Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Archive for agosto 2013

Sigue obrando milagros para atraer a la Iglesia católica.


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En las gracias extraordinarias del Señor que pasaban por las “manos” del Padre Pío, éste buscaba que llevaran a los beneficiados, no sólo a Jesucristo, sino también a la Iglesia católica. Así cumplía la “misión grandísima” que le había confiado el Señor.
En la tercera Declaración a la que el Visitador apostólico enviado por el Vaticano, Rafael Carlos Rossi, sometió, en junio de 1921, al padre Lorenzo de San Marco in Lamis, Superior del convento de Capuchinos de San Giovanni Rotondo, éste le informó:
«Debo señalar que el nombre del Padre Pío ha atraído aquí a algunos no bautizados y protestantes, que recibieron el Sacramento y regresaron a la Iglesia. Ellos son:
- Un judío de Florencia, tan enfermo de los ojos que debía llevar unas vendas negras: instruído oportunamente en todo lo necesario, recibió aquí el Bautismo, hizo la Primera Comunión y, ya de regreso a su ciudad, mejoró también de la vista, tanto que dejó las vendas negras y ahora usa gafas como muchos otros. Había venido para obtener la gracia. El Padre Pío le dijo: “Primero te hago cristiano y lo demás vendrá después por su propio pie”.
- Un protestante de padre y madre alemanes. Permaneció aquí el tiempo necesario para la instrucción; después se bautizó bajo condición y recibió la Comunión, después de haber hecho la adjuración.
- Una señorita protestante holandesa. También ella estuvo aquí varios días para recibir la instrucción y después recibió el Bautismo bajo condición; hizo la adjuración, la Comunión y fue a Foggia para la Confirmación. Está en Capri, pero ha regresado tres o cuatro veces para encontrar al Padre Pío y realizar con él sus devociones.
- Una señorita de Estonia, hija de pastores protestantes. Estuvo aquí unos pocos días, porque estaba bastante bien instruída; y recibió el Bautismo bajo condición y la Comunión; después la adjuración».
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El Padre Pío ¿sigue actuando del mismo modo después de su muerte?
La curación milagrosa de Lucrecia en el 2002, atribuida al Padre Pío de Pietrelcina, ha dado origen, en estos diez últimos años, a otros hechos no menos sorprendentes. Aunque muchos los conocíamos, la información de los mismos que, los días pasados, facilitó “Religión en Libertad” ha dado la vuelta al mundo, causando estupor, alegría y renovada devoción al Santo capuchino.
A Lucrecia, madre del sacerdote ortodoxo rumano Víctor Tudor, le diagnosticaron cáncer en un pulmón, que no era operable pues había metástasis; y le dieron tan sólo unos meses de vida. El padre Víctor llamó a su hermano Mariano, pintor especializado en iconografía que vivía en Roma. Éste logró contactar con uno de los mejores médicos del mundo en su especialidad, pero, para poder atenderla, Lucrecia debía viajar a Roma. El diagnóstico fue el ya dado por los médicos de Rumanía: cáncer, inútil la intervención quirúrgica, y sólo cabía el uso de fármacos adecuados para mitigar los terribles dolores.
La madre se quedó un tiempo con su hijo Mariano en Roma, para que le pudieran hacer nuevos controles. Mariano, que trabajaba haciendo un mosaico en una iglesia, se llevaba consigo a su madre y ésta visitaba el templo y veía las imágenes. Hubo una que le llamó poderosamente la atención. Estaba situada en una esquina. Era el Padre Pío. La mujer se quedó impresionada y le preguntó a su hijo quién era. Éste le contó brevemente su historia y, durante los días siguientes, el hijo se percató de que su madre estaba permanentemente sentada frente a la imagen del Santo de Pietrelcina. Charlaba con la talla como si de una persona se tratase.
 Dos semanas después, Lucrecia, acompañada por su hijo, acudió al hospital para realizarse una prueba. Pero para sorpresa y estupor de médicos, y de ellos mismos, el cáncer terminal que sufría esta mujer rumana había desaparecido completamente. Ella había pedido la intercesión del Padre Pío y éste había respondido. 
Este hecho sobrecogió a toda la familia, empezando por el hijo sacerdote ortodoxo, Víctor: «La curación milagrosa de mi madre, realizada por el Padre Pío en favor de una mujer ortodoxa, me llamó la atención».
Los hechos siguientes se han sucedido en cadena, no sin serias dificultades, en cuya solución han seguido viendo la intervención ante el Señor del Capuchino de Pietrelcina. La atención que había despertado esta curación milagrosa de su madre llevó al padre Víctor a interesarse por la vida del Padre Pío, y algo comenzó a cambiar en él. Contó el milagro de su madre a sus parroquianos, que quedaron admirados, pues la madre de Víctor era bien conocida por ellos. En la parroquia se empezó a conocer y a amar al Padre Pío: «Leíamos todo lo que encontrábamos sobre él; su santidad nos conquistaba». Otros enfermos de la parroquia recibieron también gracias extraordinarias del Padre Pío.
Padre Víctor Tudor y sus parroquianos
Empezaba a surgir un problema en la comunidad parroquial, pues seguían siendo ortodoxos y eran devotos de un santo católico. La decisión fue unánime: el padre Víctor y su parroquia con casi 350 personas decidieron hacerse católicos. Hoy pertenecen al rito greco-católico de Rumania. Pero, al igual que el Padre Pío vivió numerosas dificultades, ellos también habrían de experimentarlas a la hora de vivir su nueva fe, pues la conversión en este país ortodoxo con pasado comunista era bastante compleja. Problemas con los políticos, la policía…
Siendo honrados, sabían que el templo no les pertenecía, y no se desanimaron. Pese a las trabas, decidieron construir una iglesia dedicada al Padre Pío. Los fieles, en gran medida muy humildes, colaboraron en la construcción. Mientras tanto, celebraron misa en la calle pese a las gélidas temperaturas invernales. A ello había que sumar las enormes trabas burocráticas. Pero el templo es ya una realidad y lo consideran otro milagro del Santo capuchino.
Pero han querido ir más lejos. Siguiendo los pasos del Santo, y pidiendo su intercesión, han creado un “pequeño San Giovanni Rotondo” en Rumania, con un hospital que atiende a enfermos terminales, gente sin recursos y ancianos abandonados. Las dificultades son enormes y falta el dinero, pero el padre Víctor y sus parroquianos cuentan con la intercesión del Padre Pío. Hasta ahora no les ha fallado.
Elías Cabodevilla Garde


Agosto: días 25 al 31.


