Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Archive for abril 2013

Asociado a la pasión de Cristo por los sufrimientos causados por sus hermanos en religión (2).


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En mi escrito anterior en esta etiqueta de la página web, expresé mi convencimiento de que, si los sufrimientos físicos con los que el Señor asoció al Padre Pío a la pasión de Cristo fueron fuente de dolores agudísimos y constantes para el Fraile de los estigmas, lo fueron mucho más los sufrimientos morales; y, entre éstos, los que hirieron más profundamente su espíritu fueron los causados por algunos de sus hermanos en religión. Hoy tengo que añadir que, entre éstos últimos, los más hirientes tuvieron lugar entre los meses de mayo y septiembre de 1960.

También en estos sufrimientos el Padre Pío supo ver lo que aconsejaba en estas palabras, que ya he citado en otro lugar: «Tras la mano del hombre que se manifiesta veamos la mano de Dios que se oculta». Y probablemente no le resultó difícil descubrir esto, pues lo que Dios le pidió en estos meses ya se lo había exigido a Jesucristo en las horas de su pasión. Lo recordé en otro escrito publicado en esta página web: «… para Cristo fueron muy dolorosos los azotes, la coronación de espinas, el peso de la cruz, los clavos…; lo fueron mucho más los insultos, las bofetadas, los salivazos…; y más todavía el beso traidor de Judas, las negaciones de Pedro, el abandono de los suyos…».

En el caso del Padre Pío, y refiriéndome sólo a los Capuchinos, el beso traidor se lo dio el padre Justino de Lecce; las negaciones le vinieron de fray Maseo de San Martino in Pensilis y del padre Daniel de Roma; y, porque no es fácil eximirlos de responsabilidad, entre los que abandonaron al Capuchino de Pietrelcina hay que poner al menos al padre Clemente de Milwaukee, Superior general de los Capuchinos, al padre Buenaventura de Pavullo, Consejero general del Superior general de los Capuchinos, al padre Amadeo de San Giovanni Rotondo, Superior provincial de la Provincia capuchina de Foggia, y al padre Emilio de Matrice, Superior de la Fraternidad capuchina de San Giovanni Rotondo.

De lo que sucedió en torno al Padre Pío en los años 1958 a 1964 se puede repetir lo que el padre Clemente de Milwaukee, Superior general de los Capuchinos hasta esta fecha, dijo, en mayo de 1964, en el Capítulo general de la Orden: «El asunto está tan complicado, tan enrevesado, que no es posible ni que se nos explique ni que se nos aclare ni que se nos desentrañe en este lugar. Sobre todo, porque las cosas que habría que decir para entender algo del mismo, no se me permite darlas a conocer. Sea suficiente saber esto: todo lo que hemos hecho, lo mismo en la Provincia de Foggia que a cada uno de los Hermanos, se ha llevado a cabo después de informar a la autoridad eclesiástica y las más de las veces por mandato de la misma».

Para mantener esta afirmación basta leer con detenimiento, en el volumen IV del “Proceso de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Pío de Pietrelcina”, el amplio y documentado estudio del padre Alejandro de Ripabottoni, titulado “Registrazioni” (grabaciones). Aunque las 46 páginas del mismo buscan hacer luz sobre el tema, al leer lo escrito en ellas, las dudas y las preguntas surgen una tras otra, y no tanto por lo que se afirma cuanto por lo que se omite.

Mi intención en este escrito es referirme sólo al tema de los micrófonos y de la grabación de conversaciones del Padre Pío sin su conocimiento y a sus espaldas, y sólo a los Capuchinos implicados en estos hechos. Si cito a personas ajenas a la Orden capuchina es con la única finalidad de que la mayor o menor culpabilidad de los Capuchinos que he mencionado, si es que la tuvieron, aparezca en su justa medida.

Como apoyo para entrar en un tema tan delicado, quiero citar unas palabras del cardenal Lercaro, que conoció muy de cerca al Padre Pío. Las pronunció el 8 de diciembre de 1968, a los dos meses y medio de la muerte del Santo de Pietrelcina, en un acto conmemorativo que organizaron los Capuchinos de Bolonia. Refiriéndose a los sucesos de los años 1958-1964, después de pronunciar estas duras palabras: «Viejas pasiones de hombres desbordados por la vida y nuevas apetencias de dinero levantaron con increíble audacia y cínica crueldad otra persecución contra el justo desarmado… Experimentó la angustia de procedimientos arbitrarios, de medidas severísimas, injuriosas, perversas…», añadió: «Sus propios hermanos de religión le atormentaron, y aquel que según la tradición de los Capuchinos se le había dado como bastón de su ancianidad fue el miserable que llevó hasta el sacrilegio su beso traidor… y, como Jesús, callaba».

• 1. Estos son los hechos:

- La colocación de los micrófonos y de los otros elementos necesarios para las grabaciones fue obra del padre Justino de Lecce. El padre Justino era el “ángel de la guarda” que suelen dar en algunas casas religiosas a los ancianos y a los religiosos que no pueden valerse por sí mismos. Llevaba tres años cumpliendo este cometido en relación al Padre Pío.

- En esa labor, absolutamente reprobable, de colocar los sistemas de grabación, el padre Justino de Lecce fue ayudado activamente por fray Maseo de San Martino in Pensilis. Fray Maseo era un capuchino laico, cumplidor y responsable en los oficios que se le asignaban, pero con una personalidad fácilmente influenciable por aquellos en los que ponía su confianza o que lograban conquistársela. 

- El padre Daniel de Roma tuvo en todo esto dos cometidos: transcribir con buena letra y en buen papel el contenido de las cintas y hacer llegar tanto las cintas grabadas como la transcripción de las mismas, bien personalmente bien por otros medios seguros y rápidos, a monseñor Umberto Terenzi o, en el caso de que esto no fuera posible, al padre Buenaventura de Pavullo, en la Curia general de Capuchinos de Roma. El padre Daniel ingresó en la Orden capuchina a los 27 años. Tras los sucesos a los que me estoy refiriendo, fue trasladado a la Provincia capuchina de Toscana, pidió después pasar al clero secular y terminó dejando el ejercicio del sacerdocio.

- Del hecho de que se estaban realizando estas grabaciones eran sabedores, entre otros Capuchinos, el padre Clemente de Milwaukee, Superior general de la Orden capuchina, el padre Buenaventura de Pavullo, Consejero general por Italia del Superior general, el padre Amadeo de San Giovanni Rotondo, Superior provincial de la Provincia capuchina de Foggia, y el padre Emilio de Matrice, Superior de la Fraternidad capuchina de San Giovanni Rotondo.

- Aunque no pertenecen a la Orden capuchina, motivo por el que no quiero formular ningún juicio sobre ellos, tengo que referirme aquí a sor Lucina y a don Umberto Terenzi.

Sor Lucina, religiosa de las Esclavas del Sagrado Corazón, de la comunidad de Città di Castello, se confesaba y era atendida espiritualmente por el padre Justino, que la tenía por santa. Ella, enriquecida a su juicio con revelaciones del cielo, sabía que el Padre Pío estaba poseído por el demonio y en grave peligro de condenación por sus pecados de fornicación con mujeres del entorno. Además, tenía la misión, confiada por el Señor, de salvar al Padre Pío; y el padre Justino era su colaborador e intermediario en esta misión. Cómo se consiguió que se le autorizara a trasladarse de su convento de Città di Castello a San Giovanni Rotondo y, más tarde, que la Superiora general de la Congregación le permitiera permanecer aquí «mientras fuere necesario», no es fácil saberlo. El padre Justino marchaba con frecuencia, siempre después de la cena, a la casa particular donde vivía su dirigida espiritual para recibir sus instrucciones. Entre éstas, debió estar la de los exorcismos al “poseído por el demonio”, pues fray Celestino Di Muro, capuchino laico de la Fraternidad de San Giovanni Rotondo, sorprendió una noche al padre Justino cuando, desde el pasillo, rezaba y asperjaba con agua bendita la celda n. 1, en la que descansaba el Padre Pío. Al padre Justino le acompañaba fray Maseo.

