Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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VIERNES SANTO, por el Padre Gustavo Seivane*


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Tan abierto. Tan blanco. Tan inocente… Puro don de Sí mismo. Manso Cordero. Amor firme y abismal… Jesús, adherido a un madero. Jesús sacrificado y hecho fuente. Jesús, extendido, sin nada. Desnudo y perdonando.


¿Dónde estarán sus sandalias, su túnica, y su manto? ¿Qué habrá sido de las palmas y las alfombras de ramos? ¿No están aquí los cantos y las fiestas, las alegrías de los muchos conversos, las multitudes asombradas por su enseñanza? Si hasta el sol se eclipsó… ¿Y qué hay de los cautivos liberados, y de los enfermos que hallaron salud por el sólo imperio de su autoridad divina? ¿Y sus amigos? ¿Dónde están sus amigos?, los que pudieron ver y oír eso que muchos reyes y profetas no pudieron. ¿Pero no se habían pegado a su paso? ¿No se habían acostumbrado a su Voz? ¿No lo habían visto caminar sobre las aguas  y multiplicar panes y peces? ¿No lo habían acompañado por la Palestina, y aquí o allá, en este o aquel atardecer, no habían presenciado  la curación de los ciegos o la resurrección de los muertos? ¿Dónde están los testigos de sus prodigios de amor?

No. No están. Es una ausencia áspera. Una ausencia que raspa. Son los golpes de la ingratitud o la infidelidad… No solemos estar donde Dios sufre... Tampoco hay música en el Gólgota. Sí, hay risas, y el ulular de los insultos arañando el aire. Se escucha el filo del acero hendiendo las vainas. O el graznido de los cuervos agazapados sobre las alturas de las cruces.

La única melodía es tan honda, que sólo Dios la percibe. La recibe. La acepta como ofrenda.  Son los sonidos sacros que perviven en medio de la crueldad: el llanto de la Virgen contra las piedras, el respirar entrecortado  de las mujeres, el ahogo sincopado del apóstol Juan, y los gemidos, los gemidos inefables de Jesús.

Jesús. Jesús. Jesús… Aquí está el Hermoso Jesús.

Jesucristo muere. Padece y muere. Anonadado exhibe la fuerza del amor. Es el Hijo del Hombre entregado por los hombres. Es el Hijo de Dios enviado para destruir las obras del diablo.

Ya no valen las palabras de Job: “Si pequé, ¿qué daño te hice, a ti guardián de los hombres?”. Porque es una esponja Cristo… Su cuerpo, su alma, absorben la densidad del mal. Tu mal, mi mal, nuestro pecado. Gime el Amor. Está clavado en su Hora. No va a huir. Ha venido para esto. El es fiel, y beberá toda la escoria de los hombres; beberá el cáliz llenísimo, lo beberá hasta los bordes, abierto en la cruz, lo beberá recibiendo toda la tiniebla del mundo, hundiéndose en la muerte, hecho maldición.

Oh! Cristo, Luz de Luz, Inocente, Hermoso Hijo de María, Redentor y compañero de sufrientes, Varón de dolores… ¿Volveremos a olvidar tu sufrimiento? ¿Volveremos a esconderlo cuando celebremos tu Resurrección? ¿Una vez más dejaremos de decir: “Jesucristo Muerto y Resucitado”, para decir sólo: resucitó? ¿No te llevaste acaso las llagas a la eternidad? ¿No las diste a tocar al apóstol Tomás? ¿Saltearemos siempre tu viernes santo? ¿Lavaremos tu dolor? ¿Justificaremos ese salto? ¿Haremos aséptico este misterio?¿Diremos que era un paso necesario sin detenernos ni contemplar el drama de tu sufrimiento asumido libremente por amor?... Pero San Pablo seguirá afirmando: “Cristo murió por nuestros pecados”. Y, también, “nosotros predicamos a Cristo Crucificado”. Y la liturgia seguirá cantando: “Anunciamos tu Muerte, y proclamamos tu Resurrección: Maranatha”. La pregunta es quién quiere acompañarte en la Cruz. La tuya primero. La tuya en los hermanos después.  Quién entra en ti. Quién valora tu paga. “Nos compraste con tu Sangre para ser liberados de la tiranía del adversario”, dice la Sagrada Escritura.

A tu cuerpo de Cordero le arrojamos nuestras maldades. A tus espaldas, a tu frente, a tus venerables manos, a esos tus brazos que abrigaron consolando, a tus rodillas afiebradas, a tus pies peregrinos y mansos... les dimos golpes y llagas. Peor, aún, sobre todo, cubrimos de horror tu alma: “¿Padre, porqué me has abandonado?”, dirás exhausto, abismado, perdido en una horrible lejanía, en una inédita distancia, en una insondable soledad.

Nuestra ignorancia no sabe del alcance del pecado… Eso, lo conoce el cuerpo lacerado de Jesús, y su alma ensanchada por amor, su Conciencia mística, que ve entrar todas las traiciones y abandonos, las indiferencias y cizañas, los crímenes, mentiras, iras, violencias, negligencias...sombras.

Jesucristo no sólo se entrega por nosotros. Muere por nuestros pecados. Es el grano de trigo entrando en la oscuridad de la tierra, partiéndose para dar vida. La Vida sobrenatural. La Vida de las virtudes teologales. La Vida del Espíritu Santo derramado en su Iglesia, en nuestras almas, con sus dones, carismas y frutos… La Vida eterna. La Vida conquistada por la Cruz.

En la Cruz, Dios, en su Hijo Jesús, conoce el sufrimiento y la muerte. Y por la Cruz, Cristo será exaltado a lo más alto, a la derecha de Dios. Por eso es Redentor del género humano, y Salvador del mundo. Desde entonces, el sufrimiento puede ser un momento de lo divino para nosotros.  Una oportunidad de comunión con Dios por Jesús. El  hombre nuevo, el cristiano, es capacitado para amar como Jesús, y para dar testimonio de él con su cruz. Glorificar a Dios amando, y en el mismo dolor no dejar de amar, ni de bendecir al Señor, es propio del testigo de Cristo. Y Cristo, que exalta al humillado, lo confirma con su voz: Padre, quiero que donde Yo esté , este también mi servidor”. “Felices los afligidos, porque serán consolados”, dice el Señor… Es la esperanza de la Cruz.

Jesús entra con Majestad en el combate. Nadie le arrebata la vida. No es un juguete del mal. Él da la vida. Él conduce al enemigo a su derrota.

Maestro y Señor, nos sigue diciendo con alta belleza: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.

Porque Él hará nuevas todas las cosas. Sufre, pero va ganando la pulseada… Y María, misteriosamente lo sabe...De pie, ella sigue creyendo. De pie, ella sigue amando. De pie, ella sigue esperando, aguardando una vez más lo imposible.

Cuando Cristo diga: “Todo se ha cumplido”, habrá ganado el Amor… El perdón habrá triunfado. La Paz, y todos los frutos de la Vida Nueva habrán comenzado a nacer, a hacerse don para los hombres.

