Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Cenizas, por el Padre Gustavo Seivane


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Las cenizas llegan para que ganemos libertad. Para una iniciación. Para dar comienzo a un tiempo de batallas y de victorias. Para que impere Cristo en nuestra próxima Pascua. Para renacer por el curso de la penitencia, y la práctica santa del ayuno, la oración, y la limosna.

La cuaresma es un tiempo penitencial. Un tiempo dispuesto por Dios para nuestra conversión. Un tiempo que nos sitúa en el ámbito de la reflexión sobre el pecado y la Gracia, los desvíos y la fidelidad al Señor.

Nos cubren las cenizas, como si nos abrigaran la verdad de nuestra finitud, y la necesidad de la humildad, sin la cual no se recibe la divina Gracia. “Dios da su Gracia a los humildes”, enseña la Sagrada Escritura.  Y, nos dejamos marcar con este sello, porque no queremos ya seguir eludiendo el llamado de Dios.

Jesucristo dice: “Den a Dios lo que es de Dios…” Y al Creador venimos a darle nuestra alabanza, y  acción de gracias, como justa respuesta a su bondad. Por Cristo elevamos nuestras almas. Clamamos a Dios llamándolo Padre. Y le ofrendamos la vida que es suya. A él, al Bendito Señor del universo, a quien no queremos ya robarle su Gloria apropiándonos de lo que es suyo, adjudicándonos lo bueno que procede de él.

En este tiempo feliz de grande gracia, se nos conmina: “Tengan cuidado de no practicar la justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos”. Es Dios a quien se le debe nuestra entrega. A él agradamos meritoriamente. A él servimos libres de formas desviadas, cuando evitamos que nuestros actos religiosos vuelvan a nosotros como satisfacción al realizarlos para ser vistos por los demás. Lo fariseo se nutre de esta religiosidad vacía de Dios.

Es en lo íntimo, gratuito, y secreto donde el Padre Celestial es glorificado por nuestras obras. Él recompensa la obra realizada ante sus ojos, la obra que lo tiene a él como fin. A su bondad.

En el fariseísmo, impugnado por Jesús, hay un desvío. No se procura tanto agradar a Dios, como alcanzar autosatisfacción a expensas de las miradas ajenas. Búsqueda de prestigio y elogio  a costa de lo santo. Una religiosidad sin fuego. Una devoción falsa.

Ser de Cristo implica un cambio. Y Jesús advierte: “Tengan cuidado de no practicar la justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos, de lo contrario no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo”.

El salmo dice: “Te gusta un corazón sincero”. La práctica de la sinceridad con Dios, con uno mismo, con el prójimo, allana senderos. Aleja la hipocresía.

El profeta Isaías dice: “Mi alma te ansía de noche, Señor; mi espíritu madruga por ti”. He ahí el alma, que viviendo de cara al Señor se preserva de lo engañoso, y se afirma en la verdad. “Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Ellos ya tienen su recompensa.”

Ya la tienen aquí. Y son migajas humanas. En cambio, Cristo está ofreciendo el bien divino, el Cielo de Dios, a Dios como morada. La eterna Vida. Incorruptible. Inmensa.

Por eso, en Cristo se ha iniciado una transformación… Un bautizado ha sido revestido de Cristo para vivir en esa esperanza: Dios como herencia.

El bien moral consiste principalmente en la conversión a Dios, y el mal a la aversión.

La conversión lleva el ejercicio de la fe. Pero, como enseña el Apóstol Santiago: “La fe, si no tiene obras, está muerta”. La limosna que agrada a Dios es misericordia con discreción. De modo que “cuando tú des limosna, tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha”, para que tu limosna quede en secreto”.

Todas las obras de misericordia, espirituales y materiales, vivirán de una fe enraizada en la oración, sostenidas por el ayuno, que guarda los sentidos en la sobriedad. Pero, Jesús insiste en que evitemos también en esto las formas hipócritas, que procuran la vista ajena como aprobación, el comentario del otro como admiración.

Estas “puestas en escena” repugnan al Señor, que bendice la sencillez evangélica de aquel que se retira a su habitación a orar a su Padre que está en lo secreto, o que ayuna perfumándose su cabeza y lavando su rostro, para que sólo por el Altísimo sea conocido su ayuno.

