Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

a Raffaelina Cerase


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Huye, huye hasta de la más mínima sombra que te haga sentirte importante. Reflexiona y ten siempre ante los ojos de la mente la gran humildad de la Madre de Dios y nuestra, la cual, a medida que aumentaban en ella los dones celestiales, profundizaba cada vez más en la humildad, de modo que, en el mismo momento en que fue cubierta por la sombra del Espíritu Santo, que la convirtió en Madre del Hijo de Dios, pudo cantar: «He aquí la esclava del Señor». Y lo mismo cantó nuestra tan querida Madre en casa de santa Isabel, a pesar de llevar en sus castas entrañas al Verbo hecho carne.
En la medida que crezcan los dones, crezca tu humildad, pensando que todo nos es dado como préstamo; al aumento de los dones vaya siempre unido el humilde agradecimiento hacia tan insigne bienhechor, de modo que tu espíritu prorrumpa en alabanzas continuas. Actuando así, desafiarás y vencerás todas las iras del infierno: las fuerzas enemigas serán despedazas, tú te salvarás y el enemigo se corroerá en su rabia. Confía en la ayuda divina y ten por cierto que quien te ha defendido hasta ahora, continuará su obra de salvación.

 (13 de mayo de 1915, Ep.II, p. 417)

a Maria Gargani


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Vive tranquila y no te inquietes por nada. Jesús está contigo, y te ama; y tú correspondes a sus inspiraciones y a su gracia, que obra en ti. Sigue obedeciendo a pesar de las resistencias internas y sin el alivio que se da en la obediencia y en la vida espiritual; porque está escrito que quien obedece no debe dar cuenta de sus acciones, y sólo debe esperar el premio de Dios y no el castigo. «El hombre obediente – dice el Espíritu – cantará victoria».
Recuerda siempre la obediencia de Jesús en el huerto y en la Cruz; fue con inmensa resistencia y sin consuelo; pero obedeció hasta lamentarse con los apóstoles y con su Padre; y su obediencia fue excelente y tanto más bella cuanto más amarga. Nunca, pues, fue tu alma tan grata a Dios como ahora que obedeces y sirves a Dios en la aridez y oscuridad. ¿Me he explicado? Vive tranquila y alegre, y no quieras dudar por ningún motivo de las aseveraciones de quien hoy dirige tu alma.
Del modo de actuar en ti la gracia divina, tú tienes todos los motivos para animarte y para esperar y confiar en Dios; porque es la actuación que suele tener con las almas que él ha elegido como su porción y su heredad. El prototipo, el modelo en el que es necesario mirarse y modelar nuestra vida, es Jesucristo.
Pero Jesús ha elegido por estandarte la cruz; y por eso quiere que todos sus seguidores recorran el camino del Calvario llevando la cruz, para después expirar tendidos en ella. Sólo por este camino se llega a la salvación.

(4 de septiembre de 1916 – Ep. III, p. 241)

