Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (15).


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El Padre Pío, por el don sobrenatural de la bilocación, pudo cumplir, como expuse en mi último escrito de esta página web, la "misión grandísima" que le había confiado el Señor, también lejos de San Giovanni Rotondo e, incluso, fuera de Italia, y esto sin abandonar el convento en el que vivía. ¿Cumplió también esta "misión grandísima", más allá de su lugar de residencia, por medio del perfume?
Las biografías del Padre Pío ofrecen los testimonios de muchos de los que afirman que han sentido este perfume misterioso. En una breve biografía del Santo, que escribí para ser repartida en las iglesias de los capuchinos de España con motivo de la beatificación de nuestro Hermano santo -2 de mayo de 1999-, resumí así lo que se deduce de esos testimonios: «El perfume lo describen como agradable, sutil y delicado, mezcla de violetas y de rosas; y, entre los que confiesan que lo han percibido, unos lo han disfrutado en presencia del Padre Pío y otros a miles de kilómetros de distancia, unos en vida del Religioso capuchino y otros después de su muerte, algunos conscientes de que ya se hablaba de este fenómeno y otros sin conocer siquiera la existencia del Fraile de Pietrelcina...».
Desde la fecha que he indicado, 2 de mayo de 1999, me han ido llegando, sin que yo haya ido a buscarlos, otros muchos testimonios. Abriendo el libro de José María Zavala "Los milagros desconocidos del santo de los estigmas", encuentro en sus páginas, entre otros, el testimonio de María José Barrionuevo, de Berja, Almería, España: «... Con casi 33 años entonces (se refiere al día de la canonización del Padre Pío, 16 de junio del 2002), no podía sospechar que el Señor fuese a colmarme de tantas gracias por intercesión de aquel capuchino desconocido para mí... El Padre Pío se convirtió para mí en mi segundo ángel de la guarda. Ha estado conmigo varias veces en mi habitación; décimas de segundo en las que he percibido su inconfundible perfume de rosas; fugaces, pero inolvidables encuentros». Y el de Cristina, de Santiago de Chile, que, al contar la intervención quirúrgica a la que sometían, en el año 2003, en el hospital San José, a su madre afectada de cáncer de piel, escribe: «Recuerdo que, mientras ella seguía en el quirófano, mi hermana y yo no dejamos de rezar al Padre Pío en el patio del hospital. De repente, sentimos una intensa ráfaga de perfume de flores. Cruzamos una mirada de sorpresa, dado que era invierno y en el patio no había una sola flor. Enseguida nos convencimos de que era una señal del Padre Pío para advertirnos que todo iba a salir bien. Como así fue: nuestra madre está hoy totalmente curada». Y el de Miren Lourdes Uriarte, de Bermeo, Vizcaya, España: «El 16 de julio de ese año (2009) acudí con mis hijos a San Giovanni Rotondo, tras pasar por Pietrelcina. Nada más dejar el equipaje en el hotel, fuimos a Misa. Nos situamos cerca de una gran columna. En el momento de la Comunión, sentí un suave aroma de rosas que duró unos segundos. Miré alrededor, pensando que tal vez alguien acababa de pasar a mi lado, pero a mi izquierda seguía, imperturbable, la enorme columna, a la derecha sólo estaban  mis hijos». Y hace unos pocos días, una persona que me felicitaba la Navidad del 2013, refiriéndose al Padre Pío, me escribía: «Siempre le pido que no me olvide, que lea en mi corazón y me escuche... Debes saber que he olido su aroma de violetas en varias ocasiones y de forma indubitada, así que sé que lo tengo cerca».
Sé que en éste, quizás más que en los otros carismas que el Señor concedió al Padre Pío, cabe la pregunta: ¿realidad?, ¿sugestión?, ¿engaño?... Cada uno es libre de plantearse la pregunta y buscar la respuesta adecuada. Pienso que los datos que ofrezco a continuación pueden aportar un rayo valioso de luz.
El carmelita Rafael Carlos Rossi, visitador apostólico enviado por el Vaticano a San Giovanni Rotondo en junio de 1921, en uno de los interrogatorios a los que sometió al Padre Pío, le pidió: «Que hable del "perfume", que se dice se difunde de sus "estigmas"». Y el Fraile capuchino: «A esta pregunta no sé qué responder. Lo he oído decir a personas que vienen a besarme la mano. De mi parte no lo sé, no sé distinguir. En la celda no tengo más que jabón». Y, al parecer, el Padre Pío quiso dar al futuro cardenal Rossi, no sé si un regalo personal o, más bien, una advertencia cariñosa.
