Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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Padre Pio y su devoción a la Virgen


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Extraído de “El Padre Pio y su devoción a la Virgen María” por Fray Elías Cabodevilla Garde, sacerdote capuchino

Publicado en la Revista MIRIAM - LXIII - nº 373 - Mayo-Agosto 2011 - Págs. 102-115.

·         El Padre Pizzatelli, en su libro: “Padre Pío, Maestro di devozione mariana”, escribe: «No basta afirmar que la devoción a la Virgen María del “Serafín del Gárgano” es tiernísima, vivísima, ferventísima… Su amor a María no es sólo un elemento de su espiritualidad…; es el alma, la esencia de su espiritualidad y santidad».

·         Y Benedicto XVI, en su visita a San Giovanni Rotondo del 21 de junio del 2009, antes del rezo del “Ángelus”, dijo del Padre Pío: «Siempre experimentó por la Virgen un amor muy tierno… Toda su vida y su ministerio se desarrollaron bajo la mirada maternal de la santísima Virgen y con la potencia de su intercesión».

 1.         El Padre Pío, al escribir sobre sí mismo a sus Directores espirituales, usa muchas veces la palabra «misterio». Por ejemplo, en su carta de 17 de octubre de 1917: «¡Qué grande es mi desventura! ¿Quién podría comprenderla? Sé muy bien que soy un misterio para mí mismo; no logro comprenderme». Si el Padre Pío era un misterio para sí mismo, necesariamente será un misterio para nosotros. Y lo es también en el tema que estamos abordando: la relación del Santo de Pietrelcina con la Virgen María, y, quizás más, la relación de la Virgen María con el Padre Pío. Cito sólo tres ejemplos.

2.        El primero nos lleva a preguntarnos qué implica que la Virgen María se enojara seriamente porque el Padre Pío le ha pedido una gracia, cuando no debía hacerlo, por obedecer a su Director espiritual. Lo cuenta el Padre Pío al Padre Agustín, en carta de 18 de mayo de 1913.

Hay que decir que no sabemos de cuál de estas dos gracias se trata: si la de poder regresar al convento abandonando Pietrelcina o la de poder comunicar a su Superior provincial y Director espiritual el motivo por el que el Señor lo quiere en su pueblo natal, fuera del claustro, ya que el Padre Benedicto, por los títulos indicados, se creía con derecho a saberlo. Lo cierto es que el Padre Agustín, sin duda por indicación del Padre Benedicto, había escrito esto al Padre Pío: «Yo creo que debes pedirle mucho esta gracia que nosotros sabemos, aunque la Madrecita sea contraria a ello».

El escrito del Padre Pío dice así: «Al recibir la última carta, quise presentar a la Madrecita la gracia que repetidas veces me has mandado que le pidiera, esperando conseguirla en esta ocasión al hacerlo por un camino distinto: el de la obediencia. Por desgracia, debo confesar para confusión mía que el fruto deseado no se ha conseguido, porque esta Madre santa montó en cólera ante mi atrevimiento de pedirle de nuevo la dicha gracia, que severamente ya me había prohibido. Esta mi involuntaria desobediencia la he tenido que pagar a muy caro precio. Desde aquel día se alejó de mí al igual que los otros personajes celestes».

·         El segundo ejemplo nos coloca ante una encomienda muy especial, por el contenido y sobre todo por el modo de hacerla, que la Virgen María confió a Fray Pío cuando éste tenía sólo 17 años de edad y, por tanto, estaba lejos de la Ordenación sacerdotal.

El escrito que la recoge, de febrero de 1905, dice así: «Hace unos días me ha sucedido algo insólito mientras me encontraba en el coro con fray Anastasio; serían entonces sobre las 23 horas del día 18 del mes pasado; me encontré lejos, en una casa señorial, en la que, mientras moría el padre, venía al mundo una niña. Se me apareció entonces María santísima que me dijo: “Te confío esta criatura. Es una piedra preciosa sin labrar: trabájala, brúñela, vuélvela lo más reluciente posible, porque quiero un día adornarme con ella. No dudes. Será ella la que vendrá a ti, pero antes la encontrarás en San Pedro”. Después de todo esto, me he encontrado de nuevo en el coro».