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25.  Amad y poned en práctica la sencillez y la humildad y no os preocupéis de los juicios del mundo; porque, si este mundo no tuviese nada que decir contra nosotros, no seríamos verdaderos siervos de Dios (ASN, 43).

26.  El amor propio, hijo de la soberbia, es más malvado que su misma madre (AdFP, 389).

27.  La humildad es verdad, la verdad es humildad (AdFP, 554).

28.  Dios enriquece al alma que se despoja de todo (AdFP, 553).

29.  Someterse no significa ser esclavos sino solamente ser libres por seguir un santo consejo (FSP, 32).

30.  Cumpliendo la voluntad de los demás, debemos ser conscientes de que hacemos la voluntad de Dios. Esta  se nos manifiesta en la de nuestros superiores y en la de nuestro prójimo (ASN, 43).

31.  Mantente siempre unida estrechamente a la santa Iglesia católica, porque sólo ella te puede dar la paz verdadera, ya que sólo ella posee a Jesús sacramentado. El es el verdadero príncipe de la paz (FM, 166).
(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue mostrando la belleza de la vida cristiana.


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Que el Padre Pío ayudó a muchos a descubrir la belleza de la vida cristiana es de sobra conocido y no supone nada de extraordinario. Lo han hecho tantos y tantos a lo largo de los veinte siglos de cristianismo.
Sí resulta extraordinario y llamativo que los que recibieron esa ayuda del Santo de Pietrelcina necesitaran contarlo. Necesitaran y necesiten, porque, a la corta distancia de 45 años de la muerte del Capuchino italiano, son todavía incontables los que pueden hablar de encuentros personales con él en San Giovanni Rotondo.
Muchos lo han hecho por escrito, como don Pierino Galeone, en su libro “Il Padre Pio mio padre”, el padre Paolo Covino, en “Ricordi e Testimonianze”, el padre Pellegrino Funicelli, en “Padre Pio tra sandali e cappuccio”, fray Modestino Fucci de Pietrelcina, en “Yo… testigo del Padre”, Cleonice Morcaldi en “La mia vita vicino a padre Pio”… Otros -muchísimos, incontables, todos- de palabra, en todas las ocasiones que se les presentan. Para comprobarlo, basta entrar en uno de los confesonarios de la capilla penitencial de la iglesia de San Pío de de Pietrelcina de San Giovanni Rotondo o recorrer, vestido de capuchino, los 150 ó 200 metros que separan el convento de la capilla.
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¿Sucede hoy algo semejante? En este escrito que me llega de Dallas (Texas - USA), de Rosana Polanco, aparecen, bien subrayados, los dos datos que he señalado: el Padre Pío que sigue mostrando la belleza de la vida cristiana y de los diversos elementos que la componen: Cristo Jesús, el Rosario, la Confesión, la Eucaristía, la oración, el apostolado…, y la necesidad de contarlo, no por vanagloria, sino como alabanza al Señor y al Padre Pío y como testimonio para los hermanos.
«Eran días en  los que yo experimentaba una fuerte crisis existencial ante inesperados acontecimientos que tuvieron lugar en mi vida.                                                                                         
 San Pío de Pietrelcina era un santo indiferente para mí, hasta que, un día, él quiso encontrarme en el camino y me dijo al corazón: “Mira, pequeña, dame la mano; tu padre, José Miguel Polanco, ya está en el cielo. De hoy en adelante yo seré tu papá espiritual y te enseñaré cómo se vive la vida. Te voy a enseñar el verdadero sentido de los acontecimientos. Te voy a llevar a un Rey, al cual entregarás tu corazón y por el cual vale la pena gastarse la vida. Él es Jesús de Nazaret y reina desde la cruz. Si eres fiel a su palabra y te conviertes, un día te coronará con la gloria eterna”.
Meses después, el Padre Pío me llevó a San Giovanni Rotondo. Allí me permitió conocer a los suyos, conversar con los que convivieron con él, a los que administró los Sacramentos… Caminé por los  lugares por los que él caminó y aprendí a orar en el huerto donde él lo hacía a diario. Uno de los más bellos regalos que me entregó fue enseñarme el santo Rosario arrodillada frente a Santa María de las Gracias. Debo confesar que pedí perdón miles de veces porque para mí el Rosario había sido el mejor entretenimiento de abuelas y de mi madre.
Realmente fue un tiempo profundo, porque, siguiendo el estilo de Padre Pío, pude hacer una confesión general y darme cuenta de que es importante, no sólo pedir perdón por los propios pecados, sino también por los de aquellos que en algún punto de la vida me habían herido o hecho el mal. Una vez alivianada por el Sacramento de la Reconciliación, fui llevada a experimentar que, si la voz física de Jesús se apagó en este mundo, él no nos ha abandonado; más bien se ha quedado tangible en la Eucaristía. Ni en sueños había imaginado que, desde ese momento, la Eucaristía sería la medicina que iba a curar mi alma y el único alimento-medio de tener una unión perfecta con el Señor.
Desde ese momento el Padre Pío me ayudó a profundizar en el amor que proviene del Padre y del Hijo y a saber que, donde quiera que me encuentre, puedo llamar al Maestro y volar en espíritu a delante del Tabernáculo.
Quizá no comprenda todavía la grandeza de lo que significa ser la hija espiritual de P. Pío, pero, como hija pequeña, soy feliz de tener un papá tan generoso, que no guardó el secreto del Rey para salvarse únicamente él, sino que nos dejó su legado para que comprendamos que la salvación es para todos los que queramos acogerla.
De vuelta a Dallas (Texas), era casi imposible guardar este tesoro de fe únicamente para los familiares. Con el testimonio, y la valiosa ayuda del Espíritu Santo, pude abrir un Grupo de Oración del Padre Pío en la parroquia de San Juan Diego. Hoy en día somos un grupo de hombres y mujeres que hemos salido a recibir al Padre Pío con los brazos abiertos y deseamos compartir el carisma de nuestro amado Padre espiritual.
Las veces que Jesús, por intercesión de Padre Pío, nos ha salvado la vida de un accidente, nos ha librado de un peligro o enfermedad… son incontables. Cada miembro del Grupo pasaría horas compartiendo experiencias. Caminamos aprendiendo a retirar bloqueos mentales que nos impiden ser libres y escuchar desde lo profundo del alma la llamada del Buen Pastor».
Elías Cabodevilla Garde

