Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Carta a Raffaellina Cerase


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Tengamos el pensamiento orientado continuamente hacia el cielo, nuestra verdadera patria, del que la tierra no es más que imagen, conservando la serenidad y la calma en todos los sucesos, sean alegres o tristes, como corresponde a un cristiano, y más a un alma formada con especial cuidado en la escuela del dolor.
En todo esto te estimulen siempre los motivos que da la fe y los ánimos de la esperanza cristiana; y, comportándote así, el Padre del cielo endulzará la amargura de la prueba con el bálsamo de su bondad y de su misericordia. Y es a esta bondad y misericordia del Padre celestial a la que el piadoso y benéfico ángel de la fe nos invita y nos urge a recurrir con una oración insistente y humilde, teniendo la firme esperanza de ser escuchados, porque confiamos en la promesa que nos hace el Maestro divino: «Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá… Porque todo lo que pidáis al Padre en mi nombre se os dará».
Sí, oremos y oremos siempre en la serenidad de nuestra fe, en la tranquilidad del alma, porque la oración cordial y fervorosa penetra los cielos y encierra en sí una garantía divina.

 (24 de junio de 1915 – Ep. II, p. 452)

El testamento espiritual


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La señorita Cleonice Morcaldi cuenta:

«El 2 de septiembre de 1968, pregunté al Padre cómo tendría que agradecer al Señor el haber dado a la Iglesia, al mundo, el primer sacerdote estigmatizado. No respondió. Dije entonces: “Padre, he pensado en rezar 58 Gloria Patri o 58 Magnificat ante Jesús Sacramentado. Entonces me respondió: “Reza el Magnificat”».

Algunos días antes de su bienaventurada muerte, invitado a decir una palabra final, exhortó así: «Amad a la Virgen María y haced que la amen. Rezad cada día el santo rosario».

He aquí el testamento espiritual de San Pío de Pietrelcina: el Magnificat y el santo rosario.

de "LA PRESENCIA MATERNA DE MARÍA EN LA VIDA DEL PADRE PÍO " -   Fr. GERARDO DI FLUMERI

Carta a las hermanas Ventrella


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Las tinieblas que rodean el cielo de vuestras almas son luz; y hacéis bien en decir que no veis nada y que os encontráis en medio de una zarza ardiendo. La zarza arde, el aire se llena de densas nubes, y el espíritu no ve ni comprende nada. Pero Dios habla y está presente al alma que siente, comprende, ama y tiembla.

Hijitas mías, animaos; no esperéis al Tabor para ver a Dios; ya lo contempláis en el Sinaí. Pienso que el vuestro no es el estómago interior revuelto e incapaz de gustar el bien; él ya no puede apetecer más que el Bien Sumo en sí mismo y no ya en sus dones. De aquí nace el que no quede satisfecho con lo que no es Dios.

El conocimiento de vuestra indignidad y deformidad interior es una luz purísima de la divinidad, que pone a vuestra consideración tanto vuestro ser como vuestra capacidad de cometer, sin su gracia, cualquier delito.

Esta luz es una gran misericordia de Dios, y fue concedida a los más grandes santos, porque pone al alma al abrigo de todo sentimiento de vanidad y de orgullo; y aumenta la humildad, que es el fundamento de la verdadera virtud y de la perfección cristiana. Santa Teresa también tuvo este conocimiento, y dice que, en ciertos momentos, es tan penoso y horrible que podría causar la muerte si el Señor no sostuviera el corazón.

(7 de diciembre de 1916  – Ep. III, p.541)

Padre Pio y el àngel de la guarda


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Un ángel como compañero.

El mundo que rodeaba a Padre Pío no estaba hecho solo de cosas visibles.
Solo quien ha estado a su lado de una manera bastan¬te íntima o en las horas de silencio o en los momentos de intimidad personal se ha dado cuenta de que alrededor de él circundaban personajes que no era posible ver pero que se percibían, que no se sentían, pero de los cuales se intuía su presencia.