La cuaresma nos vea orar así con el salmista: “Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti Señor”. Y que el oráculo de Isaías nos afirme en los senderos del Padre. Porque, ”el que procede con justicia y habla con rectitud y rehúsa el lucro de la opresión; el que sacude la mano rechazando el soborno, y tapa su oído a propuestas sanguinarias, el que cierra los ojos para no ver la maldad: ese habitará en lo alto”.

La esperanza nos guarde en la caridad, entonces. “Porque el Padre que ve en lo secreto te recompensará”. Amén.


                                                                                  Padre Gustavo Seivane


* Asistente espiritual de los Grupos de Oración de Padre Pio, República Argentina

Rosario de Cuaresma


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Grupos de Oración del Padre Pio 
SANTO ROSARIO – Cuaresma 2019

+Señal de la cruz

Rezamos este Santo Rosario por todas las intenciones recibidas en los Gru-pos de Oraciòn de Padre Pio, por sus integrantes y sacerdotes guía, por la Casa Alivio del Sufrimiento, por los enfermos y dolientes, por nuestra San-ta Iglesia,  el Papa Francisco, el Cardenal Mario, los Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, por las vocaciones y por las almas del Purgatorio.
Y pedimos especialmente vivir esta Cuaresma y nuestra vida entera en santidad.

Oración de inicio

Santísima Virgen, tú que has sabido guardar a Jesús y penetrar hasta la profundidad más íntima de su persona:  enséñanos a guardarlo, a guar-darlo prolongada y devotamente en el Tabernáculo en que está presente.
Enséñanos a escuchar en silencio las palabras que Él nos dirige y a iniciar con Él un diálogo personal.
Haznos vislumbrar las maravillas que Él desea operar en el secreto de nuestras almas.
Concédenos apreciar el mucho tiempo que Él está ocultamente cerca nuestro  y cuán grande es la amistad que nos demuestra.
Ayúdanos a responder a su amor con el ímpetu de todo nuestro ser, a perdernos enteramente, como tú, en una mirada de amor fija sobre Él. Amén

Rezamos el Pèsame

Meditaremos en cada misterio un texto extraído del libro ”Las cuarenta horas de Padre Pio. Oremos, Adoremos”

Primer Misterio: (según el dìa) 

Jesús agoniza en el huerto de Getsemaní por el desprecio y la indiferencia de los hombres ante su amor. Él “los amó hasta el extremo” (Jn 13,1), es decir, los amó hasta las últimas consecuencias..., hasta llegar a aparecerse al pan  para convertirse en alimento de los hombres. Entonces Él, en el huerto de Getsemaní, sufrió incluso por el sacrilegio y el desprecio de los hombres por la Eucaristía. Jesús fue consolado por un ángel allí en el huerto; por lo tanto nosotros deseamos ofrecer a Jesús sacramentado toda la compasión y el amor de su Madre, la única que, en toda su plenitud, se ofreció al amor de su Dios.

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria 

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave Marìa Purìsima sin pecado concebida
Santo Padre Pio ruega por nosotros

Segundo Misterio:

San Pío decía: “Es más fácil que el mundo pueda mantenerse  sin el sol que sin la Misa”.
 Víctima silenciosa de nuestros altares, Jesús continúa ofreciéndose al Padre como durante la flagelación, como reparación de todas las maldades e iniquidades humanas.
El apóstol Pablo exhorta: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?  El que se une al Señor se hace un solo espíritu con Él... Glorificad, por tanto a Dios en vuestro cuerpo” (1 Co 6,15-19). Jesús, escondido en la pequeña Hostia del altar, ordena nuestras pasiones y nos logra la paz. Nos acercamos, entonces, a nuestro buen Médico para glorificar a Dios en nuestro cuerpo, como lo hace  la Inmaculada que ya ha ascendido al Cielo en cuerpo y alma.

