Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

MES DE ABRIL


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1  ¿No nos dice el Espíritu Santo que, en la medida que el alma se acerca a Dios, debe prepararse para la prueba? ¡Animo, pues! ¡Valor!, hija mía. Lucha con fortaleza y tendrás el premio reservado a las almas fuertes (Epist.III, p.423).

2  Hay que ser fuertes para llegar a ser grandes: éste es nuestro deber. La vida es una lucha de la que no podemos retirarnos; todo lo contrario, es necesario triunfar (CE, 33).

3  ¡Ay de los que no son honrados! No sólo pierden todo respeto humano sino que, además, no pueden ocupar ningún cargo civil... Por eso, seamos siempre honestos, desechando de nuestra mente todo mal pensamiento; y vivamos con el corazón orientado siempre hacia Dios, que nos ha creado y nos ha puesto en este mundo para conocerle, amarle y servirle en esta vida y después gozar de él eternamente en la otra (CS, n.15, p.74s.).

4  Sé que el Señor permite al demonio estos asaltos para que su misericordia os haga más agradables a sus ojos, y quiere que también os asemejéis a él en las angustias del desierto, del huerto y de la cruz; pero os tenéis que defender alejándoos y despreciando en el nombre de Dios y de la santa obediencia sus malignas insinuaciones (Epist.III, p.584).

5  Fíjate bien: siempre que la tentación te desagrade, no tienes por qué temer, pues, ¿por qué te desagrada si no porque no quisiste sentirla?
Estas tentaciones tan inoportunas nos vienen de la malicia del demonio, pero el desagrado y el sufrimiento que sentimos por ellas vienen de la misericordia de Dios, que, contra la voluntad de nuestro enemigo, aparta de su malicia la santa tribulación, y por medio de ella purifica el oro que quiere incorporar a sus tesoros.
Digo más: tus tentaciones son del demonio y del infierno, pero tus penas y sufrimientos son de Dios y del paraíso; las madres son de Babilonia, pero las hijas son de Jerusalén. Desprecia las tentaciones y abraza las tribulaciones.
No, no, hija mía, deja que sople el viento y no pienses que el sonido de las hojas sea el rumor de las armas (Epist.III, p.632s.).

6  No os esforcéis por vencer vuestras tentaciones porque este esfuerzo las fortalecería; despreciadlas y no os entretengáis en ellas. Imaginaos a Jesucristo crucificado entre vuestros brazos y sobre vuestro pecho y repetid muchas veces besando su costado: ¡Esta es mi esperanza, ésta es la fuente viva de mi felicidad! ¡Yo os agarraré estrechamente y no os dejaré hasta que me coloquéis en un lugar seguro! (Epist.III, p.570).

7  Pon fin a estas aprensiones sin sentido. Recuerda que la culpa no está en el sentimiento sino en el consentir a tales sentimientos. Sólo la voluntad que actúa libremente es capaz del bien y del mal. Pero cuando la voluntad gime bajo la prueba del tentador y no quiere aquello que se le presenta, allí no sólo no hay culpa sino que hay virtud (CE, 34).

8  Que no te asusten las tentaciones; son la prueba a la que Dios somete al alma cuando la ve con las fuerzas necesarias para mantener el combate y para ir tejiendo con sus propias manos la corona de la gloria.
Hasta ahora tu virtud ha sido de niña; ahora el Señor quiere tratarte como a adulta. Y porque las pruebas de la vida adulta son muy superiores a las de quien todavía es un niño, por eso al comienzo te encuentras desorganizada; pero la vida del alma adquirirá la calma y tú recobrarás la quietud. Ten paciencia por un poco más de tiempo; todo será para tu bien (Epist.III, p.626).

9  Las tentaciones contra la fe y la pureza son mercancía que ofrece el enemigo; pero no hay que tenerle miedo sino despreciarlo. Mientras siga alborotando, es señal de que todavía no se ha apoderado de la voluntad.
Tú no te desasosiegues por lo que estás experimentando de parte de este ángel rebelde; que tu voluntad se mantenga siempre contraria a estas instigaciones, y vive tranquila que ahí no hay culpa sino complacencia de Dios y ganancia para tu alma (Epist.III, p.422s.).

10  A él debes recurrir en los asaltos del enemigo, en él debes poner tu esperanza, y de él debes esperar todo bien. No te detengas voluntariamente en aquello que el enemigo te presenta. Recuerda que vence el que huye; y tú, ante los primeros movimientos de aversión hacia aquellas personas, debes apartar el pensamiento y recurrir a Dios. Dobla tu rodilla ante él y con grandísima humildad repite esta breve súplica: “Ten misericordia de mí, que soy una pobre enferma”. Después levántate y con santa indiferencia continúa en tus asuntos (Epist.III, p.414).

11  Ten por cierto que cuanto más crecen los asaltos del enemigo tanto más cerca del alma está Dios. Piensa y compenétrate bien de esta verdad cierta y reconfortante (Epist.III, p.414).

12  Anímate y no temas las obscuras iras de Lucifer. Métete esto en la cabeza para siempre: es una buena señal que el enemigo alborote y ruja en torno a tu voluntad, porque esto demuestra que él no está dentro.
¡Animo!, mi queridísima hija. Pronuncio esta palabra con gran sentimiento y, en Jesús, te repito: ¡ánimo!; no hay que temer mientras podamos decir con decisión, aunque sea sin sentirlo: ¡Viva Jesús! (Epist.III, p.410).

13  Ten por seguro que cuanto más grata es un alma a Dios más tiene que ser probada. Por eso, ¡valor! y ¡siempre adelante! (Epist.III, p.397).

14  Comprendo que las tentaciones más que purificar el espíritu parece que lo manchan; pero escuchemos cuál es el lenguaje de los santos; y a este propósito, os baste saber lo que, entre otros, dice San Francisco de Sales: que las tentaciones son como el jabón, que, extendido sobre la tela, parece que la ensucia cuando en realidad la limpia (Epist.II, p.68s.).

15  Vuelvo a inculcaros una vez más la confianza; nada puede temer el alma que confía en su Señor y que pone en él su esperanza. Aunque el enemigo de nuestra salvación esté siempre rondándonos para arrancarnos de nuestro corazón el ancla que debe conducirnos a la salvación, quiero afirmar la confianza en Dios nuestro Padre: agarremos con fuerza esta ancla y no permitamos nunca que nos abandone ni un solo instante; de otro modo todo estaría perdido (Epist.II, p.394).

16  Oh, ¡qué felicidad en las luchas del espíritu! Basta querer saber combatir siempre, para salir vencedor con toda seguridad (ASN, 43).

17  Estáte atenta para no desanimarte nunca al verte rodeada de debilidades espirituales.
Si Dios te deja caer en alguna debilidad, no es para abandonarte, sino sólo para afianzarte en la humildad y hacerte más atenta en el futuro (ASN, 42).

18  Marchad con sencillez por el camino del Señor y no atormentéis vuestro espíritu.
Tenéis que odiar vuestros defectos, pero con un odio tranquilo y no con el que inquieta y quita la paz (Epist.III, p.579).

19  La confesión, que es la purificación del alma, hay que hacerla a más tardar cada ocho días; yo no me puedo resignar a tener a las almas más de ocho días alejadas de la confesión (AP).

20  El demonio tiene una única puerta para entrar en nuestro espíritu: la voluntad; no existen puertas secretas.
Nada es pecado si no ha sido cometido por la voluntad. Cuando no entra en juego la voluntad, no se da el pecado, sino la debilidad humana (AdFP, 549).

21  El demonio es como un perro rabioso atado a la cadena; no puede herir a nadie más allá de lo que le permite la cadena. Manténte, pues, lejos. Si te acercas demasiado, te atrapará (AdFP, 562).

22  No abandonéis vuestra alma a la tentación, dice el Espíritu Santo, pues la alegría del corazón es la vida del alma y un tesoro inagotable de santidad; mientras que la tristeza es la muerte lenta del alma y no es útil para nada  (OP).

23  Nuestro enemigo, provocador de nuestros males, se hace fuerte con los débiles; pero con aquél que le hace frente con valentía resulta un cobarde (Epist.II, p.77).

24  Si conseguimos vencer la tentación, ésta produce el efecto que la lejía en la ropa sucia (AdFA, 158).

25  Sufriría mil veces la muerte antes que ofender al Señor deliberadamente (Epist.I, p.817).

26  No se debe volver ni con el pensamiento ni en la confesión a los pecados ya acusados en confesiones anteriores. Por nuestra contrición Jesús los ha perdonado en el tribunal de la penitencia. Allí él se ha encontrado ante nosotros como un acreedor de frente a un deudor insolvente. Con un gesto de infinita generosidad ha rasgado, ha destruido, las letras de cambio firmadas por nosotros al pecar, y que no habríamos podido pagar sin la ayuda de su clemencia divina. Volver sobre aquellas culpas, querer exhumarlas de nuevo con el solo fin de obtener una vez más el perdón, sólo por la duda de que no hayan sido verdaderamente y generosamente perdonadas, ¿no habría que considerarlo como un acto de desconfianza hacia la bondad de la que había dado prueba al destruir él mismo todo título de la deuda que contrajimos al pecar? Vuelve, si esto puede ser motivo de consuelo para nuestras almas, vuelve tu pensamiento a las ofensas infligidas a la justicia, a la sabiduría, a la infinita misericordia de Dios, pero sólo para derramar sobre ellas las lágrimas redentoras del arrepentimiento y del amor  (GF,169).

27  En el alboroto de las pasiones y de las situaciones difíciles nos sostenga en pie la grata esperanza de su inagotable misericordia. Corramos confiadamente al tribunal de la penitencia donde él con anhelo de padre nos espera en todo momento; y aún sabiendo que somos insolventes, no dudemos del perdón que se pronuncia solemnemente sobre nuestros errores. ¡Pongamos sobre ellos, como la ha puesto el Señor, una piedra sepulcral!... (GF, 171).

28  Las tinieblas que a veces obscurecen el cielo de vuestras almas son luz: por ellas, cuando llegan, os creéis en la obscuridad y tenéis la impresión de encontraros en medio de un zarzal ardiendo. En efecto, cuando las zarzas arden, todo alrededor es una nubarrada y el espíritu desorientado teme no ver ni comprender ya nada. Pero entonces Dios habla y se hace presente al alma: que vislumbra, entiende, ama y tiembla.
¡No esperéis, pues, al Tabor para ver a Dios, cuando ya lo contemplasteis en la cima del Sinaí (GE, 174).

29  Camina con alegría y con un corazón lo más sincero y abierto que puedas; y cuando no puedas mantener esta santa alegría, al menos no pierdas nunca el valor y la confianza en Dios (Epist.IV, p.418).

30  Todas las pruebas a las que el Señor os somete y os someterá son señales de su divina predilección y alhajas para el alma. Pasará, mis queridas hijas, el invierno y llegará la interminable primavera, tanto más rica de bellezas cuanto más duras fueron las tempestades (CE, 27).


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"Ramos" Homilìa del Padre Gustavo Seivane *


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Abrimos el Domingo de las palmas… La Iglesia inicia la Semana Mayor. Canta y medita. Levanta Ramos y pena. Aclama a su Rey y Señor, y cuenta sus huesos, sus espinas, sus lágrimas.

Así, reunimos en nuestra liturgia la algarabía por su reyecía santa, y la conmoción por su Pasión y muerte en Cruz.

Los ramos que extendimos hacia lo alto señalando al Cristo que nos fue dado para ser libres  (y para nacer, entonces, a la Vida de Dios), luego los replegamos. Los bajamos. Los guardamos para escuchar con atención el Evangelio, y entrar así en esa Vía dolorosa, en la que gota a gota el amor de Cristo, pide un lugar en el corazón de los hombres.

Jesús entra desarmado en la ciudad santa. Manso. Con niños como escoltas. Es el Cordero. El Maestro del sermón del Monte. El Señor que lava los pies a los discípulos. El rechazado por el sanedrín judío, y menospreciado por el poder de turno.

Estamos en una Jerusalén inquieta y vigilada. Atroz en sus violentos zelotes. Cercada por la soldadesca romana, controlada, agazapada ante los movimientos de las multitudes. Una Jerusalén donde los hombres del templo, el Consejo judío, observa con atención y perfidia, todo lo que dice o hace el Nazareno, el ahora vitoreado, Hijo de David, el que había resucitado a Lázaro antes de subir para la Pascua.

Más de 400 años de memoria... El pueblo judío atesoraba el valor de los reyes dávidas, los descendientes del tronco de Jesé. Pero las autoridades de aquel momento, los dominadores religiosos de Jerusalén, no eran sino “guías ciegos”. La envidia los había corrompido hasta los tuétanos.

Oh!, Señor, varón de dolores, que montado sobre un asno alegras a Sión, y bebes la hiel y el vinagre, ten piedad de nosotros, que te reconocemos el más bello de los hombres, Admirable consejero, Dios fuerte, Dios Santo y Juez, que vendrás el último día a dar a cada uno según sus obras.

Porque nuestra alma, sin tu divina gracia, puede convertirse en aquella ciudad que pasó del reconocimiento de tu reyecía, a la traición y el abandono. Y ya no sólo mi alma, sino la de una familia, una comunidad, una nación, una patria.

La ciudad santa quedó entonces ocupada por una “raza de víboras”, por los comerciantes del templo, por los aristócratas parientes de Caifás, y por los predicadores sin amor, a quienes Jesucristo pintó con una tremenda imagen: “sepulcros blanqueados”.

Son los funcionarios enemigos de la verdad. Los que escandalizándose de Jesús, y llamándose a sí mismos “hijos de Abraham” buscan, sin embargo, matarlo. Y Jesús lo sabe… El es el último vástago de la estirpe de David, y mansamente, como Rey, entra en la ciudad aclamado por la gente sencilla, los capaces de esperanza, los afligidos, y los niños.

Mientras avanza el asno y Jesús sonríe bajo el sol de la Jerusalén bendita, ya están las maderas en algún taller de la torre Antonia (palacio de Pilato). Yacen ignotas. Duermen los leños que harán de lecho, de áspero asiento para el Cordero. También, en algún saco fariseo descansan apiladas las monedas de la traición. Y reposan, hasta su turno, las correas con puntas de piedra y plomo para la flagelación.

Llega la Hora: “Para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad. Todo aquel que es de la Verdad escucha mi voz”. Llega la Hora:“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Llega la Hora: “Tengo sed”. Llega la hora… El Amor será elevado en alto. El Amor extenderá los brazos abarcando a los hombres, redimiendo todos los tiempos. El Santo se hundirá en la muerte. Y Dios vencerá.

Cristo, el que se abrió paso entre las aclamaciones, los Hosannas, los cantos de los niños hebreos, las palmas y los ramajes de olivo. Cristo, el del admirable discurso en la sinagoga de Cafarnaúm, el que curó a los ciegos y levantó a los lisiados, el que limpió a los leprosos y abrazó a los niños; Cristo, el que multiplicó los panes y los peces, el que expulsó a los demonios, y nos enseñó que Dios es Padre; Cristo, el que resucitó a Lázaro, se transfiguró en el Tabor, y caminó sobre las aguas. Él, Cristo, el felizmente proclamado: ¡Rey!, será entregado en manos de los pecadores.

El amor transformante operará su maravilla… Un intercambio. Él tomará mi pecado, mi indigencia, y mi fe. Y yo recibiré su misericordia, los tesoros de su gracia, su justificación. La Pascua de Jesús nos ofrecerá entrar vivamente en Dios por medio de Jesús, que es el Camino, la Puerta, el Kyrios; y que ha sido exaltado a lo más alto de los cielos. Sentado a la derecha del Padre. Y para esto “era necesario que el Mesías sufriera”. Sufrimiento redentor. Amor salvador. Regeneración. Recapitulación en él de todas las cosas. “Cuando sea elevado en alto, atraeré a todos hacia mi”.

Cristo, que vivió de amor y murió amando, te abre la Vida de Dios para que ya no mueras. Su Pascua inaugura tu glorificación futura.

Llevemos a nuestras casas, la feliz proclamación de que Cristo es nuestro Rey y Señor. Y hagamos de estos días, días santos. No perdamos la gracia que se nos ofrece. Amén.

* Asistente eclesiàstico de los Grupos de oraciòn del Padre Pio, Argentina

VIa Crucis


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VIA CRUCIS
Meditaciones de S.E.R. Cardenal Gualterio Bassetti (Arzobispo de Perugia- Ciudad de la Parroquia) y Padre Pío de Pietrelcina

“Me mirarán a mí, a Aquel que han traspasado” (Zc. 12,10)  ¡se cumplen también en nosotros las palabras proféticas de Zacarías! La mirada se eleva de nuestras infinitas miserias para fijarse en El, Cristo Señor, Amor Misericordioso. Entonces podremos encontrar su rostro y oír sus palabras: “Te he amado con amor eterno” (Jer. 31,3). El, con su perdón, borra nuestros pecados y nos abre el camino de la santidad, sobre el cual abrazaremos nuestra cruz, junto a Él, por amor a los hermanos.  La fuente que ha lavado nuestro pecado se volverá para nosotros “un manantial de agua que brotará hasta la vida eterna”. (Jn. 4, 14).

Eterno Padre,
A través de la Pasión de tu dilecto Hijo
Has querido revelarnos tu corazón y donarnos tu misericordia
Haz que, junto a María, suya y nuestra Madre,
Sepamos acoger y custodiar siempre el don del amor.
Ella sea, Madre de la Misericordia,
Quien te presente las plegarias que elevamos por nosotros y por toda la humanidad,
A fin de que la gracia de este Vía Crucis alcance cada corazón humano
Y le infunda nueva esperanza,
La esperanza indefectible que se irradia desde la Cruz de Jesús,
Que vive y reina contigo
En la unidad del Espíritu Santo
Por los siglos de los siglos. Amen.

I ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte

Te adoramos, Cristo y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Pilato les decía: “¿Qué mal ha hecho?”. Pero ellos gritaron más fuerte: “¡Crucificadlo!”. Pilato, queriendo satisfacer a la multitud, pone en libertad a Barrabás y después de haber hecho flagelar a Jesús, lo entregó para que fuera crucificado. (Mc. 15: 14-15)
Pilato se encuentra delante de un misterio que no llega a comprender. Busca una solución y llega, tal vez, hasta el umbral de la verdad. Pero elige no abordarla. Entre la vida y la verdad, elige su propia vida. La multitud elige a Barrabás y abandona a Jesús. La multitud quiere la justicia en la tierra y elige al justiciero: aquel que podría liberarlos de la opresión y del yugo de la esclavitud. Pero la justicia de Jesús no se cumple con una revolución: Pasa a través del escándalo de la cruz. La multitud y Pilato, de hecho, están dominados por una sensación interior que es común en todos los hombres: el miedo. El miedo de perder las propias seguridades, el propio bien, la propia vida. Pero Jesús elige otro camino.
De los escritos de Padre Pío:
No daremos nunca un paso en la virtud, si no estudiáramos vivir en una santa e inalterable paz. (Ep. I, 268,607).

Señor Jesús,
¡Cómo nos sentimos parecidos a estos personajes,
Cuánto miedo hay en nuestra vida!
Tenemos miedo a lo diferente,
A lo extranjero, al inmigrante.
Tenemos temor al futuro,
A los imprevistos, a la miseria.
Cuánto miedo en nuestras familias,
En los ambientes de trabajo, en nuestras ciudades…
Y tal vez tenemos miedo también de Dios:
El miedo al juicio divino
Que nace de la poca fe,
Del desconocimiento de su corazón,
De la duda de su misericordia.
Señor Jesús,
Condenado por el miedo de los hombres,
Libéranos del miedo a tu juicio.

Para que la pena de muerte sea abolida en cada país del mundo: Padre Nuestro

II ESTACIÓN: Jesús es cargado con la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo

Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo. (Mc. 15:20)
El miedo ha dictado la sentencia, pero no puede revelarse y se esconde detrás de las actitudes del mundo: burla, humillación, violencia y desprecio. Ahora Jesús es vestido con sus ropas, de su sola humanidad, dolorosa y sangrante, sin ningún “púrpura”, ni otro signo de su divinidad. Y como tal, Pilato lo presenta: “¡Ecce homo!” (Jn. 19:5). Esta es la condición de cualquiera que siga la secuela de Cristo. El cristiano no busca el aplauso del mundo o el consenso en las plazas públicas. El cristiano no adula y no dice mentiras para conquistar el poder. El cristiano acepta la burla y la humillación que derivan del amor, de la verdad. “¿Qué es la verdad?” (Jn. 18:38), le había preguntado Pilato a Jesús. Esta es la pregunta de todo tiempo. Es la pregunta de hoy. Esta es la verdad: la verdad del Hijo del hombre predicho por los Profetas (cfr Is. 52: 13-53, 12), un rostro humano transfigurado que desvela la fidelidad de Dios.

De los escritos de Padre Pío:
Jesús quiere agitarlos, sacudirlos, golpearlos como el grano, a fin de que vuestro espíritu llegue a la limpieza y purificación que El desea. ¿Podría el grano volver a colocarse en el granero si no está limpio de toda cizaña y mala hierba? ¿Puede el lino conservarse en la casa del patrón si antes no se vuelve cándido? Es así también como debe ser el alma elegida. (Ep. II, 4, p. 68).

Señor, has proclamado bienaventurados a los perseguidos por tu Nombre:
          Sostiene y alegra a los cristianos hostigados en el mundo.
Has profetizado a tus enviados la persecución:
          Mantiene la iglesia vigilante y preparada para la prueba.
Has pedido a tus discípulos amar a los enemigos:
         Haz que los que creen en ti oren por sus perseguidores.
Has revelado que la semilla que muere da fruto:
          Ayuda a los perseguidos a aceptar gozosamente morir por ti.
Porque logremos compartir nuestras riquezas con el pobre, el dolor con quien sufre: Ave María

III ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez bajo la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

También él ha cargado con nuestros sufrimientos, se ha hecho cargo de nuestros dolores; y nosotros lo juzgábamos castigado, rechazado por Dios y humillado. Maltratado, se dejó humillar y no abrió su boca; era como el cordero conducido al matadero, como la oveja muda ante el que la esquila y no abrió su boca. (Is. 53: 4-7)
Hemos llegado al punto extremo de la encarnación del Verbo. Pero hay un punto todavía más bajo: Jesús cae bajo el peso de esta cruz. ¡Un Dios que cae! En esta caída está Jesús que le da sentido al sufrimiento de los hombres. El sufrimiento para el hombre es a veces un absurdo presagio de muerte. Hay situaciones de sufrimiento que parecieran negar el amor de Dios. ¿Dónde está Dios en los campos de exterminio? ¿Dónde está Dios en las minas y las fábricas donde trabajan como esclavos los niños? ¿Dónde está Dios en las balsas del mar que zozobran en el Mediterráneo? Jesús cae bajo el peso de la cruz, pero no permanece aplastado. Ahí está Cristo. Descarte entre los descartes. Último con los últimos. Naufrago entre los náufragos. Pero aun así Dios es fiel a sí mismo: fiel en el amor.
De los escritos de Padre Pío
¡Oh! Hijita dilectísima de Jesús, si fuera por nosotros, caeríamos siempre y nunca permaneceríamos en pie; y por eso, humíllate en el pensamiento dulcísimo de estar en los divinos brazos de Jesús (Ep. II, lect. 2, p. 63).

Te rogamos, Señor,
Por todas las situaciones de sufrimiento que parecen no tener sentido,
Por los judíos muertos en los campos de exterminio,
Por los cristianos asesinados por el odio a la fe,
Por las víctimas de toda persecución,
Por los niños que son esclavizados en el trabajo,
Por los inocentes que mueren en las guerras.
Haznos entender, Señor,
Cuánta libertad y fuerza interior hay
En esta inédita revelación de tu divinidad,
Tan humana como para caer
Bajo la cruz de los pecados del hombre,
Tan divinamente misericordiosa hasta llegar a derrotar el mal que nos oprimía.
Para que no nos dejemos arrastrar en lógicas de ventajas: Padre Nuestro

IV ESTACIÓN: Jesús encuentra a su Madre

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Simeón lo bendijo y a María, su madre, le dijo: “Este, Él está aquí para la ruina y la resurrección de muchos en Israel y como signo de contradicción – y a ti una espada te traspasará el alma – a fin de que sean revelados los pensamientos de muchos corazones”. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. (Lc. 2: 34-35, 51).
María es esposa de José y madre de Jesús. Ayer, como hoy, la familia es el corazón palpitante de la sociedad; amor para siempre que salvará al mundo. María es mujer y madre. Genio femenino y ternura. Sabiduría y caridad. María, como madre de todos, “es signo de esperanza para los pueblos que sufren los dolores del parto”, es “la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos en la vida” y, “como una verdadera madre, camina con nosotros, combate con nosotros, e infunde incesantemente la cercanía del amor del Dios” (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, p. 286).

Oh, María, Madre del Señor,
Tú fuiste para tu divino Hijo el primer reflejo de la misericordia de su Padre,
Aquella misericordia que en Canaá le pediste que manifestara.
Ahora que tu Hijo te revela el Rostro del Padre
Hasta las consecuencias extremas del amor,
Te quedas, en silencio, sobre sus huellas, primera discípula de la cruz.
Oh, María, Virgen fiel,
Protege a todos los huérfanos de la Tierra,
Protege a todas las mujeres que son objeto de explotación y de violencia.
Suscita mujeres con coraje por el bien de la Iglesia.
Inspira a cada madre a educar los propios hijos en la ternura del Amor de Dios,
Y en la hora de la prueba,
A acompañar su camino con la fuerza silenciosa de la fe.
Para que las familias no sufran más por motivo de la guerra: Ave María

V ESTACIÓN: Jesús es ayudado por Simón de Cirene a llevar la cruz

Te adoramos, Cristo y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Obligaron a llevar su cruz a uno que pasaba, un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, padre de Alejandro y Rufo. Condujeron a Jesús al lugar del Gólgota, que significa “lugar del cráneo”. (Mt. 15: 21-22)
El sufrimiento, cuando golpea a nuestra puerta, jamás espera. Aparece siempre como una obligación, a veces hasta como una injusticia. Esta tribulación no deseada, golpea con prepotencia al corazón del hombre. El Cireneo nos ayuda a entrar en la fragilidad del alma humana y pone al descubierto otro aspecto de la humanidad de Jesús. Hasta el Hijo de Dios ha tenido la necesidad de ser ayudado por alguien a llevar la cruz. ¿Quién es, por lo tanto, este Cireneo? Es la misericordia de Dios que se hace presente en la historia de los seres humanos.

De los escritos de Padre Pío
Tienen todas las razones para asustarse si ustedes quieren medir la batalla con vuestras fuerzas, pero saber que Jesús no los deja ni por un instante, debe ser un estado de suma consolación. (Ep. II, 46, p. 305)

Señor Jesús,
Te agradecemos por este don que supera cada expectativa
Y nos revela tu misericordia.
Tú nos has amado no solo hasta el punto de darnos la salvación,
Sino hasta hacernos instrumentos de salvación.
Mientras tu cruz da sentido a cada una de nuestras cruces,
Se nos es dada la gracia suprema de la vida:
Participar activamente en el misterio de la redención,
Ser instrumento de salvación para nuestros hermanos.

Por los misioneros, cireneos en cada parte del mundo: Padre Nuestro


VI ESTACIÓN: La Verónica seca el rostro de Jesús

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

No tiene forma ni hermosura que atraiga nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos. Despreciado y desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro; tan despreciado, que lo tuvimos por nada. (Is. 53: 2-3)
Tendemos instintivamente a huir del sufrimiento. Cuántos rostros desfigurados por las aflicciones de la vida vienen a nuestro encuentro y demasiado frecuentemente miramos hacia otro lado. ¿Cómo no ver el rostro del Señor en el de millones de prófugos, refugiados y desposeídos que huyen desesperadamente del horror de las guerras, de las persecuciones y de las dictaduras? Por cada uno de ellos, con su rostro irrepetible, Dios se manifiesta siempre como un socorrista valeroso. Como la Verónica, la mujer sin rostro, que secó amorosamente el rostro de Jesús.

De los escritos de Padre Pío
Nosotros cristianos somos doblemente imagen de Dios, por naturaleza, es decir, en cuanto hemos sido dotados de intelecto, de memoria y de voluntad; y por gracia, en cuanto hemos sido santificados por el bautismo, queda impresa en nuestra alma la bellísima imagen de Dios. Sí, mi querida, la gracia santificante imprime tanto así la imagen de Dios en nosotros, que nos volvemos casi un Dios también nosotros por participación; y para servirme de la bellísima expresión de San Pedro: “somos partícipes de la naturaleza divina” (Ep. II, lect. 33, p. 233-234)

“¡Busco tu rostro, Señor!”
Ayúdame a encontrarlo entre los hermanos que recorren
El camino del dolor y la humillación.
Haz que yo sepa secar las lágrimas
Y la sangre de los vencidos de todo tiempo,
De cuantos la sociedad rica
E indiferente descarta sin escrúpulo.
Haz que detrás de cualquier rostro
Aun de aquel del hombre más abandonado,
Yo pueda descubrir tu rostro de belleza infinita.
(cfr. Sal. 27:8)
Para quien obra en bienvenida y asistencia del prójimo: Ave María

VII ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Él ha sido traspasado por nuestras culpas, aplastado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da salvación ha caído sobre él; por sus llagas hemos sido curados. (Is. 53:2-3)
Jesús cae otra vez. Aplastado pero no muerto por el peso de la cruz. Una vez más Él pone al desnudo su humanidad. Es una experiencia al límite de la impotencia, de vergüenza delante de quien lo escarnece, de humillación delante de quien esperaba en él. Ninguna persona quisiera caer en tierra y experimentar el fracaso. Especialmente delante de otras personas. Con frecuencia los hombres se rebelan con la idea de no tener poder, de no tener la capacidad de llevar adelante su propia vida. Jesús, en cambio, encarna el “poder de los sin poder”. Experimenta el tormento de la cruz y la fuerza salvífica de la fe. Solo Dios puede salvarnos. Solo Él puede transformar un signo de muerte en una cruz gloriosa.

De los escritos de Padre Pío
El alma destinada a reinar con Jesucristo en la gloria eterna debe ser pulida a golpes de martillo y escalpelo, de los cuales se sirve el divino Artista para preparar las piedras, es decir, las almas elegidas. ¿Cuáles son? Hermana mía, estos golpes de escalpelo son las sombras, los temores, las tentaciones, las aflicciones de espíritu, los temblores espirituales con cierto aroma de desolación y también el malestar físico. (Ep. II, lect. 8, p. 88)

Señor Jesús,
Que has aceptado la humillación
De caer aún bajo los ojos de todos,
Te queremos no solo contemplar
Mientras están en el polvo,
Sino fijar en ti nuestra mirada,
Desde la misma posición, también nosotros en tierra,
Caídos por nuestras debilidades.
Danos la conciencia de nuestro pecado,
La voluntad de levantarnos que nace del dolor.
Dale a toda la Iglesia
La consciencia del sufrimiento.
Ofrece en particular a los ministros de la Reconciliación
El don de las lágrimas por sus pecados.
¿Cómo podrían invocar
Sobre sí o sobre los otros tu misericordia
Si no supieran primero llorar por sus propias culpas?
Por todos los que están viviendo un período de desolación: Padre Nuestro

VIII ESTACIÓN: Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Lo seguía una gran multitud de hombres y mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellos, dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí, más bien lloren por ustedes mismas y por sus hijos”. (Lc. 23: 27-28)
Es el Cordero de Dios que habla y que llevando sobre sus espaldas el pecado del mundo, purifica la mirada de estas hijas, ya vueltas hacia Él, pero todavía de un modo imperfecto. “¿Qué debemos hacer?” parece gritar el llanto de estas mujeres delante del Inocente. Y la misma pregunta que la multitud había formulado al Bautista (cfr Lc. 3:10) y que repetirían después los escuchas de Pedro luego de Pentecostés (At. 2:37). La respuesta es simple y neta: “Conviértanse”. Una conversión personal y comunitaria: “Oren los unos por los otros para ser curados” (Sant. 5:16). No hay conversión sin la caridad. Y la caridad es el modo de ser Iglesia.
De los escritos de Padre Pío
Basta que el alma quiera cooperar con la divina gracia, que su belleza pueda alcanzar tal esplendor, tal hermosura, que tal hermosura pueda atraer para sí misma por amor y por estupor, no tanto los ojos de los ángeles sino del mismo Dios, según da testimonio la misma Sagrada Escritura: “El rey, es decir Dios, se ha enamorado de tu decoro”. (Ep. II, lect. 33, p. 227)
Señor Jesús,
Tu gracia sostenga nuestro camino de conversión para volver a ti,
En comunión con nuestros hermanos,
Hacia los cuales te pedimos donarnos tus propias entrañas de misericordia,
Entrañas maternas que nos hagan capaces de sentir ternura y compasión los unos por los otros,
Y de llegar también a darnos a nosotros mismos por la salvación del prójimo.
Por aquellos que en el mundo son perseguidos por causa de la fe: Ave María

IX ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

El, a pesar de ser de tener la condición de Dios, no ostenta el privilegio de ser como Dios, sino que se vació de sí mismo asumiendo una condición de siervo, volviéndose igual a los hombres (Fil. 2: 6-7)
Jesús cae por tercera vez. El Hijo de Dios experimenta hasta el fondo la condición humana. Con esta caída todavía entra más establecido en la historia de la humanidad. Y acompaña, en cada momento, a la humanidad sufriente. “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:20). Cuantas veces los hombres y las mujeres caen por tierra. Cuantas veces los hombres, las mujeres y los niños sufren por una familia dividida. Cuantas veces los hombres y las mujeres piensan haber pedido la dignidad al no tener más un trabajo. Cuantas veces los jóvenes están obligados a vivir una vida precaria y pierden la esperanza de un futuro. Es por misericordia que Dios se bajó hasta este punto, hasta yacer en el polvo del camino. Polvo bañado por el sudor de Adán y por la sangre de Jesús y de todos los mártires de la historia; polvo bendito por las lágrimas de tantos hermanos caídos por la violencia o por la explotación del hombre sobre el hombre. A este polvo bendito, ultrajado, violado y depredado por el egoísmo humano, el Señor ha reservado su último abrazo.

De los escritos de Padre Pío
Conservemos siempre una voluntad que no busque otra cosa que Dios y su gloria. Si nos esforzamos por llevar adelante esta bella virtud, aquel que se las ha enseñado los enriquecerá siempre de nuevas luces y mayores favores celestes. (Ep. I, 268, 607).
Señor Jesús,
Postrado sobre esta tierra quemante,
Estas cerca de todos los hombres que sufren
E infundes en sus corazones la fuerza para levantarse.
Te ruego, Dios de la misericordia,
Por todos aquellos que están caídos por tierra por tantos motivos:
Pecados personales, matrimonios fracasados, soledad,
Pérdida del trabajo, dramas familiares, angustia por el futuro.
Hazles sentir que Tú no estás distante de cada uno de ellos,
Porque el más cercano a Ti,
Que eres la misericordia encarnada,
Es el hombre que advierte la más grande necesidad del perdón
¡Y continúa a esperar contra toda esperanza!

Porque en las dificultades los jóvenes encuentren consuelo en el Maestro: Padre Nuestro

X ESTACION: Jesús es despojado de sus vestiduras

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Después lo crucificaron y se repartieron sus vestidos, echando a suertes sobre lo que cada uno tomaría (Mc. 15:24)
Es enorme la distancia que separa al Crucificado de sus verdugos. El interés mezquino por los vestidos no les permite tomar conciencia de aquel cuerpo inerte y despreciado, ridiculizado y martirizado, en el cual se cumple la divina voluntad de salvación de la humanidad entera. Aquel cuerpo que el Padre ha “preparado” para el Hijo (cfr. Sal 40,7; Heb. 10, 5) ahora expresa el amor del Hijo hacia el padre y la entrega total de Jesús a los hombres. Aquel cuerpo despojado de todo excepto del amor que encierra en sí el inmenso dolor de la humanidad y relata todas sus llagas. Sobre todo las más dolorosas: las llagas de los niños profanados en su intimidad. Aquel cuerpo mudo y sangrante, flagelado y humillado, indica el camino de la justicia. La justicia de Dios que trasforma el sufrimiento más atroz en la luz de la resurrección.

Señor Jesús,
Quisiera presentarte a toda la humanidad sufriente.
Los cuerpos de hombres y mujeres, de niños y ancianos,
De enfermos y discapacitados no respetados en su dignidad.
Cuanta violencia a lo largo de la historia de esta humanidad ha golpeado lo que el hombre tiene por encima de él,
Todo lo sagrado y bendito porque viene de Dios.
Te rogamos, Señor,
Por quien ha sido violado en su intimidad.
Por quien no toma el misterio del propio cuerpo,
Por quien no acepta  o desfigura la belleza,
Por quien no respeta la debilidad y la sacralidad del cuerpo que envejece y muere.
¡Y que un día resurgirá!

Por todos los niños: Ave María

XI ESTACION: Jesús es crucificado
Te adoramos, Cristo y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo
Uno de los malhechores clavados en la cruz lo insultaba: “¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!”. El otro, en cambio, lo reprendía diciendo: “¿No tienes ningún temor de Dios, tú que has sido condenado a la misma pena? Nosotros, justamente, porque recibimos lo que hemos merecido por nuestras acciones; el en cambio no ha hecho ningún mal”. Y dijo: “Señor, acuérdate de mí cuando entres en tu reino”. El responde: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”. (Lc. 23: 39,43)
A la derecha y a la izquierda de Jesús hay dos malhechores, probablemente dos homicidas. Esos dos malhechores hablan al corazón de cada hombre porque indican dos modos diferentes de estar en la cruz: el primero maldice a Dios; el segundo reconoce a Dios sobre esa cruz. El primer malhechor propone la solución más cómoda para todos. Propone una salvación humana y tiene una mirada dirigida hacia lo bajo. La salvación para el significa escapar de la cruz y eliminar el sufrimiento. El segundo malhechor, en cambio, propone una salvación divina y tiene una mirada dirigida hacia el cielo. La salvación para el significa aceptar la voluntad de Dios también en las peores condiciones. Es el triunfo del amor y del perdón.

De los escritos de Padre Pío
Eleven siempre vuestra cruz al cielo, también en aquel momento en el cual la desolación asalta vuestro espíritu: griten fuerte con el pacientísimo Job, el cual puesto por el Señor en el estado en el cual ustedes están en el presente, gritaba al Señor: “También si tú me matas, oh Señor, en ti esperaré”. (Ep. II, lect. 55, p. 361)

Dame, oh, Crucificado por amor,
Tu perdón que olvida
Y tu misericordia que recrea.
Hazme experimentar, en cada Confesión,
La gracia que me ha creado a tu imagen y semejanza
Y que me recrea cada vez que pongo mi vida,
Con todas sus miserias,
En las manos piadosas del Padre.
Que tu perdón resuene para mí como certeza del amor que me salva,
Me hace nuevo y me permite estar contigo para siempre.
Entonces yo seré de verdad un malhechor agraciado
Y cada perdón tuyo será como probar el Paraíso, desde hoy.

Por los enfermos, especialmente los terminales, de todo el mundo: Padre Nuestro

XII ESTACIÓN: Jesús muere en la cruz
Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo
Cuando fue mediodía, se hizo oscuro sobre toda la tierra hasta las tres de la tarde. A las tres Jesús gritó fuerte: “Eloí, Eloí, ¿lemá sabactáni?”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Oyendo esto, algunos de los presentes decían: “¡A Elías llama!”. Uno corre a empapar de vinagre una esponja, la fijó en una caña y le daba de beber, diciendo: “Esperen, veamos si viene Elías a salvarlo”. Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del tempo se rajó en dos, de arriba abajo. El centurión, que se encontraba frente a él, habiéndolo visto expirar de ese modo, dijo: “¡En verdad este hombre era el Hijo de Dios!”. (Mc. 15: 33-39).
Jesús se dirige al Padre gritando las primeras palabras del salmo 22. El grito de Jesús es el grito de cada crucificado de la historia, del abandonado, del humillado, del mártir y del profeta, de quien es calumniado e injustamente condenado, de quien está en el exilio o la cárcel. Es el grito de la desesperación humana que desemboca en la victoria de la fe que transforma la muerte en la vida eterna. “Anunciaré tu nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea” (Sal. 22,23). Jesús muere en la cruz. ¿Es la muerte de Dios? No, es la celebración más elevada del testimonio de la fe.

De los escritos de Padre Pio

Señor Dios del corazón, tu solo conoces y lees a fondo mis penas,
Tú solo conoces que todas mis angustias provienen del temor a perderte, a ofenderte,
Del temor que tengo de no amarte cuanto mereces, cuanto deseo y debo;
Para ti que todo es presente y que solo lees en el futuro
Si conoces la forma en que yo pueda ser mejor para tu gloria y para mi salud
Que esté yo en ese estado, no deseo ser liberado de él;
Dame la fuerza para que yo combata y obtenga el premio de las almas fuertes (Ep. II, lect. 57, p. 370)

Por todos aquellos que en el mundo mueren solos y abandonados: Ave María

XIII ESTACIÓN: Jesús es depuesto de la cruz

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Llegada ya la tarde, ya que era la Pascua, es decir, la vigilia del sábado, José de Arimatea, miembro autorizado del Sanedrín, que esperaba también el, el Reino de Dios, con coraje fue a ver a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. El entonces, comprada la sábana, lo bajó de la cruz (Mc. 15: 12-43, 46)
José de Arimatea recibe a Jesús  aun antes de haber visto su gloria. Lo recibe de abatido. De malhechor. De rechazado. Pide el cuerpo de Jesús por no permitir que sea arrojado en una fosa común. José arriesga su reputación y tal vez, como Tobías, también su vida (cfr. Tb 1: 15-20). Pero el coraje de José no es audacia de héroe de batalla. El coraje de José es la fuerza de la fe. Una fe que se vuelve acogida, gratuidad y amor. En una palabra: caridad.
Bendito el hombre que no sigue el consejo de los malvados,
No persiste en el camino de los pecadores
Y no se sienta en compañía de los impíos;
Sino que se complace en la ley del Señor,
Su ley medita día y noche.
Será como árbol plantado al borde de los cursos de agua,
Que dará fruto a su tiempo
Y sus hojas no se marchitarán nunca;
Hará bien todas sus obras.
(Sal. 1, 1-3)

Por aquellos que han muerto a causa de la violencia o de la guerra: Padre Nuestro

XIV ESTACIÓN: Jesús es puesto en el sepulcro

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

José tomó el cuerpo [de Jesús], lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en el sepulcro nuevo, que se había hecho excavar en la roca; Después hizo rodar una gran piedra a la entrada el sepulcro, y se fue. (Mt. 27: 59-60)

Mientras José cierra el sepulcro de Jesús, El desciende a los infiernos y abre las puertas. Lo que la Iglesia Occidental llama “descenso a los infiernos”, la Iglesia Oriental lo celebra como Anastasi, es decir, “Resurrección”. Las Iglesias hermanas comunican así al hombre la plena Verdad de este único Misterio: “Yo abro vuestros sepulcros, los hago salir de sus tumbas, o pueblo mío. Haré entrar en ustedes mi espíritu y revivirán” (Ex. 37: 12-14). Tu Iglesia, Señor, cada mañana canta: “Gracias a la ternura y misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que surge de lo alto, para resplandecer sobre los que están en las tinieblas y en las sombras de la muerte” (Lc. 1: 78-79). El hombre, deslumbrado de luces que tienen el color de las tinieblas, empujado por las fuerzas del mal, ha rodado una gran piedar y te ha cerrado en el sepulcro. Pero nosotros sabemos que tu, Dios humilde, en el silencio en el cual nuestra libertad te ha puesto, estás en la obra más que nunca para generar nueva gracia en el hombre que amas. Entra, pues, en nuestros sepulcros: revive la chispa de tu amor en el corazón de cada hombre, en el seno de cada familia, en el camino de cada pueblo.

¡Oh, Cristo Jesús!
Todos caminamos hacia nuestra muerte
Y nuestra tumba.
Permítenos quedarnos en espíritu
Al lado de tu sepulcro.
Que la potencia de Vida
Que en esto se manifiesta,
Traspase nuestros corazones.
Que esta Vida se transforme
En luz de nuestro peregrinar sobre la tierra. Amen.
(San Juan Pablo II)

Para aquellos que en el mundo mueren en la desesperación: Ave María

Oh, Señor
Al término del camino del Vía Crucis,
No nos dejes.
También si volvemos a nuestras actividades,
Te quedas dentro de nosotros, habitándonos y haciendo de nosotros tu casa.
Nos hemos dejado mirar por tus ojos moribundos,
Mientras contemplábamos tu corazón traspasado.
Por esto te agradecemos.
Porque en la oscuridad de tu pasión has hecho surgir el amanecer de la esperanza;
En el abandono y la soledad de los hombres de todo el mundo
Has revelado tu infinito amor por nosotros.
Concédenos poder ser hombres alegres y mujeres pascuales,
En los días luminosos como en los oscuros,
En el camino hacia tu Reino.
(G. Ransenigo)

Santo Rosario - Cuaresma 2018


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Grupos de Oración del Padre Pio de Pietrelcina  

SANTO ROSARIO  - Cuaresma  2018

+ Señal de la cruz


Oración de Inicio 

¡ OH JESUS, NADA MAS QUE A TI!

Puesto en tus amorosas manos ¿qué pena será capaz de asustarme? No existe para mí horizonte cerrado, mientras continúe abierto tu Costado, porque tu corazón es mi cielo.
Tú conoces mis penas, en el mapa celestial de tu Providencia lees de antemano mis caminos. Sé por otra parte que me amas con compasión sin límites.
¿A quien temeré? Como un niño en los brazos de su padre, así buscaré yo en tu compasivo corazón el lugar de mi refugio.
Nada me asusta, nada me espanta. Tu providencia amorosa me guía. En ella abandono mis cuidados todos. Ten en cuenta  los mismos. Mi confianza te obliga a intervenir en mi favor, y esa seguridad me inunda de calma.
Y cuando la tormenta arrecie despertaré en tu corazón los sentimientos de conmiseración que le animan diciéndote “Señor, mírame, y deja obrar a tu corazón, haz lo que tu corazón te dicte” Y entonces oiré seguramente la salvadora voz: MISERICORDIA. “Me dan lastima tus angustias”, y el milagro quedará obrado.
¡OH Señor, en Ti tengo puesta mi esperanza! No quedaré jamás confundido. Sálvame, pues eres justo. Dígnate escucharme. Acude pronto a librarme.               



PRIMER MISTERIO:

¡Qué sublime y suave es la dulce invitación del divino Maestro: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»! Era esta invitación la que hacía decir a santa Teresa aquella oración al Esposo divino: «Sufrir o morir». Era también esta invitación la que hacía exclamar a santa María Magdalena de Pazzi: «Sufrir siempre y no morir». Era también a causa de esta invitación el que nuestro seráfico padre san Francisco, arrebatado en éxtasis, exclamara: «Es tanto el bien que yo espero, que en cada sufrimiento me deleito».
Lejos de nosotros lamentarnos de las aflicciones y enfermedades que Jesús quiera mandarnos. Sigamos al divino Maestro por la senda del Calvario cargados con nuestra cruz; y, cuando él quiera colocarnos en la cruz, es decir, tenernos en cama enfermos, démosle gracias y tengámonos por afortunados por el gran honor que se nos hace, sabiendo que estar en la cruz con Jesús es un acto muchísimo más perfecto que el de sólo contemplarlo a él en la cruz.
(26 de noviembre de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 245)


Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio         Ruega por  nosotros

 SEGUNDO MISTERIO

Confianza y amor, hijita mía, confianza y amor en la bondad de nuestro Dios. Tú sufres, pero anímate, que tu sufrimiento es con Jesús y por Jesús; y no es un castigo sino una prueba para tu salvación.
Convéncete, pues; yo te lo aseguro de parte del Señor: en tus dolores está Jesús, y además en el centro de tu corazón; tú no estás separada ni lejos del amor de este Dios tan bueno. Experimentas en ti la delicia del pensamiento de Dios; pero sufres aún al estar lejos de poseerlo plenamente y al verlo ofendido por las criaturas desagradecidas. Pero no puede ser de otro modo, hijita mía; quien ama, sufre; es la norma constante para el alma que peregrina en esta tierra; el amor no plenamente satisfecho es un tormento, pero tormento dulcísimo. Tú lo experimentas.
Continúa sin temor, hijita mía, envolviéndote en este misterio de amor y de dolor al mismo tiempo, hasta que le plazca a Jesús. Este estado es siempre temporal; vendrá la divina consolación, completa, irresistible. En este estado de aflicción, continúa, mi buena hijita, rezando por todos, sobre todo por los pecadores, para reparar tantas ofensas como se hacen al divino Corazón.
Me parece que tú un día te ofreciste víctima por los pecadores; Jesús escuchó tu plegaria, aceptó tu ofrenda. Jesús te ha dado la gracia de soportar el sacrificio. Pues bien, ¡adelante todavía un poco más!; la recompensa no está lejos.
(9 de abril de 1918, a María Gargani – Ep. III, p. 312 )

Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio         Ruega por  nosotros


TERCER MISTERIO

Recordemos que la suerte de las almas elegidas es el sufrir; el sufrimiento soportado cristianamente es la condición que Dios, autor de todas las gracias y de todos los dones que llevan a la salvación, ha puesto para darnos la gloria. Alcemos, pues, los corazones, llenos de confianza en sólo Dios; humillémonos bajo su mano poderosa; aceptemos de buen grado las tribulaciones a las que la piedad del Padre celestial nos somete, para que nos ensalce en el tiempo de la visita. Que toda nuestra preocupación sea sólo ésta: «Amar y agradar a Dios», sin preocuparnos para nada de todo lo demás, sabiendo que Dios cuidará siempre de nosotros, más de lo que se pueda decir o imaginar.
 (26 de noviembre de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 245)


Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio         Ruega por  nosotros


CUARTO MISTERIO

Deseo que las humillaciones del Hijo de Dios y la gloria que le vino de las mismas sean el objeto de tus meditaciones diarias. Consideremos los anonadamientos del Verbo divino, el «cual – según la expresión de san Pablo –, siendo de condición divina», «habitando en él corporalmente la plenitud de la divinidad», no consideró cosa vil abajarse hasta nosotros, para elevarnos al conocimiento de Dios.
Este Verbo divino, por su plena y libre voluntad, quiso abajarse hasta hacerse como nosotros, ocultando la naturaleza divina bajo el velo de la carne humana. Dice san Pablo que de tal modo se humilló el Verbo de Dios que llegó como a aniquilarse: «Se aniquiló a sí mismo tomando la condición de siervo». Sí, hermana mía, él quiso esconder de tal forma su naturaleza divina que asumió en todo las semejanzas del hombre, sometiéndose incluso al hambre, a la sed, al cansancio; y, para usar la misma expresión del apóstol de los gentiles: «Semejante a nosotros, probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado».
                             (4 de noviembre de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 217)


Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio         Ruega por  nosotros


QUINTO MISTERIO

Donde, más tarde, se manifestó el colmo de la humillación fue en su pasión y en su muerte, en las que, sometiéndose con voluntad humana a la voluntad de su Padre, soportó muchos ultrajes, hasta sufrir la muerte más infame, y muerte de cruz. «Se humilló a sí mismo – según san Pablo –, obediente hasta la muerte y muerte de cruz». Esta obediencia, por la dignidad del que obedecía, por lo arduo de lo mandato y por la espontaneidad al obedecer al Padre del cielo, ya que no fue impulsado a ello por miedo al castigo, pues es el Unigénito del Padre, ni seducido por el interés de alcanzar un premio, pues es Dios en todo igual al Padre, agradó tanto al Creador eterno, que lo exaltó «dándole un nombre – dice el apóstol –, que es superior a cualquier otro nombre».
(4 de noviembre de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 217)


Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio         Ruega por  nosotros

El Papa Francisco pide orar en marzo por la formación en el discernimiento espiritual, “para que toda la Iglesia reconozca la urgencia de la formación en el discernimiento espiritual, en el plano personal y comunitario.

Salve, 3 Ave María y Gloria

Rezamos la Oraciòn a san Miguel Arcángel pidiéndole  la protección de los Grupos de oración  de Padre Pio, y en especial la del Padre Gustavo Seivane,  asesor espiritual nacional.

"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.
Amén." 


En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Exhortación de Cuaresma, por Fray Luis Arrom Ofm. Cap


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En el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo, en la presencia de Dios continuamos con el Padre Pío, hoy he pensado en hablaros de la Cuaresma.

El tema de la penitencia está muy presente en la vida de Padre Pío, ya San Francisco veía su propia vida como una vida de penitencia, lo que pasa es que es una palabra que la hemos estropeado un poquito; peni-tencia lo asociamos simplemente a algo que nos hace sufrir, que peniten-cia es aguantar a esa persona…!, así lo decimos en ocasiones, penitencia significa ponerme en camino de conversión, cambiar de vida y cambiar de vida , significa muchas veces morir a mi mismo. Y en esto sí que tenemos que ser realistas, porque hay una dinámica en nuestro ser, en nuestro co-razón que es el pecado original. Sus consecuencias están en nosotros no las podemos ignorar, el Señor Jesús con el amor que de verdad nos da, nos comunica la fuerza para superar el pecado que hay en nosotros, e ir transformándonos en personas nuevas.


Como decía San Pablo, ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí, Cristo vive en mí, pero para que esto tenga lugar, has de morir a ti mismo, lo que en palabras de Jesucristo sería, quien quiera se-guirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me acompañe, cargue con su cruz y me acompañe.  ¿ Cómo lo vivió San Francisco ?, San Francisco de Asís era un hombre, bueno, ya conocéis su vida, de buena posición, rico comerciante, vanidoso, le gustaba ser el centro de atención de todos los jóvenes, y al mismo tiempo era una persona muy educada, y muy buena gente, pero hay un momento en que comenzó a hacer penitencia, lo escribe cuando le quedaba poco tiempo de vida.

Lo escribe en su testamento, dice, yo tenía mis pecados y el Señor me llamó a hacer penitencia, me llamó al arrepentimiento y a hacer un giro en mi vida. Cuando yo vivía en pecado, dice San Francisco, me molestaba ver a los leprosos, el leproso que se pudre le inspiraba horror.

San Francisco había tenido un encuentro muy profundo con Jesús contemplando aquella imagen de Cristo, que llamamos el Cristo de San Damián, imagino que muchos lo conocéis, rezando delante del Cristo ex-perimentó el amor indecible de Jesús hacia él y hacia todos. Ese amor que lo llevó a morir en una Cruz, ese amor de Jesús le cambió, pero no pudo empezar a cambiar hasta que dio un paso adelante,  el primer paso adelante fue cuando se encontró con un leproso y lo abrazó, le habló; para San Francisco su camino de penitencia fue descubrir en el leproso a un hermano; en el otro, que yo ignoraba, que era como si no existiera, ver alguien sagra-do, cómo Jesús le quiere, como Jesús me quiere a mi, ese es un camino de penitencia.

Padre Pío también pidió durante toda su vida, un camino de penitencia distinto del de San Francisco, porque desde pequeño, decidió vivir orientado a Jesús, aunque tuviera su luchas en su corazón pero tenía la necesidad de entregar todo su ser a Jesús. Él lo vivía como un combate, sabía que para que Jesús fuera el Señor de su vida tenía que luchar. Desde pequeño era penitente, los que hemos ido a San Giovanni Rotondo hemos visto la piedra que le hacía de almohada. Sabemos que su madre quedaba impresionada cuando le descubría haciendo penitencia, durmiendo en el suelo. Fue un hombre austero consigo mismo, al mismo tiempo que era un hombre profundamente humano cariñoso, y muy comprensivo. Era un hombre austero, cuántas veces se privada de lo que le gustaba comer y no lo hacía por él, su espíritu de penitencia era una penitencia vicaría, lo hacía por nosotros, por los otros, por los demás, por los que no hacían penitencia.

Puede resultarnos extraño entender lo que es la penitencia, de qué le sirve a Dios que yo un día, coma menos, de qué le sirve a Dios que el pequeño Francesco duerma sobre una almohada de piedra. Todas estas cosas es una manera de decirle al Señor yo no quiero ser dominado por mi cuerpo, no quiero ser dominado por mi yo, por mis caprichos, mi egoísmo, yo quiero que tu Señor tomes las riendas de mi vida. Forma parte del combate espiritual, combate que me atañe a mi pero también a vosotros hermanos, y el Padre Pío siempre vivió en profunda comunión con los demás. El espíritu de penitencia lo vivió también San Francisco de una manera física, sabemos que tenía mucha devoción a los ayunos, incluso ayunos que la iglesia no prescribía, por ejemplo, el de después de la fiesta de la Epifanía, queriendo compartir el ayuno que Jesús hizo en el desierto durante 40 días, y el ayuno que hacía para preparar la fiesta de San Miguel, o la fiesta de la Asunción.
Bueno en San Francisco mejor decir cuando no hay ayuno, porque casi siempre vivía ese espíritu de penitencia; pero no nos hemos de equivocar, San Francisco no puso el acento en eso como si fuera el objetivo de su vida, el objetivo de su vida de su vida fue cómo puedo comunicar a mi hermano el amor que Dios me ha dado a mi. Como le puedo comunicar el amor que Dios le tiene.

Para San Francisco, amar significaba compartir la suerte del amado, la pobreza y la austeridad significaban sufrir con el que sufre, tener un corazón libre para poder manifestar sin ambigüedad mi amor al otro, pero este aspecto del que os se ha hablado de los ayunos y la penitencia, por otro lado también era muy propio de su tiempo. En este sentido San Fran-cisco no es original, expresar este combate espiritual que vivimos todos contra nuestro afán de poseer y contra nuestro propio yo, los caprichos nos hacen egoístas.

Esto lo digo un poquito para introducir el tema de la cuaresma que vamos a comenzar dentro de un par de semanas, la cuaresma es un período de penitencia pero que tiene un objetivo, el objetivo es resucitar con Jesús. La preparación del bautismo de la iglesia primitiva no solamente la vivían los que iban a ser bautizados sino también toda la comunidad cris-tiana.

La cuaresma es un motivo para revisar nuestra vida cristiana. ¿ Cómo estoy yo con Jesús…, quién es Jesús para mi…?. Es un periodo que favorece esa reflexión, hay que frecuentar todavía más la confesión, permitir al señor Jesús que cure mi pecado y mis heridas, es ese periodo de mi vida en que tengo que darme cuenta de lo que es verdaderamente importante, ¿  soy sensible al sufrimiento y a la pobreza de mi prójimo…?.  Fíjaos como vivía San Francisco, su amor al pobre, nunca  como alguien que estaba por encima de del pobre,  y que por esto  le ayudaba. Siempre se sintió como un siervo indigno, pero tenía envidia de los pobres que eran más pobres que él. Le parecía que era indigno de aquella persona, sentía un profundo respeto admiración y cariño por su hermano y en particular por el hermano mas des-valido, más sufriente. Para él era un honor y un deber poderle ayudar y compartir su suerte. También este periodo de la cuaresma nos tiene que ayudar a cambiar nuestra mirada, que el otro no nos sea indiferente, te-nemos que ser compasivos hacia el otro aunque en ocasiones ese otro no sea educado. Es un momento para darme cuenta de que en mi vida hay muchas cosas prescindibles y qué tengo que saber compartir, y que eso es un deber de hermano con el hermano que me necesita. El periodo de la cuaresma también será un período para intensificar mi oración.

Y la iglesia nos va a ofrecer una riqueza muy grande con todas las lecturas de la Biblia a lo largo de la cuaresma. Textos preciosos que vale la pena meditar, meditar y saborear, vale la pena coger el texto bíblico que ese día se está leyendo en misa, leerlo poco a poco, dejar que las pala-bras resuenen en mi corazón y que esas palabras establezcan un diálogo con el Señor. Es un período en el que contemplamos de una manera más intensa la pasión de Jesús, contemplamos la pasión de Jesús que es lo que más no puede mover a amarle, ha dado la vida por mi como no le voy a amar. Y si Dios me ama de esa manera no sólo a mi sino a cada uno de nosotros, lo importante que tiene que ser cada hermano para mi.

Hay algo muy bonito en San Francisco y en Padre Pío, ni San Francisco ni Padre Pío jamás pensaron en la humanidad como humanidad, para San Francisco sólo existía cada persona en particular, esto es lo que la gente captaba cuando se acercaba a San Francisco y lo que la gente captaba en el Padre Pío. Padre Pío estaba atento a cada problema a cada circunstancia, a cada vivencia de la gente, en sus dolores y en sus alegrías .

Los que hemos estado en San Giovanni Rotondo y hemos tenido ocasión de hablar con la gente que conoció, como por ejemplo Ninetta sabemos como Padre Pío, por ejemplo se ocupó de sus negocios, desaconsejando que se trasladará el negocio familiar, a otro sitio de Italia.  Padre Pío se interesaba por cada una de sus hermanas, lo que yo quiero subrayar es como Padre Pío estaba atento a los problemas familiares, personales y laborales, Padre Pío estaba atento a sus vidas, al niño enfermo en el hospital, al hombre que había cometido pecados muy graves y que tenía que despedir del confesionario. Padre Pío sufría, reía y lloraba con cada una de las personas que se le acercaban y esto la gente lo notaba. Pero tener una capacidad de amar tan grande es un don de Dios que nosotros no podemos tener, eso implica un camino de penitencia, de no estar yo en la centro, de ser capaz de situarme en el justo lugar, dejar que Dios conduzca mi vida donde Él quiera aunque a mí no me guste, ser capaz de ceder muchas veces, de perdonar aquello que me parece que no se puede perdonar, que es lo que hacia San Francisco y el Padre Pío.


                                                                      Llucmajor a 15 de febrero de 2018.

" JESUS OCÚPATE TU " por el Siervo de Dios Padre Dolindo Ruotolo


posted by Marcela T. Gonzalez Grupos

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Habla Jesús  al  alma:

 Por qué te confundes agitándote? Déjame a cargo de  tus cosas y todo se calmará. En verdad te digo que cada acto verdadero y el completo abandono en Mi, produce el efecto que  deseas y resuelve las situaciones  espinosas.
 
 Abandonarse en Mi no significa atormentarse,  confundirse y desesperarse elevando luego hacia Mi una  plegaria agitada para que Yo haga lo que Uds quieren, sino  que es cambiar la agitación en oración. Abandonarse  significa cerrar plácidamente los ojos del alma, alejar el  pensamiento de la tribulación y descansar en MI para que  solo YO obre, diciendo “Ocúpate Tu”. Se oponen al  abandono:  la preocupación, la agitación y el querer prever  las consecuencias de un hecho.
 
 Es como la confusión que tienen los niños que  pretenden que su mama se ocupe de sus necesidades, y al  mismo tiempo quieren ocuparse ellos mismos entorpeciendo el
 trabajo de ella con sus ideas y caprichos infantiles.

 Cierren los ojos y déjense llevar, por la corriente de mi  Gracia, cierren los ojos y déjenme trabajar, cierren los  ojos y piensen en el presente, alejando el pensamiento del
 futuro como si fuera una tentación;  reposen en Mi creyendo  en mi bondad y les juro por mi Amor que diciéndome con  abandono “Ocúpate Tu”, Yo me ocupo de  lleno, los
 consuelo, los libero, los conduzco.
 
 Y cuando los debo llevar por un camino diverso del  que ustedes ven, Yo los adiestro, los llevo en mis brazos  haciéndolos encontrar en la otra ribera ,como niños  dormidos en los brazos maternos.

Aquello que los angustia y  les hace un inmenso mal es su razonamiento, su pensamiento  atormentado y continuo, el querer resolver ustedes  mismos todo
 aquello que los aflige.   

 Cuantos cosas obro YO cuando el alma se vuelve  hacia MI en sus necesidades tanto espirituales como  materiales y me dice “Ocúpate Tu”.
Cierra los ojos y  reposa ! Obtienen pocas gracias cuando se confunden para  producirlas ustedes mismos, obtienen muchísimas cuando la  oración y la confianza en Mi son completas:
Ustedes, en su  dolor, oran para que Yo obre, pero para que obre según  ustedes creen… No se dirigen hacia Mi, sino que quieren  que Yo me adapte a sus ideas, no son enfermos que piden al  médico una cura, sino que la sugieren.
 
 No obren de este modo. Oren como Yo les enseñé en  el Padrenuestro: Sea santificado tu Nombre, es decir, que  seas glorificado en esta necesidad que tengo; que venga a
 nosotros tu reino, es decir, que todo lo que nos ocurre a  nosotros y al mundo concurra a tu Reino;  hágase tu  Voluntad  así en la tierra como en el Cielo, es decir,
 dispone Tu en esta necesidad como mejor te parezca, para  nuestra vida eterna.
     
 Si me dicen de verdad: hágase Tu Voluntad, que es  lo mismo que decir “Ocúpate Tu”, Yo intervengo con toda  mi omnipotencia, y resuelvo aun en las situaciones mas
 cerradas y difíciles.

Te das cuenta de que la desgracia  aumenta en vez de disminuir?  No te desanimes, cierra los  ojos y dime con confianza: Hágase tu voluntad. “Ocúpate  Tu”.
Te digo que Yo me ocupo, y que intervengo como un  medico, y hasta obro un milagro cuando es necesario. Ves que  la situación empeora ? No te angusties. Cierra los ojos y di  “Ocúpate Tú”. Te digo que yo me ocupo y no existe una  medicina más poderosa que una intervención mía de Amor. Yo  me ocupo sólo cuando cierran los ojos.
 
 Ustedes son ansiosos, quieren evaluarlo todo,  pensar en todo, y es así como se abandonan en las fuerzas  humanas y, peor aun, en los hombres, confiando en la
 intervención de ellos. Esto es lo que obstaculiza mi  intervención. OH, como deseo este abandono de su parte,  para poder beneficiarlos ¡Cómo me duele verlos agitados!
 
 
 Es justamente eso lo que desea Satanás, agitarlos  para alejarlos de mi acción y así poder convertirlos en  presas de las iniciativas humanas, por eso deben confiar  solo en Mí, reposar solo en Mi y abandonarse en Mi para  todo.

 Yo hago milagros en proporción al pleno abandono en  Mi y a la despreocupación de parte de ustedes. Yo  distribuyo tesoros de Gracia cuando ustedes se encuentran en  la pobreza extrema. Si poseen  sus propios recursos, aunque sean pocos, o si los  buscan, los encontrarán en el campo natural y seguirán por  lo tanto el curso natural de las cosas, que es a menudo  entorpecido por Satanás.

Ningún razonador ha hecho  milagros, ni siquiera los Santos. Obra divinamente aquel que  se abandona en DIOS.
 
 Cuando ves que las cosas se complican, di con los  ojos del alma cerrados Jesús, Ocúpate Tu. Tu Haz esto en  todas tus necesidades. Hagan todos esto y verán grandes,
 continuos y silenciosos milagros.

Se los juro por mi  Amor.