En febrero de 1905 Fray Pío estudiaba filosofía en Sant’Elia a Pianisi. El escrito es del Padre Pío, que él mismo entregó al Padre Agustín de San Marco in Lamis. Éste lo conservó durante años, hasta que lo entregó a Juana Rizzani, la niña que nació en Udine el 18 de enero de ese año 1905, hija de los marqueses Juan Bautista Rizzani y Leonilde Serrao. La Rizzani habló más tarde con el Padre Pío, que le garantizó la autenticidad del escrito. Después de la muerte del Capuchino, la Rizzani entregó el autógrafo al Superior del convento de Capuchinos de San Giovanni Rotondo.

E el largo testimonio de Juana Rizzani para el Proceso de beatificación y canonización del Padre Pío tenemos la información detallada de cómo fue su nacimiento, escuchada de boca de su madre; de cómo, en el verano del año 1922, consultó ciertas dudas en un confesonario de la basílica de San Pedro de Roma a un Fraile capuchino, a quien nadie conocía ni había visto en el templo, y a quien ella ni vio salir del confesonario ni lo encontró en él a pesar de haberlo buscado, pues, nada más terminar la consulta, quiso preguntarle dónde podría encontrarlo en el caso de que quisiera consultarle otros temas o confesarse con él; de cómo, en el año 1923, atraída por las noticias sobre un Fraile que tenía las “llagas” del Señor en su cuerpo, viajó a San Giovanni Rotondo y, al confesarse con el Padre Pío, éste le descubrió la encomienda que, en relación a ella, había recibido de María santísima; de cómo fue la dirección espiritual que le fue ofreciendo el Capuchino… Por este testimonio sabemos  también que el Padre Pío, al escuchar el encargo que le hacía la Virgen María, puso esta objeción, que explica las últimas líneas del escrito: «Pero ¿cómo va a ser posible, si todavía soy un pobre clérigo y no sé si un día tendré la fortuna y la alegría de llegar a ser sacerdote? Y aún en el caso de que llegara a serlo, ¿cómo podría yo ocuparme de esta niña estando tan lejos de aquí?».      

·         3º. El tercer ejemplo se refiere al rezo del Rosario por parte del Padre Pío y motiva esta pregunta: Si es cierto que rezaba al día tantos Rosarios como se afirma, ¿cómo lograba hacerlo si se preparaba para la Misa con al menos tres horas de oración, si la celebración de ésta duraba con frecuencia hasta dos y más horas, si pasaba diez, doce y más horas diarias en el confesonario…?  

En el “Diario” que el Padre Pío comenzó a escribir en julio de 1929, a petición del Padre Agustín, su Confesor en este tiempo, en el apartado «Devociones particulares diarias», anota lo siguiente: «No menos de cinco rosarios completos».

El Padre Carmelo de Sessano, Superior del convento de Capuchinos de San Giovanni Rotondo desde 1953 a 1959, nos ha dejado el testimonio de lo que le sucedió el día 6 de febrero de 1954. Como hacía a diario, después de la cena fue a desear las “Buenas noches” al Padre Pío, esta vez acompañado de dos religiosos. Lo encontraron casi preparado para acostarse, con una cofia en la cabeza… Y así transcribe el diálogo habido entre ellos: «Con la puerta aún semiabierta, el Padre ha dicho: “Debo decir otros dos rosarios, dos y medio,  y me acuesto”. Y yo: “Padre, por favor, ¿cuántos rosarios ha dicho hoy?”. Y él: “¡Beh!; a mi superior tengo que decirle la verdad: he dicho treinta y cuatro”. Y nosotros: “¿Cómo hace para rezar tantos?”. Y él: “... pero esto no es para ustedes”. 34 + 2 = 36 rosarios ¡en un día! “Sí, 36, recalca uno de los religiosos: yo ya lo sabía. ¡Me lo había dicho él!».

Cleonice Morcaldi, hija espiritual del Padre Pío, en su obra “Recuerdos del Padre Pío”, escribe esto: «Le pregunté una vez cuántos rosarios completos rezaba entre el día y la noche. Me respondió: - "Unas veces 40, otras veces 50". - "¿Cómo hace para rezar tantos?". - "¿Y cómo haces tú para no rezarlos?”».

