Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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Oración exorcística por la Patria


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Oración exorcística por la Patria
del Padre Gustavo Seivane *

Dios Todopoderoso y Eterno, Origen de la vida del alma y del cuerpo, Dios de toda criatura, Soberano de los siglos y Señor de todos tus dominios. Tú que eres Padre misericordioso, y que enviaste a tu Hijo Jesucristo al mundo para deshacer las obras del diablo, bendice a la Argentina.

Infunde el Espíritu de la Verdad sobre tus hijos que habitan en este suelo, envía el Espíritu Paráclito sobre los legisladores de nuestra nación, haz descender el Espíritu defensor, el Espíritu que hace nuevas todas las cosas, y que repele las insidias falaces del adversario, y frustra los planes de destrucción y muerte que se ciernen sobre los pueblos.

Dios Todopoderoso, Padre Santo, escucha el gemido de tu Iglesia suplicante; tu misericordia venga sobre nosotros, Señor, como lo esperamos de Ti. Salva a nuestra Patria Argentina, sálvala poniéndola por encima de toda perversión, y de las leyes de muerte, y de las costumbres perniciosas. Bendícela con el Espíritu de santidad. No permitas que prevalezca el maligno. Desata a nuestra Patria de todo lazo de confusión, de los embates engañosos, de las astucias que persiguen a las causas justas, de la violencia y el veneno de la eterna perdición.

Señor, tú que eres un Dios de vivos y no de muertos, escucha la oración de la bienaventurada Virgen Marìa, cuyo Hijo muriendo en la Cruz, aplastó la cabeza de la antigua serpiente; y la oración de San Miguel Arcángel, y de todos los santos que con tu gracia te sirvieron expandiendo el Reino de Cristo. Aleja la acción oscura del maligno, y guárdanos en el bien. Haz Señor que se salven “las dos vidas”, y arroja lejos al delator y opresor de nuestra naturaleza, al seductor mentiroso de los pueblos.

Por Jesucristo, Nuestro Señor.

¡Impere Cristo! ¡Y la Argentina, Señor, brille para ti.  Amén.

*asesor espiritual nacional de los Grupos de oración del Padre Pio , Argentina.

La Santísima Trinidad,, por el Padre Gustavo Seivane*


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Hay progresos intrascendentes. Naturales. Pueden acarrear algún beneficio, o comportarse de modo ambiguo, pero no hacen a la Salvación. No comunican ni acrecientan la Vida divina, son fugaces… Y hay progresos santos. Son los que saltan hasta la vida eterna.

La abundancia de la Vida de Dios se nos va dando, diciendo, actualizando, en el curso del tiempo. Se entreteje historia.  Historia de cada alma. Historia de los hombres.

Cada hijo de Dios es conformado como una tierra receptora de semillas divinas. Y es a lo largo del tiempo que puede progresar una santa germinación. El humus de nuestra colaboración favorece el crecimiento: “Dios da su Gracia a los humildes”, enseña la Sagrada Escritura. Así, la mano del Padre celestial dispensa sin pausa, por medio de su Hijo, el soplo viviente, el Espíritu Santo en las almas. Siembra. Unge los acontecimientos humanos. Los conduce hacia la Gloria, hacia lo imperecedero. Sólo nuestras resistencias desordenan la belleza de su santo obrar, y aún así, Dios insiste en restaurarnos.

Dios es Amor… La mano del Padre, la semilla del Hijo, el viento del Espíritu… La manifestación de Dios, “ad extra”, como saliendo de Sí mismo. Como revelándose. Como mostrando quién es: Amor Creador, Amor Redentor, Amor santificador. Un solo Dios Amor, en Tres divinas personas. Dios Uno y Trino. Señor que quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al conocimiento de la Verdad.
Todo tu ser pende de Dios Uno y Trino. Y toda la realidad subsiste en él. Todo lo creado. Lo visible y lo invisible... Por Creador y Trascendente. ¿Quién como Dios?

