Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Mes de Junio


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1  El Corazón de Jesús sea el centro de todas tus inspiraciones (ASN, 44).

2  Con conmovido reconocimiento contemplemos aquel sublime misterio que atrae fuertemente al Corazón de Jesús hacia su criatura; meditemos la gran condescendencia con la que asume nuestra misma carne para vivir en medio de nosotros la mísera vida de la tierra; reunamos todas las posibilidades de la inteligencia para considerar de forma digna el tenaz fervor y los rigores de su apostolado, para recordar los horrores de su pasión y de su martirio, para adorar su sangre... ofrecida de forma regia hasta la última gota por la redención del género humano; y después, con humilde fe, con el mismo ardiente amor con que él envuelve y persigue nuestras almas, inclinemos nuestra frente manchada ante sus pies (GF, 170).

3  Jesús, tú vienes siempre a mí. ¿Con qué te debo alimentar?... ¡Con el amor! Pero mi amor es engañoso. Jesús, te quiero muchísimo. Suple mi falta de amor (AD, 36).

4  No ceso de implorar a Jesús sus bendiciones para vosotras y de pedir al Señor que os transforme enteramente en él. ¡Hijas mías!, ¡qué bello es su rostro, qué dulces sus ojos, y qué bueno es estar junto a él en el monte de su gloria! Allí debemos poner todos nuestros deseos y nuestros afectos. Nosotros somos, en contra de todo merecimiento,  sus peldaños del Tabor, si tenemos la firme resolución de servir bien y de amar  su divina bondad (Epist.III, p.405s.).

5  Recordemos que el Corazón de Jesús nos ha llamado no sólo para nuestra santificación, sino también para la santificación de otras almas. El quiere ser ayudado en la salvación de las almas (AP).

6  ¿Qué más te puedo decir? La gracia y la paz del Espíritu Santo estén siempre en tu corazón. Pon este corazón en el costado abierto del Salvador y únelo a este rey de nuestros corazones. El está en ellos como en su trono real para recibir el homenaje y la obediencia de todos los demás corazones, con la puerta siempre abierta para que todos puedan acercarse y tener audiencia siempre y en cualquier momento; y cuando tu corazón le hable, no te olvides, mi queridísima hija, de hablarle también a favor del mío, para que su divina y cordial majestad lo vuelva bueno, obediente, fiel y menos mezquino de lo que es  (Epist.III, p.427s.).

7  No te extrañes en modo alguno de tus debilidades. Al contrario, reconociéndote por lo que eres, avergüénzate de tu infidelidad para con Dios y pon en él tu confianza, abandonándote con paz en los brazos del Padre del cielo como un niño en los brazos de su madre (AP).

8  En las tentaciones lucha con valentía junto con las almas fuertes y combate junto al jefe supremo; en las caídas no permanezcas postrada ni en el espíritu ni en el cuerpo; humíllate mucho pero sin perder el ánimo; abájate pero sin degradarte; lava tus imperfecciones y tus caídas con lágrimas sinceras de arrepentimiento, sin que falte la confianza en su divina bondad que será siempre mucho mayor que tu ingratitud; propón tu enmienda, sin presumir de ti misma, ya que tu fortaleza la debes tener en solo Dios; confiesa, por fin, con toda sinceridad, que, si Dios no fuese tu coraza y tu escudo, habrías sido incautamente herida por toda clase de pecados  (Epist.III, p.698).

9  Amemos a Jesús por su grandeza divina, por su poder en el cielo y en la tierra, y por sus méritos infinitos, pero, también y sobre todo, por motivos de gratitud. Si hubiera sido con nosotros menos bueno, más severo, ¡seguro que habríamos pecado menos!... Pero el pecado, cuando le sucede el dolor profundo de haberlo cometido, el propósito leal de no volverlo a cometer, el sentimiento vivo del gran mal que con él hemos causado a la misericordia de Dios; cuando, heridas las fibras más duras del corazón, se consigue que de ellas broten lágrimas ardientes de arrepentimiento y de amor, el mismo pecado, hijo mío, llega a convertirse en peldaño que nos acerca, que nos eleva, que de forma segura nos conduce a él  (GF, 171).

10  Oh, si tuviese un número infinito de corazones, todos los corazones del cielo y de la tierra, el de tu Madre... todos, todos, oh Jesús, te los ofrecería a ti (AD, 54).

11  Jesús mío, mi dulzura, mi amor, amor que me sostiene (AD, 50).

12  Jesús, te quiero muchísimo; es inútil que te lo repita, te quiero mucho, Amor, Amor. ¡Tú solo!... a ti solo las alabanzas.. (AD, 38).

13  Jesús sea para ti, siempre y en todo, escolta, apoyo y vida! (ASN, 44).

14  Doy mi aprobación a que te ocupes en ganar almas para Jesús, enseñándoles el modo de agradarle. Haz también la santísima comunión por el Santo Padre (Epist.III, p.459).

15  Aún admitiendo que hubieras cometido todos los pecados de este mundo, Jesús te repite: te son perdonados (tus) muchos pecados porque has amado mucho (CE, 16).

16  En el tumulto de las pasiones y de las vicisitudes adversas nos sostenga la grata esperanza de su inagotable misericordia. Corramos con confianza al tribunal de la penitencia, donde él con ansiosa solicitud de padre nos espera en todo momento; y, conscientes de nuestra insolvencia ante él para corresponderle, no dudemos del perdón pronunciado solemnemente sobre nuestros errores. Pongamos sobre ellos, como ya la ha puesto el Señor, una piedra sepulcral  (CE, 18).

17  El corazón de nuestro divino Maestro no tiene ley más amable que la de la dulzura, la de la humildad y la de la caridad (CE, 1l).

18  Jesús mío, dulzura mía, ¿y cómo puedo vivir sin ti?
Ven siempre, Jesús mío, ven; entra a poseer tú solo mi corazón (AD, 54).

19  Hijos míos, nada es demasiado a la hora de prepararnos para la santa comunión (AP).

20  Padre, me considero indigno de la santa comunión. ¡Soy indigno!
Respuesta: "Es verdad, no somos dignos de un regalo tan grande; pero una cosa es acercarse indignamente en pecado mortal, y otra distinta no ser dignos. Indignos somos todos; pero es él quien nos invita, es él quien lo quiere. Humillémonos y recibámosle con todo el corazón lleno de amor" (LdP, 55).

21  “Padre, ¿porqué llora cuando recibe a Jesús en la santa comunión?”.
Respuesta: “Si la Iglesia lanza este grito: No despreciaste el seno de la Virgen, hablando de la encarnación de la Palabra en el seno de la Inmaculada, ¡qué no habrá que decir de nosotros miserables! Pero Jesús nos ha dicho: "Quien no come mi carne y no bebe mi sangre no tendrá la vida eterna"; por tanto, acerquémonos a la santa comunión con gran amor y temor. Todo el día sea preparación y acción de gracias de la santa comunión (LdP, 55).

22  No te desanimes si no consigues hacerlo todo como deseas. Esfuérzate en hacer lo que tienes que hacer sin que nada te distraiga de ello. Y despreocúpate de si experimentas consuelo, aburrimiento o fastidio. Tu intención sea siempre recta (Epist.IV, p.394).

23  Si no se te concede el poder detenerte por mucho tiempo en oración, en lecturas, etc., no debes desanimarte por eso. Mientras tengas a Jesús sacramentado cada mañana, debes considerarte afortunadísima. Durante el día, cuando no se te conceda hacer otra cosa, llama a Jesús, incluso en medio de todas tus ocupaciones, con gemidos resignados del alma; y él vendrá y permanecerá siempre unido a tu alma por la gracia y por su santo amor. Vuela en espíritu al sagrario, cuando no puedas ir en persona; y allí expresa tus ardientes deseos y habla y pide y abraza al Amado de las almas, mejor que si se te concediese recibirlo sacramentalmente  (Epist.III, p.448).

24  Sólo Jesús puede comprender cuánta es mi pena cuando se despliega ante mí la escena dolorosa del Calvario. Es igualmente incomprensible el alivio que se da a Jesús, no sólo al compartir sus dolores, sino cuando encuentra un alma que, por su amor, le pide no consuelos sino más bien tomar parte en sus mismos sufrimientos (Epist.I, p.335).

