Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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Archive for 2018

Augurio de Padre Pio


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Oración al Divino Niño que recitaba Padre Pio en Navidad


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¡Oh, Divinísimo Espíritu, mueve mi corazón para adorar y amar!

Ilumina mi intelecto para contemplar lo sublime de este gran Misterio de caridad, de un Dios que se hizo Niño.

Enciende mi voluntad para que pueda con ella dar calor al Dios que por mí tiembla sobre la paja.

Madre mía María, condúceme contigo a la gruta de Belén y haz que me sumerja en la contemplación

de todo lo grande y sublime que está por desarrollarse en el silencio de esta noche, la más bella y grande que el mundo haya visto jamás. Amén

"La Navidad" Meditación de Padre Pio


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Lejos en la noche, en la época más fría del año, en una fría cueva, más adecuada para un rebaño de bestias que para los seres humanos, el prometido Mesías, Jesús el salvador de la humanidad, viene al mundo en la plenitud de los tiempos.

No hay nadie que clame a su alrededor: sólo un buey y una mula dando su calor al recién nacido, con una humilde mujer y un hombre pobre y cansado, en adoración a su lado.
Nada puede ser oído, salvo los sollozos y gemidos del niño Dios. Y por medio de su llanto y lágrimas él ofrece a la justicia divina el primer rescate por nuestra redención.
Se esperaba desde hace cuarenta siglos; con suspiros de nostalgia los antiguos Padres habían implorado su llegada.

Las Sagradas Escrituras profetizan claramente la hora y el lugar de su nacimiento, y sin embargo el mundo está en silencio y nadie parece darse cuenta del gran evento.
Sólo unos pastores, que habían estado ocupados cuidando sus ovejas en los pastos, vienen a visitarlo. Visitantes celestiales les habían alertado del suceso maravilloso, invitándoles a acercarse a su cueva.
¡Son abundantes Oh cristianos, las lecciones que brillan desde la gruta de Belén!

¡Oh, cómo nuestros corazones deberían arder de amor por aquel que con tanta ternura se hizo carne por nosotros!

¡Oh, cómo debemos arder con el deseo de guiar al mundo entero a esta pobre gruta, refugio del Rey de reyes, más grande que cualquier palacio mundano, porque es el trono y el lugar de morada de Dios!

Pidamos a este niño divino vestirnos de humildad, porque sólo por medio de esta virtud podemos gustar la plenitud de este misterio de la ternura divina.
Relucientes fueron los palacios de los orgullosos hebreos. Sin embargo, la luz del mundo no apareció en ninguno de ellos. Ostentosos con grandeza mundana, nadando en oro y en placeres, eran los grandes de la nación hebrea; llenos de conocimiento y orgullo vano estaban los sacerdotes del santuario.

En oposición al verdadero significado de la revelación divina, ellos esperaban un salvador entrometido, que vendría al mundo con fama y poder humanos.
Pero Dios, siempre dispuesto a confundir la sabiduría del mundo, rompe sus planes. Contrariamente a las expectativas de los que carecen de la sabiduría divina, aparece entre nosotros, en la mayor abyección, renunciando incluso a nacer en la casa humilde de San José, negándose a sí mismo una morada modesta entre los familiares y amigos en una ciudad de Palestina.
Negado el alojamiento entre los hombres, busca refugio y consuelo entre los animales simples, eligiendo su vivienda como el lugar de su nacimiento, permitiendo que su respiración le de calor a su cuerpo tierno.
Él permite que pastores sencillos y rústicos sean los primeros en presentarle sus respetos, después de que él les informó, por medio de sus ángeles, del maravilloso misterio.

¡Oh sabiduría y poder de Dios!, nos vemos obligados a exclamar – extasiados junto con su Apóstol – ¡cuán incomprensibles son sus juicios e inescrutables sus caminos! Pobreza, humildad, abyección, desprecio, todo alrededor de la Palabra hecha carne.

Pero nosotros, fuera de la oscuridad que envuelve a la encarnación de la Palabra, entendemos una cosa, oímos una voz, percibimos una verdad sublime: ¡Tú has hecho todo por amor, tú nos invitas a amar, a no hablar de otra cosa que de amor, darnos como pruebas de amor!

El bebé celestial sufre y llora en la cuna para que el sufrimiento nuestro sea dulce, meritorio y aceptado. Se priva de todo, para que podamos aprender de él la renuncia a los bienes terrenales y comodidades.

Él está satisfecho con adoradores humildes y pobres, para animarnos a amar la pobreza, y preferir la compañía de los -más bien-- pequeños y simples, que de los grandes del mundo.
Este niño celestial, toda mansedumbre y dulzura, desea impregnar en nuestros corazones su ejemplo de estas virtudes sublimes, de modo que a partir de un mundo que está roto y devastado, pueda brotar una era de paz y de amor.

Incluso desde el momento de su nacimiento nos revela nuestra misión, que consiste en despreciar lo que el mundo ama y busca.

¡Oh, postrémonos delante del pesebre y con el gran San Jerónimo, el santo inflamado por el amor del Niño Jesús, debemos ofrecerle todo nuestro corazón sin reserva alguna, prometiéndole poner en práctica sus enseñanzas, las cuales llegan a nosotros de la gruta de Belén y manifiestan claramente que sobre este mundo todo es vanidad de las vanidades y nada más que vanidad!
(: Epistolario IV)


NOTA
En agosto de 1945 estuve en el convento de los Padres Capuchinos de San Giovanni Rotondo por un período de descanso. Durante una visita que le hice al Padre Pío por motivos de estudio le pedí papel para escribir. Después de unos días, el Padre me dio un cuaderno de 160 hojas, diciéndome: “Esto es lo que necesitas. Encontrarás algunas hojas escritas, pero no te preocupes, empieza a escribir en la parte opuesta. Cuando el cuaderno no te sirva más, me lo restituirás”. Conmovido le agradecí el regalo, pero después –confieso mi culpa- no puse en práctica su recomendación. Efectivamente no sólo leí lo que estaba escrito en aquel cuaderno, sino que, también publiqué todos aquellos escritos, previa autorización.
Padre Ezechia Cardone, O.F.M.

2 anécdotas de Padre Pio y el niño Jesús


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 1   La tarde del 19 de septiembre de 1919, hecha la confesión general con el Padre Pío, el p. Raffaele da S. Elia a Pianisi –estaba recién licenciado de la guerra, 1915-1918- fue alentado por él para proseguir los estudios, interrumpidos durante ocho años, bendecido y con la certeza de su ayuda; y en tal circunstancia el p. Rafaelle relata: “Dormía yo en una celda angosta, casi de frente a la n. 5 donde estaba el Padre Pío. Ignoro el porqué, quizás debido al calor, hacia media noche me levanté de la cama casi sobresaltado. El corredor estaba en tinieblas, sólo rotas por la luz incierta de un candil de petróleo. Mientras estaba en la puerta para salir, he aquí que pasa el Padre Pío de regreso del coro donde había estado en oración. Era medianoche.
     El Padre Pío todo luminoso con el Niño Jesús en brazos, andaba a pasos lentos y murmuraba rezos. Pasa delante de mí, todo radiante, y no se percata de mi presencia. Sólo algunos años después me enteré de que el 20 de septiembre celebraba el primer aniversario de sus estigmas”.
 De Padre Pio Cireneo de todos, Alessandro da Ripabottoni

2 Lucía Ladanza, hija espiritual del Padre Pío, es quien narra lo ocurrido el 24 de diciembre de 1922 cuando quiso pasar la vigilia de Navidad junto al Padre.
Aquella noche hacía frío y los frailes habían llevado a la sacristía un brasero con fuego. Ella, y otras tres mujeres se quedaron junto al brasero esperando la media noche, para asistir a la Misa que debía celebrar el Padre Pío. Las otras tres mujeres comenzaron a adormecerse, mientras ella seguía rezando el rosario.

En ese momento vio que por la escalera interior de la sacristía, bajaba el Padre Pío y se detuvo junto a la ventana. De improviso, dice, envuelto en un halo de luz apareció el Niño Jesús entre los brazos del Padre Pío… cuyo rostro se volvió todo radiante. Cuando desapareció la visión, el Padre advirtió que Lucía, estaba despierta y lo miraba fijamente, atónita. Se le acercó y le dijo: "Lucía, ¿qué has visto?" Ella respondió: "Padre, he visto todo". El Padre Pío, entonces, le advirtió con severidad: "No digas nada a nadie".

Novena de la Natividad del Niño Jesús


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[Gloria in excelsis Deo. Estampa religiosa de principios del siglo XX]
[Gloria in excelsis Deo. Estampa religiosa de principios del siglo XX]

NOVENA DE LA NATIVIDAD DEL NIÑO JESÚS

En el nombre del Padre... Rezar a continuación las siguientes oraciones durante nueve días consecutivos:

I. Ofrecimiento. Oh Padre eterno, os ofrezco a honra y gloria vuestra, y por mi salvación y la de todo el mundo, el misterio del Nacimiento de nuestro divino Redentor. Gloria, Padrenuestro y Avemaría.


II. Ofrecimiento. Oh Padre eterno, os ofrezco a honra y gloria vuestra, y por mi eterna salvación, los sufrimientos de la Virgen santísima y de san José en aquel largo y penoso viaje de Nazaret a Belén, y las angustias de su corazón por no encontrar lugar donde ponerse a cubierto cuando estaba para nacer el Salvador del mundo. Gloria, Padrenuestro y Avemaría.


III. Ofrecimiento. Oh Padre eterno, os ofrezco a honra y gloria vuestra, y por mi eterna salvación, el pesebre donde nació Jesús, el duro heno que le sirvió de cama, el frío que sufrió, los pañales en que fue envuelto, las lágrimas que derramó y sus tiernos gemidos. Gloria, Padrenuestro y Avemaría.


IV. Ofrecimiento. Oh Padre eterno, os ofrezco a honra y gloria vuestra, y por mi eterna salvación, el dolor que sufrió el divino niño Jesús en su tierno cuerpecito, cuando se sujetó a la cruel circuncisión; os ofrezco aquella preciosísima sangre, que entonces derramó por primera vez para la salvación de todo el género humano. Gloria, Padrenuestro y Avemaría.


