Paz y Bien, Hermanos:
Les comunico que nuestro hno. Elías Cabodevilla se encuentra hospitalizado. Le han detectado cáncer en el páncreas, al parecer algo extendido. La lucha no será fácil, pero algo de esperanza hay.
¡Unidos en la oración por la recuperación de nuestro hermano Elías, a través de la intercesión del P. Pío!
Un saludo,
Hno. Néstor Wer
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Como Jesús, que perdonó y oró por los que le “crucificaron” (cfr. Lc 23, 33).
Jesús, que nos pidió perdonar «hasta setenta veces siete» (Mt 18, 22), supo, no sólo perdonar, sino
también excusar a los que le crucificaron. Sirvan de ejemplo estos dos
momentos.
- San Lucas, tras el relato de las tres negaciones del apóstol Pedro,
escribe en su Evangelio: «El Señor,
volviéndose, le echó una mirada a Pedro». Mirada de perdón, de olvido, de acogida…,
pues «Pedro se acordó de la palabra que
el Señor le había dicho… Y, saliendo afuera, lloró amargamente» (Lc 22, 61-62).
- El mismo evangelista, después de escribir: «Y cuando llegaron al lugar llamado “la Calavera”, lo crucificaron allí,
a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda», añade: «Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no
saben lo que hacen» (Lc 23,
33-34).
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El Padre Pío, que pasó la mayor parte de su vida ofreciendo el perdón
de Dios en el sacramento de la confesión, supo, no sólo perdonar, sino también
ayudar y orar por los que le “crucificaron”. Sirvan de ejemplo estos tres
hechos:
- Monseñor Pascual Gagliardi y don
José Prencipe. El padre Agustín de San Marco in Lamis escribe en su
“Diario”: «Cuando por los años 1918-1919
se propagó en la prensa diaria la fama del padre Pío, dio principio al mismo
tiempo una guerra sorda, suscitada por ciertos elementos del clero local,
sostenidos por Monseñor Gagliardi, mediante el cual llegaron a Roma
numerosísimas cartas repletas de acusaciones, exageraciones, calumnias..., una
verdadera guerra satánica».
+ Monseñor Gagliardi era el Arzobispo de Manfredonia, Diócesis en la
que estaba enclavado San Giovanni Rotondo. Años más tarde, en octubre de 1929, fue
depuesto del cargo de Arzobispo por su vida inmoral y escandalosa y se retiró a
Tricarico, donde murió en 1941.
El Padre Pío, al recibir la noticia de la muerte de Gagliardi, dada por
el Superior del convento, el padre Rafael de Sant’Elia a Pianisi, dijo: «Mañana celebraré la Misa en sufragio por su
alma». Y el padre Rafael nos ofrece un dato más: «Pascual Gagliardi con frecuencia escribía al convento de los Capuchinos
de San Giovanni Rotondo pidiendo intenciones de santas Misas con el
correspondiente estipendio. Se le envió siempre. Pero hay que recalcar que el
más favorable a esta obra de caridad, era precisamente él, el Padre Pío».
+ Don José Prencipe, Arcipreste de San Giovanni Rotondo, estaba entre
los «elementos del clero local» a los
que se refiere el padre Agustín, y como elemento muy activo en la «guerra satánica» contra el Padre Pío.
En junio de 1933, el nuevo Arzobispo de Manfredonia, monseñor Andrés
Cesarano, al visitar al Padre Pío, se hizo acompañar de don José Prencipe.
Hacía más de 10 años que éste no se había dejado ver en el convento de
Capuchinos. El Padre Pío lo recibió con un abrazo muy cordial, como para
indicarle que lo pasado estaba ya perdonado y olvidado.
- Don Juan
Miscio. Era Canónigo de San Giovanni Rotondo. Buscaba dinero de la
forma que fuese. Y en 1925… Hizo creer a María Pompilio, devota del Padre Pío,
que había escrito un libro, que había entregado ya al editor de Milán, en el
que el Padre Pío aparecía de la forma más denigrante y lamentable que se podía
imaginar. Estaría dispuesto a suspender su publicación para evitar el
descrédito del Padre Pío, pero, para anular el contrato con el editor, tendría
que abonar cinco mil liras, que no tenía. María Pompilio creyó el embuste y
corrió a informar al hermano del Capuchino de Pietrelcina, Miguel Forgione. La
noticia, además de causar el lógico terrible sufrimiento al Padre Pío, llegó también
a conocimiento de Manuel Brunatto, que sospechó que se trataba de una mentira de
mala ley. Desenmascarado el embuste por los “carabinieri”, el asunto pasó a los
tribunales de justicia y el Canónigo fue detenido en noviembre de ese año 1925.
A lo largo de siete años, don Juan Miscio fue condenado a tres meses de cárcel
y mil liras de multa; recurrió la sentencia; el Tribunal de Apelación aumentó
la pena a veintiséis meses de prisión; la Corte de Casación confirmó el juicio
del Tribunal de Apelación; y el Ministro de Justicia rechazó la petición de
gracia.