* Monseñor Umberto Terenzi era el Párroco del Santuario del Divino Amor de Roma. Se consideraba amigo de Capuchinos de la Curia general, de altas personalidades de la Congregación vaticana del Santo Oficio, de monseñor Loris Capovilla, Secretario del Papa Juan XXIII… Daba órdenes y mandatos en nombre de altas Jerarquías de la Iglesia. En relación al Provincial de Capuchinos de Foggia y al Superior de Capuchinos de San Giovanni Rotondo, decía actuar «en nombre de vuestro Padre Reverendísimo. Por tanto, excusad, me tenéis que obedecer». El 21 de abril de 1960, a los tres días de que llegara a San Giovanni Rotondo monseñor Crovini, Visitador apostólico enviado por el Santo Oficio, pudo escribir al padre Justino lo que sigue, pues ya lo habían tramado todo para que se enviara otro Visitador, monseñor Maccari: «No se inquiete su corazón ni por Crovini ni por otro motivo. En cuanto a su audiencia no se preocupe; si le parece, escríbame todo a mí y el Papa lo sabrá todo personalmente. ¿No ha confiado nuestra buena causa a nuestra Señora del Divino Amor? Entonces, esté tranquilo. Nuestra Señora del Divino amor está trabajando muy bien, por una vía directísima y decisiva con el mismo Santo Padre. Fíese totalmente del padre Buenaventura, con el que estoy trabajando al unísono por el objetivo que usted me ha encomendado. Crovini no tiene encargo alguno; se lo aseguro no en mi nombre sino en nombre de sus superiores mayores en el Santo Oficio. No podrá impedir las decisiones santas que esperamos y que son totalmente contrarias a cuanto esperan y creen que van a alcanzar con él los distintos compadres y comadres de San Giovanni Rotondo. Escriba todo y con urgencia al padre Buenaventura: todas las cartas son revisadas y tenidas en cuenta en altísimo lugar. Pero, sobre todo, ¡oración! Satanás se agita, pero la Virgen María lo vencerá. Ave María. Afectísimo Umberto Terenzi». En otra carta al padre Justino, de 27 de junio de 1960, le decía: «Lo dispuesto vale, por orden superior, también para el padre Daniel M. de Roma y para el padre guardián y para el padre provincial. Bajo el secreto del Santo Oficio.

• 2. ¿De quién nació la idea de instalar los micrófonos y realizar las grabaciones?

- El padre Justino, en su declaración en el “Proceso de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Pío de Pietrelcina”, afirma que la idea fue suya; y recalca que no tuvo ni autorización ni invitación ni mandato ni de la Curia general de los Capuchinos ni de otra autoridad. Afirmación difícilmente creíble si se tienen en cuenta estos dos datos: que la grabación la hizo llegar enseguida a don Umberto Terenzi, y que esa primera grabación tuvo lugar, según confesión del padre Justino, hacia la mitad de mayo; por tanto, medio mes más tarde de la carta que le dirigió don Terenzi el 27 de abril, que antes he transcrito.

- Si estas afirmaciones del padre Justino son verdaderas y las informaciones que buscaba con esas grabaciones eran las que luego indicaré, hay que decir que muy pronto se asociaron a su proyecto tanto monseñor Umberto Terenzi como el padre Buenaventura de Pavullo. Pero éstos buscando otra clase de informaciones y, para ello, urgiendo la instalación de los micrófonos en otros lugares, como el saloncito del piso primero, la celda n. 5 del convento y quizás...

• 3. ¿Dónde se instalaron los micrófonos? Ciertamente:

- En el locutorio de la planta baja del convento, donde el Padre Pío solía recibir a los fieles, sobre todo a sus hijas espirituales, y donde también solía confesar.

- En el saloncito del piso primero del convento, donde el Padre Pío recibía en casos especiales, siempre a hombres porque está dentro de la clausura, y donde también solía confesar.

- En la celda n. 5 del convento, que el Padre Pío había usado desde su llegada a San Giovanni Rotondo el 4 de septiembre de 1916 hasta que, en la década de los 40, lo pasaron a la habitación n. 1, porque ésta era un poco más amplia, se podía llegar a ella sin pasar por la clausura y junto a ella había una pequeña terraza, con un ventanal abierto a la huerta, que le permitía respirar aire fresco tras las muchas horas de labor pastoral en la iglesia, sobre todo en el confesonario. El Padre Pío seguía usando la celda n. 5, y en ella recibía a las personas que le ayudaban en la administración de la “Casa Alivio del Sufrimiento”, especialmente a Ángel Battisti. También aquí confesaba a veces el Padre Pío.

- ¿Pusieron los micrófonos también en el confesonario, sea en el de las mujeres en la iglesita, sea en el de los hombres en la sacristía? El padre Justino negó que se hubieran grabado confesiones y, como consecuencia, la instalación de micrófonos en los confesonarios. No faltan quienes afirman lo contrario y quienes aseguran que el padre Justino y fray Maseo lo intentaron en el confesonario de la iglesita pero que desistieron al no encontrar un modo discreto de pasar los cables hasta el mismo. Incluso, en los muchos escritos sobre este tema, al Padre Pío se le hace afirmar y negar la misma realidad. En la biografía “Padre Pio da Pietrelcina” de Luigi Peroni podemos leer el testimonio de una hija espiritual del Padre Pío, de Torino, que, al difundirse la noticia, viajó a San Giovanni Rotondo y, en confesión, preguntó a su padre espiritual: «Padre, ¿pero es verdad lo de las grabaciones en el confesonario» y él le respondió: «¡Cómo no, hija mía, es verdad y cómo! Cuando yo estaba en el confesonario trabajaban arriba, y cuando yo estaba arriba, trabajaban aquí». El padre Alejandro de Ripabottoni, en cambio, cita el testimonio de Giovanna Boschi, a quien, en confesión, ante su temor de que sus confesiones hubieran sido grabadas, el Padre Pío le dijo: «Hija mía, en este confesonario no ha habido nunca un aparato de grabación».

- De lo que, al parecer, no cabe duda es de que se grabaron confesiones, tanto de hombres como de mujeres. Son muchos los testimonios que lo confirman. Testimonios de los que, en las dependencias del Santo Oficio, a donde iban a parar las cintas grabadas, escucharon, con gran sorpresa y explicable rechazo, sus propias confesiones con el Padre Pío. Y testimonios de personas a las que, los que habían escuchado las cintas grabadas, les habían repetido contenidos de su confesión al Padre Pío y de lo que éste les había dicho en ella. ¿Fueron todas grabadas en los lugares que antes he indicado, que no eran el confesonario pero en los que el Padre Pío también confesaba? No es fácil afirmarlo.

- La primera grabación tuvo lugar en el mes de mayo de 1960, probablemente el día 9. Y esta infame labor se prolongó al menos durante tres meses. El padre Justino, que, en su declaración en el mencionado Proceso, afirmó que sólo tenía un aparato para grabar, que lo iba pasando de un sitio a otro según conviniera, en otros momentos de la declaración habló de grabadores en plural. Los escritos sobre este tema dan la cifra de 36/37 cintas grabadas por ambos lados. Las cintas, y la transcripción de las mismas cuando se hacía, llevadas a Roma por los medios que antes he indicado, eran escuchadas o leídas por don Terenzi que, tras la selección oportuna, las hacía llegar al Santo Oficio y a otros Organismos de la Santa Sede.

4. ¿Qué se buscaba con estas grabaciones a espaldas del Padre Pío?

- El padre Justino, en su declaración en el Proceso, afirma que «En el ambiente de las “pie donne” (piadosas mujeres) se decía que, de un momento a otro, se tomarían graves providencias contra el padre provincial, el guardián y los otros frailes, que serían trasladados… Difundían estas voces cuando salían del locutorio donde se habían encontrado con el Padre Pío, lo que nos hacía pensar que esto era un complot contra nosotros, organizado en nuestra casa. Cuando digo “nosotros” me refiero a mí y a fray Maseo. La idea de usar los grabadores me vino con la intención de conocer dónde se preparaba este golpe y de qué ambientes o personas provenía».