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave Marìa Purìsima sin pecado concebida
Santo Padre Pio ruega por nosotros



Tercer Misterio:  

En ninguna otra parte de la pasión se manifiesta la humillación a la cual estuvo sujeto el Señor como en la coronación de espinas. En la Santísima Eucaristía, por tanto, la humillación y el rebajamiento de Dios son insondables. ¿Cómo podemos explicar este estado de Jesús en la Hostia consagrada, si no reconocemos que Dios se humilla tan profundamente para confundir nuestro orgullo, raíz de todos nuestros pecados?
Nos creemos más sabios que Dios y criticamos todo, pero no ponemos en práctica sus mandamientos. Sigamos el ejemplo de María, que se reconoció “la esclava del Señor” (ver Lc 1, 3-8) y pidámosle su gracia para entregarnos humildemente, como ella lo hizo, a la voluntad de Dios.

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave Marìa Purìsima sin pecado concebida
Santo Padre Pio ruega por nosotros

 Cuarto Misterio:  

“El que no lleve su cruz y venga en pos de mí no puede ser mi discípulo ” (Lc 14, 27). La Virgen Santísima, que, desde la profecía de Simeón, sintió la punta de aquella espada que después lenta e inexorablemente penetró en su Corazón hasta traspasarlo en el Calvario, nos da la gracia para soportar los pequeños y grandes sufrimientos de cada día y unirlos, como lo hizo Él en el Calvario, al sacrificio de Cristo que se renueva cada día en nuestros altares.

Padre nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave Marìa Purìsima sin pecado concebida
Santo Padre Pio ruega por nosotros

Quinto Misterio:  

El Sacrificio eucarístico es recuerdo del  Calvario. Decía San Pío: “En la Misa está todo el Calvario” (13); y cuando se le preguntó: “Padre, ¿cómo debemos participar en la Santa Misa?”, él respondió: “Como la Virgen, como San Juan y las piadosas mujeres del Calvario, amando y compadeciendo”.  En el Calvario, María refleja todo el dolor y todos los sentimientos de su Hijo. Ella es la Cordera sacrificada con el Cordero sacrificado, y en cada Santa Misa se actualiza, junto a Jesús Víctima, la presencia y ofrecimiento de María como Corredentora. Ella es la hostia con Jesús Hostia. Los fieles, que tienen el sacerdocio común por el bautismo, pero en particular el sacerdote, que tiene el sacerdocio ministerial, recibido en el Sacramento del Orden Sagrado, deben tener como modelo a María, ofreciendo a Dios no sólo el cuerpo y la sangre de Cristo, sino también la “propia vida, su propio trabajo y todas las cosas creadas”

Padrenuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave Marìa Purìsima sin pecado concebida
Santo Padre Pio ruega por nosotros

Rezamos ahora por la intenciòn del Papa Francisco para este mes:

Por la evangelización: Por las comunidades cristianas, en particular las que son perseguidas, para que sientan la cercanía de Cristo y para que sus derechos sean reconocidos.

Salve, 3 ave María y Gloria

Rezamos la Oraciòn a san Miguel Arcàngel  por el Padre Gustavo Seivane,  asesor espiritual de los grupos de Padre Pio en nuestro país. Pedimos su protección, salud,  paz y fortalecimiento

"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus ma-lignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.
Amén."

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.+

Pensamientos Mes de Marzo


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1  Padre, tú amas aquello que yo temo. - Respuesta: Yo no amo el sufrimiento por el sufrimiento; lo pido a Dios, lo deseo por los frutos que me aporta: da gloria a Dios, me alcanza la salvación de mis hermanos en este destierro, libra a las almas del fuego del purgatorio, ¿y qué más quiero yo?
- Padre, ¿qué es el sufrimiento? - Respuesta: Expiación.
- Y para usted, ¿qué es? - Respuesta: Mi alimento diario, mi ¡delicia! (en LdP, p.167).

2  No queremos persuadirnos de que nuestra alma necesita el sufrimiento; de que la cruz debe ser nuestro pan de cada día.
Igual que el cuerpo necesita alimentarse, así el alma necesita día tras día de la cruz, para purificarse y separarse de las criaturas.
No queremos comprender que Dios no quiere, no puede salvarnos ni santificarnos sin la cruz, y que cuanto más atrae a un alma hacia sí, más la purifica por medio de la cruz (FSP, p.123).