El Padre Pío, que lloró al conocer la condena a prisión del que había
sido uno de sus acusadores, escribió directamente al Ministro de Justicia
pidiendo gracia para Miscio, y también al Rey Víctor Manuel III para que el
agraciado por el Ministro de Justicia pudiera encontrar un trabajo de maestro.
- Padre Justino de Lecce. Es
el capuchino que, en 1960, en el tiempo en que cumplía el encargo de “ángel custodio” del ya anciano Padre
Pío, por propia iniciativa o, más bien, siguiendo órdenes recibidas de sus
Superiores, decidió instalar micrófonos en diversos lugares del convento de San
Giovanni Rotondo para espiar al Padre Pío grabando sus conversaciones e incluso
las confesiones que escuchaba, y las grabó al menos durante tres meses.
+ El padre Justino, en el “Proceso
de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Pío de Pietrelcina”, declaró: «El Padre Pío supo el hecho de
las grabaciones; no creo que hubiera conocido el contenido de la grabación
principal. Ciertamente supo que había sido yo, pero nunca me dijo nada».
+ Y el padre Eusebio Notte, en el mismo Proceso, manifestó: «Una noche estaba a solas con el Padre Pío en
su celda n. 1. Y noté que el Siervo de Dios oraba con particular recogimiento.
Confidencialmente le pregunté: “¿Tiene alguna preocupación esta noche?”. El
Padre Pío enseguida y sin inmutarse: “Estoy orando por el padre Justino”. A lo
que yo, casi enojado: “¡Ah!, Padre, ¡eso no!; ¡es demasiado!”. Y el Padre Pío:
“Hijo mío, también él es un alma a la que salvar”».
--- - ---
Porque,
a ejemplo de Cristo, supo perdonar, ayudar y orar por los que le “crucificaron”,
con fray Modestino de Pietrelcina, podemos llamar al Padre Pío: “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde
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Como Jesús, a quien «le trajeron
todos los que se sentían mal..., y él los curó”» (Mt
4, 24).
La
salvación que Jesús ofreció durante su vida terrena a los hombres era para el
hombre, formado de alma y cuerpo. Lo manifestó con claridad al decir al
paralítico que colocaron ante él en una camilla: «Hijo, tus pecados te son perdonados» y, a continuación: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa»
(Mc 2, 5-11).
En
relación al cuerpo, sometido con frecuencia a la enfermedad, Jesús acogió con
amor a los enfermos y curó a muchos de ellos, como dice el evangelista San Mateo
en el texto arriba citado. Y, al proponernos «El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue
con su cruz y me siga» (Mt 16,
24), en esa cruz que es necesario cargar para seguirle, incluía, sin duda, la
enfermedad.
Además,
Jesús nos señaló, como condición para entrar en el reino de los cielos, la de
visitar y cuidar a los enfermos: «Venid,
vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde
la creación del mundo, porque… estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25, 34-36).
---
- ---
Al
Padre Pío de Pietrelcina las enfermedades le acompañaron durante toda su vida;
y, aunque tenían mucho de misterioso, no fueron para él menos dolorosas de lo
que lo son para los demás mortales. En esas enfermedades es fácil descubrir
también una gracia especial de Dios, porque con ellas quiso prepararlo y ayudarle
en la misión que debía cumplir de cara a los enfermos.
- Que el Padre Pío supo cargar
con la cruz de la enfermedad para ir en pos de Jesús, lo vemos en la carta que,
el 14 de marzo de 1910, dirigió a su Director espiritual, el padre Benedicto: «Usted quiere conocer el estado de mi salud;
aquí tiene mi información. El estómago, gracias al cielo, casi desde Navidad no
rechaza ya nada, mientras que antes apenas retenía únicamente el agua. Siento
que he recuperado un poco las fuerzas, de forma que puedo caminar algo, con menos incomodidad que antes. Pero lo que no
quiere dejarme es la fiebre, que casi todos los días, por la tarde, viene a
visitarme, haciéndome sudar mucho. Además, la tos y los dolores del tórax y de
la columna son los que más me martirizan y de continuo. Mucho tendría que
agradecer al Señor por la fuerza que me da para
soportar con resignación y paciencia todos estos sufrimientos».
- En la “misión grandísima” que el Señor confió
al Padre Pío estaban, al igual que en la de Jesús, los hombres con alma y
cuerpo. Si es cierto que el Santo de Pietrelcina se dedicó de lleno, sobre todo
como confesor, a «liberar
a mis hermanos de los lazos de Satanás» y a «dar la vida por los pecadores y
hacerles participar de la vida del Resucitado», también lo es que no dejó de implicarse activamente en
superar las causas de los sufrimientos de los hombres. Y, como a nadie, fuera
de Dios, le es dado evitar del todo esas causas, supo poner el bálsamo del
consuelo y de la esperanza donde encontró sufrimientos.