El hecho de que el Padre Pío rezara tantos Rosarios parece suficientemente acreditado. El cómo lograba rezarlos nos quedará seguramente en el misterio. A no ser que lo que sigue sea una explicación suficiente. Dicen que, a la pregunta jocosa de un religioso: «Padre Pío, dicen que Napoleón era capaz de hacer hasta seis cosas a la vez; usted ¿cuántas?», respondió él con ingenuidad: «Yo seis a la vez no, pero tres sí. Puedo al mismo tiempo confesar, rezar el Rosario y pasearme por el mundo».

 3.         En la relación materno-filial de la Virgen María y el Padre Pío encontramos, entre otros, éste dato muy llamativo: El Santo percibía con claridad la actuación de la Virgen María en él y en el ministerio que realizaba. ¿Se trataba sólo de dotes especiales para percibir lo que la Virgen María realiza en todos y en cada uno de sus hijos? Sin duda, ¡hay algo más! Me atrevería a decir que el Padre Pío podría aplicar a la Virgen María lo que escribió de Jesús: «Desde el nacimiento me ha dado pruebas de una predilección especialísima». Me voy a referir, con un solo dato en cada caso, a la actuación de la Virgen María en los tres núcleos o aspectos de los que he dicho antes que son importantes en el Padre Pío y que, en torno a ellos, se podría presentar con acierto su vida, su ministerio y su santidad.

En relación al primero, he dicho que el Padre Pío, como respuesta a las «pruebas de predilección especialísima» que desde el nacimiento fue recibiendo de Jesús, intentaba –son sus palabras- que «todos los instantes de la vida transcurran en el amor al Señor».

En este intento de amar así a Jesús, ¿recibió alguna ayuda especial de la Virgen María? Esto es lo que el Padre Pío escribió el 6 de mayo de 1913 al Padre Agustín: «¿Qué he hecho yo para merecer tanta generosidad?¿Mi conducta no ha sido acaso una negación continua, no digo de su Hijo, sino del mismo nombre de cristiano? Y, sin  embargo, esta tiernísima Madre, en su inmensa misericordia, sabiduría y bondad, ha querido castigarme de una forma tan excelsa como la de derramar tantas y tan grandes gracias en mi corazón que, cuando me hallo en su presencia y en la de Jesús... me siento abrasándome del todo sin fuego; me siento abrazado y unido al Hijo por medio de esta Madre, sin ni siquiera ver las cadenas que tan estrechamente me atan; mil llamas me consumen… Las cadenas, que mis ojos no ven, las siento que me tienen atado y muy atado a Jesús y a su querida Madre; y es en esos instantes cuando, las más de las veces, me pueden los arrebatos; siento que la sangre me afluye al corazón y de éste a la cabeza, y estoy tentado de gritarles a la cara y llamar cruel al Hijo, tirana a la Madre».

En relación al segundo, he afirmado que el Padre Pío, como medio importante de realizar la «misión grandísima» que el Señor le había confiado, dedicó muchas horas al día a la atención del confesonario, para llevar a cabo lo que indicó en estas palabras: «liberar a mis hermanos de los lazos de Satanás» y «hacerles participar de la vida del Resucitado».

En su ministerio de Confesor, ¿tuvo el Padre Pío alguna ayuda especial de la Virgen María? Si faltara el último elemento de este relato, quizás no me atrevería a contarlo. Es el capuchino Tarsicio de Cervinara, Exorcista de la Diócesis en aquel tiempo, el que lo firma. Dice así: «Durante los exorcismos, entre las muchas cosas que pregunté al demonio, quise saber por qué el Padre trataba con severidad a tantas almas en el confesonario. Oigo que me dice: “El Padre Pío trata a cada alma como Dios quiere. A los lados del confesonario están siempre para asistirlo la Virgen y San Francisco, y el Padre Pío hace y dice sólo lo que éstos le sugieren”. El asunto me impresionó. Quise hablarlo con el interesado: “Padre, se lo pido en nombre de Dios y la respuesta debe dármela para mi tranquilidad. ¿Es verdad que en el confesonario está asistido por la Virgen y por San Francisco, y que en relación a las almas hace y dice todo y sólo lo que le viene sugerido por la Virgen Santísima y por el Seráfico Padre?”. “Hijo mío, si no estuvieran estos dos conmigo, ¿qué conseguiría hacer yo?”, oigo que me responde el Padre, con la cabeza inclinada y después de unos instantes de vacilación».


