Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

¨Manos para la cosecha¨ por el Padre Gustavo Seivane


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Cristo ordena, organiza, jerarquiza, dispone… Es Pastor y Jefe. Y su autoridad encausa. Es firme servicio. Y su servicio es efusión de la divina gracia. Gracia congregante. Su pastoreo reúne con prolija claridad. Su rebaño lo sigue. Su Iglesia lo adora y sirve como a Señor de señores, y Rey de reyes… Así, dice el Evangelio que “el Señor designó a otros 72, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios a donde debía ir”.

Manos obreras se necesitan. Ayer, hoy, y siempre, obreros del Evangelio. Sembradores de vida santa. Propulsores del Evangelio. Sopladores de una fuerza conductora que levante hacia la eternidad. Dispensadores se necesitan. Distribuidores de los manantiales de Gracia que se vuelvan abundante y feliz cosecha.

¿Pero quién levanta a tiempo la mies, el fruto de lo sacrificado, de lo sembrado a veces entre lágrimas?

Manos para la cosecha. Manos y cantos de alabanza. Corazones izados en la fe… Cristo pide plegaria a la Iglesia, porque “uno siembra, otro cosecha, pero Dios es el que hace crecer”, dice el Apóstol.
La Iglesia misiona por vocación. El anuncio Pascual la fundamenta. “Hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”, dice el Señor. Corresponde entonces que nos percuta en esta liturgia la luminosa Palabra de Dios: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha”.

Una destinación: llevar luz. Ser sal de la tierra. Nutrir el tiempo de la Vida Trinitaria. Consagrarlo todo en la Verdad. Orientar los días en Cristo. Rescatar de la muerte. De la superficialidad. Del mero entretenimiento… Descubrir el Rostro de Dios a los hombres. A todos los aplastados por el paso de las horas sin sentido trascendente.

La Iglesia en sus miembros, y en su organización jerárquica, en su misión ungida, en su pertenencia a Cristo, lleva esa marca: “Anuncien el Evangelio” “Predíquenlo a toda la creación”. “¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos”, dice Jesús.

Es desafío del enviado andar sin temor entre lobos. Es prueba a su fe. Y será el grito del creyente el que espantará a los lobos. La fe será su escudo. Fe en el Buen Pastor, que asiste a su rebaño, y que lo defiende. “Yo doy mi vida por las ovejas”, dice Cristo, que será la esperanza del apóstol, y el refugio en las tormentas, las soledades, las incomprensiones, y el aullido de los enemigos.

Si Moisés debía mandar a los hijos de Israel que de las posesiones de su propiedad cedieran a los levitas ciudades para habitar, los discípulos de Cristo reciben el mandato del Señor de “no llevar dinero, ni alforja, ni calzado”… Para el embajador de Cristo hay una radicalidad que se le impone. Se le pide una entrega confiada de raíz. Vivir de la providencia en el camino de la fe. No acumular para sí. No afirmarse en sí mismo. Avanzar siempre. Como un heraldo del Absoluto. Desprendido para no quedar entrampado. Libre para imitar a Jesucristo en el amar. Y para mostrar el Rostro de Dios, descubrirlo, sin hacer acepción de personas. Un cúmulo de tesoros espirituales que fundamentan el gozo verdadero y la paz.

Sólo así, entonces, “al entrar en una casa digan primero: Que descienda la paz a esta casa”… El enviado al partir en misión desconoce lo que le espera. ¿Cómo prever si será amado o rechazado? ¿Cómo saber si los corazones se abrirán al mensaje o se cerrarán a la esperanza?  Y tantas veces, el misionero sembrará entre lágrimas, para cosechar entre cantares… Insondable el corazón humano. Puede caer de rodillas ante la Verdad, y puede despreciarla con arrogancia.

“En las ciudades y pueblos donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan, curen a los enfermos, y digan a la gente: El Reino de Dios está cerca”. Cercanía del Dios vivo. De su Reino anticipado en prodigios de Vida, salud, reconciliación, canto, enjugada de lágrimas, portentos de consuelo.

Isaías dice: “Al alma fiel le conservarás la paz, la paz porque en ti confía… Confíen en el Señor para siempre, porque el Señor es la Roca eterna. Pues Él ha abatido a los que habitaban en las alturas, ha abatido la ciudad soberbia, la ha humillado hasta el suelo, la ha agobiado hasta el polvo. La pisan los pies del pobre, los pasos del débil”.

“En todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan:¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes!”… Si te golpea el rechazo, tú sigue… No te entretengas embajador de Cristo. Nada hay que llevarse. En todo caso ora como Esteban en medio de la lluvia de piedras:”Señor Jesús recibe mi espíritu” Esteban, de rodillas clamó fuertemente:”Señor, no les tengas en cuenta este pecado”.

Cristo envía. Los enviados regresan. Cristo los recibe. ¡Cuánta algazara! ¡Qué feliz sumatoria de comentarios, acotaciones, notas! Sanaciones, liberaciones, conversiones, los perfiles de los habitantes de cada ciudad, los retrocesos del maligno, la paz como fruto de la Buena Noticia compartida. 
El Evangelio dice que “los 72 volvieron llenos de gozo”… ¡Estar colmados de gozo! ¿Quién no desea esto? Colmados. Una abundancia. Y todo en el Nombre del Señor Jesús. Y como comunidad. Desprendidos de los intereses personales. Absortos en la Causa del Reino… “Señor hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”.

