Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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Oramos por la paz


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+ Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor Dios nuestro.

En el nombre del Padre, y de Hijo y del Espíritu Santo. Amén


Nos dice San Francisco de Asis en la Admonición 15:

Dichosos los pacíficos  porque serán llamados hijos de Dios. (Mateo 5,9.

Son verdaderamente pacíficos aquellos que en medio de todas las cosas que padecen en este mundo, conservan la paz en su alma y en su cuerpo por el amor de nuestro Señor Jesucristo.”


DIJO EL PAPA FRANCISCO... "¡Que una cadena de empeño por la paz una a todos los hombres y a las mujeres de buena voluntad! Es una invitación fuerte y urgente que dirijo a la entera Iglesia Católica, pero que extiendo a todos los cristianos de las demás Confesiones, a los hombres y mujeres de toda religión y también a aquellos hermanos y hermanas que no creen: la paz es un bien que supera toda barrera, porque es un bien de toda la humanidad".


ORACION POR LA PAZ DE JUAN PABLO II


"Creador de la naturaleza y del hombre

de la verdad y de la belleza, elevo una oración:

ESCUCHA MI VOZ

porque es la voz de las víctimas de todas las guerras

y de la violencia entre los individuos y entre las naciones;

ESCUCHA MI VOZ

porque es la voz de los niños que sufren y sufrirán

cada vez que los pueblos pongan su confianza en las armas

y en la guerra; 

ESCUCHA MI VOZ

cuando te pido que infundas en los corazones de todos

los seres humanos la sabiduría de la paz, la fuerza de

la justicia y la alegría de la amistad;

ESCUCHA MI VOZ

porque hablo en nombre de las multitudes de cada país

y de cada periodo de la historia que no quieren la guerra

y están dispuestos a recorrer el camino de la paz; 

ESCUCHA MI VOZ

y danos la capacidad y la fuerza para poder responder

al odio con amor, a la injusticia con una a dedicación a 

la justicia,

a la necesidad con nuestra propia involucración,

a la guerra con la paz.

Oh DIOS, ESCUCHA MI VOZ

y concede al mundo para siempre Tu paz". AMÈN


Ofrecemos el santo Rosario a la Santísima Virgen  y meditamos las palabras de Padre Pio acerca de la paz


Pésame


Primer Misterio: 

-Mantente siempre unida estrechamente a la santa Iglesia Católica, porque sólo ella te puede dar la paz verdadera, ya que sólo ella posee a Jesús sacramentado. Él es el verdadero príncipe de la paz (FM, 166). 

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria


 Segundo Misterio: 

 -Calma, le recomiendo siempre calma. Las ansiedades angustiosas agotan y esterilizan la piedad cristiana (1260).

 Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria


 Tercer Misterio: 

 - …conservando la tran¬quilidad y la paz en cualquier circunstancia, haremos grandes progresos en las vías del Señor; por el contrario, perdida esta paz, todos nuestros esfuerzos conseguirán poco o ningún fruto para la vida eterna (608).

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

 

 Cuarto Misterio:.

- El enemigo de nuestra salvación co¬noce muy bien que la paz del corazón es un indicio seguro de la asistencia divina, y, por tanto, no deja pasar ocasión para hacérnosla perder. Por tanto, vivamos siempre alerta sobre este particular. Jesús nos ayudará (603).

Padre nuestro, 10 Ave María y Gloria


Quinto Misterio: 

La paz es la simplicidad del espíritu, la serenidad de la mente, la tranquilidad del alma, el vínculo del amor.

La paz es el orden y la armonía entre todos; es el continuo gozo que brota del testimonio de una buena conciencia; es la santa alegría de un corazón, en el que reina Dios.

La paz es el camino de la perfección, aún más, en la paz se encuentra la perfección.

El demonio conoce todo esto y hace todo lo posible para hacernos perder la paz 

Padrenuestro, 10 Ave María y Gloria

 

Por la intención del Santo Padre Francisco para este mes y  por la paz en el mundo, en especial en los países en guerra.

Padre nuestro, 3 ave María y Gloria


Oración a san Miguel Arcángel


SALVE  


El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


Enseñanzas


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Llama a Jesús...


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Durante el día, cuando no puedes  hacer otra cosa, llama a Jesús aún en medio de todas tus ocupaciones. Vuela con el espíritu ante el tabernáculo cuando no puedas ir con el cuerpo, y allí desahógate de tus  ardientes codicias, habla y ora y abraza al Amado de las almas, mejor que si te fuese dado recibirlo sacramentalmente.

                                                                                                            Epístolario III, pag. 448



Rosario sobre "La vanagloria"


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 Grupos de Oración de San Pio de Pietrelcina

Santo Rosario – Febrero 2021

† Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro.

En el nombre del Padre y del hijo y del Espíritu Santo. Amén  


Nos enseña Padre Pio:

El alma es como un campo de batalla, donde Dios y Satanás no cesan de luchar. Es necesario abrir al Señor las puertas de nuestra alma de par en par y entregársela totalmente, fortificarla con toda clase de armamento, iluminarla con Su Luz para combatir las tinieblas del terror, revestirla de Jesús, con su verdad y justicia, con el escudo de la fe, con la Palabra de Dios. Solo así triunfaremos contra el enemigo. Para revestirse de Jesús es necesario despojarse de sí mismos."

Pésame

Primer Misterio: 

Graben bien en su mente; esculpan fuertemente en sus corazones; y convénzanse de que nadie es bueno «sino sólo Dios»; y que nosotros no te-nemos otra cosa que la nada. Vayan meditando continuamente lo que san Pablo escribe a los fieles de Corinto: «¿Qué tienes que no lo hayas recibi-do? Y, si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?». «No que seamos capaces - dice además - de pensar algo por nosotros mismos, como si fuera cosa nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios».

Cuando se sientan tentadas de vanagloria, repitan con san Bernardo: «Ni por ti lo inicié, ni por ti lo dejaré» ¿No comencé mi viaje por los caminos del Señor? Entonces, por ellos quiero seguir; por ellos continuaré mi mar-cha. Si el enemigo les asalta por la santidad de su vida, que le griten a la cara: mi santidad no es fruto de mi espíritu, sino que es fruto del espíritu de Dios que me santifica. Es un don de Dios; es un talento que me ha pres-tado mi Esposo para que yo negocie con él y después le rinda estrecha cuenta de la ganancia obtenida.

(2 de agosto de 1913, al P. Agustín de San Marcos in Lamis – Ep. I, p. 396)

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria


Segundo Misterio: 

Las virtudes son como quien tiene un tesoro, que, si no lo tiene escondido a los ojos de los envidiosos, se lo robarán. El demonio está siempre vigi-lando; y él, el peor de todos los envidiosos, busca arrebatar este tesoro, que son las virtudes, tan pronto como lo descubre; y lo hace asaltándonos con ese enemigo tan poderoso que es la vanagloria.

Nuestro Señor, siempre atento a nuestro bien, para preservarnos de este gran enemigo, nos lo advierte en varios lugares del evangelio. ¿Acaso no nos dice que, si queremos hacer oración, nos retiremos a nuestro cuarto, cerremos la puerta y oremos de tú a tú con Dios, para que nuestra oración no sea conocida por los demás?; ¿que, al ayunar, nos lavemos la cara para que no descubramos nuestro ayuno a los demás en la suciedad y la palidez del rostro?; ¿que, al dar limosna, no sepa la mano derecha lo que hace la izquierda?

(2 de agosto de 1913, al P. Agustín de San Marcos in Lamis – Ep. I, p. 396)

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria


 Tercer Misterio: 

 Tenía mucha razón San Jerónimo, al comparar la vanagloria con la sombra. De hecho, la sombra sigue al cuerpo a todas partes; y hasta le mide los pasos. Se aleja el cuerpo, se aleja también ella; camina a paso lento, también ella hace lo mismo; se sienta, y entonces también ella toma la misma posición.

Lo mismo hace la vanagloria; sigue por todos lados a la virtud. En vano intentaría el cuerpo huir de su sombra; ésta, siempre y en todas partes, le sigue y camina a su lado. Lo mismo le sucede a quien se ha dedicado a la virtud, a la perfección: cuanto más huye de la vanagloria, más es asaltado por ella. Temamos todos, querido padre, a este nuestro gran enemigo. Lo teman todavía más aquellas dos almas elegidas, porque este enemigo tiene un algo de inexpugnable.

Estén siempre alerta; no se deje a este enemigo tan poderoso entrar en la mente y en el corazón; porque, si consigue entrar, desflora las virtudes, corroe la santidad, corrompe todo lo que hay de belleza y de bondad.

Traten de pedir continuamente a Dios la gracia de verse preservadas de este vicio pestilente, porque «Todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces». Abran sus corazones a la confianza en Dios. Recuerden siempre que todo lo que hay de bueno en ellas, es puro regalo de la suma bondad del Esposo celestial.

(2 de agosto de 1913, al P. Agustín de San Marcos in Lamis – Ep. I, p. 396)

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria


Cuarto Misterio:

La vanagloria es un enemigo que acecha sobre todo a las almas que se han consagrado al Señor y que se han entregado a la vida espiritual; y, por eso, puede ser llamada, con toda razón, la tiña del alma que tiende a la perfección. Ha sido llamada con acierto por los santos carcoma de la santidad.

Nuestro Señor, para mostrarnos en qué gran medida la vanagloria es contraria a la perfección, lo hace con aquella reprensión que hizo a los apóstoles, cuando los vio llenos de autocomplacencia y de vanagloria, porque los demonios obedecían las órdenes que ellos les daban: «Sin embargo, no os alegréis porque los espíritus se os someten».

Y para erradicar del todo de sus mentes los tristes efectos de este maldito vicio, que suele conseguir insinuarse en los corazones, los atemoriza poniendo ante sus ojos el ejemplo de Lucifer, precipitado desde las alturas por la vana complacencia en la que cayó ante la grandeza a la que Dios le había ensalzado: «Veía a satanás, que caía del cielo como un relámpago».

Este vicio hay que temerlo todavía más porque no hay una virtud contraria para combatirlo. En efecto, cada vicio tiene su remedio y la virtud contraria; la ira se destierra con la mansedumbre; la envidia con la caridad; la soberbia con la humildad; etc. Sólo la vanagloria no tiene una virtud con-traria para ser combatida. Ella se insinúa en los actos más santos; y, hasta en la misma humildad, si no se está atento, ella coloca con soberbia su tienda.

(2 de agosto de 1913, al P. Agustín de San Marcos in Lamis – Ep. I, p. 396)

Padre nuestro, 10 Ave María y Gloria


Quinto Misterio: 

San Crisóstomo, hablando de la vanagloria, dice: «Cuantas más obras realices, buscando aplastar la vanagloria, tanto más la estimulas». ¿Y cuál es la causa de esto? Dejemos que nos lo diga el mismo santo doctor: «Por-que todo lo malo proviene del mal; solo la vanagloria procede del bien; y, por eso, no se extingue con el bien sino que se infla más».

El demonio, querido padre, sabe muy bien que un lujurioso, un ladrón, un avaro, un pecador, tienen más motivos para avergonzarse y para sonrojarse que para gloriarse; y, por eso, se cuida mucho de tentarlos por ese lado, y les ahorra esta batalla. Pero no se la ahorra a los buenos, sobre to-do al que se esfuerza por tender a la perfección. Todos los otros vicios se yerguen sólo en los que se dejan vencer y dominar por ellos; pero la vanagloria levanta la cabeza precisamente en aquellas personas que la comba-ten y la vencen. Se envalentona al asaltar a sus enemigos, sirviéndose de las mismas victorias que han conseguido contra ella. Es un enemigo que no se detiene nunca; es un enemigo que entra en batalla en todas nuestras obras y que, si no se está vigilante, nos hace sus víctimas.

En efecto, nosotros, para huir de las adulaciones de los demás, preferimos los ayunos ocultos y secretos a los visibles; el silencio, al hablar elocuente; ser despreciados, a ser tenidos en cuenta; los desprecios, a los honores. ¡Oh!, Dios mío. También en esto, la vanagloria quiere, como suele decirse, meter la nariz, acometiéndonos con vanas complacencias.

(2 de agosto de 1913, al P. Agustín de San Marcos in Lamis – Ep. I, p. 396)

Padrenuestro, 10 Ave María y Gloria

 

Por la intención del Papa Francisco para este mes de febrero:

Intención universal Recemos por las mujeres que son víctimas de la violencia, para que sean protegidas por la sociedad y para que su sufrimiento sea considerado y escuchado.

Padre nuestro, 3 ave María y Gloria


Oración a San José,  del Papa Francisco

Salve, custodio del Redentor  y esposo de la Virgen María.

A ti Dios confió a su Hijo, en ti María depositó su confianza,

contigo Cristo se forjó como hombre.

Oh, bienaventurado José, muéstrate padre también a nosotros

y guíanos en el camino de la vida.

Concédenos gracia, misericordia y valentía, y defiéndenos de todo mal. 

Amén.


San José nos ayude a imitarlo y a decir como San Pablo en Gálatas 6, 14:

“Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo.”


Oración a san Miguel Arcángel


SALVE 


En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


Oramos en el año santo de San José


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Grupos de Oración de San Pio de Pietrelcina

Adheridos al Centro Internacional de san Giovanni Rotondo

ORAMOS SIN FRONTERAS

En honor a San José, por la conversión de los pecadores, por la santa Iglesia Católica apostólica romana,  el Papa Francisco, y por el fin de la pandemia.

+ Por la señal de la Santa cruz, de nuestros enemigos, líbranos Señor Dios nuestro.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén


Oración a San José,  del Papa Francisco

Salve, custodio del Redentor

y esposo de la Virgen María.

A ti Dios confió a su Hijo,

en ti María depositó su confianza,

contigo Cristo se forjó como hombre.

Oh, bienaventurado José,

muéstrate padre también a nosotros

y guíanos en el camino de la vida.

Concédenos gracia, misericordia y valentía,

y defiéndenos de todo mal. Amén.

Corona de los Siete Dolores y Gozos de Nuestro Padre San José.

- Pésame   

- Credo.

1er Dolor y Gozo:

Casto esposo de María Santísima, glorioso San José: por el dolor que tuviste ante la duda de tener que abandonar a tu querida esposa, y por el gozo que te causó la revelación angélica del misterio de la Encarnación; te suplico me alcances dolor de mis juicios temerarios e indebidas críticas al prójimo, y el gozo de ejercer la caridad viendo en él a Cristo.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria 

2do Dolor y Gozo:

Feliz patriarca, hijo de David, padre virginal del Verbo humanado, glorioso San José: Por el dolor que te conmovió viendo nacer al Niño Jesús en tanta pobreza y por el gozo que te inundó al verle cantado por los Ángeles y adorado por los pastores; te suplico me alcances dolor de mis codicias y egoísmos, y el gozo de servirle con pobreza y humildad. 

Padrenuestro, Avemaría y Gloria 

3er Dolor y Gozo:

Obediente ejecutor de las leyes divinas, glorioso San José: Por el dolor que te produjo en la circuncisión ver derramar la primera sangre al Mesías, y por el gozo que sentiste al oír su nombre de Jesús, Salvador; te suplico me alcances dolor de mis vicios y sensualidades, y el gozo de purificar mi espíritu practicando la mortificación. 

Padrenuestro, Avemaría y Gloria 

4to Dolor y Gozo:

Fiel santo, partícipe en los misterios de nuestra redención, glorioso San José: Por el dolor que te traspasó al escuchar en la profecía de Simeón lo que había de sufrir Jesús y María, y por el gozo que te llenó al saber que sería para la salvación de innumerables almas; te suplico me alcances dolor de haber crucificado a Cristo con mis culpas, y el gozo de llevarle los hombres mediante mi ejemplo y mi palabra.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria 

5to Dolor y Gozo:

 Vigilante custodio del Hijo de Dios hecho hombre, glorioso San José: Por el dolor que te angustió al saber que Herodes quería matar al Niño, y por el gozo que te confortó al huir con Jesús y María a Egipto; te suplico me alcances dolor de mis pecados de escándalo, y el gozo de apartarme de las ocasiones de ofender a Dios. 

Padrenuestro, Avemaría y Gloria 

6to Dolor y Gozo:

 Ángel de la tierra, que tuviste a tus órdenes al Rey del cielo, glorioso San José: Por el dolor que te infundió el temor de Arquelao, y por el gozo con que te tranquilizó el Ángel, de volver a Nazareth; te suplico me alcances dolor por mis cobardías y respetos humanos, y el gozo de confesar a Cristo en toda mi vida pública y privada.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria 

7mo Dolor y Gozo:

Modelo de toda santidad, glorioso San José: Por el dolor que padeciste al perder, sin culpa, durante tres días al Niño, y por el gozo que experimentaste al encontrarlo en el templo entre los doctores; te suplico me alcances dolor cada vez que por mi culpa pierda a Cristo, y el gozo de vivir siempre en gracia y morir felizmente, bajo su patrocinio, en los brazos de Jesús y María, para cantar eternamente sus misericordias. 

Padrenuestro, Avemaría y Gloria 

-Ruega por nosotros Padre de Jesús y nuestro, San José

-Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.


Oremos:

Dios Todopoderoso que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José: haz que por su intercesión la Iglesia los conserve fielmente y los lleve a plenitud en su misión salvadora. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén


Oración a San José*

A ti bienaventurado José, acudimos en nuestra tribulación,  y después de implorar el auxilio de tu Santísima Esposa, solicitamos también tu patrocinio.

Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, te mantuvo unido, y por el paternal amor con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente, te suplicamos que vuelvas benigno los ojos a la herencia que con su sangre adquirió Jesucristo, y con tu poder y auxilio socorras nuestras necesidades.

Protege, providente custodio de la divina familia, a la escogida descendencia de Jesucristo; aparta de nosotros toda mancha de error y Corrupción, asístenos propicio desde el cielo, fortísimo libertador nuestro en esta lucha contra el poder de las tinieblas; y como en otro tiempo libraste al Niño Jesús del inminente peligro de su vida, así ahora defiende a la Iglesia santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, y a cada uno de nosotros protégenos con tu perpetuo patrocinio para que, a ejemplo tuyo y sostenidos con tu auxilio, podamos santamente vivir, piadosamente morir y obtener en el cielo la eterna bienaventuranza. 

Amén

*Fuente: “Recemos con San Pio de Pietrelcina” , Foggia 2013


Letanía

-Señor, ten piedad de nosotros.

-Cristo, ten piedad de nosotros.

-Señor, ten piedad de nosotros.

-Cristo, óyenos.

-Cristo, escúchanos.

-Dios, Padre celestial             Ten piedad de nosotros

-Dios Hijo, Redentor del mundo

-Dios Espíritu Santo

-Santa Trinidad, un solo Dios .

-Santa Maria,                                          Ruega por nosotros (se repite)

-San José

-Ilustre descendiente de David

-Luz de los patriarcas

-Esposo de la Madre de Dios

-Custodio purísimo de la Virgen,

-Nutricio del Hijo de Dios

-Diligente defensor de Cristo

-Jefe de la Sagrada Familia

-José justo

-José casto

-José prudente

-José fuerte

-José obediente

-José fiel

-Espejo de paciencia

-Amante de la pobreza

-Modelo de obreros

-Gloria de la vida doméstica

-Custodio de vírgenes

-Sostén de las familias

-Consuelo de los desdichados

-Esperanza de los enfermos

-Patrono de los moribundos

-Terror de los demonios

-Protector de la santa Iglesia

-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo Perdónanos, Señor.

-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo Escúchanos, Señor.

-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo Ten piedad de nos.

V. Lo nombró administrador de su casa.

R. Y señor de todas sus posesiones.

Oremos

¡Oh Dios, que con inefable providencia te dignaste elegir a San José para esposo de tu Santísima Madre; te rogamos nos concedas tenerlo como intercesor en el cielo, ya que lo veneramos como protector en la tierra. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.


Fragmentos de la Carta apostólica PATRIS CORDE del Santo Padre Francisco, en ocasión de cumplirse los 150 años de la declaración de San José como patrono de la Iglesia universal.

Con corazón de padre: así José amó a Jesús, llamado en los cuatro Evangelios «el hijo de José»

Los dos evangelistas que evidenciaron su figura, Mateo y Lucas, refieren poco, pero lo suficiente para entender qué tipo de padre fuese y la misión que la Providencia le confió.

Sabemos que fue un humilde carpintero (cf. Mt 13,55), desposado con María (cf. Mt 1,18; Lc 1,27); un «hombre justo» (Mt 1,19), siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios manifestada en su ley (cf. Lc 2,22.27.39) y a través de los cuatro sueños que tuvo (cf. Mt 1,20; 2,13.19.22). Después de un largo y duro viaje de Nazaret a Belén, vio nacer al Mesías en un pesebre, porque en otro sitio «no había lugar para ellos» (Lc 2,7). Fue testigo de la adoración de los pastores (cf. Lc 2,8-20) y de los Magos (cf. Mt 2,1-12), que representaban respectivamente el pueblo de Israel y los pueblos paganos.

Después de María, Madre de Dios, ningún santo ocupa tanto espacio en el Magisterio pontificio como José, su esposo. … tuvo un papel central en la historia de la salvación: el beato Pío IX lo declaró «Patrono de la Iglesia Católica»[2], el venerable Pío XII lo presentó como “Patrono de los trabajadores”[3] y san Juan Pablo II como «Custodio del Redentor»[4]. El pueblo lo invoca como «Patrono de la buena muerte»[5].

Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. A todos ellos va dirigida una palabra de reconocimiento y de gratitud.

Padre amado

Padre de la ternura

Padre en la obediencia

Padre en la acogida

Padre de la valentía creativa

Padre trabajador

Padre en la sombra

Así como Dios hizo con María cuando le manifestó su plan de salvación, también a José le reveló sus designios y lo hizo a través de sueños que, en la Biblia, como en todos los pueblos antiguos, eran considerados uno de los medios por los que Dios manifestaba su voluntad[13].

José estaba muy angustiado por el embarazo incomprensible de María; no quería «denunciarla públicamente»[14], pero decidió «romper su compromiso en secreto» (Mt 1,19). En el primer sueño el ángel lo ayudó a resolver su grave dilema: «No temas aceptar a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). Su respuesta fue inmediata: «Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado» (Mt 1,24). Con la obediencia superó su drama y salvó a María.

En el segundo sueño el ángel ordenó a José: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y huye a Egipto; quédate allí hasta que te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2,13). José no dudó en obedecer, sin cuestionarse acerca de las dificultades que podía encontrar: «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, donde estuvo hasta la muerte de Herodes» (Mt 2,14-15).

En Egipto, José esperó con confianza y paciencia el aviso prometido por el ángel para regresar a su país. Y cuando en un tercer sueño el mensajero divino, después de haberle informado que los que intentaban matar al niño habían muerto, le ordenó que se levantara, que tomase consigo al niño y a su madre y que volviera a la tierra de Israel (cf. Mt 2,19-20), él una vez más obedeció sin vacilar: «Se levantó, tomó al niño y a su madre y entró en la tierra de Israel» (Mt 2,21).

Pero durante el viaje de regreso, «al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, avisado en sueños —y es la cuarta vez que sucedió—, se retiró a la región de Galilea y se fue a vivir a un pueblo llamado Nazaret» (Mt 2,22-23).

El evangelista Lucas, por su parte, relató que José afrontó el largo e incómodo viaje de Nazaret a Belén, según la ley del censo del emperador César Augusto, para empadronarse en su ciudad de origen. Y fue precisamente en esta circunstancia que Jesús nació y fue asentado en el censo del Imperio, como todos los demás niños (cf. Lc 2,1-7).

San Lucas, en particular, se preocupó de resaltar que los padres de Jesús observaban todas las prescripciones de la ley: los ritos de la circuncisión de Jesús, de la purificación de María después del parto, de la presentación del primogénito a Dios (cf. 2,21-24)[15].

En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní.

José, en su papel de cabeza de familia, enseñó a Jesús a ser sumiso a sus padres, según el mandamiento de Dios (cf. Ex 20,12).

En la vida oculta de Nazaret, bajo la guía de José, Jesús aprendió a hacer la voluntad del Padre. Dicha voluntad se transformó en su alimento diario (cf. Jn 4,34). Incluso en el momento más difícil de su vida, que fue en Getsemaní, prefirió hacer la voluntad del Padre y no la suya propia[16] y se hizo «obediente hasta la muerte […] de cruz» (Flp 2,8). Por ello, el autor de la Carta a los Hebreos concluye que Jesús «aprendió sufriendo a obedecer» (5,8).

Todos estos acontecimientos muestran que José «ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente “ministro de la salvación”»[17].

El objetivo de esta Carta apostólica es que crezca el amor a este gran santo, para ser impulsados a implorar su intercesión e imitar sus virtudes, como también su resolución.

En efecto, la misión específica de los santos no es sólo la de conceder milagros y gracias, sino la de interceder por nosotros ante Dios, como hicieron Abrahán[26] y Moisés[27], como hace Jesús, «único mediador» (1 Tm 2,5), que es nuestro «abogado» ante Dios Padre (1 Jn 2,1), «ya que vive eternamente para interceder por nosotros» (Hb 7,25; cf. Rm 8,34).

Los santos ayudan a todos los fieles «a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad»[28]. Su vida es una prueba concreta de que es posible vivir el Evangelio.

Jesús dijo: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), y ellos a su vez son ejemplos de vida a imitar. San Pablo exhortó explícitamente: «Vivan como imitadores míos» (1 Co 4,16)[29]. San José lo dijo a través de su elocuente silencio.

Ante el ejemplo de tantos santos y santas, san Agustín se preguntó: «¿No podrás tú lo que éstos y éstas?». Y así llegó a la conversión definitiva exclamando: «¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva!»[30].

No queda más que implorar a san José la gracia de las gracias: nuestra conversión.

Oración 

Glorioso patriarca San José, cuyo poder sabe hacer posibles las cosas imposibles, ven en mi ayuda en estos momentos de angustia y dificultad.

Toma bajo tu protección las situaciones tan graves y difíciles que te confío, para que tengan una buena solución.

Mi amado Padre, toda mi confianza está puesta en ti.

Que no se diga que te haya invocado en vano y, como puedes hacer todo con Jesús y María, muéstrame que tu bondad es tan grande como tu poder.

Amén.


Anexo

Fragmento de “La vida devota de Padre Pio” por Gerardo di Flumeri y Gennaro Preziuso


El Padre Pío admiró siempre la altura espiritual de san José. Imitó sus virtudes y recurrió a él en los momentos más difíciles de su vida, obteniendo siempre gracias y favores celestiales.

Él, como san José, aún sin serlo en el orden natural, se sentía padre y era consciente de los derechos y deberes de su paternidad espiritual. Por este motivo, se dirigía con confianza a este santo, para suplicarle por sus hijos e hijas espirituales. «Ruego a san José que, con aquel amor y con la generosidad con que cuidó de Jesús, custodie tu alma, y, como lo defendió de Herodes, así proteja tu alma de un Herodes más feroz: ¡el demonio!». «El patriarca san José cuide de ti con el mismo cuidado que tuvo de Jesús: te asista siempre con su benévolo patrocinio y te libre de la persecución del impío y soberbio Herodes, y no permita jamás que Jesús se aleje de tu corazón».

Y san José correspondió al Padre Pío con una asistencia singular y con visiones extraordinarias. En efecto, el Siervo de Dios, en enero de 1912, confió al padre Agustín de San Marco in Lamis: «Barbazul no se quiere dar por vencido. Se ha disfrazado de casi todas las formas. Hace ya días que viene a visitarme con otros de sus satélites, armados con bastones e instrumentos de hierro, y lo que es peor bajo su propia forma. ¡Quién sabe cuántas veces me ha tirado de la cama arrastrándome por la habitación! Pero, ¡paciencia! Casi siempre están conmigo Jesús, la Mamita, el Angelito, San José y el padre San Francisco» (Epist. I, pág 252).

Al mismo padre Agustín escribe el Padre Pío, el 20 de marzo de 1921: «Ayer, festividad de San José, sólo Dios sabe las dulzuras que experimenté, sobre todo después de la misa, tan intensas que las siento todavía en mí. La cabeza y el corazón me ardían, pero era un fuego que me hacía bien» (Epist. I,265).

El padre Honorato Marcucci, uno de los asistentes del Padre Pío en los últimos años de su existencia terrena, contaba este episodio.

Una tarde del mes anterior al de la muerte del venerado Padre, se encontraba con él en la terraza contigua a la celda n. 1, esperando para acompañarle a la sacristía para la función vespertina. Era un miércoles, día consagrado a san José, y el Padre Pío no se decidía a moverse. De pie ante un cuadro del glorioso Patriarca, apoyado en la pared, el venerado Padre parecía en éxtasis. Pasado un poco de tiempo, el padre Honorato le dijo: Padre, ¿debo esperar todavía?; ¿nos hemos de ir?; vamos con retraso». Pero sus preguntas quedaron sin respuesta. El Padre Pío seguía contemplando al glorioso Patriarca.

Al fin, después de que el padre Honorato le arrastrara del brazo y le repitiera por enésima vez la pregunta, el Padre Pío exclamó: «Mira, mira, ¡qué bello es San José!».

Se dirigieron a la sacristía.

En la sala «San Francisco» encontraron al padre sacristán, que les preguntó: «¿Cómo con tanto retraso?».

El padre Honorato respondió: «Hoy el Padre Pío no quería separarse del cuadro de San José».

El Padre Pío no dejaba pasar una sola oportunidad sin invitar a sus hijos espirituales a cultivar una sincera y profunda devoción a san José, fuente siempre rica de enseñanzas, de consuelo y de favores.

Parece escucharse todavía hoy su voz: «Ite ad Joseph! (Gn 41,55). Id a José con confianza absoluta, porque también yo, como santa Teresa de Ávila, “no recuerdo haber pedido cosa alguna a San José, sin haberla obtenido de inmediato”». 

No olvides que contamos con San José !   Felices en su año santo

Paz y bien.


Grupos de oración de san Pio de Pietrelcina . Animación en Argentina 2021

Oramos pidiendo protección


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 †Señal de la cruz

ANGELUS

El ángel del Señor anunció a María.

Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.

Dios te salve, María...

He aquí la esclava del Señor. 

Hágase en mí según tu palabra.

Dios te salve, María...

Y el Verbo de Dios se hizo carne. 

Y habitó entre nosotros.

Dios te salve, María...

Ruega por nosotros, 

Santa Madre de Dios, 

para que seamos dignos de alcanzar

las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Oremos: Infunde Señor tu gracia en nuestras almas para que, quienes  por el anuncio del ángel hemos conocido la encarnación de tu Hijo, por su pasión y su Cruz seamos llevados a la gloria de la resurrección. 

Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

2 Corona a san Miguel Arcángel

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo como era en un principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén

1. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Serafines, enciende en nuestros corazones la llama de la perfecta caridad. Amén.

   1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.

2. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Querubines, dígnate darnos tu gracia para que cada día aborrezcamos más el pecado y corramos con mayor decisión por el camino de la santidad. Amén.

   1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.

3. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Tronos, derrama en nuestras almas el espíritu de la verdadera humildad. Amén.

   1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.

  4. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de las Dominaciones, danos señorío sobre nuestros sentidos de modo que no nos dejemos dominar por las malas inclinaciones. Amén.

  1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.

5. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Principados, infunde en nuestro interior el espíritu de obediencia. Amén.

   1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.

6. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de las Potestades, dígnate proteger nuestras almas contra las asechanzas y tentaciones del demonio. Amén.

   1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.

7. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de las Virtudes, no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.

   1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.

8. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Arcángeles, concédenos el don de la perseverancia en la fe y buenas obras de modo que podamos llegar a la gloria del cielo. Amén.

   1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.

9. Todopoderoso y eterno Dios, por la intercesión de San Miguel Arcángel y del coro celestial de los Ángeles, dígnate darnos la gracia de que nos custodien durante esta vida mortal y luego nos conduzcan al Paraíso. Amén.

   1 Padre Nuestro y 3 Avemarías.

Rezamos un Padre Nuestro en honor de cada uno de los siguientes ángeles:

*En honor a San Miguel ...... 1 Padre Nuestro

*En honor a San Gabriel...... 1 Padre Nuestro

*En honor a San Rafael........ 1 Padre Nuestro

*En honor a nuestro ángel de la Guarda..... 1 Padre Nuestro

Glorioso San Miguel, caudillo y príncipe de los ejércitos celestiales, fiel custodio de las almas, vencedor de los espíritus rebeldes, familiar de la casa de Dios, admirable guía después de Jesucristo, de sobrehumana excelencia y virtud, dígnate librar de todo mal a cuantos confiadamente recurrimos a ti y haz que mediante tu incomparable protección adelantemos todos los días en el santo servicio de Dios.

V. Ruega por nosotros, glorioso San Miguel, Príncipe de la Iglesia de Jesucristo.

R. Para que seamos dignos de alcanzar sus promesas.

Oremos. Todopoderoso y Eterno Dios, que por un prodigio de tu bondad y misericordia a favor de la común salvación de los hombres, escogiste por Príncipe de tu Iglesia al gloriosísimo Arcángel San Miguel, te suplicamos nos hagas dignos de ser librados por su poderosa protección de todos nuestros enemigos de modo que en la hora de la muerte ninguno de ellos logre perturbarnos, y podamos ser por él mismo introducidos en la mansión celestial para contemplar eternamente tu augusta y divina Majestad. Por los méritos de Jesucristo nuestro Señor. Amén.   

3 ORACIÓN A MARÍA REINA DE LOS ÁNGELES

¡Oh Augusta Reina de los Cielos y Señora de los Ángeles!

Pues habéis recibido de Dios el poder y la misión de aplastar la cabeza de la serpiente infernal; dignaos escuchar benigna las súplicas que humildemente os dirigimos; enviad las santas legiones para que, bajo vuestras órdenes, combatan a los demonios, donde quiera repriman su audacia y los persigan hasta precipitarlos al abismo.

¿Quién como Dios?

Santos Ángeles y Arcángeles, defendednos y guardadnos. ¡Oh buena y tierna Madre! Vos seréis siempre nuestro amor y nuestra esperanza. ¡Oh divina Madre! Enviad los Santos Ángeles para defendernos y rechazar lejos al demonio, nuestro mortal enemigo. Amén.

4 Letanías de San Miguel Arcángel

 Señor, ten piedad de nosotros. 

Cristo, ten piedad de nosotros. 

Señor, ten piedad de nosotros. 

Cristo, óyenos. 

Cristo, escúchanos. 

Dios Padre celestial,                      ten misericordia de nosotros. ® 

Dios Hijo, Redentor del mundo, 

Dios, Espíritu Santo, 

Trinidad Santa, un solo Dios, 

Santa María, reina de los Ángeles,                 Ruega por nosotros ® 

San Miguel, 

San Miguel, lleno de la gracia de Dios, 

San Miguel, perfecto adorador del Verbo Divino, 

San Miguel, coronado de honor y gloria, 

San Miguel, poderoso Príncipe de los ejércitos del Señor, 

San Miguel, portaestandarte de la Santísima Trinidad. 

San Miguel, guardián del paraíso, 

San Miguel, guía y consolador del pueblo israelita, 

San Miguel, esplendor y vigor de la Iglesia militante, 

San Miguel, honor y alegría de Iglesia triunfante, 

San Miguel, luz de los Ángeles, 

San Miguel, baluarte de los ortodoxos, 

San Miguel, fuerza de los que combaten bajo el estandarte de la Cruz, 

San Miguel, luz y confianza de las almas en el último momento de la vida, 

San Miguel, socorro certero, 

San Miguel, nuestro auxilio en todas las adversidades, 

San Miguel, heraldo de la sentencia eterna, 

San Miguel, consolador de las almas que están en el Purgatorio, 

San Miguel, a quien el señor encomendó recibir las almas después de la muerte, 

San Miguel, nuestro Príncipe, 

San Miguel, nuestro Abogado, 

V/. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. 

R/. Perdónanos Señor. 

V/. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. 

R/. Escúchanos Señor. 

V/. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. 

R/. Ten misericordia de nosotros. 

V/. Ruega por nosotros, glorioso San Miguel, Príncipe de la Iglesia de Jesucristo, 

R/. Para que seamos dignos de sus promesas. 



Señor Jesús, santifícanos siempre con una bendición, y concedemos por la intersección de San Miguel, aquella sabiduría que nos enseña a juntar las riquezas del cielo y cambiar los bienes temporales por los de la eternidad. 

Tú, que vives y reinas por todos los siglos de los siglos. 

Amén 

5 Oración 

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia Celestial, usa tu espada de fuego, lo suplicamos, y quema las sustancias y elementos preparados por los brujos para esclavizar y confundir. 

Que todos los hijos de la Iglesia te invoquen con renovada confianza, y al usar el agua y la sal exorcizadas, sientan que tú los animas, y que empujas a su vez a los demonios a las Tinieblas exteriores.

San Miguel Arcángel, tú que conduces a las almas al sitio de la suprema felicidad, desbarata los planes del Adversario, asiste a los ministros del Altar, cuida la siembra de la Gracia de Dios en las almas, combate a los demonios, no les des descanso a sus perversos servidores, rompe los cuernos del poder satánico, lleva la paz a tus devotos.

¡San Miguel Arcángel, ruega por nosotros! Amén

6 Rezamos el Santo Rosario   -  Misterios gozosos

Pésame

En el primer misterio gozoso contemplamos…

1º La Anunciación del Ángel a la Virgen María. 

Pensemos en la fe de María y pidamos a la Santísima Virgen aprender a ser humildes

Padre nuestro, 10 Ave María - Gloria

2º La Visitación de María Santísima a su prima Santa Isabel . 

Imitemos a la Virgen María y aprendamos a sacrificarnos con alegría en bien de nuestro prójimo.

Padre nuestro, 10 Ave María - Gloria

3º El nacimiento del Niño Jesús en el pobre y humilde portal de Belén.

Pidamos a la Santísima Virgen el desprendimiento de lo terreno

Padre nuestro, 10 Ave María - Gloria

4º La Purificación de la Virgen María y Presentación del Niño Jesús en el Templo. 

Pidamos la virtud de la obediencia pensando en María

Padre nuestro, 10 Ave María - Gloria

5º El Niño Jesús perdido y hallado en el Templo. Pidamos a María gran resignación cristiana ante la voluntad divina.

Padre nuestro, 10 Ave María – Gloria

Por la intención del Papa Francisco

Padre nuestro, 3 Ave María, Gloria

Oración a mi ángel custodio

Ángel de Dios, que eres mi custodio, ya que la soberana piedad me ha encomendado a ti, ilumíname, guardame, rígeme y gobiérname. Amén

Credo (con fervor)

Salve a la Santísima Virgen

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la Vida eterna. Amén


Padre Pio y su devoción a la Virgen


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Extraído de “El Padre Pio y su devoción a la Virgen María” por Fray Elías Cabodevilla Garde, sacerdote capuchino

Publicado en la Revista MIRIAM - LXIII - nº 373 - Mayo-Agosto 2011 - Págs. 102-115.

·         El Padre Pizzatelli, en su libro: “Padre Pío, Maestro di devozione mariana”, escribe: «No basta afirmar que la devoción a la Virgen María del “Serafín del Gárgano” es tiernísima, vivísima, ferventísima… Su amor a María no es sólo un elemento de su espiritualidad…; es el alma, la esencia de su espiritualidad y santidad».

·         Y Benedicto XVI, en su visita a San Giovanni Rotondo del 21 de junio del 2009, antes del rezo del “Ángelus”, dijo del Padre Pío: «Siempre experimentó por la Virgen un amor muy tierno… Toda su vida y su ministerio se desarrollaron bajo la mirada maternal de la santísima Virgen y con la potencia de su intercesión».

 1.         El Padre Pío, al escribir sobre sí mismo a sus Directores espirituales, usa muchas veces la palabra «misterio». Por ejemplo, en su carta de 17 de octubre de 1917: «¡Qué grande es mi desventura! ¿Quién podría comprenderla? Sé muy bien que soy un misterio para mí mismo; no logro comprenderme». Si el Padre Pío era un misterio para sí mismo, necesariamente será un misterio para nosotros. Y lo es también en el tema que estamos abordando: la relación del Santo de Pietrelcina con la Virgen María, y, quizás más, la relación de la Virgen María con el Padre Pío. Cito sólo tres ejemplos.

2.        El primero nos lleva a preguntarnos qué implica que la Virgen María se enojara seriamente porque el Padre Pío le ha pedido una gracia, cuando no debía hacerlo, por obedecer a su Director espiritual. Lo cuenta el Padre Pío al Padre Agustín, en carta de 18 de mayo de 1913.

Hay que decir que no sabemos de cuál de estas dos gracias se trata: si la de poder regresar al convento abandonando Pietrelcina o la de poder comunicar a su Superior provincial y Director espiritual el motivo por el que el Señor lo quiere en su pueblo natal, fuera del claustro, ya que el Padre Benedicto, por los títulos indicados, se creía con derecho a saberlo. Lo cierto es que el Padre Agustín, sin duda por indicación del Padre Benedicto, había escrito esto al Padre Pío: «Yo creo que debes pedirle mucho esta gracia que nosotros sabemos, aunque la Madrecita sea contraria a ello».

El escrito del Padre Pío dice así: «Al recibir la última carta, quise presentar a la Madrecita la gracia que repetidas veces me has mandado que le pidiera, esperando conseguirla en esta ocasión al hacerlo por un camino distinto: el de la obediencia. Por desgracia, debo confesar para confusión mía que el fruto deseado no se ha conseguido, porque esta Madre santa montó en cólera ante mi atrevimiento de pedirle de nuevo la dicha gracia, que severamente ya me había prohibido. Esta mi involuntaria desobediencia la he tenido que pagar a muy caro precio. Desde aquel día se alejó de mí al igual que los otros personajes celestes».

·         El segundo ejemplo nos coloca ante una encomienda muy especial, por el contenido y sobre todo por el modo de hacerla, que la Virgen María confió a Fray Pío cuando éste tenía sólo 17 años de edad y, por tanto, estaba lejos de la Ordenación sacerdotal.

El escrito que la recoge, de febrero de 1905, dice así: «Hace unos días me ha sucedido algo insólito mientras me encontraba en el coro con fray Anastasio; serían entonces sobre las 23 horas del día 18 del mes pasado; me encontré lejos, en una casa señorial, en la que, mientras moría el padre, venía al mundo una niña. Se me apareció entonces María santísima que me dijo: “Te confío esta criatura. Es una piedra preciosa sin labrar: trabájala, brúñela, vuélvela lo más reluciente posible, porque quiero un día adornarme con ella. No dudes. Será ella la que vendrá a ti, pero antes la encontrarás en San Pedro”. Después de todo esto, me he encontrado de nuevo en el coro».

En febrero de 1905 Fray Pío estudiaba filosofía en Sant’Elia a Pianisi. El escrito es del Padre Pío, que él mismo entregó al Padre Agustín de San Marco in Lamis. Éste lo conservó durante años, hasta que lo entregó a Juana Rizzani, la niña que nació en Udine el 18 de enero de ese año 1905, hija de los marqueses Juan Bautista Rizzani y Leonilde Serrao. La Rizzani habló más tarde con el Padre Pío, que le garantizó la autenticidad del escrito. Después de la muerte del Capuchino, la Rizzani entregó el autógrafo al Superior del convento de Capuchinos de San Giovanni Rotondo.

E el largo testimonio de Juana Rizzani para el Proceso de beatificación y canonización del Padre Pío tenemos la información detallada de cómo fue su nacimiento, escuchada de boca de su madre; de cómo, en el verano del año 1922, consultó ciertas dudas en un confesonario de la basílica de San Pedro de Roma a un Fraile capuchino, a quien nadie conocía ni había visto en el templo, y a quien ella ni vio salir del confesonario ni lo encontró en él a pesar de haberlo buscado, pues, nada más terminar la consulta, quiso preguntarle dónde podría encontrarlo en el caso de que quisiera consultarle otros temas o confesarse con él; de cómo, en el año 1923, atraída por las noticias sobre un Fraile que tenía las “llagas” del Señor en su cuerpo, viajó a San Giovanni Rotondo y, al confesarse con el Padre Pío, éste le descubrió la encomienda que, en relación a ella, había recibido de María santísima; de cómo fue la dirección espiritual que le fue ofreciendo el Capuchino… Por este testimonio sabemos  también que el Padre Pío, al escuchar el encargo que le hacía la Virgen María, puso esta objeción, que explica las últimas líneas del escrito: «Pero ¿cómo va a ser posible, si todavía soy un pobre clérigo y no sé si un día tendré la fortuna y la alegría de llegar a ser sacerdote? Y aún en el caso de que llegara a serlo, ¿cómo podría yo ocuparme de esta niña estando tan lejos de aquí?».      

·         3º. El tercer ejemplo se refiere al rezo del Rosario por parte del Padre Pío y motiva esta pregunta: Si es cierto que rezaba al día tantos Rosarios como se afirma, ¿cómo lograba hacerlo si se preparaba para la Misa con al menos tres horas de oración, si la celebración de ésta duraba con frecuencia hasta dos y más horas, si pasaba diez, doce y más horas diarias en el confesonario…?  

En el “Diario” que el Padre Pío comenzó a escribir en julio de 1929, a petición del Padre Agustín, su Confesor en este tiempo, en el apartado «Devociones particulares diarias», anota lo siguiente: «No menos de cinco rosarios completos».

El Padre Carmelo de Sessano, Superior del convento de Capuchinos de San Giovanni Rotondo desde 1953 a 1959, nos ha dejado el testimonio de lo que le sucedió el día 6 de febrero de 1954. Como hacía a diario, después de la cena fue a desear las “Buenas noches” al Padre Pío, esta vez acompañado de dos religiosos. Lo encontraron casi preparado para acostarse, con una cofia en la cabeza… Y así transcribe el diálogo habido entre ellos: «Con la puerta aún semiabierta, el Padre ha dicho: “Debo decir otros dos rosarios, dos y medio,  y me acuesto”. Y yo: “Padre, por favor, ¿cuántos rosarios ha dicho hoy?”. Y él: “¡Beh!; a mi superior tengo que decirle la verdad: he dicho treinta y cuatro”. Y nosotros: “¿Cómo hace para rezar tantos?”. Y él: “... pero esto no es para ustedes”. 34 + 2 = 36 rosarios ¡en un día! “Sí, 36, recalca uno de los religiosos: yo ya lo sabía. ¡Me lo había dicho él!».

Cleonice Morcaldi, hija espiritual del Padre Pío, en su obra “Recuerdos del Padre Pío”, escribe esto: «Le pregunté una vez cuántos rosarios completos rezaba entre el día y la noche. Me respondió: - "Unas veces 40, otras veces 50". - "¿Cómo hace para rezar tantos?". - "¿Y cómo haces tú para no rezarlos?”».

El hecho de que el Padre Pío rezara tantos Rosarios parece suficientemente acreditado. El cómo lograba rezarlos nos quedará seguramente en el misterio. A no ser que lo que sigue sea una explicación suficiente. Dicen que, a la pregunta jocosa de un religioso: «Padre Pío, dicen que Napoleón era capaz de hacer hasta seis cosas a la vez; usted ¿cuántas?», respondió él con ingenuidad: «Yo seis a la vez no, pero tres sí. Puedo al mismo tiempo confesar, rezar el Rosario y pasearme por el mundo».

 3.         En la relación materno-filial de la Virgen María y el Padre Pío encontramos, entre otros, éste dato muy llamativo: El Santo percibía con claridad la actuación de la Virgen María en él y en el ministerio que realizaba. ¿Se trataba sólo de dotes especiales para percibir lo que la Virgen María realiza en todos y en cada uno de sus hijos? Sin duda, ¡hay algo más! Me atrevería a decir que el Padre Pío podría aplicar a la Virgen María lo que escribió de Jesús: «Desde el nacimiento me ha dado pruebas de una predilección especialísima». Me voy a referir, con un solo dato en cada caso, a la actuación de la Virgen María en los tres núcleos o aspectos de los que he dicho antes que son importantes en el Padre Pío y que, en torno a ellos, se podría presentar con acierto su vida, su ministerio y su santidad.

En relación al primero, he dicho que el Padre Pío, como respuesta a las «pruebas de predilección especialísima» que desde el nacimiento fue recibiendo de Jesús, intentaba –son sus palabras- que «todos los instantes de la vida transcurran en el amor al Señor».

En este intento de amar así a Jesús, ¿recibió alguna ayuda especial de la Virgen María? Esto es lo que el Padre Pío escribió el 6 de mayo de 1913 al Padre Agustín: «¿Qué he hecho yo para merecer tanta generosidad?¿Mi conducta no ha sido acaso una negación continua, no digo de su Hijo, sino del mismo nombre de cristiano? Y, sin  embargo, esta tiernísima Madre, en su inmensa misericordia, sabiduría y bondad, ha querido castigarme de una forma tan excelsa como la de derramar tantas y tan grandes gracias en mi corazón que, cuando me hallo en su presencia y en la de Jesús... me siento abrasándome del todo sin fuego; me siento abrazado y unido al Hijo por medio de esta Madre, sin ni siquiera ver las cadenas que tan estrechamente me atan; mil llamas me consumen… Las cadenas, que mis ojos no ven, las siento que me tienen atado y muy atado a Jesús y a su querida Madre; y es en esos instantes cuando, las más de las veces, me pueden los arrebatos; siento que la sangre me afluye al corazón y de éste a la cabeza, y estoy tentado de gritarles a la cara y llamar cruel al Hijo, tirana a la Madre».

En relación al segundo, he afirmado que el Padre Pío, como medio importante de realizar la «misión grandísima» que el Señor le había confiado, dedicó muchas horas al día a la atención del confesonario, para llevar a cabo lo que indicó en estas palabras: «liberar a mis hermanos de los lazos de Satanás» y «hacerles participar de la vida del Resucitado».

En su ministerio de Confesor, ¿tuvo el Padre Pío alguna ayuda especial de la Virgen María? Si faltara el último elemento de este relato, quizás no me atrevería a contarlo. Es el capuchino Tarsicio de Cervinara, Exorcista de la Diócesis en aquel tiempo, el que lo firma. Dice así: «Durante los exorcismos, entre las muchas cosas que pregunté al demonio, quise saber por qué el Padre trataba con severidad a tantas almas en el confesonario. Oigo que me dice: “El Padre Pío trata a cada alma como Dios quiere. A los lados del confesonario están siempre para asistirlo la Virgen y San Francisco, y el Padre Pío hace y dice sólo lo que éstos le sugieren”. El asunto me impresionó. Quise hablarlo con el interesado: “Padre, se lo pido en nombre de Dios y la respuesta debe dármela para mi tranquilidad. ¿Es verdad que en el confesonario está asistido por la Virgen y por San Francisco, y que en relación a las almas hace y dice todo y sólo lo que le viene sugerido por la Virgen Santísima y por el Seráfico Padre?”. “Hijo mío, si no estuvieran estos dos conmigo, ¿qué conseguiría hacer yo?”, oigo que me responde el Padre, con la cabeza inclinada y después de unos instantes de vacilación».


En relación al tercero, he indicado que el Padre Pío, porque escuchó a Jesús que le decía: «Te asocio a mi pasión», quiso «sufrir cada día más y sufrir sin consuelo alguno». Y esto por los dos motivos que le indicó el Crucificado al concederle el don de las “llagas” y que el Santo expresó muy bien en estas frases: «Yo amo la cruz, la cruz sola; la amo porque la veo siempre en los hombros de Jesús» y «Yo no amo el sufrimiento por el sufrimiento; lo pido a Dios, lo deseo por los frutos que me aporta: da gloria a Dios, me alcanza la salvación de mis hermanos en este destierro, libra a las almas del fuego del purgatorio, ¿y qué más quiero yo?».

En el Padre Pío, la asociación a la pasión de Cristo se realizaba de modo muy especial en la celebración de la Misa. Cleonice Morcaldi, en su libro “Testimonianze”, nos transmite la respuesta del Padre Pío a esta pregunta que ella le formuló: - «Padre, ¿qué sufrimientos del Señor experimentas durante la Misa?». - «En cuanto la criatura humana es capaz, todo lo que sufrió el Señor en su pasión».

¿Disfrutó el Padre Pío de alguna asistencia especial de la Virgen María al celebrar la Misa? Escuchemos esto, escrito por el Padre Pío al Padre Agustín el 1 de mayo de 1912: «Sí, Padre, este mes ¡qué bien habla de las dulzuras y de la belleza de María!... El mes de mayo es para mí el mes de las gracias. Lo he constatado una vez más al comienzo de este hermoso mes. Con cuánto mimo ella me ha acompañado al altar esta mañana. Me parecía que no tuviera ninguna otra cosa en qué pensar sino sólo en llenarme del todo el corazón de santos afectos».

 4.         No quiero que, de lo expuesto hasta aquí, se saque la conclusión de que la devoción del Padre Pío a la Virgen era complicada, exclusiva para él y sin enseñanzas prácticas para nosotros. ¡Nada más lejos de la verdad!

La devoción del Padre Pío a María fue «tierna», como la calificó Juan Pablo II, al pedirle al Santo: «Transmítenos tu tierna devoción a María». Tierna porque fue sencilla, filial, o, como recalcan algunos, infantil, si a esta palabra le quitamos el tinte negativo que puede tener. Infantil en el sentido más exacto del término: lo que un niño pequeño vive en relación a su madre es lo que el Padre vivió en relación a la Virgen María.

La causa de esta ternura habría que ponerla en este dato que señala el Padre Pizzatelli: «El Padre Pío aprendió a conocer y a amar a la Virgen, no tanto en los libros de teología, cuanto en la oración humilde, afectuosa y constante. Fue en la oración donde el Santo de Pietrelcina buscó y alcanzó esa sabiduría íntima del corazón que le llevó a llamar a María: “Madre bendita”, “Madrecita”, “Madre tiernísima”, “Madre queridísima”, “bellísima Madrecita del cielo”, “Abogada”, “Auxiliadora”, “Socorro”, “Mediadora”…». Y no hay duda de que también fueron fruto de la oración estas dos súplicas, llenas de ternura, que el Padre Pío, en los días que permaneció en cama en el convento de Venafro, en noviembre-diciembre de 1911, en momentos de éxtasis, dirigió a la Virgen María, y que el Padre Agustín, que se las escuchó, nos ha transmitido en su “Diario”: «Escucha, Madrecita: yo te quiero mucho más que todas las criaturas de la tierra y del cielo..., después de Jesús, naturalmente...; pero te quiero mucho» y «Madrecita hermosa, Madrecita querida, eres bella. Si no existiera la fe, los hombres te llamarían diosa. Tus ojos son más resplandecientes que el sol, eres bella, Madrecita; yo me glorío de ello, te amo, ¡ah!, ayúdame».

 5.         Tampoco quiero que, al escuchar esto, alguien piense que el Padre Pío vivió esa devoción mariana que rechaza el Concilio Vaticano II cuando dice, en “Lumen Gentium”: «La verdadera devoción mariana no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad». ¡Nada de esto en el Santo de Pietrelcina! Las tres cualidades que señala el Concilio para la verdadera devoción mariana las vivió con profundidad el Padre Pío, y mucho antes de que lo dijeran los Padres Conciliares. Nos fijamos brevemente en ellas.

Dice el Concilio que la verdadera devoción mariana «nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios».

En las cartas de dirección espiritual el Padre Pío recalca con claridad la unión íntima e indisoluble entre María, Madre del Hijo de Dios, colaboradora en la obra de la redención, dispensadora de todas las gracias…, y su hijo Jesús, el único Salvador y el único Mediador entre Dios y los hombres. Además, en los títulos que va dando a María en esas cartas, tenemos un rico tratado de teología mariana y una hermosa letanía que expresa esa excelencia de la Virgen sobre todas las demás criaturas. La va llamando: «Virgen clemente y piadosa», «Nuestra bella Madrecita Inmaculada», «Madre de Jesús y Madre nuestra», «Virgen bendita», «Mediadora de todas las gracias»...

Dice el Concilio que la verdadera devoción mariana «nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre».

Para el Santo de Pietrelcina María es, ante todo, la Madre. Una Madre que, como lo atestigua el Padre Agustín en su “Diario”, visita con frecuencia al Padre Pío, al menos desde que éste tiene cinco años. Una Madre siempre cercana, como lo afirma en una carta de 1 de mayo de 1912: «En los momentos de mayor sufrimiento, me parece no tener madre en la tierra, pero sí tener una, y muy piadosa, en el cielo». Una Madre, como he recordado antes, que lo «castiga» colmándolo de dones. Una Madre -lo he dicho también- que lo conduce a su hijo Jesús y lo vincula a él con lazos estrechísimos de amor. Una Madre a la que el Padre Pío ama «mucho más que todas las criaturas de la tierra y del cielo... después de Jesús naturalmente», y a la que quiere que todos amen, como lo manifiestan estas palabras: «Quisiera tener una voz tan fuerte como para invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a la Virgen María».

Dice el Concilio que la verdadera devoción mariana «nos impulsa a la imitación de sus virtudes».

El Padre Pío vio siempre en la Virgen María a la discípula más perfecta de Jesús y, como consecuencia, intentó imitar sus virtudes. Más aún, la imitación fue para él la prueba de la auténtica devoción mariana y la finalidad última de sus oraciones y de sus prácticas piadosas. Y lo que vivía él lo proponía a los demás, incluso a sus Directores espirituales. Esto es lo que escribió el 1 de julio de 1915 al Padre Agustín: «Esforcémonos, pues, como tantas otras almas elegidas, por tener siempre delante a esta bendita Madre, por caminar siempre junto a ella, ya que no hay otro camino que conduzca a la vida sino el que nuestra Madre ha seguido. Nosotros que queremos llegar a la meta, no rehusemos seguir este camino». Una imitación que la iba concretando en cada una de las virtudes que la Iglesia admira en la Virgen María. Sirva de ejemplo esta invitación a Raffaelina Cerase, el 13 de mayo de 1915: «Reflexiona y ten siempre ante los ojos de la mente la gran humildad de la Madre de Dios y nuestra, la cual, a medida que crecían en ella los dones celestiales, siempre más se desfondaba en humildad, tanto como para poder cantar en el mismo momento en que fue cubierta con la sombra del Espíritu Santo, que la convirtió en Madre del Hijo de Dios: “He aquí la esclava del Señor”».

6.         En el Padre Pío, junto al hijo que ama tiernamente a su Madre del cielo, tenemos que admirar al promotor incansable de la devoción mariana.

Son muy significativas estas palabras del Papa Juan Pablo II en la beatificación del Padre Pío: «... el nuevo beato no se cansaba de inculcar en los fieles una devoción a la Virgen María tierna, profunda y enraizada en la genuina tradición de la Iglesia. Tanto en el secreto del confesonario como en la predicación volvía siempre a exhortar: ¡Amad a la Virgen María!». Y también las del padre Alberto D’Apolito, que vivió muy cerca del Fraile de Pietrelcina y escribió esto: «El Padre Pío, enamorado de la Virgen Santísima, no cesaba de recomendar a todos los fieles el amor y la devoción a nuestra Señora… Exhortaba continuamente a sus hijos a confiar en la Señora y a abrirle su corazón en la seguridad de ser escuchados. Sabía bien que la Santísima Virgen es la dispensadora de las gracias y que tiene en sus manos las llaves del Corazón de Dios». Y es especialmente significativo el testamento espiritual que nos dejó el Santo en vísperas de su muerte: «Amad a la Virgen y haced que la amen. Rezad siempre el Rosario».

·         Benedicto XVI, en su peregrinación a San Giovanni Rotondo de junio del 2009, afirmó esto: “El Padre Pío nos enseña a amar y venerar a la Virgen María con su enseñanza y con su ejemplo”.

          Las enseñanzas del Padre Pío eran sencillas y profundas a la vez, y las podemos encontrar en sus cartas de dirección espiritual; en las palabras que dirigía a los fieles antes del rezo del “Angelus” a mediodía y al atardecer, pues muchas de ellas fueron transcritas a papel; en las muchas estampas y “papelitos” que entregaba a sus devotos con un breve mensaje escrito por él, casi siempre relacionado con la Virgen María… Sirva este mensaje como ejemplo de enseñanza sencilla y profunda: «Cuando se pasa delante de la imagen de la Virgen, hay que detenerse y decirle: “Te saludo, María; saluda de mi parte a Jesús”».

          El ejemplo se podía percibir en todas sus actuaciones del Capuchino. Lo señaló Juan Pablo II el día de  la beatificación del Padre Pío, antes de rezar el “Regina Coeli”, en la Plaza de San Juan de Letrán de Roma, en estas palabras: «Su devoción a la Virgen María se transparenta en todas las manifestaciones de su vida». La lista de estas manifestaciones sería interminable. Me limito a citar algunas: para su oración personal, buscaba siempre los lugares donde tuviera, también delante de sus ojos, el cuadro de la Virgen María y el Sagrario, porque a la Virgen la veía como camino hacia Jesús y como dispensadora de las gracias de su Hijo; el obsequio más frecuente a los que se acercaban a él era el Rosario, unido a la invitación a rezarlo; en las innumerables estampas que, como he dicho antes, fue repartiendo a lo largo de su vida, los mensajes más reptidos, escritos por él, eran los relacionados con la Virgen: «La Virgen Dolorosa te tenga siempre grabada en su corazón materno», «La Virgen Madre tenga siempre su mirada en ti y te conceda experimentar todas sus dulzuras maternas», «María sea la estrella que ilumine tus pasos a través del desierto de la vida y te conduzca sana y salva al puerto de la salvación eterna», «María te mire siempre con ternura materna, alivie el peso de este destierro y un día te muestre a Jesús en la plenitud de su gloria, librándote para siempre del miedo a perderlo», «María esté siempre esculpida en tu mente y grabada en tu corazón»…; y, sobre todo, que se le sorprendiera siempre rezando el Rosario.

 7.         Como conclusión y resumen de lo dicho, cabe afirmar que la devoción mariana del Padre Pío tenía tres manifestaciones fundamentales:

·         1ª. Un amor tierno y filial a María, que lo expresaba sobre todo en la imitación de sus virtudes.

·         2ª. Una confianza ilimitada para pedir a María toda clase de gracias, especialmente para los demás.

·         3ª. Un empeño constante por promover la auténtica devoción a María.

 Sirva de confirmación lo acaecido en el año 1959. En ese año, la imagen de la Virgen de Fátima fue llevada a Italia; y, como era costumbre en estos casos, fue recorriendo las ciudades más importantes y, en ellas, las iglesias con mayor capacidad, comenzando por la iglesia catedral. El día en que la imagen llegó a Italia, el 25 de abril, el Padre Pío cayó enfermo. ¿Motivo? Se había ofrecido como víctima a la Virgen María para que esa peregrinación de su imagen por Italia produjera abundantes frutos espirituales. Y así, enfermo, casi siempre en cama, y en ocasiones ingresado en el hospital “Casa Alivio del Sufrimiento” fundado por él, permaneció hasta el día 7 de agosto. ¿Qué sucedió a lo largo de estos tres meses?

·         El Padre Pío siguió ofreciendo el acostumbrado pensamiento de orientación espiritual antes del rezo del “Ángelus” a mediodía; pensamiento que, más que en otras fechas, giraba en torno a la Virgen María: como invitación a prepararse para la visita de la Virgen; como reclamo a la imitación de sus virtudes; como llamada al rezo del Rosario…

·         Aunque San Giovanni Rotondo no era ciudad importante, figuraba entre los lugares en los que debía detenerse la mencionada imagen, sin duda en atención al Padre Pío. Llegó el día 6 de agosto y fue recibida con gozo en el santuario de Nuestra Señora de la Gracias del convento de Capuchinos. Lo que sucedió allí nos lo cuenta un testigo ocular, el Padre Rafael de Sant’Elia a Pianisi: «La iglesia permanece abierta día y noche y está siempre abarrotada de fieles que rezan. El Padre Pío está en cama y reza. Al día siguiente, 7 de agosto, lo bajan a la iglesia, sentado en una silla, y cada tanto se detienen para no cansarlo. Cuando está a los pies de la Virgen, conmovido y con lágrimas en los ojos, la besa con afecto y coloca en sus manos un Rosario bendecido por él; después se le sube porque está cansado y por miedo a un colapso... más de tres meses de enfermedad, de ayuno y de cama... Por la tarde, la Virgen es llevada a la Casa Alivio del Sufrimiento, donde recorre todas las secciones, y, por fin, es subida a la terraza, donde el helicóptero está preparado para partir».

·         ¿Qué hizo el Padre Pío en ese momento? Sigue diciendo el escrito del Padre Rafael: «El Padre Pío manifiesta su deseo de querer saludarla de nuevo antes de que se marche, y, de nuevo sentado en una silla, es llevado al coro de la nueva iglesia y se asoma a la última ventana de la derecha de quien mira desde la plaza. Entre los “vivas” de una gran multitud de fieles, el helicóptero emprende el vuelo, pero, antes de enfilar la ruta prefijada, da tres vueltas sobre el convento y la iglesia para saludar al Padre Pío. Éste, al ver el helicóptero que se mueve con su Virgen, conmovido, con fe y lágrimas en sus ojos, dice: “Señora, Madre mía, llegaste a Italia y yo quedé enfermo; ahora te vas y ¡me dejas enfermo!”. Dicho esto, baja la cabeza, mientras un escalofrío lo sacude y recorre todo su cuerpo. El Padre Pío ha recibido la gracia y se siente bien. Al día siguiente, aunque casi todos se lo desaconsejan, puede celebrar en la iglesia. Por la tarde, llega de forma providencial el doctor Gasbarrini, que lo examina minuciosamente, lo encuentra clínicamente curado y dice a los frailes presentes, entre los que me encontraba yo: “El Padre Pío está bien y mañana puede sin reparo alguno celebrar en la iglesia”».

·         Tenemos, pues, los tres elementos que he señalado:

   El amor tierno y filial a María, manifestado en las lágrimas, en el beso a la imagen de la Virgen, en el Rosario que coloca en el brazo de la imagen… y en lo que María pudo “leer” en el corazón del Capuchino.

      La confianza ilimitada para pedir toda clase de gracias; en este caso la curación de su enfermedad, sin duda para seguir entregado a su «misión grandísima» en favor de sus hermanos.

     La dedicación entusiasta a promover la devoción a María, en los mensajes que dirigía cada día a los fieles y, sobre todo, en su ofrenda como víctima por la intención que antes he señalado.

 Publicado en la Revista MIRIAM - LXIII - nº 373 - Mayo-Agosto 2011 - Págs. 102-115.