3  En esta tierra cada uno tiene su cruz, pero debemos actuar de modo que no seamos el mal ladrón sino el buen ladrón (CE, p.23).

4  El Señor no puede darme un cireneo. Debo hacer sólo la voluntad de Dios; y si le agrado, lo demás no cuenta (LCS, 1 sept. 1967,4).

5  En la vida Jesús no te pide que lleves con él su pesada cruz, pero sí un pequeño trozo de su cruz, trozo que se compendia en los dolores de los hombres  (FSP, p.119).

6  En primer lugar tengo que decirte que Jesús tiene necesidad de quien llore con él por la iniquidad de los hombres, y por este motivo me lleva por los caminos del sufrimiento, como me lo señalas en tu carta. Pero sea siempre bendito su amor, que sabe mezclar lo dulce con lo amargo y convertir en premio eterno las penas pasajeras de la vida (Epist.III, p.413).

7  No temas por nada. Al contrario, considérate muy afortunada por haber sido hecha digna y partícipe de los dolores del Hombre-Dios. No es abandono, por tanto, todo esto, sino amor y amor muy especial que Dios te va demostrando. No es castigo sino amor y amor delicadísimo. Bendice por todo esto al Señor y acepta beber el cáliz de Getsemaní (Epist.III,  p.441).

8  Comprendo bien, hija mía, que tu Calvario te resulte cada día más doloroso. Pero piensa que Jesús ha llevado a cabo la obra de nuestra redención en el Calvario y que en el Calvario debe completarse la salvación de las almas redimidas (Epist.III, p.448).

9  Sé que sufres y que sufres mucho, pero ¿no son acaso éstas las alhajas del Esposo? (Epist.III, p.445).

10  El Señor a veces te hace sentir el peso de la cruz. Este peso te parece insoportable, y sin embargo tú lo llevas porque el Señor, en su amor y en su misericordia, te tiende la mano y te da la fuerza que necesitas (CE, p.21).

11  Ciertas dulzuras interiores son cosas de niños. No son señal de perfección. No dulzuras sino sufrimiento es lo que se precisa. Las arideces, la desgana, la impotencia, éstos son los signos de un amor verdadero. El dolor es agradable. El destierro es bello porque se sufre y así podemos ofrecer algo a Dios. La ofrenda de nuestro dolor, de nuestros sufrimientos, es una gran cosa que no podemos hacer en el cielo (GB, 35).

12  Preferiría mil cruces e incluso me sería dulce y ligera toda cruz, si no tuviese esta prueba de sentirme siempre en la duda de si agrado o no al Señor en mis obras. Es doloroso vivir así... Me resigno, ¡pero la resignación, mi "fiat", me parece tan frío, tan vacío...! ¡Qué misterio! Sólo Jesús se preocupa de nosotros (AD, 93s.).

13  Ama a Jesús; ámalo mucho; pero precisamente por esto, ama cada vez más el sacrificio (GB, 61).

14  El corazón bueno es siempre fuerte; sufre pero oculta sus lágrimas, y se consuela sacrificándose por el prójimo y por Dios (CE, 23).

15  Quien comienza a amar debe estar dispuesto a sufrir (CE, 25).

16  El dolor ha sido amado con deleite por las almas grandes. Es el remedio de la creación después de la desgracia de la caída; es la palanca más potente para levantarla; es el segundo brazo del amor infinito para nuestra regeneración (ASN, 42).

17  No temas las adversidades, porque colocan al alma a los pies de la cruz y la cruz la coloca a las puertas del cielo, donde encontrará al que es el triunfador de la muerte, que la introducirá en los gozos eternos (ASN, 42).

18 Si sufres aceptando con resignación su voluntad, tú no le ofendes sino que le amas. Y tu corazón quedará muy confortado si piensas que en la hora del dolor Jesús mismo sufre en ti y por ti. El no te abandonó cuando huiste de él; ¿por qué te va a abandonar ahora que, en el martirio que sufre tu alma, le das pruebas de amor? (GF, 174).

19  Subamos con generosidad al Calvario por amor de aquél que se inmoló por nuestro amor; y seamos pacientes, convencidos de que ya hemos emprendido el vuelo hacia el Tabor (ASN, 42).

