Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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Archive for mayo 2017

Carta a las hermanas Campanile


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Ahora comprenderás, mi buena hija, por qué el alma que ha elegido el amor divino no se puede quedar egoístamente en el Corazón de Jesús, sino que se siente abrasada también por la caridad hacia los hermanos, que con frecuencia hace que el alma se derrita de amor.
Pero ¿cómo puede suceder todo esto? Hija, no es difícil entenderlo, ya que el alma, al no vivir ya de su propia vida y vivir de Jesús, que vive en ella, debe sentir, querer y vivir de los mismos sentimientos, deseos y vida que él vive en ella. Y tú sabes, mi queridísima hija, sabes, digo, aunque lo has aprendido tarde, de qué sentimientos y de qué deseos, hacia Dios y hacia la humanidad, estaba y está animado el Corazón de este divino Maestro.
Que se derrita también tu alma de amor a Dios y a los hermanos que nada quieren saber de él, porque aquí está el sumo gozo de Dios. Vive tranquila y que tu sufrimiento lo vivas en paz.
 (31 de mayo de 1918, Ep. III, p. 961)

La devoción de Padre Pio a Jesús Niño


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Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc 2,12)

El Padre Pío, desde la más tierna edad, y con un atractivo muy especial, se sintió fascinado por el misterio de Navidad.

Desde algunos días antes de esta fecha, en Piana Romana, mientras sus padres trabajaban en el campo, modelaba con barro las pequeñas imágenes del nacimiento; las colocaba en una pequeña gruta excavada en la pared más grande de la casa, y, con genial creatividad, preparaba las lucecitas, llenando con unas pocas gotas de aceite y un poco de estopa las conchas vacías de los caracoles, que elegía con atención entre las más bellas y que limpiaba por dentro, o, mejor, que hacía limpiar a su amigo Luis Orlando, ya que «no tenía el coraje de llevar a cabo esta operación».

Después, colocaba alrededor de la gruta grandes trozos de musgo que sacaba del tronco de los árboles con un cortaplumas. Y permanecía horas y horas delante del nacimiento, cantando nanas y rezando el Ave María.

De mayor, contaba los días que faltaban para Navidad. Enviaba a todos sus augurios de paz, de serenidad, de alegría.
­ «El celeste Niño te conceda experimentar en tu corazón todas las santas emociones que me hizo gozar a mí en la bienaventurada noche, cuando fue colocado en el pobre portal» (Epist. I,981).
­ «Un rayo del gran misterio de amor os invada a todos y os transforme en él» (Epist. IV,275).
­ «El divino Infante renazca en su corazón, lo transforme con su santo amor y le haga digno de la gloria de los bienaventurados» (Epist. IV,214).
­ «El celeste Niño esté siempre en su corazón, lo gobierne, lo ilumine, lo vivifique, lo transforme en su eterna caridad» (Epist. IV,508).

En Navidad, el rostro del Padre Pío se iluminaba. Sus labios dibujaban sonrisas de alegría. Su corazón no lograba contener la ternura, el amor por Jesús Niño. Se detenía horas y horas delante del nacimiento a meditar las enseñanzas que brotan de la gruta de Belén. Cada gesto manifestaba la apremiante, íntima y sentida devoción del Padre Pío hacia el Verbo de Dios hecho carne, que «renunció incluso a un modesto alojamiento entre los parientes y conocidos en la ciudad de Judá y, al ser rechazado por los hombres, pidió refugio y auxilio a viles animales, eligiendo su establo como lugar de nacimiento y su aliento para calentar su tierno cuerpecito» (Epist. IV,971, ed.1991).
En los días que precedían a Navidad, el Padre Pío escribía a sus hijas espirituales mensajes como éstos:

- «Al comenzar la santa novena en honor del santo Niño Jesús, mi espíritu se ha sentido como renacer a una vida nueva; el corazón se siente demasiado pequeño para contener los bienes del cielo; el alma se siente deshacerse completamente ante la presencia de nuestro Dios, que se ha hecho carne por nosotros.

¿Cómo resignarse a no amarlo cada día con nuevo entusiasmo?
Oh, acerquémonos al Niño Jesús con corazón limpio de culpa, que, de este modo, saborearemos lo dulce y suave que es amarlo» (Epist. II,273).
- Estate muy cerca de la cuna de este gracioso Niño... Si amas las riquezas, aquí encontrarás el oro que los reyes magos le dejaron; si amas el humo de los honores, aquí encontrarás el del incienso; y si amas la delicadeza de los sentidos, sentirás el olor de la mirra, que perfuma por entero la santa gruta.
Sé rica de amor hacia este celeste Niño, respetuosa en la actitud que tomes ante él en la oración, y plenamente dichosa al sentir en ti las santas inspiraciones y los afectos de ser singularmente suya» (Epist. III,346s).

de " La vida devota de Padre Pio" por Gennaro Preziuso y Gerardo Di Flumeri (2)

Rosario de la Paciencia


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Señal de la cruz

Señor: en este día tan especial, vamos a orar juntos meditando las enseñanzas del Santo Padre Pío, quien es un modelo para nosotros, ya que ha sido un hombre de valor: que siguió Tus enseñanzas, supo enfrentar la adversidad con amor, que fue humilde, que tuvo caridad y que nunca se envaneció con los dones que poseía.  Que nos enseñó a honrarte y a amar a María Tu Santa Madre. Que nos enseñó a orar por quienes amamos, por quienes no conocemos y por todos los que lo necesitan.
En Tu presencia y en Tus manos dejamos nuestra vida, nuestras alegrías, nuestros proyectos, nuestra esperanza, nuestros sufrimientos y nuestra amada tierra. Acompáñanos Señor en nuestras súplicas. Amén.

Pèsame (Todos juntos)

Primer Misterio: 

La virtud de la paciencia es la que nos asegura, más que ninguna otra, la perfección; y, si conviene practicarla con los demás, hay que tenerla no menos con uno mismo. El que aspira al puro amor de Dios, no necesita tanto tener paciencia con los demás cuanto tenerla consigo mismo. Para conquistar la perfección, se necesita tolerar las propias imperfecciones. Digo tolerarlas con paciencia y no ya amarlas. Con este sufrimiento crece la humildad. Para caminar siempre bien, es necesario, mi queridísimo hijo, aplicarse con diligencia a recorrer bien aquel trozo de camino que está más cerca y que es posible recorrer, hacer bien la primera jornada, y no perder el tiempo deseando hacer la última cuando todavía no se ha hecho la primera.
Muchísimas veces nos detenemos tanto en el deseo de ser ángeles del paraíso, que descuidamos ser buenos cristianos. Con esto no quiero decir o significar que no sea oportuno para el alma poner muy alto su deseo, pero sí que no se puede desear o pretender alcanzarlo en un día, porque esta pretensión y este deseo nos fatigarían demasiado y para nada. Nuestras imperfecciones, hijito mío, nos han de acompañar hasta la tumba. Es cierto que nosotros no podemos caminar sin tocar tierra; pero es verdad también que, si no nos tenemos que tumbar o mirar a otro lado, tampoco hay que pensar en volar, porque en las vías del espíritu somos como pequeños pollitos, a quienes todavía no les han salido las alas.
(25 de noviembre de 1917, a Luis Bozzuto – Ep. IV, p. 403)

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesitadas de tu misericordia.

Santo Padre Pio       Ruega por  nosotros

Segundo Misterio: 

Nuestra vida terrena se va muriendo poco a poco en nosotros; de igual modo es necesario hacer morir en nosotros nuestras imperfecciones. Imperfecciones, es cierto, que para las almas piadosas que las sufren, pueden ser también fuentes de mérito y motivos poderosos para adquirir virtudes; porque, a través de esas imperfecciones, conseguimos conocer cada vez mejor el abismo de miseria que somos; y ellas nos impulsan a ejercitarnos en la humildad, en el desprecio de nosotros mismos, en la paciencia y en el esfuerzo.
Hijo mío, yo no sé qué impresión producirá en tu alma esta pobre carta, pero todo lo he escrito al pie del crucifijo. He sentido muy fuerte en mi corazón el impulso a escribirte lo que te he escrito, porque he juzgado que una gran parte de tu mal pasado ha estado motivado por haber hecho grandes proyectos y, viendo después que los resultados eran pequeñísimos y que las fuerzas eran insuficientes para poner en práctica aquellos deseos, aquellos planes y aquellas ideas, fuiste atormentado por angustias e impaciencias, inquietudes y turbaciones de la mente y del corazón. De aquí nacieron en tu corazón todas aquellas desconfianzas, languideces, ruindades y faltas. Y si todo esto es verdad, como por desgracia lo es en realidad, sé más prudente de aquí en adelante, camina pisando tierra, porque el alto mar te produce vértigos y te provoca mareos.
(25 de noviembre de 1917, a Luis Bozzuto – Ep. IV, p. 403)

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesitadas de tu misericordia.

Santo Padre Pio       Ruega por  nosotros


Tercer Misterio:
El gozo es un vástago de la caridad; pero, para que este gozo sea perfecto y verdadero, se requiere que tenga como su compañera invisible a la paz, que se da en nosotros cuando el bien que poseemos es el bien sumo y se-guro. Ahora bien, ¿no es acaso Dios el sumo bien que el alma ama y amándolo lo posee?
Es necesario, pues, que este bien, además de ser sumo, sea también seguro. Pues bien, el divino Maestro nos asegura que «Vuestro gozo nadie os lo podrá quitar». ¿Qué testimonio más seguro que éste? El alma, al pensar en esto, no puede no sentirse enteramente alegre. He aquí lo que hace afrontar con ánimo jubiloso las más amargas contradicciones.
Sin embargo, hay que señalar que, así como el alma mientras esté en estado de peregrino no podrá alcanzar nunca la caridad perfecta, de igual modo su paz no podrá nunca ser perfecta. Las contradicciones, las tribulaciones son tantas, los contrastes con los que la pobre alma es maltratada son tan numerosos, como para hacerla agonizar en ciertos momentos de la vida, hasta tal punto de resultarle insoportable la vida misma; y esto na-ce del verse en peligro de poder arruinarse.
 Ahora bien, para resistir a tan duras pruebas, le es necesaria la paciencia, virtud que nos hace soportar, sin ceder, las adversidades. Busque el alma que hace profesión de perfección tener muy en cuenta esta virtud, si es que le preocupa no trabajar inútilmente, ya que es por esta virtud por la que permanecerá interiormente ordenada.
(23 de octubre de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 197)

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Santo Padre Pio       Ruega por  nosotros

 Cuarto Misterio:

La caridad, el gozo y la paz son virtudes que vuelven al alma perfecta en torno a lo que posee; la paciencia, en cambio, la vuelve perfecta en torno a lo que soporta.
Lo dicho hasta aquí es lo que es necesario para la perfección interior del alma. Para la perfección exterior del alma son necesarias las virtudes, algunas de las cuales se refieren al modo cómo el alma que tiende a la perfección debe comportarse con el prójimo; otras, en cambio, se refieren al régimen de los propios sentidos.
Entre las virtudes que el alma necesita en relación al prójimo, encontramos, en primer lugar, la benignidad, con la que el alma devota, con sus comportamientos agradables, corteses, cívicos, ajenos a toda grosería, cautiva a aquéllos con quienes trata y atrae a imitar su vida devota.
Pero todo esto es aún muy poca cosa. Conviene bajar a los hechos: y he aquí que nos viene inmediatamente la benignidad, virtud que empuja al alma a servir de utilidad para los demás. Y aquí es bueno señalar dos cosas bastante importantes para el alma que tiende a la perfección. Una de ellas es ver que el prójimo no saca provecho del bien que se le hace; la otra es, no sólo que el prójimo no siempre saca provecho del bien que se le hace, sino, lo que es peor, ver que a veces corresponde con ofensas y con ultrajes. Al alma no bien instruida le sucede con frecuencia que cae en el engaño. Dios nos libre de ser víctimas de semejantes emboscadas, tendidas por el enemigo para arruinarnos y correr sin premio.
Es necesario, por tanto, que, contra la primera emboscada, nos armemos con la hermosa virtud de la magnanimidad, que es una virtud que no permite que el alma retroceda nunca al procurar el bien ajeno, incluso cuan-do ve que ningún provecho saca el prójimo. Contra la segunda, es necesario armarse de mansedumbre, que lleva a reprimir la ira, incluso cuando se ve correspondida con ingratitud, con ultrajes y con ofensas.
Pero todas estas hermosas virtudes todavía no bastan si no se les une la virtud de la fidelidad, mediante la cual el alma devota adquiere prestigio y cada uno se asegura de que en su obrar no hay doblez.
(23 de octubre de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 197)

Padre nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesitamos de tu misericordia.

Santo Padre Pio       Ruega por  nosotros

Quinto Misterio:

Hay algunas enfermedades físicas, cuya curación depende de un acertado modo de vivir. El amor propio, la estima de sí mismo, la falsa libertad de espíritu, son raíces que no se pueden erradicar fácilmente del corazón humano. Solamente se puede impedir la producción de sus frutos, que son los pecados; porque sus primeros retoños y sus ramas, esto es, sus prime-ras sacudidas y sus primeros movimientos, de hecho no se pueden impedir mientras se está en esta vida mortal, aunque sí se puede moderar y disminuir su calidad y su fuerza mediante la práctica de las virtudes contrarias, particularmente del amor de Dios.
Es necesario, pues, tener paciencia al cortar los malos hábitos, domar las antipatías y superar las propias inclinaciones y cambios de humor; porque, mi buena hijita, esta vida es una lucha continua y no hay quien pueda decir: «Yo no he sido tentado». La quietud está reservada para el cielo, don-de nos espera la palma de la victoria. Aquí, en la tierra, hay que combatir siempre entre la esperanza y el temor; pero con el propósito de que la esperanza sea siempre más fuerte, y teniendo presente la omnipotencia de aquel que nos auxilia. No te canses, pues, de trabajar, con constancia, con confianza y con resignación, por tu conversión y perfección.
(11 de junio de 1918, a Erminia Gargani – Ep. III, p. 735)

Padrenuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Santo Padre Pio       Ruega por  nosotros


Acompañamos la intención del Papa Francisco para este mes rezando:

Salve, Tres ave María y Gloria

Rezamos la Oración a san Miguel Arcángel por nuestra Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, el Sumo Pontífice, por los sacerdotes y las vocaciones. Pedimos  también por todas las intenciones recibidas en los Grupos de Oración del Santo Padre Pio en todo el mundo.

"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.
Amén."  

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Paz y bien

La vida devota de Padre Pio por Gennaro Preziuso y Gerardo Di Flumeri


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La devoción a Dios Padre

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra (Mt 11,25)

El venerado Padre Pío fue bautizado a las 6 horas del día 26 de mayo de 1887. Desde aquella mañana, la santísima Trinidad comenzó a habitar en el alma del Padre Pío como en un templo, y el Padre Pío comenzó a cultivar una tierna devoción a cada una y a las tres augustísimas Personas.
Hacia Dios Padre tuvo siempre una gran devoción, ungida de respeto profundo y de amor filial.
El Padre del cielo ocupaba el centro de su corazón y era el que actuaba y obraba de forma inmediata en su alma. El 9 de febrero de 1914, en un escrito al padre Agustín, el venerado Padre le comunicaba: «Ahora es el mismo Dios el que de forma inmediata, sin la mediación de los sentidos internos o externos, actúa y obra en lo profundo de mi alma... Lo que yo logro decir de esta mi situación actual es que el anhelo de mi alma se orienta, no a alguna otra realidad, sino solamente a Dios; que experimenta que todo su ser está centrado y ensimismado en Dios» (Epist. I,453).

Por lo mismo, si Dios Padre ocupaba el centro de su alma, es a él, al Padre del cielo, a quien el Padre Pío dirigía sus súplicas y sus alabanzas. El 16 de noviembre de 1914, escribía al padre Agustín: «No dejo de insistir dulcemente al corazón del Padre del cielo por su alma y por todas las almas amadas por usted» (Epist. I,505). Y el 12 de mayo de 1915, decía al citado padre Agustín: «Estoy muy contento por los bienes que tantas almas han recibido del Padre de las luces. A él, al Padre del cielo, suba una alabanza sempiterna» (Epist. I,471).

Totalmente imbuido del pensamiento de que la primera Persona de la santísima Trinidad habitaba y actuaba en su alma, el Padre Pío «no deseaba otra cosa que agradar a Dios, padre y creador nuestro» (Epist. I,652).

Y este buen Padre, que amaba al humilde hermanito de Pietrelcina, lo colocaba en la cruz, como había colocado a su Hijo unigénito, Jesucristo nuestro Señor. El 7 de agosto de 1915, el Padre Pío escribía al padre Benedicto: «Su carta, que me llegó la mañana de pascua, trajo a mi pobre espíritu, por una parte un poco de alivio, ligerísimo por cierto pero capaz de animarme para poder soportar la cruz, en la que el Señor, por su misericordia, ha querido colocarme, si no con ánimo alegre, al menos con fortaleza de espíritu. Y por esto, sea bendita por siempre la bondad del Padre del cielo» (Epist. I,556).

Pero este buen Padre del cielo, que desea vehementemente lo mejor para su Siervo fiel, puso por entero su proyecto de salvación en las manos de María. Escuchemos de nuevo el testimonio del venerado Padre. El 9 de mayo de 1915, escribe al padre Agustín: «Vive Dios, que ha puesto el proyecto de mi salvación, el éxito de la victoria, en las manos de nuestra Madre del cielo. Protegido y guiado por una Madre tan tierna, lucharé hasta que Dios quiera, con la seguridad y la confianza de que, con esta Madre, no sucumbiré jamás. Padre, si, mirándola desde este destierro, se aleja la esperanza de la victoria, cuando se la contempla desde la casa de Dios, bajo la protección de esta Madre santísima, ¡cómo está cerca y es segura!» (Epist. I,576).

Bajo la protección de María santísima, el venerado Padre vivió hasta la avanzada edad de los 81 años, con «Dios fijo siempre en su mente y grabado en su corazón», como él mismo manifestaba al padre Agustín, el 20 de noviembre de 1921. A lo largo de los años, recitó en incontables ocasiones la oración que nos enseñó Jesús: la recitó en la misa, la recitó en el rosario, y en sus oraciones privadas. La cantó en su última misa, la mañana del día 22 de septiembre de 1968, la recitó en alta voz la tarde de su muerte, una muerte largamente esperada y suplicada.

«Padre nuestro, que estás en el cielo...».