Cristo los sostiene en su Corazón. ¡Qué hermoso es escuchar su Voz! ¡Creer en él! ¡Creer en su Iglesia! “Alégrense de que sus nombres estén escritos en el Cielo”… Caminando entre serpientes y escorpiones, cruzando regiones de lobos, a veces sacudiendo el polvo de las sandalias, y sin embargo, colmados de gozo santo. Esta es la bienaventuranza: Gustar la Verdad. Amar hasta la perfecta imitación de Cristo.

Los paganos mejor dispuestos que los judíos acabarían rindiéndose ante la luz del Evangelio. Y aunque no parecía mejor suelo el mito de Hidra de Lerna, por ejemplo, respecto de la Torah, los Profetas, y los Salmos, los gentiles acabaron convirtiéndose y adorando a Cristo, y el pueblo judío sostuvo su negación.

¿Nuestro tiempo es neo-pagano? ¿Es padre de una mutación antropológica? ¿Es apóstata? ¿Es sin raíz? ¿Es velocidad y fuga? Sostengamos la fe en Aquel que “nos hizo pasar de las tinieblas al Reino admirable de su Luz” ¡Impere Cristo! Con el salmista decimos: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da la Gloria, por tu misericordia y tu fidelidad”.    
                                                     
Padre Gustavo Seivane
Asistente espiritual de los Grupos de Oración
de Padre Pio - Argentina

Oración exorcística por la Patria


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Oración exorcística por la Patria
del Padre Gustavo Seivane *

Dios Todopoderoso y Eterno, Origen de la vida del alma y del cuerpo, Dios de toda criatura, Soberano de los siglos y Señor de todos tus dominios. Tú que eres Padre misericordioso, y que enviaste a tu Hijo Jesucristo al mundo para deshacer las obras del diablo, bendice a la Argentina.

Infunde el Espíritu de la Verdad sobre tus hijos que habitan en este suelo, envía el Espíritu Paráclito sobre los legisladores de nuestra nación, haz descender el Espíritu defensor, el Espíritu que hace nuevas todas las cosas, y que repele las insidias falaces del adversario, y frustra los planes de destrucción y muerte que se ciernen sobre los pueblos.

Dios Todopoderoso, Padre Santo, escucha el gemido de tu Iglesia suplicante; tu misericordia venga sobre nosotros, Señor, como lo esperamos de Ti. Salva a nuestra Patria Argentina, sálvala poniéndola por encima de toda perversión, y de las leyes de muerte, y de las costumbres perniciosas. Bendícela con el Espíritu de santidad. No permitas que prevalezca el maligno. Desata a nuestra Patria de todo lazo de confusión, de los embates engañosos, de las astucias que persiguen a las causas justas, de la violencia y el veneno de la eterna perdición.

Señor, tú que eres un Dios de vivos y no de muertos, escucha la oración de la bienaventurada Virgen Marìa, cuyo Hijo muriendo en la Cruz, aplastó la cabeza de la antigua serpiente; y la oración de San Miguel Arcángel, y de todos los santos que con tu gracia te sirvieron expandiendo el Reino de Cristo. Aleja la acción oscura del maligno, y guárdanos en el bien. Haz Señor que se salven “las dos vidas”, y arroja lejos al delator y opresor de nuestra naturaleza, al seductor mentiroso de los pueblos.

Por Jesucristo, Nuestro Señor.

¡Impere Cristo! ¡Y la Argentina, Señor, brille para ti.  Amén.

*asesor espiritual nacional de los Grupos de oración del Padre Pio , Argentina.

La Santísima Trinidad,, por el Padre Gustavo Seivane*


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Hay progresos intrascendentes. Naturales. Pueden acarrear algún beneficio, o comportarse de modo ambiguo, pero no hacen a la Salvación. No comunican ni acrecientan la Vida divina, son fugaces… Y hay progresos santos. Son los que saltan hasta la vida eterna.

La abundancia de la Vida de Dios se nos va dando, diciendo, actualizando, en el curso del tiempo. Se entreteje historia.  Historia de cada alma. Historia de los hombres.

Cada hijo de Dios es conformado como una tierra receptora de semillas divinas. Y es a lo largo del tiempo que puede progresar una santa germinación. El humus de nuestra colaboración favorece el crecimiento: “Dios da su Gracia a los humildes”, enseña la Sagrada Escritura. Así, la mano del Padre celestial dispensa sin pausa, por medio de su Hijo, el soplo viviente, el Espíritu Santo en las almas. Siembra. Unge los acontecimientos humanos. Los conduce hacia la Gloria, hacia lo imperecedero. Sólo nuestras resistencias desordenan la belleza de su santo obrar, y aún así, Dios insiste en restaurarnos.

Dios es Amor… La mano del Padre, la semilla del Hijo, el viento del Espíritu… La manifestación de Dios, “ad extra”, como saliendo de Sí mismo. Como revelándose. Como mostrando quién es: Amor Creador, Amor Redentor, Amor santificador. Un solo Dios Amor, en Tres divinas personas. Dios Uno y Trino. Señor que quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al conocimiento de la Verdad.
Todo tu ser pende de Dios Uno y Trino. Y toda la realidad subsiste en él. Todo lo creado. Lo visible y lo invisible... Por Creador y Trascendente. ¿Quién como Dios?