25  Al asistir a la santa misa renueva tu fe y medita cuál es la víctima que se inmola por ti a la divina justicia, para aplacarla y volverla propicia (LdP, 66).
Cuando estás bien, oyes la misa. Cuando estás mal y no puedes asistir a ella, entonces la dices (AP).

26  Cada santa misa escuchada con atención y devoción produce en nuestra alma efectos maravillosos, abundantes gracias espirituales y materiales, que ni nosotros mismos conocemos. Para conseguir esto, no gastes inútilmente tu dinero, sacrifícalo y sube hasta aquí para escuchar la santa misa (FSP, 45).
El mundo podría  subsistir incluso sin el sol, pero no podría existir sin la santa misa (AP).

27  En estos tiempos tan tristes de fe muerta, en los que triunfa la impiedad, el medio más seguro para mantenerse libres del terrible mal que nos rodea, es el de fortalecerse con este alimento eucarístico. Algo que no lo podrá conseguir aquél que vive meses y meses sin saciarse de la carne inmaculada del Cordero divino (AdFP, 463).

28 Termino porque la campana me llama y me invita; y yo me voy al lagar de la iglesia, al santo altar donde continuamente destila el vino sagrado de la sangre de aquella uva deliciosa y singular, de la que a sólo unos pocos afortunados les está permitido embriagarse. Allí -como bien sabéis, no puedo actuar de otro modo- os presentaré al Padre celestial, en unión de su Hijo, en quien, por quien y por medio de quien yo soy todo vuestro en el Señor (Epist.III, p.588s.).

29  ¿Veis cuántos desprecios y cuántos sacrilegios se cometen por los hijos de los hombres contra la humanidad sacrosanta de su Hijo en el sacramento del Amor? A nosotros nos corresponde, ya que hemos sido elegidos por la bondad del Señor en su Iglesia, según las palabras de San Pedro, para un sacerdocio real (1P 2,9), a nosotros nos corresponde, digo, defender el honor de este mansísimo Cordero, siempre solícito cuando se trata de defender la causa de las almas, siempre mudo cuando se trata de su propia causa (Epist.III, p.62s.).

30  Jesús mío, salva a todos, yo me ofrezco como víctima por todos; dame fuerzas, toma este corazón, llénalo de tu amor y después mándame lo que quieras (AD, 53).

a Rafafelina Cerase


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"El apóstol se alegra al pensar que por nada será confundido y que de ningún modo descuidará su deber de apóstol de Jesucristo. Se alegra también de que en su cuerpo, incluso en medio de todas las cadenas a las que está sometido, Jesús siempre será glorificado. Si vive, exaltará a Jesucristo por medio de su vida y de su predicación, también estando en cárcel, como ya lo había hecho hasta ahora predicando a Jesucristo a los del pretorio; si, en cambio, es martirizado, glorificará a Jesucristo ofreciéndole el supremo testimonio de su amor.
Por tanto, declara abiertamente que su vivir es Cristo, que es para él como el alma y el centro de toda su vida, el motor de todas sus acciones, la meta de todas sus aspiraciones. Y después de haber dicho que su vida es Jesucristo, añade también que su morir es una ganancia para él, porque con su martirio dará a Jesús testimonio solemne de su amor, conseguirá que su unión con Jesús sea más irrompible, y aumentará también la gloria que le espera.
¿Qué dices, Raffaelina, de este modo de hablar? ¡Las almas mundanas, al no tener ningún conocimiento de gustos sobrenaturales y celestiales, al oír semejante lenguaje, se ríen y tienen razón!, porque el hombre animal, dice el Espíritu Santo, no percibe las cosas que son de Dios. Ellas, pobrecillas, que no tienen otros gustos que no sean de barro y de tierra, no pueden hacerse una idea de la felicidad que las almas espirituales dicen experimentar al padecer y morir por Jesucristo.
¡Oh, cuánto mejor para ellas si, en lugar de maravillarse y de reírse, reconocieran su culpa y admiraran, al menos en silencioso respeto, la entrega afectuosa de estas almas, que tienen un corazón tan encendido en amor divino!"
 (23 de febrero de 1915 – Ep. II, p. 340)

De san Francisco de Asís - Admonición 26


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Los siervos de Dios honren a los clérigos:
"Dichoso el siervo que mantiene la fe en los clérigos que viven según la forma de la santa Iglesia romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian!. Pues, aunque sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque el Señor mismo se reserva para sí sólo el juicio. Porque, cuanto mayor es el ministerio que tienen del santísimo cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran a los demás, más pecado tienen los que pecan contra ellos que los que lo hacen contra todos los demás hombres de este mundo."

Homilía del Padre Gustavo Seivane ante el corazón de Padre Pio - Argentina - 23 de Abril


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Somos dichosos. Cantamos las misericordias del Señor. Bendecimos su santo Nombre. Nos gozamos en su Providencia. 
Es que su amor fiel, su firme amor, hoy nos trae a la Eucaristía y nos permite venerar una reliquia. 
La reliquia de un santo, nos hace presente de algún modo al santo. Nos permite evocar.  Nos concentra, nos cita, nos convoca en torno a ella, y nos mueve a orar. 
Junto a la reliquia de un santo nace la invocación y el agradecimiento. En ella encontramos la huella conmovedora del que mucho amó Dios, ejercitando heroicamente las virtudes,  gastando sus días por el Reino de Jesús. 
La reliquia de un santo nos habla. Y en silencio recibimos su misterioso mensaje. Un mensaje personal. Una comunicación en la que la divina gracia nos reviste de los bienes de Cristo. 
Está entre nosotros el corazón del Padre Pío… Y ello nos reconforta, nos inclina ante lo sagrado, nos limpia de pesares, nos levanta y enciende en la fe. Creyendo avanzamos. Creyendo nos restauramos. Creyendo decimos con el salmista: “suba nuestra oración, Señor, como incienso en tu Presencia”.
Es que en este peregrinar como Iglesia, como Pueblo de la Nueva Alianza,  celebrando la fe, “tenemos el pensamiento puesto en las cosas celestiales”, nos regocijamos en la “comunión de los santos”, y nos animamos los unos a los otros al creer. Creemos como pequeños de Jesús. Creemos, y nos ponemos al alcance de la misericordia.
La Providencia de aquel que todo lo puede a querido que el corazón del Padre Pío llegue a la Argentina. Es una gracia de su compasión augusta, es su misma fuerza compasiva buscándonos, asistiéndonos, desplegando su benevolencia y dulzuras santas,  en jornadas que están siendo ricas en devoción, en restitución de ímpetus, y en respuestas de conversión. Late el amor de Cristo en sus elegidos. Late la presencia amorosa de San Pío en todos nosotros.
Aquí está su corazón. Pero el corazón físico que yace aquí como reliquia, nos habla del otro corazón del Padre Pío, el que nos evoca “su interior”, sus sentimientos, sus pensamientos, sus decisiones, su entrega, la profundidad de lo que fuera su relación con Dios.
Se trata del hombre en el que la semilla de la Palabra de Dios cayó como en tierra fértil, y fue escuchada con un corazón bien dispuesto, y retenida hasta dar fruto gracias a la constancia.  Se trata del humilde fraile “que sólo quería rezar”, y en quien se ha cumplido la bienaventuranza: “Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios”. Contemplamos a uno de los muchos hijos de San Francisco, que habiendo imitado a Cristo con un corazón de fuego, parece venir a decirnos aquellas palabras de San Pablo: “Que Cristo habite en sus corazones por la fe, y sean arraigados y edificados en el amor. Así, podrán comprender, con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios”.
El Padre Pío vivió así. Entregado a Dios y sirviendo a los hermanos. Abismado en Dios para emerger con los tesoros de la gracia y comunicarlos a los sufrientes. Ocupado en restituirles la paz, el conocimiento de los caminos santos, la salud del cuerpo y del alma, la liberación de las opresiones perpetradas por el adversario. 
Él mostró la luz de la Verdad a muchos extraviados. Fue boca de Dios en el consejo y la predicación. Fue la alegría de innumerables hijos de la Iglesia, que volviendo al camino recto, gustaron “qué bueno es el Señor”. Vivió absorto en el Nombre que está por encima de todo nombre. Alejó desdichas, consoló, elevó las almas a deseos celestiales, puso medicinas salvíficas en el rebaño herido. Se hizo todo a todos, fiel servidor, lámpara encendida hasta el final.
“El que es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho”, dice Jesús.
Dios no se repite. Embellece. Y a cada santo lo ajusta al divino modelo, que es Cristo, con sus rasgos particulares, con su temperamento, con su lengua y huella local. Lo asocia en creciente intensidad y despojo a la Cruz. Lo hace amante olvidado de sí mismo. Abismado en lo inefable y en la caridad.
Y ahí, lo hallamos al estigmatizado nacido en Pietrelcina. Cincuenta años perforado en sus carnes. Cincuenta años sirviendo, y, cargando con las llagas de Cristo. Heridas sobrenaturales, marcas de una predilección y  de una misión a la vez.
Un biógrafo suyo, el Padre Luna, dice con verdad: “ Dios quiso santificar al Padre Pío, privándole de todo en la tierra, para ser Él su recompensa ”. 
Salvar almas era su desvelo, su sacrificio, el sentido de sus penitencias, de sus penas y alegrías de pastor. Batallas y fatigas que lo elevaban en amor, y lo hacían confidente de la Virgen. 
Firmó con su sangre sacerdotal el rescate de sus hermanos, los muchos liberados y sanados para gloria del tres veces Santo. Los méritos de todo aquello ,hoy vemos que se expanden de modo admirable, para que glorifiquemos el poder y la misericordia de nuestro Dios. 
“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”, dice Jesucristo. Y San Pío donó su vida. La fue dando firmemente. Con dedicada perseverancia. Con esa fidelidad del honesto. En obediencia. Sin pausa. Sangrando desde joven. Amando, como todo enamorado de Dios, con apasionamiento, con intensidad, y, olvidado de sí: porque el que ama está más en el amado que en sí mismo. Porque “donde está tu tesoro estará tu corazón”, dice Jesucristo, y porque el fuego que consumía a este fraile capuchino, era sobrenatural, eran las llamas del Espíritu Santo que lo habitaba, el Espíritu que generaba un Pentecostés continuo en su alma, y que lo incendiaba, lo traspasaba de misteriosas irradiaciones, y lo reunía en conversación con los ángeles. 
Hoy, sus devotos nos alegramos. Al venerar su corazón como reliquia le encomendamos nuestra Patria, los Grupos de Oración extendidos por el vasto suelo argentino, y todas las necesidades de los hijos de la Iglesia. Cantamos las misericordias del Señor. Y damos gracias. Amén.                                                                             