Porque la Vida habrá penetrado en la muerte. Porque el Amor habrá comenzado a abrir las prisiones, los límites, los calabozos, las ataduras del pecado y de la misma muerte. Porque el Acusador de los hermanos, el Adversario, no tendrá poder alguno contra nuestro Abogado.

“Me amó y se entregó por mí”, dice el apóstol.

Mañana, en el espesor de la noche, la Luz comenzará a manifestar su victoria, la Gloria de la Cruz mostrará su fruto. Recibiremos el Espíritu. El don de la Pascua. La fuerza de la Resurrección. Amén.



                                                                                      Padre Gustavo Seivane



* Asesor nacional de los Grupos de oración de Padre Pio - Argentina

ABRIL


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1  ¿No nos dice el Espíritu Santo que, en la medida que el alma se acerca a Dios, debe prepararse para la prueba? ¡Animo, pues! ¡Valor!, hija mía. Lucha con fortaleza y tendrás el premio reservado a las almas fuertes (Epist.III, p.423).

2  Hay que ser fuertes para llegar a ser grandes: éste es nuestro deber. La vida es una lucha de la que no podemos retirarnos; todo lo contrario, es necesario triunfar (CE, 33).

3  ¡Ay de los que no son honrados! No sólo pierden todo respeto humano sino que, además, no pueden ocupar ningún cargo civil... Por eso, seamos siempre honestos, desechando de nuestra mente todo mal pensamiento; y vivamos con el corazón orientado siempre hacia Dios, que nos ha creado y nos ha puesto en este mundo para conocerle, amarle y servirle en esta vida y después gozar de él eternamente en la otra (CS, n.15, p.74s.).

4  Sé que el Señor permite al demonio estos asaltos para que su misericordia os haga más agradables a sus ojos, y quiere que también os asemejéis a él en las angustias del desierto, del huerto y de la cruz; pero os tenéis que defender alejándoos y despreciando en el nombre de Dios y de la santa obediencia sus malignas insinuaciones (Epist.III, p.584).

5  Fíjate bien: siempre que la tentación te desagrade, no tienes por qué temer, pues, ¿por qué te desagrada si no porque no quisiste sentirla?
Estas tentaciones tan inoportunas nos vienen de la malicia del demonio, pero el desagrado y el sufrimiento que sentimos por ellas vienen de la misericordia de Dios, que, contra la voluntad de nuestro enemigo, aparta de su malicia la santa tribulación, y por medio de ella purifica el oro que quiere incorporar a sus tesoros.
Digo más: tus tentaciones son del demonio y del infierno, pero tus penas y sufrimientos son de Dios y del paraíso; las madres son de Babilonia, pero las hijas son de Jerusalén. Desprecia las tentaciones y abraza las tribulaciones.
No, no, hija mía, deja que sople el viento y no pienses que el sonido de las hojas sea el rumor de las armas (Epist.III, p.632s.).

6  No os esforcéis por vencer vuestras tentaciones porque este esfuerzo las fortalecería; despreciadlas y no os entretengáis en ellas. Imaginaos a Jesucristo crucificado entre vuestros brazos y sobre vuestro pecho y repetid muchas veces besando su costado: ¡Esta es mi esperanza, ésta es la fuente viva de mi felicidad! ¡Yo os agarraré estrechamente y no os dejaré hasta que me coloquéis en un lugar seguro! (Epist.III, p.570).

7  Pon fin a estas aprensiones sin sentido. Recuerda que la culpa no está en el sentimiento sino en el consentir a tales sentimientos. Sólo la voluntad que actúa libremente es capaz del bien y del mal. Pero cuando la voluntad gime bajo la prueba del tentador y no quiere aquello que se le presenta, allí no sólo no hay culpa sino que hay virtud (CE, 34).

8  Que no te asusten las tentaciones; son la prueba a la que Dios somete al alma cuando la ve con las fuerzas necesarias para mantener el combate y para ir tejiendo con sus propias manos la corona de la gloria.
Hasta ahora tu virtud ha sido de niña; ahora el Señor quiere tratarte como a adulta. Y porque las pruebas de la vida adulta son muy superiores a las de quien todavía es un niño, por eso al comienzo te encuentras desorganizada; pero la vida del alma adquirirá la calma y tú recobrarás la quietud. Ten paciencia por un poco más de tiempo; todo será para tu bien (Epist.III, p.626).

9  Las tentaciones contra la fe y la pureza son mercancía que ofrece el enemigo; pero no hay que tenerle miedo sino despreciarlo. Mientras siga alborotando, es señal de que todavía no se ha apoderado de la voluntad.
Tú no te desasosiegues por lo que estás experimentando de parte de este ángel rebelde; que tu voluntad se mantenga siempre contraria a estas instigaciones, y vive tranquila que ahí no hay culpa sino complacencia de Dios y ganancia para tu alma (Epist.III, p.422s.).

10  A él debes recurrir en los asaltos del enemigo, en él debes poner tu esperanza, y de él debes esperar todo bien. No te detengas voluntariamente en aquello que el enemigo te presenta. Recuerda que vence el que huye; y tú, ante los primeros movimientos de aversión hacia aquellas personas, debes apartar el pensamiento y recurrir a Dios. Dobla tu rodilla ante él y con grandísima humildad repite esta breve súplica: “Ten misericordia de mí, que soy una pobre enferma”. Después levántate y con santa indiferencia continúa en tus asuntos (Epist.III, p.414).

11  Ten por cierto que cuanto más crecen los asaltos del enemigo tanto más cerca del alma está Dios. Piensa y compenétrate bien de esta verdad cierta y reconfortante (Epist.III, p.414).

12  Anímate y no temas las obscuras iras de Lucifer. Métete esto en la cabeza para siempre: es una buena señal que el enemigo alborote y ruja en torno a tu voluntad, porque esto demuestra que él no está dentro.
¡Animo!, mi queridísima hija. Pronuncio esta palabra con gran sentimiento y, en Jesús, te repito: ¡ánimo!; no hay que temer mientras podamos decir con decisión, aunque sea sin sentirlo: ¡Viva Jesús! (Epist.III, p.410).

13  Ten por seguro que cuanto más grata es un alma a Dios más tiene que ser probada. Por eso, ¡valor! y ¡siempre adelante! (Epist.III, p.397).

14  Comprendo que las tentaciones más que purificar el espíritu parece que lo manchan; pero escuchemos cuál es el lenguaje de los santos; y a este propósito, os baste saber lo que, entre otros, dice San Francisco de Sales: que las tentaciones son como el jabón, que, extendido sobre la tela, parece que la ensucia cuando en realidad la limpia (Epist.II, p.68s.).