Progresar en el conocimiento de la Verdad, y en el amor de la Santísima Trinidad, en la unión con Cristo (el enviado y predilecto del Padre, concebido por obra del Espíritu Santo, en el seno de la Virgen María), es verdadero progreso. Es el verdadero sentido de toda existencia. Es el encaminarse a la Gloria que Dios quiere participar a su criatura. Es andar en luz y en bienaventuranza.
Por la fe conocemos. Por el amor nos adentramos en ese conocimiento que funda nuestra esperanza, y que nos hace libres, y santos entre los santos de Dios.

¿Cuán grande habrá sido la perplejidad de los Apóstoles en la Última Cena? Pues, Cristo les hablaba despidiéndose, y, anunciándoles, a su vez, que volvería. Y les señalaba, que en el conocimiento de la Verdad y la profusión de lo Santo, todo está por aumentar, crecer, ampliarse, extenderse, prosperar.
Otro Abogado, el Paráclito, les sería dado… Y, así, dice: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no pueden comprenderlas ahora”.  ¿Por qué? Porque deben ser capacitados para ello. Y esa capacidad sólo pueden recibirla de la Alto. Y esa donación, efusión, que capacita y es el Espíritu de la Verdad, no pueden recibirla si Cristo no sube al Padre, si el Hijo de Dios, el Nazareno, no realiza su Pascua, si no es promovido al seno de la Santísima Trinidad. Y su Pascua incluye necesariamente, para esa glorificación, y posterior envío del Espíritu, su sacrificio, su entrega hasta la muerte de Cruz, según los designios del Padre que lo envió, y a quien Cristo, amándolo, le entregó su espíritu en cumplimiento de su Voluntad.

El Espíritu nos capacita. “Se une a nuestro espíritu”, enseña San Pablo. Nos constituye hijos del Padre Celestial, hermanos del divino Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, y templos suyos. He ahí la Trinidad manifiesta. El único Dios verdadero obrando también nuestra glorificación. “Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la Verdad”, dice Jesús.

Jesús se dirige al Padre con familiaridad. Lo llama Abba. Es su Dios, porque el Padre que posee la divinidad sin recibirla de ningún otro, la da entera a su Hijo, al que engendra desde toda la eternidad, y con el Hijo la da al Espíritu Santo, en el que los dos se unen. Es Jesús, por eso, el que nos revela la identidad del Padre y de Dios, del misterio divino y trinitario.

En tanto hombre, el Dios de Jesucristo, es para él el Santo, el único bueno, el único Señor, al lado del cuál nada cuenta, a quien conoce, porque procede de él. Y para mostrar lo que vale “a fin del que sepa el mundo que él ama a su Padre”, sacrifica todos los esplendores del mundo, y afronta el poder de Satanás, el horror de la cruz. ¿Quién como Dios? Dios vivo, atento a sus criaturas, apasionado por todos sus hijos. Cuyo ardor consume a  Jesús hasta que no entregue el Reino a su Padre, y que abre en su Hijo la puerta de la Vida divina a los creyentes.

Dice San Hilario de Poitiers: “El Padre es aquel del que tiene el ser todo lo que existe. El es en Cristo el origen de todo. Además, tiene en sí mismo su ser, no recibe lo que es de ninguna otra parte, sino que lo que es lo obtiene de sí mismo y en sí mismo. Es infinito, porque no está contenido en cosa alguna, sino que todo está en él. Siempre está fuera del espacio, porque por nada puede ser contenido. Es siempre anterior al tiempo, porque el tiempo procede de él”… Y es el Padre el que ha enviado a su Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo, para que en él  tengas Vida, y, junto con el Hijo glorificado, nos envía el Espíritu Santo, para andar en la Verdad como hijos suyos, y siendo santificados alcancemos eterna felicidad.

