Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Mes de Octubre


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1  Recorred con sencillez el camino del Señor y no atormentéis vuestro espíritu. Odiad, sí, vuestros defectos pero con un odio tranquilo y no perturbador e inquieto. Es necesario tener paciencia con ellos y sacar ventaja de los mismos por un santo abajamiento. Cuando falta esta paciencia, mis buenas hijas, vuestras imperfecciones, en vez de disminuir, crecen cada vez más, porque no hay nada que una tanto nuestros defectos como la inquietud y la preocupación por quererlos alejar (Epist.III, p.579).

2  Guardaos de la ansiedad y de las inquietudes, porque no hay cosa que impida tanto el caminar hacia la perfección. Pon, hija mía, dulcemente tu corazón en las llagas de nuestro Señor, pero no a base de esfuerzos. Ten gran confianza en su misericordia y en su bondad. El no te abandonará jamás, pero no dejes por eso de abrazar estrechamente su santa cruz (Epist.III, p.707).

3  No te inquietes cuando no puedes meditar, no puedes comulgar o no puedes llegar a todas las prácticas de devoción. En esta situación, busca suplirlas de otro modo, manteniéndote unida a nuestro Señor con una voluntad amorosa, con las oraciones jaculatorias, con las comuniones espirituales (Epist.III, p.424).

4  Caminamos, pues, siempre, incluso cuando nuestro paso es lento; pues si nuestro afecto es bien intencionado y decidido, no podemos sino caminar bien. No, mis querídisimas hijas, no es necesario para el ejercicio de la virtud estar atentas siempre y en cada momento a todas las virtudes; esto, en verdad, embrollaría y enredaría demasiado vuestros pensamientos y afectos (Epist.III, p.588).

5  Expulsa de una vez por todas la perplejidad y las ansiedades y goza en paz de las dulcísimas penas del Amado (Epist.III, p.436).

6  Tu predicación sea la inmolación continua de ti misma, el ser en todas partes como una delicada aparición y como la sonrisa de Dios (FM, 165).

7  Siento que se me rompe el corazón en el pecho al conocer tus sufrimientos, y no sé qué haría para que te consueles. Pero, ¿por qué inquietarte tanto? ¿Por qué te turbas? ¡Fuera tanta inquietud, hija mía! Jamás te he visto tan regalada de tantas joyas por parte de Jesús como ahora. Jamás te he visto tan querida de Jesús como en este momento. Por tanto, ¿qué motivo tienes para temer, temblar y asustarte? Tu temor y temblor se parecen al de un niño que está en los brazos de su mamá. Por lo mismo, tu temor es tonto e inútil (Epist.III, p.442).

8  No tengo nada concreto que reprobar en ti, fuera de esa inquietud un tanto amarga que se da en ti y que no te deja gustar toda la dulzura de la cruz. Corrígete de esto y continúa haciendo lo que has hecho hasta ahora, porque vas bien (Epist.III, p.447).

9  Te ruego además que no te angusties por lo que voy sufriendo y sufriré; porque el sufrimiento, por muy grande que sea, comparado con el bien que nos espera, resulta agradable para el alma (Epist.III, p.402).

10  Mantén tu espíritu tranquilo y confíate por completo a Jesús cada vez más. Esfuérzate por identificarte siempre y en todo con la divina voluntad, tanto en las cosas favorables como en las adversas, y no te preocupes por el mañana (Epist.III, p.455).

11  No temas por tu espíritu: son bromas, predilecciones y pruebas del Esposo celestial, que quiere asemejarte a él. Jesús mira las disposiciones y los buenos deseos de tu alma, que son óptimos; y los acepta y premia; y no mira tu imposibilidad e incapacidad. Por tanto, manténte tranquila (Epist.III, p.461).

12  No te fatigues en cosas que producen inquietud, perturbaciones y afanes. Sólo una cosa es necesaria: elevar el espíritu y amar a Dios (CE, 10).

13  Te afanas, mi buena hija, por buscar al sumo Bien. Está en verdad dentro de ti y te tiene tendida sobre la desnuda cruz, alentando fuerza para que soportes ese martirio insostenible y amor para que ames amargamente al Amor. Por lo mismo, el temor a haberlo perdido y a haberle disgustado sin darte cuenta no tiene fundamento alguno, porque él está tan cercano y unido a ti. Tampoco tiene sentido el agobio por el porvenir, ya que la situación actual es una crucifixión de amor (Epist.III, p.651).

14  Pobres y desgraciadas las almas que se arrojan en el torbellino de las preocupaciones mundanas. Cuanto más aman el mundo más se multiplican sus pasiones, más se encienden sus deseos, más incapaces se sienten para sus proyectos; y de ahí las inquietudes, las impaciencias, los choques terribles que despedazan sus corazones, que no palpitan de caridad y de santo amor.  Roguemos por estas almas desgraciadas, miserables. Que Jesús les perdone y las atraiga hacia sí con su infinita misericordia (Epist.III, p.1092).

15  No se debe actuar con maneras violentas si no se quiere correr el riesgo de no conseguir nada. Es necesario revestirse de gran prudencia cristiana (Epist.III, p.416).

16  Hijas, acordaos de que yo soy tan enemigo de los deseos inútiles como de los deseos peligrosos y malos; porque, aunque sea bueno aquello que se desea, ese deseo es siempre defectuoso en relación a nosotros, sobre todo cuando anda mezclado con una preocupación orgullosa, ya que Dios no exige este bien, sino algún otro en el que quiere que nos ejercitemos (Epist.III, p.579).

17  En cuanto a las pruebas espirituales a las que te va sometiendo la paternal bondad del Padre del cielo, te ruego que te resignes y que, en cuanto te sea posible, estés tranquila, fiándote de las aseveraciones de quien ocupa el lugar de Dios, te ama en él y te desea toda clase de bienes, y te habla en su nombre. Sufres, es verdad, pero con resignación; sufres, pero no temas, porque Dios está contigo y tú no le ofendes sino que le amas. Sufres, pero también crees que Jesús mismo sufre en ti y por ti y contigo. Jesús no te abandonó cuando huías de él, mucho menos te abandonará de ahora en adelante cuando tú quieres amarlo (Epist.III, p.618).

18  No te debes confundir al intentar conocer si has consentido o no. Tu estudio y tu vigilancia estén orientadas a la rectitud de intención que debes tener al actuar y al combatir siempre, con valor y generosidad, las artes malignas del espíritu maligno (Epist.III, p.622).

19  Manténte siempre con alegría en paz con tu conciencia, dándote cuenta de que estás al servicio de un Padre infinitamente bueno, que, impulsado sólo por su ternura, desciende hasta su criatura para elevarla y transformarla en él, su Creador. Y huye de la tristeza, porque ésta entra en los corazones que están apegados a las cosas mundanas (ASN, 42).

20 No hay que desanimarse; porque, si existe en el alma el esfuerzo continuo por mejorar, al fin el Señor la premia, haciéndola florecer de golpe en todas las virtudes, como en un jardín florecido (VVN, 49).

21  Procura no inquietar tu alma ante el triste espectáculo de la injusticia humana, que tiene también un valor en la economía de las cosas. Sobre esta injusticia verás un día el triunfo definitivo de la justicia de Dios (GF, 175).

22  El Sabio alaba a la mujer fuerte: “Sus dedos, dice, sostienen el huso” (Prov 31,19).
Con gusto os diré algunas cosas sobre estas palabras. Vuestra rueca es el cúmulo de vuestros deseos. Por eso, hilad todos los días un poco, tirad hilo a hilo de vuestros proyectos hasta su ejecución, y sin duda alguna los veréis cumplidos. Pero estad atentos para no apresuraros, porque enredaríais el hilo con nudos y embrollaríais vuestro huso.
Por tanto, caminad siempre; y aunque vayáis avanzando lentamente, haréis un gran viaje (Epist.III, p.564).

23  La ansiedad es una de las mayores trampas que la virtud auténtica y la devoción vigorosa pueden encontrar; aparenta enfervorizarse en el bien obrar, pero no lo hace sino para enfriarse, y no nos hace correr para que tropecemos, es para que tropecemos, y por eso hay que estar alerta en todo momento, y de modo particular en la oración; y para conseguirlo mejor, será bueno acordarse de que las gracias y los gustos de la oración no son aguas de esta tierra sino del cielo; y que, por eso, todos nuestros esfuerzos no bastan para conseguirlos, y que, si es necesario prepararse con suma diligencia, ha de ser siempre con humildad y sosiego: hay que tener el corazón orientado hacia el cielo y esperar de allí el rocío celestial (AP).

24  ¿Por qué os tiene que preocupar el que Jesús os quiera llevar a la patria celestial por los desiertos o por los campos, si por los primeros y por los segundos se llega del mismo modo a la eterna bienaventuranza? Alejad de vosotros toda preocupación orgullosa que brota de las pruebas con las que el buen Dios quiere visitaros; y si esto no es posible, apartad el pensamiento y vivid resignados en todo al divino querer (AdFP, 561).

25  Tengamos bien esculpido en nuestra mente lo que dice el divino Maestro: en nuestra paciencia poseeremos nuestra alma (AdFP, 560).

26  No pierdas el ánimo si te toca trabajar mucho y recoger poco... Si pensases cuánto le cuesta a Jesús una sola alma, no te lamentarías por ello (AP).

27  El espíritu de Dios es espíritu de paz, y hasta en las faltas más graves nos concede experimentar un arrepentimiento tranquilo, humilde, confiado, que depende precisamente de su misericordia.
El espíritu del maligno, en cambio, excita, exaspera y nos hace experimentar, en el arrepentimiento mismo, una especie de ira contra nosotros mismos, siendo así que el primer acto de caridad debemos dirigirlo a nosotros mismos.
Por tanto, si te turban algunos pensamientos, piensa que esta turbación no viene nunca de Dios, sino del diablo. Dios te regala la serenidad porque es espíritu de paz (AdFP, 549).

28  Si somos apacibles y pacientes, nos encontraremos no sólo a nosotros mismos sino también nuestra alma y con ella a Dios (AdFP, 549).

29  La lucha que se lleva a cabo antes de la obra buena que se pretende realizar, es como la antífona que precede al salmo solemne que se va a cantar (FM, 166).

30  El impulso para alcanzar la paz eterna es bueno y santo, pero es necesario moderarlo con la completa resignación al querer divino. Es mejor cumplir la voluntad de Dios en la tierra que gozar en el paraíso. "Sufrir y no morir" era el lema de Santa Teresa. Es dulce el purgatorio cuando se sufre por amor de Dios (Epist.III, p.549).

31  La paciencia es tanto más perfecta cuanto menos se mezcla con inquietudes y desasosiegos. Si el buen Dios quiere prolongar el tiempo de la prueba, no os lamentéis ni indaguéis el porqué. Tened siempre presente que los hijos de Israel tuvieron que caminar  durante cuarenta años por el desierto antes de poner su pie en la tierra prometida (Epist.III, p.537).

Las tentaciones...


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 11 de abril de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 68

Jesús quiere agitarte, sacudirte, moverte y cribarte como al trigo, para que tu espíritu alcance la limpieza y pureza que él desea. ¿Acaso se podría guardar el trigo en el granero si no está limpio de toda clase de cizaña o de paja? ¿Puede acaso el lino conservarse en el cajón del dueño si antes no se ha vuelto cándido? Y así debe ser también en el alma elegida.
Comprendo que parezca que las tentaciones más bien manchan que purifican el espíritu; pero, de ningún modo es así. Escuchemos cuál es el lenguaje de los santos en relación a esto; y a ti te baste saber lo que dice el gran san Francisco de Sales, que las tentaciones son como el jabón que, desparramado sobre la ropa, parece ensuciarla, pero en verdad la limpia.

Carta a Raffaelina Cerase


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 4 de marzo de 1915 – Ep. II, p. 368

Tu único pensamiento sea el de amar a Dios y crecer cada día más en la virtud y en la santa caridad, que es el vínculo de la perfección cristiana.
En todos los sucesos de la vida reconoce la voluntad de Dios, adórala, bendícela. De modo especial en las cosas que te resulten más duras, no busques con inquietud ser liberada de ellas. Entonces más que nunca dirige tu pensamiento al Padre del cielo y dile: «Tanto mi vida como mi muerte están en tus manos, haz de mí lo que más te agrade».
En las angustias espirituales: «Señor, Dios de mi corazón, sólo tú conoces y lees a fondo el corazón de tus criaturas, sólo tú conoces todas mis penas, sólo tú conoces que todas mis angustias provienen de mi temor de perderte, de ofenderte, del temor que tengo de no amarte cuanto mereces y que yo debo y deseo; tú, para quien todo está presente y que eres el único que lees el futuro, si sabes que es mejor para tu gloria y para mi salvación que yo esté en este estado, que se realice así; no deseo ser liberada; dame fuerza, para que yo luche y obtenga el premio de las almas fuertes».

Cleonice Morcaldi


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MIS RECUERDOS DEL PADRE PÍO

 Cleonice Morcaldi fue la predilecta entre to­das las hijas espirituales del Padre Pío y la que gozó por más tiempo del beneficio de su direc­ción. Nacida en San Giovanni Rotondo el 22 de febrero de 1904, era muy joven cuando fue presentada al Padre Pío, quien la acogió inmediata­mente con ternura. En el año 1925, cuando ya era maestra de escuela, fue aceptada como hija espiritual del Padre, con quien permaneció en constante y estrecha relación hasta 1968, año de la muerte del Padre. Vivió santamente, consagrada al Señor, realizando lo mejor que pudo las ense­ñanzas recibidas. Murió el 23 de febrero de 1987.

Cleonice tuvo la feliz inspiración de anotar, día tras día, lo que su Padre espiritual le enseña­ba, aconsejaba o respondía, hasta el punto de poder utilizar posteriormente estos apuntes para escritos más extensos, como "Testimonianze su Pa­dre Pio" y "Diario". De estos escritos, a partir del presente número de la revista, y, con la promesa de continuar en números sucesivos, publicaremos algunas páginas. Esperamos que esta iniciativa sea agradable y, sobre todo, útil para nuestros lectores.


1  Encuentro con el Padre Pío, orientación espiritual

A decir verdad, y lo confieso delante de Dios, me siento incapaz de hablar de las virtudes de esta gran alma sacerdotal, aparecida en nuestros días.

Era humilde y sencilla, pero me parecía que era verdaderamente grande y extraordinaria por la íntima unión con Dios, que aparecía en todas sus acciones y, especial­mente, en la santa misa, en la cual ‑ yo creo ‑ se realizaba su transformación en Jesús crucificado. Repito que yo no sabría ni podría hablar por separado de sus virtudes, puesto que cada una contenía las demás. Estaban tan entrelazadas entra sí, en todas las mani­festaciones de su vida, que formaban una suave armonía espiritual: una continua emanación del buen olor de Cristo, con el que atraía a todos, buenos y malos, creyentes e incrédulos, protestantes y masones.

Este buen olor de Cristo era percibido por las almas incluso desde lejos y de un modo sensible. Lo llamaban "el perfume del Padre". Yo no quería creer en este fenóme­no, pero lo sentí durante más de diez minu­tos en Foggia, durante el examen de Estado, el año 1922. Para salir de dudas le pregunté a él qué significaba su perfume. Con toda sencillez dijo: - "Mi presencia". En efecto, yo me había encomendado mucho a sus ora­ciones antes de partir y me había dicho: - "Vete tranquila, los profesores deberán hacer sus cuentas conmigo y con Dios". Lo que quedó confirmado por el óptimo resultado de mis exámenes. Comencé entonces a conocer su unión con Dios y su intercesión ante Él; comencé a admirar también su bondad pa­terna y a demostrarle mi gratitud y mi reconocimiento.

Obtenido el diploma, durante tres años estuve enseñando en Monte Sant’Angelo. ¡Muy a pesar mío me alejé del Padre! Antes de partir me dio la bendición, diciéndome: - “Ánimo, estaré siempre junto a ti, pero no lo digas a nadie; visita la gruta del Arcángel, ante Jesús Sacramentado me encontrarás".

Cada día, al salir de la escuela, yo iba a la santa gruta y me quedaba por un largo tiempo junto al tabernáculo, aún con el estómago vacío. Yo sentía tan fuerte y suave el espíritu de Jesús, unido al del Padre, que para mi corazón era un sacrificio enorme salir de la mística gruta. Por experiencia personal (perfume), creí que el espíritu del Padre estaba siempre con el divino prisionero, en el tabernáculo. Por ello, muchos años después, cuando fui a España, me dijo: - "Vete, vete, que para mí no hay distancias".

Tenía razón un alma de Dios cuando exclamaba: - “Jesús forma con el Padre Pío una unidad indivisible, por lo que no encontraremos jamás a Jesús sin el Padre Pío, ni al Padre Pío sin Jesús".

Tres años después pasé a enseñar en las escuelas de mi pueblo, San Giovanni Roton­do. Cosa rara y verdaderamente ex­traña.... ¡no me confesaba con el Padre! Me confesaba con un sacerdote anciano que, si bien era docto y piadoso, sofocaba y cargaba de peso mi conciencia. ¡La confesión me resul­taba una verdadera cruz! Sólo después de haber escuchado el discurso de un padre franciscano sobre la vida y virtudes del Padre Pío, decidí confesarme siempre con el Pa­dre. Fue la Virgen de las Gracias la que me hizo este reproche: - "¿Los forasteros hacen largos viajes para confesarse con el Padre ¿y tú que estás cerca...?".

Por su parte, el Pa­dre, en la primera confesión, que fue la más larga, me dijo: - “¡Por fin te has decidi­do! Si supie­ras lo que he esperado y sufrido para arrancarte del mundo y darte para siempre a Je­sús!". Sor­prendida y emocionada, le dije que me sen­tía feliz de haberlo elegido como guía espiritual de mi vida. Él me respondió: - "No tú, sino yo te he elegido entre tantas otras. El Señor me confió tu alma el día de mi primera Misa. Te he rege­nerado para el Señor con dolor y con lágrimas de amor. Esfuérzate para corresponder a una predilección tan grande". A esta inesperada re­velación, mi ánimo, lleno de conmoción y re­conocimiento, agradeció al Señor por tanta bondad para con una miserable creatura suya.

Pedí al Padre que me aceptara como hija espiritual y me respondió: - "Ya lo eres, pór­tate bien, no me hagas desaparecer". Oh, ¡qué gozo en el espíritu respirar esta nueva atmósfera pura y balsámica!

Eran breves las confesiones del Padre, pero iluminaban y alimentaban el alma, que poco a poco penetraba en el conocimiento y en el amor de Dios.

Después de la muerte de mis padres, en 1932, me trasladé cerca del convento donde vivían muchas hijas espirituales y lo hice para poder seguir la Misa que celebraba el Padre.

Yo esperaba con ansia que llegase el día de la confesión. Al deseo de un renacimien­to espiritual se añadía una cierta repugnan­cia a hablar de mis miserias pasadas y de las cosas que me susurraba el maligno para alejarme de mi nuevo guía. Pero el sabio Maestro me salió al paso diciéndome: - "Yo conozco tu alma como tú conoces tu rostro ante el espe­jo y, antes de que tú ha­bles, ya sé todo lo que me quieres decir. Te ad­vierto ade­más que no me ocultes nunca lo que te dice el tentador. Él es como el ladrón: cuando se ve descu­bierto huye. Rechaza inmediatamente las tentaciones: son como las chispas que cuanto más tiempo están en nuestra mano más queman".

Era severo cuando yo ofendía a Dios con pecados contra la caridad. De la murmuración decía: -"Oh, ¡cómo castiga Dios este peca­do, que destruye la caridad fraterna!".

No toleraba las mentiras, ni siquiera las que no eran causa de daño alguno. Decía: - "Si no causan daño al prójimo, lo causan a nuestra alma. Dios es verdad". Para progre­sar en el camino de la perfección me acon­sejaba tres medios: el examen de la concien­cia por la noche; la buena lectura, especial­mente de la Sagrada Escritura; y la meditación sobre la vida y la pasión de Jesús por la mañana. Me sugirió que también por la tarde hiciera la meditación sobre el Crucifi­jo, para aprender a crucificar el amor pro­pio y la voluntad inclinada al mal.

Cuando le decía que yo no daba impor­tancia a la meditación y que la sustituía con la lectura, me decía: - "¡Mala señal!... Los santos lloraban cuando no podían meditar. Leer es comer, meditar es asimilar".

Cuando no tenía ganas de orar yo no oraba. Pero aprendí a orar, incluso sin ganas, cuando el Padre me dijo: - "Quien ora mucho, se salva; quien ora poco, está en pe­ligro; quien no ora, se condena. ¡Lo que cuen­ta y merece premio es la voluntad, no el sentimiento! Es mejor amar sin sentimien­to que saber que se es amado!... ".

- "Es difícil la perfección", le dije. - "No es difícil, di más bien que es dura para nuestra naturaleza caída!", me respondió.

Con frecuencia me recomendaba apuña­lar el propio yo, cada vez que se sublevara; darle una muerte lenta, pero continua.

De vez en cuando, recordando mi pasa­do y mi incapacidad espiritual, yo me desanimaba hasta el punto de llorar como una niña que no es capaz de estudiar. Con dul­zura y caridad paterna, el Padre me sumi­nistraba la fuerza y el gozo de continuar mi camino; me decía: - "Recuerda que Dios puede rechazar todo en nosotros; pero no puede rechazar, sin rechazarse a sí mismo, el deseo sincero de un alma que quiere amarlo. Des­pués de todo ¿por qué desanimarte por el recuerdo de tu pasado? El disgusto por nues­tras faltas, para que sea agradable a Dios, debe ser pacífico y resignado. Debemos recordar nuestras faltas, pero no más de lo necesario para mantenernos en la humildad ante el Señor. Nuestras miserias son el escaño de la divina Misericordia; nuestras impotencias, el escaño de la divina Omnipotencia. ¡Mira (y me mostró una bella imagen del Corazón de Jesús), Él es omnipotente, pero su omnipo­tencia es humilde sierva de su Amor! El Se­ñor es Bondad infinita y está contento cuan­do nos ha dado todo...".

Esta explicación confortó y consoló mi ánimo e infundió nueva fuerza a mi volun­tad. Di las gracias de todo corazón al Padre que, antes de darme la bendición, añadió: - “Estate tranquila, Jesús te ama. Si el pobre mundo pudiese ver la belleza del alma en gracia, todos los pecadores, todos los incré­dulos, se convertirían inmediatamente".

Un día, con las sonrisa en los labios, nos dijo: - "Os quiero llevar arriba pronto, pronto a fuerza de golpes".

¿Bromeaba? Sí, pero, bromeando, bro­meando, decía la verdad. Los golpes eran las pruebas espirituales que, de acuerdo con Je­sús, él nos daba. Eran pruebas de fuego. Pue­de hablar de ellas sólo quien las ha soportado. Recuerdo una que no olvidaré jamás.

A la aparente indiferencia del Padre, que me helaba el corazón y me hacía pensar en alguna ofensa hecha a Dios, se añadía una obstinada aridez en la oración, un grande tedio por la vida, una tristeza mortal y no faltaban horribles tentaciones del maligno. Cuando no podía soportarlo por más tiem­po, encontrando al Padre en el pasillo, le dije: - "Pero ¿por qué me ha abandonado en este infierno?", y me eché a llorar.

El Padre sonrió y, con dulzura, me dijo: - “¡Muy bien!, has pasado por el fuego sin quemarte, has saltado un fuego sin caer en él! No estás en el infierno. El sol resplandece en tu alma; tú no lo ves: no debes verlo; esto es lo mejor para ti. La agitación no te ha dejado gustar la dulzura de la cruz. No estás en el infierno. Las tinieblas que tu veías, eran las tinieblas que rodean al Eterno Sol, que estaba en tu alma. ¡Ánimo, después te será concedi­do ver la belleza de su Rostro, la dulzura de sus ojos, y la felicidad de estar junto a Él para siempre!". Pasé del infierno al paraíso.

Él nos guiaba con dulzura y firmeza. Nos decía: - "Os amo tanto como a mi alma; os amo como a hijitos míos carísimos; no obs­tante me veo obligado a imitar al cirujano que opera a su hijo. Antes de imponeros una prueba, ésta pasa a través de mi corazón. No soy yo quien os la impone, sino Aquel que está en mí y por encima de mí. Conformémo­nos siempre a los designios del Artífice divi­no, que son siempre designios de amor.

Muchos cuadernos serían necesarios para hablar de la doctrina con la cual el Padre dirigía las almas. A la doctrina añadía los ejemplos de todas las virtudes cristianas vividas en grado heroico. De todas ellas las primeras eran la humildad y la caridad para con Dios y para con los hermanos. ¡De su Amor a la cruz, sólo Jesús puede hablar!...

Mes de Septiembre


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1  Es necesario amar, amar, amar y nada más (GF, 292).

2  Dos cosas hemos de suplicar continuamente a nuestro dulcísimo Señor: que aumente en nosotros el amor y el temor; porque aquél nos hará correr por los caminos del Señor, éste nos hará mirar dónde ponemos el pie; aquél nos hace mirar las cosas de este mundo por lo que son, éste nos pone en guardia de toda negligencia. Cuando, al fin, el amor y el temor lleguen a besarse, ya no tendremos posibilidad de poner nuestros afectos en las cosas de aquí abajo (Epist.I, p.407).

3  El amor sólo puede dar aquello que hay en nosotros de indomable y el lenguaje del amor es la persuasión de la confidencia. Qué bello es el amor si se recibe como un don; y qué deforme, si se busca y se ambiciona (FM, 166).

4  Tú que tienes cuidado de almas, inténtalo con amor, con mucho amor, con todo el amor, agota todo el amor, y si esto resulta inútil..., ¡palo!, porque Jesús, que es el modelo, nos lo ha enseñado al crear el paraíso pero también el infierno (AdFP, 550).

5  Cuando Dios no te da dulzuras y suavidad, debes mantener el buen ánimo, comiendo con paciencia tu pan aunque sea duro, y cumpliendo tu deber sin ninguna recompensa por el momento. Haciéndolo así, nuestro amor a Dios es desinteresado; actuando de este modo, se ama y se sirve a Dios a costa nuestra; esto es lo propio de las almas más perfectas (Epist.III, p.282).

6  Cuanta más amargura tengas, más amor recibirás (FFN, 16).

7  Un solo acto de amor a Dios en tiempos de aridez vale más que cien en momentos de ternura y consuelo (ASN, 43).

8  Mi corazón es tuyo... Oh Jesús mío; toma, pues, mi corazón, llénalo de tu amor, y después mándame lo que quieras (AD, 49).

9  Dios nos ama; y la prueba de que nos ama es el hecho de que nos tolera en el momento de la ofensa (GB, 30).

10  Enciende, Jesús, aquel fuego que viniste a traer a la tierra, para que, consumido por él, me inmole sobre el altar de tu caridad, como holocausto de amor, para que reines en mi corazón y en el corazón de todos; y de todos y de todas partes se eleve hacia ti un mismo cántico de alabanza, de bendición, de agradecimiento por el amor que nos has demostrado en el misterio de divinas ternuras de tu nacimiento (Epist.IV, p.869).

11  Ama a Jesús, ámalo mucho, pero por esto ama aún más el sacrificio. El amor quiere ser amargo (T, 99).

12  El amor lo olvida todo, lo perdona todo, lo da todo sin reservarse nada (Epist.IV, p.870).

13  El espíritu humano, sin la llama del amor divino, es arrastrado a colocarse en la fila de las bestias. Por el contrario, la caridad, el amor de Dios, lo eleva tan alto como para alcanzar el trono de Dios. Agradeced sin cansaros nunca la generosidad de un Padre tan bueno y rogadle que aumente cada día más la santa caridad en vuestro corazón (Epist.II, p.70).

14  No te lamentarías jamás de las ofensas, vengan de donde vinieren, si recordaras que Jesús sufrió hasta la saciedad los oprobios de la malicia de los hombres, a los que había hecho tanto bien. Excusarías a todos con amor cristiano si tuvieras ante los ojos el ejemplo del divino Maestro que excusó ante su Padre incluso a los que lo crucificaron (AP).

15  Jesús y tu alma deben cultivar juntos la viña. A ti te toca el trabajo de quitar y transportar piedras, arrancar espinas... A Jesús, el de sembrar, plantar, cultivar, regar. Pero también en tu trabajo está la acción de Jesús. Sin él no puedes hacer nada (CE, 54).

16  No estamos obligados a no hacer el bien, para evitar el escándalo farisaico (CE, 37).

17  Recuérdalo: Está más cerca de Dios el malhechor que se avergüenza de haber actuado mal, que el hombre honesto que se avergüenza de hacer el bien (CE, 16).

18  El tiempo gastado por la gloria de Dios y por la salvación del alma, nunca es tiempo mal empleado (CE, 9).

19  Sí, bendigo de corazón la obra de dar catequesis a los niños, que son las florecillas predilectas de Jesús. Bendigo también el celo por las obras misioneras (Epist.III, p.457).

20  Todos estamos llamados por el Señor a salvar almas y a preparar su gloria. El alma puede y debe propagar la gloria de Dios y trabajar por la salvación de los hombres, llevando una vida cristiana, pidiendo incesantemente al Señor que "venga su reino y que no nos deje caer en tentación y nos libre del mal". Esto es lo que debe hacer también usted misma ofreciéndose del todo y continuamente al Señor con este fin. (Epist.II, p.70).

21  Levántate, pues, Señor, y confirma en tu gracia a aquellos que me has confiado y no permitas que se pierda ninguno, desertando  del rebaño. ¡Oh Dios, oh Dios!... no permitas que se pierda tu heredad (Epist.III, p.1009).

22  Soy todo de todos y de cada uno. Cada uno puede decir: "El Padre Pío es mío". Amo mucho a todos mis hermanos de este destierro. Amo a mis hijos espirituales igual que a mi alma y más todavía. Los he reengendrado para Jesús en el dolor y en el amor. Puedo olvidarme de mí mismo, pero no de mis hijos espirituales; más todavía, prometo decir al Señor, cuando me llame: "Señor, yo me quedo a la puerta del paraíso. Entraré cuando haya visto entrar al último de mis hijos".
Sufro mucho al no poder ganar a todos mis hermanos para Dios. En ocasiones, estoy a punto de morir de infarto de corazón al ver a tantas almas que sufren y no poder aliviarlas y a tantos hermanos aliados con Satanás. (AP).

23  La vida no es otra cosa que una continua reacción contra uno mismo; y no se abre a la belleza, si no es a precio de sufrimiento. Manteneos siempre en compañía de Jesús en Getsemaní y él sabrá confortaros cuando os lleguen las horas de angustia (ASN, 15).

24  Hay algo que no puedo soportar de ningún modo y es esto: Si tengo que hacer yo un reproche, estoy siempre dispuesto a hacerlo. Pero ver que otro lo hace, no lo puedo sufrir. Por eso, ver a otro humillado o mortificado me resulta insoportable (T, 120).

25  Quiera Dios que estas pobres criaturas se arrepintieran y volvieran de verdad a él. Con estas personas hay que ser de entrañas maternales y tener sumo cuidado, porque Jesús nos enseña que en el cielo hay más alegría por un pecador que se ha arrepentido que por la perseverancia de noventa y nueve justos.
Son en verdad reconfortantes estas palabras del Redentor para tantas almas que tuvieron la desgracia de pecar y que quieren convertirse y volver a Jesús (Epist.III, p.1082).

26  Las desgracias de la humanidad: éstos son los pensamientos para todos (T, 95).

27  No te preocupes demasiado por la curación de tu corazón, porque esta angustia aumentaría la enfermedad. No te esfuerces demasiado en vencer tus tentaciones, pues esta violencia las fortificaría más aún. Desprécialas y no te obsesiones con ellas (Epist.III, p.503).

28  Haz el bien, en todas partes, para que todos puedan decir: "Este es un hijo de Cristo".
Soporta por amor a Dios y por la conversión de los pobres pecadores las tribulaciones, las enfermedades, los sufrimientos. Defiende al débil, consuela al que llora (FSP, 119).

29  No estéis con la preocupación de que me estáis robando el tiempo, porque el tiempo mejor empleado es el que se dedica a la santificación del alma del prójimo. Yo no tengo otro modo de agradecer la bondad del Padre celestial que cuando me presenta las almas a las que puedo ayudar de alguna forma (MC, 83).

30  Jamás me ha pasado por la cabeza la idea de vengarme: he rogado y ruego por los que me denigran. Sí, que alguna vez he dicho al Señor: "Señor, si para convertirlos es necesario algún latigazo, dáselos también, con tal de que se salven” (AD, 127).


"Yo...testigo de Padre Pio" por Fr. Modestino de Pietrelcina


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“SU” MISA

Otros muchos, antes de mí, han tratado de describir “la misa del Padre Pío", pero creo que ninguno haya logrado trazar, en toda su misteriosa realidad, lo que durante cinco decenios ha sucedido cada mañana sobre el altar en San Giovanni Rotondo.

 No trataré yo ciertamente de repetir el intento, que seguramente estos otros han cumplido con mejores resultados. Procuraré solamente dejar escrito en estas páginas lo que creo que he comprendido, lo que he visto y lo que ha sucedido en mi presencia mientras, en tantas ocasiones, he ayudado a misa al venerado Padre.

Fue él precisamente quien me dio enseñanzas preciosas sobre el modo de "servir" en el banquete eucarístico.
Siempre he tratado de observar atentamente al Padre Pío siguiéndole con la mirada desde el momento en que, al alba, salía de su celda para ir a celebrar. Lo veía en un estado de manifiesta agitación.

Apenas llegaba a la sacristía para revestirse me daba la impresión de que no se enteraba de lo que sucedía a su alrededor. Estaba absorto y profundamente consciente de lo que se preparaba a vivir. Si alguno se atrevía a dirigirle alguna pregunta, se sacudía y respondía con monosílabos.

Su rostro, aparentemente normal por el color, se volvía medrosamente pálido en el momento en que se ponía el amito. Desde ese instante no quería saber nada de nadie. Parecía completamente ausente.

 Revestido con los ornamentos sagrados, se dirigía al altar. Si bien yo iba delante, notaba que su paso era cada vez más fatigoso, su rostro más dolorido. Se le veía cada vez más encorvado. Me daba la sensación de que estuviera aplastado por una enorme invisible cruz.

Llegado al altar, lo besaba afectuosamente y su rostro pálido se encendía. Las mejillas se volvían sonrojadas. La piel parecía transparente, como para resaltar el flujo de sangre que llegaba a las mejillas.
Al confiteor, como acusándose de los más graves pecados cometidos por todos los hombres, se daba fuertes y sordos golpes de pecho. Y sus ojos permanecían cerrados sin lograr contener gruesas lágrimas que se perdían entre su bien poblada barba.

 Al evangelio, sus labios, mientras proclamaba la palabra de Dios, parecía que se alimentaran con esta palabra saboreando su infinita dulzura.
Inmediatamente daba comienzo el íntimo coloquio del Padre Pío con el Eterno. Este coloquio producía al Padre Pío abundantes efluvios de lágrimas que yo le veía enjugar con un enorme pañuelo.
El Padre Pío, que había recibido del Señor el don de la contemplación, se introducía en los abismos del misterio de la redención.

 Rasgados los velos de aquel misterio con la fuerza de su fe y de su amor, todas las cosas humanas desaparecían de su vista. ¡Ante su mirada existía sólo Dios!
 La contemplación daba a su alma un bálsamo de dulzura, que alternaba con el sufrimiento místico, reflejado con toda evidencia también en el físico. Todos veían al Padre Pío sumergido en el dolor.
Las oraciones litúrgicas las pronunciaba con dificultad y eran interrumpidas por frecuentes sollozos.
 El Padre Pío se sentía profundamente incómodo en presencia y ante las miradas escrutadoras de los demás. Quizá hubiera preferido celebrar en soledad para, así, poder dejar cauce libre a su dolor, a su indescriptible amor.

 Su alma estática, abrasada por un "fuego devorador", debía implorar del cielo benéfica lluvia de gracias.
 El Padre Pío, en aquellos momentos, vivía sensiblemente, realmente, la pasión del Señor.

El tiempo discurría veloz, pero, ¡él estaba fuera del tiempo!
 Por ello su misa duraba hora y media y hasta más.
 Al Sanctus elevaba con gran fervor el himno de alabanza al Señor, que precedía al divino holocausto.
 A la elevación su dolor llegaba a la cumbre. En sus ojos yo leía la expresión de una madre que asiste a la agonía de su hijo en el patíbulo, que lo ve expirar y que, destrozada por el dolor, muda, recibe el cuerpo exangüe en sus brazos y que puede apenas prodigarle alguna suave caricia. Viendo su llanto, sus sollozos, yo temía que el corazón le estallase, que se desmayara de un momento a otro. El Espíritu de Dios había invadido ya todos sus miembros. Su alma estaba arrebatada en Dios.
 El Padre Pío, mediador entre la tierra y el cielo, se ofrecía junto con Cristo víctima por la humanidad, en favor de sus hermanos de destierro.

 Cada uno de sus gestos manifestaba su relación con Dios. Su corazón debía arder como un volcán. Oraba intensamente por sus hijos, por sus enfermos, por quienes habían dejado ya este mundo. De vez en cuando se apoyaba con los codos sobre el altar, quizá para aliviar del peso del cuerpo sus pies llagados.
 Con frecuencia le oía repetir entre lágrimas: "¡Dios mío! ¡Dios mío!"
 Era un espectáculo de fe, de amor, de dolor, de conmoción, que era un verdadero drama en el momento en que el Padre elevaba la hostia. Las mangas del alba, bajándose, dejaban al descubierto sus manos ro¬tas, sangrantes. ¡Su mirada, en cambio, estaba fija en Dios!

 A la comunión parecía calmarse. Transfigurado, en un apasionado, estático abandono, se alimentaba con la carne y la sangre de Jesús. ¡La incorporación, la asimilación, la fusión eran totales! ¡Cuánto amor irradiaba su rostro!
 La gente, atónita, no podía hacer otra cosa que doblar las rodillas ante aquella mística agonía, aquella total aniquilación.
 El Padre permanecía arrobado gustando las divinas dulzuras que sólo Jesús en la eucaristía sabe dar.
 Así el sacrificio de la misa se completaba con real participación de amor, de sufrimiento, de sangre. Y producía abundantes frutos de conversión.

 Concluida la misa, el Padre Pío ardía con un fuego divino encendido por Cristo en su alma, por atracción.
 Otra ansia lo devoraba: ir al coro para permanecer, recogido, con Jesús en íntima, silenciosa alabanza de acción de gracias. Se quedaba inmóvil, como sin vida. Si alguno lo hubiera sacudido, no se habría apercibido: tal era su participación en el abrazo divino.

 ¡La misa del Padre Pío!

 No hay pluma que pueda describirla. Sólo quien ha tenido el privilegio de vivirla, puede entender...

Traducido del italiano por el  Padre Constantino Quintano, TC

Mes de Agosto


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1  El Señor nos descubre que a veces somos poca cosa. En verdad, me resulta inconcebible que uno que tenga inteligencia y conciencia, pueda enorgullecerse (GB, 57).

2  Os digo, además, que améis vuestra bajeza; y amar la propia bajeza, hijas mías, consiste en esto: si sois humildes, pacíficas, dulces, y mantenéis la confianza en los momentos de obscuridad y de impotencia, si no os inquietáis, no os angustiáis, no perdéis la paz por nada, sino que abrazáis estas cruces cordialmente –no digo precisamente con alegría sino con decisión y constancia- y permanecéis firmes en estas tinieblas..., actuando así, amaréis vuestra bajeza, porque ¿qué es ser objeto de bajeza sino estar en la obscuridad y en la impotencia? (Epist.III, p.566).

3  Pidamos también nosotros a nuestro querido Jesús la humildad, la confianza y la fe de nuestra querida santa Clara; como ella, oremos fervorosamente a Jesús, entregándonos a él y alejándonos de los artilugios engañosos del mundo en el que todo es locura y vanidad. Todo pasa, sólo Dios permanece para el alma, si ésta ha sabido amarle de verdad (Epist.III, p.1092).

4  Hay algunas diferencias entre la virtud de la humildad y la del desprecio de uno mismo, porque la humildad es el reconocimiento de la propia bajeza; ahora bien, el grado más alto de la humildad consiste, no sólo en reconocer la propia bajeza, sino en amarla; a esto, pues, os exhorto yo (Epist.III, p.566).

5  No os acostéis jamás sin haber examinado antes vuestra conciencia sobre cómo habéis pasado el día, y sin haber dirigido todos vuestros pensamientos a Dios, para hacerle la ofrenda y la consagración de vuestra persona y la de todos los cristianos. Ofreced además para gloria de su divina majestad el descanso que vais a tomar y no os olvidéis nunca del ángel custodio, que está siempre con vosotros (Epist.II, p.277).

6  Debes insistir principalmente en lo que es la base de la justicia cristiana y el fundamento de la bondad, es decir, en la virtud de la que Jesús, de forma explícita, se presenta como modelo; me refiero a la humildad. Humildad interior y exterior, y más interior que exterior, más vivida que manifestada, más profunda que visible. Considérate, mi queridísima hija, lo que eres en realidad: nada, miseria, debilidad, fuente sin límites y sin atenuantes de maldad, capaz de convertir el bien en mal, de abandonar el bien por el mal, de atribuirte el bien o justificarte en el mal, y, por amor al mismo mal, de despreciar al sumo Bien (Epist.III, p.713).

7  Estoy seguro de que deseáis saber cuáles son las mejores humillaciones. Yo os digo que son las que nosotros no hemos elegido, o también las que nos son menos gratas, o mejor dicho, aquéllas a las que no sentimos gran inclinación; o, para hablar claro, las de nuestra vocación y profesión. ¿Quién me concederá la gracia, mis querídimas hijas, de que lleguemos a amar nuestra propia bajeza? Nadie lo puede hacer sino aquél que amó tanto la suya que para mantenerla  quiso morir. Y esto basta (Epist.III, p.568).