20  Manténte unida a Dios con fuerza y con constancia, consagrándole todos tus afectos, todos tus trabajos y a ti misma toda entera, esperando con paciencia el regreso del hermoso sol, cuando el Esposo quiera visitarte con la prueba de las arideces, de las desolaciones y de la noche del espíritu (Epist.III, p.670).

21  Sí, yo amo la cruz, la cruz sola; la amo porque la veo siempre en las espaldas de Jesús (Epist.I, p.235).

22  Los verdaderos siervos de Dios siempre han estimado que la adversidad es más conforme al camino que recorrió nuestro Señor, que llevó a cabo la obra de nuestra salvación por la cruz y los desprecios (Epist.IV, p.106).

23  El destino de las almas elegidas es el sufrir. El sufrimiento soportado cristianamente es la condición que Dios, autor de todas las gracias y de todos los dones que conducen a la salvación, ha establecido para concedernos la gloria (Epist.II, p.248).

24  Ama siempre el sufrimiento, que, además de ser la obra de la sabiduría divina, nos revela con mayor claridad aún la obra de su amor (ASN, 43).

25  Dejad que la naturaleza se queje ante el sufrimiento, porque, si excluimos el pecado, no hay nada más natural. Vuestra voluntad, con la ayuda divina, será siempre superior y, si no abandonáis la oración, el amor divino jamás dejará de actuar en vuestro espíritu (Epist.III, p.80).

26  La vida es un Calvario; pero conviene subirlo alegremente. Las cruces son los collares del Esposo y yo estoy celoso de ellos. Mis sufrimientos son agradables. Sufro solamente cuando no sufro (CE, 22).

27  El Dios de los cristianos es el Dios de las transformaciones. Echáis en su seno el dolor y sacáis la paz; echáis desesperación y veréis surgir la esperanza (FM, 166).

28  Los ángeles sólo nos tienen envidia por una cosa: ellos no pueden sufrir por Dios. Sólo el sufrimiento nos permite decir con toda seguridad: Dios mío, mirad cómo os amo (FM, 166).

29  El sufrimiento de los males físicos y morales es la ofrenda más digna que puedes hacer a aquel que nos ha salvado sufriendo (Epist.III, p.482).

30  Gozo inmensamente al saber que el Señor es siempre generoso en sus caricias a tu alma. Sé que sufres, pero el sufrimiento ¿no es la prueba cierta de que Dios te ama? Sé que sufres, pero ¿no es este sufrimiento el distintivo de toda alma que ha elegido por su porción y su heredad a Dios, y a un Dios crucificado? Sé que tu alma está siempre envuelta en las tinieblas de la prueba, pero que te baste saber, mi querida hija, que Jesús está contigo y en ti (Epist.III, p.703).

31  Acepta todo dolor e incomprensión que vienen de lo Alto. Así te perfeccionarás y te santificarás (FSP, 119).


Homilía del Padre Seivane


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El Evangelio despierta. Abre luminosamente la conciencia. La ajusta. La rectifica. La eleva. Ofrece el amor. Y en la divina persona de Cristo concentra la fuerza modificadora. Recibido con fe, transfigura la mente. Nos pone en relación con el que vive, y “estuvo muerto, y ahora, tiene las llaves de la muerte y del abismo”.

El mundo huye del Evangelio porque escucha a Satán. Y los creyentes somos exigidos, mientras se opera la maravilla al creer. A veces, Dios nos pide la fe de Abraham…

Al leer las páginas del Evangelio, el Espíritu Santo que se nos ha dado, nos hace encontrar con Cristo vivo. Creemos en la Santa Iglesia Católica, que en sus testigos  y escribas nos presenta el Evangelio como Palabra del Señor.

Y, así, dice San Lucas: “Muchos han tratado de relatar, ordenadamente, los acontecimientos transmitidos por aquellos, que han sido desde el comienzo, testigos oculares y servidores de la Palabra. Después de informarme cuidadosamente de todo, desde los orígenes, yo también he decidido escribir…”.