- El
Fraile capuchino descubrió en el enfermo, además de su dignidad de personas, un hermano necesitado al que
socorrer y una presencia especial de
Cristo: «En cada enfermo está Jesús que sufre, en cada pobre está Jesús que
languidece, en cada enfermo pobre está dos veces Jesús». Éstas son las motivaciones que le impulsaron
a lo largo de su vida en su doble misión de cara a los enfermos: atenderlos
caritativamente y promover estructuras sanitarias que les ofrezcan los remedios
adecuados.
- El Padre Pío fue sumamente caritativo y fraterno
con los enfermos a los que tuvo acceso. Ante todo, con sus hermanos de
fraternidad cuando caían enfermos. También con sus padres, Grazio y Maria
Giuseppa, que fallecieron en San Giovanni Rotondo, en casa de María Pyle, el 7
de octubre de 1946 y el 2 de enero de 1929 respectivamente, tiernamente atendidos
por su hijo capuchino. No lo fue menos con su primera hija espiritual, Rafaelina
Cerase, a la que, ya enferma de cáncer, orientó por carta, durante dos años,
desde Pietrelcina, y acompañó con frecuentes visitas desde el 17 de febrero de
1916, fecha en que, abandonando su pueblo natal, se instaló en el convento
capuchino de Foggia, hasta el 25 de marzo, día en que falleció la enferma. Y no
es posible olvidar sus visitas, cuando le era posible, a los enfermos del
hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”,
en las que se detenía de modo especial con los niños.
- El pequeño “Hospital San Francisco”, promovido por él en el monasterio que las
Clarisas de San Giovanni Rotondo habían abandonado por su estado ruinoso, fue
la primera aportación del Padre Pío a la adecuada atención sanitaria de los
enfermos. Un centro de salud que, aun funcionando en condiciones precarias,
prestó buen servicio desde el año 1925 hasta que, en 1938, un terremoto lo destruyó
por completo. La segunda aportación fue el gran hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”, fruto del tesón, de la constancia y
también de las oraciones del Fraile capuchino, inaugurado y bendecido por él el
5 de mayo de 1956, con 300 camas.
- Las
orientaciones que el Padre Pío daba al personal sanitario del hospital sobre el
modo de tratar a los enfermos, y a éstos sobre cómo vivir la enfermedad
mientras buscaban su curación o si no llegaban a alcanzarla, encierran
enseñanzas importantes y muy útiles. A los primeros, porque deben atender a
personas en situación de especial necesidad y, en ellas, al mismo Cristo, les
pedía ser los mejores profesionales de la medicina y, como consecuencia, la
formación permanente; dar los remedios médicos con amor; y no privar a los
enfermos de la medicina más apta para suscitar alivio y consuelo: la buena
noticia del Evangelio. Y a los enfermos les invitaba a unir sus sufrimientos a
los de Cristo, actualizados, como sacrificio agradable a Dios Padre, en la
Eucaristía; y a vivir la enfermedad con sentido cristiano, con las ayudas espirituales
que les ofrecían los capellanes, motivo por el que quiso que el hospital se
construyera junto al convento de Capuchinos, para que fueran éstos los que
atendieran espiritualmente a los enfermos.
- Debo
decir también que de las manos del Padre Pío, como de las de Jesús, brotaron
muchas curaciones milagrosas para los enfermos; con esta gran diferencia: de
las manos de Jesús, como fruto de su poder divino; de las manos del Padre Pío,
como instrumento por el que actuaba el Señor.
--- - ---
También por su actuación con los
enfermos, muy semejante a la que Jesús llevó a cabo veinte siglos antes, al
Padre Pío podemos y queremos llamar, con fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on El P. Pío místico y apóstol
El Padre Pío, por el don sobrenatural de la bilocación, pudo cumplir, como expuse en mi último
escrito de esta página web, la "misión
grandísima" que le había confiado el Señor, también lejos de San
Giovanni Rotondo e, incluso, fuera de Italia, y esto sin abandonar el convento
en el que vivía. ¿Cumplió también esta "misión grandísima", más allá de su lugar de residencia, por
medio del perfume?
Las biografías del Padre Pío ofrecen los testimonios
de muchos de los que afirman que han sentido este perfume misterioso. En una
breve biografía del Santo, que escribí para ser repartida en las iglesias de
los capuchinos de España con motivo de la beatificación de nuestro Hermano
santo -2 de mayo de 1999-, resumí así lo que se deduce de esos testimonios: «El perfume lo describen como agradable,
sutil y delicado, mezcla de violetas y de rosas; y, entre los que confiesan que
lo han percibido, unos lo han disfrutado en presencia del Padre Pío y otros a
miles de kilómetros de distancia, unos en vida del Religioso capuchino y otros
después de su muerte, algunos conscientes de que ya se hablaba de este fenómeno
y otros sin conocer siquiera la existencia del Fraile de Pietrelcina...».
Desde la fecha que he indicado, 2 de mayo de 1999, me
han ido llegando, sin que yo haya ido a buscarlos, otros muchos testimonios.