"LOS PERFUMES DEL PADRE PIO" por Francesco Napolitano*


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En la vida de San José de Copertino, hijo del pobre Mendigo de Asís, encontramos muchas semejanzas con nuestro Padre Pío de Pietrelcina, como, por ejemplo, su gran amor hacia Dios y hacia las almas, el apostolado del confesonario, los éxtasis, la introspección de las con¬ciencias, la bilocación, la incomprensión y las persecucio¬nes de sus Superiores mayores, y también aquel fenómeno místico por el que su cuerpo, sus ropas, los objetos que él usaba, su celda..., todo emanaba un perfume tan suave y fragante que no se lo supo comparar con ningún otro, tanto natural como artificial.
Y es precisamente de este perfume de los santos, que emanaba también del Padre Pío, del que queremos hablar en este capítulo.
Entre las fuentes más auténticas y más seguras, citaremos primero las del Dr. Jorge Festa y el Dr. Luis Romanelli, que fueron las personas de confianza y los encargados por las autoridades eclesiásticas de examinar las llagas en la persona del Padre Pío.
El Dr. Festa, en su libro "Misterios de ciencia y luces de fe", declara: “La sangre, que mana a gotas de las heridas que el Padre Pío presenta en su persona, tiene un perfume fino y delicado, que muchos de los que se acercan a él han podido sentir.
... El Padre Pío no usa ni ha usado nunca ninguna clase de perfume; sin embargo, muchos de entre aquellos que se le acercan aseguran que emana de su persona un perfume agradable, como mezcla de violetas y rosas.
¿ Cuál es la fuente de tal fenómeno?
Por lo que me concierne, puedo asegurar que, en la primera visita que le hice, le saqué del costado un trapito empapado de sangre, que me lo llevé para hacer un estudio microscópico. Yo personalmente, por la razón anteriormente dicha (el Dr. Festa había perdido completamente el olfato) no he sentido el olor de ninguna emanación especial. Pero un distinguido oficial y otras personas que, al regreso, venían conmigo en el auto desde S. Giovanni Rotondo, y aún sin saber que yo llevaba conmigo en un estuche cerrado aquel trapito y no obstante la intensa ventilación provocada por la velocidad del auto, sintieron muy bien la fragancia y me aseguraron que correspondía exactamente al perfume que emana de la persona del Padre Pío.
Llegado a Roma, en los días sucesivos y por mucho tiempo, el mismo trapito, conservado en un mueble de mi consultorio, perfumó tanto el ambiente que muchas de las personas que venían a consultarme preguntaban a qué se debía.
El colega Dr. Romanelli, que me acompañó en la segunda visita que hice al Padre Pío y que posee un olfato en condiciones normales, y muchas otras personas que también han estado en S. Giovanni Rotondo, aun en ocasiones recientes, me han repetido las mismas impresiones...”.
Y transcribo el juicio expresado por el Dr. Luis Romanelli, Médico Jefe en el Hospital Civil de Barletta, al Padre Provincial de aquel entonces, Padre Pedro de Ischitella: “...He leído la relación escrita del Dr. Festa, en la que éste se manifiesta como un escrupuloso observador, un científico profundo y un buen crítico.
 ... Todas las veces que siento hablar del perfume, recuerdo muy bien que yo también he notado aquel perfume y, si me permite, casi diría que lo he gustado. En junio de 1919, cuando por primera vez fui a S. Giovanni Rotondo, apenas me presentaron al Padre Pío, noté que de su cuerpo provenía un cierto perfume, tanto que le dije al M. R. P. E. E. de Valenzano, que estaba conmigo, que no me parecía bien que un fraile, más aún tenido en aquel concepto, usase perfume.
En los otros dos días que permanecí en S. Giovanni Rotondo ya no noté ningún perfume, aun estando en la celda y en compañía del Padre Pío. Pero, antes de partir, y justo en las horas de la tarde, subiendo las escaleras, sentí de golpe el mismo olor del primer día, pero por un momento y nada más.