Monseñor Rossi, ni ante hechos plenamente comprobados como la temperatura corporal del Padre Pío que, en ocasiones, subió a más de 48 grados, o las llagas en manos, pies y costado, que examinó detenidamente en presencia del superior del convento, a pesar de que tuvo que excluir el origen diabólico de éstas o que fueran fruto de autolesiones o de autosugestión enfermiza del Fraile capuchino, y a pesar también de haber escrito en su informe para el Santo Oficio: «Contrariamente a cuanto se observa en todas las llagas naturales de una cierta duración, las de los santos no tienen ningún olor fétido (al contrario, a veces emiten perfumes), ninguna supuración, ninguna alteración morbosa de los tejidos. Y, al contrario y es cosa notable, en las llagas no estigmáticas se da la evolución normal», no llegó a admitir el origen sobrenatural de esos hechos. Sin embargo, ante el perfume...
Esto es lo que escribió en su "voto" o informe al Santo Oficio: «Este perfume agradabilísimo y vivísimo, comparable al de la violeta, lo atestiguan todos; y los Eminentísimos Padres permitirán que lo atestigüe también yo. Lo he sentido en cuanto he visto los "estigmas". Y puedo asegurar de nuevo a los Eminentísimos Padres que yo fui a San Giovanni Rotondo con espíritu abierto, como quien debe llevar a cabo una investigación absolutamente objetiva, pero, al mismo tiempo, con una verdadera prevención personal en contra, en relación a cuanto se contaba del Padre Pío. Hoy no soy un... convertido, un admirador del Padre; absolutamente no; me encuentro en total indiferencia y, diría, casi frialdad; hasta ese punto he querido mantener la serena objetividad del relato; pero, por deber de conciencia, debo decir que, ante algunos de los hechos, no me he podido quedar en la personal prevención contraria, aunque externamente nada haya manifestado. Y uno de estos hechos es el perfume, que, repito, yo lo he sentido, como lo sienten todos. El único que no lo siente es el Padre Pío. ¿De dónde procede? He aquí una pregunta más embarazosa que la anterior: ¿de dónde proceden los "estigmas"? Porque, para los "estigmas", se podrá aducir, sostener y defender, si se quiere, la sugestión y la autosugestión; pero, que yo sepa, un tal estado enfermizo no puede producir perfumes... El hecho es que el Padre Pío en la celda no tiene más que jabón -y la celda la he visitado con la mayor atención, rincón tras rincón-. Pero, como es evidente que también fuera de la celda se podría conservar alguna cosa de... contrabando, lo que con más fuerza ayuda en el tema es la declaración jurada en la que el Padre Pío ha testimoniado que no usa y que no ha usado nunca perfumes... Por lo demás, si efectivamente él, por cualquier motivo, llevara consigo este perfume, se debería sentir más o menos siempre. Sin embargo, no es así; se siente a intervalos, a oleadas; dicen que en la celda y fuera de ella, cuando él pasa, en su lugar en el Coro, incluso a distancia».
La mayoría de los testimonios, para describir este perfume misterioso, colocan una larga lista de flores: azucenas, lirios, violetas, rosas, jazmines... Hay también testimonios que hablan de un perfume único, aunque, no por eso, menos agradabilísimo; y señalan, sobre todo, los perfumes de rosa, de violeta y de incienso.
¿La finalidad de estos perfumes? Si el primero, el de un perfume formado por muchos perfumes, indica una presencia espiritual protectora del Padre Pío o, en palabras del obispo Antonio d'Erchia: «preanuncio de felices acontecimientos, de favores, o en premio a esfuerzos generosos hechos para practicar la virtud», hay quienes ven en los otros una llamada del Santo capuchino a practicar con especial dedicación: la caridad, en el caso del perfume de rosa; la oración, en el caso del perfume de incienso; y la humildad cuando se trata del perfume de violeta.
Para María Winowska,  Dios concedió al Padre Pío el don carismático de los perfumes en tanta abundancia «para despertar, para poner en guardia, para ayudar, para consolar a las almas a él confiadas».
Como conclusión, no dudo en afirmar que, también por medio del perfume, el Padre Pío cumplió, y sigue cumpliendo, la "misión grandísima" confiada por el Señor; y esto, durante su vida terrena, sin las limitaciones que implica el cuerpo humano, sometido a estar en un lugar concreto.

Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (16)


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 Como Jesús, que fue buscado por todo el mundo (cfr. Mc 1, 17).
«Todo el mundo te busca», dijeron Simón y sus compañeros a Jesús, cuando lo encontraron en un lugar solitario en oración (Mc 1, 37).
En un recorrido rápido por el Evangelio de Marcos encontraríamos que a Jesús lo buscaron: el leproso que se le acercó «suplicándole de rodillas: “Si quieres puedes limpiarme”» (1, 40); el paralítico «llevado entre cuatro», al que Jesús le dijo: «Hijo, tus pecados quedan perdonados… levántate, coge tu camilla y vete a tu casa» (2, 3-11); toda la gente que «acudía a él y les enseñaba» (2, 13); publicanos y pecadores que «se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían» (2, 15); unos que «le preguntaron a Jesús: “Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?”» (2, 18); «mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón» (3, 8)…
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El Padre Pío también fue buscado por hombres y mujeres de todas las clases sociales: jóvenes y mayores, intelectuales y gente sencilla, santos y pecadores, artistas y políticos, ateos y ministros de la Iglesia… Y, además, de los cinco continentes, aunque para ello tuvieran que desplazarse miles de kilómetros y encontrar, en la etapa final del viaje, al menos hasta bien entrado el siglo XX, unos accesos al convento de Capuchinos de San Giovanni Rotondo poco transitables y una estructura hotelera muy deficiente.
- El Padre Pío podía sospechar esto desde muy joven, pues, en una carta de noviembre de 1922, comunicaba a su hija espiritual Nina Campanile que, en el año de noviciado para capuchino -lo inició a la temprana edad de 15 años- el Señor le había manifestado que le confiaba una “misión grandísima”. Y es fácil que en el superlativo «grandísima» el Padre Pío hubiera incluido también el número de destinatarios de esa misión.
- Muchos buscaron al Padre Pío por curiosidad; algunos, a la caza de pruebas que les permitieran seguir defendiendo su tesis de que era un iluminado y un impostor; y la inmensa mayoría, para encontrarse con un hombre de Dios que llevaba en su cuerpo las llagas del Crucificado, pedir su consejo, confesarse con él, participar en una Misa que casi todos la calificaban de “distinta”, suplicar una gracia e incluso un milagro…
- Estos dos datos, entre otros muchos que llenan las biografías del Santo, confirman lo que estoy exponiendo. En el año 1950 -el Padre Pío murió en 1968- se comenzó a asignar día y hora a los que deseaban confesarse con él, como única garantía de que pudieran realizar su deseo, aunque tuvieran que esperar 15, 20 y más días. Y en 1956, después de recurrir en los años anteriores a todos los medios imaginables para acoger a los miles de peregrinos que querían participar en la Misa del Fraile de los estigmas, los Capuchinos se expusieron a construir el gran santuario de Nuestra Señora de las Gracias, que fue inaugurado el 1 de julio de 1959. Se expusieron porque ¿continuaría el aflujo de peregrinos a la muerte del Padre Pío?
- Lo que tuvo lugar hasta la muerte del Padre Pío se ha ido repitiendo, y cada vez en mayor número, desde el 23 de septiembre de 1968. Cada día son más los que buscan al Padre Pío. Ciertamente en San Giovanni Rotondo, a donde llegan cada año varios millones de hombres y mujeres de todas las clases sociales y de los cinco continentes. Lo hacen para orar ante la tumba del Santo, para admirar la pobreza de la celda que lo vio morir, para contemplar el crucifijo ante el que recibió las “llagas”, para celebrar el sacramento de la Reconciliación en los mismos lugares en los que él lo administró durante 50 años, para participar en la Misa en los mismos templos en los que él la celebró con devoción extraordinaria, para pedir gracias y agradecer las ya recibidas… Y también en tantos otros lugares, donde una reliquia, una estatua, una capilla o un santuario nacional dedicado al Padre Pío… invitan al encuentro con él.
- Y hay un dato más que asemeja al Padre Pío a Jesús. Jesús, que vino a salvar a todos, se dedicó de modo especial a los apóstoles: «Venid vosotros solos a un lugar solitario para descansar un poco; porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiempo para comer» (Mc 6, 31), al pueblo de Israel: «Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel» (Mt 15, 24), a sus preferidos: los niños: «Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis» (Lc 18, 16), los pecadores: «No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores a que se conviertan» (Lc 5, 32)... El Padre Pío, que no excluía a nadie, se sabía con una responsabilidad especial hacia los habitantes de San Giovanni Rotondo. La cumplía también de este modo muy sencillo: en el confesonario de la iglesia, en el que confesaba a las mujeres, una de las dos ventanillas estaba reservada para las mujeres del pueblo y de la zona, con el fin de poder atenderlas con más frecuencia; la otra, para las que venían de otros lugares. Y el Padre Pío también tuvo sus preferidos, sin duda los pecadores, los enfermos, los necesitados…
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También porque, como a Jesús, lo buscaron y lo buscan de y en «todo el mundo», podemos llamar al Padre Pío, con fray Modestino: “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde

Diciembre: días 29 al 31.


