Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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Asociado a la pasión de Cristo por la “noche oscura”


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En esta etiqueta de la página web, he presentado algunos de los medios con los que el Señor asoció al Padre Pío a la pasión de Cristo. No quiero olvidar el que afectó más íntima y profundamente al “crucificado del Gárgano”, le proporcionó los mayores sufrimientos y, como consecuencia, lo asoció de modo muy singular a la pasión de Cristo: la “noche oscura”.
Como he ido señalando, algunos de los sufrimientos físicos del Padre Pío: los estigmas, la llaga del hombro o “sexta llaga”, la flagelación, la coronación de espinas... le vinieron directamente del Señor; y los otros tuvieron su origen en la constitución física del Fraile capuchino: el estómago que no recibía alimentos, la fiebre tan alta que rompía los termómetros, la pulmonía…, y en el estilo de vida que eligió: trabajo agotador, noches en vela… En los sufrimientos morales del Padre Pío fueron responsables importantes, aunque no los únicos, algunos de sus hermanos de religión. Y los tormentos, indecibles, que vivió el Padre Pío en la “noche oscura”, a los que me voy a referir en este escrito, los tenemos que atribuir exclusivamente al Señor.
Para introducirme en este tema, difícil de comprender y de presentar, copio el testimonio del padre Eusebio Notte, que fue durante cuatro años, de 1961 a 1965, el “ángel custodio” del Padre Pío, ya anciano; es decir, el religioso encargado de acompañarlo a lo largo del día y de atenderle también de noche, si era llamado mediante el timbre que “unía” las celdas de ambos. Un testimonio que, por haberlo ofrecido en el “Proceso de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Pío de Pietrelcina”, cuenta con la garantía añadida del juramento de decir la verdad. Esto es lo que manifestó: «La fe del Padre Pío fue una fe “atormentada”. Él, que a los demás daba tanta luz y tanta seguridad, personalmente vivía casi permanentemente en la duda. En una ocasión me confió: “Para mí y para mis cosas no entiendo absolutamente nada; vivo continuamente en la oscuridad”. Pero, no obstante este martirio interior, él estaba en continuo coloquio con el Señor». Y, para desarrollar el tema, voy a acudir con frecuencia a la tesis doctoral del capuchino Luigi Lavecchia: “L’itinerario di fede di Padre Pio da Pietrelcina nell’Epistolario”.
El Padre Pío en su Epistolario, sobre todo en las cartas a sus Directores espirituales, se revela como buen conocedor de la teología mística. Además, nos dejó unos “Apuntes de Ascética y Mística”, que están publicados en el Epistolario IV, págs. 1057-1080. Veinte de esas páginas las dedica a la “noche oscura”. En ellas, al igual que en sus cartas, se puede escuchar el eco de la doctrina de los grandes doctores místicos, sobre todo de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la cruz. Podemos decir, pues, que el Padre Pío conocía bien la teología mística y que la enseñó con acierto a sus dirigidos espirituales. Y, en relación a él, hay que añadir que se le concedió vivirla y vivirla muy profundamente. Le podemos aplicar con razón las últimas palabras de su escrito sobre la “noche oscura”: «De todo lo tratado hasta aquí, si no se hace una experiencia práctica, es casi imposible que se pueda tener un conocimiento acertado» (Ep IV, 1080).
El Señor, al introducir al Fraile de Pietrelcina en la “noche oscura”, siguió un itinerario, cuyas etapas aparecen con claridad en las comunicaciones del Padre Pío a sus Directores espirituales, los padres Benedicto y Agustín de San Marco in Lamis. Las presento con brevedad.
·  Un elemento previo a la “noche oscura” y, por tanto, menos doloroso, es el no saber si se está agradando o no al Señor. El Padre Pío lo vivió, al menos en largas etapas de su vida. Lo sabemos por el padre Agustín, que, en su “Diario”, se refiere repetidamente al mismo. Y en este “Diario” tenemos informaciones sobre el Santo desde que tenía 5 años, en 1892, hasta el año 1960. Cito un texto. El padre Agustín, el 20 de junio de 1933, escribe: «Viajé a San Giovanni Rotondo y pude hablar con el Padre Pío más de una hora. Físicamente lo encontré bastante bien. Moralmente, resignado, pero siempre con la prueba que, como una espina, lleva clavada en el alma. Me dijo: “Preferiría mil cruces e incluso me sería dulce y ligera toda cruz, si no tuviese esta prueba de sentirme siempre en la duda de si agrado o no al Señor en mis obras. Es doloroso vivir así... Me resigno, ¡pero la resignación, mi "fiat", me parece tan frío, tan vacío...!”». Una prueba, la del Padre Pío, que se concretaba en dudas sobre si había rechazado o no a tiempo y con firmeza las tentaciones: «Tras las innumerables tentaciones… una duda que me trastorna la mente me queda: si de verdad las he rechazado» (Ep I, 187); si había hecho bien o no las confesiones: «Pero lo que de forma especial me martiriza el corazón y me aflige sobremanera es el pensamiento de no estar seguro de haber confesado todos los pecados de mi vida pasada y de si los he confesado bien» (Ep I, 185)…
·  Otro elemento previo, pero que lo aproxima a la “noche oscura” y, por tanto, más doloroso que el anterior, es el presentimiento del Padre Pío de que el Señor se escondía a su alma. Lo manifiesta en el año 1910, un mes antes de su ordenación sacerdotal. En su carta del 6 de julio escribe al padre Benedicto: «…pero también me parece con frecuencia que Jesús se esconde a mí alma» (Ep I, 187). Presentimiento que pronto dejó paso a la certeza de que ese hecho ya se estaba dando: «Es también verdad que Jesús muchas muchas veces se esconde; pero ¡qué importa!, yo con su ayuda intentaré estarle siempre cerca» (Ep I, 198).
·  Una nueva etapa del itinerario al que hago referencia, que coloca al Padre Pío a las puertas mismas de la “noche oscura”, la podemos descubrir en la carta al padre Agustín de 24 de octubre de 1913: «Pero, ¡qué quiere, padre mío!; las agonías del espíritu no me dejan. Siento que van creciendo cada vez más en el centro de mi alma, y me siento morir continuamente. Padre mío, ¡en qué estrechez pone Dios a un alma, que le ama ardientemente sin cansarse nunca!» (Ep I, 418). Pero la carta que escribió una semana más tarde, el 1 de noviembre, al padre Benedicto, indica que esas «agonías del espíritu» las alivia el Señor con momentos de dulzura y de gracias sobrenaturales: «Este estado de cosas va intensificándose cada vez más, de forma que si no muero es un milagro del Señor. Pero, cuando al Esposo celeste de las almas le place poner fin a este martirio, me manda, de repente, tal devoción de espíritu que es imposible resistir. En un instante, me encuentro totalmente cambiado, enriquecido con gracias sobrenaturales y fuerte para desafiar al reino entero de Satanás. Lo que sé decir de esta oración es que me parece que el alma se pierde totalmente en Dios y que en esos momentos saca mucho más provecho que todo lo que podría alcanzar en muchos años de esfuerzos animosos» (Ep I, 421).
 ·  En los datos que el Padre Pío aporta al padre Benedicto en la carta del 13 de noviembre de 1913 es fácil descubrir que el Señor lo va introduciendo en la “noche oscura”, para hacerle vivir una experiencia muy dolorosa, pero altamente purificadora. «Mi alma se halla muy desolada… Una dolorosa turbación, de incontables temores, de infinitas imaginaciones, unidos a la certeza de mis miserias, que me oprimen del todo, me llevan a llorar amargamente y a exclamar: ¿estoy perdido para siempre?... Padre mío, ¡ayúdeme!, porque el dolor, todo espiritual, que siento es demasiado íntimo, demasiado sutil, es capaz de consumirme; no puedo alejar de mi cabeza la sospecha que me atormenta de que todo es engaño. Es insoportable por la intensidad y por la duración, que no cesa de desmoronar a mi pobre alma… Me veo rodeado de intensas tinieblas. Mi espíritu experimenta con fuerza lo que dice David, que “todo a su alrededor es oscuridad y tinieblas”…. No puedo mantenerme más, no puedo sostenerme por más tiempo, la tempestad está a punto de derrumbarme y arrojarme en el fango; el infierno, ¡ah!, me parece que está abierto ante mis pies, aunque mi alma busca siempre a Dios» (Ep I, 427-428). Tenemos, pues, junto a la desolación, a los temores, a la conciencia de sus miserias…, las preguntas, terriblemente hirientes, que se hace el Padre Pío: ¿estoy perdido para siempre?, ¿es engaño creer que mi permanencia en Pietrelcina, fuera del convento, es proyecto de Dios?, ¿mi destino es el infierno, abierto ante mis pies?... En verdad, ¡”noche oscura”!
·  A partir de la que escribe el 4 de mayo de 1914 al padre Benedicto, en las cartas del Padre Pío a sus Directores espirituales tenemos, y cada vez con más claridad, todos los elementos que los especialistas en el tema ponen en la “noche oscura”. En las frases que entresaco de esas cartas tenemos una lista amplia de esos elementos: «Es la oscurísima noche para el alma. El alma ha sido colocada en sufrimientos extremos y en penas interiores de muerte… Puesta en esta situación no puede menos de exclamar: “¡Para mí todo está perdido!”. El desgarro que experimenta la pobrecita es tal que yo no sabría diferenciarlo de los sufrimientos atrocísimos que sufren los condenados» (Ep I, 366); «Mi alma ha sido puesta por el Señor en situación de pudrirse en el dolor. Mi estado es amargo, es terrible, es extremadamente espantoso. Todo es oscuridad en torno a mí y dentro de mí… Todo es tristeza en mí y no hay parte alguna que no esté en profunda aflicción: la parte sensitiva está en una amarga y terrible aridez; todas las potencias del alma, en un vacío tal de todas sus tareas, que me  tiene completamente asustado» (Ep I, 612-617); «Vivo en una perpetua noche y esta noche no da signos de retirar sus densas tinieblas para dejar paso a la bella aurora. A Dios lo siento en el centro del alma, pero no sabría decir cómo lo siento. Su presencia, lejos de consolarme, aumenta hasta el infinito mi martirio» (Ep I, 818)…
Es el momento de presentar en síntesis lo que el Señor regaló al Padre Pío y lo que éste vivió en la “noche oscura”. Pero puedo ahorrarme este trabajo, porque lo encuentro, y muy bien hecho, en el tomo I del “Epistolario” del Padre Pío de Pietrelcina. En él los capuchinos Melchor de Pobladura y Alejandro de Ripabottoni describen el período de siete años (1909-1916) que el joven religioso capuchino pasó en su pueblo natal de Pietrelcina en pocas líneas, pero consiguen hacerlo con claridad y con gran riqueza de matices. Y, como indican, lo que aconteció en estos años se puede aplicar a toda la existencia del Padre Pío.
El texto que transcribo se encuentra en las páginas 171-172:
«... Más que en estas formas visibles de actividad sacerdotal, el celo por las almas lo actuaba sobre todo en su estado de víctima, vivido intensamente como irradiación del poder salvífico de Jesús y del sufrimiento del cuerpo y del alma, suplicado y aceptado como participación personal y generosa en el rescate de la humanidad redimida y pecadora.
El alma sube sin descanso los peldaños de la escala espiritual. El amor y el dolor, invisibles, son el binario que debe recorrer hasta alcanzar la suspirada meta de la unión con Dios y las alas que lo impulsan cada vez más a nuevas conquistas. Uno y otro son parte integrante de los designios divinos, todavía no plenamente manifestados ni conocidos. Consuelos y alegrías espirituales, “imposibles de explicar”, se alternan con tribulaciones lacerantes y atroces, comparables solamente a los tormentos del infierno.

La vida espiritual se desarrolla armónicamente entre la generosidad divina y la fidelidad humana. En el recorrido aparecen nuevos favores y nuevas gracias. El alma se acerca cada vez más a la unión transformante. El amor y el dolor caminan al mismo ritmo, con el doble objetivo de unirse cada vez más íntimamente a Dios y de beneficiar cada vez más eficazmente al prójimo. Ahora el alma se mueve en la órbita de la vida mística. Las penetrantes actuaciones de la gracia inciden directamente en el alma, pero se manifiestan también en el cuerpo y en los sentidos. La oración se va convirtiendo en más pasiva; el conocimiento de la grandeza divina y de la miseria humana adquiere nuevos logros. Ímpetus amorosos, toques substanciales, heridas de amor, delirios, raptos del espíritu, lágrimas, locuciones, pasajeras apariciones de las llagas, participación en la pasión del Señor, visiones: éstos son algunos de los fenómenos místicos que afloran con mayor o menor frecuencia e intensidad, y que se multiplicarán en los períodos sucesivos.
Superadas las purificaciones de la noche del sentido, el alma se adentra en la misteriosa noche oscura del espíritu. La purificación de las potencias se hace cada vez más dolorosa y el alma se encuentra como perdida en un inexplicable laberinto e inmersa en un estado de total desolación y de doloroso abandono.
Las páginas más bellas y de mayor sufrimiento son las que describen el desarrollo de esta extrema prueba del espíritu. Revelan una experiencia superlativamente dolorosa y vivida de manera dramática, que se prolongará en los restantes años de su vida. Los consuelos más suaves se entrelazan con las más lacerantes penas aflictivas. El ser humano se debate en un mar de angustias. Es claro que la gracia no destruye la naturaleza y ésta reclama sus derechos, aunque vividos siempre en perfecta armonía con la voluntad divina y en completa sumisión a los designios misteriosos de la providencia».
Elías Cabodevilla Garde

Mayo: días 12 al 18.


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12. Trae a tu memoria lo que sucedía en el corazón de nuestra Madre del cielo al pie de la cruz. Es tan intenso su dolor que permanece impertérrita ante su Hijo crucificado, pero no puedes decir que haya sido abandonada. Al contrario, ¿cuándo la amó más y mejor que cuando sufría y ni siquiera le era posible llorar?

13. No te alejes del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor por Jesús, crucificado por tu eterna salvación. La Virgen Dolorosa te acompañará y te servirá de dulce inspiración.
 
14. Hijo, tú no sabes qué produce la obediencia. Mira: por un sí, por un solo sí, fiat secundum verbum tuum, por hacer la voluntad de Dios, María llega a ser Madre del Altísimo, confesándose su esclava, pero conservando la virginidad que tan grata era a Dios y a ella.
Por aquel sí pronunciado por María Santísima, el mundo obtuvo la salvación, la humanidad fue redimida. Hagamos también nosotros siempre la voluntad de Dios y digamos también siempre sí al Señor.
 
15. Correspondamos también nosotros, que hemos sido regenerados en el santo bautismo, a la gracia de nuestra vocación a imitación de la Inmaculada, Madre nuestra. Apliquémonos incesantemente al estudio de Dios para conocerlo, servirlo y amarlo cada vez mejor.

16. Madre mía, infunde en mí aquel amor que ardía en tu corazón por él; en mí, que, cubierto de miserias, admiro en ti el misterio de tu inmaculada concepción y que ardientemente deseo que, por ese misterio, purifiques mi corazón para amar a mi Dios y a tu Dios, mi mente para elevarme hasta él  y contemplarlo, adorarlo y servirlo en espíritu y verdad, el cuerpo para que sea su tabernáculo menos indigno de poseerlo cuando se digne venir a mí en la santa comunión.

17. Padre, hoy es la Dolorosa. Dígame una palabra. Respuesta: La Virgen Dolorosa nos quiere bien, nos ha dado a luz en el dolor y en el amor. No se aparte jamás de tu mente la Dolorosa y sus dolores queden grabados en tu corazón; y lo encienda de amor a ella y a su Hijo.

18. El alma bienaventurada de María, como paloma a la que se libera de los lazos, se separó de su santo cuerpo y voló al seno de su Amado.
(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Pruebas claras de su presencia protectora.


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«Hermanas, ¡el cristal está entero!», fue el grito de Giuseppe Grifa que, poco antes, había roto con sus propias manos los cristales de la ventana.
El hecho prodigioso tuvo lugar el 3 de enero de 1993. El relato del mismo lo firman las seis religiosas de la comunidad de las Hermanas de la Inmaculada de Santa Clara de San Giovanni Rotondo, y también Giuseppe Grifa.
«Salimos de casa, a las 8:45, para ir a Misa al santuario de Nuestra Señora de las Gracias y regresamos hacia las 10:15. Pero no pudimos entrar porque sor María Concepta había olvidado las llaves en la cerradura del portón, que se cerró con las llaves en el interior. El aire era frío aquella mañana y permanecer por mucho tiempo al descampado era peligroso para la salud.
Llamado el señor Grifa, chófer de nuestra “Escuela Materna San Giuseppe”, llegó rápido, y pronto se dio cuenta de que, para entrar en la casa, no había otra solución que o tirar el portón de entrada o romper los cristales de alguna ventana. La superiora, sor Gaetanina, autorizó romper los cristales de la ventana del cuarto de baño, que queda al norte-oeste, en la parte de atrás de la casa.
Con recelo, pero también con decisión, el señor Grifa rompió los tres cristales de la ventana, mientras las hermanas presentes le animaban: “¡Fuerte, Giuseppe! Hace frío, pero verás cómo el Padre Pío te echa una mano, porque le estamos rezando”. Después de haber roto los cristales, el señor Grifa entró en casa por la ventana y abrió el portón de entrada. Tiritando de frío, las hermanas corrimos adentro, mientras la superiora exclamaba: “Demos gracias al Padre Pío”. Marchamos al refectorio a tomar algo caliente.
Por la ventana rota entraba un frío helador. Para arreglarla y poner remedio al frío, el señor Grifa volvió al cuarto de baño. Un resplandor lo atrajo hacia la ventana. Con miedo y frotándose los ojos, se acercó a la ventana. ¡Quedó estupefacto! ¡El primer cristal interno estaba totalmente entero! Sin creérselo, lo tocó con la mano izquierda. No era una ilusión, no; era realidad. El cristal estaba absolutamente entero, ¡sin rasguño alguno!
Asustado, corrió hacia las hermanas y nos gritó: “Hermanas, ¡el cristal está entero!”. Es inútil  decir que corrimos al local y verificamos la verdad de aquel gozoso anuncio. La comprobación puso fin a nuestra inicial incredulidad y desconfianza. Dimos gracias al Señor que, por la intercesión del venerado Padre Pío, ha querido visitar nuestra casa de un modo tan tangible y prodigioso».
Al parecer, las hermanas no quisieron poner en el relato el detalle que Giuseppe Grifa manifestó después al Vicepostulador de la Causa del Padre Pío, padre Gerardo Di Flumeri: Al escuchar a las religiosas, que le gritaban: «El Padre Pío te echará una mano, porque le estamos rezando», él, con voz alterada, exclamó: «El Padre Pío, a esta hora, no hace milagros, si yo no rompo los cristales».
En el cristal, roto por los golpes de Giuseppe Grifa y entero sin intervención alguna de personas de esta tierra, el Padre Pío dejó una prueba clara: a las hermanas de que podían confiar en él, y a Giuseppe Grifa de que puede hacer milagros también en una fría mañana del mes de enero.
*** * ***
Este testimonio nos llega de Méjico, firmado también por seis hermanas, aunque no religiosas, las hermanas Collado Mocelo. Los dos hechos que recoge el relato, en verdad sorprendentes, tuvieron lugar: el primero en la basílica de San Pedro de Roma el día 3 de Junio del 2007, y el segundo en fechas posteriores en México.
«Somos seis hermanas, Julia, María del Carmen, María Isabel, Lucia, Luisa y Claudia Collado Mocelo. Nosotras somos muy devotas de San Pío de Pietrelcina. Nuestra visita a Roma fue debido a la canonización de la hoy Santa María Eugenia de Jesús, fundadora de la Congregación de las Religiosas de la Asunción. Como nosotras somos ex alumnas de dicho colegio en México, fuimos a participar en tan gran evento.
Pero teníamos una doble intención: la primera la indicada anteriormente; y la segunda visitar San Giovanni Rotondo para encomendarnos a San Pío y darle gracias por todas sus intercesiones.
El itinerario del viaje nos impidió la visita a San Giovanni Rotondo, a pesar de la gran ilusión que teníamos por estar allí. Así pues, el día en que estuvimos en el Vaticano, María del Carmen tomó una foto a la tumba de San Pedro, entre muchas otras. Regresamos a México y, a los pocos días, nos enteramos de que a nuestro  padre (que fue el que nos invitó a dicho viaje), le descubrieron un tumor de cáncer en el pulmón. Dos días antes de la operación, por coincidencia, María Isabel estaba viendo de nuevo las fotos del viaje a Roma; y, cuando vio la foto de la tumba de San Pedro, claramente se percató que ahí se encontraba la imagen de San Pío. Para toda la familia esto fue algo insólito, maravilloso, pues ya habíamos visto las fotos y no nos habíamos dado cuenta del acontecimiento; y, sobre todo, justo antes de la operación pasó esto. Nosotras encomendamos con mucho fervor a San Pío la salud de nuestro padre, el cual, gracias a Dios y a la intercesión del Santo, salió bien de operación tan delicada. Sin embargo, unos meses después volvió a aparecer otro tumor y éste lo trataron con quimioterapia. Afortunadamente el cáncer se ha erradicado por completo y ahora él goza de buena salud.
Para nosotras esto es un doble milagro de San Pío; uno la aparición de su imagen y otro la curación de nuestro padre. Y pensamos que, a través de su imagen, él realmente quiso decirnos que está con nosotros y podemos confiar siempre en él».
Estamos, sin duda, aunque en la distancia de años y de lugares, ante otra prueba clara de la presencia protectora del Padre Pío; o, si se prefiere, de que el Padre Pío sigue cumpliendo su “misión grandísima”.
Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (0).


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Sé que la expresión “fotocopia de Cristo”, sobre todo cuando las máquinas fotocopiadoras consiguen copias tan iguales al original, no se puede aplicar ni al santo más santo. Pero un buen hermano y amigo mío, el humilde y santo capuchino fray Modestino de Pietrelcina, hijo espiritual del Padre Pío, muy convencido de decir la verdad, se la aplicaba a su Padre espiritual.
Fray Modestino, que falleció en San Giovanni Rotondo el 14 de agosto del 2011, a la edad de 94 años, no pudo frecuentar la universidad pero sí adquirir mucha ciencia divina. Sin perderse en elucubraciones teológicas, manifestaba con esta expresión el gran parecido entre el Padre Pío y Jesucristo. Un parecido que era fruto de la acción del Espíritu y también del esfuerzo generoso del Fraile capuchino. En este sentido usaré la expresión “fotocopia de Cristo” en los escritos que espero ir subiendo a esta etiqueta de la página web www.san-pio.org .
En los cinco primeros escritos comentaré los rasgos que señaló el papa Pablo VI, en su discurso al Superior general de los Capuchinos y a sus Consejeros generales, el 20 de febrero de 1971. Después, presentaré otros, no todos, de esa “fotocopia”. De este modo, los lectores que lo deseen podrán fijarse en otros rasgos, que, al descubrirlos, tendrían que ser motivo para bendecir al Señor y llamada para hacerlos realidad en su propia vida.  
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En la vida del Padre Pío hay muchas cosas desconcertantes e inexplicables para la ciencia; como la hipertermia: subida de su temperatura corporal hasta los cuarenta y ocho y más grados; la alimentación: con frecuencia, una sola comida al día ‑cuando la tomaba‑ y muy escasa para una jornada de quince o dieciséis horas de duro trabajo; la bilocación: sin abandonar San Giovanni Rotondo, se le "vio" en otros lugares de Italia y de fuera de Europa; el conocimiento de las conciencias: son muchos los que afirman que, al acercarse a su confesonario, escucharon de labios del Padre Pío la lista completa de los pecados ‑con frecuencia olvidados por la distancia de los años‑ que tenían que manifestar al confesor; el don de profecía: en 1959, respondió al saludo que el cardenal Montini le enviaba desde Milán con el comandante Galletti, hijo espiritual del Padre Pío, con este mensaje: “Escúchame atento, Galletti. Di a su Eminencia que, cuando muera este Papa, él ha de ser su sucesor"; el perfume: lo describen como agradable, sutil y delicado, mezcla de violetas y de rosas, y, entre los que confiesan que lo han percibido, unos lo han disfrutado en presencia del Padre Pío y otros a miles de kilómetros de distancia, unos en vida del Padre Pío y otros después de su muerte, algunos sabedores de este fenómeno y otros sin conocer siquiera la existencia de este Fraile capuchino... Y si las llagas, vivas, abiertas y sangrantes durante cincuenta años, fueron un problema sin solución para la medicina y la psicología, no lo fue menos su desaparición completa, el día de su muerte, sin dejar huella ni cicatriz alguna. Estas y otras muchas cosas excepcionales se dieron en la vida del Padre Pío.
Pero el Padre Pío es también “otra realidad”. Es el seguidor humilde, obediente, caritativo y alegre de Francisco y de Clara de Asís; es el sacerdote santo y celoso; es el enamorado de Cristo; es el devoto de la Virgen María que tiene siempre en sus manos el rosario; es el hermano que vive para sus hermanos; es el creyente que busca en todo la gloria de Dios y la salvación de las almas…
Esa “otra realidad” tiene, sí, los cinco rasgos que señaló el papa Pablo VI: «Celebraba la Misa humildemente, confesaba de la mañana a la noche y era, aún si difícil de admitir, el verdadero representante de los estigmas de Nuestro Señor. Era hombre de oración y de sufrimiento». Pero tiene otros muchos rasgos del Hijo de Dios hecho hombre, que nos permiten llamar, una y otra vez, al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino: “fotocopia de Cristo”.
 Elías Cabodevilla Garde

Mayo: días 5 al 11.


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5. María sea la razón única de tu existencia y te guíe al puerto seguro de la salvación eterna. Sea para ti dulce modelo e inspiradora en la virtud de la santa humildad.

6. Si Jesús se manifiesta, agradecédselo; y si se oculta, agradecédselo también; todo es broma de amor.
La Virgen clemente y piadosa continúe alcanzándoos de la inefable bondad del Señor la fuerza para sobrellevar hasta el final tantas pruebas de amor como os concede. Yo os deseo que lleguéis a morir con Jesús en la cruz y que podáis exclamar en él dulcemente: "Se ha cumplido".

7. Oh María, madre dulcísima de los sacerdotes, mediadora y dispensadora de todas las gracias: desde lo íntimo de mi corazón te ruego y te suplico encarecidamente que hoy, mañana y siempre des gracias a Jesús, el fruto bendito de tu vientre.
 
8. La humanidad quiere su parte. También María, la Madre de Jesús, sabía que, por medio de la muerte de su Hijo, se realizaba la redención del género humano, y sin embargo también ella ha llorado y sufrido; y ¡cuánto ha sufrido!

9. María convierta en gozo todos los dolores de tu vida.

10. No os entreguéis tan intensamente a la actividad de Marta que olvidéis el silencio y el abandono de María. La Virgen, que concilia tan perfectamente ambas cosas, os sirva de dulce modelo y de inspiración.
 
11. María hermosee y perfume continuamente tu alma con nuevas virtudes y te proteja con su amor maternal. Mantente cada vez más unida a la Madre del cielo, porque ella es el mar a través del cual se alcanzan las playas de los esplendores eternos en el reino de la aurora.

(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

El Señor sigue actuando a través del Padre Pío… curando.


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En todas - o en casi todas - las biografías del Santo de Pietrelcina, encontramos al menos un capítulo dedicado a los milagros del Padre Pío. Quiero decir, como repetía una y otra vez el Fraile capuchino, a los milagros obrados por el Señor a través de…; en este caso, del Padre Pío. Pues los milagros y los dones extraordinarios y las gracias ordinarias y todo lo bueno nos vienen siempre de Dios.
En los milagros o gracias extraordinarias que suponían la curación de enfermedades, los médicos quedaban “boquiabiertos” y tenían que decir: ¡para la medicina inexplicable! Por ejemplo, en el caso de la entonces una niña, Ana María Gema Di Giorgi.
Ana María Gema nació en Palermo (Italia) el 25 de diciembre de 1939. Tenía tres meses cuando su madre se dio cuenta de la anomalía. Ella y la abuela, asustadas, la llevaron al médico; éste las mandó a un oculista; éste a otro oculista; y los tres diagnosticaron lo mismo: ciega porque carece de pupilas.
Una religiosa, tía de Ana María Gema, animó a madre y a la abuela de la niña a llevarla a San Giovanni Rotondo. Viajaron el  6 de junio de 1947, cuando la niña tenía 7 años, para que el Padre Pío le diera la primera comunión. A la mañana siguiente participaron en la Misa que el Padre Pío celebró, como siempre, a las cinco de la mañana. La primera en confesarse fue Ana María Gema; y, a pesar de las repetidas advertencias que le habían hecho, la niña olvidó pedir al Padre Pío la curación.
Por la tarde, después de la función eucarística, Ana María Gema fue la primera en recibir la comunión, su primera comunión. El Padre Pío, además de la cruz con la Sagrada Forma, como se acostumbraba entonces, trazó, inmediatamente después, otra sobre los ojos de la niña; y Ana María Gema comenzó a ver. La llevaron al médico, que repitió el mismo diagnóstico: “Ciega por carecer totalmente de pupilas”; pero - le dijeron - ¡la niña ve! En la actualidad, a no ser que haya muerto en los últimos meses, Ana María Gema Di Giorgi sigue viendo, aunque para los médicos sea imposible porque no tiene pupilas.

*** * ***

El Señor sigue actuando hoy por medio del Padre Pío. Este testimonio, escrito en febrero de este año 2013, nos llega de Querétaro (México). Lo envía María de Lourdes Ortiz Chaparro, que se presenta como la “mamá” de Marifer y lo califica de “maravilloso regalo que hemos recibido en mi familia a través del Padre Pio”. El escrito dice así:

«Hace casi 10 años mi mamá estuvo en coma por una encefalitis viral; el resultado de esto fue el despertar de una madre convertida en bebé; así pues, desde ese entonces he tenido que afrontar el cuidado de ella tal como lo haría con un hijo mío: cambio de pañales, alimentarla, vestirla, limpiarla, peinarla, además de desvelos cuidando una fiebre, un insomnio etc.
Todo iba bien hasta que hace 7 años tuvo una recaída, dejó de comer, se deshidrató, comenzó a tener infecciones de todo tipo y el doctor que la atendía me dijo que era mejor que me hiciera a la idea de que ella se iría en cualquier momento, incluso llegó a sugerirme “hacerla sufrir lo menos posible”.
Esto no cabía en mi cabeza, mi madre agonizaba y encima de todo la persona en quien yo confié la vida de mi mamá ¡me sugería “eso”!
Fue una época terriblemente difícil: yo veía a mi mamá consumirse con las horas y me dolía verla sufrir, pero aún así siempre tuve la convicción de que yo no tengo ese poder de decidir cuándo acabar con la vida de alguien; yo no podía simplemente decidir el día y la hora de que todo terminara. ¿Cómo podría yo vivir con eso el resto de mi vida? Decidí dejar trabajar a Dios.
Fue cuando un amigo muy cercano a nosotras me habló para contarme que traerían a mi ciudad las reliquias del Padre Pio, yo no sabía mucho de él pero por lo que me contó en la llamada supe que tenía que ir.
No sé cómo explicarlo; fue como si algo me llamara a ir a verlo; no dudé, estaba convencida de que tenía que ir.
Ya ahí, pedí al Padre Pio su intercesión para que mi madre recuperara la salud. Recibí como obsequio una estampa del Padre y la llevé a casa en donde algo extraordinario pasó: esa misma noche, mi mamá comenzó a comer, recobró la conciencia y en pocos días prácticamente se levantó de la tumba.
Por supuesto que desde entonces la alejé del doctor que “cuidaba por su vida” y la confié plenamente a Dios a través del Padre Pio.
Hoy en día “mi niña” goza de una salud envidiable. Nunca recuperará sus habilidades motoras y continúa siendo como un bebé, pero a pesar de esto está en condiciones excelentes.
Además de este milagro, el Señor nos ha regalado un milagro más. Mi madre fue diagnosticada con cáncer de piel hace tres años; la noticia fue terrible, pues en sus condiciones no hay mucho que hacer, por lo que la doctora sugirió el uso de pomadas en los 12 puntos cancerígenos y otros cuantos pre-cancerígenos que tenía en cara, cuello y brazos, antes de buscar otra alternativa más riesgosa para ella. Salí de la clínica triste, pero al mismo tiempo con una tranquilidad inexplicable; yo sabía, en el fondo de mi corazón, que esto no era sino un medio para que Dios manifestara nuevamente su grandeza y su inmensurable amor.
Comenzamos el tratamiento al pie de la letra, y yo convencida de que no había nada que temer. Al mes regresamos a la consulta.
Para ser honesta, yo estaba nerviosa por la evaluación de los médicos, pero, en lugar de eso, fui testigo de la “cara” de la ciencia ante los milagros: ¡incredulidad!
La dermatóloga examinaba a mi mamá desde todos los ángulos, veía a través de lentes de aumento, revisaba fotos y videos que le habían tomado en la primera consulta. Llamó a sus colaboradores y al cirujano plástico para que ratificaran lo que ella veía pues, según decía, no podía ser lo que veía. Finalmente, volteó con la cara más asombrada, incrédula, llena de sentimientos encontrados que jamás he visto en mi vida y me dijo: - “no tiene nada; no sé cómo pasó pero no tiene nada; especialmente los puntos en donde el cáncer estaba infiltrado en el nervio desaparecieron; no lo creo, simplemente no lo puedo creer”.
Finalmente sonrió como sonríen las personas que están ante lo inexplicable pero saben qué es lo que realmente pasa: era un milagro.
Un nuevo milagro para mi “niña”, y para mi, desde luego.
Después de un par de años, lamentablemente uno de los puntos “retoñó” y no hubo otra manera de extraerlo más que por medio de cirugía, afrontando, desde luego, los riesgos que esto conlleva para una persona en las condiciones de mi mamá. Afortunadamente salió con bien y su recuperación fue magnífica. Tenía bajo su ojito izquierdo un total de 6 puntos, pero hasta el día de hoy ni siquiera se le nota y, gracias al extraordinario médico que la atendió (que con toda seguridad fue guiado por Dios y ayudado por el Padre Pío), la cicatriz ni se le nota, ni le quedó el ojito jalado como era probable.
Desde entonces, cada vez que algo surge, por insignificante que sea, recurro al Padre Pio, y ni una sola vez he sido defraudada. Sus bendiciones colman nuestra vida y me hace saber que Dios es infinito en su misericordia y en su amor; sólo hay que dejarle hacer su trabajo».
Elías Cabodevilla Garde

Asociado a la pasión de Cristo por los sufrimientos causados por sus hermanos en religión (2).


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En mi escrito anterior en esta etiqueta de la página web, expresé mi convencimiento de que, si los sufrimientos físicos con los que el Señor asoció al Padre Pío a la pasión de Cristo fueron fuente de dolores agudísimos y constantes para el Fraile de los estigmas, lo fueron mucho más los sufrimientos morales; y, entre éstos, los que hirieron más profundamente su espíritu fueron los causados por algunos de sus hermanos en religión. Hoy tengo que añadir que, entre éstos últimos, los más hirientes tuvieron lugar entre los meses de mayo y septiembre de 1960.

También en estos sufrimientos el Padre Pío supo ver lo que aconsejaba en estas palabras, que ya he citado en otro lugar: «Tras la mano del hombre que se manifiesta veamos la mano de Dios que se oculta». Y probablemente no le resultó difícil descubrir esto, pues lo que Dios le pidió en estos meses ya se lo había exigido a Jesucristo en las horas de su pasión. Lo recordé en otro escrito publicado en esta página web: «… para Cristo fueron muy dolorosos los azotes, la coronación de espinas, el peso de la cruz, los clavos…; lo fueron mucho más los insultos, las bofetadas, los salivazos…; y más todavía el beso traidor de Judas, las negaciones de Pedro, el abandono de los suyos…».

En el caso del Padre Pío, y refiriéndome sólo a los Capuchinos, el beso traidor se lo dio el padre Justino de Lecce; las negaciones le vinieron de fray Maseo de San Martino in Pensilis y del padre Daniel de Roma; y, porque no es fácil eximirlos de responsabilidad, entre los que abandonaron al Capuchino de Pietrelcina hay que poner al menos al padre Clemente de Milwaukee, Superior general de los Capuchinos, al padre Buenaventura de Pavullo, Consejero general del Superior general de los Capuchinos, al padre Amadeo de San Giovanni Rotondo, Superior provincial de la Provincia capuchina de Foggia, y al padre Emilio de Matrice, Superior de la Fraternidad capuchina de San Giovanni Rotondo.

De lo que sucedió en torno al Padre Pío en los años 1958 a 1964 se puede repetir lo que el padre Clemente de Milwaukee, Superior general de los Capuchinos hasta esta fecha, dijo, en mayo de 1964, en el Capítulo general de la Orden: «El asunto está tan complicado, tan enrevesado, que no es posible ni que se nos explique ni que se nos aclare ni que se nos desentrañe en este lugar. Sobre todo, porque las cosas que habría que decir para entender algo del mismo, no se me permite darlas a conocer. Sea suficiente saber esto: todo lo que hemos hecho, lo mismo en la Provincia de Foggia que a cada uno de los Hermanos, se ha llevado a cabo después de informar a la autoridad eclesiástica y las más de las veces por mandato de la misma».

Para mantener esta afirmación basta leer con detenimiento, en el volumen IV del “Proceso de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Pío de Pietrelcina”, el amplio y documentado estudio del padre Alejandro de Ripabottoni, titulado “Registrazioni” (grabaciones). Aunque las 46 páginas del mismo buscan hacer luz sobre el tema, al leer lo escrito en ellas, las dudas y las preguntas surgen una tras otra, y no tanto por lo que se afirma cuanto por lo que se omite.

Mi intención en este escrito es referirme sólo al tema de los micrófonos y de la grabación de conversaciones del Padre Pío sin su conocimiento y a sus espaldas, y sólo a los Capuchinos implicados en estos hechos. Si cito a personas ajenas a la Orden capuchina es con la única finalidad de que la mayor o menor culpabilidad de los Capuchinos que he mencionado, si es que la tuvieron, aparezca en su justa medida.

Como apoyo para entrar en un tema tan delicado, quiero citar unas palabras del cardenal Lercaro, que conoció muy de cerca al Padre Pío. Las pronunció el 8 de diciembre de 1968, a los dos meses y medio de la muerte del Santo de Pietrelcina, en un acto conmemorativo que organizaron los Capuchinos de Bolonia. Refiriéndose a los sucesos de los años 1958-1964, después de pronunciar estas duras palabras: «Viejas pasiones de hombres desbordados por la vida y nuevas apetencias de dinero levantaron con increíble audacia y cínica crueldad otra persecución contra el justo desarmado… Experimentó la angustia de procedimientos arbitrarios, de medidas severísimas, injuriosas, perversas…», añadió: «Sus propios hermanos de religión le atormentaron, y aquel que según la tradición de los Capuchinos se le había dado como bastón de su ancianidad fue el miserable que llevó hasta el sacrilegio su beso traidor… y, como Jesús, callaba».

• 1. Estos son los hechos:

- La colocación de los micrófonos y de los otros elementos necesarios para las grabaciones fue obra del padre Justino de Lecce. El padre Justino era el “ángel de la guarda” que suelen dar en algunas casas religiosas a los ancianos y a los religiosos que no pueden valerse por sí mismos. Llevaba tres años cumpliendo este cometido en relación al Padre Pío.

- En esa labor, absolutamente reprobable, de colocar los sistemas de grabación, el padre Justino de Lecce fue ayudado activamente por fray Maseo de San Martino in Pensilis. Fray Maseo era un capuchino laico, cumplidor y responsable en los oficios que se le asignaban, pero con una personalidad fácilmente influenciable por aquellos en los que ponía su confianza o que lograban conquistársela. 

- El padre Daniel de Roma tuvo en todo esto dos cometidos: transcribir con buena letra y en buen papel el contenido de las cintas y hacer llegar tanto las cintas grabadas como la transcripción de las mismas, bien personalmente bien por otros medios seguros y rápidos, a monseñor Umberto Terenzi o, en el caso de que esto no fuera posible, al padre Buenaventura de Pavullo, en la Curia general de Capuchinos de Roma. El padre Daniel ingresó en la Orden capuchina a los 27 años. Tras los sucesos a los que me estoy refiriendo, fue trasladado a la Provincia capuchina de Toscana, pidió después pasar al clero secular y terminó dejando el ejercicio del sacerdocio.

- Del hecho de que se estaban realizando estas grabaciones eran sabedores, entre otros Capuchinos, el padre Clemente de Milwaukee, Superior general de la Orden capuchina, el padre Buenaventura de Pavullo, Consejero general por Italia del Superior general, el padre Amadeo de San Giovanni Rotondo, Superior provincial de la Provincia capuchina de Foggia, y el padre Emilio de Matrice, Superior de la Fraternidad capuchina de San Giovanni Rotondo.

- Aunque no pertenecen a la Orden capuchina, motivo por el que no quiero formular ningún juicio sobre ellos, tengo que referirme aquí a sor Lucina y a don Umberto Terenzi.

Sor Lucina, religiosa de las Esclavas del Sagrado Corazón, de la comunidad de Città di Castello, se confesaba y era atendida espiritualmente por el padre Justino, que la tenía por santa. Ella, enriquecida a su juicio con revelaciones del cielo, sabía que el Padre Pío estaba poseído por el demonio y en grave peligro de condenación por sus pecados de fornicación con mujeres del entorno. Además, tenía la misión, confiada por el Señor, de salvar al Padre Pío; y el padre Justino era su colaborador e intermediario en esta misión. Cómo se consiguió que se le autorizara a trasladarse de su convento de Città di Castello a San Giovanni Rotondo y, más tarde, que la Superiora general de la Congregación le permitiera permanecer aquí «mientras fuere necesario», no es fácil saberlo. El padre Justino marchaba con frecuencia, siempre después de la cena, a la casa particular donde vivía su dirigida espiritual para recibir sus instrucciones. Entre éstas, debió estar la de los exorcismos al “poseído por el demonio”, pues fray Celestino Di Muro, capuchino laico de la Fraternidad de San Giovanni Rotondo, sorprendió una noche al padre Justino cuando, desde el pasillo, rezaba y asperjaba con agua bendita la celda n. 1, en la que descansaba el Padre Pío. Al padre Justino le acompañaba fray Maseo.

* Monseñor Umberto Terenzi era el Párroco del Santuario del Divino Amor de Roma. Se consideraba amigo de Capuchinos de la Curia general, de altas personalidades de la Congregación vaticana del Santo Oficio, de monseñor Loris Capovilla, Secretario del Papa Juan XXIII… Daba órdenes y mandatos en nombre de altas Jerarquías de la Iglesia. En relación al Provincial de Capuchinos de Foggia y al Superior de Capuchinos de San Giovanni Rotondo, decía actuar «en nombre de vuestro Padre Reverendísimo. Por tanto, excusad, me tenéis que obedecer». El 21 de abril de 1960, a los tres días de que llegara a San Giovanni Rotondo monseñor Crovini, Visitador apostólico enviado por el Santo Oficio, pudo escribir al padre Justino lo que sigue, pues ya lo habían tramado todo para que se enviara otro Visitador, monseñor Maccari: «No se inquiete su corazón ni por Crovini ni por otro motivo. En cuanto a su audiencia no se preocupe; si le parece, escríbame todo a mí y el Papa lo sabrá todo personalmente. ¿No ha confiado nuestra buena causa a nuestra Señora del Divino Amor? Entonces, esté tranquilo. Nuestra Señora del Divino amor está trabajando muy bien, por una vía directísima y decisiva con el mismo Santo Padre. Fíese totalmente del padre Buenaventura, con el que estoy trabajando al unísono por el objetivo que usted me ha encomendado. Crovini no tiene encargo alguno; se lo aseguro no en mi nombre sino en nombre de sus superiores mayores en el Santo Oficio. No podrá impedir las decisiones santas que esperamos y que son totalmente contrarias a cuanto esperan y creen que van a alcanzar con él los distintos compadres y comadres de San Giovanni Rotondo. Escriba todo y con urgencia al padre Buenaventura: todas las cartas son revisadas y tenidas en cuenta en altísimo lugar. Pero, sobre todo, ¡oración! Satanás se agita, pero la Virgen María lo vencerá. Ave María. Afectísimo Umberto Terenzi». En otra carta al padre Justino, de 27 de junio de 1960, le decía: «Lo dispuesto vale, por orden superior, también para el padre Daniel M. de Roma y para el padre guardián y para el padre provincial. Bajo el secreto del Santo Oficio.

• 2. ¿De quién nació la idea de instalar los micrófonos y realizar las grabaciones?

- El padre Justino, en su declaración en el “Proceso de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Pío de Pietrelcina”, afirma que la idea fue suya; y recalca que no tuvo ni autorización ni invitación ni mandato ni de la Curia general de los Capuchinos ni de otra autoridad. Afirmación difícilmente creíble si se tienen en cuenta estos dos datos: que la grabación la hizo llegar enseguida a don Umberto Terenzi, y que esa primera grabación tuvo lugar, según confesión del padre Justino, hacia la mitad de mayo; por tanto, medio mes más tarde de la carta que le dirigió don Terenzi el 27 de abril, que antes he transcrito.

- Si estas afirmaciones del padre Justino son verdaderas y las informaciones que buscaba con esas grabaciones eran las que luego indicaré, hay que decir que muy pronto se asociaron a su proyecto tanto monseñor Umberto Terenzi como el padre Buenaventura de Pavullo. Pero éstos buscando otra clase de informaciones y, para ello, urgiendo la instalación de los micrófonos en otros lugares, como el saloncito del piso primero, la celda n. 5 del convento y quizás...

• 3. ¿Dónde se instalaron los micrófonos? Ciertamente:

- En el locutorio de la planta baja del convento, donde el Padre Pío solía recibir a los fieles, sobre todo a sus hijas espirituales, y donde también solía confesar.

- En el saloncito del piso primero del convento, donde el Padre Pío recibía en casos especiales, siempre a hombres porque está dentro de la clausura, y donde también solía confesar.

- En la celda n. 5 del convento, que el Padre Pío había usado desde su llegada a San Giovanni Rotondo el 4 de septiembre de 1916 hasta que, en la década de los 40, lo pasaron a la habitación n. 1, porque ésta era un poco más amplia, se podía llegar a ella sin pasar por la clausura y junto a ella había una pequeña terraza, con un ventanal abierto a la huerta, que le permitía respirar aire fresco tras las muchas horas de labor pastoral en la iglesia, sobre todo en el confesonario. El Padre Pío seguía usando la celda n. 5, y en ella recibía a las personas que le ayudaban en la administración de la “Casa Alivio del Sufrimiento”, especialmente a Ángel Battisti. También aquí confesaba a veces el Padre Pío.

- ¿Pusieron los micrófonos también en el confesonario, sea en el de las mujeres en la iglesita, sea en el de los hombres en la sacristía? El padre Justino negó que se hubieran grabado confesiones y, como consecuencia, la instalación de micrófonos en los confesonarios. No faltan quienes afirman lo contrario y quienes aseguran que el padre Justino y fray Maseo lo intentaron en el confesonario de la iglesita pero que desistieron al no encontrar un modo discreto de pasar los cables hasta el mismo. Incluso, en los muchos escritos sobre este tema, al Padre Pío se le hace afirmar y negar la misma realidad. En la biografía “Padre Pio da Pietrelcina” de Luigi Peroni podemos leer el testimonio de una hija espiritual del Padre Pío, de Torino, que, al difundirse la noticia, viajó a San Giovanni Rotondo y, en confesión, preguntó a su padre espiritual: «Padre, ¿pero es verdad lo de las grabaciones en el confesonario» y él le respondió: «¡Cómo no, hija mía, es verdad y cómo! Cuando yo estaba en el confesonario trabajaban arriba, y cuando yo estaba arriba, trabajaban aquí». El padre Alejandro de Ripabottoni, en cambio, cita el testimonio de Giovanna Boschi, a quien, en confesión, ante su temor de que sus confesiones hubieran sido grabadas, el Padre Pío le dijo: «Hija mía, en este confesonario no ha habido nunca un aparato de grabación».

- De lo que, al parecer, no cabe duda es de que se grabaron confesiones, tanto de hombres como de mujeres. Son muchos los testimonios que lo confirman. Testimonios de los que, en las dependencias del Santo Oficio, a donde iban a parar las cintas grabadas, escucharon, con gran sorpresa y explicable rechazo, sus propias confesiones con el Padre Pío. Y testimonios de personas a las que, los que habían escuchado las cintas grabadas, les habían repetido contenidos de su confesión al Padre Pío y de lo que éste les había dicho en ella. ¿Fueron todas grabadas en los lugares que antes he indicado, que no eran el confesonario pero en los que el Padre Pío también confesaba? No es fácil afirmarlo.

- La primera grabación tuvo lugar en el mes de mayo de 1960, probablemente el día 9. Y esta infame labor se prolongó al menos durante tres meses. El padre Justino, que, en su declaración en el mencionado Proceso, afirmó que sólo tenía un aparato para grabar, que lo iba pasando de un sitio a otro según conviniera, en otros momentos de la declaración habló de grabadores en plural. Los escritos sobre este tema dan la cifra de 36/37 cintas grabadas por ambos lados. Las cintas, y la transcripción de las mismas cuando se hacía, llevadas a Roma por los medios que antes he indicado, eran escuchadas o leídas por don Terenzi que, tras la selección oportuna, las hacía llegar al Santo Oficio y a otros Organismos de la Santa Sede.

4. ¿Qué se buscaba con estas grabaciones a espaldas del Padre Pío?

- El padre Justino, en su declaración en el Proceso, afirma que «En el ambiente de las “pie donne” (piadosas mujeres) se decía que, de un momento a otro, se tomarían graves providencias contra el padre provincial, el guardián y los otros frailes, que serían trasladados… Difundían estas voces cuando salían del locutorio donde se habían encontrado con el Padre Pío, lo que nos hacía pensar que esto era un complot contra nosotros, organizado en nuestra casa. Cuando digo “nosotros” me refiero a mí y a fray Maseo. La idea de usar los grabadores me vino con la intención de conocer dónde se preparaba este golpe y de qué ambientes o personas provenía».

- Si lo anterior es verdad, hay que decir que el padre Justino pasó muy pronto a lo que había sido su obsesión enfermiza desde muy joven. El padre Pellegrino Funicelli declaró en el mencionado Proceso, por tanto bajo juramento de decir la verdad, que «el padre Justino era un enfermo en relación al sexto mandamiento y que, desde sus años de estudiante de teología, creía poseer cualidades ocultas y se servía del péndulo para determinar, y como consecuencia acusar, quién de los compañeros había consentido en pensamientos impuros o había cometido actos impuros». Y el padre Justino, sin pretenderlo, dejó muy clara esta su obsesión al declarar: «Habiendo escuchado la primera grabación y habiéndome parecido alarmante por lo que se refería al Padre Pío y a la preeminente mujer (sin duda, Cleonice Morcaldi)… hice saber al Papa, por mediación de don Terenzi, que tenía un documento que podría hacer un poco de luz sobre todo el asunto». Lo “alarmante” era que, en la cinta grabada, él escuchaba el ruido de un beso; un ruido que ningún otro, a excepción también de don Terenzi, lo percibía. He aquí una prueba. El Consejero general, padre Buenaventura de Pavullo, pidió al Provincial, padre Amadeo de San Giovanni Rotondo, que se pusiera de inmediato en comunicación con don Terenzi. El Provincial viajó esa misma tarde a Roma y, en el estudio privado de don Terenzi, en el Santuario del Divino Amor, tuvo que escuchar en silencio y repetidas veces la grabación; y… del beso, ¡nada de nada! El padre Justino siguió dando rienda suelta a su obsesión: «Después de la primera grabación, que tuvo lugar a mediados de mayo, hice otras grabaciones para comprender todavía mejor el desarrollo de la situación».

- ¿Interesaba a don Umberto Terenzi y al padre Buenaventura de Pavullo lo que buscaba el padre Justino; es decir, saber cómo, con quiénes y en qué horas de la noche concertaba el Padre Pío las citas sexuales, que, según las revelaciones del cielo que le comunicaba sor Lucina, eran las que tenían al Fraile capuchino esclavo del demonio y a las puertas de la condenación eterna? Seguro que poco o nada. Pero, si esas acusaciones de inmoralidad resultaran fundadas, ellos tendrían la prueba decisiva para apartar definitivamente al Padre Pío de San Giovanni Rotondo y conseguir lo que pretendían. Por tanto, ¡adelante, padre Justino!

- El padre Justino, a quien el padre Buenaventura, en escrito del 23 de junio de 1960, mandó «hacer lo que le dice don Umberto», tuvo que ampliar su investigación secreta, por los mismos medios que usaba en el locutorio de la planta baja del convento, al menos a estos dos lugares que antes he indicado: el saloncito del primer piso y la celda n. 5. ¿Con qué finalidad? Podría expresarse así: Por parte de los Capuchinos, para poder hacerse con las ingentes cantidades de dinero que le llegaban al Padre Pío para el hospital “Casa Alivio del Sufrimiento” y solucionar las graves consecuencias para ellos de la bancarrota del banquero Giuffré. Por parte de don Umberto Terenzi, para hacer realidad su sueño de unir las administraciones de la “Casa Alivio del Sufrimiento” y del Santuario del Divino Amor o, al menos, para conseguir alguna cuantiosa ayuda que aliviara la situación económica del santuario.

*  La quiebra del “banquero de Dios” -así se llegó a llamar a Giuffrè- hizo que las economías de las Provincias capuchinas de Italia y la de la Orden capuchina, al igual que las de otras Congregaciones religiosas, pasaran por momentos de extremo agobio. Entre otras razones, porque tenían que devolver el dinero que, ante los altísimos intereses que ofrecía Giuffré a las Instituciones eclesiásticas, habían pedido prestado a amigos y conocidos para colocarlo en el banco del “banquero de Dios”.

 La solución del problema para los Capuchinos podría estar muy a mano: el superávit económico de la “Casa Alivio del Sufrimiento” y las cantidades que seguían llegando al Padre Pío para su obra en favor de los enfermos. Lo intentó el Provincial, padre Amadeo de San Giovanni Rotondo en los últimos meses del 1959. Pero la conciencia del Padre Pío no aceptaba destinar a otros fines lo que le llegaba para una finalidad bien concreta. Además, la cantidad que se le pedía era de varios cientos de millones. Meses más tarde, el Padre Pío tendría que repetir el “No puedo”, cuando monseñor Carlos Maccari, el nuevo Visitador apostólico enviado por el Vaticano a San Giovanni Rotondo, le propuso que renunciara voluntariamente a la propiedad de la “Casa Alivio del Sufrimiento” en favor de la Orden capuchina.

* Recoger posibles informaciones sobre cantidades de dinero no bien gestionadas o sobre números rojos en la contabilidad de la “Casa Alivio del Sufrimiento” sería importante para que el Vaticano, anulando la concesión dada por el Papa Pío XII, quitara al Padre Pío la administración de la misma. Lo era también conocer con exactitud el origen de las limosnas que seguían afluyendo a San Giovanni Rotondo para no perderlas, una vez eliminado el Padre Pío. Y los lugares donde se conversaban estos temas eran los que antes he señalado.

• 5. ¿Habían perdido la cabeza?

- En la biografía de Leandro Sáez de Ocáriz “PÍO DE PIETRELCINA - Místico y apóstol” se lee: «Un buen religioso del convento, a quien habían implicado en el enredo, al hacer su declaración sobre tan repugnante asunto, confundido, exclamó lleno de pesadumbre: “Es que habíamos perdido la cabeza, estábamos todos locos”.

- En torno a este “repugnante asunto” surge esta pregunta: los Capuchinos implicados en él ¿habían perdido la cabeza?, ¿estaban locos?, ¿su maldad llegó a límites insospechados?

*  Dejando de lado al padre Justino, ¿es posible que fray Maseo, el padre Daniel y el Superior de la Fraternidad capuchina de San Giovanni Rotondo, padre Emilio, que tenían al Padre Pío día y noche ante sus ojos, pudieran creer, sin culpabilidad alguna, las revelaciones del cielo de sor Lucina, aceptar que el anciano religioso de 73 años se pasaba las noches fornicando y colaborar, sin remordimiento alguno, en la labor investigadora del padre Justino?

 ¿Es posible eximir de toda responsabilidad al Provincial, padre Amadeo, que, cuando el padre Justino y el padre Emilio le piden una conversación urgente porque, en la grabación hecha en el locutorio, se oye el ruido de un beso y quieren autorización para hacer nuevas grabaciones, termine, después de haberla negado rotundamente, permitiéndoles «una sola grabación más, con la condición de que le entreguen a él la cinta grabada»?

* ¿Cómo explicar que el General de los Capuchinos, padre Clemente, y su Consejero general por Italia, padre Buenaventura, si es que no dieron su aprobación, al menos hicieran la vista gorda ante lo que estaba sucediendo en San Giovanni Rotondo, fiándose, sin documento alguno que lo acreditara, «de la palabra de don Terenzi que declaró que él estaba autorizado por monseñor Pedro Parente, asesor del Santo Oficio»? Más aún, aunque la autorización a don Terenzi le viniera del mismo Papa, ¿pueden unos Superiores que saben lo que está sucediendo en San Giovanni Rotondo permitir que eso siga adelante?

*  En el caso del padre Buenaventura de Pavullo, ¿es sólo perder la cabeza los hechos de mandar al padre Justino «hacer lo que le dice don Umberto; de recibir en la Curia general el fruto del espionaje que se lleva a cabo en San Giovanni Rotondo y, tras entregar el acuse de recibo, incluyendo a veces en él «palabras de felicitación, de ánimo y de bendición», hacerlo llegar a don Terenzi, creyendo que es «un simple pasamanos»; y de atreverse a declarar: «Es cierto que en uno de aquellos escritos del 15 de julio que leo en la prensa, digo al padre Justino: “Es necesario trabajar unidos, en silencio, con sufrimiento y con oración. No se preocupe; todo pasa primero por mis manos, ya que así se convino con don Terenzi y es justo que la Orden vea y sepa con antelación lo que después se hace llegar a las autoridades superiores. Retome, pues, el regular envío de los expresos […]”. Leído como suena, puede en verdad hacer creer que de nuestra parte había una participación activa y directa en la investigación de don Terenzi. Yo mismo me maravillo, porque nada había en la realidad. Es justamente el caso típico en el que la pluma corre más allá que la intención y traiciona el pensamiento».

• 6. ¿Y el Padre Pío?
- Cuando descubrió en la celda n. 5 el micrófono que le habían colocado bajo la cama y los hilos que lo conectaban a la celda contigua, la n. 4, la usada por el padre Justino, llorando a lágrima viva, cortó los hilos con un abrecartas, que, ennegrecido, conserva todavía el impacto de la corriente eléctrica. Al mostrar al Arzobispo de la Diócesis, monseñor Cesarano, los cables cortados y el abrecartas, le dijo: «Vea lo que han hecho conmigo. Mis propios hermanos».
- Don Atilio Negrisolo, sacerdote de la Diócesis de Padua e hijo espiritual del Padre Pío, da fe de lo siguiente: «Cuando el padre Clemente de Santa Maria in Punta pidió al Padre Pío, en nombre de monseñor Pedro Parente, que desmintiera este hecho, el Padre Pío respondió: «Si hubiera sabido que estaban los micrófonos en el confesonario, nunca habría puesto el pie en él para no exponer el sacramento a la profanación”».
- El corazón del Padre Pío queda muy bien retratado en esta declaración del padre Justino en el Proceso: «El Padre Pío supo el hecho de las grabaciones; no creo que hubiera conocido el contenido de la grabación principal. Ciertamente supo que había sido yo, pero nunca me dijo nada».

- Y mejor retratado todavía en este hecho, contado por el padre Eusebio Notte en su declaración en el Proceso:: «Una noche estaba a solas con el Padre Pío en su celda n. 1. Y noté que el Siervo de Dios oraba con particular recogimiento.  Confidencialmente le pregunté: “¿Tiene alguna preocupación esta noche?”. El Padre Pío enseguida y sin inmutarse: “Estoy orando por el padre Justino”. A lo que yo, casi enojado: “¡Ah!, Padre, ¡eso no!; ¡es demasiado!”. Y el Padre Pío: “Hijo mío, también él es un alma a la que salvar”».

- Que el Padre Pío supo ver la mano de Dios, que lo asociaba a la pasión de Cristo, en lo que ofrezco en este escrito y en lo que le vino como consecuencia de la visita apostólica de monseñor Maccari, lo manifiesta esta confidencia a un hijo espiritual: «Estamos en la última estación, la más larga y la más dolorosa».

Elías Cabodevilla Garde