¡Alégrate hermano! Eres una criatura amada por Dios. Y la creación es la obra común de la Santísima Trinidad… Sólo existe un Dios. “Ha hecho todas las cosas por Sí mismo, es decir, por el Hijo y el Espíritu, que son como sus manos”, enseña San Ireneo.

Hay progresos intrascendentes, y hay bienes fugaces… Que no consuman tu atención. San Juan Crisóstomo predicaba: “¿Qué bienes son éstos, que no son seguros, que son breves y de barro, que antes de aparecer desaparecen, y que se ganan a costa de tantas fatigas? ¿Y qué bienes hay semejantes a aquellos que no se cambian, que no envejecen, que no nos producen fatiga alguna, y que en el momento mismo de los combates nos traen la corona?”.

Los bienes eternos… El conocimiento de Cristo, el amor a la Santísima Trinidad, el culto al único Dios verdadero, la renuncia a los ídolos, la esperanza en la participación de la Infinita bondad. La paz.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo iniciamos este camino. Y en Jesucristo se nos ha revelado. Amén.
                                                                                       
Padre Gustavo Seivane
* Asesor espiritual nacional de los
Grupos de oración de Padre Pio -
Argentina

"Pentecostés" por el Padre Gustavo Seivane*


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La altura celeste, el alto cielo, recibe tildes rosadas, trazos, líneas moradas y turquesas. Es la primavera en Jerusalén. Se esconde el sol. Otro día se marcha. Llegan las habituales sombras. Se encienden las conversaciones en cada hogar… Y los Apóstoles, reunidos en la Sala, comentan en voz baja lo sucedido. Buscan ilustrar los acontecimientos. Hay temor en ellos. Han trancado las puertas, y nadie presiente siquiera  lo que sucederá… Algún pájaro busca su nido en el tejado. Ya nadie camina las calles. El silencio va dominándolo todo. Allende las murallas el campo guarda a sus criaturas. Cae la tarde. Aparece Jesús.

Jesús trae la paz. Saluda con la paz. La hace brotar de él. Así, se presenta. Y así, enseña a sus discípulos: “Cuando entren en una casa saluden con la paz…”. La paz será también uno de los frutos del Espíritu Santo. El Espíritu Santo del que les hablara en la última Cena, el otro Abogado, el que él mismo les enviará desde el Padre, en su condición de Señor de señores y Rey de reyes, dominador magnífico, Resucitado, y exaltado por encima de los ángeles. La paz de Dios nos viene por él.

Las puertas cerradas no cierran el paso a Cristo, ni al Espíritu. El temor es disipado por la presencia de Cristo, y por el aliento del Paráclito. Lo que suscita Cristo en aquel atardecer es lo que el Espíritu Santo disemina en la Iglesia. Lo que da a los corazones. “Tomará de lo mío y se los dará”, dice Jesús.
El Espíritu Santo viene a colmar de la Vida de Dios… Se presenta silente y amable, conductor y santificador, pacificador y elevador de nuestras vidas. El Evangelio dice: “Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús”.

Llegó. Es el Resucitado. De él te habla en tu corazón el Espíritu Santo. Él te mueve a anunciarlo: “Nadie puede decir Jesucristo es el Señor, si el Espíritu Santo no está en él”, afirma el Apóstol.
Este Ruah realiza en el tiempo la obra de Cristo, la continua en y a través de la Iglesia, su Cuerpo. Y, así, extiende el Reino, siembra dones y carismas, regala frutos, y favorece la glorificación de Dios y la salvación de los hombres.

Así, como Cristo Resucitado se aparece, el Espíritu Santo se manifiesta a los fieles de todas las razas, lenguas y pueblos. Hace la unidad. Trae la paz santa.

“Y poniéndose en medio de ellos, Jesús les dijo: ¡La paz esté con ustedes!” Del mismo modo, todos los bienes de Dios los planta el Paráclito en los creyentes a lo largo de la historia. Y Pentecostés fue la primera efusión, cuando la comunidad apostólica, reunida en oración con María Santísima, se vio sacudida por la fuerza venida de lo Alto, y se movió en anuncio y expansión eclesial.

