Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Mes de Diciembre


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1  No te importe perder, hijo mío, deja que publiquen lo que quieran. Temo el juicio de Dios y no el de los hombres. Que lo único que nos asuste sea el pecado, porque ofende a Dios y nos deshonra (AP).

2  La bondad divina no sólo no rechaza a las almas arrepentidas, sino que va también en busca de las contumaces (CE, 11).

3  Cuando os veáis despreciados, haced como el martín pescador que construye su nido en los mástiles de las naves; es decir, levantaos de la tierra, elevaos con el pensamiento y con el corazón hacia Dios, que es el único que os puede consolar y daros fuerza para sobrellevar santamente la prueba (VVN, 48).

4  Tu reino no está lejos y tú haces participar de tu triunfo en la tierra para después hacer partícipes de tu reino en el cielo. Haz que, al no poder dar cabida a la comunicación de tu amor, prediquemos con el ejemplo y con las obras tu divina realeza. Toma posesión de nuestros corazones en el tiempo para poseerlos en la eternidad. Que nunca nos retiremos de debajo de tu cetro, y ni la vida ni la muerte consigan separarnos de ti. Que nuestra vida sea una vida bebida a grandes sorbos de amor en ti para expandirla sobre la humanidad y que nos haga morir en cada momento para vivir sólo de ti y derramarte en nuestros corazones (Epist.IV, p.888).

5  Hagamos el bien mientras disponemos del tiempo, y daremos gloria a nuestro Padre del cielo, nos santificaremos a nosotros mismos, y daremos buen ejemplo a los demás (Epist.III, p.397).

6  Cuando no consigas avanzar a grandes pasos por el camino que conduce a Dios, conténtate con dar pequeños pasos y espera pacientemente a tener piernas para correr, o mejor alas para volar. Confórmate, hija mía, con ser por el momento una pequeña abeja en la colmena, que muy pronto llegará a ser una gran abeja capaz de fabricar la miel (Epist.III, p.432).

7  Humillaos amorosamente delante de Dios y de los hombres porque Dios habla a quien tiene las orejas abiertas hacia el suelo. Ama el silencio, porque en el mucho hablar hay siempre algo de culpa. Manténte en el retiro cuanto te sea posible, porque en el retiro el Señor habla al alma libremente y el alma está en mejor situación para escuchar su voz. Reduce tus visitas y sopórtalas cristianamente cuando te las hagan a ti (Epist.III, p.432).

8  A Dios se le sirve únicamente cuando se le sirve como él quiere (CE, 19).

9  En resumen, no filosoféis sobre vuestros defectos y tampoco repliquéis; continuad vuestro camino sin rodeos. No. Dios no puede abandonaros cuando vosotros, por no perderlo, permanecéis firmes en vuestras decisiones. Que el mundo se destruya, que todo esté en tinieblas, en humo, en confusión..., pero Dios está con nosotros. ¿De qué, pues, vamos a tener miedo? Si Dios habita en las tinieblas y sobre el monte Sinaí, entre relámpagos y truenos, ¿no debemos estar contentos sabiendo que estamos cerca de él? (Epist.III, p.580).

10  Agradece y besa dulcemente la mano de Dios que te pega; es siempre la mano de un padre que te pega porque te quiere bien (CE, 25).

11  El miedo cerval es un mal peor que el mismo mal (CE, 33).

12  El dudar es el mayor insulto a la divinidad (CE, 35).

13  Por medio de las pruebas Dios une a sí a las almas que ama (ASN, 44).

14  Quien se apega a la tierra queda apegado a ella. Es mejor despegarse poco a poco que hacerlo de golpe. Pensemos siempre en el cielo (CE, 64).

15  Tener miedo de perderte entre los brazos de la divina bondad es algo más extraño que el temor del niño estrechado entre los brazos de su madre (Epist.III, p.638).

16  ¡Animo!, mi querida hija; tienes que cultivar atentamente ese corazón bien formado y no ahorrar nada que le pueda ser útil para su felicidad. Y si es cierto que esto puede y debe hacerse en toda estación, es decir, en toda edad. La edad que tú tienes es la más apropiada (Epist.III, p.418).

17  En sus lecturas, hay poco que admirar y casi nada que edifique. Os es necesario del todo que, a esas lecturas, añada la de los libros santos (= Sagrada Escritura), tan recomendada por todos los santos padres. Y yo, a quien me apremia tanto su perfección, no puedo eximirle de estas lecturas espirituales. Conviene (si quiere obtener de tales lecturas tan inesperado fruto) que deponga sus prejuicios sobre el estilo y la forma con que se presentan estos libros. Esfuércese por cumplir esto y encomiéndelo al Señor. En todo esto se oculta un grave engaño y yo no se lo puedo ocultar (Epist.II, p.141s.).

18  Todas las fiestas de la Iglesia son bellas... La Pascua, sí, es la glorificación..., pero la Navidad tiene una ternura, una dulzura infantil, que me conquista por entero el corazón (GdR, 75).

19  Tus ternuras conquistan mi corazón y quedo aprisionado por tu amor, Niño celestial. Deja que al contacto con tu fuego, mi alma se derrita por amor, y que tu fuego me consuma, me abrase, me convierta en cenizas aquí a tus pies y permanezca derretido por amor y glorifique tu bondad y tu caridad (Epist.IV, p.871s.).

20  Pobreza, humildad, bajeza, desprecio, rodean al Verbo hecho carne; pero nosotros, en la obscuridad en la que está envuelto este Verbo hecho carne, comprendemos una cosa, oímos una voz, entrevemos una sublime verdad. Todo esto lo has hecho por amor, y no nos invitas más que al amor, no nos hablas más que de amor, no nos das más que pruebas de amor (Epist.IV, p.866s.).

21  Madre mía María, condúceme contigo a la gruta de Belén y concédeme abismarme en la contemplación de lo que, por ser tan grande y sublime, es para desentrañarlo en el silencio de esta grande y bella noche (Epist.IV, p.868).