V. Ofrecimiento. Oh Padre eterno, os ofrezco a mayor honra y gloria vuestra, y por mi eterna salvación, la humildad, la mortificación, la paciencia la caridad, y todas las virtudes del niño Jesús, y os doy gracias, os amo y os bendigo infinitamente por este inefable misterio de la Encarnación del Verbo divino. Gloria, Padrenuestro y Avemaría.


Poema de Federico García Hamilton


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ROMANCE DEL NIÑO DIOS

Yo quiero para mis nietos
Navidades con el Niño
Igual que aquellas que antaño
Nosotros también tuvimos.

Que no venga Santa Claus
A reemplazar lo Divino
Que llegue el Niño Jesús
A nuestro Norte Argentino.

Que la fiesta no sea nuestra
Que sea la fiesta del Niño
Y que los chicos lo esperen
Cantándole villancicos.

Que los regalos no importen
-O importen menos que el Niño
Que los corazones se abran
Para poder recibirlo.

Por eso Niño Jesús
Es que cantando te pido
Que llegues para reinar
Dentro de grandes y chicos.

Que la Nochebuena sea
Noche de amor compartido
Que todos los chicos vivan
Lo que nosotros vivimos.

Que al acostarse le dejen
Comida y agua pa'l Niño
Y al amanecer descubran
Que la ha comido y bebido.

Y despierten a sus padres
-Profundamente dormidos-
Gritando: "¡Mamá, papá,
El Niño Dios ha venido!".

Tu Madre quería una casa
Para que allí nazcas, Niño
Las puertas se le cerraban
Y así, siguieron camino.

Hasta dar con los pastores
Que le ofrecieron cobijo
Por eso llegaste al mundo
En un pesebre sencillo.

Como lección pa' los hombres
Tata Dios así lo quiso/
¡Qué pena que a tantos años
Todavía no la aprendimos !

Hoy que te cierran las almas
Te ofrezco la mía, Niño
Como en Belén los pastores
Te abrieron su cobertizo.

Llenámela con tu amor
Haciendo en ella tu nido
Y a todo el que lo precise
Así, podré repartirlo.

Mensaje de Adviento - Navidad por el Padre Gustavo Seivane


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“Como niños recién nacidos, deseen la leche pura de la Palabra, que los hará crecer para la salvación, ya que han gustado qué bueno es el Señor” 1Pe 2, 2-3

Hermanos en Cristo:

El Adviento nos irá acercando a la Navidad. La Navidad nos adentrará en la luz santa del santo Nacimiento.

Celebraremos al Dios vivo. Haremos presente nuestra fe, inauguradora siempre de todo lo bello y sano. Lo que ordena santificando. Lo que eleva por encima de cualquier perturbación.

Sea la preparación al Misterio del Nacimiento de Jesucristo un camino. Un bienaventurado andar. Un dar pasos entrelazando alabanzas y agradecimientos, arrepentimientos y deseos de conversión. Un esperar atento en el que suplicar aleje temores.

“Gusten y vean qué bueno es el Señor”, sea la Palabra colmadora de estos días.
Que canten nuestros corazones al avanzar por el Adviento, ya que habrá cercanía de ángeles y de santos.

El Padre Pío nos bendecirá con alegría.

Los guardo en el corazón sacerdotal. Los encomiendo al Señor, muy agradecido por sus fervientes rezos y tareas apostólicas.

¡Santa Navidad!

La Purísima nos ampare, y sea acompañada por la estrella de nuestra fe, camino a Belén de Judá.
Paz.

                                                                  Padre Gustavo Seivane*



* Asesor nacional de los Grupos de Oración de Padre Pio, Argentina

Los sagrados estigmas y el tránsito de Padre Pio


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Reflexión en el centenario de los estigmas y el quincuagésimo aniversario de la muerte del Padre Pio 

En un pasaje decisivo del Evangelio de Juan, donde se cierra el Evangelio de signos y se abre el de Gloria, para entrenar discípulos a un camino que sería aún más intenso, el evangelista inserta estas palabras de Jesús: "El que quiera servirme que me siga"(Jn 12,26).

No es suficiente servir al Señor, es necesario seguirlo. Y esto significa entrar gradualmente en una relación profunda con él, mantenerse con él, aprendiendo a reconocer su presencia divina en la Palabra, en la Eucaristía y en los hermanos. Un camino para todo bautizado, nacido de nuevo del agua y el Espíritu, crucificado y resucitado con Cristo, es decir, marcado con las heridas del Señor, pero al mismo tiempo, ya resucitado junto a Él.

 En las palabras del teólogo jesuita Padre Marco Iván Rupnik , todos los bautizados reciben los estigmas como dote, y a menudo se "abren". Solo que en la mayoría de los fieles este proceso ocurre de forma invisible. Los estigmas "se abren", pero siempre de una manera invisible cuando se ama, es decir, cuando se introduce por concesión divina, en el amor que ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rm 5,5), y que brilla, pero no a los ojos del mundo, cuando compartimos la kénosis de Cristo, su abajamiento, su vaciamiento.

Sólo en unos pocos testigos escogidos, auténticos discípulos de Cristo, los estigmas se abren  y se muestran de forma visible, para que esto sea en sí mismo una ofrenda de perdón y de gracia para favorecer el retorno a Dios, la conversión y la redención de muchos.

El próximo aniversario de los estigmas del Padre Pío (1918-2018) y el quincuagésimo de su dies natalis (1968) pueden ser leídos desde la perspectiva de la relación del hombre y del discípulo con su Señor. Todo es por lo tanto gracia, todo es un regalo.

Es necesario pedir la gracia de comprender y contemplar los estigmas visibles del padre Pío, así como los ha mirado Dios por medio de su Hijo, con sus ojos y no con los ojos del mundo, y del mismo modo para comprender este signo  como una participación de Dios en el sufrimiento del hombre y una invitación a la conversión.
 La forma en que se imprimieron los sagrados estigmas, primero en San Francisco y luego en San Pío, concuerda con el estilo propio de Dios y sus obras.
Se observa en ambos después del 14 de septiembre, fiesta de la Santa Cruz, y en ambos en la dulzura y la mansedumbre, en aquella quietud del Espíritu, la cual dispone a la oración, y en aquella vida hecha oración, como fue su existencia a Cristo.

Detengámonos un poco en los estigmas del Padre Pío
20 de septiembre de 1918, coro de la iglesia "Santa Maria delle Grazie" de San Giovanni Rotondo, Padre Pío, después de la Misa está en oración y su oración, como le sucedió a menudo, entra en silencio, en paz. Es un éxtasis, un espacio interior espiritual e intelectual, pero no irreal, que marca el paso de Dios. Esto sucede de una manera dulce, íntima y delicada. De hecho, el Padre Pío se encuentra llagado y estigmatizado. Lo que estaba sucediendo en las profundidades de su alma abunda en su cuerpo, se convierte en un signo y "lugar" de la presencia de Dios, para sellar su discipulado y ofrecer un testimonio de misericordia y salvación para los hombres de su tiempo y también para cada uno de nosotros.

El "dulce sueño"
El Padre Pío, en la carta enviada al Padre Benedetto el 22 de octubre de 1918, describe la oración que acompaña al éxtasis como un " dulce sueño " (Epístola I, 1094). Una expresión que recuerda lo que le sucedió a Adán y luego a Abraham. En ambos Dios derrama un dulce sueño, un letargo (tardemah), en el primero para formar a la mujer, en el segundo como preludio del inminente pacto (Gn 15,12). Pero mientras que el sueño de Adán, antes del pecado, implica una laceración que es la figura de Cristo crucificado, a Abraham, presa de terror y una gran oscuridad (Gen 15:12), anticipa la agonía de Jesús. Cuando el alma está "envuelta en la misteriosa oscuridad de la prueba" (Epístola I, 1092), como el Padre Pío recuerda al Padre Benedetto, debemos confiar en Jesús, "el sol de la justicia". Los estigmas del Padre Pío son una ofrenda de misericordia, son la huella del paso de Dios, tanto que el Padre Pío llama a su estigmatización "mi crucifixión" (Epístola I, 1094).

El paso de Dios
Tranquilidad, silencio y gran paz. En este "clima" interior y exterior en el que se ve envuelto el Padre Pío, se produce el paso de Dios, similar por delicadeza, al experimentado por el profeta Elías, como el "susurro de una ligera brisa" (1 Reyes 19,12). Una acción que en el humilde Fraile procura lo que él mismo describe como "abandono a la completa privación del todo" (Epístola I, 1094).
Por otra parte, según el  Evangelio, quien  quiera perder la vida la salvará (véase Lc 9:24). En este humus espiritual Jesús se le aparece, personaje misterioso, con sus manos, pies y costado que goteaba sangre. Vista que provoca miedo en el Padre Pio. Desaparece el personaje y se encuentra llagado.
La cruz de Cristo se convierte para el Padre Pío, como para el Apóstol Pablo, en sabiduría de Dios, la posibilidad de ser insertado en el Hijo y así, a través del Espíritu, conocer al Padre. Atravesar cada  prueba y tribulación  siguiendo y sirviendo al Señor, para encontrarse  en Él y en Su amor.
Del mismo modo, el bendito tránsito del Padre Pío, tras 50 años, no puede dejar de recordarnos el profundo amor que Dios tiene por todos sus servidores, y por todos los hombres, junto con la función de mediación que El asigna a cada uno. El Padre Pio fue acompañado en su paso por una multitud de fieles, por su gente en grupos de oración, que estaban en San Giovanni Rotondo para el Congreso nacional, y por los muchos fieles de la diócesis.

Un signo de unión y comunión, de toda una Iglesia reunida en oración, de un pueblo que alaba a Dios por haberlo visitado y colmado de bienes. Realidades de las cuales también hoy  recogemos los frutos. El Evangelio nos ofrece un criterio que nunca se equivoca: un árbol se reconoce  por los frutos, porque un árbol bueno produce buenos frutos (cf. Lc 6,44).
A la luz de esta afirmación pensamos en el crecimiento en cantidad y calidad de los grupos de oración de la Argentina.

Padre Pio interceda por ustedes,  y los apoye. Y el Señor les de su paz.

Giovanni Chifari, teólogo bíblico.

