Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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El papel materno de María en la misión sacerdotal del Padre Pío (2)


posted by Marcela González on

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El papel materno de María en la misión sacerdotal del Padre Pío puede recogerse en estos títulos: vínculo de unión con el Hijo Jesús; asistencia durante la celebración de la santa Misa; ayuda y apoyo en su ministerio en favor de los hermanos. Nos fijamos brevemente en cada uno de estos puntos.
Vínculo de unión con el Hijo Jesús.
El primer oficio materno de María en relación al Padre Pío ha sido el de unirlo al Hijo Jesús. El Padre Pío realizó de forma perfecta el dicho de los teólogos: «A Jesús por María» o bien «Por María a Jesús». Así expresa el Santo de Pietrelcina esta maravillosa realidad espiritual.
Pietrelcina, 6 mayo 1913: «Esta querida Madrecita continúa ofreciéndome con sumo empeño sus cuidados maternos, de modo especial en este mes. Sus atenciones para conmigo rayan lo inimaginable... ¿Qué he hecho yo para merecer tanta generosidad?¿Mi conducta no ha sido acaso una negación continua, no digo de su Hijo, sino del mismo nombre de cristiano? Y sin  embargo, esta tiernísima Madre, en su inmensa misericordia, sabiduría y bondad, ha querido castigarme de una forma tan excelsa como la de derramar tantas y tan grandes gracias en mi corazón. Por tanta ternura mi corazón se siente «quemarse sin fuego»: «Cuando me hallo en su presencia y en la de Jesús... me siento abrasándome del todo sin fuego; me siento abrazado y unido a su Hijo por medio de esta Madre, sin ver siquiera las cadenas que tan estrechamente me atan; mil llamas me consumen; me siento en una muerte continua aun permaneciendo vivo».
Y continúa: «En ciertos momentos es tal el fuego que me devora aquí dentro que busco con todas mis fuerzas alejarme de ellos, para ir en busca de agua fría en la que arrojarme; pero... me doy cuenta en seguida de lo infeliz que soy porque, entonces más que en otras ocasiones, siento que no soy libre; las cadenas, que mis ojos no ven, siento que me tienen atado y muy atado a Jesús y a su querida Madre; y es en esos momentos cuando, las más de las veces, me pueden los arrebatos...; estoy tentado de gritarles a la cara y llamarlos cruel al Hijo y tirana a la Madre... He aquí descrito débilmente lo que me sucede cuando estoy con Jesús y con María» (Epist. I,356-357).