22  Jesús Niño sea la estrella que te guíe a través del desierto de esta vida (AP).

23  La fe también nos guía a nosotros. Y nosotros, detrás de su luz, seguimos seguros el camino que nos conduce a Dios, a su patria; como los santos magos, que, guiados por la estrella, símbolo de la fe, llegaron al lugar deseado (Epist.IV, p.886).

24  Tu entusiasmo no sea amargo ni puntilloso, sino libre de todo defecto; que sea dulce, benigno, gracioso, pacífico y animoso. ¡Ah!, mi buena hija, ¿quién no ve en el querido y pequeño Niño de Belén, a cuya venida nos estamos preparando, quién no ve, digo, que su amor por las almas no tiene parangón? El viene a morir para salvar, y es tan humilde, tan dulce, tan amable (Epist.III, p.465s.).

25  Vive alegre y animosa, al menos en las facultades superiores del alma, en medio de las pruebas en las que el Señor te pone. Vive alegre y animosa, repito, porque el ángel, que preconiza el nacimiento de nuestro pequeño Salvador y Señor, anuncia cantando y canta anunciando que él promulga alegría, paz y felicidad, a los hombres de buena voluntad, para que no haya nadie que ignore que, para recibir a este Niño, basta ser de buena voluntad (Epist.III, p.466).

26  Jesús desde su nacimiento nos indica nuestra misión, que es la de despreciar lo que el mundo ama y busca (Epist.IV, p.867).

27  Jesús llama a los pobres y sencillos pastores por medio de los ángeles para manifestarse a ellos. Llama a los sabios por medio de su misma ciencia. Y todos, movidos por la fuerza interna de su gracia, corren hacia él para adorarlo. Nos llama a todos nosotros con divinas inspiraciones y se nos comunica a nosotros con su gracia. ¿Cuántas veces nos ha invitado amorosamente también a nosotros? Y nosotros ¿con qué prontitud le hemos correspondido? Dios mío, me ruborizo y me lleno de confusión al tener que responder a esta pregunta (Epist.IV, p.883s.).

28  Los mundanos, enfrascados en sus negocios, viven en la obscuridad y en el error, y no se preocupan de conocer las cosas de Dios, ni piensan en su salvación eterna, ni tienen prisa alguna por conocer la venida de aquel Mesías esperado y suspirado por las naciones, profetizado y anunciado por los profetas (Epist.IV, p.885).

29  Cuando llegue nuestra última hora y cesen los latidos de nuestro corazón, todo habrá terminado para nosotros y también el tiempo de merecer y de desmerecer. Tal como nos encuentre la muerte, nos presentaremos a Cristo juez. Nuestros gritos de súplica, nuestras lágrimas, nuestros suspiros de arrepentimiento, que, todavía en la tierra, nos habrían ganado el corazón de Dios y con la ayuda de los sacramentos nos habrían podido cambiar de pecadores en santos, en ese momento ya no sirven para nada; el tiempo de la misericordia ha terminado y comienza el tiempo de la justicia (Epist.IV, p.876).

30  Es difícil hacerse santos. Difícil pero no imposible. El camino de la perfección es largo, como es larga la vida de cada uno. El consuelo es el descanso en el camino; pero, apenas recuperados, hay que levantarse con rapidez y reemprender la carrera (AP).

31 La palma de la gloria está reservada para el que combate con valentía hasta el fin. Comencemos, pues, este año, nuestro santo combate. Dios nos asistirá y nos coronará con un triunfo eterno (Epist.IV, p.879).

Padre Pio y el Arcàngel san Miguel


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Se trabó una batalla en el cielo:
Miguel y sus ángeles declararon guerra al dragón (Ap 12,7)

El 3 de julio de 1917, el Padre Pío peregrinó a la Gruta del Gárgano para venerar a san Miguel, de quien era devotísimo.
Con anterioridad a esta fecha había experimentado repetidas veces la protección del Arcángel en sus luchas contra Satanás, en Pietrelcina o en el convento de Santa Ana, en Foggia.
Muchas veces había deseado hacer la misma peregrinación que había llevado a cabo, siglos antes, su seráfico Padre san Francisco.

Manifestó este deseo a su superior, el padre Paulino de Casacalenda, y éste, apenas los seminaristas terminaron los exámenes, organizó el viaje al Monte Sant’Angelo en honor del Patrono de la provincia religiosa capuchina de Foggia, tanto para premiar a los colegiales como para complacer al Padre Pío.
La comitiva, formada por el venerado Padre, por Nicolás Perrotti, Vicente Gisolfi, Rachelina Russo y los 14 seminaristas, se dirigió desde San Giovanni Rotondo hacia el Monte Sant’Angelo, a las 3 de la mañana del día señalado.

El Padre Pío hizo a pie un buen trecho del recorrido, pero después, a causa de la enfermedad que padecía, fue obligado a subirse a una carreta.
Cuando despuntaba el sol, caminó algunos pasos a pie para desentumecer las piernas y entonó el santo Rosario, intercalando devotos cantos en honor de la Virgen y de san Miguel.
Al entrar en el santuario, se emocionó profundamente. De repente, al recordar lo que le había sucedido en aquel lugar al Poverello de Asís, que, juzgándose indigno de entrar en la Gruta, se detuvo a la puerta y pasó allí la noche entera ensimismado en oración, se arrodilló y, envuelto en lágrimas, besó con respeto y gran humildad el umbral de la Gruta. Después, y una vez escuchada la explicación del canónigo sacristán, que le mostró la TAU grabada por san Francisco, entró y se postró de rodillas a los pies del altar de san Miguel, en devota y profunda meditación.

Rezó por él, por la provincia religiosa capuchina, por la Iglesia, por la paz en el mundo, por todos sus hermanos de religión y por los soldados expuestos al peligro de la guerra. Todo y a todos encomendó a san Miguel.

De la roca de arriba caían de continuo, fruto de la gran humedad, gruesas gotas de agua. Con gran sorpresa de los seminaristas, que enseguida testimoniaron el singular suceso, el Padre Pío permaneció sin mojarse.
Uno de los colegiales, queriendo hacer una prueba, se colocó junto al venerado Padre, pero muy pronto quedó bañado por el agua.

