Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Homilía del Padre Seivane


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El Evangelio despierta. Abre luminosamente la conciencia. La ajusta. La rectifica. La eleva. Ofrece el amor. Y en la divina persona de Cristo concentra la fuerza modificadora. Recibido con fe, transfigura la mente. Nos pone en relación con el que vive, y “estuvo muerto, y ahora, tiene las llaves de la muerte y del abismo”.

El mundo huye del Evangelio porque escucha a Satán. Y los creyentes somos exigidos, mientras se opera la maravilla al creer. A veces, Dios nos pide la fe de Abraham…

Al leer las páginas del Evangelio, el Espíritu Santo que se nos ha dado, nos hace encontrar con Cristo vivo. Creemos en la Santa Iglesia Católica, que en sus testigos  y escribas nos presenta el Evangelio como Palabra del Señor.

Y, así, dice San Lucas: “Muchos han tratado de relatar, ordenadamente, los acontecimientos transmitidos por aquellos, que han sido desde el comienzo, testigos oculares y servidores de la Palabra. Después de informarme cuidadosamente de todo, desde los orígenes, yo también he decidido escribir…”.

Esta Sagrada Escritura, Palabra inspirada, viva y eficaz, “no engaña al que no se engaña al leerla”, enseña San Agustín. Y es la Roca del creyente. Sobre ella nos asentamos, y construimos nuestras vidas, en medio de las tormentas y peligros tempestuosos de la existencia temporal. Creemos en Jesucristo, porque la Iglesia nos lo presenta, y el Espíritu Santo asiente con nosotros a la Verdad. Y creemos en la Iglesia Católica, porque Jesucristo sopla el Espíritu Santo desde el Padre, y nos mueve a amarla asintiendo a sus sublimes enseñanzas. San Buenaventura enseña: “ El origen de la Sagrada Escritura, no es por humana investigación, sino por revelación divina, que fluye del Padre de las Luces, del que toda paternidad toma el nombre en los cielos y en la tierra; de quien, mediante su Hijo Jesucristo, dimana a nosotros el Espíritu Santo, y por medio de él (que reparte y distribuye los dones a cada uno como quiere), da la fe, y por la fe mora Cristo en nuestros corazones”.

El Evangelio, hoy, nos habla de un regreso… Cuando la distancia es tiempo, y se dan pasos hacia lo muy conocido, la llegada es reencuentro. Una localización de lo amado. Un revivir lo atesorado, un recibir la inevitable cascada de los afectos, con brillo de la memoria y puentes de la historia común.

El Hijo de Dios regresa a su patria chica. Su tierra de crianza… Pero vuelve con novedades. Ya ha sido confirmado públicamente como Mesías: la teofanía en el río Jordán, el reconocimiento del Bautista, la apertura de caminos con sus discípulos como Rabí, y los signos y prodigios que acrecientan su fama en medio de su pueblo, “las ovejas perdidas de Israel”. Es el paso de la compasión. El Rostro misericordioso de Dios alumbrando.

El Evangelio dice que “Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu, y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan”.

¿Con cuáles discípulos habrá llegado a Nazaret? Algunos eran parientes. Otros los había convocado a orillas del mar, otros estarían por ser incorporados a la incipiente comunidad apostólica. Y en todo ello la gratuidad. Él elige a los que quiere.

Desde lejos habrá divisado su casa. Y habrá vuelto a contemplar la campiña nazarena, el paisaje conocido, las suaves colinas, los senderos de olivares y almendros… Y, seguramente, Jesús habrá querido presentar su madre a aquellos hombres, hombres sencillos que habían iniciado la magna aventura de seguir a Cristo.

¿Con qué pudor se habrán presentado ante la Virgen? ¿Y cómo sacarle los ojos de encima una vez en el lugar? Invitados a la que fuera la casa del Rabí, habrán compartido el pan, y la larga y amable conversación que tiene a Dios como centro.  Encuentro. Saludos. Abrazos. Comienzos. Y Nazaret testigo. Tal vez, María, como en Caná, hubo de decirles a los primeros apóstoles: “Hagan todo lo que él le diga”.

“Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga, y se levantó para hacer la lectura”, dice el Evangelio.

Ahora, la sinagoga lo recibe ungido. Y los rollos se le ofrecen como a Maestro. Y todos observan con mezcla de sentimientos. Ternura, admiración, reverencia, incredulidad…

“Le presentaron el libro del profeta Isaías, y abriéndolo, encontró el pasaje que dice: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos, y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos, y proclamar un año de gracia del Señor”.