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (5)


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La correspondencia epistolar fue, en los años 1910 al 1923, uno de los medios que usó el Padre Pío para llevar a cabo la “misión grandísima” que le había confiado el Señor. Y, como señalé en el último escrito de esta etiqueta de la página web, citando palabras de la Presentación de la edición española del tomo II del Epistolario del Padre Pío, «lo sigue siendo para los que se acercan a estos escritos de dirección espiritual en busca de luz y de estímulo en su peregrinar hacia su destino eterno».
Pero el Padre Pío utilizó además otra “correspondencia epistolar”, breve, sencilla y muy eficaz para promover lo que el Señor le había encomendado. Me refiero a los mensajes que escribía en estampas y en pequeños trozos de papel, casi siempre para destinatarios concretos, aunque no faltan los que entregaba a personas que encontraba a su paso cuando se desplazaba de la sacristía al confesonario o desde éste a su celda.
El padre Gerardo Di Flumeri, en su opúsculo “La presencia materna de María en la vida del Padre Pío”, escribe: «A lo largo de su vida sacerdotal, el Padre Pío dejó innumerables estampas con un pensamiento autógrafo escrito al dorso».
Cleonice Morcaldi, una de las más beneficiadas por estos mensajes escritos, nos deja este primer testimonio en su libro “La mia vita vicino a Padre Pío”: «Me mandó una estampita escrita por él, que representaba al Corazón de Jesús. Sus palabras eran éstas: “Mira, él es el Omnipotente, pero su omnipotencia es humilde servidora de su Amor”». Unas páginas más adelante, se refiere a la tenebrosa y bien tramada Visita Apostólica de Monseñor Maccari, en el año 1960, orientada a desprestigiar al Fraile capuchino y, si era posible, a alejarlo de San Giovanni Rotondo. Las calumnias y falsas informaciones que el Visitador fue recogiendo en relación al comportamiento del Padre Pío con algunas de sus hijas espirituales, y entre ellas con Cleonice Morcaldi, motivaron que el Santo de Pietrelcina les animara, sin conseguirlo, a alejarse por un tiempo de San Giovanni Rotondo. Y en este contexto, Cleonice escribe en el libro citado: «Dios nos ayudó. La protección de la Virgen María y la palabra del Padre Pío nos sostuvieron. Cada tarde, con su corazón generoso que sufría más por nosotras que por él, me enviaba un papelito de ánimo, escrito de prisa. Trascribo algunos de ellos».
El contenido de estos mensajes es muy variado, pero todos hacen hincapié en los puntos importantes de la vida cristiana. Y los mensajes más repetidos o recuerdan el papel de María en la vida del cristiano o invitan a amarla y a dirigirse a ella con confianza.
Los que transcribe el padre Gerardo Di Flumeri se refieren todos a la Virgen María, cosa muy comprensible ya que el opúsculo trata de “La presencia materna de María en la vida del Padre Pío”:
- «La Virgen Dolorosa te tenga siempre grabada  en su corazón materno».
- «La Virgen Madre tenga siempre su mirada en ti y te conceda experimentar todas sus dulzuras maternas».
- «María sea la estrella que ilumine tus pasos a través del desierto de la vida y te conduzca sana y salva al puerto de la salvación eterna».
- «María te mire siempre con ternura materna, alivie el peso de este destierro y un día te muestre a Jesús en la plenitud de su gloria, librándote para siempre del miedo a perderlo».
- «María esté siempre esculpida en tu mente y grabada en tu corazón».
De entre la larga lista de mensajes que transcribe Cleonice Morcaldi, copio éstos:
- «Hija mía. Mantén el ánimo. No dejes trabajar demasiado a tu imaginación, martilleada por el corazón. Hay quien cuida de nosotros. Mantente serena. El padre Alexio tiene corazón y está como un perrito. Muy atento. Te saludo en el beso santo de Jesús y de la Virgen María».
- «Buenas noches. Jesús y María te acompañen. Yo estoy contigo. Estate tranquila. Te saludo».
- «Mantente serena. Jesús y la Madre del cielo harán que triunfe la verdad. Nos mantenemos siempre unidos en la caridad, y ésta es nuestra fortaleza. Jesús nos conforte y nos sostenga».
- «Lo que tú me deseas a mí yo te lo deseo centuplicado. Ánimo. Estemos siempre unidos en Jesús, que está contigo y que te ama».
- «Hija mía, ¡ánimo! Jesús y María nos sostendrán y tendrán piedad de nosotros. Pasará la tempestad y vendrá el buen tiempo».

Seguro que el trabajo no es fácil, como no lo fue la recopilación de las cartas de dirección espiritual. Pero merecería la pena hacerlo, con una selección de mensajes que evite repeticiones y que recoja el mayor número posible de ellos. Si el Epistolario sigue ofreciendo luz y estímulo a los que se acercan a él buscando las acertadas orientaciones del Santo, estos breves y sencillos mensajes del Padre Pío, que, a diferencia de las cartas, salieron de sus manos a lo largo de toda su vida, recopilados adecuadamente y traducidos a las lenguas hoy más en uso, harían que el Padre Pío siguiera cumpliendo hoy, también por este medio, la “misión grandísima” que le confió el Señor.
Elías Cabodevilla Garde

Agosto: días 18 al 24.


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18.  Si permanecer en pie dependiese de nosotros, con seguridad que al primer soplo caeríamos en manos de los enemigos de nuestra salvación. Confiemos siempre en la conmiseración divina y experimentaremos cada vez más qué bueno es el Señor (Epist.IV, p.193).