El Padre Pío permaneció largo rato concentrado en la oración y totalmente ajeno a la realidad.
Desde aquel día su devoción al Príncipe de los ejércitos celestiales experimentó un sensible y fuerte impulso. Cada año hacía una cuaresma de preparación para la fiesta del Arcángel. A las almas que se acercaban a él, el Padre Pío les hablaba siempre del poder de san Miguel. Eran continuas sus invitaciones a dirigirse con confianza a este glorioso Arcángel, sobre todo en las tentaciones.

A los fieles que se acercaban a San Giovanni Rotondo el venerado Padre les animaba a continuar la peregrinación hasta el Monte Sant’Angelo, para venerar a san Miguel en su santuario. Con frecuencia esta invitación era la «penitencia sacramental» que imponía al final de la confesión. Además, si sabía de alguien que iba a marchar al Monte Sant’Angelo, le pedía para sí una oración a san Miguel.

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri

Mes de Noviembre


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1  El deber es antes que cualquier otra cosa, aunque sea santa (CE, 60).

2  Hijos míos, estar así, sin poder cumplir mi propio deber, es inútil; es mejor que me muera (T, 96).

3  Un día uno de sus hijos espirituales le preguntó: Padre, ¿cómo puedo crecer en el amor?
Respuesta: cumpliendo con exactitud y con recta intención las propias obligaciones, guardando la ley del Señor. Si haces esto con constancia y perseverancia, crecerás en el amor (LdP, 91).

4  Hija mía, para tender a la perfección es necesario poner el máximo interés en actuar en todo para agradar a Dios y en buscar evitar hasta los más pequeños defectos; cumplir los deberes propios y hacer todo lo demás con más generosidad (FSP, 79).

5  En todas las cosas y siempre, más rectitud de intención, más exactitud, más puntualidad, más generosidad en el servicio del Señor, y entonces serás como el Señor quiere que seas (GB, 48).

6  Reflexiona sobre lo que escribes, porque el Señor te pedirá cuentas de ello. ¡Estáte atento, periodista! El Señor te conceda las satisfacciones que deseas por tu profesión (CT, 177).

7  También vosotros, los médicos, habéis venido al mundo, al igual que yo, con una misión que cumplir. Escuchad con atención: Yo os hablo de obligaciones en un momento en que todos hablan de derechos. Tenéis la misión de curar al enfermo; pero si no lleváis amor al lecho del enfermo, no creo que las medicinas sirvan de mucho... El amor no os puede hacer prescindir de la palabra. ¿Cómo podríais manifestarlo si no es con palabras que consuelen espiritualmente al enfermo? Ser portadores de Dios para los enfermos; eso será más útil que cualquier otro cuidado (LCS,5-V-58, p.28).

8  Sed como pequeñas abejas espirituales, que no tienen en sus colmenas más que miel y cera. Que vuestra casa, gracias a vuestra conversación, esté llena de dulzura, de paz, de concordia, de humildad y de piedad (Epist.III, p.563).

9  Emplead cristianamente vuestro dinero y vuestros ahorros, y desaparecerá tanta miseria; y tantos cuerpos que sufren y tantos seres afligidos encontrarán consuelo y alivio (CE, 61).

10  No sólo no tengo que repetirte que, al marcharte de Casacalenda, devuelvas la visita a tus conocidas, sino que lo considero una gravísima obligación. La piedad es útil para todo y se adapta a todo según las circunstancias, menos a lo que sea pecado. Devuelve las visitas y tendrás también el premio de la obediencia y la bendición del Señor (Epist.III, p.427).

11  Yo deseo que todas las estaciones del año se encuentren en vuestras almas; que a veces experimentéis el invierno de muchas esterilidades, distracciones, desganas y aburrimientos; otras, los rocíos del mes de mayo con el perfume de las santas florecillas; entre los calores, el deseo de agradar a nuestro divino Esposo. No queda, pues, más que el otoño, en el que no veis grandes frutos; pero sucede con mucha frecuencia que, a la hora de trillar los cereales y de pisar las uvas, uno se encuentra con cosechas mucho mayores que las que prometían las siegas y las vendimias. Vosotros querrías que todo sucediese en primavera y en verano; pero no, mis queridísimas hijas, es necesario que existan también estas vicisitudes tanto en el interior como en el exterior. En el cielo todo será primavera en cuanto a la belleza, todo será otoño en el gozo, todo será verano en el amor. No habrá ningún invierno; pero aquí el invierno es necesario para ejercitarse en la abnegación y en las mil virtudes, pequeñas pero bellas, que se practican en tiempos de esterilidad (Epist.III, p.587s.).

12  Os lo suplico, mis queridas hijas, por el amor de Dios: no tengáis miedo a Dios porque él no quiere haceros mal alguno; amadlo mucho porque os quiere hacer un gran bien. Caminad sencillamente con la seguridad de que acertáis en vuestras decisiones, y rechazad como crueles tentaciones esas reflexiones espirituales que hacéis de vuestros males (Epist.III, p.569).

13  Entregaos totalmente, mis amadísimas hijas, en las manos de nuestro Señor, ofreciéndole los años que os restan de vida y rogadle siempre que los emplee y se sirva de ellos en aquella forma de vida que más le agrade. No inquietéis vuestro corazón con vanas promesas de sosiego, de agrado y de méritos, sino presentad a vuestro divino Esposo vuestros corazones totalmente vacíos de todo otro afecto que no sea su casto amor, y pedidle que lo llene, limpia y sencillamente, de los impulsos, deseos y voluntad que sean de su agrado, para que vuestro corazón, como una madreperla, no conciba más que con el rocío del cielo y no con el agua del mundo; y veréis que Dios os ayudará y que haréis mucho, tanto al elegir como al actuar (Epist.III, p.569).

14  El Señor os bendiga y os haga menos pesado el yugo de la familia. Sed siempre buenos. Recordad que el matrimonio comporta obligaciones difíciles que sólo la gracia de Dios pude hacerlas fáciles. Mereced siempre esta gracia y que el Señor os conserve hasta la tercera y cuarta generación (AD, 169).

15  En la familia sé alma de convicciones profundas, y sonríe en la abnegación y en la inmolación constante de toda tu persona (ASN, 43).

