Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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REZAMOS EL VIA CRUCIS


posted by Grupos Oficiales de Padre Pio Hispanoamérica

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                                          Introducción 


El Vía Crucis o camino de la cruz revive los últimos momentos de la vida de Jesús y nos introduce en el misterio de la salvación.
Se trata de seguir a Jesús, caminar tras sus huellas, acompañarlo en su camino, que, como él dice, es un camino de cruz (Mc. 8,34).
El camino de la cruz es nuestro propio camino para seguir con fidelidad la voluntad de Dios. Por eso va más allá de unas reflexiones piadosas: es una invitación a la oración personal y comunitaria en todo momento del año.
Desde la cruz de Jesús, presente hoy en nuestro país y en tantos otros lugares de este mundo sediento de justicia, afirmamos nuestra fe en la resurrección y la vida. Anunciamos con alegría y esperanza la presencia liberadora de Jesús entre nosotros. Encarnamos en el mundo el reino de Dios, el ansiado cielo y tierra nuevos, donde reine la justicia, la paz y el amor verdadero.


i estación:
“JESÚS ES CONDENADO A MUERTE”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

"El Consejo en pleno se levantó y llevaron a Jesús ante Pilato. Allí empezaron con sus acusaciones: «Hemos comprobado que este hombre es un agitador. Se opone a que se paguen los impuestos al César y pretende ser el rey enviado por Dios.»"
Palabra de Dios (Lc. 23, 1-2)

La Presencia de Jesús se hace ya insoportable para los poderosos de su época.
Sus constantes llamados a la conversión, su amor a los pobres, su denuncia de una religión que había perdido el rumbo, su identificación con el pueblo sencillo lo hacen un personaje peligroso. Ante Pilato argumentan que la seguridad del imperio está amenazada. Pilato cede ante las presiones. Se desinteresa del problema y entrega a Jesús para morir. Ante la injusticia se lava las manos. Jesús observa todo con serenidad y confianza en Dios, su Padre. Desde el silencio de su corazón reza: Señor, aquí estoy que se haga tu voluntad.
La figura de Jesús, pobre e indefenso ante el tribunal que lo condena, se hace presente en estos días en las vida de tantos hermanos, víctimas de la injusticia y la falta de fraternidad, sin vivienda ni salarios dignos, muchas veces despojados de sus derechos. Son los condenados a muerte de nuestro mundo de hoy. Los mismos que Jesús amó hasta la muerte de cruz.

Para aplicar a la vida:
¿Estoy dispuesto a dar la vida por amor a los demás?
¿Qué puedo hacer para evitar que mis hermanos sean condenados a vivir sin dignidad?
Ante la injusticia, ¿nuestra actitud es la de Pilato o nos jugamos por la verdad?
Padre bueno,danos fuerza para seguir a tu hijo
por el camino de la cruz.
Danos fidelidad y valentía para vivir por la verdad.

Canto

II estación:
“JESÚS CARGA CON LA CRUZ A CUESTAS”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

"Así fue como se llevaron a Jesús. Cargando con su propia cruz, salió de la ciudad hacia el lugar llamado Calvario (o de la Calavera), que en hebreo se dice Gólgota."
Palabra de Dios (Jn. 19, 17)

El camino a la vida pasa por la cruz. Una de las condiciones del seguimiento de Jesús es la aceptación de la cruz que representa ser su discípulo. Cargar con la cruz no con resignación y fatalismo, sino con la alegría del que se da hasta el extremo. Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Jesús nos enseña una nueva manera de vivir. Ser libres es hacerse servidor de todos por amor.
La cruz representa también un instrumento de condenación y muerte. Era un castigo terrible reservado solo para pocos. El condenado era azotado y debía cargar los maderos recorriendo la ciudad. La agonía era lenta y la muerte humillante.
San Francisco de Asís se identificó con la cruz de Jesús, a tal punto que al final de su vida el Señor le concede llevar en su cuerpo las cinco llagas... tal fue su identificación con la Cruz.

Para aplicar a la vida:
Actualmente nuestro pueblo soporta distintas cruces como consecuencia de la injusticia y al violencia. ¿Las reconozco? ¿Cuáles son? ¿Cuál es nuestro mensaje y compromiso ante ellas?.
Desde la cruz, símbolo de la muerte, Dios hará renacer la esperanza de la vida nueva. ¿Cuál es el sentido de la cruz en mi vida?

Padre bueno, enséñanos a servir con toda nuestra persona.
Ayúdanos a ser generosos en la entrega, a dar siempre un poco más.
Muéstranos cómo aceptar los desafíos y riesgos de seguir a Jesús.

Canto

III estación:
“JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

"Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga. Pues el que quiera asegurar su vida la perderá, y el que sacrifique su vida (por mí y) por el Evangelio, la salvará."
Palabra de Dios (Mt. 16, 24-25)

Señor Jesús, sientes sobre tus espaldas el inmenso peso de los maderos y caes. Pero vuelves a levantarte, porque sabes que tu dolor es redención y salvación para todos aquellos que en ti creen. Queremos aprender de tu ejemplo, queremos unirnos a este amor que te llevó a sufrir tanto por el pobre y el pecador.
Señor Jesús, que tu sufrimiento nos anime y nos llene de esperanza, que sepamos ser verdaderos samaritanos, especialmente con nuestros hermanos que están sufriendo y se han cansado de cargar ese peso que ya no aguantan más. Danos la gracia de ser solidarios, como hermanos e hijos de un mismo Padre. Que tu Espíritu nos guíe en este camino de servicio y entrega y nos dé la luz necesaria para ver con claridad lo que tú quieres que hagamos.

Para aplicar a la vida:
¿Somos fieles en las dificultades que hallamos en el camino o abandonamos nuestra misón al menos tropiezo?
¿Vivimos para nosotros mismos, procurando salvar nuestra vid, o demostramos con gestos y actitudes que vivimos para los demás?

Padre bueno,necesitamos aprender perseverancia.
Que seamos constantes en nuestros compromisos, que sepamos reponernos a nuestras caídas,
que sepamos desandar el camino errado para avanzar, paso a paso, en el camino hacia el Reino.

Canto

IV estación:
JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán los pensamientos íntimos de muchos”.
Palabra de Dios (Lc. 2,33-36)

Jesús ha sido condenado injustamente. Sus amigos lo han abandonado. Al parecer está solo con su cruz y solo camino hacia su muerte.
Pero él sabe que no está solo. Sabe que está haciendo la voluntad de su Padre y su Padre está con él. Sabe además que su MADRE ESTÁ CON ÉL. Aunque ella, no pueda hacer nada para liberarlo de esa cruz. Con el corazón partido y atravesado por una espada, camina a su lado. Con su fragilidad lo sostiene y lo anima. Una vez más, aunque no entiende todo, responde a Dios: "He aquí la esclava del Señor. Que se haga en mí según tu Palabra"
Esa madre camina también junto a nosotros. Si lo sabremos los que tantas veces venimos aquí, a Pompeya, a sus pies. Cuantas veces hemos venido a pedirle su ayuda y, aunque creamos que no nos resuelve los problemas, el sufrimiento no desaparece, ni la enfermedad, ni la cruz;…sentimos que esta bendita Madre está junto a nosotros, animándonos, sosteniéndonos, compartiendo nuestras cruces y ayudándonos a llevarla como seguidores de Jesús.

Presentamos nuestras intenciones respondiendo a cada una: “Ruega por nosotros Santa Madre de Dios”

Para que en las horas de angustia, de tristeza y de dolor, te sintamos, Madre, siempre a nuestro lado, oremos…
Para que en los momentos de enfermedad, sintamos tu amor de Madre que nos cuida y nos conforta, oremos…
Por tantas madres que sufren por sus hijos, por las madres de los hijos que mueren por la locura de las guerras y la violencia, oremos…
Por las madres cuyos hijos mueren de hambre o de enfermedad, a causa del abandono, la miseria, y la irresponsabilidad de nuestros gobernantes y de una deficiente política sanitaria, oremos…
Por las madres de los hijos que mueren a mano de delincuentes o abatidos como delincuentes, oremos…
Por las madres con hijos presos y desaparecidos, oremos…
Por las madres abandonadas por sus hijos, oremos…
Por los hijos que están o se sienten solos, que no tienen una madre que los acompaña, los guíe o los consuele, oremos…

Canto

V estación:
“SIMÓN DE CIRENE AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Cuando lo llevaban, tomaron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús”.
Palabra de Dios (Lc. 23,26)

Al regresar de su trabajo, Simón de Cirene es obligado a ayudar a Jesús. No es su voluntad pero poco importa. Lo importante es que alivia a Jesús, se compromete con él. Lo libera del peso de la cruz y comparte con él su dolor.
La civilización del amor exige personas comprometidas con el sufrimiento y el dolor de los demás. Solidarias con los que sufren y los marginados. Un mundo nuevo exige cristianos que caminen juntos al pueblo compartiendo su destino. Trabajando por la promoción del hombre, haciendo más livianas las cruces de nuestros hermanos. Seguir a Jesús es vivir la solidaridad como expresión concreta y actual del mandamiento del amor.
El desafío es descubrir a Jesús que pasa a nuestro lado. Necesitado de ayuda. Vivo en las angustias del trabajador, del despedido, de la madre sola, del anciano, y en tantos más, marginados por nuestra actitud indiferente. Como Simón estamos llamados a colaborar con el que sufre... a diferencia de él, la decisión es nuestra, libre, personal. En ella se juega el aceptar al reino.

Y ahora recemos, que es también un modo de ayudarnos, respondiendo a cada súplica: “Te lo pedimos por Jesús”

Para que nunca pasemos de largo ante el hermano caído y necesitado, oremos…
Para que tengamos compasión y misericordia, compartiendo el dolor de los que más sufren, oremos…
Para que cotidianamente ayudemos, a quién esté necesitado, oremos…
Para que favorezcamos todo lo que sea solidaridad, especialmente la solidaridad popular, de base, de los humildes, oremos…
Para que apoyemos las iniciativas solidarias de nuestra parroquia y la solidaridad en campañas y organizaciones barriales y eduquemos a nuestros niños y jóvenes en la solidaridad, oremos…
Para que favorezcamos y exijamos la solidaridad grande, entre los pueblos, entre razas: solidaridad para la paz, para la justicia, contra el hambre, contra enfermedades endémicas, donación de órganos, oremos…

Canto

VI estación:
“LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

"Así como muchos quedaron espantados al verlo, pues estaba tan desfigurado, que ya no parecía un ser humano. Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban."
Palabra de Dios (Is. 52, 14; 53, 3-42)

Una piadosa mujer se te acerca a vos Señor y seca tu rostro. Cuantos hermanos sufriendo vemos en nuestro andar de todos los días…
Que sepamos descubrirte en el rostro del padre de familia que no tiene trabajo, en el anciano olvidado por su familia en los geriátricos, en el niño abandonado que tiene que andar por las calles buscando que comer, corriendo serios riesgos; en el enfermo que agoniza, y nadie se ocupa de él, en nuestros hermanos que no tienen hogares y duermen en las calles…
Señor Jesús, no permitas que rechacemos o despreciemos a los pobres, a los oprimidos, a los más pequeños, porque son tus privilegiados, aquellos que se identifican contigo.

Para aplicar a la vida:
Compasión es conmoverse, sentir con el otro su sufrimiento y experimentarlo como propio: ¿somos indiferentes al dolor de los demás?
Jesús está allí, en el hambriento, en el desnudo, en el abandonado, en el enfermo. ¿Qué hago por ellos?
La madre Teresa nos ha mostrado la posibilidad de vivir la compasión y el amor en nuestros días. ¿Qué puedes hacer, en tu ambiente, para vivir como ella?

Padre bueno, condúcenos al encuentro de los marginados de hoy.
Ayúdanos a compartir. Une nuestras manos para construir la justicia.

Canto

VII estación:
“JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

"... eran nuestras faltas por las que era destruido nuestro pecado, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados".
Palabra de Dios (Is. 53, 5)

El camino se hace largo y pesado, las fuerzas escasean y Jesús cae por tierra nuevamente. El amor es inmenso y todo lo soporta. De pie, tambaleante, sigue el camino que nos traerá la paz. Nada se consigue sin esfuerzos y el camino del cristiano no está libre de sacrificios. Jesús nos muestra que el amor al Padre es mayor que cualquier sufrimiento. Jesús en las dificultades no abandona el camino, recurre al Padre y se abandona en él. ¿Cómo actuamos nosotros?
El camino hacia el Padre encierra una apertura creciente a la voluntad de Dios y una liberación progresiva de todo lo que me impide ponerla en práctica.
A veces sentimos la tentación de bajar los brazos y no continuar adelante. Jesús nos enseña que Dios no nos abandona, siempre nos acompaña, aun en los momentos más penosos de la vida.

Para aplicar a la vida:
¿Cómo enfrentamos nuestras caídas? ¿Sabemos reconocer nuestros errores?
¿Buscamos ayuda en Dios para superar las dificultades de la vida?

Padre bueno, a veces caemos y no sabemos levantarnos.
Haznos humildes y sencillos para recomenzar el camino las veces que haga falta.

Canto

VIII estación:
“JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: “¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos”.
Palabra de Dios (Lc. 23,27-29)

Nadie como las mujeres, han comprendido la propuesta de Jesús de transformar el mundo por la  fuerza del amor y no por la violencia.
Las mujeres nos enseñan a amar y cuidar la vida, a protegerla, a defenderla, a educar para la vida y no para la muerte, para la paz y no para la guerra. Por eso nadie como Jesús supo valorar y respetar a la mujer, a toda mujer.
Ojalá también hoy nosotros lo hagamos. El mundo se salvaría realmente si no lo manejaran solamente los varones. Las Guerras, la violencia, el hambre, las injusticias irían desapareciendo, si las mujeres tuvieran más cabida en el quehacer humano, en todo lo que hace a la vida y organizaciones humanas, en la salud, la educación, la cultura, la política y la economía.

Presentamos nuestras intenciones respondiendo a cada una: “Te lo pedimos por María, bendita entre las mujeres”.

Para que entre todos aseguremos que las mujeres realmente ocupen el lugar que les corresponde en el mundo y puedan realizar la misión propia en la sociedad, oremos…
Para que permitamos a las mujeres no solo engendrar la vida, sino también cuidarla, protegerla, hacerla crecer, defenderla. Que no las abandonemos ni las forcemos al aborto o al abandono de sus hijos, oremos…
Para que valoremos especialmente el papel de las mujeres como educadoras para la ternura, la convivencia, la paz, la solidaridad y la compasión, oremos…
Para que el aporte de las mujeres en el mundo de la cultura, del trabajo, de la política y la economía, en las organizaciones de base y en los organismos oficiales, nos ayude a lograr entre todos la paz en la justicia, el bienestar en la solidaridad, oremos…
Para que valoremos también el gran servicio de las mujeres, especialmente las madres, en la educación de la fe y en la ayuda a los más necesitados, oremos…

Canto

IX estación:
“JESÚS CAE POR TERCERA VEZ”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

"Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos."
Palabra de Dios (Mt. 5, 10)

Cristo se desploma de nuevo a tierra bajo el peso de la cruz. La muchedumbre que observa, está curiosa por saber si aún tendrá fuerza para levantarse.
En el Cenáculo, inclinándose en tierra y lavándoles los pies, les mostró el verdadero camino de la humildad y abajamiento en el servicio.
Cayendo a tierra por tercera vez en el camino de la cruz, de nuevo proclama a gritos su misterio. ¡Escuchemos su voz! Este condenado, en tierra, bajo el peso de la cruz, ya en las cercanías del lugar del suplicio, nos dice: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6). «El que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12).
Que no nos asuste la vista de un condenado que cae a tierra extenuado bajo la cruz. Esta manifestación externa de la muerte, que ya se acerca, esconde en sí misma la luz de la vida.

Padre bueno, que valoremos los pequeños y grandes sacrificios de caminar tras Jesús. Gracias por los mártires de nuestro tiempo. Ellos nos muestran que el evangelio de la Vida es siempre más fuerte que la muerte y la injusticia.

Canto
X estación:
“JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

"Después de clavar a Jesús en la cruz, los soldados tomaron sus vestidos y los dividieron en cuatro partes, una para cada uno de ellos. En cuanto a la túnica, tejida de una sola pieza de arriba abajo sin costura alguna, se dijeron:«No la rompamos, echémosla más bien a suertes, a ver a quién le toca.» Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mi ropa y echaron a suertes mi túnica. Esto es lo que hicieron los soldados."
Palabra de Dios (Jn. 19, 23-24)

Llegamos al calvario. Jesús, agotado y exhausto, es desnudado delante de la multitud. Queda en la pobreza, la desnudez y el desamparo. Jesús, desnudo, herido, desolado al pie de la cruz, se hace solidario de tantos hombres y mujeres despojados de sus derechos a lo largo de la historia.
La ambición de “tener”, domina a los soldados. El hombre no importa, lo que vale son las cosas. Dramático paralelo con nuestro tiempo donde millones de hombres sufren por la ambición descontrolada de unos pocos y la escandalosa injusticia institucionalizada del sistema económico internacional.
Seguimos en este camino de la cruz con Jesús pidiendo perdón por las veces que no lo descubrimos en el rostro de los marginados y pidiéndole revestirnos de él; revestirnos de solidaridad que puede cubrir la muchedumbre de nuestros pecados, y puede devolver la dignidad al que ha sido despojado.

Presentamos nuestras intenciones respondiendo a cada una: “Perdónanos Señor”

Por tantas veces que nos hemos conmovido ante tu recuerdo o imagen de niño recién nacido, pobre y desnudo en el pesebre y no nos hemos conmovido por tantos niños que nacen en la miseria y despojados de toda posibilidad de vivir dignamente, oremos…
Por tantas veces que nos hemos conmovido al verte desnudo en la cruz, sin conmovernos por tantos hombres despojados de su dignidad, de sus derechos, de sus posibilidades de vivir como seres humanos, oremos…
Por nuestra insensibilidad ante la miseria de cerca o de lejos, de pueblos indígenas, de naciones enteras, que nos hemos acostumbrado a ver como espectáculo televisivo, oremos…
Por nuestras complicidades con sistemas jurídicos que excluyen a los trabajadores, a los jubilados, a los débiles, a los ignorantes; privándolos de lo que les corresponde, oremos…
Por nuestro cansancio y abandono, por nuestras renuncias a querer cambiar las cosas por la fuerza de la solidaridad, oremos…
Por nuestros despilfarros, gastos superfluos, consumismo estéril, mientras cada vez más gente está privada de todo, oremos…

Canto
XI estación:
“JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, lo crucificaron junto a dos ladrones, no a su derecha y otro a su izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es Mesías de Dios, el Elegido!”. También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. Sobre su cabeza había una inscripción: “Este es el rey de los judíos”.
Palabra de Dios (Lc 23,33-34ª.35-38)

Clavado en la cruz espera pacientemente el momento de dar la vida. En su dolor tiene tiempo pata los que lo rodean. Su compasión no tiene límites. Abandonado y humillado pide perdón por quienes lo están matando. Es el punto máximo del amor: el perdón. Sólo Jesús es capaz de semejante demostración de amor. Desinteresado, despreocupado y descentrado de sí mismo. Su pensamiento gira en torno a quienes lo rodean: Padre, perdónalos.

Para aplicar a la vida:
Para Jesús, perdonar a sus enemigos es una exigencia del amor. ¿Cómo actuamos nosotros con las personas que no nos caen bien, que no piensan como nosotros, y aun con aquéllas que nos hacen mal?
Jesús muere por nuestros pecados, personales y sociales. ¿Qué situaciones de pecado de nuestra sociedad empujan los clavos de Jesús?

Padre bueno, Jesús cargó con nuestro pecado, llevó adelante nuestras faltas
para liberarnos del mal. Haz que vivamos en espíritu de conversión permanente.

Canto

XII estación:
“JESÚS MUERE EN LA CRUZ”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y diciendo esto, expiró”.
Palabra de Dios (Lc 23,44-49)

Señor Jesús, has muerto y ya no estás con nosotros. No pudimos reconocerte, no nos dimos cuenta que tú eras el Mesías, no creímos que tú eras el Hijo de Dios… Como nos cuesta creer, como nos cuesta confiar, nuestra esperanza se nos va desvaneciendo… Nuestro Salvador ha muerto… No sabemos que hacer, en quien esperar, todo parece un fracaso, parece como que si todo terminara aquí, en este hecho de la cruz… pero nos queda confiar en aquel que solamente puede darnos una respuesta y una solución a esto, esperar en el Padre Dios…

Momento de silencio.   (Invitar a ponerse de rodillas, los que pueden)

Padre bueno, ante la cruz de Jesús, me comprometo a vivir anunciando el Evangelio
y construyendo el Reino donde Tú me llames a servir.

Canto

XIII estación:
“JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ Y ENTREGADO A SU MADRE”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido enterrado aún”.
Palabra de Dios (Lc 23,50-53)

Han devuelto a las manos de la Madre, el cuerpo sin vida del Hijo. El Evangelio no habla de lo que ella experimentó en aquel instante. La Virgen, de la fidelidad a la Palabra de Dios. María, presente en la cruz y presente junto a cada uno de nosotros. Contagiándonos su fidelidad y su fortaleza para seguir a Jesús. Al pie de la cruz, la Virgen fiel nos enseña que ella acompaña a todos los que buscan a su hijo. Ella también es nuestra madre para siempre. María observa cómo descienden el cuerpo de su hijo amado. Aparentemente, el justo ha fracasado y la muerte ha vencido una vez más.
Señor Jesús, mueres como uno de tantos, como uno más, y eres depositado en un sepulcro. Nos queda esperar, tus discípulos y amigos, no pueden creer como terminó todo. Parece que no hay nada más, que todo fue una ilusión, el esfuerzo fue en vano, ya no hay más nada que hacer. Pero el Padre Dios mostrará su gloria al resucitarte y allí encontraremos el sentido de nuestra fe. Seguimos caminando y esperando en Dios, nuestra única esperanza.

Presentamos nuestras intenciones respondiendo a cada una: “Danos esperanza, Señor”

Porque a veces nos parece que todas las cosas andan mal y que ya no vale la pena intentar cambiar nada, oremos…
Porque pareciera que en todas partes han muerto las utopías, se acabaron los ideales y en todo el mundo triunfan los inescrupulosos, los corruptos, los poderosos, oremos…
Porque pareciera que nadie valora los esfuerzos cotidianos, el trabajo honesto, la solidaridad de los humildes, oremos…
Porque la muerte pareciera ganar la lucha y van quedando sepultadas todas las esperanzas, oremos…
Porque a nuestros jóvenes se los quiere intoxicar no solo con drogas sino también con el consumismo, la pornografía, la violencia, para que no sueñen con un mundo distinto y mejor, oremos…
Por el dolor de tener que sepultar seres queridos, oremos…

Canto

XIV estación:
“JESÚS ES SEPULTADO”

Te Adoramos CRISTO y te Bendecimos.
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

"Estaban tan asustadas que no se atrevían a levantar los ojos del suelo. Pero ellos les dijeron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que vive?.No está aquí. Resucitó. Acuérdense de lo que les dijo cuando todavía estaba en Galilea."
Palabra de Dios (Lc 24, 5-6)

Jesús es enterrado. Ha muerto. Pero el plan de salvación triunfa: Cristo resucita!!!
"Si hemos muerto con él, viviremos con él" (2 Tim. 2,11). De la muerte nace la vida, del sufrimiento y la frustración surge la esperanza. Nos ha liberado del pecado y de la muerte. Donde el mundo ve frustración y sin sentido, Dios hace estallar la vida. Nuestra esperanza no fue en vano. ¡Jesús Vive! Dios lo resucitó y nos muestra que la muerte fue vencida por la vida.

Luego de la Resurrección, los discípulos dieron sus vidas por este proyecto salvador de Jesús. Él nos llama hoy a continuar esa misión, como lo hicieron los apóstoles. Nos ha dejado su Espíritu para que seamos sus testigos, para que tengamos coraje en el enuncio del Evangelio, para que nuestro testimonio sea verdadero. La Resurrección nos debe quitar de la indiferencia, del individualismo, de la hipocresía. Nos enseña a valorar la vida, y a ser defensores de ella. Nos pone en camino, nos hace servidores de los hermanos, solidarios del que más necesita, constructores y protagonistas de la historia que hoy nos toca vivir en nuestro país…

El Documento de Puebla nos muestra cuáles son los rostros de nuestro tiempo a los que debemos atender (DP 32). La situación de extrema pobreza generalizada, adquiere en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela:

Rostros de niños, golpeados por la pobreza desde antes de nacer, por obstaculizar sus posibilidades de realizarse a causa de deficiencias mentales y corporales irreparables, los niños vagos y muchas veces explotados, de nuestras ciudades, fruto de la pobreza y desorganización moral familiar;

rostros de jóvenes, desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad; frustrados, sobre todo en zonas rurales y urbanas marginales, por falta de oportunidades de capacitación y ocupación;

rostros de indígenas y con frecuencia de afroamericanos, que viviendo marginados y en situaciones inhumanas, pueden ser considerados los más pobres entre los pobres;

rostros de campesinos, que como grupo social viven relegados en casi todo nuestro continente, a veces, privados de tierra, en situación de dependencia interna y externa, sometidos a sistemas de comercialización que los explotan;

rostros de obreros, frecuentemente mal retribuidos y con dificultades para organizarse y defender sus derechos;

rostros de subempleados y desempleados, despedidos por las duras exigencias de crisis económicas y muchas veces de modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos económicos;

rostros de marginados y hacinados urbanos, con el doble impacto de la carencia de bienes materiales frente a la ostentación de la riqueza de otros sectores sociales;

rostros de ancianos, cada día más numerosos, frecuentemente marginados de la sociedad del progreso que prescinde de las personas que no producen.

Esta es la realidad en la que estamos insertos y en la que estamos llamados a dar testimonio de la resurrección de Jesús. Vayamos a dar testimonio de la Esperanza, Cristo Vive y está a nuestro lado, al lado del más pobre y enfermo, no tengamos miedo, ÉL VENCIO!!!


Canto final

Fuente: Fray Jorge Cittadini, Ofm Capuchinos. A él nuestro agradecimiento

¡ Lo sabìas ?


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El Vía crucis es una devoción centrada en los Misterios dolorosos de Cristo, que se meditan y contemplan caminando y deteniéndose en las estaciones que, del Pretorio al Calvario, representan los episodios más notables de la Pasión.

La difusión del ejercicio del Vía crucis ha estado muy vinculada a la Orden franciscana. Pero no fue San Francisco quien lo instituyó tal como lo conocemos, si bien el Pobrecillo de Asís acentuó y desarrolló grandemente la devoción a la humanidad de Cristo y en particular a los misterios de Belén y del Calvario, que culminaron en su experiencia mística en la estigmatización del Alverna; más aún, San Francisco compuso un Oficio de la Pasión de marcado carácter bíblico, que es como un «vía crucis franciscano», y que rezaba a diario, enmarcando cada hora en una antífona dedicada a la Virgen. En todo caso, fue la Orden franciscana la que, fiel al espíritu de su fundador, propagó esta devoción, tarea en la que destacó especialmente San Leonardo de Porto Maurizio.

El Vía crucis consta de 14 estaciones, cada una de las cuales se fija en un paso o episodio de la Pasión del Señor. A veces se añade una decimoquinta, dedicada a la resurrección de Cristo.

 En la práctica de este ejercicio piadoso, las estaciones tienen un núcleo central, expresado en un pasaje del Evangelio o tomado de la devota tradición cristiana, que propone a la meditación y contemplación uno de los momentos importantes de la Pasión de Jesús. Puede seguirle la exposición del acontecimiento propuesto o la predicación sobre el mismo, así como la meditación silenciosa. Ese núcleo central suele ir precedido y seguido de diversas preces y oraciones, según las costumbres y tradiciones de las diferentes regiones o comunidades eclesiales.

En la práctica comunitaria del Vía crucis, al principio y al final, y mientas se va de una estación a otra, suelen introducirse cantos adecuados.

                                                                                                   Fr. Jorge Cittadini OFM Cap.

Padre Pio y el Arcàngel san Miguel


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Se trabó una batalla en el cielo:
Miguel y sus ángeles declararon guerra al dragón (Ap 12,7)

El 3 de julio de 1917, el Padre Pío peregrinó a la Gruta del Gárgano para venerar a san Miguel, de quien era devotísimo.
Con anterioridad a esta fecha había experimentado repetidas veces la protección del Arcángel en sus luchas contra Satanás, en Pietrelcina o en el convento de Santa Ana, en Foggia.
Muchas veces había deseado hacer la misma peregrinación que había llevado a cabo, siglos antes, su seráfico Padre san Francisco.

Manifestó este deseo a su superior, el padre Paulino de Casacalenda, y éste, apenas los seminaristas terminaron los exámenes, organizó el viaje al Monte Sant’Angelo en honor del Patrono de la provincia religiosa capuchina de Foggia, tanto para premiar a los colegiales como para complacer al Padre Pío.
La comitiva, formada por el venerado Padre, por Nicolás Perrotti, Vicente Gisolfi, Rachelina Russo y los 14 seminaristas, se dirigió desde San Giovanni Rotondo hacia el Monte Sant’Angelo, a las 3 de la mañana del día señalado.

El Padre Pío hizo a pie un buen trecho del recorrido, pero después, a causa de la enfermedad que padecía, fue obligado a subirse a una carreta.
Cuando despuntaba el sol, caminó algunos pasos a pie para desentumecer las piernas y entonó el santo Rosario, intercalando devotos cantos en honor de la Virgen y de san Miguel.
Al entrar en el santuario, se emocionó profundamente. De repente, al recordar lo que le había sucedido en aquel lugar al Poverello de Asís, que, juzgándose indigno de entrar en la Gruta, se detuvo a la puerta y pasó allí la noche entera ensimismado en oración, se arrodilló y, envuelto en lágrimas, besó con respeto y gran humildad el umbral de la Gruta. Después, y una vez escuchada la explicación del canónigo sacristán, que le mostró la TAU grabada por san Francisco, entró y se postró de rodillas a los pies del altar de san Miguel, en devota y profunda meditación.

Rezó por él, por la provincia religiosa capuchina, por la Iglesia, por la paz en el mundo, por todos sus hermanos de religión y por los soldados expuestos al peligro de la guerra. Todo y a todos encomendó a san Miguel.

De la roca de arriba caían de continuo, fruto de la gran humedad, gruesas gotas de agua. Con gran sorpresa de los seminaristas, que enseguida testimoniaron el singular suceso, el Padre Pío permaneció sin mojarse.
Uno de los colegiales, queriendo hacer una prueba, se colocó junto al venerado Padre, pero muy pronto quedó bañado por el agua.

El Padre Pío permaneció largo rato concentrado en la oración y totalmente ajeno a la realidad.
Desde aquel día su devoción al Príncipe de los ejércitos celestiales experimentó un sensible y fuerte impulso. Cada año hacía una cuaresma de preparación para la fiesta del Arcángel. A las almas que se acercaban a él, el Padre Pío les hablaba siempre del poder de san Miguel. Eran continuas sus invitaciones a dirigirse con confianza a este glorioso Arcángel, sobre todo en las tentaciones.

A los fieles que se acercaban a San Giovanni Rotondo el venerado Padre les animaba a continuar la peregrinación hasta el Monte Sant’Angelo, para venerar a san Miguel en su santuario. Con frecuencia esta invitación era la «penitencia sacramental» que imponía al final de la confesión. Además, si sabía de alguien que iba a marchar al Monte Sant’Angelo, le pedía para sí una oración a san Miguel.

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri

La Noche oscura del alma


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La idea de la noche oscura, o alta noche del espíritu, nace en la mística cristiana y remonta, de modo particular, a Gregorio de Nissa, aunque es Juan de la Cruz, que le otorga un valor primario por la vida espiritual y por la experiencia mística.

Por Donato Calabrese

La noche oscura o Noche del espíritu, es una experiencia desoladora y mientras tanto privilegiada por la vida misma del alma, en la que Dios purifica y renueva, dejando "el intelecto en las tinieblas, la voluntad en la aridez, la memoria sin recuerdos y los cariños inmersos en el dolor y en la angustia".

Efectivamente, "el alma no puede adherirse a Dios a través de una unión trasformante o boda espiritual hasta cuando no se purifica de todas sus miserias y debilidades".

En esta Noche espiritual Dios dona de vez en vez un poco de alivio; pero el alma volverá enseguida a sentirse inmersa en las tinieblas, hasta cuando no entre en la última fase de la vida de perfección que es la unión trasformante.

Las primeras señales, si así podemos llamarle, de la que Padre Pio llama la noche del alma, remontan al año anterior, y precisamente en la carta escrita al padre Benedetto de san Marco en Lamis, dónde puntea, a tintes hoscos, el estado íntimo de su espíritu y los efectos de la oscuridad desoladora en la que sabía afanosamente la "lejanía" de Dios. Una tal situación provoca un dúplice efecto en su íntimo: el pensamiento que la misma alma haya sido infiel con su Dios y la cognición que el amor misericordioso de Jesús no deja de hacerse sentir en su corazón agitado, aunque él percibe intensamente la oscura noche del espíritu, por la que no filtra tampoco un rayo de luz divina.

Es la "noche oscura". Hasta ahora el alma ha vivido alegrándose de consuelos divinos y dejándose mecer del amor de Dios. Ahora, en cambio, las alegrías y los consuelos desaparecen completamente, y se encuentra hundida en la oscuridad más oscura de la fe, con un tormento que Padre Pio reputa parecido a las as almas que han perdido para siempre el Dios.

La idea de la noche oscura, o alta noche del espíritu, nace en la mística cristiana y remonta, de modo particular, a Gregorio de Nissa, aunque es Juan de la Cruz, que le otorga un valor primario por la vida espiritual y por la experiencia mística.

La "noche oscura" no debe ser interpretada sólo en sentido negativo, a causa del aridez espiritual que vive el alma, pero también como tiempo privilegiado en que la misma es purificada y transformada por el amor, uniéndose a Dios, como se entrevé admirablemente en estas versículas poéticas de Juan de la Cruz, el que la Iglesia Católica honra del título de Doctor Mysticus: "¡Oh noche que me guiaste!, ¡oh noche amable más que el alborada!, ¡oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada.

La "Noche" "consiste en una prolongada y profunda purificación de las facultades o potencias del alma: intelecto, memoria y voluntad. En este estado Bien la Cumbre purifica la sustancia del alma como el oro purifica en el crisol, haciendo experimentarlas el vacío interior, para llenarla de si. Soy la fe, la esperanza y la caridad, que tienen por sede el intelecto, la memoria y la voluntad, a purificar concretamente estas facultades del alma, por luego disponerla a la unión con Dios.

La luz de la contemplación infusa y la oscuridad de las mismas imperfecciones conducen el alma a un profundo tormento de amor, ya que percibe sus límites naturales que le impiden ser unida a Dios. Eso aún más empuja el alma a desear el amor de perfección que todo lava y purifica. Atravesando tal noche, el alma se pone resplandeciente como ocurre con la madera que, al contacto con el fuego, se transforma, primera perdiendo su humedad, luego secándose hasta a arder de luz nueva".

La Noche del espíritu no es, por lo tanto, una simple abstracción, pero pertenece a la vida cristiana y de modo particular a la experiencia sumamente espiritual. Como los escaladores de las cumbres alpinas, las almas místicas se encaraman sobre las cumbres del espíritu, a la búsqueda anhelante de aquel Dios que llama a la alegría y a la comunión, donando la ternura, el amor y el consuelo de su presencia; luego la purifica en la "Noche oscura". No al azar, Juan de la Cruz utiliza las mismas estrofas citadas antes, en otra obra suya que evoca la escalada de un monte: La Subida del monte Carmelo.

En describirle al padre Benedetto la alta noche del espíritu, Padre Pio afirma que, salida "el alma de esta prueba de fuego, se hace siempre aliviada principalmente por los vestidos del hombre viejo".

Padre Pio está solo. Sólo e inmerso en la desolación más desgarradora, continuando a querer creer y querer aquel mismo Dios que parece negarse de contestar a sus extenuantes invocaciones. No deja de creer y querer, "esperando" contra cada esperanza. Sin embargo, también en él están realizándolas lentamente admirables estrofas poéticas de Juan del Cruz: "¡oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!".

La noche oscura del alma es el último de un largo camino de purificación que Padre Pío vive en Pietrelcina.

Durante la misión del Gargano, la noche oscura noche dará paso a otra prueba que lo acompañará durante casi toda su vida.

Carta a Anita Rodote


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Ten siempre ante los ojos de la mente, como prototipo y modelo, la modestia del divino Maestro; modestia de Jesucristo que el apóstol, en palabras a los Corintios, coloca al mismo nivel que la mansedumbre, que fue una de sus virtudes más queridas y casi su virtud característica: «Yo, Pablo, os exhorto por la mansedumbre y por la modestia de Cristo»; y, a la luz de un modelo tan perfecto, reforma todas tus actuaciones externas, que son el espejo fiel que manifiesta las inclinaciones de tu interior.
No olvides nunca, oh Anita, a este divino modelo; imagínate que contemplas cierta amable majestad en su presencia; cierta grata autoridad en su hablar; cierta agradable compostura en su andar, en su mirar, en su hablar, en su dialogar; cierta dulce serenidad en el rostro; imagínate el semblante de aquel rostro tan sereno y tan dulce con el que atraía hacia sí las multitudes, las sacaba de las ciudades y de los poblados, llevándolas a los montes, a los bosques, a lugares solitarios, y a las playas desiertas del mar, olvidándose incluso de comer, de beber y de sus obligaciones domésticas.
Sí, procuremos copiar en nosotros, en cuanto nos es posible, acciones tan modestas, tan decorosas; y esforcémonos, en cuanto es posible, por asemejarnos a él en el tiempo, para ser después más perfectos y más semejantes a él por toda la eternidad en la Jerusalén celestial.

                                                                                                         25 de julio de 1915,  Ep. III, p. 86

Acerca de la Santidad


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"Santidad quiere decir ser superiores a nosotros mismos, quiere decir victoria perfecta sobre todas nuestras pasiones, quiere decir despreciarnos verdadera y constantemente a nosotros mismos y a las cosas del mundo, hasta preferir la pobreza a la riqueza, la humillación a la gloria, el dolor al placer. La santidad es amar al prójimo como a nosotros mismos y por amor a Dios. La santidad, en este punto, es amar también a quien nos maldice, nos odia, nos persigue, incluso hasta hacerle el bien. La santidad es vivir humildes, desinteresados, prudentes, justos, pacientes, caritativos, castos, mansos, trabajadores, observantes de los propios deberes, no por otra finalidad que la de agradar a Dios, y para recibir sólo de él la merecida recompensa.
En síntesis, según el lenguaje de los libros sagrados, la santidad, oh Raffaelina, posee en sí la virtud de transformar al hombre en Dios.

(Xarta del 30 de diciembre de 1915, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 541)

"Padre Pio Apòstol de la Misericordia" por Fr Carlos M. Laborde


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“El Padre Pío, Apóstol de la Misericordia”
Congreso Nacional de los Grupos de Oración
San Giovanni Rotondo, 23 de junio de 2016
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Queridos hermanos y hermanas , en el corazón de este Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia, que toda la Iglesia está celebrando con gran júbilo y fecundidad espiritual, tenemos la alegría de reencontrarnos para vivir nuestra cita anual del Convenio Nacional de los Grupos de Oración de Padre Pío, aquí, en la Casa Alivio del Sufrimiento, “Obra corporal de misericordia”, como la definió el Papa Francisco. Es nuestra casa, donde cada grupo y cada miembro de los grupos deben sentirse a su gusto, como en su casa. Es el Padre Pío quien nos reúne como “ la gallina que cobija sus pollitos bajo las alas” (Lc. 13, 31-35), para que experimentemos un tiempo de gracia particular, para que podamos meditar, reflexionar, intercambiar ideas, vivir una experiencia de fraternidad que nos haga sentir miembros de una gran familia presente no sòlo en todas la regiones de Italia, sino también en muchos países del mundo. El tema sobre el cual vamos hoy a reflexionar, es, obviamente, y no podía ser de otra manera: “El Padre Pío, apóstol de la Misericordia”. Su total dedicación al ministerio de la reconciliación, con una fidelidad y una entrega que podríamos definir heroicas, nos interpela sobre la importancia de este sacramento,  la prioridad de la conversión, la necesidad que tenemos de la misericordia de Dios. El Padre Pío, atado a un confesionario durante 52 años en San Giovanni Rotondo, sin permitirse una pausa, un día de descanso o de ocio, nos dice sobre todo que el pecado es una cosa seria, que el perdón de Dios es vital, que sin la misericordia de Dios el hombre no puede sobrevivir, que el sacramento de la penitencia o reconciliación es un don de la bondad y de la benevolencia de Dios. En un tiempo como el nuestro, caracterizado por la pérdida de la fe, el relativismo moral, el individualismo exasperado, la superficialidad y conflictualidad que contradistinguen las relaciones interpersonales, el testimonio de santidad del Padre Pío de Pietrelcina ministro de la reconciliaciòn es extraordinariamente actual y elocuente.
El ministerio sacerdotal del Padre Pío, para emplear una feliz expresión de San Juan Pablo II, se divide entre “el altar y el confesionario”, sin olvidar obviamente la dirección espiritual. El ministerio de la reconciliación ocupaba gran parte de sus jornadas. Un tiempo en el cual el humilde fraile estaba en contacto directo con la gente, cargándose los sufrimientos e inquietudes de cuantos se acercaban a su confesionario buscando el perdón de Dios, implorando el amor divino. En este sentido, el Papa Francisco, en la audiencia privada concedida a los Grupos de Oración en la Plaza de San Pedro el 6 de febrero de 2016 afirmò: “El Padre Pío ha sido un servidor de la misericordia. Lo fue a tiempo ilimitado, practicando, muchas veces hasta el agotamiento, el apostolado de la escucha”. Seguidamente afirmó: “Se ha transformado a través del ministerio de la Confesión, en una caricia viviente del Padre, que cura las heridas del pecado y renueva el corazón con la paz”. San Pío no se cansó nunca de acoger a las personas y de escucharlas, de gastar tiempo y energìas para difundir el perfume del perdón del Señor”.
Para comprender mejor còmo el Padre Pío vivía su ministerio eclesial, podemos citar un fragmento de una de sus cartas escrita al Padre Agostino de San Marco in Lamis, en julio de 1918 (antes de la estigmatización acaecida el 20 de septiembre del mismo año), en la cual describe como su tiempo está dedicado a la cura de las almas: “Las horas de la mañana están ocupadas casi exclusivamente en la escucha de las confesiones. Pero ¡viva Dios que me asiste con su Gracia! (Ep. I, 1055).
Escribiendo màs tarde al  Padre Benedetto de San Marco in Lamis, el 3 de junio de 1919, nos muestra que el sacramento de la reconciliación es como un puerto seguro, un lugar en el cual se convierte el mal en bien: “No tengo un minuto libre: todo el tiempo está dedicado a desatar a los hermanos de las ataduras de satanás. Bendito sea Dios [...] la mayor caridad es la de arrancar almas conquistadas por satanás y ganarlas para Cristo. A esto apunto continuamente, día y noche […] . Aquí vienen numerosas personas de cualquier clase y de ambos sexos con el ùnico objetivo de confesarse y por este motivo soy requerido. Hay espléndidas conversiones”. (Ep. I, 1145). Un testimonio por demàs significativo que nos hace pensar en el pasaje de la primera multiplicación de los panes en el cual Jesús dice a sus discípulos: “Dadles vosotros mismos de comer” (Lc. 9, 13). El servicio del P. Pío es, por lo tanto, cifra y medida de cuanto sucede en la Eucaristía. En esta última, de hecho, se conmemora la muerte de Jesús, su sacrificio, por eso, es llamado el modelo de todo servicio cristiano. Así también en el ministerio sacerdotal existe un morir a sí mismo, una aniquilación, así como ha hecho Jesús. Entendemos porqué el Padre Pío pudo afirmar fehacientemente que no tenìa tiempo libre. Asì testimonia de la numerosa afluencia de fieles, la voluntad de la gente por confesarse. Está claro que la gente buscaba a Dios y todavía hoy en el sacramento de la reconciliación busca su amor y su perdón. De hecho hay un primado de Dios y un ser instrumento del Siervo:  lo vemos cuando el Padre Pío hace referencia a las “espléndidas conversiones”.
Podemos decir, de hecho, que la gente que recurría al confesionario, al “trono de la Gracia Divina”, no buscaba otra cosa que hacer experiencia del amor y del perdón divino. La gente buscaba y busca todavía a Dios. El Padre Pío ofrecía a todos aquellos que se le presentaban un itinerario de seguimiento de Cristo. Muchos acogían la invitación a la conversión. Encontrando en el confesionario la misericordia de Dios, reencontraban así la verdad sobre sí mismos y sobre su propia existencia, el sentido de la vida, frecuentemente perdido u ofuscado por la “dictadura del pecado”.
Podrìamos preguntarnos cómo el Padre Pío, agobiado por tantos sufrimientos físicos y morales, tuviese la capacidad de inmolarse tan generosa y  fielmente por los fieles que recurrían a él. La respuesta nos la da una vez más el Papa Francisco en el ya citado discurso: “Podía hacerlo porque estaba siempre sujeto a la fuente: se saciaba continuamente de Jesús Crucificado, y de esta forma se transformaba en un canal de misericordia. Llevó en el corazón a numerosas personas y muchos sufrimientos, uniendo todo al amor de Cristo que se ha dado “sin medida” (Jn. 13,1). Ha vivido el gran misterio del dolor ofrecido por amor. De este modo, su pequeña gota se trasformó en un gran manantial de misericordia, que irrigó numerosos corazones desiertos y creó un oasis de vida en muchas partes del mundo”.
El Padre Pío, confesor severo, “rudo sòlo en apariencia”
La aparente dureza que a menudo el Padre Pío de Pietrelcina empleaba con los penitentes era en vista de su conversiòn. Muchos que recurrían a él, aún siendo motivados, aún sintiéndose deseosos de confesarse,- porque la gracia divina opera constantemente en el corazón de los fieles- podían tener necesidad de una ulterior purificación, frecuentemente puesta de manifiesto justamente por aquel comportamiento aparentemente rudo del santo confesor que les invitaba a abandonar el confesionario. Sin embargo, vuelven a la mente las palabras de la Escritura: “Como es verdad que yo vivo –oráculo del Señor Dios- no gozo de la muerte del impío, sino que el impío desista de su conducta y viva” (Ez. 33,11). Así que todos aquellos que habían sido alejados del confesionario regresaban con un “corazón contrito y humillado” (Salmo 50), sobretodo, habiendo recibido la gracia de una real inteligencia del propio pecado. Lo que, por ejemplo, le había faltado inicialmente a David, cuando no comprendió que la profecía de Natán se referìa a él. El rey salmista testimoniará en aquel admirable Salmo 50 haber recibido después el don y  la capacidad de ver claro el propio pecado: “Lávame de todas mis culpas, purifícame de mi pecado. Reconozco mi culpa, mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti sòlo he pecado, lo que es malo a tus ojos, yo lo he hecho”. Subrayar este aspecto, adquirir esta consciencia, es un don que proviene de Dios. Aquél pecado reconocido y percibido en su gravedad, es acogido por Dios. El Padre Pío frecuentemente “se limitaba” a ratificar lo que por gracia divina “veía” ya realizado en el corazón de Dios y en el corazón del penitente que se encontraba ante él. La Escritura afirma pues, que Dios se olvida de nuestros pecados: “Entonces mi amargura se trocarà en bienestar, pues tù preservaste mi alma de la fosa de la nada, porque te echaste a la espalda todos mis pecados” (Is. 38,17). El mismo Papa Francisco dijo, bromeando, en el curso de una catequésis, que Dios tiene un solo defecto: ¡Se olvida de todos nuestros pecados!
Su severidad pues estaba al servicio de la pedagogía divina que tiene un proyecto para cada uno de nosotros y apunta a nuestra adhesión a la obra de salvación.
Un estilo que en ciertos aspectos recuerda el modo de actuar del mismo Dios, cuando en distintos fragmentos proféticos del AT parece casi “entrar en causa”, “en litigio” con su pueblo. De hecho, Dios inicialmente rehùsa de perdonar el pecado de su pueblo, y sòlo después de un tiempo establecido deja entrever la riqueza de su perdón. Esta experiencia, narrada por los profetas, tal vez pueda explicar por qué el Padre Pío acogía y a veces rechazaba al pecador. Sintiéndose  rechazado y alejado, el penitente podía reflexionar sobre su propio pecado y el estado de miseria en que éste lo habìa sumido y por tanto retornar verdaderamente convertido al confesionario. Todo es obra de la gracia divina que trabaja en el corazón del hombre.
Mientras tanto, el Padre Pío continuaba rezando y sufriendo por aquel pecador alejado e invitado a volver después de un cierto tiempo; a sus sufrimientos físicos y morales, solía anadir otras formas de penitencia y de mortificación corporal,  como la privación de la comida o del  sueño. Todo para la conversión de aquel pecador que después fatalmente volvería arrepentido sellando el perdón de Dios con “un abrazo pacificante”.
En la narración de los Evangelios, también Jesús acoge a los pecadores, pero los pone ante la verdad sobre sí mismos, les invita a releer su propia existencia con los ojos de una renovada fe en El, la única capaz de hacer brotar la novedad de vida: “Ni yo te he condenado, vete y de ahora en adelante no peques más” (Jn. 8,11).
Hay que anadir también que con frecuencia, existía una actitud superficial por parte de algunos por decir asì “penitentes” que se acercaban al confesionario por muchos otros motivos, no necesariamente para confesarse y retomar un verdadero camino de conversión, que provocaba las reacciones airadas del Padre. A este propósito se refiere el Padre Eusebio Notte de Castelpetroso: “El confesionario era el único medio para acercarse al Padre Pío y pedirle algún consejo, por eso todos querían ir a confesarse. Una enorme multitud, con una conducta poco educada… hecha de peleas, rinas, palabrotas… con tal de alcanzar el objetivo. A la confesión de los pecados y al arrepentimiento de las culpas nadie pensaba. Esto era uno de los motivos principales por el cual el Padre los echaba sin la absolución. No quería que el sacramento de la confesión fuese profanado con su complicidad. Fue entonces cuando el superior tuvo la idea de implementar un sistema de reservaciones, algo realmente extraño, pero que en cierto modo resolvió el problema.
“Cincuenta o sesenta mujeres, que presumiblemente el Padre habrìa confesado cada mañana, eran preparadas acerca de cómo debían confesarse”.
“No empezar con los pedidos o preguntas de cosas materiales: estas estaban reservadas para el final de la confesión. La precedencia correspondìa a los pecados mortales, al número, a la especie, y después a los pecados veniales”.
“Estos pecados, para obtener la absolución del Padre Pío y el perdón de Dios, suponían algo importante: reconocer de haberse equivocado, trasgrediendo los mandamientos del Señor y arrepentirse (…). Entonces la absolución estaba garantizada y se encontraba, no un Padre Pío juez, sino un padre con una dulzura infinita, que te invitaba a la conversión y al arrepentimiento.
“Una confesión hecha de este modo, te autorizaba a pedirle al Padre todo lo que querías.
“Si no se respetaban estas normas, o peor aún, si no había un cierto arrepentimiento, el Padre lo provocaba cerrándoles la ventanilla en la cara sin demasiada gracia (…). Pero sin embargo, es de notar que no te mandaba al infierno, sino que agregaba siempre: “Vete, vuelve dentro de un mes, dos meses”, etc. El regreso y la conversión estaban casi asegurados. Sellados por “una confesión dulcísima e inolvidable” (E. Notte, Padre Eusebio e Padre Pio. Briciole di storia. Grafiche Grilli, Foggia, 2007, pp. 155).
Hay otro aspecto no menos considerable en la pedagogía del Padre Pío confesor, su celo por la gloria y los derechos de Dios asì como también por la salvación de las almas. El mismo ha escrito al Padre Benedetto de San Marco in Lamis el 20 de septiembre de 1921: “Todo se compendia en esto: estoy devorado por el amor de Dios y por el amor al prójimo. Dios está siempre para mi fijo en la mente y estampado en el corazón. Nunca lo pierdo de vista: me conmueve admirar su belleza, su sonrisa, sus turbaciones, su misericordia, su venganza o mejor dicho el rigor de su justicia (…) Créame, padre, que los enojos que a veces me sobrecogen son causados por esta dura prisión (…) ¿Cómo es posible ver a Dios que se aflige y no afligirse? Ver a Dios al límite de arrojar su zaeta, y buscando otra solución no encontrar más que alzar la mano y detener su brazo, y la otra dirigirla temblorosa al hermano, con un doble fin: que arroje lejos de si el mal y que se aparte, y rápidamente, de ese lugar donde se encuentra, porque la mano del juez está por descargarse sobre él? Créame, que en ese instante, mi interior no queda conmovido y mucho menos alterado. No siento otra cosa que no sea querer lo que Dios quiere. Y en El me siento siempre reposado, al menos en mi interior, exteriormente sin embargo a veces un poco incómodo” (Epístola I, p. 1247).
El Padre Carmelo de Sessano testimonia: “Después de una riña bastaba que volviera la cabeza hacia él para verlo de nuevo sonreír, como si nada hubiera ocurrido. Me sucedió una vez al observarlo, que quedé sorprendido, tanto que le dije: <Pero, Padre, hace un instante parecía el fin del mundo, ¡en cambio ahora todo es cielo!> Y él a mi: <Hijo mío, me turbo sòlo en la superficie, pero dentro, en el corazón, hay siempre sobrada calma y serenidad>. (Carmelo de Sessano, Testimonianza su Padre Pio, P. Pio da Pietrelcina, San Giovanni Rotondo, 2000, p.10).
Es además interesante notar como el Padre Pío exhortaba a sus hermanos sacerdotes a no imitarlo. A un confesor que echó a un penitente que, obviamente, no volvió más, le dijo: “Es un lujo que tù no te puedes permitir”
En otra circunstancia, cuando algunos hermanos sacerdotes le preguntaron: “Cuando usted no absuelve, esas almas recurren a nosotros. ¿Qué debemos hacer: absolver o no?, el Padre Pío respondió: “Vosotros debéis absolver, el Padre Pío es uno solo”.
Como afirma Stefano Campanella, en su reciente obra “La Misericordia in Padre Pio”: “El contacto directo con el Señor consentía, de hecho, a aquel fraile no sòlo de escrutar el corazón, sino también de conocer el itinerario de purificación más eficaz para obtener de los pecadores un arrepentimiento más profundo, una verdadero resurrecciòn”.
Interesante aún en este aspecto es el testimonio del Padre Peregrino Funicelli de San Elia a Pianisi,  quien le preguntò al Padre Pìo:“Las personas dejadas por él sin absolución, en caso de muerte imprevista, ¿corren el riesgo de condenarse? El Padre Pío responde: “¿Quién te dijo que esas almas están en desgracia de Dios? Entonces el interlocutor objetó: “Y si no están en desgracia de Dios, ¿por qué no pueden acercarse a la Eucarestía? Y el Padre Pío le replicò: “Porque deben hacer una penitencia particular”.
En algunos casos, inclusive era él mismo el que aconsejaba al penitente despedido sin absolución sacramental: “Ahora vete a confesarte con otro”.
En el humilde confesionario de la antigua iglesia de Santa María de las Gracias de la aldea gargánica de San Giovanni Rotondo, podemos afirmar que el Padre Pío, hacìa suyo el grito del hombre de su siglo, marcado por los horrores de la guerra,  la duda del aparente eclipse de Dios, del mal moral que iba ganando la sociedad, consciente de ser sòlo un pobre instrumento de la misericordia de Cristo al servicio de los “hermanos en exilio”.

 El Padre Pio confesor “iluminado”
Este último fue un tema profundizado particularmente por el Papa Juan Pablo II. El santo Pontífice escribe sobre el argumento: “El Padre Pío de Pietrelcina… ha ayudado a muchos a encontrar el camino maestro de la Verdad y del Amor. Pero ¿Dónde se nutría él de aquella luz que lograba irradiar a cuantos lo encontraban? Ciertamente en la oración, en la escucha de Dios, en las largas penitencias y, sobretodo en la celebración de la Santa Misa, que constituía el corazón de toda su existencia” (discurso a los grupos de oración al cumplirse 40 años de su fundación en 1990). La respuesta se encuentra ciertamente en la intimidad con el Señor, en el camino de una auténtica conversión y en la presencia silenciosa y eficaz de la divina Providencia.
 El día sucesivo a la beatificación, el Papa Juan Pablo II vuelve sobre los valores religiosos y sacerdotales vividos por nuestro Santo, confirmando todo lo que ya había declarado Paulo VI acerca del fraile capuchino: “… se ha dedicado enteramente a la oración y al ministerio de la reconciliación y de la dirección espiritual. Lo resaltó muy bien el Siervo de Dios, el Papa Paulo VI: “¡Mirad qué fama ha tenido el Padre Pìo! Qué clientela mundial ha congregado a su alrededor ¿Y por qué? Tal vez porque era un filòsofo, porque era un sabio, porque contaba con medios a su disposiciòn? Porque decía la Misa humildemente, confesaba de la mañana a la noche y era- cosa difìcil de decir – representante visible  de los estigmas de Nuestro Señor. Era un hombre de oración y de sufrimiento” (20 de febrero de 1971). Su vida misma, rica de combates espirituales vivida: …”con las armas de la oración, centrada en los sagrados gestos cotidianos de la Confesión y de la Misa… La Santa Misa era el corazón de cada una de sus jornadas, la preocupación casi espasmòdica de todas las horas, el momento de mayor comunión con Jesús, Sacerdote y Víctima. Se sentía llamado a participar en la agonía de Cristo, agonía que continúa hasta el fin del mundo” ( Papa Giovanni Paolo II, Homilia per la beatificazione di Padre Pio, 2 maggio 1999).
En la homilía de la canonización, encontramos uno de las últimas alusiones al corazón sacerdotal del Padre Pío, esta vez vinculada con la misericordia divina de la que ha sido fiel dispensador, administrada como ejercicio de la pedagogía divina que busca y educa al pecador y a la verdad sobre sí mismo y su Dios: “El Padre Pío ha sido generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través la recepción, la dirección espiritual y especialmente la administración del sacramento de la Penitencia. El ministerio del confesionario, que constituye una de las caracterìsticas màs salientes de su apostolado, atraía multitudes innumerables de fieles al Convento de San Giovanni Rotondo. Incluso cuando el singular confesor trataba a los penitentes con aparente dureza, éstos, tomando conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, casi siempre retornaban para el abrazo pacificante del perdón sacramental. Pueda su ejemplo animar a los sacerdotes a cumplir con alegría y asiduidad este ministerio, tan importante hoy también… (Homilía por la canonización de Padre Pío de Juan Pablo II en 2002).
“En el ministerio de la confesión, el  Padre Pío perseguìa exclusivamente la salvación de las almas” (P. Carmelo de Sessano). Afirmaba nuestro Arzobispo Mons. Michele Castoro: “Concebía su obra de confesor como una ayuda para hacer renacer a  las personas, y transformarlas en nuevas criaturas. Es en el confesionario que se ha revelado un auténtico educador, según el significado etimológico de este término, que se refiere a la capacidad de hacer surgir en una persona su verdadera identidad, más allá de todo obstáculo y de todo límite. Y su dureza era manifestación, por parte suya, de su consciencia de cuàn delicada fuera esa tarea”. (Mons. Castoro, Homilía para la fiesta de San Pío,  23 de septiembre de 2011).
De hecho, solìa amonestar a sus hermanos sacerdotes: “Nosotros, los sacerdotes, administramos la sangre de Cristo. Cuidado de no arrojarla con facilidad y ligereza”.
Y a un hermano que buscó abogar en favor de un penitente despedido sin absolución, el Padre Pío le respondió: “¿Tampoco tú no me comprendes? ¡Si supieras cómo sufro al tener que negarle la absolución!... Entiende que es mejor ser reprochado por un hombre en esta tierra que por Dios en la otra vida”.
Una religiosa testimonia: “Era un juez severo cuando el caso lo requerìa (yo he hice frecuentemente esa experiencia personal), pero luego, el alma advertía rápidamente al padre tierno, que llegaba a derramar lágrimas de compasión y de amor por ella”. (Testimonio de Sor María Francisca Consolata).
Stefano Campanella, en la obra anteriormente citada, refiere a este respecto un testimonio aún más elocuente, del profesor Francesco Lotti, jefe del departamento de pediatría de la Casa Alivio del Sufrimiento, estrecho colaborador y médico personal del Padre Pío. Se refiere a un colega suyo que se involucrò en una situación lamentable. De hecho, él había mantenido una relación extra-conyugal y su amante (una enfermera) había quedado embarazada. Siendo él un personaje muy notorio en la ciudad de San Giovanni Rotondo y entre los colaboradores muy estrechos del santo, se alejó del Padre por miedo de recibir un áspero reproche por parte de su habitual confesor delante de la gente que se apinaba en la pequeña iglesia conventual. Por eso, recurriò a un hermano religioso del Padre Pío exhortándole a abogar en su favor ante el Padre, invitándolo a ser clemente con él y a no echarlo con rudeza delante de todos. El hermano se prestó a la mediaciòn y le contó al Padre Pío lo acaecido y la situación desagradable en la que se encontraba el desafortunado médico. El religioso comenta: “El Padre Pío me miró y me dijo: Pero, ¿Tú te has escandalizado?  Y yo:  Y bueno, un poquito sí: “Por la persona… frecuenta el convento desde hace muchos años, está siempre cerca suyo, un poco me he escandalizado”. Y el Padre Pío le replicò: <Mira, si el Señor sacara por un solo instante su mano de mi cabeza y de la tuya, ambos harìamos cosas peores. Dile que venga aquí y no lo trataré mal delante de todos>. Y así fue, naturalmente”.

El Padre Pío, no sòlo confesor, sino también “victima por los pecadores”

Un aspecto que tal vez deberìa ser màs profundizado en el ministerio de la reconciliación del Padre Pìo, es el de “la víctima ofrecida en sacrificio” que él hace de sí mismo en reparación y expiación de los pecados de los hombres. Un ofrecimiento  que interpretamos a la luz de su particular conformación a Cristo. Parecería que no fuera suficiente el servicio de cada día cumplido con fidelidad y total entrega: él quiere comprometerse aùn más y sinte que debería ofrecerse víctima, en uniòn con el sacrificio de Jesucristo, unica vìctima agradable al Padre para la salvaciòn de los hombres. Una sensibilidad que encontramos en el Concilio Vaticano II donde se afirma que los presbíteros actúan en nombre de Cristo. Este ofrecimiento alcanza su vértice en la celebración de la Eucaristía. El Papa Juan Pablo II comenta: “¿Y quién no recuerda el fervor con el que el Padre Pío revivía en la Santa Misa la Pasión de Cristo? Por esto la estima que tenía de la Misa – por él definida “un misterio tremendo” – como momento decisivo de la salvación y la santificación del hombre mediante la participación en los sufrimientos mismos del Crucificado. “ En la Misa –  solìa decir –  està todo el Calvario”. La Misa fue para él  “fuente y vértice”,  perno y  centro de toda su vida y de toda su obra”.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, conscientes de que nuestro deber es orientar a los hermanos hacia Cristo, estamos llamados sobre todo a cultivar una relación vital con El; se necesita en suma, estar llenos del Espíritu Santo para asì ser capaces de discernir los dones de Dios y de testimoniarlos con fidelidad y coherencia.
Lo sabemos muy bien: la vida espiritual y pastoral de nosotros, los sacerdotes, depende, por su calidad y fervor, de nuestra estrecha uniòn a la fuente de la gracia que es el Corazón de Cristo.
El Padre Pío, apóstol incansable del confesionario, interceda por todos los presbíteros llamados a ejercitar el ministerio, a fin de que en este mundo atormentado, marcado por la violencia y el odio, el relativismo moral y la pérdida de los valores, podamos ser testimonios fehacientes de la misericordia de Dios. Que también hoy, en le Iglesia, “maestra de humanidad y de misericordia”, los sacerdotes puedan transformarse como ha sido el Padre Pío, en “una caricia viviente del Padre, que cura las heridas del pecado y renueva el corazón con la paz” (Papa Francisco).
A modo de conclusión, relato aquì un episodio que tal vez, muchos habrán ya escuchado, pero que en cierto modo, resume todo lo que hemos tratado de decir con respecto al Padre Pío “ministro y apóstol de la misericordia”. Es Mons. Pierino Galeone quien nos ofrece este testimonio: “Se refiere a un abogado boloñés, ex 33 de la masonería (el grado más elevado en la jerarquía masónica), obstinadamente anticlerical, teniendo a sus espaldas un pasado cargado de pecados y de errores. Todo inició con la enfermedad de su esposa: tumor sin esperanza. La muerte era cierta e inminente. El marido, angustiado, estaba en el hospital y la asistía. Pero un día ella, sollozando, le pide que vaya a San Giovanni Rotondo para implorarle al Padre Pío la gracia de un milagro. Había sentido hablar mucho de las innumerables gracias que él habìa propiciado. La señora sabía que el marido era masón y obstinadamente anticlerical, pero ésta era su última esperanza.
El abogado instintivamente tuvo una reacción irritada y sarcástica. Pero cuando la esposa, desesperada rompió en llanto, por compasión ante su penosa condición, decidió contentarla: “Bien, voy a ir” – le dijo - . “Y no porque crea, sino para “giocare un terno al lotto” (para jugar un nùmero de la loterìa)”. Parte pues de Boloña y llega en un día. Participa en la misa por la mañana, hace la larga fila de las confesiones y cuando llega su turno, quedándose de pie, sin arrodillarse, le susurra al Padre Pío que quería hablarle un minuto. “Joven, ¡no me haga perder el tiempo!, - le replicò - ¿qué ha venido a hacer Ud., a “giocare un terno al lotto”? Si quiere confesarse arrodíllese, si no, déjeme confesar a esta pobre gente que está esperando”.
El abogado se sintió impactado al escuchar repetir al dedillo por parte del Padre Pío, la misma frase que él le había dicho a la esposa dos días antes y también el tono del fraile no admitía réplica. Casi sin pensarlo, se arrodilló, pero no había pensado ni siquiera en sus pecados, no sabía qué decir. Por un instante se sintió como una página en blanco, enmudecido y con el recóndito temor que aquel confesor le repitiera la escena. Y así continúa: “En cambio, apenas me arrodillé, el Padre cambió la voz y la actitud: se volviò dulce y paternal. Es más, en forma de preguntas, me fue revelando paulatinamente cada pecado de mi vida pasada, ¡ y yo había cometido tantos! Yo escuchaba cabizbajo la pregunta, y siempre respondía “Sí”. Asorado y conmovido, me quedé todo el tiempo inmóvil. Finalmente el Padre Pío me pidió: ¿Tienes algún otro pecado que confesar? No, respondí, convencido de que habiéndome dicho todo él,  demostrando asì que conocìa  perfectamente mi vida, yo no tenía nada más que confesar. El Padre Pío, en ese instante, me reveló un episodio de mi vida pasada que solamente yo conocía. Fulminado por su escrutinio del corazón, rompì en llanto. Mientras con el rostro escondido entre las manos, sollozaba, inclinado ante el reclinatorio, el Padre dulcemente me apoyó el brazo sobre las espaldas y, acercándose aùn màs a mi oído, me susurró, sollozando: “Hijo mío, ¡me has costado gran parte de mi sangre!. Ante estas palabras sentí mi corazón como si se partiera en dos, como por una dulcìsima llama.
Lloraba, cabizbajo y , de a ratos, alzando el rostro empapado en lágrimas, le repetía: “Padre,¡ perdón, perdón, perdón!. El Padre que tenía ya el brazo sobre mis espaldas, se acercó aùn más y comenzó a llorar conmigo. Una dulcísima paz invadió mi espíritu. Por un momento sentí el absurdo dolor mudarse en un increíble gozo.
“Padre – le dije – ¡soy tuyo! ¡Haz de mí lo que quieras! Y él, enjugándose los ojos me susurró: “Dame una mano para ayudar a los demàs”. Después añadió: “Salúdame a tu mujer”. Volví a casa y mi esposa estaba curada”.


Fray Carlos María Laborde capuchino
Secretario General de los Grupos de Oración de Padre Pio