19.  Antes que nada, debes humillarte ante Dios más bien que hundirte en el desánimo, si él te reserva los sufrimientos de su Hijo y quiere hacerte experimentar tu propia debilidad; debes dirigirle la oración de la resignación y de la esperanza si es que caes por debilidad, y debes agradecerle tantos beneficios con que te va enriqueciendo (T, 54).

20.  ¿Qué es lo que puedo hacer yo? Todo viene de Dios. Yo sólo soy rico en una cosa, en una infinita indigencia (T, 119).

21.  Si Dios nos quitase todo lo que nos ha dado, nos quedaríamos con nuestros harapos (ER, 17).
      
22.  ¡Cuánta malicia hay en mí!...
- Manténte en este convencimiento; humíllate pero no pierdas la paz (AP).

23.  Estáte atenta para no caer nunca en el desánimo al verte rodeada de flaquezas espirituales. Si Dios te deja caer en alguna debilidad, no es para abandonarte sino únicamente para afianzarte en la humildad y hacerte más precavida de cara al futuro (FM, 168).

24.  El mundo no nos aprecia porque seamos hijos de Dios; consolémonos porque, al menos por una vez, reconoce la verdad y no miente (ASN, 44).
(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue regalando a manos llenas los dones del Señor.


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 La generosidad al regalar los dones del Señor era nota característica del Padre Pío de Pietrelcina. Lo podrían asegurar muchos; por ejemplo, Francisco Ricciardi.
Los amigos de Ricciardi buscaron en el Padre Pío que le ayudara a prepararse para bien morir. La generosidad del Padre Pío le alcanzó algo más del Señor. En la biografía “Pío de Pietrelcina místico y apóstol”, este caso se cuenta así:
«Francisco Ricciardi era un médico de San Giovanni Rotondo…; se había hecho célebre entre los sangiovanneses por sus propagandas ateas y por haber levantado contra el padre Pío toda clase de infamias… Cayó gravemente enfermo: ¡Cáncer al estómago!, diagnosticaron unánimemente sus colegas Morcaldi, Merla, Giuva… Intentó acercarse al enfermo el Arcipreste don José Prencipe, pero, nada más verlo, lo despachó el doctor violentamente, arrojando contra él la zapatilla que tenía al alcance de su mano… Pero, poco a poco, ante la insistencia de sus familiares y amigos, entre los que se hallaba el doctor Merla, antes ateo y ahora convertido por el padre Pío en fervoroso cristiano, accedió el ilustre enfermo a que viniera “el fraile estigmatizado”; lo decía con retintín el doctor Ricciardi. Pero añadía: “¡Lo he ofendido tanto! Además tiene prohibido salir del convento para toda clase de visitas!”… Una vez que llegó el padre Pío a la habitación del enfermo, extendió sus brazos como familiarmente solía hacer; se sonrió ampliamente con aquella sonrisa suya característica, abierta, casi infantil. El viejo descreído quedó estupefacto, como fuera de sí. No sabía qué decir. Al fin exclamó: “¡Perdóneme, padre Pío! ¡Perdóneme...!”. El pobre doctor hizo medio inconsciente la señal de la cruz, habló luego con el padre Pío, se confesó, recibió el sacramento de los enfermos, la Sagrada Comunión y, en medio de una serena paz, tal como nunca la había sentido, se preparó a bien morir. Pero, a los tres días, sin saber cómo ni por qué, el médico Ricciardi se sintió totalmente curado. El terrible cáncer, clarísimo para todos sus colegas y para el mismo Ricciardi, había desaparecido».
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Tampoco en esto, en la generosidad, ha cambiado el Padre Pío en el cielo o, en la puerta del cielo, si el Señor le ha concedido quedarse ahí hasta ver entrar al último de sus hijos. Este escrito me lo envía, desde Argentina, la entusiasta promotora de los Grupos de Oración del Padre Pío, Marcela T. González, tal como lo recibió, por correo electrónico, de una devota del Santo, que prefiere permanecer en el anonimato.
«Querida Marcela: Quiero contarte algo extraordinario del Padre Pío: El 23 de junio, yo estaba atendiendo a los peregrinos que iban a rezar ante la imagen del Padre Pío y me comentan que un señor, en el libro de gracias, había puesto un texto muy duro porque, según él, el Padre Pio no le había concedido nada. Yo me quedé pensando, y de golpe le dije al Padre Pio: Nunca me hiciste una gracia, pero ahora te lo pido. Y le pedí que una persona que se había instalado en mi casa y que yo no lograba que se fuera, se fuera; y que pudiera vender mi departamento y mudarme bien. Un poco más tarde le agregué el caso de una amiga que se había quedado sin trabajo. Al día siguiente, me entregaban la señal de compra de mi departamento; a los cinco días, se fue la intrusa de mi casa; y, desde el 23 de agosto, mi amiga está trabajando. Yo vendí mi casa, cancelé una hipoteca, y el 29 de julio ya estaba viviendo en mi nuevo departamento. Tres cosas casi imposibles. Te lo cuento para aumentar la fama del Padre Pío, al que le estoy muy agradecida».
 Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (7)


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Como Jesús, que era llevado por el Espíritu Santo (cfr Mt 4, 1).