16  La abnegación más importante es la que se practica en el hogar doméstico (FM, 167).

17  Nada más repelente en una mujer, sobre todo si es esposa, que ser ligera, frívola y altanera. La esposa cristiana debe ser mujer de sólida piedad para con Dios, ángel de paz en la familia, y digna y agradable con el prójimo (AP).

18  Dios me ha dado mi pobre hermana y Dios me la ha quitado. Sea bendito su santo nombre. En estas exclamaciones y en esta resignación encuentro fuerza suficiente para no sucumbir bajo el peso del dolor. A esta aceptación de la voluntad divina os exhorto también a vosotros y encontraréis, igual que yo, el alivio en el dolor (Epist.IV, p.802).

19  ¡La bendición de Dios os sirva de ayuda, apoyo y guía! Formad una familia cristiana, si queréis un poco de tranquilidad en esta vida. El Señor os dé hijos y después la gracia de orientarlos por el camino del cielo (AP).

20  ¡Animo, ánimo! Los hijos no son clavos (AP).

21  Anímese, pues, valerosa señora. Anímese, porque la mano del Señor, al sostenerla, no se ha quedado corta. ¡Oh!, sí, él es el Padre para todos; pero lo es, de modo especialísimo, para los desgraciados; y de modo todavía mucho más singular lo es para usted, que es viuda y viuda madre (AdFP, 466).

22  Ponga en solo Dios todas sus preocupaciones, pues él tiene cuidado especialísimo de usted y de esos tres angelitos de hijos con que la ha querido adornar. Esos hijos, por su conducta, serán su apoyo y consuelo a lo largo de su vida. Preocúpese siempre de su educación, no tanto científica cuanto moral. Téngalos en su corazón y quiéralos más que a las niñas de sus ojos. A la educación de la mente, mediante buenos estudios, procure unir siempre la educación del corazón y de nuestra santa religión; aquélla sin ésta, mi buena señora, causa una herida mortal al corazón humano (AdFP, 467).

23 ¿Por qué el mal en el mundo?
Escucha con atención... Es una mamá que está bordando. Su hijo, sentado en un pequeño taburete, contempla su trabajo pero al revés. Ve los nudos del bordado, los hilos revueltos... Y dice: Mamá, ¿se puede saber lo que haces? ¡Se ve poco claro tu trabajo!
Entonces la mamá baja el bastidor y enseña la parte buena del trabajo. Cada color está en su sitio y la variedad de los hilos se ajusta a la armonía del dibujo.
¡Eso! Nosotros vemos el revés del bordado. Estamos sentados en un pequeño taburete (GG, 106).

24  ¡Yo odio el pecado! Dichosa nuestra patria si, como madre del derecho, quisiera perfeccionar sus leyes en este sentido, y sus costumbres a la luz de la honradez y de los principios cristianos (GdT, 143).

25  El Señor hace ver y llama, pero no queremos ni ver ni responder porque son los propios intereses los que nos agradan. Sucede también en ocasiones que, al haber oído esa voz tantas veces, ya no se le presta atención; pero el Señor ilumina y llama. Son los hombres quienes se colocan en una actitud que los incapacita para oír (AP).

26  Hay gozos tan sublimes y dolores tan profundos, que es imposible expresarlos con palabras. El silencio es el último recurso del alma, tanto cuando la felicidad es indecible como cuando los apuros son extremos (ASN, 43).

27  Conviene familiarizarse con los sufrimientos que el Señor tenga a bien enviarnos. Jesús, que no puede soportar por mucho tiempo el teneros en aflicción, vendrá a animaros y a confortaros, infundiendo nuevos ánimos en vuestro espíritu (AdFP, 561).

28  Todas las concepciones humanas, vengan de donde vengan, tienen su lado bueno y su lado malo. Hay que saber asimilar y tomar todo lo bueno y ofrecerlo a Dios, y eliminar todo lo malo (AdFP, 552).

29  ¡Ah!, mi valiente hija, que es una gracia fuera de serie el comenzar a servir a este buen Dios, cuando la flor de la edad nos hace más susceptibles a toda clase de impresiones. ¡Oh!, qué don tan grato cuando se ofrecen al mismo tiempo las flores y los primeros frutos del árbol. ¿Y qué es lo que podrá apartarte de la ofrenda total de ti misma al buen Dios al haberte decidido de una vez para siempre a dar un puntapié al mundo, al demonio y a la carne, lo que con tanta decisión hicieron por nosotros nuestros padrinos en el bautismo? ¿O quizás el Señor no se merece de ti este sacrificio?  (Epist.III, p.418).

30  Recordad que Dios está en nosotros cuando estamos en gracia; y está, por así decirlo, fuera de nosotros cuando estamos en pecado; pero su ángel no nos abandona nunca... El es nuestro amigo más sincero y fiel, cuando no tenemos la desgracia de entristecerlo con nuestra mala conducta (GdT, 205).

Octubre


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1  Recorred con sencillez el camino del Señor y no atormentéis vuestro espíritu. Odiad, sí, vuestros defectos pero con un odio tranquilo y no perturbador e inquieto. Es necesario tener paciencia con ellos y sacar ventaja de los mismos por un santo abajamiento. Cuando falta esta paciencia, mis buenas hijas, vuestras imperfecciones, en vez de disminuir, crecen cada vez más, porque no hay nada que una tanto nuestros defectos como la inquietud y la preocupación por quererlos alejar (Epist.III, p.579).

2  Guardaos de la ansiedad y de las inquietudes, porque no hay cosa que impida tanto el caminar hacia la perfección. Pon, hija mía, dulcemente tu corazón en las llagas de nuestro Señor, pero no a base de esfuerzos. Ten gran confianza en su misericordia y en su bondad. El no te abandonará jamás, pero no dejes por eso de abrazar estrechamente su santa cruz (Epist.III, p.707).

3  No te inquietes cuando no puedes meditar, no puedes comulgar o no puedes llegar a todas las prácticas de devoción. En esta situación, busca suplirlas de otro modo, manteniéndote unida a nuestro Señor con una voluntad amorosa, con las oraciones jaculatorias, con las comuniones espirituales (Epist.III, p.424).