Cuando hablamos de ángeles, y particularmente de ángeles de la guarda, nos refugiamos en la fe. Creemos en su existencia y en sus intervenciones en la vida de los hombres porque así está escrito en la doctrina teológica y en las Sagradas Escrituras. Creemos y ya está. Y en este caso creer no nos supone ningún esfuerzo.

Sin embargo, percibir su presencia de manera indirecta, sin implicarse, de uno modo totalmente ajeno y sólo porque se haya tenido la fortuna de estar junto a alguien que tenía una cierta relación de familiaridad con estos seres inmateriales, puede atemorizar un poco, ahora que lo pienso. De todas maneras, en este caso no era así porque resulta que la persona que gozaba de este trato íntimo con los ángeles era maravillosa, paternal, maternal, fraternal transmitía a los demás una serenidad y seguridad familiar.

Él era un guarda atento de sus secretos y del mundo que existía en su interior, cuando se revelaba alguna cos extraordinaria, él, con su sonrisa y su ingenio, con la simplicidad de su comportamiento y con ese hacer sencillo que le caracterizaba, la reconducía y la decantaba a la dimensiones de la cotidianidad.

Tenía la capacidad de eliminar las distancias, de establecer un contacto humano que invitaba a la confianza de convertir el ambiente arcano en un hogar para aquellos que lo circundaban. Con él, el cielo estaba al alcance de la mano. Conseguía hacer sentir a gusto a aquellos que; lo asistían y estaban a su lado para ayudarlo en aquella zona imprecisa entre cielo y tierra, donde se cruzaban y se encontraban el mundo material y el espiritual.

Decir que Padre Pío tenía a un ángel como compañero es cierto, pero sería demasiado limitativo para él, ya que podría dar a entender que, a pesar de que convivir con otros hermanos, hijos espirituales, amigos y devotos, estaba talmente aislado sobre la tierra que no tenía un solo amigo.

La figura del ángel como compañero debe ser entendida como una presencia que está permanentemente a su lado, con discreción, invisible guarda de sus pasos y de sus pensamientos en todos los momentos del día, alguien a quien podía acudir con confianza ante cualquier eventualidad. Las otras personas, los hermanos, los amigos, los hijos espirituales se alternaban en torno a él iban y venían, iban y venían. El ángel, en cambio, siempre estaba allí. Utilizar el atributo «compañero» para hacer referencia al ángel de la guarda es cosa del propio Padre Pío, que lo dice todo al llamar a su ángel de la guarda «compañero de mi infancia»
.
De hecho, después de una noche que, a causa de una «broma» de mal gusto del maligno, transcurrió sumida en un tormento indescriptible que solo consiguió superar gracias a las certidumbres de su ángel, escribe una carta a su confesor el P. Agustino de S. Marco en Lamis en la que le revela su angustiado estado de ánimo y la ayuda que recibe:

«El compañero de mi infancia intenta atenuar los do¬lores que me infligen aquellos apóstatas impuros acunándome en un sueño de esperanza».

Era el mes de diciembre de 1912. Padre Pío estaba en Pietrelcina. Tenía 25 años.
Los demonios lo atormentaban física y moralmente, debilitándolo y provocándole depresiones espirituales. Aquel día debía estar realmente triste y preocupado por su futuro debido a la persistencia de aquellos seres malignos en causarle mal e insinuarle pensamientos de des¬esperanza y a su malicia, pues recurrían a todo tipo de métodos, argucias y trucos para engañarlo y disuadirlo del camino de la perfección.

El pasaje previamente citado nos ayuda a comprender esta relación: se trata de una amistad que ya viene de tiempo atrás, un sentimiento nostálgico, la imagen de una cuna, la necesidad de huir de la realidad presente, la proyección del futuro. Resumiendo en pocas palabras: la realidad se une con la poesía. Al llamar a su ángel «compañero de mi infancia», Padre Pío nos hace entender que aquella amistad se remontaba a la época de su vida en familia, antes todavía de que entrase en la Orden de los capuchinos, es decir, a la época de las fábulas para las cuales nadie en su familia tenía tiempo, y además ninguno tenía, cultura ni capacidad para contarlas. Y por eso, como en: una fábula, tenía a un ángel como compañero y, al mismo tiempo, un ángel tenía a un muchacho como amigo.

