Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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Comunión espiritual profunda de dos Santos: Padre Pio y Juan Pablo II


posted by Marcela T. Gonzalez Grupos on

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Un día 1 de mayo del 2011, el Papa Juan Pablo II es declarado Beato. En el mismo lugar: la Plaza de San Pedro de Roma; en el mismo mes: mayo, aunque un día antes; ante una multitud muy semejante en número y en lugares de procedencia…, en los que él, 12 años antes - el 2 de mayo de 1999 – es beatificado el capuchino italiano Padre Pío de Pietrelcina.
Hablar sólo de amistad entre Juan Pablo II y el Padre Pío de Pietrelcina es muy poco; hay que añadir palabras que expresen una relación personal mucha más rica; hay que hablar de comunión espiritual profunda de dos Santos.
Juan Pablo II nació el 18 de mayo de 1920 y el Padre Pío de Pietrelcina murió el 23 de septiembre de 1968. Vivieron, pues, al mismo tiempo 48 años de existencia terrena. En esos años hubo expresiones muy bellas de esa comunión espiritual profunda; expresiones que continuaron por parte de Juan Pablo II hasta su muerte, el 2 de abril del 2005, y que, sin duda, fueron  correspondidas por el Padre Pío desde la otra vida; y, en esa fecha del 2005, esa comunión espiritual habría adquirido las características, desconocidas para los humanos, que se dan en el cielo entre los bienaventurados.
El primer encuentro del joven sacerdote polaco Karol Wojtyla con el Padre Pío de Pietrelcina tuvo lugar “al atardecer de un día de abril” del año 1948 y al día siguiente. Estudiante en Roma, buscando el doctorado en teología, el futuro Juan Pablo II se desplazó a San Giovanni Rotondo con un seminarista polaco que también estudiaba en la capital italiana. Fue probablemente en la semana de Pascua.
El 5 de abril del 2002, a la distancia de 54 años, Juan Pablo II tuvo la amabilidad de responder afirmativamente a la petición que le cursaron desde San Giovanni Rotondo de dejar un testimonio escrito de su encuentro con el Capuchino de Pietrelcina; testimonio al que, caso de darse, garantizaban el más absoluto secreto hasta la muerte del Pontífice. En ese testimonio, además de indicar las tres cosas que deseaba en esa visita, el Papa señala lo que recibió del Fraile estigmatizado en dos de los objetivos que buscaba: “participar en su misa y… confesarme con él”.
Éste es el testimonio de Juan Pablo II, dictado por él al que lo escribió en lengua polaca, que el Papa firmó y al que puso fecha de su puño y letra:
“Reverendo Padre Guardián:
El Padre Pío se me grabó profundamente en mi memoria. Recuerdo aquel día del año 1948 cuando, al atardecer de un día de abril, como alumno del Angelicum, fui a San Giovanni Rotondo para ver al Padre Pío y participar en su Misa y, si resultaba posible, confesarme con él. Y justo entonces tuve la suerte de ver en persona al hombre cuya fama de santidad se extendió por todo el mundo. Y en aquel momento pude intercambiar unas palabras con él.
Al día siguiente pude participar en la Misa, que duró bastante tiempo, y durante la cual se veía en su rostro que sufría mucho. Veía que en sus manos - que celebraron la Eucaristía - los lugares de sus estigmas estaban tapados con una costra negra; con todo, esto se me grabó como algo inolvidable.
Daba la impresión de que en el altar de San Giovanni Rotondo se cumplía el sacrificio del mismo Cristo, el sacrificio sin sangre, pero al mismo tiempo aquellas heridas en las manos hacían pensar en el sacrificio, en el Crucificado.
Esto es lo que recuerdo hasta el día de hoy; lo tengo delante de mis ojos.
Durante la confesión resultó que el Padre Pío ofrecía un discernimiento claro y sencillo, dirigiéndose al penitente con gran amor.
Este primer encuentro con él, vivo y ya estigmatizado en San Giovanni Rotondo, lo considero el más importante; y de modo particular doy gracias por él a la Providencia.
Juan Pablo II
5. IV. 2002”