Jesús de Nazaret es el fruto del Espíritu Santo en el seno virginal de María (cfr Lc 1,35). Además, al ser bautizado, «y mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma», mientras una voz del cielo lo proclamaba «mi Hijo, el amado» (Lc 3, 21-22).
La vida de Jesús estuvo impulsada siempre por el Espíritu, que «lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo» (Lc 4, 1-2); que, después de ungirlo, lo envió «a evangelizar a los pobres; a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4, 18-19); que lo llenó de alegría para que bendijera a Dios diciendo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a los pequeños» (Lc 10, 21)…
Jesús nos habló del Espíritu Santo, presentándolo como «el Paráclito» (Jn 15, 26), «el Espíritu de la verdad, que nos guiará hasta la verdad plena» (Jn 16, 13), el que dará testimonio de Jesús (cfr Jn 15, 27), aquel por cuyo poder los discípulos perdonarán los pecados a los hombres (cfr. Jn 20, 22-23)…
Y Jesús, ya resucitado, dio el Espíritu Santo a sus discípulos: «Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20, 22); y lo sigue dando a lo largo de los siglos, sobre todo por el sacramento de la Confirmación.
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Del Padre Pío de Pietrelcina dice el padre Gerardo Di Flumeri, en su opúsculo “LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO”, que «siendo todavía niño, tuvo una experiencia extraordinaria de la tercera Persona de la santísima Trinidad, “el dulce huésped de las almas”, el Espíritu Santo. El día de la confirmación, el Espíritu Santo le concedió experimentar tan “dulces mociones” que, a la distancia de los años, ante el recuerdo de las mismas, se sentía “quemar entero por una llama vivísima, que quema, derrite y no causa sufrimiento”».
¿También para el Padre Pío el Espíritu Santo fue “el gran desconocido”? Que lo era para la Iglesia, al menos hasta bien entrado el siglo XX, lo puede acreditar este dato. La correspondencia epistolar entre el Padre Pío y sus dos Directores espirituales, los padres Benedicto y Agustín de San Marco in Lamis, que recoge el tomo I del Epistolario del Padre Pío, se prolongó desde el 22 de enero de 1910 hasta el 11 de mayo de 1922; y las cartas que se intercambiaron son 633. En las escritas por los Directores espirituales, sólo en dos, una del padre Benedicto y otra del padre Agustín, hay una referencia expresa al Espíritu Santo. En las del Padre Pío encontramos siete, seis de ellas como breve saludo, en el que desea uno o varios de los dones que otorga el Espíritu Santo a los fieles. Me referiré a estos dones, al tratar de las cartas de orientación espiritual del Capuchino de Pietrelcina.
Un dato muy llamativo es que la referencia al Espíritu Santo que el padre Benedicto le ofreció en carta de setiembre de 1910, el Fraile capuchino la transmitió, casi al pie de la letra, a Jerónima Longo, en carta de 15 de abril de 1918. ¿Leía el Padre Pío con frecuencia las cartas de sus Directores espirituales y esto le permitía comunicar a otros lo que le habían escrito a él, incluso muchos años antes?  Pienso más bien que el Santo de Pietrelcina puso en práctica con tanta fidelidad lo que le propuso el padre Benedicto que pudo recordarlo con precisión ocho años más tarde. Esto es lo que le escribió el padre Benedicto: «El único consejo que puedo darte es que no realices nada que no sea lo que el Espíritu Santo quiere hacer en ti. Abandónate a sus impulsos y no temas; él es tan sabio, suave y discreto que no causa más que el bien, sobre todo cuando los gozos interiores van acompañados de un dulce y profundo sentimiento de humildad. [Estos impulsos] no deben suscitar sospecha alguna y es necesario ensanchar el corazón para recibirlos».
 Llama también la atención que lo que no encontramos en la correspondencia epistolar entre el Padre Pío y sus Directores espirituales lo tenemos en las cartas que el Fraile capuchino escribió a las personas a las que orientaba espiritualmente por este medio. Cartas que, como se sabe, están publicadas en los tomos II, III y IV del Epistolario. Para no alargarme más de lo que permite este escrito, indico lo que sigue:
- En las cartas del Padre Pío no tenemos, es cierto, un tratado bien elaborado sobre el Espíritu Santo; pero encontramos todos los aspectos de su acción santificadora en las almas. Además, con esta gran ventaja: que el Padre Pío, al presentar a sus hijos espirituales la acción santificadora del Espíritu Santo, se apoya en gran medida en su experiencia personal.
- El Padre Pío se refería con mucha frecuencia al misterio de la inhabitación de la Trinidad en el alma en gracia, buscando que sus hijos espirituales tomaran conciencia clara de ser templos vivos del Espíritu Santo. Y, como consecuencia, les pedía:
§  Gran respeto al «dulce huésped del alma», para pasar del respeto a la intimidad con él.
§  Atención constante al Espíritu santificador, para acoger sus dones de luz, amor, fuerza, paz, gozo, paciencia, delicadeza, bondad, cortesía, mansedumbre, fidelidad…
§  Colaboración diligente en todo lo que el Espíritu quiera realizar en nuestras almas y, por medio de nosotros, en beneficio de los demás.
- En el breve saludo con que el Padre Pío iniciaba casi todas sus cartas, son frecuentes las referencias al Espíritu Santo, y en ellas encontramos, como deseo a los destinatarios de las mismas, todos los dones que otorga el Espíritu Santo; entre otros, los que acabo de enumerar.
- Otorgar el Espíritu Santo es prerrogativa de Dios, y en esto el Padre Pío no puede ser llamado “fotocopia de Cristo”. Pero sí nos ha dejado, a ejemplo de Jesús, enseñanzas muy claras sobre cómo ser dóciles al Espíritu y cómo colaborar con él. Cito sólo tres: «Abrid vuestro corazón a los carismas del Espíritu Santo, que espera cualquier gesto de vuestra parte para enriqueceros»; «Dé libertad plena a la libre actuación del Espíritu Santo, esforzándose por reproducir en su vida las virtudes cristianas y, con preferencia sobre todas las demás, la santa humildad y la caridad cristiana»; «¿Queremos vivir espiritualmente, esto es, movidos y guiados por el Espíritu del Señor? Seamos avispados en mortificar el espíritu propio, que se engríe y nos hace vehementes; esforcémonos en suma por reprimir la vanagloria, la iracundia, la envidia: tres espíritus malignos que esclavizan a la mayor parte de los hombres y se oponen tremendamente al Espíritu del Señor».
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Porque al recibir el sacramento de la confirmación tuvo una experiencia extraordinaria del Espíritu Santo, como Jesús al ser bautizado en el Jordán;  porque, como Jesús, actuó a impulsos del Espíritu; porque, como Jesús, nos ha enseñado todos los aspectos de la acción santificadora del Espíritu Santo en las almas, llamamos al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.

Elías Cabodevilla Garde

Agosto: días 11 al 17.