ROSARIO DE LA SANTIDAD


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Reflexiona Fray Luis Arrom, Capuchino español, acerca de ser santos:

“No puedo ser santo ni un verdadero cristiano si no entiendo que son bienaventurados los pobres, que lo que importa en esta vida, no es  triunfar, no es ser primero que los demás, no es  destacar, no es tener dinero, todo esto no es importante  desde el punto de vista divino, más bien al contrario, la sencillez es algo grande, bello, la pobreza es bienaventurada;  el que llora de misericordia de compasión, pero llora entre los brazos de Dios, también es bienaventurado; el pacífico, el que siembra la paz, con sus actitudes y palabras aunque pierda a los ojos del mundo, es bienaventurado; es bienaventurado el que tiene hambre y sed de justicia,  de verdad, de santidad,  el que no tiene hambre de ser el número uno,  de saber muchas cosas;  que no es que esas cosas sean malas, pero el que tiene claro dònde está lo principal y el eje de la vida ese puede aspirar a ser un cristiano de verdad,  un santo.
 Porque me reconozco pecador  no debo ni puedo condenar a nadie, porque soy pecador no soy capaz de superar la miseria que hay en mí, mi pereza, mis egoísmos, mis iras, mis cosas malas  si no rezo, si no acudo a Dios…Cada uno ha de ser santo a  su manera, no hay dos santos iguales.

La santidad y la perfección significan, permitirle a Jesús, permitirle a Dios, vivir Su santidad, Su grandeza,  Su bondad, Su amor  en mí, dejar a Dios vivir en mí.


Señal de la cruz – Oraciòn de inicio 

Amado Jesùs, Señor nuestro, meditaremos hoy a tu lado acerca de la santidad. Tocà nuestro corazón para que podamos reconocer nuestras debilidades, resistirlas y modificarlas. Que atesoremos hoy las enseñanzas del Santo Padre Pio, y logremos ser como esperàs de cada uno de nosotros. Que recibamos el amor de tu Madre en este camino de búsqueda de la santidad que deseamos transitar. Que asì sea.


Palabras de Padre Pio:

“Has de saber que los santos son siempre despreciados por el mundo y los mundanos, y que han puesto bajo sus pies el mundo y sus máximas.”
 (31 de diciembre de 1921, a Violante Masone – Ep. III, p. 1079


PRIMER MISTERIO: 

Para llegar a alcanzar nuestro fin último es necesario seguir al jefe divino, que no suele conducir al alma elegida por camino distinto al que él recorrió; por el de la abnegación y la cruz: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». ¿Y no debes llamarte afortunada al verte así tratada por Jesús? Necio quien no sabe penetrar en el secreto de la cruz.
Para llegar al puerto de la salvación, nos dice el Espíritu Santo, las almas de los elegidos deben pasar y purificarse en el fuego de las dolorosas humillaciones, como el oro y la plata en el crisol, y de esa forma se ahorran las expiaciones de la otra vida: «En el sufrimiento mantente firme, y en los reveses de tu humillación sé paciente. Porque en el fuego se purifica el oro y la plata; y los hombres aceptos a Dios, en el camino de la humillación».
Jesús quiere hacernos santos a toda costa, pero más que nada quiere santificarte a ti. Él te lo está manifestando continuamente; parece que no tiene entre manos otra preocupación que la de santificar tu alma. ¡Oh!, ¡qué bueno es Jesús! Las cruces continuas a las que te somete, dándote la fuerza, no sólo necesaria sino sobreabundantemente, para soportarlas con mérito, son signos muy ciertos y particularísimos de su entrañable amor por ti. La fuerza que él te da, créeme, no queda infecunda en ti; te lo aseguro de parte de Dios y tú debes escucharme humildemente, apartando de ti cualquier sentimiento contrario.
 (15 de agosto de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 153)

Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio              Ruega por  nosotros

 SEGUNDO MISTERIO

En este tiempo busca ayuda sobre todo en la lectura de los libros santos; y yo deseo vivamente que leas siempre esos libros, pues esas lecturas son un buen alimento para el alma y buena ayuda para avanzar en el camino de la perfección, no menos que la oración y la santa meditación, porque en la oración y en la meditación somos nosotros los que hablamos al Señor, mientras que en la lectura santa es Dios el que nos habla. Busca lo más que puedas el tesoro de estas lecturas santas y experimentarás muy pronto que se renueva tu espíritu.
Antes de ponerte a leer estos libros eleva tu mente al Señor y suplícale que sea él mismo el que guíe tu mente, que se digne hablarte al corazón, y que mueva él mismo tu voluntad. Pero no basta; conviene además que te postres ante el Señor antes de comenzar la lectura, y volverlo a hacer de tanto en tanto durante el curso de la misma, porque tú no la haces por estudio o para satisfacer la curiosidad, sino únicamente para complacerle y darle gusto a él.
 (14 de julio de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 126)


Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio              Ruega por  nosotros