Quizás por esta razón Padre Pío todavía se ve a sí mismo como un muchacho acunado por el ángel, sin negar su estado actual de joven desconsolado, necesitado de esperanzas.
Me he detenido un poco en exceso en este episodio de la vida de Padre Pío porque es importante para lograr comprender todo lo que ha ocurrido entre él, su ángel y aquellos que estaban a su lado.
Padre Eusebio, que asistió a Padre Pío desde 1961 a 1965, escribió sobre los ángeles de la guarda y sobre Padre Pío: «El ángel comenzó temprano su obra, cuando Padre Pío todavía era un muchacho».
«Más adelante», dice el P. Eusebio, «avanzado en edad y santidad, Padre Pío llamará acertadamente a su ángel de la guarda "compañero de mi infancia". Tal definición revela la estrecha relación entre el pequeño Francesco (futuro Padre Pío) y su angelito. Un compañero no es una persona que uno se encuentra de vez en cuando o en ra¬ras ocasiones, sino alguien a quien se ve a menudo y con quien se mantiene una relación de amistad. Se le quiere y se es su compañero de juegos. Padre Pío, ya desde niño tenía un compañero celeste que animó su infancia y que le sirvió de conforto y ayuda en los momentos difíciles y a la hora le solucionaba los problemas de comunicación con sus hijos espirituales».

Al enunciar todo aquello a lo que ha hecho referencia Padre Eusebio se descubre una realidad insólita para nosotros pero normal para Padre Pío, una realidad impresionante si se piensa en que el santo hermano era muy cercano a nosotros gracias a su gran humanidad, un hombre que vivió y actuó como cualquier otro ser humano, pero que también tocó las más altas esferas de la dimensión espiritual y sobrenatural, un mundo del que su espíritu se nutrió abundantemente.

Y será justamente este «compañero de infancia» quien lo acompañará durante toda su existencia. Padre Eusebio continúa: «Este ángel estará junto a él cuando abandone a su familia y las prospectivas terrenales para dedicarse a Dios; lo ayudará durante el año del noviciado, en sus estudios para convertirse en sacerdote y se preocupará de que Padre Pío llegue a ser un digno ministro de Cristo. Lo guiará por el sendero de su excelentísima santidad y estará a su lado cuando tenga que soportar los asaltos del maligno, que parece abandonar el infierno y olvidarse del resto del mundo para centrarse únicamente en combatir contra el joven fraile». El ángel no lo abandonará jamás en esta pugna, que en ciertos momentos se volverá atroz y que durará toda la vida.

«He aquí la razón por la cual Padre Pío tenía por su ángel de la guarda una profunda, tierna y confidente devoción que rompía toda barrera y reducía cualquier diferencia entre ellos, haciendo de Padre Pío un ángel y de su ángel una criatura humana. Esta realidad irá creciendo constantemente con el paso de los años y con el acerca¬miento de Padre Pío a aquella Santidad a la que Dios le había llamado».

El compañero de su infancia también ha sido su amigo durante la juventud, su confidente durante la madurez y su apoyo en la vejez. Y, además, era quien le servía de ayuda en su «caminar» lejos del convento, a lo largo del mundo, para socorrer a las personas que lo necesitaban, que pedían su intervención.

(Fragmento extraìdo de "Envìame a tu àngel de la guarda" del  P. Alessio Parente)

Mes de Agosto


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1  El Señor nos descubre que a veces somos poca cosa. En verdad, me resulta inconcebible que uno que tenga inteligencia y conciencia, pueda enorgullecerse (GB, 57).