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11.  Si hemos de tener paciencia para soportar las miserias de los demás, mucho más debemos soportarnos a nosotros mismos.
En tus infidelidades diarias, humíllate, humíllate, humíllate siempre. Cuando Jesús te vea humillado hasta el suelo, te alargará la mano y se preocupará él mismo de atraerte hacia sí (AP).

12.  Tú has construido mal. Destruye y vuelve a construir bien (AdFP, 553).

13.  ¿Qué otra cosa es la felicidad sino la posesión de toda clase de bienes que hace al hombre plenamente feliz? Pero ¿es posible encontrar en este mundo alguien que sea plenamente feliz? Seguro que no. El hombre habría sido él mismo si se hubiese mantenido fiel a su Dios. Pero como el hombre está lleno de delitos, es decir, lleno de pecados, no puede nunca ser plenamente feliz. Por tanto, la felicidad sólo se encuentra en el cielo. Allí no hay peligro de perder a Dios, ni hay sufrimientos, ni muerte, sino la vida sempiterna con Jesucristo (CS, n.67, p.172).

14.  Padre, ¡qué bueno es usted!
- Yo no soy bueno, sólo Jesús es bueno. ¡No sé cómo este hábito de San Francisco que visto, no huye de mí! El mayor delincuente de la tierra es oro comparado conmigo (T, 118).

15.  La humildad y la caridad caminan siempre juntas. La primera glorifica y la otra santifica.
La humildad y la pureza de costumbres son alas que elevan hasta Dios y casi nos divinizan (T, 54).

16.  Humíllate siempre y amorosamente ante Dios y ante los hombres, porque Dios habla al que tiene un corazón sinceramente humilde ante él. Dios lo enriquece con sus dones (T, 54).

17.  Miremos primero hacia arriba y después mirémonos a nosotros mismos. La distancia sin límites entre el azul del cielo y el abismo produce humildad (T, 54).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue haciéndose presente… por otra forma de “bilocación”.


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Entre los muchos dones extraordinarios que el Padre Pío recibió del Señor tenemos que poner el de la “bilocación”. El término “bilocación” quiere decir estar en dos lugares al mismo tiempo. ¿Sólo en dos lugares? Sería más difícil constatarlo, pero ¿por qué no en tres, en cuatro, en más lugares a la vez, si así lo deseara el Señor?
El Padre Pío fue consciente de sus bilocaciones. La que tuvo lugar en enero de 1905 la manifestó por escrito al padre Agustín de San Marco in Lamis de este modo: «Hace unos días me sucedió algo insólito mientras me encontraba en el coro con fray Anastasio; serían entonces sobre las 23 horas del día 18 del mes pasado; me encontré lejos, en una casa señorial, en la que, mientras moría el padre, venía al mundo una niña. Se me apareció entonces María santísima que me dijo: “Te confío esta criatura. Es una piedra preciosa sin labrar: trabájala, brúñela, vuélvela lo más reluciente posible, porque quiero un día adornarme con ella. No dudes. Será ella la que vendrá a ti, pero antes la encontrarás en San Pedro”. Después de todo esto, me he encontrado de nuevo en el coro». En sus cartas de orientación espiritual el Padre Pío señala al menos tres ocasiones en las que el Señor le concedió hacerse presente en otros lugares, siempre para llevar consuelo y esperanza en situaciones especialmente difíciles para las personas a las que visitaba de este modo. En junio de 1921, a monseñor Rafael Carlos Rossi, un Visitador Apostólico enviado por el Vaticano, que le interrogó sobre este tema y le pidió «que exponga casos concretos», el Padre Pío, después de referirse a dos, añadió: «Creo que han sucedido otros casos; pero éstos son los que recuerdo».
A juzgar por los muchísimos testimonios que encontramos en las biografías del Padre Pío, tenemos que hacer nuestras esas palabras del Fraile capuchino a Monseñor Rossi: «Creo que han sucedido otros casos». Y, al parecer, esos casos tienen lugar también hoy, en la etapa posterior a la muerte del Santo de Pietrelcina; al menos en el sentido de que se sigue haciendo presente -¿sin abandonar el cielo, o la puerta del cielo si es que el Señor le concedió lo que deseaba el Capuchino: «Cuando me llame el Señor, le diré: Señor, yo no entro en el cielo, me quedo en la puerta hasta ver entrar al último de mis hijos»?-, y con el mismo objetivo con que se “bilocaba” en vida: llevar consuelo y esperanza.
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Como título de este escrito he puesto «Sigue haciéndose presente…por otra forma de “bilocación”». Espero, y deseo, que llamar “bilocación” a esa otra forma de hacerse presente no implique para nadie una profanación ni del vocablo ni de ese don extraordinario que el Señor concede a algunos y concedió al Padre Pío.
La información la he pedido a la ciudad de Santa Fe (Argentina), a Claudia Sutter, devota del Padre Pío y promotora de la devoción al Santo capuchino por muchos medios; también, desde el año 2003, por el de las “imágenes itinerantes”, como respuesta al «Padre Pío de quien tuve una manifestación fortísima un año antes».
El proyecto lo comenzó Claudia con un retrato del Padre Pío, que le llegó desde San Giovanni Rotondo, al que unió «un cuaderno de apuntes con la idea de que quienes lo recibieran pudieran plasmar por escrito peticiones, agradecimientos o gracias concedidas»; otro, con oraciones; y un tercero, «con una reseña biográfica del Santo para quienes aún no le conocían o quisieran conocerlo con más profundidad». El objetivo fundamental del proyecto: «Que se conociera su espiritualidad, por entonces poco conocida en la Provincia de Santa Fe, y también para que muchas almas llegaran a Dios motivadas por el ejemplo y la intercesión del Santo capuchino italiano».
El desarrollo del proyecto y la realidad actual del mismo Claudia Sutter los describe así: «Lo que comenzó como una tímida iniciativa personal -entre familiares y amigos- fue muy pronto una gran demanda. Yo, motivada y entusiasmada por los resultados, que estimularon a muchas almas, en su gran mayoría alejadas de la Iglesia y de la fe, a orar, preferentemente el Rosario, y a acercarse a DIOS a través de los sacramentos, vi que tenía que aumentar el número de imágenes. Hoy son nueve, peregrinando simultáneamente por diversos puntos de la ciudad, con personas que colaboran en la tarea de llevarlas de un hogar a otro, convirtiéndose así en misioneros del Padre Pío.
Las imágenes permanecen 9 días en cada hogar, para que la familia pueda hacer la novena al Santo. Hay familias que piden tenerla otros nueve días para otra novena de acción de gracias por favores recibidos. Estos favores son con frecuencia también de orden material: curación de enfermedades, problemas económicos que se solucionan, relaciones familiares que se restablecen…Son muchos más los de orden espiritual: conversiones extraordinarias de las que soy testigo privilegiada. No faltan quienes, incluso en la primera visita de “la imagen itinerante”, quedan conquistados por el Padre Pío y motivados a una vida cristiana ejemplar».
Sé que el proyecto que lleva a cabo Claudia Sutter en Argentina, dado a conocer en el libro de José María Zavala, “Los milagros desconocidos del Santo de los estigmas”, está siendo imitado en otros lugares del mundo. En resumen: El Padre Pío que «Sigue haciéndose presente… por otra forma de “bilocación”».
Elías Cabodevilla Garde