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29.  Cuando llegue nuestra última hora y cesen los latidos de nuestro corazón, todo habrá terminado para nosotros y también el tiempo de merecer y de desmerecer. Tal como nos encuentre la muerte, nos presentaremos a Cristo juez. Nuestros gritos de súplica, nuestras lágrimas, nuestros suspiros de arrepentimiento, que, todavía en la tierra, nos habrían ganado el corazón de Dios y con la ayuda de los sacramentos nos habrían podido cambiar de pecadores en santos, en ese momento ya no sirven para nada; el tiempo de la misericordia ha terminado y comienza el tiempo de la justicia (Epist.IV, p.876).

30.  Es difícil hacerse santos. Difícil pero no imposible. El camino de la perfección es largo, como es larga la vida de cada uno. El consuelo es el descanso en el camino; pero, apenas recuperados, hay que levantarse con rapidez y reemprender la carrera (AP).

31. La palma de la gloria está reservada para el que combate con valentía hasta el fin. Comencemos, pues, este año, nuestro santo combate. Dios nos asistirá y nos coronará con un triunfo eterno (Epist.IV, p.879).
 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde


Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (14).


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En esta etiqueta de la página web he señalado ya los medios, al menos los más conocidos, con los que el Padre Pío de Pietrelcina cumplió la "misión grandísima" que le había confiado el Señor.
Si no se diera el don sobrenatural de la bilocación, tendría que afirmar que el Padre Pío, desde el 4 de septiembre de 1916, fecha en que llegó a su nueva fraternidad, o, para ser más preciso, desde el 14 de mayo de 1918, pues el día anterior había regresado de su última breve salida de San Giovanni Rotondo, usó esos medios exclusivamente en esta pequeña ciudad del centro-sur de Italia, donde falleció el 23 de septiembre de 1968. Por tanto, ¡durante 50 años! Pero nos queda una pregunta para la que, según creo, no tenemos ni tendremos respuesta: ¿qué medios empleaba el Fraile capuchino, qué se le concedía hacer en bien de las personas a las que visitaba de este modo, cuando llegaba hasta ellas por bilocación?; ¿podía, por ejemplo, confesarlas o celebrarles la santa misa?
Son muchos los datos que garantizan que el Padre Pío recibió del Señor el don de la bilocación. La garantía más absoluta la tenemos en sus respuestas a los interrogatorios a los que le sometió el visitador apostólico enviado por el Vaticano, monseñor Rafael Carlos Rossi, en junio de 1921. Si el Fraile capuchino aborreció siempre la mentira, en este caso ni podía pasar por su mente el mentir, pues se había comprometido a decir la verdad con un juramento, hecho mientras tenía su mano derecha sobre el libro de los evangelios.
En el tercer interrogatorio, el 16 de junio, el visitador le preguntó: «Se habla también de bilocaciones. ¿Qué me dice sobre esto?». Y el Padre Pío: «Yo no sé cómo tiene lugar, ni de qué naturaleza es esto, ni mucho menos le doy importancia; pero me ha sucedido tener presente a esta o a aquella persona, este lugar o aquel otro lugar; no sé si la mente ha marchado allí o alguna representación del lugar o de la persona se me ha presentado a mí; no sé si con el cuerpo o sin el cuerpo que yo haya estado presente». El visitador siguió indagando: «Si ha sido consciente del inicio de este estado y de la vuelta al estado normal». Y el Fraile capuchino le informó: «Ordinariamente me ha sucedido cuando estoy rezando; mi atención estaba en la oración tanto antes como después de esta representación; después ciertamente me encontraba como antes». El monseñor le pidió «Que exponga casos particulares»; y éstos son los que le relató el Capuchino de Pietrelcina: «En una ocasión me encontré junto al lecho de una enferma: la señora María de San Giovanni Rotondo, de noche; yo estaba en el convento, creo que estaba orando. Hará de esto más de un año. Le dirigí palabras de consuelo; ella pedía que yo orara por su curación. Esto es lo sustancial. Más en particular, yo no conocía a esta persona; me la habían recomendado. Otro caso. Un hombre (el Padre Pío no dice el nombre por discreción) se me presentó o yo me presenté a él, en Torre Maggiore - yo estaba en el convento - y le reprendí y le eché en cara sus vicios, exhortándole a convertirse, y poco después este hombre vino también aquí. Creo que han sucedido otros casos; pero éstos son los que recuerdo».
Dos datos, que se pueden leer en el "Voto" que el visitador entregó en el Santo Oficio, excluyen, por una parte, cualquier posible sospecha de "ostentación" por parte del Padre Pío, y garantizan, por otra, el empeño de éste de que no se falsifique la verdad. A la intervención del visitador: «Si estos presuntos casos de bilocación los ha comunicado a otros», respondió: «No, para nada, en ningún caso. Es la primera vez que lo digo y lo digo a usted en estos términos. No me parece que los haya dado a conocer ni siquiera al director espiritual, porque tampoco sabría cómo hacerlo». Y cuando el día 20, en el interrogatorio sexto, monseñor Rossi volvió sobre el tema y, en relación al caso de la «señora María de San Giovanni Rotondo», se atrevió a opinar así: «Me parece que este caso habría que atribuirlo más bien a un estado de alucinación de dicha Señora, en la excitación de su enfermedad», el Capuchino respondió tajante: «Yo no entro en la situación de esta Señora. Digo que yo estuve allí».