Esta Sagrada Escritura, Palabra inspirada, viva y eficaz, “no engaña al que no se engaña al leerla”, enseña San Agustín. Y es la Roca del creyente. Sobre ella nos asentamos, y construimos nuestras vidas, en medio de las tormentas y peligros tempestuosos de la existencia temporal. Creemos en Jesucristo, porque la Iglesia nos lo presenta, y el Espíritu Santo asiente con nosotros a la Verdad. Y creemos en la Iglesia Católica, porque Jesucristo sopla el Espíritu Santo desde el Padre, y nos mueve a amarla asintiendo a sus sublimes enseñanzas. San Buenaventura enseña: “ El origen de la Sagrada Escritura, no es por humana investigación, sino por revelación divina, que fluye del Padre de las Luces, del que toda paternidad toma el nombre en los cielos y en la tierra; de quien, mediante su Hijo Jesucristo, dimana a nosotros el Espíritu Santo, y por medio de él (que reparte y distribuye los dones a cada uno como quiere), da la fe, y por la fe mora Cristo en nuestros corazones”.

El Evangelio, hoy, nos habla de un regreso… Cuando la distancia es tiempo, y se dan pasos hacia lo muy conocido, la llegada es reencuentro. Una localización de lo amado. Un revivir lo atesorado, un recibir la inevitable cascada de los afectos, con brillo de la memoria y puentes de la historia común.

El Hijo de Dios regresa a su patria chica. Su tierra de crianza… Pero vuelve con novedades. Ya ha sido confirmado públicamente como Mesías: la teofanía en el río Jordán, el reconocimiento del Bautista, la apertura de caminos con sus discípulos como Rabí, y los signos y prodigios que acrecientan su fama en medio de su pueblo, “las ovejas perdidas de Israel”. Es el paso de la compasión. El Rostro misericordioso de Dios alumbrando.

El Evangelio dice que “Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu, y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan”.

¿Con cuáles discípulos habrá llegado a Nazaret? Algunos eran parientes. Otros los había convocado a orillas del mar, otros estarían por ser incorporados a la incipiente comunidad apostólica. Y en todo ello la gratuidad. Él elige a los que quiere.

Desde lejos habrá divisado su casa. Y habrá vuelto a contemplar la campiña nazarena, el paisaje conocido, las suaves colinas, los senderos de olivares y almendros… Y, seguramente, Jesús habrá querido presentar su madre a aquellos hombres, hombres sencillos que habían iniciado la magna aventura de seguir a Cristo.

¿Con qué pudor se habrán presentado ante la Virgen? ¿Y cómo sacarle los ojos de encima una vez en el lugar? Invitados a la que fuera la casa del Rabí, habrán compartido el pan, y la larga y amable conversación que tiene a Dios como centro.  Encuentro. Saludos. Abrazos. Comienzos. Y Nazaret testigo. Tal vez, María, como en Caná, hubo de decirles a los primeros apóstoles: “Hagan todo lo que él le diga”.

“Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga, y se levantó para hacer la lectura”, dice el Evangelio.

Ahora, la sinagoga lo recibe ungido. Y los rollos se le ofrecen como a Maestro. Y todos observan con mezcla de sentimientos. Ternura, admiración, reverencia, incredulidad…

“Le presentaron el libro del profeta Isaías, y abriéndolo, encontró el pasaje que dice: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos, y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos, y proclamar un año de gracia del Señor”.

¡Glorioso y compasivo Jesús! ¡Santo de Dios! ¡Emmanuel! Como el árbol de la Vida nueva está entre nosotros ofreciendo los frutos del Reino que no tendrá fin. ¡Luz inmensa, divina luz, cayado deslumbrante, oh!, Jesús!

Pero si la sal pierde su sabor con qué se la volverá a salar… Porque sorprende cómo en presencia de Cristo crecen los desiertos. Y el amor del Señor resbala en un Occidente que lo adoró. Y la fe se empequeñece.

El fervor que Cristo trae enciende fuegos sagrados… Su Buena Noticia levanta. La eternidad que ofrece y siembra, transfigura, convierte en libre al que se hace como niño.