Abriendo el libro de José María Zavala "Los milagros desconocidos del santo de los estigmas",
encuentro en sus páginas, entre otros, el testimonio de María José Barrionuevo,
de Berja, Almería, España: «... Con casi
33 años entonces (se refiere al día de la canonización del Padre Pío, 16 de
junio del 2002), no podía sospechar que
el Señor fuese a colmarme de tantas gracias por intercesión de aquel capuchino
desconocido para mí... El Padre Pío se convirtió para mí en mi segundo ángel de
la guarda. Ha estado conmigo varias veces en mi habitación; décimas de segundo
en las que he percibido su inconfundible perfume de rosas; fugaces, pero
inolvidables encuentros». Y el de Cristina, de Santiago de Chile, que, al
contar la intervención quirúrgica a la que sometían, en el año 2003, en el
hospital San José, a su madre afectada de cáncer de piel, escribe: «Recuerdo que, mientras ella seguía en el
quirófano, mi hermana y yo no dejamos de rezar al Padre Pío en el patio del
hospital. De repente, sentimos una intensa ráfaga de perfume de flores.
Cruzamos una mirada de sorpresa, dado que era invierno y en el patio no había
una sola flor. Enseguida nos convencimos de que era una señal del Padre Pío
para advertirnos que todo iba a salir bien. Como así fue: nuestra madre está
hoy totalmente curada». Y el de Miren Lourdes Uriarte, de Bermeo, Vizcaya,
España: «El 16 de julio de ese año (2009) acudí con mis hijos a San Giovanni Rotondo,
tras pasar por Pietrelcina. Nada más dejar el equipaje en el hotel, fuimos a Misa.
Nos situamos cerca de una gran columna. En el momento de la Comunión, sentí un
suave aroma de rosas que duró unos segundos. Miré alrededor, pensando que tal
vez alguien acababa de pasar a mi lado, pero a mi izquierda seguía, imperturbable,
la enorme columna, a la derecha sólo estaban
mis hijos». Y hace unos pocos días, una persona que me felicitaba la
Navidad del 2013, refiriéndose al Padre Pío, me escribía: «Siempre le pido que no me olvide, que lea en mi corazón y me escuche...
Debes saber que he olido su aroma de violetas en varias ocasiones y de forma
indubitada, así que sé que lo tengo cerca».
Sé que en éste, quizás más que en los otros carismas
que el Señor concedió al Padre Pío, cabe la pregunta: ¿realidad?, ¿sugestión?,
¿engaño?... Cada uno es libre de plantearse la pregunta y buscar la respuesta
adecuada. Pienso que los datos que ofrezco a continuación pueden aportar un
rayo valioso de luz.
El carmelita Rafael Carlos Rossi, visitador apostólico
enviado por el Vaticano a San Giovanni Rotondo en junio de 1921, en uno de los interrogatorios
a los que sometió al Padre Pío, le pidió: «Que
hable del "perfume", que se dice se difunde de sus
"estigmas"». Y el Fraile capuchino: «A esta pregunta no sé qué responder. Lo he oído decir a personas que
vienen a besarme la mano. De mi parte no lo sé, no sé distinguir. En la celda
no tengo más que jabón». Y, al parecer, el Padre Pío quiso dar al futuro
cardenal Rossi, no sé si un regalo personal o, más bien, una advertencia
cariñosa.
Monseñor Rossi, ni ante hechos plenamente comprobados
como la temperatura corporal del Padre Pío que, en ocasiones, subió a más de 48
grados, o las llagas en manos, pies y costado, que examinó detenidamente en
presencia del superior del convento, a pesar de que tuvo que excluir el origen
diabólico de éstas o que fueran fruto de autolesiones o de autosugestión
enfermiza del Fraile capuchino, y a pesar también de haber escrito en su
informe para el Santo Oficio: «Contrariamente
a cuanto se observa en todas las llagas naturales de una cierta duración, las
de los santos no tienen ningún olor fétido (al contrario, a veces emiten
perfumes), ninguna supuración, ninguna alteración morbosa de los tejidos. Y, al
contrario y es cosa notable, en las llagas no estigmáticas se da la evolución
normal», no llegó a admitir el origen sobrenatural de esos hechos. Sin
embargo, ante el perfume...
Esto es lo que escribió en su "voto" o
informe al Santo Oficio: «Este perfume
agradabilísimo y vivísimo, comparable al de la violeta, lo atestiguan todos; y
los Eminentísimos Padres permitirán que lo atestigüe también yo. Lo he sentido
en cuanto he visto los "estigmas". Y puedo asegurar de nuevo a los Eminentísimos
Padres que yo fui a San Giovanni Rotondo con espíritu abierto, como quien debe
llevar a cabo una investigación absolutamente objetiva, pero, al mismo tiempo,
con una verdadera prevención personal en contra, en relación a cuanto se
contaba del Padre Pío. Hoy no soy un... convertido, un admirador del Padre;
absolutamente no; me encuentro en total indiferencia y, diría, casi frialdad;
hasta ese punto he querido mantener la serena objetividad del relato; pero, por
deber de conciencia, debo decir que, ante algunos de los hechos, no me he
podido quedar en la personal prevención contraria, aunque externamente nada
haya manifestado. Y uno de estos hechos es el perfume, que, repito, yo lo he
sentido, como lo sienten todos. El único que no lo siente es el Padre Pío. ¿De
dónde procede? He aquí una pregunta más embarazosa que la anterior: ¿de dónde proceden
los "estigmas"? Porque, para los "estigmas", se podrá
aducir, sostener y defender, si se quiere, la sugestión y la autosugestión;
pero, que yo sepa, un tal estado enfermizo no puede producir perfumes... El
hecho es que el Padre Pío en la celda no tiene más que jabón -y la celda la he
visitado con la mayor atención, rincón tras rincón-. Pero, como es evidente que
también fuera de la celda se podría conservar alguna cosa de... contrabando, lo
que con más fuerza ayuda en el tema es la declaración jurada en la que el Padre
Pío ha testimoniado que no usa y que no ha usado nunca perfumes... Por lo
demás, si efectivamente él, por cualquier motivo, llevara consigo este perfume,
se debería sentir más o menos siempre. Sin embargo, no es así; se siente a
intervalos, a oleadas; dicen que en la celda y fuera de ella, cuando él pasa,
en su lugar en el Coro, incluso a distancia».
La mayoría de los testimonios, para describir este
perfume misterioso, colocan una larga lista de flores: azucenas, lirios,
violetas, rosas, jazmines... Hay también testimonios que hablan de un perfume
único, aunque, no por eso, menos agradabilísimo; y señalan, sobre todo, los
perfumes de rosa, de violeta y de incienso.
¿La finalidad de estos perfumes? Si el primero, el de
un perfume formado por muchos perfumes, indica una presencia espiritual
protectora del Padre Pío o, en palabras del obispo Antonio d'Erchia: «preanuncio de felices acontecimientos, de
favores, o en premio a esfuerzos generosos hechos para practicar la virtud»,
hay quienes ven en los otros una llamada del Santo capuchino a practicar con
especial dedicación: la caridad, en el caso del perfume de rosa; la oración, en
el caso del perfume de incienso; y la humildad cuando se trata del perfume de
violeta.
Para María Winowska, Dios
concedió al Padre Pío el don carismático de los perfumes en tanta abundancia «para despertar, para poner en guardia, para
ayudar, para consolar a las almas a él confiadas».
Como conclusión, no dudo en afirmar que, también por
medio del perfume, el Padre Pío cumplió, y sigue cumpliendo, la "misión grandísima" confiada por el Señor;
y esto, durante su vida terrena, sin las limitaciones que implica el cuerpo
humano, sometido a estar en un lugar concreto.
Elías
Cabodevilla Garde
posted by Unknown on Aprendemos del P. Pío
Como Jesús, que fue buscado por todo el mundo (cfr. Mc 1, 17).
«Todo
el mundo te busca», dijeron Simón y sus compañeros a Jesús, cuando lo
encontraron en un lugar solitario en oración (Mc 1, 37).
En un
recorrido rápido por el Evangelio de Marcos encontraríamos que a Jesús lo
buscaron: el leproso que se le acercó «suplicándole
de rodillas: “Si quieres puedes limpiarme”» (1, 40); el paralítico «llevado entre cuatro», al que Jesús le
dijo: «Hijo, tus pecados quedan
perdonados… levántate, coge tu camilla y vete a tu casa» (2, 3-11); toda la
gente que «acudía a él y les enseñaba»
(2, 13); publicanos y pecadores que «se
sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían»
(2, 15); unos que «le preguntaron a
Jesús: “Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por
qué los tuyos no?”» (2, 18); «mucha
gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón»
(3, 8)…
---
- ---
El
Padre Pío también fue buscado por hombres y mujeres de todas las clases
sociales: jóvenes y mayores, intelectuales y gente sencilla, santos y
pecadores, artistas y políticos, ateos y ministros de la Iglesia… Y, además, de
los cinco continentes, aunque para ello tuvieran que desplazarse miles de
kilómetros y encontrar, en la etapa final del viaje, al menos hasta bien
entrado el siglo XX, unos accesos al convento de Capuchinos de San Giovanni
Rotondo poco transitables y una estructura hotelera muy deficiente.
- El Padre Pío podía sospechar
esto desde muy joven, pues, en una carta de noviembre de 1922, comunicaba a su
hija espiritual Nina Campanile que, en el año de noviciado para capuchino -lo
inició a la temprana edad de 15 años- el Señor le había manifestado que le confiaba
una “misión grandísima”. Y es fácil
que en el superlativo «grandísima» el
Padre Pío hubiera incluido también el número de destinatarios de esa misión.
- Muchos buscaron al Padre Pío
por curiosidad; algunos, a la caza de pruebas que les permitieran seguir defendiendo
su tesis de que era un iluminado y un impostor; y la inmensa mayoría, para encontrarse
con un hombre de Dios que llevaba en su cuerpo las llagas del Crucificado, pedir
su consejo, confesarse con él, participar en una Misa que casi todos la
calificaban de “distinta”, suplicar una gracia e incluso un milagro…
- Estos dos datos, entre otros
muchos que llenan las biografías del Santo, confirman lo que estoy exponiendo.
En el año 1950 -el Padre Pío murió en 1968- se comenzó a asignar día y hora a
los que deseaban confesarse con él, como única garantía de que pudieran
realizar su deseo, aunque tuvieran que esperar 15, 20 y más días. Y en 1956,
después de recurrir en los años anteriores a todos los medios imaginables para
acoger a los miles de peregrinos que querían participar en la Misa del Fraile
de los estigmas, los Capuchinos se expusieron a construir el gran santuario de
Nuestra Señora de las Gracias, que fue inaugurado el 1 de julio de 1959. Se
expusieron porque ¿continuaría el aflujo de peregrinos a la muerte del Padre
Pío?
- Lo que tuvo lugar hasta la
muerte del Padre Pío se ha ido repitiendo, y cada vez en mayor número, desde el
23 de septiembre de 1968. Cada día son más los que buscan al Padre Pío.
Ciertamente en San Giovanni Rotondo, a donde llegan cada año varios millones de
hombres y mujeres de todas las clases sociales y de los cinco continentes. Lo hacen
para orar ante la tumba del Santo, para admirar la pobreza de la celda que lo
vio morir, para contemplar el crucifijo ante el que recibió las “llagas”, para
celebrar el sacramento de la Reconciliación en los mismos lugares en los que él
lo administró durante 50 años, para participar en la Misa en los mismos templos
en los que él la celebró con devoción extraordinaria, para pedir gracias y
agradecer las ya recibidas… Y también en tantos otros lugares, donde una
reliquia, una estatua, una capilla o un santuario nacional dedicado al Padre
Pío… invitan al encuentro con él.
- Y hay un dato más que asemeja
al Padre Pío a Jesús. Jesús, que vino a salvar a todos, se dedicó de modo
especial a los apóstoles: «Venid vosotros solos a un lugar solitario para
descansar un poco; porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni
tiempo para comer» (Mc 6, 31), al
pueblo de Israel: «Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas del pueblo
de Israel» (Mt 15, 24), a sus
preferidos: los niños: «Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis»
(Lc 18, 16), los pecadores: «No he venido a llamar a los justos sino a
los pecadores a que se conviertan» (Lc
5, 32)... El Padre Pío, que no excluía a nadie, se sabía con una
responsabilidad especial hacia los habitantes de San Giovanni Rotondo. La
cumplía también de este modo muy sencillo: en el confesonario de la iglesia, en
el que confesaba a las mujeres, una de las dos ventanillas estaba reservada
para las mujeres del pueblo y de la zona, con el fin de poder atenderlas con
más frecuencia; la otra, para las que venían de otros lugares. Y el Padre Pío también
tuvo sus preferidos, sin duda los pecadores, los enfermos, los necesitados…
---
- ---
También
porque, como a Jesús, lo buscaron y lo buscan de y en «todo el mundo», podemos llamar al Padre Pío, con fray Modestino: “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde
posted by Unknown on Día a día con el P. Pío
29. Cuando llegue nuestra
última hora y cesen los latidos de nuestro corazón, todo habrá terminado para
nosotros y también el tiempo de merecer y de desmerecer. Tal como nos encuentre
la muerte, nos presentaremos a Cristo juez. Nuestros gritos de súplica,
nuestras lágrimas, nuestros suspiros de arrepentimiento, que, todavía en la
tierra, nos habrían ganado el corazón de Dios y con la ayuda de los sacramentos
nos habrían podido cambiar de pecadores en santos, en ese momento ya no sirven
para nada; el tiempo de la misericordia ha terminado y comienza el tiempo de la
justicia (Epist.IV, p.876).
30. Es difícil hacerse santos.
Difícil pero no imposible. El camino de la perfección es largo, como es larga
la vida de cada uno. El consuelo es el descanso en el camino; pero, apenas
recuperados, hay que levantarse con rapidez y reemprender la carrera (AP).
31. La palma de la gloria está reservada para el que
combate con valentía hasta el fin. Comencemos, pues, este año, nuestro santo
combate. Dios nos asistirá y nos coronará con un triunfo eterno (Epist.IV,
p.879).
(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da
Pietrelcina)
Traducción del
italiano: Elías Cabodevilla Garde
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En esta etiqueta de la página web he señalado ya los
medios, al menos los más conocidos, con los que el Padre Pío de Pietrelcina cumplió
la "misión grandísima" que
le había confiado el Señor.
Si no se diera el don sobrenatural de la bilocación, tendría que afirmar que el Padre
Pío, desde el 4 de septiembre de 1916, fecha en que llegó a su nueva
fraternidad, o, para ser más preciso, desde el 14 de mayo de 1918, pues el día
anterior había regresado de su última breve salida de San Giovanni Rotondo, usó
esos medios exclusivamente en esta pequeña ciudad del centro-sur de Italia,
donde falleció el 23 de septiembre de 1968. Por tanto, ¡durante 50 años! Pero
nos queda una pregunta para la que, según creo, no tenemos ni tendremos respuesta:
¿qué medios empleaba el Fraile capuchino, qué se le concedía hacer en bien de
las personas a las que visitaba de este modo, cuando llegaba hasta ellas por
bilocación?; ¿podía, por ejemplo, confesarlas o celebrarles la santa misa?
Son muchos los datos que garantizan que el Padre Pío
recibió del Señor el don de la bilocación. La garantía más absoluta la tenemos
en sus respuestas a los interrogatorios a los que le sometió el visitador
apostólico enviado por el Vaticano, monseñor Rafael Carlos Rossi, en junio de
1921. Si el Fraile capuchino aborreció siempre la mentira, en este caso ni
podía pasar por su mente el mentir, pues se había comprometido a decir la
verdad con un juramento, hecho mientras tenía su mano derecha sobre el libro de
los evangelios.
En el tercer interrogatorio, el 16 de junio, el
visitador le preguntó: «Se habla también
de bilocaciones. ¿Qué me dice sobre esto?». Y el Padre Pío: «Yo no sé cómo tiene lugar, ni de qué
naturaleza es esto, ni mucho menos le doy importancia; pero me ha sucedido
tener presente a esta o a aquella persona, este lugar o aquel otro lugar; no sé
si la mente ha marchado allí o alguna representación del lugar o de la persona
se me ha presentado a mí; no sé si con el cuerpo o sin el cuerpo que yo haya
estado presente». El visitador siguió indagando: «Si ha sido consciente del inicio de este estado y de la vuelta al
estado normal». Y el Fraile capuchino le informó: «Ordinariamente me ha sucedido cuando estoy rezando; mi atención estaba
en la oración tanto antes como después de esta representación; después
ciertamente me encontraba como antes». El monseñor le pidió «Que exponga casos particulares»; y éstos
son los que le relató el Capuchino de Pietrelcina: «En una ocasión me encontré junto al lecho de una enferma: la señora
María de San Giovanni Rotondo, de noche; yo estaba en el convento, creo que
estaba orando. Hará de esto más de un año. Le dirigí palabras de consuelo; ella
pedía que yo orara por su curación. Esto es lo sustancial. Más en particular,
yo no conocía a esta persona; me la habían recomendado. Otro caso. Un hombre
(el Padre Pío no dice el nombre por discreción) se me presentó o yo me presenté a él, en Torre Maggiore - yo estaba en
el convento - y le reprendí y le eché en cara sus vicios, exhortándole a
convertirse, y poco después este hombre vino también aquí. Creo que han
sucedido otros casos; pero éstos son los que recuerdo».
Dos datos, que se pueden leer en el "Voto" que el visitador entregó en
el Santo Oficio, excluyen, por una parte, cualquier posible sospecha de "ostentación" por parte del Padre
Pío, y garantizan, por otra, el empeño de éste de que no se falsifique la
verdad. A la intervención del visitador: «Si
estos presuntos casos de bilocación los ha comunicado a otros», respondió:
«No, para nada, en ningún caso. Es la
primera vez que lo digo y lo digo a usted en estos términos. No me parece que
los haya dado a conocer ni siquiera al director espiritual, porque tampoco
sabría cómo hacerlo». Y cuando el día 20, en el interrogatorio sexto,
monseñor Rossi volvió sobre el tema y, en relación al caso de la «señora María de San Giovanni Rotondo»,
se atrevió a opinar así: «Me parece que
este caso habría que atribuirlo más bien a un estado de alucinación de dicha
Señora, en la excitación de su enfermedad», el Capuchino respondió tajante:
«Yo no entro en la situación de esta
Señora. Digo que yo estuve allí».
Los testimonios que hablan de visitas del Padre Pío
por bilocación son muchos. Algunos se relatan con detalle en las biografías del
Santo. También son muchos los que se refieren a visitas del Santo después de su
muerte, aunque, en el supuesto de que sean verdad, no podrán ser llamadas
bilocaciones. Creer o no estos testimonios dependerá de la sensibilidad de cada
uno.