- Si lo anterior es verdad, hay que decir que el padre Justino pasó muy pronto a lo que había sido su obsesión enfermiza desde muy joven. El padre Pellegrino Funicelli declaró en el mencionado Proceso, por tanto bajo juramento de decir la verdad, que «el padre Justino era un enfermo en relación al sexto mandamiento y que, desde sus años de estudiante de teología, creía poseer cualidades ocultas y se servía del péndulo para determinar, y como consecuencia acusar, quién de los compañeros había consentido en pensamientos impuros o había cometido actos impuros». Y el padre Justino, sin pretenderlo, dejó muy clara esta su obsesión al declarar: «Habiendo escuchado la primera grabación y habiéndome parecido alarmante por lo que se refería al Padre Pío y a la preeminente mujer (sin duda, Cleonice Morcaldi)… hice saber al Papa, por mediación de don Terenzi, que tenía un documento que podría hacer un poco de luz sobre todo el asunto». Lo “alarmante” era que, en la cinta grabada, él escuchaba el ruido de un beso; un ruido que ningún otro, a excepción también de don Terenzi, lo percibía. He aquí una prueba. El Consejero general, padre Buenaventura de Pavullo, pidió al Provincial, padre Amadeo de San Giovanni Rotondo, que se pusiera de inmediato en comunicación con don Terenzi. El Provincial viajó esa misma tarde a Roma y, en el estudio privado de don Terenzi, en el Santuario del Divino Amor, tuvo que escuchar en silencio y repetidas veces la grabación; y… del beso, ¡nada de nada! El padre Justino siguió dando rienda suelta a su obsesión: «Después de la primera grabación, que tuvo lugar a mediados de mayo, hice otras grabaciones para comprender todavía mejor el desarrollo de la situación».

- ¿Interesaba a don Umberto Terenzi y al padre Buenaventura de Pavullo lo que buscaba el padre Justino; es decir, saber cómo, con quiénes y en qué horas de la noche concertaba el Padre Pío las citas sexuales, que, según las revelaciones del cielo que le comunicaba sor Lucina, eran las que tenían al Fraile capuchino esclavo del demonio y a las puertas de la condenación eterna? Seguro que poco o nada. Pero, si esas acusaciones de inmoralidad resultaran fundadas, ellos tendrían la prueba decisiva para apartar definitivamente al Padre Pío de San Giovanni Rotondo y conseguir lo que pretendían. Por tanto, ¡adelante, padre Justino!

- El padre Justino, a quien el padre Buenaventura, en escrito del 23 de junio de 1960, mandó «hacer lo que le dice don Umberto», tuvo que ampliar su investigación secreta, por los mismos medios que usaba en el locutorio de la planta baja del convento, al menos a estos dos lugares que antes he indicado: el saloncito del primer piso y la celda n. 5. ¿Con qué finalidad? Podría expresarse así: Por parte de los Capuchinos, para poder hacerse con las ingentes cantidades de dinero que le llegaban al Padre Pío para el hospital “Casa Alivio del Sufrimiento” y solucionar las graves consecuencias para ellos de la bancarrota del banquero Giuffré. Por parte de don Umberto Terenzi, para hacer realidad su sueño de unir las administraciones de la “Casa Alivio del Sufrimiento” y del Santuario del Divino Amor o, al menos, para conseguir alguna cuantiosa ayuda que aliviara la situación económica del santuario.

*  La quiebra del “banquero de Dios” -así se llegó a llamar a Giuffrè- hizo que las economías de las Provincias capuchinas de Italia y la de la Orden capuchina, al igual que las de otras Congregaciones religiosas, pasaran por momentos de extremo agobio. Entre otras razones, porque tenían que devolver el dinero que, ante los altísimos intereses que ofrecía Giuffré a las Instituciones eclesiásticas, habían pedido prestado a amigos y conocidos para colocarlo en el banco del “banquero de Dios”.

 La solución del problema para los Capuchinos podría estar muy a mano: el superávit económico de la “Casa Alivio del Sufrimiento” y las cantidades que seguían llegando al Padre Pío para su obra en favor de los enfermos. Lo intentó el Provincial, padre Amadeo de San Giovanni Rotondo en los últimos meses del 1959. Pero la conciencia del Padre Pío no aceptaba destinar a otros fines lo que le llegaba para una finalidad bien concreta. Además, la cantidad que se le pedía era de varios cientos de millones. Meses más tarde, el Padre Pío tendría que repetir el “No puedo”, cuando monseñor Carlos Maccari, el nuevo Visitador apostólico enviado por el Vaticano a San Giovanni Rotondo, le propuso que renunciara voluntariamente a la propiedad de la “Casa Alivio del Sufrimiento” en favor de la Orden capuchina.

* Recoger posibles informaciones sobre cantidades de dinero no bien gestionadas o sobre números rojos en la contabilidad de la “Casa Alivio del Sufrimiento” sería importante para que el Vaticano, anulando la concesión dada por el Papa Pío XII, quitara al Padre Pío la administración de la misma. Lo era también conocer con exactitud el origen de las limosnas que seguían afluyendo a San Giovanni Rotondo para no perderlas, una vez eliminado el Padre Pío. Y los lugares donde se conversaban estos temas eran los que antes he señalado.

• 5. ¿Habían perdido la cabeza?

- En la biografía de Leandro Sáez de Ocáriz “PÍO DE PIETRELCINA - Místico y apóstol” se lee: «Un buen religioso del convento, a quien habían implicado en el enredo, al hacer su declaración sobre tan repugnante asunto, confundido, exclamó lleno de pesadumbre: “Es que habíamos perdido la cabeza, estábamos todos locos”.

- En torno a este “repugnante asunto” surge esta pregunta: los Capuchinos implicados en él ¿habían perdido la cabeza?, ¿estaban locos?, ¿su maldad llegó a límites insospechados?

*  Dejando de lado al padre Justino, ¿es posible que fray Maseo, el padre Daniel y el Superior de la Fraternidad capuchina de San Giovanni Rotondo, padre Emilio, que tenían al Padre Pío día y noche ante sus ojos, pudieran creer, sin culpabilidad alguna, las revelaciones del cielo de sor Lucina, aceptar que el anciano religioso de 73 años se pasaba las noches fornicando y colaborar, sin remordimiento alguno, en la labor investigadora del padre Justino?

 ¿Es posible eximir de toda responsabilidad al Provincial, padre Amadeo, que, cuando el padre Justino y el padre Emilio le piden una conversación urgente porque, en la grabación hecha en el locutorio, se oye el ruido de un beso y quieren autorización para hacer nuevas grabaciones, termine, después de haberla negado rotundamente, permitiéndoles «una sola grabación más, con la condición de que le entreguen a él la cinta grabada»?

* ¿Cómo explicar que el General de los Capuchinos, padre Clemente, y su Consejero general por Italia, padre Buenaventura, si es que no dieron su aprobación, al menos hicieran la vista gorda ante lo que estaba sucediendo en San Giovanni Rotondo, fiándose, sin documento alguno que lo acreditara, «de la palabra de don Terenzi que declaró que él estaba autorizado por monseñor Pedro Parente, asesor del Santo Oficio»? Más aún, aunque la autorización a don Terenzi le viniera del mismo Papa, ¿pueden unos Superiores que saben lo que está sucediendo en San Giovanni Rotondo permitir que eso siga adelante?

*  En el caso del padre Buenaventura de Pavullo, ¿es sólo perder la cabeza los hechos de mandar al padre Justino «hacer lo que le dice don Umberto; de recibir en la Curia general el fruto del espionaje que se lleva a cabo en San Giovanni Rotondo y, tras entregar el acuse de recibo, incluyendo a veces en él «palabras de felicitación, de ánimo y de bendición», hacerlo llegar a don Terenzi, creyendo que es «un simple pasamanos»; y de atreverse a declarar: «Es cierto que en uno de aquellos escritos del 15 de julio que leo en la prensa, digo al padre Justino: “Es necesario trabajar unidos, en silencio, con sufrimiento y con oración. No se preocupe; todo pasa primero por mis manos, ya que así se convino con don Terenzi y es justo que la Orden vea y sepa con antelación lo que después se hace llegar a las autoridades superiores. Retome, pues, el regular envío de los expresos […]”. Leído como suena, puede en verdad hacer creer que de nuestra parte había una participación activa y directa en la investigación de don Terenzi. Yo mismo me maravillo, porque nada había en la realidad. Es justamente el caso típico en el que la pluma corre más allá que la intención y traiciona el pensamiento».

• 6. ¿Y el Padre Pío?
- Cuando descubrió en la celda n. 5 el micrófono que le habían colocado bajo la cama y los hilos que lo conectaban a la celda contigua, la n. 4, la usada por el padre Justino, llorando a lágrima viva, cortó los hilos con un abrecartas, que, ennegrecido, conserva todavía el impacto de la corriente eléctrica. Al mostrar al Arzobispo de la Diócesis, monseñor Cesarano, los cables cortados y el abrecartas, le dijo: «Vea lo que han hecho conmigo. Mis propios hermanos».
- Don Atilio Negrisolo, sacerdote de la Diócesis de Padua e hijo espiritual del Padre Pío, da fe de lo siguiente: «Cuando el padre Clemente de Santa Maria in Punta pidió al Padre Pío, en nombre de monseñor Pedro Parente, que desmintiera este hecho, el Padre Pío respondió: «Si hubiera sabido que estaban los micrófonos en el confesonario, nunca habría puesto el pie en él para no exponer el sacramento a la profanación”».
- El corazón del Padre Pío queda muy bien retratado en esta declaración del padre Justino en el Proceso: «El Padre Pío supo el hecho de las grabaciones; no creo que hubiera conocido el contenido de la grabación principal. Ciertamente supo que había sido yo, pero nunca me dijo nada».