TERCER MISTERIO

Fortalécete con el sacramento eucarístico. En medio de tantas desolaciones no deje tu alma de cantar frecuentemente a Dios el himno de la adoración y de la alabanza. Vive siempre alejada de la corrupción de la Jerusalén carnal, de las asambleas profanas, de los espectáculos corruptos y corruptores, de todas esas sociedades de los impíos.
Dispón tus labios, como hizo el divino Redentor, y sigue bebiendo con él las negras aguas del Cedrón, aceptando con piadosa resignación el sufrimiento y la penitencia. Atraviesa con Jesús este torrente, sufriendo con constancia y valentía los desprecios del mundo por amor a Jesús. Vive recogida, y toda tu vida quede escondida en Jesús y con Jesús en el huerto de Getsemaní, es decir, en el silencio de la meditación y de la oración. No te asusten ni la oscuridad de la noche de la humillación y de la soledad ni el aumento de las mortificaciones. Siempre adelante, adelante, Raffaelina; la amargura del torrente de la mortificación no te detenga. La persecución de los mundanos y de todos los que no viven del espíritu de Jesucristo no te aparten de seguir ese camino que han recorrido los santos. Corre siempre por la pendiente del monte de la santidad y no te desanime el sendero escabroso. Sigue caminando junto a Jesús, y si, siguiéndole a él, estás a salvo de todo, es también muy cierto que triunfarás, como siempre, en todo.
(4 de agosto de 1915, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 470)


Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio              Ruega por  nosotros


CUARTO MISTERIO

A los mundanos les parece increíble que haya almas que sufren al ver que la providencia les prolonga la vida. Sin embargo, ahí está la historia de los santos, que es y será la maestra de la humanidad.
De los sufrimientos atroces que sufren las almas de los justos al verse lejos de su centro, podemos formarnos, oh Raffaelina, una pálida idea fijándonos en lo que esas almas sufren, incluso al tener que satisfacer las necesidades más vitales de la vida, como el comer, el beber y el dormir. Y si la piedad de Dios no acudiera, especialmente en ciertos momentos y en ciertos días, con una especie de milagro, privándoles de la reflexión mientras realizan esos actos necesarios para la vida, para las pobrecitas es tal el tormento que experimentan al realizar una tal acción, que además no pueden evitar, que yo, sin miedo a mentir, no sabría encontrar una comparación adecuada como no sea lo que debieron experimentar los mártires que fueron quemados vivos, entregando así sus vidas a Jesús en testimonio de su fe.
Es fácil que esta comparación a alguno le resulte una exageración hermosa y vacía, pero yo, mi querida Raffaelina, sé lo que me digo. El día del juicio universal veremos ciertamente a estas almas que, sin haber dado su sangre por la fe, digo que las veremos coronadas, igual que los mártires, con la palma del martirio.
 (23 de febrero de 1915, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 340)


Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio              Ruega por  nosotros

QUINTO MISTERIO

Venga pronto el reino de Dios; santifique a su Iglesia este piadosísimo Padre; derrame abundantemente su misericordia sobre aquellas almas que hasta ahora no lo han conocido. Destruya el reino de satanás; ponga en evidencia, para confusión de esta bestia infernal, todas sus malas artimañas; haga conocer a todas las almas las claves para engañar de este triste cosaco. Este tiernísimo Padre ilumine las inteligencias de todos los hombres y llame a sus corazones, para que los fervorosos ni se enfríen ni reduzcan la marcha en los caminos de la salvación; los tibios se enfervoricen; y aquellos que se le han alejado retornen a él. Disipe también y confunda a todos los sabios de este mundo para que no combatan e impidan la propagación del reino. En fin, que este Padre tres veces santo aleje de su Iglesia las divisiones que existen e impida que se produzcan otras nuevas, para que haya un solo redil y un solo Pastor. Centuplique el número de las almas elegidas; envíe muchos santos y doctos ministros; santifique a los actuales y haga que, por medio de ellos, retorne el fervor a todas las almas cristianas. Aumente el número de los misioneros católicos, porque, todavía de nuevo, nos tenemos que lamentar con el divino Maestro: «La mies es mucha y los trabajadores son pocos».
(8 de marzo de 1915, a Anita Rodote – Ep. III, p. 61)

Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio              Ruega por  nosotros

Rezamos por la intenciòn del Papa Francisco para este mes:
Salve, 3 Ave María y Gloria

Rezamos la Oraciòn a san Miguel Arcángel por el ASESOR ESPIRITUAL NACIONAL de los Grupos de Padre Pio y por el sacerdote de nuestra Parroquia. Pedimos su protección, salud y fortalecimiento:

"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.
Amén." 

PEDIMOS LA SANTIDAD DE LOS SACERDOTES

Oh Redentor Nuestro, acepta vivir en los sacerdotes, transfórmalos en Ti. Hazlos por tu gracia ministros de tu misericordia, obra a través suyo, y haz que, imitando fielmente tus virtudes, se revistan en todo de Ti, y actúen en Tu nombre y con la fuerza de tu Espíritu.

V. Para conseguir el perdón de los pecados,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que no nos falte la Sagrada Eucaristía,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que prediquen a Cristo, y a éste crucificado,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que den testimonio de la Verdad,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que los niños conserven la Gracia,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que la juventud conozca y siga a Cristo,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que los mayores conformen sus vidas según la Ley de Dios,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que tengamos hogares cristianos,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que en nuestros pueblos se viva la unión y la caridad cristiana,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que los enfermos reciban los auxilios espirituales,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que nos acompañen a la hora de nuestra muerte, y ofrezcan la Santa Misa por nosotros,
R. Señor, danos sacerdotes santos.

Santa María, Madre de la Iglesia, Reina de los Apóstoles, alcánzanos del Señor muchos y santos sacerdotes. Así sea.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

"Ramos" Homilìa del Padre Gustavo Seivane *


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Abrimos el Domingo de las palmas… La Iglesia inicia la Semana Mayor. Canta y medita. Levanta Ramos y pena. Aclama a su Rey y Señor, y cuenta sus huesos, sus espinas, sus lágrimas.

Así, reunimos en nuestra liturgia la algarabía por su reyecía santa, y la conmoción por su Pasión y muerte en Cruz.

Los ramos que extendimos hacia lo alto señalando al Cristo que nos fue dado para ser libres  (y para nacer, entonces, a la Vida de Dios), luego los replegamos. Los bajamos. Los guardamos para escuchar con atención el Evangelio, y entrar así en esa Vía dolorosa, en la que gota a gota el amor de Cristo, pide un lugar en el corazón de los hombres.

Jesús entra desarmado en la ciudad santa. Manso. Con niños como escoltas. Es el Cordero. El Maestro del sermón del Monte. El Señor que lava los pies a los discípulos. El rechazado por el sanedrín judío, y menospreciado por el poder de turno.

Estamos en una Jerusalén inquieta y vigilada. Atroz en sus violentos zelotes. Cercada por la soldadesca romana, controlada, agazapada ante los movimientos de las multitudes. Una Jerusalén donde los hombres del templo, el Consejo judío, observa con atención y perfidia, todo lo que dice o hace el Nazareno, el ahora vitoreado, Hijo de David, el que había resucitado a Lázaro antes de subir para la Pascua.

Más de 400 años de memoria... El pueblo judío atesoraba el valor de los reyes dávidas, los descendientes del tronco de Jesé. Pero las autoridades de aquel momento, los dominadores religiosos de Jerusalén, no eran sino “guías ciegos”. La envidia los había corrompido hasta los tuétanos.

Oh!, Señor, varón de dolores, que montado sobre un asno alegras a Sión, y bebes la hiel y el vinagre, ten piedad de nosotros, que te reconocemos el más bello de los hombres, Admirable consejero, Dios fuerte, Dios Santo y Juez, que vendrás el último día a dar a cada uno según sus obras.

Porque nuestra alma, sin tu divina gracia, puede convertirse en aquella ciudad que pasó del reconocimiento de tu reyecía, a la traición y el abandono. Y ya no sólo mi alma, sino la de una familia, una comunidad, una nación, una patria.

La ciudad santa quedó entonces ocupada por una “raza de víboras”, por los comerciantes del templo, por los aristócratas parientes de Caifás, y por los predicadores sin amor, a quienes Jesucristo pintó con una tremenda imagen: “sepulcros blanqueados”.