En relación al tercero, he indicado que el Padre Pío, porque escuchó a Jesús que le decía: «Te asocio a mi pasión», quiso «sufrir cada día más y sufrir sin consuelo alguno». Y esto por los dos motivos que le indicó el Crucificado al concederle el don de las “llagas” y que el Santo expresó muy bien en estas frases: «Yo amo la cruz, la cruz sola; la amo porque la veo siempre en los hombros de Jesús» y «Yo no amo el sufrimiento por el sufrimiento; lo pido a Dios, lo deseo por los frutos que me aporta: da gloria a Dios, me alcanza la salvación de mis hermanos en este destierro, libra a las almas del fuego del purgatorio, ¿y qué más quiero yo?».

En el Padre Pío, la asociación a la pasión de Cristo se realizaba de modo muy especial en la celebración de la Misa. Cleonice Morcaldi, en su libro “Testimonianze”, nos transmite la respuesta del Padre Pío a esta pregunta que ella le formuló: - «Padre, ¿qué sufrimientos del Señor experimentas durante la Misa?». - «En cuanto la criatura humana es capaz, todo lo que sufrió el Señor en su pasión».

¿Disfrutó el Padre Pío de alguna asistencia especial de la Virgen María al celebrar la Misa? Escuchemos esto, escrito por el Padre Pío al Padre Agustín el 1 de mayo de 1912: «Sí, Padre, este mes ¡qué bien habla de las dulzuras y de la belleza de María!... El mes de mayo es para mí el mes de las gracias. Lo he constatado una vez más al comienzo de este hermoso mes. Con cuánto mimo ella me ha acompañado al altar esta mañana. Me parecía que no tuviera ninguna otra cosa en qué pensar sino sólo en llenarme del todo el corazón de santos afectos».

 4.         No quiero que, de lo expuesto hasta aquí, se saque la conclusión de que la devoción del Padre Pío a la Virgen era complicada, exclusiva para él y sin enseñanzas prácticas para nosotros. ¡Nada más lejos de la verdad!

La devoción del Padre Pío a María fue «tierna», como la calificó Juan Pablo II, al pedirle al Santo: «Transmítenos tu tierna devoción a María». Tierna porque fue sencilla, filial, o, como recalcan algunos, infantil, si a esta palabra le quitamos el tinte negativo que puede tener. Infantil en el sentido más exacto del término: lo que un niño pequeño vive en relación a su madre es lo que el Padre vivió en relación a la Virgen María.

La causa de esta ternura habría que ponerla en este dato que señala el Padre Pizzatelli: «El Padre Pío aprendió a conocer y a amar a la Virgen, no tanto en los libros de teología, cuanto en la oración humilde, afectuosa y constante. Fue en la oración donde el Santo de Pietrelcina buscó y alcanzó esa sabiduría íntima del corazón que le llevó a llamar a María: “Madre bendita”, “Madrecita”, “Madre tiernísima”, “Madre queridísima”, “bellísima Madrecita del cielo”, “Abogada”, “Auxiliadora”, “Socorro”, “Mediadora”…». Y no hay duda de que también fueron fruto de la oración estas dos súplicas, llenas de ternura, que el Padre Pío, en los días que permaneció en cama en el convento de Venafro, en noviembre-diciembre de 1911, en momentos de éxtasis, dirigió a la Virgen María, y que el Padre Agustín, que se las escuchó, nos ha transmitido en su “Diario”: «Escucha, Madrecita: yo te quiero mucho más que todas las criaturas de la tierra y del cielo..., después de Jesús, naturalmente...; pero te quiero mucho» y «Madrecita hermosa, Madrecita querida, eres bella. Si no existiera la fe, los hombres te llamarían diosa. Tus ojos son más resplandecientes que el sol, eres bella, Madrecita; yo me glorío de ello, te amo, ¡ah!, ayúdame».