- Y mejor retratado todavía en este hecho, contado por el padre Eusebio Notte en su declaración en el Proceso:: «Una noche estaba a solas con el Padre Pío en su celda n. 1. Y noté que el Siervo de Dios oraba con particular recogimiento.  Confidencialmente le pregunté: “¿Tiene alguna preocupación esta noche?”. El Padre Pío enseguida y sin inmutarse: “Estoy orando por el padre Justino”. A lo que yo, casi enojado: “¡Ah!, Padre, ¡eso no!; ¡es demasiado!”. Y el Padre Pío: “Hijo mío, también él es un alma a la que salvar”».

- Que el Padre Pío supo ver la mano de Dios, que lo asociaba a la pasión de Cristo, en lo que ofrezco en este escrito y en lo que le vino como consecuencia de la visita apostólica de monseñor Maccari, lo manifiesta esta confidencia a un hijo espiritual: «Estamos en la última estación, la más larga y la más dolorosa».

Elías Cabodevilla Garde

Abril: día 28 a mayo: día 4.


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28. Las tinieblas que a veces obscurecen el cielo de vuestras almas son luz: por ellas, cuando llegan, os creéis en la obscuridad y tenéis la impresión de encontraros en medio de un zarzal ardiendo. En efecto, cuando las zarzas arden, todo alrededor es una nubarrada y el espíritu desorientado teme no ver ni comprender ya nada. Pero entonces Dios habla y se hace presente al alma: que vislumbra, entiende, ama y tiembla.
¡No esperéis, pues, al Tabor para ver a Dios, cuando ya lo contemplasteis en la cima del Sinaí.

29. Camina con alegría y con un corazón lo más sincero y abierto que puedas; y cuando no puedas mantener esta santa alegría, al menos no pierdas nunca el valor y la confianza en Dios.

30. Todas las pruebas a las que el Señor os somete y os someterá son señales de su divina predilección y alhajas para el alma. Pasará, mis queridas hijas, el invierno y llegará la interminable primavera, tanto más rica de bellezas cuanto más duras fueron las tempestades.

1.  Cuando se pasa ante una imagen de la Virgen hay que decir: "Te saludo, María. Saluda a Jesús de mi parte".

2. Escucha, Madrecita: yo te quiero mucho más que a todas las criaturas de la tierra y del cielo... después de Jesús, naturalmente...; pero te quiero mucho.

3. Madrecita hermosa, Madrecita querida, eres bella. Si no existiera la fe, los hombres te llamarían diosa. Tus ojos son más resplandecientes que el sol; eres bella, Madrecita; yo me glorío de ello, te amo, ¡ah!, ayúdame. 

4. María sea la estrella que os ilumine la senda, os muestre el camino seguro para llegar al Padre del cielo; sea como el ancla a la que os debéis sujetar cada vez más estrechamente en el tiempo de la prueba.
(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue sonando su voz potente.


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El Padre Pío, en carta al padre Agustín del 1 de mayo de 1912, le manifiesta el que fue, sin duda, su gran deseo durante toda su vida: «Quisiera tener una voz tan potente que fuera capaz de invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a la Virgen María» (Ep I, 277). Un deseo que volvió a expresarlo en su carta de 6 de mayo de 1913: «Quisiera volar para invitar a todos los seres a amar a Jesús, a amar a María» (Ep I, 357). Un deseo que era respuesta a la «misión grandísima» que el Señor le había confiado
Y el Señor le concedió, al menos en gran medida, realizar ese deseo.
La voz del Padre Pío no resonó en todo el mundo, porque nunca salió de Italia y desde el 13 de mayo de 1918 no se movió de San Giovanni Rotondo. Sin embargo, pecadores de todo el mundo escucharon las palabras del Padre Pío porque de los cinco continentes vinieron a la pequeña ciudad del centro-sur de Italia, en la que vivió los últimos 52 años de su vida, en busca del Santo capuchino. Y ¡con qué potencia de voz los llamó a la conversión, a la vida cristiana, «a amar a la Virgen María»!
Es fácil que, al pensar en el fenómeno sobrehumano de la bilocación, imaginemos que es como un vuelo por el que se llega al otro u otros destinos sin dejar el lugar desde donde se emprende ese vuelo. Si fuera así, también se concedió al Padre Pío hacer realidad su deseo de volar. Son muchas las bilocaciones del Padre Pío. Algunas, al menos tres, las manifiesta él mismo en cartas de dirección espiritual, no sin haber pedido a los destinatarios de las mismas el secreto más absoluto y también que destruyeran los papeles en los que se las relataba. A otras bilocaciones no puede menos de referirse ante las preguntas que le hace el Visitador apostólico Mons. Rafael Carlos Rossi en junio de 1921. De otras bilocaciones del Santo han dado fe personas que se beneficiaron de ellas y que, al parecer, merecen todo crédito. Y de la que se le concedió el 18 de enero de 1905 se conserva el papelito autógrafo en el que el joven capuchino de 17 años, quizás asustado ante «un hecho insólito», se la cuenta al padre Agustín de San Marco in Lamis. Y el vuelo sobrehumano de la bilocación era siempre para llevar consuelo, esperanza… y, como consecuencia, para invitar «a amar a Jesús, a amar a María».
*** * ***
La voz del Padre Pío sigue sonando también hoy, y de muchos modos. En unos casos con gran potencia, como, desde hace algunos años, a través de “Teleradio Padre Pío” de San Giovanni Rotondo (Italia). En otros, como en el que voy a indicar aquí, con menos alcance en distancia de kilómetros, pero con la potencia que le brinda un capuchino nonagenario, gran devoto del Padre Pío y entusiasta propagador de la espiritualidad del Fraile capuchino. Y los frutos en los que escuchan esas voces son los mismos que indica el Padre Pío en las cartas que he citado: que los pecadores de todo el mundo y todos los seres «amen a Jesús, amen a María».
En la Provincia de Corrientes (Argentina), el día 19 de marzo del 2012, Solemnidad de San José, se inauguró la radio “San José y San Padre Pío”, en las instalaciones de la parroquia “Nuestra Señora de Pompeya”, encomendada a los Hermanos Menores Capuchinos. La iniciativa surgió del Grupo de Oración del Padre Pío que funciona en la mencionada parroquia; Grupo al que acompaña y anima el capuchino Fray Pedro Bernardo M. Temperán.
Se trata de una transmisión virtual por internet. En ella, junto a materiales muy variados para la reflexión y la oración, y música que ayuda a las mismas, sobresale la transmisión de las Eucaristías dedicadas al Padre Pío en los días 23 de cada mes y en el triduo de preparación para su fiesta litúrgica.
Se puede acceder a esta emisión de radio desde cualquier lugar del mundo en la página http://www.sanjoseysanpadrepio.com.ar/
Elías Cabodevilla Garde

Abril: días 21 al 27.


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21. El demonio es como un perro rabioso atado a la cadena; no puede herir a nadie más allá de lo que le permite la cadena. Mantente, pues, lejos. Si te acercas demasiado, te atrapará.

22. No abandonéis vuestra alma a la tentación, dice el Espíritu Santo, pues la alegría del corazón es la vida del alma y un tesoro inagotable de santidad; mientras que la tristeza es la muerte lenta del alma y no es útil para nada.
  
23. Nuestro enemigo, provocador de nuestros males, se hace fuerte con los débiles; pero con aquél que le hace frente con valentía resulta un cobarde.