Son los funcionarios enemigos de la verdad. Los que escandalizándose de Jesús, y llamándose a sí mismos “hijos de Abraham” buscan, sin embargo, matarlo. Y Jesús lo sabe… El es el último vástago de la estirpe de David, y mansamente, como Rey, entra en la ciudad aclamado por la gente sencilla, los capaces de esperanza, los afligidos, y los niños.

Mientras avanza el asno y Jesús sonríe bajo el sol de la Jerusalén bendita, ya están las maderas en algún taller de la torre Antonia (palacio de Pilato). Yacen ignotas. Duermen los leños que harán de lecho, de áspero asiento para el Cordero. También, en algún saco fariseo descansan apiladas las monedas de la traición. Y reposan, hasta su turno, las correas con puntas de piedra y plomo para la flagelación.

Llega la Hora: “Para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad. Todo aquel que es de la Verdad escucha mi voz”. Llega la Hora:“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Llega la Hora: “Tengo sed”. Llega la hora… El Amor será elevado en alto. El Amor extenderá los brazos abarcando a los hombres, redimiendo todos los tiempos. El Santo se hundirá en la muerte. Y Dios vencerá.

Cristo, el que se abrió paso entre las aclamaciones, los Hosannas, los cantos de los niños hebreos, las palmas y los ramajes de olivo. Cristo, el del admirable discurso en la sinagoga de Cafarnaúm, el que curó a los ciegos y levantó a los lisiados, el que limpió a los leprosos y abrazó a los niños; Cristo, el que multiplicó los panes y los peces, el que expulsó a los demonios, y nos enseñó que Dios es Padre; Cristo, el que resucitó a Lázaro, se transfiguró en el Tabor, y caminó sobre las aguas. Él, Cristo, el felizmente proclamado: ¡Rey!, será entregado en manos de los pecadores.

El amor transformante operará su maravilla… Un intercambio. Él tomará mi pecado, mi indigencia, y mi fe. Y yo recibiré su misericordia, los tesoros de su gracia, su justificación. La Pascua de Jesús nos ofrecerá entrar vivamente en Dios por medio de Jesús, que es el Camino, la Puerta, el Kyrios; y que ha sido exaltado a lo más alto de los cielos. Sentado a la derecha del Padre. Y para esto “era necesario que el Mesías sufriera”. Sufrimiento redentor. Amor salvador. Regeneración. Recapitulación en él de todas las cosas. “Cuando sea elevado en alto, atraeré a todos hacia mi”.

Cristo, que vivió de amor y murió amando, te abre la Vida de Dios para que ya no mueras. Su Pascua inaugura tu glorificación futura.

Llevemos a nuestras casas, la feliz proclamación de que Cristo es nuestro Rey y Señor. Y hagamos de estos días, días santos. No perdamos la gracia que se nos ofrece. Amén.

* Asistente eclesiàstico de los Grupos de oraciòn del Padre Pio, Argentina

VIa Crucis


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VIA CRUCIS
Meditaciones de S.E.R. Cardenal Gualterio Bassetti (Arzobispo de Perugia- Ciudad de la Parroquia) y Padre Pío de Pietrelcina

“Me mirarán a mí, a Aquel que han traspasado” (Zc. 12,10)  ¡se cumplen también en nosotros las palabras proféticas de Zacarías! La mirada se eleva de nuestras infinitas miserias para fijarse en El, Cristo Señor, Amor Misericordioso. Entonces podremos encontrar su rostro y oír sus palabras: “Te he amado con amor eterno” (Jer. 31,3). El, con su perdón, borra nuestros pecados y nos abre el camino de la santidad, sobre el cual abrazaremos nuestra cruz, junto a Él, por amor a los hermanos.  La fuente que ha lavado nuestro pecado se volverá para nosotros “un manantial de agua que brotará hasta la vida eterna”. (Jn. 4, 14).

Eterno Padre,
A través de la Pasión de tu dilecto Hijo
Has querido revelarnos tu corazón y donarnos tu misericordia
Haz que, junto a María, suya y nuestra Madre,
Sepamos acoger y custodiar siempre el don del amor.
Ella sea, Madre de la Misericordia,
Quien te presente las plegarias que elevamos por nosotros y por toda la humanidad,
A fin de que la gracia de este Vía Crucis alcance cada corazón humano
Y le infunda nueva esperanza,
La esperanza indefectible que se irradia desde la Cruz de Jesús,
Que vive y reina contigo
En la unidad del Espíritu Santo
Por los siglos de los siglos. Amen.

I ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte

Te adoramos, Cristo y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Pilato les decía: “¿Qué mal ha hecho?”. Pero ellos gritaron más fuerte: “¡Crucificadlo!”. Pilato, queriendo satisfacer a la multitud, pone en libertad a Barrabás y después de haber hecho flagelar a Jesús, lo entregó para que fuera crucificado. (Mc. 15: 14-15)
Pilato se encuentra delante de un misterio que no llega a comprender. Busca una solución y llega, tal vez, hasta el umbral de la verdad. Pero elige no abordarla. Entre la vida y la verdad, elige su propia vida. La multitud elige a Barrabás y abandona a Jesús. La multitud quiere la justicia en la tierra y elige al justiciero: aquel que podría liberarlos de la opresión y del yugo de la esclavitud. Pero la justicia de Jesús no se cumple con una revolución: Pasa a través del escándalo de la cruz. La multitud y Pilato, de hecho, están dominados por una sensación interior que es común en todos los hombres: el miedo. El miedo de perder las propias seguridades, el propio bien, la propia vida. Pero Jesús elige otro camino.
De los escritos de Padre Pío:
No daremos nunca un paso en la virtud, si no estudiáramos vivir en una santa e inalterable paz. (Ep. I, 268,607).

Señor Jesús,
¡Cómo nos sentimos parecidos a estos personajes,
Cuánto miedo hay en nuestra vida!
Tenemos miedo a lo diferente,
A lo extranjero, al inmigrante.
Tenemos temor al futuro,
A los imprevistos, a la miseria.
Cuánto miedo en nuestras familias,
En los ambientes de trabajo, en nuestras ciudades…
Y tal vez tenemos miedo también de Dios:
El miedo al juicio divino
Que nace de la poca fe,
Del desconocimiento de su corazón,
De la duda de su misericordia.
Señor Jesús,
Condenado por el miedo de los hombres,
Libéranos del miedo a tu juicio.

Para que la pena de muerte sea abolida en cada país del mundo: Padre Nuestro

II ESTACIÓN: Jesús es cargado con la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo

Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo. (Mc. 15:20)
El miedo ha dictado la sentencia, pero no puede revelarse y se esconde detrás de las actitudes del mundo: burla, humillación, violencia y desprecio. Ahora Jesús es vestido con sus ropas, de su sola humanidad, dolorosa y sangrante, sin ningún “púrpura”, ni otro signo de su divinidad. Y como tal, Pilato lo presenta: “¡Ecce homo!” (Jn. 19:5). Esta es la condición de cualquiera que siga la secuela de Cristo. El cristiano no busca el aplauso del mundo o el consenso en las plazas públicas. El cristiano no adula y no dice mentiras para conquistar el poder. El cristiano acepta la burla y la humillación que derivan del amor, de la verdad. “¿Qué es la verdad?” (Jn. 18:38), le había preguntado Pilato a Jesús. Esta es la pregunta de todo tiempo. Es la pregunta de hoy. Esta es la verdad: la verdad del Hijo del hombre predicho por los Profetas (cfr Is. 52: 13-53, 12), un rostro humano transfigurado que desvela la fidelidad de Dios.

De los escritos de Padre Pío:
Jesús quiere agitarlos, sacudirlos, golpearlos como el grano, a fin de que vuestro espíritu llegue a la limpieza y purificación que El desea. ¿Podría el grano volver a colocarse en el granero si no está limpio de toda cizaña y mala hierba? ¿Puede el lino conservarse en la casa del patrón si antes no se vuelve cándido? Es así también como debe ser el alma elegida. (Ep. II, 4, p. 68).