15  Vuelvo a inculcaros una vez más la confianza; nada puede temer el alma que confía en su Señor y que pone en él su esperanza. Aunque el enemigo de nuestra salvación esté siempre rondándonos para arrancarnos de nuestro corazón el ancla que debe conducirnos a la salvación, quiero afirmar la confianza en Dios nuestro Padre: agarremos con fuerza esta ancla y no permitamos nunca que nos abandone ni un solo instante; de otro modo todo estaría perdido (Epist.II, p.394).

16  Oh, ¡qué felicidad en las luchas del espíritu! Basta querer saber combatir siempre, para salir vencedor con toda seguridad (ASN, 43).

17  Estáte atenta para no desanimarte nunca al verte rodeada de debilidades espirituales.
Si Dios te deja caer en alguna debilidad, no es para abandonarte, sino sólo para afianzarte en la humildad y hacerte más atenta en el futuro (ASN, 42).

18  Marchad con sencillez por el camino del Señor y no atormentéis vuestro espíritu.
Tenéis que odiar vuestros defectos, pero con un odio tranquilo y no con el que inquieta y quita la paz (Epist.III, p.579).

19  La confesión, que es la purificación del alma, hay que hacerla a más tardar cada ocho días; yo no me puedo resignar a tener a las almas más de ocho días alejadas de la confesión (AP).

20  El demonio tiene una única puerta para entrar en nuestro espíritu: la voluntad; no existen puertas secretas.
Nada es pecado si no ha sido cometido por la voluntad. Cuando no entra en juego la voluntad, no se da el pecado, sino la debilidad humana (AdFP, 549).

21  El demonio es como un perro rabioso atado a la cadena; no puede herir a nadie más allá de lo que le permite la cadena. Manténte, pues, lejos. Si te acercas demasiado, te atrapará (AdFP, 562).

22  No abandonéis vuestra alma a la tentación, dice el Espíritu Santo, pues la alegría del corazón es la vida del alma y un tesoro inagotable de santidad; mientras que la tristeza es la muerte lenta del alma y no es útil para nada  (OP).

23  Nuestro enemigo, provocador de nuestros males, se hace fuerte con los débiles; pero con aquél que le hace frente con valentía resulta un cobarde (Epist.II, p.77).

24  Si conseguimos vencer la tentación, ésta produce el efecto que la lejía en la ropa sucia (AdFA, 158).

25  Sufriría mil veces la muerte antes que ofender al Señor deliberadamente (Epist.I, p.817).

26  No se debe volver ni con el pensamiento ni en la confesión a los pecados ya acusados en confesiones anteriores. Por nuestra contrición Jesús los ha perdonado en el tribunal de la penitencia. Allí él se ha encontrado ante nosotros como un acreedor de frente a un deudor insolvente. Con un gesto de infinita generosidad ha rasgado, ha destruido, las letras de cambio firmadas por nosotros al pecar, y que no habríamos podido pagar sin la ayuda de su clemencia divina. Volver sobre aquellas culpas, querer exhumarlas de nuevo con el solo fin de obtener una vez más el perdón, sólo por la duda de que no hayan sido verdaderamente y generosamente perdonadas, ¿no habría que considerarlo como un acto de desconfianza hacia la bondad de la que había dado prueba al destruir él mismo todo título de la deuda que contrajimos al pecar? Vuelve, si esto puede ser motivo de consuelo para nuestras almas, vuelve tu pensamiento a las ofensas infligidas a la justicia, a la sabiduría, a la infinita misericordia de Dios, pero sólo para derramar sobre ellas las lágrimas redentoras del arrepentimiento y del amor  (GF,169).

27  En el alboroto de las pasiones y de las situaciones difíciles nos sostenga en pie la grata esperanza de su inagotable misericordia. Corramos confiadamente al tribunal de la penitencia donde él con anhelo de padre nos espera en todo momento; y aún sabiendo que somos insolventes, no dudemos del perdón que se pronuncia solemnemente sobre nuestros errores. ¡Pongamos sobre ellos, como la ha puesto el Señor, una piedra sepulcral!... (GF, 171).

28  Las tinieblas que a veces obscurecen el cielo de vuestras almas son luz: por ellas, cuando llegan, os creéis en la obscuridad y tenéis la impresión de encontraros en medio de un zarzal ardiendo. En efecto, cuando las zarzas arden, todo alrededor es una nubarrada y el espíritu desorientado teme no ver ni comprender ya nada. Pero entonces Dios habla y se hace presente al alma: que vislumbra, entiende, ama y tiembla.
¡No esperéis, pues, al Tabor para ver a Dios, cuando ya lo contemplasteis en la cima del Sinaí (GE, 174).

29  Camina con alegría y con un corazón lo más sincero y abierto que puedas; y cuando no puedas mantener esta santa alegría, al menos no pierdas nunca el valor y la confianza en Dios (Epist.IV, p.418).

30  Todas las pruebas a las que el Señor os somete y os someterá son señales de su divina predilección y alhajas para el alma. Pasará, mis queridas hijas, el invierno y llegará la interminable primavera, tanto más rica de bellezas cuanto más duras fueron las tempestades (CE, 27).

VIA CRUCIS


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I ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte

Te adoramos, Cristo y te bendecimos 
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio según Juan (1, 9-12)
Venía al mundo la luz verdadera, la que ilumina a cada hombre. Vino entre su gente, pero los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo han recibido, les ha dado el poder de volverse Hijos de Dios.


Jesús va repitiéndome: no tengas miedo, yo permito que el demonio te atormente, que el mundo te degrade, que las personas más queridas te aflijan, porqué nada podrá prevalecer contra los que gimen bajo la cruz  por mi amor, a quienes quiero proteger. [Padre Pio]


Padre Nuestro, Gloria.


II ESTACIÓN: Jesús carga con la cruz 

Te adoramos, Cristo y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Del Evangelio según Marcos (15,16- 20)
 Los soldados lo condujeron dentro de un patio interno, lo vistieron de púrpura, tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre su cabeza. Luego lo saludaban: ¡Salve, rey de los judíos!Ellos le golpeaban la cabeza con una caña, lo escupían y, arrodillándose, se postraban delante de él. Después de burlarse, le quitaron el manto púrpura y lo hicieron vestir con sus prendas, luego lo condujeron afuera para crucificarlo.

El verdadero remedio para no caer es apoyarse en la cruz de Jesús, con la confianza puesta solo en él, que por nuestra salvación quiso ser crucificado. [Padre Pio]

Ave María, Gloria.



III ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez bajo la cruz

Te adoramos, Cristo y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Del Evangelio según Lucas (9, 22-23)
 El Hijo del hombre deberá sufrir mucho: es necesario. Los ancianos el pueblo, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley lo rechazarán. Lo matarán, pero al tercer día resucitará. Si alguno quiere venir conmigo, renuncie a sí mismo, tome la cruz y me siga.


No te preocupes, Jesús está cerca de ti y te mira; está ahí para quitar tus dolores[Padre Pio]

Padre Nuestro, Gloria.


IV ESTACIÓN: Jesús encuentra a su santísima Madre

Te adoramos Cristo y te bendecimos
Porqué por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Del Evangelio según Lucas (2, 34-35 51)
Simeón los bendijo y a María su madre, le dice: “Este , está aquí para la caída y la elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción. Y a ti misma una espada te atravesará el alma a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones. “Su madre conservaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón.


La Virgen Madre, que fue la primera en practicar el evangelio en toda su perfección, nos de la fuerza  para seguirla [Padre Pio]

Ave María, Gloria.



V ESTACIÓN: Jesús es ayudado por Simón de Cirene a llevar la cruz

Te adoramos Cristo y te bendecimos
Porqué por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Del Evangelio según Marcos (15, 21-22)
Y obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, que volvía del campo, padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz. Condujeron a Jesús al Gólgota  que significa “lugar del cráneo”. 


Bajo la cruz se aprende a amar y yo no se la doy a todos, sólo a las almas que me son más queridas [Padre Pio]

Padre Nuestro, Gloria.



VI ESTACIÓN: La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Te adoramos Cristo y te bendecimos
Porqué por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Del libro de los Salmos (27, 8-9)
Di lo que te ha dicho mi corazón: "Busquen su rostro". Yo busco tu rostro, Señor. No me escondas tu rostro, no rechaces con ira a tu siervo. Se tu mi ayuda, no me dejes, no me abandones, Dios de mi salvación.


Jesús sigua poseyendo vuestro corazón y los haga santos [Padre Pio]

Ave María, Gloria.


VII ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez 


Te adoramos Cristo y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Del Libro del Profeta Isaías (53, 4-7)
El ha cargado con nuestros sufrimientos, se hizo cargo de nuestros dolores; y nosotros lo juzgamos castigado, golpeado por Dios y humillado, maltratado, se dejó humillar y no abrió su boca; era como el cordero conducido al matadero, como oveja muda frente a sus esquiladores, no abrió su boca.


Cuidemos de no separar la cruz del amor de Jesús: se volvería una carga insoportable para  nuestra fragilidad [Padre Pio]

Padre Nuestro, Gloria.


VIII ESTACIÓN: Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Del Evangelio según Lucas (23, 27-28)
Lo seguía una gran multitud del pueblo y las mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mi; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos”

Ejercitad vuestro corazón en la dulzura interior y exterior, y sostenedlo tranquilamente entre los de afectos que tenéis [Padre Pio]

Ave María, Gloria.



IX ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz has redimiste al mundo

De la carta de san Pablo apóstol a los Filipenses ( 2, 6-7)
Él, siendo de condición divina no consideró el privilegio de ser igual a Dios, sino que se despojó de si mismo tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres. 


No te extravíes si la noche en ti se hace más larga y sombría, mira hacia arriba y verás brillar una lámpara que participa de la luz del eterno sol [Padre Pio]

Padre Nuestro, Gloria.


X ESTACIÓN: Jesús es despojado de sus vestiduras

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porqué por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Del libro de los Salmos (21, 17-19)
Un grupo de perros me circunda, me acecha una banda de forajidos, han praspasdo mis manos y mis pies.Puedo contar mis huesos. Ellos me observan: se dividen mis vestiduras.


No tengas miedo de las condiciones de tu espíritu, el Señor está contigo y cuida tu alma. [Padre Pio]

Ave María, Gloria.


XI ESTACIÓN: Jesús es crucificado 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porqué por tu Santa Cruz redimiste al mundo


Del Evangelio según Marcos (15,22; 25-27)
Condujeron a Jesús al Gólgota, que significa "lugar del cráneo". Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron y la inscripción con el motivo de su condena decía:"El rey de los judíos". Con él, crucificaron también a dos ladrones, uno a su derecha y otro a su izquierda.


La paz es la sencillez del espíritu, la serenidad de la mente, la tranquilidad del alma, el vínculo de amor: es la santa alegría de un corazón en el que reina Dios[Padre Pio]

Padre Nuestro, Gloria.


XII ESTACIÓN: Jesús muere en la cruz


Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porqué por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Del Evangelio según Marcos (15, 34; 37-39)
A las tres Jesús gritó: "Eloí, Eloí,¿ lemá sabactáni?"que significa "Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?". Entonces, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo. El centurión que se encontraba frente a él, habiéndolo visto morir de ese modo, dijo: "¡En verdad, este hombre era el Hijo de Dios!".

Pasará el invierno, y la primavera llegará interminable, tanto más rica en belleza cuánto más  duras son las tormentas[Padre Pio]

Ave María, Gloria.


XIII ESTACIÓN: Jesús es bajado de la cruz 

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Del Evangelio según Marcos (15, 42-43, 46)
Y ya al atardecer, era el día de la Preparación, es decir, la víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro respetado del Consejo, que esperaba también el Reino de Dios, y tuvo la valentía de entrar donde Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús.
Este, comprando una sábana, lo descolgó de la cruz.


Distiendan vuestro corazón y permitan que el Señor opere libremente. Amplíen vuestra alma frente al sol divino y dejen que sus beneficiosos rayos disipen de ella las tinieblas que el enemigos va espesando[Padre Pio]

Padre Nuestro, Gloria.


XIV ESTACIÓN: Jesús es depositado en el sepulcro

Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Del Evangelio según Mateo ( 27, 59-60)
José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca; luego hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se fue.

Jesús te ama: abandónate a sus sagrados designios y no tengas miedo, porqué Jesús está contigo[Padre Pio]

Ave María, Gloria.



CONCLUSIÓN


Te adoramos, Cristo, y te bendecimos
Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo

Oremos. Descienda, Señor, tu bendición sobre estos, tus hijos que han conmemorado la muerte de tu Hijo con la esperanza de resucitar con él; danos el perdón y el consuelo, acrecienta nuestra fe, refuerza nuestra certeza en la vida eterna. Amen


Oh Señor,
Al término del camino del Vía Crucis, no nos puedes dejar.
Aunque retornemos a nuestra actividad,
Te quedas dentro de nosotros, habitándonos y haciendo de nosotros tu casa.
Nosotros estamos destinados a mirar desde tus ojos moribundos, mientras contemplamos tu corazón atravesado.
Por esto te damos gracias,
Porque en la oscuridad de tu pasión has hecho surgir la aurora de la esperanza;
En el abandono y en la soledad de los hombres de todo el mundo
Has revelado tu infinito amor por  nosotros.
Concédenos poder ser hombres y mujeres alegres y pascuales,
En los días luminosos como en los sombríos,
en el camino hacia tu Reino.
(G. Ransenigo)

El hijo pródigo , Homilía del Padre Gustavo Seivane


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Qué serenante puede llegar a ser el saber que alguien me recibe aunque no lo merezca, aunque sea pecador… Un refugio puede ser, entonces, el corazón del amigo. Un descanso. Pero si el que me recibe es Dios, la amistad que ofrece y me espera es también fuente de perdón. Encuentro liberador. Una apertura de horizontes. Vida nueva.

El perdón descansa y sana. Bendice pasos. Da aurora. Como si nos besara la luz.
De la soberbia al hambre, y de la humildad a la fiesta… Caminos que solemos transitar los pecadores… El Señor es bueno. Es médico.
El Evangelio dice que “todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo”. ¿Qué les daba su Voz? ¿Qué les hacía su doctrina? ¿Veían crecer algo en ellos al escucharlo? ¿Recibían paz?

“Jesucristo es nuestra paz”, dice San Pablo. El muro del odio y de la división cae por la Gracia del Señor Jesús. Un muro que al caer favorece los espacios. Hace la unión. No mezcla. Distingue en relación. Trae la amistad. Engendra alianza.
¿A quién puede fastidiarle que Jesús coma con los pecadores?¿ O que este mundo devastado por la violencia sienta la percusión de las palabras de Cristo: “El que venga a mí yo no lo rechazaré”. O estas otras: “Destruyan este Templo, y yo lo levantaré en tres días”? ¿A quién le escandaliza el amor? A los fariseos y a los escribas. Es decir, a todos los que se sienten justos. A nosotros, alguna vez. O toda vez que no miramos con los ojos puros, cuando la mirada ve cómo Dios hace salir el sol sobre justos e injustos.

Si Jesucristo recibe a los pecadores, no es para felicitarlos por sus pecados, sino para corregirlos. Sanarlos. Para que se conviertan. Para que cambien. Para hacernos bienaventurados. Para animarnos. Para darnos a gustar el abrazo de su amistad. Para que hagamos amigos en si Nombre.
El Evangelio dice que los Fariseos y escribas murmuraban diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores, y come con ellos”. Jesús, a ellos, y a nosotros nos alecciona con una parábola. La parábola hace resplandecer el Amor. Es la parábola del Padre misericordioso. O llamada tradicionalmente del Hijo pródigo. Aquí, se encuentran “la Misericordia y la miseria”, como diría San Agustín. Dios abraza… Si hay alianza es porque hay un arrepentido. Un converso. Un punto nuevo de partida. La fiesta de la paz.

En el padre de la parábola encontramos figurado a Dios… Dios no nos obliga a amarlo, ni siquiera a hacer el bien. Favorece todo lo bueno. Ofrece su Gracia. Nos instruye. Nos previene. Nos alienta en el camino santo. Nos invita. El Apocalipsis dice. “Estoy a la puerta como el que llama, si me abres entraré y cenaremos juntos”.

Dios ama a sus criaturas. Dios es Amor. Él no retiene ni coacciona a sus hijos… La libertad es el más precioso don. Es la llave. Si abrimos lo bueno, la belleza estará con nosotros. Fascinante y tremendo es el misterio de la vida y la libertad. La libertad lleva en sí, por eso, un riesgo. Lleva la fuerza del sí y del no. Y eso nos da dignidad. Somos creaturas excelsas en nuestra hechura. Creados a imagen y semejanza de Dios. Libres.

Si puedo amar, entonces, puedo odiar. Si puedo aceptar, puedo rechazar. Si puedo salvarme, puedo condenarme. Si puedo permanecer en Dios, puedo, también, alejarme.
El hijo menor de la parábola, se fue. Alejó sus pasos. Se sintió fuerte, aunque desconocía su debilidad. Presumió. Se creyó capaz de hazañas. Ignoró que su ilusión lo dejaría perdido en “una soledad poblada de aullidos”, como dice el salmista.

Lejos, a la vera de un chiquero, conoció su límite, y su error. Midió su pecado.
Había pedido su parte. Una parte que había sido el esfuerzo de otros. ¿Será que la arrogancia siempre calcula mal?  Su sueño de gloria había resultado una construcción sobre arena… El hambre lo despertó. Lo devolvió al camino. Un camino de restauración. Sensatamente reflexionó.
El Evangelio afirma que recapacitó diciendo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!” Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: “Padre pequé contra el cielo y contra ti, ya no merezco ser llamado hijo tuyo”.

Había recogido sus cosas, y se había marchado a un país lejano, donde todo lo había malgastado en una vida licenciosa. Aquellas licencias que libremente se había dado a sí mismo fructificaron en indignidad. En frío y desamor… Lo magnífico fue que reflexionó. Pues un riesgo mayor pudo haberse consumado: ¡La obstinación! Como cuando el espanto de una mala vida, de un desatino, de un desvío dramático, se lo justifica. Cuando el orgullo llama riqueza a la pobreza, saciedad al hambre, o agua pura al fango y el estercolero.

El hijo menor no se mintió a sí mismo…. Llamó a las cosas por su nombre. Se dijo “yo estoy mal”. “Me equivoqué”. “Yo estaba bien con mi padre”. Era bueno el orden. Su cercanía. El calor del hogar. El trabajo y la mesa. La comunión y el respeto. La estabilidad y la riqueza de ser humilde.
De la reflexión pasó a la acción. Lo excelente está en que no dilató el retorno. No dio lugar a enredos, confusiones, justificaciones, y nuevos y abismales desvíos. “Ahora mismo iré a la casa de mi padre”. “Ahora mismo”. Ya. Un movimiento que es como avanzar resignificando todo lo bueno que había perdido. Recuperar. Ver todo lo de siempre, pero transfigurado.

¿Cómo lo esperó el padre? ¿Con cuáles ansias? ¿Acaso Dios no nos espera en el Corazón de Cristo?
El padre de la parábola hubo de permanecer asomado al camino. Como si desde el momento de la partida de su hijo hubiese puesto toda su atención en aquel regreso. El Evangelio dice que “cuando todavía estaba lejos lo vio, y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó”.
Nada permanece oculto para Dios. Todo lo penetra. Desde lejos lo vio regresar… La compasión de Cristo revela las entrañas de misericordia de Dios. “El que me ve a mí ve al Padre”, le había dicho a Felipe. “Vengan a mí, todos los afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”, insiste el Señor.
Profundidad del amor de Dios, que todo lo disculpa… Hay encuentros que desatan abrazos, y traen músicas, y lanzan a vuelo las campanas, y sana heridas, y bendicen, como un amanecer, como una resurrección. “Porque este hijo mío estaba muerto, y ha vuelto a la vida”… Había vuelto. Ahora, quedaba lejos el país lejano, el chiquero, y el habitante oscuro de aquel lugar que lo tenía sometido en la indignidad.

Luz de Luz es Dios. Y siempre dador de Vida… La mejor ropa para este arrepentido. Revístanlo de Cristo. Un anillo para este rescatado: reciba la alianza que lo une a la Iglesia de Dios como redimido. Lleve las sandalias nuevas para recorrer caminos, y para anunciar la Buena Noticia, y testimoniar la fe. Se una al Cordero en el banquete eucarístico. Es la fiesta del perdón. Es la Gloria de Dios celebrada. Es la hora de la paz. “Porque mi hijo estaba perdido, y lo he encontrado”.

La fiesta no dejó de ser fiesta porque el hijo mayor no participara. ´Puede que no todos celebren el amor de Dios. Los celos son un infierno… El Evangelio dice que el mayor “se enojó, y no quiso entrar”… Al respecto sólo digamos: “Señor, líbranos de los celos, de la amargura que propicia la envidia, de las falaces insidias del enemigo, y de los propósitos de engaño”. Y, a su vez, te damos gracias. Te doy gracias, Señor, porque estando perdido me abrazaste. Estando desnudo me vestiste como a un príncipe de Cristo. Y porque estando sin vida me diste Vida nueva. “Me sacaste del abismo profundo”. Me diste casa y luz. Y la paz de la fiesta... Te doy gracias por tu perdón. Por tu gran misericordia.

La torre de Babel indicaba la desunión de los hombres por el pecado. La Iglesia señala la unión de los hombres por el perdón de Cristo.
Muchos vuelvan a la casa del Padre, a la Iglesia, y al banquete de la Unidad: la Eucaristía. Y , todos, revestidos de Cristo por la fe lo celebren.
¿Quién habiendo llegado a Cristo no siente el deseo de ver a Dios, para saciarse con la contemplación de su infinita hermosura? Esa bienaventuranza última y perfecta esperamos. Y la reconciliación con Dios, la unión con Cristo, la alienta y la anticipa. “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo”, dice el apóstol Juan. Y en su carta 1° agrega: “Ahora, somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que llegaremos a ser. Sabemos que cuando aparezca seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cuál es”.

Por eso, la fiesta. Por eso, la gloria de la fe. El  banquete de la reconciliación. El beso de la paz.


Padre Gustavo Seivane
Asistente espiritual de los Grupos de Oración del Padre Pio
Argentina

Cenizas, por el Padre Gustavo Seivane


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Las cenizas llegan para que ganemos libertad. Para una iniciación. Para dar comienzo a un tiempo de batallas y de victorias. Para que impere Cristo en nuestra próxima Pascua. Para renacer por el curso de la penitencia, y la práctica santa del ayuno, la oración, y la limosna.

La cuaresma es un tiempo penitencial. Un tiempo dispuesto por Dios para nuestra conversión. Un tiempo que nos sitúa en el ámbito de la reflexión sobre el pecado y la Gracia, los desvíos y la fidelidad al Señor.

Nos cubren las cenizas, como si nos abrigaran la verdad de nuestra finitud, y la necesidad de la humildad, sin la cual no se recibe la divina Gracia. “Dios da su Gracia a los humildes”, enseña la Sagrada Escritura.  Y, nos dejamos marcar con este sello, porque no queremos ya seguir eludiendo el llamado de Dios.

Jesucristo dice: “Den a Dios lo que es de Dios…” Y al Creador venimos a darle nuestra alabanza, y  acción de gracias, como justa respuesta a su bondad. Por Cristo elevamos nuestras almas. Clamamos a Dios llamándolo Padre. Y le ofrendamos la vida que es suya. A él, al Bendito Señor del universo, a quien no queremos ya robarle su Gloria apropiándonos de lo que es suyo, adjudicándonos lo bueno que procede de él.

En este tiempo feliz de grande gracia, se nos conmina: “Tengan cuidado de no practicar la justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos”. Es Dios a quien se le debe nuestra entrega. A él agradamos meritoriamente. A él servimos libres de formas desviadas, cuando evitamos que nuestros actos religiosos vuelvan a nosotros como satisfacción al realizarlos para ser vistos por los demás. Lo fariseo se nutre de esta religiosidad vacía de Dios.

Es en lo íntimo, gratuito, y secreto donde el Padre Celestial es glorificado por nuestras obras. Él recompensa la obra realizada ante sus ojos, la obra que lo tiene a él como fin. A su bondad.

En el fariseísmo, impugnado por Jesús, hay un desvío. No se procura tanto agradar a Dios, como alcanzar autosatisfacción a expensas de las miradas ajenas. Búsqueda de prestigio y elogio  a costa de lo santo. Una religiosidad sin fuego. Una devoción falsa.

Ser de Cristo implica un cambio. Y Jesús advierte: “Tengan cuidado de no practicar la justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos, de lo contrario no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo”.

El salmo dice: “Te gusta un corazón sincero”. La práctica de la sinceridad con Dios, con uno mismo, con el prójimo, allana senderos. Aleja la hipocresía.

El profeta Isaías dice: “Mi alma te ansía de noche, Señor; mi espíritu madruga por ti”. He ahí el alma, que viviendo de cara al Señor se preserva de lo engañoso, y se afirma en la verdad. “Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Ellos ya tienen su recompensa.”

Ya la tienen aquí. Y son migajas humanas. En cambio, Cristo está ofreciendo el bien divino, el Cielo de Dios, a Dios como morada. La eterna Vida. Incorruptible. Inmensa.

Por eso, en Cristo se ha iniciado una transformación… Un bautizado ha sido revestido de Cristo para vivir en esa esperanza: Dios como herencia.

El bien moral consiste principalmente en la conversión a Dios, y el mal a la aversión.

La conversión lleva el ejercicio de la fe. Pero, como enseña el Apóstol Santiago: “La fe, si no tiene obras, está muerta”. La limosna que agrada a Dios es misericordia con discreción. De modo que “cuando tú des limosna, tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha”, para que tu limosna quede en secreto”.

Todas las obras de misericordia, espirituales y materiales, vivirán de una fe enraizada en la oración, sostenidas por el ayuno, que guarda los sentidos en la sobriedad. Pero, Jesús insiste en que evitemos también en esto las formas hipócritas, que procuran la vista ajena como aprobación, el comentario del otro como admiración.

Estas “puestas en escena” repugnan al Señor, que bendice la sencillez evangélica de aquel que se retira a su habitación a orar a su Padre que está en lo secreto, o que ayuna perfumándose su cabeza y lavando su rostro, para que sólo por el Altísimo sea conocido su ayuno.

La cuaresma nos vea orar así con el salmista: “Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti Señor”. Y que el oráculo de Isaías nos afirme en los senderos del Padre. Porque, ”el que procede con justicia y habla con rectitud y rehúsa el lucro de la opresión; el que sacude la mano rechazando el soborno, y tapa su oído a propuestas sanguinarias, el que cierra los ojos para no ver la maldad: ese habitará en lo alto”.

La esperanza nos guarde en la caridad, entonces. “Porque el Padre que ve en lo secreto te recompensará”. Amén.