24. Si conseguimos vencer la tentación, ésta produce el efecto que la lejía en la ropa sucia.
 
25. Sufriría mil veces la muerte antes que ofender al Señor deliberadamente.

26. No se debe volver ni con el pensamiento ni en la confesión a los pecados ya acusados en confesiones anteriores. Por nuestra contrición Jesús los ha perdonado en el tribunal de la penitencia. Allí él se ha encontrado ante nosotros como un acreedor de frente a un deudor insolvente. Con un gesto de infinita generosidad ha rasgado, ha destruido, las letras de cambio firmadas por nosotros al pecar, y que no habríamos podido pagar sin la ayuda de su clemencia divina. Volver sobre aquellas culpas, querer exhumarlas de nuevo con el solo fin de obtener una vez más el perdón, sólo por la duda de que no hayan sido verdaderamente y generosamente perdonadas, ¿no habría que considerarlo como un acto de desconfianza hacia la bondad de la que había dado prueba al destruir él mismo todo título de la deuda que contrajimos al pecar? Vuelve, si esto puede ser motivo de consuelo para nuestras almas, vuelve tu pensamiento a las ofensas infligidas a la justicia, a la sabiduría, a la infinita misericordia de Dios, pero sólo para derramar sobre ellas las lágrimas redentoras del arrepentimiento y del amor.

27. En el alboroto de las pasiones y de las situaciones difíciles nos sostenga en pie la grata esperanza de su inagotable misericordia. Corramos confiadamente al tribunal de la penitencia donde él con anhelo de padre nos espera en todo momento; y aún sabiendo que somos insolventes, no dudemos del perdón que se pronuncia solemnemente sobre nuestros errores. ¡Pongamos sobre ellos, como la ha puesto el Señor, una piedra sepulcral!...

(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue actuando de maestro y testigo de la vida cristiana.


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El Padre Pío llegó, para un breve tiempo, al convento de capuchinos de San Giovanni Rotondo el 4 de septiembre de 1916. Días antes, a partir del 27 de julio, había pasado una semana en aquel convento perdido en las estribaciones del monte Gargano, a una altura de 600 metros sobre el nivel del mar, para probar si el clima de montaña le era beneficioso para su salud.
De entrada, el superior encomendó al Padre Pío la atención espiritual de los “fratrini”, unos 30 muchachos de 12 a 16 años, a los que se educaba con la esperanza de que un día, si confirmaban que esa era su vocación, ingresaran en la Orden capuchina. A la atención personal a cada uno, sobre todo como confesor, el Padre Pío unía las conferencias de formación religiosa dos veces por semana. El interés con el que se dedicó a esta labor lo podemos deducir de estas frases que escribió a su director espiritual el 6 de marzo de 1917: «Abrigo en mi interior un vivo deseo de ofrecerme víctima al Señor por el perfeccionamiento de este colegio al que amo tan tiernamente y por el cual no escatimo sacrificios personales... Es verdad que tengo grandes motivos para dar gracias al Padre Celestial por el cambio a mejor ocurrido en la mayor parte de estos colegiales, pero todavía no estoy plenamente satisfecho. Jesús me dará fuerzas para soportar este nuevo sacrificio».
El Padre Pío muy pronto comenzó a actuar como director espiritual de los terciarios franciscanos. Su dedicación a ellos, para ofrecerles una formación adecuada y acompañarles a vivir, en el mundo, la espiritualidad franciscana, tiene, entre otras muchas, esta sencilla manifestación: las invitaciones que hacía en sus cartas de dirección espiritual a promover la que hoy llamamos Orden Franciscana Seglar.
Pero el celo del Padre Pío por la salvación y santificación de los hombres iba mucho más lejos, y buscó compaginar las responsabilidades que he citado con un intenso apostolado hacia afuera. Pronto surgió a su alrededor un grupo de almas fervorosas, casi todas de San Giovanni Rotondo, a las que atendía personalmente, mediante la dirección espiritual, y a las que formaba en grupo, por medio de conferencias espirituales, dadas los jueves y los domingos, días en que los “fratrini” le dejaban más libre.
En estas tres actividades apostólicas, si para los destinatarios de las mismas eran importantes las enseñanzas que impartía el Padre Pío, no lo era menos el ejemplo de coherencia entre lo que decía y lo que vivía que percibían en él. El padre Manuel de San Marco la Cátola, uno de los “fratrini” que atendió el Padre Pío en San Giovanni Rotondo en estos años, nos ha dejado este testimonio: «Su forma de hablar en las conferencias era tan expresiva, tan conmovedora, que superaba los límites de todo léxico, porque todo cuanto decía le salía de su misma vida, de su propio corazón. ¡Cómo sabía penetrar en nuestros corazones cuando nos decía con inefable dulzura que Jesús “era el Camino, la Luz, la Verdad y la Vida!” ¡Con qué ternura se expresaba cuando llegaba a citar textualmente las palabras del Señor!».
En otras palabras, los “fratrini”, los terciarios franciscanos y las personas de San Giovanni Rotondo que se acercaban al Padre Pío, encontraban en él un maestro y un testigo de la vida cristiana.
*** * ***
También hoy el Padre Pío es buscado como maestro y como testigo de la vida cristiana. O, quizás mejor, el Padre Pío, cumpliendo la “misión grandísima” que le confió el Señor, sigue convocando a hombres y mujeres para ofrecerles sus enseñanzas sobre la vida cristiana y para animarles a la misma con el ejemplo de su vida.
Un hecho más ha tenido lugar el sábado pasado, día 13 de abril, en Barakaldo (Vizcaya – España), en los locales de la parroquia Santa Teresa, generosamente cedidos por don Ernesto, el párroco de la misma.
El retiro espiritual fue promovido y organizado por los Grupos de Oración del Padre Pío que se reúnen en Barakaldo, Bermeo y Bilbao, y estuvo abierto a todos los que quisieron responder a una invitación, hecha con carteles en las iglesias de estas localidades y también en los medios de comunicación.
Desde las 10:30 hasta las 19:00, con una interrupción para la comida, en la que compartimos lo que cada uno había llevado para la misma, un grupo de 30/35 personas -no todos pudieron venir por la mañana y no todos pudieron quedarse por la tarde- celebramos un encuentro que discurrió en un ambiente muy grato de oración, de reflexión, de intercambio fraterno, de celebración…
El cartel anunciador del retiro decía: «Padre Pío hombre de fe»; y nos centramos en algunos de los objetivos que Benedicto XVI señaló para el Año de la Fe, vistos a la luz de las enseñanzas del Padre Pío y del modo en que las hizo realidad en su vida.
Es fácil pensar que todos terminamos el encuentro con el compromiso de seguir pidiendo al Señor el don de la fe: «Señor, auméntanos la fe» (Lc 17,5), y de seguir dando a ese don divino una respuesta generosa, que nos acerque más y más -es lo que el Padre Pío pedía al Señor- «a aquella fe viva que me haga crecer y actuar por solo tu amor».
Elías Cabodevilla Garde

Abril: días 14 al 20.


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14. Comprendo que las tentaciones más que purificar el espíritu parece que lo manchan; pero escuchemos cuál es el lenguaje de los santos; y a este propósito, os baste saber lo que, entre otros, dice San Francisco de Sales: que las tentaciones son como el jabón, que, extendido sobre la tela, parece que la ensucia cuando en realidad la limpia.

15. Vuelvo a inculcaros una vez más la confianza; nada puede temer el alma que confía en su Señor y que pone en él su esperanza. Aunque el enemigo de nuestra salvación esté siempre rondándonos para arrancarnos de nuestro corazón el ancla que debe conducirnos a la salvación, quiero afirmar la confianza en Dios nuestro Padre: agarremos con fuerza esta ancla y no permitamos nunca que nos abandone ni un solo instante; de otro modo todo estaría perdido. 

16. Oh, ¡qué felicidad en las luchas del espíritu! Basta querer saber combatir siempre, para salir vencedor con toda seguridad.

17. Estate atenta para no desanimarte nunca al verte rodeada de debilidades espirituales.
Si Dios te deja caer en alguna debilidad, no es para abandonarte, sino sólo para afianzarte en la humildad y hacerte más atenta en el futuro.

18. Marchad con sencillez por el camino del Señor y no atormentéis vuestro espíritu.
Tenéis que odiar vuestros defectos, pero con un odio tranquilo y no con el que inquieta y quita la paz. 

19. La confesión, que es la purificación del alma, hay que hacerla a más tardar cada ocho días; yo no me puedo resignar a tener a las almas más de ocho días alejadas de la confesión.

20. El demonio tiene una única puerta para entrar en nuestro espíritu: la voluntad; no existen puertas secretas.
Nada es pecado si no ha sido cometido por la voluntad. Cuando no entra en juego la voluntad, no se da el pecado, sino la debilidad humana.
(Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío sigue enseñando a orar.