Señor, has proclamado bienaventurados a los perseguidos por tu Nombre:
          Sostiene y alegra a los cristianos hostigados en el mundo.
Has profetizado a tus enviados la persecución:
          Mantiene la iglesia vigilante y preparada para la prueba.
Has pedido a tus discípulos amar a los enemigos:
         Haz que los que creen en ti oren por sus perseguidores.
Has revelado que la semilla que muere da fruto:
          Ayuda a los perseguidos a aceptar gozosamente morir por ti.
Porque logremos compartir nuestras riquezas con el pobre, el dolor con quien sufre: Ave María

III ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez bajo la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

También él ha cargado con nuestros sufrimientos, se ha hecho cargo de nuestros dolores; y nosotros lo juzgábamos castigado, rechazado por Dios y humillado. Maltratado, se dejó humillar y no abrió su boca; era como el cordero conducido al matadero, como la oveja muda ante el que la esquila y no abrió su boca. (Is. 53: 4-7)
Hemos llegado al punto extremo de la encarnación del Verbo. Pero hay un punto todavía más bajo: Jesús cae bajo el peso de esta cruz. ¡Un Dios que cae! En esta caída está Jesús que le da sentido al sufrimiento de los hombres. El sufrimiento para el hombre es a veces un absurdo presagio de muerte. Hay situaciones de sufrimiento que parecieran negar el amor de Dios. ¿Dónde está Dios en los campos de exterminio? ¿Dónde está Dios en las minas y las fábricas donde trabajan como esclavos los niños? ¿Dónde está Dios en las balsas del mar que zozobran en el Mediterráneo? Jesús cae bajo el peso de la cruz, pero no permanece aplastado. Ahí está Cristo. Descarte entre los descartes. Último con los últimos. Naufrago entre los náufragos. Pero aun así Dios es fiel a sí mismo: fiel en el amor.
De los escritos de Padre Pío
¡Oh! Hijita dilectísima de Jesús, si fuera por nosotros, caeríamos siempre y nunca permaneceríamos en pie; y por eso, humíllate en el pensamiento dulcísimo de estar en los divinos brazos de Jesús (Ep. II, lect. 2, p. 63).

Te rogamos, Señor,
Por todas las situaciones de sufrimiento que parecen no tener sentido,
Por los judíos muertos en los campos de exterminio,
Por los cristianos asesinados por el odio a la fe,
Por las víctimas de toda persecución,
Por los niños que son esclavizados en el trabajo,
Por los inocentes que mueren en las guerras.
Haznos entender, Señor,
Cuánta libertad y fuerza interior hay
En esta inédita revelación de tu divinidad,
Tan humana como para caer
Bajo la cruz de los pecados del hombre,
Tan divinamente misericordiosa hasta llegar a derrotar el mal que nos oprimía.
Para que no nos dejemos arrastrar en lógicas de ventajas: Padre Nuestro

IV ESTACIÓN: Jesús encuentra a su Madre

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Simeón lo bendijo y a María, su madre, le dijo: “Este, Él está aquí para la ruina y la resurrección de muchos en Israel y como signo de contradicción – y a ti una espada te traspasará el alma – a fin de que sean revelados los pensamientos de muchos corazones”. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. (Lc. 2: 34-35, 51).
María es esposa de José y madre de Jesús. Ayer, como hoy, la familia es el corazón palpitante de la sociedad; amor para siempre que salvará al mundo. María es mujer y madre. Genio femenino y ternura. Sabiduría y caridad. María, como madre de todos, “es signo de esperanza para los pueblos que sufren los dolores del parto”, es “la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos en la vida” y, “como una verdadera madre, camina con nosotros, combate con nosotros, e infunde incesantemente la cercanía del amor del Dios” (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, p. 286).

Oh, María, Madre del Señor,
Tú fuiste para tu divino Hijo el primer reflejo de la misericordia de su Padre,
Aquella misericordia que en Canaá le pediste que manifestara.
Ahora que tu Hijo te revela el Rostro del Padre
Hasta las consecuencias extremas del amor,
Te quedas, en silencio, sobre sus huellas, primera discípula de la cruz.
Oh, María, Virgen fiel,
Protege a todos los huérfanos de la Tierra,
Protege a todas las mujeres que son objeto de explotación y de violencia.
Suscita mujeres con coraje por el bien de la Iglesia.
Inspira a cada madre a educar los propios hijos en la ternura del Amor de Dios,
Y en la hora de la prueba,
A acompañar su camino con la fuerza silenciosa de la fe.
Para que las familias no sufran más por motivo de la guerra: Ave María

V ESTACIÓN: Jesús es ayudado por Simón de Cirene a llevar la cruz

Te adoramos, Cristo y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Obligaron a llevar su cruz a uno que pasaba, un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, padre de Alejandro y Rufo. Condujeron a Jesús al lugar del Gólgota, que significa “lugar del cráneo”. (Mt. 15: 21-22)
El sufrimiento, cuando golpea a nuestra puerta, jamás espera. Aparece siempre como una obligación, a veces hasta como una injusticia. Esta tribulación no deseada, golpea con prepotencia al corazón del hombre. El Cireneo nos ayuda a entrar en la fragilidad del alma humana y pone al descubierto otro aspecto de la humanidad de Jesús. Hasta el Hijo de Dios ha tenido la necesidad de ser ayudado por alguien a llevar la cruz. ¿Quién es, por lo tanto, este Cireneo? Es la misericordia de Dios que se hace presente en la historia de los seres humanos.

De los escritos de Padre Pío
Tienen todas las razones para asustarse si ustedes quieren medir la batalla con vuestras fuerzas, pero saber que Jesús no los deja ni por un instante, debe ser un estado de suma consolación. (Ep. II, 46, p. 305)

Señor Jesús,
Te agradecemos por este don que supera cada expectativa
Y nos revela tu misericordia.
Tú nos has amado no solo hasta el punto de darnos la salvación,
Sino hasta hacernos instrumentos de salvación.
Mientras tu cruz da sentido a cada una de nuestras cruces,
Se nos es dada la gracia suprema de la vida:
Participar activamente en el misterio de la redención,
Ser instrumento de salvación para nuestros hermanos.

Por los misioneros, cireneos en cada parte del mundo: Padre Nuestro


VI ESTACIÓN: La Verónica seca el rostro de Jesús

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

No tiene forma ni hermosura que atraiga nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos. Despreciado y desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro; tan despreciado, que lo tuvimos por nada. (Is. 53: 2-3)
Tendemos instintivamente a huir del sufrimiento. Cuántos rostros desfigurados por las aflicciones de la vida vienen a nuestro encuentro y demasiado frecuentemente miramos hacia otro lado. ¿Cómo no ver el rostro del Señor en el de millones de prófugos, refugiados y desposeídos que huyen desesperadamente del horror de las guerras, de las persecuciones y de las dictaduras? Por cada uno de ellos, con su rostro irrepetible, Dios se manifiesta siempre como un socorrista valeroso. Como la Verónica, la mujer sin rostro, que secó amorosamente el rostro de Jesús.

De los escritos de Padre Pío
Nosotros cristianos somos doblemente imagen de Dios, por naturaleza, es decir, en cuanto hemos sido dotados de intelecto, de memoria y de voluntad; y por gracia, en cuanto hemos sido santificados por el bautismo, queda impresa en nuestra alma la bellísima imagen de Dios. Sí, mi querida, la gracia santificante imprime tanto así la imagen de Dios en nosotros, que nos volvemos casi un Dios también nosotros por participación; y para servirme de la bellísima expresión de San Pedro: “somos partícipes de la naturaleza divina” (Ep. II, lect. 33, p. 233-234)

“¡Busco tu rostro, Señor!”
Ayúdame a encontrarlo entre los hermanos que recorren
El camino del dolor y la humillación.
Haz que yo sepa secar las lágrimas
Y la sangre de los vencidos de todo tiempo,
De cuantos la sociedad rica
E indiferente descarta sin escrúpulo.
Haz que detrás de cualquier rostro
Aun de aquel del hombre más abandonado,
Yo pueda descubrir tu rostro de belleza infinita.
(cfr. Sal. 27:8)
Para quien obra en bienvenida y asistencia del prójimo: Ave María

VII ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Él ha sido traspasado por nuestras culpas, aplastado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da salvación ha caído sobre él; por sus llagas hemos sido curados. (Is. 53:2-3)
Jesús cae otra vez. Aplastado pero no muerto por el peso de la cruz. Una vez más Él pone al desnudo su humanidad. Es una experiencia al límite de la impotencia, de vergüenza delante de quien lo escarnece, de humillación delante de quien esperaba en él. Ninguna persona quisiera caer en tierra y experimentar el fracaso. Especialmente delante de otras personas. Con frecuencia los hombres se rebelan con la idea de no tener poder, de no tener la capacidad de llevar adelante su propia vida. Jesús, en cambio, encarna el “poder de los sin poder”. Experimenta el tormento de la cruz y la fuerza salvífica de la fe. Solo Dios puede salvarnos. Solo Él puede transformar un signo de muerte en una cruz gloriosa.

De los escritos de Padre Pío
El alma destinada a reinar con Jesucristo en la gloria eterna debe ser pulida a golpes de martillo y escalpelo, de los cuales se sirve el divino Artista para preparar las piedras, es decir, las almas elegidas. ¿Cuáles son? Hermana mía, estos golpes de escalpelo son las sombras, los temores, las tentaciones, las aflicciones de espíritu, los temblores espirituales con cierto aroma de desolación y también el malestar físico. (Ep. II, lect. 8, p. 88)

Señor Jesús,
Que has aceptado la humillación
De caer aún bajo los ojos de todos,
Te queremos no solo contemplar
Mientras están en el polvo,
Sino fijar en ti nuestra mirada,
Desde la misma posición, también nosotros en tierra,
Caídos por nuestras debilidades.
Danos la conciencia de nuestro pecado,
La voluntad de levantarnos que nace del dolor.
Dale a toda la Iglesia
La consciencia del sufrimiento.
Ofrece en particular a los ministros de la Reconciliación
El don de las lágrimas por sus pecados.
¿Cómo podrían invocar
Sobre sí o sobre los otros tu misericordia
Si no supieran primero llorar por sus propias culpas?
Por todos los que están viviendo un período de desolación: Padre Nuestro

VIII ESTACIÓN: Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Lo seguía una gran multitud de hombres y mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellos, dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí, más bien lloren por ustedes mismas y por sus hijos”. (Lc. 23: 27-28)
Es el Cordero de Dios que habla y que llevando sobre sus espaldas el pecado del mundo, purifica la mirada de estas hijas, ya vueltas hacia Él, pero todavía de un modo imperfecto. “¿Qué debemos hacer?” parece gritar el llanto de estas mujeres delante del Inocente. Y la misma pregunta que la multitud había formulado al Bautista (cfr Lc. 3:10) y que repetirían después los escuchas de Pedro luego de Pentecostés (At. 2:37). La respuesta es simple y neta: “Conviértanse”. Una conversión personal y comunitaria: “Oren los unos por los otros para ser curados” (Sant. 5:16). No hay conversión sin la caridad. Y la caridad es el modo de ser Iglesia.
De los escritos de Padre Pío
Basta que el alma quiera cooperar con la divina gracia, que su belleza pueda alcanzar tal esplendor, tal hermosura, que tal hermosura pueda atraer para sí misma por amor y por estupor, no tanto los ojos de los ángeles sino del mismo Dios, según da testimonio la misma Sagrada Escritura: “El rey, es decir Dios, se ha enamorado de tu decoro”. (Ep. II, lect. 33, p. 227)
Señor Jesús,
Tu gracia sostenga nuestro camino de conversión para volver a ti,
En comunión con nuestros hermanos,
Hacia los cuales te pedimos donarnos tus propias entrañas de misericordia,
Entrañas maternas que nos hagan capaces de sentir ternura y compasión los unos por los otros,
Y de llegar también a darnos a nosotros mismos por la salvación del prójimo.
Por aquellos que en el mundo son perseguidos por causa de la fe: Ave María

IX ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

El, a pesar de ser de tener la condición de Dios, no ostenta el privilegio de ser como Dios, sino que se vació de sí mismo asumiendo una condición de siervo, volviéndose igual a los hombres (Fil. 2: 6-7)
Jesús cae por tercera vez. El Hijo de Dios experimenta hasta el fondo la condición humana. Con esta caída todavía entra más establecido en la historia de la humanidad. Y acompaña, en cada momento, a la humanidad sufriente. “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:20). Cuantas veces los hombres y las mujeres caen por tierra. Cuantas veces los hombres, las mujeres y los niños sufren por una familia dividida. Cuantas veces los hombres y las mujeres piensan haber pedido la dignidad al no tener más un trabajo. Cuantas veces los jóvenes están obligados a vivir una vida precaria y pierden la esperanza de un futuro. Es por misericordia que Dios se bajó hasta este punto, hasta yacer en el polvo del camino. Polvo bañado por el sudor de Adán y por la sangre de Jesús y de todos los mártires de la historia; polvo bendito por las lágrimas de tantos hermanos caídos por la violencia o por la explotación del hombre sobre el hombre. A este polvo bendito, ultrajado, violado y depredado por el egoísmo humano, el Señor ha reservado su último abrazo.

De los escritos de Padre Pío
Conservemos siempre una voluntad que no busque otra cosa que Dios y su gloria. Si nos esforzamos por llevar adelante esta bella virtud, aquel que se las ha enseñado los enriquecerá siempre de nuevas luces y mayores favores celestes. (Ep. I, 268, 607).
Señor Jesús,
Postrado sobre esta tierra quemante,
Estas cerca de todos los hombres que sufren
E infundes en sus corazones la fuerza para levantarse.
Te ruego, Dios de la misericordia,
Por todos aquellos que están caídos por tierra por tantos motivos:
Pecados personales, matrimonios fracasados, soledad,
Pérdida del trabajo, dramas familiares, angustia por el futuro.
Hazles sentir que Tú no estás distante de cada uno de ellos,
Porque el más cercano a Ti,
Que eres la misericordia encarnada,
Es el hombre que advierte la más grande necesidad del perdón
¡Y continúa a esperar contra toda esperanza!

Porque en las dificultades los jóvenes encuentren consuelo en el Maestro: Padre Nuestro

X ESTACION: Jesús es despojado de sus vestiduras

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Después lo crucificaron y se repartieron sus vestidos, echando a suertes sobre lo que cada uno tomaría (Mc. 15:24)
Es enorme la distancia que separa al Crucificado de sus verdugos. El interés mezquino por los vestidos no les permite tomar conciencia de aquel cuerpo inerte y despreciado, ridiculizado y martirizado, en el cual se cumple la divina voluntad de salvación de la humanidad entera. Aquel cuerpo que el Padre ha “preparado” para el Hijo (cfr. Sal 40,7; Heb. 10, 5) ahora expresa el amor del Hijo hacia el padre y la entrega total de Jesús a los hombres. Aquel cuerpo despojado de todo excepto del amor que encierra en sí el inmenso dolor de la humanidad y relata todas sus llagas. Sobre todo las más dolorosas: las llagas de los niños profanados en su intimidad. Aquel cuerpo mudo y sangrante, flagelado y humillado, indica el camino de la justicia. La justicia de Dios que trasforma el sufrimiento más atroz en la luz de la resurrección.

Señor Jesús,
Quisiera presentarte a toda la humanidad sufriente.
Los cuerpos de hombres y mujeres, de niños y ancianos,
De enfermos y discapacitados no respetados en su dignidad.
Cuanta violencia a lo largo de la historia de esta humanidad ha golpeado lo que el hombre tiene por encima de él,
Todo lo sagrado y bendito porque viene de Dios.
Te rogamos, Señor,
Por quien ha sido violado en su intimidad.
Por quien no toma el misterio del propio cuerpo,
Por quien no acepta  o desfigura la belleza,
Por quien no respeta la debilidad y la sacralidad del cuerpo que envejece y muere.
¡Y que un día resurgirá!