A pedido del Santo Padre


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A pedido del Santo Padre rezamos a la Santísima Virgen por la Santa Iglesia de Cristo:


"Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; 
no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, 
antes bien, líbranos de todo peligro, ¡ oh, siempre Virgen, gloriosa y bendita!


ELEVAMOS LA ORACION A SAN MIGUEL ARCÀNGEL poniendo bajo su especial protección a la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, al Sumo Pontífice, a los Grupos de oración de Padre Pio,y a los sacerdotes asistentes espirituales parroquiales.

"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.
Amén." 

En el nombre del Padre, y del hijo , y del Espíritu Santo, Amén

San Pio de Pietrelcina, 
Ruega por nosotros

ROSARIO "La santa Iglesia Católica"


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Grupos de oración del Padre Pio de habla hispana

Rosario meditado “La santa Iglesia Católica”

+ Nos ponemos en presencia de DIOS, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Rezamos este santo Rosario, con meditaciones originales de Padre Pio por las siguientes intenciones:
Por la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana,  el Papa Francisco, los Obispos, sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y religiosas, por las vocaciones.
Por nuestra amada Argentina en tiempos de tanta confusión.
Por los enfermos, los que están sufriendo, por las familias, los ancianos, los niños, los desamparados, los desempleados, los encarcelados, por quienes no tienen quienes recen por ellos, por los cristianos perseguidos, los refugiados, los que viven en países en guerra, por los que no tienen fe…

Leemos en el libro de Mateo Cap. 16:
"Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Igle-sia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella."

Rezamos el Pèsame

Primer Misterio:

Sé que Vuestro corazón sufre mucho en estos días por la suerte que corre la Iglesia, por la paz del mundo, por las muchas necesidades de las nacio-nes; pero sobre todo, por la falta de obediencia de algunos, incluso católi-cos, a las altas enseñanzas que Vos, asistido por el Espíritu Santo, nos dais en nombre de Dios.
Os ofrezco mi oración y mi sufrimiento de cada día, como sencillo pero sincero recuerdo del último de Vuestros hijos, a fin de que el Señor Os conforte con su gracia, para continuar el recto y fatigoso camino, en la de-fensa de la verdad eterna, que nunca cambia con el mudar de los tiempos.
Os agradezco, también en nombre de mis hijos espirituales y de los «Gru-pos de oración» la palabra clara y definitiva que habéis dicho, especial-mente en la última encíclica Humanae Vitae; y reafirmo mi fe y mi obe-diencia incondicional a Vuestras iluminadas orientaciones.
(12 de septiembre de 1968, al Papa Pablo VI – Ep. IV, p. 12)

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave María Purísima                                                   sin pecado concebida
Santo Padre Pio Ruega por nosotros

Segundo Misterio:
 
Quiera el Señor conceder el triunfo a la verdad, la paz a su Iglesia, la tran-quilidad a las naciones de la tierra, salud y prosperidad a Vuestra Santidad, para que, disipadas estas nubes pasajeras, el reino de Dios triunfe en todos los corazones, gracias a Vuestra acción apostólica de supremo Pastor de toda la cristiandad.
 (12 de septiembre de 1968, al Papa Pablo VI – Ep. IV, p. 12)
Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave María Purísima                                                   sin pecado concebida
Santo Padre Pio Ruega por nosotros

Tercer Misterio:

Venga pronto el reino de Dios; santifique a su Iglesia este piadosísimo Pa-dre; derrame abundantemente su misericordia sobre aquellas almas que hasta ahora no lo han conocido. Destruya el reino de satanás; ponga en evidencia, para confusión de esta bestia infernal, todas sus malas artima-ñas; haga conocer a todas las almas las claves para engañar de este triste cosaco. Este tiernísimo Padre ilumine las inteligencias de todos los hom-bres y llame a sus corazones, para que los fervorosos ni se enfríen ni re-duzcan la marcha en los caminos de la salvación; los tibios se enfervoricen; y aquellos que se le han alejado retornen a él. Disipe también y confunda a todos los sabios de este mundo para que no combatan e impidan la pro-pagación del reino. En fin, que este Padre tres veces santo aleje de su Igle-sia las divisiones que existen e impida que se produzcan otras nuevas, para que haya un solo redil y un solo Pastor. Centuplique el número de las almas elegidas; envíe muchos santos y doctos ministros; santifique a los actuales y haga que, por medio de ellos, retorne el fervor a todas las almas cristianas. Aumente el número de los misioneros católicos, porque, todav-ía de nuevo, nos tenemos que lamentar con el divino Maestro: «La mies es mucha y los trabajadores son pocos».
 (8 de marzo de 1915, a Anita Rodote – Ep. III, p. 61)

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave María Purísima                                                  sin pecado concebida
Santo Padre Pio Ruega por nosotros

Cuarto Misterio:

Después del amor de nuestro Señor, yo te recomiendo el de la Iglesia, su esposa y nuestra tierna madre; el de esta querida y dulce paloma, que sólo puede poner huevos y hacer que nazcan pichoncitos para el Esposo. Agradece a Dios, cientos de veces al día, el ser hija de la Iglesia. Pon tu mi-rada en el Esposo y en la Esposa; y di al Esposo: «Oh, que eres el Esposo de una bella Esposa»; y a la Esposa: «Ah, que eres la Esposa de un Esposo to-do divino». Ten gran compasión de todos los pastores y predicadores de la Iglesia, al igual que de todos los pastores de almas; y contempla, hijita mía, cómo están diseminados por toda la tierra, porque no hay provincia en el mundo donde no haya muchos. Ruega a Dios por ellos para que, salvándose ellos mismos, procuren con fruto la salvación de las almas. Y en esto te suplico que no te olvides nunca de mí, cuando te encuentres delante de Jesús, ya que él me da tanta voluntad de no olvidarme nunca de tu alma.

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave María Purísima                                                   sin pecado concebida
Santo Padre Pio Ruega por nosotros

Quinto Misterio: 

No todos estamos llamados por Dios a salvar almas y a propagar su gloria mediante el elevado apostolado de la predicación; y has de saber que este no es el único y solo medio para alcanzar estos dos grandes ideales. El al-ma puede propagar la gloria de Dios y trabajar por la salvación de las al-mas mediante una vida verdaderamente cristiana, orando incesantemente al Señor que «venga su reino», que su santísimo nombre «sea santifica-do», que «no nos deje caer en la tentación», que «nos libre del mal».
Esto es lo que debes hacer también tú, ofreciéndote plena y continuamen-te al Señor por este fin. Reza por los malvados, reza por los tibios, reza también por los fervorosos, y reza de modo especial por el sumo Pontífice, por todas las necesidades espirituales y temporales de la santa Iglesia, nuestra muy tierna madre; y eleva una oración especial por todos los que trabajan por la salvación de las almas y por la gloria de Dios en las misio-nes, entre tanta gente infiel e incrédula.
  (11 de abril de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 68)

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.
A
ve María Purísima                                                   sin pecado concebida
Santo Padre Pio Ruega por nosotros

Por las intenciones del Santo Padre Francisco para este mes:

"Para que los jóvenes del continente africano tengan acceso a la educación y al trabajo en sus propios países."

Salve, Tres ave María y Gloria

Rezamos la Oraciòn a san Miguel Arcángel poniendo los Grupos de oración  de Padre Pio bajo su protección, y en especial le rogamos asista , proteja y guarde la salud del Padre Gustavo Seivane,  asesor espiritual de los grupos de Argentina.

"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Re-prímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus ma-lignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.
Amén." 


+  En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Texto del Padre Gustavo Seivane *


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Las auténticas maravillas proceden de Dios. Él puede maravillar. El Creador opera signos. Las gentes, hoy, como ayer, buscan prodigios. Y en Jesucristo los sigue encontrando.

El milagro trae el arrebato dulce o asombroso. Mueve hacia Dios. Encamina a la conversión, despierta la alabanza, suscita peregrinaciones, decide cambios, y hace que se levanten templos y altares. Especialmente la curación de los enfermos. Porque la enfermedad (marca de nuestro ser contingente), en su trazo grueso de dolor, hunde en la súplica al humilde. En el corazón rebelde y soberbio, en cambio, la enfermedad no es ocasión de gracia, sino de ira. “Dios da su gracia a los humildes”, dice la Sagrada Escritura. “El amor es paciente”, enseña San Pablo.
Cristo, “que pasó por la tierra haciendo el bien”, supo ya no poder entrar en las ciudades. Las multitudes lo seguían “al ver los signos que realizaba curando a los enfermos”. Esto es, levantando de la postración. Aliviando las dolencias. Haciendo posible lo imposible. Mostrando su divino poder. Y revelando que el Reino de Dios estaba entre nosotros, y que las obras del diablo comenzaban a deshacerse.

“En la contemplación se busca el Principio”, es decir a Dios. Así lo enseñaba el Papa San Gregorio Magno. Recibido un milagro, ¿se seguirá buscando el Origen de todo lo que es? ¿Se persiste en el misterio? ¿Por qué de aquellos diez leprosos que viniera a sanar Jesús, uno sólo regresó para dar gracias? Buscar algo de Dios, es diferente a buscar a Dios por sí mismo. Y por eso, la relación con Dios no siempre es entrega. No siempre es pura. Las multitudes se acercaban a Cristo, pero pocos lo seguían. Hay admiraciones que no acaban en compromiso. Y hay compromisos que hacen de la totalidad de la vida un don para Dios.

Como en otras ocasiones, Jesús eligió la altura de una montaña para reunirse con sus discípulos. Aire limpio. Soledad callada. Amplia visión. 

La montaña denota firmeza, estabilidad, vertical sagrada. Desde allí, el Señor extenderá su mirada compasiva. “Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él”. El pueblo también ascendía para encontrar a Jesús. Y Jesucristo lo recibía. Y mientras se compadecía de las multitudes ponía a prueba a un discípulo. Jesús prueba a sus elegidos. Sondea la fe. Escudriña. Tantea cuánto estamos dispuestos a dar. Hasta dónde lo amamos. Él puede hacer preguntas que nos coloquen en una encrucijada. Creer o abandonar la lucha. Y así, dijo a Felipe: “¿dónde compraremos panes para darles de comer?” Él decía esto para ponerlo a prueba, porque Dios desnuda nuestra impotencia. Él nos muestra nuestra indigencia. Y, así, nos espera. Aguarda nuestro clamor, ya que el Amor es paciente. Porque admitidos nuestros límites, y sólo desde ellos, somos capaces de Dios. Del salto. De creer. Creer como quien se arroja a un abismo saltando desde un acantilado, y con los ojos vendados, y el corazón fijo en el Señor, gritando, amén, amén amén, seguros de ser recibidos por el Padre que ve en lo secreto, nuestro Adonay Absoluto.

Esos cinco panes de cebada son lo limitado. Nuestro límite. Aquello de lo que disponemos. Lo que podemos sabiamente presentar a Dios. Cinco: ser creaturas, ignorantes, ceñidos al tiempo y al espacio, pecadores, y mortales. Pero hay dos pescados también. Podrían representar, estos, las virtudes de la fe y la caridad. Ya que enseña el Apóstol San Juan: “Este es el mandamiento de Dios: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos mutuamente conforme al mandamiento que nos dio”.

Nuestros límites, y las virtudes divinas, son aquello que presentamos a Dios, para que él multiplique su gracia, manifieste su poder, y opere la salvación en nosotros.
La Salvación es la unión con Dios. Jesús vino a unirnos. Por él se realiza la unión con el Padre. El Espíritu Santo nos es dado para sellar la unión. Cualquier otro bien es perecedero, inestable, evanescente.

La unión salvadora con Dios ordena todas las cosas. Las jerarquiza. Unidos a Dios, por su Gracia, gustamos la paz. Son los signos de la Salvación mostrándose en nosotros.
En el Evangelio, hoy, se nos dice que Jesús mandó a que hicieran sentar a la multitud. Unos cinco mil hombres. Los ordenó. Aquello tuvo algo de rito. No fue sólo dar de comer, sino disponer al pueblo para la recepción de una Gracia extraordinaria. 

El orden conserva la paz, y hace posible la alabanza, la constatación del paso de Dios. “Jesús tomó los panes, dio gracias, y los distribuyó. Lo mismo hizo con los pescados”. He ahí una auténtica liturgia. El amor saciando, y anticipando el alimento verdadero, signo clarísimo de la Eucaristía, con la que Cristo alimentará al Pueblo santo hasta que vuelva. “Si no comen de este Pan, no tendrán vida en ustedes”, dice el Salvador.

“Al ver el signo decían: este es verdaderamente el Profeta que debía venir al mundo”. Y más que un Profeta. El Emmanuel. El Santo de Dios. La Verdad rechazada por migajas de muerte, por comidas envenenadas, por el pan de la idolatría, por los peces del diablo, por la mentira y la seducción de la oscuridad.

A Jesús, hoy como ayer, se lo acepta y se lo rechaza de muchos modos. Y en eso nos va la Vida y la muerte, la plenitud o el desorden desintegrador, la Gloria o la gehena.

¿Por qué lo quisieron hacer Rey? Porque, quisieron instrumentar la fuente de la Gracia. Manipular al Señor. Manejarlo para intereses bajos. “Ustedes son de la tierra, Yo Soy de lo Alto”, dirá en otra ocasión. En aquel momento dejaron de postrarse ante la maravilla. Y Jesús huyó. Como huye cada vez que lo queremos usar, cuando lo tratamos como objeto, como ídolo. Pero permanece allí donde el corazón se sacia desde la humildad, se maravilla ante el don de la vida y de la gracia, se inclina a adorar, y, a servir desde el último lugar.

Pequeña Hostia. Inmenso Dios. He ahí, el camino.

* Asesor espiritual de los Grupos de Oración del Padre Pio, Argentina

a Raffaelina Cerase


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Huye, huye hasta de la más mínima sombra que te haga sentirte importante. Reflexiona y ten siempre ante los ojos de la mente la gran humildad de la Madre de Dios y nuestra, la cual, a medida que aumentaban en ella los dones celestiales, profundizaba cada vez más en la humildad, de modo que, en el mismo momento en que fue cubierta por la sombra del Espíritu Santo, que la convirtió en Madre del Hijo de Dios, pudo cantar: «He aquí la esclava del Señor». Y lo mismo cantó nuestra tan querida Madre en casa de santa Isabel, a pesar de llevar en sus castas entrañas al Verbo hecho carne.
En la medida que crezcan los dones, crezca tu humildad, pensando que todo nos es dado como préstamo; al aumento de los dones vaya siempre unido el humilde agradecimiento hacia tan insigne bienhechor, de modo que tu espíritu prorrumpa en alabanzas continuas. Actuando así, desafiarás y vencerás todas las iras del infierno: las fuerzas enemigas serán despedazas, tú te salvarás y el enemigo se corroerá en su rabia. Confía en la ayuda divina y ten por cierto que quien te ha defendido hasta ahora, continuará su obra de salvación.

 (13 de mayo de 1915, Ep.II, p. 417)

a Maria Gargani


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Vive tranquila y no te inquietes por nada. Jesús está contigo, y te ama; y tú correspondes a sus inspiraciones y a su gracia, que obra en ti. Sigue obedeciendo a pesar de las resistencias internas y sin el alivio que se da en la obediencia y en la vida espiritual; porque está escrito que quien obedece no debe dar cuenta de sus acciones, y sólo debe esperar el premio de Dios y no el castigo. «El hombre obediente – dice el Espíritu – cantará victoria».
Recuerda siempre la obediencia de Jesús en el huerto y en la Cruz; fue con inmensa resistencia y sin consuelo; pero obedeció hasta lamentarse con los apóstoles y con su Padre; y su obediencia fue excelente y tanto más bella cuanto más amarga. Nunca, pues, fue tu alma tan grata a Dios como ahora que obedeces y sirves a Dios en la aridez y oscuridad. ¿Me he explicado? Vive tranquila y alegre, y no quieras dudar por ningún motivo de las aseveraciones de quien hoy dirige tu alma.
Del modo de actuar en ti la gracia divina, tú tienes todos los motivos para animarte y para esperar y confiar en Dios; porque es la actuación que suele tener con las almas que él ha elegido como su porción y su heredad. El prototipo, el modelo en el que es necesario mirarse y modelar nuestra vida, es Jesucristo.
Pero Jesús ha elegido por estandarte la cruz; y por eso quiere que todos sus seguidores recorran el camino del Calvario llevando la cruz, para después expirar tendidos en ella. Sólo por este camino se llega a la salvación.

(4 de septiembre de 1916 – Ep. III, p. 241)