Pero ¿de qué hablaron el Capuchino italiano y el Sacerdote polaco cuando éste pudo “intercambiar unas palabras” con aquel? Durante muchos años se ha creído que, en ese momento – otros afirmaban que fue durante la confesión – el Fraile capuchino habría pedido al Sacerdote polaco que se preparara para ser Papa. En una de las tres ocasiones en que Juan Pablo II ha negado haber escuchado ese mensaje de labios del Padre Pío, ofreció una información sorprendente. Esa información nos la facilitó el 30 de enero del 2004, en una entrevista para “Tele Radio Padre Pío” de los Capuchinos de San Giovanni Rotondo, el Arzobispo polaco Mons. Andrés María Deskur, amigo de Karol Wojtyla desde la infancia y más tarde colaborador muy directo de Juan Pablo II:
“En mi presencia, al obispo polaco que le preguntó: “Padre Santo, se dice que el Padre Pío le había anunciado su martirio y su pontificado; ¿es verdad?”, el Papa respondió: «No. Es absolutamente falso». Y siguió diciendo: «Con el Padre Pío hablamos únicamente de las llagas. La única pregunta que le hice fue: qué llaga le producía más dolor. Yo estaba convencido de que era la del corazón. El Padre Pío me sorprendió mucho al decirme: No, más dolor me produce la de la espalda, de la cual nadie sabe nada y que ni siquiera es curada. Es ésta la que le producía más dolor»”.
Es lógico preguntarse: ¿Por qué el Padre Pío descubre a Karol Wojtyla, un desconocido, lo que ningún otro sabía, ni siquiera sus directores espirituales, los padres Benedicto y Agustín de San Marco in Lamis?
Y que Wojtyla no hubiera escuchado de labios del Padre Pío el anuncio del Pontificado no excluye que el Capuchino se lo hubiera comunicado de otro modo y en otro momento, por ejemplo por un intermediario, como lo hizo con el Cardenal Montini, luego Pablo VI. Hay bastantes datos que lo confirman.

Vayamos a 14 años más adelante. El convencimiento de Karol Wojtyla, ahora ya Obispo de Ombi y Vicario Capitular de Cracovia, de que la oración del Padre Pío tiene un poder muy especial ante el Señor lo confirman tres cartas escritas en los años 1962 y 1963. Las dos primeras las envía desde Roma, donde participa en el Concilio Vaticano II, por medio de Ángel Battista, empleado de la Secretaría de Estado del Vaticano, que cada fin de semana se desplazaba a San Giovanni Rotondo para ayudar al Padre Pío en la Administración del hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”. Importante y significativo este dato: Al terminar de leerle al Padre Pío la primera carta, Ángel Battista le escuchó decir: “A esto no se puede decir que no”. La tercera carta presupone otras cartas de petición de oraciones, que no se conservan o, al menos, que no se han encontrado.

Carta de 17 de noviembre de 1962, pidiendo oraciones por la salud de Wanda Poltawska:
“Venerable Padre:
Te ruego que eleves una oración por una madre de cuatro hijas, de cuarenta años, de Cracovia, en Polonia (durante la última guerra en un campo de concentración, en Alemania) que se encuentra en gravísimo peligro en la salud y en peligro de muerte a causa de un cáncer, para que Dios, por intercesión de la Beatísima Virgen, muestre su misericordia a ella y a su familia.
Muy agradecido en Cristo,
Carlos Wojtyla - Obispo Titular de Ombi, Vicario Capitular de Cracovia”.

Carta de 28 de noviembre de 1962, comunicando la recuperación instantánea de Wanda Poltawska:
“Venerable Padre:
La mujer de Cracovia, en Polonia, madre de cuatro hijas, el día 21. XI, antes de la operación quirúrgica, ha recuperado instantáneamente la salud. Sean dadas gracias a Dios, y a Ti, Venerable Padre, te doy las más sinceras gracias en nombre de ella y del marido y de toda la familia.
En Cristo,
Karol Wojtyla, Vicario Capitular de Cracovia”.