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (4).


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Como indiqué en el último escrito de esta etiqueta de la página web, fueron muchos los medios que usó el Padre Pío para llevar a cabo la “misión grandísima” que le había confiado el Señor. El que presenté en aquel escrito: la oración, lo tuvo siempre a su alcance. No así el que ahora voy a reseñar: la correspondencia epistolar.
El Epistolario del Padre Pío de Pietrelcina está publicado en cuatro tomos.
- El tomo I, de 1387 páginas, recoge la correspondencia epistolar entre el Padre Pío y sus Directores espirituales, los padres Benedicto y Agustín, ambos de San Marco in Lamis. Son 633 cartas: 334 del Padre Pío, 197 del padre Agustín y 102 del padre Benedicto. La primera carta es del padre Benedicto y lleva fecha de 2 de enero de 1910, y la última del Padre Pío al padre Agustín y está fechada el 11 de mayo de 1922.
- El tomo II, de 584 páginas, ofrece los 98 escritos que se intercambiaron el Padre Pío y Raffaelina Cerase, desde el 24 de marzo de 1914 hasta 30 de diciembre de 1915. De la pluma del Padre Pío salieron 56 y 41 de la de Raffaelina Cerase.
- En el tomo III, de 1176 páginas, tenemos las cartas del Fraile capuchino a las hijas espirituales en los años 1915 a 1923. En total: 384 cartas.
- Y en el tomo IV, de 1174 páginas, encontramos las que el Padre Pío dirigió a destinatarios muy diversos, entre los que encontramos al Papa Pablo VI, al Cardenal Augusto Silj, a Obispos, a Superiores generales o provinciales de la Orden capuchina, al Alcalde de San Giovanni Rotondo, a sacerdotes y religiosos, a seglares…, a su sobrina Pía Forgione. La primera carta lleva fecha de 5 de octubre de 1901 y el futuro Padre Pío la dirige a su padre, que había emigrado a América; y la última, de 12 de septiembre de 1968, tiene como destinatario al Papa Pablo VI. En total: 466 cartas.
Al Padre Pío, como consecuencia de las informaciones falsas y calumniosas que fueron llegando al Vaticano, el Santo Oficio, hoy Doctrina de la Fe, le mandó, en junio de 1922, interrumpir toda comunicación con el padre Benedicto, su primer Director espiritual, lo que supuso también el fin de la correspondencia con su otro Director espiritual, el padre Agustín. Y, en junio del año siguiente el mandato fue más absoluto: «No responder en adelante, ni por sí mismo ni por otros, a aquellos que se dirigieran a él en busca de consejos, de gracias o por otros motivos». Terminó así la sabia orientación espiritual que el Santo de Pietrelcina ofrecía por este medio de la correspondencia epistolar a tantas personas.
Dos preguntas frecuentes en los que desean beneficiarse hoy de las enseñanzas del Padre Pío son éstas: - Los que no sabemos la lengua italiana, ¿tenemos acceso al Epistolario del Padre Pío? - Si las páginas del Epistolario del Padre Pío son unas 4.000, ¿a dónde acudir en primer lugar?
- Sé que los tres primeros tomos del Epistolario están traducidos al inglés. Al español sólo está traducido el tomo II. Se pueden adquirir en San Giovanni Rotondo, en las oficinas de lengua inglesa y de lengua española de Voce di Padre Pio. Para las personas de lengua española puede ser una buena ayuda el libro “365 días con el Padre Pío”, editado en España por “San Pablo” y en México por “Pío Pioducciones, S.A. de C.V.”, pues todos los mensajes que ofrece están tomados del Epistolario.
- Como respuesta a la segunda pregunta puedo ofrecer estos datos:
* En el tomo I del Epistolario hay un hecho llamativo: el Padre Pío, sin dejar de ser el Dirigido espiritual de los padres Benedicto y Agustín, se convierte pronto en Director espiritual de sus Directores espirituales. En la Introducción del Epistolario, los Editores del mismo, los padres Melchor de Pobladura y Alesandro de Ripabottoni, escriben esto: «Es innegable que ellos, ya desde los primeros años, en sus dificultades espirituales recurrían al discípulo en busca de orientación y seguían sus propuestas, porque sabían muy bien que no eran sólo fruto de la ciencia o experiencia humana sino también de una luz superior». Y, en relación al Padre Pío, después de recalcar que asumía el papel de Maestro y de Director de sus Maestros y Directores, no por propia iniciativa, sino ante la petición expresa y repetida de éstos, afirman: «Él desaparece detrás de la autoridad de Dios; es consciente de que transmite un mensaje que no es suyo sino de Jesús y, en consecuencia, cumple su misión no sin cierta audacia y con un lenguaje claro y concreto; exige que ese mensaje sea aceptado sin discusión y puesto en práctica con prontitud y fidelidad, aunque sabe endulzarlo sabiamente con amables excusas». La consecuencia es clara: al menos los sacerdotes y los religiosos podemos encontrar sabias orientaciones en nuestro camino hacia la santidad en las que el Padre Pío ofreció a los padres Benedicto y Agustín.
* En la Presentación de la edición española del tomo II del Epistolario, que me correspondió preparar, se lee lo siguiente: «El EPISTOLARIO del Padre Pío es, sin duda, un hermoso regalo del Señor a su Iglesia. Lo fue para las almas que tuvieron la suerte de tener al Santo de Pietrelcina por padre espiritual a través de sus cartas, lo sigue siendo para los que se acercan a estos escritos de dirección espiritual en busca de luz y de estímulo en su peregrinar hacia su destino eterno, y no se equivocará quien afirme que lo va a ser hasta los últimos momentos de los últimos seguidores de Cristo en esta tierra».
* Si del Epistolario en su totalidad se puede afirmar que es «un hermoso regalo de Dios a la Iglesia», cabe decirlo con más razón del tomo II, que, como se ha dicho antes, recoge los escritos que se intercambiaron el Padre Pío y Raffaelina Cerase. Raffaelina fue la primera hija espiritual del Padre Pío, a la que orientó por carta, desde Pietrelcina, durante dos años, hasta pocas semanas antes de la muerte, y personalmente desde el día 17 de febrero de 1916 hasta el 25 de marzo, desde el convento de Santa Ana de Foggia. Si a los datos que se han reseñado, añadimos que Raffaelina buscó apasionadamente la santidad y que, para conseguirla, profesó en la Orden Franciscana Seglar y tuvo como Director espiritual al padre Agustín de San Marco in Lamis y después, por recomendación de éste, al Padre Pío; que intuyó la misión grandísima que el Señor encomendaba a su Director espiritual y que ofreció su vida por él al Señor para que, libre de sus enfermedades misteriosas o con ellas, regresara a la vida conventual y se dedicara de lleno al ministerio del confesonario…, es fácil deducir «que tenemos entre manos un valioso y completo manual de vida cristiana, y no precisamente para los que inician este camino en el seguimiento de Cristo, sino para los que, como el Padre Pío y Raffaelina Cerase, buscan las altas metas de la santidad».
Elías Cabodevilla Garde