"LOS PERFUMES DEL PADRE PIO" por Francesco Napolitano*


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En la vida de San José de Copertino, hijo del pobre Mendigo de Asís, encontramos muchas semejanzas con nuestro Padre Pío de Pietrelcina, como, por ejemplo, su gran amor hacia Dios y hacia las almas, el apostolado del confesonario, los éxtasis, la introspección de las con¬ciencias, la bilocación, la incomprensión y las persecucio¬nes de sus Superiores mayores, y también aquel fenómeno místico por el que su cuerpo, sus ropas, los objetos que él usaba, su celda..., todo emanaba un perfume tan suave y fragante que no se lo supo comparar con ningún otro, tanto natural como artificial.
Y es precisamente de este perfume de los santos, que emanaba también del Padre Pío, del que queremos hablar en este capítulo.
Entre las fuentes más auténticas y más seguras, citaremos primero las del Dr. Jorge Festa y el Dr. Luis Romanelli, que fueron las personas de confianza y los encargados por las autoridades eclesiásticas de examinar las llagas en la persona del Padre Pío.
El Dr. Festa, en su libro "Misterios de ciencia y luces de fe", declara: “La sangre, que mana a gotas de las heridas que el Padre Pío presenta en su persona, tiene un perfume fino y delicado, que muchos de los que se acercan a él han podido sentir.
... El Padre Pío no usa ni ha usado nunca ninguna clase de perfume; sin embargo, muchos de entre aquellos que se le acercan aseguran que emana de su persona un perfume agradable, como mezcla de violetas y rosas.
¿ Cuál es la fuente de tal fenómeno?
Por lo que me concierne, puedo asegurar que, en la primera visita que le hice, le saqué del costado un trapito empapado de sangre, que me lo llevé para hacer un estudio microscópico. Yo personalmente, por la razón anteriormente dicha (el Dr. Festa había perdido completamente el olfato) no he sentido el olor de ninguna emanación especial. Pero un distinguido oficial y otras personas que, al regreso, venían conmigo en el auto desde S. Giovanni Rotondo, y aún sin saber que yo llevaba conmigo en un estuche cerrado aquel trapito y no obstante la intensa ventilación provocada por la velocidad del auto, sintieron muy bien la fragancia y me aseguraron que correspondía exactamente al perfume que emana de la persona del Padre Pío.
Llegado a Roma, en los días sucesivos y por mucho tiempo, el mismo trapito, conservado en un mueble de mi consultorio, perfumó tanto el ambiente que muchas de las personas que venían a consultarme preguntaban a qué se debía.
El colega Dr. Romanelli, que me acompañó en la segunda visita que hice al Padre Pío y que posee un olfato en condiciones normales, y muchas otras personas que también han estado en S. Giovanni Rotondo, aun en ocasiones recientes, me han repetido las mismas impresiones...”.
Y transcribo el juicio expresado por el Dr. Luis Romanelli, Médico Jefe en el Hospital Civil de Barletta, al Padre Provincial de aquel entonces, Padre Pedro de Ischitella: “...He leído la relación escrita del Dr. Festa, en la que éste se manifiesta como un escrupuloso observador, un científico profundo y un buen crítico.
 ... Todas las veces que siento hablar del perfume, recuerdo muy bien que yo también he notado aquel perfume y, si me permite, casi diría que lo he gustado. En junio de 1919, cuando por primera vez fui a S. Giovanni Rotondo, apenas me presentaron al Padre Pío, noté que de su cuerpo provenía un cierto perfume, tanto que le dije al M. R. P. E. E. de Valenzano, que estaba conmigo, que no me parecía bien que un fraile, más aún tenido en aquel concepto, usase perfume.
En los otros dos días que permanecí en S. Giovanni Rotondo ya no noté ningún perfume, aun estando en la celda y en compañía del Padre Pío. Pero, antes de partir, y justo en las horas de la tarde, subiendo las escaleras, sentí de golpe el mismo olor del primer día, pero por un momento y nada más.
Y observé, muy reverendo Padre, que la mía no era sugestión: primero, porque nadie me había dicho nada de tal fenómeno y, después, porque, si hubiese sido sugestión, debía haber sentido aquel olor siempre y no a intervalos de mucho tiempo.
Y he querido hacer esta declaración porque es muy común la costumbre de atribuir a sugestión aquellos fenómenos que no se explican o que no se sabe explicar”.
El fenómeno del perfume ha hecho sonreír a muchos incrédulos y, al mismo tiempo, ha dado lugar a numerosas discusiones, como el de las llagas; pero también aquí la ciencia ha tenido que retirarse vencida. En tantos años los testimonios y los beneficiados de estos efluvios se han multiplicado tanto que ya no hay modo de poner en duda este extraño fenómeno, aunque sí se discute el significado.
Este fenómeno del perfume se manifestaba a veces, y se manifiesta aún hoy, después de la muerte del Padre, a oleadas, siendo claramente percibido por todos los que se encuentran en el mismo local y desapareciendo al poco tiempo; otras veces persiste y se conserva. Muchas veces unos lo perciben y otros no, aun estando todos en el mismo lugar.
De las experiencias recogidas, se puede decir que este perfume es una prueba de la presencia espiritual del Padre Pío en aquellos a los que quiere beneficiar, guiar, sostener, aconsejar o amonestar; y se da de modo especial en las curaciones, en las conversiones y en los momentos de tomar decisiones importantes; y, no pocas veces, ha tenido un poder decisivo en la vida de determinadas personas. Otras veces ha sido un simple aviso, como le sucedió a una pobre mujer de S. Giovanni Rotondo, que, mientras recogía castañas en un monte, caminaba hacia atrás y, al sentir de golpe el fuerte olor de violetas, se dio vuelta y vio junto a sí el precipicio.
No era raro que el fenómeno se manifestase entre grupos de amigos o hijos espirituales del Padre cuando hablaban de él, casi como si Jesús hubiese querido cumplir de este modo la promesa de estar presente cuando por lo menos tres devotos se hubieran reunido en oración.
Con más frecuencia aún, el perfume del Padre Pío ha sido la respuesta afirmativa a una gracia pedida, como, por ejemplo, en el caso del contador Laderchi, de Cosenza.
Estaba agonizando en el hospital, adonde lo habían llevado gravemente herido en la cabeza, por haberse caído de un camión. Su mujer y los familiares rezaban en la capilla del hospital, suplicando febrilmente al Padre Pío, cuando una oleada de intenso perfume “co¬mo de seto vivo florecido” invadió la capilla. ¡Helo aquí!, ¡el Padre Pío que nos trae la salvación! Rena¬cieron de golpe las esperanzas casi muertas y se alegraron los corazones, llenos de gratitud.
Y además, ¿cómo puede ser una ilusión si el perfume se siente aun a gran distancia e inesperadamente? Porque lo que más asombra es justamente eso: que se percibe en una ciudad lejana de S. Giovanni Rotondo como es Génova, o Milán, o Venecia, y hasta en el extranjero, cuando menos se lo espera y sin causa alguna que lo produzca.
Que perfume la ropa del Padre o los ornamentos sagrados es, en fin, más comprensible; pero que el perfume lo sienta, por ejemplo, un hombre que viaja, o que lo sienta una persona desconocida, o un incrédulo, como a veces sucede, esto es lo maravilloso que nos deja perple¬jos. ¿Por qué asombrarnos entonces si Dios se sirve de un simple mortal, particularmente querido, para dar con¬tinuas manifestaciones de sí?
A este propósito transcribimos un episodio cuyo valor probatorio, dice María Winowska, surge de la declaración de testigos que en verdad no sabían nada de los “eflu¬vios” del Padre Pío.
Dos jóvenes esposos polacos, residentes en Inglaterra, tenían que tomar una grave decisión. Habiendo reflexio¬nado mucho tiempo sobre los “pro” y los “contra”, se encontraban al final ante un dilema serio y estaban muy abatidos.
Humanamente hablando, su situación parecía desesperada. ¿Qué hacer? Alguien les habló del Padre Pío. Le escribieron. No recibieron contestación. Entonces se decidieron a ir a S. Giovanni Rotondo, para pedirle personalmente ayuda y consejo.
Desde Inglaterra a S. Giovanni Rotondo el viaje es largo. Y nuestros viajeros se detuvieron en Berna (Suiza) y se preguntaban con angustia si valía la pena seguir o no. ¿Y si el Padre ni siquiera los recibiera...? Alguien les había dicho, cuando emprendían el viaje, que lo habían “secuestrado”. Todo aquel viaje y todos los gastos ¿no serían inútiles?
Era tarde. Ellos conversaban familiarmente en la habitación del hotel, que era de ínfima categoría, ya que por economía habían tomado una posada.
Era invierno y nevaba. Muertos de frío, descorazonados, estaban a punto de decidirse a volver, cuando de golpe se sintieron envueltos por un perfume exquisito y fuerte, tan agradable que se sintieron “reconfortados del todo”.
La joven señora se puso a inspeccionar la cómoda, el armario, en fin, todo con tal de encontrar la botella de perfume que algún viajero distraído habría olvidado allí. ¡Búsqueda inútil! Poco después el perfume se había desvanecido y la habitación volvió a exhalar un olor a lugar cerrado, fétido como de cloaca y moho.
Curiosos y llenos de dudas, nuestros viajeros preguntaron al dueño de la posada, que parecía caer de las nubes. Era la primera vez que los clientes de su hotel, que no estaba precisamente perfumado al agua de rosas, creían sentir olor de perfumes. No obstante y a pesar de todo, esta aventura los reanimó y los confirmó en el propósito de continuar el viaje costara lo que costase.
Llegados a S. Giovanni Rotondo, fueron enseguida a ver al Padre Pío, quien los recibió con los brazos abiertos.
El joven, que sabía italiano, balbuceó algo.
“Le hemos escrito, Padre, ¿por qué no nos ha contestado?”.
“¿Cómo que no os he contestado? ¿Y aquella tarde, en el hotel suizo, no sintieron nada?”.
En pocas palabras, les resolvió la dificultad que tenían y los despidió.
Embelesados, rebosando alegría y reconocimiento, se dieron cuenta de “este modo de responder” del Padre Pío con aquellos que lo llaman pidiendo socorro.
Y el Padre Rosario de Aliminusa, en su manuscrito “Informaciones”, declara: “Yo lo he sentido todos los días, continuamente, por tres meses seguidos en los primeros tiempos de mi llegada a S. Giovanni Rotondo, a la hora de vísperas. Saliendo de mi celda, contigua a la del Padre Pío, sentía que venía desde ésta un olor agradable y fuerte, del cual no sabría precisar las características. Una vez, la primera vez, después de haber sentido en la sacristía vieja un fortísimo y delicado perfume, que emanaba de la silla usada por el Padre para la confesión de los hombres, pasando por delante de la celda del Padre Pío, sentí un fuerte olor de ácido fénico. Otras veces, el perfume ligero y delicado, emanaba de sus manos”.
El Padre Rosario de Aliminusa fue Superior del convento de S. Giovanni Rotondo desde el 18 de septiembre de 1960 hasta el 23 de enero de 1964.
Son innumerables las personas que han sentido el perfume del Padre Pío durante su vida y aun después de su muerte. Podríamos continuar con las deposiciones de los testigos y las declaraciones de las personas beneficiadas por tantísimos otros hechos, pero preferimos callar para no ser prolijos y cansar al lector, y concluir diciendo que el perfume del Padre Pío fue y es hasta ahora un fenómeno misterioso, que puede parecer extraño e inexplicable para quien no tiene aquella fe que todo lo relaciona con el Supremo Dador de toda maravilla; pero si el creyente sabe que los dones de Dios superan toda imaginación y se renuevan siempre bajo formas diversas, sabe también que debe admirarlos sin discutirlos, con humildad y veneración.
“Y en fin - continúa Winowska - no hay duda de que estos efluvios tienen un significado bien determinado y se agregan al arsenal apostólico del Padre Pío, a los dones sobrenaturales que Dios le concede para ayudar, atraer y consolar, o para poner en guardia a las almas que le han sido confiadas”.

* de Padre Pio , el Estigmatizado, Cap. 13

"Pensamientos, experiencias , suigerencias" por Melchor de Pobladura


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219. Me veo en una gran desolación. Me encuentro solo para llevar el peso de todos y la preocupación de no poder comunicar el alivio espiritual a quienes Jesús me envía. El hecho de ver cómo muchas almas se obstinan en permanecer en el mal, a pesar del sumo Bien, me aflige, me acongoja, me martiriza, me debilita la mente y me desgarra el corazón. ¡Oh, Dios mío, y qué espina siento clavada en el corazón! (1181).