                                                                                  Padre Gustavo Seivane


* Asistente espiritual de los Grupos de Oración de Padre Pio, República Argentina

Rosario de Cuaresma


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Grupos de Oración del Padre Pio 
SANTO ROSARIO – Cuaresma 2019

+Señal de la cruz

Rezamos este Santo Rosario por todas las intenciones recibidas en los Gru-pos de Oraciòn de Padre Pio, por sus integrantes y sacerdotes guía, por la Casa Alivio del Sufrimiento, por los enfermos y dolientes, por nuestra San-ta Iglesia,  el Papa Francisco, el Cardenal Mario, los Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, por las vocaciones y por las almas del Purgatorio.
Y pedimos especialmente vivir esta Cuaresma y nuestra vida entera en santidad.

Oración de inicio

Santísima Virgen, tú que has sabido guardar a Jesús y penetrar hasta la profundidad más íntima de su persona:  enséñanos a guardarlo, a guar-darlo prolongada y devotamente en el Tabernáculo en que está presente.
Enséñanos a escuchar en silencio las palabras que Él nos dirige y a iniciar con Él un diálogo personal.
Haznos vislumbrar las maravillas que Él desea operar en el secreto de nuestras almas.
Concédenos apreciar el mucho tiempo que Él está ocultamente cerca nuestro  y cuán grande es la amistad que nos demuestra.
Ayúdanos a responder a su amor con el ímpetu de todo nuestro ser, a perdernos enteramente, como tú, en una mirada de amor fija sobre Él. Amén

Rezamos el Pèsame

Meditaremos en cada misterio un texto extraído del libro ”Las cuarenta horas de Padre Pio. Oremos, Adoremos”

Primer Misterio: (según el dìa) 

Jesús agoniza en el huerto de Getsemaní por el desprecio y la indiferencia de los hombres ante su amor. Él “los amó hasta el extremo” (Jn 13,1), es decir, los amó hasta las últimas consecuencias..., hasta llegar a aparecerse al pan  para convertirse en alimento de los hombres. Entonces Él, en el huerto de Getsemaní, sufrió incluso por el sacrilegio y el desprecio de los hombres por la Eucaristía. Jesús fue consolado por un ángel allí en el huerto; por lo tanto nosotros deseamos ofrecer a Jesús sacramentado toda la compasión y el amor de su Madre, la única que, en toda su plenitud, se ofreció al amor de su Dios.

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria 

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave Marìa Purìsima sin pecado concebida
Santo Padre Pio ruega por nosotros

Segundo Misterio:

San Pío decía: “Es más fácil que el mundo pueda mantenerse  sin el sol que sin la Misa”.
 Víctima silenciosa de nuestros altares, Jesús continúa ofreciéndose al Padre como durante la flagelación, como reparación de todas las maldades e iniquidades humanas.
El apóstol Pablo exhorta: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?  El que se une al Señor se hace un solo espíritu con Él... Glorificad, por tanto a Dios en vuestro cuerpo” (1 Co 6,15-19). Jesús, escondido en la pequeña Hostia del altar, ordena nuestras pasiones y nos logra la paz. Nos acercamos, entonces, a nuestro buen Médico para glorificar a Dios en nuestro cuerpo, como lo hace  la Inmaculada que ya ha ascendido al Cielo en cuerpo y alma.

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave Marìa Purìsima sin pecado concebida
Santo Padre Pio ruega por nosotros



Tercer Misterio:  

En ninguna otra parte de la pasión se manifiesta la humillación a la cual estuvo sujeto el Señor como en la coronación de espinas. En la Santísima Eucaristía, por tanto, la humillación y el rebajamiento de Dios son insondables. ¿Cómo podemos explicar este estado de Jesús en la Hostia consagrada, si no reconocemos que Dios se humilla tan profundamente para confundir nuestro orgullo, raíz de todos nuestros pecados?
Nos creemos más sabios que Dios y criticamos todo, pero no ponemos en práctica sus mandamientos. Sigamos el ejemplo de María, que se reconoció “la esclava del Señor” (ver Lc 1, 3-8) y pidámosle su gracia para entregarnos humildemente, como ella lo hizo, a la voluntad de Dios.

Padre Nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave Marìa Purìsima sin pecado concebida
Santo Padre Pio ruega por nosotros

 Cuarto Misterio:  

“El que no lleve su cruz y venga en pos de mí no puede ser mi discípulo ” (Lc 14, 27). La Virgen Santísima, que, desde la profecía de Simeón, sintió la punta de aquella espada que después lenta e inexorablemente penetró en su Corazón hasta traspasarlo en el Calvario, nos da la gracia para soportar los pequeños y grandes sufrimientos de cada día y unirlos, como lo hizo Él en el Calvario, al sacrificio de Cristo que se renueva cada día en nuestros altares.

Padre nuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave Marìa Purìsima sin pecado concebida
Santo Padre Pio ruega por nosotros

Quinto Misterio:  

El Sacrificio eucarístico es recuerdo del  Calvario. Decía San Pío: “En la Misa está todo el Calvario” (13); y cuando se le preguntó: “Padre, ¿cómo debemos participar en la Santa Misa?”, él respondió: “Como la Virgen, como San Juan y las piadosas mujeres del Calvario, amando y compadeciendo”.  En el Calvario, María refleja todo el dolor y todos los sentimientos de su Hijo. Ella es la Cordera sacrificada con el Cordero sacrificado, y en cada Santa Misa se actualiza, junto a Jesús Víctima, la presencia y ofrecimiento de María como Corredentora. Ella es la hostia con Jesús Hostia. Los fieles, que tienen el sacerdocio común por el bautismo, pero en particular el sacerdote, que tiene el sacerdocio ministerial, recibido en el Sacramento del Orden Sagrado, deben tener como modelo a María, ofreciendo a Dios no sólo el cuerpo y la sangre de Cristo, sino también la “propia vida, su propio trabajo y todas las cosas creadas”

Padrenuestro, 10 Ave María y Gloria

Oh Jesùs mìo, perdona nuestras culpas, lìbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas y socorre especialmente a las màs necesita-das de tu misericordia.

Ave Marìa Purìsima sin pecado concebida
Santo Padre Pio ruega por nosotros

Rezamos ahora por la intenciòn del Papa Francisco para este mes:

Por la evangelización: Por las comunidades cristianas, en particular las que son perseguidas, para que sientan la cercanía de Cristo y para que sus derechos sean reconocidos.

Salve, 3 ave María y Gloria

Rezamos la Oraciòn a san Miguel Arcàngel  por el Padre Gustavo Seivane,  asesor espiritual de los grupos de Padre Pio en nuestro país. Pedimos su protección, salud,  paz y fortalecimiento

"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus ma-lignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.
Amén."

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.+

Homilía del Padre Seivane


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El Evangelio despierta. Abre luminosamente la conciencia. La ajusta. La rectifica. La eleva. Ofrece el amor. Y en la divina persona de Cristo concentra la fuerza modificadora. Recibido con fe, transfigura la mente. Nos pone en relación con el que vive, y “estuvo muerto, y ahora, tiene las llaves de la muerte y del abismo”.