Escuchábamos cómo en aquel Cenáculo, Cristo realiza un gesto al aparecerse. Muestra sus marcas. Lo mostrado hace de signo. Revela una identidad: La de Cristo-Amor. La de su Amor extremo: Olvido de sí. Donación de Sí mismo. Cruz santa. Manos y costado abiertos donde podamos entrar, cobijarnos, ampararnos, como redimidos suyos e hijos de la Resurrección.

¿Quién como Dios? Magnífica conquista la de Cristo. Peleó con la muerte, y, ahora, dispone del Espíritu, para derramarlo en efusión viva sobre las almas.

Sin esas llagas, sin ese precio, no habría gracia en el hombre. No habría vida de Dios, ni manantial de agua viva saltando, fluyendo y transformando hasta la vida eterna. Y, por eso, les mostró sus manos y su costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Esa es la alegría de la fe. La alegría que en nosotros surge cuando advertimos el paso del Soplo Viviente, cuando reconocemos el Amor de Dios elevándonos hacia deseos celestiales, o alumbrando penas, o sanado tinieblas, o corriendo demonios.

La Iglesia celebra Pentecostés. Cincuenta días después de la Pascua recibimos un caudal de Gracia que nos anima y renueva. Llega el Paráclito y hace su obra. Y, a su vez, más allá de nuestra liturgia solemne, en cualquier momento el Espíritu puede regalar un “Pentecostés” en el alma. Un paso del viento abrasador, del Ruah que te abre universalmente a todos los hombres en sabiduría y amor. Él llega, también, como silente movimiento de santo temor, sacralidad, adoración, alabanza, piedad, fortaleza o gloria. O como lenguas de fuego para que brillemos en la fe… Dones, frutos y carismas… Tantas comunidades necesitan la Gracia renovadora del Espíritu Santo… Nosotros también. Nos falta más amor, menos murmuración. Más elegancia espiritual, menos codicia de las cosas de la tierra. Más entrega, menos reclusión en la autojustificación. Más humildad…

“Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen…”. También la paz pende del perdón. Aceptar el perdón de Jesús es una tarea. Y aceptar el mandato de perdonar otra. Y buscar el perdón sacramental es necesario. Así, revivimos por la fuerza del Espíritu. El Paráclito sana y libera con el perdón, mientras que el demonio alienta el rencor y el resentimiento.

“La paz esté con ustedes”, dice Jesús. La paz que es el soplo de este Espíritu. Espíritu Santo, que es Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.

Deseamos que se cumpla en nosotros aquello de San Pablo a los Tesalonicenses:  “Sabemos, hermanos amados por Dios, que ustedes han sido elegidos. Porque la Buena Noticia que le hemos anunciado llegó hasta ustedes, no solamente con palabras, sino acompañada de poder, de la acción del Espíritu Santo y de toda clase de dones”.

San Gregorio de Nisa, en su magnífica obra “sobre la vocación cristiana”, nos enseña que la fuerza del Espíritu purifica a quienes se unen a él con pensamiento sincero…”. Esta purificación, como zarandeo exterior o interior, procura que todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprochable en el Nombre del Señor Jesús.

En aquel Cenáculo, Jesucristo Resucitado, sopló sobre los Apóstoles y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”… Nuestra cultura actual, mundanizada por obra del adversario, ¿qué recibe? ¿Qué da el príncipe de este mundo fuera de engaños, vana distracción, opresión y muerte de las almas?
Cristo da el Espíritu Santo. En él revivimos. En él se restablecen las virtudes santas, o crecen. En él aumenta la vida bienaventurada. Y llegan las corazas santas, y la fuerza para perseverar en la fe, y la capacidad de escucha de las mociones divinas, y la compasión por el sufriente, o la dulzura en el corazón, o las palabras que deslizan verdad y comprensión, o la belleza que desborda en la gratitud ante el Amor de Dios.

