Un hombre de Dios al servicio de los hombres

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SEMBLANZA DEL PADRE PÍO DE PIETRELCINA por Melchor de Pobladura


posted by Marcela T. Gonzalez Grupos on

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Se han redactado estas notas preliminares para satisfacer la curiosidad de quienes deseen familiarizarse, de alguna manera, con la personalidad del célebre Padre Pío de Pietrelcina e informarse previamente del contenido y finalidad de este libro.

Ambiente familiar.- El Padre Pío, en el siglo, Francisco Forgione, nació el 25 de mayo de 1887. Oculto y casi desconocido, pasó la infancia y adolescencia en el ambiente familiar de unos pobres campesinos. Con sus coetáneos, sin ser insociable y huraño, era más bien reservado y amante de la soledad. Precozmente prevenido por la gracia, ya a los cinco años soñaba ilusionado con la idea de consagrarse de por vida al servicio divino. Muy pronto se manifestaron algunos dones carismáticos y Satanás se hizo presente con violentos e insistentes ataques. La gente del pueblo comentaba en sus corrillos la ejemplar conducta del muchacho, sus solitarios paseos por la campiña y las frecuentes y devotas visitas, mañana y tarde, a la parroquia.

Como uno cualquiera de sus condiscípulos.- A los quince años cumplidos, el joven Forgione, superadas serias dificultades afectivas y formidables luchas satánicas -preludio éstas de toda una vida de sufrimientos y combates-, el 22 de enero de 1903 tomó el hábito capuchino. Cursó seguidamente los estudios humanísticos, filosóficos y teológicos. Su endeble y enfermiza salud le obligó a suspenderlos antes de alcanzar la meta del sacerdocio. Durante aquellos años de estudio, el joven capuchino, externamente, era como cualquiera de sus condiscípulos. Su progresivo desarrollo de la intimidad con Dios no tenía testigos, si bien, como se sabrá más tarde, era favorecido con visiones, locuciones internas y otras gracias extraordinarias.

Siete años de vida oculta.- Esperando que el aire nativo fortaleciera las débiles fuerzas físicas de Fray Pío para continuar la carrera eclesiástica, los superiores lo enviaron a Pietrelcina en mayo de 1909. El tiempo, que se preveía y deseaba pasajero, se prolongó por siete años consecutivos. Recibió la ordenación sacerdotal el 10 de agosto de 1910.
Y sigue un período de soledad, de reflexión, de intensa vida interior y de limitado apostolado ministerial.
Impulsado por la obediencia, el Padre Pío intentó varias veces incorporarse a la vida conventual. Así lo querían los superiores y así lo deseaba él. Todo inútil. Cada vez que pretendía realizar el proyecto, sus males físicos empeoraban peligrosamente. La vida del joven capuchino es un «misterio» para los especialistas. La diagnosis y la prognosis quedaban al margen de los coeficien¬tes sobrenaturales, que jugaban en este caso un papel importante y decisivo.
Bajo la experta guía de sus directores, que mantenían con él frecuente correspondencia epistolar, el Padre Pío, siempre achacoso y enfermizo, subió rápidamente uno tras otro los peldaños de la escala mística: purgación activa y pasiva, goces inefables y sufrimientos insoportables, fenómenos místicos, pasajera aparición de las llagas, luchas titánicas con el diablo, etc.

Su Calvario y su Tabor.- Así transcurrieron siete años de estancia en su patria. Por fin, en febrero de 1916, con el pretexto de asistir en Foggia a un alma privilegiada (que realmente lo necesitaba), los superiores lo destinaron al convento de aquella ciudad. Y aquí comienza una nueva etapa de su itinerario espiritual y de su misión sacerdotal, caracterizada por la dirección de las almas, de palabra y por escrito. Después de trece años de vida «escondida con Cristo en Dios», se presenta en público, aunque no por iniciativa propia, y se dedica al apostolado activo. Tenía veintinueve años de edad.
Después de unos meses dedicados intensamente a la dirección de las almas en Foggia, los superiores, en busca de una mejoría para su siempre enfermiza y achacosa salud, lo trasladaron a San Giovanni Rotondo, a unos 40 kilómetros de la capital Foggia. Y San Giovanni Rotondo -hoy conocido en todos los confines de la tierra- fue desde entonces su Calvario y su Tabor.
En su nueva residencia le confieren la dirección espiritual del colegio de los aspirantes a la Orden y se dedica además a la formación de un grupo de almas selectas, a través de las cuales irradia su apostolado y su espiritualidad. Los vaivenes de la primera guerra mundial lo arrancaron tres veces de la paz conventual y lo obligaron a prestar servicios auxiliares en cuarteles y hospitales por espacio de un total de ciento ochenta y dos días. Y lo hizo «con fidelidad y honor», como se lee en su hoja de servicios.

Sobre el candelero.- A partir de los primeros meses de 1918, su itinerario místico se dilata y enriquece: luchas y victorias, consolaciones y desolaciones, toques sustanciales, heridas del corazón, transverberación, fusión de corazones. El maravilloso fenómeno de las llagas impresas el 20 de septiembre de 1918, que sellará su cuerpo y ensangrentará su camino hasta la muerte, produjo un impacto clamoroso. A pesar de la grande reserva de los interesados, Padre Pío, directores y superiores, el hecho no pudo ocultarse dentro de los muros conventuales. La gente comenzó a subir la colina despoblada del convento, aisladamente o en pequeños grupos, hasta que el excepcional acontecimiento ocupó las primeras páginas de los periódicos y se hizo «noticia». Esto sucedía en la primavera de 1919. Desde entonces, San Giovanni Rotondo se convirtió en centro de peregrinaciones y el Padre Pío en el apóstol del confesionario y en el consejero a quien acudían gentes de toda clase, de día y de noche.
La ciencia y la autoridad tomaron cartas en el asunto directamente a causa del prodigio de las llagas e indirectamente para limitar o suprimir aquel flujo de gentes siempre creciente y no siempre ordenado.
En el crisol.- La ciencia, sin embargo, no acertaba con una solución satisfactoria en lo tocante a las llagas.
Es notorio el impacto que fenómenos tan sorprendentes, como el de las llagas, producen en la devoción popular, y también la posibilidad de torcidas interpretaciones y lamentables abusos. Para encauzar, si no contener, aquella avalancha de gente que se precipitaba desde todos los puntos cardinales al remoto convento capuchino, la Santa Sede se vio obligada a intervenir. Como primera medida disciplinar dispuso que el Padre Pío interrumpiera la dirección espiritual con el más autorizado de sus directores, el Padre Benito de San Marco in Lamis (mayo 1922); luego declaró que no constaba de la sobrenaturalidad de las llagas (31 mayo 1923); después limitó el apostolado del Padre Pío, y, por último, le prohibió celebrar la misa en público.
Esta situación, sumamente penosa para todos, duró diez años (1923-1933). Desapareció el clamoroso rumor en torno al convento, aunque, más de una vez, hubo de intervenir la fuerza pública para aplacar las iras del pueblo alborotado. Para el Padre Pío fueron años de creciente transformación interior: silencio, oración, estudio, sufrimiento, entera conformidad con la voluntad de Dios y de los superiores. Compás de espera en el apostolado exterior. Ninguna mengua en la vida interior.

Más amplios horizontes.- En el año 1933, el Padre Pío reanuda poco a poco sus tareas apostólicas. Comienza también a aparecer de nuevo el concurso de gentes, y fue siempre en aumento. Al terminar la segunda guerra mundial, la visita a San Giovanni Rotondo de personas de todas clases (gente humilde; luminares de la ciencia, de: la política y del arte; representantes de la jerarquía eclesiástica) había adquirido proporciones impresionantes. El Padre Pío no podía atenderlos a todos, quienes por lo menos deseaban asistir a la misa celebrada como sólo sabía hacerlo. Necesitaba más espacio vital, puesto que aumentar el tiempo no dependía de él. Para aumentarle la posibilidad de hacerse todo a todos, en 1959 se inauguró la nueva y espaciosa iglesia levantada con las generosas ofertas de sus innumerables admiradores. San Giovanni Rotondo se había convertido en un centro de atracción e irradiación universalmente conocido.