Cautivos: ¡búsquenlo! Pobres: ¡llámenlo! Ciegos: ¡clamen su luz! Oprimidos: griten su Nombre. Y todos, recibamos su gran Misericordia, como lo esperamos de él.

Cuando cerró el libro. El silencio fue como un vientre para anidar el esplendor de la Verdad. Porque todos tenían los ojos fijos en él. Miradas concentradas. Pensamientos que sólo Dios conoció.
Su espléndida Voz acalló el silencio. Resonó la solemne afirmación. La sentencia que a todo cristiano conmueve. La feliz proclamación que divide aguas: “Hoy, se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acaban de oír”… Siglos de espera. Años luz de una creación creada para Él. Preparación Divina. Pedagogía santa. Innumerables acontecimientos, pequeños y grandes, de un pueblo: el ángel frenando la mano de Abraham, el cruce del mar Rojo, la zarza ardiente, las tablas de la Ley, el gobierno de los Jueces, el trono de David, los profetas y el exilio, el templo de Jerusalén… Y en esa pequeña sinagoga estremecida, la sonora Verdad: El Ungido está. El Reino de Dios llegó. Jesús es el Mesías. Y la Iglesia lo proclamará al mundo hasta que Cristo regrese.

“Vengan a mí, todos los afligidos y agobiados, y, Yo los aliviaré…”, dice el Señor del tiempo y la eternidad.

Toda la compasión de Cristo, ahora, se derrama desde la Eucaristía. Pan vivo bajado del Cielo. Pan que nos comunica el Espíritu de la Verdad. Pan que mueve a compartir la fe. Pan que descansa al humilde. Pan que desata penas. Pan que alumbra noches del alma. Pan que abre esperanzas.
Es Cristo el que trae consuelos al que cree, en un mundo cultivador de crueldades.

“Dios no hizo la muerte, pero los impíos la llaman con sus obras y palabras”, dice el libro de la Sabiduría. Y San Agustín afirma en la Ciudad de Dios: “Los buenos impulsos y los afectos proviene del amor y de la santa caridad”.

Comulgando con amor, nos afirmemos en la fe que salva. La fe en Jesucristo, nuestra única esperanza. Amén.


                                                  Padre Gustavo Seivane

Augurio de Padre Pio


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Oración al Divino Niño que recitaba Padre Pio en Navidad


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¡Oh, Divinísimo Espíritu, mueve mi corazón para adorar y amar!

Ilumina mi intelecto para contemplar lo sublime de este gran Misterio de caridad, de un Dios que se hizo Niño.

Enciende mi voluntad para que pueda con ella dar calor al Dios que por mí tiembla sobre la paja.

Madre mía María, condúceme contigo a la gruta de Belén y haz que me sumerja en la contemplación

de todo lo grande y sublime que está por desarrollarse en el silencio de esta noche, la más bella y grande que el mundo haya visto jamás. Amén

"La Navidad" Meditación de Padre Pio


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Lejos en la noche, en la época más fría del año, en una fría cueva, más adecuada para un rebaño de bestias que para los seres humanos, el prometido Mesías, Jesús el salvador de la humanidad, viene al mundo en la plenitud de los tiempos.

No hay nadie que clame a su alrededor: sólo un buey y una mula dando su calor al recién nacido, con una humilde mujer y un hombre pobre y cansado, en adoración a su lado.
Nada puede ser oído, salvo los sollozos y gemidos del niño Dios. Y por medio de su llanto y lágrimas él ofrece a la justicia divina el primer rescate por nuestra redención.
Se esperaba desde hace cuarenta siglos; con suspiros de nostalgia los antiguos Padres habían implorado su llegada.

Las Sagradas Escrituras profetizan claramente la hora y el lugar de su nacimiento, y sin embargo el mundo está en silencio y nadie parece darse cuenta del gran evento.
Sólo unos pastores, que habían estado ocupados cuidando sus ovejas en los pastos, vienen a visitarlo. Visitantes celestiales les habían alertado del suceso maravilloso, invitándoles a acercarse a su cueva.
¡Son abundantes Oh cristianos, las lecciones que brillan desde la gruta de Belén!

¡Oh, cómo nuestros corazones deberían arder de amor por aquel que con tanta ternura se hizo carne por nosotros!