¡Glorioso y compasivo Jesús! ¡Santo de Dios! ¡Emmanuel! Como el árbol de la Vida nueva está entre nosotros ofreciendo los frutos del Reino que no tendrá fin. ¡Luz inmensa, divina luz, cayado deslumbrante, oh!, Jesús!

Pero si la sal pierde su sabor con qué se la volverá a salar… Porque sorprende cómo en presencia de Cristo crecen los desiertos. Y el amor del Señor resbala en un Occidente que lo adoró. Y la fe se empequeñece.

El fervor que Cristo trae enciende fuegos sagrados… Su Buena Noticia levanta. La eternidad que ofrece y siembra, transfigura, convierte en libre al que se hace como niño.

Cautivos: ¡búsquenlo! Pobres: ¡llámenlo! Ciegos: ¡clamen su luz! Oprimidos: griten su Nombre. Y todos, recibamos su gran Misericordia, como lo esperamos de él.

Cuando cerró el libro. El silencio fue como un vientre para anidar el esplendor de la Verdad. Porque todos tenían los ojos fijos en él. Miradas concentradas. Pensamientos que sólo Dios conoció.
Su espléndida Voz acalló el silencio. Resonó la solemne afirmación. La sentencia que a todo cristiano conmueve. La feliz proclamación que divide aguas: “Hoy, se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acaban de oír”… Siglos de espera. Años luz de una creación creada para Él. Preparación Divina. Pedagogía santa. Innumerables acontecimientos, pequeños y grandes, de un pueblo: el ángel frenando la mano de Abraham, el cruce del mar Rojo, la zarza ardiente, las tablas de la Ley, el gobierno de los Jueces, el trono de David, los profetas y el exilio, el templo de Jerusalén… Y en esa pequeña sinagoga estremecida, la sonora Verdad: El Ungido está. El Reino de Dios llegó. Jesús es el Mesías. Y la Iglesia lo proclamará al mundo hasta que Cristo regrese.

“Vengan a mí, todos los afligidos y agobiados, y, Yo los aliviaré…”, dice el Señor del tiempo y la eternidad.

Toda la compasión de Cristo, ahora, se derrama desde la Eucaristía. Pan vivo bajado del Cielo. Pan que nos comunica el Espíritu de la Verdad. Pan que mueve a compartir la fe. Pan que descansa al humilde. Pan que desata penas. Pan que alumbra noches del alma. Pan que abre esperanzas.
Es Cristo el que trae consuelos al que cree, en un mundo cultivador de crueldades.

“Dios no hizo la muerte, pero los impíos la llaman con sus obras y palabras”, dice el libro de la Sabiduría. Y San Agustín afirma en la Ciudad de Dios: “Los buenos impulsos y los afectos proviene del amor y de la santa caridad”.

Comulgando con amor, nos afirmemos en la fe que salva. La fe en Jesucristo, nuestra única esperanza. Amén.


                                                  Padre Gustavo Seivane

Mes de Febrero


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1  La oración es el desahogo de nuestro corazón en el de Dios... Cuando se hace bien, conmueve el corazón de Dios y le invita, siempre más, a acoger nuestras súplicas. Cuando nos ponemos a orar a Dios, busquemos desahogar todo nuestro espíritu. Nuestras súplicas le cautivan de tal modo que no puede menos de venir en nuestra ayuda (T, 74).

2  Quiero ser solamente un pobre fraile que ora... Dios ve manchas hasta en los ángeles, ¡cuánto más en mí! (T, 58).

3  Ora y espera; no te inquietes. La inquietud no conduce a nada. Dios es misericordioso y escuchará tu oración (CE, 39).

4  La oración es la mejor arma que tenemos; es una llave que abre el corazón de Dios. Debes hablar a Jesús también con el corazón además de hacerlo con los labios; o, mejor, en algunas ocasiones debes hablarle únicamente con el corazón (CE, 40).

5  Con el estudio de los libros se busca a Dios; con la meditación se le encuentra (AdFP, 547).

6  Sed asiduos a la oración y a la meditación. Ya me habéis dicho que habéis comenzado a hacerlo. Oh Dios, ¡qué gran consuelo para un padre que os ama igual que a su propia alma! Continuad progresando siempre en el santo ejercicio del amor a Dios. Hilad cada día un poco: si es de noche, a la tenue luz de la lámpara y entre la impotencia y la esterilidad del espíritu; y si es de día, en el gozo y en la luz deslumbrante del alma (GF, 173).

7  Si puedes hablar al Señor en la oración, háblale, ofrécele tu alabanza; si no puedes hablar por ser inculta, no te disgustes en los caminos del Señor; deténte en la habitación como los servidores en la corte, y hazle reverencia. El te verá, le gustará tu presencia, favorecerá tu silencio y en otro momento encontrarás consuelo cuando él te tome de la mano (Epist.III, p.982).

8  Este modo de estar en la presencia de Dios, únicamente para expresarle con nuestra voluntad que nos reconocemos siervos suyos, es muy santo, excelente, puro y de una grandísima perfección (Epist.III, p.982).

9  Cuando te encuentres cerca de Dios en la oración, ten presente tu realidad: háblale si puedes; y si no puedes, párate, hazte ver y no te busques otras preocupaciones (Epist.III, p.983).

10  Las oraciones, que tú me pides, no te faltan nunca, porque no puedo olvidarme de ti que me cuestas tantos sacrificios. Te he dado a luz a la vida de Dios con el dolor más intenso del corazón. Estoy seguro de que en tus plegarias no te olvidarás del que lleva la cruz por todos (Epist.III, p.983).

11  El mejor consuelo es el que viene de la oración (GC, 38).

12  Salvar las almas orando siempre (LCS,  1 oct.1971, 30).

13  La oración debe ser insistente, ya que la insistencia pone de manifiesto la fe (AdFP, 553).

14  Las oraciones de los santos en el cielo y las de los justos en la tierra son perfume que no se perderá jamás (GF, 175).

15  Yo no me cansaré de orar a Jesús. Es verdad que mis oraciones son más dignas de castigo que de premio, porque he disgustado demasiado a Jesús con mis incontables pecados; pero, al final, Jesús se apiadará de mí (Epist.I, p.209).

16  Todas las oraciones son buenas, siempre que vayan acompañadas por la recta intención y la buena voluntad (AdFP, 552).

17  Reflexionad y tened siempre ante los ojos de la mente la gran humildad de la Madre de Dios y Madre nuestra. En la medida en que crecían en ella los dones del cielo, ahondaba cada vez más en la humildad (Epist.II, p.419).

18  Como las abejas que sin titubear atraviesan una y otra vez las amplias extensiones de los campos, para alcanzar el bancal preferido; y después, fatigadas pero satisfechas y cargadas de polen, vuelven al panal para llevar a cabo allí en una acción fecunda y silenciosa la sabia transformación del néctar de las flores en néctar de vida: así vosotros, después de haberla acogido, guardad bien cerrada en vuestro corazón la palabra de Dios. Volved a la colmena, es decir, meditadla con atención, deteneos en cada uno de los elementos, buscad su sentido profundo. Ella se os manifestará entonces con todo su esplendor luminoso, adquirirá el poder de destruir vuestras naturales inclinaciones hacia lo material, tendrá el poder de transformarlas en ascensiones puras y sublimes del espíritu, y de unir vuestro corazón cada vez más estrechamente al Corazón divino de vuestro Señor  (GF, 196s.).

19   El alma cristiana no deja pasar un solo día sin meditar la pasión de Jesucristo (OP).

20  Para que se dé la imitación, es necesaria la meditación diaria y la reflexión frecuente sobre la vida de Jesús; de la meditación y de la reflexión brota la estima de sus obras; y de la estima, el deseo y el consuelo de la imitación (Epist.I, p.1000).

21  Ten paciencia al perseverar en este santo ejercicio de la meditación y confórmate con comenzar dando pequeños pasos, hasta que tengas dos piernas para correr, y mejor, alas para volar; conténtate con obedecer, que nunca es algo sin importancia para un alma que ha elegido a Dios por su heredad; y resígnate a ser por el momento una pequeña abeja de la colmena que muy pronto se convertirá en una abeja grande, capaz de fabricar la miel.
Humíllate siempre y amorosamente ante Dios y ante los hombres, porque Dios habla verdaderamente al que se presenta ante él con un corazón humilde (Epist.III, p.980).

22  No puedo, pues, admitir y, como consecuencia, dispensarte de la meditación sólo porque te parezca que no sacas ningún provecho. El don sagrado de la oración, mi querida hija, lo tiene el Salvador en su mano derecha; y a medida que te vayas vaciando de ti misma, es decir, del amor al cuerpo y de tu propia voluntad, y te vayas enraizando en la santa humildad, el Señor lo irá comunicando a tu corazón (Epist.III, p.979s.).

23  La verdadera causa por la que no siempre consigues hacer bien tus meditaciones yo la descubro, y no me equivoco, está en esto: Te pones a meditar con cierto nerviosismo y con una gran ansiedad por encontrar algo que pueda hacer que tu espíritu permanezca contento y consolado; y esto es suficiente para que no encuentres nunca lo que buscas y no fijes tu mente en la verdad que meditas. Hija mía, has de saber que cuando uno busca con prisas y avidez un objeto perdido, lo tocará con las manos, lo verá cien veces con sus ojos, y nunca lo advertirá.
De esta vana e inútil ansiedad no te puede venir otra cosa que no sea un gran cansancio de espíritu y la incapacidad de la mente para detenerse en el objeto que tiene presente; y la consecuencia de esta situación es cierta frialdad y sin sentido del alma, sobre todo en la parte afectiva.
Para esta situación no conozco otro remedio fuera de éste: salir de esta ansiedad, porque ella es uno de los mayores engaños con los que la virtud auténtica y la sólida devoción pueden jamás tropezar; aparenta enfervorizarse en el bien obrar, pero no hace otra cosa que entibiarse, y nos hace correr para que tropecemos (Epist.III, p.980s.).

24  El que no medita puede hacer como el que no se mira nunca al espejo, que no se preocupa de salir arreglado. Puede estar sucio sin saberlo.
El que medita y piensa en Dios, que es el espejo de su alma, busca conocer sus defectos, intenta corregirlos, se reprime en sus impulsos y pone su conciencia a punto (AdFP, 548).

25  No sé ni compadecerte ni perdonarte el que con tanta facilidad dejes la comunión y también la santa meditación. Recuerda, hija mía, que no se llega a la salvación si no es por medio de la oración; y que no se vence en la batalla si no es por la oración. A ti te corresponde, pues, la elección (Epist.III, p.414).

26  En cuanto a lo que me dices que sientes cuando haces la meditación, has de saber que es un engaño del diablo. Estáte, pues, atenta y vigilante. No dejes jamás la meditación por este motivo; de otro modo, convéncete de que muy pronto serás vencida por completo (Epist.III, p.405).

27  Tú, mientras tanto, no te aflijas hasta el extremo de perder la paz interior. Ora con perseverancia, con confianza y con la mente tranquila y serena (Epist.III, p.452).

28  Rogad por los malos, rogad por los fervorosos, rogad por el Sumo Pontífice y por todas las necesidades espirituales y temporales de la santa Iglesia, nuestra tiernísima madre; y elevad una súplica especial por todos los que trabajan por la salvación de las almas y por la gloria del Padre celestial (Epist.II, p.70).


Augurio de Padre Pio


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Oración al Divino Niño que recitaba Padre Pio en Navidad


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¡Oh, Divinísimo Espíritu, mueve mi corazón para adorar y amar!

Ilumina mi intelecto para contemplar lo sublime de este gran Misterio de caridad, de un Dios que se hizo Niño.

Enciende mi voluntad para que pueda con ella dar calor al Dios que por mí tiembla sobre la paja.

Madre mía María, condúceme contigo a la gruta de Belén y haz que me sumerja en la contemplación

de todo lo grande y sublime que está por desarrollarse en el silencio de esta noche, la más bella y grande que el mundo haya visto jamás. Amén

"La Navidad" Meditación de Padre Pio


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Lejos en la noche, en la época más fría del año, en una fría cueva, más adecuada para un rebaño de bestias que para los seres humanos, el prometido Mesías, Jesús el salvador de la humanidad, viene al mundo en la plenitud de los tiempos.

No hay nadie que clame a su alrededor: sólo un buey y una mula dando su calor al recién nacido, con una humilde mujer y un hombre pobre y cansado, en adoración a su lado.
Nada puede ser oído, salvo los sollozos y gemidos del niño Dios. Y por medio de su llanto y lágrimas él ofrece a la justicia divina el primer rescate por nuestra redención.
Se esperaba desde hace cuarenta siglos; con suspiros de nostalgia los antiguos Padres habían implorado su llegada.

Las Sagradas Escrituras profetizan claramente la hora y el lugar de su nacimiento, y sin embargo el mundo está en silencio y nadie parece darse cuenta del gran evento.
Sólo unos pastores, que habían estado ocupados cuidando sus ovejas en los pastos, vienen a visitarlo. Visitantes celestiales les habían alertado del suceso maravilloso, invitándoles a acercarse a su cueva.
¡Son abundantes Oh cristianos, las lecciones que brillan desde la gruta de Belén!

¡Oh, cómo nuestros corazones deberían arder de amor por aquel que con tanta ternura se hizo carne por nosotros!

¡Oh, cómo debemos arder con el deseo de guiar al mundo entero a esta pobre gruta, refugio del Rey de reyes, más grande que cualquier palacio mundano, porque es el trono y el lugar de morada de Dios!

Pidamos a este niño divino vestirnos de humildad, porque sólo por medio de esta virtud podemos gustar la plenitud de este misterio de la ternura divina.
Relucientes fueron los palacios de los orgullosos hebreos. Sin embargo, la luz del mundo no apareció en ninguno de ellos. Ostentosos con grandeza mundana, nadando en oro y en placeres, eran los grandes de la nación hebrea; llenos de conocimiento y orgullo vano estaban los sacerdotes del santuario.

En oposición al verdadero significado de la revelación divina, ellos esperaban un salvador entrometido, que vendría al mundo con fama y poder humanos.
Pero Dios, siempre dispuesto a confundir la sabiduría del mundo, rompe sus planes. Contrariamente a las expectativas de los que carecen de la sabiduría divina, aparece entre nosotros, en la mayor abyección, renunciando incluso a nacer en la casa humilde de San José, negándose a sí mismo una morada modesta entre los familiares y amigos en una ciudad de Palestina.
Negado el alojamiento entre los hombres, busca refugio y consuelo entre los animales simples, eligiendo su vivienda como el lugar de su nacimiento, permitiendo que su respiración le de calor a su cuerpo tierno.
Él permite que pastores sencillos y rústicos sean los primeros en presentarle sus respetos, después de que él les informó, por medio de sus ángeles, del maravilloso misterio.

¡Oh sabiduría y poder de Dios!, nos vemos obligados a exclamar – extasiados junto con su Apóstol – ¡cuán incomprensibles son sus juicios e inescrutables sus caminos! Pobreza, humildad, abyección, desprecio, todo alrededor de la Palabra hecha carne.

Pero nosotros, fuera de la oscuridad que envuelve a la encarnación de la Palabra, entendemos una cosa, oímos una voz, percibimos una verdad sublime: ¡Tú has hecho todo por amor, tú nos invitas a amar, a no hablar de otra cosa que de amor, darnos como pruebas de amor!

El bebé celestial sufre y llora en la cuna para que el sufrimiento nuestro sea dulce, meritorio y aceptado. Se priva de todo, para que podamos aprender de él la renuncia a los bienes terrenales y comodidades.

Él está satisfecho con adoradores humildes y pobres, para animarnos a amar la pobreza, y preferir la compañía de los -más bien-- pequeños y simples, que de los grandes del mundo.
Este niño celestial, toda mansedumbre y dulzura, desea impregnar en nuestros corazones su ejemplo de estas virtudes sublimes, de modo que a partir de un mundo que está roto y devastado, pueda brotar una era de paz y de amor.

Incluso desde el momento de su nacimiento nos revela nuestra misión, que consiste en despreciar lo que el mundo ama y busca.

¡Oh, postrémonos delante del pesebre y con el gran San Jerónimo, el santo inflamado por el amor del Niño Jesús, debemos ofrecerle todo nuestro corazón sin reserva alguna, prometiéndole poner en práctica sus enseñanzas, las cuales llegan a nosotros de la gruta de Belén y manifiestan claramente que sobre este mundo todo es vanidad de las vanidades y nada más que vanidad!
(: Epistolario IV)


NOTA
En agosto de 1945 estuve en el convento de los Padres Capuchinos de San Giovanni Rotondo por un período de descanso. Durante una visita que le hice al Padre Pío por motivos de estudio le pedí papel para escribir. Después de unos días, el Padre me dio un cuaderno de 160 hojas, diciéndome: “Esto es lo que necesitas. Encontrarás algunas hojas escritas, pero no te preocupes, empieza a escribir en la parte opuesta. Cuando el cuaderno no te sirva más, me lo restituirás”. Conmovido le agradecí el regalo, pero después –confieso mi culpa- no puse en práctica su recomendación. Efectivamente no sólo leí lo que estaba escrito en aquel cuaderno, sino que, también publiqué todos aquellos escritos, previa autorización.
Padre Ezechia Cardone, O.F.M.

2 anécdotas de Padre Pio y el niño Jesús


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 1   La tarde del 19 de septiembre de 1919, hecha la confesión general con el Padre Pío, el p. Raffaele da S. Elia a Pianisi –estaba recién licenciado de la guerra, 1915-1918- fue alentado por él para proseguir los estudios, interrumpidos durante ocho años, bendecido y con la certeza de su ayuda; y en tal circunstancia el p. Rafaelle relata: “Dormía yo en una celda angosta, casi de frente a la n. 5 donde estaba el Padre Pío. Ignoro el porqué, quizás debido al calor, hacia media noche me levanté de la cama casi sobresaltado. El corredor estaba en tinieblas, sólo rotas por la luz incierta de un candil de petróleo. Mientras estaba en la puerta para salir, he aquí que pasa el Padre Pío de regreso del coro donde había estado en oración. Era medianoche.
     El Padre Pío todo luminoso con el Niño Jesús en brazos, andaba a pasos lentos y murmuraba rezos. Pasa delante de mí, todo radiante, y no se percata de mi presencia. Sólo algunos años después me enteré de que el 20 de septiembre celebraba el primer aniversario de sus estigmas”.
 De Padre Pio Cireneo de todos, Alessandro da Ripabottoni

2 Lucía Ladanza, hija espiritual del Padre Pío, es quien narra lo ocurrido el 24 de diciembre de 1922 cuando quiso pasar la vigilia de Navidad junto al Padre.
Aquella noche hacía frío y los frailes habían llevado a la sacristía un brasero con fuego. Ella, y otras tres mujeres se quedaron junto al brasero esperando la media noche, para asistir a la Misa que debía celebrar el Padre Pío. Las otras tres mujeres comenzaron a adormecerse, mientras ella seguía rezando el rosario.

En ese momento vio que por la escalera interior de la sacristía, bajaba el Padre Pío y se detuvo junto a la ventana. De improviso, dice, envuelto en un halo de luz apareció el Niño Jesús entre los brazos del Padre Pío… cuyo rostro se volvió todo radiante. Cuando desapareció la visión, el Padre advirtió que Lucía, estaba despierta y lo miraba fijamente, atónita. Se le acercó y le dijo: "Lucía, ¿qué has visto?" Ella respondió: "Padre, he visto todo". El Padre Pío, entonces, le advirtió con severidad: "No digas nada a nadie".

Novena de la Natividad del Niño Jesús


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[Gloria in excelsis Deo. Estampa religiosa de principios del siglo XX]
[Gloria in excelsis Deo. Estampa religiosa de principios del siglo XX]

NOVENA DE LA NATIVIDAD DEL NIÑO JESÚS

En el nombre del Padre... Rezar a continuación las siguientes oraciones durante nueve días consecutivos:

I. Ofrecimiento. Oh Padre eterno, os ofrezco a honra y gloria vuestra, y por mi salvación y la de todo el mundo, el misterio del Nacimiento de nuestro divino Redentor. Gloria, Padrenuestro y Avemaría.


II. Ofrecimiento. Oh Padre eterno, os ofrezco a honra y gloria vuestra, y por mi eterna salvación, los sufrimientos de la Virgen santísima y de san José en aquel largo y penoso viaje de Nazaret a Belén, y las angustias de su corazón por no encontrar lugar donde ponerse a cubierto cuando estaba para nacer el Salvador del mundo. Gloria, Padrenuestro y Avemaría.


III. Ofrecimiento. Oh Padre eterno, os ofrezco a honra y gloria vuestra, y por mi eterna salvación, el pesebre donde nació Jesús, el duro heno que le sirvió de cama, el frío que sufrió, los pañales en que fue envuelto, las lágrimas que derramó y sus tiernos gemidos. Gloria, Padrenuestro y Avemaría.


IV. Ofrecimiento. Oh Padre eterno, os ofrezco a honra y gloria vuestra, y por mi eterna salvación, el dolor que sufrió el divino niño Jesús en su tierno cuerpecito, cuando se sujetó a la cruel circuncisión; os ofrezco aquella preciosísima sangre, que entonces derramó por primera vez para la salvación de todo el género humano. Gloria, Padrenuestro y Avemaría.


V. Ofrecimiento. Oh Padre eterno, os ofrezco a mayor honra y gloria vuestra, y por mi eterna salvación, la humildad, la mortificación, la paciencia la caridad, y todas las virtudes del niño Jesús, y os doy gracias, os amo y os bendigo infinitamente por este inefable misterio de la Encarnación del Verbo divino. Gloria, Padrenuestro y Avemaría.