Progresar en el conocimiento de la Verdad, y en el amor de la Santísima Trinidad, en la unión con Cristo (el enviado y predilecto del Padre, concebido por obra del Espíritu Santo, en el seno de la Virgen María), es verdadero progreso. Es el verdadero sentido de toda existencia. Es el encaminarse a la Gloria que Dios quiere participar a su criatura. Es andar en luz y en bienaventuranza.
Por la fe conocemos. Por el amor nos adentramos en ese conocimiento que funda nuestra esperanza, y que nos hace libres, y santos entre los santos de Dios.

¿Cuán grande habrá sido la perplejidad de los Apóstoles en la Última Cena? Pues, Cristo les hablaba despidiéndose, y, anunciándoles, a su vez, que volvería. Y les señalaba, que en el conocimiento de la Verdad y la profusión de lo Santo, todo está por aumentar, crecer, ampliarse, extenderse, prosperar.
Otro Abogado, el Paráclito, les sería dado… Y, así, dice: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no pueden comprenderlas ahora”.  ¿Por qué? Porque deben ser capacitados para ello. Y esa capacidad sólo pueden recibirla de la Alto. Y esa donación, efusión, que capacita y es el Espíritu de la Verdad, no pueden recibirla si Cristo no sube al Padre, si el Hijo de Dios, el Nazareno, no realiza su Pascua, si no es promovido al seno de la Santísima Trinidad. Y su Pascua incluye necesariamente, para esa glorificación, y posterior envío del Espíritu, su sacrificio, su entrega hasta la muerte de Cruz, según los designios del Padre que lo envió, y a quien Cristo, amándolo, le entregó su espíritu en cumplimiento de su Voluntad.

El Espíritu nos capacita. “Se une a nuestro espíritu”, enseña San Pablo. Nos constituye hijos del Padre Celestial, hermanos del divino Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, y templos suyos. He ahí la Trinidad manifiesta. El único Dios verdadero obrando también nuestra glorificación. “Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la Verdad”, dice Jesús.

Jesús se dirige al Padre con familiaridad. Lo llama Abba. Es su Dios, porque el Padre que posee la divinidad sin recibirla de ningún otro, la da entera a su Hijo, al que engendra desde toda la eternidad, y con el Hijo la da al Espíritu Santo, en el que los dos se unen. Es Jesús, por eso, el que nos revela la identidad del Padre y de Dios, del misterio divino y trinitario.

En tanto hombre, el Dios de Jesucristo, es para él el Santo, el único bueno, el único Señor, al lado del cuál nada cuenta, a quien conoce, porque procede de él. Y para mostrar lo que vale “a fin del que sepa el mundo que él ama a su Padre”, sacrifica todos los esplendores del mundo, y afronta el poder de Satanás, el horror de la cruz. ¿Quién como Dios? Dios vivo, atento a sus criaturas, apasionado por todos sus hijos. Cuyo ardor consume a  Jesús hasta que no entregue el Reino a su Padre, y que abre en su Hijo la puerta de la Vida divina a los creyentes.

Dice San Hilario de Poitiers: “El Padre es aquel del que tiene el ser todo lo que existe. El es en Cristo el origen de todo. Además, tiene en sí mismo su ser, no recibe lo que es de ninguna otra parte, sino que lo que es lo obtiene de sí mismo y en sí mismo. Es infinito, porque no está contenido en cosa alguna, sino que todo está en él. Siempre está fuera del espacio, porque por nada puede ser contenido. Es siempre anterior al tiempo, porque el tiempo procede de él”… Y es el Padre el que ha enviado a su Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo, para que en él  tengas Vida, y, junto con el Hijo glorificado, nos envía el Espíritu Santo, para andar en la Verdad como hijos suyos, y siendo santificados alcancemos eterna felicidad.

¡Alégrate hermano! Eres una criatura amada por Dios. Y la creación es la obra común de la Santísima Trinidad… Sólo existe un Dios. “Ha hecho todas las cosas por Sí mismo, es decir, por el Hijo y el Espíritu, que son como sus manos”, enseña San Ireneo.

Hay progresos intrascendentes, y hay bienes fugaces… Que no consuman tu atención. San Juan Crisóstomo predicaba: “¿Qué bienes son éstos, que no son seguros, que son breves y de barro, que antes de aparecer desaparecen, y que se ganan a costa de tantas fatigas? ¿Y qué bienes hay semejantes a aquellos que no se cambian, que no envejecen, que no nos producen fatiga alguna, y que en el momento mismo de los combates nos traen la corona?”.

Los bienes eternos… El conocimiento de Cristo, el amor a la Santísima Trinidad, el culto al único Dios verdadero, la renuncia a los ídolos, la esperanza en la participación de la Infinita bondad. La paz.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo iniciamos este camino. Y en Jesucristo se nos ha revelado. Amén.
                                                                                       
Padre Gustavo Seivane
* Asesor espiritual nacional de los
Grupos de oración de Padre Pio -
Argentina

"Pentecostés" por el Padre Gustavo Seivane*


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La altura celeste, el alto cielo, recibe tildes rosadas, trazos, líneas moradas y turquesas. Es la primavera en Jerusalén. Se esconde el sol. Otro día se marcha. Llegan las habituales sombras. Se encienden las conversaciones en cada hogar… Y los Apóstoles, reunidos en la Sala, comentan en voz baja lo sucedido. Buscan ilustrar los acontecimientos. Hay temor en ellos. Han trancado las puertas, y nadie presiente siquiera  lo que sucederá… Algún pájaro busca su nido en el tejado. Ya nadie camina las calles. El silencio va dominándolo todo. Allende las murallas el campo guarda a sus criaturas. Cae la tarde. Aparece Jesús.

Jesús trae la paz. Saluda con la paz. La hace brotar de él. Así, se presenta. Y así, enseña a sus discípulos: “Cuando entren en una casa saluden con la paz…”. La paz será también uno de los frutos del Espíritu Santo. El Espíritu Santo del que les hablara en la última Cena, el otro Abogado, el que él mismo les enviará desde el Padre, en su condición de Señor de señores y Rey de reyes, dominador magnífico, Resucitado, y exaltado por encima de los ángeles. La paz de Dios nos viene por él.

Las puertas cerradas no cierran el paso a Cristo, ni al Espíritu. El temor es disipado por la presencia de Cristo, y por el aliento del Paráclito. Lo que suscita Cristo en aquel atardecer es lo que el Espíritu Santo disemina en la Iglesia. Lo que da a los corazones. “Tomará de lo mío y se los dará”, dice Jesús.
El Espíritu Santo viene a colmar de la Vida de Dios… Se presenta silente y amable, conductor y santificador, pacificador y elevador de nuestras vidas. El Evangelio dice: “Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús”.

Llegó. Es el Resucitado. De él te habla en tu corazón el Espíritu Santo. Él te mueve a anunciarlo: “Nadie puede decir Jesucristo es el Señor, si el Espíritu Santo no está en él”, afirma el Apóstol.
Este Ruah realiza en el tiempo la obra de Cristo, la continua en y a través de la Iglesia, su Cuerpo. Y, así, extiende el Reino, siembra dones y carismas, regala frutos, y favorece la glorificación de Dios y la salvación de los hombres.

Así, como Cristo Resucitado se aparece, el Espíritu Santo se manifiesta a los fieles de todas las razas, lenguas y pueblos. Hace la unidad. Trae la paz santa.

“Y poniéndose en medio de ellos, Jesús les dijo: ¡La paz esté con ustedes!” Del mismo modo, todos los bienes de Dios los planta el Paráclito en los creyentes a lo largo de la historia. Y Pentecostés fue la primera efusión, cuando la comunidad apostólica, reunida en oración con María Santísima, se vio sacudida por la fuerza venida de lo Alto, y se movió en anuncio y expansión eclesial.

Escuchábamos cómo en aquel Cenáculo, Cristo realiza un gesto al aparecerse. Muestra sus marcas. Lo mostrado hace de signo. Revela una identidad: La de Cristo-Amor. La de su Amor extremo: Olvido de sí. Donación de Sí mismo. Cruz santa. Manos y costado abiertos donde podamos entrar, cobijarnos, ampararnos, como redimidos suyos e hijos de la Resurrección.

¿Quién como Dios? Magnífica conquista la de Cristo. Peleó con la muerte, y, ahora, dispone del Espíritu, para derramarlo en efusión viva sobre las almas.

Sin esas llagas, sin ese precio, no habría gracia en el hombre. No habría vida de Dios, ni manantial de agua viva saltando, fluyendo y transformando hasta la vida eterna. Y, por eso, les mostró sus manos y su costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Esa es la alegría de la fe. La alegría que en nosotros surge cuando advertimos el paso del Soplo Viviente, cuando reconocemos el Amor de Dios elevándonos hacia deseos celestiales, o alumbrando penas, o sanado tinieblas, o corriendo demonios.

La Iglesia celebra Pentecostés. Cincuenta días después de la Pascua recibimos un caudal de Gracia que nos anima y renueva. Llega el Paráclito y hace su obra. Y, a su vez, más allá de nuestra liturgia solemne, en cualquier momento el Espíritu puede regalar un “Pentecostés” en el alma. Un paso del viento abrasador, del Ruah que te abre universalmente a todos los hombres en sabiduría y amor. Él llega, también, como silente movimiento de santo temor, sacralidad, adoración, alabanza, piedad, fortaleza o gloria. O como lenguas de fuego para que brillemos en la fe… Dones, frutos y carismas… Tantas comunidades necesitan la Gracia renovadora del Espíritu Santo… Nosotros también. Nos falta más amor, menos murmuración. Más elegancia espiritual, menos codicia de las cosas de la tierra. Más entrega, menos reclusión en la autojustificación. Más humildad…

“Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen…”. También la paz pende del perdón. Aceptar el perdón de Jesús es una tarea. Y aceptar el mandato de perdonar otra. Y buscar el perdón sacramental es necesario. Así, revivimos por la fuerza del Espíritu. El Paráclito sana y libera con el perdón, mientras que el demonio alienta el rencor y el resentimiento.

“La paz esté con ustedes”, dice Jesús. La paz que es el soplo de este Espíritu. Espíritu Santo, que es Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.

Deseamos que se cumpla en nosotros aquello de San Pablo a los Tesalonicenses:  “Sabemos, hermanos amados por Dios, que ustedes han sido elegidos. Porque la Buena Noticia que le hemos anunciado llegó hasta ustedes, no solamente con palabras, sino acompañada de poder, de la acción del Espíritu Santo y de toda clase de dones”.

San Gregorio de Nisa, en su magnífica obra “sobre la vocación cristiana”, nos enseña que la fuerza del Espíritu purifica a quienes se unen a él con pensamiento sincero…”. Esta purificación, como zarandeo exterior o interior, procura que todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprochable en el Nombre del Señor Jesús.

En aquel Cenáculo, Jesucristo Resucitado, sopló sobre los Apóstoles y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”… Nuestra cultura actual, mundanizada por obra del adversario, ¿qué recibe? ¿Qué da el príncipe de este mundo fuera de engaños, vana distracción, opresión y muerte de las almas?
Cristo da el Espíritu Santo. En él revivimos. En él se restablecen las virtudes santas, o crecen. En él aumenta la vida bienaventurada. Y llegan las corazas santas, y la fuerza para perseverar en la fe, y la capacidad de escucha de las mociones divinas, y la compasión por el sufriente, o la dulzura en el corazón, o las palabras que deslizan verdad y comprensión, o la belleza que desborda en la gratitud ante el Amor de Dios.

“A mí me hizo el soplo de Dios, el aliento del Todopoderoso me dio la vida”, leemos en Job. ¿Cuánta gratitud hemos omitido a lo largo de la vida? ¿Cuánta gracia hemos desaprovechado?

El dador de Vida sobrenatural, el Paráclito, desciende, o llega, o se manifiesta en nosotros. ¡Demos gracias! Pentecostés nos alumbra… Lenguas de fuego entran. Fuego que no quema destruyendo. Como una nueva “zarza ardiente” hace brillar el corazón y admirar a los hermanos. Luz. Calor del amante Señor en las entrañas del creyente. Sol interior del Cristo vivo. Expansión de las virtudes para que el mundo crea. Reunión de todos los pueblos en la misma lengua de la fe común. La fe católica.
En el jardín de tu alma se iluminen los senderos, florezcan los carismas, se perfumen tus decisiones, fructifiquen los bienes, y las virtudes se perfeccionen con los dones del Señor.

¡Pentecostés lo traiga! El Espíritu Santo lo realice. Él es el Amor increado…

“Sus flechas son flechas de fuego, sus llamas, llamas del Señor. Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo”, dice el Cantar de los cantares”.

Creo en el Espíritu Santo.


* Asistente espiritual de los grupos de oración de Padre Pio en Argentina.

"Ascensión del Señor" por el Padre Gustavo Seivane


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Si eres de Cristo, si vives como elegido, tu vida es intensa. El fuego te alimenta. El ardor de amor. La maravilla de la fe.

Si eres de Cristo te inclinas a su divina Palabra. Comes la substancia de la Revelación. A brevas en el texto sagrado.

Todo elegido anda en asombro. Bulla de luz bajo las alas del Altísimo. Abre los oídos de su corazón cada día. Se dispone a contemplar el Misterio de Jesús. El Misterio de su Vida, Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión a los Cielos.

Es la belleza la que aborda al católico fervoroso. La Gloria de Dios. La majestad de su Presencia, de su Voz, de sus enseñanzas.

“A sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo”, dice el Evangelio. Ya no en parábolas, sino en directa profusión de conocimiento subido, de alta contemplación, “para que mi gozo sea el de ustedes”, nos dirá el Salvador.
Así, por la fe, el elegido gusta las delicias del Reino, y se ve asistido por la sabiduría santa. Entra en Dios como un niño maravillado, y no le es extraño el designio del Todopoderoso: “El Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día”, dice el Señor. Y el elegido asiente.
Si la sabiduría de Cristo te embarga, si te colma su amor, si te nutre su Evangelio, entonces sos movido en la fe. Tu corazón asciende. Revela luz. Dice lo santo. Toca la creación alabando. Sirve al prójimo como a la imagen de Dios que es.

En el Nombre de Jesús se levantan los cortinados. Lo oculto sale a la luz. Huyen los malos espíritus, y crece la salvación.

La intensidad de la contemplación de los Misterios de Cristo nos dan éxtasis. Salida. Promueven encuentros. Y, así, dice el Evangelio que “comenzando por Jerusalén, en su Nombre, debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados”.

El sabio en Cristo ejercita y predica la conversión. El intenso en Cristo es amigo de perdonar. La Gloria de Cristo en sus elegidos es adorar a Cristo, fuente del perdón.

¿Acaso Cristo no te habló al corazón? ¿No te perdonó? ¿No te alimentó? ¿No te constituyó en esperanza? Él te hizo testigo. Su testigo. Testigo de la fe.

En él hemos ascendido hacia un abismal Amor. En él estamos ocultos en Dios aguardando su plena manifestación. Por él bebemos el agua viva, el Espíritu de la Verdad. Él nos envía el Ruah, que nos sostiene en la senda bendita que no defrauda. Ese camino de las campanadas buenas. Camino de cara a la eternidad, en espera de la herencia. “Ustedes son testigos de todo esto. Y Yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido”, dice Jesús.

No corras de un lado a otro con tu vida espiritual. Espera las señales. Escucha a Dios. Vislumbra. No sigas modas. Discierne. Aprende a aquietarte. Espera la lumbre suave. No pruebes muchos sabores. Encuentra tu comida. No te agites en el camino de la fe. Tus pasos sean guiados.

Los apóstoles obedecieron a Cristo. También, así se asciende. “Permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”, dice el Evangelio. Porque si te reviste Dios andarás en el camino correcto. Y tendrás a su tiempo alimento y luz, misión y descanso, cruz y Gloria. El Espíritu Santo viene a revestirnos con carismas, frutos y dones. Mientras no nos agitamos yendo de aquí para allá nos alcanza el otro Abogado. Permanecer es el arte de la escucha, y de la recepción. Es el hábito del oído atento del discípulo. Es la sabiduría del que aprendió a silenciarse, orar, y no cultivar la curiosidad.

Puede que, así, Jesús te lleve a cumbres del espíritu. A cimas de contemplación y amor. Puede que te alcance esa unción que busca a los humildes. El Evangelio dice que “Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania, y elevando sus manos los bendijo”. Habían escuchado las enseñanzas sobre los misterios del Reino. Había permanecido con Cristo. Ahora, eran bendecidos para aguardar el don de lo alto, la efusión del Paráclito, esto es: el entrañarse de la Vida de Dios en ellos, y en la comunidad.

En aquella cima Jesús se desprendió de la vista de los apóstoles. Se elevó. Ascendió. Alcanzó la derecha del Padre. Se vio promovido por encima de los ángeles, y constituido Señor de todas las cosas, de lo visible e invisible. Abandonó, necesariamente, una forma de presencia en este mundo, y nos regaló otra, más excelsa, que descubre la fe, en un fascinante juego de luces y sombras, revelaciones y ocultaciones, que apreciamos por el don del Espíritu.

“Mientras los bendecía se separó de ellos, y fue llevado al Cielo”… Altura. Gloria. Esplendor Santo. Ahora, esperanza para nosotros. La esperanza de llegar a donde él llegó. En su Nombre, se trata de andar amando en la fe. Haciéndolo presente con las obras que lo imitan, con los sacramentos, con la predicación del Evangelio. Y no dejar de mirar en el corazón, cómo arde su Presencia, o cómo llama su esconderse… Columna de fuego interior, o sed de su Voz de Pastor. Camino del espíritu. Fe asistida por el enviado desde el Padre. El Paráclito, Espíritu de la Verdad.

No te postres sino ante Jesucristo, como hicieron los Apóstoles. Y, luego, muévete hacia lo Santo con sencillez. Hacia tu Corazón donde inhabita el Santísimo. Hacia el hermano, pero con tesoros
espirituales. Hacia el templo como quien necesita alabar y dar gracias. El Señor te asiste en todas tus luchas. Las incertidumbres que golpeen, los miedos que amenacen, las desconfianzas que den sus oráculos, pero tú no te muevas del Corazón de Cristo. Él es el Glorificado. Y Todo lo domina. Di con el salmista: “Tú eres Señor mi refugio… caerán mil a tu izquierda, y diez mil a tu derecha, tú no será alcanzado”.

El que Ascendió está tan cerca, y es tan íntimo, que resulta más íntimo y cercano que tú mismo.  Suyo es el Poder y la Gloria. Conduce… “Los discípulos que se habían postrado delante de él volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios”… La alabanza trepe el corazón. Y la acción de gracias. Eso es la Eucaristía: El Ascendido  a los Cielos entre nosotros, y dándonos su Espíritu. ¡Maranatha! Subamos con él al comulgar.                                             
                                                                                               

"El corazón fiel", por el Padre Gustavo Seivane*


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Hay una amable estabilidad en el corazón fiel. Un surco. Un trazado para pasos firmes. Una bendición asegurada. Una forma de paz.

En la fidelidad se cultiva la alegría sin estridencias. La sencilla alegría. Un orden conservador. La bendita conservación de los pasos que llevando rectitud, amparan bajo la luz de lo bueno.
Dios es fiel. Y su Gracia nos busca para hacernos fieles.

La fidelidad cruza valles florecidos, y cañadas peligrosas. Se ve probada. A veces, amenazada en su integridad. La fidelidad es adhesión. Es la fe asintiendo a alguien. Es una respuesta de amor.
Y aquel que tiene la iniciativa en todo lo santo, el Señor que nos amó primero, él ama y promueve la fidelidad, y perdona las infidelidades. “El Señor es bueno y compasivo”, repetimos con el salmista. Él sabe que estamos hechos de barro, y, así y todo, apuesta a nuestra fidelidad. Porque en ella canta la sabiduría de Dios, y porque por ella se nos asegura la bienaventuranza y victoria finales.
Así, Cristo nos dice: “El que me ama será fiel a mi palabra”.

La Palabra de Dios es viva y eficaz… Amar fielmente a Dios es vivir su Vida en nosotros. Es dejarle a su espada santa que corte lo vano e inútil, y que deje a su vez esa herida que no lastima, la herida de amor que hace que de continuo busquemos su mano blanda, su medicina, su abrazo. Pues, como sedientos de amor buscamos su beso y bendición. Anhelamos, en la fe, su fidelidad colmadora.
La respuesta de amor a su amor hace viva y eficaz la Inhabitación trinitaria en el alma… Un alma en Gracia es como un castillo de  cristal enseña Santa Teresa. Brilla el sol de Cristo en ella, y la Presencia de Dios colma las moradas, los silencios, los movimientos, las potencias, y el entero ser.
Por eso, enseña el salmo: “Tu Gracia vale más que la vida”. O en palabras de Jesús: “¿De qué te sirve ganar el mundo entero, si pierdes tu alma?”.

Un alma ganada por la fidelidad a Cristo es “luz y sal de la tierra”, y, aunque tocada por tribulaciones, por la Gracia siempre camina ennoblecida y dichosa en la fe. Encumbrada en Dios.

Jesucristo habla de “posesión trinitaria”. Inhabitación… La fidelidad a él, a su Palabra, hace presente la Gloria, la vida santa en el corazón. “Y mi Padre lo amará, iremos a él, y habitaremos en él”.
¿La fidelidad es fidelidad al aquí y ahora? ¿Es fidelidad al instante? ¿A aquello que el instante, el presente inmediato dona? ¿No es aquí y ahora el llamado de Dios? ¿Su voluntad no habla en el ahora continuo? ¿Cuánta disciplina se necesita para estar en el  presente libre para Dios?

Recibir la luz de Cristo, lo que viene de lo alto, lo que santifica, pide un ejercicio. Una disciplina interior. Un andar en oración y vigilancia, Como permanecer atentos a la misericordia del Padre. Abiertos al don del Paráclito.

Hemos oído la Palabra que viene de Dios. Semilla de luz viviente. Esta Palabra es Cristo. Y sus enseñanzas son el resplandor que trae al corazón el Espíritu de la Verdad, el que nos envía el Padre. “La Palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió… y el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo, y les recordará lo que les he dicho”, dice Jesús.
Tantas palabras vanas circulan por el mundo. Palabras Insustanciales, sin brillo. Hay tanto lenguaje caído, corruptor, oscuro… Y sin embargo, Dios quiere elevarnos en divina sabiduría uniéndonos a Cristo bajo el soplo del Espíritu. Y el Espíritu quiere sanar nuestros oídos internos. Disipar tinieblas. Disolver confusiones.

Para elevarnos  viene también a sanar heridas de nuestra historia. Los flujos dolientes de nuestra memoria. Las lastimaduras de la psique, los moretones que nos hicieron o nos hicimos a golpes de desamor.

El Espíritu Santo viene también a sanarnos. Busca que el Amor aleje el temor…
“¡No se inquieten ni teman!”, dice Jesús… El demonio, siempre ligado al pecado, como mentiroso, divisor, y tentador, procura hacernos desviar de la genuina y santa tensión de amor. Su trabajo es el de un falsificador. Suele interponerse entre Dios y nosotros.

Mientras el Espíritu Santo nos enseña a amar trayéndonos las enseñanzas de Cristo, y sanándonos, el adversario se disfraza de luz, y viene a pervertir el camino santo.

Reconocemos el paso del Espíritu Santo por el fruto de la paz. El enemigo no puede dar paz. Y, así, Cristo enseña: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo”.

En la Última Cena, Cristo habla despidiéndose, y extiende una enseñanza magnífica, que la Iglesia presenta en la liturgia camino a la fiesta de Pentecostés. “Me voy, y volveré a ustedes”.

Este volver es un regreso como Glorificado, Ascendido, promovido a lo más alto, por encima de los ángeles, Triunfador, Primogénito de entre los muertos. Y esta nueva realidad el Nazareno, la de Resucitado, lo hace presente de múltiples maneras misteriosas. Entre ellas, y la más intensa y poderosa: la Eucaristía. Y toda presencia sacramental. Y la final: La Parusía, con la que se cerrará la historia. Juicio Universal.

Todo se está moviendo hacia Cristo… En medio de las mil batallas renovamos la esperanza en él. “Si me amaran se alegrarían de que vuelva al Padre”.

Cristo asciende. El Paráclito desciende. La Vida de Dios inhabita en el creyente. El Reino desde la Iglesia se siembra en la historia, y los pueblos reciben al Señor, su Salvación.

Cristo ofrece la Vida bienaventurada. La Iglesia celebra en esperanza la Gloria de Dios.
En el pecho de Cristo descansen nuestras almas. Dios es fiel.

                                                                                                         
Padre Gustavo Seivane
* Asesor espiritual nacional de los
Grupos de Oración de Padre Pio 
Argentina

VIERNES SANTO, por el Padre Gustavo Seivane*


posted by Grupos Oficiales de Padre Pio Hispanoamérica

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Tan abierto. Tan blanco. Tan inocente… Puro don de Sí mismo. Manso Cordero. Amor firme y abismal… Jesús, adherido a un madero. Jesús sacrificado y hecho fuente. Jesús, extendido, sin nada. Desnudo y perdonando.


¿Dónde estarán sus sandalias, su túnica, y su manto? ¿Qué habrá sido de las palmas y las alfombras de ramos? ¿No están aquí los cantos y las fiestas, las alegrías de los muchos conversos, las multitudes asombradas por su enseñanza? Si hasta el sol se eclipsó… ¿Y qué hay de los cautivos liberados, y de los enfermos que hallaron salud por el sólo imperio de su autoridad divina? ¿Y sus amigos? ¿Dónde están sus amigos?, los que pudieron ver y oír eso que muchos reyes y profetas no pudieron. ¿Pero no se habían pegado a su paso? ¿No se habían acostumbrado a su Voz? ¿No lo habían visto caminar sobre las aguas  y multiplicar panes y peces? ¿No lo habían acompañado por la Palestina, y aquí o allá, en este o aquel atardecer, no habían presenciado  la curación de los ciegos o la resurrección de los muertos? ¿Dónde están los testigos de sus prodigios de amor?

No. No están. Es una ausencia áspera. Una ausencia que raspa. Son los golpes de la ingratitud o la infidelidad… No solemos estar donde Dios sufre... Tampoco hay música en el Gólgota. Sí, hay risas, y el ulular de los insultos arañando el aire. Se escucha el filo del acero hendiendo las vainas. O el graznido de los cuervos agazapados sobre las alturas de las cruces.

La única melodía es tan honda, que sólo Dios la percibe. La recibe. La acepta como ofrenda.  Son los sonidos sacros que perviven en medio de la crueldad: el llanto de la Virgen contra las piedras, el respirar entrecortado  de las mujeres, el ahogo sincopado del apóstol Juan, y los gemidos, los gemidos inefables de Jesús.

Jesús. Jesús. Jesús… Aquí está el Hermoso Jesús.

Jesucristo muere. Padece y muere. Anonadado exhibe la fuerza del amor. Es el Hijo del Hombre entregado por los hombres. Es el Hijo de Dios enviado para destruir las obras del diablo.

Ya no valen las palabras de Job: “Si pequé, ¿qué daño te hice, a ti guardián de los hombres?”. Porque es una esponja Cristo… Su cuerpo, su alma, absorben la densidad del mal. Tu mal, mi mal, nuestro pecado. Gime el Amor. Está clavado en su Hora. No va a huir. Ha venido para esto. El es fiel, y beberá toda la escoria de los hombres; beberá el cáliz llenísimo, lo beberá hasta los bordes, abierto en la cruz, lo beberá recibiendo toda la tiniebla del mundo, hundiéndose en la muerte, hecho maldición.

Oh! Cristo, Luz de Luz, Inocente, Hermoso Hijo de María, Redentor y compañero de sufrientes, Varón de dolores… ¿Volveremos a olvidar tu sufrimiento? ¿Volveremos a esconderlo cuando celebremos tu Resurrección? ¿Una vez más dejaremos de decir: “Jesucristo Muerto y Resucitado”, para decir sólo: resucitó? ¿No te llevaste acaso las llagas a la eternidad? ¿No las diste a tocar al apóstol Tomás? ¿Saltearemos siempre tu viernes santo? ¿Lavaremos tu dolor? ¿Justificaremos ese salto? ¿Haremos aséptico este misterio?¿Diremos que era un paso necesario sin detenernos ni contemplar el drama de tu sufrimiento asumido libremente por amor?... Pero San Pablo seguirá afirmando: “Cristo murió por nuestros pecados”. Y, también, “nosotros predicamos a Cristo Crucificado”. Y la liturgia seguirá cantando: “Anunciamos tu Muerte, y proclamamos tu Resurrección: Maranatha”. La pregunta es quién quiere acompañarte en la Cruz. La tuya primero. La tuya en los hermanos después.  Quién entra en ti. Quién valora tu paga. “Nos compraste con tu Sangre para ser liberados de la tiranía del adversario”, dice la Sagrada Escritura.

A tu cuerpo de Cordero le arrojamos nuestras maldades. A tus espaldas, a tu frente, a tus venerables manos, a esos tus brazos que abrigaron consolando, a tus rodillas afiebradas, a tus pies peregrinos y mansos... les dimos golpes y llagas. Peor, aún, sobre todo, cubrimos de horror tu alma: “¿Padre, porqué me has abandonado?”, dirás exhausto, abismado, perdido en una horrible lejanía, en una inédita distancia, en una insondable soledad.

Nuestra ignorancia no sabe del alcance del pecado… Eso, lo conoce el cuerpo lacerado de Jesús, y su alma ensanchada por amor, su Conciencia mística, que ve entrar todas las traiciones y abandonos, las indiferencias y cizañas, los crímenes, mentiras, iras, violencias, negligencias...sombras.

Jesucristo no sólo se entrega por nosotros. Muere por nuestros pecados. Es el grano de trigo entrando en la oscuridad de la tierra, partiéndose para dar vida. La Vida sobrenatural. La Vida de las virtudes teologales. La Vida del Espíritu Santo derramado en su Iglesia, en nuestras almas, con sus dones, carismas y frutos… La Vida eterna. La Vida conquistada por la Cruz.

En la Cruz, Dios, en su Hijo Jesús, conoce el sufrimiento y la muerte. Y por la Cruz, Cristo será exaltado a lo más alto, a la derecha de Dios. Por eso es Redentor del género humano, y Salvador del mundo. Desde entonces, el sufrimiento puede ser un momento de lo divino para nosotros.  Una oportunidad de comunión con Dios por Jesús. El  hombre nuevo, el cristiano, es capacitado para amar como Jesús, y para dar testimonio de él con su cruz. Glorificar a Dios amando, y en el mismo dolor no dejar de amar, ni de bendecir al Señor, es propio del testigo de Cristo. Y Cristo, que exalta al humillado, lo confirma con su voz: Padre, quiero que donde Yo esté , este también mi servidor”. “Felices los afligidos, porque serán consolados”, dice el Señor… Es la esperanza de la Cruz.

Jesús entra con Majestad en el combate. Nadie le arrebata la vida. No es un juguete del mal. Él da la vida. Él conduce al enemigo a su derrota.

Maestro y Señor, nos sigue diciendo con alta belleza: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.

Porque Él hará nuevas todas las cosas. Sufre, pero va ganando la pulseada… Y María, misteriosamente lo sabe...De pie, ella sigue creyendo. De pie, ella sigue amando. De pie, ella sigue esperando, aguardando una vez más lo imposible.

Cuando Cristo diga: “Todo se ha cumplido”, habrá ganado el Amor… El perdón habrá triunfado. La Paz, y todos los frutos de la Vida Nueva habrán comenzado a nacer, a hacerse don para los hombres.

Porque la Vida habrá penetrado en la muerte. Porque el Amor habrá comenzado a abrir las prisiones, los límites, los calabozos, las ataduras del pecado y de la misma muerte. Porque el Acusador de los hermanos, el Adversario, no tendrá poder alguno contra nuestro Abogado.

“Me amó y se entregó por mí”, dice el apóstol.

Mañana, en el espesor de la noche, la Luz comenzará a manifestar su victoria, la Gloria de la Cruz mostrará su fruto. Recibiremos el Espíritu. El don de la Pascua. La fuerza de la Resurrección. Amén.



                                                                                      Padre Gustavo Seivane



* Asesor nacional de los Grupos de oración de Padre Pio - Argentina