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El Padre Pío de Pietrelcina dijo que quería «ser solamente un pobre fraile que ora». Y de tal forma hizo realidad este deseo que Pablo VI pudo llamarle «hombre de oración». Fueron muchas las horas que dedicó a la oración; y su oración fue, sin duda, lo que expresó en estas palabras: «el desahogo de nuestro corazón en el de Dios».

Sabemos que el ser humano lo que vive con autenticidad y pasión lo transmite a otros. Y el Padre Pío, no sólo invitó a la oración insistente y fundó los Grupos de Oración que llevan su nombre, presentes hoy en todo el mundo, sino que, además, enseñó a orar, al igual que Jesús lo enseñó a sus discípulos (Lc 11, 1ss).

El librito “Buenos días (Un pensamiento para cada día del año)”, en el mes de febrero, recoge y propone algunas de las enseñanzas del Padre Pío sobre la oración. Cito aquí algunas: «Cuando nos ponemos a orar a Dios, busquemos desahogar todo nuestro espíritu. Nuestras súplicas le cautivan de tal modo que no puede menos de venir en nuestra ayuda»; «Ora y espera; no te inquietes. La inquietud no conduce a nada. Dios es misericordioso y escuchará tu oración»; «Si puedes hablar al Señor en la oración, háblale, ofrécele tu alabanza; si no puedes hablar por ser inculta, no te disgustes en los caminos del Señor; detente en la habitación como los servidores en la corte, y hazle reverencia. El te verá, le gustará tu presencia, favorecerá tu silencio y en otro momento encontrarás consuelo cuando él te tome de la mano»; «Todas las oraciones son buenas, siempre que vayan acompañadas por la recta intención y la buena voluntad»… 
*** * ***

La editorial LIBROSLIBRES acaba de publicar el libro “PADRE PÍO – ORAR”, fruto de un trabajo muy laborioso y muy bien hecho de José María Zavala. La Editorial ya nos había ofrecido, en octubre del 2010, el valioso libro de José María Zavala “Padre Pío. Los milagros desconocidos del santo de los estigmas”, que, en poco más de dos años, ha alcanzado la octava edición y ha sido traducido al italiano y al portugués.

En “PADRE PÍO – ORAR” es el mismo Padre Pío quien, a lo largo de 181 páginas, nos sigue enseñando a orar. Pues el trabajo de José María Zavala ha consistido, en un primer memento, en la selección de textos en los que el Padre Pío habla de la oración y ofrece óptimos alimentos para esa forma de orar que llamamos meditación. Además, nos ofrece esos textos agrupados en torno a los elementos más importantes de la vida cristiana. En el Índice del libro éstos son los títulos: PERLAS PARA EL ALMA. CONFIANZA EN DIOS. ORACIÓN. AMOR A DIOS. ESPÍRITU SANTO. TENTACIONES. CONFESIÓN. HUMILDAD. EUCARISTÍA. SUFRIMIENTO. CARIDAD. APOSTOLADO. MARÍA. ÁNGEL CUSTODIO. ALEGRÍA. DIRECCIÓN ESPIRITUAL. OTRAS PERLAS.

La conocida frase del Padre Pío: «Con el estudio de los libros se busca a Dios, con la meditación se le encuentra», permite establecer una complementariedad muy rica entre los dos libros de José María Zavala. El primero, al recoger las obras que el Señor realizó y sigue realizando por medio del Padre Pío, ha ayudado y está ayudando a muchos a buscar a Dios. Al segundo, que ofrece, con palabras textuales del Padre Pío, óptimos alimentos para la meditación, le deseo que ayude a muchos a encontrar a Dios.

Elías Cabodevilla Garde

Asociado a la pasión de Cristo por los sufrimientos causados por sus hermanos en religión (1).


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Al inicio del escrito anterior de esta etiqueta de la página web, después de afirmar que para Cristo fueron muy dolorosos los azotes, la coronación de espinas, el peso de la cruz, los clavos…, y que lo fueron muchos más los insultos, las bofetadas, los salivazos…, escribí: «Y más todavía: el beso traidor de Judas, las negaciones de Pedro, el abandono de los suyos…».
Cierto que, para el Padre Pío de Pietrelcina, las cinco llagas de Cristo crucificado en su cuerpo no fueron un “artículo de lujo”, como él lo recalcó en cierta ocasión, sino, al igual que los otros sufrimientos físicos, fuente de dolores agudísimos y constantes. Sin duda, le resultaron mucho más dolorosos los sufrimientos morales. A estos y a aquellos me he referido en los escritos anteriores. Y no cabe duda de que los que hirieron más profundamente su espíritu fueron los causados por sus hermanos en religión. Lo dejó muy claro cuando, ante las palabras de monseñor Mario Schierano, juez del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica: «Padre, he visto en los periódicos que se han atrevido a poner micrófonos en su confesonario», afirmó: «¡Sí, sí! A tanto han llegado, Monseñor».
Con profundo dolor, porque querría que nunca hubiese sucedido, y sabiendo que piso un terreno muy delicado, entre otros motivos porque algunos de los hechos a los que me tengo que referir se realizaron con engaño y bajo capa de virtud cuando los fines que se buscaban eran inconfesables, intentaré quedarme en lo que, después de detenido estudio de las muchas informaciones, no sólo diversas entre sí, sino con frecuencia contradictorias, juzgo verdadero.
Los primeros sufrimientos causados por sus hermanos en religión, con los que el Señor asoció al Padre Pío a la pasión de Cristo, tuvieron lugar en los años en los que Fraile capuchino, sin duda por un designio misterioso del Señor, tuvo que vivir en su pueblo natal de Pietrelcina, fuera del convento y alejado de la vida de comunidad. En esta etapa, no se puede poner malicia o falta de reflexión y de discernimiento en el que los motivó: el padre Benedicto en San Marco in Lamis, Superior provincial de los capuchinos y uno de los dos Directores espirituales del Padre Pío. Un libro, muy bien documentado, del escritor italiano Donato Calabrese lleva por título: “Padre Pío –Siete años de misterio en Pietrelcina – 1909-1916”. Y es en ese clima de “misterio” en el que hay que colocar las actuaciones del padre Benedicto. Me voy a referir a tres.
 1ª. El Padre Pío, a quien los médicos habían presagiado una muerte prematura, deseaba celebrar al menos una vez la santa misa. Las normas de la Iglesia exigían la edad de 24 años para acceder al sacerdocio. Pero el Padre Pío sabía bien que la Iglesia podía y solía dispensar de este impedimento si se daba justa causa para ello. Y no dejó de implicar al que podía solicitar esa dispensa. Al fin, el 6 de julio de 1910 le llegó del padre Benedicto la comunicación de que se había obtenido la dispensa y de que la ordenación sacerdotal podría tener lugar hacia el 10 ó 12 de agosto. Pero el sufrimiento del Padre Pío a causa de la actitud pasiva o de la lentitud al actuar del Padre Benedicto lo podemos deducir de estos escritos:
- En la primera carta del Padre Pío al padre Benedicto que recoge el “Epistolario”, de 22 de enero de 1910, leemos: «Muchas personas… me han asegurado que si usted pide la dispensa para mi ordenación, exponiendo el estado de mi salud, todo se conseguiría».
- Es fácil pensar que, en el lamento del Padre Pío en su carta siguiente, del 14 de marzo, hay un velado reproche a la actitud pasiva del padre Benedicto en algo que tanto interesaba a su Dirigido espiritual: «No puedo ocultarle… mi desánimo al ver que han quedado en el vacío algunas de mis esperanzas que, de cara al futuro, me garantizaban un alivio. Casi me arrepiento de haberlas esperado inútilmente. Pero ¡que se cumpla la voluntad del Señor!».
- La información que el Padre Pío ofrece el padre Benedicto en la carta siguiente, de 26 de mayo, ¿no querrá ser un recordatorio de lo que busca con tanta ilusión? Le escribe: «En los días en los que he estado un poco mejor de salud, también para distraerme un poco, he recibido alguna lección de moral del sacerdote que es mi confesor. ¿Lo aprueba usted?».
- Y en la carta siguiente, del 1 de junio, insiste de nuevo: «Además estoy bastante desanimado por no haber recibido, no sólo lo que por caridad le pedía en mi última, sino ni siquiera una breve respuesta».
  . El Padre Pío, sacerdote desde el día 10 de agosto de 1910, deseaba vivamente ejercer el ministerio del confesonario para administrar a los fieles el perdón de los pecados y la gracia renovadora que Dios da en el sacramento de la confesión y para cumplir, también de este modo, la “misión grandísima” que el Señor le había confiado. Para hacerlo necesitaba la licencia o del Obispo o de su Superior provincial. El Padre Pío usó todos los medios a su alcance para conseguirla. Pero el padre Benedicto, seguro que sin pretenderlo, fue de nuevo el causante de un doloroso sufrimiento para su Dirigido espiritual, sufrimiento que terminó en fecha que desconocemos, pero posterior al 9 de abril de 1913 y probablemente anterior al 12 de mayo de 1914. Y esto porque, en la de 9 de abril, el padre Agustín le escribe al Padre Pío: «En cuanto a la autorización para confesar parece que él (padre Benedicto) estaría dispuesto, pero querría una prueba de tus conocimientos de teología moral». Y es probable que haya que incluir al Padre Pío en el grupo de confesores, cuando, en la carta del 12 de mayo, refiriéndose a la visita del Arzobispo Bonazzi para administrar la confirmación a unos cuatrocientas cincuenta personas, grandes y pequeños, escribe al padre Agustín: «Imaginará cómo hemos estado todos muy ocupados en las confesiones y en la instrucción a los mayores para prepararlos bien a recibir el sacramento de la confirmación».
-  El Padre Pío, primero en fecha que desconocemos y, después, antes del jueves santo de 1911, el 2 de mayo de 1912, el 13 de febrero y el 15 de marzo de 1913, siempre desde Pietrelcina, se dirigió por escrito al padre Benedicto para suplicarle las licencias para confesar. Ante las negativas que iba recibiendo, el Padre Pío fue suavizando su petición y pidiendo licencias parciales: para confesar el jueves santo porque se lo había indicado el párroco, para confesar a solo hombres, para confesar a enfermos...; incluso acudió a los buenos servicios de su segundo Director espiritual, el padre Agustín, para que mediara ante el padre Benedicto. Es fácil descubrir el largo y doloroso calvario del Padre Pío, a causa de no poder confesar, en la frase que escribió al padre Agustín, el 18 de mayo de 1913, a los dos días de recibir la del padre Benedicto que luego se cita: «Por el tema de la confesión no se preocupe ya más; deje de sufrir por mi causa en este asunto».
- Al padre Benedicto, en estos años Superior provincial y Director espiritual del Padre Pío, le resultaba, al parecer, difícil manifestar toda la verdad a su súbdito y Dirigido espiritual. En carta del 12 de abril de 1911, como motivo para la respuesta negativa, le adujo que el confesonario le sería nocivo para la salud y quizás también para la paz de su alma. El 4 de marzo de 1912 se atrevió a añadir a la motivación ya citada de la salud la de no haber estudiado regularmente, con la ayuda del profesor, la teología moral. Y, por fin, el 16 de marzo de 1913 le indicó claramente que no le constaba su capacitación científica en teología moral y le invitó a someterse a un examen de idoneidad, asegurándole que, si lo superaba, le daría la licencia, al menos para confesar a enfermos.
  3ª. Un sencillo cambio en el título del libro antes citado nos permitiría escribir una gran verdad: Padre Pío – Siete años de sufrimiento en Pietrelcina – 1909-1916”. Y sufrimiento por un motivo distinto a los ya indicados.
- Para los Capuchinos de la Provincia del Padre Pío, y también para los Superiores provincial y general de la Orden, era muy lógico este modo de pensar: Si Dios quiere al Padre Pío en la Orden capuchina, lo querrá viviendo en el convento; si no lo quiere en el convento, es porque no lo quiere capuchino. Pero era el Señor el que quería al capuchino Padre Pío durante casi siete años fuera del convento. Y, como consecuencia, aquí tenemos otro motivo de dolorosísimo sufrimiento para el Fraile de Pietrelcina. Y, de nuevo, el principal causante es el padre Benedicto, y, en este caso, por querer cumplir con fidelidad una de sus obligaciones de Superior provincial.
- El largo espacio de tiempo de casi siete años permite muchas reflexiones, consultas y actuaciones, y los detalles de las mismas ocuparían demasiado espacio en este escrito. Señalaré lo más importante:
- 1º. En relación al Padre Pío:
ü  El futuro Padre Pío, en la búsqueda de su vocación, había descubierto, ya de niño, lo que manifestaría más tarde, en noviembre de 1922, a Nina Campanile: «¿Dónde, Señor, podré servirte mejor que en la vida religiosa y bajo la bandera del Pobrecillo de Asís?». Pero, en mayo de 1909, a los pocos años de abrazar la vida capuchina, aconsejado por los médicos, tiene que abandonar el convento y marchar a su pueblo natal, Pietrelcina, con la esperanza de que los aires de su tierra natal pudieran curar o, al menos, aliviar su enfermedad. Una enfermedad que hacía que el estómago del joven religioso no lograra retener ni siquiera el agua, que las toses y los dolores de tórax y de espalda fueran continuos, que la fiebre subiera tanto que rompía los termómetros al intentar medírsela… Una enfermedad que, a juicio del doctor Francisco Nardacchione, era una «Bronquitis alveolar del vértice pulmonar izquierdo»; en el dictamen del doctor Ernesto Bruschino resultaba una «Infiltración específica de ambos vértices pulmonares» o, con otras palabras, tuberculosis; en la revisión militar, cuando el Padre Pío fue llamado a filas, se consideró: «Infiltración en los dos vértices pulmonares»; y a juicio del doctor Andrés Cardone, harto de darle remedios y medicinas: «¡No te entiendo! ¡No sé qué hacer contigo!».