8   Yo no soy como me ha hecho el Señor, pues siento que me tendría que costar más esfuerzo un acto de soberbia que un acto de humildad. Porque la humildad es la verdad, y la verdad es que yo no soy nada, que todo lo que de bueno hay en mí es de Dios. Y con frecuencia echamos a perder incluso aquello que de bueno ha puesto Dios en nosotros. Cuando veo que la gente me pide alguna cosa, no pienso en lo que puedo dar sino en lo que no sé dar; y por lo que tantas almas quedan sedientas por no haber sabido yo darles el don de Dios.
El pensamiento de que cada mañana Jesús se injerta a sí mismo en nosotros, que nos invade por completo, que nos da todo, tendría que suscitar en nosotros la rama o la flor de la humildad. Por el contrario, he ahí cómo el diablo, que no puede injertarse en nosotros tan profundamente como Jesús, hace germinar con rapidez los tallos de la soberbia. Esto no es ningún honor para nosotros. Por eso tenemos que luchar denodadamente para elevarnos. Es verdad: no llegaremos nunca a la cumbre sin un encuentro con Dios. Para encontrarnos, nosotros tenemos que subir y él tiene que bajar. Pero, cuando nosotros ya no podamos más, al detenernos, humillémonos, y en este acto de humildad nos encontraremos con Dios, que desciende al corazón humilde (GB, 61).

9  La verdadera humildad del corazón es aquélla que, más que mostrarla, se siente y se vive. Ante Dios hay que humillarse siempre, pero no con aquella humildad falsa que lleva al abatimiento, y que produce desánimo y desesperación.
Hemos de tener un bajo concepto de nosotros mismos. Creernos inferiores a todos. No anteponer nuestro propio interés al de los demás (AP).

10  En este mundo ninguno de nosotros merece nada; es el Señor quien es benévolo con nosotros, y es su infinita bondad la que nos concede todo, porque todo lo perdona (CE, 47).

11  Si hemos de tener paciencia para soportar las miserias de los demás, mucho más debemos soportarnos a nosotros mismos.
En tus infidelidades diarias, humíllate, humíllate, humíllate siempre. Cuando Jesús te vea humillado hasta el suelo, te alargará la mano y se preocupará él mismo de atraerte hacia sí (AP).

12  Tú has construido mal. Destruye y vuelve a construir bien (AdFP, 553).

13  ¿Qué otra cosa es la felicidad sino la posesión de toda clase de bienes que hace al hombre plenamente feliz? Pero ¿es posible encontrar en este mundo alguien que sea plenamente feliz? Seguro que no. El hombre habría sido él mismo si se hubiese mantenido fiel a su Dios. Pero como el hombre está lleno de delitos, es decir, lleno de pecados, no puede nunca ser plenamente feliz. Por tanto, la felicidad sólo se encuentra en el cielo. Allí no hay peligro de perder a Dios, ni hay sufrimientos, ni muerte, sino la vida sempiterna con Jesucristo (CS, n.67, p.172).

14  Padre, ¡qué bueno es usted!
- Yo no soy bueno, sólo Jesús es bueno. ¡No sé cómo este hábito de San Francisco que visto, no huye de mí! El mayor delincuente de la tierra es oro comparado conmigo (T, 118).

15  La humildad y la caridad caminan siempre juntas. La primera glorifica y la otra santifica.
La humildad y la pureza de costumbres son alas que elevan hasta Dios y casi nos divinizan (T, 54).

16  Humíllate siempre y amorosamente ante Dios y ante los hombres, porque Dios habla al que tiene un corazón sinceramente humilde ante él. Dios lo enriquece con sus dones (T, 54).

17  Miremos primero hacia arriba y después mirémonos a nosotros mismos. La distancia sin límites entre el azul del cielo y el abismo produce humildad (T, 54).

18  Si permanecer en pie dependiese de nosotros, con seguridad que al primer soplo caeríamos en manos de los enemigos de nuestra salvación. Confiemos siempre en la conmiseración divina y experimentaremos cada vez más qué bueno es el Señor (Epist.IV, p.193).

19  Antes que nada, debes humillarte ante Dios más bien que hundirte en el desánimo, si él te reserva los sufrimientos de su Hijo y quiere hacerte experimentar tu propia debilidad; debes dirigirle la oración de la resignación y de la esperanza si es que caes por debilidad, y debes agradecerle tantos beneficios con que te va enriqueciendo (T, 54).

20  ¿Qué es lo que puedo hacer yo? Todo viene de Dios. Yo sólo soy rico en una cosa, en una infinita indigencia (T, 119).

21  Si Dios nos quitase todo lo que nos ha dado, nos quedaríamos con nuestros harapos (ER, 17).

22  ¡Cuánta malicia hay en mí!...
- Manténte en este convencimiento; humíllate pero no pierdas la paz (AP).

23  Estáte atenta para no caer nunca en el desánimo al verte rodeada de flaquezas espirituales. Si Dios te deja caer en alguna debilidad, no es para abandonarte sino únicamente para afianzarte en la humildad y hacerte más precavida de cara al futuro (FM, 168).

24  El mundo no nos aprecia porque seamos hijos de Dios; consolémonos porque, al menos por una vez, reconoce la verdad y no miente (ASN, 44).

25  Amad y poned en práctica la sencillez y la humildad y no os preocupéis de los juicios del mundo; porque, si este mundo no tuviese nada que decir contra nosotros, no seríamos verdaderos siervos de Dios (ASN, 43).

26  El amor propio, hijo de la soberbia, es más malvado que su misma madre (AdFP, 389).

27  La humildad es verdad, la verdad es humildad (AdFP, 554).

28  Dios enriquece al alma que se despoja de todo (AdFP, 553).

29  Someterse no significa ser esclavos sino solamente ser libres por seguir un santo consejo (FSP, 32).

30  Cumpliendo la voluntad de los demás, debemos ser conscientes de que hacemos la voluntad de Dios. Esta  se nos manifiesta en la de nuestros superiores y en la de nuestro prójimo (ASN, 43).

31  Manténte siempre unida estrechamente a la santa Iglesia católica, porque sólo ella te puede dar la paz verdadera, ya que sólo ella posee a Jesús sacramentado. El es el verdadero príncipe de la paz (FM, 166).