220. ¡Ah!, también Vos, Dios mío, comprendéis cuán terrible martirio es para mi alma el ver las grandes ofensas que en estos tristísimos tiempos os hacen los hijos de los hombres y la horrible ingratitud con que os pagan las pruebas de amor y el poco o ningún cuidado que sienten por perderos a Vos.
¡Dios mío! , ¡Dios mío! ¿Es necesario admitir que éstos ya no creen en Vos, desde el momento en que con tanta descortesía os niegan el tributo de su amor?' ¡Ay de mí! ¡Dios mío!, ¿cuándo llegará la hora en que esta alma vea restaurado vuestro reino de amor?... ¿Cuándo pondréis fin a este mi tormento? (676).

a Rafafelina Cerase


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"El apóstol se alegra al pensar que por nada será confundido y que de ningún modo descuidará su deber de apóstol de Jesucristo. Se alegra también de que en su cuerpo, incluso en medio de todas las cadenas a las que está sometido, Jesús siempre será glorificado. Si vive, exaltará a Jesucristo por medio de su vida y de su predicación, también estando en cárcel, como ya lo había hecho hasta ahora predicando a Jesucristo a los del pretorio; si, en cambio, es martirizado, glorificará a Jesucristo ofreciéndole el supremo testimonio de su amor.
Por tanto, declara abiertamente que su vivir es Cristo, que es para él como el alma y el centro de toda su vida, el motor de todas sus acciones, la meta de todas sus aspiraciones. Y después de haber dicho que su vida es Jesucristo, añade también que su morir es una ganancia para él, porque con su martirio dará a Jesús testimonio solemne de su amor, conseguirá que su unión con Jesús sea más irrompible, y aumentará también la gloria que le espera.
¿Qué dices, Raffaelina, de este modo de hablar? ¡Las almas mundanas, al no tener ningún conocimiento de gustos sobrenaturales y celestiales, al oír semejante lenguaje, se ríen y tienen razón!, porque el hombre animal, dice el Espíritu Santo, no percibe las cosas que son de Dios. Ellas, pobrecillas, que no tienen otros gustos que no sean de barro y de tierra, no pueden hacerse una idea de la felicidad que las almas espirituales dicen experimentar al padecer y morir por Jesucristo.
¡Oh, cuánto mejor para ellas si, en lugar de maravillarse y de reírse, reconocieran su culpa y admiraran, al menos en silencioso respeto, la entrega afectuosa de estas almas, que tienen un corazón tan encendido en amor divino!"
 (23 de febrero de 1915 – Ep. II, p. 340)

De san Francisco de Asís - Admonición 26


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Los siervos de Dios honren a los clérigos:
"Dichoso el siervo que mantiene la fe en los clérigos que viven según la forma de la santa Iglesia romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian!. Pues, aunque sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque el Señor mismo se reserva para sí sólo el juicio. Porque, cuanto mayor es el ministerio que tienen del santísimo cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran a los demás, más pecado tienen los que pecan contra ellos que los que lo hacen contra todos los demás hombres de este mundo."

Homilía del Padre Gustavo Seivane ante el corazón de Padre Pio - Argentina - 23 de Abril


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Somos dichosos. Cantamos las misericordias del Señor. Bendecimos su santo Nombre. Nos gozamos en su Providencia. 
Es que su amor fiel, su firme amor, hoy nos trae a la Eucaristía y nos permite venerar una reliquia. 
La reliquia de un santo, nos hace presente de algún modo al santo. Nos permite evocar.  Nos concentra, nos cita, nos convoca en torno a ella, y nos mueve a orar. 
Junto a la reliquia de un santo nace la invocación y el agradecimiento. En ella encontramos la huella conmovedora del que mucho amó Dios, ejercitando heroicamente las virtudes,  gastando sus días por el Reino de Jesús. 
La reliquia de un santo nos habla. Y en silencio recibimos su misterioso mensaje. Un mensaje personal. Una comunicación en la que la divina gracia nos reviste de los bienes de Cristo. 
Está entre nosotros el corazón del Padre Pío… Y ello nos reconforta, nos inclina ante lo sagrado, nos limpia de pesares, nos levanta y enciende en la fe. Creyendo avanzamos. Creyendo nos restauramos. Creyendo decimos con el salmista: “suba nuestra oración, Señor, como incienso en tu Presencia”.
Es que en este peregrinar como Iglesia, como Pueblo de la Nueva Alianza,  celebrando la fe, “tenemos el pensamiento puesto en las cosas celestiales”, nos regocijamos en la “comunión de los santos”, y nos animamos los unos a los otros al creer. Creemos como pequeños de Jesús. Creemos, y nos ponemos al alcance de la misericordia.
La Providencia de aquel que todo lo puede a querido que el corazón del Padre Pío llegue a la Argentina. Es una gracia de su compasión augusta, es su misma fuerza compasiva buscándonos, asistiéndonos, desplegando su benevolencia y dulzuras santas,  en jornadas que están siendo ricas en devoción, en restitución de ímpetus, y en respuestas de conversión. Late el amor de Cristo en sus elegidos. Late la presencia amorosa de San Pío en todos nosotros.
Aquí está su corazón. Pero el corazón físico que yace aquí como reliquia, nos habla del otro corazón del Padre Pío, el que nos evoca “su interior”, sus sentimientos, sus pensamientos, sus decisiones, su entrega, la profundidad de lo que fuera su relación con Dios.
Se trata del hombre en el que la semilla de la Palabra de Dios cayó como en tierra fértil, y fue escuchada con un corazón bien dispuesto, y retenida hasta dar fruto gracias a la constancia.  Se trata del humilde fraile “que sólo quería rezar”, y en quien se ha cumplido la bienaventuranza: “Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios”. Contemplamos a uno de los muchos hijos de San Francisco, que habiendo imitado a Cristo con un corazón de fuego, parece venir a decirnos aquellas palabras de San Pablo: “Que Cristo habite en sus corazones por la fe, y sean arraigados y edificados en el amor. Así, podrán comprender, con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios”.
El Padre Pío vivió así. Entregado a Dios y sirviendo a los hermanos. Abismado en Dios para emerger con los tesoros de la gracia y comunicarlos a los sufrientes. Ocupado en restituirles la paz, el conocimiento de los caminos santos, la salud del cuerpo y del alma, la liberación de las opresiones perpetradas por el adversario. 
Él mostró la luz de la Verdad a muchos extraviados. Fue boca de Dios en el consejo y la predicación. Fue la alegría de innumerables hijos de la Iglesia, que volviendo al camino recto, gustaron “qué bueno es el Señor”. Vivió absorto en el Nombre que está por encima de todo nombre. Alejó desdichas, consoló, elevó las almas a deseos celestiales, puso medicinas salvíficas en el rebaño herido. Se hizo todo a todos, fiel servidor, lámpara encendida hasta el final.
“El que es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho”, dice Jesús.
Dios no se repite. Embellece. Y a cada santo lo ajusta al divino modelo, que es Cristo, con sus rasgos particulares, con su temperamento, con su lengua y huella local. Lo asocia en creciente intensidad y despojo a la Cruz. Lo hace amante olvidado de sí mismo. Abismado en lo inefable y en la caridad.
Y ahí, lo hallamos al estigmatizado nacido en Pietrelcina. Cincuenta años perforado en sus carnes. Cincuenta años sirviendo, y, cargando con las llagas de Cristo. Heridas sobrenaturales, marcas de una predilección y  de una misión a la vez.
Un biógrafo suyo, el Padre Luna, dice con verdad: “ Dios quiso santificar al Padre Pío, privándole de todo en la tierra, para ser Él su recompensa ”. 
Salvar almas era su desvelo, su sacrificio, el sentido de sus penitencias, de sus penas y alegrías de pastor. Batallas y fatigas que lo elevaban en amor, y lo hacían confidente de la Virgen. 
Firmó con su sangre sacerdotal el rescate de sus hermanos, los muchos liberados y sanados para gloria del tres veces Santo. Los méritos de todo aquello ,hoy vemos que se expanden de modo admirable, para que glorifiquemos el poder y la misericordia de nuestro Dios. 
“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”, dice Jesucristo. Y San Pío donó su vida. La fue dando firmemente. Con dedicada perseverancia. Con esa fidelidad del honesto. En obediencia. Sin pausa. Sangrando desde joven. Amando, como todo enamorado de Dios, con apasionamiento, con intensidad, y, olvidado de sí: porque el que ama está más en el amado que en sí mismo. Porque “donde está tu tesoro estará tu corazón”, dice Jesucristo, y porque el fuego que consumía a este fraile capuchino, era sobrenatural, eran las llamas del Espíritu Santo que lo habitaba, el Espíritu que generaba un Pentecostés continuo en su alma, y que lo incendiaba, lo traspasaba de misteriosas irradiaciones, y lo reunía en conversación con los ángeles. 
Hoy, sus devotos nos alegramos. Al venerar su corazón como reliquia le encomendamos nuestra Patria, los Grupos de Oración extendidos por el vasto suelo argentino, y todas las necesidades de los hijos de la Iglesia. Cantamos las misericordias del Señor. Y damos gracias. Amén.                                                                             


ROSARIO DE LA SANTIDAD


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Reflexiona Fray Luis Arrom, Capuchino español, acerca de ser santos:

“No puedo ser santo ni un verdadero cristiano si no entiendo que son bienaventurados los pobres, que lo que importa en esta vida, no es  triunfar, no es ser primero que los demás, no es  destacar, no es tener dinero, todo esto no es importante  desde el punto de vista divino, más bien al contrario, la sencillez es algo grande, bello, la pobreza es bienaventurada;  el que llora de misericordia de compasión, pero llora entre los brazos de Dios, también es bienaventurado; el pacífico, el que siembra la paz, con sus actitudes y palabras aunque pierda a los ojos del mundo, es bienaventurado; es bienaventurado el que tiene hambre y sed de justicia,  de verdad, de santidad,  el que no tiene hambre de ser el número uno,  de saber muchas cosas;  que no es que esas cosas sean malas, pero el que tiene claro dònde está lo principal y el eje de la vida ese puede aspirar a ser un cristiano de verdad,  un santo.
 Porque me reconozco pecador  no debo ni puedo condenar a nadie, porque soy pecador no soy capaz de superar la miseria que hay en mí, mi pereza, mis egoísmos, mis iras, mis cosas malas  si no rezo, si no acudo a Dios…Cada uno ha de ser santo a  su manera, no hay dos santos iguales.

La santidad y la perfección significan, permitirle a Jesús, permitirle a Dios, vivir Su santidad, Su grandeza,  Su bondad, Su amor  en mí, dejar a Dios vivir en mí.


Señal de la cruz – Oraciòn de inicio 

Amado Jesùs, Señor nuestro, meditaremos hoy a tu lado acerca de la santidad. Tocà nuestro corazón para que podamos reconocer nuestras debilidades, resistirlas y modificarlas. Que atesoremos hoy las enseñanzas del Santo Padre Pio, y logremos ser como esperàs de cada uno de nosotros. Que recibamos el amor de tu Madre en este camino de búsqueda de la santidad que deseamos transitar. Que asì sea.