Por todos los niños: Ave María

XI ESTACION: Jesús es crucificado
Te adoramos, Cristo y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo
Uno de los malhechores clavados en la cruz lo insultaba: “¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!”. El otro, en cambio, lo reprendía diciendo: “¿No tienes ningún temor de Dios, tú que has sido condenado a la misma pena? Nosotros, justamente, porque recibimos lo que hemos merecido por nuestras acciones; el en cambio no ha hecho ningún mal”. Y dijo: “Señor, acuérdate de mí cuando entres en tu reino”. El responde: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”. (Lc. 23: 39,43)
A la derecha y a la izquierda de Jesús hay dos malhechores, probablemente dos homicidas. Esos dos malhechores hablan al corazón de cada hombre porque indican dos modos diferentes de estar en la cruz: el primero maldice a Dios; el segundo reconoce a Dios sobre esa cruz. El primer malhechor propone la solución más cómoda para todos. Propone una salvación humana y tiene una mirada dirigida hacia lo bajo. La salvación para el significa escapar de la cruz y eliminar el sufrimiento. El segundo malhechor, en cambio, propone una salvación divina y tiene una mirada dirigida hacia el cielo. La salvación para el significa aceptar la voluntad de Dios también en las peores condiciones. Es el triunfo del amor y del perdón.

De los escritos de Padre Pío
Eleven siempre vuestra cruz al cielo, también en aquel momento en el cual la desolación asalta vuestro espíritu: griten fuerte con el pacientísimo Job, el cual puesto por el Señor en el estado en el cual ustedes están en el presente, gritaba al Señor: “También si tú me matas, oh Señor, en ti esperaré”. (Ep. II, lect. 55, p. 361)

Dame, oh, Crucificado por amor,
Tu perdón que olvida
Y tu misericordia que recrea.
Hazme experimentar, en cada Confesión,
La gracia que me ha creado a tu imagen y semejanza
Y que me recrea cada vez que pongo mi vida,
Con todas sus miserias,
En las manos piadosas del Padre.
Que tu perdón resuene para mí como certeza del amor que me salva,
Me hace nuevo y me permite estar contigo para siempre.
Entonces yo seré de verdad un malhechor agraciado
Y cada perdón tuyo será como probar el Paraíso, desde hoy.

Por los enfermos, especialmente los terminales, de todo el mundo: Padre Nuestro

XII ESTACIÓN: Jesús muere en la cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo
Cuando fue mediodía, se hizo oscuro sobre toda la tierra hasta las tres de la tarde. A las tres Jesús gritó fuerte: “Eloí, Eloí, ¿lemá sabactáni?”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Oyendo esto, algunos de los presentes decían: “¡A Elías llama!”. Uno corre a empapar de vinagre una esponja, la fijó en una caña y le daba de beber, diciendo: “Esperen, veamos si viene Elías a salvarlo”. Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del tempo se rajó en dos, de arriba abajo. El centurión, que se encontraba frente a él, habiéndolo visto expirar de ese modo, dijo: “¡En verdad este hombre era el Hijo de Dios!”. (Mc. 15: 33-39).
Jesús se dirige al Padre gritando las primeras palabras del salmo 22. El grito de Jesús es el grito de cada crucificado de la historia, del abandonado, del humillado, del mártir y del profeta, de quien es calumniado e injustamente condenado, de quien está en el exilio o la cárcel. Es el grito de la desesperación humana que desemboca en la victoria de la fe que transforma la muerte en la vida eterna. “Anunciaré tu nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea” (Sal. 22,23). Jesús muere en la cruz. ¿Es la muerte de Dios? No, es la celebración más elevada del testimonio de la fe.

De los escritos de Padre Pio

Señor Dios del corazón, tu solo conoces y lees a fondo mis penas,
Tú solo conoces que todas mis angustias provienen del temor a perderte, a ofenderte,
Del temor que tengo de no amarte cuanto mereces, cuanto deseo y debo;
Para ti que todo es presente y que solo lees en el futuro
Si conoces la forma en que yo pueda ser mejor para tu gloria y para mi salud
Que esté yo en ese estado, no deseo ser liberado de él;
Dame la fuerza para que yo combata y obtenga el premio de las almas fuertes (Ep. II, lect. 57, p. 370)

Por todos aquellos que en el mundo mueren solos y abandonados: Ave María

XIII ESTACIÓN: Jesús es depuesto de la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Llegada ya la tarde, ya que era la Pascua, es decir, la vigilia del sábado, José de Arimatea, miembro autorizado del Sanedrín, que esperaba también el, el Reino de Dios, con coraje fue a ver a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. El entonces, comprada la sábana, lo bajó de la cruz (Mc. 15: 12-43, 46)
José de Arimatea recibe a Jesús  aun antes de haber visto su gloria. Lo recibe de abatido. De malhechor. De rechazado. Pide el cuerpo de Jesús por no permitir que sea arrojado en una fosa común. José arriesga su reputación y tal vez, como Tobías, también su vida (cfr. Tb 1: 15-20). Pero el coraje de José no es audacia de héroe de batalla. El coraje de José es la fuerza de la fe. Una fe que se vuelve acogida, gratuidad y amor. En una palabra: caridad.
Bendito el hombre que no sigue el consejo de los malvados,
No persiste en el camino de los pecadores
Y no se sienta en compañía de los impíos;
Sino que se complace en la ley del Señor,
Su ley medita día y noche.
Será como árbol plantado al borde de los cursos de agua,
Que dará fruto a su tiempo
Y sus hojas no se marchitarán nunca;
Hará bien todas sus obras.
(Sal. 1, 1-3)

Por aquellos que han muerto a causa de la violencia o de la guerra: Padre Nuestro

XIV ESTACIÓN: Jesús es puesto en el sepulcro

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

José tomó el cuerpo [de Jesús], lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en el sepulcro nuevo, que se había hecho excavar en la roca; Después hizo rodar una gran piedra a la entrada el sepulcro, y se fue. (Mt. 27: 59-60)

Mientras José cierra el sepulcro de Jesús, El desciende a los infiernos y abre las puertas. Lo que la Iglesia Occidental llama “descenso a los infiernos”, la Iglesia Oriental lo celebra como Anastasi, es decir, “Resurrección”. Las Iglesias hermanas comunican así al hombre la plena Verdad de este único Misterio: “Yo abro vuestros sepulcros, los hago salir de sus tumbas, o pueblo mío. Haré entrar en ustedes mi espíritu y revivirán” (Ex. 37: 12-14). Tu Iglesia, Señor, cada mañana canta: “Gracias a la ternura y misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que surge de lo alto, para resplandecer sobre los que están en las tinieblas y en las sombras de la muerte” (Lc. 1: 78-79). El hombre, deslumbrado de luces que tienen el color de las tinieblas, empujado por las fuerzas del mal, ha rodado una gran piedar y te ha cerrado en el sepulcro. Pero nosotros sabemos que tu, Dios humilde, en el silencio en el cual nuestra libertad te ha puesto, estás en la obra más que nunca para generar nueva gracia en el hombre que amas. Entra, pues, en nuestros sepulcros: revive la chispa de tu amor en el corazón de cada hombre, en el seno de cada familia, en el camino de cada pueblo.

¡Oh, Cristo Jesús!
Todos caminamos hacia nuestra muerte
Y nuestra tumba.
Permítenos quedarnos en espíritu
Al lado de tu sepulcro.
Que la potencia de Vida
Que en esto se manifiesta,
Traspase nuestros corazones.
Que esta Vida se transforme
En luz de nuestro peregrinar sobre la tierra. Amen.
(San Juan Pablo II)

Para aquellos que en el mundo mueren en la desesperación: Ave María

Oh, Señor
Al término del camino del Vía Crucis,
No nos dejes.
También si volvemos a nuestras actividades,
Te quedas dentro de nosotros, habitándonos y haciendo de nosotros tu casa.
Nos hemos dejado mirar por tus ojos moribundos,
Mientras contemplábamos tu corazón traspasado.
Por esto te agradecemos.
Porque en la oscuridad de tu pasión has hecho surgir el amanecer de la esperanza;
En el abandono y la soledad de los hombres de todo el mundo
Has revelado tu infinito amor por nosotros.
Concédenos poder ser hombres alegres y mujeres pascuales,
En los días luminosos como en los oscuros,
En el camino hacia tu Reino.
(G. Ransenigo)