2  Os digo, además, que améis vuestra bajeza; y amar la propia bajeza, hijas mías, consiste en esto: si sois humildes, pacíficas, dulces, y mantenéis la confianza en los momentos de obscuridad y de impotencia, si no os inquietáis, no os angustiáis, no perdéis la paz por nada, sino que abrazáis estas cruces cordialmente –no digo precisamente con alegría sino con decisión y constancia- y permanecéis firmes en estas tinieblas..., actuando así, amaréis vuestra bajeza, porque ¿qué es ser objeto de bajeza sino estar en la obscuridad y en la impotencia? (Epist.III, p.566).

3  Pidamos también nosotros a nuestro querido Jesús la humildad, la confianza y la fe de nuestra querida santa Clara; como ella, oremos fervorosamente a Jesús, entregándonos a él y alejándonos de los artilugios engañosos del mundo en el que todo es locura y vanidad. Todo pasa, sólo Dios permanece para el alma, si ésta ha sabido amarle de verdad (Epist.III, p.1092).

4  Hay algunas diferencias entre la virtud de la humildad y la del desprecio de uno mismo, porque la humildad es el reconocimiento de la propia bajeza; ahora bien, el grado más alto de la humildad consiste, no sólo en reconocer la propia bajeza, sino en amarla; a esto, pues, os exhorto yo (Epist.III, p.566).

5  No os acostéis jamás sin haber examinado antes vuestra conciencia sobre cómo habéis pasado el día, y sin haber dirigido todos vuestros pensamientos a Dios, para hacerle la ofrenda y la consagración de vuestra persona y la de todos los cristianos. Ofreced además para gloria de su divina majestad el descanso que vais a tomar y no os olvidéis nunca del ángel custodio, que está siempre con vosotros (Epist.II, p.277).

6  Debes insistir principalmente en lo que es la base de la justicia cristiana y el fundamento de la bondad, es decir, en la virtud de la que Jesús, de forma explícita, se presenta como modelo; me refiero a la humildad. Humildad interior y exterior, y más interior que exterior, más vivida que manifestada, más profunda que visible. Considérate, mi queridísima hija, lo que eres en realidad: nada, miseria, debilidad, fuente sin límites y sin atenuantes de maldad, capaz de convertir el bien en mal, de abandonar el bien por el mal, de atribuirte el bien o justificarte en el mal, y, por amor al mismo mal, de despreciar al sumo Bien (Epist.III, p.713).

7  Estoy seguro de que deseáis saber cuáles son las mejores humillaciones. Yo os digo que son las que nosotros no hemos elegido, o también las que nos son menos gratas, o mejor dicho, aquéllas a las que no sentimos gran inclinación; o, para hablar claro, las de nuestra vocación y profesión. ¿Quién me concederá la gracia, mis querídimas hijas, de que lleguemos a amar nuestra propia bajeza? Nadie lo puede hacer sino aquél que amó tanto la suya que para mantenerla  quiso morir. Y esto basta (Epist.III, p.568).

8   Yo no soy como me ha hecho el Señor, pues siento que me tendría que costar más esfuerzo un acto de soberbia que un acto de humildad. Porque la humildad es la verdad, y la verdad es que yo no soy nada, que todo lo que de bueno hay en mí es de Dios. Y con frecuencia echamos a perder incluso aquello que de bueno ha puesto Dios en nosotros. Cuando veo que la gente me pide alguna cosa, no pienso en lo que puedo dar sino en lo que no sé dar; y por lo que tantas almas quedan sedientas por no haber sabido yo darles el don de Dios.
El pensamiento de que cada mañana Jesús se injerta a sí mismo en nosotros, que nos invade por completo, que nos da todo, tendría que suscitar en nosotros la rama o la flor de la humildad. Por el contrario, he ahí cómo el diablo, que no puede injertarse en nosotros tan profundamente como Jesús, hace germinar con rapidez los tallos de la soberbia. Esto no es ningún honor para nosotros. Por eso tenemos que luchar denodadamente para elevarnos. Es verdad: no llegaremos nunca a la cumbre sin un encuentro con Dios. Para encontrarnos, nosotros tenemos que subir y él tiene que bajar. Pero, cuando nosotros ya no podamos más, al detenernos, humillémonos, y en este acto de humildad nos encontraremos con Dios, que desciende al corazón humilde (GB, 61).

9  La verdadera humildad del corazón es aquélla que, más que mostrarla, se siente y se vive. Ante Dios hay que humillarse siempre, pero no con aquella humildad falsa que lleva al abatimiento, y que produce desánimo y desesperación.
Hemos de tener un bajo concepto de nosotros mismos. Creernos inferiores a todos. No anteponer nuestro propio interés al de los demás (AP).

10  En este mundo ninguno de nosotros merece nada; es el Señor quien es benévolo con nosotros, y es su infinita bondad la que nos concede todo, porque todo lo perdona (CE, 47).

11  Si hemos de tener paciencia para soportar las miserias de los demás, mucho más debemos soportarnos a nosotros mismos.
En tus infidelidades diarias, humíllate, humíllate, humíllate siempre. Cuando Jesús te vea humillado hasta el suelo, te alargará la mano y se preocupará él mismo de atraerte hacia sí (AP).

12  Tú has construido mal. Destruye y vuelve a construir bien (AdFP, 553).

13  ¿Qué otra cosa es la felicidad sino la posesión de toda clase de bienes que hace al hombre plenamente feliz? Pero ¿es posible encontrar en este mundo alguien que sea plenamente feliz? Seguro que no. El hombre habría sido él mismo si se hubiese mantenido fiel a su Dios. Pero como el hombre está lleno de delitos, es decir, lleno de pecados, no puede nunca ser plenamente feliz. Por tanto, la felicidad sólo se encuentra en el cielo. Allí no hay peligro de perder a Dios, ni hay sufrimientos, ni muerte, sino la vida sempiterna con Jesucristo (CS, n.67, p.172).

14  Padre, ¡qué bueno es usted!
- Yo no soy bueno, sólo Jesús es bueno. ¡No sé cómo este hábito de San Francisco que visto, no huye de mí! El mayor delincuente de la tierra es oro comparado conmigo (T, 118).

15  La humildad y la caridad caminan siempre juntas. La primera glorifica y la otra santifica.
La humildad y la pureza de costumbres son alas que elevan hasta Dios y casi nos divinizan (T, 54).

16  Humíllate siempre y amorosamente ante Dios y ante los hombres, porque Dios habla al que tiene un corazón sinceramente humilde ante él. Dios lo enriquece con sus dones (T, 54).

17  Miremos primero hacia arriba y después mirémonos a nosotros mismos. La distancia sin límites entre el azul del cielo y el abismo produce humildad (T, 54).

18  Si permanecer en pie dependiese de nosotros, con seguridad que al primer soplo caeríamos en manos de los enemigos de nuestra salvación. Confiemos siempre en la conmiseración divina y experimentaremos cada vez más qué bueno es el Señor (Epist.IV, p.193).

19  Antes que nada, debes humillarte ante Dios más bien que hundirte en el desánimo, si él te reserva los sufrimientos de su Hijo y quiere hacerte experimentar tu propia debilidad; debes dirigirle la oración de la resignación y de la esperanza si es que caes por debilidad, y debes agradecerle tantos beneficios con que te va enriqueciendo (T, 54).

20  ¿Qué es lo que puedo hacer yo? Todo viene de Dios. Yo sólo soy rico en una cosa, en una infinita indigencia (T, 119).

21  Si Dios nos quitase todo lo que nos ha dado, nos quedaríamos con nuestros harapos (ER, 17).

22  ¡Cuánta malicia hay en mí!...
- Manténte en este convencimiento; humíllate pero no pierdas la paz (AP).

23  Estáte atenta para no caer nunca en el desánimo al verte rodeada de flaquezas espirituales. Si Dios te deja caer en alguna debilidad, no es para abandonarte sino únicamente para afianzarte en la humildad y hacerte más precavida de cara al futuro (FM, 168).

24  El mundo no nos aprecia porque seamos hijos de Dios; consolémonos porque, al menos por una vez, reconoce la verdad y no miente (ASN, 44).

25  Amad y poned en práctica la sencillez y la humildad y no os preocupéis de los juicios del mundo; porque, si este mundo no tuviese nada que decir contra nosotros, no seríamos verdaderos siervos de Dios (ASN, 43).

26  El amor propio, hijo de la soberbia, es más malvado que su misma madre (AdFP, 389).

27  La humildad es verdad, la verdad es humildad (AdFP, 554).

28  Dios enriquece al alma que se despoja de todo (AdFP, 553).

29  Someterse no significa ser esclavos sino solamente ser libres por seguir un santo consejo (FSP, 32).

30  Cumpliendo la voluntad de los demás, debemos ser conscientes de que hacemos la voluntad de Dios. Esta  se nos manifiesta en la de nuestros superiores y en la de nuestro prójimo (ASN, 43).

31  Manténte siempre unida estrechamente a la santa Iglesia católica, porque sólo ella te puede dar la paz verdadera, ya que sólo ella posee a Jesús sacramentado. El es el verdadero príncipe de la paz (FM, 166).



Carta a Raffellina Cerase


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En los asaltos del enemigo, en la prueba de la vida, levantémonos y supliquemos al Señor que quite y aleje siempre de nosotros el reino del enemigo y que nos conceda la gracia de ser acogidos en su reino cuando le plazca, y que le plazca que sea muy pronto.
No nos desviemos, en las horas de la prueba; por la constancia al obrar el bien, por la paciencia al combatir la buena batalla, venceremos la desfachatez de todos nuestros enemigos, y, como dijo el maestro divino, con la paciencia salvaremos nuestras almas, ya que la «tribulación obra la paciencia, la paciencia genera la prueba y la prueba hace brotar la esperanza». Sigamos a Jesús por el camino del dolor: mantengamos siempre fija nuestra mirada en la Jerusalén celestial y superaremos felizmente todas las dificultades que obstaculizan nuestro viaje para llegar a ella.

 (14 de octubre de 1915, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 514)

Mes de Julio


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1  Dios no quiere que experimentes de forma sensible el sentimiento de la fe, esperanza y caridad, ni que lo disfrutes si no en la medida que se necesita en cada ocasión. ¡Ay de mí!, ¡qué felices somos al estar tan íntimamente atados por nuestro celeste tutor! No debemos hacer otra cosa que lo que hacemos, es decir, amar a la divina providencia y abandonarnos en sus brazos y en su seno.
No, Dios mío, yo no deseo gozo mayor de mi fe, de mi esperanza y de mi caridad, que el poder decir sinceramente, aunque sea sin gusto y sin sentirlo, que preferiría morir antes que abandonar estas virtudes (Epist.III, p.421s.).

2  Dame y consérvame aquella fe viva que me haga crecer y actuar por solo tu amor. Y éste es el primer don que te ofrezco; y unido a los santos magos, postrado a tus pies, te confieso sin ningún respeto humano, delante del mundo entero, por nuestro verdadero y único Dios (Epist.IV, p.884).

3  Bendigo de corazón a Dios que me ha dado a conocer personas verdaderamente buenas, y porque también a ellas he anunciado que sus almas son la viña de Dios; la cisterna es la fe; la torre es la esperanza; el lagar es la santa caridad; la valla es la ley de Dios que las separa de los hijos del mundo (Epist.III, p.586).

4  La fe viva, la creencia ciega y la plena adhesión a los que Dios ha dado autoridad sobre ti..., ésta es la luz que iluminó los pasos del pueblo de Dios en el desierto. Esta es la luz que brilla siempre en lo más alto de todos los espíritus gratos al Padre. Esta es la luz que condujo a los magos a adorar al mesías recién nacido. Esta es la estrella profetizada por Balaam. Esta es la antorcha que guía los pasos de estos espíritus desolados.
Y esta luz y esta estrella y esta antorcha son también las que iluminan tu alma, dirigen tus pasos  para que no vaciles, fortifican tu espíritu en el afecto a Dios y (hacen que), sin que el alma las conozca, se avance siempre hacia el destino eterno.
Tú ni lo ves ni lo entiendes, pero tampoco es necesario. Tú no verás más que tinieblas, pero no son las tinieblas que envuelven a los hijos de la perdición, sino las que rodean al Sol eterno. Ten por cierto y cree que este Sol resplandece en tu alma; y que este Sol es exactamente aquél del que cantó el vidente de Dios: Y en tu luz veré la luz (Epist.III, p.400s.).

5  La profesión de fe más bella es la que sale de tus labios en la obscuridad, en el sacrificio, en el dolor, en el esfuerzo supremo por buscar decididamente el bien; es la que, como un rayo, disipa las tinieblas de tu alma; es la que, en el relampaguear de la tormenta, te levanta y te conduce a Dios (CE, 57).

6  Ejercítate con particular esmero, hija mía querídisima, en la dulzura y en la sumisión a la voluntad de Dios, no sólo en las cosas extraordinarias sino también en aquéllas pequeñas que nos suceden cada día. Hazlo no sólo por la mañana sino también durante el día y por la tarde, con un espíritu tranquilo y alegre; y, si te sucediese que caes, humíllate, propóntelo de nuevo,  y después levántate y sigue (Epist.III, p.704).

7  El enemigo es demasiado fuerte; y, hechos todos los cálculos, parecería que la victoria tendría que sonreír al enemigo. ¡Ay de mí!, ¿quién me librará de las manos de este enemigo tan fuerte y tan poderoso, que no me deja libre un sólo instante, ni de día ni de noche? ¿Es posible que el Señor permita alguna vez mi caída? Desgraciadamente lo merecería; pero ¿será verdad que la bondad del Padre del cielo sea vencida por mi maldad? Esto jamás, jamás, Padre mío (Epist.I, p.552).

8  Preferiría ser traspasado por una fría hoja de cuchillo antes que desagradar a alguien (T, 45).

9  Buscar sí la soledad, pero sin faltar a la caridad con el prójimo (CE, 19).

10  Es necesario siempre, también al reprender, saber condimentar la corrección con modos corteses y dulces (GB, 34).

11  Faltar a la caridad es como herir a Dios en la pupila de sus ojos. ¿Hay algo más delicado que la pupila del ojo?
Faltar a la caridad es como pecar contra la naturaleza (AdFP, 555).

12  La beneficencia, venga de donde viniere, es siempre hija de la misma madre: la providencia (AdFP, 554).

13  Acuérdate de Jesús, manso y humilde de corazón. El “si os dejáis llevar de la ira que no sea hasta el punto de pecar”, es propio de los santos. Yo jamás me he arrepentido de actuar con dulzura; pero sí he sentido remordimiento de conciencia y me he tenido que confesar cuando he sido un poco duro. Pero, cuando hablo de suavidad, no me refiero a la que deja pasar todo. ¡Esa no! Me refiero a aquélla que, sin ser nunca descuidada, transforma la disciplina en algo dulce (GB, 34).

14  Donde no hay obediencia no hay virtud. Donde no hay virtud no hay bien, no hay amor; y donde no hay amor no está Dios; y sin Dios no se va al paraíso.
Todo esto forma como una escalera; y si falta uno de los peldaños, se viene abajo (AP).

15  Os conjuro por la mansedumbre de Cristo y por las entrañas misericordiosas del Padre celestial a no perder nunca el entusiasmo en el camino del bien. Corred siempre y no os detengáis nunca, convencidos de que, en este camino, detenerse equivale a volver hacia atrás (Epist.II, p.259).

16  ¡Me disgusta tanto ver sufrir! No tendría dificultad en atravesarme con un puñal el corazón si de este modo librara a alguien de un disgusto. Sí, esto me resultaría más fácil (T, 121).

17  Me he disgustado muchísimo al enterarme de que has estado enferma; pero me he alegrado también muchísimo al saber que te vas recuperando, y mucho más, al ver que, con ocasión de tu enfermedad, han reflorecido en vosotras la piedad auténtica y la caridad cristiana (Epist.III, p.1081).

18  Yo no puedo soportar ni la crítica ni el hablar mal de los hermanos. Es verdad que, a veces, me divierto en zaherirles, pero la murmuración me produce náuseas. Teniendo tantos defectos que criticar en nosotros, ¿para qué perdernos en contra de los hermanos? Y en nosotros, al faltar a la caridad, se corta la raíz del árbol de la vida, con peligro de que se seque (GB, 62).

19  La caridad es la reina de las virtudes. Del mismo modo que las perlas se mantienen unidas por el hilo, así las virtudes por la caridad. Y así como las perlas se caen si se rompe el hilo, de igual modo, si decrece la caridad, las virtudes desaparecen (CE, 11).

20  La caridad es la medida con la que el Señor nos juzgará a todos (AdFP, 560).

21  Recuerda que el gozne sobre el que gira la perfección es el amor; quien vive del amor vive en Dios, porque Dios es amor, como dijo el Apóstol (AdFP, 554).

22  Bendigo al buen Dios por los santos sentimientos que te da su gracia. Haces bien en no comenzar nunca una obra sin implorar antes la ayuda divina. Esto te obtendrá el don de la santa perseverancia (Epist.III, p.456).

23  Sufro y sufro mucho; pero, gracias al buen Jesús, tengo todavía un poco de fuerza; ¿y de qué no es capaz la criatura cuando tiene la ayuda del buen Jesús? (Epist.I, p.303).

24  Lucha, hija, con valentía, si ambicionas conseguir la recompensa de las almas fuertes (Epist.III, p.405).

25  No os neguéis de ningún modo y por ningún motivo a practicar la caridad con todos; más aún, si se os presentan ocasiones propicias, ofrecerla vosotros mismos. Mucho agrada esto al Señor y mucho os debéis esforzar por hacerlo (Epist.I, p.1213).

26  Debes tener siempre prudencia y amor. La prudencia pone los ojos, el amor pone las piernas. El amor, que pone las piernas, querría correr a Dios, pero su impulso para lanzarse hacia él es ciego y podría tropezar en ocasiones si no estuviese guiado por la prudencia que pone los ojos. La prudencia, cuando ve que el amor puede ser desenfrenado, le presta los ojos (CE, 17).

27  La sencillez es una virtud, pero hasta cierto punto. No le debe faltar nunca la prudencia; la picardía y la socarronería, por el contrario, son siempre diabólicas y causan mucho daño (AdFP, 391).

28  La vanagloria es un enemigo que acecha sobre todo a las almas que se han consagrado al Señor y que se han entregado a la vida espiritual; y, por eso, puede ser llamada con toda razón la tiña del alma que tiende a la perfección. Ha sido llamada con acierto por los santos carcoma de la santidad (Epist.I, p.396).

29  Haz que no perturbe a tu alma el triste espectáculo de la injusticia humana; también ésta, en la economía de las cosas, tiene su valor (MC, 13).

30  El Señor, para halagarnos, nos regala muchas gracias, y nosotros creemos tocar el cielo con la mano. Por el contrario, ignoramos que para crecer tenemos necesidad de pan duro; es decir, necesitamos cruces, pruebas, contradicciones (FSP, 86).

31  Los corazones fuertes y generosos no se afligen más que por graves motivos, e incluso estos motivos no logran penetrar en lo íntimo de su ser (MC, 57).