Asistencia durante la santa Misa
Desde el 10 de agosto de 1910, el joven sacerdote capuchino fue acompañado al altar por María para la celebración de la santa Misa. El 1 de mayo de 1912 ya le confiaba esto al Padre Agustín: «Pobre Madrecita, ¡cuánto me quiere! Lo he constatado una vez más al comienzo de este hermoso mes. Con cuánto mimo me ha acompañado al altar esta mañana. Me parecía que no tuviera ninguna otra cosa en qué pensar sino sólo en llenarme del todo el corazón de santos afectos» (Epist. I,276).
Pero este hecho no fue un acto aislado, que ocurrió únicamente el 1 de mayo de 1912; se repitió en todas las santas Misas celebradas por el primer sacerdote estigmatizado.
Tenemos el testimonio de Cleonice Morcaldi de que el venerado Padre, en cierta ocasión, le hizo esta confidencia: En el altar, junto a él, mientras celebraba la santa Misa, estaba permanentemente la Virgen Dolorosa. Ésta es la razón por la que un día, a la misma Cleonice Morcaldi, que le preguntaba cómo tenía que asistir a su Misa, el Padre le respondió: «Como asistieron la Virgen Dolorosa y las piadosas mujeres».
Asistencia durante el ministerio de las confesiones
Pero la Virgen no estaba presente sólo en la celebración de la santa Misa del primer sacerdote estigmatizado, sino también cuando ejercía el ministerio de las confesiones.
Fr. Tarsicio de Cervinara nos ha dejado este testimonio: «Durante los exorcismos, entre las muchas cosas que pregunté al demonio, quise saber por qué el Padre trataba con severidad a tantas almas en el confesonario. Oigo que me dice: “El Padre Pío trata a cada alma como Dios quiere. A los lados del confesonario están siempre para asistirlo la Virgen y San Francisco, y el Padre Pío hace y dice sólo lo que éstos le sugieren”. El asunto me impresionó. Quise hablarlo con el interesado: “Padre, se lo pido en nombre de Dios y la respuesta debe dármela para mi tranquilidad: ¿Es verdad que en el confesonario está asistido por la Virgen y por san Francisco, y que en relación a las almas hace y dice todo y sólo lo que le viene sugerido por la Virgen Santísima y por el Seráfico Padre?”. “Hijo mío, si no estuvieran estos dos conmigo, ¿qué conseguiría hacer yo?”, oigo que me responde el Padre, con la cabeza inclinada y después de unos instantes de vacilación».
Las obras sociales
El Padre Pío también confío a la Virgen sus obras sociales: los Grupos de oración y la Casa Alivio del Sufrimiento. El 10 de agosto de 1960, con ocasión del 50º aniversario de su sacerdocio, escribió en la estampa recordatorio: «Oh María, salud de los enfermos, ayuda, protege y haz florecer mi pobre Obra, que es tuya, la Casa Alivio del Sufrimiento, para gloria de Dios y bien espiritual y material de los que sufren en el alma y en el cuerpo».
Después del paréntesis de Venafro (año 1911), que estuvo iluminado por la sonrisa de María, la Madre celeste continuó impetrando gracias y más gracias para el humilde Hermano de Pietrelcina. Escuchamos una vez más el testimonio del querido Padre. Pietrelcina, 2 junio 1912: «Nuestro común enemigo continúa haciéndome la guerra y hasta el momento no ha dado prueba alguna de querer retirarse o de darse por vencido. Me quiere perder a toda costa... Pero estoy muy agradecido a nuestra común madre María al rechazar estas asechanzas del enemigo. Dé gracias también usted a esta buena Madre por todas estas gracias especialísimas, que en todo momento va impetrando para mí» (Epist. I,224).
La Virgen en verdad se le mostraba Madre. El Padre escribe desde Pietrelcina el 1 de mayo de 1912: «¡Cuántas veces he confiado a esta Madre las dolorosas inquietudes de mi corazón turbado y cuántas veces me ha consolado!... En los momentos de mayor sufrimiento, me parece no tener madre en la tierra, pero sí tener una, y muy piadosa, en el cielo» (Epist. I,276).
Para corresponder a tanta generosidad maternal, el Padre Pío escribe con decisión: «Quisiera tener una voz tan fuerte que fuera capaz de invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a la Virgen». «Quisiera volar para invitar a todos los seres a amar a Jesús, a amar a María»  (Epist. I,277,357).
Convencido de esta poderosa protección materna, el Padre Pío espera con confianza la victoria: «El enemigo... es poderosísimo. La fuerza de Satanás, que me combate, es terrible, pero viva Dios que ha puesto mi salud y el éxito de mi victoria final en las manos de nuestra Madre celeste. Protegido y guiado por Madre tan tierna, permaneceré en la lucha hasta que Dios lo quiera, convencido y lleno de confianza en esta Madre de no sucumbir jamás» (Epist. I,576).
A pesar de todo lo dicho, se dio un rechazo por parte de la Virgen: negó al Padre Pío una gracia (quizás la de poder regresar definitivamente al convento) que éste se la pidió para obedecer al padre Agustín. En una carta del 1 de mayo de 1912, el Padre Pío había expuesto las dos gracias que esperaba conseguir en el mes de mayo: la primera, la de morir u obtener que «todos los consuelos de la tierra» le fuesen cambiados en «amarguras» a cambio de no volver a ver nunca más «aquellos rostros siniestros» de los demonios; la segunda (no la manifiesta pero da a entender que es conocida por el Padre Agustín), la de regresar definitivamente al convento. Esta segunda gracia no fue concedida. Peor aún, la Virgen tomó una actitud que hizo sufrir al pobre hijo no escuchado. No lo creeríamos si no fuese el mismo Padre Pío el que nos lo dice. El 18 de mayo de 1913, desde Pietrelcina, informaba al padre Agustín: «Al recibir su última carta quise poner ante la Virgen la gracia que usted repetidas veces me ha mandado que le pida... El efecto esperado no se ha conseguido, porque esta Madre santa montó en cólera por el atrevimiento que tuve de pedirle de nuevo la citada gracia, que ya me había prohibido severamente que se la pidiera. Esta involuntaria desobediencia me la ha hecho pagar a muy caro precio. Desde aquel día se alejó de mí llevándose consigo a todos los otros personajes celestes... Desde aquel día, se entabló una guerra durísima con estos feroces cosacos. Intentaban hacerme creer que al fin había sido rechazado por Dios. ¡Y quién no lo hubiese creído si se tiene en cuenta el modo demasiado descomedido con que fui alejado de Jesús y de María!».