Los testimonios que hablan de visitas del Padre Pío por bilocación son muchos. Algunos se relatan con detalle en las biografías del Santo. También son muchos los que se refieren a visitas del Santo después de su muerte, aunque, en el supuesto de que sean verdad, no podrán ser llamadas bilocaciones. Creer o no estos testimonios dependerá de la sensibilidad de cada uno.
No habría que dudar de aquellas bilocaciones del Padre Pío en las que es él el que las refiere. En sus cartas de orientación espiritual, el Padre Pío señala al menos tres ocasiones en las que el Señor le concedió hacerse presente en otros lugares, siempre para llevar consuelo y esperanza en situaciones especialmente difíciles para las personas a las que visitaba de este modo; una de ellas a Raffaelina Cerase el 4 de octubre y primeras horas del día 5 del año 1914. Indico que, en los tres casos, pide a los destinatarios de las cartas el secreto más absoluto de lo que les comparte, y también que las destruyan una vez leídas. De la visita en bilocación que se le concedió realizar el 18 de enero de 1905, se conserva el papelito autógrafo en el que el joven capuchino de 17 años, quizás asustado ante «algo insólito», se lo cuenta al padre Agustín de San Marco in Lamis. Éste, al saber que la niña que la Virgen encomendó a los cuidados del Capuchino era Giovanna Rizzani, le entregó a ella el escrito, la joven preguntó a su Padre espiritual si él lo había escrito y el Padre Pío le respondió afirmativamente. El escrito, que está publicado en el Epistolario IV, dice así: «Hace unos días me sucedió algo insólito mientras me encontraba en el coro con fray Anastasio; serían entonces sobre las 23 horas del día 18 del mes pasado; me encontré lejos, en una casa señorial, en la que, mientras moría el padre, venía al mundo una niña. Se me apareció entonces María santísima que me dijo: “Te confío esta criatura. Es una piedra preciosa sin labrar: trabájala, brúñela, vuélvela lo más reluciente posible, porque quiero un día adornarme con ella. No dudes. Será ella la que vendrá a ti, pero antes la encontrarás en San Pedro”. Después de todo esto, me he encontrado de nuevo en el coro».
Si sucedió así, el relato puede ofrecernos alguna luz sobre la frecuencia de las bilocaciones del Padre Pío. Se cuenta que, en una ocasión, un religioso de la fraternidad, en plan jocoso, le dijo al cohermano: «Padre Pío, dicen que Napoleón era capaz de hacer hasta cinco y seis cosas a la vez; usted, ¿cuántas?». Y la respuesta: «Yo cinco o seis, ¡no!; pero tres, ¡sí! Yo puedo al mismo tiempo confesar, rezar el rosario y pasearme por el mundo».
Entre las bilocaciones que llaman poderosamente la atención hay que poner las que colocan al Padre Pío llevando lo necesario para celebrar la santa misa al cardenal húngaro Mindszenty en el tiempo en que, arrestado por el régimen comunista, permaneció primero en la cárcel y después, en atención a su delicada salud, en arresto domiciliario, en los años 1948-1956.
Para terminar el escrito con algo menos trágico que un cardenal en la cárcel, copio de la biografía “San Pio da Pietrelcina" de Beppe Amico este relato: «El hecho tuvo lugar en Milán en los años 1926 ó 1927. Un joven, hijo espiritual del Padre Pío, al pasar por delante de la tienda de un anticuario, quedó atraído por un magnífico cuadro redondo de la Virgen María. Entró en la tienda y preguntó por el precio del mismo. La cifra era muy alta para él; pero, con todo, pidió al dueño que se lo guardara hasta el día siguiente. El anticuario, al llegar a casa le dijo a su mujer: “He hecho un gran negocio; creo que he hecho un gran negocio. Ha venido un hijo espiritual del Padre Pío (ni siquiera sabía quién era el tal Padre Pío) que quiere el cuadro redondo de la Virgen”. Le dijo el precio y su mujer le reprochó: “¿Por qué has pedido un precio tan alto?” El marido le respondió: “Los negocios son los negocios”. Aquella noche, mientras estaba en la cama, el anticuario vio que se abría la puerta de su dormitorio, que un fraile, que andaba con dificultad, caminando hacia la cama, le iba diciendo: “Ladrón, ladrón. Lo has comprado por cinco y lo vendes por cien. Ladrón, ladrón” Y así hasta la cama; y luego, retirándose, repetía hasta llegar a la puerta: “Ladrón, ladrón, ladrón”. No logró pegar ojo en toda la noche. A la mañana siguiente llegó a la tienda el joven a comprar el cuadro con todo lo que había podido recoger en su casa. Entró y preguntó: “¿Me ha reservado el cuadro?”. El dueño le respondió: “No, no te lo doy, se lo quiero llevar yo al fraile”. Y le preguntó: ¿Por casualidad tienes alguna foto del Padre Pío? Le mostró una que llevaba en la cartera y el anticuario reconoció al que se le había aparecido en la noche anterior. Sin perder tiempo, preparó el cuadro y se fue a San Giovanni Rotondo. Le hicieron pasar a la salita reservada para los hombres, donde el Padre Pío, al regresar del confesonario, se detenía algunos segundos para saludarles. Cuando el Padre Pío vio al anticuario con el cuadro de la Virgen, se paró delante y dijo: “Madrecita, gracias por habérmelo traído”; no tanto el cuadro cuanto al anticuario, que era ateo y ya se estaba reconciliándose con Dios. Este anticuario pasó a ser en Milán el gran divulgador del Padre Pío y de los mensajes del Capuchino». 