¡Oh, cómo debemos arder con el deseo de guiar al mundo entero a esta pobre gruta, refugio del Rey de reyes, más grande que cualquier palacio mundano, porque es el trono y el lugar de morada de Dios!

Pidamos a este niño divino vestirnos de humildad, porque sólo por medio de esta virtud podemos gustar la plenitud de este misterio de la ternura divina.
Relucientes fueron los palacios de los orgullosos hebreos. Sin embargo, la luz del mundo no apareció en ninguno de ellos. Ostentosos con grandeza mundana, nadando en oro y en placeres, eran los grandes de la nación hebrea; llenos de conocimiento y orgullo vano estaban los sacerdotes del santuario.

En oposición al verdadero significado de la revelación divina, ellos esperaban un salvador entrometido, que vendría al mundo con fama y poder humanos.
Pero Dios, siempre dispuesto a confundir la sabiduría del mundo, rompe sus planes. Contrariamente a las expectativas de los que carecen de la sabiduría divina, aparece entre nosotros, en la mayor abyección, renunciando incluso a nacer en la casa humilde de San José, negándose a sí mismo una morada modesta entre los familiares y amigos en una ciudad de Palestina.
Negado el alojamiento entre los hombres, busca refugio y consuelo entre los animales simples, eligiendo su vivienda como el lugar de su nacimiento, permitiendo que su respiración le de calor a su cuerpo tierno.
Él permite que pastores sencillos y rústicos sean los primeros en presentarle sus respetos, después de que él les informó, por medio de sus ángeles, del maravilloso misterio.

¡Oh sabiduría y poder de Dios!, nos vemos obligados a exclamar – extasiados junto con su Apóstol – ¡cuán incomprensibles son sus juicios e inescrutables sus caminos! Pobreza, humildad, abyección, desprecio, todo alrededor de la Palabra hecha carne.

Pero nosotros, fuera de la oscuridad que envuelve a la encarnación de la Palabra, entendemos una cosa, oímos una voz, percibimos una verdad sublime: ¡Tú has hecho todo por amor, tú nos invitas a amar, a no hablar de otra cosa que de amor, darnos como pruebas de amor!

El bebé celestial sufre y llora en la cuna para que el sufrimiento nuestro sea dulce, meritorio y aceptado. Se priva de todo, para que podamos aprender de él la renuncia a los bienes terrenales y comodidades.

Él está satisfecho con adoradores humildes y pobres, para animarnos a amar la pobreza, y preferir la compañía de los -más bien-- pequeños y simples, que de los grandes del mundo.
Este niño celestial, toda mansedumbre y dulzura, desea impregnar en nuestros corazones su ejemplo de estas virtudes sublimes, de modo que a partir de un mundo que está roto y devastado, pueda brotar una era de paz y de amor.

Incluso desde el momento de su nacimiento nos revela nuestra misión, que consiste en despreciar lo que el mundo ama y busca.

¡Oh, postrémonos delante del pesebre y con el gran San Jerónimo, el santo inflamado por el amor del Niño Jesús, debemos ofrecerle todo nuestro corazón sin reserva alguna, prometiéndole poner en práctica sus enseñanzas, las cuales llegan a nosotros de la gruta de Belén y manifiestan claramente que sobre este mundo todo es vanidad de las vanidades y nada más que vanidad!
(: Epistolario IV)


NOTA
En agosto de 1945 estuve en el convento de los Padres Capuchinos de San Giovanni Rotondo por un período de descanso. Durante una visita que le hice al Padre Pío por motivos de estudio le pedí papel para escribir. Después de unos días, el Padre me dio un cuaderno de 160 hojas, diciéndome: “Esto es lo que necesitas. Encontrarás algunas hojas escritas, pero no te preocupes, empieza a escribir en la parte opuesta. Cuando el cuaderno no te sirva más, me lo restituirás”. Conmovido le agradecí el regalo, pero después –confieso mi culpa- no puse en práctica su recomendación. Efectivamente no sólo leí lo que estaba escrito en aquel cuaderno, sino que, también publiqué todos aquellos escritos, previa autorización.
Padre Ezechia Cardone, O.F.M.