Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

del Epistolario II : La Dirección espiritual...


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... volvemos a proponer aquí en síntesis la cuidada investigación hecha por el padre Gerardo Di Flumeri limitada a la correspondencia del Padre Pío con doña Raffaelina.
Es la conferencia leída por el autor en el primer congreso de estudio sobre la espiritualidad del Padre Pío (San Giovanni Rotondo: 1-6 de mayo de 1972) . En lugar de publicarla íntegramente pensamos que sea suficiente retomar los títulos con los textos más significativos.

1. Necesidad
En primer lugar debemos decir que el Padre Pío tiene en gran estima la dirección espiritual. Ve la necesidad desde un doble punto de vista: a) desde el punto de vista del alma dirigida, está convencido de que cuanto más ella avanza por el camino de la perfección, tanto más necesita de la ayuda del director; b) desde el punto de vista del director, y aquí la doctrina del Padre Pío es más rica y original. Siente la dirección espiritual como una exigencia de ese espíritu apostólico que debe animar a todo sacerdote; es más, hace entender claramente que para él la dirección espiritual era un fruto de su caridad sobrenatural.

2. Elementos
Analizando las 56 cartas escritas por el Padre Pío a doña Raffaelina, sin la pretensión de ser exhaustivos, podemos reducir los elementos constitutivos de su dirección a los siguientes.

a. Relación de afecto sobrenatural. Se ha dicho que un alma difícilmente se abre completamente con su director, si este no se ha ganado su estima, su confianza, su afecto. Y bien, el Padre Pío tiene el don de saberse ganar la estima y la confianza total del alma que dirige. Nótese, sin embargo, que esta relación no tiene nada de natural, sino que tiene un carácter eminente y exclusivamente sobrenatural. El Padre Pío lo hace notar repetidamente a su discípula.

b. Participación en las vicisitudes de su discípula. Esta relación sobrenatural no priva a la dirección del Padre Pío de ese afecto de cordialidad que, en un plano humano, confiere mayor credibilidad a la dirección misma. Es más el Padre Pío participa viva y cordialmente de todas las vicisitudes espirituales y temporales, alegres y tristes de doña Raffaelina. Al respecto existen páginas bellísimas que muestran claramente el rostro humano, el corazón paterno y la caridad afectiva del director.

c. La acción del Espíritu Santo. Poner en evidencia la acción del Espíritu Santo, que permanece siempre como el único verdadero maestro y el único verdadero director de las almas; hacer ver el camino de la gracia que trabaja dulce y silenciosamente en el corazón de los fieles, es obra que requiere intuición, discernimiento y santidad. Y el Padre Pío no ha mínimamente descuidado este elemento importante en el progreso del alma hacia la perfección.

En ese particular período de la purificación de los sentidos, en que el alma dirigida se ve perdida como en una noche profunda y en la oscuridad más espesa, el director le hace comprender cuál era la acción del Espíritu Santo, cuál es el trabajo secreto de la gracia, y le indica la meta última de ese modo de actuar del Esposo divino.

d. Desenmascarar las insidias de Satanás. Satanás no permanece sin actuar; con la astucia que le es habitual busca toda ocasión para volver ineficaz la acción de la gracia, para arrojar el alma al descarrío, para confundir las ideas.
Doña Raffaelina, desanimada por las inevitables dificultades que aparecen en el camino de la perfección, sentía compasión de ella misma, no viendo otra cosa que soberbia y caídas; pero, por otra parte, inundada por grandes gracias divinas, tenía siempre temor de no corresponderle adecuadamente. El Padre Pío intervenía siempre intempestivamente y ponía las cosas en su lugar, de modo que el alma continuase su itinerario espiritual.

e. Carácter franco y sincero. Recordamos solamente un episodio, entre los muchos que se podría citar y que se verán en la correspondencia aquí publicada. Obligada a dejarle a su hermano la casa paterna, que no obstante le había tocado en herencia, doña Raffaelina desde hacía siete años vivía en una casa alquilada; buscaba, sin embargo, una casa conveniente, en la que vivir mejor junto con la hermana Giovina.

Presentó este proyecto a su director, rogándole que suplique a Jesús, para que manifestara su voluntad. El Padre Pío, intentando todo el supremo bien espiritual de su discípula, expuso con claridad, sinceridad y franqueza su punto de vista, pero la discípula no logró en esa circunstancia mantenerse calma y se lamentó del mal cariz que tomaba el asunto.

La respuesta del director fue inmediata:
No puedo pues esta vez ahorrarte un dulce y fraterno reproche […].
Dios te perdone; esta vez has metido mucho la pata. Cuídate de ahora en más de no recaer en semejantes extravagancias (21.6.1914).

3. Método pedagógico
También en este tema nos limitamos a indicar algunas líneas esenciales que ponen de relieve la pedagogía espiritual desarrollada por el Padre Pío en las cartas presentadas por nosotros en este volumen.

a. Intuición psicológica. El Padre Pío sabe adaptarse a las condiciones personales del alma dirigida, presenta la perfección cristiana más desde un punto de vista positivo que negativo y estimula el amor propio del alma que dirige, de manera tal que la empuja a comprometerse totalmente en el camino de la perfección.

b. Estructura teológica. Subrayamos dos aspectos particulares al respecto. El primero se refiere al desarrollo de las virtudes teologales; y ello no tanto porque el Padre Pío enuncie principios, de los cuales resulta que Dios es el centro de su dirección espiritual, sino porque pone todo esfuerzo en desarrollar, en el alma que dirige, la gracia y las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, orientándola siempre hacia estas fuerzas sobrenaturales.
El segundo aspecto al que se aludía es que el desarrollo de las virtudes teologales, por deseo del Padre Pío, sucede en una atmósfera de espiritualidad franciscana, que se concretiza en algunas virtudes morales, típicas de todo seguidor del Pobrecillo de Asís, cuyo ejercicio se recomienda fervientemente.

c. Lo concreto. La dirección espiritual, bien estructurada desde el punto de vista teológico y sostenida por una providencial intuición psicológica, no se mueve con un programa abstracto y sobre principios solamente, sino sobre un plano concreto y aplicaciones prácticas de los mismos principios.
Este sentido de lo concreto impulsa al Padre Pío, en primer lugar, a proyectar al alma la gradualidad del camino en la vía de la perfección, haciéndole comprender que recorrerá este camino de a poco, progresiva y fatigosamente según los designios de Dios. En segundo lugar luego, precisamente para asegurar ese itinerario, el Padre Pío fomenta en su discípula una intensa vida espiritual, proponiendo y aconsejando los medios ascéticos tradicionales, si se quiere, pero que bajo su pluma y de sus labios adquieren un sabor del todo particular.

d. Hacia la meta. Podemos decir que el Padre Pío presenta en sus cartas la perfección cristiana como la conquista más noble que se pueda desear y efectuar, y en consecuencia dirige al alma, pidiéndole el heroísmo. Convencido que su discípula estaba llamada al último grado de perfección, no solamente se lo dice con claridad, sino que se propone prepararla, acompañándola siempre, para alcanzar la altísima meta de la unión amorosa con Dios, sabiendo bien que ha recibido de Dios mismo el encargo de presentarla al Esposo divino, como virgen casta de mente y cuerpo.

e. El estilo. Reflexionando sobre las enseñanzas de la correspondencia, nos parece poder afirmar que el Padre Pío se haya servido en su método pedagógico de la dirección de un estilo mayormente noble, delicado y señoril, tanto cuando aconseja como cuando ordena, tanto cuando reprende como cuando anima, tanto cuando se lamenta como cuando exulta. Esta nobleza lo impulsa a respetar la libertad de los otros, incluso cuando manifiesta el propio parecer, divergente y contrario; y además influye sobre el mismo estilo literario, también digno y delicado en las expresiones.

4. Eficacia
Llegados a este punto, debemos examinar en concreto los resultados prácticos de esa dirección y las motivaciones de la innegable eficacia de la misma.
a. Dos puntos de referencia. Ciertamente la eficacia de la dirección del Padre Pío se la puede ver sea desde el punto de vista inmediato, como era el de consolar el alma y llevarle paz y tranquilidad; sea desde el punto del efecto último, como es el de alcanzar la meta de la propia vocación a la santidad.
Por lo que se refiere a la paz y la tranquilidad del alma, es necesario recordar que doña Raffaelina atravesaba un período agudo de crisis espiritual, lleno de incertidumbres, de dudas y de angustias; que se hizo más intrincado por un complejo de circunstancias (enfermedad de la hermana Giovina, discordias con su hermano, suicidio del marido de la sobrina, etc.) que cortaba el aliento, quitaba la paz del alma, agravaba la situación día a día. Y bien, el Padre Pío fue el más grande artífice de la tranquilidad del alma amargada y probada; casi todas sus cartas contiene repetidas invitaciones al consuelo, a la calma, a la paz, invitaciones y exhortaciones que obtenían su efecto, como con corazón agradecido reconocía doña Raffaelina, jamás defraudada en sus esperas.
No menos eficaz fue la dirección, si se considera el efecto último de la acción directiva, es decir la de alcanzar la meta de la perfección cristiana. Si bien no se está en grado de establecer cuál haya sido el grado alcanzado en la escala mística de aquella alma privilegiada, es cierto que, gracias a la iluminada dirección del Padre Pío, superó la prueba de la purificación sensible y atravesó el período aún más doloroso de la purificación espiritual.

b. Explicación de la eficacia. Queriéndonos detener brevemente en los elementos constitutivos de la eficacia de la dirección, así como nos parece poder recogerla de la correspondencia epistolar, indicaremos sólo tres.

1. Sólida preparación doctrinal. Se trata antes que nada de una preparación teológica bien enraizada en la doctrina tradicional; de un conocimiento bíblico poco común, sustentadas por las enseñanzas «de su tan querido apóstol Pablo»; y de una segura ciencia y experiencia ascético-mística.

2. Sobrenatural aliento de santidad. Esto emana de todas las cartas, y el alma dirigida se sentía llevada hacia el mismo ideal. No podemos en estas notas introductorias siquiera citar algunas de las páginas más bellas emanadas del mundo sobrenatural y sus exigencias, tanto por parte del director como por parte de la dirigida. Enumeramos apenas algunos de los temas más sugestivos: deseo de morir, deseo de paz, amor-dolor, la eucaristía, la Virgen, el ángel custodio, el misterio de la cruz. En este punto entra la consideración de la experiencia mística del director, que no escapaba al alma dirigida y que encontraba siempre nuevos estímulos y nuevas confirmaciones.

3. Iluminación particular. El Padre Pío tiene la conciencia de transmitir exhortaciones, consejos, normas, doctrinas tomadas la más de las veces no de la industria humana sino de las mociones divinas, de iluminación suprema, de revelaciones del Señor. Es uno de los rasgos más característicos de su dirección y quizás fue este el factor que más que todos confirió eficacia a su acción. Conocimiento que le da autoridad y lo hace hablar de manera segura, cierta y a veces casi catedrática.

Cleonice Morcaldi: "Mis recuerdos del Padre Pio"


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8. Humildad, paciencia, ternuras de madre...

Con la palabra y con el ejemplo nos enseñaba a referir todo a Dios. Yo le decía que le quería mucho, porque veía en él a Jesús. Y él: - "También esto está bien; pero mira: lo que tú me das yo lo ofrezco inmediatamente al Amo. Por eso trata de dárselo directamente. Jesús estaría más contento y tú tendrías mas mérito".

Le dije un día: - "¿Qué es la humildad?”. Me respondió: - “La humildad es la verdad. ¿Quiénes somos nosotros y quién es Dios? El seráfico Padre pasaba noches enteras meditando esta frase. ¡¿Quién eres tú, Dios mío, y quién soy yo?!”.

La palabra "soberbia" le hacía temblar. Un día estaba en la sacristía con algunas personas. Un señor dijo: - "Y qué le vamos a hacer, Padre, somos semilla de soberbia". Inmediatamente el Padre respondió: - "Si no soy humilde, soberbio no quiero serlo”.

Durante la guerra, un capitán americano venía de Foggia para asistir a la Misa del Padre. Se ponía de rodillas junto al altar. Antes de partir quiso hablar con el Padre. Entre otras cosas le preguntó qué pensaba del don de las llagas. El Padre, bajando la cabeza, respondió: - "Que soy un pobre humillado”. Este episodio me fue referido por un sacerdote que hizo de intérprete. La respuesta gustó mucho al capitán. Éste con frecuencia traía sus soldados, que asistían a la Misa de rodillas. Después seguían al Padre a la sacristía.

Los fieles le regalaban con frecuencia pañuelitos de lino blanco, pero no los usó nunca. Prefería pañuelos de tela y de colores, como los que usaban nuestros campesinos.
Cuando llegaba el Superior General de la Orden, salía a su encuentro con los demás frailes, pero se escondía de modo que nadie lograba verlo.

Un día, en confesión le dije: - “Usted, Padre, es tan bueno, hágame...”. No me dejó concluir la frase e inmediatamente dijo: - "¿Yo bueno? ¡Si tú supieras lo que soy yo, escaparías de aquí horrorizada!... ¡El peor de los delincuentes, comparado conmigo, es un hombre honra-do!". Y lo dijo con tal convicción, que no supe qué decir.

Su espíritu de pobreza me pareció un tanto exagerado. Un día, en el coro, lo vimos subirse a una silla para apagar las pocas luces de una lámpara que los frailes habían dejado encendidas.

Quería que también nosotras observáramos, de algún modo, la regla franciscana. Cuando le dije que yo había tirado un pedazo de pan duro, me respondió: - "¿Por qué no has hecho sopas?”. Me había comprado un vestido nuevo. Cuando me lo vio, dijo: - "Podías haber remendado el que tenías". Tenía razón. En aquella ocasión fui un poco vanidosa.

Durante largos años fue humilde sacristán. Dispuesto siempre a servir a todos, en todo. En las cartas se firmaba siempre así: "Vuestro humilde servidor...".

Un sacerdote me preguntó si el Padre ejercitaba siempre la virtud de la paciencia. Le respondí: - "¿Le parece poco el soportar el fatigoso trabajo de cada día, sin un solo día de descanso?, ¿sufrir con tanto amor la pasión del Señor y la dirección de tantas almas?”. Él mismo dijo un día: - “Esto es lo que me resulta difícil: estudiar el carácter de cada uno y adaptarme a él”. Jamás he visto un sacerdote con tantos dolores y con tanto paciencia. El sacerdote me respondió: “Tiene razón. El Padre Pío es un modelo en todo. Es santo, pero santo hay que hacerse”.

Pedí al Padre el remedio para mis tantas imperfecciones. Me dijo: - “Tiempo y paciencia. Paciencia con lo que Dios nos manda; paciencia con nosotros mismos, paciencia con el prójimo. Paciencia y padecer. El sufrimiento no es un castigo, sino un signo del amor de Dios para hacernos semejantes a su divino Hijo. Humíllate amorosamente ante Dios y ante los hombres, porque Dios habla a quien tiene las orejas bajas. Ama el silencio, porque el mucho hablar no está libre de culpa Recuerda que todo se vuelve en bien para los que aman sinceramente a Dios. Si David no hubiera pecado, no habría adquirido una humildad tan profunda, ni la Magdalena habría amado tan ardientemente a Jesús”.

Transcribo algunas frases de sus cartas: - "Usted llora con razón por haber perdido la mamá, pero ¡ánimo!, hija mía. Yo soy perfectamente consciente de la misión que me ha confiado la Providencia. ¡Si hasta ahora he hecho las veces del padre, difunto, desde este momento siento que se me conmueven las entrañas al asumir también el deber de madre! Y la madre de usted sonreirá desde el cielo. Quiero verla consolada y dulcemente resignada. ¡Usted sabe y puede imaginar lo que yo siento en este corazón por su alma. ¡Dios mío, qué hacer para verla aliviarla!... ¡Pero a mí no me ha sido concedido esto! ¡Hay demasiada indignidad de mi parte para merecer del Señor el don de confortar a quien es parte de mí alma! ¡Ánimo, hija mía, rece usted a este buenísimo Padre, récele para que le consuele!

Un día, conmovida, le dije: - “Padre, ¿cuánto amor está encerrado en el corazón de Jesús?”. Y él: - "¡Hija mía, no existen términos para expresar la ternura de nuestro Dios!”.
Una mañana, después de la Misa, el Padre dijo esta frase: - “¡La vida sin el amor de Dios es peor que la muerte!”. Le dije: - “Padre, para tener más amor yo quisiera, por una vez, soñar a Jesús, conocer su rostro". - “Mírame", respondió. Yo quedé maravillada y sorprendida. El Padre continuó: - “Tú mereces el reproche de Jesús a Felipe en la última cena”.

El 22 de enero de 1953 se cumplía el 50 aniversario de su toma de hábito. Los frailes prepararon dedicatorias bellísimas. Fue invitado el Padre a escribir la suya; rechazó la invitación, pero después aceptó. Y éstas son sus palabras:

"Cincuenta años de vida religiosa,
cincuenta años clavado en la cruz,
cincuenta años de fuego devorador
por Ti, Señor, por tus redimidos.
¿Qué otra cosa desea mi ánimo
sino conducir a todos a Ti, ¡oh Señor!,
y esperar pacientemente que queme
todas mis entrañas en el “cupio dissolvi"
para estar completamente en Ti?"

Así pues, Jesús crucificó a su siervo a la edad de 16 años, precisamente en el día de su toma de hábito. Sin duda fue la Virgen quien indujo al Padre a superar su habitual reserva, porque lo reclamaba la gloria de Dios.
Un sacerdote exclamó: - “¡EI Padre Pío es el Job de nuestro siglo, paciente en soportar durante medio siglo la pasión de Jesús, paciente en su fatigoso trabajo de tantos años, sin un solo día de descanso!..”. Lo dijo al leer la dedicatoria que el Padre había escrito y que fue impresa en millares de estampas.
¡Pero quién sabe cuántos otros misterios quedaron encerrados en aquel corazón!
- “Muchos misterios de mi corazón serán descubiertos sólo allá arriba", dijo un día.

Comunión espiritual profunda de dos Santos: Padre Pio y Juan Pablo II


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Un día 1 de mayo del 2011, el Papa Juan Pablo II es declarado Beato. En el mismo lugar: la Plaza de San Pedro de Roma; en el mismo mes: mayo, aunque un día antes; ante una multitud muy semejante en número y en lugares de procedencia…, en los que él, 12 años antes - el 2 de mayo de 1999 – es beatificado el capuchino italiano Padre Pío de Pietrelcina.
Hablar sólo de amistad entre Juan Pablo II y el Padre Pío de Pietrelcina es muy poco; hay que añadir palabras que expresen una relación personal mucha más rica; hay que hablar de comunión espiritual profunda de dos Santos.
Juan Pablo II nació el 18 de mayo de 1920 y el Padre Pío de Pietrelcina murió el 23 de septiembre de 1968. Vivieron, pues, al mismo tiempo 48 años de existencia terrena. En esos años hubo expresiones muy bellas de esa comunión espiritual profunda; expresiones que continuaron por parte de Juan Pablo II hasta su muerte, el 2 de abril del 2005, y que, sin duda, fueron  correspondidas por el Padre Pío desde la otra vida; y, en esa fecha del 2005, esa comunión espiritual habría adquirido las características, desconocidas para los humanos, que se dan en el cielo entre los bienaventurados.
El primer encuentro del joven sacerdote polaco Karol Wojtyla con el Padre Pío de Pietrelcina tuvo lugar “al atardecer de un día de abril” del año 1948 y al día siguiente. Estudiante en Roma, buscando el doctorado en teología, el futuro Juan Pablo II se desplazó a San Giovanni Rotondo con un seminarista polaco que también estudiaba en la capital italiana. Fue probablemente en la semana de Pascua.
El 5 de abril del 2002, a la distancia de 54 años, Juan Pablo II tuvo la amabilidad de responder afirmativamente a la petición que le cursaron desde San Giovanni Rotondo de dejar un testimonio escrito de su encuentro con el Capuchino de Pietrelcina; testimonio al que, caso de darse, garantizaban el más absoluto secreto hasta la muerte del Pontífice. En ese testimonio, además de indicar las tres cosas que deseaba en esa visita, el Papa señala lo que recibió del Fraile estigmatizado en dos de los objetivos que buscaba: “participar en su misa y… confesarme con él”.
Éste es el testimonio de Juan Pablo II, dictado por él al que lo escribió en lengua polaca, que el Papa firmó y al que puso fecha de su puño y letra:
“Reverendo Padre Guardián:
El Padre Pío se me grabó profundamente en mi memoria. Recuerdo aquel día del año 1948 cuando, al atardecer de un día de abril, como alumno del Angelicum, fui a San Giovanni Rotondo para ver al Padre Pío y participar en su Misa y, si resultaba posible, confesarme con él. Y justo entonces tuve la suerte de ver en persona al hombre cuya fama de santidad se extendió por todo el mundo. Y en aquel momento pude intercambiar unas palabras con él.
Al día siguiente pude participar en la Misa, que duró bastante tiempo, y durante la cual se veía en su rostro que sufría mucho. Veía que en sus manos - que celebraron la Eucaristía - los lugares de sus estigmas estaban tapados con una costra negra; con todo, esto se me grabó como algo inolvidable.
Daba la impresión de que en el altar de San Giovanni Rotondo se cumplía el sacrificio del mismo Cristo, el sacrificio sin sangre, pero al mismo tiempo aquellas heridas en las manos hacían pensar en el sacrificio, en el Crucificado.
Esto es lo que recuerdo hasta el día de hoy; lo tengo delante de mis ojos.
Durante la confesión resultó que el Padre Pío ofrecía un discernimiento claro y sencillo, dirigiéndose al penitente con gran amor.
Este primer encuentro con él, vivo y ya estigmatizado en San Giovanni Rotondo, lo considero el más importante; y de modo particular doy gracias por él a la Providencia.
Juan Pablo II
5. IV. 2002”

Pero ¿de qué hablaron el Capuchino italiano y el Sacerdote polaco cuando éste pudo “intercambiar unas palabras” con aquel? Durante muchos años se ha creído que, en ese momento – otros afirmaban que fue durante la confesión – el Fraile capuchino habría pedido al Sacerdote polaco que se preparara para ser Papa. En una de las tres ocasiones en que Juan Pablo II ha negado haber escuchado ese mensaje de labios del Padre Pío, ofreció una información sorprendente. Esa información nos la facilitó el 30 de enero del 2004, en una entrevista para “Tele Radio Padre Pío” de los Capuchinos de San Giovanni Rotondo, el Arzobispo polaco Mons. Andrés María Deskur, amigo de Karol Wojtyla desde la infancia y más tarde colaborador muy directo de Juan Pablo II:
“En mi presencia, al obispo polaco que le preguntó: “Padre Santo, se dice que el Padre Pío le había anunciado su martirio y su pontificado; ¿es verdad?”, el Papa respondió: «No. Es absolutamente falso». Y siguió diciendo: «Con el Padre Pío hablamos únicamente de las llagas. La única pregunta que le hice fue: qué llaga le producía más dolor. Yo estaba convencido de que era la del corazón. El Padre Pío me sorprendió mucho al decirme: No, más dolor me produce la de la espalda, de la cual nadie sabe nada y que ni siquiera es curada. Es ésta la que le producía más dolor»”.
Es lógico preguntarse: ¿Por qué el Padre Pío descubre a Karol Wojtyla, un desconocido, lo que ningún otro sabía, ni siquiera sus directores espirituales, los padres Benedicto y Agustín de San Marco in Lamis?
Y que Wojtyla no hubiera escuchado de labios del Padre Pío el anuncio del Pontificado no excluye que el Capuchino se lo hubiera comunicado de otro modo y en otro momento, por ejemplo por un intermediario, como lo hizo con el Cardenal Montini, luego Pablo VI. Hay bastantes datos que lo confirman.

Vayamos a 14 años más adelante. El convencimiento de Karol Wojtyla, ahora ya Obispo de Ombi y Vicario Capitular de Cracovia, de que la oración del Padre Pío tiene un poder muy especial ante el Señor lo confirman tres cartas escritas en los años 1962 y 1963. Las dos primeras las envía desde Roma, donde participa en el Concilio Vaticano II, por medio de Ángel Battista, empleado de la Secretaría de Estado del Vaticano, que cada fin de semana se desplazaba a San Giovanni Rotondo para ayudar al Padre Pío en la Administración del hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”. Importante y significativo este dato: Al terminar de leerle al Padre Pío la primera carta, Ángel Battista le escuchó decir: “A esto no se puede decir que no”. La tercera carta presupone otras cartas de petición de oraciones, que no se conservan o, al menos, que no se han encontrado.

Carta de 17 de noviembre de 1962, pidiendo oraciones por la salud de Wanda Poltawska:
“Venerable Padre:
Te ruego que eleves una oración por una madre de cuatro hijas, de cuarenta años, de Cracovia, en Polonia (durante la última guerra en un campo de concentración, en Alemania) que se encuentra en gravísimo peligro en la salud y en peligro de muerte a causa de un cáncer, para que Dios, por intercesión de la Beatísima Virgen, muestre su misericordia a ella y a su familia.
Muy agradecido en Cristo,
Carlos Wojtyla - Obispo Titular de Ombi, Vicario Capitular de Cracovia”.

Carta de 28 de noviembre de 1962, comunicando la recuperación instantánea de Wanda Poltawska:
“Venerable Padre:
La mujer de Cracovia, en Polonia, madre de cuatro hijas, el día 21. XI, antes de la operación quirúrgica, ha recuperado instantáneamente la salud. Sean dadas gracias a Dios, y a Ti, Venerable Padre, te doy las más sinceras gracias en nombre de ella y del marido y de toda la familia.
En Cristo,
Karol Wojtyla, Vicario Capitular de Cracovia”.

Carta de 14 de diciembre de 1963, informándole de los frutos de las oraciones que le ha pedido anteriormente en casos particularmente dramáticos (la médico católica, enferma de cáncer, es Wanda Poltawska) y pidiéndole nuevas oraciones:
“Muy Reverendo Padre,
Su Paternidad se acordará seguramente de que ya algunas veces en el pasado me he permitido encomendar a Sus oraciones casos particularmente dramáticos y dignos de atención.
Quisiera, por lo mismo, agradecerLe calurosamente también en nombre de los interesados, por sus oraciones a favor de una señora, médico católica, enferma de cáncer, y del hijo de un abogado de Cracovia, gravemente enfermo desde su nacimiento. Las dos personas  están, gracias a Dios, bien.
Permítame, además, Padre Muy Reverendo, encomendar a Sus oraciones una señora paralítica, de esta Archidiócesis.
Al mismo tiempo me permito encomendarLe las ingentes dificultades personales que mi pobre obra encuentra en la situación presente.
Aprovecho la ocasión para renovarLe los sentimientos de mi religioso obsequio, con el cual quiero reafirmarme,
 de Vuestra Paternidad devotísimo en Cristo Jesús
 + Karol WOJTYLA, Obispo Tit. de Ombi - Vicario Capitular de Cracovia”.

Sigamos adelantando el calendario. En las visitas a San Giovanni Rotondo del Cardenal Wojtyla, de los días 1 al 3 de noviembre de 1974, para conmemorar allí los 28 años de su ordenación sacerdotal, y del Papa Juan Pablo II, de los días 23 y 24 de mayo de 1987, centenario del nacimiento del Padre Pío, es fácil descubrir tres motivaciones:
1ª. Orar ante los restos mortales de un hombre, el Padre Pío, que, aunque su Proceso de Beatificación y Canonización, en el año 1974, todavía no se había introducido y, en el año l987, no había pasado de la fase diocesana, millones de fieles de todo el mundo tenían ya por Santo. De hecho, fueron más de 15 minutos los que el Cardenal permaneció arrodillado, en oración, ante la tumba del Capuchino, después de haber celebrado la Eucaristía, junto al Arzobispo Deskur y otros ochos sacerdotes polacos, en el altar que en aquel tiempo había ante la misma. Y fueron 10 minutos los que el Papa dedicó a implorar la intercesión del Siervo de Dios, mientras apoyaba su mano derecha en el pesado bloque de mármol que, colocado encima, protegía el sepulcro del Fraile italiano.
2ª. Proclamar, sin palabras, su convencimiento personal de la heroica santidad del primer Sacerdote estigmatizado, que pudo manifestar a su Director espiritual, como alabanza al Señor, que vivía “devorado por el amor a Dios y el amor al prójimo”.
3ª. Llamar, de forma silenciosa pero muy clara, a poner fin a los muchos obstáculos con los que hombres de Iglesia seguían paralizando la marcha hacia adelante del Proceso de Beatificación y de Canonización del Padre Pío. De hecho, al Alcalde San Giovanni Rotondo que, en el aeropuerto militar de Améndola, acompañó al Papa hasta la escalerilla del avión y que le preguntó: “Santidad, cuando va a hacer Santo al Padre Pío”, le respondió: “E che sono venuto a fare?”: “¿Y qué he venido a hacer?”.

Pasando a los últimos acontecimientos, fue muy fácil percibir, en las palabras de las homilías y sobre todo en su rostro, la profunda satisfacción de Juan Pablo II al beatificar al Padre Pío el día 2 de mayo de 1999 y al canonizarlo el día 16 de junio del 2002. Las seis peticiones que, en la homilía de la Canonización, dirigió al “Humilde y amado Padre Pío”, en las que además sintetizó lo más llamativo de la santidad del Fraile capuchino, expresan muy bien la comunión espiritual profunda de Juan Pablo II con el Santo de Pietrelcina. Peticiones que hoy, después de haber sido declarado Beato, podemos dirigir con toda razón a Juan Pablo II, porque su contenido también él lo ha vivido de forma heroica y constante. ¿Sería aventurado decir que nunca le ha faltado al Sacerdote, al Obispo, al Cardenal, al Papa polaco la ayuda paternal del Padre Pío, primero como oración suplicante por él hasta el 23 de septiembre de 1968, y desde esa fecha como protección poderosa desde el cielo? Seguro que no, pues la comunión espiritual profunda que comenzó entre Karol Wojtyla y el Padre Pío de Pietrelcina en “el atardecer de un día de abril” del  año 1948 no puede romperse jamás.

Éstas son las peticiones que Juan Pablo II dirigió al Padre Pío y que desde hoy podríamos elevar al nuevo Beato:
“«Humilde y amado Padre Pío (Juan Pablo II):
Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre prometió revelar los misterios de su Reino.
Ayúdanos a orar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.
Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús.
Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.
Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra.
Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

por FRAY ELIAS CABODEVILLA GARDE

YO , TESTIGO DE PADRE PIO. por Fr. Modestino, Capuchino


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VERDADERO HIJO DEL POVERELLO
El Padre Pío nació en absoluta pobreza, en una pequeña habitación de 13 metros cuadrados, situada al final de un callejón del barrio Castello. Sus tiernos miembros no fueron colocados sobre suave lana, sino sobre un ruidoso jergón de hojas de maíz. La habitación era iluminada por una lámpara de petróleo y por un candil de terracota lleno de aceite de oliva en cuya superficie flotaba una tenue mecha.
El ambiente en que vivió fue también pobre, tanto en el pueblo, como en Piana Romana y también en el convento.
 Él era feliz de este su estado, que le permitía imitar más fácilmente al "Poverello" de Asís.
 Cuando, por razones de salud, los superiores quisieron instalar en su celda un termosifón, se opuso con todas sus fuerzas diciendo: «¡si me viera el seráfico padre San Francisco!». Se debió recurrir al precepto de obediencia para hacer la instalación de la calefacción, necesaria por sus condiciones de salud. Sólo por obediencia doblegó su voluntad a las órdenes recibidas.
 Sus manos fueron como un gran canal. Por ellas pasó tan dinero, tanta providencia, pero nada se le quedó pegado a ellas.
 Una de las señales más evidentes de su pobreza conventual fue seguramente el alimento. El Padre Pío comía poco, casi nada. Y no sólo por espíritu de mortificación, sino también para experimentar el sabor de la pobreza franciscana.
Entre los alimentos prefería los más sencillos y comunes, los de las personas pobres. Si alguna vez comía algo especial, lo hacía sólo por obediencia. Decir que el Padre Pío "comía" es una exageración. Sería más exacto decir que el Padre Pío "no comía".
 Como fraile, muchas veces he tenido la suerte de llevarle los alimentos a su celda, cuando estaba enfermo.
 Una vez, el padre Honorato, su asistente, insistía para hacerle comer algo. El Padre Pío   no exagero   comió cuanto podría bastar a un pajarito y dijo: «Hágame la caridad de no forzarme. He cumplido la obediencia de comer y he comido». Entonces retiré los platos y consumí yo el contenido.
 Nunca se le prepararon alimentos espe¬ciales. Raramente tomaba carne o pan. A la cena le gustaba un poco de vino, esperando así poder reposar. Cuando, enfermo, por obediencia era obligado a tomar algún alimento particular, su comida se transformaba en auténtica mortificación.
 En 1959 el Padre Pío estuvo gravemente enfermo, incluso en peligro de muerte. Para darle fuerzas todos los días le llevaban de la clínica una taza de caldo de gallina. Un día estaba yo en la celda cuando le llevaron dicha taza. Ya en otras ocasiones yo había consumido lo que el Padre dejaba, por lo que, también en aquella ocasión, pensé para mis adentros: "si el Padre Pío deja un poco, yo lo tomo de buena gana". El Padre Pío tomó la mitad de la taza y, en dialecto, me dijo: «toma, paisano, termina tú el caldo».
Le di las gracias, pero apenas acerqué la taza a los labios y comencé a beber, me vinieron ataques de náusea y de vómito; así de malo era aquel caldo. Quizá porque era demasiado cargado o porque contenía medicinas. De todos modos me lo bebí de un trago, pero sin poder evitar un gesto de disgusto. El Padre Pío se dio cuenta y, con aire de broma, me dijo: «¡Qué, paisano! ¿No te gus-ta?... ¿Y yo que debo hacer esta mortificación todos los días?...». Al día siguiente me ofreció de nuevo media taza de aquel caldo, pero, excusándome con él, lo rechacé admitiendo que yo no era capaz de consumirlo.
 Después le pregunté: Padre, ¿pero usted lo toma de buena gana este caldo de gallina?». Respondió: «Es la mayor mortificación que me impone la obediencia. La verdad es que no me gusta nada». Lo hice saber y, desde aquel día, dejaron de llevárselo.
 En el refectorio, el Padre Pío hacía casi siempre sólo acto de presencia. Llegaba frecuentemente con retraso, ya que, a lo largo del pasillo, lo entretenían ya para un consejo, ya por una bendición.
Entraba con la sonrisa en los labios y después de saludar al superior y a los demás frailes, daba gracias a Dios por tanta providencia y ocupaba su puesto.
Aquella era la ocasión para hacer una hora de "vida común" con los frailes. Respondía a sus preguntas, aprovechando, dentro de la obligada brevedad de las respuestas, para dar lecciones de vida.
 Comía un poco de pasta, un poco de anguila asada o algún pescadito frito. Después, sin hacerse notar, pasaba el resto al hermano que estaba a su lado.
 Un día lo observé a la hora de comer. Terminada su frugal comida, le vi recoger las migas que estaban delante de él en la mesa y, con el índice de la mano derecha se las llevaba a la boca. Parecía que estuviera purificando la patena en el altar.
 Quedé admirado por aquel gesto delicado y gentil, propio de los pobres. Cuando, después de la comida, lo acompañé al balcón, me dijo: «Hijo mío, qué malos somos nosotros, los hombres».
 Pregunté: «¿Por qué, Padre?».
 Respondió: «Porque comemos y bebemos a espaldas de este Dios que hace que no nos falte nada y ni siquiera le damos las gracias».
 ¡Tenía toda la razón!

CONSAGRACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESUS


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Rendido a tus pies, ¡Oh Jesús mío!, considerando las inefables muestras de amor que me has dado y las sublimes lecciones que me enseña, de continuo, tu adorabilísimo Corazón, te pido humildemente, la gracia de conocerte, amarte y servirte como fiel discípulo tuyo.

Para hacerme digno de las mercedes y bendiciones que generoso concedes a los que de veras te conocen, aman y sirven. Mira que soy muy pobre ¡oh dulcísimo Jesús! y necesito de vos como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar, mira que soy muy rudo ¡oh Soberano maestro!, y necesito de tus divinas enseñanzas para luz y guía de mi ignorancia.

Mira que soy muy débil, ¡oh Poderoso amparo de los débiles ! y caigo a cada paso, y necesito apoyarme en vos para no desfallecer. Sé todo para mí, Sagrado Corazón: Socorro de mis miserias, lumbre de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males, auxilio en toda necesidad.

Tú me alentaste y convidaste cuando con tan tiernos acentos dijiste, repetidas veces en tu Evangelio: “Venid a Mí, aprended de Mí, pedid, llamad…” a las puertas de tu corazón vengo hoy, y llamo, pido y espero. Del mío te hago ¡oh Señor! Firme, formal y decidida entrega: tomalo vos, y dame en cambio lo que sabes me ha de hacer feliz en la tierra y dichoso en la eternidad.

Amén

"Padre Pio y el don de lenguas" por Donato Calabrese


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Uno de los carismas que se le reconocen al padre Pío en este largo período que pasa en Pietrelcina, es, sin duda, el don de  lenguas; es decir, cierto conocimiento del francés y, al parecer también, del griego. De hecho, en las comunicaciones epistolares entre él y el padre Agustín, se usa con frecuencia la lengua francesa. El padre Pío, no hay duda de ello, se muestra bastante parco en el uso de este idioma; al contrario del padre Lector, que, en repetidas ocasiones, escribe cartas enteras en francés, como si fuera sabedor de la capacidad de su discípulo para entenderlas o de que hay algún otro que le traduce lo que él le expresa en esa lengua que, en el pasado, le ha sido siempre bastante difícil. Con todo, el padre Pío participa con gusto en estas contiendas lingüísticas, utilizando en sus cartas frases escritas en perfecto francés, que manifiestan, también en él, un correcto dominio de este idioma.
Además de los estigmas, de los que está informado el arcipreste de Pietrelcina, Don Salvador Pannullo, y que dejarán de ser visibles después de haberlos recibido en Piana Romana, los otros dones del Espíritu no aparecen visiblemente a los ojos de la gente del lugar. Se trata de carismas y fenómenos que tienen lugar en lo profundo del alma y que transforman y moldean interiormente al sacerdote capuchino. Este es el motivo por el que, para hacer creíble y claro lo que está sucediendo en Pietrelcina, es también necesaria la manifestación de los otros carismas, menos ocultos, más tangibles y claros, que el mismo Dios concede al joven religioso; son  garantía de la autenticidad de los fenómenos místicos, y de modo particular de aquellos que de forma invisible, pero muy eficazmente, edifican lentamente, con «golpes de benéfico cincel», el hombre nuevo, el santo, la imagen más fiel de Jesús Crucificado.
Sólo su queridísimo padre Lector, el padre Agustín de San Marco in Lamis , y el director espiritual, el padre Benedicto, tienen el privilegio de conocer algo, aunque de lejos, de los carismas extraordinarios de su hermano y discípulo.
El padre Agustín, que conoce bien el francés, no deja de maravillarse ante algunas expresiones en perfecto francés del fraile de los estigmas. Y, aún sabiendo de qué es capaz su amado cohermano, le pregunta quién le ha enseñado el francés, porque antes no le gustaba y ahora le agrada.
El padre Pío responde a este pregunta con una evasiva, acudiendo a una cita bíblica tomada del profeta Jeremías: «A, a, a... Nescio loqui» . (Yo no sé hablar. Pero el Señor me ha dicho: vete y anuncia ). Una respuesta claramente bíblica que deja al padre Agustín aún más confuso, pero que precede al descubrimiento de un misterioso intérprete de su correspondencia epistolar. Será el mismo padre Pío el que le diga que el ángel de la guarda le hace de maestro y le explica las lenguas que no conoce. 
Antes de desvelarle la solución del enigma, comienza la carta al padre Agustín precisamente con una frase en francés. Y ensalza en esa lengua el mes de mayo, apenas comenzado, y a la Virgen María, a quien de modo particular está dedicado:
«Padre queridísimo, oh!, Le joli mois que le mois de mai! C’est le plus beau de l’année. (¡Oh! ¡qué bello mes el mes de mayo! Es el más bello del año). Sí, padre mío, este mes ¡qué bien habla de las dulzuras y de la belleza de María! Mi mente, al pensar en los innumerables beneficios que me ha hecho esta querida Mamita, me avergüenzo de mí mismo, porque nunca hasta ahora he mirado con suficiente amor su corazón y su mano, que con tanta bondad me los concedía; y lo que más pena me causa es que he correspondido con muchos y continuos disgustos a los afectuosos cuidados de esta nuestra Madre.
¡Cuántas veces he confiado a esta Madre los dolorosos anhelos de mi corazón turbado! ¡Y cuántas veces me ha consolado! Pero, ¿cuál fue mi agradecimiento? En los momentos de mayor aflicción, me parece no haber tenido ya madre en la tierra, pero sí de haberla tenido, y muy piadosa, en el cielo» .

Es una de las páginas más bellas del epistolario mariano del padre Pío. Pero, para comprender todavía mejor su afecto a la Madre de Dios y la singular predilección de María por el fraile de Pietrelcina, es necesario seguir leyendo esta magnífica carta, que chorrea amor filial a la Virgen María:
«Pobre Mamita, ¡cuánto me quiere! Lo he constatado una vez más al comienzo de este hermoso mes. ¡Con cuánto mimo ella me ha acompañado al altar esta mañana! Me parecía que no tuviera ninguna otra cosa en qué pensar sino sólo en llenarme del todo el corazón de santos afectos.
Sentía un fuego misterioso que venía de la parte del corazón , que no he logrado comprender. Sentía necesidad de aplicarme hielo para apagar ese fuego que me está consumiendo.
Quisiera tener una voz tan fuerte que fuera capaz de invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a la Virgen. Pero, porque esto no está a mi alcance, he pedido y pediré a mi angelito que cumpla por mí esta misión» .

En el Epistolario del padre Pío está ocultamente presente el estilo inconfundible de la acción maternal y santificadora de María Santísima: «... La artista que ha sacado de su seno la imagen de su Hijo Jesús, hecha realidad en esta criatura humana» .
Como se puede comprobar, la mayor parte de las cartas que el padre Pío escribe en este período están dirigidas al padre Agustín, a quien pudo abrazar de nuevo en Venafro, viviendo junto a él los días que pasó en este convento del Molise y fortaleciendo así los lazos de sincera y profunda amistad con él. Esto explica que, después de los días que pasó en Venafro, el padre Agustín asuma, en relación al padre Pío, un papel más importante, paterno y comprensivo que el padre Benedicto, hombre enérgico, que le causó tantos sufrimientos al tener que cumplir el doble papel de Ministro provincial de la Orden y de director espiritual del fraile de Pietrelcina .
El padre Pío, a pesar de esta relación no fácil, nunca olvida a su primer director, pidiéndole directamente todo lo que necesita en su camino de superación, como el folleto titulado Cartas y éxtasis de la sierva de Dios Gema Galgani y el escrito La Hora santa, ambos de la mística de Lucca. En estos escritos se inspira el padre Pío, no sólo para sus cartas, sino también para conocer una experiencia espiritual muy similar a la suya. En efecto, algunas de las expresiones de sus cartas están tomadas de trozos de Santa Gema Galgani y adaptadas, con pocos cambios personales .
No debe causar extrañeza el hecho de que el padre Pío tome material no suyo para escribir sus cartas. En este período, en el que su vida tiene muchas semejanzas con la de Gema Galgani, él necesita «hacer propia una experiencia humana y espiritual más avanzada que la suya, identificarse con ella y hacerla parte suya» .
Si en varios aspectos la vida de Gema Galgani se asemeja a la del padre Pío, y es tomada por éste como modelo, el joven religioso madurará, con el paso de los años, una espiritualidad propia, de estilo netamente franciscano, pero inspirada también en el espíritu carmelitano.
A estos aspectos es necesario añadir otros profundamente personales y cultivados desde la infancia, como el sentimiento de fondo de toda su vida religiosa, que se caracteriza por la opción de víctima por los pecadores.

de "Siete años de misterio en Pietrelcina"

"Señor, dame buen humor" de Padre Pio Cireneo de todos, A de Ripabottoni,


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Los cristianos son los “hijos de la alegría”; Dios “puso el regocijo en nuestro corazón” (Sal. 4,8); la Iglesia, para la criatura regenerada por el bautismo, en una magnífica plegaria al Dueño de la vida y de la alegría, pide: “¡Que ella te sirva alegre en tu Iglesia!”; Jesús en la última Cena ruega al Padre que nos dé, no sólo la alegría, sino “la plenitud de la alegría” (Jn. 15, 11); San Pablo grita a todos: “Alégrense en el Señor siempre; les repito, alégrense” (Fil. 4,4); San Agustín incita: “Canta y camina; canta con la voz, canta con el corazón, canta con las costumbres”, y si el recuerdo de ti te entristece, el pensar en Él te ilumine de alegría.

     La alegría es “el gigantesco secreto del cristiano” (Chesterton); a cada cristiano Dios le da el poder de hacer de manera que quienquiera que lo vea –es un pensamiento de Claudel- sienta deseos de cantar, como si le indicaran en voz baja el tono… No obstante, el bosque de sauces llorones es denso; es más fácil ver un ángel que descubrir entre los cristianos una cara alegre. La “buena noticia”, dada y propagada por Jesús, no parece causar mayor alegría; muchos son los rostros tensos y las arrugas precoces. “¿Dónde carambas escondéis vuestra alegría? –pregunta Bernanos-. Al veros vivir como vivís,  es increíble que a vos y sólo a vos se haya prometido la alegría del Señor”.

     ¿Quién sabrá nunca a cuántos cristianos Dios recriminará su tristeza? Entretanto, no deberían estar tristes mas que de una sola tristeza: la de no ser santos.
     Tal deformación ha infectado también a ciertos hagiógrafos que a veces nos afligen con biografías de santos taciturnos, enfadados, mientras que al contrario ellos recuerdan que Dios “nos ha creado en el amor para que vivamos en la alegría” y están contentos siempre y de todo, porque nuestra alegría es Alguien y no algo; son felices además de ser…santos, “no porque su santidad –observa Merton- los vuelva admirables ante los demás, sino porque el don de la santidad hace que ellos puedan admirar a los demás. El don les confiere una visión que puede encontrar el bien en los delincuentes más terribles”.

     Un aspecto particular de la alegría es el buen humor. ¿Acaso tiene lugar no sólo en la vida de un cristiano sino hasta en la de un santo? Como adecuada introducción, que anticipa la respuesta afirmativa, transcribimos directamente la oración que un santo elevaba al cielo para obtener el don del buen humor: “Señor, dame una buena digestión y también algo que digerir. Dame la salud del cuerpo con el buen humor necesario para mantenerla. Dame, Señor, un alma santa que haga tesoro de aquello que es bueno y puro, a fin de que no se asuste a la vista del pecado sino que encuentre, en su presencia, la manera para poner las cosas de nuevo en su lugar. Dame un alma que no conozca el tedio, el rezongo, los suspiros y los lamentos, y no permitas que me aflija excesivamente por esa cosa tan entrometida que se llama ‘ego’. Señor, dame el sentido del ridículo. Concédeme la gracia de entender una broma, para que conozca, en la vida, un poco de alegría y pueda compartirla también con los demás. Amén” (Tomás Moro). 

     Intentar una definición del “humorismo” (en el sentido del “humor” inglés) es muy difícil, y más aún –está escrito- es en vano el esfuerzo por restringir esta palabra en los límites de una definición. Más allá de la  risa, más multiforme y menos circunscrito que eso; variable según las costumbres, las mentalidades y las culturas de una época; expresado en maneras, formas y circunstancias infinitamente diversas una de otra, el humorismo manifiesta siempre una disposición eminentemente personal del espíritu humano, y por consiguiente podemos decir que esto es “capacidad de evidenciar y representar lo ridículo de las cosas, en cuanto no implique una posición hostil o puramente divertida, sino la intervención de una inteligencia perspicaz y pensativa y a menudo indulgente simpatía humana” (Devoto G. –Oli G. C.).

     Esto y más entendemos, al referirnos al humorismo y buen humor del Padre Pío: el regocijo, la alegría, la jocundidad, la ocurrencia juguetona y aguda, placentera, alusiva y punzante, pero no hasta el punto de convertirse en ironía.

     El padre es un dador risueño, sirve a Dios y lo sirve con alegría, con risa inocente y sana que le viene del corazón puro, posee aquella alegría “sagrada” que tiene en Dios su punto de referencia.
     Resulta admirable su desenvoltura, con la que generalmente llevó el peso de su ascesis inimitable y de sus cruces, las que Dios y los hombres cargaban sobre sus espaldas; y uno de los aspectos “proverbiales eran sus ‘salidas’ divertidas, las ocurrencias del espíritu, los chistes, brotados en pleno discurso, ora para aclarar de golpe cualquier impresión que pudiese haber dado de victimismo, ora para aligerar el efecto cortante de indirectas, que usualmente eran leccioncitas muy certeras” (Mondrone D., art. cit., p. 147).

     “Formidable” conversador, “vivaz” y “brillante” –lo juzga otro hombre de letras –que posee y usa todas las argucias psicológicas para encadenar a su auditorio; en el diálogo directo difícilmente se le pone en dificultades, incluso si se trata de comprometerlo con problemas científicos, ajenos a su experiencia. “En un brete es capaz de recurrir a una ‘salida’ de indudable efecto demagógico para resultar victorioso. Si esto no bastase, desconcierta al interlocutor adversario con salidas aparentemente bizarras y frases irónicas que impiden alcanzar conclusiones. Luego recurre también a la mímica (…). Posee indiscutibles dotes de actor que  un oyente inteligente y desencantado no puede dejar de apreciar. Pero por encima de todo está su gran carga de humorismo que a nadie se le escapa” (8).
(8) Cf. BEDESCHI L. Il suo umorismo, en Cinquant’anni di sacerdocio (10 agosto 1910- 10 agosto 1960), editado por la Casa Sollievo de la Sofferenza, Foggia 1960, p. 90.

     Si durante las conversaciones con los amigos –que el Padre Pío se permite luego de las fatigas del confesionario- la presencia de alguna persona desconocida enfría el recreo, él mismo considera recomponer la atmósfera de abierta cordialidad y la serenidad, la reposada “diversión” continúa con los nervios distendidos, y en descanso y gozo del alma.

     Se “divertía” y divertía, en el sentido preciso etimológico de la palabra, desviando la tensión del ánimo y del cuerpo de las actividades habituales, para disfrutar una pausa de calma y de reposo en las breves alegrías intercaladas en el ministerio; se “relajaba” (“relaxare”: aflojar, que se refiere a distención), participando siempre y con gusto en los recreos de la comunidad religiosa, sin olvidar que la amable y fraterna conversación es también caridad y la caridad “es siempre preciosa”.
     De su inagotable repertorio sacaba las historias “más inconcebibles y originales”, relatando con “memorable desenvoltura”, como para dar envidia al más brillante narrador. Conocía y sabía usar la agradable virtud de la “eutrapelia”: ni tanto ni tan poco, chispeante y cortés, comprometido hombre de Dios, que transfigura alma y cuerpo en  paz y  alegría.
     Incluso escogiendo la flor y nata, falta lo mejor: su voz viva.

     Cuando era estudiante, con una toalla y un cráneo puso en aterradora fuga a un compañero suyo, reduciéndolo al estertor por el miedo. Llamado a las armas, también él tuvo sus aventuras militares. En una mañanita de lluvia “le tocó ir no sé a donde. Nuestro soldado se armó valerosamente de un paraguas y marchó, bien arreglado, hacia la Plaza Plebiscito. ‘¡Hey, soldado!’. Pero el soldado seguía de frente como si no hubiese escuchado. ‘¡Eh! ¡Recórcholis, os hablo a vos, soldado!’. Era un coronel quien precisamente se impacientaba. Consideré conveniente regresar. ‘¿Qué novedad es ésta?’, gritó el coronel bajo el agua que lo ensopaba. ‘¡Un soldado con paraguas! ¿Está loco?’. Me convenía hacerme el tonto –recuerda en este punto el Padre Pío con una sonrisa astuta- y le ofrecí mi paraguas: ‘Si el señor coronel se quiere arreglar, lo acompaño…’. El coronel entendió que tenía que vérselas con un recluta aturdido y con un gesto de desprecio me volvió la espalda y me dejó ahí con mi paraguas en la mano”.

     Un recluta simplón es psicológicamente preparado para una inminente visita del Rey. El sargento sabía que, generalmente, los coloquios entre el Rey y los reclutas no se salían del siguiente formulario: 1. pregunta: “¿Cuántos años tiene?”, respuesta: “Veintidós”; 2. pregunta: “¿Cuántos años de servicio tiene?”, respuesta: “Dos”; 3. pregunta: “¿A quién sirve con mayor gusto, al Rey o a la Patria?”, respuesta: “Uno y otro”. Y sobre esta pauta el sargento instruye pacientemente al soldado raso, que luego de muchos esfuerzos, aprende la lección.

     Finalmente llega el Rey. Pasa revista al regimiento y pregunta, como estaba previsto. Las preguntas son las mismas, pero se invierte el orden: Y entonces: 1. pregunta: “¿Cuántos años de servicio tiene?”, respuesta: “Veintidós”; 2. pregunta: “¿Cuántos años tiene?”, respuesta: “Dos”. El sargento suda frío y el Rey, impacientado, exclama: “¡O tú eres tonto o lo soy yo!”. El soldado que sabe la lección de memoria responde con la réplica del punto 3: “Uno y otro, majestad”.   
   
     El tipo de chiste preferido por el Padre Pío es aquel por categoría; con frecuencia une los acostumbrados abogados a los médicos, bromeando sobre su mala fama, cordialmente anteponiendo: “Es para reírnos”. Un día, pues, un Papa es llamado a resolver un delicado problema de “precedencias” en las procesiones. Los abogados quieren estar delante de los médicos, y los médicos delante de los abogados.

     El Pontífice salomónicamente arregla los procedimientos para los séquitos de los implicados. Y sentencia: “Praecedant carnifices, sequantur latrones: adelante los médicos y detrás los abogados…”.
     Un día el Padre Pío, rodeado de un grupito, distingue a dos médicos que se acercan y él, rápido, pregunta: “¿Sabéis como está un enfermo entre dos médicos? ¡Como un ratón entre dos gatos!...”.
     Y por picar a los “togados”: “¿Sabéis por qué San Ivone es el único abogado que ha entrado en el Paraíso? Ahora os explico” y comienza con vivacidad y riqueza de pormenores.
     Para contar el cuentito del borracho, se levanta de la poltrona de mimbre y remeda al personaje: “¿Por qué, oh, Señor –decía el borracho que había visto sobre el muro caminar un ciempiés- a este animalito le diste cien patas, y a mí que no logro mantener el equilibrio sólo dos?”.

     Usualmente no cuenta sólo por contar, sino que utiliza el tiempo de recreo, sirviéndose de bromas con tema didáctico y moral, que se insertan en la conversación como respuesta a éste o aquél interlocutor. Para inducir, por ejemplo, a uno de éstos a dejar S. Giovanni Rotondo y regresar a su ciudad natal para reemprender el trabajo habitual, narra cómo Cristo junto con los apóstoles había arrendado un campo de trigo para la siega. “La tarde del primer día no habían cortado ni un solo manojo porque Jesús en vez de poner a trabajar a los Apóstoles los había entretenido dialogando. Reprendido por el dueño del campo, Jesús hizo un gesto y la extensión de trigo se convirtió en un campo de gavillas apiladas. Al día siguiente, San Pedro quiso imitar al Maestro. Arrendado otro campo, en vez de poner a trabajar a los otros Apóstoles se puso a conversar con ellos bajo los árboles, pero en la tarde ante la furia del dueño inútilmente repite el gesto de Jesús. El milagro no se cumplió. San Pedro es considerado bribón por el dueño e ingenuo por Jesús”  (Bedeschi L., art. cit., p. 90).

     Se muestra dispuesto a bromear también sobre su propia fe, señal inequívoca –ésta- de quien cree seriamente.
     Un día el Señor se paseó por el Paraíso y vio muchos malencarados que para nada debían estar presentes en el lugar lleno de todas las delicias y vacío de todo mal, y el portero del cielo se las vio difícil, hasta que no averiguó que no era falta de vigilancia, sino abundancia de misericordia de la Virgen y de San José.

     Moraleja: en primer lugar Dios, centro de nuestra adoración; y luego invocar a los santos, eficaces intercesores celestiales, recurriendo a ellos como a buenos amigos.
     Luego de los ámbitos del Cielo, los de la tierra se aceptan y se tratan con modos cordialmente decisos y expeditos.

     Campanini y Macario, los dos notables actores cómicos, llegaron a S. Giovanni Rotondo para visitar el santuario de la Virgen de las Gracias y para rendir homenaje al Padre Pío. Apenas los encuentra por los corredores, el Padre Pío exclama: “¡Mira que caras!...”. El señor que los acompaña y los presenta a él, dice: “Padre, los actores decidieron dejar de trabajar con las piernas y comenzar a trabajar con la cabeza”. Y el Padre Pío: “Hagan lo que quieran, lo importante es que sean juiciosos”. Y despidiéndose, con tono risueño añade: “Seguid siendo irreverentes; nunca habéis andado con tantas formalidades. Cambiad rápido o de otro modo os corro”.

     A quien se dice o se cree “jovenzuelo” le da una demostración práctica de cómo el verdadero jovenzuelo es él, desafiándolo a seguirle el paso incluso en  subida. Regresaba de la sacristía luego de las confesiones de los hombres, por el lado del claustro y, volviéndose hacia el joven padre sacristán, que lo acompañaba: “¡Estos jóvenes –dice- no sirven para nada! Mira cómo se sube”. Y así diciendo subió los escalones de dos en dos, sin que el padre sacristán pudiera seguirle el paso. Llegado  al  primer  rellano  vio  a unas personas y –con mucha sencillez- exclamó, poniéndose la mano sobre la boca: “¡Virgen santa!...”.

     La explosión de alegría, así manifiesta, nos trae a la mente lo que Chesterton dice de San Francisco de Asís: “El sentido del humor es la sal de cada travesura”.

     El Padre Pío no estaba precisamente necesitado de dirigir al Señor la plegaria de Santa Teresa, que temía más a una religiosa descontenta que a una banda de demonios: “Líbrame, oh Señor, de las devociones tontas y de los santos de cara rancia”.

     El Padre Pío sabía que el “dador alegre” no sólo agrada a Dios sino también a los hombres; que no es de buen cristiano hacerle la vida al prójimo más gravosa de cuanto lo sea ya, agobiándolo con nuestro humor negro; por consiguiente, lleno el corazón de la alegría que Dios ama –“la alegría, cuando es fruto de la serenidad y del gozo, tiene su casa en el corazón del cristiano, y su espejo en su rostro” (Don Giuseppe De Luca)- se muestra abierto, amable y contento con todos aquellos que encuentra sobre su ruta para sostenerlos y ayudarlos continuamente con su presencia. Y también en esto el Padre Pío está en perfecta armonía con el espíritu de su seráfico padre Francisco de Asís.
     Así su humorismo se vuelve también apostolado y no queda sólo en simple distracción y reposo: su alma santa no se asusta ante el pecado, sino que encuentra el camino “para poner de nuevo las cosas en su lugar”.

     En sus manos el buen humor, la salida divertida, la humorada, no es sólo distracción y arma espiritual, sino también defensa contra los curiosos e inoportunos: “Entre una sonrisa y un chiste os esconde su secreto, de manera que muchos viven junto a él sin intuir nada, y algunos sin entender ni siquiera su bondad y el heroísmo de su virtud. Dice las cosas más graves con una simpleza llena de naturalidad, que os hace aceptar lo sobrenatural sin que os deis cuenta. Él está entre dos vidas, sonriendo al dialogar con los seres de dos mundos”.

     Sólo rarísimas veces responde a preguntas precisas: “Padre ¿qué os aplicáis en las manos, que están tan perfumadas?” “Pues nada, hijito…”. “Padre ¿vuestras heridas os causan mucho malestar?” “¿Y qué crees, que el Señor me las dio de broma?”. “Padre, hace ya un tiempo que no huelo vuestro perfume…” “Estás aquí conmigo y no te es necesario”.

     Usualmente, habilísimo, utiliza otra manera para esconder los dones de los que Dios lo ha colmado. A quien le dice lleno de admiración. “¿Por qué yo no amo a Jesús como tú?”, él responde. “¿Y por qué yo no lo amo como tú?”.

     Al pasar del confesionario de las mujeres al altar, y viendo precipitarse sobre él a los devotos, coge como espada liberadora el cíngulo y con voz imperiosa, bajo la forma de sugestiva cordialidad: “¡Achis! Hoy aquí hay revolución –dice-, oh, hay un campo de minas”; con los pecadores que no entienden o que excusan su estado diciéndose, no obstante sus sarros, básicamente buenos, usa los modales “ásperos y fieros”; “Sí, eres bueno, bueno como el puchero”; a un místico un poco trastornado que estaba seguro de tener los estigmas, le dice: “Esperemos que no, de otro modo habrían comenzado tus calamidades”, y al célebre abogado Cassinelli que lo envestía con su vehemencia oratoria, lo interrumpe bruscamente: “¡Oye! –le dice- eres muy complicado para mi carácter, hijito…”. “¿Este gran viaje para verme?” dice, maravillado, al importante periodista Orio Vergano, que quería entrevistarlo para el “Correo de la Tarde”. “¿No tenéis en casa un libro de oraciones? Os pudisteis ahorrar el viaje. Dios os bendiga. Un Ave María vale más que un viaje, hijo mío”.

     Durante la visita del ex presidente de la República, Antonio Segni (22 nov. 1959) el ilustre huésped presentaba a su comitiva, comenzando por el honorable Russo. En la sala eran muchos, pero silencio y veneración circundaban al Padre Pío, que sale de su recogimiento con una de las suyas: “Excelencia ¿por qué me trajo un solo ‘ruso’? ¡Tráigame muchos!”.

     Con una carcajada general se rompe el gran silencio, parecía un encuentro de viejos y festivos amigos, el tiempo de la entrevista pasó velozmente y el Padre Pío regresó al silencio conventual luego de haber extendido a su alrededor una cortina de niebla para defenderse de honores y alabanzas que se le tributaban sinceramente.

     He aquí cómo relata un milagro sucedido casi de broma, marcado por la frase dialectal “te’ros’ch’: toma, roe”. Un día durante un recreo ameno y gracioso, a quemarropa le preguntaron: “Padre espiritual, ¿habéis hecho algún milagro?”. Agarrado así desprevenido, con una sonrisa respondió: “Sí, una vez, y casi de broma”.ma a quien yo iba a visitar con cierta regularidad. La pobrecita, por gratitud, cada vez que yo me despedía, me rogaba que la próxima vez le llevara algo de comer que hubiera estado sobre mi mesa. Un día, luego de haber comido, mientras ordenaba los cubiertos en el cajón, noté en el fondo de éste un ‘propato’ (biscocho durísimo) que debía estar ahí desde hacía mucho.

     Me lo metí en el bolsillo y fui a visitar a la enferma. Al entrar en la casa, antes que ella respondiese a mi saludo, dije casi con bromista ironía: ‘Te’ ros’ch’’, dándole el biscocho. ¿Lo creeréis? Cuando regresé a verla en la siguiente ocasión, la encontré esperándome de pie y me agradecía, porque había sanado luego de comerse el ‘propato’. Y me dejó con palmo de narices”.

     Leal, abierto, cordial, con sus salidas chispeantes a menudo daba la vuelta a situaciones  embarazosas en su ocurrente lenguaje vernáculo, que le fluía de los labios incluso en momentos solemnes y que no paraba ni siquiera ante… ¡la muerte!
     Su piedad se funde con un corazón ligero y contento: donde hay mucha fe –está escrito- habrá también muchísima risa (“es siempre primavera en el corazón que ama Dios”, dice el cura de Ars –y hablaba por experiencia personal). Risa condimentada con aquella “sal de la vida” que se llama humorismo: “Padre espiritual, ¿por qué ayer en la tarde durante la prédica sobre la muerte, dada por el padre ejercitador, usted reía?”.
“¿Y qué iba a hacer? No me pude contener: ¡ciertos predicadores te hacen reír incluso ante la muerte! …”.
     Durante un temporal un hermano que está con el Padre Pío en el corredor del convento de S. Giovanni Rotondo, asustado por los relámpagos, que son frecuentes por la presencia de la cabina eléctrica situada en una habitación, dice: “Padre espiritual, por lo menos alejémonos de la cabina. Ayer por un rayo se murieron diez personas”. Y él, rápido: “Nosotros no corremos este peligro: sólo somos dos”. 

      La santa doctora de la Iglesia, Teresa de Ávila,  dirigía la siguiente observación al fraile Juan de la Miseria, que le había pintado un retrato: “Dios te perdone, hermano Juan, porque me hiciste fea y legañosa”.

     No sabemos si el Padre Pío deba lamentarse también de algún hermano Juan de la Miseria (señalaba, en cambio, que lo vendían muy…barato, cuando oyó a un chiquitillo sobre el atrio que voceaba: “El Padre Pío por dos centavos…” ofreciendo la foto a los peregrinos), pero es cierto que él no es ni feo ni legañoso y tampoco trompudo: es “muy bello” (al mensaje arrebatado de una mujer: “¡Padre feo y malo!”, el Padre Pío le contesta: “¡Malo, sí! ¡Pero feo, no, porque Dios me hizo bello!”), sus grandes ojos están “llenos de luz”; según la sugerencia de su Fundador deja al demonio la tristeza y al bufón le dice que siga haciendo el bufón; y sobre semejante línea de conducta recibe la aprobación de un filósofo santo: “Etiam  officium histrionum, quod ordinatur ad officium hominibus exhibendum, no est secundum se illicitum” (Incluso el papel de comediante, cuando se trata de ejercerlo ante los demás, no es en sí mismo ilícito) obtiene  la sonrisa de la Virgen y un aplauso del Niño Jesús: “Carlo Campanini va con el Padre Pío: ‘Padre, ¿cómo puedo preciarme de ser de vuestra familia espiritual, si cada tarde debo empastarme la cara y siempre hacer el bufón  en el escenario?’

El Padre Pío sonríe: ‘Hijo, en este mundo cada quien hace el bufón en el lugar que Dios le asignó’. Basta anteponer a Dios y cada cosa regresa a su lugar (…). Hubo un saltimbanqui que se hizo monje y puesto que era de veras ignorante no lograba aprender los cantos y las oraciones de los hermanos. Entonces, cuando la iglesia estaba desierta, el fraile saltimbanqui se exhibía ante la estatua de Nuestra Señora, demostrando sus únicas habilidades: saltos, cabriolas, volteretas. Fue grande el escándalo en el convento cuando se supo el episodio. Y una bella mañana el padre guardián se escondió detrás de una columna para sorprender al hermano saltimbanqui. ¡Cuál no sería la sorpresa del padre guardián cuando vio a la Virgen santa sonreír desde su estatua y al Niño Jesús agitar las manitas complacido por las proezas del maromero en hábito gris! Ahí lo tienes: el fraile más ignorante de la comunidad ofrecía a la Reina del cielo la flor de sus cualidades: y ella aceptaba con alegría. Porque aquel fraile había escogido bien su lugar. Nos atreveremos a decir con el Padre Pío: ‘hacía bien el ‘bufón’ en el puesto que Dios le había asignado’. ¡Oh, aquella maravillosa ‘bufonería’ de Francisco de Asís y de San Juan Bosco! Señor, dadnos un poco;  sólo un poco. ¡Tenemos mucha necesidad de ello para ayudar al Padre Pío a terminar su grandiosa obra!” (9).

(9) GIGLIOZZI   G., Ognuno al suo posto, en La Casa Sollievo Della Sofferenza 8 (1-31 julio 1957) 1.-Sobre la alegría cristiana, cf., la exhortación apostólica de su santidad Paulo VI del 9 de mayo de 1975.

     ¿Quién piensa, entonces, que las Florecillas de San Francisco sean una extravagante rareza? Se repiten, se renuevan en multiformes gradaciones e intensidad, según las exigencias de los tiempos.