Este cuadro sigue estando en la celda nº 1, la que usó el Padre Pío desde el año 1943 hasta su muerte, en la pared de enfrente de la cabecera de la cama.
 Elías Cabodevilla Garde

Diciembre: días 22 al 28.


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22.  Jesús Niño sea la estrella que te guíe a través del desierto de esta vida (AP).

23.  La fe también nos guía a nosotros. Y nosotros, detrás de su luz, seguimos seguros el camino que nos conduce a Dios, a su patria; como los santos magos, que, guiados por la estrella, símbolo de la fe, llegaron al lugar deseado (Epist.IV, p.886).

24.  Tu entusiasmo no sea amargo ni puntilloso, sino libre de todo defecto; que sea dulce, benigno, gracioso, pacífico y animoso. ¡Ah!, mi buena hija, ¿quién no ve en el querido y pequeño Niño de Belén, a cuya venida nos estamos preparando, quién no ve, digo, que su amor por las almas no tiene parangón? El viene a morir para salvar, y es tan humilde, tan dulce, tan amable (Epist.III, p.465s.).

25.  Vive alegre y animosa, al menos en las facultades superiores del alma, en medio de las pruebas en las que el Señor te pone. Vive alegre y animosa, repito, porque el ángel, que preconiza el nacimiento de nuestro pequeño Salvador y Señor, anuncia cantando y canta anunciando que él promulga alegría, paz y felicidad, a los hombres de buena voluntad, para que no haya nadie que ignore que, para recibir a este Niño, basta ser de buena voluntad (Epist.III, p.466).

26.  Jesús desde su nacimiento nos indica nuestra misión, que es la de despreciar lo que el mundo ama y busca (Epist.IV, p.867).

27.  Jesús llama a los pobres y sencillos pastores por medio de los ángeles para manifestarse a ellos. Llama a los sabios por medio de su misma ciencia. Y todos, movidos por la fuerza interna de su gracia, corren hacia él para adorarlo. Nos llama a todos nosotros con divinas inspiraciones y se nos comunica a nosotros con su gracia. ¿Cuántas veces nos ha invitado amorosamente también a nosotros? Y nosotros ¿con qué prontitud le hemos correspondido? Dios mío, me ruborizo y me lleno de confusión al tener que responder a esta pregunta (Epist.IV, p.883s.).

28.  Los mundanos, enfrascados en sus negocios, viven en la obscuridad y en el error, y no se preocupan de conocer las cosas de Dios, ni piensan en su salvación eterna, ni tienen prisa alguna por conocer la venida de aquel Mesías esperado y suspirado por las naciones, profetizado y anunciado por los profetas (Epist.IV, p.885).
 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (13).