A pesar de todo esto - y aquí aparecen la confianza y el atrevimiento filial del Padre Pío en relación a la Virgen -  en esta «inmensa angustia» y después de haber llorado por mucho tiempo, el Padre Pío confiesa: «Apenas tuve el atrevimiento de elevar a la Consoladora de los afligidos esta súplica: “Madre de misericordia, ¡ten piedad de mí! Tendrías que comprender, Madre mía querida, que, si lo hice, fue únicamente para obedecer”. Apenas había terminado de elevar al cielo esta breve súplica, que me había nacido del fondo del corazón, mi corazón ya saltaba de gozo... El hielo se había roto; la Consoladora de los afligidos estaba allí junto al Hijo; pero ¡qué terror provocaban sus severos rostros! Me hicieron un buen lavado de cerebro y me reiteraron su prohibición. “No te preocupes por las muchas extravagancias que los demás piensen de ti; nosotros nos hemos hecho cargo de defenderte”» (Epist. I,360-362).
«Estas pinceladas autobiográficas, tomadas del epistolario a sus directores espirituales, encuadran y explican una rica devoción mariana, que se puede resumir así: ternuras por ternuras».
Estas ternuras continuaron en el siguiente mes de julio de 1913, cuando el alma del Padre Pío experimentó el gozo de una visión maravillosa. Él mismo la describe así: «El domingo por la mañana, después de la celebración de la santa Misa, esto es lo que me aconteció: De repente mi espíritu se sintió trasportado por una fuerza superior a una estancia amplísima, iluminada por una luz vivísima. En un trono alto, tachonado de piedras preciosas, vi sentada una mujer de rara belleza; era la Virgen santísima; guardaba en su regazo al Niño, que tenía un porte majestuoso, un rostro espléndido y más luminoso que el sol. A su alrededor había una gran multitud de ángeles de formas muy resplandecientes» (Epist. I,388).
Fue para agradecer a la Virgen esta maravillosa visión que el Padre Pío, ese mismo día, pidiera y obtuviera permiso para abstenerse de comer fruta los miércoles, en honor de la Virgen. Después de esta visión, en el primer volumen del epistolario del Padre Pío, sólo encontramos otra referencia a la Virgen. La que se refiere a la Virgen Dolorosa, en una carta al padre Agustín del 1 de julio de 1915: «La Virgen Dolorosa nos alcance de su santísimo Hijo la gracia de comprender cada vez más el misterio de la cruz y de embriagarnos con ella en los padecimientos de Jesús. La mayor prueba de amor es sufrir por el amado; y, después que el Hijo de Dios padeció tantos sufrimientos por puro amor, no queda duda alguna de que la cruz, llevada por amor a él, se ha convertido en amable como el amor.
La santísima Virgen nos obtenga el amor a la cruz, a los sufrimientos, a los dolores, y ella, que fue la primera en practicar el Evangelio en toda su perfección, en todas sus exigencias, incluso antes de que fuera escrito, nos obtenga también a nosotros, y ella misma nos lo dé, el empuje de acercarnos a ella sin titubeos.
Esforcémonos también nosotros, como tantas almas elegidas, por seguir a esta bendita Madre, por caminar siempre a su lado, ya que no existe otro camino que nos conduzca a la vida fuera del que siguió nuestra Madre: no abandonemos este camino nosotros que queremos llegar a la meta.
Unámonos día a día a tan querida Madre, salgamos con ella al encuentro de Jesús fuera de Jerusalén, símbolo y figura de la obstinación de los judíos, del mundo que rechaza y reniega de Jesucristo; mundo del que Jesucristo declaró que se había separado pues dijo: “Yo no soy del mundo”, y que excluyó de su oración al Padre: “No pido por el mundo”» (Epist. I,602).
Después de este texto, no tenemos otras referencias a la Virgen en el primer volumen del epistolario del Padre Pío. Para encontrar un nuevo texto, tenemos que tomar en las manos el breve Diario escrito por el Padre Pío en los meses de julio-agosto de1929.
En estos meses, el Padre Pío estaba particularmente angustiado por las dificultades que el Vicario de Cristo encontraba al gobernar la Iglesia. La mañana del 15 de agosto de aquel año, fiesta de la Asunción de María santísima al cielo, estaba terriblemente probado en el cuerpo y en el espíritu. En aquellas condiciones fue a celebrar la Misa. Pero dejémosle la palabra: «Esta mañana he subido al altar, aunque no sé cómo. Dolores físicos y penas interiores luchaban a porfía a ver quién lograba martirizar más todo mi pobre ser... A medida que me iba acercando al momento de consumir las Sacratísimas Especies, este lastimoso estado se intensificaba más y más. Me sentía morir. Una tristeza mortal me invadía completamente, y ya creía que todo había terminado para mí: la vida de este tierra y la vida eterna... En el momento de consumir la Sagrada Especie de la Hostia Santa, una inesperada luz invadió totalmente mi interior y vi claramente a la Madre del cielo con el Hijo Niño en los brazos, que me decían al unísono: “¡Tranquilízate! Estamos contigo, tú nos perteneces y nosotros somos tuyos”. Dicho esto, ya no vi nada más... Durante todo el día me he sentido sumergido en un océano de dulzura y de amor indescriptible» (Epist. IV,1024).
Una vez más María se mostraba madre y mediadora de todas las gracias. El hecho de que, después de la referencia a la Virgen Dolorosa, no haya otras referencias a la Virgen María en el primer volumen del Epistolario del Padre Pío, me lleva a formular esta observación:
Al presentar la figura de María, el venerado Padre sigue la línea trazada en los Evangelios. Éstos siguen esta trayectoria: la Madre, en los relatos de la infancia; la Mediadora de todas las gracias, en las bodas de Caná; la Dolorosa, en el Calvario, a los pies de la cruz. Y es la línea que siguió San Pío de Pietrelcina en el primer volumen de su Epistolario.

Fuente: La presencia de Marìa Santìsima en la vida de Padre Pio de Fr. Gerardo di Flumeri

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