Palabras de Padre Pio:

“Has de saber que los santos son siempre despreciados por el mundo y los mundanos, y que han puesto bajo sus pies el mundo y sus máximas.”
 (31 de diciembre de 1921, a Violante Masone – Ep. III, p. 1079


PRIMER MISTERIO: 

Para llegar a alcanzar nuestro fin último es necesario seguir al jefe divino, que no suele conducir al alma elegida por camino distinto al que él recorrió; por el de la abnegación y la cruz: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». ¿Y no debes llamarte afortunada al verte así tratada por Jesús? Necio quien no sabe penetrar en el secreto de la cruz.
Para llegar al puerto de la salvación, nos dice el Espíritu Santo, las almas de los elegidos deben pasar y purificarse en el fuego de las dolorosas humillaciones, como el oro y la plata en el crisol, y de esa forma se ahorran las expiaciones de la otra vida: «En el sufrimiento mantente firme, y en los reveses de tu humillación sé paciente. Porque en el fuego se purifica el oro y la plata; y los hombres aceptos a Dios, en el camino de la humillación».
Jesús quiere hacernos santos a toda costa, pero más que nada quiere santificarte a ti. Él te lo está manifestando continuamente; parece que no tiene entre manos otra preocupación que la de santificar tu alma. ¡Oh!, ¡qué bueno es Jesús! Las cruces continuas a las que te somete, dándote la fuerza, no sólo necesaria sino sobreabundantemente, para soportarlas con mérito, son signos muy ciertos y particularísimos de su entrañable amor por ti. La fuerza que él te da, créeme, no queda infecunda en ti; te lo aseguro de parte de Dios y tú debes escucharme humildemente, apartando de ti cualquier sentimiento contrario.
 (15 de agosto de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 153)

Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio              Ruega por  nosotros

 SEGUNDO MISTERIO

En este tiempo busca ayuda sobre todo en la lectura de los libros santos; y yo deseo vivamente que leas siempre esos libros, pues esas lecturas son un buen alimento para el alma y buena ayuda para avanzar en el camino de la perfección, no menos que la oración y la santa meditación, porque en la oración y en la meditación somos nosotros los que hablamos al Señor, mientras que en la lectura santa es Dios el que nos habla. Busca lo más que puedas el tesoro de estas lecturas santas y experimentarás muy pronto que se renueva tu espíritu.
Antes de ponerte a leer estos libros eleva tu mente al Señor y suplícale que sea él mismo el que guíe tu mente, que se digne hablarte al corazón, y que mueva él mismo tu voluntad. Pero no basta; conviene además que te postres ante el Señor antes de comenzar la lectura, y volverlo a hacer de tanto en tanto durante el curso de la misma, porque tú no la haces por estudio o para satisfacer la curiosidad, sino únicamente para complacerle y darle gusto a él.
 (14 de julio de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 126)


Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio              Ruega por  nosotros


TERCER MISTERIO

Fortalécete con el sacramento eucarístico. En medio de tantas desolaciones no deje tu alma de cantar frecuentemente a Dios el himno de la adoración y de la alabanza. Vive siempre alejada de la corrupción de la Jerusalén carnal, de las asambleas profanas, de los espectáculos corruptos y corruptores, de todas esas sociedades de los impíos.
Dispón tus labios, como hizo el divino Redentor, y sigue bebiendo con él las negras aguas del Cedrón, aceptando con piadosa resignación el sufrimiento y la penitencia. Atraviesa con Jesús este torrente, sufriendo con constancia y valentía los desprecios del mundo por amor a Jesús. Vive recogida, y toda tu vida quede escondida en Jesús y con Jesús en el huerto de Getsemaní, es decir, en el silencio de la meditación y de la oración. No te asusten ni la oscuridad de la noche de la humillación y de la soledad ni el aumento de las mortificaciones. Siempre adelante, adelante, Raffaelina; la amargura del torrente de la mortificación no te detenga. La persecución de los mundanos y de todos los que no viven del espíritu de Jesucristo no te aparten de seguir ese camino que han recorrido los santos. Corre siempre por la pendiente del monte de la santidad y no te desanime el sendero escabroso. Sigue caminando junto a Jesús, y si, siguiéndole a él, estás a salvo de todo, es también muy cierto que triunfarás, como siempre, en todo.
(4 de agosto de 1915, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 470)


Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio              Ruega por  nosotros


CUARTO MISTERIO

A los mundanos les parece increíble que haya almas que sufren al ver que la providencia les prolonga la vida. Sin embargo, ahí está la historia de los santos, que es y será la maestra de la humanidad.
De los sufrimientos atroces que sufren las almas de los justos al verse lejos de su centro, podemos formarnos, oh Raffaelina, una pálida idea fijándonos en lo que esas almas sufren, incluso al tener que satisfacer las necesidades más vitales de la vida, como el comer, el beber y el dormir. Y si la piedad de Dios no acudiera, especialmente en ciertos momentos y en ciertos días, con una especie de milagro, privándoles de la reflexión mientras realizan esos actos necesarios para la vida, para las pobrecitas es tal el tormento que experimentan al realizar una tal acción, que además no pueden evitar, que yo, sin miedo a mentir, no sabría encontrar una comparación adecuada como no sea lo que debieron experimentar los mártires que fueron quemados vivos, entregando así sus vidas a Jesús en testimonio de su fe.
Es fácil que esta comparación a alguno le resulte una exageración hermosa y vacía, pero yo, mi querida Raffaelina, sé lo que me digo. El día del juicio universal veremos ciertamente a estas almas que, sin haber dado su sangre por la fe, digo que las veremos coronadas, igual que los mártires, con la palma del martirio.
 (23 de febrero de 1915, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 340)


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Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
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QUINTO MISTERIO

Venga pronto el reino de Dios; santifique a su Iglesia este piadosísimo Padre; derrame abundantemente su misericordia sobre aquellas almas que hasta ahora no lo han conocido. Destruya el reino de satanás; ponga en evidencia, para confusión de esta bestia infernal, todas sus malas artimañas; haga conocer a todas las almas las claves para engañar de este triste cosaco. Este tiernísimo Padre ilumine las inteligencias de todos los hombres y llame a sus corazones, para que los fervorosos ni se enfríen ni reduzcan la marcha en los caminos de la salvación; los tibios se enfervoricen; y aquellos que se le han alejado retornen a él. Disipe también y confunda a todos los sabios de este mundo para que no combatan e impidan la propagación del reino. En fin, que este Padre tres veces santo aleje de su Iglesia las divisiones que existen e impida que se produzcan otras nuevas, para que haya un solo redil y un solo Pastor. Centuplique el número de las almas elegidas; envíe muchos santos y doctos ministros; santifique a los actuales y haga que, por medio de ellos, retorne el fervor a todas las almas cristianas. Aumente el número de los misioneros católicos, porque, todavía de nuevo, nos tenemos que lamentar con el divino Maestro: «La mies es mucha y los trabajadores son pocos».
(8 de marzo de 1915, a Anita Rodote – Ep. III, p. 61)

Padre Nuestro, diez Ave Maria y Gloria

Ave Marìa purìsima Sin pecado concebida
Santo Padre Pio              Ruega por  nosotros

Rezamos por la intenciòn del Papa Francisco para este mes:
Salve, 3 Ave María y Gloria

Rezamos la Oraciòn a san Miguel Arcángel por el ASESOR ESPIRITUAL NACIONAL de los Grupos de Padre Pio y por el sacerdote de nuestra Parroquia. Pedimos su protección, salud y fortalecimiento:

"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.
Amén." 

PEDIMOS LA SANTIDAD DE LOS SACERDOTES

Oh Redentor Nuestro, acepta vivir en los sacerdotes, transfórmalos en Ti. Hazlos por tu gracia ministros de tu misericordia, obra a través suyo, y haz que, imitando fielmente tus virtudes, se revistan en todo de Ti, y actúen en Tu nombre y con la fuerza de tu Espíritu.

V. Para conseguir el perdón de los pecados,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que no nos falte la Sagrada Eucaristía,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que prediquen a Cristo, y a éste crucificado,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que den testimonio de la Verdad,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que los niños conserven la Gracia,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que la juventud conozca y siga a Cristo,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que los mayores conformen sus vidas según la Ley de Dios,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que tengamos hogares cristianos,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que en nuestros pueblos se viva la unión y la caridad cristiana,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que los enfermos reciban los auxilios espirituales,
R. Señor, danos sacerdotes santos.
V. Para que nos acompañen a la hora de nuestra muerte, y ofrezcan la Santa Misa por nosotros,
R. Señor, danos sacerdotes santos.

Santa María, Madre de la Iglesia, Reina de los Apóstoles, alcánzanos del Señor muchos y santos sacerdotes. Así sea.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

" JESUS OCÚPATE TU " por el Siervo de Dios Padre Dolindo Ruotolo


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Habla Jesús  al  alma:

 Por qué te confundes agitándote? Déjame a cargo de  tus cosas y todo se calmará. En verdad te digo que cada acto verdadero y el completo abandono en Mi, produce el efecto que  deseas y resuelve las situaciones  espinosas.
 
 Abandonarse en Mi no significa atormentarse,  confundirse y desesperarse elevando luego hacia Mi una  plegaria agitada para que Yo haga lo que Uds quieren, sino  que es cambiar la agitación en oración. Abandonarse  significa cerrar plácidamente los ojos del alma, alejar el  pensamiento de la tribulación y descansar en MI para que  solo YO obre, diciendo “Ocúpate Tu”. Se oponen al  abandono:  la preocupación, la agitación y el querer prever  las consecuencias de un hecho.
 
 Es como la confusión que tienen los niños que  pretenden que su mama se ocupe de sus necesidades, y al  mismo tiempo quieren ocuparse ellos mismos entorpeciendo el
 trabajo de ella con sus ideas y caprichos infantiles.

 Cierren los ojos y déjense llevar, por la corriente de mi  Gracia, cierren los ojos y déjenme trabajar, cierren los  ojos y piensen en el presente, alejando el pensamiento del
 futuro como si fuera una tentación;  reposen en Mi creyendo  en mi bondad y les juro por mi Amor que diciéndome con  abandono “Ocúpate Tu”, Yo me ocupo de  lleno, los
 consuelo, los libero, los conduzco.
 
 Y cuando los debo llevar por un camino diverso del  que ustedes ven, Yo los adiestro, los llevo en mis brazos  haciéndolos encontrar en la otra ribera ,como niños  dormidos en los brazos maternos.

Aquello que los angustia y  les hace un inmenso mal es su razonamiento, su pensamiento  atormentado y continuo, el querer resolver ustedes  mismos todo
 aquello que los aflige.   

 Cuantos cosas obro YO cuando el alma se vuelve  hacia MI en sus necesidades tanto espirituales como  materiales y me dice “Ocúpate Tu”.
Cierra los ojos y  reposa ! Obtienen pocas gracias cuando se confunden para  producirlas ustedes mismos, obtienen muchísimas cuando la  oración y la confianza en Mi son completas:
Ustedes, en su  dolor, oran para que Yo obre, pero para que obre según  ustedes creen… No se dirigen hacia Mi, sino que quieren  que Yo me adapte a sus ideas, no son enfermos que piden al  médico una cura, sino que la sugieren.
 
 No obren de este modo. Oren como Yo les enseñé en  el Padrenuestro: Sea santificado tu Nombre, es decir, que  seas glorificado en esta necesidad que tengo; que venga a
 nosotros tu reino, es decir, que todo lo que nos ocurre a  nosotros y al mundo concurra a tu Reino;  hágase tu  Voluntad  así en la tierra como en el Cielo, es decir,
 dispone Tu en esta necesidad como mejor te parezca, para  nuestra vida eterna.
     
 Si me dicen de verdad: hágase Tu Voluntad, que es  lo mismo que decir “Ocúpate Tu”, Yo intervengo con toda  mi omnipotencia, y resuelvo aun en las situaciones mas
 cerradas y difíciles.

Te das cuenta de que la desgracia  aumenta en vez de disminuir?  No te desanimes, cierra los  ojos y dime con confianza: Hágase tu voluntad. “Ocúpate  Tu”.
Te digo que Yo me ocupo, y que intervengo como un  medico, y hasta obro un milagro cuando es necesario. Ves que  la situación empeora ? No te angusties. Cierra los ojos y di  “Ocúpate Tú”. Te digo que yo me ocupo y no existe una  medicina más poderosa que una intervención mía de Amor. Yo  me ocupo sólo cuando cierran los ojos.
 
 Ustedes son ansiosos, quieren evaluarlo todo,  pensar en todo, y es así como se abandonan en las fuerzas  humanas y, peor aun, en los hombres, confiando en la
 intervención de ellos. Esto es lo que obstaculiza mi  intervención. OH, como deseo este abandono de su parte,  para poder beneficiarlos ¡Cómo me duele verlos agitados!
 
 
 Es justamente eso lo que desea Satanás, agitarlos  para alejarlos de mi acción y así poder convertirlos en  presas de las iniciativas humanas, por eso deben confiar  solo en Mí, reposar solo en Mi y abandonarse en Mi para  todo.

 Yo hago milagros en proporción al pleno abandono en  Mi y a la despreocupación de parte de ustedes. Yo  distribuyo tesoros de Gracia cuando ustedes se encuentran en  la pobreza extrema. Si poseen  sus propios recursos, aunque sean pocos, o si los  buscan, los encontrarán en el campo natural y seguirán por  lo tanto el curso natural de las cosas, que es a menudo  entorpecido por Satanás.

Ningún razonador ha hecho  milagros, ni siquiera los Santos. Obra divinamente aquel que  se abandona en DIOS.
 
 Cuando ves que las cosas se complican, di con los  ojos del alma cerrados Jesús, Ocúpate Tu. Tu Haz esto en  todas tus necesidades. Hagan todos esto y verán grandes,
 continuos y silenciosos milagros.

Se los juro por mi  Amor.

ECOS DE UN CORAZON SANTO


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"Sed de Dios" por el Padre Gustavo Seivane


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¿Tienen sed de Dios? ¿Hay sed de Dios en sus almas?
¿La sed se muestra intermitente, aparece y desaparece, o más bien la experimentan asentada, permanente, como una marca interior?
La sed de Dios, también, puede ser en nosotros como un vago recuerdo, una vivencia ahora un tanto extraña, apenas registrable, algo de otro tiempo, algo que casi no ha dejado rastro.
Puede también que sintamos nostalgia de una sed antigua, una sed de Dios que hacía que nuestros corazones se mantuviesen en vilo.
Porque la sed sostiene...
Nos hace tejer esperas, movernos hacia la fuente.
¿No nos dice la carta a los hebreos que nuestra esperanza es como un ancla en el alma?
Y la sed tiene mucho de esperanza. Así sucede cuando la sed no se gesta en los apetitos por lo natural y sensible, cuando la sed no es un reclamo para saciar nuestro hombre viejo, ni es sed de este mundo.
La esperanza es un ancla en el alma, una bendita sed, cuando no es sed de algo que no sea Dios.
San Juan de la Cruz lo entendió muy bien y lo enseñó mejor: “Cuando reparas en algo dejas de arrojarte al todo”.
Pues hay una sed que Dios suscita en el alma: Sed de su Palabra, sed del agua viva (que es el mismo Espíritu santificador), sed como la de la samaritana, que en aquel mediodía, junto al pozo de Jacob, después del encuentro con Cristo, quedó abierta a una novedad: una sed distinta comenzaba a crecer en ella, sed de una Fuente que le había sido desconocida hasta entonces, sed que la llevó a una conversión.

Nos dice Juan en su evangelio:

“La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?”

El sediento aprecia la gota, el breve sorbo, el trago.
No bebe con indiferencia.
En el beber, el sediento se relaciona con lo bebido, se encuentra, y la relación aparece amical, como una forma de comunión.
Beber lo divino, absorber la gracia, comulgar, conlleva una resonancia muy distinta en un sediento que en un indiferente.
Sólo en la sed se anuncia lo sagrado.
También Jesús tiene sed…
Fatigado del camino, nos dice Juan, se sentó junto a un brocal, un pozo de agua, un pozo con historia, un pozo que evoca los antepasados de su pueblo, el pueblo de la Alianza.
En otros pasajes los evangelios, también, nos muestran ese cansancio de Jesús, la fatiga de un Dios que camina los caminos del hombre.
Cuando me fue dado recorrer la Tierra Santa me conmovió comprobar las distancias caminadas por Jesús. Lo andado por el Verbo encarnado. Lo transitado por nuestro Dios amor en busca de los hombres.
El deseo de Dios por cada uno de nosotros es la sed de Dios.
Esa sed expresada hasta el paroxismo en la Cruz: “Tengo sed”, dirá en la altura del Gólgota.
Sed de salvar. Sed de comunicar lo inmenso, lo infinito, lo que no acaba. Sed de hacernos participar de la misma Vida divina. Sed de quebrar nuestros límites, de borrar nuestra muerte, de hacernos eternos. Sed de limpiar las manchas que cubren el cristal del alma, para que la luz de quien es Luz de Luz, haga que sus rayos sean uno con el cristal al iluminarlo.
Jesús se sienta en el borde de aquel pozo de la Samaría, y acontece el encuentro.
Dios siempre toma la iniciativa. Nadie puede convertirse sin ese movimiento primero del amor divino.
En nosotros todo es siempre respuesta a Dios. Respondemos. Consentimos. Pero él llama, él sale al encuentro, él crea, él redime, él avanza, él da la gracia preveniente.
Nos dice Juan que aquella mujer va como todos los días por el agua. No prevé novedades. No presiente sorpresas. Anda por el camino de siempre como siempre, incluso calcula que no habrá nadie.
Porque, ¿quién va a ir a buscar el agua al mediodía? Ese es un trabajo para el alba, cuando comenzando el día se necesita el agua para las tareas domésticas. Definitivamente es una labor para realizar con el frescor de la mañana.
Pero, quizás, va al mediodía para desencontrarse de sus vecinas, para evitarlas, para no oír murmuraciones.
Pero mientras elude a sus aldeanas, Dios la intercepta. La espera. Jesús le sale al encuentro, y su vida cambia, y toda ella se llena de una nueva sed, de una bendita sed, una sed que viene a apagar las anteriores, las mundanas.
Y todo sucede allí, donde menos podría haberlo imaginado.
Pues las sorpresas de Dios son su gracia preveniente. El tiene la iniciativa. El nos ama y nos encuentra donde no calculamos, nos sale al paso para ahondarnos en un diálogo que nos revela la verdad, y para despertar en nosotros la sed de él.
Una sed que paradójicamente aumenta la saciedad.
San Juan de la Cruz lo escribe así:

“El corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche”.

Ha querido Dios crear y redimir.
Ha creado y redimido por amor. Libremente. Con libertad amorosa. Con amor libertador. Gratuitamente. Con desmesura. Como expresando un exceso, un derroche, una abundancia sublime, la abundancia de su ser infinito, la donación generosa de su íntima Vida de Dios.
Creando y redimiendo Dios se ha revelado como Amor.
Un Amor que nos busca encarnado.
Y allí está Dios. Dios encarnado: pidiendo de beber. Mostrándose sediento para saciarnos.
Por eso, la Encarnación nos admira y enmudece aún más que la misma creación.
Es en Jesucristo que descubrimos al Amor buscándonos encarnado.
 ¿Porque adónde nos adentramos cuando contemplamos a un Dios que se muestra sediento?
¿Qué consecuentes frutos van apareciendo cuando meditamos esto?
¿Con cuánto asombro vivimos que Dios para darse, me hace conocer y disponer mi cántaro vacío?                               
Hay una Luz que no encandila, sino que revela.
Jesús le dice a la samaritana: “Dame de beber”.
La Grandeza y la Fuente: pide, solicita, requiere.
Jesús abre el diálogo. Jesús siempre abre. Y Jesús quiere que aquella mujer, y que todos nosotros nos abramos también. O mejor aún, que abramos la hondura del pozo de nuestro ser, porque es él el que quiere verter y colmar nuestro corazón de su agua viva, y tornarlo manantial que fluya, y salte hasta la vida eterna.
La samaritana no sabe que encontrará a aquel que siempre la buscó, aquel que se hace sediento para darle de beber.

Que Jesús sea nuestra Fuente, se ve en la medida de lo que hacemos con nuestra sed.
Miremos qué hacemos con nuestra sed.
Dònde buscamos calmarla
El pozo de cada corazón tiene la hondura de la propia sed.
La sed cava.

Y la Sagrada Escritura nos alienta:

 “Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera reciba gratis aguas de vida”.

 

Padre Gustavo Seivane
Asistente espiritual de los Grupos de Oraciòn del Padre Pio
Argentina