No habría que dudar de aquellas bilocaciones del Padre
Pío en las que es él el que las refiere. En sus cartas de orientación
espiritual, el Padre Pío señala al menos tres ocasiones en las que el Señor le
concedió hacerse presente en otros lugares, siempre para llevar consuelo y
esperanza en situaciones especialmente difíciles para las personas a las que
visitaba de este modo; una de ellas a Raffaelina Cerase el 4 de octubre y
primeras horas del día 5 del año 1914. Indico que, en los tres casos, pide a
los destinatarios de las cartas el secreto más absoluto de lo que les comparte,
y también que las destruyan una vez leídas. De la visita en bilocación que se
le concedió realizar el 18 de enero de 1905, se conserva el papelito autógrafo
en el que el joven capuchino de 17 años, quizás asustado ante «algo insólito», se lo cuenta al padre
Agustín de San Marco in Lamis. Éste, al saber que la niña que la Virgen
encomendó a los cuidados del Capuchino era Giovanna Rizzani, le entregó a ella el
escrito, la joven preguntó a su Padre espiritual si él lo había escrito y el
Padre Pío le respondió afirmativamente. El escrito, que está publicado en el
Epistolario IV, dice así: «Hace unos días
me sucedió algo insólito mientras me encontraba en el coro con fray Anastasio;
serían entonces sobre las 23 horas del día 18 del mes pasado; me encontré
lejos, en una casa señorial, en la que, mientras moría el padre, venía al mundo
una niña. Se me apareció entonces María santísima que me dijo: “Te confío esta
criatura. Es una piedra preciosa sin labrar: trabájala, brúñela, vuélvela lo
más reluciente posible, porque quiero un día adornarme con ella. No dudes. Será
ella la que vendrá a ti, pero antes la encontrarás en San Pedro”. Después de
todo esto, me he encontrado de nuevo en el coro».
Si sucedió así, el relato puede ofrecernos alguna luz
sobre la frecuencia de las bilocaciones del Padre Pío. Se cuenta que, en una
ocasión, un religioso de la fraternidad, en plan jocoso, le dijo al cohermano: «Padre Pío, dicen que Napoleón era capaz de
hacer hasta cinco y seis cosas a la vez; usted, ¿cuántas?». Y la respuesta: «Yo cinco o seis, ¡no!; pero tres, ¡sí! Yo
puedo al mismo tiempo confesar, rezar el rosario y pasearme por el mundo».
Entre las bilocaciones que llaman poderosamente la
atención hay que poner las que colocan al Padre Pío llevando lo necesario para
celebrar la santa misa al cardenal húngaro Mindszenty en el tiempo en que,
arrestado por el régimen comunista, permaneció primero en la cárcel y después,
en atención a su delicada salud, en arresto domiciliario, en los años 1948-1956.
Para terminar el escrito con algo menos trágico que un
cardenal en la cárcel, copio de la biografía “San Pio da Pietrelcina" de Beppe Amico este relato: «El hecho tuvo lugar en Milán en los años
1926 ó 1927. Un joven, hijo espiritual del Padre Pío, al pasar por delante de
la tienda de un anticuario, quedó atraído por un magnífico cuadro redondo de la
Virgen María. Entró en la tienda y preguntó por el precio del mismo. La cifra
era muy alta para él; pero, con todo, pidió al dueño que se lo guardara hasta
el día siguiente. El anticuario, al llegar a casa le dijo a su mujer: “He hecho
un gran negocio; creo que he hecho un gran negocio. Ha venido un hijo espiritual
del Padre Pío (ni siquiera sabía quién era el tal Padre Pío) que quiere el
cuadro redondo de la Virgen”. Le dijo el precio y su mujer le reprochó: “¿Por
qué has pedido un precio tan alto?” El marido le respondió: “Los negocios son
los negocios”. Aquella noche, mientras estaba en la cama, el anticuario vio que
se abría la puerta de su dormitorio, que un fraile, que andaba con dificultad,
caminando hacia la cama, le iba diciendo: “Ladrón, ladrón. Lo has comprado por
cinco y lo vendes por cien. Ladrón, ladrón” Y así hasta la cama; y luego,
retirándose, repetía hasta llegar a la puerta: “Ladrón, ladrón, ladrón”. No
logró pegar ojo en toda la noche. A la mañana siguiente llegó a la tienda el
joven a comprar el cuadro con todo lo que había podido recoger en su casa.
Entró y preguntó: “¿Me ha reservado el cuadro?”. El dueño le respondió: “No, no
te lo doy, se lo quiero llevar yo al fraile”. Y le preguntó: ¿Por casualidad
tienes alguna foto del Padre Pío? Le mostró una que llevaba en la cartera y el
anticuario reconoció al que se le había aparecido en la noche anterior. Sin
perder tiempo, preparó el cuadro y se fue a San Giovanni Rotondo. Le hicieron
pasar a la salita reservada para los hombres, donde el Padre Pío, al regresar
del confesonario, se detenía algunos segundos para saludarles. Cuando el Padre
Pío vio al anticuario con el cuadro de la Virgen, se paró delante y dijo:
“Madrecita, gracias por habérmelo traído”; no tanto el cuadro cuanto al
anticuario, que era ateo y ya se estaba reconciliándose con Dios. Este
anticuario pasó a ser en Milán el gran divulgador del Padre Pío y de los
mensajes del Capuchino».
Este cuadro sigue estando en la celda nº 1, la que usó el Padre Pío desde el año 1943 hasta su muerte, en la pared de enfrente de la cabecera de la cama.
Este cuadro sigue estando en la celda nº 1, la que usó el Padre Pío desde el año 1943 hasta su muerte, en la pared de enfrente de la cabecera de la cama.








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