gritarles a la cara y llamar cruel al Hijo, tirana a la Madre».
Y para entrever el influjo de esta devoción mariana en la dedicación del Padre Pío a su prójimo, puede servirnos este dato. El ministerio sacerdotal al que el Capuchino de Pietrelcina dedicó más horas fue el de confesor. Y en relación a las muchas horas diarias que el Padre Pío pasó en el confesonario, «liberando a mis hermanos de los lazos del pecado», tenemos este testimonio del padre Tarsicio de Cervignara, capuchino de la misma Provincia religiosa del Padre Pío y, en aquella época, Exorcista de la Diócesis de Foggia: «Durante los exorcismos, entre las muchas cosas que pregunté al demonio, quise saber por qué el Padre trataba con severidad a tantas almas en el confesonario. Oigo que me dice: “El Padre Pío trata a cada alma como Dios quiere. A los lados del confesonario están siempre para asistirlo la Virgen y San Francisco, y el Padre Pío hace y dice sólo lo que éstos le sugieren”. El asunto me impresionó. Quise hablarlo con el interesado: “Padre, se lo pido en nombre de Dios y la respuesta debe dármela para mi tranquilidad. ¿Es verdad que en el confesonario está asistido por la Virgen y por San Francisco, y que en relación a las almas hace y dice todo y sólo lo que le viene sugerido por la Virgen Santísima y por el Seráfico Padre?”. “Hijo mío, si no estuvieran estos dos conmigo, ¿qué conseguiría hacer yo?”, oigo que me responde el Padre, con la cabeza inclinada y después de unos instantes de vacilación».
El Padre Pío, convencido, también por propia experiencia, de la «gran eficacia pastoral» de la devoción a María, la promovió incansablemente. No dejaron de recalcar este hecho ni Juan Pablo II, en la Beatificación del Capuchino: «... el nuevo beato no se cansaba de inculcar en los fieles una devoción a la Virgen María tierna, profunda y enraizada en la genuina tradición de la Iglesia. Tanto en el secreto del confesonario como en la predicación volvía siempre a exhortar: ¡Amad a la Virgen María!», ni Benedicto XVI, en San Giovanni Rotondo: «Aquí, en el santuario de san Pío de Pietrelcina, nos parece escuchar su misma voz, que nos exhorta a dirigirnos con corazón de hijos a la Virgen Santa: "Amad a la Virgen y haced que la amen"... Pero más que las palabras valía el testimonio ejemplar de su profunda devoción a la Madre celestial».
Para promover esta devoción tierna y filial a María, el Padre Pío usó todos los medios a su alcance: las cartas de orientación espiritual, los breves escritos en estampas y papelitos, sus mensajes antes del rezo diario del Ángelus a mediodía y a media tarde, las exhortaciones en el confesonario, los muchos rosarios que repartía, a la vez que invitaba a rezarlo con frecuencia... Y, al parecer, el Señor le concedió servirse de otros medios no ordinarios. En una carta del 1 de mayo de 1912, escribió al padre Agustín: «Quisiera tener una voz tan fuerte como para invitar a todos los pecadores del mundo a amar a la Virgen María. Pero, como esto no está a mi alcance, he rogado y seguiré rogando a mi Angelito de la Guarda que lo haga él por mí».
Y para seguir promoviendo esta «fuerza renovadora de la vida cristiana» a lo largo de los siglos, al final de su vida el Padre Pío nos dejó este testamento espiritual: «Amad a la Virgen María, haced que la amen, rezad siempre el Rosario».

 Elías Cabodevilla Garde

Diciembre: días 1 al 7.


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1.  No te importe perder, hijo mío, deja que publiquen lo que quieran. Temo el juicio de Dios y no el de los hombres. Que lo único que nos asuste sea el pecado, porque ofende a Dios y nos deshonra (AP).

2.  La bondad divina no sólo no rechaza a las almas arrepentidas, sino que va también en busca de las contumaces (CE, 11).

3.  Cuando os veáis despreciados, haced como el martín pescador que construye su nido en los mástiles de las naves; es decir, levantaos de la tierra, elevaos con el pensamiento y con el corazón hacia Dios, que es el único que os puede consolar y daros fuerza para sobrellevar santamente la prueba (VVN, 48).

4.  Tu reino no está lejos y tú haces participar de tu triunfo en la tierra para después hacer partícipes de tu reino en el cielo. Haz que, al no poder dar cabida a la comunicación de tu amor, prediquemos con el ejemplo y con las obras tu divina realeza. Toma posesión de nuestros corazones en el tiempo para poseerlos en la eternidad. Que nunca nos retiremos de debajo de tu cetro, y ni la vida ni la muerte consigan separarnos de ti. Que nuestra vida sea una vida bebida a grandes sorbos de amor en ti para expandirla sobre la humanidad y que nos haga morir en cada momento para vivir sólo de ti y derramarte en nuestros corazones (Epist.IV, p.888).

5.  Hagamos el bien mientras disponemos del tiempo, y daremos gloria a nuestro Padre del cielo, nos santificaremos a nosotros mismos, y daremos buen ejemplo a los demás (Epist.III, p.397).

6.  Cuando no consigas avanzar a grandes pasos por el camino que conduce a Dios, conténtate con dar pequeños pasos y espera pacientemente a tener piernas para correr, o mejor alas para volar. Confórmate, hija mía, con ser por el momento una pequeña abeja en la colmena, que muy pronto llegará a ser una gran abeja capaz de fabricar la miel (Epist.III, p.432).

7.  Humillaos amorosamente delante de Dios y de los hombres porque Dios habla a quien tiene las orejas abiertas hacia el suelo. Ama el silencio, porque en el mucho hablar hay siempre algo de culpa. Manténte en el retiro cuanto te sea posible, porque en el retiro el Señor habla al alma libremente y el alma está en mejor situación para escuchar su voz. Reduce tus visitas y sopórtalas cristianamente cuando te las hagan a ti (Epist.III, p.432).
  (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde


El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (14)


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Como Jesús, que fue enviado a evangelizar a los pobres
(cfr. Lc 4, 18).
Los detalles que señala San Lucas: sábado, la sinagoga, Jesús ofreciéndose a hacer la lectura, entrega del rollo del profeta Isaías, búsqueda de un texto concreto, proclamación solemne del texto bíblico, devolución del rollo al ayudante, sentarse, todos los ojos clavados en él…, indican un acontecimiento importante. Y, por fin, las palabras de Jesús: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Y lo que habían oído era: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres…» (Lc 4, 16,21).
Porque todos los humanos somos pobres, Jesús intentó evangelizar al mayor número de personas. A los habitantes de Cafarnaúm, que querían retenerlo, les dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado» (Lc 4, 43). Su gran anhelo lo expresó en estas palabras: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor» (Jn 10, 16). Y para que este deseo se convirtiera en realidad, encomendó esa misión evangelizadora a la Iglesia, al decir a los Once: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16, 15).
Pero unas personas son más pobres que otras; y, entre otras pobrezas, la más grave es la de no tener a Dios, como consecuencia del pecado. Y Jesús, en su acción evangelizadora, sin olvidar a los otros pobres: los leprosos, los enfermos, los niños, las mujeres…, se centró, ante todo, en los pecadores: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mt 9,13).
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Del Padre Pío dijo el Papa Benedicto XV, sin duda proféticamente: «Es uno de esos hombres extraordinarios que el Señor envía de vez en cuando a la Tierra para convertir a las almas». Y, en la “misión grandísima” que el Señor confió al Padre Pío, entraba también, como en la de Jesús, la de «evangelizar a los pobres».
Alguien dirá: «Pero, ¡si el Padre Pío no predicó nunca o casi nunca!». Es cierto que no se dedicó a la predicación. «Predicar no he predicado nunca», fue la respuesta que dio al Visitador apostólico Rafael Carlos Rossi, cuando éste, en junio de 1921, le preguntó: «Cuándo fue autorizado para el ministerio de las confesiones y de la predicación»; y podría haberla repetido días antes de su muerte. Pero, cambiando un poco las palabras que escribió a Raffaelina Cerase el 11 de abril de 1914: «No todos estamos llamados por Dios a salvar almas y a propagar su gloria mediante el alto apostolado de la predicación; y sabe que éste no es el único y solo medio para lograr estos grandes ideales», podemos decir que la predicación no es el único y solo medio para evangelizar. Hay otros medios y los usó resueltamente el Fraile capuchino.
- En los Evangelios se constata pronto que no son tanto las muchas palabras las que evangelizan y atraen hacia Jesús cuanto la persona que las dice y el modo como las dice. Sirvan de ejemplo las dichas por Jesús a los dos discípulos de Juan Bautista, que le preguntan: «Rabí, ¿dónde vives?»: «Venid y veréis» (Jn 1,38-39), o a Zaqueo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa» (Lc 19, 5), o al recaudador de impuestos Mateo: «Sígueme» (Mt 9, 9)… En el Padre Pío fueron cientos de miles los mensajes que salieron de sus labios al administrar el sacramento de la confesión; mensajes breves porque el Capuchino no era un confesor precipitado, pero no mal perdía el tiempo; mensajes cuya fuerza evangelizadora debía ser muy especial a juzgar por las conversiones a las que impulsaban y por el recuerdo que dejaban en los penitentes. No son pocos los que me han referido, después de muchos años de haberlas escuchado, las palabras que les había dicho el Padre Pío cuando se confesaron con él. Y tenemos al Papa Juan Pablo II, que, siendo joven sacerdote, se confesó con el Santo de Pietrelcina en abril de 1948, y que, a la distancia de 54 años, el 5 de abril del 2002, lo recordaba y lo dejó por escrito: «Durante la confesión resultó que el padre Pío ofrecía un discernimiento claro y sencillo, dirigiéndose al penitente con gran amor».
- Sin duda tenían la misma fuerza evangelizadora los breves mensajes del Padre Pío antes del rezo diario del Ángelus a mediodía y a media tarde, con mucha frecuencia relacionados con la devoción a la Virgen María. El padre Alberto D’Apolito escribe: «El Padre Pío, enamorado de la Virgen Santísima, no cesaba de recomendar a todos los fieles el amor y la devoción a nuestra Señora, con el convencimiento de que la Virgen ha sido llamada a desempeñar en la obra de la redención un papel de representación de toda la Iglesia. Exhortaba continuamente a sus hijos a confiar en la Señora y a abrirle su corazón en la seguridad de ser escuchados. Sabía bien que la Santísima Virgen es la dispensadora de las gracias y que tiene en sus manos las llaves del Corazón de Dios». Y otro religioso, que también vivió muchos años con el Santo, refiriéndose a estos mensajes, afirma: «¡Qué cálida era su voz!
- El Padre Pío, a quien, como consecuencia de las informaciones falsas y de las calumnias que fueron llegando al Vaticano, el Santo Oficio se lo prohibió en mayo de 1923, no pudo seguir evangelizando por correspondencia epistolar. Lo había hecho de forma muy valiosa desde 1910. Pero esas cartas, publicadas en cuatro gruesos volúmenes, siguen evangelizando a las muchas personas, cada vez más, que buscan en ellas orientación espiritual para su vida.
- En la misma línea evangelizadora habrá que colocar los breves mensajes que escribía en estampas y en trocitos de papel y que entregaba a conocidos y a desconocidos; las orientaciones que daba al personal sanitario del hospital “Casa Alivio de sufrimiento” y sus invitaciones a confiar en el Señor a los enfermos allí atendidos, cuando los visitaba; los consejos, como quien no dice nada, cuando se acercaban a él, individualmente o en grupo, obispos, sacerdotes, políticos, militares, artistas, maestros…; y no tendrían finalidad diversa las visitas en bilocación que el Señor le concedió realizar.
- Y para llegar, como Jesús, al mayor número de personas -su anhelo era llegar a todos: «Quisiera volar para invitar a todos los seres a amar a Jesús, a amar a María»-, aconsejaba y pedía esa acción evangelizadora a sus hijos espirituales, a los Grupos de Oración que llevan su nombre…, incluso a su Ángel Custodio.
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Porque, como Jesús, se supo enviado a «evangelizar a los pobres» y lo cumplió con generosidad, usando todos los medios a su alcance, podemos llamar al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde

Noviembre: días 24 al 30.


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24.  ¡Yo odio el pecado! Dichosa nuestra patria si, como madre del derecho, quisiera perfeccionar sus leyes en este sentido, y sus costumbres a la luz de la honradez y de los principios cristianos (GdT, 143).

25.  El Señor hace ver y llama, pero no queremos ni ver ni responder porque son los propios intereses los que nos agradan. Sucede también en ocasiones que, al haber oído esa voz tantas veces, ya no se le presta atención; pero el Señor ilumina y llama. Son los hombres quienes se colocan en una actitud que los incapacita para oír (AP).

26.  Hay gozos tan sublimes y dolores tan profundos, que es imposible expresarlos con palabras. El silencio es el último recurso del alma, tanto cuando la felicidad es indecible como cuando los apuros son extremos (ASN, 43).

27.  Conviene familiarizarse con los sufrimientos que el Señor tenga a bien enviarnos. Jesús, que no puede soportar por mucho tiempo el teneros en aflicción, vendrá a animaros y a confortaros, infundiendo nuevos ánimos en vuestro espíritu (AdFP, 561).

28.  Todas las concepciones humanas, vengan de donde vengan, tienen su lado bueno y su lado malo. Hay que saber asimilar y tomar todo lo bueno y ofrecerlo a Dios, y eliminar todo lo malo (AdFP, 552).

29.  ¡Ah!, mi valiente hija, que es una gracia fuera de serie el comenzar a servir a este buen Dios, cuando la flor de la edad nos hace más susceptibles a toda clase de impresiones. ¡Oh!, qué don tan grato cuando se ofrecen al mismo tiempo las flores y los primeros frutos del árbol. ¿Y qué es lo que podrá apartarte de la ofrenda total de ti misma al buen Dios al haberte decidido de una vez para siempre a dar un puntapié al mundo, al demonio y a la carne, lo que con tanta decisión hicieron por nosotros nuestros padrinos en el bautismo? ¿O quizás el Señor no se merece de ti este sacrificio?  (Epist.III, p.418).

30.  Recordad que Dios está en nosotros cuando estamos en gracia; y está, por así decirlo, fuera de nosotros cuando estamos en pecado; pero su ángel no nos abandona nunca... El es nuestro amigo más sincero y fiel, cuando no tenemos la desgracia de entristecerlo con nuestra mala conducta (GdT, 205).
 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde