Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Mes de Diciembre


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1  No te importe perder, hijo mío, deja que publiquen lo que quieran. Temo el juicio de Dios y no el de los hombres. Que lo único que nos asuste sea el pecado, porque ofende a Dios y nos deshonra (AP).

2  La bondad divina no sólo no rechaza a las almas arrepentidas, sino que va también en busca de las contumaces (CE, 11).

3  Cuando os veáis despreciados, haced como el martín pescador que construye su nido en los mástiles de las naves; es decir, levantaos de la tierra, elevaos con el pensamiento y con el corazón hacia Dios, que es el único que os puede consolar y daros fuerza para sobrellevar santamente la prueba (VVN, 48).

4  Tu reino no está lejos y tú haces participar de tu triunfo en la tierra para después hacer partícipes de tu reino en el cielo. Haz que, al no poder dar cabida a la comunicación de tu amor, prediquemos con el ejemplo y con las obras tu divina realeza. Toma posesión de nuestros corazones en el tiempo para poseerlos en la eternidad. Que nunca nos retiremos de debajo de tu cetro, y ni la vida ni la muerte consigan separarnos de ti. Que nuestra vida sea una vida bebida a grandes sorbos de amor en ti para expandirla sobre la humanidad y que nos haga morir en cada momento para vivir sólo de ti y derramarte en nuestros corazones (Epist.IV, p.888).

5  Hagamos el bien mientras disponemos del tiempo, y daremos gloria a nuestro Padre del cielo, nos santificaremos a nosotros mismos, y daremos buen ejemplo a los demás (Epist.III, p.397).

6  Cuando no consigas avanzar a grandes pasos por el camino que conduce a Dios, conténtate con dar pequeños pasos y espera pacientemente a tener piernas para correr, o mejor alas para volar. Confórmate, hija mía, con ser por el momento una pequeña abeja en la colmena, que muy pronto llegará a ser una gran abeja capaz de fabricar la miel (Epist.III, p.432).

7  Humillaos amorosamente delante de Dios y de los hombres porque Dios habla a quien tiene las orejas abiertas hacia el suelo. Ama el silencio, porque en el mucho hablar hay siempre algo de culpa. Manténte en el retiro cuanto te sea posible, porque en el retiro el Señor habla al alma libremente y el alma está en mejor situación para escuchar su voz. Reduce tus visitas y sopórtalas cristianamente cuando te las hagan a ti (Epist.III, p.432).

8  A Dios se le sirve únicamente cuando se le sirve como él quiere (CE, 19).

9  En resumen, no filosoféis sobre vuestros defectos y tampoco repliquéis; continuad vuestro camino sin rodeos. No. Dios no puede abandonaros cuando vosotros, por no perderlo, permanecéis firmes en vuestras decisiones. Que el mundo se destruya, que todo esté en tinieblas, en humo, en confusión..., pero Dios está con nosotros. ¿De qué, pues, vamos a tener miedo? Si Dios habita en las tinieblas y sobre el monte Sinaí, entre relámpagos y truenos, ¿no debemos estar contentos sabiendo que estamos cerca de él? (Epist.III, p.580).

10  Agradece y besa dulcemente la mano de Dios que te pega; es siempre la mano de un padre que te pega porque te quiere bien (CE, 25).

11  El miedo cerval es un mal peor que el mismo mal (CE, 33).

12  El dudar es el mayor insulto a la divinidad (CE, 35).

13  Por medio de las pruebas Dios une a sí a las almas que ama (ASN, 44).

14  Quien se apega a la tierra queda apegado a ella. Es mejor despegarse poco a poco que hacerlo de golpe. Pensemos siempre en el cielo (CE, 64).

15  Tener miedo de perderte entre los brazos de la divina bondad es algo más extraño que el temor del niño estrechado entre los brazos de su madre (Epist.III, p.638).

16  ¡Animo!, mi querida hija; tienes que cultivar atentamente ese corazón bien formado y no ahorrar nada que le pueda ser útil para su felicidad. Y si es cierto que esto puede y debe hacerse en toda estación, es decir, en toda edad. La edad que tú tienes es la más apropiada (Epist.III, p.418).

17  En sus lecturas, hay poco que admirar y casi nada que edifique. Os es necesario del todo que, a esas lecturas, añada la de los libros santos (= Sagrada Escritura), tan recomendada por todos los santos padres. Y yo, a quien me apremia tanto su perfección, no puedo eximirle de estas lecturas espirituales. Conviene (si quiere obtener de tales lecturas tan inesperado fruto) que deponga sus prejuicios sobre el estilo y la forma con que se presentan estos libros. Esfuércese por cumplir esto y encomiéndelo al Señor. En todo esto se oculta un grave engaño y yo no se lo puedo ocultar (Epist.II, p.141s.).

18  Todas las fiestas de la Iglesia son bellas... La Pascua, sí, es la glorificación..., pero la Navidad tiene una ternura, una dulzura infantil, que me conquista por entero el corazón (GdR, 75).

19  Tus ternuras conquistan mi corazón y quedo aprisionado por tu amor, Niño celestial. Deja que al contacto con tu fuego, mi alma se derrita por amor, y que tu fuego me consuma, me abrase, me convierta en cenizas aquí a tus pies y permanezca derretido por amor y glorifique tu bondad y tu caridad (Epist.IV, p.871s.).

20  Pobreza, humildad, bajeza, desprecio, rodean al Verbo hecho carne; pero nosotros, en la obscuridad en la que está envuelto este Verbo hecho carne, comprendemos una cosa, oímos una voz, entrevemos una sublime verdad. Todo esto lo has hecho por amor, y no nos invitas más que al amor, no nos hablas más que de amor, no nos das más que pruebas de amor (Epist.IV, p.866s.).

21  Madre mía María, condúceme contigo a la gruta de Belén y concédeme abismarme en la contemplación de lo que, por ser tan grande y sublime, es para desentrañarlo en el silencio de esta grande y bella noche (Epist.IV, p.868).

22  Jesús Niño sea la estrella que te guíe a través del desierto de esta vida (AP).

23  La fe también nos guía a nosotros. Y nosotros, detrás de su luz, seguimos seguros el camino que nos conduce a Dios, a su patria; como los santos magos, que, guiados por la estrella, símbolo de la fe, llegaron al lugar deseado (Epist.IV, p.886).

24  Tu entusiasmo no sea amargo ni puntilloso, sino libre de todo defecto; que sea dulce, benigno, gracioso, pacífico y animoso. ¡Ah!, mi buena hija, ¿quién no ve en el querido y pequeño Niño de Belén, a cuya venida nos estamos preparando, quién no ve, digo, que su amor por las almas no tiene parangón? El viene a morir para salvar, y es tan humilde, tan dulce, tan amable (Epist.III, p.465s.).

25  Vive alegre y animosa, al menos en las facultades superiores del alma, en medio de las pruebas en las que el Señor te pone. Vive alegre y animosa, repito, porque el ángel, que preconiza el nacimiento de nuestro pequeño Salvador y Señor, anuncia cantando y canta anunciando que él promulga alegría, paz y felicidad, a los hombres de buena voluntad, para que no haya nadie que ignore que, para recibir a este Niño, basta ser de buena voluntad (Epist.III, p.466).

26  Jesús desde su nacimiento nos indica nuestra misión, que es la de despreciar lo que el mundo ama y busca (Epist.IV, p.867).

27  Jesús llama a los pobres y sencillos pastores por medio de los ángeles para manifestarse a ellos. Llama a los sabios por medio de su misma ciencia. Y todos, movidos por la fuerza interna de su gracia, corren hacia él para adorarlo. Nos llama a todos nosotros con divinas inspiraciones y se nos comunica a nosotros con su gracia. ¿Cuántas veces nos ha invitado amorosamente también a nosotros? Y nosotros ¿con qué prontitud le hemos correspondido? Dios mío, me ruborizo y me lleno de confusión al tener que responder a esta pregunta (Epist.IV, p.883s.).

28  Los mundanos, enfrascados en sus negocios, viven en la obscuridad y en el error, y no se preocupan de conocer las cosas de Dios, ni piensan en su salvación eterna, ni tienen prisa alguna por conocer la venida de aquel Mesías esperado y suspirado por las naciones, profetizado y anunciado por los profetas (Epist.IV, p.885).

29  Cuando llegue nuestra última hora y cesen los latidos de nuestro corazón, todo habrá terminado para nosotros y también el tiempo de merecer y de desmerecer. Tal como nos encuentre la muerte, nos presentaremos a Cristo juez. Nuestros gritos de súplica, nuestras lágrimas, nuestros suspiros de arrepentimiento, que, todavía en la tierra, nos habrían ganado el corazón de Dios y con la ayuda de los sacramentos nos habrían podido cambiar de pecadores en santos, en ese momento ya no sirven para nada; el tiempo de la misericordia ha terminado y comienza el tiempo de la justicia (Epist.IV, p.876).

30  Es difícil hacerse santos. Difícil pero no imposible. El camino de la perfección es largo, como es larga la vida de cada uno. El consuelo es el descanso en el camino; pero, apenas recuperados, hay que levantarse con rapidez y reemprender la carrera (AP).

31 La palma de la gloria está reservada para el que combate con valentía hasta el fin. Comencemos, pues, este año, nuestro santo combate. Dios nos asistirá y nos coronará con un triunfo eterno (Epist.IV, p.879).

LA PRESENCIA MATERNA DE MARÍA EN LA VIDA DEL PADRE PÍO (1)


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El Padre Pío estaba plenamente convencido de que la Virgen María es ante todo la Madre: Madre de Jesús y Madre espiritual nuestra.
El  de julio de 1916 escribía a Josefina Morgera:
«Acuérdese de que en el cielo tiene no sólo un Padre sino también una Madre. Sí, mi querida hija, acordémonos del don que estos nuestros progenitores celestiales nos han hecho y que con tan precioso don nos han unido y, en cierto sentido, han puesto a nuestra disposición las riquezas de su amor y de su bondad, en el orden de la gracia.
Los encontramos siempre dispuestos a escucharnos, siempre atentos para defendernos, siempre cercanos para acogernos, siempre benévolos para ayudarnos. Encomendemos, pues, a su ternura nuestras almas, nuestras angustias y nuestro destino. Abandonémonos con total confianza en su amor; a los disgustos que quizás les hagamos dado no añadamos también este otro, el más doloroso para su corazón, de desconfiar de su misericordia y de su protección.
Y si nuestra miseria nos atemoriza, si nuestra ingratitud para con Dios nos asusta, si el recuerdo de nuestras culpas nos aleja de presentarnos ante Dios nuestro Padre, recurramos entonces a nuestra madre María. Ella es para nosotros todo dulzura, todo misericordia, todo bondad, todo ternura, porque es nuestra Madre. Subamos, subamos con ella hasta el trono de Dios y hagamos valer ante Él la maternidad de María. Insistamos en los momentos más difíciles de la lucha para que salve al hijo ingrato de su esclava, de Aquella que, en el momento solemne de convertirse en la Madre de Dios hecho hombre, se llamó a sí misma la esclava del Señor: «Ecce ancilla Domini». Esta Madre amantísima sabrá también apoyar nuestras súplicas, hacer convincentes nuestros argumentos, transformar en gratos nuestros ruegos y hacernos experimentar que nuestra Madre no es menos tierna ni menos generosa en el cielo de lo que, bien a su costa, fue en el Calvario en el momento, el más solemne para Ella, en el que nos engendró a todos con su amor»

Fr. Gerardo di Flumeri

Mes de Noviembre


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1  El deber es antes que cualquier otra cosa, aunque sea santa (CE, 60).

2  Hijos míos, estar así, sin poder cumplir mi propio deber, es inútil; es mejor que me muera (T, 96).

3  Un día uno de sus hijos espirituales le preguntó: Padre, ¿cómo puedo crecer en el amor?
Respuesta: cumpliendo con exactitud y con recta intención las propias obligaciones, guardando la ley del Señor. Si haces esto con constancia y perseverancia, crecerás en el amor (LdP, 91).

4  Hija mía, para tender a la perfección es necesario poner el máximo interés en actuar en todo para agradar a Dios y en buscar evitar hasta los más pequeños defectos; cumplir los deberes propios y hacer todo lo demás con más generosidad (FSP, 79).

5  En todas las cosas y siempre, más rectitud de intención, más exactitud, más puntualidad, más generosidad en el servicio del Señor, y entonces serás como el Señor quiere que seas (GB, 48).

6  Reflexiona sobre lo que escribes, porque el Señor te pedirá cuentas de ello. ¡Estáte atento, periodista! El Señor te conceda las satisfacciones que deseas por tu profesión (CT, 177).

7  También vosotros, los médicos, habéis venido al mundo, al igual que yo, con una misión que cumplir. Escuchad con atención: Yo os hablo de obligaciones en un momento en que todos hablan de derechos. Tenéis la misión de curar al enfermo; pero si no lleváis amor al lecho del enfermo, no creo que las medicinas sirvan de mucho... El amor no os puede hacer prescindir de la palabra. ¿Cómo podríais manifestarlo si no es con palabras que consuelen espiritualmente al enfermo? Ser portadores de Dios para los enfermos; eso será más útil que cualquier otro cuidado (LCS,5-V-58, p.28).

8  Sed como pequeñas abejas espirituales, que no tienen en sus colmenas más que miel y cera. Que vuestra casa, gracias a vuestra conversación, esté llena de dulzura, de paz, de concordia, de humildad y de piedad (Epist.III, p.563).

9  Emplead cristianamente vuestro dinero y vuestros ahorros, y desaparecerá tanta miseria; y tantos cuerpos que sufren y tantos seres afligidos encontrarán consuelo y alivio (CE, 61).

10  No sólo no tengo que repetirte que, al marcharte de Casacalenda, devuelvas la visita a tus conocidas, sino que lo considero una gravísima obligación. La piedad es útil para todo y se adapta a todo según las circunstancias, menos a lo que sea pecado. Devuelve las visitas y tendrás también el premio de la obediencia y la bendición del Señor (Epist.III, p.427).

11  Yo deseo que todas las estaciones del año se encuentren en vuestras almas; que a veces experimentéis el invierno de muchas esterilidades, distracciones, desganas y aburrimientos; otras, los rocíos del mes de mayo con el perfume de las santas florecillas; entre los calores, el deseo de agradar a nuestro divino Esposo. No queda, pues, más que el otoño, en el que no veis grandes frutos; pero sucede con mucha frecuencia que, a la hora de trillar los cereales y de pisar las uvas, uno se encuentra con cosechas mucho mayores que las que prometían las siegas y las vendimias. Vosotros querrías que todo sucediese en primavera y en verano; pero no, mis queridísimas hijas, es necesario que existan también estas vicisitudes tanto en el interior como en el exterior. En el cielo todo será primavera en cuanto a la belleza, todo será otoño en el gozo, todo será verano en el amor. No habrá ningún invierno; pero aquí el invierno es necesario para ejercitarse en la abnegación y en las mil virtudes, pequeñas pero bellas, que se practican en tiempos de esterilidad (Epist.III, p.587s.).

12  Os lo suplico, mis queridas hijas, por el amor de Dios: no tengáis miedo a Dios porque él no quiere haceros mal alguno; amadlo mucho porque os quiere hacer un gran bien. Caminad sencillamente con la seguridad de que acertáis en vuestras decisiones, y rechazad como crueles tentaciones esas reflexiones espirituales que hacéis de vuestros males (Epist.III, p.569).

13  Entregaos totalmente, mis amadísimas hijas, en las manos de nuestro Señor, ofreciéndole los años que os restan de vida y rogadle siempre que los emplee y se sirva de ellos en aquella forma de vida que más le agrade. No inquietéis vuestro corazón con vanas promesas de sosiego, de agrado y de méritos, sino presentad a vuestro divino Esposo vuestros corazones totalmente vacíos de todo otro afecto que no sea su casto amor, y pedidle que lo llene, limpia y sencillamente, de los impulsos, deseos y voluntad que sean de su agrado, para que vuestro corazón, como una madreperla, no conciba más que con el rocío del cielo y no con el agua del mundo; y veréis que Dios os ayudará y que haréis mucho, tanto al elegir como al actuar (Epist.III, p.569).

14  El Señor os bendiga y os haga menos pesado el yugo de la familia. Sed siempre buenos. Recordad que el matrimonio comporta obligaciones difíciles que sólo la gracia de Dios pude hacerlas fáciles. Mereced siempre esta gracia y que el Señor os conserve hasta la tercera y cuarta generación (AD, 169).

15  En la familia sé alma de convicciones profundas, y sonríe en la abnegación y en la inmolación constante de toda tu persona (ASN, 43).

16  La abnegación más importante es la que se practica en el hogar doméstico (FM, 167).

17  Nada más repelente en una mujer, sobre todo si es esposa, que ser ligera, frívola y altanera. La esposa cristiana debe ser mujer de sólida piedad para con Dios, ángel de paz en la familia, y digna y agradable con el prójimo (AP).

18  Dios me ha dado mi pobre hermana y Dios me la ha quitado. Sea bendito su santo nombre. En estas exclamaciones y en esta resignación encuentro fuerza suficiente para no sucumbir bajo el peso del dolor. A esta aceptación de la voluntad divina os exhorto también a vosotros y encontraréis, igual que yo, el alivio en el dolor (Epist.IV, p.802).

19  ¡La bendición de Dios os sirva de ayuda, apoyo y guía! Formad una familia cristiana, si queréis un poco de tranquilidad en esta vida. El Señor os dé hijos y después la gracia de orientarlos por el camino del cielo (AP).

20  ¡Animo, ánimo! Los hijos no son clavos (AP).

21  Anímese, pues, valerosa señora. Anímese, porque la mano del Señor, al sostenerla, no se ha quedado corta. ¡Oh!, sí, él es el Padre para todos; pero lo es, de modo especialísimo, para los desgraciados; y de modo todavía mucho más singular lo es para usted, que es viuda y viuda madre (AdFP, 466).

22  Ponga en solo Dios todas sus preocupaciones, pues él tiene cuidado especialísimo de usted y de esos tres angelitos de hijos con que la ha querido adornar. Esos hijos, por su conducta, serán su apoyo y consuelo a lo largo de su vida. Preocúpese siempre de su educación, no tanto científica cuanto moral. Téngalos en su corazón y quiéralos más que a las niñas de sus ojos. A la educación de la mente, mediante buenos estudios, procure unir siempre la educación del corazón y de nuestra santa religión; aquélla sin ésta, mi buena señora, causa una herida mortal al corazón humano (AdFP, 467).

23 ¿Por qué el mal en el mundo?
Escucha con atención... Es una mamá que está bordando. Su hijo, sentado en un pequeño taburete, contempla su trabajo pero al revés. Ve los nudos del bordado, los hilos revueltos... Y dice: Mamá, ¿se puede saber lo que haces? ¡Se ve poco claro tu trabajo!
Entonces la mamá baja el bastidor y enseña la parte buena del trabajo. Cada color está en su sitio y la variedad de los hilos se ajusta a la armonía del dibujo.
¡Eso! Nosotros vemos el revés del bordado. Estamos sentados en un pequeño taburete (GG, 106).

24  ¡Yo odio el pecado! Dichosa nuestra patria si, como madre del derecho, quisiera perfeccionar sus leyes en este sentido, y sus costumbres a la luz de la honradez y de los principios cristianos (GdT, 143).

25  El Señor hace ver y llama, pero no queremos ni ver ni responder porque son los propios intereses los que nos agradan. Sucede también en ocasiones que, al haber oído esa voz tantas veces, ya no se le presta atención; pero el Señor ilumina y llama. Son los hombres quienes se colocan en una actitud que los incapacita para oír (AP).

26  Hay gozos tan sublimes y dolores tan profundos, que es imposible expresarlos con palabras. El silencio es el último recurso del alma, tanto cuando la felicidad es indecible como cuando los apuros son extremos (ASN, 43).

27  Conviene familiarizarse con los sufrimientos que el Señor tenga a bien enviarnos. Jesús, que no puede soportar por mucho tiempo el teneros en aflicción, vendrá a animaros y a confortaros, infundiendo nuevos ánimos en vuestro espíritu (AdFP, 561).

28  Todas las concepciones humanas, vengan de donde vengan, tienen su lado bueno y su lado malo. Hay que saber asimilar y tomar todo lo bueno y ofrecerlo a Dios, y eliminar todo lo malo (AdFP, 552).

29  ¡Ah!, mi valiente hija, que es una gracia fuera de serie el comenzar a servir a este buen Dios, cuando la flor de la edad nos hace más susceptibles a toda clase de impresiones. ¡Oh!, qué don tan grato cuando se ofrecen al mismo tiempo las flores y los primeros frutos del árbol. ¿Y qué es lo que podrá apartarte de la ofrenda total de ti misma al buen Dios al haberte decidido de una vez para siempre a dar un puntapié al mundo, al demonio y a la carne, lo que con tanta decisión hicieron por nosotros nuestros padrinos en el bautismo? ¿O quizás el Señor no se merece de ti este sacrificio?  (Epist.III, p.418).

30  Recordad que Dios está en nosotros cuando estamos en gracia; y está, por así decirlo, fuera de nosotros cuando estamos en pecado; pero su ángel no nos abandona nunca... El es nuestro amigo más sincero y fiel, cuando no tenemos la desgracia de entristecerlo con nuestra mala conducta (GdT, 205).


Mes de Octubre


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1  Recorred con sencillez el camino del Señor y no atormentéis vuestro espíritu. Odiad, sí, vuestros defectos pero con un odio tranquilo y no perturbador e inquieto. Es necesario tener paciencia con ellos y sacar ventaja de los mismos por un santo abajamiento. Cuando falta esta paciencia, mis buenas hijas, vuestras imperfecciones, en vez de disminuir, crecen cada vez más, porque no hay nada que una tanto nuestros defectos como la inquietud y la preocupación por quererlos alejar (Epist.III, p.579).

2  Guardaos de la ansiedad y de las inquietudes, porque no hay cosa que impida tanto el caminar hacia la perfección. Pon, hija mía, dulcemente tu corazón en las llagas de nuestro Señor, pero no a base de esfuerzos. Ten gran confianza en su misericordia y en su bondad. El no te abandonará jamás, pero no dejes por eso de abrazar estrechamente su santa cruz (Epist.III, p.707).

3  No te inquietes cuando no puedes meditar, no puedes comulgar o no puedes llegar a todas las prácticas de devoción. En esta situación, busca suplirlas de otro modo, manteniéndote unida a nuestro Señor con una voluntad amorosa, con las oraciones jaculatorias, con las comuniones espirituales (Epist.III, p.424).

4  Caminamos, pues, siempre, incluso cuando nuestro paso es lento; pues si nuestro afecto es bien intencionado y decidido, no podemos sino caminar bien. No, mis querídisimas hijas, no es necesario para el ejercicio de la virtud estar atentas siempre y en cada momento a todas las virtudes; esto, en verdad, embrollaría y enredaría demasiado vuestros pensamientos y afectos (Epist.III, p.588).

5  Expulsa de una vez por todas la perplejidad y las ansiedades y goza en paz de las dulcísimas penas del Amado (Epist.III, p.436).

6  Tu predicación sea la inmolación continua de ti misma, el ser en todas partes como una delicada aparición y como la sonrisa de Dios (FM, 165).

7  Siento que se me rompe el corazón en el pecho al conocer tus sufrimientos, y no sé qué haría para que te consueles. Pero, ¿por qué inquietarte tanto? ¿Por qué te turbas? ¡Fuera tanta inquietud, hija mía! Jamás te he visto tan regalada de tantas joyas por parte de Jesús como ahora. Jamás te he visto tan querida de Jesús como en este momento. Por tanto, ¿qué motivo tienes para temer, temblar y asustarte? Tu temor y temblor se parecen al de un niño que está en los brazos de su mamá. Por lo mismo, tu temor es tonto e inútil (Epist.III, p.442).

8  No tengo nada concreto que reprobar en ti, fuera de esa inquietud un tanto amarga que se da en ti y que no te deja gustar toda la dulzura de la cruz. Corrígete de esto y continúa haciendo lo que has hecho hasta ahora, porque vas bien (Epist.III, p.447).

9  Te ruego además que no te angusties por lo que voy sufriendo y sufriré; porque el sufrimiento, por muy grande que sea, comparado con el bien que nos espera, resulta agradable para el alma (Epist.III, p.402).

10  Mantén tu espíritu tranquilo y confíate por completo a Jesús cada vez más. Esfuérzate por identificarte siempre y en todo con la divina voluntad, tanto en las cosas favorables como en las adversas, y no te preocupes por el mañana (Epist.III, p.455).

11  No temas por tu espíritu: son bromas, predilecciones y pruebas del Esposo celestial, que quiere asemejarte a él. Jesús mira las disposiciones y los buenos deseos de tu alma, que son óptimos; y los acepta y premia; y no mira tu imposibilidad e incapacidad. Por tanto, manténte tranquila (Epist.III, p.461).

12  No te fatigues en cosas que producen inquietud, perturbaciones y afanes. Sólo una cosa es necesaria: elevar el espíritu y amar a Dios (CE, 10).

13  Te afanas, mi buena hija, por buscar al sumo Bien. Está en verdad dentro de ti y te tiene tendida sobre la desnuda cruz, alentando fuerza para que soportes ese martirio insostenible y amor para que ames amargamente al Amor. Por lo mismo, el temor a haberlo perdido y a haberle disgustado sin darte cuenta no tiene fundamento alguno, porque él está tan cercano y unido a ti. Tampoco tiene sentido el agobio por el porvenir, ya que la situación actual es una crucifixión de amor (Epist.III, p.651).

14  Pobres y desgraciadas las almas que se arrojan en el torbellino de las preocupaciones mundanas. Cuanto más aman el mundo más se multiplican sus pasiones, más se encienden sus deseos, más incapaces se sienten para sus proyectos; y de ahí las inquietudes, las impaciencias, los choques terribles que despedazan sus corazones, que no palpitan de caridad y de santo amor.  Roguemos por estas almas desgraciadas, miserables. Que Jesús les perdone y las atraiga hacia sí con su infinita misericordia (Epist.III, p.1092).

15  No se debe actuar con maneras violentas si no se quiere correr el riesgo de no conseguir nada. Es necesario revestirse de gran prudencia cristiana (Epist.III, p.416).

16  Hijas, acordaos de que yo soy tan enemigo de los deseos inútiles como de los deseos peligrosos y malos; porque, aunque sea bueno aquello que se desea, ese deseo es siempre defectuoso en relación a nosotros, sobre todo cuando anda mezclado con una preocupación orgullosa, ya que Dios no exige este bien, sino algún otro en el que quiere que nos ejercitemos (Epist.III, p.579).

17  En cuanto a las pruebas espirituales a las que te va sometiendo la paternal bondad del Padre del cielo, te ruego que te resignes y que, en cuanto te sea posible, estés tranquila, fiándote de las aseveraciones de quien ocupa el lugar de Dios, te ama en él y te desea toda clase de bienes, y te habla en su nombre. Sufres, es verdad, pero con resignación; sufres, pero no temas, porque Dios está contigo y tú no le ofendes sino que le amas. Sufres, pero también crees que Jesús mismo sufre en ti y por ti y contigo. Jesús no te abandonó cuando huías de él, mucho menos te abandonará de ahora en adelante cuando tú quieres amarlo (Epist.III, p.618).

18  No te debes confundir al intentar conocer si has consentido o no. Tu estudio y tu vigilancia estén orientadas a la rectitud de intención que debes tener al actuar y al combatir siempre, con valor y generosidad, las artes malignas del espíritu maligno (Epist.III, p.622).

19  Manténte siempre con alegría en paz con tu conciencia, dándote cuenta de que estás al servicio de un Padre infinitamente bueno, que, impulsado sólo por su ternura, desciende hasta su criatura para elevarla y transformarla en él, su Creador. Y huye de la tristeza, porque ésta entra en los corazones que están apegados a las cosas mundanas (ASN, 42).

20 No hay que desanimarse; porque, si existe en el alma el esfuerzo continuo por mejorar, al fin el Señor la premia, haciéndola florecer de golpe en todas las virtudes, como en un jardín florecido (VVN, 49).

21  Procura no inquietar tu alma ante el triste espectáculo de la injusticia humana, que tiene también un valor en la economía de las cosas. Sobre esta injusticia verás un día el triunfo definitivo de la justicia de Dios (GF, 175).

22  El Sabio alaba a la mujer fuerte: “Sus dedos, dice, sostienen el huso” (Prov 31,19).
Con gusto os diré algunas cosas sobre estas palabras. Vuestra rueca es el cúmulo de vuestros deseos. Por eso, hilad todos los días un poco, tirad hilo a hilo de vuestros proyectos hasta su ejecución, y sin duda alguna los veréis cumplidos. Pero estad atentos para no apresuraros, porque enredaríais el hilo con nudos y embrollaríais vuestro huso.
Por tanto, caminad siempre; y aunque vayáis avanzando lentamente, haréis un gran viaje (Epist.III, p.564).

23  La ansiedad es una de las mayores trampas que la virtud auténtica y la devoción vigorosa pueden encontrar; aparenta enfervorizarse en el bien obrar, pero no lo hace sino para enfriarse, y no nos hace correr para que tropecemos, es para que tropecemos, y por eso hay que estar alerta en todo momento, y de modo particular en la oración; y para conseguirlo mejor, será bueno acordarse de que las gracias y los gustos de la oración no son aguas de esta tierra sino del cielo; y que, por eso, todos nuestros esfuerzos no bastan para conseguirlos, y que, si es necesario prepararse con suma diligencia, ha de ser siempre con humildad y sosiego: hay que tener el corazón orientado hacia el cielo y esperar de allí el rocío celestial (AP).

24  ¿Por qué os tiene que preocupar el que Jesús os quiera llevar a la patria celestial por los desiertos o por los campos, si por los primeros y por los segundos se llega del mismo modo a la eterna bienaventuranza? Alejad de vosotros toda preocupación orgullosa que brota de las pruebas con las que el buen Dios quiere visitaros; y si esto no es posible, apartad el pensamiento y vivid resignados en todo al divino querer (AdFP, 561).

25  Tengamos bien esculpido en nuestra mente lo que dice el divino Maestro: en nuestra paciencia poseeremos nuestra alma (AdFP, 560).

26  No pierdas el ánimo si te toca trabajar mucho y recoger poco... Si pensases cuánto le cuesta a Jesús una sola alma, no te lamentarías por ello (AP).

27  El espíritu de Dios es espíritu de paz, y hasta en las faltas más graves nos concede experimentar un arrepentimiento tranquilo, humilde, confiado, que depende precisamente de su misericordia.
El espíritu del maligno, en cambio, excita, exaspera y nos hace experimentar, en el arrepentimiento mismo, una especie de ira contra nosotros mismos, siendo así que el primer acto de caridad debemos dirigirlo a nosotros mismos.
Por tanto, si te turban algunos pensamientos, piensa que esta turbación no viene nunca de Dios, sino del diablo. Dios te regala la serenidad porque es espíritu de paz (AdFP, 549).

28  Si somos apacibles y pacientes, nos encontraremos no sólo a nosotros mismos sino también nuestra alma y con ella a Dios (AdFP, 549).

29  La lucha que se lleva a cabo antes de la obra buena que se pretende realizar, es como la antífona que precede al salmo solemne que se va a cantar (FM, 166).

30  El impulso para alcanzar la paz eterna es bueno y santo, pero es necesario moderarlo con la completa resignación al querer divino. Es mejor cumplir la voluntad de Dios en la tierra que gozar en el paraíso. "Sufrir y no morir" era el lema de Santa Teresa. Es dulce el purgatorio cuando se sufre por amor de Dios (Epist.III, p.549).

31  La paciencia es tanto más perfecta cuanto menos se mezcla con inquietudes y desasosiegos. Si el buen Dios quiere prolongar el tiempo de la prueba, no os lamentéis ni indaguéis el porqué. Tened siempre presente que los hijos de Israel tuvieron que caminar  durante cuarenta años por el desierto antes de poner su pie en la tierra prometida (Epist.III, p.537).

Las tentaciones...


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 11 de abril de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 68

Jesús quiere agitarte, sacudirte, moverte y cribarte como al trigo, para que tu espíritu alcance la limpieza y pureza que él desea. ¿Acaso se podría guardar el trigo en el granero si no está limpio de toda clase de cizaña o de paja? ¿Puede acaso el lino conservarse en el cajón del dueño si antes no se ha vuelto cándido? Y así debe ser también en el alma elegida.
Comprendo que parezca que las tentaciones más bien manchan que purifican el espíritu; pero, de ningún modo es así. Escuchemos cuál es el lenguaje de los santos en relación a esto; y a ti te baste saber lo que dice el gran san Francisco de Sales, que las tentaciones son como el jabón que, desparramado sobre la ropa, parece ensuciarla, pero en verdad la limpia.

Carta a Raffaelina Cerase


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 4 de marzo de 1915 – Ep. II, p. 368

Tu único pensamiento sea el de amar a Dios y crecer cada día más en la virtud y en la santa caridad, que es el vínculo de la perfección cristiana.
En todos los sucesos de la vida reconoce la voluntad de Dios, adórala, bendícela. De modo especial en las cosas que te resulten más duras, no busques con inquietud ser liberada de ellas. Entonces más que nunca dirige tu pensamiento al Padre del cielo y dile: «Tanto mi vida como mi muerte están en tus manos, haz de mí lo que más te agrade».
En las angustias espirituales: «Señor, Dios de mi corazón, sólo tú conoces y lees a fondo el corazón de tus criaturas, sólo tú conoces todas mis penas, sólo tú conoces que todas mis angustias provienen de mi temor de perderte, de ofenderte, del temor que tengo de no amarte cuanto mereces y que yo debo y deseo; tú, para quien todo está presente y que eres el único que lees el futuro, si sabes que es mejor para tu gloria y para mi salvación que yo esté en este estado, que se realice así; no deseo ser liberada; dame fuerza, para que yo luche y obtenga el premio de las almas fuertes».

Cleonice Morcaldi


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MIS RECUERDOS DEL PADRE PÍO

 Cleonice Morcaldi fue la predilecta entre to­das las hijas espirituales del Padre Pío y la que gozó por más tiempo del beneficio de su direc­ción. Nacida en San Giovanni Rotondo el 22 de febrero de 1904, era muy joven cuando fue presentada al Padre Pío, quien la acogió inmediata­mente con ternura. En el año 1925, cuando ya era maestra de escuela, fue aceptada como hija espiritual del Padre, con quien permaneció en constante y estrecha relación hasta 1968, año de la muerte del Padre. Vivió santamente, consagrada al Señor, realizando lo mejor que pudo las ense­ñanzas recibidas. Murió el 23 de febrero de 1987.

Cleonice tuvo la feliz inspiración de anotar, día tras día, lo que su Padre espiritual le enseña­ba, aconsejaba o respondía, hasta el punto de poder utilizar posteriormente estos apuntes para escritos más extensos, como "Testimonianze su Pa­dre Pio" y "Diario". De estos escritos, a partir del presente número de la revista, y, con la promesa de continuar en números sucesivos, publicaremos algunas páginas. Esperamos que esta iniciativa sea agradable y, sobre todo, útil para nuestros lectores.


1  Encuentro con el Padre Pío, orientación espiritual

A decir verdad, y lo confieso delante de Dios, me siento incapaz de hablar de las virtudes de esta gran alma sacerdotal, aparecida en nuestros días.

Era humilde y sencilla, pero me parecía que era verdaderamente grande y extraordinaria por la íntima unión con Dios, que aparecía en todas sus acciones y, especial­mente, en la santa misa, en la cual ‑ yo creo ‑ se realizaba su transformación en Jesús crucificado. Repito que yo no sabría ni podría hablar por separado de sus virtudes, puesto que cada una contenía las demás. Estaban tan entrelazadas entra sí, en todas las mani­festaciones de su vida, que formaban una suave armonía espiritual: una continua emanación del buen olor de Cristo, con el que atraía a todos, buenos y malos, creyentes e incrédulos, protestantes y masones.

Este buen olor de Cristo era percibido por las almas incluso desde lejos y de un modo sensible. Lo llamaban "el perfume del Padre". Yo no quería creer en este fenóme­no, pero lo sentí durante más de diez minu­tos en Foggia, durante el examen de Estado, el año 1922. Para salir de dudas le pregunté a él qué significaba su perfume. Con toda sencillez dijo: - "Mi presencia". En efecto, yo me había encomendado mucho a sus ora­ciones antes de partir y me había dicho: - "Vete tranquila, los profesores deberán hacer sus cuentas conmigo y con Dios". Lo que quedó confirmado por el óptimo resultado de mis exámenes. Comencé entonces a conocer su unión con Dios y su intercesión ante Él; comencé a admirar también su bondad pa­terna y a demostrarle mi gratitud y mi reconocimiento.

Obtenido el diploma, durante tres años estuve enseñando en Monte Sant’Angelo. ¡Muy a pesar mío me alejé del Padre! Antes de partir me dio la bendición, diciéndome: - “Ánimo, estaré siempre junto a ti, pero no lo digas a nadie; visita la gruta del Arcángel, ante Jesús Sacramentado me encontrarás".

Cada día, al salir de la escuela, yo iba a la santa gruta y me quedaba por un largo tiempo junto al tabernáculo, aún con el estómago vacío. Yo sentía tan fuerte y suave el espíritu de Jesús, unido al del Padre, que para mi corazón era un sacrificio enorme salir de la mística gruta. Por experiencia personal (perfume), creí que el espíritu del Padre estaba siempre con el divino prisionero, en el tabernáculo. Por ello, muchos años después, cuando fui a España, me dijo: - "Vete, vete, que para mí no hay distancias".

Tenía razón un alma de Dios cuando exclamaba: - “Jesús forma con el Padre Pío una unidad indivisible, por lo que no encontraremos jamás a Jesús sin el Padre Pío, ni al Padre Pío sin Jesús".

Tres años después pasé a enseñar en las escuelas de mi pueblo, San Giovanni Roton­do. Cosa rara y verdaderamente ex­traña.... ¡no me confesaba con el Padre! Me confesaba con un sacerdote anciano que, si bien era docto y piadoso, sofocaba y cargaba de peso mi conciencia. ¡La confesión me resul­taba una verdadera cruz! Sólo después de haber escuchado el discurso de un padre franciscano sobre la vida y virtudes del Padre Pío, decidí confesarme siempre con el Pa­dre. Fue la Virgen de las Gracias la que me hizo este reproche: - "¿Los forasteros hacen largos viajes para confesarse con el Padre ¿y tú que estás cerca...?".

Por su parte, el Pa­dre, en la primera confesión, que fue la más larga, me dijo: - “¡Por fin te has decidi­do! Si supie­ras lo que he esperado y sufrido para arrancarte del mundo y darte para siempre a Je­sús!". Sor­prendida y emocionada, le dije que me sen­tía feliz de haberlo elegido como guía espiritual de mi vida. Él me respondió: - "No tú, sino yo te he elegido entre tantas otras. El Señor me confió tu alma el día de mi primera Misa. Te he rege­nerado para el Señor con dolor y con lágrimas de amor. Esfuérzate para corresponder a una predilección tan grande". A esta inesperada re­velación, mi ánimo, lleno de conmoción y re­conocimiento, agradeció al Señor por tanta bondad para con una miserable creatura suya.

Pedí al Padre que me aceptara como hija espiritual y me respondió: - "Ya lo eres, pór­tate bien, no me hagas desaparecer". Oh, ¡qué gozo en el espíritu respirar esta nueva atmósfera pura y balsámica!

Eran breves las confesiones del Padre, pero iluminaban y alimentaban el alma, que poco a poco penetraba en el conocimiento y en el amor de Dios.

Después de la muerte de mis padres, en 1932, me trasladé cerca del convento donde vivían muchas hijas espirituales y lo hice para poder seguir la Misa que celebraba el Padre.

Yo esperaba con ansia que llegase el día de la confesión. Al deseo de un renacimien­to espiritual se añadía una cierta repugnan­cia a hablar de mis miserias pasadas y de las cosas que me susurraba el maligno para alejarme de mi nuevo guía. Pero el sabio Maestro me salió al paso diciéndome: - "Yo conozco tu alma como tú conoces tu rostro ante el espe­jo y, antes de que tú ha­bles, ya sé todo lo que me quieres decir. Te ad­vierto ade­más que no me ocultes nunca lo que te dice el tentador. Él es como el ladrón: cuando se ve descu­bierto huye. Rechaza inmediatamente las tentaciones: son como las chispas que cuanto más tiempo están en nuestra mano más queman".

Era severo cuando yo ofendía a Dios con pecados contra la caridad. De la murmuración decía: -"Oh, ¡cómo castiga Dios este peca­do, que destruye la caridad fraterna!".

No toleraba las mentiras, ni siquiera las que no eran causa de daño alguno. Decía: - "Si no causan daño al prójimo, lo causan a nuestra alma. Dios es verdad". Para progre­sar en el camino de la perfección me acon­sejaba tres medios: el examen de la concien­cia por la noche; la buena lectura, especial­mente de la Sagrada Escritura; y la meditación sobre la vida y la pasión de Jesús por la mañana. Me sugirió que también por la tarde hiciera la meditación sobre el Crucifi­jo, para aprender a crucificar el amor pro­pio y la voluntad inclinada al mal.

Cuando le decía que yo no daba impor­tancia a la meditación y que la sustituía con la lectura, me decía: - "¡Mala señal!... Los santos lloraban cuando no podían meditar. Leer es comer, meditar es asimilar".

Cuando no tenía ganas de orar yo no oraba. Pero aprendí a orar, incluso sin ganas, cuando el Padre me dijo: - "Quien ora mucho, se salva; quien ora poco, está en pe­ligro; quien no ora, se condena. ¡Lo que cuen­ta y merece premio es la voluntad, no el sentimiento! Es mejor amar sin sentimien­to que saber que se es amado!... ".

- "Es difícil la perfección", le dije. - "No es difícil, di más bien que es dura para nuestra naturaleza caída!", me respondió.

Con frecuencia me recomendaba apuña­lar el propio yo, cada vez que se sublevara; darle una muerte lenta, pero continua.

De vez en cuando, recordando mi pasa­do y mi incapacidad espiritual, yo me desanimaba hasta el punto de llorar como una niña que no es capaz de estudiar. Con dul­zura y caridad paterna, el Padre me sumi­nistraba la fuerza y el gozo de continuar mi camino; me decía: - "Recuerda que Dios puede rechazar todo en nosotros; pero no puede rechazar, sin rechazarse a sí mismo, el deseo sincero de un alma que quiere amarlo. Des­pués de todo ¿por qué desanimarte por el recuerdo de tu pasado? El disgusto por nues­tras faltas, para que sea agradable a Dios, debe ser pacífico y resignado. Debemos recordar nuestras faltas, pero no más de lo necesario para mantenernos en la humildad ante el Señor. Nuestras miserias son el escaño de la divina Misericordia; nuestras impotencias, el escaño de la divina Omnipotencia. ¡Mira (y me mostró una bella imagen del Corazón de Jesús), Él es omnipotente, pero su omnipo­tencia es humilde sierva de su Amor! El Se­ñor es Bondad infinita y está contento cuan­do nos ha dado todo...".

Esta explicación confortó y consoló mi ánimo e infundió nueva fuerza a mi volun­tad. Di las gracias de todo corazón al Padre que, antes de darme la bendición, añadió: - “Estate tranquila, Jesús te ama. Si el pobre mundo pudiese ver la belleza del alma en gracia, todos los pecadores, todos los incré­dulos, se convertirían inmediatamente".

Un día, con las sonrisa en los labios, nos dijo: - "Os quiero llevar arriba pronto, pronto a fuerza de golpes".

¿Bromeaba? Sí, pero, bromeando, bro­meando, decía la verdad. Los golpes eran las pruebas espirituales que, de acuerdo con Je­sús, él nos daba. Eran pruebas de fuego. Pue­de hablar de ellas sólo quien las ha soportado. Recuerdo una que no olvidaré jamás.

A la aparente indiferencia del Padre, que me helaba el corazón y me hacía pensar en alguna ofensa hecha a Dios, se añadía una obstinada aridez en la oración, un grande tedio por la vida, una tristeza mortal y no faltaban horribles tentaciones del maligno. Cuando no podía soportarlo por más tiem­po, encontrando al Padre en el pasillo, le dije: - "Pero ¿por qué me ha abandonado en este infierno?", y me eché a llorar.

El Padre sonrió y, con dulzura, me dijo: - “¡Muy bien!, has pasado por el fuego sin quemarte, has saltado un fuego sin caer en él! No estás en el infierno. El sol resplandece en tu alma; tú no lo ves: no debes verlo; esto es lo mejor para ti. La agitación no te ha dejado gustar la dulzura de la cruz. No estás en el infierno. Las tinieblas que tu veías, eran las tinieblas que rodean al Eterno Sol, que estaba en tu alma. ¡Ánimo, después te será concedi­do ver la belleza de su Rostro, la dulzura de sus ojos, y la felicidad de estar junto a Él para siempre!". Pasé del infierno al paraíso.

Él nos guiaba con dulzura y firmeza. Nos decía: - "Os amo tanto como a mi alma; os amo como a hijitos míos carísimos; no obs­tante me veo obligado a imitar al cirujano que opera a su hijo. Antes de imponeros una prueba, ésta pasa a través de mi corazón. No soy yo quien os la impone, sino Aquel que está en mí y por encima de mí. Conformémo­nos siempre a los designios del Artífice divi­no, que son siempre designios de amor.

Muchos cuadernos serían necesarios para hablar de la doctrina con la cual el Padre dirigía las almas. A la doctrina añadía los ejemplos de todas las virtudes cristianas vividas en grado heroico. De todas ellas las primeras eran la humildad y la caridad para con Dios y para con los hermanos. ¡De su Amor a la cruz, sólo Jesús puede hablar!...