 5.         Tampoco quiero que, al escuchar esto, alguien piense que el Padre Pío vivió esa devoción mariana que rechaza el Concilio Vaticano II cuando dice, en “Lumen Gentium”: «La verdadera devoción mariana no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad». ¡Nada de esto en el Santo de Pietrelcina! Las tres cualidades que señala el Concilio para la verdadera devoción mariana las vivió con profundidad el Padre Pío, y mucho antes de que lo dijeran los Padres Conciliares. Nos fijamos brevemente en ellas.

Dice el Concilio que la verdadera devoción mariana «nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios».

En las cartas de dirección espiritual el Padre Pío recalca con claridad la unión íntima e indisoluble entre María, Madre del Hijo de Dios, colaboradora en la obra de la redención, dispensadora de todas las gracias…, y su hijo Jesús, el único Salvador y el único Mediador entre Dios y los hombres. Además, en los títulos que va dando a María en esas cartas, tenemos un rico tratado de teología mariana y una hermosa letanía que expresa esa excelencia de la Virgen sobre todas las demás criaturas. La va llamando: «Virgen clemente y piadosa», «Nuestra bella Madrecita Inmaculada», «Madre de Jesús y Madre nuestra», «Virgen bendita», «Mediadora de todas las gracias»...

Dice el Concilio que la verdadera devoción mariana «nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre».

Para el Santo de Pietrelcina María es, ante todo, la Madre. Una Madre que, como lo atestigua el Padre Agustín en su “Diario”, visita con frecuencia al Padre Pío, al menos desde que éste tiene cinco años. Una Madre siempre cercana, como lo afirma en una carta de 1 de mayo de 1912: «En los momentos de mayor sufrimiento, me parece no tener madre en la tierra, pero sí tener una, y muy piadosa, en el cielo». Una Madre, como he recordado antes, que lo «castiga» colmándolo de dones. Una Madre -lo he dicho también- que lo conduce a su hijo Jesús y lo vincula a él con lazos estrechísimos de amor. Una Madre a la que el Padre Pío ama «mucho más que todas las criaturas de la tierra y del cielo... después de Jesús naturalmente», y a la que quiere que todos amen, como lo manifiestan estas palabras: «Quisiera tener una voz tan fuerte como para invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a la Virgen María».

Dice el Concilio que la verdadera devoción mariana «nos impulsa a la imitación de sus virtudes».

El Padre Pío vio siempre en la Virgen María a la discípula más perfecta de Jesús y, como consecuencia, intentó imitar sus virtudes. Más aún, la imitación fue para él la prueba de la auténtica devoción mariana y la finalidad última de sus oraciones y de sus prácticas piadosas. Y lo que vivía él lo proponía a los demás, incluso a sus Directores espirituales. Esto es lo que escribió el 1 de julio de 1915 al Padre Agustín: «Esforcémonos, pues, como tantas otras almas elegidas, por tener siempre delante a esta bendita Madre, por caminar siempre junto a ella, ya que no hay otro camino que conduzca a la vida sino el que nuestra Madre ha seguido. Nosotros que queremos llegar a la meta, no rehusemos seguir este camino». Una imitación que la iba concretando en cada una de las virtudes que la Iglesia admira en la Virgen María. Sirva de ejemplo esta invitación a Raffaelina Cerase, el 13 de mayo de 1915: «Reflexiona y ten siempre ante los ojos de la mente la gran humildad de la Madre de Dios y nuestra, la cual, a medida que crecían en ella los dones celestiales, siempre más se desfondaba en humildad, tanto como para poder cantar en el mismo momento en que fue cubierta con la sombra del Espíritu Santo, que la convirtió en Madre del Hijo de Dios: “He aquí la esclava del Señor”».

6.         En el Padre Pío, junto al hijo que ama tiernamente a su Madre del cielo, tenemos que admirar al promotor incansable de la devoción mariana.

Son muy significativas estas palabras del Papa Juan Pablo II en la beatificación del Padre Pío: «... el nuevo beato no se cansaba de inculcar en los fieles una devoción a la Virgen María tierna, profunda y enraizada en la genuina tradición de la Iglesia. Tanto en el secreto del confesonario como en la predicación volvía siempre a exhortar: ¡Amad a la Virgen María!». Y también las del padre Alberto D’Apolito, que vivió muy cerca del Fraile de Pietrelcina y escribió esto: «El Padre Pío, enamorado de la Virgen Santísima, no cesaba de recomendar a todos los fieles el amor y la devoción a nuestra Señora… Exhortaba continuamente a sus hijos a confiar en la Señora y a abrirle su corazón en la seguridad de ser escuchados. Sabía bien que la Santísima Virgen es la dispensadora de las gracias y que tiene en sus manos las llaves del Corazón de Dios». Y es especialmente significativo el testamento espiritual que nos dejó el Santo en vísperas de su muerte: «Amad a la Virgen y haced que la amen. Rezad siempre el Rosario».

·         Benedicto XVI, en su peregrinación a San Giovanni Rotondo de junio del 2009, afirmó esto: “El Padre Pío nos enseña a amar y venerar a la Virgen María con su enseñanza y con su ejemplo”.

          Las enseñanzas del Padre Pío eran sencillas y profundas a la vez, y las podemos encontrar en sus cartas de dirección espiritual; en las palabras que dirigía a los fieles antes del rezo del “Angelus” a mediodía y al atardecer, pues muchas de ellas fueron transcritas a papel; en las muchas estampas y “papelitos” que entregaba a sus devotos con un breve mensaje escrito por él, casi siempre relacionado con la Virgen María… Sirva este mensaje como ejemplo de enseñanza sencilla y profunda: «Cuando se pasa delante de la imagen de la Virgen, hay que detenerse y decirle: “Te saludo, María; saluda de mi parte a Jesús”».

          El ejemplo se podía percibir en todas sus actuaciones del Capuchino. Lo señaló Juan Pablo II el día de  la beatificación del Padre Pío, antes de rezar el “Regina Coeli”, en la Plaza de San Juan de Letrán de Roma, en estas palabras: «Su devoción a la Virgen María se transparenta en todas las manifestaciones de su vida». La lista de estas manifestaciones sería interminable. Me limito a citar algunas: para su oración personal, buscaba siempre los lugares donde tuviera, también delante de sus ojos, el cuadro de la Virgen María y el Sagrario, porque a la Virgen la veía como camino hacia Jesús y como dispensadora de las gracias de su Hijo; el obsequio más frecuente a los que se acercaban a él era el Rosario, unido a la invitación a rezarlo; en las innumerables estampas que, como he dicho antes, fue repartiendo a lo largo de su vida, los mensajes más reptidos, escritos por él, eran los relacionados con la Virgen: «La Virgen Dolorosa te tenga siempre grabada en su corazón materno», «La Virgen Madre tenga siempre su mirada en ti y te conceda experimentar todas sus dulzuras maternas», «María sea la estrella que ilumine tus pasos a través del desierto de la vida y te conduzca sana y salva al puerto de la salvación eterna», «María te mire siempre con ternura materna, alivie el peso de este destierro y un día te muestre a Jesús en la plenitud de su gloria, librándote para siempre del miedo a perderlo», «María esté siempre esculpida en tu mente y grabada en tu corazón»…; y, sobre todo, que se le sorprendiera siempre rezando el Rosario.

 7.         Como conclusión y resumen de lo dicho, cabe afirmar que la devoción mariana del Padre Pío tenía tres manifestaciones fundamentales:

·         1ª. Un amor tierno y filial a María, que lo expresaba sobre todo en la imitación de sus virtudes.

·         2ª. Una confianza ilimitada para pedir a María toda clase de gracias, especialmente para los demás.

·         3ª. Un empeño constante por promover la auténtica devoción a María.