Y observé, muy reverendo Padre, que la mía no era sugestión: primero, porque nadie me había dicho nada de tal fenómeno y, después, porque, si hubiese sido sugestión, debía haber sentido aquel olor siempre y no a intervalos de mucho tiempo.
Y he querido hacer esta declaración porque es muy común la costumbre de atribuir a sugestión aquellos fenómenos que no se explican o que no se sabe explicar”.
El fenómeno del perfume ha hecho sonreír a muchos incrédulos y, al mismo tiempo, ha dado lugar a numerosas discusiones, como el de las llagas; pero también aquí la ciencia ha tenido que retirarse vencida. En tantos años los testimonios y los beneficiados de estos efluvios se han multiplicado tanto que ya no hay modo de poner en duda este extraño fenómeno, aunque sí se discute el significado.
Este fenómeno del perfume se manifestaba a veces, y se manifiesta aún hoy, después de la muerte del Padre, a oleadas, siendo claramente percibido por todos los que se encuentran en el mismo local y desapareciendo al poco tiempo; otras veces persiste y se conserva. Muchas veces unos lo perciben y otros no, aun estando todos en el mismo lugar.
De las experiencias recogidas, se puede decir que este perfume es una prueba de la presencia espiritual del Padre Pío en aquellos a los que quiere beneficiar, guiar, sostener, aconsejar o amonestar; y se da de modo especial en las curaciones, en las conversiones y en los momentos de tomar decisiones importantes; y, no pocas veces, ha tenido un poder decisivo en la vida de determinadas personas. Otras veces ha sido un simple aviso, como le sucedió a una pobre mujer de S. Giovanni Rotondo, que, mientras recogía castañas en un monte, caminaba hacia atrás y, al sentir de golpe el fuerte olor de violetas, se dio vuelta y vio junto a sí el precipicio.
No era raro que el fenómeno se manifestase entre grupos de amigos o hijos espirituales del Padre cuando hablaban de él, casi como si Jesús hubiese querido cumplir de este modo la promesa de estar presente cuando por lo menos tres devotos se hubieran reunido en oración.
Con más frecuencia aún, el perfume del Padre Pío ha sido la respuesta afirmativa a una gracia pedida, como, por ejemplo, en el caso del contador Laderchi, de Cosenza.
Estaba agonizando en el hospital, adonde lo habían llevado gravemente herido en la cabeza, por haberse caído de un camión. Su mujer y los familiares rezaban en la capilla del hospital, suplicando febrilmente al Padre Pío, cuando una oleada de intenso perfume “co¬mo de seto vivo florecido” invadió la capilla. ¡Helo aquí!, ¡el Padre Pío que nos trae la salvación! Rena¬cieron de golpe las esperanzas casi muertas y se alegraron los corazones, llenos de gratitud.
Y además, ¿cómo puede ser una ilusión si el perfume se siente aun a gran distancia e inesperadamente? Porque lo que más asombra es justamente eso: que se percibe en una ciudad lejana de S. Giovanni Rotondo como es Génova, o Milán, o Venecia, y hasta en el extranjero, cuando menos se lo espera y sin causa alguna que lo produzca.
Que perfume la ropa del Padre o los ornamentos sagrados es, en fin, más comprensible; pero que el perfume lo sienta, por ejemplo, un hombre que viaja, o que lo sienta una persona desconocida, o un incrédulo, como a veces sucede, esto es lo maravilloso que nos deja perple¬jos. ¿Por qué asombrarnos entonces si Dios se sirve de un simple mortal, particularmente querido, para dar con¬tinuas manifestaciones de sí?
A este propósito transcribimos un episodio cuyo valor probatorio, dice María Winowska, surge de la declaración de testigos que en verdad no sabían nada de los “eflu¬vios” del Padre Pío.
Dos jóvenes esposos polacos, residentes en Inglaterra, tenían que tomar una grave decisión. Habiendo reflexio¬nado mucho tiempo sobre los “pro” y los “contra”, se encontraban al final ante un dilema serio y estaban muy abatidos.
Humanamente hablando, su situación parecía desesperada. ¿Qué hacer? Alguien les habló del Padre Pío. Le escribieron. No recibieron contestación. Entonces se decidieron a ir a S. Giovanni Rotondo, para pedirle personalmente ayuda y consejo.
