Un hombre de Dios al servicio de los hombres

Un hombre de Dios al servicio de los hombres

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (11)


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Como Jesús, que vino para que tengamos vida y vida abundante (cfr. Jn 10, 10).

En el contexto de la alegoría del “buen pastor”, las palabras de Jesús adquieren un contenido especial: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante. Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10, 10-11). Por tanto, Jesús ha venido al mundo para que los hombres tengamos vida y vida abundante; vida aquí en este mundo y vida para siempre en el más allá. Para ofrecernos esa vida «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo» (Hech 1l, 38) y derramó su sangre «por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26, 28). Y entregó su vida como Buen Pastor, con una entrega que reúne todos los matices que señala el Salmo 23 (22) y que implica la mayor prueba de amor: «Nadie tiene amor más grande que el que da la  vida por sus amigos» (Jn 15, 13).
Pero, en Jesús, tenemos algo más que un enviado de Dios para darnos vida. Él es la vida, como lo proclamó ante el apóstol Tomás: «Yo soy el camino y la verdad y la vida» (Jn 14, 5-6).
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Ningún ser humano, fuera de Jesús, puede decir que él es la vida; tampoco el Padre Pío. El Capuchino de Pietrelcina, al escribir en el recordatorio de su Primera Misa: «Jesús… que yo sea contigo para el mundo Camino Verdad Vida», pensaba, sin duda alguna, en ser vida para el mundo, no porque iba a ofrecer a los hombres su propia vida, sino porque la ordenación sacerdotal, que había recibido cuatro días antes, le capacitaba para ofrecer a los hombres la vida de Cristo, sobre todo por los sacramentos. Y esa vida de Cristo la quería ofrecer «contigo», es decir: con Jesús y como Jesús. Por lo mismo, dando su propia vida al ofrecer la vida de Cristo; dándola con amor y movido por el amor; y dándola, si le fuera posible, a todos.
·  También para el Padre era muy claro que el que ofrece con más acierto la vida de Cristo es el que se deja vivificar por él y se empeña en adquirir esa vida divina. Baste decir aquí que el Capuchino de Pietrelcina vivió con generosidad estas dos realidades.   
·  En la “misión grandísima” que el Señor le había confiado, como le reveló cuando se preparaba para la vida capuchina en el noviciado de Morcone, el Padre Pío incluía de modo muy especial ésta de ofrecer a los hombres la vida de Dios, fruto precioso de la muerte y resurrección de Cristo, tras su pérdida por el pecado de Adán y Eva.
- Como afirmó Juan Pablo II en la homilía de la Canonización del nuevo Santo, el 16 de junio del 2002, el Padre Pío tenía «una conciencia muy clara de haber sido llamado a colaborar de manera peculiar en la obra de la redención», redención en favor de los hombres que implica, como es sabido, la liberación del pecado y la vida nueva de hijo de Dios. Conciencia clara que la manifestaba en frases como éstas: «Liberar a mis hermanos de los lazos de Satanás», «Poner fin a la ingratitud de los hombres para con Dios, nuestro sumo Bienhechor», «Dar la vida por los pecadores para hacerles participar después de la vida del Resucitado»…
- A colaborar en la obra de la redención o, lo que es lo mismo, a ofrecer la vida divina a los hombres, el Padre Pío se sentía impulsado tanto por el amor a Dios como por el amor al prójimo. Dos amores que lo devoraban, como manifestó al padre Benedicto en noviembre de 1921: «Todo se compendia en esto: estoy devorado por el amor de Dios y el amor del prójimo». Que el amor a Dios urge a amar al prójimo, lo expresó muy bellamente en una carta al padre Agustín de 8 de septiembre de 1913: «Para el alma inflamada del amor divino el socorrer las necesidades del prójimo es una fiebre que le va consumiendo lentamente. Daría mil veces la vida si pudiera lograr que una sola alma bendijese una sola vez al Señor». Y siguió escribiendo: «Siento que esta fiebre me devora». Y no le urgía menos el amor al prójimo. Al padre Benedicto, que le había transmitido la queja del padre Agustín de que lo tenía abandonado y le invitaba a practicar la caridad, le escribió el 3 de junio de 1919: «Les ruego, a usted y a los demás, que no me molesten con llamadas a la caridad, pues no hay mayor caridad que conquistar las almas encadenadas por Satanás, ganándolas para Cristo. Y esto precisamente es lo que hago incesantemente de día y de noche».
- El Padre Pío, al ofrecer la vida divina, quiso, como Jesús, llegar a todos los hombres sin excepción. Con qué vehemencia lo manifestó al padre Agustín el 28 de junio de 1911: «Padre mío, si pudiera volar, quisiera hablar alto y gritar a todos con todas mis fuerzas: Amad a Jesús, pues es digno de ser amado».
- Y el Padre Pío, a ejemplo del Buen Pastor, usó todos los medios a su alcance para que la vida de Cristo llegara a los hombres. Solía repetir: «Salvar las almas orando siempre»; y esto escribió al padre Benedicto el 12 de noviembre de 1929: «Estoy cansado, extremadamente cansado de clamar al Altísimo… Comprendo que no merece ser escuchado quien no es digno de su amor; pero ¿no podría escuchar la oración de quien le suplica sin interés propio y sí solo por el bien de sus hermanos?». Sabía que, en la confesión, Dios, además perdonar los pecados, que matan o hieren la vida divina en el pecador, vigoriza esa vida con los dones que ofrece al que lo celebra; y, ya en San Giovanni Rotondo, dedicó muchas horas diarias, a lo largo de 52 años, a administrar este Sacramento. Era muy consciente de que la Eucaristía renueva y actualiza la muerte y la resurrección de Cristo, fuente de la vida divina para los hombres; y, como dijo Pablo VI, la celebraba «humildemente». Sin referirme, por falta de espacio, a otros medios que usó el Santo capuchino, diré una palabra sobre el que era especialmente querido por él. A la Virgen María la veía como Camino que conduce a Jesús, que, como se ha dicho, es la vida y ha venido para que tengamos vida y vida abundante; y la veía también como Mediadora de todas las gracias, en las que su Hijo nos ofrece su vida a los hombres; y el Padre Pío, además de amar con amor tierno y filial a María, fue  el gran promotor de la devoción mariana.
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Porque, como Jesús y con él, quiso ser vida para el mundo, y, como él, ofreció esa vida divina por todos los medios a su alcance y, al menos con su deseo, a todos los hombres, podemos llamar al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde

Octubre: días 13 al 19.


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13.  Te afanas, mi buena hija, por buscar al sumo Bien. Está en verdad dentro de ti y te tiene tendida sobre la desnuda cruz, alentando fuerza para que soportes ese martirio insostenible y amor para que ames amargamente al Amor. Por lo mismo, el temor a haberlo perdido y a haberle disgustado sin darte cuenta no tiene fundamento alguno, porque él está tan cercano y unido a ti. Tampoco tiene sentido el agobio por el porvenir, ya que la situación actual es una crucifixión de amor (Epist.III, p.651).

14.  Pobres y desgraciadas las almas que se arrojan en el torbellino de las preocupaciones mundanas. Cuanto más aman el mundo más se multiplican sus pasiones, más se encienden sus deseos, más incapaces se sienten para sus proyectos; y de ahí las inquietudes, las impaciencias, los choques terribles que despedazan sus corazones, que no palpitan de caridad y de santo amor.  Roguemos por estas almas desgraciadas, miserables. Que Jesús les perdone y las atraiga hacia sí con su infinita misericordia (Epist.III, p.1092).

15.  No se debe actuar con maneras violentas si no se quiere correr el riesgo de no conseguir nada. Es necesario revestirse de gran prudencia cristiana (Epist.III, p.416).

16.  Hijas, acordaos de que yo soy tan enemigo de los deseos inútiles como de los deseos peligrosos y malos; porque, aunque sea bueno aquello que se desea, ese deseo es siempre defectuoso en relación a nosotros, sobre todo cuando anda mezclado con una preocupación orgullosa, ya que Dios no exige este bien, sino algún otro en el que quiere que nos ejercitemos (Epist.III, p.579).

17.  En cuanto a las pruebas espirituales a las que te va sometiendo la paternal bondad del Padre del cielo, te ruego que te resignes y que, en cuanto te sea posible, estés tranquila, fiándote de las aseveraciones de quien ocupa el lugar de Dios, te ama en él y te desea toda clase de bienes, y te habla en su nombre. Sufres, es verdad, pero con resignación; sufres, pero no temas, porque Dios está contigo y tú no le ofendes sino que le amas. Sufres, pero también crees que Jesús mismo sufre en ti y por ti y contigo. Jesús no te abandonó cuando huías de él, mucho menos te abandonará de ahora en adelante cuando tú quieres amarlo (Epist.III, p.618).

18.  No te debes confundir al intentar conocer si has consentido o no. Tu estudio y tu vigilancia estén orientadas a la rectitud de intención que debes tener al actuar y al combatir siempre, con valor y generosidad, las artes malignas del espíritu maligno (Epist.III, p.622).

19.  Mantente siempre con alegría en paz con tu conciencia, dándote cuenta de que estás al servicio de un Padre infinitamente bueno, que, impulsado sólo por su ternura, desciende hasta su criatura para elevarla y transformarla en él, su Creador. Y huye de la tristeza, porque ésta entra en los corazones que están apegados a las cosas mundanas (ASN, 42).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue llamando a orar y a progresar en la vida cristiana.


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De San Pío de Pietrelcina, que quiso ser «un pobre fraile que ora», el padre Fernando de Riese Pio X, en su biografía “Padre Pío de Pietrelcina - Un crucificado sin cruz”, escribe: «En su reclinatorio o en el altar, en la iglesia o en la celda, caminando por los claustros o por los senderos del huerto de los capuchinos, con las manos recogidas o desgranando el rosario, su mundo es Dios... Su vida es, sobre todo, vida de oración, de coloquio ininterrumpido, dulce y obstinado, con Dios. La oración le absorbe todo su tiempo». Y unas líneas más adelante: «En las tentaciones, reza; en los meses de total segregación, desde el 11 de junio de 1931 al 16 de julio de 1933, reza; en las alegrías, reza; en las experiencias extraordinarias, reza; en los momentos dramáticos, reza; en las enfermedades, reza; en la programación de sus iniciativas, reza».
No sólo eso. El Padre Pío, con su ejemplo y con sus consejos, invitaba a la oración constante e insistente; pedía orar con la Iglesia, por la Iglesia y en la Iglesia; y urgía a buscar, como fruto de la oración, una vida cristiana más fiel al proyecto de Dios y, por tanto, una caridad activa y laboriosa en el alivio de los que sufren y de los necesitados.
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El pasado lunes, en Bilbao (España), un grupo de unas 20 personas comenzaba sus encuentros de oración, bajo la inspiración y protección del Padre Pío, que los celebrarán dos veces al mes.
Animados y acompañados por personas de otros grupos de oración, tuvieron la acertada idea de invitar, a los que lo desearan, a una conferencia sobre el Padre Pío. Acertaron también al comprometer un salón mucho más capaz que el que usarán para sus encuentros de oración. Y se encontraron con la grata sorpresa de unas 100 personas ávidas de conocer la vida y la espiritualidad del Padre Pío, como estímulo para una vida cristiana más evangélica, que escucharon con gran atención e interés  lo que yo pude exponerles.
En definitiva, el Padre Pío que, a los 45 años de su muerte, sigue llamando, como lo hacía en vida, a la oración y a una vida cristiana siempre renovada.
Elías Cabodevilla Garde

Fiel a la “misión grandísima” que le confió el Señor (8).


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La misión que Cristo confió a la Iglesia se debe cumplir con palabras que anuncian la Buena Noticia: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16, 15), y con obras que testimonian lo que se anuncia: «Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16). Y fue así como el Padre Pío cumplió la “misión grandísima” que le había confiado el Señor: con palabras, escritas y habladas, como he expuesto en los cuatro últimos escritos de esta etiqueta de la página web, y con el ejemplo de una vida santa.
El papa Benedicto XVI, al peregrinar a San Giovanni Rotondo el 21 de junio del 2008, se refirió varias veces a la santidad del Padre Pío. Las primeras palabras de su primera intervención hablada, la homilía de la Eucaristía, fueron: «En el corazón de mi peregrinación a este lugar, en el que todo habla de la vida y de la santidad del padre Pío de Pietrelcina…». Y, a lo largo de sus cuatro alocuciones, ofreció mensajes como éstos: «Aquí, en San Giovanni Rotondo, todo habla de la santidad de un fraile humilde y fervoroso sacerdote que… nos exhorta a ser santos»; «La herencia que os ha dejado es la santidad»; «Atraía al camino de la santidad con su mismo testimonio»…Y el Papa fue señalando virtudes concretas de esa santidad del Fraile capuchino: «El amor que él llevaba en el corazón y transmitía a los demás estaba lleno de ternura»; «…que vuestra presencia y vuestra acción en el seno del pueblo cristiano se conviertan en testimonio elocuente de la primacía de Dios en vuestra existencia. ¿Acaso no era precisamente esto lo que todos percibían en San Pío de Pietrelcina?»; «Rezaba siempre y en todo lugar con humildad, confianza y perseverancia»; «Su primera preocupación, su ansia sacerdotal y paternal era siempre que las personas regresaran a Dios, que pudieran experimentar su misericordia»; «Supo gastarse en el cuidado y alivio de los enfermos»; «Siempre experimentó por la Virgen un amor muy tierno»…
Esto mismo había hecho el papa Juan Pablo II, al beatificar al Padre Pío el 2 de mayo de 1999 y al declararlo Santo el 16 de junio del 2002. Además del reconocimiento oficial de su santidad, pues esto significa proclamarlo Beato y Santo, Juan Pablo II fue diciendo del Padre Pío: «Este santo capuchino, al que tantas personas se dirigen desde todos los rincones de la tierra, nos indica los medios para alcanzar la santidad, que es el fin de nuestra vida cristiana»;«La vida y la misión del padre Pío testimonian que las dificultades y los dolores, si se aceptan por amor, se transforman en un camino privilegiado de santidad»… Y se detuvo a señalar algunos de los componentes de esa santidad: «El nuevo santo nos invita a poner a Dios por encima de todas las cosas, a considerarlo nuestro único y sumo bien»; «Este humilde hermano capuchino ha dejado estupefacto al mundo con una vida entregada a la oración y a la escucha de los hermanos»; «¿Qué otra cosa ha sido la vida de este humilde hijo de san Francisco, sino un cons­tante ejercicio de la fe?»; «Todo el que se acercaba a S. Giovanni Rotondo para participar en su Misa, para pedirle consejo o confesarse, percibía en él una imagen viva del Cristo sufriente y resucitado»; «¡Cuán actual es la espiritualidad de la cruz que vivió el humilde capuchino de Pietrelcina!»; «El padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del sacramento de la penitencia»; «Su caridad se derramaba como bálsamo sobre las debilidades y sufrimientos de los her­manos»; «Que “Santa María de las Gracias”, a la que el humilde capuchino invocó con constante y tierna devoción»…
El testimonio de monseñor Rafael Carlos Rossi, el Visitador apostólico que el Vaticano envió a San Giovanni Rotondo en el año 1921, aunque, también desde esta fecha, la santidad del Padre Pío fue creciendo y ofreciendo frutos más abundantes y más evangélicos conforme pasaban los años, hasta su muerte en 1968, merece una atención especial. En su “Voto” o informe para la Congregación del Santo Oficio, después de afirmar «que había ido más bien prevenido en su contra», presenta al Padre Pío como «Religioso serio, distinguido, digno y, a la vez, franco, espontáneo en el convento». Y tras detenerse en cada una de las virtudes, termina escribiendo, casi como pidiendo excusas por tener que dar un juicio tan positivo: «En conciencia, yo debía referir y recalcar todo esto, apoyándome en las declaraciones que he recogido y en mis observaciones personales, para presentar con la menor imperfección posible el retrato moral-religioso del Padre Pío, retrato que se resume en pocas palabras: “El Padre Pío es un buen religioso, ejemplar, ejercitado en la práctica de las virtudes, entregado a la piedad y quizás más elevado a los grados de oración de lo que aparece al exterior; resplandece de modo especial por una sincera humildad y por una especial sencillez, que no han decrecido en él ni en los momentos más graves, en los que estas virtudes le fueron puestas a prueba verdaderamente grave y peligrosa”».

Para que no falte el juicio de una “persona de a pie”, transcribo la declaración del doctor José Sala, el médico que atendió al Padre Pío en los últimos años de vida y le asistió en el momento de la muerte, en el “Proceso de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Pío de Pietrelcina”: «Estoy firmemente convencido de que el Padre Pío practicó todas las virtudes de forma heroica. Humanamente no es posible vivir como vivió el Padre Pío en la práctica constante de tantas virtudes. Estoy convencido de que el Padre Pío, como hombre, fue un ser normal, con cualidades normales. Tenía una personalidad abierta y muy sensible a los sufrimientos de los demás. Pero era su personalidad espiritual desbordante la que lo hacía único, extraordinario y seductor para todos».

Del Padre Pío podemos decir, como de Jesucristo, que todo lo que enseñaba, aconsejaba o pedía de palabra era el primero en ponerlo en práctica. O, con palabras suyas, que intentó siempre, y lo consiguió, que «vayan a la par los buenos propósitos y las obras santas».
 Elías Cabodevilla Garde

Octubre: días 6 al 12.


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6.  Tu predicación sea la inmolación continua de ti misma, el ser en todas partes como una delicada aparición y como la sonrisa de Dios (FM, 165).

7.  Siento que se me rompe el corazón en el pecho al conocer tus sufrimientos, y no sé qué haría para que te consueles. Pero, ¿por qué inquietarte tanto? ¿Por qué te turbas? ¡Fuera tanta inquietud, hija mía! Jamás te he visto tan regalada de tantas joyas por parte de Jesús como ahora. Jamás te he visto tan querida de Jesús como en este momento. Por tanto, ¿qué motivo tienes para temer, temblar y asustarte? Tu temor y temblor se parecen al de un niño que está en los brazos de su mamá. Por lo mismo, tu temor es tonto e inútil (Epist.III, p.442).

8.  No tengo nada concreto que reprobar en ti, fuera de esa inquietud un tanto amarga que se da en ti y que no te deja gustar toda la dulzura de la cruz. Corrígete de esto y continúa haciendo lo que has hecho hasta ahora, porque vas bien (Epist.III, p.447).

9.  Te ruego además que no te angusties por lo que voy sufriendo y sufriré; porque el sufrimiento, por muy grande que sea, comparado con el bien que nos espera, resulta agradable para el alma (Epist.III, p.402).

10.  Mantén tu espíritu tranquilo y confíate por completo a Jesús cada vez más. Esfuérzate por identificarte siempre y en todo con la divina voluntad, tanto en las cosas favorables como en las adversas, y no te preocupes por el mañana (Epist.III, p.455).

11.  No temas por tu espíritu: son bromas, predilecciones y pruebas del Esposo celestial, que quiere asemejarte a él. Jesús mira las disposiciones y los buenos deseos de tu alma, que son óptimos; y los acepta y premia; y no mira tu imposibilidad e incapacidad. Por tanto, mantente tranquila (Epist.III, p.461).

12.  No te fatigues en cosas que producen inquietud, perturbaciones y afanes. Sólo una cosa es necesaria: elevar el espíritu y amar a Dios (CE, 10).

 (Tomado de BUONA GIORNATA de Padre Pio da Pietrelcina)
Traducción del italiano: Elías Cabodevilla Garde

Sigue haciéndose de esperar para luego sorprender con su actuación.


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Al Padre Pío le gustaba dar largas al asunto, cuando le pedían una gracia, un milagro, y actuar luego de forma inesperada y sorprendente.
Como botón de muestra, el hospital “Casa Alivio de Sufrimiento”. El proyecto de un nuevo hospital era tema frecuente de conversación entre los capuchinos de San Giovanni Rotondo desde que el terremoto de 1938 destruyó el “Hospital San Francisco de Asís”, que habían promovido, sobre todo por iniciativa e impulso del Padre Pío, en el  abandonado monasterio de clarisas.
El gran promotor del nuevo hospital, para el que ya había pensado el nombre: “Casa Alivio del Sufrimiento”, era el Padre Pío. Consiguió que se comenzaran los trabajos en el año 1947. Pero las misivas eran frecuentes: «Padre Pío, ¡tenemos que detener la obra porque no hay dinero!». ¿Decidió actuar de forma inesperada y sorprendente?
Un día llegó hasta la obra la periodista inglesa Bárbara Ward, redactora de “The Economist”, que venía de Londres para conocer al Padre Pío. Al pasar junto a los obreros, estimó que el más apropiado para preguntarle era el cura, que trabajaba con pico y pala, bañado en sudor y con la sotana remangada. - «¿Qué es lo que pretenden hacer aquí?». - «Una gran clínica, señorita». - «¿Y cuál sería el presupuesto?». - «¡Cuatrocientos millones de dólares!». - «¿Y quién se los va a proporcionar?». - «Señorita, ¡quien pasa paga!».
A la Ward su encuentro con el Padre Pío le debió parecer muy seco, pues don Orlando -así se llamaba el cura de la sotana remangada- manifestó que «al pasar luego delante de nosotros ni siquiera se dignó mirarnos». Así fue el encuentro de la periodista con el Fraile capuchino: - «Padre, he oído hablar muy bien de usted y he venido a pedirle una gracia». - «Sí, hija, sí; las gracias nos las concede el Señor». - «Padre, yo soy católica. Mi novio es protestante y yo quisiera que se convirtiera al catolicismo». - «Muy bien. Si el Señor quiere, se convertirá». - «Pero, Padre… ¿y cuándo ocurrirá esto?». - «Si Dios quiere ahora mismo». Y el Padre Pío, sin más, se marchó.
Bárbara Ward llegó a Londres, se encontró con el inexplicable hecho de que su novio, el comandante Jackson, se había convertido al catolicismo y de que se había decidido a dar el paso, más o menos, a la mima hora en que ella pedía esta gracia al Padre Pío. Y como Jackson era consejero de la UNRA para Europa y disponía de influencias poderosísimas en aquel organismo…, no tardó en llegar un telegrama al Presidente del Gobierno de Italia anunciando que desde América habían asignado la suma de 400 millones de dólares para construir una clínica en San Giovanni Rotondo. El Gobierno italiano se quedó con una parte cuantiosa, 150 millones, pero los otros 250 dieron para mucho en la construcción de la “Casa Sollievo della Sofferenza”.
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Esta información me la ha enviado desde México Sandra Zambrano. Es ejemplar que Sandra, de quien sabemos, por otro testimonio publicado en esta etiqueta de la web, que con frecuencia le pide a su Padre espiritual, el Padre Pío: «Pero, ¡háblame clarito, clarito!», en este caso le haya pedido: «Pero, ¡actúa rapidito, rapidito!». Éste es su escrito:
«Hace nueve años que mi hermana Ileana y otras personas comenzaron a ayudar a los más pobres para que pudieran recibir atención médica especializada y cirugías en el mejor hospital y con los mejores doctores. Durante los siete primeros años esta ayuda fue esporádica y nunca estuvo en su mente la idea de crear una Fundación. Pero el número de enfermos que les llegaban iba siempre en aumento y con ello la necesidad de buscar a más doctores y a más colaboradores. Esta creciente demanda de quienes, al no tener seguro social ni recursos económicos, si enferman, mueren en la calle sin que nadie les atienda, y el aumento continuo de doctores y de voluntarios motivaron que, en el 2012, pensaran en una Fundación, a la que dieron el nombre de “Fundación Unión pro VIDA”.
 Hoy en día, la Fundación es una red que conecta a los enfermos más pobres con los más de 80 doctores colaboradores de casi todas las especialidades y el mejor hospital de la ciudad, además de 12 odontólogos, un radiólogo, una psicóloga…, y que tiene acuerdos de colaboración con otras Fundaciones locales y foráneas dedicadas a atender a personas quemadas, a operar todo tipo de cirugías de ojos, cáncer en niños menores de 18 años, casa hogar para ancianos…, como “Destellos de Luz” “Fundación Cinepolis”, “Posada del Peregrino”…
Yo también formo parte del Consejo Directivo de la Fundación y mi participación ha consistido y consiste en asesorar y acompañar a mi hermana en las gestiones para el reconocimiento oficial de la Fundación y principalmente en conseguir que médicos amigos míos colaboren en la Fundación, que altos directivos de empresas que conozco ofrezcan sus donaciones…
Un impedimento para la buena marcha y para el crecimiento de la Fundación estaba siendo -y lo era hasta hace unas pocas horas- que ésta no tenía el reconocimiento del Gobierno como Asociación Civil, con los inconvenientes que implica no ser una “Entidad donataria”. Las últimas noticias eran que los “estudios” para ver si se podía conceder o no a la Fundación este reconocimiento exigirían no menos de tres meses de tiempo.
Ayer, 23 de septiembre, su fiesta litúrgica, era buena ocasión para pedirle al Padre Pío, aunque de otro modo, lo que desde hace algún tiempo se lo estaba pidiendo. En la Eucaristía, después de haberle entregado a mi hermana Ileana como hija espiritual, y también a su familia, y de poner la Fundación en sus manos, le dije: «Pero, Padre Pío, ¡actúa rapidito, rapidito!».
Una hora después, mi hermana Ileana me llamaba para comunicarme que acababa de recibir la notificación y el permiso del Departamento de Hacienda del Gobierno para formalizar la Fundación, que, como consecuencia, puede ser ya “donataria”, lo que significa que puede dar y recibir ayudas (ayudas de doctores, de hospitales, de personas independientes o de todo aquel que quiera colaborar de alguna manera) para los enfermos más pobres, y expedir recibos de esas ayudas.
 En la próxima reunión del Consejo Directivo propondré que se nombre a San Pío de Pietrelcina Patrono de la “Fundación Unión pro VIDA».
Elías Cabodevilla Garde

El Padre Pío de Pietrelcina, “fotocopia de Cristo” (10)


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Como Jesús, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad (cfr. Jn 18, 37).

A la pregunta de Pilato: «Entonces, tú eres rey?», Jesús contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18, 37).
Pero, en Jesús, tenemos algo más que un enviado para dar testimonio de la verdad: Él es la verdad, como lo proclamó ante el apóstol Tomás: - «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». - «Yo soy el camino y la verdad y la vida» (Jn 14, 5-6).
Que Jesús enseñó siempre la verdad lo acreditaron, aunque con una segunda intención, hasta los mismos fariseos: «Entonces se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias» (Mt 22, 15-16).
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El Padre Pío escribió en el recordatorio de su Primera Misa: «Jesús… que yo sea contigo para el mundo Camino Verdad Vida». Seguro que, al escribir estas palabras, en su mente y en su corazón recalcaba el «contigo», porque  ¿quién puede pretender ser para el mundo lo que fue y es Jesús, el Hijo unigénito de Dios, si no es en unión íntima con él y como instrumento suyo?
·  Es obvio decir que, también para el Padre Pío, anunciar la verdad y dar testimonio de ella implicaba tener la verdad o, mejor, seguir buscándola cada día porque nunca la alcanzamos del todo.
- En la búsqueda y hallazgo de la verdad, también de la verdad revelada por Dios y contenida en la Sagrada Escritura, es importante el estudio. Leyendo el Epistolario del Padre Pío, sobre todo si se recuerda que las cartas del volumen II las escribió en los años 1914 y 1915, cuando tenía sólo 26/28 años, y que las otras cartas de orientación espiritual son anteriores al mes de mayo de 1923, es fácil afirmar o que el Fraile capuchino era muy inteligente, o que se dedicó con interés al estudio desde muy pronto, o las dos cosas a la vez. La riqueza de doctrina, de verdad, que el Padre Pío nos ha dejado en sus cartas de orientación espiritual es tanta y tan especial que se comprende que muchos deseemos para él el título de Doctor de la Iglesia. A juzgar por la respuesta que, en junio de 1921, dio al Visitador apostólico Rafael Carlos Rossi, se empeñaba por compaginar apostolado y estudio. «¿Se entrega en particular al estudio?», pregunta Rossi. Y el Padre Pío: «Excelencia, estoy siempre en el confesonario. Precisamente por esto estoy siempre al corriente de los estudios necesarios».
- En estas palabras del Padre Pío es casi seguro que habla su experiencia personal: «Con el estudio de los libros se busca a Dios; con la meditación se le encuentra». Y no eran pocas las horas que dedicaba a la meditación. En el “Diario”, que, a petición del padre Agustín de San Marco in Lamis, comenzó a escribir en julio de 1929, al referirse a las “Devociones particulares diarias”, señala: «No menos de cuatro horas de meditación, y éstas de ordinario sobre la vida de nuestro Señor: nacimiento, pasión y muerte».
- Para el Padre Pío la garantía de la verdad revelada era la aceptación del magisterio de la Iglesia. A Rafael Carlos Rossi que, en la ocasión antes citada, le preguntó: «¿Sabe cuáles son las enseñanzas de la Iglesia a este respecto (cómo orientar a las almas por las vías místicas)? ¿Las ha aceptado, las acepta todas íntegramente?», le respondió: «Oh, ¡por caridad! Las he aceptado y las acepto íntegramente todas». Y a la nueva pregunta: «¿Y en todo lo demás, en cualquier otra enseñanza, intenta someterse siempre a la Autoridad de la Iglesia, a sola la cual corresponde, por la Divina Asistencia, iluminar, dirigir, gobernar, aprobar, condenar?», respondió: «Sí, Excelencia. Por la Santa Iglesia es el mismo Dios el que habla». Lo manifestó de nuevo al final de su vida. La Encíclica “Humanae vitae” de Pablo VI topó con el rechazo de muchos, también dentro de la Iglesia. El Padre Pío, en su carta del 12 de septiembre de 1968 -murió 11 días más tarde- escribía al Papa: «También en nombre de mis hijos espirituales y de los “Grupos de oración” le doy las gracias por la palabra clara y decidida que ha dicho, sobre todo en la última encíclica “Humanae vitae”, y reafirmo mi fe, mi incondicional obediencia, a sus iluminadoras directrices».

·  El Padre Pío supo dar, como Jesús, testimonio de la verdad.
- El anuncio más convincente de la verdad es vivir lo que esa verdad implica o, en otras palabras, testimoniarla con las obras. El Padre Pío realizó, y de forma plena y admirable, lo que pedía en estas palabras de felicitación del nuevo año: «Este nuevo año, cuyo final sólo Dios sabe si lo veremos, debe estar consagrado del todo… a procurar que vayan a la par los buenos propósitos y las obras santas».
- Creo que formular a los demás esos buenos propósitos, comunicarles la voluntad de Dios, proponerles la verdad del Evangelio…, le fue relativamente fácil al Padre Pío, por tres motivos. En sus enseñanzas se centró siempre en lo fundamental e importante del mensaje cristiano, sin perderse en elucubraciones teológicas. Salvo raras excepciones, sus destinatarios fueron hombres y mujeres que buscaban con avidez sus palabras y consejos, conscientes de que les llegaban de un hombre de Dios. Y usó siempre los medios sencillos que ofrece el ministerio sacerdotal.
- No le fue fácil, en cambio, y no porque no lo deseara y lo intentara, comunicar a sus Directores espirituales la verdad de lo que el Señor, por los caminos que sólo conocen los místicos, realizaba en él y por medio de él. ¿Cómo transmitir con palabras adecuadas lo que es inefable?
- Y le exigió un insufrible martirio oponerse a las presiones en contra y testimoniar la verdad de unos hechos que nunca tendrían que haber sucedido. Pocos asuntos tan repugnantes como los que el Padre Pío tuvo que sufrir en torno al año 1960, cuando sus conversaciones privadas y las confesiones que escuchaba fueron grabadas y por religiosos de su Orden religiosa y de su Fraternidad. Y no menos repugnante el que, en septiembre de 1963 y de nuevo en enero de 1964, se intentara conseguir de él una declaración escrita en la que constara que todas las noticias dadas por la prensa sobre los micrófonos sacrílegos, limitaciones en el ejercicio del ministerio y en su libertad personal… eran falsas. Firmar los documentos que le presentaron sería faltar a la verdad y, además, calumniar a los religiosos y laicos que habían declarado ante las Autoridades religiosas y civiles la realidad de los hechos. Meses más tarde, en diciembre de ese año 1964, tras los cambios que se habían introducido en relación a él y a la Fraternidad capuchina de San Giovanni Rotondo, aceptó, invitado a ello «por el bien de la Orden y de la Iglesia» firmar el nuevo documento, en el que no se hacía ninguna referencia a los micrófonos y la frase de los anteriores, que aseguraba que «nunca había sido perseguido», se había cambiado por la que indicaba que, «en el momento presente», gozaba de libertad en el ministerio, no conocía ni enemigos ni perseguidores, y encontraba en los Superiores comprensión, ayuda y protección.
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Porque, como Jesús y con él, quiso ser verdad para el mundo, anunció a los hermanos la verdad revelada por Dios con sencillez y fidelidad y no se prestó a falsificar la verdad, podemos llamar al Padre Pío, como lo hacía fray Modestino, “fotocopia de Cristo”.
Elías Cabodevilla Garde