Carta de 14 de diciembre de 1963, informándole de los frutos de las oraciones que le ha pedido anteriormente en casos particularmente dramáticos (la médico católica, enferma de cáncer, es Wanda Poltawska) y pidiéndole nuevas oraciones:
“Muy Reverendo Padre,
Su Paternidad se acordará seguramente de que ya algunas veces en el pasado me he permitido encomendar a Sus oraciones casos particularmente dramáticos y dignos de atención.
Quisiera, por lo mismo, agradecerLe calurosamente también en nombre de los interesados, por sus oraciones a favor de una señora, médico católica, enferma de cáncer, y del hijo de un abogado de Cracovia, gravemente enfermo desde su nacimiento. Las dos personas  están, gracias a Dios, bien.
Permítame, además, Padre Muy Reverendo, encomendar a Sus oraciones una señora paralítica, de esta Archidiócesis.
Al mismo tiempo me permito encomendarLe las ingentes dificultades personales que mi pobre obra encuentra en la situación presente.
Aprovecho la ocasión para renovarLe los sentimientos de mi religioso obsequio, con el cual quiero reafirmarme,
 de Vuestra Paternidad devotísimo en Cristo Jesús
 + Karol WOJTYLA, Obispo Tit. de Ombi - Vicario Capitular de Cracovia”.

Sigamos adelantando el calendario. En las visitas a San Giovanni Rotondo del Cardenal Wojtyla, de los días 1 al 3 de noviembre de 1974, para conmemorar allí los 28 años de su ordenación sacerdotal, y del Papa Juan Pablo II, de los días 23 y 24 de mayo de 1987, centenario del nacimiento del Padre Pío, es fácil descubrir tres motivaciones:
1ª. Orar ante los restos mortales de un hombre, el Padre Pío, que, aunque su Proceso de Beatificación y Canonización, en el año 1974, todavía no se había introducido y, en el año l987, no había pasado de la fase diocesana, millones de fieles de todo el mundo tenían ya por Santo. De hecho, fueron más de 15 minutos los que el Cardenal permaneció arrodillado, en oración, ante la tumba del Capuchino, después de haber celebrado la Eucaristía, junto al Arzobispo Deskur y otros ochos sacerdotes polacos, en el altar que en aquel tiempo había ante la misma. Y fueron 10 minutos los que el Papa dedicó a implorar la intercesión del Siervo de Dios, mientras apoyaba su mano derecha en el pesado bloque de mármol que, colocado encima, protegía el sepulcro del Fraile italiano.
2ª. Proclamar, sin palabras, su convencimiento personal de la heroica santidad del primer Sacerdote estigmatizado, que pudo manifestar a su Director espiritual, como alabanza al Señor, que vivía “devorado por el amor a Dios y el amor al prójimo”.
3ª. Llamar, de forma silenciosa pero muy clara, a poner fin a los muchos obstáculos con los que hombres de Iglesia seguían paralizando la marcha hacia adelante del Proceso de Beatificación y de Canonización del Padre Pío. De hecho, al Alcalde San Giovanni Rotondo que, en el aeropuerto militar de Améndola, acompañó al Papa hasta la escalerilla del avión y que le preguntó: “Santidad, cuando va a hacer Santo al Padre Pío”, le respondió: “E che sono venuto a fare?”: “¿Y qué he venido a hacer?”.

Pasando a los últimos acontecimientos, fue muy fácil percibir, en las palabras de las homilías y sobre todo en su rostro, la profunda satisfacción de Juan Pablo II al beatificar al Padre Pío el día 2 de mayo de 1999 y al canonizarlo el día 16 de junio del 2002. Las seis peticiones que, en la homilía de la Canonización, dirigió al “Humilde y amado Padre Pío”, en las que además sintetizó lo más llamativo de la santidad del Fraile capuchino, expresan muy bien la comunión espiritual profunda de Juan Pablo II con el Santo de Pietrelcina. Peticiones que hoy, después de haber sido declarado Beato, podemos dirigir con toda razón a Juan Pablo II, porque su contenido también él lo ha vivido de forma heroica y constante. ¿Sería aventurado decir que nunca le ha faltado al Sacerdote, al Obispo, al Cardenal, al Papa polaco la ayuda paternal del Padre Pío, primero como oración suplicante por él hasta el 23 de septiembre de 1968, y desde esa fecha como protección poderosa desde el cielo? Seguro que no, pues la comunión espiritual profunda que comenzó entre Karol Wojtyla y el Padre Pío de Pietrelcina en “el atardecer de un día de abril” del  año 1948 no puede romperse jamás.

Éstas son las peticiones que Juan Pablo II dirigió al Padre Pío y que desde hoy podríamos elevar al nuevo Beato:
“«Humilde y amado Padre Pío (Juan Pablo II):
Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre prometió revelar los misterios de su Reino.
Ayúdanos a orar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.
Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús.
Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.
Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra.
Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

por FRAY ELIAS CABODEVILLA GARDE

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