 Sirva de confirmación lo acaecido en el año 1959. En ese año, la imagen de la Virgen de Fátima fue llevada a Italia; y, como era costumbre en estos casos, fue recorriendo las ciudades más importantes y, en ellas, las iglesias con mayor capacidad, comenzando por la iglesia catedral. El día en que la imagen llegó a Italia, el 25 de abril, el Padre Pío cayó enfermo. ¿Motivo? Se había ofrecido como víctima a la Virgen María para que esa peregrinación de su imagen por Italia produjera abundantes frutos espirituales. Y así, enfermo, casi siempre en cama, y en ocasiones ingresado en el hospital “Casa Alivio del Sufrimiento” fundado por él, permaneció hasta el día 7 de agosto. ¿Qué sucedió a lo largo de estos tres meses?

·         El Padre Pío siguió ofreciendo el acostumbrado pensamiento de orientación espiritual antes del rezo del “Ángelus” a mediodía; pensamiento que, más que en otras fechas, giraba en torno a la Virgen María: como invitación a prepararse para la visita de la Virgen; como reclamo a la imitación de sus virtudes; como llamada al rezo del Rosario…

·         Aunque San Giovanni Rotondo no era ciudad importante, figuraba entre los lugares en los que debía detenerse la mencionada imagen, sin duda en atención al Padre Pío. Llegó el día 6 de agosto y fue recibida con gozo en el santuario de Nuestra Señora de la Gracias del convento de Capuchinos. Lo que sucedió allí nos lo cuenta un testigo ocular, el Padre Rafael de Sant’Elia a Pianisi: «La iglesia permanece abierta día y noche y está siempre abarrotada de fieles que rezan. El Padre Pío está en cama y reza. Al día siguiente, 7 de agosto, lo bajan a la iglesia, sentado en una silla, y cada tanto se detienen para no cansarlo. Cuando está a los pies de la Virgen, conmovido y con lágrimas en los ojos, la besa con afecto y coloca en sus manos un Rosario bendecido por él; después se le sube porque está cansado y por miedo a un colapso... más de tres meses de enfermedad, de ayuno y de cama... Por la tarde, la Virgen es llevada a la Casa Alivio del Sufrimiento, donde recorre todas las secciones, y, por fin, es subida a la terraza, donde el helicóptero está preparado para partir».

·         ¿Qué hizo el Padre Pío en ese momento? Sigue diciendo el escrito del Padre Rafael: «El Padre Pío manifiesta su deseo de querer saludarla de nuevo antes de que se marche, y, de nuevo sentado en una silla, es llevado al coro de la nueva iglesia y se asoma a la última ventana de la derecha de quien mira desde la plaza. Entre los “vivas” de una gran multitud de fieles, el helicóptero emprende el vuelo, pero, antes de enfilar la ruta prefijada, da tres vueltas sobre el convento y la iglesia para saludar al Padre Pío. Éste, al ver el helicóptero que se mueve con su Virgen, conmovido, con fe y lágrimas en sus ojos, dice: “Señora, Madre mía, llegaste a Italia y yo quedé enfermo; ahora te vas y ¡me dejas enfermo!”. Dicho esto, baja la cabeza, mientras un escalofrío lo sacude y recorre todo su cuerpo. El Padre Pío ha recibido la gracia y se siente bien. Al día siguiente, aunque casi todos se lo desaconsejan, puede celebrar en la iglesia. Por la tarde, llega de forma providencial el doctor Gasbarrini, que lo examina minuciosamente, lo encuentra clínicamente curado y dice a los frailes presentes, entre los que me encontraba yo: “El Padre Pío está bien y mañana puede sin reparo alguno celebrar en la iglesia”».

·         Tenemos, pues, los tres elementos que he señalado:

   El amor tierno y filial a María, manifestado en las lágrimas, en el beso a la imagen de la Virgen, en el Rosario que coloca en el brazo de la imagen… y en lo que María pudo “leer” en el corazón del Capuchino.

      La confianza ilimitada para pedir toda clase de gracias; en este caso la curación de su enfermedad, sin duda para seguir entregado a su «misión grandísima» en favor de sus hermanos.

     La dedicación entusiasta a promover la devoción a María, en los mensajes que dirigía cada día a los fieles y, sobre todo, en su ofrenda como víctima por la intención que antes he señalado.

 Publicado en la Revista MIRIAM - LXIII - nº 373 - Mayo-Agosto 2011 - Págs. 102-115.

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