Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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"Sed de Dios" por el Padre Gustavo Seivane


posted by Marcela T. Gonzalez Grupos on

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¿Tienen sed de Dios? ¿Hay sed de Dios en sus almas?
¿La sed se muestra intermitente, aparece y desaparece, o más bien la experimentan asentada, permanente, como una marca interior?
La sed de Dios, también, puede ser en nosotros como un vago recuerdo, una vivencia ahora un tanto extraña, apenas registrable, algo de otro tiempo, algo que casi no ha dejado rastro.
Puede también que sintamos nostalgia de una sed antigua, una sed de Dios que hacía que nuestros corazones se mantuviesen en vilo.
Porque la sed sostiene...
Nos hace tejer esperas, movernos hacia la fuente.
¿No nos dice la carta a los hebreos que nuestra esperanza es como un ancla en el alma?
Y la sed tiene mucho de esperanza. Así sucede cuando la sed no se gesta en los apetitos por lo natural y sensible, cuando la sed no es un reclamo para saciar nuestro hombre viejo, ni es sed de este mundo.
La esperanza es un ancla en el alma, una bendita sed, cuando no es sed de algo que no sea Dios.
San Juan de la Cruz lo entendió muy bien y lo enseñó mejor: “Cuando reparas en algo dejas de arrojarte al todo”.
Pues hay una sed que Dios suscita en el alma: Sed de su Palabra, sed del agua viva (que es el mismo Espíritu santificador), sed como la de la samaritana, que en aquel mediodía, junto al pozo de Jacob, después del encuentro con Cristo, quedó abierta a una novedad: una sed distinta comenzaba a crecer en ella, sed de una Fuente que le había sido desconocida hasta entonces, sed que la llevó a una conversión.

Nos dice Juan en su evangelio:

“La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?”

El sediento aprecia la gota, el breve sorbo, el trago.
No bebe con indiferencia.
En el beber, el sediento se relaciona con lo bebido, se encuentra, y la relación aparece amical, como una forma de comunión.
Beber lo divino, absorber la gracia, comulgar, conlleva una resonancia muy distinta en un sediento que en un indiferente.
Sólo en la sed se anuncia lo sagrado.
También Jesús tiene sed…
Fatigado del camino, nos dice Juan, se sentó junto a un brocal, un pozo de agua, un pozo con historia, un pozo que evoca los antepasados de su pueblo, el pueblo de la Alianza.
En otros pasajes los evangelios, también, nos muestran ese cansancio de Jesús, la fatiga de un Dios que camina los caminos del hombre.
Cuando me fue dado recorrer la Tierra Santa me conmovió comprobar las distancias caminadas por Jesús. Lo andado por el Verbo encarnado. Lo transitado por nuestro Dios amor en busca de los hombres.
El deseo de Dios por cada uno de nosotros es la sed de Dios.
Esa sed expresada hasta el paroxismo en la Cruz: “Tengo sed”, dirá en la altura del Gólgota.
Sed de salvar. Sed de comunicar lo inmenso, lo infinito, lo que no acaba. Sed de hacernos participar de la misma Vida divina. Sed de quebrar nuestros límites, de borrar nuestra muerte, de hacernos eternos. Sed de limpiar las manchas que cubren el cristal del alma, para que la luz de quien es Luz de Luz, haga que sus rayos sean uno con el cristal al iluminarlo.
Jesús se sienta en el borde de aquel pozo de la Samaría, y acontece el encuentro.
Dios siempre toma la iniciativa. Nadie puede convertirse sin ese movimiento primero del amor divino.
En nosotros todo es siempre respuesta a Dios. Respondemos. Consentimos. Pero él llama, él sale al encuentro, él crea, él redime, él avanza, él da la gracia preveniente.
Nos dice Juan que aquella mujer va como todos los días por el agua. No prevé novedades. No presiente sorpresas. Anda por el camino de siempre como siempre, incluso calcula que no habrá nadie.
Porque, ¿quién va a ir a buscar el agua al mediodía? Ese es un trabajo para el alba, cuando comenzando el día se necesita el agua para las tareas domésticas. Definitivamente es una labor para realizar con el frescor de la mañana.
Pero, quizás, va al mediodía para desencontrarse de sus vecinas, para evitarlas, para no oír murmuraciones.
Pero mientras elude a sus aldeanas, Dios la intercepta. La espera. Jesús le sale al encuentro, y su vida cambia, y toda ella se llena de una nueva sed, de una bendita sed, una sed que viene a apagar las anteriores, las mundanas.
Y todo sucede allí, donde menos podría haberlo imaginado.
Pues las sorpresas de Dios son su gracia preveniente. El tiene la iniciativa. El nos ama y nos encuentra donde no calculamos, nos sale al paso para ahondarnos en un diálogo que nos revela la verdad, y para despertar en nosotros la sed de él.
Una sed que paradójicamente aumenta la saciedad.
San Juan de la Cruz lo escribe así:

“El corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche”.

Ha querido Dios crear y redimir.
Ha creado y redimido por amor. Libremente. Con libertad amorosa. Con amor libertador. Gratuitamente. Con desmesura. Como expresando un exceso, un derroche, una abundancia sublime, la abundancia de su ser infinito, la donación generosa de su íntima Vida de Dios.
Creando y redimiendo Dios se ha revelado como Amor.
Un Amor que nos busca encarnado.
Y allí está Dios. Dios encarnado: pidiendo de beber. Mostrándose sediento para saciarnos.
Por eso, la Encarnación nos admira y enmudece aún más que la misma creación.
Es en Jesucristo que descubrimos al Amor buscándonos encarnado.
 ¿Porque adónde nos adentramos cuando contemplamos a un Dios que se muestra sediento?
¿Qué consecuentes frutos van apareciendo cuando meditamos esto?
¿Con cuánto asombro vivimos que Dios para darse, me hace conocer y disponer mi cántaro vacío?                               
Hay una Luz que no encandila, sino que revela.
Jesús le dice a la samaritana: “Dame de beber”.
La Grandeza y la Fuente: pide, solicita, requiere.
Jesús abre el diálogo. Jesús siempre abre. Y Jesús quiere que aquella mujer, y que todos nosotros nos abramos también. O mejor aún, que abramos la hondura del pozo de nuestro ser, porque es él el que quiere verter y colmar nuestro corazón de su agua viva, y tornarlo manantial que fluya, y salte hasta la vida eterna.
La samaritana no sabe que encontrará a aquel que siempre la buscó, aquel que se hace sediento para darle de beber.

Que Jesús sea nuestra Fuente, se ve en la medida de lo que hacemos con nuestra sed.
Miremos qué hacemos con nuestra sed.
Dònde buscamos calmarla
El pozo de cada corazón tiene la hondura de la propia sed.
La sed cava.

Y la Sagrada Escritura nos alienta:

 “Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera reciba gratis aguas de vida”.

 

Padre Gustavo Seivane
Asistente espiritual de los Grupos de Oraciòn del Padre Pio
Argentina