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La "misión grandísima" que el Señor confió al Padre Pío de Pietrelcina, al igual que la de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, y la de la Iglesia, tenía y tiene como destinatario al hombre, formado de alma y cuerpo; dos realidades siempre unidas durante la existencia terrena, con influjo permanente de una en la otra.
Si usamos el lenguaje, poco adecuado, que se ha usado con frecuencia durante siglos, podríamos afirmar que los medios usados por el Padre Pío para llevar a cabo su "misión grandísima", expuestos hasta ahora en esta etiqueta de la página web: la oración, la correspondencia de orientación espiritual, los escritos breves con mensajes de vida cristiana, la predicación, el buen ejemplo como capuchino y como sacerdote, la celebración de la misa, el ministerio de las confesiones, la devoción a la Virgen María... buscaban, ante todo, la salvación y santificación de las almas. En cambio, las obras sociales que promovió el Fraile capuchino, sobre todo el hospital "San Francisco de Asís" y el  hospital "Casa Alivio del sufrimiento", pretendían sobre todo la salud del cuerpo. Pero el Padre Pío supo buscar las dos realidades a la vez. Lo indicó con claridad el Papa Juan Pablo II en la homilía de la Canonización del Padre Pío, el 16 de junio del 2002: «El Padre Pío unía a la oración una intensa actividad caritativa, de la que es expresión extraordinaria la “Casa Alivio del Sufrimiento”».
Sin duda, la obra social más conocida de las que promovió el Padre Pío es el hospital "Casa Alivio del Sufrimiento", también porque sigue con creciente actividad a la distancia de 59 años de su inauguración y de 45 de la muerte de su fundador. Si esta "criatura de la Providencia", como la llamó el Padre Pío en la ceremonia de la apertura, aparecía majestuosa el 5 de mayo de 1956: 6.000 m2 de superficie, 188 m. de fachada, 40 m. de altura, 37 m. de profundidad, en el exterior toda cubierta de mármol blanco, grandes terrazas que permiten transportar a los enfermos en helicóptero…, y, en el interior, 300 camas, amplios quirófanos, capilla..., lo es mucho más en la actualidad, tras las sucesivas ampliaciones, que han hecho que hoy disponga de 1.200 camas.
A esta gran obra social precedió otra más sencilla, en la que, no por eso, el Padre Pío y sus colaboradores pusieron menos amor y entrega. Cuando el Fraile capuchino llegó a esta pequeña ciudad del centro-sur de Italia, en julio de 1916, el entorno de San Giovanni Rotondo era uno de los más pobres y abandonados del país, con carencias evidentes en la atención sanitaria y en la enseñanza. La primera respuesta a la carencia de asistencia médica adecuada la dio el Padre Pío en el año 1925, promoviendo el pequeño hospital “San Francisco de Asís”, en una parte del antiguo monasterio de Clarisas, abandonado por su estado ruinoso, que funcionó durante 13 años, hasta el terremoto de 1938, que lo destruyó.
De poco servirían estas estructuras hospitalarias, sencilla la primera, majestuosa la segunda, sin una adecuada atención médica, humana y espiritual de los enfermos. Y el Padre Pío la promovió con insistencia. Los mensajes que iba repitiendo, comenzando por los que encierra el nombre que quiso para el hospital: “Casa Alivio del Sufrimiento”, hablan de instrumentos científicos y técnicos los más avanzados, de profesionalidad y formación permanente en el personal sanitario, de acogida fraterna a los enfermos, que, en estos hospitales, tendrían que encontrarse como en su "casa", de medicina adecuada dada con amor, de ofrecimiento al enfermo también de las buenas noticias del amor de Dios y del sentido del sufrimiento… El Papa Juan Pablo II quiso recogerlos en la homilía de la Beatificación del Padre Pío, el 2 de mayo de 1999, al decir de la “Casa Alivio del Sufrimiento” que el Padre Pío «la quiso como un hospital de primer orden, pero sobre todo se preocupó de que en él se practicase una medicina verdaderamente “humanizada”, en la que el contacto con el enfermo se distinguiera por la atención más cálida y por la acogida más cordial. Sabía bien que quien está enfermo y sufre, necesita, no sólo de una correcta aplicación de los medios terapéuticos, sino también y sobre todo de un clima humano y espiritual que le permita encontrarse consigo mismo al entrar en contacto con el amor de Dios y con la ternura de los hermanos».
Este modo de atender a los enfermos exige, sin duda, unas motivaciones claras que lo estimulen. Y el Padre Pío supo darlas. Ante todo con su ejemplo, tanto en el modo de acoger y tratar a los miles de peregrinos que llegaban hasta él, como, sobre todo, en la forma de comportarse con los enfermos, cuando el ministerio del confesonario le permitía visitarlos en el hospital. Y también con sus enseñanzas en las que, además de recordar que el enfermo es una persona en situación de invalidez en esos momentos, proponía mensajes tan alentadores como éste: «En cada enfermo está Jesús que sufre; en cada pobre está Jesús que languidece; en cada enfermo pobre está dos veces Jesús»; mensaje que llevó al Papa Juan Pablo II a pedir al «humilde y amado Padre Pío», en la ceremonia de la Canonización: «Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús».
La otra necesidad urgente que encontró el Padre Pío al llegar a San Giovanni Rotondo fue la de habilitar escuelas y personal docente para la adecuada instrucción y formación de niños y jóvenes. Los Centros que promovió el Capuchino de Pietrelcina fueron muchos, si se tiene en cuenta que San Giovanni Rotondo era entonces una ciudad pequeña. Y, al encomendarlos a Congregaciones religiosas, quiso garantizar que en ellos, junto a la instrucción científica, se iba a cultivar con esmero la formación humana y religiosa. En las biografías del Santo se citan como Centros escolares promovidos por él: la Escuela materna y la Escuela profesional para chicas jóvenes, en la expansión de San Giovanni Rotondo hacia el convento de Capuchinos, que encomendó a las Hermanas Franciscanas de Ozzano; la Escuela materna “San Francisco de Asís” con su Orfanato, en la zona de San Onofre, que confió a las Terciarias Capuchinas del Sagrado Corazón; la Guardería infantil y los Centros para niños y adolescentes en la zona sur del pueblo, atendidos por las Hermanas de la Inmaculada de Pietradefussi; y el Centro de enseñanza profesional, que confió a los Terciarios Capuchinos. La biografía de Leandro Sáez de Ocáriz "Pío de Pietrelcina, místico y apóstol" termina así este apartado: «En resumen: entre los varios establecimientos construidos en el entorno de San Giovanni Rotondo, por iniciativa o a impulsos del padre Pío, se pudo dar conveniente educación a más de 500 niños de la pequeña ciudad».
Elías Cabodevilla Garde