4  Caminamos, pues, siempre, incluso cuando nuestro paso es lento; pues si nuestro afecto es bien intencionado y decidido, no podemos sino caminar bien. No, mis querídisimas hijas, no es necesario para el ejercicio de la virtud estar atentas siempre y en cada momento a todas las virtudes; esto, en verdad, embrollaría y enredaría demasiado vuestros pensamientos y afectos (Epist.III, p.588).

5  Expulsa de una vez por todas la perplejidad y las ansiedades y goza en paz de las dulcísimas penas del Amado (Epist.III, p.436).

6  Tu predicación sea la inmolación continua de ti misma, el ser en todas partes como una delicada aparición y como la sonrisa de Dios (FM, 165).

7  Siento que se me rompe el corazón en el pecho al conocer tus sufrimientos, y no sé qué haría para que te consueles. Pero, ¿por qué inquietarte tanto? ¿Por qué te turbas? ¡Fuera tanta inquietud, hija mía! Jamás te he visto tan regalada de tantas joyas por parte de Jesús como ahora. Jamás te he visto tan querida de Jesús como en este momento. Por tanto, ¿qué motivo tienes para temer, temblar y asustarte? Tu temor y temblor se parecen al de un niño que está en los brazos de su mamá. Por lo mismo, tu temor es tonto e inútil (Epist.III, p.442).

8  No tengo nada concreto que reprobar en ti, fuera de esa inquietud un tanto amarga que se da en ti y que no te deja gustar toda la dulzura de la cruz. Corrígete de esto y continúa haciendo lo que has hecho hasta ahora, porque vas bien (Epist.III, p.447).

9  Te ruego además que no te angusties por lo que voy sufriendo y sufriré; porque el sufrimiento, por muy grande que sea, comparado con el bien que nos espera, resulta agradable para el alma (Epist.III, p.402).

10  Mantén tu espíritu tranquilo y confíate por completo a Jesús cada vez más. Esfuérzate por identificarte siempre y en todo con la divina voluntad, tanto en las cosas favorables como en las adversas, y no te preocupes por el mañana (Epist.III, p.455).

11  No temas por tu espíritu: son bromas, predilecciones y pruebas del Esposo celestial, que quiere asemejarte a él. Jesús mira las disposiciones y los buenos deseos de tu alma, que son óptimos; y los acepta y premia; y no mira tu imposibilidad e incapacidad. Por tanto, manténte tranquila (Epist.III, p.461).

12  No te fatigues en cosas que producen inquietud, perturbaciones y afanes. Sólo una cosa es necesaria: elevar el espíritu y amar a Dios (CE, 10).

13  Te afanas, mi buena hija, por buscar al sumo Bien. Está en verdad dentro de ti y te tiene tendida sobre la desnuda cruz, alentando fuerza para que soportes ese martirio insostenible y amor para que ames amargamente al Amor. Por lo mismo, el temor a haberlo perdido y a haberle disgustado sin darte cuenta no tiene fundamento alguno, porque él está tan cercano y unido a ti. Tampoco tiene sentido el agobio por el porvenir, ya que la situación actual es una crucifixión de amor (Epist.III, p.651).

14  Pobres y desgraciadas las almas que se arrojan en el torbellino de las preocupaciones mundanas. Cuanto más aman el mundo más se multiplican sus pasiones, más se encienden sus deseos, más incapaces se sienten para sus proyectos; y de ahí las inquietudes, las impaciencias, los choques terribles que despedazan sus corazones, que no palpitan de caridad y de santo amor.  Roguemos por estas almas desgraciadas, miserables. Que Jesús les perdone y las atraiga hacia sí con su infinita misericordia (Epist.III, p.1092).

15  No se debe actuar con maneras violentas si no se quiere correr el riesgo de no conseguir nada. Es necesario revestirse de gran prudencia cristiana (Epist.III, p.416).

16  Hijas, acordaos de que yo soy tan enemigo de los deseos inútiles como de los deseos peligrosos y malos; porque, aunque sea bueno aquello que se desea, ese deseo es siempre defectuoso en relación a nosotros, sobre todo cuando anda mezclado con una preocupación orgullosa, ya que Dios no exige este bien, sino algún otro en el que quiere que nos ejercitemos (Epist.III, p.579).

17  En cuanto a las pruebas espirituales a las que te va sometiendo la paternal bondad del Padre del cielo, te ruego que te resignes y que, en cuanto te sea posible, estés tranquila, fiándote de las aseveraciones de quien ocupa el lugar de Dios, te ama en él y te desea toda clase de bienes, y te habla en su nombre. Sufres, es verdad, pero con resignación; sufres, pero no temas, porque Dios está contigo y tú no le ofendes sino que le amas. Sufres, pero también crees que Jesús mismo sufre en ti y por ti y contigo. Jesús no te abandonó cuando huías de él, mucho menos te abandonará de ahora en adelante cuando tú quieres amarlo (Epist.III, p.618).

18  No te debes confundir al intentar conocer si has consentido o no. Tu estudio y tu vigilancia estén orientadas a la rectitud de intención que debes tener al actuar y al combatir siempre, con valor y generosidad, las artes malignas del espíritu maligno (Epist.III, p.622).

19  Manténte siempre con alegría en paz con tu conciencia, dándote cuenta de que estás al servicio de un Padre infinitamente bueno, que, impulsado sólo por su ternura, desciende hasta su criatura para elevarla y transformarla en él, su Creador. Y huye de la tristeza, porque ésta entra en los corazones que están apegados a las cosas mundanas (ASN, 42).

20 No hay que desanimarse; porque, si existe en el alma el esfuerzo continuo por mejorar, al fin el Señor la premia, haciéndola florecer de golpe en todas las virtudes, como en un jardín florecido (VVN, 49).

21  Procura no inquietar tu alma ante el triste espectáculo de la injusticia humana, que tiene también un valor en la economía de las cosas. Sobre esta injusticia verás un día el triunfo definitivo de la justicia de Dios (GF, 175).

22  El Sabio alaba a la mujer fuerte: “Sus dedos, dice, sostienen el huso” (Prov 31,19).
Con gusto os diré algunas cosas sobre estas palabras. Vuestra rueca es el cúmulo de vuestros deseos. Por eso, hilad todos los días un poco, tirad hilo a hilo de vuestros proyectos hasta su ejecución, y sin duda alguna los veréis cumplidos. Pero estad atentos para no apresuraros, porque enredaríais el hilo con nudos y embrollaríais vuestro huso.
Por tanto, caminad siempre; y aunque vayáis avanzando lentamente, haréis un gran viaje (Epist.III, p.564).

23  La ansiedad es una de las mayores trampas que la virtud auténtica y la devoción vigorosa pueden encontrar; aparenta enfervorizarse en el bien obrar, pero no lo hace sino para enfriarse, y no nos hace correr para que tropecemos, es para que tropecemos, y por eso hay que estar alerta en todo momento, y de modo particular en la oración; y para conseguirlo mejor, será bueno acordarse de que las gracias y los gustos de la oración no son aguas de esta tierra sino del cielo; y que, por eso, todos nuestros esfuerzos no bastan para conseguirlos, y que, si es necesario prepararse con suma diligencia, ha de ser siempre con humildad y sosiego: hay que tener el corazón orientado hacia el cielo y esperar de allí el rocío celestial (AP).

24  ¿Por qué os tiene que preocupar el que Jesús os quiera llevar a la patria celestial por los desiertos o por los campos, si por los primeros y por los segundos se llega del mismo modo a la eterna bienaventuranza? Alejad de vosotros toda preocupación orgullosa que brota de las pruebas con las que el buen Dios quiere visitaros; y si esto no es posible, apartad el pensamiento y vivid resignados en todo al divino querer (AdFP, 561).

25  Tengamos bien esculpido en nuestra mente lo que dice el divino Maestro: en nuestra paciencia poseeremos nuestra alma (AdFP, 560).

26  No pierdas el ánimo si te toca trabajar mucho y recoger poco... Si pensases cuánto le cuesta a Jesús una sola alma, no te lamentarías por ello (AP).

27  El espíritu de Dios es espíritu de paz, y hasta en las faltas más graves nos concede experimentar un arrepentimiento tranquilo, humilde, confiado, que depende precisamente de su misericordia.
El espíritu del maligno, en cambio, excita, exaspera y nos hace experimentar, en el arrepentimiento mismo, una especie de ira contra nosotros mismos, siendo así que el primer acto de caridad debemos dirigirlo a nosotros mismos.
Por tanto, si te turban algunos pensamientos, piensa que esta turbación no viene nunca de Dios, sino del diablo. Dios te regala la serenidad porque es espíritu de paz (AdFP, 549).

28  Si somos apacibles y pacientes, nos encontraremos no sólo a nosotros mismos sino también nuestra alma y con ella a Dios (AdFP, 549).

29  La lucha que se lleva a cabo antes de la obra buena que se pretende realizar, es como la antífona que precede al salmo solemne que se va a cantar (FM, 166).

30  El impulso para alcanzar la paz eterna es bueno y santo, pero es necesario moderarlo con la completa resignación al querer divino. Es mejor cumplir la voluntad de Dios en la tierra que gozar en el paraíso. "Sufrir y no morir" era el lema de Santa Teresa. Es dulce el purgatorio cuando se sufre por amor de Dios (Epist.III, p.549).

31  La paciencia es tanto más perfecta cuanto menos se mezcla con inquietudes y desasosiegos. Si el buen Dios quiere prolongar el tiempo de la prueba, no os lamentéis ni indaguéis el porqué. Tened siempre presente que los hijos de Israel tuvieron que caminar  durante cuarenta años por el desierto antes de poner su pie en la tierra prometida (Epist.III, p.537).


Septiembre


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1  Es necesario amar, amar, amar y nada más (GF, 292).

2  Dos cosas hemos de suplicar continuamente a nuestro dulcísimo Señor: que aumente en nosotros el amor y el temor; porque aquél nos hará correr por los caminos del Señor, éste nos hará mirar dónde ponemos el pie; aquél nos hace mirar las cosas de este mundo por lo que son, éste nos pone en guardia de toda negligencia. Cuando, al fin, el amor y el temor lleguen a besarse, ya no tendremos posibilidad de poner nuestros afectos en las cosas de aquí abajo (Epist.I, p.407).

3  El amor sólo puede dar aquello que hay en nosotros de indomable y el lenguaje del amor es la persuasión de la confidencia. Qué bello es el amor si se recibe como un don; y qué deforme, si se busca y se ambiciona (FM, 166).

4  Tú que tienes cuidado de almas, inténtalo con amor, con mucho amor, con todo el amor, agota todo el amor, y si esto resulta inútil..., ¡palo!, porque Jesús, que es el modelo, nos lo ha enseñado al crear el paraíso pero también el infierno (AdFP, 550).

5  Cuando Dios no te da dulzuras y suavidad, debes mantener el buen ánimo, comiendo con paciencia tu pan aunque sea duro, y cumpliendo tu deber sin ninguna recompensa por el momento. Haciéndolo así, nuestro amor a Dios es desinteresado; actuando de este modo, se ama y se sirve a Dios a costa nuestra; esto es lo propio de las almas más perfectas (Epist.III, p.282).

6  Cuanta más amargura tengas, más amor recibirás (FFN, 16).

7  Un solo acto de amor a Dios en tiempos de aridez vale más que cien en momentos de ternura y consuelo (ASN, 43).

8  Mi corazón es tuyo... Oh Jesús mío; toma, pues, mi corazón, llénalo de tu amor, y después mándame lo que quieras (AD, 49).

9  Dios nos ama; y la prueba de que nos ama es el hecho de que nos tolera en el momento de la ofensa (GB, 30).

10  Enciende, Jesús, aquel fuego que viniste a traer a la tierra, para que, consumido por él, me inmole sobre el altar de tu caridad, como holocausto de amor, para que reines en mi corazón y en el corazón de todos; y de todos y de todas partes se eleve hacia ti un mismo cántico de alabanza, de bendición, de agradecimiento por el amor que nos has demostrado en el misterio de divinas ternuras de tu nacimiento (Epist.IV, p.869).