“A mí me hizo el soplo de Dios, el aliento del Todopoderoso me dio la vida”, leemos en Job. ¿Cuánta gratitud hemos omitido a lo largo de la vida? ¿Cuánta gracia hemos desaprovechado?

El dador de Vida sobrenatural, el Paráclito, desciende, o llega, o se manifiesta en nosotros. ¡Demos gracias! Pentecostés nos alumbra… Lenguas de fuego entran. Fuego que no quema destruyendo. Como una nueva “zarza ardiente” hace brillar el corazón y admirar a los hermanos. Luz. Calor del amante Señor en las entrañas del creyente. Sol interior del Cristo vivo. Expansión de las virtudes para que el mundo crea. Reunión de todos los pueblos en la misma lengua de la fe común. La fe católica.
En el jardín de tu alma se iluminen los senderos, florezcan los carismas, se perfumen tus decisiones, fructifiquen los bienes, y las virtudes se perfeccionen con los dones del Señor.

¡Pentecostés lo traiga! El Espíritu Santo lo realice. Él es el Amor increado…

“Sus flechas son flechas de fuego, sus llamas, llamas del Señor. Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo”, dice el Cantar de los cantares”.

Creo en el Espíritu Santo.


* Asistente espiritual de los grupos de oración de Padre Pio en Argentina.

"Ascensión del Señor" por el Padre Gustavo Seivane


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Si eres de Cristo, si vives como elegido, tu vida es intensa. El fuego te alimenta. El ardor de amor. La maravilla de la fe.

Si eres de Cristo te inclinas a su divina Palabra. Comes la substancia de la Revelación. A brevas en el texto sagrado.

Todo elegido anda en asombro. Bulla de luz bajo las alas del Altísimo. Abre los oídos de su corazón cada día. Se dispone a contemplar el Misterio de Jesús. El Misterio de su Vida, Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión a los Cielos.

Es la belleza la que aborda al católico fervoroso. La Gloria de Dios. La majestad de su Presencia, de su Voz, de sus enseñanzas.

“A sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo”, dice el Evangelio. Ya no en parábolas, sino en directa profusión de conocimiento subido, de alta contemplación, “para que mi gozo sea el de ustedes”, nos dirá el Salvador.
Así, por la fe, el elegido gusta las delicias del Reino, y se ve asistido por la sabiduría santa. Entra en Dios como un niño maravillado, y no le es extraño el designio del Todopoderoso: “El Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día”, dice el Señor. Y el elegido asiente.
Si la sabiduría de Cristo te embarga, si te colma su amor, si te nutre su Evangelio, entonces sos movido en la fe. Tu corazón asciende. Revela luz. Dice lo santo. Toca la creación alabando. Sirve al prójimo como a la imagen de Dios que es.

En el Nombre de Jesús se levantan los cortinados. Lo oculto sale a la luz. Huyen los malos espíritus, y crece la salvación.

La intensidad de la contemplación de los Misterios de Cristo nos dan éxtasis. Salida. Promueven encuentros. Y, así, dice el Evangelio que “comenzando por Jerusalén, en su Nombre, debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados”.

El sabio en Cristo ejercita y predica la conversión. El intenso en Cristo es amigo de perdonar. La Gloria de Cristo en sus elegidos es adorar a Cristo, fuente del perdón.

¿Acaso Cristo no te habló al corazón? ¿No te perdonó? ¿No te alimentó? ¿No te constituyó en esperanza? Él te hizo testigo. Su testigo. Testigo de la fe.

En él hemos ascendido hacia un abismal Amor. En él estamos ocultos en Dios aguardando su plena manifestación. Por él bebemos el agua viva, el Espíritu de la Verdad. Él nos envía el Ruah, que nos sostiene en la senda bendita que no defrauda. Ese camino de las campanadas buenas. Camino de cara a la eternidad, en espera de la herencia. “Ustedes son testigos de todo esto. Y Yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido”, dice Jesús.

No corras de un lado a otro con tu vida espiritual. Espera las señales. Escucha a Dios. Vislumbra. No sigas modas. Discierne. Aprende a aquietarte. Espera la lumbre suave. No pruebes muchos sabores. Encuentra tu comida. No te agites en el camino de la fe. Tus pasos sean guiados.

Los apóstoles obedecieron a Cristo. También, así se asciende. “Permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”, dice el Evangelio. Porque si te reviste Dios andarás en el camino correcto. Y tendrás a su tiempo alimento y luz, misión y descanso, cruz y Gloria. El Espíritu Santo viene a revestirnos con carismas, frutos y dones. Mientras no nos agitamos yendo de aquí para allá nos alcanza el otro Abogado. Permanecer es el arte de la escucha, y de la recepción. Es el hábito del oído atento del discípulo. Es la sabiduría del que aprendió a silenciarse, orar, y no cultivar la curiosidad.

Puede que, así, Jesús te lleve a cumbres del espíritu. A cimas de contemplación y amor. Puede que te alcance esa unción que busca a los humildes. El Evangelio dice que “Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania, y elevando sus manos los bendijo”. Habían escuchado las enseñanzas sobre los misterios del Reino. Había permanecido con Cristo. Ahora, eran bendecidos para aguardar el don de lo alto, la efusión del Paráclito, esto es: el entrañarse de la Vida de Dios en ellos, y en la comunidad.

En aquella cima Jesús se desprendió de la vista de los apóstoles. Se elevó. Ascendió. Alcanzó la derecha del Padre. Se vio promovido por encima de los ángeles, y constituido Señor de todas las cosas, de lo visible e invisible. Abandonó, necesariamente, una forma de presencia en este mundo, y nos regaló otra, más excelsa, que descubre la fe, en un fascinante juego de luces y sombras, revelaciones y ocultaciones, que apreciamos por el don del Espíritu.

“Mientras los bendecía se separó de ellos, y fue llevado al Cielo”… Altura. Gloria. Esplendor Santo. Ahora, esperanza para nosotros. La esperanza de llegar a donde él llegó. En su Nombre, se trata de andar amando en la fe. Haciéndolo presente con las obras que lo imitan, con los sacramentos, con la predicación del Evangelio. Y no dejar de mirar en el corazón, cómo arde su Presencia, o cómo llama su esconderse… Columna de fuego interior, o sed de su Voz de Pastor. Camino del espíritu. Fe asistida por el enviado desde el Padre. El Paráclito, Espíritu de la Verdad.

No te postres sino ante Jesucristo, como hicieron los Apóstoles. Y, luego, muévete hacia lo Santo con sencillez. Hacia tu Corazón donde inhabita el Santísimo. Hacia el hermano, pero con tesoros
espirituales. Hacia el templo como quien necesita alabar y dar gracias. El Señor te asiste en todas tus luchas. Las incertidumbres que golpeen, los miedos que amenacen, las desconfianzas que den sus oráculos, pero tú no te muevas del Corazón de Cristo. Él es el Glorificado. Y Todo lo domina. Di con el salmista: “Tú eres Señor mi refugio… caerán mil a tu izquierda, y diez mil a tu derecha, tú no será alcanzado”.

El que Ascendió está tan cerca, y es tan íntimo, que resulta más íntimo y cercano que tú mismo.  Suyo es el Poder y la Gloria. Conduce… “Los discípulos que se habían postrado delante de él volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios”… La alabanza trepe el corazón. Y la acción de gracias. Eso es la Eucaristía: El Ascendido  a los Cielos entre nosotros, y dándonos su Espíritu. ¡Maranatha! Subamos con él al comulgar.