Flores y espinas.- Indudablemente, la aureola popular y universal que rodeaba al Padre Pío tenía sus raíces más profundas en la santidad que todos admiraban y aplaudían. Y sus manifestaciones eran múltiples: la celebración de la misa, con visible participación activa al misterio de la cruz; el perfume misterioso, que muchos percibían aun desde muy lejos; bilocación asegurada por muchas personas; las sorprendentes y adivinadas intuiciones respecto a sus penitentes dentro y fuera del confesionario; gracias temporales, favores espirituales, etc.
Pero justo es reconocer que al lado de este fundamento real e innegable de la atractiva persona del Padre Pío, adquirieron una importancia relevante y lo hicieron más popular y más amado algunas iniciativas suyas -expresiones elocuentes de su amor a Dios y al prójimo-, que se han desarrollado como árbol frondoso y fructífero. Nos referimos a la Casa Sollievo della Sofferenza, cuya primera piedra se puso el 19 de mayo de 1947 y fue solemnemente inaugurada el 5 de mayo de 1956; obra de su entrañable amor a los que sufren y realizada con la ayuda generosa y desinteresada de sus devotos y admiradores. Y también a los llamados Grupos de oración, cuya fisonomía espiritual delineó él mismo en 1966; hoy están extendidos en muchas naciones y cuentan con más de 70.000 miembros inscritos.
Todos conocen al Padre Pío como el Estigmatizado del Gárgano. Y lo fue en reali¬dad, no sólo por las cinco llagas que llevó impresas y sangrantes durante cincuenta años en su cuerpo endeble y enfermiza, sino también por la cruz dolorosa que lo torturaba interiormente, como prueba mística, y por las incomprensiones y tribulaciones causadas por las criaturas. Aunque obedientísimo siempre y en todo a-los superiores eclesiásticos y religiosos, no pudo por menos de sufrir y mucho -aunque sin lamentarse nunca- ante ciertas y repetidas decisiones que le afectaban a él y a su obra. Y también le causaron mucho dolor moral los contrastes de opiniones que respecto a su persona se debatían en la prensa y por otros medios con imprudencia y obstinación por algunos que se proclamaban sus devotos y admiradores.

El ocaso.- Los últimos diez años de vida del Padre Pío se caracterizan por un nivel altísimo de actividad y de popularidad y también por un progresivo y alarmante desgaste de sus fuerzas físicas, a causa de sus atroces sufrimientos físicos y morales. La rápida y habitual asistencia de médicos y especialistas de nombradía internacional no logró detener el declive de aquella preciosa vida. A principios de 1968 la situación se hizo alarmante. Tienen que llevarlo en un cochecito al lugar de su ministerio y a la iglesia conventual.
El 20 de septiembre, cincuentenario de la impresión de las llagas, una muchedumbre inmensa se da cita en San Giovanni Rotondo. El día 21 no celebra. Lo hace el día 22, como de costumbre, pero, bien a pesar suyo, no puede sentarse en el confesionario. A las seis de la tarde se presenta en público y bendice a la muchedumbre que lo aclama. Fue su última bendición. A las dos y media de la mañana del día siguiente entregaba plácidamente su alma al Señor.

Hacia los altares.- El mismo día 23 todos los medios de información -agencias, prensa, radio, televisión- anunciaron su muerte y le dedicaron «servicios» especiales. Y el acontecimiento adquirió el rango de «noticia» internacional.
Al conmemorarse el primer aniversario de la piadosa muerte del Padre Pío, en noviembre de 1969, se dieron los primeros pasos en orden a una posible y deseable beatificación y canonización. Los preparativos continuaron con ritmo acelerado y con éxitos muy positivos y esperanzas muy lisonjeras.

Fuente: Padre Pío de Pietrelcina : PENSAMIENTOS - EXPERIENCIAS - SUGERENCIAS

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