11  Ama a Jesús, ámalo mucho, pero por esto ama aún más el sacrificio. El amor quiere ser amargo (T, 99).

12  El amor lo olvida todo, lo perdona todo, lo da todo sin reservarse nada (Epist.IV, p.870).

13  El espíritu humano, sin la llama del amor divino, es arrastrado a colocarse en la fila de las bestias. Por el contrario, la caridad, el amor de Dios, lo eleva tan alto como para alcanzar el trono de Dios. Agradeced sin cansaros nunca la generosidad de un Padre tan bueno y rogadle que aumente cada día más la santa caridad en vuestro corazón (Epist.II, p.70).

14  No te lamentarías jamás de las ofensas, vengan de donde vinieren, si recordaras que Jesús sufrió hasta la saciedad los oprobios de la malicia de los hombres, a los que había hecho tanto bien. Excusarías a todos con amor cristiano si tuvieras ante los ojos el ejemplo del divino Maestro que excusó ante su Padre incluso a los que lo crucificaron (AP).

15  Jesús y tu alma deben cultivar juntos la viña. A ti te toca el trabajo de quitar y transportar piedras, arrancar espinas... A Jesús, el de sembrar, plantar, cultivar, regar. Pero también en tu trabajo está la acción de Jesús. Sin él no puedes hacer nada (CE, 54).

16  No estamos obligados a no hacer el bien, para evitar el escándalo farisaico (CE, 37).

17  Recuérdalo: Está más cerca de Dios el malhechor que se avergüenza de haber actuado mal, que el hombre honesto que se avergüenza de hacer el bien (CE, 16).

18  El tiempo gastado por la gloria de Dios y por la salvación del alma, nunca es tiempo mal empleado (CE, 9).

19  Sí, bendigo de corazón la obra de dar catequesis a los niños, que son las florecillas predilectas de Jesús. Bendigo también el celo por las obras misioneras (Epist.III, p.457).

20  Todos estamos llamados por el Señor a salvar almas y a preparar su gloria. El alma puede y debe propagar la gloria de Dios y trabajar por la salvación de los hombres, llevando una vida cristiana, pidiendo incesantemente al Señor que "venga su reino y que no nos deje caer en tentación y nos libre del mal". Esto es lo que debe hacer también usted misma ofreciéndose del todo y continuamente al Señor con este fin. (Epist.II, p.70).

21  Levántate, pues, Señor, y confirma en tu gracia a aquellos que me has confiado y no permitas que se pierda ninguno, desertando  del rebaño. ¡Oh Dios, oh Dios!... no permitas que se pierda tu heredad (Epist.III, p.1009).

22  Soy todo de todos y de cada uno. Cada uno puede decir: "El Padre Pío es mío". Amo mucho a todos mis hermanos de este destierro. Amo a mis hijos espirituales igual que a mi alma y más todavía. Los he reengendrado para Jesús en el dolor y en el amor. Puedo olvidarme de mí mismo, pero no de mis hijos espirituales; más todavía, prometo decir al Señor, cuando me llame: "Señor, yo me quedo a la puerta del paraíso. Entraré cuando haya visto entrar al último de mis hijos".
Sufro mucho al no poder ganar a todos mis hermanos para Dios. En ocasiones, estoy a punto de morir de infarto de corazón al ver a tantas almas que sufren y no poder aliviarlas y a tantos hermanos aliados con Satanás. (AP).

23  La vida no es otra cosa que una continua reacción contra uno mismo; y no se abre a la belleza, si no es a precio de sufrimiento. Manteneos siempre en compañía de Jesús en Getsemaní y él sabrá confortaros cuando os lleguen las horas de angustia (ASN, 15).

24  Hay algo que no puedo soportar de ningún modo y es esto: Si tengo que hacer yo un reproche, estoy siempre dispuesto a hacerlo. Pero ver que otro lo hace, no lo puedo sufrir. Por eso, ver a otro humillado o mortificado me resulta insoportable (T, 120).

25  Quiera Dios que estas pobres criaturas se arrepintieran y volvieran de verdad a él. Con estas personas hay que ser de entrañas maternales y tener sumo cuidado, porque Jesús nos enseña que en el cielo hay más alegría por un pecador que se ha arrepentido que por la perseverancia de noventa y nueve justos.
Son en verdad reconfortantes estas palabras del Redentor para tantas almas que tuvieron la desgracia de pecar y que quieren convertirse y volver a Jesús (Epist.III, p.1082).

26  Las desgracias de la humanidad: éstos son los pensamientos para todos (T, 95).

27  No te preocupes demasiado por la curación de tu corazón, porque esta angustia aumentaría la enfermedad. No te esfuerces demasiado en vencer tus tentaciones, pues esta violencia las fortificaría más aún. Desprécialas y no te obsesiones con ellas (Epist.III, p.503).

28  Haz el bien, en todas partes, para que todos puedan decir: "Este es un hijo de Cristo".
Soporta por amor a Dios y por la conversión de los pobres pecadores las tribulaciones, las enfermedades, los sufrimientos. Defiende al débil, consuela al que llora (FSP, 119).

29  No estéis con la preocupación de que me estáis robando el tiempo, porque el tiempo mejor empleado es el que se dedica a la santificación del alma del prójimo. Yo no tengo otro modo de agradecer la bondad del Padre celestial que cuando me presenta las almas a las que puedo ayudar de alguna forma (MC, 83).

30  Jamás me ha pasado por la cabeza la idea de vengarme: he rogado y ruego por los que me denigran. Sí, que alguna vez he dicho al Señor: "Señor, si para convertirlos es necesario algún latigazo, dáselos también, con tal de que se salven” (AD, 127).


La Noche oscura del alma


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La idea de la noche oscura, o alta noche del espíritu, nace en la mística cristiana y remonta, de modo particular, a Gregorio de Nissa, aunque es Juan de la Cruz, que le otorga un valor primario por la vida espiritual y por la experiencia mística.

Por Donato Calabrese

La noche oscura o Noche del espíritu, es una experiencia desoladora y mientras tanto privilegiada por la vida misma del alma, en la que Dios purifica y renueva, dejando "el intelecto en las tinieblas, la voluntad en la aridez, la memoria sin recuerdos y los cariños inmersos en el dolor y en la angustia".