Agosto: días 4 al 10.


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4.  Hay algunas diferencias entre la virtud de la humildad y la del desprecio de uno mismo, porque la humildad es el reconocimiento de la propia bajeza; ahora bien, el grado más alto de la humildad consiste, no sólo en reconocer la propia bajeza, sino en amarla; a esto, pues, os exhorto yo (Epist.III, p.566).

5.  No os acostéis jamás sin haber examinado antes vuestra conciencia sobre cómo habéis pasado el día, y sin haber dirigido todos vuestros pensamientos a Dios, para hacerle la ofrenda y la consagración de vuestra persona y la de todos los cristianos. Ofreced además para gloria de su divina majestad el descanso que vais a tomar y no os olvidéis nunca del ángel custodio, que está siempre con vosotros (Epist.II, p.277).

6.  Debes insistir principalmente en lo que es la base de la justicia cristiana y el fundamento de la bondad, es decir, en la virtud de la que Jesús, de forma explícita, se presenta como modelo; me refiero a la humildad. Humildad interior y exterior, y más interior que exterior, más vivida que manifestada, más profunda que visible. Considérate, mi queridísima hija, lo que eres en realidad: nada, miseria, debilidad, fuente sin límites y sin atenuantes de maldad, capaz de convertir el bien en mal, de abandonar el bien por el mal, de atribuirte el bien o justificarte en el mal, y, por amor al mismo mal, de despreciar al sumo Bien (Epist.III, p.713).

7.  Estoy seguro de que deseáis saber cuáles son las mejores humillaciones. Yo os digo que son las que nosotros no hemos elegido, o también las que nos son menos gratas, o mejor dicho, aquéllas a las que no sentimos gran inclinación; o, para hablar claro, las de nuestra vocación y profesión. ¿Quién me concederá la gracia, mis querídimas hijas, de que lleguemos a amar nuestra propia bajeza? Nadie lo puede hacer sino aquél que amó tanto la suya que para mantenerla  quiso morir. Y esto basta (Epist.III, p.568).

8.   Yo no soy como me ha hecho el Señor, pues siento que me tendría que costar más esfuerzo un acto de soberbia que un acto de humildad. Porque la humildad es la verdad, y la verdad es que yo no soy nada, que todo lo que de bueno hay en mí es de Dios. Y con frecuencia echamos a perder incluso aquello que de bueno ha puesto Dios en nosotros. Cuando veo que la gente me pide alguna cosa, no pienso en lo que puedo dar sino en lo que no sé dar; y por lo que tantas almas quedan sedientas por no haber sabido yo darles el don de Dios.
El pensamiento de que cada mañana Jesús se injerta a sí mismo en nosotros, que nos invade por completo, que nos da todo, tendría que suscitar en nosotros la rama o la flor de la humildad. Por el contrario, he ahí cómo el diablo, que no puede injertarse en nosotros tan profundamente como Jesús, hace germinar con rapidez los tallos de la soberbia. Esto no es ningún honor para nosotros. Por eso tenemos que luchar denodadamente para elevarnos. Es verdad: no llegaremos nunca a la cumbre sin un encuentro con Dios. Para encontrarnos, nosotros tenemos que subir y él tiene que bajar. Pero, cuando nosotros ya no podamos más, al detenernos, humillémonos, y en este acto de humildad nos encontraremos con Dios, que desciende al corazón humilde (GB, 61).

9.  La verdadera humildad del corazón es aquélla que, más que mostrarla, se siente y se vive. Ante Dios hay que humillarse siempre, pero no con aquella humildad falsa que lleva al abatimiento, y que produce desánimo y desesperación.
Hemos de tener un bajo concepto de nosotros mismos. Creernos inferiores a todos. No anteponer nuestro propio interés al de los demás (AP).

10.  En este mundo ninguno de nosotros merece nada; es el Señor quien es benévolo con nosotros, y es su infinita bondad la que nos concede todo, porque todo lo perdona (CE, 47).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde