Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Archive for mayo 2018

a Rafafelina Cerase


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"El apóstol se alegra al pensar que por nada será confundido y que de ningún modo descuidará su deber de apóstol de Jesucristo. Se alegra también de que en su cuerpo, incluso en medio de todas las cadenas a las que está sometido, Jesús siempre será glorificado. Si vive, exaltará a Jesucristo por medio de su vida y de su predicación, también estando en cárcel, como ya lo había hecho hasta ahora predicando a Jesucristo a los del pretorio; si, en cambio, es martirizado, glorificará a Jesucristo ofreciéndole el supremo testimonio de su amor.
Por tanto, declara abiertamente que su vivir es Cristo, que es para él como el alma y el centro de toda su vida, el motor de todas sus acciones, la meta de todas sus aspiraciones. Y después de haber dicho que su vida es Jesucristo, añade también que su morir es una ganancia para él, porque con su martirio dará a Jesús testimonio solemne de su amor, conseguirá que su unión con Jesús sea más irrompible, y aumentará también la gloria que le espera.
¿Qué dices, Raffaelina, de este modo de hablar? ¡Las almas mundanas, al no tener ningún conocimiento de gustos sobrenaturales y celestiales, al oír semejante lenguaje, se ríen y tienen razón!, porque el hombre animal, dice el Espíritu Santo, no percibe las cosas que son de Dios. Ellas, pobrecillas, que no tienen otros gustos que no sean de barro y de tierra, no pueden hacerse una idea de la felicidad que las almas espirituales dicen experimentar al padecer y morir por Jesucristo.
¡Oh, cuánto mejor para ellas si, en lugar de maravillarse y de reírse, reconocieran su culpa y admiraran, al menos en silencioso respeto, la entrega afectuosa de estas almas, que tienen un corazón tan encendido en amor divino!"
 (23 de febrero de 1915 – Ep. II, p. 340)

De san Francisco de Asís - Admonición 26


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Los siervos de Dios honren a los clérigos:
"Dichoso el siervo que mantiene la fe en los clérigos que viven según la forma de la santa Iglesia romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian!. Pues, aunque sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque el Señor mismo se reserva para sí sólo el juicio. Porque, cuanto mayor es el ministerio que tienen del santísimo cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran a los demás, más pecado tienen los que pecan contra ellos que los que lo hacen contra todos los demás hombres de este mundo."

Homilía del Padre Gustavo Seivane ante el corazón de Padre Pio - Argentina - 23 de Abril


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Somos dichosos. Cantamos las misericordias del Señor. Bendecimos su santo Nombre. Nos gozamos en su Providencia. 
Es que su amor fiel, su firme amor, hoy nos trae a la Eucaristía y nos permite venerar una reliquia. 
La reliquia de un santo, nos hace presente de algún modo al santo. Nos permite evocar.  Nos concentra, nos cita, nos convoca en torno a ella, y nos mueve a orar. 
Junto a la reliquia de un santo nace la invocación y el agradecimiento. En ella encontramos la huella conmovedora del que mucho amó Dios, ejercitando heroicamente las virtudes,  gastando sus días por el Reino de Jesús. 
La reliquia de un santo nos habla. Y en silencio recibimos su misterioso mensaje. Un mensaje personal. Una comunicación en la que la divina gracia nos reviste de los bienes de Cristo. 
Está entre nosotros el corazón del Padre Pío… Y ello nos reconforta, nos inclina ante lo sagrado, nos limpia de pesares, nos levanta y enciende en la fe. Creyendo avanzamos. Creyendo nos restauramos. Creyendo decimos con el salmista: “suba nuestra oración, Señor, como incienso en tu Presencia”.
Es que en este peregrinar como Iglesia, como Pueblo de la Nueva Alianza,  celebrando la fe, “tenemos el pensamiento puesto en las cosas celestiales”, nos regocijamos en la “comunión de los santos”, y nos animamos los unos a los otros al creer. Creemos como pequeños de Jesús. Creemos, y nos ponemos al alcance de la misericordia.
La Providencia de aquel que todo lo puede a querido que el corazón del Padre Pío llegue a la Argentina. Es una gracia de su compasión augusta, es su misma fuerza compasiva buscándonos, asistiéndonos, desplegando su benevolencia y dulzuras santas,  en jornadas que están siendo ricas en devoción, en restitución de ímpetus, y en respuestas de conversión. Late el amor de Cristo en sus elegidos. Late la presencia amorosa de San Pío en todos nosotros.
Aquí está su corazón. Pero el corazón físico que yace aquí como reliquia, nos habla del otro corazón del Padre Pío, el que nos evoca “su interior”, sus sentimientos, sus pensamientos, sus decisiones, su entrega, la profundidad de lo que fuera su relación con Dios.
Se trata del hombre en el que la semilla de la Palabra de Dios cayó como en tierra fértil, y fue escuchada con un corazón bien dispuesto, y retenida hasta dar fruto gracias a la constancia.  Se trata del humilde fraile “que sólo quería rezar”, y en quien se ha cumplido la bienaventuranza: “Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios”. Contemplamos a uno de los muchos hijos de San Francisco, que habiendo imitado a Cristo con un corazón de fuego, parece venir a decirnos aquellas palabras de San Pablo: “Que Cristo habite en sus corazones por la fe, y sean arraigados y edificados en el amor. Así, podrán comprender, con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios”.
El Padre Pío vivió así. Entregado a Dios y sirviendo a los hermanos. Abismado en Dios para emerger con los tesoros de la gracia y comunicarlos a los sufrientes. Ocupado en restituirles la paz, el conocimiento de los caminos santos, la salud del cuerpo y del alma, la liberación de las opresiones perpetradas por el adversario. 
Él mostró la luz de la Verdad a muchos extraviados. Fue boca de Dios en el consejo y la predicación. Fue la alegría de innumerables hijos de la Iglesia, que volviendo al camino recto, gustaron “qué bueno es el Señor”. Vivió absorto en el Nombre que está por encima de todo nombre. Alejó desdichas, consoló, elevó las almas a deseos celestiales, puso medicinas salvíficas en el rebaño herido. Se hizo todo a todos, fiel servidor, lámpara encendida hasta el final.
“El que es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho”, dice Jesús.
Dios no se repite. Embellece. Y a cada santo lo ajusta al divino modelo, que es Cristo, con sus rasgos particulares, con su temperamento, con su lengua y huella local. Lo asocia en creciente intensidad y despojo a la Cruz. Lo hace amante olvidado de sí mismo. Abismado en lo inefable y en la caridad.
Y ahí, lo hallamos al estigmatizado nacido en Pietrelcina. Cincuenta años perforado en sus carnes. Cincuenta años sirviendo, y, cargando con las llagas de Cristo. Heridas sobrenaturales, marcas de una predilección y  de una misión a la vez.
Un biógrafo suyo, el Padre Luna, dice con verdad: “ Dios quiso santificar al Padre Pío, privándole de todo en la tierra, para ser Él su recompensa ”. 
Salvar almas era su desvelo, su sacrificio, el sentido de sus penitencias, de sus penas y alegrías de pastor. Batallas y fatigas que lo elevaban en amor, y lo hacían confidente de la Virgen. 
Firmó con su sangre sacerdotal el rescate de sus hermanos, los muchos liberados y sanados para gloria del tres veces Santo. Los méritos de todo aquello ,hoy vemos que se expanden de modo admirable, para que glorifiquemos el poder y la misericordia de nuestro Dios. 
“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”, dice Jesucristo. Y San Pío donó su vida. La fue dando firmemente. Con dedicada perseverancia. Con esa fidelidad del honesto. En obediencia. Sin pausa. Sangrando desde joven. Amando, como todo enamorado de Dios, con apasionamiento, con intensidad, y, olvidado de sí: porque el que ama está más en el amado que en sí mismo. Porque “donde está tu tesoro estará tu corazón”, dice Jesucristo, y porque el fuego que consumía a este fraile capuchino, era sobrenatural, eran las llamas del Espíritu Santo que lo habitaba, el Espíritu que generaba un Pentecostés continuo en su alma, y que lo incendiaba, lo traspasaba de misteriosas irradiaciones, y lo reunía en conversación con los ángeles. 
Hoy, sus devotos nos alegramos. Al venerar su corazón como reliquia le encomendamos nuestra Patria, los Grupos de Oración extendidos por el vasto suelo argentino, y todas las necesidades de los hijos de la Iglesia. Cantamos las misericordias del Señor. Y damos gracias. Amén.