Desde Inglaterra a S. Giovanni Rotondo el viaje es largo. Y nuestros viajeros se detuvieron en Berna (Suiza) y se preguntaban con angustia si valía la pena seguir o no. ¿Y si el Padre ni siquiera los recibiera...? Alguien les había dicho, cuando emprendían el viaje, que lo habían “secuestrado”. Todo aquel viaje y todos los gastos ¿no serían inútiles?
Era tarde. Ellos conversaban familiarmente en la habitación del hotel, que era de ínfima categoría, ya que por economía habían tomado una posada.
Era invierno y nevaba. Muertos de frío, descorazonados, estaban a punto de decidirse a volver, cuando de golpe se sintieron envueltos por un perfume exquisito y fuerte, tan agradable que se sintieron “reconfortados del todo”.
La joven señora se puso a inspeccionar la cómoda, el armario, en fin, todo con tal de encontrar la botella de perfume que algún viajero distraído habría olvidado allí. ¡Búsqueda inútil! Poco después el perfume se había desvanecido y la habitación volvió a exhalar un olor a lugar cerrado, fétido como de cloaca y moho.
Curiosos y llenos de dudas, nuestros viajeros preguntaron al dueño de la posada, que parecía caer de las nubes. Era la primera vez que los clientes de su hotel, que no estaba precisamente perfumado al agua de rosas, creían sentir olor de perfumes. No obstante y a pesar de todo, esta aventura los reanimó y los confirmó en el propósito de continuar el viaje costara lo que costase.
Llegados a S. Giovanni Rotondo, fueron enseguida a ver al Padre Pío, quien los recibió con los brazos abiertos.
El joven, que sabía italiano, balbuceó algo.
“Le hemos escrito, Padre, ¿por qué no nos ha contestado?”.
“¿Cómo que no os he contestado? ¿Y aquella tarde, en el hotel suizo, no sintieron nada?”.
En pocas palabras, les resolvió la dificultad que tenían y los despidió.
Embelesados, rebosando alegría y reconocimiento, se dieron cuenta de “este modo de responder” del Padre Pío con aquellos que lo llaman pidiendo socorro.
Y el Padre Rosario de Aliminusa, en su manuscrito “Informaciones”, declara: “Yo lo he sentido todos los días, continuamente, por tres meses seguidos en los primeros tiempos de mi llegada a S. Giovanni Rotondo, a la hora de vísperas. Saliendo de mi celda, contigua a la del Padre Pío, sentía que venía desde ésta un olor agradable y fuerte, del cual no sabría precisar las características. Una vez, la primera vez, después de haber sentido en la sacristía vieja un fortísimo y delicado perfume, que emanaba de la silla usada por el Padre para la confesión de los hombres, pasando por delante de la celda del Padre Pío, sentí un fuerte olor de ácido fénico. Otras veces, el perfume ligero y delicado, emanaba de sus manos”.
El Padre Rosario de Aliminusa fue Superior del convento de S. Giovanni Rotondo desde el 18 de septiembre de 1960 hasta el 23 de enero de 1964.
Son innumerables las personas que han sentido el perfume del Padre Pío durante su vida y aun después de su muerte. Podríamos continuar con las deposiciones de los testigos y las declaraciones de las personas beneficiadas por tantísimos otros hechos, pero preferimos callar para no ser prolijos y cansar al lector, y concluir diciendo que el perfume del Padre Pío fue y es hasta ahora un fenómeno misterioso, que puede parecer extraño e inexplicable para quien no tiene aquella fe que todo lo relaciona con el Supremo Dador de toda maravilla; pero si el creyente sabe que los dones de Dios superan toda imaginación y se renuevan siempre bajo formas diversas, sabe también que debe admirarlos sin discutirlos, con humildad y veneración.
“Y en fin - continúa Winowska - no hay duda de que estos efluvios tienen un significado bien determinado y se agregan al arsenal apostólico del Padre Pío, a los dones sobrenaturales que Dios le concede para ayudar, atraer y consolar, o para poner en guardia a las almas que le han sido confiadas”.

* de Padre Pio , el Estigmatizado, Cap. 13

"Pensamientos, experiencias , suigerencias" por Melchor de Pobladura


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219. Me veo en una gran desolación. Me encuentro solo para llevar el peso de todos y la preocupación de no poder comunicar el alivio espiritual a quienes Jesús me envía. El hecho de ver cómo muchas almas se obstinan en permanecer en el mal, a pesar del sumo Bien, me aflige, me acongoja, me martiriza, me debilita la mente y me desgarra el corazón. ¡Oh, Dios mío, y qué espina siento clavada en el corazón! (1181).

220. ¡Ah!, también Vos, Dios mío, comprendéis cuán terrible martirio es para mi alma el ver las grandes ofensas que en estos tristísimos tiempos os hacen los hijos de los hombres y la horrible ingratitud con que os pagan las pruebas de amor y el poco o ningún cuidado que sienten por perderos a Vos.
¡Dios mío! , ¡Dios mío! ¿Es necesario admitir que éstos ya no creen en Vos, desde el momento en que con tanta descortesía os niegan el tributo de su amor?' ¡Ay de mí! ¡Dios mío!, ¿cuándo llegará la hora en que esta alma vea restaurado vuestro reino de amor?... ¿Cuándo pondréis fin a este mi tormento? (676).

Mes de Julio


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1  Dios no quiere que experimentes de forma sensible el sentimiento de la fe, esperanza y caridad, ni que lo disfrutes si no en la medida que se necesita en cada ocasión. ¡Ay de mí!, ¡qué felices somos al estar tan íntimamente atados por nuestro celeste tutor! No debemos hacer otra cosa que lo que hacemos, es decir, amar a la divina providencia y abandonarnos en sus brazos y en su seno.
No, Dios mío, yo no deseo gozo mayor de mi fe, de mi esperanza y de mi caridad, que el poder decir sinceramente, aunque sea sin gusto y sin sentirlo, que preferiría morir antes que abandonar estas virtudes (Epist.III, p.421s.).

2  Dame y consérvame aquella fe viva que me haga crecer y actuar por solo tu amor. Y éste es el primer don que te ofrezco; y unido a los santos magos, postrado a tus pies, te confieso sin ningún respeto humano, delante del mundo entero, por nuestro verdadero y único Dios (Epist.IV, p.884).

3  Bendigo de corazón a Dios que me ha dado a conocer personas verdaderamente buenas, y porque también a ellas he anunciado que sus almas son la viña de Dios; la cisterna es la fe; la torre es la esperanza; el lagar es la santa caridad; la valla es la ley de Dios que las separa de los hijos del mundo (Epist.III, p.586).

4  La fe viva, la creencia ciega y la plena adhesión a los que Dios ha dado autoridad sobre ti..., ésta es la luz que iluminó los pasos del pueblo de Dios en el desierto. Esta es la luz que brilla siempre en lo más alto de todos los espíritus gratos al Padre. Esta es la luz que condujo a los magos a adorar al mesías recién nacido. Esta es la estrella profetizada por Balaam. Esta es la antorcha que guía los pasos de estos espíritus desolados.
Y esta luz y esta estrella y esta antorcha son también las que iluminan tu alma, dirigen tus pasos  para que no vaciles, fortifican tu espíritu en el afecto a Dios y (hacen que), sin que el alma las conozca, se avance siempre hacia el destino eterno.
Tú ni lo ves ni lo entiendes, pero tampoco es necesario. Tú no verás más que tinieblas, pero no son las tinieblas que envuelven a los hijos de la perdición, sino las que rodean al Sol eterno. Ten por cierto y cree que este Sol resplandece en tu alma; y que este Sol es exactamente aquél del que cantó el vidente de Dios: Y en tu luz veré la luz (Epist.III, p.400s.).

5  La profesión de fe más bella es la que sale de tus labios en la obscuridad, en el sacrificio, en el dolor, en el esfuerzo supremo por buscar decididamente el bien; es la que, como un rayo, disipa las tinieblas de tu alma; es la que, en el relampaguear de la tormenta, te levanta y te conduce a Dios (CE, 57).

6  Ejercítate con particular esmero, hija mía querídisima, en la dulzura y en la sumisión a la voluntad de Dios, no sólo en las cosas extraordinarias sino también en aquéllas pequeñas que nos suceden cada día. Hazlo no sólo por la mañana sino también durante el día y por la tarde, con un espíritu tranquilo y alegre; y, si te sucediese que caes, humíllate, propóntelo de nuevo,  y después levántate y sigue (Epist.III, p.704).

7  El enemigo es demasiado fuerte; y, hechos todos los cálculos, parecería que la victoria tendría que sonreír al enemigo. ¡Ay de mí!, ¿quién me librará de las manos de este enemigo tan fuerte y tan poderoso, que no me deja libre un sólo instante, ni de día ni de noche? ¿Es posible que el Señor permita alguna vez mi caída? Desgraciadamente lo merecería; pero ¿será verdad que la bondad del Padre del cielo sea vencida por mi maldad? Esto jamás, jamás, Padre mío (Epist.I, p.552).

8  Preferiría ser traspasado por una fría hoja de cuchillo antes que desagradar a alguien (T, 45).

9  Buscar sí la soledad, pero sin faltar a la caridad con el prójimo (CE, 19).

10  Es necesario siempre, también al reprender, saber condimentar la corrección con modos corteses y dulces (GB, 34).

11  Faltar a la caridad es como herir a Dios en la pupila de sus ojos. ¿Hay algo más delicado que la pupila del ojo?
Faltar a la caridad es como pecar contra la naturaleza (AdFP, 555).

12  La beneficencia, venga de donde viniere, es siempre hija de la misma madre: la providencia (AdFP, 554).

13  Acuérdate de Jesús, manso y humilde de corazón. El “si os dejáis llevar de la ira que no sea hasta el punto de pecar”, es propio de los santos. Yo jamás me he arrepentido de actuar con dulzura; pero sí he sentido remordimiento de conciencia y me he tenido que confesar cuando he sido un poco duro. Pero, cuando hablo de suavidad, no me refiero a la que deja pasar todo. ¡Esa no! Me refiero a aquélla que, sin ser nunca descuidada, transforma la disciplina en algo dulce (GB, 34).

14  Donde no hay obediencia no hay virtud. Donde no hay virtud no hay bien, no hay amor; y donde no hay amor no está Dios; y sin Dios no se va al paraíso.
Todo esto forma como una escalera; y si falta uno de los peldaños, se viene abajo (AP).

15  Os conjuro por la mansedumbre de Cristo y por las entrañas misericordiosas del Padre celestial a no perder nunca el entusiasmo en el camino del bien. Corred siempre y no os detengáis nunca, convencidos de que, en este camino, detenerse equivale a volver hacia atrás (Epist.II, p.259).

16  ¡Me disgusta tanto ver sufrir! No tendría dificultad en atravesarme con un puñal el corazón si de este modo librara a alguien de un disgusto. Sí, esto me resultaría más fácil (T, 121).

17  Me he disgustado muchísimo al enterarme de que has estado enferma; pero me he alegrado también muchísimo al saber que te vas recuperando, y mucho más, al ver que, con ocasión de tu enfermedad, han reflorecido en vosotras la piedad auténtica y la caridad cristiana (Epist.III, p.1081).

18  Yo no puedo soportar ni la crítica ni el hablar mal de los hermanos. Es verdad que, a veces, me divierto en zaherirles, pero la murmuración me produce náuseas. Teniendo tantos defectos que criticar en nosotros, ¿para qué perdernos en contra de los hermanos? Y en nosotros, al faltar a la caridad, se corta la raíz del árbol de la vida, con peligro de que se seque (GB, 62).

19  La caridad es la reina de las virtudes. Del mismo modo que las perlas se mantienen unidas por el hilo, así las virtudes por la caridad. Y así como las perlas se caen si se rompe el hilo, de igual modo, si decrece la caridad, las virtudes desaparecen (CE, 11).

20  La caridad es la medida con la que el Señor nos juzgará a todos (AdFP, 560).

21  Recuerda que el gozne sobre el que gira la perfección es el amor; quien vive del amor vive en Dios, porque Dios es amor, como dijo el Apóstol (AdFP, 554).

22  Bendigo al buen Dios por los santos sentimientos que te da su gracia. Haces bien en no comenzar nunca una obra sin implorar antes la ayuda divina. Esto te obtendrá el don de la santa perseverancia (Epist.III, p.456).

23  Sufro y sufro mucho; pero, gracias al buen Jesús, tengo todavía un poco de fuerza; ¿y de qué no es capaz la criatura cuando tiene la ayuda del buen Jesús? (Epist.I, p.303).

24  Lucha, hija, con valentía, si ambicionas conseguir la recompensa de las almas fuertes (Epist.III, p.405).

25  No os neguéis de ningún modo y por ningún motivo a practicar la caridad con todos; más aún, si se os presentan ocasiones propicias, ofrecerla vosotros mismos. Mucho agrada esto al Señor y mucho os debéis esforzar por hacerlo (Epist.I, p.1213).

26  Debes tener siempre prudencia y amor. La prudencia pone los ojos, el amor pone las piernas. El amor, que pone las piernas, querría correr a Dios, pero su impulso para lanzarse hacia él es ciego y podría tropezar en ocasiones si no estuviese guiado por la prudencia que pone los ojos. La prudencia, cuando ve que el amor puede ser desenfrenado, le presta los ojos (CE, 17).

27  La sencillez es una virtud, pero hasta cierto punto. No le debe faltar nunca la prudencia; la picardía y la socarronería, por el contrario, son siempre diabólicas y causan mucho daño (AdFP, 391).

28  La vanagloria es un enemigo que acecha sobre todo a las almas que se han consagrado al Señor y que se han entregado a la vida espiritual; y, por eso, puede ser llamada con toda razón la tiña del alma que tiende a la perfección. Ha sido llamada con acierto por los santos carcoma de la santidad (Epist.I, p.396).

29  Haz que no perturbe a tu alma el triste espectáculo de la injusticia humana; también ésta, en la economía de las cosas, tiene su valor (MC, 13).

30  El Señor, para halagarnos, nos regala muchas gracias, y nosotros creemos tocar el cielo con la mano. Por el contrario, ignoramos que para crecer tenemos necesidad de pan duro; es decir, necesitamos cruces, pruebas, contradicciones (FSP, 86).

31  Los corazones fuertes y generosos no se afligen más que por graves motivos, e incluso estos motivos no logran penetrar en lo íntimo de su ser (MC, 57).


a Rafafelina Cerase


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"El apóstol se alegra al pensar que por nada será confundido y que de ningún modo descuidará su deber de apóstol de Jesucristo. Se alegra también de que en su cuerpo, incluso en medio de todas las cadenas a las que está sometido, Jesús siempre será glorificado. Si vive, exaltará a Jesucristo por medio de su vida y de su predicación, también estando en cárcel, como ya lo había hecho hasta ahora predicando a Jesucristo a los del pretorio; si, en cambio, es martirizado, glorificará a Jesucristo ofreciéndole el supremo testimonio de su amor.
Por tanto, declara abiertamente que su vivir es Cristo, que es para él como el alma y el centro de toda su vida, el motor de todas sus acciones, la meta de todas sus aspiraciones. Y después de haber dicho que su vida es Jesucristo, añade también que su morir es una ganancia para él, porque con su martirio dará a Jesús testimonio solemne de su amor, conseguirá que su unión con Jesús sea más irrompible, y aumentará también la gloria que le espera.
¿Qué dices, Raffaelina, de este modo de hablar? ¡Las almas mundanas, al no tener ningún conocimiento de gustos sobrenaturales y celestiales, al oír semejante lenguaje, se ríen y tienen razón!, porque el hombre animal, dice el Espíritu Santo, no percibe las cosas que son de Dios. Ellas, pobrecillas, que no tienen otros gustos que no sean de barro y de tierra, no pueden hacerse una idea de la felicidad que las almas espirituales dicen experimentar al padecer y morir por Jesucristo.
¡Oh, cuánto mejor para ellas si, en lugar de maravillarse y de reírse, reconocieran su culpa y admiraran, al menos en silencioso respeto, la entrega afectuosa de estas almas, que tienen un corazón tan encendido en amor divino!"
 (23 de febrero de 1915 – Ep. II, p. 340)

De san Francisco de Asís - Admonición 26


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Los siervos de Dios honren a los clérigos:
"Dichoso el siervo que mantiene la fe en los clérigos que viven según la forma de la santa Iglesia romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian!. Pues, aunque sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque el Señor mismo se reserva para sí sólo el juicio. Porque, cuanto mayor es el ministerio que tienen del santísimo cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran a los demás, más pecado tienen los que pecan contra ellos que los que lo hacen contra todos los demás hombres de este mundo."