Diciembre: días 15 al 21.


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15.  Tener miedo de perderte entre los brazos de la divina bondad es algo más extraño que el temor del niño estrechado entre los brazos de su madre (Epist.III, p.638).

16.  ¡Animo!, mi querida hija; tienes que cultivar atentamente ese corazón bien formado y no ahorrar nada que le pueda ser útil para su felicidad. Y si es cierto que esto puede y debe hacerse en toda estación, es decir, en toda edad. La edad que tú tienes es la más apropiada (Epist.III, p.418).

17.  En sus lecturas, hay poco que admirar y casi nada que edifique. Os es necesario del todo que, a esas lecturas, añada la de los libros santos (= Sagrada Escritura), tan recomendada por todos los santos padres. Y yo, a quien me apremia tanto su perfección, no puedo eximirle de estas lecturas espirituales. Conviene (si quiere obtener de tales lecturas tan inesperado fruto) que deponga sus prejuicios sobre el estilo y la forma con que se presentan estos libros. Esfuércese por cumplir esto y encomiéndelo al Señor. En todo esto se oculta un grave engaño y yo no se lo puedo ocultar (Epist.II, p.141s.).

18.  Todas las fiestas de la Iglesia son bellas... La Pascua, sí, es la glorificación..., pero la Navidad tiene una ternura, una dulzura infantil, que me conquista por entero el corazón (GdR, 75).

19. Tus ternuras conquistan mi corazón y quedo aprisionado por tu amor, Niño celestial. Deja que al contacto con tu fuego, mi alma se derrita por amor, y que tu fuego me consuma, me abrase, me convierta en cenizas aquí a tus pies y permanezca derretido por amor y glorifique tu bondad y tu caridad (Epist.IV, p.871s.).

20. Pobreza, humildad, bajeza, desprecio, rodean al Verbo hecho carne; pero nosotros, en la obscuridad en la que está envuelto este Verbo hecho carne, comprendemos una cosa, oímos una voz, entrevemos una sublime verdad. Todo esto lo has hecho por amor, y no nos invitas más que al amor, no nos hablas más que de amor, no nos das más que pruebas de amor (Epist.IV, p.866s.).

21. Madre mía María, condúceme contigo a la gruta de Belén y concédeme abismarme en la contemplación de lo que, por ser tan grande y sublime, es para desentrañarlo en el silencio de esta grande y bella noche (Epist.IV, p.868).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde