Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Acerca de la Santidad


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"Santidad quiere decir ser superiores a nosotros mismos, quiere decir victoria perfecta sobre todas nuestras pasiones, quiere decir despreciarnos verdadera y constantemente a nosotros mismos y a las cosas del mundo, hasta preferir la pobreza a la riqueza, la humillación a la gloria, el dolor al placer. La santidad es amar al prójimo como a nosotros mismos y por amor a Dios. La santidad, en este punto, es amar también a quien nos maldice, nos odia, nos persigue, incluso hasta hacerle el bien. La santidad es vivir humildes, desinteresados, prudentes, justos, pacientes, caritativos, castos, mansos, trabajadores, observantes de los propios deberes, no por otra finalidad que la de agradar a Dios, y para recibir sólo de él la merecida recompensa.
En síntesis, según el lenguaje de los libros sagrados, la santidad, oh Raffaelina, posee en sí la virtud de transformar al hombre en Dios.

(Xarta del 30 de diciembre de 1915, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 541)

Mes de Agosto


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1  El Señor nos descubre que a veces somos poca cosa. En verdad, me resulta inconcebible que uno que tenga inteligencia y conciencia, pueda enorgullecerse (GB, 57).

2  Os digo, además, que améis vuestra bajeza; y amar la propia bajeza, hijas mías, consiste en esto: si sois humildes, pacíficas, dulces, y mantenéis la confianza en los momentos de obscuridad y de impotencia, si no os inquietáis, no os angustiáis, no perdéis la paz por nada, sino que abrazáis estas cruces cordialmente –no digo precisamente con alegría sino con decisión y constancia- y permanecéis firmes en estas tinieblas..., actuando así, amaréis vuestra bajeza, porque ¿qué es ser objeto de bajeza sino estar en la obscuridad y en la impotencia? (Epist.III, p.566).

3  Pidamos también nosotros a nuestro querido Jesús la humildad, la confianza y la fe de nuestra querida santa Clara; como ella, oremos fervorosamente a Jesús, entregándonos a él y alejándonos de los artilugios engañosos del mundo en el que todo es locura y vanidad. Todo pasa, sólo Dios permanece para el alma, si ésta ha sabido amarle de verdad (Epist.III, p.1092).

4  Hay algunas diferencias entre la virtud de la humildad y la del desprecio de uno mismo, porque la humildad es el reconocimiento de la propia bajeza; ahora bien, el grado más alto de la humildad consiste, no sólo en reconocer la propia bajeza, sino en amarla; a esto, pues, os exhorto yo (Epist.III, p.566).

5  No os acostéis jamás sin haber examinado antes vuestra conciencia sobre cómo habéis pasado el día, y sin haber dirigido todos vuestros pensamientos a Dios, para hacerle la ofrenda y la consagración de vuestra persona y la de todos los cristianos. Ofreced además para gloria de su divina majestad el descanso que vais a tomar y no os olvidéis nunca del ángel custodio, que está siempre con vosotros (Epist.II, p.277).

6  Debes insistir principalmente en lo que es la base de la justicia cristiana y el fundamento de la bondad, es decir, en la virtud de la que Jesús, de forma explícita, se presenta como modelo; me refiero a la humildad. Humildad interior y exterior, y más interior que exterior, más vivida que manifestada, más profunda que visible. Considérate, mi queridísima hija, lo que eres en realidad: nada, miseria, debilidad, fuente sin límites y sin atenuantes de maldad, capaz de convertir el bien en mal, de abandonar el bien por el mal, de atribuirte el bien o justificarte en el mal, y, por amor al mismo mal, de despreciar al sumo Bien (Epist.III, p.713).

7  Estoy seguro de que deseáis saber cuáles son las mejores humillaciones. Yo os digo que son las que nosotros no hemos elegido, o también las que nos son menos gratas, o mejor dicho, aquéllas a las que no sentimos gran inclinación; o, para hablar claro, las de nuestra vocación y profesión. ¿Quién me concederá la gracia, mis querídimas hijas, de que lleguemos a amar nuestra propia bajeza? Nadie lo puede hacer sino aquél que amó tanto la suya que para mantenerla  quiso morir. Y esto basta (Epist.III, p.568).

8   Yo no soy como me ha hecho el Señor, pues siento que me tendría que costar más esfuerzo un acto de soberbia que un acto de humildad. Porque la humildad es la verdad, y la verdad es que yo no soy nada, que todo lo que de bueno hay en mí es de Dios. Y con frecuencia echamos a perder incluso aquello que de bueno ha puesto Dios en nosotros. Cuando veo que la gente me pide alguna cosa, no pienso en lo que puedo dar sino en lo que no sé dar; y por lo que tantas almas quedan sedientas por no haber sabido yo darles el don de Dios.
El pensamiento de que cada mañana Jesús se injerta a sí mismo en nosotros, que nos invade por completo, que nos da todo, tendría que suscitar en nosotros la rama o la flor de la humildad. Por el contrario, he ahí cómo el diablo, que no puede injertarse en nosotros tan profundamente como Jesús, hace germinar con rapidez los tallos de la soberbia. Esto no es ningún honor para nosotros. Por eso tenemos que luchar denodadamente para elevarnos. Es verdad: no llegaremos nunca a la cumbre sin un encuentro con Dios. Para encontrarnos, nosotros tenemos que subir y él tiene que bajar. Pero, cuando nosotros ya no podamos más, al detenernos, humillémonos, y en este acto de humildad nos encontraremos con Dios, que desciende al corazón humilde (GB, 61).

9  La verdadera humildad del corazón es aquélla que, más que mostrarla, se siente y se vive. Ante Dios hay que humillarse siempre, pero no con aquella humildad falsa que lleva al abatimiento, y que produce desánimo y desesperación.
Hemos de tener un bajo concepto de nosotros mismos. Creernos inferiores a todos. No anteponer nuestro propio interés al de los demás (AP).

10  En este mundo ninguno de nosotros merece nada; es el Señor quien es benévolo con nosotros, y es su infinita bondad la que nos concede todo, porque todo lo perdona (CE, 47).

11  Si hemos de tener paciencia para soportar las miserias de los demás, mucho más debemos soportarnos a nosotros mismos.
En tus infidelidades diarias, humíllate, humíllate, humíllate siempre. Cuando Jesús te vea humillado hasta el suelo, te alargará la mano y se preocupará él mismo de atraerte hacia sí (AP).

12  Tú has construido mal. Destruye y vuelve a construir bien (AdFP, 553).

13  ¿Qué otra cosa es la felicidad sino la posesión de toda clase de bienes que hace al hombre plenamente feliz? Pero ¿es posible encontrar en este mundo alguien que sea plenamente feliz? Seguro que no. El hombre habría sido él mismo si se hubiese mantenido fiel a su Dios. Pero como el hombre está lleno de delitos, es decir, lleno de pecados, no puede nunca ser plenamente feliz. Por tanto, la felicidad sólo se encuentra en el cielo. Allí no hay peligro de perder a Dios, ni hay sufrimientos, ni muerte, sino la vida sempiterna con Jesucristo (CS, n.67, p.172).

14  Padre, ¡qué bueno es usted!
- Yo no soy bueno, sólo Jesús es bueno. ¡No sé cómo este hábito de San Francisco que visto, no huye de mí! El mayor delincuente de la tierra es oro comparado conmigo (T, 118).

15  La humildad y la caridad caminan siempre juntas. La primera glorifica y la otra santifica.
La humildad y la pureza de costumbres son alas que elevan hasta Dios y casi nos divinizan (T, 54).

16  Humíllate siempre y amorosamente ante Dios y ante los hombres, porque Dios habla al que tiene un corazón sinceramente humilde ante él. Dios lo enriquece con sus dones (T, 54).

17  Miremos primero hacia arriba y después mirémonos a nosotros mismos. La distancia sin límites entre el azul del cielo y el abismo produce humildad (T, 54).

18  Si permanecer en pie dependiese de nosotros, con seguridad que al primer soplo caeríamos en manos de los enemigos de nuestra salvación. Confiemos siempre en la conmiseración divina y experimentaremos cada vez más qué bueno es el Señor (Epist.IV, p.193).

19  Antes que nada, debes humillarte ante Dios más bien que hundirte en el desánimo, si él te reserva los sufrimientos de su Hijo y quiere hacerte experimentar tu propia debilidad; debes dirigirle la oración de la resignación y de la esperanza si es que caes por debilidad, y debes agradecerle tantos beneficios con que te va enriqueciendo (T, 54).

20  ¿Qué es lo que puedo hacer yo? Todo viene de Dios. Yo sólo soy rico en una cosa, en una infinita indigencia (T, 119).

21  Si Dios nos quitase todo lo que nos ha dado, nos quedaríamos con nuestros harapos (ER, 17).

22  ¡Cuánta malicia hay en mí!...
- Manténte en este convencimiento; humíllate pero no pierdas la paz (AP).

23  Estáte atenta para no caer nunca en el desánimo al verte rodeada de flaquezas espirituales. Si Dios te deja caer en alguna debilidad, no es para abandonarte sino únicamente para afianzarte en la humildad y hacerte más precavida de cara al futuro (FM, 168).

24  El mundo no nos aprecia porque seamos hijos de Dios; consolémonos porque, al menos por una vez, reconoce la verdad y no miente (ASN, 44).

25  Amad y poned en práctica la sencillez y la humildad y no os preocupéis de los juicios del mundo; porque, si este mundo no tuviese nada que decir contra nosotros, no seríamos verdaderos siervos de Dios (ASN, 43).

26  El amor propio, hijo de la soberbia, es más malvado que su misma madre (AdFP, 389).

27  La humildad es verdad, la verdad es humildad (AdFP, 554).

28  Dios enriquece al alma que se despoja de todo (AdFP, 553).

29  Someterse no significa ser esclavos sino solamente ser libres por seguir un santo consejo (FSP, 32).

30  Cumpliendo la voluntad de los demás, debemos ser conscientes de que hacemos la voluntad de Dios. Esta  se nos manifiesta en la de nuestros superiores y en la de nuestro prójimo (ASN, 43).

31  Manténte siempre unida estrechamente a la santa Iglesia católica, porque sólo ella te puede dar la paz verdadera, ya que sólo ella posee a Jesús sacramentado. El es el verdadero príncipe de la paz (FM, 166).


Mes de Julio


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1  Dios no quiere que experimentes de forma sensible el sentimiento de la fe, esperanza y caridad, ni que lo disfrutes si no en la medida que se necesita en cada ocasión. ¡Ay de mí!, ¡qué felices somos al estar tan íntimamente atados por nuestro celeste tutor! No debemos hacer otra cosa que lo que hacemos, es decir, amar a la divina providencia y abandonarnos en sus brazos y en su seno.
No, Dios mío, yo no deseo gozo mayor de mi fe, de mi esperanza y de mi caridad, que el poder decir sinceramente, aunque sea sin gusto y sin sentirlo, que preferiría morir antes que abandonar estas virtudes (Epist.III, p.421s.).

2  Dame y consérvame aquella fe viva que me haga crecer y actuar por solo tu amor. Y éste es el primer don que te ofrezco; y unido a los santos magos, postrado a tus pies, te confieso sin ningún respeto humano, delante del mundo entero, por nuestro verdadero y único Dios (Epist.IV, p.884).

3  Bendigo de corazón a Dios que me ha dado a conocer personas verdaderamente buenas, y porque también a ellas he anunciado que sus almas son la viña de Dios; la cisterna es la fe; la torre es la esperanza; el lagar es la santa caridad; la valla es la ley de Dios que las separa de los hijos del mundo (Epist.III, p.586).

4  La fe viva, la creencia ciega y la plena adhesión a los que Dios ha dado autoridad sobre ti..., ésta es la luz que iluminó los pasos del pueblo de Dios en el desierto. Esta es la luz que brilla siempre en lo más alto de todos los espíritus gratos al Padre. Esta es la luz que condujo a los magos a adorar al mesías recién nacido. Esta es la estrella profetizada por Balaam. Esta es la antorcha que guía los pasos de estos espíritus desolados.
Y esta luz y esta estrella y esta antorcha son también las que iluminan tu alma, dirigen tus pasos  para que no vaciles, fortifican tu espíritu en el afecto a Dios y (hacen que), sin que el alma las conozca, se avance siempre hacia el destino eterno.
Tú ni lo ves ni lo entiendes, pero tampoco es necesario. Tú no verás más que tinieblas, pero no son las tinieblas que envuelven a los hijos de la perdición, sino las que rodean al Sol eterno. Ten por cierto y cree que este Sol resplandece en tu alma; y que este Sol es exactamente aquél del que cantó el vidente de Dios: Y en tu luz veré la luz (Epist.III, p.400s.).

5  La profesión de fe más bella es la que sale de tus labios en la obscuridad, en el sacrificio, en el dolor, en el esfuerzo supremo por buscar decididamente el bien; es la que, como un rayo, disipa las tinieblas de tu alma; es la que, en el relampaguear de la tormenta, te levanta y te conduce a Dios (CE, 57).

6  Ejercítate con particular esmero, hija mía querídisima, en la dulzura y en la sumisión a la voluntad de Dios, no sólo en las cosas extraordinarias sino también en aquéllas pequeñas que nos suceden cada día. Hazlo no sólo por la mañana sino también durante el día y por la tarde, con un espíritu tranquilo y alegre; y, si te sucediese que caes, humíllate, propóntelo de nuevo,  y después levántate y sigue (Epist.III, p.704).

7  El enemigo es demasiado fuerte; y, hechos todos los cálculos, parecería que la victoria tendría que sonreír al enemigo. ¡Ay de mí!, ¿quién me librará de las manos de este enemigo tan fuerte y tan poderoso, que no me deja libre un sólo instante, ni de día ni de noche? ¿Es posible que el Señor permita alguna vez mi caída? Desgraciadamente lo merecería; pero ¿será verdad que la bondad del Padre del cielo sea vencida por mi maldad? Esto jamás, jamás, Padre mío (Epist.I, p.552).

8  Preferiría ser traspasado por una fría hoja de cuchillo antes que desagradar a alguien (T, 45).

9  Buscar sí la soledad, pero sin faltar a la caridad con el prójimo (CE, 19).

10  Es necesario siempre, también al reprender, saber condimentar la corrección con modos corteses y dulces (GB, 34).

11  Faltar a la caridad es como herir a Dios en la pupila de sus ojos. ¿Hay algo más delicado que la pupila del ojo?
Faltar a la caridad es como pecar contra la naturaleza (AdFP, 555).

12  La beneficencia, venga de donde viniere, es siempre hija de la misma madre: la providencia (AdFP, 554).

13  Acuérdate de Jesús, manso y humilde de corazón. El “si os dejáis llevar de la ira que no sea hasta el punto de pecar”, es propio de los santos. Yo jamás me he arrepentido de actuar con dulzura; pero sí he sentido remordimiento de conciencia y me he tenido que confesar cuando he sido un poco duro. Pero, cuando hablo de suavidad, no me refiero a la que deja pasar todo. ¡Esa no! Me refiero a aquélla que, sin ser nunca descuidada, transforma la disciplina en algo dulce (GB, 34).

14  Donde no hay obediencia no hay virtud. Donde no hay virtud no hay bien, no hay amor; y donde no hay amor no está Dios; y sin Dios no se va al paraíso.
Todo esto forma como una escalera; y si falta uno de los peldaños, se viene abajo (AP).

15  Os conjuro por la mansedumbre de Cristo y por las entrañas misericordiosas del Padre celestial a no perder nunca el entusiasmo en el camino del bien. Corred siempre y no os detengáis nunca, convencidos de que, en este camino, detenerse equivale a volver hacia atrás (Epist.II, p.259).

16  ¡Me disgusta tanto ver sufrir! No tendría dificultad en atravesarme con un puñal el corazón si de este modo librara a alguien de un disgusto. Sí, esto me resultaría más fácil (T, 121).

17  Me he disgustado muchísimo al enterarme de que has estado enferma; pero me he alegrado también muchísimo al saber que te vas recuperando, y mucho más, al ver que, con ocasión de tu enfermedad, han reflorecido en vosotras la piedad auténtica y la caridad cristiana (Epist.III, p.1081).

18  Yo no puedo soportar ni la crítica ni el hablar mal de los hermanos. Es verdad que, a veces, me divierto en zaherirles, pero la murmuración me produce náuseas. Teniendo tantos defectos que criticar en nosotros, ¿para qué perdernos en contra de los hermanos? Y en nosotros, al faltar a la caridad, se corta la raíz del árbol de la vida, con peligro de que se seque (GB, 62).

19  La caridad es la reina de las virtudes. Del mismo modo que las perlas se mantienen unidas por el hilo, así las virtudes por la caridad. Y así como las perlas se caen si se rompe el hilo, de igual modo, si decrece la caridad, las virtudes desaparecen (CE, 11).

20  La caridad es la medida con la que el Señor nos juzgará a todos (AdFP, 560).

21  Recuerda que el gozne sobre el que gira la perfección es el amor; quien vive del amor vive en Dios, porque Dios es amor, como dijo el Apóstol (AdFP, 554).

22  Bendigo al buen Dios por los santos sentimientos que te da su gracia. Haces bien en no comenzar nunca una obra sin implorar antes la ayuda divina. Esto te obtendrá el don de la santa perseverancia (Epist.III, p.456).

23  Sufro y sufro mucho; pero, gracias al buen Jesús, tengo todavía un poco de fuerza; ¿y de qué no es capaz la criatura cuando tiene la ayuda del buen Jesús? (Epist.I, p.303).

24  Lucha, hija, con valentía, si ambicionas conseguir la recompensa de las almas fuertes (Epist.III, p.405).

25  No os neguéis de ningún modo y por ningún motivo a practicar la caridad con todos; más aún, si se os presentan ocasiones propicias, ofrecerla vosotros mismos. Mucho agrada esto al Señor y mucho os debéis esforzar por hacerlo (Epist.I, p.1213).

26  Debes tener siempre prudencia y amor. La prudencia pone los ojos, el amor pone las piernas. El amor, que pone las piernas, querría correr a Dios, pero su impulso para lanzarse hacia él es ciego y podría tropezar en ocasiones si no estuviese guiado por la prudencia que pone los ojos. La prudencia, cuando ve que el amor puede ser desenfrenado, le presta los ojos (CE, 17).

27  La sencillez es una virtud, pero hasta cierto punto. No le debe faltar nunca la prudencia; la picardía y la socarronería, por el contrario, son siempre diabólicas y causan mucho daño (AdFP, 391).

28  La vanagloria es un enemigo que acecha sobre todo a las almas que se han consagrado al Señor y que se han entregado a la vida espiritual; y, por eso, puede ser llamada con toda razón la tiña del alma que tiende a la perfección. Ha sido llamada con acierto por los santos carcoma de la santidad (Epist.I, p.396).

29  Haz que no perturbe a tu alma el triste espectáculo de la injusticia humana; también ésta, en la economía de las cosas, tiene su valor (MC, 13).

30  El Señor, para halagarnos, nos regala muchas gracias, y nosotros creemos tocar el cielo con la mano. Por el contrario, ignoramos que para crecer tenemos necesidad de pan duro; es decir, necesitamos cruces, pruebas, contradicciones (FSP, 86).

31  Los corazones fuertes y generosos no se afligen más que por graves motivos, e incluso estos motivos no logran penetrar en lo íntimo de su ser (MC, 57).


"Padre Pio Apòstol de la Misericordia" por Fr Carlos M. Laborde


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“El Padre Pío, Apóstol de la Misericordia”
Congreso Nacional de los Grupos de Oración
San Giovanni Rotondo, 23 de junio de 2016
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Queridos hermanos y hermanas , en el corazón de este Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia, que toda la Iglesia está celebrando con gran júbilo y fecundidad espiritual, tenemos la alegría de reencontrarnos para vivir nuestra cita anual del Convenio Nacional de los Grupos de Oración de Padre Pío, aquí, en la Casa Alivio del Sufrimiento, “Obra corporal de misericordia”, como la definió el Papa Francisco. Es nuestra casa, donde cada grupo y cada miembro de los grupos deben sentirse a su gusto, como en su casa. Es el Padre Pío quien nos reúne como “ la gallina que cobija sus pollitos bajo las alas” (Lc. 13, 31-35), para que experimentemos un tiempo de gracia particular, para que podamos meditar, reflexionar, intercambiar ideas, vivir una experiencia de fraternidad que nos haga sentir miembros de una gran familia presente no sòlo en todas la regiones de Italia, sino también en muchos países del mundo. El tema sobre el cual vamos hoy a reflexionar, es, obviamente, y no podía ser de otra manera: “El Padre Pío, apóstol de la Misericordia”. Su total dedicación al ministerio de la reconciliación, con una fidelidad y una entrega que podríamos definir heroicas, nos interpela sobre la importancia de este sacramento,  la prioridad de la conversión, la necesidad que tenemos de la misericordia de Dios. El Padre Pío, atado a un confesionario durante 52 años en San Giovanni Rotondo, sin permitirse una pausa, un día de descanso o de ocio, nos dice sobre todo que el pecado es una cosa seria, que el perdón de Dios es vital, que sin la misericordia de Dios el hombre no puede sobrevivir, que el sacramento de la penitencia o reconciliación es un don de la bondad y de la benevolencia de Dios. En un tiempo como el nuestro, caracterizado por la pérdida de la fe, el relativismo moral, el individualismo exasperado, la superficialidad y conflictualidad que contradistinguen las relaciones interpersonales, el testimonio de santidad del Padre Pío de Pietrelcina ministro de la reconciliaciòn es extraordinariamente actual y elocuente.
El ministerio sacerdotal del Padre Pío, para emplear una feliz expresión de San Juan Pablo II, se divide entre “el altar y el confesionario”, sin olvidar obviamente la dirección espiritual. El ministerio de la reconciliación ocupaba gran parte de sus jornadas. Un tiempo en el cual el humilde fraile estaba en contacto directo con la gente, cargándose los sufrimientos e inquietudes de cuantos se acercaban a su confesionario buscando el perdón de Dios, implorando el amor divino. En este sentido, el Papa Francisco, en la audiencia privada concedida a los Grupos de Oración en la Plaza de San Pedro el 6 de febrero de 2016 afirmò: “El Padre Pío ha sido un servidor de la misericordia. Lo fue a tiempo ilimitado, practicando, muchas veces hasta el agotamiento, el apostolado de la escucha”. Seguidamente afirmó: “Se ha transformado a través del ministerio de la Confesión, en una caricia viviente del Padre, que cura las heridas del pecado y renueva el corazón con la paz”. San Pío no se cansó nunca de acoger a las personas y de escucharlas, de gastar tiempo y energìas para difundir el perfume del perdón del Señor”.
Para comprender mejor còmo el Padre Pío vivía su ministerio eclesial, podemos citar un fragmento de una de sus cartas escrita al Padre Agostino de San Marco in Lamis, en julio de 1918 (antes de la estigmatización acaecida el 20 de septiembre del mismo año), en la cual describe como su tiempo está dedicado a la cura de las almas: “Las horas de la mañana están ocupadas casi exclusivamente en la escucha de las confesiones. Pero ¡viva Dios que me asiste con su Gracia! (Ep. I, 1055).
Escribiendo màs tarde al  Padre Benedetto de San Marco in Lamis, el 3 de junio de 1919, nos muestra que el sacramento de la reconciliación es como un puerto seguro, un lugar en el cual se convierte el mal en bien: “No tengo un minuto libre: todo el tiempo está dedicado a desatar a los hermanos de las ataduras de satanás. Bendito sea Dios [...] la mayor caridad es la de arrancar almas conquistadas por satanás y ganarlas para Cristo. A esto apunto continuamente, día y noche […] . Aquí vienen numerosas personas de cualquier clase y de ambos sexos con el ùnico objetivo de confesarse y por este motivo soy requerido. Hay espléndidas conversiones”. (Ep. I, 1145). Un testimonio por demàs significativo que nos hace pensar en el pasaje de la primera multiplicación de los panes en el cual Jesús dice a sus discípulos: “Dadles vosotros mismos de comer” (Lc. 9, 13). El servicio del P. Pío es, por lo tanto, cifra y medida de cuanto sucede en la Eucaristía. En esta última, de hecho, se conmemora la muerte de Jesús, su sacrificio, por eso, es llamado el modelo de todo servicio cristiano. Así también en el ministerio sacerdotal existe un morir a sí mismo, una aniquilación, así como ha hecho Jesús. Entendemos porqué el Padre Pío pudo afirmar fehacientemente que no tenìa tiempo libre. Asì testimonia de la numerosa afluencia de fieles, la voluntad de la gente por confesarse. Está claro que la gente buscaba a Dios y todavía hoy en el sacramento de la reconciliación busca su amor y su perdón. De hecho hay un primado de Dios y un ser instrumento del Siervo:  lo vemos cuando el Padre Pío hace referencia a las “espléndidas conversiones”.
Podemos decir, de hecho, que la gente que recurría al confesionario, al “trono de la Gracia Divina”, no buscaba otra cosa que hacer experiencia del amor y del perdón divino. La gente buscaba y busca todavía a Dios. El Padre Pío ofrecía a todos aquellos que se le presentaban un itinerario de seguimiento de Cristo. Muchos acogían la invitación a la conversión. Encontrando en el confesionario la misericordia de Dios, reencontraban así la verdad sobre sí mismos y sobre su propia existencia, el sentido de la vida, frecuentemente perdido u ofuscado por la “dictadura del pecado”.
Podrìamos preguntarnos cómo el Padre Pío, agobiado por tantos sufrimientos físicos y morales, tuviese la capacidad de inmolarse tan generosa y  fielmente por los fieles que recurrían a él. La respuesta nos la da una vez más el Papa Francisco en el ya citado discurso: “Podía hacerlo porque estaba siempre sujeto a la fuente: se saciaba continuamente de Jesús Crucificado, y de esta forma se transformaba en un canal de misericordia. Llevó en el corazón a numerosas personas y muchos sufrimientos, uniendo todo al amor de Cristo que se ha dado “sin medida” (Jn. 13,1). Ha vivido el gran misterio del dolor ofrecido por amor. De este modo, su pequeña gota se trasformó en un gran manantial de misericordia, que irrigó numerosos corazones desiertos y creó un oasis de vida en muchas partes del mundo”.
El Padre Pío, confesor severo, “rudo sòlo en apariencia”
La aparente dureza que a menudo el Padre Pío de Pietrelcina empleaba con los penitentes era en vista de su conversiòn. Muchos que recurrían a él, aún siendo motivados, aún sintiéndose deseosos de confesarse,- porque la gracia divina opera constantemente en el corazón de los fieles- podían tener necesidad de una ulterior purificación, frecuentemente puesta de manifiesto justamente por aquel comportamiento aparentemente rudo del santo confesor que les invitaba a abandonar el confesionario. Sin embargo, vuelven a la mente las palabras de la Escritura: “Como es verdad que yo vivo –oráculo del Señor Dios- no gozo de la muerte del impío, sino que el impío desista de su conducta y viva” (Ez. 33,11). Así que todos aquellos que habían sido alejados del confesionario regresaban con un “corazón contrito y humillado” (Salmo 50), sobretodo, habiendo recibido la gracia de una real inteligencia del propio pecado. Lo que, por ejemplo, le había faltado inicialmente a David, cuando no comprendió que la profecía de Natán se referìa a él. El rey salmista testimoniará en aquel admirable Salmo 50 haber recibido después el don y  la capacidad de ver claro el propio pecado: “Lávame de todas mis culpas, purifícame de mi pecado. Reconozco mi culpa, mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti sòlo he pecado, lo que es malo a tus ojos, yo lo he hecho”. Subrayar este aspecto, adquirir esta consciencia, es un don que proviene de Dios. Aquél pecado reconocido y percibido en su gravedad, es acogido por Dios. El Padre Pío frecuentemente “se limitaba” a ratificar lo que por gracia divina “veía” ya realizado en el corazón de Dios y en el corazón del penitente que se encontraba ante él. La Escritura afirma pues, que Dios se olvida de nuestros pecados: “Entonces mi amargura se trocarà en bienestar, pues tù preservaste mi alma de la fosa de la nada, porque te echaste a la espalda todos mis pecados” (Is. 38,17). El mismo Papa Francisco dijo, bromeando, en el curso de una catequésis, que Dios tiene un solo defecto: ¡Se olvida de todos nuestros pecados!
Su severidad pues estaba al servicio de la pedagogía divina que tiene un proyecto para cada uno de nosotros y apunta a nuestra adhesión a la obra de salvación.
Un estilo que en ciertos aspectos recuerda el modo de actuar del mismo Dios, cuando en distintos fragmentos proféticos del AT parece casi “entrar en causa”, “en litigio” con su pueblo. De hecho, Dios inicialmente rehùsa de perdonar el pecado de su pueblo, y sòlo después de un tiempo establecido deja entrever la riqueza de su perdón. Esta experiencia, narrada por los profetas, tal vez pueda explicar por qué el Padre Pío acogía y a veces rechazaba al pecador. Sintiéndose  rechazado y alejado, el penitente podía reflexionar sobre su propio pecado y el estado de miseria en que éste lo habìa sumido y por tanto retornar verdaderamente convertido al confesionario. Todo es obra de la gracia divina que trabaja en el corazón del hombre.
Mientras tanto, el Padre Pío continuaba rezando y sufriendo por aquel pecador alejado e invitado a volver después de un cierto tiempo; a sus sufrimientos físicos y morales, solía anadir otras formas de penitencia y de mortificación corporal,  como la privación de la comida o del  sueño. Todo para la conversión de aquel pecador que después fatalmente volvería arrepentido sellando el perdón de Dios con “un abrazo pacificante”.
En la narración de los Evangelios, también Jesús acoge a los pecadores, pero los pone ante la verdad sobre sí mismos, les invita a releer su propia existencia con los ojos de una renovada fe en El, la única capaz de hacer brotar la novedad de vida: “Ni yo te he condenado, vete y de ahora en adelante no peques más” (Jn. 8,11).
Hay que anadir también que con frecuencia, existía una actitud superficial por parte de algunos por decir asì “penitentes” que se acercaban al confesionario por muchos otros motivos, no necesariamente para confesarse y retomar un verdadero camino de conversión, que provocaba las reacciones airadas del Padre. A este propósito se refiere el Padre Eusebio Notte de Castelpetroso: “El confesionario era el único medio para acercarse al Padre Pío y pedirle algún consejo, por eso todos querían ir a confesarse. Una enorme multitud, con una conducta poco educada… hecha de peleas, rinas, palabrotas… con tal de alcanzar el objetivo. A la confesión de los pecados y al arrepentimiento de las culpas nadie pensaba. Esto era uno de los motivos principales por el cual el Padre los echaba sin la absolución. No quería que el sacramento de la confesión fuese profanado con su complicidad. Fue entonces cuando el superior tuvo la idea de implementar un sistema de reservaciones, algo realmente extraño, pero que en cierto modo resolvió el problema.
“Cincuenta o sesenta mujeres, que presumiblemente el Padre habrìa confesado cada mañana, eran preparadas acerca de cómo debían confesarse”.
“No empezar con los pedidos o preguntas de cosas materiales: estas estaban reservadas para el final de la confesión. La precedencia correspondìa a los pecados mortales, al número, a la especie, y después a los pecados veniales”.
“Estos pecados, para obtener la absolución del Padre Pío y el perdón de Dios, suponían algo importante: reconocer de haberse equivocado, trasgrediendo los mandamientos del Señor y arrepentirse (…). Entonces la absolución estaba garantizada y se encontraba, no un Padre Pío juez, sino un padre con una dulzura infinita, que te invitaba a la conversión y al arrepentimiento.
“Una confesión hecha de este modo, te autorizaba a pedirle al Padre todo lo que querías.
“Si no se respetaban estas normas, o peor aún, si no había un cierto arrepentimiento, el Padre lo provocaba cerrándoles la ventanilla en la cara sin demasiada gracia (…). Pero sin embargo, es de notar que no te mandaba al infierno, sino que agregaba siempre: “Vete, vuelve dentro de un mes, dos meses”, etc. El regreso y la conversión estaban casi asegurados. Sellados por “una confesión dulcísima e inolvidable” (E. Notte, Padre Eusebio e Padre Pio. Briciole di storia. Grafiche Grilli, Foggia, 2007, pp. 155).
Hay otro aspecto no menos considerable en la pedagogía del Padre Pío confesor, su celo por la gloria y los derechos de Dios asì como también por la salvación de las almas. El mismo ha escrito al Padre Benedetto de San Marco in Lamis el 20 de septiembre de 1921: “Todo se compendia en esto: estoy devorado por el amor de Dios y por el amor al prójimo. Dios está siempre para mi fijo en la mente y estampado en el corazón. Nunca lo pierdo de vista: me conmueve admirar su belleza, su sonrisa, sus turbaciones, su misericordia, su venganza o mejor dicho el rigor de su justicia (…) Créame, padre, que los enojos que a veces me sobrecogen son causados por esta dura prisión (…) ¿Cómo es posible ver a Dios que se aflige y no afligirse? Ver a Dios al límite de arrojar su zaeta, y buscando otra solución no encontrar más que alzar la mano y detener su brazo, y la otra dirigirla temblorosa al hermano, con un doble fin: que arroje lejos de si el mal y que se aparte, y rápidamente, de ese lugar donde se encuentra, porque la mano del juez está por descargarse sobre él? Créame, que en ese instante, mi interior no queda conmovido y mucho menos alterado. No siento otra cosa que no sea querer lo que Dios quiere. Y en El me siento siempre reposado, al menos en mi interior, exteriormente sin embargo a veces un poco incómodo” (Epístola I, p. 1247).
El Padre Carmelo de Sessano testimonia: “Después de una riña bastaba que volviera la cabeza hacia él para verlo de nuevo sonreír, como si nada hubiera ocurrido. Me sucedió una vez al observarlo, que quedé sorprendido, tanto que le dije: <Pero, Padre, hace un instante parecía el fin del mundo, ¡en cambio ahora todo es cielo!> Y él a mi: <Hijo mío, me turbo sòlo en la superficie, pero dentro, en el corazón, hay siempre sobrada calma y serenidad>. (Carmelo de Sessano, Testimonianza su Padre Pio, P. Pio da Pietrelcina, San Giovanni Rotondo, 2000, p.10).
Es además interesante notar como el Padre Pío exhortaba a sus hermanos sacerdotes a no imitarlo. A un confesor que echó a un penitente que, obviamente, no volvió más, le dijo: “Es un lujo que tù no te puedes permitir”
En otra circunstancia, cuando algunos hermanos sacerdotes le preguntaron: “Cuando usted no absuelve, esas almas recurren a nosotros. ¿Qué debemos hacer: absolver o no?, el Padre Pío respondió: “Vosotros debéis absolver, el Padre Pío es uno solo”.
Como afirma Stefano Campanella, en su reciente obra “La Misericordia in Padre Pio”: “El contacto directo con el Señor consentía, de hecho, a aquel fraile no sòlo de escrutar el corazón, sino también de conocer el itinerario de purificación más eficaz para obtener de los pecadores un arrepentimiento más profundo, una verdadero resurrecciòn”.
Interesante aún en este aspecto es el testimonio del Padre Peregrino Funicelli de San Elia a Pianisi,  quien le preguntò al Padre Pìo:“Las personas dejadas por él sin absolución, en caso de muerte imprevista, ¿corren el riesgo de condenarse? El Padre Pío responde: “¿Quién te dijo que esas almas están en desgracia de Dios? Entonces el interlocutor objetó: “Y si no están en desgracia de Dios, ¿por qué no pueden acercarse a la Eucarestía? Y el Padre Pío le replicò: “Porque deben hacer una penitencia particular”.
En algunos casos, inclusive era él mismo el que aconsejaba al penitente despedido sin absolución sacramental: “Ahora vete a confesarte con otro”.
En el humilde confesionario de la antigua iglesia de Santa María de las Gracias de la aldea gargánica de San Giovanni Rotondo, podemos afirmar que el Padre Pío, hacìa suyo el grito del hombre de su siglo, marcado por los horrores de la guerra,  la duda del aparente eclipse de Dios, del mal moral que iba ganando la sociedad, consciente de ser sòlo un pobre instrumento de la misericordia de Cristo al servicio de los “hermanos en exilio”.

 El Padre Pio confesor “iluminado”
Este último fue un tema profundizado particularmente por el Papa Juan Pablo II. El santo Pontífice escribe sobre el argumento: “El Padre Pío de Pietrelcina… ha ayudado a muchos a encontrar el camino maestro de la Verdad y del Amor. Pero ¿Dónde se nutría él de aquella luz que lograba irradiar a cuantos lo encontraban? Ciertamente en la oración, en la escucha de Dios, en las largas penitencias y, sobretodo en la celebración de la Santa Misa, que constituía el corazón de toda su existencia” (discurso a los grupos de oración al cumplirse 40 años de su fundación en 1990). La respuesta se encuentra ciertamente en la intimidad con el Señor, en el camino de una auténtica conversión y en la presencia silenciosa y eficaz de la divina Providencia.
 El día sucesivo a la beatificación, el Papa Juan Pablo II vuelve sobre los valores religiosos y sacerdotales vividos por nuestro Santo, confirmando todo lo que ya había declarado Paulo VI acerca del fraile capuchino: “… se ha dedicado enteramente a la oración y al ministerio de la reconciliación y de la dirección espiritual. Lo resaltó muy bien el Siervo de Dios, el Papa Paulo VI: “¡Mirad qué fama ha tenido el Padre Pìo! Qué clientela mundial ha congregado a su alrededor ¿Y por qué? Tal vez porque era un filòsofo, porque era un sabio, porque contaba con medios a su disposiciòn? Porque decía la Misa humildemente, confesaba de la mañana a la noche y era- cosa difìcil de decir – representante visible  de los estigmas de Nuestro Señor. Era un hombre de oración y de sufrimiento” (20 de febrero de 1971). Su vida misma, rica de combates espirituales vivida: …”con las armas de la oración, centrada en los sagrados gestos cotidianos de la Confesión y de la Misa… La Santa Misa era el corazón de cada una de sus jornadas, la preocupación casi espasmòdica de todas las horas, el momento de mayor comunión con Jesús, Sacerdote y Víctima. Se sentía llamado a participar en la agonía de Cristo, agonía que continúa hasta el fin del mundo” ( Papa Giovanni Paolo II, Homilia per la beatificazione di Padre Pio, 2 maggio 1999).
En la homilía de la canonización, encontramos uno de las últimas alusiones al corazón sacerdotal del Padre Pío, esta vez vinculada con la misericordia divina de la que ha sido fiel dispensador, administrada como ejercicio de la pedagogía divina que busca y educa al pecador y a la verdad sobre sí mismo y su Dios: “El Padre Pío ha sido generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través la recepción, la dirección espiritual y especialmente la administración del sacramento de la Penitencia. El ministerio del confesionario, que constituye una de las caracterìsticas màs salientes de su apostolado, atraía multitudes innumerables de fieles al Convento de San Giovanni Rotondo. Incluso cuando el singular confesor trataba a los penitentes con aparente dureza, éstos, tomando conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, casi siempre retornaban para el abrazo pacificante del perdón sacramental. Pueda su ejemplo animar a los sacerdotes a cumplir con alegría y asiduidad este ministerio, tan importante hoy también… (Homilía por la canonización de Padre Pío de Juan Pablo II en 2002).
“En el ministerio de la confesión, el  Padre Pío perseguìa exclusivamente la salvación de las almas” (P. Carmelo de Sessano). Afirmaba nuestro Arzobispo Mons. Michele Castoro: “Concebía su obra de confesor como una ayuda para hacer renacer a  las personas, y transformarlas en nuevas criaturas. Es en el confesionario que se ha revelado un auténtico educador, según el significado etimológico de este término, que se refiere a la capacidad de hacer surgir en una persona su verdadera identidad, más allá de todo obstáculo y de todo límite. Y su dureza era manifestación, por parte suya, de su consciencia de cuàn delicada fuera esa tarea”. (Mons. Castoro, Homilía para la fiesta de San Pío,  23 de septiembre de 2011).
De hecho, solìa amonestar a sus hermanos sacerdotes: “Nosotros, los sacerdotes, administramos la sangre de Cristo. Cuidado de no arrojarla con facilidad y ligereza”.
Y a un hermano que buscó abogar en favor de un penitente despedido sin absolución, el Padre Pío le respondió: “¿Tampoco tú no me comprendes? ¡Si supieras cómo sufro al tener que negarle la absolución!... Entiende que es mejor ser reprochado por un hombre en esta tierra que por Dios en la otra vida”.
Una religiosa testimonia: “Era un juez severo cuando el caso lo requerìa (yo he hice frecuentemente esa experiencia personal), pero luego, el alma advertía rápidamente al padre tierno, que llegaba a derramar lágrimas de compasión y de amor por ella”. (Testimonio de Sor María Francisca Consolata).
Stefano Campanella, en la obra anteriormente citada, refiere a este respecto un testimonio aún más elocuente, del profesor Francesco Lotti, jefe del departamento de pediatría de la Casa Alivio del Sufrimiento, estrecho colaborador y médico personal del Padre Pío. Se refiere a un colega suyo que se involucrò en una situación lamentable. De hecho, él había mantenido una relación extra-conyugal y su amante (una enfermera) había quedado embarazada. Siendo él un personaje muy notorio en la ciudad de San Giovanni Rotondo y entre los colaboradores muy estrechos del santo, se alejó del Padre por miedo de recibir un áspero reproche por parte de su habitual confesor delante de la gente que se apinaba en la pequeña iglesia conventual. Por eso, recurriò a un hermano religioso del Padre Pío exhortándole a abogar en su favor ante el Padre, invitándolo a ser clemente con él y a no echarlo con rudeza delante de todos. El hermano se prestó a la mediaciòn y le contó al Padre Pío lo acaecido y la situación desagradable en la que se encontraba el desafortunado médico. El religioso comenta: “El Padre Pío me miró y me dijo: Pero, ¿Tú te has escandalizado?  Y yo:  Y bueno, un poquito sí: “Por la persona… frecuenta el convento desde hace muchos años, está siempre cerca suyo, un poco me he escandalizado”. Y el Padre Pío le replicò: <Mira, si el Señor sacara por un solo instante su mano de mi cabeza y de la tuya, ambos harìamos cosas peores. Dile que venga aquí y no lo trataré mal delante de todos>. Y así fue, naturalmente”.

El Padre Pío, no sòlo confesor, sino también “victima por los pecadores”

Un aspecto que tal vez deberìa ser màs profundizado en el ministerio de la reconciliación del Padre Pìo, es el de “la víctima ofrecida en sacrificio” que él hace de sí mismo en reparación y expiación de los pecados de los hombres. Un ofrecimiento  que interpretamos a la luz de su particular conformación a Cristo. Parecería que no fuera suficiente el servicio de cada día cumplido con fidelidad y total entrega: él quiere comprometerse aùn más y sinte que debería ofrecerse víctima, en uniòn con el sacrificio de Jesucristo, unica vìctima agradable al Padre para la salvaciòn de los hombres. Una sensibilidad que encontramos en el Concilio Vaticano II donde se afirma que los presbíteros actúan en nombre de Cristo. Este ofrecimiento alcanza su vértice en la celebración de la Eucaristía. El Papa Juan Pablo II comenta: “¿Y quién no recuerda el fervor con el que el Padre Pío revivía en la Santa Misa la Pasión de Cristo? Por esto la estima que tenía de la Misa – por él definida “un misterio tremendo” – como momento decisivo de la salvación y la santificación del hombre mediante la participación en los sufrimientos mismos del Crucificado. “ En la Misa –  solìa decir –  està todo el Calvario”. La Misa fue para él  “fuente y vértice”,  perno y  centro de toda su vida y de toda su obra”.

Conclusión

Queridos hermanos y hermanas, conscientes de que nuestro deber es orientar a los hermanos hacia Cristo, estamos llamados sobre todo a cultivar una relación vital con El; se necesita en suma, estar llenos del Espíritu Santo para asì ser capaces de discernir los dones de Dios y de testimoniarlos con fidelidad y coherencia.
Lo sabemos muy bien: la vida espiritual y pastoral de nosotros, los sacerdotes, depende, por su calidad y fervor, de nuestra estrecha uniòn a la fuente de la gracia que es el Corazón de Cristo.
El Padre Pío, apóstol incansable del confesionario, interceda por todos los presbíteros llamados a ejercitar el ministerio, a fin de que en este mundo atormentado, marcado por la violencia y el odio, el relativismo moral y la pérdida de los valores, podamos ser testimonios fehacientes de la misericordia de Dios. Que también hoy, en le Iglesia, “maestra de humanidad y de misericordia”, los sacerdotes puedan transformarse como ha sido el Padre Pío, en “una caricia viviente del Padre, que cura las heridas del pecado y renueva el corazón con la paz” (Papa Francisco).
A modo de conclusión, relato aquì un episodio que tal vez, muchos habrán ya escuchado, pero que en cierto modo, resume todo lo que hemos tratado de decir con respecto al Padre Pío “ministro y apóstol de la misericordia”. Es Mons. Pierino Galeone quien nos ofrece este testimonio: “Se refiere a un abogado boloñés, ex 33 de la masonería (el grado más elevado en la jerarquía masónica), obstinadamente anticlerical, teniendo a sus espaldas un pasado cargado de pecados y de errores. Todo inició con la enfermedad de su esposa: tumor sin esperanza. La muerte era cierta e inminente. El marido, angustiado, estaba en el hospital y la asistía. Pero un día ella, sollozando, le pide que vaya a San Giovanni Rotondo para implorarle al Padre Pío la gracia de un milagro. Había sentido hablar mucho de las innumerables gracias que él habìa propiciado. La señora sabía que el marido era masón y obstinadamente anticlerical, pero ésta era su última esperanza.
El abogado instintivamente tuvo una reacción irritada y sarcástica. Pero cuando la esposa, desesperada rompió en llanto, por compasión ante su penosa condición, decidió contentarla: “Bien, voy a ir” – le dijo - . “Y no porque crea, sino para “giocare un terno al lotto” (para jugar un nùmero de la loterìa)”. Parte pues de Boloña y llega en un día. Participa en la misa por la mañana, hace la larga fila de las confesiones y cuando llega su turno, quedándose de pie, sin arrodillarse, le susurra al Padre Pío que quería hablarle un minuto. “Joven, ¡no me haga perder el tiempo!, - le replicò - ¿qué ha venido a hacer Ud., a “giocare un terno al lotto”? Si quiere confesarse arrodíllese, si no, déjeme confesar a esta pobre gente que está esperando”.
El abogado se sintió impactado al escuchar repetir al dedillo por parte del Padre Pío, la misma frase que él le había dicho a la esposa dos días antes y también el tono del fraile no admitía réplica. Casi sin pensarlo, se arrodilló, pero no había pensado ni siquiera en sus pecados, no sabía qué decir. Por un instante se sintió como una página en blanco, enmudecido y con el recóndito temor que aquel confesor le repitiera la escena. Y así continúa: “En cambio, apenas me arrodillé, el Padre cambió la voz y la actitud: se volviò dulce y paternal. Es más, en forma de preguntas, me fue revelando paulatinamente cada pecado de mi vida pasada, ¡ y yo había cometido tantos! Yo escuchaba cabizbajo la pregunta, y siempre respondía “Sí”. Asorado y conmovido, me quedé todo el tiempo inmóvil. Finalmente el Padre Pío me pidió: ¿Tienes algún otro pecado que confesar? No, respondí, convencido de que habiéndome dicho todo él,  demostrando asì que conocìa  perfectamente mi vida, yo no tenía nada más que confesar. El Padre Pío, en ese instante, me reveló un episodio de mi vida pasada que solamente yo conocía. Fulminado por su escrutinio del corazón, rompì en llanto. Mientras con el rostro escondido entre las manos, sollozaba, inclinado ante el reclinatorio, el Padre dulcemente me apoyó el brazo sobre las espaldas y, acercándose aùn màs a mi oído, me susurró, sollozando: “Hijo mío, ¡me has costado gran parte de mi sangre!. Ante estas palabras sentí mi corazón como si se partiera en dos, como por una dulcìsima llama.
Lloraba, cabizbajo y , de a ratos, alzando el rostro empapado en lágrimas, le repetía: “Padre,¡ perdón, perdón, perdón!. El Padre que tenía ya el brazo sobre mis espaldas, se acercó aùn más y comenzó a llorar conmigo. Una dulcísima paz invadió mi espíritu. Por un momento sentí el absurdo dolor mudarse en un increíble gozo.
“Padre – le dije – ¡soy tuyo! ¡Haz de mí lo que quieras! Y él, enjugándose los ojos me susurró: “Dame una mano para ayudar a los demàs”. Después añadió: “Salúdame a tu mujer”. Volví a casa y mi esposa estaba curada”.


Fray Carlos María Laborde capuchino
Secretario General de los Grupos de Oración de Padre Pio


Mes de Junio


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1  El Corazón de Jesús sea el centro de todas tus inspiraciones (ASN, 44).

2  Con conmovido reconocimiento contemplemos aquel sublime misterio que atrae fuertemente al Corazón de Jesús hacia su criatura; meditemos la gran condescendencia con la que asume nuestra misma carne para vivir en medio de nosotros la mísera vida de la tierra; reunamos todas las posibilidades de la inteligencia para considerar de forma digna el tenaz fervor y los rigores de su apostolado, para recordar los horrores de su pasión y de su martirio, para adorar su sangre... ofrecida de forma regia hasta la última gota por la redención del género humano; y después, con humilde fe, con el mismo ardiente amor con que él envuelve y persigue nuestras almas, inclinemos nuestra frente manchada ante sus pies (GF, 170).

3  Jesús, tú vienes siempre a mí. ¿Con qué te debo alimentar?... ¡Con el amor! Pero mi amor es engañoso. Jesús, te quiero muchísimo. Suple mi falta de amor (AD, 36).

4  No ceso de implorar a Jesús sus bendiciones para vosotras y de pedir al Señor que os transforme enteramente en él. ¡Hijas mías!, ¡qué bello es su rostro, qué dulces sus ojos, y qué bueno es estar junto a él en el monte de su gloria! Allí debemos poner todos nuestros deseos y nuestros afectos. Nosotros somos, en contra de todo merecimiento,  sus peldaños del Tabor, si tenemos la firme resolución de servir bien y de amar  su divina bondad (Epist.III, p.405s.).

5  Recordemos que el Corazón de Jesús nos ha llamado no sólo para nuestra santificación, sino también para la santificación de otras almas. El quiere ser ayudado en la salvación de las almas (AP).

6  ¿Qué más te puedo decir? La gracia y la paz del Espíritu Santo estén siempre en tu corazón. Pon este corazón en el costado abierto del Salvador y únelo a este rey de nuestros corazones. El está en ellos como en su trono real para recibir el homenaje y la obediencia de todos los demás corazones, con la puerta siempre abierta para que todos puedan acercarse y tener audiencia siempre y en cualquier momento; y cuando tu corazón le hable, no te olvides, mi queridísima hija, de hablarle también a favor del mío, para que su divina y cordial majestad lo vuelva bueno, obediente, fiel y menos mezquino de lo que es  (Epist.III, p.427s.).

7  No te extrañes en modo alguno de tus debilidades. Al contrario, reconociéndote por lo que eres, avergüénzate de tu infidelidad para con Dios y pon en él tu confianza, abandonándote con paz en los brazos del Padre del cielo como un niño en los brazos de su madre (AP).

8  En las tentaciones lucha con valentía junto con las almas fuertes y combate junto al jefe supremo; en las caídas no permanezcas postrada ni en el espíritu ni en el cuerpo; humíllate mucho pero sin perder el ánimo; abájate pero sin degradarte; lava tus imperfecciones y tus caídas con lágrimas sinceras de arrepentimiento, sin que falte la confianza en su divina bondad que será siempre mucho mayor que tu ingratitud; propón tu enmienda, sin presumir de ti misma, ya que tu fortaleza la debes tener en solo Dios; confiesa, por fin, con toda sinceridad, que, si Dios no fuese tu coraza y tu escudo, habrías sido incautamente herida por toda clase de pecados  (Epist.III, p.698).

9  Amemos a Jesús por su grandeza divina, por su poder en el cielo y en la tierra, y por sus méritos infinitos, pero, también y sobre todo, por motivos de gratitud. Si hubiera sido con nosotros menos bueno, más severo, ¡seguro que habríamos pecado menos!... Pero el pecado, cuando le sucede el dolor profundo de haberlo cometido, el propósito leal de no volverlo a cometer, el sentimiento vivo del gran mal que con él hemos causado a la misericordia de Dios; cuando, heridas las fibras más duras del corazón, se consigue que de ellas broten lágrimas ardientes de arrepentimiento y de amor, el mismo pecado, hijo mío, llega a convertirse en peldaño que nos acerca, que nos eleva, que de forma segura nos conduce a él  (GF, 171).

10  Oh, si tuviese un número infinito de corazones, todos los corazones del cielo y de la tierra, el de tu Madre... todos, todos, oh Jesús, te los ofrecería a ti (AD, 54).

11  Jesús mío, mi dulzura, mi amor, amor que me sostiene (AD, 50).

12  Jesús, te quiero muchísimo; es inútil que te lo repita, te quiero mucho, Amor, Amor. ¡Tú solo!... a ti solo las alabanzas.. (AD, 38).

13  Jesús sea para ti, siempre y en todo, escolta, apoyo y vida! (ASN, 44).

14  Doy mi aprobación a que te ocupes en ganar almas para Jesús, enseñándoles el modo de agradarle. Haz también la santísima comunión por el Santo Padre (Epist.III, p.459).

15  Aún admitiendo que hubieras cometido todos los pecados de este mundo, Jesús te repite: te son perdonados (tus) muchos pecados porque has amado mucho (CE, 16).

16  En el tumulto de las pasiones y de las vicisitudes adversas nos sostenga la grata esperanza de su inagotable misericordia. Corramos con confianza al tribunal de la penitencia, donde él con ansiosa solicitud de padre nos espera en todo momento; y, conscientes de nuestra insolvencia ante él para corresponderle, no dudemos del perdón pronunciado solemnemente sobre nuestros errores. Pongamos sobre ellos, como ya la ha puesto el Señor, una piedra sepulcral  (CE, 18).

17  El corazón de nuestro divino Maestro no tiene ley más amable que la de la dulzura, la de la humildad y la de la caridad (CE, 1l).

18  Jesús mío, dulzura mía, ¿y cómo puedo vivir sin ti?
Ven siempre, Jesús mío, ven; entra a poseer tú solo mi corazón (AD, 54).

19  Hijos míos, nada es demasiado a la hora de prepararnos para la santa comunión (AP).

20  Padre, me considero indigno de la santa comunión. ¡Soy indigno!
Respuesta: "Es verdad, no somos dignos de un regalo tan grande; pero una cosa es acercarse indignamente en pecado mortal, y otra distinta no ser dignos. Indignos somos todos; pero es él quien nos invita, es él quien lo quiere. Humillémonos y recibámosle con todo el corazón lleno de amor" (LdP, 55).

21  “Padre, ¿porqué llora cuando recibe a Jesús en la santa comunión?”.
Respuesta: “Si la Iglesia lanza este grito: No despreciaste el seno de la Virgen, hablando de la encarnación de la Palabra en el seno de la Inmaculada, ¡qué no habrá que decir de nosotros miserables! Pero Jesús nos ha dicho: "Quien no come mi carne y no bebe mi sangre no tendrá la vida eterna"; por tanto, acerquémonos a la santa comunión con gran amor y temor. Todo el día sea preparación y acción de gracias de la santa comunión (LdP, 55).

22  No te desanimes si no consigues hacerlo todo como deseas. Esfuérzate en hacer lo que tienes que hacer sin que nada te distraiga de ello. Y despreocúpate de si experimentas consuelo, aburrimiento o fastidio. Tu intención sea siempre recta (Epist.IV, p.394).

23  Si no se te concede el poder detenerte por mucho tiempo en oración, en lecturas, etc., no debes desanimarte por eso. Mientras tengas a Jesús sacramentado cada mañana, debes considerarte afortunadísima. Durante el día, cuando no se te conceda hacer otra cosa, llama a Jesús, incluso en medio de todas tus ocupaciones, con gemidos resignados del alma; y él vendrá y permanecerá siempre unido a tu alma por la gracia y por su santo amor. Vuela en espíritu al sagrario, cuando no puedas ir en persona; y allí expresa tus ardientes deseos y habla y pide y abraza al Amado de las almas, mejor que si se te concediese recibirlo sacramentalmente  (Epist.III, p.448).

24  Sólo Jesús puede comprender cuánta es mi pena cuando se despliega ante mí la escena dolorosa del Calvario. Es igualmente incomprensible el alivio que se da a Jesús, no sólo al compartir sus dolores, sino cuando encuentra un alma que, por su amor, le pide no consuelos sino más bien tomar parte en sus mismos sufrimientos (Epist.I, p.335).

25  Al asistir a la santa misa renueva tu fe y medita cuál es la víctima que se inmola por ti a la divina justicia, para aplacarla y volverla propicia (LdP, 66).
Cuando estás bien, oyes la misa. Cuando estás mal y no puedes asistir a ella, entonces la dices (AP).

26  Cada santa misa escuchada con atención y devoción produce en nuestra alma efectos maravillosos, abundantes gracias espirituales y materiales, que ni nosotros mismos conocemos. Para conseguir esto, no gastes inútilmente tu dinero, sacrifícalo y sube hasta aquí para escuchar la santa misa (FSP, 45).
El mundo podría  subsistir incluso sin el sol, pero no podría existir sin la santa misa (AP).

27  En estos tiempos tan tristes de fe muerta, en los que triunfa la impiedad, el medio más seguro para mantenerse libres del terrible mal que nos rodea, es el de fortalecerse con este alimento eucarístico. Algo que no lo podrá conseguir aquél que vive meses y meses sin saciarse de la carne inmaculada del Cordero divino (AdFP, 463).

28 Termino porque la campana me llama y me invita; y yo me voy al lagar de la iglesia, al santo altar donde continuamente destila el vino sagrado de la sangre de aquella uva deliciosa y singular, de la que a sólo unos pocos afortunados les está permitido embriagarse. Allí -como bien sabéis, no puedo actuar de otro modo- os presentaré al Padre celestial, en unión de su Hijo, en quien, por quien y por medio de quien yo soy todo vuestro en el Señor (Epist.III, p.588s.).

29  ¿Veis cuántos desprecios y cuántos sacrilegios se cometen por los hijos de los hombres contra la humanidad sacrosanta de su Hijo en el sacramento del Amor? A nosotros nos corresponde, ya que hemos sido elegidos por la bondad del Señor en su Iglesia, según las palabras de San Pedro, para un sacerdocio real (1P 2,9), a nosotros nos corresponde, digo, defender el honor de este mansísimo Cordero, siempre solícito cuando se trata de defender la causa de las almas, siempre mudo cuando se trata de su propia causa (Epist.III, p.62s.).

30  Jesús mío, salva a todos, yo me ofrezco como víctima por todos; dame fuerzas, toma este corazón, llénalo de tu amor y después mándame lo que quieras (AD, 53).


Oraciones de Padre Pio


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Coronita al Sagrado Corazón de Jesús.
 Recitada diariamente por el Padre Pío, por todos aquellos que se encomendaban a sus oraciones.

  1)    ¡OH Jesús mío! que dijiste. “ En verdad os digo, pedid y recibiréis, buscad y encontrareis, llamad y se os abrirá”, he aquí que yo llamo, yo busco, yo pido la gracia...
Padre nuestro, Ave Maria, Gloria.
Sagrado Corazón de Jesús, confío y espero en vos.

 2) ¡OH Jesús mío!, que dijiste “en verdad os digo cualquier cosa que pidieres a mi Padre en mi nombre, el os la concederá” he aquí que a Vuestro Padre y en Vuestro nombre, yo pido la gracia...
Padre nuestro, Ave María, Gloria .
Sagrado Corazón.......

3) OH Jesús mío ! que dijiste. “En verdad os digo, el cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán jamás” he aquí que apoyado en la infalibilidad de vuestras santas palabras yo pido la gracia...
Padre nuestro, Ave María, Gloria.
Sagrado Corazón........

¡OH Sagrado corazón de Jesús! a quien es imposible no tener compasión de los infelices, tened piedad de mi, mísero pecador, y concédeme la gracia que te pido, por medio del Inmaculado Corazón de Maria, vuestra y nuestra tierna Madre.

 San José padre adoptivo del Sagrado Corazón de Jesús ruega por nosotros.

 Dios te salve Reina y Madre........
Amen.

Mes de Mayo


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1   Cuando se pasa ante una imagen de la Virgen hay que decir:
"Te saludo, María.
Saluda a Jesús de mi parte" (AdFP, 401).

2  Escucha, Madrecita: yo te quiero mucho más que a todas las criaturas de la tierra y del cielo... después de Jesús, naturalmente...; pero te quiero mucho (AD, 40).

3  Madrecita hermosa, Madrecita querida, eres bella. Si no existiera la fe, los hombres te llamarían diosa. Tus ojos son más resplandecientes que el sol; eres bella, Madrecita; yo me glorío de ello, te amo, ¡ah!, ayúdame (AD, 55).

4  María sea la estrella que os ilumine la senda, os muestre el camino seguro para llegar al Padre del cielo; sea como el ancla a la que os debéis sujetar cada vez más estrechamente en el tiempo de la prueba (Epist.II, p.373).

5  María sea la razón única de tu existencia y te guíe al puerto seguro de la salvación eterna. Sea para ti dulce modelo e inspiradora en la virtud de la santa humildad (ASN, 44).

6  Si Jesús se manifiesta, agradecédselo; y si se oculta, agradecédselo también; todo es broma de amor.
La Virgen clemente y piadosa continúe alcanzándoos de la inefable bondad del Señor la fuerza para sobrellevar hasta el final tantas pruebas de amor como os concede. Yo os deseo que lleguéis a morir con Jesús en la cruz y que podáis exclamar en él dulcemente: "Se ha cumplido" (AdFP, 563).

7  Oh María, madre dulcísima de los sacerdotes, mediadora y dispensadora de todas las gracias: desde lo íntimo de mi corazón te ruego y te suplico encarecidamente que hoy, mañana y siempre des gracias a Jesús, el fruto bendito de tu vientre  (AP).

8  La humanidad quiere su parte. También María, la Madre de Jesús, sabía que, por medio de la muerte de su Hijo, se realizaba la redención del género humano, y sin embargo también ella ha llorado y sufrido; y ¡cuánto ha sufrido! (GC, 21).

9  María convierta en gozo todos los dolores de tu vida (GC, 24).

10  No os entreguéis tan intensamente a la actividad de Marta que olvidéis el silencio y el abandono de María. La Virgen, que concilia tan perfectamente ambas cosas, os sirva de dulce modelo y de inspiración (CE, 45).

11  María hermosee y perfume continuamente tu alma con nuevas virtudes y te proteja con su amor maternal. Manténte cada vez más unida a la Madre del cielo, porque ella es el mar a través del cual se alcanzan las playas de los esplendores eternos en el reino de la aurora (FM, 167,165).

12  Trae a tu memoria lo que sucedía en el corazón de nuestra Madre del cielo al pie de la cruz. Es tan intenso su dolor que permanece impertérrita ante su Hijo crucificado, pero no puedes decir que haya sido abandonada. Al contrario, ¿cuándo la amó más y mejor que cuando sufría y ni siquiera le era posible llorar? (Epist.III, p.189).

13  No te alejes del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor por Jesús, crucificado por tu eterna salvación.
La Virgen Dolorosa te acompañará y te servirá de dulce inspiración (LdP, 66).

14  Hijo, tú no sabes qué produce la obediencia. Mira: por un sí, por un solo sí, fiat secundum verbum tuum, por hacer la voluntad de Dios, María llega a ser Madre del Altísimo, confesándose su esclava, pero conservando la virginidad que tan grata era a Dios y a ella.
Por aquel sí pronunciado por María Santísima, el mundo obtuvo la salvación, la humanidad fue redimida.
Hagamos también nosotros siempre la voluntad de Dios y digamos también siempre sí al Señor (FSI, 32).

15  Correspondamos también nosotros, que hemos sido regenerados en el santo bautismo, a la gracia de nuestra vocación a imitación de la Inmaculada, Madre nuestra. Apliquémonos incesantemente al estudio de Dios para conocerlo, servirlo y amarlo cada vez mejor (Epist.IV, p.860s.).

16  Madre mía, infunde en mí aquel amor que ardía en tu corazón por él; en mí, que, cubierto de miserias, admiro en ti el misterio de tu inmaculada concepción y que ardientemente deseo que, por ese misterio, purifiques mi corazón para amar a mi Dios y a tu Dios, mi mente para elevarme hasta él  y contemplarlo, adorarlo y servirlo en espíritu y verdad, el cuerpo para que sea su tabernáculo menos indigno de poseerlo cuando se digne venir a mí en la santa comunión (Epist.IV, p.860).

17  Padre, hoy es la Dolorosa. Dígame una palabra. Respuesta: La Virgen Dolorosa nos quiere bien, nos ha dado a luz en el dolor y en el amor. No se aparte jamás de tu mente la Dolorosa y sus dolores queden grabados en tu corazón; y lo encienda de amor a ella y a su Hijo (LdP, 193).

18  El alma bienaventurada de María, como paloma a la que se libera de los lazos, se separó de su santo cuerpo y voló al seno de su Amado (Epist.IV, p.967).

19  Después de la ascensión de Jesucristo al cielo, María ardía continuamente en el más vivo deseo de reunirse con él. En ausencia de su divino Hijo, le parecía encontrarse en el más duro destierro.
Aquellos años en los que tuvo que estar separada de él, fueron para ella el más lento y doloroso martirio, martirio de amor que la consumía lentamente (Epist.IV, p.965s.).

20  Jesús, que reinaba en el cielo con la humanidad santísima que había tomado en las entrañas de la Virgen, quiso que también su Madre, no sólo con el alma sino también con el cuerpo, se reuniera con él y compartiera plenamente su gloria.
Y esto era totalmente justo y merecido. Aquel cuerpo, que no fue ni por un sólo instante esclavo del demonio y del pecado, no debía serlo tampoco de la corrupción (Epist.IV, p.967).

21  Procura conformarte siempre y en todo a la voluntad de Dios en todos los acontecimientos, y no tengas miedo. Esta conformidad es el camino seguro para llegar al cielo (Epist.III, p.448).

22  Yo deseo, y no lo ignoráis, morir o amar a Dios, es decir, la muerte o el amor, ya que la vida sin este amor es peor que la muerte. ¡Hijas mías, ayudadme! Yo muero y agonizo en cada momento. Todo me parece un sueño y no sé dónde me muevo. ¡Dios mío!, ¿cuándo llegará la hora en que también yo pueda cantar: éste es mi descanso, oh Dios, para siempre? (Epist.III, p.406).

23  Practica la penitencia de pensar con dolor en las ofensas hechas a Dios; la penitencia de ser constante en el bien, la penitencia de luchar contra tus defectos (FSP, 42).

24  Confieso ante todo la gran desgracia que supone para mí el no saber expresar y sacar fuera este gran volcán siempre encendido que me abrasa y que Jesús ha metido dentro de este corazón tan pequeño. Todo se resume en esto: vivo devorado por el amor de Dios y por el amor del prójimo (Epist.III, p.1246s.).

25  La ciencia, hijo mío, por muy grande que sea, es siempre algo muy pobre; y es menos que nada en comparación con el formidable misterio de la divinidad. Debes encontrar otros caminos. ¡Limpia tu corazón de toda pasión terrena, humíllate en el polvo y ora! De ese modo encontrarás con certeza a Dios, que te dará la serenidad y la paz en esta vida y la beatitud eterna en la otra (CE, 56).

26  ¿Has visto algún campo de trigo en plena madurez? Podrás observar que algunas espigas son altas y vigorosas; otras, en cambio, están dobladas hacia el suelo. Prueba a coger las altas, las más vanidosas, y verás que están vacías; si, por el contrario, coges las que están más bajas, las más humildes, verás que están cargadas de granos. De esto podrás concluir que la vanidad es algo vacío (CE, 62).

27  Nos conviene esforzarnos mucho para llegar a ser santos y para servir intensamente a Dios y al prójimo (Epist.III, p.465).

28  Hagámonos santos; de este modo, después de haber vivido juntos en la tierra, estaremos juntos para siempre en el cielo (GB, 26).

29  ¡Oh Dios!, hazte sentir cada vez más en mi pobre corazón y realiza en mí la obra que has comenzado. Siento en lo íntimo una voz que me dice insistentemente: santifícate y santifica. Pues bien, queridísima mía, es esto lo que yo quiero, pero no sé por dónde comenzar. Ayúdame, pues; sé que Jesús te quiere muchísimo y lo mereces. Háblale, pues, de mí que me conceda la gracia de ser un hijo menos indigno de san Francisco, que pueda servir de ejemplo a mis hermanos de modo que el fervor continúe siempre y crezca siempre más en mí de forma que haga de mí un perfecto capuchino (Epist.III, p.1010).

30  Sé, pues, siempre fiel a Dios en el cumplimiento de las promesas que le has hecho y no te preocupes de las burlas de los ignorantes. Debes saber que los santos son siempre vituperados por el mundo y por los mundanos y han puesto bajos sus pies al mundo con sus máximas (Epist.III, p.1080).

31  El campo de batalla entre Dios y Satanás es el alma humana. En ella se desarrolla en todos los momentos de la vida. Es necesario que el alma deje acceso libre al Señor y que sea fortalecida por él en todas partes con toda clase de armas; que su luz la ilumine allí donde combaten las tinieblas del error; que sea revestida por Jesucristo de su verdad y justicia, del escudo de la fe, de la palabra de Dios, para vencer a enemigos tan poderosos. Para ser revestidos de Jesucristo es necesario morir a sí mismos (CE, 33).