El mundo huye del Evangelio porque escucha a Satán. Y los creyentes somos exigidos, mientras se opera la maravilla al creer. A veces, Dios nos pide la fe de Abraham…

Al leer las páginas del Evangelio, el Espíritu Santo que se nos ha dado, nos hace encontrar con Cristo vivo. Creemos en la Santa Iglesia Católica, que en sus testigos  y escribas nos presenta el Evangelio como Palabra del Señor.

Y, así, dice San Lucas: “Muchos han tratado de relatar, ordenadamente, los acontecimientos transmitidos por aquellos, que han sido desde el comienzo, testigos oculares y servidores de la Palabra. Después de informarme cuidadosamente de todo, desde los orígenes, yo también he decidido escribir…”.

Esta Sagrada Escritura, Palabra inspirada, viva y eficaz, “no engaña al que no se engaña al leerla”, enseña San Agustín. Y es la Roca del creyente. Sobre ella nos asentamos, y construimos nuestras vidas, en medio de las tormentas y peligros tempestuosos de la existencia temporal. Creemos en Jesucristo, porque la Iglesia nos lo presenta, y el Espíritu Santo asiente con nosotros a la Verdad. Y creemos en la Iglesia Católica, porque Jesucristo sopla el Espíritu Santo desde el Padre, y nos mueve a amarla asintiendo a sus sublimes enseñanzas. San Buenaventura enseña: “ El origen de la Sagrada Escritura, no es por humana investigación, sino por revelación divina, que fluye del Padre de las Luces, del que toda paternidad toma el nombre en los cielos y en la tierra; de quien, mediante su Hijo Jesucristo, dimana a nosotros el Espíritu Santo, y por medio de él (que reparte y distribuye los dones a cada uno como quiere), da la fe, y por la fe mora Cristo en nuestros corazones”.

El Evangelio, hoy, nos habla de un regreso… Cuando la distancia es tiempo, y se dan pasos hacia lo muy conocido, la llegada es reencuentro. Una localización de lo amado. Un revivir lo atesorado, un recibir la inevitable cascada de los afectos, con brillo de la memoria y puentes de la historia común.

El Hijo de Dios regresa a su patria chica. Su tierra de crianza… Pero vuelve con novedades. Ya ha sido confirmado públicamente como Mesías: la teofanía en el río Jordán, el reconocimiento del Bautista, la apertura de caminos con sus discípulos como Rabí, y los signos y prodigios que acrecientan su fama en medio de su pueblo, “las ovejas perdidas de Israel”. Es el paso de la compasión. El Rostro misericordioso de Dios alumbrando.

El Evangelio dice que “Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu, y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan”.

¿Con cuáles discípulos habrá llegado a Nazaret? Algunos eran parientes. Otros los había convocado a orillas del mar, otros estarían por ser incorporados a la incipiente comunidad apostólica. Y en todo ello la gratuidad. Él elige a los que quiere.

Desde lejos habrá divisado su casa. Y habrá vuelto a contemplar la campiña nazarena, el paisaje conocido, las suaves colinas, los senderos de olivares y almendros… Y, seguramente, Jesús habrá querido presentar su madre a aquellos hombres, hombres sencillos que habían iniciado la magna aventura de seguir a Cristo.

¿Con qué pudor se habrán presentado ante la Virgen? ¿Y cómo sacarle los ojos de encima una vez en el lugar? Invitados a la que fuera la casa del Rabí, habrán compartido el pan, y la larga y amable conversación que tiene a Dios como centro.  Encuentro. Saludos. Abrazos. Comienzos. Y Nazaret testigo. Tal vez, María, como en Caná, hubo de decirles a los primeros apóstoles: “Hagan todo lo que él le diga”.

“Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga, y se levantó para hacer la lectura”, dice el Evangelio.

Ahora, la sinagoga lo recibe ungido. Y los rollos se le ofrecen como a Maestro. Y todos observan con mezcla de sentimientos. Ternura, admiración, reverencia, incredulidad…

“Le presentaron el libro del profeta Isaías, y abriéndolo, encontró el pasaje que dice: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos, y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos, y proclamar un año de gracia del Señor”.

¡Glorioso y compasivo Jesús! ¡Santo de Dios! ¡Emmanuel! Como el árbol de la Vida nueva está entre nosotros ofreciendo los frutos del Reino que no tendrá fin. ¡Luz inmensa, divina luz, cayado deslumbrante, oh!, Jesús!

Pero si la sal pierde su sabor con qué se la volverá a salar… Porque sorprende cómo en presencia de Cristo crecen los desiertos. Y el amor del Señor resbala en un Occidente que lo adoró. Y la fe se empequeñece.

El fervor que Cristo trae enciende fuegos sagrados… Su Buena Noticia levanta. La eternidad que ofrece y siembra, transfigura, convierte en libre al que se hace como niño.

Cautivos: ¡búsquenlo! Pobres: ¡llámenlo! Ciegos: ¡clamen su luz! Oprimidos: griten su Nombre. Y todos, recibamos su gran Misericordia, como lo esperamos de él.

Cuando cerró el libro. El silencio fue como un vientre para anidar el esplendor de la Verdad. Porque todos tenían los ojos fijos en él. Miradas concentradas. Pensamientos que sólo Dios conoció.
Su espléndida Voz acalló el silencio. Resonó la solemne afirmación. La sentencia que a todo cristiano conmueve. La feliz proclamación que divide aguas: “Hoy, se ha cumplido el pasaje de la Escritura que acaban de oír”… Siglos de espera. Años luz de una creación creada para Él. Preparación Divina. Pedagogía santa. Innumerables acontecimientos, pequeños y grandes, de un pueblo: el ángel frenando la mano de Abraham, el cruce del mar Rojo, la zarza ardiente, las tablas de la Ley, el gobierno de los Jueces, el trono de David, los profetas y el exilio, el templo de Jerusalén… Y en esa pequeña sinagoga estremecida, la sonora Verdad: El Ungido está. El Reino de Dios llegó. Jesús es el Mesías. Y la Iglesia lo proclamará al mundo hasta que Cristo regrese.

“Vengan a mí, todos los afligidos y agobiados, y, Yo los aliviaré…”, dice el Señor del tiempo y la eternidad.

Toda la compasión de Cristo, ahora, se derrama desde la Eucaristía. Pan vivo bajado del Cielo. Pan que nos comunica el Espíritu de la Verdad. Pan que mueve a compartir la fe. Pan que descansa al humilde. Pan que desata penas. Pan que alumbra noches del alma. Pan que abre esperanzas.
Es Cristo el que trae consuelos al que cree, en un mundo cultivador de crueldades.

“Dios no hizo la muerte, pero los impíos la llaman con sus obras y palabras”, dice el libro de la Sabiduría. Y San Agustín afirma en la Ciudad de Dios: “Los buenos impulsos y los afectos proviene del amor y de la santa caridad”.

Comulgando con amor, nos afirmemos en la fe que salva. La fe en Jesucristo, nuestra única esperanza. Amén.


                                                  Padre Gustavo Seivane