Efectivamente, "el alma no puede adherirse a Dios a través de una unión trasformante o boda espiritual hasta cuando no se purifica de todas sus miserias y debilidades".

En esta Noche espiritual Dios dona de vez en vez un poco de alivio; pero el alma volverá enseguida a sentirse inmersa en las tinieblas, hasta cuando no entre en la última fase de la vida de perfección que es la unión trasformante.

Las primeras señales, si así podemos llamarle, de la que Padre Pio llama la noche del alma, remontan al año anterior, y precisamente en la carta escrita al padre Benedetto de san Marco en Lamis, dónde puntea, a tintes hoscos, el estado íntimo de su espíritu y los efectos de la oscuridad desoladora en la que sabía afanosamente la "lejanía" de Dios. Una tal situación provoca un dúplice efecto en su íntimo: el pensamiento que la misma alma haya sido infiel con su Dios y la cognición que el amor misericordioso de Jesús no deja de hacerse sentir en su corazón agitado, aunque él percibe intensamente la oscura noche del espíritu, por la que no filtra tampoco un rayo de luz divina.

Es la "noche oscura". Hasta ahora el alma ha vivido alegrándose de consuelos divinos y dejándose mecer del amor de Dios. Ahora, en cambio, las alegrías y los consuelos desaparecen completamente, y se encuentra hundida en la oscuridad más oscura de la fe, con un tormento que Padre Pio reputa parecido a las as almas que han perdido para siempre el Dios.

La idea de la noche oscura, o alta noche del espíritu, nace en la mística cristiana y remonta, de modo particular, a Gregorio de Nissa, aunque es Juan de la Cruz, que le otorga un valor primario por la vida espiritual y por la experiencia mística.

La "noche oscura" no debe ser interpretada sólo en sentido negativo, a causa del aridez espiritual que vive el alma, pero también como tiempo privilegiado en que la misma es purificada y transformada por el amor, uniéndose a Dios, como se entrevé admirablemente en estas versículas poéticas de Juan de la Cruz, el que la Iglesia Católica honra del título de Doctor Mysticus: "¡Oh noche que me guiaste!, ¡oh noche amable más que el alborada!, ¡oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada.

La "Noche" "consiste en una prolongada y profunda purificación de las facultades o potencias del alma: intelecto, memoria y voluntad. En este estado Bien la Cumbre purifica la sustancia del alma como el oro purifica en el crisol, haciendo experimentarlas el vacío interior, para llenarla de si. Soy la fe, la esperanza y la caridad, que tienen por sede el intelecto, la memoria y la voluntad, a purificar concretamente estas facultades del alma, por luego disponerla a la unión con Dios.

La luz de la contemplación infusa y la oscuridad de las mismas imperfecciones conducen el alma a un profundo tormento de amor, ya que percibe sus límites naturales que le impiden ser unida a Dios. Eso aún más empuja el alma a desear el amor de perfección que todo lava y purifica. Atravesando tal noche, el alma se pone resplandeciente como ocurre con la madera que, al contacto con el fuego, se transforma, primera perdiendo su humedad, luego secándose hasta a arder de luz nueva".

La Noche del espíritu no es, por lo tanto, una simple abstracción, pero pertenece a la vida cristiana y de modo particular a la experiencia sumamente espiritual. Como los escaladores de las cumbres alpinas, las almas místicas se encaraman sobre las cumbres del espíritu, a la búsqueda anhelante de aquel Dios que llama a la alegría y a la comunión, donando la ternura, el amor y el consuelo de su presencia; luego la purifica en la "Noche oscura". No al azar, Juan de la Cruz utiliza las mismas estrofas citadas antes, en otra obra suya que evoca la escalada de un monte: La Subida del monte Carmelo.

En describirle al padre Benedetto la alta noche del espíritu, Padre Pio afirma que, salida "el alma de esta prueba de fuego, se hace siempre aliviada principalmente por los vestidos del hombre viejo".

Padre Pio está solo. Sólo e inmerso en la desolación más desgarradora, continuando a querer creer y querer aquel mismo Dios que parece negarse de contestar a sus extenuantes invocaciones. No deja de creer y querer, "esperando" contra cada esperanza. Sin embargo, también en él están realizándolas lentamente admirables estrofas poéticas de Juan del Cruz: "¡oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!".

La noche oscura del alma es el último de un largo camino de purificación que Padre Pío vive en Pietrelcina.

Durante la misión del Gargano, la noche oscura noche dará paso a otra prueba que lo acompañará durante casi toda su vida.

Carta a Anita Rodote


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Ten siempre ante los ojos de la mente, como prototipo y modelo, la modestia del divino Maestro; modestia de Jesucristo que el apóstol, en palabras a los Corintios, coloca al mismo nivel que la mansedumbre, que fue una de sus virtudes más queridas y casi su virtud característica: «Yo, Pablo, os exhorto por la mansedumbre y por la modestia de Cristo»; y, a la luz de un modelo tan perfecto, reforma todas tus actuaciones externas, que son el espejo fiel que manifiesta las inclinaciones de tu interior.
No olvides nunca, oh Anita, a este divino modelo; imagínate que contemplas cierta amable majestad en su presencia; cierta grata autoridad en su hablar; cierta agradable compostura en su andar, en su mirar, en su hablar, en su dialogar; cierta dulce serenidad en el rostro; imagínate el semblante de aquel rostro tan sereno y tan dulce con el que atraía hacia sí las multitudes, las sacaba de las ciudades y de los poblados, llevándolas a los montes, a los bosques, a lugares solitarios, y a las playas desiertas del mar, olvidándose incluso de comer, de beber y de sus obligaciones domésticas.
Sí, procuremos copiar en nosotros, en cuanto nos es posible, acciones tan modestas, tan decorosas; y esforcémonos, en cuanto es posible, por asemejarnos a él en el tiempo, para ser después más perfectos y más semejantes a él por toda la eternidad en la Jerusalén celestial.

                                                                                                         25 de julio de 1915,  Ep. III, p. 86