ü  El Padre Pío deseaba vivamente la vida conventual, como le correspondía por su vocación de religioso. Ignoraba, al menos el 26 de mayo de 1910, qué es lo que Dios quería de él en esa situación, pues afirmó: «Ignoro la causa de todo esto. Y en silencio adoro y beso la mano de aquel que me hiere». Más aún, cuando, más adelante, supo la razón por la que el Señor le quería fuera del convento, no podía descubrirla ni siquiera a su Superior provincial y Director espiritual. Así se lo dijo al padre Agustín, que le había suplicado que manifestara al padre Benedicto el secreto de su enfermedad: «Padre, ¡no puedo decirle la razón por la que el Señor me ha querido en Pietrelcina; faltaría a la caridad!».
ü  ¿Atrevimiento inusitado el del padre Agustín? Aun conociendo la prohibición tajante que pesaba sobre el Padre Pío, en carta de 7 de mayo de 1913, escribió a su Dirigido espiritual: «Creo que debes pedir insistentemente aquella gracia que nosotros sabemos, aunque la Madrecita parece contraria a ello». Aunque no son cosas muy distintas, no se puede precisar si la gracia que el Padre Pío debía pedir era la de poder regresar al convento o la de poder manifestar al padre Benedicto por qué y para qué lo quería el Señor fuera del mismo. Lo acaecido al Capuchino lo podemos calificar de catastrófico. Lo cuenta así, el 18 de mayo, al padre Agustín: «Al recibir la última carta, quise presentar a la Madrecita la gracia que repetidas veces me has mandado que le pidiera, esperando conseguirla en esta ocasión al hacerlo por un camino distinto: el de la obediencia. Por desgracia, debo confesar para confusión mía que el fruto deseado no se ha conseguido, porque esta Madre santa montó en cólera ante mi atrevimiento de pedirle de nuevo la dicha gracia, que severamente ya me había prohibido. Esta mi involuntaria desobediencia la he tenido que pagar a muy caro precio. Desde aquel día se alejó de mí al igual que los otros personajes celestes».
ü  A la cruz de tener que vivir fuera del claustro, muy dolorosa para el Padre Pío, se fueron añadiendo otras muchas:
§  Fueron constantes las llamadas del padre Benedicto y del padre Agustín a regresar a la vida conventual y repetidos los mandatos del padre Benedicto a marchar a uno de los conventos de la Provincia: Morcone, Venafro, San Marco la Catola…; y esto a pesar de que el Señor daba señales claras de que su plan era otro: en cuanto el Padre Pío pisaba un convento, la enfermedad se agravaba de tal forma que, para evitar el desenlace final, el Superior de la comunidad se tenía que apresurar a llevarlo a Pietrelcina.
§  Se le echó en cara su incapacidad para conocer los planes de Dios, como en esta carta del padre Benedicto de 14 de julio de 1910: «El padre Agustín es el encargado de llevarte a Morcone… Repito que la verdad la digo yo, que hablo con toda mi autoridad, y no tu pensamiento que, ofuscado como está por las tinieblas del enemigo, es incapaz de conocer las cosas como están en realidad delante de Dios».
§  A pesar de viajar al convento que le señalaba el Superior provincial en cuanto recibía el mandato de hacerlo, se le acusó de desobediencia, como queda claro en esta carta del padre Benedicto del 4 de octubre de 1921: «Cuando se os escribe como superior y director espiritual, debe oír con reverencia e interior sumisión lo que se le dice y no razonar por cuenta propia… Pero usted no quiere someterse a este parecer mío y hace mal. Espero, por lo demás, que sea la última vez que no se somete a mis indicaciones».
§  Supo que el Superior provincial planeaba iniciar los trámites para que dejara la Orden capuchina y se incorporara como sacerdote a la diócesis de Benevento. ¿Cómo reaccionó el Padre Pío? En los días que, por mandato del padre Benedicto, pasó en el convento de Venafro, desde finales de octubre al 7 de diciembre de 1911, casi todos postrado en cama y 21 de ellos sin probar alimento, fuera de la comunión, en uno de sus muchos éxtasis, el padre Agustín pudo escucharle las palabras que dirigía a san Francisco y a Jesús: «¡Padre mío! ¿Me vas a despachar de la Orden? ¡Por caridad, hazme antes morir! ¡Oh seráfico padre mío! ¿Pero me vas a despachar tú de tu Orden? ¿No voy yo a ser más tu hijo? La primera vez que te me apareciste, padre san Francisco, me dijiste que debía ir a aquella tierra de destierro. ¡Ah, padre mío! ¿Es voluntad de Dios? ¡Pues hágase! ¡Fiat! Pero, ¡Jesús mío, ayúdame! ¿Y cuál va a ser la señal de que tú me quieres allá? ¡Diré la misa! Pues entonces, Jesús mío, recibe mi acción de gracias». Y esa prueba la tuvo. El día 7 de diciembre, ante su enfermedad agravada, dejó Venafro y, acompañado por el padre Agustín, viajó a Pietrelcina. Al día siguiente, fiesta de la Inmaculada, celebró la misa solemne parroquial «como si nada hubiera sufrido» los días anteriores.
§  Durante más de cuatro años pesó sobre el Padre Pío la amenaza de tener que dejar la Orden capuchina y pasar al clero diocesano. El asunto fue a Roma, al Superior general de la Orden capuchina. Aunque no se conserva el escrito del padre Benedicto a su Dirigido espiritual, en él se le informaba del parecer del mencionado Superior general. La consecuencia la tenemos en la carta del Padre Pío a su Director spiritual, de 20 de diciembre de 1913. En ella le dice: «Usted que me conoce a fondo… puede imaginar con qué gozo volvería al convento, pero, como mi enfermedad se va agravando cada día, sería un peso y un estorbo para la comunidad». Y después añade: «Por eso, teniendo presente la suya de 28 de mayo, en la que me decía que “el padre General ya desde el año pasado ve mal una permanencia tan larga en el mundo y que, aunque todo lo que yo le dije fue para defenderte, no se convence y responde: Es mejor entonces que se haga sacerdote secular pidiendo el breve. Por otra parte, porque tan larga duración excede mi competencia y es necesario regularizarla”, me he decidido a pedir el breve, reconociendo en la voz del superior la voz de Dios. Usted puede comprender con qué desgarro de mi alma me veo obligado a dar este paso; pero la necesidad me obliga y lo haga también por su tranquilidad y la mía».   
§  ¿Por qué no se tramitó ante la Santa Sede la petición del Padre Pío? Lo cierto es que, en mayo de 1914, la Orden capuchina celebró su capítulo general, que eligió para Superior general al padre Venancio de Lisle-en-Rigault. A la información que, sin duda, le ofreció el padre Benedicto en esa ocasión se unió la que habría recogido durante la visita que realizó a la Provincia capuchina de Foggia. Su parecer fue el que el padre Agustín, informado por el padre Benedicto, se apresuró a comunicar al Padre Pío en carta del 6 de diciembre de 1914: «El padre General le ha dado la siguiente respuesta: “Ya que es la voluntad de Dios, pues que así sea. Le obtendremos el Breve ad tempus, habitu retento y que el buen padre siga rogando por la Orden, a la que pude seguir perteneciendo”». El 25 de febrero de 1915 la Santa Sede concedía al Padre Pío «la solicitada facultad de permanecer fuera del claustro, mientras lo exija la necesidad, pudiendo vestir el hábito regular». Y días después, el 7 de marzo, el padre Benedicto la comunicaba a su Dirigido espiritual.
§  El 17 de febrero de 1916, cuando la enfermedad se lo permitió -tendremos que decir: cuando estaba en el proyecto del Señor-, el Padre Pío viajó a Foggia con la idea de visitar a Rafaelina Cerase, a la que había orientado espiritualmente durante dos años por carta. A Rafaelina el cáncer la había colocado ya a las puertas de la muerte y el Padre Pío deseaba responder a las repetidas peticiones de quien deseaba, además de conocer personalmente a su Director espiritual, confesarse al menos una vez con él. Pero fue un viaje sin retorno. Al encontrarse con el padre Benedicto, que hacía la visita canónica al convento de Foggia, éste le mandó que, «vivo o muerto», se quedara en el convento de esa ciudad. Días después, el 25 de marzo, falleció Rafaelina, cuando contaba 48 años de edad.
- 2º. En esta larga historia, los sufrimientos no fueron sólo para el Padre Pío. Los padecieron también, entre otros, el padre Benedicto y el padre Agustín.
ü  Puede ser suficiente la lectura de lo escrito por el padre Agustín al Padre Pío el 13 de mayo de 1914: «Nosotros, pobres superiores, no sabemos cómo proceder en tu caso. Yo adoro los proyectos de Dios. Pero ¿por qué, hijo mío, han de estar lo superiores sumidos en la oscuridad en lo que se refiere a tu destino? ¿No nos será lícito saber algo? El provincial me ha dicho que, al regreso de Roma, desea visitarte. Por caridad, dile a Jesús que te conceda informar de todo al superior».
ü  Posiblemente porque el plazo de tiempo que había previsto se iba prolongando, al padre Benedicto le asaltaban unas dudas, que quedan bien reflejadas en las cartas que escribió al Padre Pío. En la primera que recoge el “Epistolario”, de 2 de enero de 1910, le dice: «Si experimenta una notable mejoría en su salud, al respirar los aires de su tierra, ¡siga ahí!». Pero meses más tarde, el 27 de julio, le escribe: «Y ahora ¿cómo está? Me disgusta, pero adoro los altos planes de Dios que, ciertamente por inefable piedad, no le permite vivir en el convento, a donde él mismo, con tanta dignación, le llamaba». Y un año más tarde, en la de 5 de septiembre de 1911: «¿Cuándo volveré a verte en el convento? Si la estancia en tu casa no te cura, te llamaré a la sombra de san Francisco. Aun en el caso de que el Señor te quiera llamar a la gloria, es mejor que mueras en el convento a donde él te llamó».
ü  Las del padre Benedicto, compartidas también por el padre Agustín, son dudas muy lógicas, que explican su modo de actuar con su Dirigido espiritual y que, aun siendo ellos los instrumentos de los que el Señor se sirvió para asociar al Padre Pío a la pasión de Cristo, quedan libres de toda responsabilidad. Es fácil pensar que se preguntaron: ¿Puede querer el Señor que sus proyectos en el Padre Pío queden ocultos a su Superior provincial y a sus Directores espirituales, como les manifestaba su Dirigido? ¿No habrá una causa psicológica en el hecho de que, nada más pisar un convento, se agrave la enfermedad del Padre Pío y que, como sucedió en diciembre de 1911, al día siguiente de abandonar el de Venafro, donde la enfermedad le había retenido en cama unos 40 días, 21 de ellos sin tomar alimento, celebre la misa solemne de la Inmaculada en la parroquia de Pietrelcina «como si nada hubiera sufrido» los días anteriores? Si el Padre Pío, en sus cartas, les hablaba con tanta frecuencia de los asaltos, incluso físicos, de los demonios y les decía que el demonio le impedía manifestar sus cosas al confesor y hacía que cartas del Director espiritual le llegaran en blanco o emborronadas de tinta y…, ¿su permanencia fuera del convento no sería cosa del maligno y no de Dios?
Elías Cabodevilla Garde